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Discursos sobre el origen

El archivo de la Casa Museo Olga Orozco

María Pía Bruno y María Virginia González[1]

Ésta es la torre en llamas en medio de las torres fantasmas

[del invierno

que huelen a guarida de una sola estación,

a sótano cerrado sobre unas aguas quietas que nadie

[quiere abrir.

A veces sus emisarios vienen para trocar cada cautivo

[ardiente por una sombra en vuelo.

Entonces oigo el coro de las apariciones.

Llaman áridamente igual que una campana sepultada.

Zumban como un enjambre elaborando para mi memoria

[un ataúd de reina helada en el exilio.

(Olga Orozco, Los juegos peligrosos 1962: 149[2])

Olga Orozco nació en 1920 en la localidad pampeana de Toay y vivió allí hasta los ocho años, cuando su familia se trasladó a Bahía Blanca por razones de trabajo[3]. Una década más tarde, se instaló en la ciudad de Buenos Aires, donde murió en 1999. Las imágenes del período temprano de su vida entre médanos y tamariscos están presentes una y otra vez en distintos pasajes de su prolífica y reconocida obra poética y narrativa. En el último período de su vida, la escritora realizó varias visitas a La Pampa, restableció vínculos afectivos con su lugar de origen y decidió legar su biblioteca personal a la Municipalidad de Toay con la condición de que los libros fueran alojados en su casa natal, ubicada en la esquina de Avenida Regimiento 13 de Caballería y Balcarce. Como el inmueble ya no pertenecía a su familia, las autoridades se hicieron cargo de adquirir la propiedad y el 9 de julio de 1994 se inauguró la Casa de la Cultura “Olga Orozco” mediante el trabajo conjunto de la Subsecretaría de Cultura de La Pampa, la Municipalidad y la Comisión Municipal de Cultura de Toay. Años más tarde, se instaló allí la biblioteca donada por la escritora más algunas de sus pertenencias y, en 2003, el espacio se reinauguró como Casa Museo Olga Orozco. La Ley 26.156, sancionada el 11 de octubre y promulgada en 1.º de noviembre de 2006, la declaró, además, Lugar Histórico Nacional.

En ese espacio se resguarda, entonces, la biblioteca de una de las escritoras más relevantes de la literatura argentina de la segunda mitad del siglo xx. No es consecuencia del azar, sino de una decisión consciente de la autora que insistió hasta lograr que su acervo bibliográfico se ubicara en ese lugar. Distintos gestores de su comunidad de origen aceptaron el desafío y transformaron la casa familiar en un espacio cultural que hoy ofrece una amplia gama de talleres, conferencias, cursos y actividades que trascienden el ámbito local. En su promoción y valorización participan los gobiernos municipal y provincial junto a otras entidades como la Asociación Pampeana de Conservación del Patrimonio Cultural y la Universidad Nacional de La Pampa. Esta última financió, por ejemplo, el proyecto de extensión “Difusión comunitaria de la obra de Olga Orozco” dirigido por Dora Battiston e integrado por Beatriz Dillon, Silvio Tejada y Albertina Sales, entre 2007 y 2011. A su vez, un número importante de músicos, actores, cineastas y documentalistas del país y del exterior realizaron también producciones sobre la figura y la obra de la escritora, que fueron filmadas o ambientadas en la escenografía de la Casa Museo de Toay. En este sentido, desde su inauguración se observa un sostenido trabajo de promoción de actividades culturales orientadas a preservar el inmueble y a difundir la obra de la escritora en el ámbito educativo y cultural[4].

Pero ¿cómo se constituyó lo que hoy conocemos como Casa Museo Olga Orozco?, ¿cuál es el legado que realiza la escritora?, ¿cómo han sido tratados los materiales que conforman ese legado?, ¿bajo qué protocolos o mecanismos los distintos grupos a su cargo han pergeñado las estrategias de protección y difusión de los materiales? Estos y otros interrogantes compartimos quienes integramos un Proyecto Orientado a la Investigación Regional (POIRe) avalado por la Universidad Nacional de La Pampa (UNLPam), que propone un trabajo en colaboración con la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Provincia de La Pampa y la Municipalidad de Toay. El proyecto se propuso mejorar las condiciones de accesibilidad al repositorio, la consecuente ampliación de su visibilidad y la puesta en valor del legado ante los investigadores expertos y la comunidad en general. En estas páginas reconstruiremos los avatares del encuentro entre la poeta y su casa natal y las acciones que concretan su institucionalización como Casa Museo.

Partimos de considerar que, para constituirse como tales, las instituciones realizan un recorrido sinuoso en el cual se advierten procesos muy complejos que derivan en el diseño y perfil de estos centros. Como es sabido, los museos son espacios con una configuración trazada en el siglo xix, con el propósito de albergar y conservar materiales, objetos y muestras consideradas valiosas para la cultura hegemónica. Estas instituciones, creadas bajo el paradigma positivista, se arrogan el proceso de clasificación, nomenclatura y puesta en valor de los materiales por diferentes mecanismos. En el caso de la historia de los museos, este tipo de archivos permite, a través de un enfoque microhistórico, analizar estas instituciones desde una perspectiva compleja que evite entenderlas solo como herramienta del Estado o como mera obsesión individual de sus promotores (Podgorny 2011, 2013). Sin embargo, la concepción de museo como espacio sacro, cerrado, reverencial, se ha resignificado a partir de la década del setenta del siglo xx, cuando el paradigma de la comunicación posibilitó ampliar las funciones museísticas tradicionales. Como explica David Cordón Benito (2018), la tarea tradicional que hasta entonces habían desarrollado estos centros y que se resumía en mostrar las obras de la colección pasó a un segundo plano y empezó a cobrar fuerza la interpretación y la comunicación. El visitante se fue convirtiendo en el sujeto principal alrededor del cual debía girar todo el trabajo desarrollado por estas organizaciones (491). Aunque los cambios producidos en el entorno cultural, político, económico y social a lo largo de los años han reconfigurado las funciones y actividades del museo para adecuarlo a los nuevos paradigmas, su identidad como institución al servicio de la sociedad ha permanecido inmutable. Por lo tanto, se erige como una organización histórica moldeable y conectada con un entorno cambiante y, desde esta perspectiva, es posible analizar las variables que intervinieron en la creación del museo Olga Orozco. En el momento de su fundación a fines del siglo xx, esta institución, como veremos, responde al criterio de albergar y conservar objetos de la escritora que permitan reconstruir su casa natal; sin embargo, en la reinauguración realizada en marzo de 2019, el museo pone en marcha una propuesta de exposición que, en consonancia con los paradigmas actuales, privilegia la experiencia de los visitantes, quienes se convierten en protagonistas de los espacios que recorren a partir de propuestas interactivas.

En este capítulo, nos proponemos reconstruir la génesis del museo Olga Orozco para analizar las diferentes operaciones llevadas adelante por los actores que han intervenido en las políticas culturales y en las diferentes tareas de clasificación e inventario de los materiales legados. En este trabajo, solo nos detendremos en la primera etapa de construcción de la Casa Museo y, con este objetivo, realizamos entrevistas orientadas a analizar los procesos de selección u omisión que han marcado los diversos acercamientos a lo que la crítica ha conceptualizado como “archivo de escritor”, en este caso particular, el acervo legado por Orozco. Para esto, realizamos una serie de entrevistas semiestructuradas (Santamarina y Marinas Herreras 1995) a diferentes personas que intervinieron en este proceso: Norma Durango, quien en su cargo de subsecretaria de Cultura de la Provincia de La Pampa (1987-2002) llevó adelante las gestiones para formalizar la constitución del museo; Alfredo Schanton, intendente de Toay (1999-2007), encargado de concretar y tramitar el traslado del legado; Liliana Touceda, la museóloga que trabajó desde 2002 hasta 2015 y estuvo a cargo de la conformación e inauguración de ese espacio; Mabel Fanjul y Graciela Prieto, las bibliotecarias responsables de la elaboración del inventario; Laura Suhurt e Ivana Carlucci, en ese entonces estudiantes de Bibliotecología, que colaboraron con esa tarea; y, finalmente, Dora Battiston, profesora en Letras y docente de la Universidad Nacional de La Pampa, quien realizó entrevistas a la escritora y participó de la organización de varias de las visitas que la poeta realizó a la provincia[5].

Si sostenemos que todo relato del origen se constituye en un mito, el relato de la creación de la Casa Museo Olga Orozco parece no escapar a esta condición. En este caso, el entretejido de discursos sobre sus inicios subsume diferentes niveles que abarcan tanto las decisiones institucionales, las gestiones políticas, las tradiciones culturales puestas en juego, como así también las relaciones de poder, los mecanismos de la burocracia, la precarización laboral y las huellas del voluntarismo. Este derrotero revela una configuración armoniosa del mito, la cual se plasma en valoraciones positivas respecto de la tarea desarrollada por los distintos agentes entrevistados, quienes refieren expresiones tales como “fue un trabajo grande”, “fue un trabajo en equipo”, “la biblioteca quedó divina”. Sin embargo, el análisis del discurso permitirá poner en relieve ciertas fisuras que manifiestan puntos de tensión y de fuga, cuya explicación podemos atribuir a los lugares de enunciación asumidos, a los espacios de poder ocupados y a la distancia temporal que permite a quienes entrevistamos revisar sus propias intervenciones y (re)construir memoria.

Temible y aguardada como la muerte misma se levanta la casa[6]

Desde lejos (1946), el primer libro de Olga Orozco, condensa los núcleos centrales de lo que será su proyecto poético (los beginnings, en términos de Edward Said 1985): la construcción de su infancia, “los seres que fui” y “que me aguardan”. El poema “La casa” aúna esos tópicos y, por eso, la crítica lo considera ineludible para comprender la obra orozquiana. No es casual, entonces, que cuando a fines de la década del ochenta, Leda Valladares llega a tierras pampeanas para realizar un espectáculo organizado por la Subsecretaría de Cultura del Gobierno de la Provincia de La Pampa, le pida a la profesora Norma Durango[7] que la lleve a conocer la casa de su amiga[8]. En ese pedido y, en la constatación de un dato que desconoce, es decir, en el “vacío”, ancla Durango el motor de lo que luego se constituyó en el museo:

Leda me dice: “Norma, yo quiero conocer la casa de Olga Orozco”. Me sorprendió porque no tenía noticias de que existiera la casa. Entonces recordé que, una vez, la señora de Albores[9], me contó que había sido muy amiga de Olga Orozco; así que fui a verla y le dije: “Mire, está Leda Valladares. Quiere conocer la casa de Olga Orozco y yo no sé dónde está esa casa en Toay”. “Sí! Yo sé dónde es”, me dijo. Así que fuimos con un auto de la Subsecretaría. Ese día empezó el trabajo […] Fue todo realmente un descubrimiento que nos trajo un problema porque luego que habíamos descubierto la casa de Olga Orozco teníamos que ver qué hacíamos. (Durango)

Ese “trabajo” al que alude Durango consiste en el proceso que va desde esa instancia de “descubrimiento” hasta la concreción de lo que años después convertiría ese espacio en patrimonio histórico-cultural; es decir, con este hallazgo comienzan las tareas que permitirán revalorizar ese sitio, reconocer el valor de la poeta y, en consecuencia, contribuir a la conformación de una memoria histórica regional.

El hecho de que Orozco fuera una escritora consagrada en el ámbito literario nacional no es un dato menor en términos de políticas culturales. Para mediados de la década del ochenta ya había sido distinguida con el Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina de Poesía (1971), el Premio del Fondo Nacional de las Artes (1980), el Primer Premio Esteban Echeverría (1981), el Segundo Premio Nacional de Poesía (1983) y el Primer Premio Nacional de Poesía (1988).

En este correlato temporal, y a propósito de las intervenciones para reconocer y difundir la trayectoria de la escritora pampeana, tiene un rol central la Universidad Nacional de La Pampa. A través de las gestiones del decano de la Facultad de Ciencias Humanas, el profesor Miguel Alberto Guérin, en 1991, Olga Orozco es invitada a dar una charla en esa Facultad[10]. Con motivo de esta visita, Guérin le pide a la profesora Dora Battiston, quien ya era una estudiosa de la obra orozquiana, que prepare una entrevista con el objeto de que este material audiovisual quede en la Biblioteca de la UNLPam. Asimismo, le solicita que dicte un curso de introducción sobre su obra, pues si bien su nombre resultaba conocido, sus textos eran poco leídos y estudiados en La Pampa:

Olga Orozco me comentó, antes de la entrevista, que ya había sido invitada, pero que esta vez había decidido aceptar en virtud de que había una relación previa con el decano. Miguel Guérin era porteño, esposo de Elena Huber[11] quien escribía y tenía una amistad no solo con Olga, sino con Enrique Pezzoni[12]; en realidad, Elena a través de Pezzoni se había vinculado con la antigua camada de Sur, porque Pezzoni era un hombre relativamente joven. Elena le comentó a Orozco que su marido estaba en La Pampa, que era el decano de la Facultad de Ciencias Humanas y quería invitarla. Orozco acepta, por esa amistad y porque la invitación provenía de la academia. Yo creo que los escritores, en el fondo, quieren ser reconocidos por la academia. Olga había frecuentado y luego abandonado Filosofía y Letras en Buenos Aires; por eso, que la invitara la universidad de su provincia le pareció un halago. Mandó una nota muy poética, agradeciendo. Cuando llegó, el plan era que nosotros la acompañaríamos pero que el recibimiento sería en Toay. Al llegar a la casa, que por entonces habitaba la familia Jamad, la dueña, con mucha amabilidad, nos hizo pasar y por lo bajo nos decía que tal vez la casa luciría algo desarreglada, porque, claro, era su casa y venía toda una comitiva. Pero Olga estaba navegando como en otra dimensión y no escuchaba nada, creo, sino la voz de su memoria de infancia. (Battiston)

En ese año, entonces, la poeta visita su casa natal por primera vez y es recibida por todo el pueblo en un acto público que organiza la gestión de Carlos Tavella, intendente de Toay[13]. Varios testimonios recuerdan que había un pasacalle que decía “Bienvenida a tu casa” y que fue una instancia sumamente emotiva en la vida de Orozco:

Olga lloró todo el tiempo, porque la casa afortunadamente no había sido sometida a grandes modificaciones aunque había vivido allí mucha gente; tal vez hubiera algunos cambios, pero había quedado el umbral con el nombre de Carmelo Gugliotta y la fecha de construcción de la casa. Mientras se desplazaba iba diciendo: “acá dormían mis padres”, “aquí nací yo”, y los que caminábamos detrás no teníamos palabras y la dejábamos con sus sentimientos. Un fotógrafo registraba esas imágenes. Fue una visita emotiva. Cuando sale de la casa, dice “Yo quisiera tener la casa; quisiera recuperarla”. Entre los que estábamos con ella se encontraba el arquitecto Miguel García; entonces él dijo que tal vez hubiera alguna posibilidad, hablando con la entonces subsecretaria de Cultura, Norma Durango. García ya trabajaba en la recuperación de lugares históricos, así que fue como un nexo: conversó con Orozco y después con Norma Durango. Él quedó a cargo de restaurar la casa. (Battiston)

Este reencuentro de la poeta con su casa natal es muy significativo porque, como recuerda Dora Battiston a partir de las charlas que mantuvo con la escritora, si bien Orozco realiza previamente viajes a la capital pampeana para encontrarse con su amiga de la infancia, Dora “Porota” Bracamonte de Albores, durante esas visitas solo concurría a la iglesia y al cementerio:

Ella me decía que iba al cementerio e iba a la iglesia porque en su última etapa había vuelto a acercarse a la iglesia, comulgaba porque decía que quería estar en paz con algunas cosas porque había tenido una vida muy turbulenta. Pero en esas entrevistas nunca me habló de que antes se hubiera acercado a la casa. Entonces, cuando se organizó la visita oficial [en el año 1991], trabó una relación de afinidades y emociones con el intendente Tavella, y él la acompañó a todos los lugares. Le había hecho un recibimiento como de hija pródiga: la plaza llena, escolares, banda de música, y la presencia de quienes habían sido, en algunos casos, compañeros de escuela. (Battiston)

Ante el renombre nacional e internacional de la poeta (en especial, con el reconocimiento que recibe con el Premio Juan Rulfo en 1998[14]), el anclaje de Orozco al parnaso poético de esta provincia constituyó una operación decisiva en la que intervinieron tanto la propia poeta (con determinadas acciones que mencionaremos) como también distintos agentes culturales (la Asociación Pampeana de Escritores y la Facultad de Ciencias Humanas de la UNLPam, entre los más notorios). Asimismo, demandó acciones concretas vinculadas a las políticas desarrolladas por la Subsecretaría de Cultura del gobierno provincial[15]. Norma Durango, además de uno de los pilares centrales de la gestión cultural pampeana en el período posdictatorial, es profesora en Letras, por lo tanto, tenía conocimientos de la importancia de Orozco en los circuitos de la poesía nacional. En su papel de gestora cultural, cuando toma conocimiento de la existencia de la casa y del deseo de la escritora de recuperarla, lleva adelante todas las acciones necesarias para que ese espacio fuera usado con fines culturales:

La casa se comenzó a arreglar. La verdad es que no teníamos muy en claro qué íbamos a hacer ahí. Y nos empezamos a contactar con Olga porque Leda le contó que había estado en su casa. Empezamos a tener una relación muy linda, era muy cálida […] Le encantaba ir al Café de Sonia[16] y comenzó a relacionarse con otra gente. Iba mucho a Toay. El patio la emocionaba mucho porque es un patio como hay pocos en La Pampa. (Durango)

A partir de ese momento, Olga Orozco comienza a visitar periódicamente La Pampa con María Cristina Turró, su amiga[17]:

Paraban en el hotel San Martín. Con el tiempo, no sé qué problema tuvo con Cristina porque dejó de acompañarla. Una vez me llamó muy enojada porque ella se había relacionado con un odontólogo que también era de Toay, Luvi[18]. (Durango)

En este entramado resulta interesante advertir, también, que la misma poeta operó en la construcción de su casa natal como lugar de la memoria (Pierre Nora 2008), ya que no hay que olvidar que la escritora propone legar su biblioteca si el municipio adquiría su casa natal, para que allí se expusieran sus libros, con la condición de que el lugar funcionara como un espacio cultural. Así consta en su testamento del 6 de octubre de 1995: “Lego a la Municipalidad de Toay (Pcia. de La Pampa), en el caso de que el gobierno haya comprado la casa donde nací, en ese mismo pueblo, para destinarla a Centro Cultural, todos mis libros, salvo los que se mencionan en otras cláusulas”.

En 1995 publica También la luz es un abismo, continuidad de La oscuridad es otro sol, un libro que es completamente distinto, si bien dentro de las mismas líneas autobiográficas, pero con un estilo muy diferente. Llama a La Pampa, no a la universidad, sino que llama a su amiga Miriam “Muruma” Lucero[19], a la APE [Asociación Pampeana de Escritores], a quienes estaban en la gestión cultural. La cuestión es que me derivan a mí [Dora Battiston] la presentación de su libro, porque Olga recordaba que yo había estado con ella en 1991, que le había hecho las entrevistas y que incluso en la universidad se habían grabado las conferencias. Entonces Olga dice: “Ahora que tengo este libro para presentar, quiero que sea en mi casa”. Y así fue que lo presentamos, primero en su casa de Toay y luego en la Municipalidad de Santa Rosa. (Battiston)

Olga Orozco (centro), Dora Battiston y Juan José Sena durante la presentación de También la luz es un abismo en la Universidad Nacional de La Pampa, Santa Rosa, 1995. Gentileza: archivo personal de Dora Battiston.

Además de los libros, en el testamento, la poeta también lega a la “Casa de la Cultura Olga Orozco” dinero que tenía en la caja de seguridad del Banco Nación, sucursal Azcuénaga. En la entrevista, el intendente Alfredo Schanton recuerda que ese donativo se destinó a restaurar el lugar y rescata esta decisión como una operación central de su gestión. En el contexto de crisis nacional, y dado que el testamento no especificaba para qué se debía utilizar el dinero, su postura se opuso a otras voces que sostenían que esta donación debía emplearse para paliar los problemas económicos que afrontaba el municipio con el incremento de los comedores a su cargo:

Fuimos con la presidenta de la comisión, Élida Carricaburo, y pudimos recibir ese dinero. Recuerdo que tuvimos que cambiarlos de dólares a pesos para poder transferirlos acá. Cuando lo transferimos, nos agarró el corralito[20]. Era un drama hacernos de ese dinero. No especificaba el destino del dinero. Con eso, a pesar de todos lo que nos tocó pasar, comenzamos a remodelar la casa […] Fue un desafío en ese momento, con una crisis económica total. Tenía abiertos tres comedores con más de ciento cincuenta raciones diarias de comida porque había necesidades. Pero consideraba que ese dinero tenía que ser destinado a eso, a que esto se convirtiera en un verdadero museo en el que pudieran pasear toayenses, pampeanos, argentinos de otras provincias y de otros países. (Schanton)

La Casa de la Cultura Olga Orozco se concibió, entonces, como un espacio donde realizar eventos culturales: charlas, presentaciones de libros, conferencias, etc. A su vez, en el mismo edificio se hallaba la Biblioteca Popular Toay. La profesora Norma Durango recuerda que:

Fue todo realmente un descubrimiento que trajo un problema porque ahora que habíamos descubierto la casa de Olga Orozco teníamos que ver qué hacíamos […] Conclusión: nosotros empezamos a ver qué podíamos hacer con esa casa hasta que el intendente, creo que era Alfredo Schanton en ese momento o Tavella[21], no recuerdo bien, bueno, hicimos un canje con la familia Jamad: entregaron la casa de Olga Orozco a cambio de una casa más nueva ubicado en otro barrio. Creo que era un canje así, yo no recuerdo bien los detalles legales. Y empezamos a arreglarla con el arquitecto de la Subsecretaría que era Miguel García. (Durango)

Cuando la Municipalidad recibe el legado de la biblioteca personal de la poeta y algunos de sus objetos, se decide crear la Casa Museo Olga Orozco y, para tal fin, la Biblioteca Popular es trasladada al edificio que fuera antiguamente el primer almacén de ramos generales del pueblo. Estas iniciativas ponen en evidencia de qué manera el proyecto de albergar y custodiar el legado se traduce en una serie de gestiones: el traslado de la biblioteca popular, la refacción de la casa y la constitución de un equipo de trabajo interdisciplinario conformado por bibliotecarias, la museóloga y el arquitecto, quienes se ocuparían de gestionar la refacción, la ambientación, la recepción y la clasificación del archivo donado. En este sentido, se advierte el despliegue de acciones que tienen como finalidad recuperar y reivindicar el valor simbólico de determinados espacios, con el objeto de configurar un patrimonio cultural provincial que exprese “la pampeanidad”, entendida como la construcción de un sentido identitario que posibilite ligar a los sujetos y a sus producciones simbólicas con el territorio (Bassa 2013). Asimismo, estas políticas culturales enmarcadas en la recuperación de la democracia pueden ser leídas como gestos de reapropiación y resignificación de los espacios de encuentro social (lugares tanto de esparcimiento como de formación) que fueron vaciados durante la dictadura. En correspondencia con este programa, en el mismo periodo, se impulsa desde el Estado la refacción, conservación y promoción de otros espacios como el Atelier de Ortiz Echagüe, la Pulpería de Chacharramendi, el Museo Histórico de Arata, entre otros[22].

La idea era hacer el museo como casa. Hicimos esa biblioteca divina. Ahora que la volvieron a inaugurar sacaron unos sillones que habíamos comprado[23]. Los sillones franceses de terciopelo verdes los compré en La ventana, esa casa de antigüedades que hay en Buenos Aires. Porque yo había visto unos parecidos en su casa y yo los puse ahí con una lámpara porque, además, es muy grande el lugar. Hicimos esa mesa y aunque es inmensa quedó mucho espacio vacío. Las cortinas a crochet, eso nos trajo también ella. Y había algo de ropa. No me acuerdo qué más. Algunas cajitas, algunos objetos. (Durango)

A la par de estas acciones, también se pusieron en funcionamiento dispositivos legales que permitieron proteger la casa como bien patrimonial. En este sentido, es interesante recuperar las razones expuestas en el documento que elabora la Comisión Provincial del Patrimonio Cultural en el Dictamen N.º 7, en el cual, entre otros aspectos, se señala como valioso que:

el inmueble, donde funciona el museo y donde Orozco nació, se terminó de levantar en 1906, fue construido con materiales traídos de Europa, sin embargo, los ladrillos fueron confeccionados en un horno preparado especialmente para este fin en Toay. Asimismo, el parque que conserva la casa posee especies centenarias y entre ellas se cuentan cuatro ejemplares de tamariscos, a los que se refirió la autora en su relato “El cerco de tamariscos”[24].

Y luego, la misma Comisión alega razones de orden simbólico e identitario vinculadas con el plano de lo que el documento refiere como la “pampeanidad”:

Esta casa es por lo tanto arquitectónicamente un hito histórico para Toay y para La Pampa, por los antecedentes que guarda como edificio de la etapa fundacional y residencia de primeros pobladores. Es también patrimonio intangible de la casa el reconocimiento que ha obtenido de la comunidad local y provincial, que le ha dado el valor simbólico de componente identitario de la pampeanidad.

Se advierte en esos textos normativos la intención de identificar a la figura de Olga Orozco con la “pampeanidad” y, por ello, no resulta casual que la incorporación al Patrimonio Cultural de la provincia se realice en el año 2004, luego del fallecimiento de Orozco, cuando la trayectoria de la poeta es reconocida internacionalmente. Asimismo, esta valoración del patrimonio se refuerza el 1.º de noviembre del 2006 cuando se concreta un reconocimiento a nivel nacional que consistió en la sanción de la Ley N.º 26.156 mediante la cual la casa se declaró Lugar Histórico Nacional.

Todo el amor de las antiguas cosas, a las que acaso dimos sin saberlo, la duración exacta de la vida[25]

“Yo te voy a donar, no sé si dijo ‘mis libros’ o ‘mi biblioteca’”, refiere Norma Durango a propósito del deseo de Olga Orozco, y cuando fallece, ese acto se concreta. Pero las versiones sobre cómo llega ese legado hasta la casa natal son ambiguas. Los testimonios sí coinciden en la enorme cantidad de bolsas negras de consorcio y cajas que contenían libros, ropas, adornos, objetos. Alfredo Schanton relata que, cuando asume la intendencia en 1999, se encuentra con que el trámite de la compra de la casa estaba pendiente porque faltaban abonar diez mil pesos (al cambio monetario de aquella época, este monto equivaldría a una suma cercana a los diez mil dólares), de modo tal que, entre las primeras gestiones, se encarga de contactar a la señora Dora Laurenzano de Jamad (la propietaria del inmueble). Schanton reconoce la buena voluntad de Laurenzano para aceptar solo ese dinero, pues ante la grave crisis económica y devaluatoria que afectó al país en el año 2000, si la dueña hubiera reactualizado la deuda, la compra no se hubiera podido concretar:

Ya con el inmueble adquirido, la Municipalidad de Toay debe encargarse de obtener los libros donados por la poeta. Con respecto a qué y cómo se reciben, los entrevistados refieren distintas versiones. Al respecto, Norma Durango comenta: “No me acuerdo si las trajimos nosotras o si las trajo Luvi [Díaz Maison]”. Por su parte, Alfredo Schanton relata que él fue a buscar los libros que se encontraban en cajas en un sótano de un departamento de Buenos Aires. Cuando le comentamos que otros testimonios sostienen que en ese momento también estaba presente Luvi, dice:

Yo no recuerdo eso. Para mí fui solo. Lo que no recuerdo es si en el momento en que sacamos los libros estaba Luvi o el sobrino de Olga Orozco […] Recuerdo cuando me subí al camión y pensé qué pasaría si estos tipos [los del camión] los llegan a robar. Yo vi desde ese lugar donde los cargamos hasta el depósito de El Pampero[26], custodiando la cantidad de cajas que cargamos. Yo las conté en el momento de cargar, bajarlas, y arriba de El Pampero y luego cuando las recibimos acá. Yo era responsable de eso.

Las bibliotecarias Graciela Prieto y Mabel Fanjul, a cargo del proceso de inventario, señalan que “la familia mandó cajas, bolsas de consorcio, no sabíamos qué había, era una gran sorpresa cada vez que abríamos una caja” (Fanjul); “la familia puso los libros en cajas o en bolsas de consorcio” (Prieto); “incluso llegó ropa, la cama, adornos que ella tenía, todo llegó en el mismo transporte. Después de eso, ya se armó el museo, pero nosotras de eso no nos ocupamos” (Fanjul).

Según el testimonio de Liliana Touceda, la primera museóloga a cargo de esta tarea, el legado estaba compuesto por 4.500 libros, 500 revistas, la ropa, los objetos, la cama. Sobre el proceso de recepción del legado comenta que, después de la muerte de Olga Orozco, el intendente de Toay, Alfredo Schanton y Luvi Díaz, amigo personal de la escritora, fueron quienes viajaron a Buenos Aires a buscar el material:

Ellos son los que trajeron esto, con un transporte, 4.500 libros, 500 revistas, las ropas, los objetos, la cama. Pero los libros quedaron en la biblioteca del Colegio Normal y ahí los clasificaron Graciela Prieto y la otra señora que trabajaba en la subsecretaría, Mabel Fanjul. Ellas son las dos bibliotecarias que tenían la mayor responsabilidad y todos colaboramos, incluso yo porque había que registrar con unas fichas, tal como se hace con una biblioteca de préstamo popular. Entonces, en un momento en que se terminó de hacer eso, que llevó tres años, unos días antes de la apertura, ellas [la bibliotecarias] llevaron las cajas y luego las museólogas decidimos cómo ubicarlos de acuerdo al orden porque los números eran de corrido y las bibliotecas tienen divisiones, porque tienen dos puertas, no podíamos continuar los números, entonces les dimos otra numeración para ubicarlos, que coincide con la del catálogo. (Touceda)

Este último fragmento recuperado de la entrevista pone en evidencia las tensiones inherentes al proceso de la toma de decisiones que implica el ordenamiento de los materiales: la distinción y disposición del legado. Según su reconstrucción, los “objetos” fueron alojados en la casa y los “libros” en la biblioteca Clemente Andrada del Colegio Normal (ubicada en la ciudad de Santa Rosa, a una distancia aproximada de 10 km de la localidad de Toay). Esta separación indica una concepción y tratamiento diferente de los materiales. Para la museóloga, las pertenencias de Olga Orozco como la cama, los vestidos, algunos adornos y los libros son materiales que hay que disponer y ordenar en el espacio de la Casa Museo, según la concepción museística de la época que privilegiaba los montajes escenográficos de las casas natales de personajes notables[27]. A Touceda el problema que se le presenta es de índole espacial: cómo ubicar el conjunto de libros, en tanto son valorados como objetos de exhibición en el espacio del mueble que contiene la biblioteca. Y de ahí, la necesidad de establecer un orden porque no podía seguir la numeración establecida por las bibliotecarias en el momento de inventariar los libros.

En donde la memoria es una torre en llamas[28]

La crítica ha demostrado que en los archivos pueden verse los modos en que una cultura organiza, sistematiza y articula los saberes de una época con los documentos del pasado y con sus proyecciones futuras. En los últimos años, esta perspectiva se ha expandido por lo que se habla de un “furor de archivo” (Rolnik 2010). A la par de estudios focalizados en la dimensión museológica de esta problemática (Farge 1991; Foster 2004; Morey 2005), se ha desarrollado otra línea de investigación centrada en el análisis de los presupuestos que subyacen en la configuración de estos archivos, en los mecanismos de selección u omisión que han caracterizado sus procedimientos y en sus intersecciones con la construcción de una memoria literaria de los traumas del pasado y del presente (Dalmaroni 2010; Gerbaudo 2010; Goldchluk y Pené 2013). Muchos de los acervos bibliográficos de escritoras y escritores se mantuvieron ocultos o censurados durante largos períodos de oscurantismo político y, en las últimas décadas, se hizo posible revisar allí vínculos y asociaciones intelectuales que habilitan nuevos modos de intelección de la memoria histórica y cultural.

En un primer acercamiento al proceso de organización del Archivo Olga Orozco es posible determinar algunas decisiones que los actores involucrados fueron tomando en función de distintas variables como, por ejemplo, su formación y las condiciones materiales y laborales que determinaron su injerencia. En el caso de la museóloga, hay un interés puesto en el objeto, en su conservación y acondicionamiento. Cuando le preguntamos a Liliana Touceda cómo fue su primer contacto con el legado de Olga Orozco, nos refiere:

Yo trabajaba en la Secretaría de Cultura desde que era Subsecretaría, en el museo de Historia Natural, y estaba terminando una carrera a término, una tecnicatura en Museos, en General Pico (provincia de La Pampa). Entonces, la coordinadora de la carrera le dijo a la subsecretaria que yo podía dedicarme a armar ese museo. Todavía no estaba puesto el piso de la biblioteca cuando llegué. Entonces, empezamos a trabajar con todo el material que había: vestidos, muebles, adornos. A limpiarlos, a ponerlos en condiciones, arreglarlos, hasta que el 6 de septiembre de 2003 se inauguró la casa como Casa Museo, porque ya funcionaba en la esquina la Casa de la Cultura, esas tres salas sobre la calle Balcarce que hacen esquina con la Biblioteca Popular de Toay, que sigue funcionando paralelamente, hasta que se trasladó a un edificio restaurado.

Por su parte, las bibliotecarias –Fanjul y Prieto– tomaron decisiones con respecto a cómo catalogar y trabajar con los libros donados:

Como iba a ser una biblioteca histórica (no una biblioteca de uso diario), nosotras determinamos que poner a los libros el rótulo les iba a quitar valor; por eso decidimos hacer una descripción de materia o temática de cada libro para que en una base de datos se lo pueda buscar por autor o por tema. Es decir, ponerlos por inventario, no por clasificación porque al estar por inventario no se estropea el libro […] Fue grande el trabajo, pero la biblioteca quedó hermosa. (Fanjul)

El proceso se inició con la apertura de las cajas y las bolsas en orden aleatorio, porque su contenido no estaba organizado en función de la disposición que tenían en el departamento de Orozco. El primer paso consistió en limpiar los libros. Al respecto, las bibliotecarias señalan: “No se sabía lo que había” (Fanjul), “Las cajas estaban cerradas, apiladas y tomábamos la que nos quedaba más a mano, la que quedaba arriba” (Prieto). A partir del estado del material que recibían, Graciela Prieto recuerda el trabajo arduo al que se enfrentaron:

Primero, íbamos abriendo una caja, dos cajas, limpiando los libros. Había libros con mucha humedad, con hongos, con hollín de Buenos Aires y no es una tarea fácil, hay que hacerlo con un cepillito, revisamos el contenido y toda la documentación quedaba en las cajas que se compraron para tal fin. La revisión de estos documentos y de las revistas la hicimos después de la inauguración porque no llegábamos a terminar de rotular los libros. […] Cada uno fue procesado con un papelito: se ponía la temática y el data entry que hacían las tres chicas estudiantes de bibliotecología. Luego revisamos uno por uno, antes de cerrar y sellar las cajas; no me olvido más que los revisamos tres veces (en el inventario y en el catálogo) para que no hubiera errores de ortografía, que no faltara una palabra a la temática, por ejemplo, “literatura latinoamericana” […] Los libros los limpiamos todos en Toay porque si se lleva un libro enfermo a una biblioteca sana, se la contamina. Había que limpiar los libros y ese proceso de limpieza lo hicimos en Toay: desparramamos tablones y pusimos los libros húmedos que había que dejar secar, y ahí, más o menos, nosotras pusimos en cajas lo que íbamos a procesar primero. (Prieto)

El tiempo transcurrido, el reconocimiento que adquiere la figura de Olga Orozco y los nuevos paradigmas y enfoques sobre “archivo” y “museo” generan flexiones en el tono de los relatos que se construyen a partir de las entrevistas. Asoma la mirada retrospectiva que advierte errores, desconocimientos sobre el manejo y el valor de los materiales, pero que, al mismo tiempo, se apoya en el compromiso asumido en el momento de realizar la tarea asignada. Ante cierta crítica que pudiera despertar el trabajo de las bibliotecarias responsables, ellas señalan:

Y nosotras con ese respeto trabajamos toda esa colección. Entregamos todos los CD [CD Rom], los inventarios y las dos pusimos los libros porque entendíamos cómo era el rotulado. (Prieto)

 

Y también les dimos [a los responsables del museo] el catálogo impreso por autor, por temática y por número de inventario. Porque si falla, si hay un corte de luz o algún otro problema, el investigador tiene una copia papel. (Fanjul)

Por otro lado, se ensayan justificaciones respecto de las metodologías de trabajo implementadas:

Una tarea ardua, ¿qué se hace como bibliotecaria? Si se mira un libro y su temática, se piensa la ubicación por clasificación. Pero en este trabajo, eso era imposible […]. Mabel [Fanjul] estuvo un año trabajando en la Biblioteca del Maestro y entonces conocía a la directora y eso le dio mayor confianza para consultar[29]. También investigamos libros y consultamos con Leda García que era Licenciada en Bibliotecología, y la solución que encontramos fue por inventario. Fue la única solución, porque si hubiéramos tenido las estanterías, se van abriendo las cajas y se van ubicando, es decir, se va viendo la totalidad de las (cincuenta y pico de cajas) y ubicando, pero teníamos tablones y las cajas cerradas. (Prieto)

Otro de los pliegues que tensionan el proceso de constitución de la Casa Museo son las diferentes personas que intervinieron en la toma de decisiones. El “armado” está a cargo de Touceda que tiene un título afín a la tarea a desempeñar, y una docente con un Plan Trabajar[30] que estudiaba Museología y que cumplía parte de su carga horaria en la Casa. Por otro lado, personas de la Subsecretaría realizaban tareas como elaborar el primer folleto de difusión de la Casa u organizar los eventos culturales. Touceda afirma que “otros compañeros hacían trabajo, no de fuerza, pero sí necesario como colocar cuadros, transportar cosas, instalar”. Asimismo, sostiene que:

todos cumplimos funciones administrativas pero, al mismo tiempo, todos hicimos cosas para armar el museo. Y también, esa coordinadora de Museos que teníamos, nuestra profesora de museología que era Rosario Fernández, docente en Artes y empleada de la Subsecretaría de Cultura. También opinaba Norma Durango, y trabajamos con la Municipalidad, cuyo intendente era Alfredo Schanton.

El equipo, por lo tanto, se conformó con dos bibliotecarias responsables, tres ayudantes de data entry, la museóloga y el arquitecto a cargo de la refacción; todos ellos en continuo vínculo con los integrantes de la Comisión de Casa de la Cultura y el intendente de Toay. Pero resulta necesario advertir que los testimonios expresan las condiciones precarias de trabajo (varios Planes Trabajar), un espíritu voluntarista y una conciencia de responsabilidad que conduce al equipo. Es decir, un grupo de trabajo impulsado por el compromiso con el trabajo asignado y que reconoce la falta de experiencia sobre la tarea exigida, hecho que moviliza a los involucrados a capacitarse e informarse sobre las maneras de resguardar el legado.

En ese momento, yo era profesora de la carrera de Bibliotecología que había en [General] Pico. Dos de esas estudiantes estaban trabajando en la Biblioteca de la UNLPam: Laura Suhurt e Ivana Carlucci, y después se sumó otra colaboradora más, Sara Amigone que estuvo poco tiempo. Susana García, que estaba en la [Biblioteca] Clemente Andrada[31], también estaba convocada. La función de ellas era cargar los libros en la base de datos. Después, el trabajo grande estaba a cargo nuestro y era muy charlado con Norma [Durango], con el intendente, con la comisión. (Fanjul)

Sin duda, las condiciones laborales precarias así como la falta de espacios adecuados para desarrollar las tareas requeridas y los traslados del material de la Casa Olga Orozco (Toay) a la Biblioteca Clemente Andrada (Santa Rosa) son un claro ejemplo de las dificultades que debieron sortear las personas implicadas en este proceso. Graciela Prieto reconoce que trabajaron con total libertad: “A la mañana íbamos a buscar [a la Casa Museo Olga Orozco] las cajas (que estaban cerradas) y las poníamos en el depósito de atrás [en la Biblioteca Clemente Andrada]”. En la entrevista, Fanjul y Prieto recuerdan los avatares de la labor realizada:

Nosotras trabajábamos en estas condiciones difíciles. Cuando nos corrieron los albañiles tuvimos que buscar otro lugar, porque tenían que cambiar los techos, levantar los pisos, nos tuvimos que ir porque no podíamos trabajar con los libros, buscamos el refugio en la [Biblioteca] Clemente Andrada que siempre da refugio para todo. (Fanjul)

 

Nos dieron el rinconcito de atrás. Mabel trabajaba en la Biblioteca a la mañana y yo también había trabajado ahí cuando estaba arriba y era escuela nacional[32]. Así que conocíamos a toda la gente, ¿cómo no nos iban a dar una mano, un lugarcito? Primero, nos prestaron una computadora hasta que compraron una. Norma [Durango] le dio el subsidio al Municipio para que compraran una computadora para la Casa Museo y luego seguimos trabajando ahí, que fue donde quedó guardado el inventario. (Prieto)

También Touceda refiere que sus comienzos en este trabajo fueron aleatorios y sin pautas precisas: “comencé a trabajar a fines de 2002, siempre estuve como un ‘préstamo’, parecía que iba a ser por un rato y estuve trece años y hasta que empezó esta gestión, en la Secretaría de Cultura, 2015”.

Los testimonios recuperados permiten ilustrar las condiciones materiales del trabajo realizado por el equipo a cargo del armado del museo. En ese proceso, las tensiones surgen porque en la toma de decisiones se advierten, al menos, dos planos: por un lado, enfoques que se corresponden con perspectivas disciplinares diferentes, entre las cuales se deben, necesariamente, establecer acuerdos. Por otro, las relaciones de poder interinstitucionales y las competencias jurisdiccionales que atraviesan los vínculos laborales. En este cruce, las versiones sobre el tratamiento del legado tanto como las valoraciones de la tarea realizada se articulan en un discurso legitimador aunque, a la luz de los estudios contemporáneos sobre museística y archivo, reconocen algunos desaciertos en la manipulación del material que pudieron afectar su procesamiento.

A veces sus emisarios vienen para trocar cada cautivo ardiente por una sombra en vuelo[33]

Si la adquisición de la casa constituyó el puntapié inicial para la concreción del legado y el recibimiento de la donación, el segundo paso fue el procesamiento de los materiales. Esta instancia conforma un aspecto nodal del proceso de constitución de la Casa Museo Olga Orozco y, en este sentido, recuperar las voces de quienes realizaron el primer avistaje y clasificación es fundamental para conocer el estado original del legado. ¿Qué fue lo legado?, ¿cómo se lo recibió? y ¿cómo se trató ese material? son los interrogantes que articulan las entrevistas realizadas. Con respecto al último, nos interesa revisar y poner en relieve algunas contradicciones que pueden entenderse en función de la precaria y compleja coyuntura laboral antes descripta.

Ivana Carlucci, otra de las asistentes de bibliotecología, comenta que el trabajo de apertura de las cajas lo realizó ella con Mabel Fanjul, Graciela Prieto y Sara Amigone. En ese momento, Carlucci trabajaba en la Subsecretaría de Coordinación y Dirección General de Planeamiento mientras estudiaba Bibliotecaria Profesional y Mabel era su profesora en General Pico. En un momento, Mabel les da la información de que habían llegado los libros de Olga Orozco desde Buenos Aires y la lleva a trabajar a la biblioteca del Archivo Histórico Provincial, en la parte de clasificación y catalogación porque le propone rotular juntas los libros. Del proceso de apertura de las cajas le llama la atención que en cada caja de libros había un plano que indicaba dónde habían estado ubicados en el departamento de Olga, por ejemplo, “biblioteca del comedor”. Carlucci refiere:

Ese trabajo lo hicimos en la Casa de la Cultura Olga Orozco. Lo hice desde mediados de junio a octubre del 2001, durante seis horas diarias. Luego Fanjul y Prieto iban a supervisar, corregir errores de ortografía, acomodar detalles para que el catálogo quedara bien confeccionado.

Cuando le preguntamos cómo hacían con la apertura de las cajas, recuerda que fueron las primeras en abrirlas y en fijarse el estado de conservación de los libros. No había papeles, solo libros. Recuerda que llegaron a catalogar aproximadamente hasta el número 200. Luego las cajas se trasladan a la Biblioteca Andrada porque Laura Suhurt y Susana García se sumaron al trabajo con la condición de hacerlo allí, no en Toay.

Laura Suhurt, la bibliotecaria asistente, señala que tuvo contacto con los libros en un “segundo momento de clasificación y que un primer inventario fue realizado por dos bibliotecarias que ‘por problemas’ no pudieron continuar con esta tarea”. Ella refiere que desde la entonces Casa de la Cultura Olga Orozco los encargados de la Comisión acercaban hasta la biblioteca Clemente Andrada del Colegio Normal donde trabajaba, en dos o tres cajas, los libros para catalogar. Ciertas condiciones de precariedad laboral vuelven a advertirse en este proceso de clasificación del repositorio. En este sentido, la bibliotecaria que se suma al proyecto en la biblioteca Clemente Andrada nos cuenta:

En el año 2002 yo estaba trabajando en la biblioteca de la Escuela Normal. Teníamos contacto con la Subsecretaría de Cultura porque en el aquel momento ya existían los cargos de Bibliotecas Populares; en la biblioteca Clemente Andrada de la Escuela Normal no tenían aún los cargos, entonces yo entro como Bibliotecaria, por medio de un Plan Trabajar, a trabajar ahí. En el 2002, Mabel Fanjul, la bibliotecaria que estaba a la mañana, nos comenta a mí y a mi compañera, Susana García, que necesitaban personas para procesar el material de la biblioteca de Olga Orozco. Ya habían hecho un trabajo anterior. No sé cuál había sido la dificultad pero necesitaban que nosotras termináramos con el procesamiento del material. Yo sé que el equipo anterior que había trabajado con eso había ido a Toay a trabajar, pero nosotras le presentamos la dificultad de que, por nuestros horarios, era imposible que fuéramos a trabajar allí. Entonces, se decidió que la comisión nos iba a ir trayendo los libros. Porque en realidad nosotras lo que hicimos fue el procesamiento del material bibliográfico de la biblioteca personal de Olga Orozco. Así que había una comisión encargada de traer, por ejemplo, cincuenta libros para procesar, los inventariábamos, los procesábamos, después ellos retiraban eso y nos traían nuevamente para hacer la carga. (Suhurt)

El ordenamiento de los libros también es aleatorio, según las cajas que la comisión les iba proporcionando, tomaban un libro y lo registraban según el sistema Sigevi, un software que se usaba en ese momento en las Bibliotecas Populares y que les permitió cargar el material y asignarle un número de inventario para que luego fuera fácil encontrar el libro. Por lo tanto, no están ordenados temáticamente, tal el criterio que se sigue en la bibliotecas de circulación, donde los libros tienen anotados con lápiz en la última hoja los descriptores. En cambio, los libros de la biblioteca Olga Orozco no poseen ninguna descripción o marca, pero en la base de Sigevi es posible obtener la clasificación y una descripción temática del libro.

Prieto y Fanjul refieren que “se eligió qué base de datos se iba a usar, que era la del Ministerio de Educación, la de la Biblioteca Nacional de Maestros, que era gratuita y que era un formato que se puede modificar, se podía importar a otra base, y empezamos a ver qué libros había y además cómo los tratábamos”. En este sentido, Laura Suhurt pone énfasis en las dificultades ligadas al tratamiento y a las marcas sobre los textos. Pues al ser objetos de un museo, de una biblioteca histórica y no de una biblioteca de préstamo, desde la Subsecretaría de Cultura se decidió no rotular, es decir, no pegar con cinta sobre las tapas de los libros las etiquetas para evitar deteriorar las portadas. Los libros solo llevaban “un sellito chiquito que es identificatorio y creo que en una sola hoja” y el “sello de la biblioteca popular Olga Orozco” (Suhurt).

En la manipulación del material fuera de protocolos precisos, los testimonios dejan vislumbrar posibles errores cometidos, tales como quitar señaladores, notas u otros papeles del interior de los libros, no registrar su marcación o hacerlo de una manera aleatoria. Tampoco los materiales donados que acompañaron a los libros (ciertos papeles, folletos, revistas) fueron objeto de una clasificación pertinente. En este sentido, no es casual que en este punto los testimonios se oscurezcan, el recuerdo se presente nebuloso y los pasos dados se conviertan en una “sombra en vuelo”.

El legado que recibe la Casa de la Cultura Olga Orozco está compuesto por algunos libros (legados en el testamento), algunos objetos y papeles de la escritora. En estas páginas, hemos rastreado en las entrevistas las referencias sobre este conjunto de materiales personales que los “emisarios” que viajan a Buenos Aires reciben de la mano de los sobrinos de Olga Orozco. En consonancia con los recientes estudios sobre archivos personales de escritores, tales como el caso de los archivos de Alejandra Pizarnik, Manuel Puig, David Viñas o Rubén Darío, entre otros[34], hoy resulta evidente que estos papeles conforman un corpus de mayor interés y son varios los agentes interesados en este archivo. Sin embargo, en el año 2000 cuando es recibido el legado, la presencia de estos papeles generó en quienes estuvieron involucrados en el proceso de clasificación más de un problema. Así, con una mirada anclada en el trabajo museográfico, Liliana Touceda sostiene:

El archivo personal para nosotros era una caja con papeles que no tuvo ninguna clasificación, en algún momento iniciamos una, haciendo una descripción aproximada y dándole un número a lápiz y no la pudimos terminar porque aparecían cosas difíciles de clasificar, confiamos en que nosotras lo teníamos todo guardadito, había cosas que eran difíciles de registrar.

“Tener todo guardadito” supone preservar papeles que por alguna razón la escritora había decidido conservar. En esta afirmación de la museóloga podemos advertir el peso que una disciplina o formación ejerce sobre el modo de mirar o de otorgar sentido a determinados materiales. Si los papeles están “guardaditos” al menos se cumple la función del “arconte” (Derrida 1994), como el responsable de custodiar el soporte porque se reconoce en él cierta aura que hay que proteger. No obstante, la variedad de papeles (en palabras de Touceda “como notas de diarios, entradas a lugares, sobre todo en sus viajes a museos, lugares de cultura. Y también, muy importante y muy curioso, una gran colección de folletería turística”) y el desconocimiento impidieron aplicar algún tipo de clasificación: “Eso siempre lo digo, que con respecto a eso es como si fueran a tu casa y tomaran tus cosas porque por algo se conservaron y nadie lo tira”. Según Touceda “esa era la trascendencia que para nosotros tenía ese archivo porque tampoco podemos dar fe respecto de por qué eso se había guardado. Suponemos que son recortes que refieren a cuestiones que le interesaban”.

En las entrevistas, también indagamos si los libros recibidos guardaban papeles en su interior. Con respecto a esto, Liliana Touceda reconoció que “sí, poquísimos”. Algunos los quitaban de los libros y los guardaban en carpetas y anotaban de qué páginas y libros habían sido tomados. Esa información cree que figura en el catálogo. Pero, al mismo tiempo, advierte que no fue posible revisar todos los libros y que supone que muchos ejemplares pueden conservar papeles en su interior:

En los libros encontramos algunas poquísimas cosas, que aparecían cuando se mostraban o se consultaban, tomábamos nota entre qué libros estaba, en muchos casos, y en otros libros no, porque son muchos libros y hay que pasar las hojas. (Touceda)

Por su parte, Laura Suhurt advierte:

Ahora, una con el tiempo aprende de los errores. Y en este proyecto que surgió de procesar material personal que contenía los libros de Orozco yo me doy cuenta de que esa parte estuvo mal realizada por parte nuestra. Yo creo que en ese momento no había conciencia, o nosotras no la tuvimos, de tomar magnitud de la importancia que podía tener una nota dentro del libro. Yo, por ejemplo, tengo presente haber encontrado pasajes de Orozco a las ruinas de Machu Pichu. Señaladores. ¿Y qué corresponde hacer? Nunca se nos ocurrió pensar que quizá estaba marcada una hoja de lectura de ella. En ese momento decidimos retirarlo y ponerlo en cajas. Y no hubo un registro de lo que se estaba retirando, por ejemplo: ‘este señalador fue retirado de tal libro página tantoʼ. Hoy me doy cuenta de que hubiera sido lo correcto. Estuve tratándome de acordar, tengo conciencia de que si observábamos una dedicatoria, una nota escrita manualmente, es decir, la parte que un bibliotecario trabaja normalmente, que es la portada, sé que lo agregábamos en las notas del catálogo. Eso está cargado en el registro bibliográfico que está en la base de datos. Y alguna dedicatoria, alguna fecha que haya aparecido. (Suhurt)

Si bien la cita es extensa, consideramos importante señalar variables medulares a tener en cuenta para analizar la configuración del archivo y cómo fue su tratamiento en el contexto del armado del museo. Primero, proponemos pensar en términos históricos y considerar que en el año 2003 era otra la mirada sobre la valorización que este repositorio personal podía generar. En segundo lugar, recuperar el contexto de trabajo de las personas que intervinieron y con ello reponer condiciones de precariedad, inestabilidad, pero compromiso con las tareas asignadas. Y, en tercer lugar, atender a las formaciones discursivas (Foucault 2002) que atravesaron las perspectivas desde las cuales estos materiales fueron procesados. Este cruce de variables permite revisar, entonces, qué se entendía en esa época por archivo de escritor (¿podía entenderse como la suma de papeles personales que son susceptibles de guardarse en un cajón, en una caja y, cuanto mucho, entre algunas páginas de algunos libros?) y qué valor podía tener este tipo de material para la conformación de una casa museo. En esta intersección de variables, ciertos gestos y prácticas culturales se naturalizan bajo los estándares de los paradigmas que regulan las instituciones. Asimismo, también advertimos cómo los imaginarios sobre la escritora atraviesan en distinta medida el trabajo realizado. En el caso de Touceda, su acercamiento al legado Orozco la motivó a desarrollar una tesis de licenciatura. Por su parte, Suhurt nos revela que –al reflexionar sobre el trabajo realizado– considera importante y necesario que quienes intervienen en estos procesos de clasificación de un repositorio de tales características puedan contar con información sobre los escritores que les permita dimensionar el valor de los materiales que manipulan.

Mis días en los otros ya no son nada más que una semilla seca, / un hilo roto, / la irrevocable momia del olvido[35]

¿Cómo se configura un mito de origen? ¿Qué hubiera sucedido si Leda Valladares no preguntaba por la casa natal de su amiga? ¿Por qué Olga visitaba el cementerio y la plaza de Toay, pero no volvía a su casa de la infancia? ¿El motor de su regreso fue el relato de Leda? ¿Cómo operan los mecanismos burocráticos y las decisiones individuales en la recuperación de la memoria histórica? Estas y otras preguntas han guiado el recorrido de estas páginas y aunque algunas no pueden cerrarse con afirmaciones taxativas, sí funcionan como hilos conductores en el análisis discursivo que fuimos realizando. Resulta evidente que las operaciones conscientes e inconscientes de los diferentes actores dieron forma a lo que conocemos como Casa Museo Olga Orozco; espacio que hoy se constituye como ineludible para pensar la conformación del sistema literario pampeano y nacional. Las diferentes entrevistas ponen en primer plano no solo la decisión explícita de la escritora, sino también las gestiones del gobierno provincial, municipal e incluso de la UNLPam para consolidar ese lugar como espacio de la memoria.

La metáfora del “hilo roto / la irrevocable momia del olvido” de los versos elegidos para cerrar este capítulo permite condensar y poner en escena cómo la memoria articula desde el presente una singular evocación del pasado. En este sentido, las entrevistas revelan puntos oscuros, referencias que entran en tensión y hacen del discurso un entramado de velos. Por ejemplo, las opacidades que advertimos cuando se alude a las manipulaciones del material, aspecto medular tanto desde la perspectiva museográfica, archivística como bibliotecaria. Al respecto dice Suhurt:

Nosotras no fuimos las primeras que hicimos la carga. Había habido un equipo anterior que había comenzado el trabajo. Habían tenido dificultades de otro tipo que creo que tiene que ver con la precariedad laboral que existía. Eso que yo te conté del Plan Trabajar viene a nota de que, por ejemplo, yo sí tengo un registro de que trabajé con la biblioteca de Olga Orozco porque por una referencia laboral solicité que se me extendiera un certificado pero, en realidad, de eso no hay ningún registro. Y sé que las personas anteriores tampoco figuraban.

Esas personas trabajaron en Toay en una primera etapa. Pero con mi compañera decidimos que como íbamos a cargar en Sigevi íbamos a arrancar de cero. No reveíamos el trabajo anterior. Empezamos de cero. No fue la nuestra la primera manipulación que tuvo el material. Yo creo que de eso podría informarte Graciela Prieto o Mabel Fanjul porque sí estuvieron desde el origen de la idea. Supongo que se debe haber evaluado esto de que el material bibliográfico de Olga Orozco reciba un procesamiento o no. Porque podrían haber optado por exhibirlo nada más. Y no cargarlo. Las autoridades decidieron hacer esa tarea. (Suhurt)

Esta afirmación se contrapone con lo que recuerda Liliana Touceda sobre el mismo proceso:

Los libros quedaron en la biblioteca del Colegio Normal y ahí los clasificaron Graciela Prieto y la otra señora que trabajaba en la Subsecretaría, Mabel Fanjul. Ellas son las dos bibliotecarias que tenían la mayor responsabilidad y todos, toda la gente colabora, colaboramos, incluso yo porque había que registrar con unas fichas como se hace con una biblioteca de préstamo popular. Entonces, en un momento en que se terminó de hacer eso, que creo llevó unos tres años, unos días antes de la apertura, ellas llevaron las cajas y las instalaron en la biblioteca. (Touceda)

La distancia temporal también permite revisar lo hecho y, en este sentido, la aproximación a la obra orozquiana, la revalorización del legado bibliográfico y del archivo personal que constituyen objetivos del proyecto orientado en investigación regional avalado por la UNLPam que enmarca este trabajo y del cual participa Laura Suhurt, le ha permitido reflexionar sobre las prácticas de intervención, clasificación y difusión puestas en juego. Al respecto, señala:

Yo estoy trabajando en la biblioteca de la UNLPam y cuando se organiza el proyecto, Norma [Laurnagaray][36] me convoca para integrarlo. Hoy tengo conciencia de saber cuánto nos hubiera sumado saber de qué página, de qué libro fue retirado cada papel. Me parece importante el conocimiento a la hora de recibir una colección de lo que sea, rescatar un poco más lo regional y la institución a la que llegue el material. Sería bueno establecer un protocolo de procesamiento porque no todos los que trabajamos en esto tenemos idea de qué se hace. Seguro que si se pregunta a los de Patrimonio[37], te van a decir “es muy lógico que se tomen estos recaudos”, pero, en realidad, en ese momento no se tomaron. No fue falta de voluntad. Yo hoy lo pienso y digo que se podría haber optado por otra cosa, por ejemplo, solo exhibir. Y, sin embargo, se decidió procesar esos libros, hacer un inventario, lo que es muy positivo. (Suhurt)

Cada vez que hurgamos en la construcción de este archivo, tenemos presentes las indagaciones poéticas en torno a la memoria (Battiston 1984; Boccanera 1998; Villarreal 1998; Zonana 2002) que atraviesan la obra de Olga Orozco desde libros como La oscuridad es otro sol (1967) hasta También la luz es un abismo (1995). Para que el “hilo” no se corte, para que siga existiendo “un hilo que corre solamente desde siempre hasta nunca”, debemos indagar en esos archivos almacenados. Al respecto, en una conferencia pronunciada en la Universidad de Córdoba, en 1991, Olga Orozco dijo:

Yo no tengo archivos mentales como el de Funes, ni recuerdo días en los que no me sucedió ni me impresionó algo. Tengo en su lugar viveros o almácigos que perduran, proliferan y se multiplican conmigo, como si tuvieran su propio instinto de conservación. Esa memoria cuya acción es incesante y circular es la que elijo, no es entonces esa melancólica añoranza de brazos caídos que llamamos nostalgia, sino una memoria viviente y ávida, que se encarna y reencarna para descubrir, para perseguir significaciones como por primera vez. (Actas Congreso Literatura Argentina XIV)

Entonces, tal vez, en esos papeles sueltos, “guardaditos” en cajas, residen algunas de las claves que permitan seguir tejiendo el tapiz de su memoria.

Corpus de entrevistas

Liliana Touceda, Archivo Histórico Provincial, 17/08/2018.

Laura Suhurt, Biblioteca Central de la UNLPam, 14/09/2018.

Mabel Fanjul y Graciela Prieto, en residencia de Fanjul, 2/11/2018.

Norma Durango, residencia particular, 24/07/2019.

Ivana Carlucci, Biblioteca Central de la UNLPam, 18/09/2019.

Dora Battiston, Departamento de Letras de la UNLPam, 1/10/2019.

Alfredo Schanton, casa Museo Olga Orozco, 15/10/2019.

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  1. Universidad Nacional de La Pampa, Argentina.
  2. Todas las referencias se realizan según la edición de Poesía completa, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2012.
  3. La localidad de Toay es la ciudad cabecera del Departamento Toay, provincia de La Pampa, Argentina. Se encuentra aproximadamente a 10 km de Santa Rosa, la capital provincial.
  4. Este trabajo se enmarca en el Proyecto Orientado en Investigación Regional (POIRe) “El archivo de Olga Orozco: estudio crítico, sistematización y digitalización del fondo documental y bibliográfico resguardado en Toay, La Pampa” (2017-2019) dirigido por la Dra. Graciela Salto en la Universidad Nacional de La Pampa.
  5. Realizamos las entrevistas entre agosto de 2018 y octubre del 2019. El 17/08/2018 entrevistamos a Liliana Touceda en el Archivo Histórico Provincial; el 14/09/2018, a Laura Suhurt, en la sede central de la Biblioteca de la UNLPam; el 02/11/2018, a Graciela Prieto y Mabel Fanjul, en la casa de Fanjul; el 24/07/2019, a Norma Durango, en su residencia en la capital pampeana; el 18/09/2019 a Ivana Carlucci, en la sede central de la Biblioteca de la UNLPam; el 01/10/2019, a Dora Battiston, en el Departamento de Letras de la UNLPam; y, finalmente, el 15/10/2019, a Alfredo Schanton, en la Casa Museo Olga Orozco, en Toay. Todas las entrevistas fueron grabadas y, excepto las de Dora Battiston e Ivana Carlucci, filmadas por Pilmaiquén de la Cruz, integrante del POIRe. Aún permanecen inéditas.
  6. “La casa”, Desde lejos (1946), p. 62.
  7. La profesora Norma Durango fue subsecretaria de Cultura del Gobierno de La Pampa desde 1987 a 2002 (en el primer período tenía el rango de directora de Cultura).
  8. En la biblioteca de la Casa Museo se conservan tres libros de Leda Valladares con dedicatoria manuscrita a Olga Orozco.
  9. Se refiere a Dora Bracamonte de Albores, conocida como “Porota”. Era vecina de Olga Orozco y su amiga de infancia. Esta amistad continuó toda la vida y, cuando la poeta visitaba La Pampa, se alojaba en su casa. Fue docente y también incursionó en la política –fue Diputada Provincial–, y el comercio. En Santa Rosa fue la propietaria de una conocida fotocopiadora, Casa Albores, sobre calle Sarmiento.
  10. Ejerció como decano de la Facultad de Ciencias Humanas de la UNLPam durante el período 1990-1994.
  11. Profesora y Licenciada en Letras, Elena Huber comenzó a trabajar en 1967 en el Departamento de Lengua y Culturas Clásicas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Buenos Aires. Tuvo una labor fundante en la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de La Pampa, donde creó y dirigió el Instituto de Estudios Clásicos.
  12. Enrique Pezzoni (1926-1989) fue una figura destacada del campo cultural argentino: traductor y secretario de redacción de la revista Sur; también desarrolló una importante labor como profesor titular de Teoría y Análisis Literario y director del Departamento de Letras de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. En 1982 dictó un seminario en la Licenciatura en Letras de la Universidad Nacional de La Pampa.
  13. Carlos Federico Tavella, militante del Partido Justicialista, estuvo en dos períodos frente a la intendencia de Toay: 1987-1991, 1991-1994.
  14. El 28 de noviembre de 1998 recibe en Guadalajara el VIII Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo.
  15. Para ilustrar este entramado de vínculos que pretendían ubicar a Orozco como poeta pampeana, a pesar de que la escritora solo había vivido seis años en la provincia, es válido referir que Norma Durango señala en la entrevista que, desde la Subsecretaría de Cultura, estaban impulsando un proyecto de grabar un CD con poemas leídos por Olga Orozco y Edgar Morisoli, este último, considerado por la crítica como uno de los poetas insoslayables del parnaso regional, y autor de varios ensayos en los que reflexiona sobre “la pampeanidad” en términos de identidad cultural. Dice Durango: “yo había propuesto hacer un CD. Lo teníamos en preparación. La idea era de un lado ella y del otro, Morisoli, que también tiene una manera de decir especial. Bueno, no alcanzamos a hacerlo porque ella se muere antes”.
  16. Sonia Tueros fue la propietaria de un conocido café que albergaba a la bohemia santarroseña, el Café de Sonia, ubicado en la calle Quintana.
  17. María Cristina Turró (junto a Ana María Becciú y Andrea Gutiérrez) se menciona entre las herederas de Olga Orozco.
  18. Se refiere al odontólogo Luvi Díaz Maison, amigo de la poeta y también oriundo de su pueblo natal. Ellos se reencuentran después del regreso de Orozco a Toay, y Luvi es el encargado de embalar los libros en el departamento de Arenales, luego de la muerte de la poeta.
  19. Myriam Lucero fue cofundadora, en 1983, de la Asociación Pampeana de Escritores. Maestra Primaria y Profesora de Historia y Letras en el nivel secundario. Fue titular de la cátedra Historia Americana de la Facultad de Ciencias Humanas de la UNLPam hasta que en 1976 la expulsa el gobierno de facto.
  20. En Argentina se denominó “corralito” a la restricción de la libre disposición de dinero en efectivo de plazos fijos, cuentas corrientes y cajas de ahorros impuesta por el gobierno de Fernando de la Rúa el 3 de diciembre de 2001, y que se prolongó hasta el 2 de diciembre de 2002.
  21. La concreción de la compra de la casa se realiza durante la intendencia de Alfredo Schanton, también justicialista, quien estuvo en dos períodos sucesivos, desde 1999 a 2007.
  22. Para acceder a información sobre estos museos de la provincia de La Pampa, consultar la siguiente página: https://repositorio.lapampa.edu.ar/index.php/museos
  23. Norma Durango se refiere a los objetos donados por la poeta o los que ella se encargó de conseguir durante su gestión de gobierno y que formaron parte de la inauguración de la Casa Museo el 6 de septiembre de 2003. Luego de permanecer cerrada por dos años por refacciones, se reinauguró el 17 de marzo de 2019. En esta instancia trabajó la Secretaría de Cultura de La Pampa, la Municipalidad de Toay y la Comisión Provincial de Patrimonio Cultural. En una primera instancia, realizaron trabajos para frenar el deterioro progresivo del edificio (agua filtrada, pisos en mal estado, revoques, etc.). También se levantaron los pisos originales de madera y se reforzó la estructura de sostén. Además de estos trabajos edilicios, se reacondicionó la lógica del museo adoptando, en esta instancia, una concepción más atenta a los visitantes.
  24. Art. 19 de la Constitución Provincial que establece que: “El acervo cultural, histórico, arquitectónico, arqueológico, documental y lingüístico de la Provincia son patrimonio inalienable de todos los habitantes. El Estado provincial y la comunidad protegerán y promoverán todas las manifestaciones culturales y garantizarán la identidad y pluralidad cultural”.
  25. “La casa”, Desde lejos (1946), p. 62.
  26. Transporte El Pampero es una empresa pampeana que ofrece servicios de logística, traslado de mercarderías y encomiendas a distintos puntos del país.
  27. Para ilustrar esta concepción y lógica del armado del museo, es interesante recuperar la publicidad que se hacía desde los sitios web ministeriales: “Recorrer la Casa-Museo es acceder al mundo interior de Olga Orozco. Allí nació y aún está la habitación que ocupó cuando niña, ambientada hoy con algunos muebles que le pertenecieron: su cama, sus trajes, zapatos, valijas, recuerdos de sus tantos viajes por el mundo y retratos de familia. La ventana que da a los tamariscos tan recordados de su infancia, sigue allí, entreabierta para los ojos de los visitantes. La sala principal que resguarda el tesoro más preciado de la escritora: sus libros. Estos son ahora objetos de museo y están ubicados en una gran biblioteca de cedro. Se preservan para el uso controlado y limitado a investigaciones o para exposiciones donde estén contempladas las reglas de conservación y seguridad. También hay testimonios sobre su vida, sus amistades, su actividad social y objetos muy caros a su oficio de escribir: la Olimpia modelo Splendid 33, manuscritos y lapiceros. La que fue galería, hoy se ha cerrado con vidrios, funciona como un ámbito para muestras temporarias y se integra con el parque al recorrido. Allí se conservan, entre sus árboles, las características palmeras, una magnolia y una vieja parra que plantara Carmelo Gugliotta, padre de la escritora”. Ver sitio web oficial del Ministerio de Educación del Gobierno de La Pampa.
  28. “En donde la memoria es una torre en llamas”, Los juegos peligrosos (1962), pp. 147- 49.
  29. Se refiere a la Biblioteca Nacional de Maestros​, una biblioteca pública argentina especializada en Ciencias de la Educación y Pedagogía, dependiente del Ministerio de Educación, Cultura, Ciencia y Tecnología de la Nación Argentina. Se encuentra en Pizzurno 953, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
  30. El Plan Trabajar es un programa público de empleo que se comenzó a aplicar en la Argentina durante el gobierno de Carlos Menem (1989-1999), durante la gestión de Armando Caro Figueroa como ministro de Trabajo.
  31. La Biblioteca Popular Clemente José Andrada se funda el 28 de junio de 1909, en la localidad de Santa Rosa, La Pampa. Surge como biblioteca de la Escuela Normal Julio Argentino Roca, para cubrir las necesidades de docentes y alumnos del establecimiento.
  32. Alude a la Escuela Normal “Clemente J. Andrada” que alberga a la Biblioteca que lleva el mismo nombre.
  33. “En donde la memoria es una torre en llamas”, Los juegos peligrosos (1962). pp. 148- 49.
  34. En la Argentina, es destacable la labor realizada por el área de Archivos y Colecciones Particulares de la Biblioteca Nacional que resguarda, entre otros, los acervos de Alejandra Pizarnik, David Viñas y Alberto Girri; el Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas (CEDINCI), que conserva los de Macedonio Fernández, Manuel Ugarte, Leónidas Barletta, Samuel Glusberg, entre muchos otros, y el Área de Crítica Genética y Archivos de Escritores del Centro de Teoría y Crítica Literaria que integra el Instituto de Investigaciones en Ciencias Humanas y Sociales de la Universidad Nacional de La Plata y el CONICET. En esta última institución, se trabaja sobre el Archivo Manuel Puig, con la coordinación de Graciela Goldchluk, y en el Archivo Juan José Saer, con la dirección de Miguel Dalmaroni.
  35. “En donde la memoria es una torre en llamas”, Los juegos peligrosos (1962). p. 149.
  36. Norma Laurnagaray es la directora general de la Biblioteca de la UNLPam y con Laura Suhurt integran el proyecto que enmarca este trabajo de investigación.
  37. La entrevistada alude a la Comisión Provincial de Patrimonio Cultural (CPPC) que está integrada por un representante titular y un suplente de cada una de las entidades públicas y privadas con injerencia sobre el patrimonio cultural. Esta comisión se reúne una vez al mes para asesorar a la Autoridad de Aplicación, el Ministerio de Cultura y Educación de la Provincia de La Pampa a través de la Subsecretaría de Cultura.


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