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Introducción

“¿A qué acontecimiento o a qué ley obedecen estas mutaciones que hacen que, de súbito, las cosas ya no sean percibidas, descritas, enunciadas, caracterizadas, clasificadas y fatigadas de la misma manera y que, en el intersticio de las palabras o bajo su transparencia, no sean ya las riquezas, los seres vivos ni el discurso los que ose ofrezcan al saber, sino seres radicalmente diferentes?” (Foucault, 2002a; 231).

“Holy Moses I have been removed

I have seen the spectre he has been here too

Distant cousin from down the line

Brand of people who ain’t my kind

Holy Moses I have been removed”

Bernie Taupin & Elton John, 1970.

Incontables páginas se dedicaron a consagrar la historia de Jerusalén. La pulsión por conquistarla arrojó a un número semejante de hombres y mujeres a la tentativa. Existen, pues, dos grandes afanes: el de dominar la ciudad y el de comprender cómo han surgido los medios para intentarlo. Una pequeña lección sugiere que no habrá ni asedio ni ocupación última; tampoco una palabra final al respecto. Estas páginas componen el registro de observaciones condenadas a quedar viejas. Al momento en que fueron escritas, surgieron de la intuición que aquello que se narrara daría a conocer la emergencia de una nueva forma de gobernar la ciudad.

Hubo quienes se rehusaron a admitir que Jerusalén fuese una mera ciudad. A dieciséis años de la fundación del Estado de Israel, en 1964, el profesor y activista Don Peretz la llamó una ciudad dividida contra sí misma. Tres años después, como corolario de la Guerra de los Seis Días, Israel arrebató al Reino Haschemita de Transjordania la amurallada Ciudad Vieja, y junto a ella, una constelación de aldeas diseminadas en sus alrededores. Dicha región, Jerusalén Este, quedó bajo el ejido municipal, en virtud de una línea marcada por autoridades militares israelíes que consideraron las virtudes tácticas de sus valles y colinas. En lo sucesivo, los palestinos reclamarían Jerusalén Este como la futura capital de un Estado.

En 1980, una ley con jerarquía constitucional formalizó jurídicamente la anexión de este territorio que, poco a poco, fue integrándose en el proceso de metropolitización de la ciudad. En el nuevo milenio, investigadores como Alice Hills (2009) se refirieron a Jerusalén como una ciudad “posconflicto”, Michael Dumper, como una ciudad dividida (2013) o multi-fronteriza (2014). Meir Margalit (2016), por su parte, ha llegado a bautizarla como una “no-ciudad”. Todas estas categorías remiten a aquellas instancias que produjeron una diferencia entre las dos poblaciones etno-nacionales que habitan Jerusalén, la judía israelí y la árabe, que antes se hallaba bajo jurisdicción jordana. Mientras el primer grupo goza de la ciudadanía del Estado que ejerce las funciones de gobierno a lo largo del territorio, a los miembros del segundo les atañe el status de residentes permanentes, cuyos derechos cívicos y políticos no son plenos.

Una preocupación fundamental entre las autoridades políticas israelíes, surgida desde el nacimiento del Estado, es la cuestión demográfica y su relación con la representación política (DellaPergola, 2003). Existe el temor que una “desproporción” numérica entre los grupos mencionados, que son los mayoritarios, derive en condición de posibilidad para jaquear la existencia del Estado. Para evitar esa presunta estocada a la dominación sostenida por un grupo etno-nacional en particular, las instituciones estatales, valiéndose de múltiples asociaciones con el sector privado, han movilizado recursos y ejecutado políticas públicas que limitaron su incorporación a la vida cívico-política: a la comunidad política y a la nación. Una pregunta que plantean académicos como Sammy Smooha (1997, 2002) y Oren Yiftachel (1998, 2000) es la siguiente, ¿puede considerarse que el Estado de Israel sea una democracia? Si la respuesta es no, ¿entonces cómo puede aprehenderse esta forma de sociedad?

Las tendencias demográficas desde 1967 a la fecha, muestran que la población árabe ha crecido en mayor proporción a la judía israelí, cuyo sector más eminentemente religioso y ultra-ortodoxo lo hizo, a su vez, más que el secular. Esto suscitó la perspectiva entre autoridades políticas y militares israelíes que la preservación del Estado requiere un correlativo gobierno de las conductas demográficas pero, ¿acaso es este un estudio sobre demografía? No necesariamente. Este proyecto pretendió esbozar una analítica acerca del ejercicio del poder político conforme a las formas de representación del conflicto entre israelíes y palestinos.

En otras palabras, esta es una indagación sobre la forma en que una cierta racionalidad política emergió en nuestro tiempo para dotar de sentido, una modalidad distintiva de gobernar la diversidad etno-nacional aludida. A lo largo de estas páginas procuré volver inteligible la irrupción de una economía política original en el ejercicio del poder político en la ciudad de Jerusalén entre 2009 y 2018, los años en que Nir Barkat ofició como alcalde e introdujo, es mi hipótesis, una mutación en el orden de ejecución de las tácticas para gobernar la ciudad y sustentar la soberanía israelí.

Para asumir el desafío de comprender en qué consistieron esas posibles mutaciones y continuidades, retomé el concepto de dispositivo de israelización. Esta noción proviene de mi tesis de maestría: en ella, rastreé los conjuntos de curvas de visibilidad y de enunciación entre elementos discursivos y extra-discursivos sobre el ejercicio del poder en Jerusalén, como referente empírico local de un régimen político más amplio. Pretendí así develar un diagrama de poder en el que dichas curvas se manifiestan y cuyo resultado son procesos de subjetivación-objetivación. Todo esto lo hice sabiendo que estas palabras bastarán para comprender apenas un recorte acerca de lo que puede ser dicho sobre Jerusalén, con la esperanza que sean de utilidad para aprehender otras realidades socio-políticas.

La pregunta problema

Elegí Jerusalén, como caso, a partir del interés que me despertó un curso dictado por el Dr. Meir Margalit en 2013, en el Instituto de Desarrollo Económico y Social. En aquel entonces, el historiador argentino nacionalizado israelí, ex concejal de la Municipalidad de Jerusalén, introdujo una noción que capturó mi atención: el alcalde Nir Barkat, que estaba concluyendo su primer período de gobierno, ensayaba un estilo inédito de gobernar la ciudad. Cierta sutileza se manifestaba en indicadores concretos, como la disminución de demoliciones de viviendas en Jerusalén Este (Margalit, 2014) y un trato más condescendiente con los palestinos.

A todas luces, estos gestos distaban mucho de los años de la Segunda Intifada, grabados en la memoria reciente de los habitantes de la ciudad. Desde entonces, mantuve un fluido intercambio con Margalit, quien me incentivó a dedicarme al estudio de los problemas que a él le interesaban. Decidí tomar críticamente su planteo y realicé mi tesis de maestría en Ciencia Política en la Escuela Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales (IDAES) de la Universidad Nacional de San Martín, indagando en esta supuesta “mutación”. En 2018, Margalit plasmó sus postulados en un libro, “Jerusalén, la ciudad imposible“. La presente tesis doctoral, como se apreciará, parte de una revisión crítica de ambos textos.

Comenzaré estableciendo que Margalit (2018) percibe que la “morfología” de la ocupación está sujeta a un “proceso dinámico”, palpable en el contraste entre los dos períodos de gobierno de Nir Barkat. El historiador distinguió el primer mandato (2009-2013) como “neo-colonizador” o de “sometimiento blando”, y el segundo (2014-2018) como semejante a gobiernos anteriores al primero. La clave de esta apreciación radica en aquello que yo caracterizo como la modulación del despliegue de tecnologías de gobierno según el surgimiento de una economía política original durante la era Barkat. Debo aclarar que comparto con Margalit el uso de la matriz epistemológica foucaulteana para aprehender la existencia de economías del ejercicio del poder político susceptibles de distinguirse en el orden de la ejecución de programas de gobierno. Empero, en su planteo, este corpus teórico no es troncal sino una de las herramientas que el autor emplea para indagar en estos fenómenos.

En suma, Margalit se apoya en un ecléctico caleidoscopio conceptual al cual recurre para resaltar aspectos sumamente diversos de la realidad jerosolomitana. Sin dudas, su referencia más explícita al marco teórico compartido con él y que es central a mi argumento se halla en la siguiente cita. Quisiera enfatizar que incluyo este fragmento por que en él se halla comprendida, en buena medida, la pregunta problema que recupero a partir de sus observaciones para formular mis propios objetivos:

Lejos de ser una formación acabada y monolítica, la ocupación es un proceso dinámico, que cambia incesantemente sus procedimientos y presenta una morfología un tanto escurridiza. No se trata de una estructura estática que una vez instaurada se mantiene inamovible. A pesar de mantener una base fija y continua, su práctica cambia constantemente, por lo cual debemos estar sumamente atentos a sus mutaciones circunstanciales. En nada se asemeja su textura en épocas relativamente tranquilas (y efectivamente las hay), a su articulación en agitadas épocas de crisis. El “sometimiento blando” implantado por el alcalde Barkat durante su primer mandato difiere sustancialmente del uso masivo del poder desplegado durante su segundo periodo de gobierno, o más precisamente, a partir del estallido de la revuelta juvenil en julio 2014. Durante su primera legislatura, la ocupación mantuvo un carácter mesurado que podríamos enmarcar dentro de un modelo “neo-colonizador”, el cual se distingue justamente por reconocer que, en la era mediática, hay limitaciones que todo gobierno debe acatar, y no todo atropello es factible. El gobernante neo-colonial ha tomado conciencia de que la ocupación no debe practicarse sola y exclusivamente a través de métodos de coerción, y que el “colonizador” no tiene por qué encarnar el prototipo del opresor detestable. Por el contrario, es más rentable y eficaz ejercer el poder a través de políticas benevolentes. Barkat es un ejemplo ilustre de esta estirpe política. (Margalit, 2018; 36)

El estilo ensayístico de Margalit le permite caracterizar el malestar presente en Jerusalén como “patológico”: sostiene que la ocupación es “una neurosis social”. El historiador acentúa en su análisis las diferencias existentes entre el estilo de ocupación en Cisjordania y Jerusalén Este: mientras la forma de ejercicio del poder en la primer región corresponde a una versión más “clásica” o “explícita” basada en el régimen militar, en la segunda, ésta es más “difusa”. Casi como si el caso jerosolimitano constituyera una desviación normativa de un régimen de ocupación (que no se revela transitoria, sino cristalizada), la “ocupación moderada” o el “sometimiento blando” del gobierno de Barkat, genera una complejidad aún mayor, cuya especificidad intentaré aprehender a partir de Margalit.

Según el autor, en Jerusalén coexisten tecnologías diversas que, con mayor o menor uso explícito de la violencia física, sea para atender algún derecho de la población palestina o para disminuirlo, invariablemente sedimentan el régimen detrás de su articulación y despliegue. Además, esto en ocasiones se da, hasta cierto punto, con el beneplácito o reconocimiento positivo de este grupo etno-nacional, en razón del beneficio derivado de una política: la ampliación de escuelas, la construcción de una clínica, entre otras medidas. Para tener una idea de la diversidad etno-nacional y religiosa que habita en Jerusalén, observemos que para 2016, el Jerusalem Institute for Policy Research indicó que la población alcanzaba los 882.700 habitantes (Korach & Choshen, 2018). De ellos, el 62% se reconoce como judío y el 38%, como árabe. Puede decirse que la población judía está partida en tres partes semejantes: un 33% se considera secular, otro 33% observante, y el 34%, como ortodoxa. Asimismo, Jerusalén está dividida en dos grandes regiones. En el Oeste, donde se ubican los edificios gubernamentales y administrativos nacionales, y donde se concentran las industrias, oficinas y barrios más pudientes, viven unas 340.200. De ellas, 335.000 son judías y apenas 4.700, árabes. En el Este, en cambio, la población asciende a 542.400: 214.600 son judíos y 327.700 árabes.

Dado que el texto de Margalit combina dos registros, uno de denuncia y otro de análisis, añado que la prevalencia del primero sobre el segundo resulta en una compleja imbricación de perspectivas. Debo señalar que se destaca la prolijidad del autor por ensamblar una cacofonía acerca de la noción de ocupación en Jerusalén para indicar que aquí tomaré parte de estos argumentos y dejaré de lado otros, concentrándome en un marco teórico más acotado. Quien se vuelque a comparar ambos textos comprobará que el diseño de investigación aquí propuesto apunta a objetivos que no necesariamente se replican en el libro de Margalit, y que se aplican técnicas de recolección de datos específicas que responden a otros objetivos.

En otras palabras, mientras el historiador vuelca la experiencia de quien conoce de primera mano la política de la ciudad, su consejo deliberante, sus organismos de Derechos Humanos y su sistema académico, mi mirada es la de un outsider, que en tanto investigador dará cuenta del rigor de las técnicas de observación que le permitieron arribar a los hallazgos aquí compartidos. Margalit, por su parte, resume las experiencias y miradas derivadas del ciudadano comprometido, el profesor, el militante que denuncia la ocupación, y establece sendos diálogos de perspectivas epistemológicas y aportes interdisciplinarios heterogéneos, valiéndose de una posición diferente respecto a los posibles objetos de observación compartidos.

Otro rasgo notable a señalar es el estilo ensayístico de Margalit, cuya propuesta es de reflexión y cuyo objetivo es provocar el pensamiento; en definitiva, propugna dar a conocer lo que ocurre en Jerusalén de la forma más completa y crítica posible. Todo esto ata las referencias citadas por el autor con su propia mirada, tomándolas en virtud de una oportuna verbalización de conclusiones preliminares. Cada registro presenta características distintas: este escrito no pretende replicar el tono ensayístico, sino dar cuenta de la formación que he adquirido a lo largo de mis estudios doctorales en el uso de estrategias de producción y análisis de datos. Por ello es que, como elaboré a lo largo de estas páginas, propongo una mirada diferente. Esto me lleva, por ejemplo, a apreciar de otro modo la descripción del funcionariado municipal que ofrece Margalit cuando concluye que,

El objetivo no es subyugar, pero esta es la única opción posible de mantener el orden social y prevenir futuros levantamientos. El inventario de instrumentos de control disponibles será siempre y exclusivamente represivo porque ellos desconocen otro trato al palestino o, tal como expresa el dicho popular, “el árabe no comprende otra lengua”. (Margalit, 2018; 52).

En este fragmento, el autor pareciera centrar su mirada sobre las técnicas y tecnologías de gobierno en una fase eminentemente represiva, mientras que, por mi parte, pretendo dar cuenta de la polivalencia de posibles efectos derivados de ellas. Sostengo que técnicas y tecnologías de gobierno son susceptibles de articularse y desplegarse en sentidos y con propósitos muy distintos conforme a la economía de poder que la moviliza. Este es un punto clave de mi tesis, por tanto, cuando Margalit caracteriza como “burócratas” a los actores que desde los organismos municipales pretenden “cuidar el orden público” respecto a la cuestión demográfica, entiendo que abre un umbral para interrogar el estudio de las racionalidades políticas de los actores que elaboran los programas de gobierno, y a eso me he dedicado aquí.

En concreto, dichos programas contribuyen a gestar el rasgo “dinámico” o “cíclico”, en suma, cambiante, que el propio Margalit distingue. La noción de dispositivo de Michel Foucault (2002a), aplicada a un estudio del poder político, debe considerar aquellas racionalidades volcadas por actores devenidos autoridades políticas en los nichos institucionales desde los que se tejen semejantes tareas. Por consiguiente, considero que puede problematizarse la caracterización del funcionario municipal como un “autómata” cumplidor de tareas computadas por la institucionalidad para preguntar, ¿cómo se formula la racionalidad política prevaleciente en la esfera de gobierno?

Destaco este punto pues, Margalit dedica suficiente atención a Barkat, sus antecedentes, su trayectoria personal. Sugiero, a partir de su investigación, incorporar un análisis más pormenorizado acerca de la racionalidad política subyacente a su programa de gobierno, pues podría enriquecerse el esfuerzo de dilucidar lo específico que representaron la candidatura y gobiernos de Barkat respecto a sus predecesores. Entiendo que esto puede llevar a reformular la noción acerca del “aparato ocupacional” como aquello que restituye permanentemente relaciones de poder asimétricas solamente, o centralmente, basándose en la fuerza. De ser así, podría perderse de vista el rol de la agencia de los dominados, los palestinos jerosolimitanos, y se arriesga percibir toda agencia o subjetividad de grupos identificados con la dominación como si estuviesen al margen de dichas tecnologías.

A partir de los textos que reseñaré en los primeros capítulos, sostendré que el poder no puede expresarse o ejercerse en un solo sentido, ni que la intersubjetividad permanece “ilesa” a políticas que toman como blanco a un sector o grupo de forma privilegiada respecto a otros. En el estudio de la realidad jerosolomitana, el abordaje gubernamental de la cuestión demográfica ilustra el punto. En efecto, no hay forma de analizar las políticas de desarrollo económico promovidas por Nir Barkat sin atender a las nociones sobre ciudadanía y mercado de trabajo que apuntaron a la promoción de nuevas formas de integración/exclusión presentadas por él.

Me refiero a que las políticas de creación de empleo propendieron a modificar los comportamientos demográficos de los judíos seculares, que comportaban una migración negativa, significando la merma de la mano de obra más calificada en la ciudad. Este aspecto contrariaba una racionalidad que asimiló a Jerusalén en tanto capital del Estado y, también, como una marca o mercancía susceptible de competir en un mercado internacional de ciudades. Según Barkat, la realización de cualquiera de ambas “Jerusalenes“, dependía de la concreción de la otra. Para ello, el control del “riesgo demográfico” de la presencia de los palestinos en la ciudad podría darse a través de una mayor incorporación de este grupo al mercado de trabajo. Se aprecia, pues, no la expresión estructural de un aparato institucional pergeñado para formar burócratas que accionen las piezas de los mecanismos de opresión, sino, como expongo en estas páginas, la formulación y puesta en marcha, por parte de determinados actores, de racionalidades acerca de acontecimientos tematizados como problemáticos y en torno a los cuales se conciben estrategias y medios para su resolución[1].

El trato deparado por Barkat a ambos grupos poblacionales, pese a la recurrencia de tácticas diferenciales para gobernar sus prácticas demográficas, comparte una noción común de homo economicus, de capital humano, en suma, un modelo antropológico empleado para dar sentido a las políticas diseñadas. Este abordaje permite entender la especificidad de la irrupción histórica de la modulación específica sucedida en el orden de ejecución de las políticas públicas del aparato de ocupación que distingue Margalit, sin depender de un funcionariado con anteojeras, abocado al estricto cumplimiento de funciones de las que también se encontraría preso[2].

De cierta forma, esta caracterización exonera a la administración pública israelí, mostrándola comprometida con fórmulas que estaría obligada a repetir, enseñada a no cuestionar: esto no sólo no es cierto ni para la administración pública ni para la sociedad civil israelí. En cuanto a actores de la sociedad civil, debo destacar que buena parte de las fuentes empleadas provienen de informes, comunicados, memos, en suma, documentos publicados por organismos no gubernamentales compuestos por activistas y profesionales tanto israelíes como palestinos. Si el análisis prioriza la violencia física como principio fundamental de un diagrama de ejercicio del poder, pueden no aprehenderse los motivos, las concepciones, las sutilezas de la elaboración de técnicas y tecnologías novedosas o de las formas inéditas de articulación de las preexistentes. En suma, pongo en suspenso la noción que el poder es ejercido en Jerusalén conforme a la severidad de esquemas categoriales entre dominantes y dominados para incorporar la porosidad de las movilidades posibles entre ambas: para comprender cómo se imbrican, y en qué sentido, elementos democráticos y autoritarios.

Cabe agregar que Margalit destaca una distinción entre dos estamentos de funcionarios: los ya descriptos, que podemos denominar “acatadores”, y una capa secundaria, más “fina”, de otros que de forma “mancomunada”, colaboran intersectando la labor de ministerios, secretarías y demás organismos públicos[3]. Como se aprecia en el caso jerosolimitano, la superposición de competencias y jurisdicciones de organismos municipales y nacionales, que en ocasiones pueden complementarse y en otras rivalizar, las coordinaciones nunca son plenas ni se dan sin negociaciones o compromisos de intereses que van más allá de la premisa nacionalista de los políticos israelíes del centro hacia la derecha, de mantener “unificada” a Jerusalén[4].

Asimismo, cuando Margalit emplea el término de “dispositivo” en su acepción foucaulteana al estudio de esta relación transversal y jerárquica de la administración pública en Israel, establece una noción que podría entrar en tensión con aquella observación del propio Michel Foucault (2002a), cuando sostiene que no existe un punto último del poder, un asiento, un tablero de control, donde se formulen, diseñen y computen los ordenamientos que cada eslabón del Estado ha de realizar[5]. Creo que esto no es lo que pretende sugerirse en el texto de 2018, y que su acierto en dilucidar una alternancia de economías políticas, una especie de desplazamiento o complementariedad de técnicas pertenecientes tanto al diagrama[6] disciplinario como al biopolítico, puede beneficiarse de enfatizarlo.

Mientras Margalit pretende hacer inteligible un funcionariado oculto, protegido en las sombras de una verticalidad inaccesible, aquí busco exponer algo distinto: una analítica del poder, una caza de la verdad producida por autoridades políticas acerca de la consolidación de la soberanía israelí sobre Jerusalén. Precisamente, propongo aprehender cómo en las fuentes relevadas, actores devenidos en autoridades políticas[7] vuelcan sus racionalidades acerca de cómo el poder debe orientarse conforme a un fin. En suma, la perspectiva que introduzco es una que historiza el surgimiento de programas de gobierno, de economías del ejercicio del poder en torno a la consagración de una eficacia en el despliegue de sus mecanismos[8].

Por último, sostengo, siguiendo a Foucault, que las racionalidades compiten entre sí, pueden ser resistidas, y que reaccionan a posibles expresiones de resistencia, adaptándose a ellas, sin nunca conseguir, por ende, resultados absolutos. Esta es una perspectiva relacional y dinámica del poder, comprendido como fluido, no como sustancia: como una red de múltiples fuerzas jalonadas desde incontables aristas (Deleuze, 2014; Foucault, 2002a), tomando distancia de la jerarquización entre planificadores ocultos y operadores disciplinados, artífices combinados de la ocupación. Es factible, entiendo, proponer una mirada alternativa.

En Historia de la Sexualidad Vol. I, Foucault (2002a) establece una línea de indagación, una analítica del ejercicio del poder, para acceder a las múltiples formas en las que históricamente se hizo hablar el sexo a partir de la confesión haciendo del hombre un animal de confesión. Es decir, Foucault evidenció los modos en que una verdad sobre el sexo fue arrancada, expuesta, descubierta, a partir del desplazamiento de técnicas de tortura, de examen, de escucha, que presentan aquello que se confiesa como algo que exigía abandonar la hondura de una cueva para ver la luz. Dicha confesión deja de percibirse como un efecto de poder: la enunciación de una “verdad” sobre uno mismo deviene una práctica de constitución del hombre como sujeto.

Una pregunta clave en mi análisis es, por tanto, ¿qué práctica de constitución del hombre como sujeto se dio en el período de Barkat, conforme a la premisa que sostiene que, durante su gobierno, se produjo una mutación en el diseño y ejecución de las políticas públicas preexistentes? Asimismo, y en otras palabras, ¿qué nueva estrategia discursiva fue la que codificó un sentido específico para que dicha mutación fuera impulsada y tuviera lugar? Ahondando sobre esto, ¿de darse dicha mutación, qué puntos de la red de relaciones de fuerza del campo jerosolimitano fueron accionados por el conjunto de aparatos institucionales que movilizan aquello que aquí denomino como dispositivo de israelización? Es más, ¿qué rasgos caracterizan la adopción de algo que puede identificación como una nueva economía del ejercicio del poder político?

A todo esto, agrego, para fortalecer estos interrogantes, que en los documentos relevados, como demuestro, pueden aprehenderse las representaciones de Barkat y rastrear la genealogía de su cristalización: distinguir los actores que discursivamente las codificaron, que las promovieron y tradujeron su ámbito de acción al campo jerosolimitano, y, además, la emergencia de otros actores que se le opusieron. En otras palabras, parte de la pregunta problema aquí expresada pretende indagar en la especificidad con que viejos y nuevos mecanismos del poder fueron operados, propiciando identificar conforme a qué sentidos y con qué eficacia se buscó que obraran. Estos párrafos apuntan, pues, a distinguir la confección de una economía política y un régimen de verdad acerca de la producción de subjetividades, y una grilla de inteligibilidad para su puesta en escena.

La literatura especializada en gubernamentalidad y neoliberalismo, a la que dedico suma atención en el Capítulo II, me asiste en inscribir mi perspectiva en una línea de investigación particular. Me refiero a aquella que retoma la tradición epistemológica sobre el poder establecida por Foucault y reactualiza sus estudios sobre el neoliberalismo, para reflexionar sobre el tipo de subjetividad que este orden de razón normativa promueve (Brown, 2015). En efecto, la experiencia jerosolimitana comprendida en el período 2009-2018, podría pensarse como un caso de neoliberalismo realmente existente. Con esto quiero decir, siguiendo a Theodore, Peck y Brenner (2009), como una expresión más, acaso, de diversas circunstancias históricas en las que ciertos rasgos enmarcaron formas de pensar las funciones de gobierno del Estado (Brenner, 2017) y un modelo de acción para el hombre como individuo y ciudadano, que pueden identificarse como propias del polisémico y vasto fenómeno del neoliberalismo.

Como parte de esta tradición de estudios se pregunta, y pienso como exponente de ello a la politóloga Wendy Brown, compartiré su preocupación por aprehender cómo es que la expansión de aquel orden normativo identificado con el neoliberalismo afecta cualitativamente la vida democrática. El análisis de un programa de gobierno desplegado conforme a la matriz neoliberal por una administración concreta, en la que el alcalde encarna la figura del homo economicus del neoliberalismo, y en la que pueden identificarse asesores que, además, son académicos expertos en la temática, amerita a considerar estos aportes.

Eminentemente, deben tenerse en cuenta, como sostendré desde el Capítulo I en adelante, puesto que el carácter democrático del Estado de Israel es disputado por autores como Smooha, Yitfachel, y sus respectivos continuadores y colaboradores. Por ello, tiene mucho más peso introducir la pregunta: ¿cómo es afectado el tipo de vida colectiva establecida en Jerusalén, en la que la diversidad etno-nacional deviene un factor de distinción de pertenencia al cuerpo político (un cierto régimen de verdad, basado en lo étnico, determina quién es ciudadano y quién no), cuando ésta es atravesada por un nuevo régimen de veridicción (uno que, indistintamente de la dimensión etno-nacional, forjará las subjetividades de judíos israelíes y palestinos como capitales humanos)?

En suma, vale preguntar, por todo esto, qué representa la palabra “democracia” en los discursos de Nir Barkat cuando, como destacó Margalit, fue quien implementó una serie de políticas que confesaron la voluntad de reconocer a los palestinos como sujetos susceptibles de volverse “compatibles”, en tanto neutrales, con el orden sociopolítico israelí. Es decir, una economía política que responde al orden neoliberal moduló el movimiento del engranaje de las tecnologías de gobierno existentes. Al hacerlo, los dotó de un sentido original. Eso es, precisamente, de lo que quiero dar cuenta aquí: de las condiciones de su formulación, las particularidades de su enunciación, las reelaboraciones surgidas a raíz de apoyos obtenidos y resistencias presentadas. Esta analítica del poder, en definitiva, podría ofrecer una actualización acerca de la democracia en regímenes políticos contemporáneos, siendo el caso municipal jerosolimitano, uno posible, ilustrativo, susceptible de compararse con otros.

El análisis del dominio específico en que se forman las relaciones de poder en la epistemología foucaulteana apunta a determinar qué instrumentos permiten dicha exploración, descartando aquella representación del poder, jurídico-discursiva, en la que éste se dedica a meramente prescribir, reglar binariamente, habilitar y prohibir[9]. En la perspectiva foucaulteana el poder no es una sustancia de la que uno pueda apoderarse y poseer. No es un objeto que se adquiere arrancándolo de las manos de alguien más. No es, pues, una cosa que pueda compartirse, celarse, conservarse, sino algo manifiesto en su ejercicio, a partir de innumerables puntos, en virtud de relaciones móviles y desiguales. Estas relaciones no se hallan, además, en posición de exterioridad respecto de otro tipo de relaciones.

En vez de ello, se destaca su inmanencia, su reciprocidad, su carácter relacional: es más, su potencia como condiciones de diferenciación, de partición, de producción de desigualdades. En tal sentido y, resumiendo, Foucault destaca que las relaciones de poder desempeñan un papel productor. Esta sostiene que:

No existe el discurso del poder por un lado y enfrente, otro que se le oponga: los discursos son elementos o bloques tácticos en el campo de las relaciones de fuerza. Puede haberlos diferentes e incluso contradictorios entre sí dentro de una misma estrategia, pueden circular en sin cambiar de forma entre estrategias opuestas. (2002b, 98).

Abonando a lo anterior, las relaciones de poder no tienen punto de partida ni de llegada, no implican oposiciones binarias entre dominadores y dominados, sino la imbricación de multiplicidades que se forman, combinan, hacen y deshacen, en diferentes ámbitos del cuerpo social. Ideográficamente, podría pensarse a las relaciones de fuera como una enmarañada e ilimitada línea de fuerza general tensada por actores que compiten, colaboran y se enfrentan entre sí, consiguiendo resultados más y menos afines a lo esperado (Deleuze, 2014). En otras palabras, independientemente del “grado” de correspondencia entre un sentido mentado y un resultado, las relaciones de poder siempre producen efectos de poder insospechados.

Ya que arribamos a la cuestión del sentido debemos tocar, según la semántica foucaulteana, el ámbito de las racionalidades del poder, es decir, el campo de las tácticas que, más y menos explícitamente elaboradas, se requieren y diseminan recíprocamente. Estas racionalidades, en términos generales, se revelan como mudas, de autoría anónima, o escasamente rastreable, pues la analítica del poder en cuestión, nuevamente, rechaza que exista un punto último desde donde se ejerza el poder. Sí pueden identificarse, en cambio, actores que operen como promotores, contendientes, refundadores de algunas de estas racionalidades: que bien las adapten coyunturalmente les brinden un impulso novedoso, en fin, que rechacen o renueven un campo específico de configuración discursiva en torno a una cuestión.

Todo esto lleva a dilucidar otro rasgo –en términos teóricos, irreductible– del poder, y es que éste no existe sin resistencia, y que ninguna resistencia se halla en posición de exterioridad respecto suyo. Si recordamos que las relaciones de poder constituyen una red, entonces, los puntos de anclaje, los blancos, los apoyos, se hallan diseminados por todas partes dentro de esta red, en forma tal que el carácter relacional se enfatiza nuevamente. Los eventuales rechazos pueden provenir de múltiples ángulos: por eso se descartan categorías binarias de opresor y oprimido, en términos duros de represión como rasgo cardinal del poder: no es de esto de lo que se trata la concepción de la analítica foucaulteana.

Apoyos y resistencias se hallan dispersas en una red de relaciones de fuerzas diagramada en forma e intensidad irregulares: pueden distinguirse por eso los puntos espontáneos y de emplazamiento y las líneas divisorias que introducen desplazamientos y agrupamientos de colectivos, cuerpos, individuos (Deleuze, 2014). Estos rasgos construyen el modelo estratégico de análisis foucaulteano, que propugna rastrear la producción permanente de campos móviles y múltiples de relaciones de fuerza cuya producción de efectos de dominación son globales y nunca del todo estables (Foucault, 2002b). La maraña del hilo que recorre el cuerpo social construye un espeso tejido de aparatos e instituciones e instaura sus puntos de resistencia: surcados unos con otros, corresponde a este análisis la identificación de la especificidad de los mecanismos del ejercicio del poder en una red particular.

Esta investigación reconoce la virtud de articular una serie de diversos aportes. Por un lado, la potencia explicativa de los estudios de gubernamentalidad, de las racionalidades políticas, los programas y las tecnologías de gobierno, los análisis sobre regímenes políticos y el ejercicio del poder. Luego, las contribuciones de las pesquisas sobre la relación entre el neoliberalismo y la democracia. Dichas líneas de análisis ofrecen pautas conceptuales cuya aplicación al estudio de la realidad jerosolimitana no sólo puede enriquecer lo conocido sino enlazarlo a agendas de investigación que rebasen las preguntas por la ocupación. En efecto, esto permitiría aprehender una multiplicidad de casos en que tecnologías similares son ejecutadas en realidades sociales y políticas sumamente distintas. Es decir, la profundización de una apuesta conceptual concreta y establecida, íntegramente transversal a un análisis, que recurra, sí, a las contribuciones de otras perspectivas, brinda un marco coherente: una lente cuyas irregularidades pueden criticarse, sus lagunas advertirse, sus meandros evitarse, sus limitaciones, aceptar o desafiar. Propongo, en estas páginas, realizar esto mismo.

Por tanto, no es de mi interés ofrecer una noción acerca de qué es la ocupación en sí. Como el propio Margalit sostiene, quizás esta sea una tarea fútil[10].

Aquí analizaré cómo se ejerce el poder en condiciones de ocupación, contemplando que la institucionalidad estatal que oficia dicho ejercicio se percibe como democrática. Por ende, la pregunta gravita en torno a los posibles significados de esta identificación democrática por parte de las autoridades oficiales respecto a la forma de vida colectiva que ciertos autores comprenden como democracia, y aquella forma de vida colectiva que se aprecia en los hechos y sobre la cual determinadas autoridades políticas pretenden operar. El análisis de las formas políticas de intervención sobre la coexistencia de la multiplicidad etno-nacional que este caso presenta conecta la experiencia histórica socio-política jerosolimitana con un estado del arte más vasto. La esperanza que guía mi intuición es que estos aportes sean retomados para el estudio de ésta y otras realidades sociales.

Asimismo, este trabajo es, en sí mismo, resultante de uno anterior. Efectivamente, en mi tesis de maestría elaboré conceptos tales como el de dispositivo de israelización, que aquí es retomado para pensar la cuestión del ejercicio del poder político, no sólo atendiendo a un contexto de ocupación, sino a uno en que se propugna modular las formas en que aquellas más y menos aventajados, mejor y peor favorecidos en el campo jerosolimitano, interactúan, se desplazan unos a otros, se integran o rechazan mutuamente, y de acuerdo a qué modalidades.

En efecto, estudié en mi tesis de maestría las políticas de planeamiento urbano como referentes empíricos privilegiados del primer mandato de Nir Barkat: como observables que me permitieran dilucidar los rasgos más singulares de la experiencia introducida por este gobernador específicamente. Asimismo, el estudio de la elaboración y ejecución de dichas políticas posibilitó resaltar una modalidad de territorialización de la institucionalidad estatal, amparándose más y menos en la complementariedad de actores públicos y privados, pero siempre conforme a la vocación expresada por una racionalidad política gestada y consolidada desde 1967.

Me refiero a aquella emanada del campo político israelí, recorriendo el espectro de los partidos religiosos a los partidos laicos de derecha, a expresiones del centro, incluso, de algunos partidos de izquierda, que propugna sostener la soberanía israelí sobre Jerusalén como ciudad capital, “eternamente” unificada. En síntesis, mi pregunta problema apunta a entender la manera en que desde la asunción de Nir Barkat a la alcaldía de Jerusalén se implementó un uso de diferentes técnicas gubernamentales con el objetivo de consolidar dicha soberanía. De tal modo, en mi investigación doctoral exploré si la aplicación de dichas técnicas produjo una mutación en el uso de la fuerza, pero sin alterar estructuralmente el sistema tradicional de gobierno, en pos de abordar la problemática demográfica y de afianzar la dominación sobre la población árabe.

Consiguientemente, el objetivo general de esta tesis apunta a analizar si la modalidad de implementación de las políticas públicas en Jerusalén Este durante el gobierno de Nir Barkat (2009-2018) puede aprehenderse dentro del orden de una mutación en la economía tradicional del ejercicio del poder, pensándola en relación a la idea de “gubernamentalidad” de Michel Foucault y sus nociones de racionalidades políticas y tecnologías de gobierno. Como objetivos específicos, me planteé indagar, por un lado, en la especificidad que entraña la emergencia de determinados elementos discursivos que se hallan en las racionalidades políticas (Rose & Miller, 1992) de Barkat respecto a su modo de entender la responsabilidad de gobernar Jerusalén en virtud de la diversidad cultural que habita la ciudad. Por otro lado, me propuse analizar cómo la cuestión nacional e identitaria de la población árabe residente es tematizada en la racionalidad política presente en los discursos de las autoridades estatales municipales y cuáles son los objetivos e intereses políticos y culturales implícitos en estos discursos.

Debo destacar lo siguiente. Mi propuesta apunta a ofrecer más que un ejercicio analítico a partir de autores vinculados al marco de estudios sobre gubernamentalidad y neoliberalismo, o, para el caso, sobre democracia. En efecto, pretendo realizar una lectura crítica de nociones tales como etnocracia, democracia étnica y cimentar de tal forma, una plataforma para su acceso en el campo académico argentino y de América Latina. Precisamente, entiendo que conceptos semejantes, así como aquellos resultantes de la presente investigación, pueden aplicarse al estudio de realidades sociales y políticas tales como la chilena, la boliviana, la ecuatoriana. Introduzco esta perspectiva en virtud de la irrupción en la esfera pública de estas sociedades, de actores cuyas demandas, intereses e identidades surgen a partir de la exacerbación de diferencias inspiradas en la pertenencia a un grupo etno-nacional o religioso en particular. Dichas diferencias suponen, a su vez, una ruptura en los modos de percibir la otredad cultural al punto de establecer categorías acerca del otro como un sujeto peligroso, siendo por tanto, sustanciales al establecimiento de una forma de cohabitación y de régimen político, y por ende su análisis, crucial para el interés de la comunidad científica.

Estructura y contenidos de los capítulos

El primer capítulo comienza planteando un debate epistemológico y teórico entre dos autores, el sociólogo Sammy Smooha y el geógrafo Oren Yiftachel. Cada uno elaboró un concepto diferente para volver inteligible el tipo de régimen político israelí. Ambos partendo de una misma premisa: no cabe distinguirlo como una democracia. Smooha propone otro término, democracia étnica, y Yiftachel introduce el de etnocracia. La reseña de este debate nos sitúa en el desafío de aprehender los rasgos de este orden sociopolítico a la vez que permite contribuir a un estado del arte sumamente rico y que no puede omitirse.

Smooha y Yiftachel destacan por igual que la existencia de un proyecto político expansivo por parte del grupo etno-nacional dominante no permite considerar a la sociedad israelí como democrática. Sin embargo, el análisis de Yiftachel no sólo descarta que la democracia corresponda al caso israelí (Smooha entiende que el caso presenta una especie de desviación patológica) sino que otorga una centralidad al llamado proceso de judaización, cuya diseminación a nivel institucional y territorial obstruye una integración equitativa de los distintos grupos etno-nacionales, en términos cívico-políticos y también de distinción de clase.

Para ahondar en ello, propongo considerar la noción de democracia de Claude Lefort y el concepto de horizontes estético-políticos de Martín Plot, e interrogar la forma de la sociedad israelí: ¿cómo coexisten en ella rasgos democráticos y no democráticos? ¿Acaso la democracia étnica y la etnocracia agotan las posibilidades analíticas en un sentido fecundo o limitan la generación de teoría política y social? Es mi parecer que la noción de judaización presenta ventajas analíticas pero que no captura comprehensivamente la cuestión. Como contribución crítica, ofrezco considerar el ya mencionado concepto de “dispositivo de israelización”. En el Capítulo I, establezco qué se entiende por “judaización” a partir de su operacionalización y de una genealogía histórica sobre la realidad jerosolimitana, introduciendo aspectos cruciales de la historia de la ciudad y del conflicto etno-nacional.

Asimismo, ofrezco una reseña sobre los campos discursivos que identifico en las racionalidades políticas montadas sobre la vocación de mantener a Jerusalén bajo soberanía israelí. Esto servirá para comprender cómo determinadas políticas públicas, que entiendo como tecnologías de gobierno, reflejan esfuerzos de materialización de dicha vocación por parte de una multiplicidad de actores. Finalmente, arribo al concepto de dispositivo de israelización, marco o vector del análisis que recorre integralmente la tesis.

En suma, este capítulo introductorio constituye un acercamiento al campo de estudios jerosolimitanos, a las problemáticas urbanas y políticas reseñadas autores previos, y a los principales conceptos empleados para entender en qué contexto es que dichas problemáticas y políticas se inscriben. Además, tomé en cuenta responder a contribuciones realizadas en mi defensa de tesis de maestría y realicé aquí una operacionalización del concepto de dispositivo de israelización, en forma integrada con mi lectura del estado del arte. Quisiera señalar que una versión preliminar de este artículo fue publicada en el Volumen 8, Número 11, del año 2019 en la revista De Prácticas y Discursos, perteneciente al Centro de Estudios Sociales de la Universidad Nacional del Nordeste con el título: “Etnocracia y gubernamentalidad en Jerusalén: hacia una definición provisoria de la noción de dispositivo de israelización”.

El segundo capítulo incorpora al texto una caja de herramientas clave para el análisis. Es cierto que la noción de dispositivo de israelización del primer capítulo anticipaba las siguientes referencias. A partir de los aportes de Michel Foucault acerca de la gubernamentalidad, las racionalidades políticas, las tecnologías de gobierno y la noción de dispositivo, se retomará a una serie de autores que, referenciándose en la tradición epistemológica y teórica de la arqueología del saber, expandieron y actualizaron los usos y sentidos de dichas nociones para estudiar el ejercicio del poder político en plena expansión de la gubernamentalidad y la racionalidad del neoliberalismo. Me refiero a Niklas Rose, Peter Miller, Colin Gordon, a quienes se suman el sociólogo Jacques Donzelot y el filósofo Gilles Deleuze.

Además, este capítulo introduce un compendio de aportes contemporáneos a la cuestión: los trabajos de Thomas Lemke, Andrew Dilts, Ulrich Bröckling y Thomas Biebricher sobre los rasgos del homo economicus del neoliberalismo y la centralidad del capital humano respecto a la constitución de subjetividad promovida por la gubernamentalidad neoliberal. Especialmente, este capítulo recupera conceptos de Byung-Chul Han y Wendy Brown, cuyas miradas acerca del orden social (la sociedad de rendimiento) y los rasgos que asume la democracia (en virtud del progresivo vaciamiento de contenidos liberales y permuta por cálculos y métricas mercantiles) en razón de la diseminación de la razón neoliberal, son transversales al análisis.

Precisamente, la tesis de Brown constituye una referencia que recorre este texto, pues dota de inteligibilidad cómo, durante el período estudiado, se establece un régimen de veridicción basado en el mercado, habilitando la indagación acerca de los rasgos de los sujetos constituidos en base a dicho régimen y en torno a una cierta vocación del gobierno de sus conductas. Esta perspectiva se entrecruza con otra que, por razones diferentes, también señala una mutación en torno a las democracias contemporáneas. Me refiero al concepto de posdemocracia de Jacques Rancière, que no es introducido entonces, pero que cobrará una creciente visibilidad a lo largo del texto, adquiriendo mayor protagonismo en el último capítulo.

El Capítulo II concluye con una serie de preguntas que proponen una mirada diferente a las de los autores reseñados en el Capítulo I. Partiendo de una primera aproximación a la indagación realizada acerca de la racionalidad política elaborada por Nir Barkat durante sus dos períodos de gobierno (2009-2013, 2014-2018), señalo que la presentación de la ciudad como una mercancía a ofertar en el mercado, la conversión de su nombre en una marca, la representación de sus industrias y patrimonio cultural como activos económicos, y el tratamiento de la población como capital humano, conforme al molde del homo economicus del neoliberalismo, suscitan esfuerzos por escrutar el tipo de lazo y orden social generados en estas condiciones.

La noción de horizonte estético-político de Plot es el subtexto que recorre tanto las preguntas primigenias como las nuevas. El cierre del capítulo ensaya una noción que busca dar sentido a una forma de vida colectiva que, presumiéndose democrática, sostiene y reproduce, a un nuevo nivel y profundidad, tanto las desigualdades materiales como las simbólicas derivadas de la diversidad etno-nacional. Como gobernador, Barkat arribó a la función pública evocando su trayectoria de éxito como empresario.

Según él, su experiencia fue indispensable para intentar resolver las problemáticas de la ciudad, vinculadas con la pobreza y con las implicancias del conflicto. Barkat pretendió gobernar a la población entendiendo que apelaba a pasiones e instintos individuales pero igualmente distribuidos a pesar de la alteridad política entre ciudadanos israelíes y residentes permanentes palestinos. La noción de eficacia en la conducción de la conducta de las “tribus” reunidas en la ciudad sería la piedra angular para la institucionalización de la dominación israelí entre sus gobernados menos dóciles. La cohabitación de la diversidad en el contexto jerosolimitano pareciera ser el irremediable factor que desde la esfera de gobierno se propende articular, en modo eficiente, para sostener la dominación israelí sobre Jerusalén[11].

El capítulo tercero presenta a Nir Barkat –empresario, filántropo, político– para que el/la lector/a pueda familiarizarse con él y conocer su recorrido profesional hasta iniciarse en la vida política. En estas páginas me ocupo de establecer cuáles fueron las posiciones políticas de Barkat en torno al conflicto y, especialmente, a la cuestión capital. Me refiero, concretamente, a los lineamientos propuestos por los gobiernos nacionales en torno a Jerusalén. De tal forma, aquí exploro los vínculos entre Barkat, que se presentó inicialmente como un candidato independiente con un partido creado por él, para competir en las elecciones municipales, y los partidos políticos con peso a nivel nacional. Esto me llevó a indagar en el vínculo establecido con líderes como Ariel Sharon, Ehud Olmert y Benjamin Netanyahu, que asume una relevancia ineludible para aprehender más que el contexto histórico de asunción y los rasgos de las relaciones que Barkat supo establecer con partidos y referentes políticos. En suma, nos acerca a comprender cómo formó una postura sobre la cuestión jerosolimitana que lo distinguió de sus predecesores.

El análisis de las fuentes secundarias presentadas en este capítulo permite acceder a la forma en que Barkat presentó cuáles son las atribuciones de un alcalde ideal para la ciudad, destacándose dos rasgos: a) ser nativo de Jerusalén; b) tener éxito profesional. Es, precisamente, su reconocimiento como empresario lo que, según él, lo facultó a ejercer con mayor eficiencia que nadie, el poder político. El compromiso asumido por Barkat fue contribuir a la prosperidad de la ciudad y, por encima de todo, a que esta constituya un reaseguro a la expectativa de mantenerla unificada. En este capítulo, el análisis de las representaciones de Barkat acerca de los estilos de gobierno de sus predecesores, Ehud Olmert y Uri Lupolianski, y del contexto en que asumió, es crucial para comprender cómo llegó a elaborar una noción de sustentabilidad para la dominación israelí sobre la ciudad. En suma, accedemos al esbozo de una nueva economía del poder político en la Municipalidad y a una racionalidad que, supuso una tematización y un despliegue original de las tecnologías del dispositivo de israelización.

Uno de los grandes temas del Capítulo IV es el rol de individuos en la circulación de políticas, y de los actores que participaron de la elaboración de este programa de gobierno. Aclaro también que una versión más acotada de este capítulo fue publicada en Argumentos: Revista de Crítica Social, Número 21, de 2019, titulada “Jerusalén, del conflicto político a la apertura al mercado: arte de gobierno neoliberal durante la era Barkat (2009-2018)”. Estas páginas amplían esa primera presentación e ilustran cómo desde antes de su asunción, Barkat contó con la colaboración de asesores cuyas perspectivas orientaron el diseño de distintas políticas públicas que dotaron de un nuevo sentido el ejercicio del poder político. Dicho programa se centró en la promoción del emprendedorismo, concentrado en el sector judío secular: las conductas demográficas de este grupo, las de los judíos ortodoxos y de los palestinos, devinieron objeto de intervención política.

La economía política de la “Jerusalén abierta”, categoría emergente del análisis de enunciados correspondientes a fuentes primarias y secundarias, tales como cartas abiertas firmadas por Barkat, documentos de gobierno o entrevistas realizadas por medios de comunicación, propendió al uso de incentivos económicos como base para retener a la población judía secular, identificada como clase creativa. Se planteó que este sector sería capaz de contribuir al desarrollo de la ciudad, por tanto, la reversión de la migración negativa a partir de la economía ejemplifica una vocación de conducción de la conducta propia de la gubernamentalidad neoliberal. La concentración de población judía en Jerusalén no sólo es condición para establecer un proyecto soberano en permanente esfuerzo de afirmación, sino una “puesta en valor” de la ciudad.

En suma, la ciudad fue pensada como una mercancía o marca susceptible de ofertarse en el mercado, a condición de permanecer unificada: la dimensión económica parece tematizar la política en forma tal que sea incumbencia estatal facilitar las condiciones para la inversión e iniciativa emprendedora, dejando en un lugar secundario la calidad de goce de derechos y libertades cívicas y políticas. El desarrollo de clusters económicos se planteó en virtud de las industrias identificadas como ventajas competitivas, cuya potencia permitiría integrar las expectativas de individuos emprendedores, diseminados entre las diversas “tribus” que cohabitan la ciudad, gestando la recreación contemporánea de una Jerusalén legendaria, en la que “todas las tribus” accedían equitativamente a sus sitios sagrados y a su riqueza. Así, la racionalidad política de Barkat asoció la exaltación de expectativas económicas individuales con la cuestión de la legitimidad. Este capítulo establece cómo Barkat y sus asesores comprendieron los problemas de la ciudad y confeccionaron una economía política original sintetizada en la categoría de Jerusalén abierta.

El capítulo quinto expande el análisis de la articulación entre la economía política de la Jerusalén abierta y el despliegue del dispositivo de israelización, indagando en la ejecución de planes específicos desarrollados por la Municipalidad y en el rol de agencias creadas en torno a dicha ejecución. Una de las actividades económicas privilegiadas fue el turismo. En este capítulo, indago en la centralidad de la Jerusalem Development Authority (JDA), organismo creado por iniciativa de los gobiernos nacional y municipal para promover la actividad empresarial en Jerusalén. Entre los planes desplegados por la JDA se destacan el Plan Marom, el Jerusalén 2020 (ambos, examinados aquí) y el Jubileo (abordado en el siguiente capítulo).

Por otro lado, me concentro en examinar una fuente relevante para comprender la cooperación entre los gobiernos nacional y municipal respecto a la elaboración y ejecución de planes como los estudiados. Me refiero a las transcripciones oficiales de las reuniones de gabinete celebradas durante el Día de Jerusalén, un feriado nacional, pues se presentan como instancias de oficialización de la complementariedad de dos racionalidades sobre Jerusalén. En particular, las actas de las reuniones permiten acceder a la relación entre el primer ministro y el alcalde de Jerusalén en el período, aprehender en qué medida el gobierno nacional fue receptivo de las propuestas municipales y cómo cooperaron entre sí a través de la JDA[12].

En el sexto capítulo repaso algunos de los grandes proyectos urbanos y los planes abocados a la refuncionalización de espacios urbanos, por ejemplo, la expansión del Estadio Teddy, la construcción del Pais Arena, y el establecimiento de un distrito de diseño y de producción audiovisual en el centro de Jerusalén, congregado en torno a la Bezalel Academy, ilustrando cómo la Municipalidad, a través de la JDA, promovió la iniciativa privada. Luego, me ocupo de indagar cómo estos programas propugnaron una profundización de las diferencias de clase acorde a la segmentación existente en el mercado laboral, contemplando las variables de género e identidad etno-nacional. Tras estudiar la modelización y edificación de un distrito para diseñadores paso a abordar la promoción del sector hi-tech, considerando estas variables.

El análisis retoma la perspectiva de Brown respecto al homo economicus y a su género, para preguntar acerca de las distinciones de etno-clase, sugeridas por Yiftachel, cuando se observa un contexto tal como el jerosolimitano, donde a dichas diferencias deben agregarse aquellas correspondientes al status ciudadano que se desprende de la identidad etno-nacional. Asimismo, al indagar en la promoción del sector hi-tech y la agencia de organismos como la JDA y JNext, enfocada en dicho rubro, se ve la apreciación de la mano de obra en tanto insumo fundamental para agregar valor a las ventajas competitivas de la ciudad. En ese sentido, el análisis ofrece referentes empíricos de la aplicación de benchmarks y mejores prácticas, aportando a la literatura sobre neoliberalismo y gubernamentalidad.

El capítulo séptimo revela otra faceta de la Jerusalén abierta: una que establece una bisagra entre conductas que devienen apropiadas y otras que no[13]. Aquí ofrezco un racconto histórico de los sucesos que ocurrieron a partir del Operativo Margen Protector de 2014, que sumieron la ciudad en una oleada de violencia inédita desde la Segunda Intifada: la “Intifada de los Cuchillos”. El eje del análisis se halla en el despliegue de las tácticas punitivas conforme a la economía política de la Jerusalén abierta y en las estrategias de deshumanización del Otro a partir del etiquetamiento de la categoría de terrorista.

Se aprecia aquí que la grilla de inteligibilidad del homo economicus fue empleada de un modo original: recuperando las tácticas de seguridad legadas por los predecesores de Barkat, pero modulando su aplicación. En pocas palabras, el análisis de enunciados a partir de fuentes documentales como entrevistas, comunicados oficiales y artículos periodísticos, servirá para acceder a la noción que Barkat concibió sobre el terrorismo. En efecto, el capítulo ahonda en los campos discursivos que surgieron cuando se detectaron conductas “terroristas”, y sobre cómo se concibió la conducción de las conductas de la población. En estas páginas, evoco las contribuciones de Judith Butler para entender cómo tienen lugar prácticas de deshumanización del Otro cultural cuando el ejercicio del poder gubernamental recurre a la reanimación de la soberanía como táctica que habilita un marco fuera de la legalidad para excluir de la categoría “humano” a los actores que cometen prácticas aberrantes para la supervivencia de la comunidad política y de la especie[14].

Asimismo, el uso de tecnologías tales como la demolición punitiva de viviendas a terroristas y a sus familiares ejemplifica dicha reanimación del esquema de la soberanía, subsumido en el diagrama de la gubernamentalidad, desde un punto de vista táctico. Mientras la economía política de la Jerusalén abierta concibe que dentro del espacio de institucionalidad democrática ofrecida a israelíes y palestinos dispuestos a convivir pacíficamente, integrados eminentemente, a partir del mercado de trabajo, por otro lado, también se recurren a estrategias y tecnologías de gobierno que permitirán modular la oferta de conductas criminales y terroristas.

Ahondando en este punto, aquí se examina el aliento a la población a portar armas para defensa personal, por parte de Barkat, quien como autoridad política oficial del Estado, desarmó en una oportunidad a un joven palestino que había atacado a un judío ortodoxo en la calle, a una cuadra de la sede de la Municipalidad. De nuevo, lo ejemplar del alcalde emprendedor se destaca a partir de su experiencia militar, entrenamiento compartido por un número significativo de judíos israelíes, presuntamente “capaces” de velar ellos mismos por su propia seguridad. Este aliento representa otra forma en que una racionalidad política neoliberal promueve un Estado que devuelva atribuciones a la población, diseminando a nivel individual, la responsabilidad de ocuparse por el bienestar y prosperidad personal; también, por la seguridad[15].

El capítulo octavo se enfoca en la cuestión de la legitimidad y los juegos estratégicos de libertades. Dos políticas, en particular, son analizadas como tecnologías que asumieron un despliegue distintivo con respecto a los predecesores de Barkat. Por un lado, las políticas educativas y, por otro, la cuestión de la residencia permanente de los palestinos y el “Traslado Silencioso”. Subyacente a ambas se halla la problemática demográfica y la asociación entre diversidad etno-nacional con la sostenibilidad del orden socio-político imperante: en pocas palabras, con la vigencia de la soberanía israelí, en este caso, sobre la ciudad.

Desde 1995, el Ministerio del Interior alentó una política de revocación de permisos de residencia a palestinos jerosolimitanos que no mantuvieran la ciudad como su “centro de vida”. Entre 2009 y 2018 se aprecia, por otro lado, una tendencia entre esta población a aplicar la ciudadanía israelí. Es más, una serie de encuestas comprueban la preferencia por una hipotética ciudadanía israelí a una palestina, de concretarse una solución de dos Estados. A esto se suma que algunas escuelas de Jerusalén Este comenzaron a sustituir el plan de estudios jordano-palestino, el Tawjihi, por el israelí, el Bagrut. El ex alcalde tomó nota de estas tendencias y procuró intervenir en ellas positivamente, propugnando afianzarlas: no apuntando a la incorporación de estos actores a la ciudadanía israelí pero sí a mantener un cierto margen de integración “controlada” de esta población, pues ello constituye una forma de gobernar más eficientemente y a un menor costo.

Las técnicas para modular estas conductas vendrían de la mano de incentivos económicos para las escuelas que adoptaran el Bagrut y se tomaría a su vez la aplicación a la ciudadanía israelí como un benchmark. En suma, ambas tendencias fueron abordadas por Barkat de acuerdo a la grilla de inteligiblidad del homo economicus e inscriptas en el mercado como sitio de emplazamiento del régimen de verdad. A propósito de esto último, la cuantificación de una presunta legitimidad derivada de la lectura de dichas conductas permitió a Barkat enunciar que su manera de entender el conflicto y de propugnar los medios para su resolución, no sólo era eficaz, sino apreciada por sus gobernados. En el capítulo se estudian las implicancias que esta reificación de aspectos simbólicos entraña en su racionalidad.

Por último, el capítulo noveno explora la relación que Barkat pretendió establecer respecto a sus gobernados. Aquí resurgen referencias directas a dos pensadores franceses ya nombrados: Michel Foucault y Jacques Rancière. Del primero, tomo su análisis acerca del tipo de liderazgo pastoral y la relación del pastorado con la gubernamentalidad para analizar una serie de enunciados del propio Barkat, en los que tematizó la posición asumida respecto a los “hijos” de Jerusalén. A tal efecto, en este capítulo indago en el sentido que adquiere el encumbramiento de un alcalde que se presentó como pastor de un rebaño de tribus emprendedoras.

Asimismo, dadas las derivaciones de la inequidad fundamental de la distinción entre ciudadanos plenos y residentes permanentes, retomo el argumento de Rancière acerca del concepto de posdemocracia para preguntar por la forma de vida colectiva concebida en dicha racionalidad, que presume que Jerusalén es la cuna de la democracia y que, el programa de gobierno articulado en el período, reactualiza una épica mítica, en la que cada “tribu” accedía a la ciudad por igual. Al final del gobierno de Barkat se analiza un aspecto notable de las elecciones municipales de 2018: la candidatura de Ramadan Dabash, ingeniero palestino que, de forma independiente, presentó una plataforma propia.

Cabe interrogar, por tanto, el significado que esto asume para Barkat, en vistas a que una parte de la población no constituye una parte de la comunidad política y que, el ejercicio de gubernamental neoliberal, por su parte, apunta a vaciar de contenidos democráticos cada esfera de vida, sustituyendo dichos contenidos por valores y cálculos mercantiles. En suma, dado semejante estrechamiento de las condiciones de apariencia del pueblo, ¿a qué tipo de forma de sociedad arribamos? Las palabras finales de esta tesis intentan resumir lo explorado y ofrecen, como epílogo, una respuesta a esta pregunta a partir del concepto de totemismo político, con la esperanza que la noción sirva para mirar la cuestión desde un punto de vista original y, con suerte, despertar nuevas preguntas a este y otros casos. Es mi esperanza que esta tesis contribuya, plenamente, en esta dirección. Sin más, comparto aquí mis hallazgos.


  1. La esfera pública deviene el ámbito en el que se presentan dichos actores; sea en plataformas electorales o revestidos de la institucionalidad de una ONG o un think-tank, se constituyen como autoridades políticas al planear y proyectar programas que consagren sus intereses, modificando, alterando, imprimiendo una direccionalidad particular en las conductas de otros actores. Empleando esta semántica pretendo adelantar parte del marco teórico que utilizo en este escrito, como lente para aprehender un recorte de realidad social.
  2. Esto último por cuanto el funcionariado parecería reproducir tareas cual sujeto dócilmente sujetado a un arnés: una estructura diseñada largo tiempo atrás y que, también aparentemente, carecería de dueño o responsable. Estos eufemismos que remiten al diagrama foucaulteano de las disciplinas, casi personifican el funcionamiento de los mecanismos propios de este esquema en el modo en que lo hace el oficial que acciona la tortuosa máquina de muerte de la novela corta de Kafka de 1918, La colonia penitenciaria: enfrentando la perennidad de su instrumento por orden de un nuevo comandante, el oficial decide preparar la máquina para sí mismo. En todo caso, si el funcionariado se hallara tocado por los efectos de poder de las tecnologías articuladas por aquello que entiendo como “dispositivo de israelización”, convendré en que eso sucede en los términos de configuración de subjetividades, proceso que implica irremediablemente, el surgimiento de resistencias, “rebeliones” de conducta o insurrecciones como las que presenta la célebre ONG Breaking the Silence, compuesta por ex militares israelíes que denuncian crímenes o irregularidades cometidas durante el servicio. Asimismo, en esta clave podrían hallarse organizaciones como el Israeli Committee Against House Demolitions, cofundada por Margalit, otrora, concejal, es decir, funcionario municipal.
  3. Esto difícilmente puede sostenerse en un análisis concreto que atienda al pragmatismo, la ineficacia burocrática, la corrupción de la función pública en cualquier Estado conocido y quizás por haber.
  4. “Por último, luego de dejar sentado que la ciudad es ‘nuestra e indivisible’, de que somos ‘éticos y democráticos’ y que actuamos sólo y exclusivamente ‘de acuerdo a la ley’, llega el turno del “mito profesionalista”, aquel que sostiene que todo lo que el funcionario efectúa responde a criterios profesionales y marcha acorde a los estándares de idoneidad y competencia de la administración pública. Cada empleado municipal, sin distinción de cargo, rango o jerarquía, actúa de acuerdo a reglas profesionales apropiadas, ecuánimes y equitativas, siempre desde la óptica de la eficacia profesional. Como buenos tecnócratas, serviciales y leales a las reglas de la profesión, cada una de sus decisiones está en sintonía con los más altos niveles de seriedad profesional y absolutamente desconectado de presiones políticas o intereses sectoriales. Cuando de tanto en tanto, el municipio debe aplicar sanciones de tinte coercitivo o “punitivo”, como en muchas de las acciones desplegadas durante los últimos años de rebelión juvenil, viene a su rescate el discurso heroico de la “seguridad”, que permite, avala, justifica e incluso estimula el uso de medidas represivas en situaciones en las que está en juego ‘el orden y la seguridad pública’. (Margalit, 2018; 59).
  5. “Dicho aparato está compuesto por una densa red de funcionarios públicos y políticos locales que funcionan simultáneamente en dos niveles que difieren entre sí por su grado de visibilidad: uno descubierto y el otro encubierto. El descubierto, aquel que funciona a la luz del día, viste uniforme y ostenta chapa de identificación, se encarna en la figura omnipotente del funcionario, del inspector municipal, de todos aquellos empleados públicos pertrechados por detrás de formularios, escritorios y ventanillas, que si bien componen una sustancia sofocante, tiene la virtud de que ya no pueden sorprendernos, dado que, al conocer sus caras y sus reglas de juego, son localizables y, por ende, predecibles. Pero por detrás de esta fina capa de funcionarios se encuentran los artífices del segundo nivel de acción- el encubierto. Dicho dispositivo es el más aplastante y se articula, tal como lo explicó Michel Foucault, a través de un sistema intrincado de control, sumamente sofisticado, que pasa por canales estrechos, invisibles y está diseminado por un sinfín de “micropoderes” que controlan todo a través de mecanismos panópticos, procedimientos de alta tecnología que funcionan en cadena, se ejercen en red, transitan a través de conductos sutiles ampliamente ramificados. Esta labor abrumadora es orquestada por una cadena mancomunada de funcionarios distribuidos a lo largo de distintos servicios públicos: desde el Ministerio de Interior, pasando por las oficinas de la Seguridad Social, hasta los servicios de seguridad, y dentro de esta extensa red institucional, la municipalidad ocupa un lugar privilegiado, debido al papel central que desempeña en la conformación de la cotidianidad.” (Margalit, 2018; 66).
  6. Como explica Gilles Deleuze (2014) en su clase 3 del curso de 1986, el término diagrama comprende la articulación de “materias” no formadas (multiplicidades humanas cualesquiera sean) y funciones no formalizadas (la imposición de tareas), presentes en una contingente red de relaciones de fuerzas, ubicada en coordenadas precisas de espacio-tiempo. Aplica a estos casos una integración de saber-poder, pero el elemento primordial, característico, corresponde a categorías de poder. No se trata de aquellas relativas a castigar, educar, hacer trabajar a prisioneros, estudiantes, obreros, computando saberes en torno a dichas prácticas, sino en la distribución de funciones no formalizadas mezcladas en espacios abiertos (no cerrados, como la prisión, la escuela, el taller, las barracas). La relación diagramática destaca la movilidad de los puntos de anclaje del poder, y no la fijación y la distinción del saber, procedentes de la fijación de lo visible. Aquí, la afectación recíproca y múltiple de fuerzas que se demandan, repliegan, expanden, refuerzan, limitan, unas a otras (rasgos activos y reactivos) nos permite pensar en dichos puntos como puntos de espontaneidad y, también, en términos de emplazamientos. Un diagrama puede entenderse como la emisión de afectos o de singularidades correspondientes a un campo social o colectivo (Deleuze, 2014).
  7. Esto es, que a partir de la distinción de un rasgo considerado problemático, pretenden incidir en la dirección de las conductas de otro actor, pasando a la esfera pública.
  8. Esta perspectiva sostiene que las racionalidades políticas son cambiantes, propendientes a reformular sus medios y objetivos, a incorporar nuevas semánticas y recurrir a formas originales de desplegar sus tecnologías.
  9.  Es nuevamente un problema de registro estilístico y, por otro lado, de consistencia teórica-metodológica, lo que permite criticar la aplicación de la semántica foucaulteana que hace Margalit en su libro. El lenguaje empleado da cuenta de ello, por ejemplo, en esta cita: “Para que el dispositivo municipal funcione de forma efectiva, se debe ejercer control sobre los recursos materiales y simbólicos de los residentes palestinos en Jerusalén oriental. La fórmula imprescindible para lograr dicho objetivo consiste en apuntar no sólo a los cuerpos y las tierras, sino dejar una marca indeleble en las conciencias palestinas, apropiarse del espacio simbólico, desplegar un aparato cognitivo y afectivo aplastante, debilitar toda esperanza emancipadora, implantar una identidad desprotegida, persuadirlos de que no existe alternativa alguna, que lo que hay es la única realidad posible. En otras palabras-, castrarlos”.
  10.  “A todo esto, Laurence Silberstein afirma que carece de sentido invertir tantos esfuerzos en encontrar un marco teórico que explique la situación jerosolimitana, ante todo debido a que- “todos los esfuerzos realizados a fin de establecer una definición fija a cualquier ‘ismo’ han demostrado ser fútiles.” Más aún, si tenemos en cuenta que sea cual fuera la definición que elijamos- “las distintas formas en las que el poder se manifiesta en la sociedad israelí revelan la limitación de discurso académico convencional y la imposibilidad de explicar las dinámicas que configuran las relaciones sociales en Israel.” También Clifford Geertz escribe que no hay ninguna necesidad de crear teorías panópticas que expliquen todo el comportamiento humano […] Más que un problema semántico o epistemológico, el doble carácter que la ocupación ha adquirido en Jerusalén oriental- represión subliminal a la par que bienestar económico- nos ha enredado en una trama difícil de catalogar. La ocupación ha sedimentado, se ha naturalizado, ha dejado de ser una barbaridad para convertirse en una alegoría, ha sido revestida de normalidad y se ha tornado tolerable. Los palestinos en Jerusalén han dejado de sentir ese pavor que los afligía al cruzarse con un policía o al entrar en instalaciones municipales, y sin “pavor” no hay ocupación. Ashis Nandy escribe en su clásica obra- “The Intimate Enemy” que el colonialismo es sobre todo un estado anímico, “a state of mind”, una vivencia subjetiva, una construcción psicológica y cultural, tanto para el colonizador como para el colonizado. Por lo tanto, si los palestinos ‘no se asumen ocupados’, entonces la ocupación no existe.. Esta situación tiene su correlato en la idea marxista de que el trabajador será ‘proletario’ sólo cuando se constituya como tal. Así como para que exista proletariado hace falta ‘conciencia de clase’, de la misma forma, para que haya ocupación es necesario que los palestinos tomen conciencia y se asuman como “ocupados.” De ahí que la “ocupación” dependa más de la forma en que cada pueblo se asume, que de las condiciones políticas en la que están atrapados. (Margalit, 2018; 42).
  11. Este capítulo propone que las nociones establecidas facilitan vislumbrar una racionalidad política cuyo proyecto de forma de vida colectiva no está basada en la comunidad sino en la identificación de un factor común que interpela al conjunto, la habitación común en la ciudad, la natividad jerosolimitana. Sin embargo, esto se da a partir del desplazamiento del bien común y de la incorporación de los palestinos a la comunidad política como miembros plenos, por el reconocimiento personal de intereses individuales. El gobierno de las poblaciones como emprendedores propende a reducir a expresiones mínimas la voluntad popular, pues deja de volverse contenciosa la integración precaria y diferencial al orden comunitario de la democracia según los términos clásicos del liberalismo: de esta forma, en términos de economía política, es que el gobierno mismo es más “eficiente”.
  12. Adelanto que organismos como la JDA canalizaron una serie de fondos destinados a la puesta en valor de las industrias identificadas como estratégicas para potenciar la competitividad de Jerusalén en el mercado regional y global y, a su vez, gobernar las conductas demográficas de la población según la perspectiva de mantener unificada la ciudad. Así, un compendio de créditos, préstamos, en suma, fondos destinados a facilitar la inversión del sector privado, permiten observar cómo el gobierno nacional propugnó que el municipal abordara el gobierno de las poblaciones de acuerdo a la figura del homo economicus del neoliberalismo.
  13. Ya no se trata del rostro promotor de actitudes emprendedoras para hacer competitiva a la ciudad, a la vez que mantenerla unificada “apaciguando” a la población mediante el mercado del trabajo. No es, tampoco, la integración de las partes que no son parte de la comunidad a partir de la institucionalización de su pertenencia a ella.
  14. La violencia desatada en torno al Monte del Templo/Explanada de las Mezquitas, ilustra cómo la regulación del acceso al predio y del derecho al rezo fueron tematizados en el período.
  15. Como anticipé, la grilla de inteligibilidad del homo economicus fue aplicada para volver maleable, modificable, domesticable, hasta cierto punto, las conductas de un grupo. Al mismo tiempo, este grupo es distinguido de otro a partir de la persecución y estigmatización de otras conductas que serán castigadas ejemplarmente, como con la demolición punitiva de viviendas y la detención en redadas policiales. Estas prácticas, menos susceptibles de normalización, evocaron el despojo de derechos y garantías y algún grado de aniquilación física, sea explícita, directa o simbólica. La demolición punitiva de viviendas se alza como sublimación de la muerte del terrorista: no del infractor, sino de alguien apartado de la humanidad del criminal.


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