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Más allá de lo sagrado[1]

Los santuarios del contactismo ovni en Córdoba

Fabián Claudio Flores

Introducción

Desde mediados de los años 80, la localidad de Capilla del Monte en la provincia de Córdoba experimentó un proceso de esoterización (Otamendi, 2008) del espacio a partir de una serie de acontecimientos que se conocen como “Huella del Pajarillo”[2], que transformó los imaginarios y las prácticas turísticas de la localidad orientándolos hacia nuevas formas de organización del espacio y del turismo local con un fuerte impulso del Estado municipal. Esto dio origen a la llamada “Zona Uritorco” (Otamendi, 2008).

Pero este acontecimiento vinculado a lo extraordinario se funda sobre una serie de antecedentes que tuvieron lugar una década atrás, y que constituyeron, de alguna manera, los insumos para que emergieran formas de sacralizar ciertas zonas de la región como santuario del contactismo ovni.[3]

En el trabajo analizamos los procesos de sacralización de diferentes sitios de la llamada “Zona Uritorco” que se conforman como santuarios del contactismo ovni a partir del desarrollo de prácticas que se ponen en juego en una zona liminar entre lo turístico y lo sagrado. En este cruce, el lugar adquiere una potencia cardinal para interpretar dichos procesos.

La denominación de “santuario extraterrestre” (o santuario de “contactismo ovni”) emerge como un tópico muy presente dentro del mundo ufológico y sus adeptos[4], y hace referencia a lugares que cuentan con algunas particularidades como las siguientes:

  1. características geológicas especiales;
  2. la existencia de una tradición que se refiera al lugar como un “sitio de poder” o donde se producen fenómenos incomprensibles;
  3. la presencia de antiguos asentamientos humanos con rasgos culturales especiales;
  4. frecuente manifestación de supuestos fenómenos inexplicables;
  5. lugares elegidos para la meditación en distintas épocas por grupos religiosos o por adherentes a diferentes disciplinas mágicas; y
  6. sitios que en la actualidad han sido elegidos por los contactados y las contactadas para recibir sus mensajes de “seres superiores” o protagonizar “experiencias extraordinarias”.

Metodológicamente, el desafío implica acceder a un fenómeno geográfico muy complejo y multidimensional. La estrategia cualitativa con trabajo de campo[5], observación participante y entrevistas informales y formales a un conjunto de actores/sujetos involucrados se complementó con el análisis visual de materiales de promoción, folletería y webs. Si bien el enfoque desde la geografía cultural y la fenomenología articuló nodalmente la pesquisa, se sumaron aportes del “giro subjetivo” (Heelas y Woodhead, 2005) y el “giro espacial” (Lindón y Hiernaux, 2011).

Las prácticas fundacionales y el primer santuario

Los años previos al fenómeno del cerro Pajarillo fueron claves para entender las formas en las que se consolidó la localidad como la “cumbre esotérica de la Argentina”. Un personaje (Ángel Cristo Acoglanis) y un lugar (Los Terrones) son los protagonistas centrales para adentrarnos en ese complejo entramado de donde emergieron las narrativas fundantes de lo que explotaría una década después como “La Meca del contactismo argentino”.

Acoglanis llegó a Capilla del Monte en 1983, con un bagaje que aglutinaba varios componentes: conocimientos de terapias alternativas, medicina china, quiropraxia, osteopatía, homeopatía y acupuntura, el agni yoga, el tantra, la meditación, los viajes astrales, lecturas relacionadas a la teosofía, el rosacrucismo, el espiritismo, el ocultismo filonazi, las teorías de la Tierra hueca y las ciudades intraterrenas, novelas de viajes al Tíbet, de profetas y transformaciones espirituales, su adhesión y militancia en el primer peronismo y una historia personal construida (y reproducida por sus seguidores)[6] que legitimaba su condición de “extraordinariedad”.

En su paso por otro centro energético y sagrado de Uruguay, la estancia La Aurora[7] en Salto, Acoglanis “aceptó” compartir su cuerpo terrenal con el de “Saruma”, una entidad extraterrestre proveniente de las Pléyades. Allí descubrió su misión:

… develar la existencia de un centro espiritual escondido en los pliegues dimensionales de otra realidad, pero localizado de todos modos bajo tierra en un lugar bien definido que se debía señalar. Su nombre sería ERKS, o mejor aún Ciudad de la Llama Azul. […]. Una vez descubierta esta “ciudad etérica”, debía ser activada y mantenida abierta mediante un trabajo ceremonial (De Filippi, 2018: 104).

Luego de varias incursiones por el Uritorco y otros sitios de los alrededores, Acoglanis, junto a dos mujeres que lo asistían, identificaron “el lugar” elegido para el desarrollo de las ceremonias que le permitirían llevar adelante su misión. Se trata del paraje llamado “Los Terrones” en la Quebrada de la Luna, a 14 kilómetros de Capilla del Monte. Este fue consagrado como el primero de los santuarios del contactismo ovni en toda la región, y en la actualidad es uno de los sitios que se ofrece como atractivo turístico de la Zona Uritorco, donde la singularidad del paisaje y su historia mística construyen una atractividad sustentada en esas dimensiones. En su sitio oficial, se lo cataloga como un “parque autóctono cultural y recreativo” y se adjunta el imaginario territorial de “Los Terrones, un lugar para el asombro”. Su web fortalece estos imaginarios a partir de expresar una serie de “sensaciones que experimentan las personas que visitan el lugar”.[8]

Cuando el “maestro” descubrió Los Terrones y comenzó el proceso de sacralización del lugar, el predio era prácticamente desconocido para el turismo y estaba bajo propiedad de un lugareño: Ramón Verón, con quien Ángel tuvo que negociar el permiso para poder ascender hasta el playón septentrional al atardecer, donde llevaría a cabo sus ceremonias nocturnas. Pero, además, el acuerdo estratégico se selló con la inversión que el propio Acoglanis hizo en el lugar: mejoró el camino de acceso para los automóviles, le regaló a Verón el tractor con el que se había abierto el sendero y colaboró con sus contactos políticos para que la energía eléctrica llegara a la zona (De Filippi, 2018). Esto favoreció a la turistificación del sitio, su transformación en parque y la puesta en valor del paisaje mediante el cobro de una entrada. No así para quienes participaban del ritual nocturno.

Pero otro lugar clave en la cotidianeidad capillense de Acoglanis fue el hotel Roma, en el centro de la ciudad de Capilla del Monte. Este emprendimiento era (y sigue siendo) propiedad de la familia Allie, con quienes Ángel Cristo se vinculó rápidamente, y estableció allí su “centro de operaciones” hacia 1983. Hoy es un lugar que referencia esos orígenes esotéricos de la localidad y está teñido de muchas de las representaciones espaciales que configuraron esa temprana burbuja new age que tiñó la comarca. De hecho, sus actuales propietarios alimentan la lugarización del predio con toda la mística que legitimó el paso del maestro “Saruma” (y otros referentes) por sus habitaciones. En su sitio web, se narra cómo su fundador, Tulio Allie, tomó la decisión de llevar adelante el emprendimiento: “Miré el cerro y sentí su conexión, era como si me hablara una energía única; de esta manera Capilla se convirtió en su lugar en el mundo”.[9] Por su parte, en el salón comedor, una frase sentencia: “1917-2017: un siglo hospedando a los referentes del misterio”.

Las ceremonias de contacto en Los Terrones se iniciaron en marzo de 1983 y se llevaron a cabo hasta 1989, cuando el líder fundador fue asesinado en su consultorio de Buenos Aires. En un principio, el ritual estaba encapsulado entre unos pocos seguidores que conformaban la trama social en que se encontraba inmerso Acoglanis, pero, poco a poco, esto se fue ampliando a partir del boca a boca que operaba como transmisor de la experiencia que se desarrollaba cada fin de semana.

Paul Ricoeur señala que “se precisan relatos y ritos para consagrar el contorno de los signos de lo sagrado: lugares santos y objetos sagrados” (Ricoeur, 2004: 318). Es decir que tanto la práctica como la representación espacial son –de alguna manera– los activadores de esa textura de lo sagrado que adquieren determinados lugares. Entonces, la selección de Los Terrones en cuanto primer santuario del contactismo (y veremos que, luego de la muerte de Acoglanis, hubo otros nuevos) funciona en el marco cultural y espacial de las ceremonias de contactismo, y la intersubjetividad de las personas que participaban de ella.

La primera parte del rito comenzaba al atardecer en el playón de Los Terrones, cuando Acoglanis daba una charla con los principales contenidos de la cosmología ERKS[10] a los pocos asistentes que se sentaban en círculo. Luego, en la apertura, se colocaba una especie de túnica blanca y comenzaba a recitar una serie de mantras en irdín (el lenguaje extraterrestre) acompañado de dos sacerdotisas: Graciela Beatriz Münh (su esposa) y Marisa Mur (su asistente). Ese momento constituía un rito de pasaje donde Acoglanis pasaba a ser Saruma, “quien extendía los brazos al cielo e invocaba a los Hermanos del Cosmos” (Dangel, 2012: 14) pidiendo autorización a las Entidades Superiores para comenzar el ritual en el santuario.

A partir de allí, se ponía en escena el contactismo en sí mismo, donde Saruma se comunicaba con las luces de diferentes colores, intensidades y formas que se veían en distintos puntos del valle y que identificaba como las energías de las entidades superiores. Además, el canto en irdín establecía un “diálogo” que hacía que las luces estuvieran “atentas a cuanto hiciera, dijera y cantara el mediador, quien le otorgaba un nombre a cada uno” (De Filippi, 2018: 110).

La segunda parte del ritual implicaba moverse en automóvil hasta un nuevo playón, en una zona más abierta donde se observaba el valle, el cerro Uritorco y el Pajarillo. Se retomaba el ritual con los mantras y se continuaba visualizando las energías, pero a una distancia menor. Allí, y solo esporádicamente, Saruma activaba la posibilidad de visualizar la ciudad de ERKS. “La emoción general era tal que en ese punto alguien podía desvanecerse y era socorrido enseguida por Acoglanis” (De Filippi, 2018: 110).

La tercera y última parte, luego de desplazarse hasta donde había un algarrobo aislado, se iniciaba cuando el maestro avanzaba por el camino oscuro y en soledad para “encontrarse con los Hermanos Superiores y hablar con ellos personalmente”[11], y desaparecía por un lapso de entre 20 y 30 minutos. Los participantes aguardaban en estado de meditación hasta que regresaba Saruma con un mensaje de la Jerarquía Espiritual para los asistentes de esa jornada.

A pesar del número reducido de participantes, algunos testimonios dispersos en las exiguas fuentes y relatos de la época[12] dan cuenta de la ocasionalidad con la que ocurrían situaciones atípicas como el descenso de naves, la presencia de aromas a geranios, el sonar de coros de fondo, la aparición de animales extraños (y hasta extraterrestres) y la emergencia de luces azuladas provenientes del interior del Templo de la Esfera de ERKS.

Estas experiencias de contactismo, regenteadas por Acoglanis, se llevaron a cabo en el mismo sitio por más de un lustro, y participaron de ellas cientos de personas, que, a través de sus lazos directos con el sanador o de terceros vinculados con este, fueron testigos de la ceremonia protocolar que mantenía siempre la misma estructura. No es objeto de este trabajo conocer el entramado de mujeres y varones que participaron de estas experiencias, pero sí considerar que, en los primeros años, el grupo era muy reducido y casi secreto, y los contactos directos eran claves para ingresar. En dos años, está red se amplió y se fueron sumando nuevos participantes. La composición era ampliamente heterogénea, pero podemos identificar un núcleo duro conformado por todos aquellos que estaban –de alguna manera– insertos en ciertas redes new age que compartían tramas culturales, como el caso de Beba Martel (musicoterapeuta y canalizadora), Ángeles Azcurra (especialista en terapias alternativas), la familia Allie (del hotel Roma y aficionados a las prácticas esotéricas), Yaco Albala (maestro espiritual) y su sobrino Marcelo Abdala (canalizador), Indra Devi (maestra yogui), Pedro Romaniuk (parapsicólogo), Fabio Zerpa (ufólogo), Guillermo Terrera (docente y esotérico), Elsa Tear y el fotógrafo Roberto Villamil. Otro grupo estaba conformado por la red que nucleaba profesionales de la salud y pacientes ligados al consultorio de Buenos Aires (como el Dr. Carlos Fiore, el médico Juan Mural, Carlos Casco o el afamado Florencio Escardó, amigo personal del mediador).

Tras el asesinato de Ángel, la situación –como era de esperarse– se complejizó. La disputa por el linaje y la continuidad del ritual en Los Terrones fue uno de los puntos centrales del nuevo panorama. La posta quedó en manos de su última mujer y sacerdotisa asistente, Betty Mühn, junto a Oscar, el hijo de Acoglanis (quien tomó el lugar de Saruma), y una tercera asistente, que en primer término fue la mujer de Oscar y, luego de su separación, fue reemplazada por Lina Castro, una esotérica de Los Cocos que comenzó a tener protagonismo.

Pero, más allá del cambio en los actores y las actoras que continuaron con la experiencia en este altar mayor, es interesante destacar que, tras la desaparición del gran maestro, comenzó un sigiloso y acelerado proceso de puesta en valor del lugar y de la ceremonia, que dio inicio a un prototurismo esotérico (Flores, 2020). En primer lugar, Betty Mühn decidió abrir en el predio que poseía cerca de Los Terrones una casa de té y habitaciones para alojar a los primeros turistas que deseaban quedarse cerca del santuario para realizar la práctica ceremonial que la propia anfitriona y sus ayudantes continuaban llevando a cabo (“Iki Shamuaika- El Lugar Elegido”). En segundo lugar, en 1992, Verón (dueño de Los Terrones) transfirió la propiedad a sus hijos Aldo y Ariel, quienes comenzaron a cobrar el ingreso a los visitantes nocturnos. Este proceso de privatización se aceleró con la muerte de Verón padre, en 1999, y el aumento de los valores y las condiciones que impusieron sus hijos por el usufructo del espacio con fines esotéricos. Esto llevó a que el dúo Mühn-Acoglanis hijo decidiera poner fin a los 17 años ininterrumpidos en que el ritual se desarrolló en el altar mayor de Los Terrones, primer santuario del contactismo ovni del país.

El nuevo siglo y los nuevos santuarios

A mediados de los noventa, la disputa por la “herencia espiritual” de Acoglanis estalló en varias propuestas que se tradujeron en la emergencia de nuevos oferentes y en nuevos sitios sagrados que brindan las experiencias místicas con algunas variantes alternativas. En el año 2000, los familiares directos del maestro Acoglanis dejaron de asistir al santuario de Los Terrones, lo que habilitó la posibilidad de la emergencia de nuevos lugares sagrados, alternativos a este altar mayor y fundacional.

La aparición de estos nuevos santuarios surgió a partir de contactos telepáticos de los Hermanos Superiores con algunos de los nuevos canalizadores que se desglosan de la experiencia acoglaniesca de los años 80. Son “ellos y ellas” quienes indican dónde y cómo se dan las condiciones necesarias para poder continuar con los rituales de manera efectiva, ampliando el esquema de lugares que habiliten el contacto. Este nuevo panorama espacial da cuenta de un patrón que se repite y que quiebra con el modelo precedente: por un lado, ya no hay un solo santuario como Los Terrones; por otro lado, la multiplicidad de canalizadores y médiums se corresponde con la multiplicidad de nuevos santuarios emergentes. Así, para fines de la década del noventa, la cartografía esotérica de la Zona Uritorco identificaba como nuevas hierofanías a las siguientes:

  • Las Puertas del Cielo: un sitio de libre acceso localizado a un 1 kilómetro de Ongamira y 14 km de Los Terrones, sobre la ruta provincial 17. Es uno de los más alejados de toda la región, y desde él se posee una vista completa del valle, el Uritorco y los cerros vecinos. Allí, el hijo de Acoglanis fue quien comenzó las experiencias luego de separarse del emprendimiento que había abordado con Betty Mühn, exesposa del líder.
  • Las Gemelas: cerro vecino del Uritorco a 6 km del centro de Capilla del Monte que, en términos de representaciones, concentra la energía femenina. Para acceder a él, se debe transitar la avenida Pueyrredón hasta donde se encuentra el barrio Las Gemelas a través de un boulevard. Sus particularidades extraordinarias como lugar sagrado para los rituales le fueron comunicadas a Lina Castro (heredera de Ángel Cristo) telepáticamente desde los años 90. Esta emprendedora espiritual comenzó a ofrecer paquetes con alojamiento en Los Cocos con régimen de pensión de comidas vegetarianas y visitas guiadas para meditar y avistar ovnis. Luego mudó las experiencias a un nuevo santuario: Cuchi Corral.
  • Cuchi Corral: está situado a 25 km de la localidad de Capilla, cerca de la localidad de La Cumbre. Los imaginarios sobre el lugar refieren a la espiritualidad comechingona y la presencia de energía de ERKS. También se catapultó como altar alternativo para el contactismo luego del fin de Los Terrones, y su condición de “balcón” del valle de Punilla reflota las propiedades místicas del cerro que, en algunas de las narrativas, aluden a los rituales de espiritualidades indígenas que tenían lugar allí.
  • La Tercera Estación: es el primer santuario alternativo que emergió en el predio “Iki Shamuaika – El lugar elegido”, donde vivía Betty con Acoglanis en el cruce de las rutas 38 y 17, que conduce a Los Terrones. También fue indicado telepáticamente a la propia “Guatuma” (nombre de la Entidad Superior corporeizada en Betty), y realizó allí las experiencias de contactismo de forma gratuita (o con pago voluntario) hasta fines de los 2000.

A partir del siglo xxi, comenzaron a multiplicarse las experiencias de este tipo y aparecieron otras renovadas; también se incrementaron los lugares donde llevarlas a cabo, profesionalizándose la actividad y surgiendo un entramado de actores y actoras que, en disputa material y simbólica, ofrecen variantes diversas y nuevos santuarios, como el cerro Alfa y el de la Cruz (en San Marcos Sierras), las Cuevas de Ongamira y el cerro Colchiquí.

Paralelo a estos procesos, no podemos dejar de mencionar la creciente importancia que comenzó a tener (desde fines de la década de 1990) el cerro Uritorco como santuario cardinal del contactismo. El cerro es propiedad de la familia Anchorena desde 1992 y está entregado en concesión para su explotación. Varias actividades se desarrollan en todo el complejo (incluido el ascenso), y recibe alrededor de 50 mil visitas al año.[13]

A partir del fenómeno de la “Huella del Pajarillo”, el Uritorco comenzó a reorientar sus usos y apropiaciones simbólicas. La adjudicación de su extraordinariedad se funda en discursos que conjugan la espiritualidad new age con las creencias y los mitos de los indígenas, la mitología ERKS y otros relatos esotéricos diversos (templarios, nazis, brujas, gnomos, bastón de mando, entre otros). Todo ello conduce a que, en la actualidad, y dentro del marco cultural del universo ovnilógico, el Uritorco se convierta en el principal santuario del contactismo. Sus propiedades físicas y sus cualidades míticas aportan a esta jerarquía.

A la multiplicidad de lugares para el desarrollo del contactismo, se le contrapone la uniformidad de las prácticas que, con pocas diferencias, llevan a cabo los distintos emprendedores y emprendedoras espirituales. A grandes rasgos, y con algunas diferencias, mantienen una estructura bastante similar a la que Acoglanis desplegó en la década del 80. De hecho, la similitud de su morfología y el linaje del canalizador o canalizadora operan como garantes de su autenticidad, siempre considerando que esta es resultado de un proceso social y cultural de puesta en escena (McCannell, 2003).

Al fin y al cabo la autenticidad buscada no necesariamente tiene que coincidir con la materialidad forjada en un área. La autenticidad tiene más que ver con el cómo se percibe una experiencia y/o artefacto (que valores admirables se contemplan encarnados en ellos y con qué estética son expresados) que con la cosificación de la experiencia y el artefacto mismo (Santana Talavera, 2002: 15).

La conformación de estos lugares en cuanto santuarios resulta de un complejo proceso que combina una sacralidad intrínseca y una sacralidad extrínseca (Kong, 1992). La primera se da a partir de que en un sitio puede haber ocurrido un evento considerado extraordinario o hierofánico[14]; el segundo caso se produce cuando, mediante la incorporación de un ritual, el espacio adquiere cierta sacralidad, y es a través de este ritual que alguien o algo se vuelve sagrado. En ambos casos se demandan procesos de legitimación, que no es más que la traducción de relaciones sociales de poder (Flores, 2018).

Asimismo, los sitios del contactismo se supeditan con lugares que presentan singularidades geográficas que posibilitan desarrollar ese tipo de prácticas rituales. No debe ser cualquier lugar, sino aquellos que poseen características físicas y representaciones simbólicas que habilitan la contingencia de esas experiencias: cerros y montes con particularidades geológicas y geomorfológicas específicas, valles y llanuras con paisajes climáticos catalogados de “energéticos” o materialidades que han sido construidas históricamente como espacios sacralizados por sociedades previas (caso de las vinculadas a las comunidades indígenas).

Figura 1: Mapa con los principales santuarios del contactismo en la actualidad

Elaboración propia sobre la base de Google Maps.

En todos los ejemplos, estos lugares sacralizados funcionan como escenarios ideales para que la experiencia sea efectiva, y están atravesados por discursos que combinan sus propiedades naturales (la composición de minerales y rocas, la amplitud para poder visibilizar el paisaje, la altura de los cerros) con las condiciones extraordinarias que les fueron adjudicadas a través de procesos de imposición culturalmente definidos (la presencia de energías extraterrestres, de ciudades intraterrenas, la existencia de antepasados originarios y rituales sagrados, o sucesos puntuales que activaron esa sacralidad). En este sentido, el cerro Colchiquí o Charalqueta es uno de los actuales santuarios para el contactismo que funda sus propiedades en una leyenda que refiere al suicidio en masa de mujeres, niños y ancianos de las etnias hênîa y kâmîare (mal llamados “comechingones”) que, según las narrativas esotéricas, se arrojaron para evitar ser sometidos por los españoles; como nunca se encontraron sus cuerpos, se alude a que pasaron a “otra dimensión”, ya que, en la espiritualidad comechingona, la muerte implicaba “fundirse con el todo”[15]. Esta narrativa opera como garante de las propiedades del lugar para desarrollar la práctica eficazmente, sumada a las condiciones de localización aptas en la zona de Ongamira.

Pero, además, los procesos de sacralización de los santuarios se vinculan a otro componente: el mito. Wunenburger (2006) propone que el mito constituye el complemento en forma de relato de la sacralización espacial. La traducción de lo sagrado en relato deviene en un discurso que permite explicar, por un lado, la naturaleza de la fuerza sagrada y, por otro, las modalidades de encuentro entre lo sobrenatural y lo humano. Estas elaboraciones fundan relatos que son transmitidos y repetidos a través de la oralidad o la escritura y que se encarnan en narrativas sobre los lugares, como el caso del santuario del Colchiquí.

A su vez, las variables vivenciales y experienciales de los sujetos y grupos se vuelven fundamentales en los procesos de sacralización del lugar ya que

se trata de determinadas prácticas de sacralización (Martín, 2007) que incluyen a los modos de hacer sagrado, de inscribir personas, lugares, momentos, ritos, en esa textura diferencial (Martín, 2007), y esto es siempre resultado de un proceso histórico, social y cultural (Flores, 2020: 218).

En la actualidad, esos “modos de hacer sagrado” reproducen e interpretan con matices la experiencia ritual de Acoglanis y se llevan a cabo a modo de tour de contactismo[16] en los santuarios de la Zona Uritorco, todos de manera privada y con un costo variable según el facilitador o facilitadora y el tipo de experiencia.

Algunas consideraciones finales

Capilla del Monte y su historia espacial de las últimas cuatro décadas están fuertemente ligadas a los discursos esotéricos y las narrativas ovni que permearon enérgicamente en gran parte de los antiguos y nuevos pobladores de la comarca, así como también en sus visitantes. Esta “marca de distinción” operó como articuladora de todo un sistema cultural que se tradujo en la sacralización de ciertos sitios que pasaron a ser los principales santuarios del contactismo ovni en Argentina.

Los procesos de construcción de estos santuarios están fundidos en complejas tramas que combinan sacralidades intrínsecas y extrínsecas, en términos de Kong (1992), pero además su activación hay que pensarla en un proceso más amplio que se inicia con la desaparición del líder Acoglanis y las disputas por su linaje. El fin de Los Terrones como único santuario válido para el contactismo ovni da lugar a la emergencia de “nuevos santuarios” (algunos más alejados geográficamente) que conviven con disputas y tensiones en una realidad permeada por procesos de mercantilización y turistificación de las ceremonias místicas. En ese marco, el cerro Uritorco potencia su protagonismo en función de sus propiedades extraordinarias coronándose como el corazón de toda la Zona Uritorco y contenedor de ERKS.

En lo que refiere a las experiencias en sí, vale la pena concluir con dos consideraciones: por un lado, la notable diferencia de formas y sentidos que se establecen en la actualidad entre las que son organizadas por las agencias y las que son llevadas a cabo por los emprendedores espirituales. Por otro lado, dentro del grupo de los emprendedores y las emprendedoras, hay una enérgica referencia tanto a Acoglanis como al santuario de Los Terrones, como a la disputa por la herencia de su legado. La mayoría de ellos replica y resignifica los pasos de la ceremonia, dándole su toque personal (por ejemplo, música de cuencos, una ceremonia de esferas de cristal, meditación, etc.) y poniendo en escena una performatividad y una emocionalidad que evoca esos tiempos/espacios. Esto no está exento de disputas, no solamente por la autenticidad y efectividad de la experiencia, sino también por las “anomalías” que fueron surgiendo a partir de que crece el número de emprendedores y emprendedoras que, sin haber sido testigos y protagonistas de aquellos días, se suman a ofrecer este servicio.

Finalmente, respecto de la dimensión espacial, hay que destacar cómo se alteró la cartografía de santuarios donde se practica la experiencia contactista ovni (como hemos descripto). Así, este nuevo mapa expresa cómo los procesos de sacralización de estos lugares se apoyan en representaciones espaciales previas (relatos místicos y esotéricos) y cómo también influyen los sentidos que adquieren estos santuarios en el curso mismo de la ejecución de las prácticas. Siguiendo a la geógrafa Alicia Lindón:

Las prácticas siempre proceden de tramas de sentido, reactivan sentido y reconstruyen significados, pero todo ello está mediado por su dimensión espacial: los lugares en los que ocurre la vida práctica le dan sentido a las prácticas, y las prácticas reconstruyen el sentido de los lugares. (Lindón, 2017: 112).

Bibliografía

Dangel, G. (2012). Todo sobre el cerro Uritorco y la ciudad de ERKS. Buenos Aires: De la Tortuga.

De Filippi, S. (2018). La ciudad de la llama azul. Luces y sombras sobre el Cerro Uritorco. Buenos Aires: Biblos.

Flores, F. (2018). “Lo religioso y el espacio. Apuntes desde la Geografía”. En Cloclet da Silva, A. R. y Di Stefano, R. (coords.). História das Religiões: dimensões epistemológicas e teórico-metodológicas. Río de Janeiro: Prismas, pp. 201-242.

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Heelas, P. y Woodhead, L. (2005). The spiritual revolution: Why religion is giving way to spirituality. Oxford: Blackwell Publishing.

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Wunenburger, J. (2006). Lo sagrado. Buenos Aires: Biblos.


  1. Una versión preliminar de este trabajo fue publicada en la revista Geograficando (2020).
  2. El 9 de enero de 1986, apareció sobre el faldeo de la Sierra del Pajarillo, en la Quebrada de Luna, una superficie calcinada de forma oval de unos 100 metros de diámetro, que se denominó la Huella del Pajarillo. El hecho fue atribuido al descenso de un ovni y despertó el interés de turistas curiosos, de algunos pobladores locales y de investigadores del fenómeno ovni (Otamendi, 2015; Papalini, 2018).
  3. En el universo cultural de la ovnilogía y sus seguidores, se denomina “contactismo” a la práctica a través de la cual determinadas personas pueden establecer diferentes formas de contacto (mental o física) con seres intra o extraterrestres o experimentar manifestaciones de su presencia.
  4. Se le atribuye la creación de la categoría a un conocido ufólogo argentino llamado Rubén “Gurú” Morales.
  5. Al respecto del trabajo de campo, vale aclarar que, por un lado, participé de una jornada de contactismo con uno de los emprendedores espirituales que realiza este tipo de viaje desde hace varias décadas y está impuesto en los imaginarios locales como una de las “experiencias válidas” (en el cerro Alfa). Por otro lado, entrevisté a otra decena de agencias y particulares que también realizan la experiencia en distintos sitios de la zona. A esto se sumaron entrevistas a algunos participantes individuales y familias que conformaban los tours, tanto de los que participé presencialmente, como de otros que no. Estas observaciones y las entrevistas se llevaron a cabo en plena temporada alta estival, lo que permitió entrar en contacto con una heterogeneidad de sujetos con distintos perfiles y fines. Las entrevistas tuvieron dos contextos: uno más informal en los viajes de ida y vuelta a los sitios, y encuentros posteriores en otros lugares del centro de Capilla del Monte o en las propias agencias de turismo.
  6. Ángel Cristo Acoglanis decía ser médico y griego y que, estando en el Tíbet, encontró “la misión” y “el camino” en la espiritualidad. La realidad muestra que esta discursividad es parte del proceso de su invención como líder místico, y constituye un componente central para entender sus discursos y sus prácticas. No había nacido en Grecia, sino en Rosario en 1924; tampoco era médico (siempre trabajó en actividades informales) y nunca estuvo en el Tíbet. Para una biografía completa y muy bien documentada sobre Acoglanis, véase De Filippi (2018).
  7. La estancia La Aurora (propiedad de la familia Tonna) es otro de los sitios ufológicos más destacados de América Latina. Su sacralidad y su construcción como lugar extraordinario se fundan sobre narrativas de contactos con seres extraterrestres y la ocurrencia de fenómenos paranormales desde los 70.
  8. Véase bit.ly/3pXGPKv (última visita: agosto de 2021).
  9. Véase bit.ly/3JJGdQt (última consulta: agosto de 2021).
  10. En esta cosmología, ERKS (Encuentro Remanentes Kósmicos Siderales) es una ciudad subterránea, interdimensional e intraterrenal y el lugar donde los elegidos se podrán refugiar en tiempos del fin del mundo.
  11. Entrevista a Osvaldo Allie, propietario del hotel Roma y partícipe de las ceremonias (Capilla del Monte, enero de 2020). El propio Allie dice haber podido acompañarlo hasta allí en dos oportunidades, en donde Acoglanis le pidió que fuera con él al interior de la ciudad de ERKS. Dos veces ingresó a este sitio etéreo.
  12. Por ejemplo, los Diarios de ERKS que sistematizó Acoglanis, algunos audios de los mantras con su propia voz en Los Terrones (bit.ly/3zym2R2) y los textos de Guillermo Terrera y José Trigueirinho Netto (ambos vinculados a Acoglanis) y las fotografías de Roberto Villamil, entre otros.
  13. Véase bit.ly/3pXvN86 (última consulta: septiembre de 2021).
  14. “La excepcionalidad es atribuida ya sea por su relación con un episodio de una religión, ya sea por su localización geográfica reinterpretada religiosamente, ya sea por la acción de uno o varios seres sagrados que han vivido o aparecido en ese ámbito local o porque reposan sus restos mortales, o bien porque ahí está su imagen milagrosa” (Menezes, 2003: 87).
  15. https://bit.ly/3zzPjdR (última consulta: septiembre de 2021).
  16. Para un mayor desarrollo de estas experiencias de contactismo, véase Flores (2020).


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