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El reino que me absorbe

Olga Orozco en la poesía latinoamericana

Graciela Salto[1]

“Los hijos de Darío” es el título de una nota publicada por el diario El País el 15 de julio de 1991. Celebra la llegada a España de un grupo de poetas que ofrecieron una sesión de lecturas en el Palacio Real de Madrid antes de participar en el Foro de Poesía Iberoamericana en la Universidad de Salamanca. Con la alusión a Darío, la autora de la nota, Fietta Jarque, ubica al grupo en un linaje de poetas modernos y cosmopolitas en el que Olga Orozco (1920-1999) aparece como la única mujer del nuevo parnaso y la actual referente americana de la poesía en lengua castellana. Es un punto de inflexión en su reconocimiento internacional que se da, en forma paralela, a su vuelta al lugar de origen y su confirmación en el repertorio literario pampeano[2].

Uno de los asistentes al encuentro de Salamanca recuerda que participó en ese foro como “una mujer nacida en un pueblo de la Pampa argentina” (Frayle Delgado 2009); una descripción que alude, con un dejo de exotismo, a un lugar distante e impreciso. Es muy probable que los menos de siete mil habitantes de ese pueblo apenas si supieran, por entonces, de la existencia de la poeta[3]. Se había ido de Toay cuando era una niña de ocho años, en 1928, y no había regresado hasta tres meses antes de viajar a Madrid en 1991. Ya tenía un nombre de prestigio en el mundo de la cultura, pero con escasa notoriedad en un medio alejado de los círculos literarios. En abril de ese año llegó a Santa Rosa, la capital de la provincia, invitada por la Universidad Nacional de La Pampa. Allí dictó conferencias, ofreció entrevistas y estableció relaciones perdurables con representantes de la literatura pampeana[4]. En Toay, a menos de quince kilómetros, pudo reconocer los espacios de la niñez, restablecer amistades y abrir un horizonte de vínculos que mantuvo hasta el final de su vida. Volvió a Buenos Aires con nostalgia y en julio viajó a España entre “los hijos de Darío”.

Su regreso al lugar de nacimiento debió de tener un impacto muy visible en su imagen autoral, centrada hasta entonces en sus nexos y afiliaciones con distintos grupos literarios de la ciudad de Buenos Aires, donde vivía desde 1936. Es curioso que en Salamanca más de un comentarista español la identifique como una escritora pampeana. Pocos meses después, en el VI Congreso Nacional de Literatura Argentina, ella misma conecta su estética con la experiencia de la llanura:

Tal vez [la visión abierta y memoriosa de todos los tiempos] tenga que ver con el hecho de que nací en La Pampa […] En Toay está la casa donde nací […] Es un símbolo permanente para mí. […] en esa casa empecé a escribir. (Orozco [1991] 1993: xvxvi)

En ese lugar se conservan hoy alrededor de cuatro mil quinientos libros que la autora donó en 1995 con la condición de que el municipio transformara su casa en un centro cultural[5]. Una tercera parte de esos volúmenes tiene dedicatorias manuscritas que documentan los lazos que estableció Orozco con poetas y grupos en distintos circuitos culturales. La lectura de esas dedicatorias y su cotejo con otros documentos de la época permiten avizorar algunos hitos del proceso de legitimación, reconocimiento y consagración de su obra en el ámbito latinoamericano. Son huellas de ritos intelectuales en los que se atisba, apenas modificado, el aura de quien firma el libro y de quien lo recibe. En este trabajo me centraré en algunas de esas dedicatorias en tanto pruebas de los intercambios sociales, literarios o académicos que facilitaron su inclusión en el grupo de “hijos de Darío” y contribuyeron a proyectar su figura como “una voz de América”. Son indicios de itinerarios de lecturas y escrituras que develan sus múltiples afiliaciones literarias y culturales; también, muestras de sociabilidad literaria que exhiben los vínculos afectivos e intelectuales que incidieron en el alcance internacional de su obra en forma casi simultánea a su deseo de recuperar los espacios y los afectos dejados en el pueblo y en la casa donde comenzó a escribir, en el reino que la absorbe[6].

El cosmopolitismo dariano: una discusión clausurada

El grupo que llegó a España en 1991 estaba integrado por Gonzalo Rojas (Chile, 1916), Álvaro Mutis (Colombia, 1923), Olga Orozco, Emilio Adolfo Westphalen (Perú, 1911) y Francisco Matos Paoli (Puerto Rico, 1915)[7]. Es decir, poetas que nacieron en las primeras décadas del siglo, ya tenían una trayectoria validada en sus países de origen y numerosos nexos entre sí. La mayoría se conoció durante el apogeo de las experiencias surrealistas y, a pesar de los cambios en sus propias trayectorias, mantenía lazos en común. Matos Paoli era, quizá, el de menor cercanía con el grupo de poetas convocados, aunque era uno de los más prolíficos: más de cincuenta libros publicados hasta ese año[8]. El resto se conocía desde mucho tiempo atrás. Sus textos integraban las antologías con mayor circulación en América Latina y sus figuras ocupaban una posición de prestigio en los estudios literarios[9]. Participaban en reuniones y congresos, obtenían premios y distinciones, compartían becas de residencia, entrevistas, lecturas públicas y certámenes. Formaban parte de una constelación que conectaba las rupturas surrealistas con otras búsquedas de trascendencia y un interés común por explorar los abismos del lenguaje o, según Eduardo Chirinos, “la morada del silencio” (1998). La mayoría seguía los postulados iniciáticos de Octavio Paz (México, 1914), quizá el poeta más destacado entre quienes nacieron a principios del siglo. Mantenían frecuente relación con sus proyectos editoriales y respetaban su halo de poeta continental. Fabienne Bradu observa, por ejemplo, que “La amistad entre Paz y [Gonzalo] Rojas duró más de medio siglo y el encantamiento mutuo resistió, extrañamente, las disensiones políticas, el silencio intermitente entre los encuentros que tuvieron, y la distancia geográfica” (2014: 86). Rojas fue el poeta con mayor cantidad de publicaciones en la revista Vuelta[10], donde Orozco publicó también en varias ocasiones[11].

En 1962 la poeta tuvo la oportunidad de conocer personalmente a Paz. Ese año ella emprendió un viaje a Europa una vez que la editorial Losada publicó Los juegos peligrosos, su tercer poemario. En su itinerario incluyó París con la intención de visitar a Alejandra Pizarnik, quien se había instalado en la ciudad dos años antes[12]. Allí Octavio Paz ocupaba desde 1959 el cargo de Agregado Cultural de la Embajada de México y había cobijado a la joven argentina ni bien llegó a la ciudad[13]. En los días de la visita, Orozco conoció a muchos de los intelectuales que frecuentaba Pizarnik: Paz, Georges Bataille y Gaston Bachelard, entre otros contemporáneos. Es posible deducir que ya los había leído: las reseñas de sus textos se publicaban en Buenos Aires[14] e, incluso, algunos ejemplares de sus obras integraban su biblioteca personal[15]. La primera edición de El laberinto de la soledad (1950) figura entre los más de quince libros de Octavio Paz resguardados en su casa. También se conservan ejemplares con dedicatorias manuscritas posteriores a este encuentro en Francia: “A Olga Orozco, poeta y amiga, / Cordialmente, / Octavio Paz, / Delhi, a 4 de noviembre de 1965”, dice la firma que precede a Viento entero, publicado en octubre de ese año por The Caxton Press en Nueva Delhi. Otros libros ofrecen testimonios de los avances de la relación y, en especial, del encuentro de 1985 en Buenos Aires, cuando Paz visitó por primera vez la ciudad. En la mayoría de las crónicas del viaje aparece la figura de Orozco:

Leyó algunos de sus textos en su primera visita a Sudamérica –¡solo en 1985!–, invitado por La Nación de Buenos Aires. Poemas como el dedicado a Claude Monet y titulado “Cuatro chopos”. Al terminar, en el teatro Coliseo, la rueda de poetas amigos –Olga Orozco, Alberto Girri, Roberto Juarroz– se acercó para felicitarlo. (Cobo Borda 2004: 124)

Como testimonio del encuentro, en la biblioteca de Orozco se conserva un ejemplar del libro bilingüe Cuatro chopos con la siguiente dedicatoria: “A Olga, / pequeño testimonio / de admiración y amistad / Octavio / Buenos Aires, a 26 de abril de 1985”[16]. Los unía la predilección por el verso largo, el ritmo salmódico y un similar interés por el romanticismo.

Al año siguiente, en agosto de 1986, el poeta mexicano lanza en Buenos Aires la edición argentina de la revista Vuelta, que publicaba en su país desde 1976. El título, Vuelta Sudamericana, alude con claridad a la editorial asesorada en esos años por Enrique Pezzoni. De hecho, la nueva versión de la revista estuvo a cargo del uruguayo Danubio Torres Fierro con el asesoramiento editorial del argentino[17]. Olga Orozco integra, junto a un nutrido grupo de notables, el Consejo de Colaboradores. Entre quienes habrán de encontrarse pronto en Salamanca, figuran también Gonzalo Rojas y Álvaro Mutis. En el número inicial, se publica una “Profesión de fe” firmada por Octavio Paz que establece los vectores de un nuevo universalismo:

La querella entre el “cosmopolitismo” y el “nacionalismo”, que tanto apasionó a generaciones anteriores, es una discusión clausurada. Para Darío la universalidad era una conquista; para nosotros, es una condición que ni siquiera hemos escogido: la historia mundial se nos ha echado encima. […] el futuro se ha reducido y el presente se ha ensanchado. Al agostamiento del porvenir corresponde la universalidad de las preguntas que a todos nos hace el presente. No hay más remedio que contestarlas: en esto consiste la nueva universalidad. […] Nuestra revista quiere ser el espacio donde se desplieguen esas preguntas. (Vuelta Sudamericana 1, agosto de 1986, 2-3)

La declaración es mucho más extensa y plena de matices, pero, a los efectos de este trabajo, interesa resaltar la apelación a Rubén Darío como una referencia vigente: un punto de contraste que presupone la contemporaneidad de su legado. La opción cosmopolita que impulsó Darío es leída en los años de la transición democrática en el Cono Sur como una exigencia inapelable hacia el universalismo. En este sentido, se traza una genealogía de lecturas e intercambios afines que coinciden en mucho con los que se sostendrán en el Foro de Poesía Iberoamericana de Salamanca: “Seguimos en esto a Darío, Martí, Lugones y a nuestros primeros ‘modernistas’; también a la abierta tradición de Sur, Contemporáneos, Taller, Las Moradas, Orígenes y otras revistas hispanoamericanas” (Paz 1986: 2). Es decir, “los hijos de Darío” son aquellos que, por estos años, sostienen todavía un paradigma poético de tono universal frente a las variantes coloquiales, objetivistas o testimoniales en boga durante las posdictaduras del Cono Sur. Un mes antes de la aparición de Vuelta Sudamericana, se había publicado en Buenos Aires el primer número del Diario de Poesía destinado a marcar un punto de inflexión en el escenario literario de la época (Fondebrider 2000; Prieto 2007). Jorge Monteleone señaló con precisión cuáles fueron las consecuencias de las opciones de esta revista para la recepción de otras líneas poéticas como la Orozco:

la revista Diario de Poesía construyó a lo largo de los años una renovada fe en la visión de los objetos. Fue una militancia lúcida y festiva […] Y por momentos tácitamente facciosa, porque una poeta como Olga Orozco, para quien el mundo está poblado de talismanes o máscaras de un más allá de la apariencia, no podía ser leída. En los libros de muchos de sus integrantes la mirada comienza a ser hablada y los objetos se transforman en el cerco existencial de lo dado. (2003: 30)

El desplazamiento de la poética de Orozco, durante el auge del objetivismo, es reconocido también en otros poetas del período[18]. Edgardo Dobry comenta que:

De los poetas que se encuentran hoy [en la década de 1990] en una cierta penumbra habría que nombrar sobre todo a los grandes surrealistas del país: Enrique Molina y Olga Orozco. Esta poesía, construida en base a largas digresiones metafóricas y a intensas imágenes oníricas, se encuentra en el polo opuesto de la poética del objetivismo. (1999: 56)

Este clima hostil hacia el nuevo universalismo no fue un obstáculo para la circulación y legitimación de su obra más allá de las fronteras nacionales. La biblioteca de Orozco preserva ejemplares dedicados de la mayoría de escritores y poetas de América Latina que colaboraron en esa revista –Humberto Díaz-Casanueva, Juan Liscano, Gonzalo Rojas, Ida Vitale, Juan Gustavo Cobo Borda, Marosa di Giorgio, Haroldo de Campos, Julieta Campos, Eugenio Montejo– y tantos otros que conoció, además, en sus numerosos viajes y estadías en el exterior.

Los hijos de Darío

La familia dariana tenía extendidos vínculos mucho antes de que Adolfo Pérez Alencart los convocara a Salamanca en 1991[19]. La relación entre Orozco y Westphalen databa de varias décadas atrás y se basaba en la mutua predilección por el misticismo español[20]. A fines de 1947, un año después de publicar su primer poemario Desde lejos, la poeta emprendió un viaje en tren por los países andinos junto a su pareja de entonces, el poeta Enrique Molina[21]. En Lima se reunieron con el grupo nucleado en torno a César Moro, el surrealista que había retornado a su país con el prestigio de la amistad y el trabajo con André Breton[22]. Westphalen lideraba ese círculo en el que Orozco conoció además a varios intelectuales con quienes mantuvo una larga relación. En su biblioteca se conserva una copia del libro Detenimientos, con una dedicatoria manuscrita de Javier Sologuren fechada en ese encuentro de 1948[23]; también se guardan volúmenes de Sebastián Salazar Bondy[24] y de Blanca Varela. De esta última, tantas veces relacionada con la poética de Orozco[25], se conservan dos libros dedicados[26]. Estos libros se suman a un ejemplar de Las Moradas: revista de las artes y letras, una publicación dirigida por Westphalen entre 1947 y 1949 que, como indica su título, intentó reconfigurar el legado del misticismo clásico y que Octavio Paz incluye entre los antecedentes de Vuelta Sudamericana. Esta afiliación común a las moradas, los abismos y los silencios los volvió a reunir, cuatro décadas después, en el encuentro de Salamanca.

Para ese entonces, Álvaro Mutis y Orozco ya tenían también una relación literaria aquilatada con los años. Rafael Alberti, director de la colección Poetas de España y América en la editorial Losada, publicó en 1953 el poemario del escritor colombiano Los elementos del desastre. Al poco tiempo, Mutis huyó de la situación política de su país y en 1957 se instaló en forma definitiva en México. Desde allí, emprendió un derrotero de viajes que lo conectó con escritores de todo el continente y de varios países europeos. Entre sus amigos dilectos está Gabriel García Márquez, pero también los surrealistas César Moro y Enrique Molina. En 1973 aparece en Barcelona el compendio Summa de Maqroll el Gaviero: [poesía 1947-1970]. El libro llega a manos de Orozco con una dedicatoria manuscrita de Fernando Ferreira de Loanda que tiene el tono de una imposición a la lectura: “Olga: Mutis é nosso irmão de sangue”[27]. Es una muestra singular del carácter performativo que Béatrice Fraenkel asigna a las dedicatorias firmadas: incitan a la lectura porque señalan un valor y, al hacerlo, integran el libro a un dominio de referencias compartidas, a una biblioteca recomendada que ocupa un lugar específico entre todos los textos disponibles. En este caso, se hace muy visible la peculiar función orientadora de lecturas que cumple Ferreira de Loanda. En 1980 el autor le dedica a Mutis el poema “Kuala Lumpur”, recopilado en el volumen del mismo nombre publicado en 1991[28]. Mantenían una estrecha relación: coincidían en el interés por el surrealismo, la sociabilidad literaria y la vida en México. La amistad entre Ferreira de Loanda y Orozco es, a su vez, el factor que impulsa su lectura de Mutis[29]. Unos años después, Orozco recibe en su biblioteca un ejemplar de Los emisarios con la siguiente dedicatoria manuscrita: “Me cuentan que Olga Orozco es uno de ellos [los emisarios] y yo les creo porque no podría ser de otra manera. Te quiere, Álvaro Mutis (01/02/85)”[30]. Es posible que se conocieran desde la década de 1960, cuando Mutis viajaba con frecuencia a Buenos Aires[31]. Antes del encuentro en España, coincidieron, además, junto a Enrique Molina, Roberto Juarroz y tantos otros conocidos, en el Festival Internacional de Poesía organizado en México por Homero Aridjis en 1987 (Ponce 1987). Es decir, no eran desconocidos; por el contrario, a estos “hermanos de sangre” los unía un repertorio de lecturas y otro de sensibilidades y afectos.

Gonzalo Rojas llega al encuentro en España como uno de los poetas más reconocidos de su tiempo. Después del golpe de 1973 en Chile, Guillermo Sucre y Octavio Paz le ofrecieron un lugar en sus universidades, pero Juan Liscano lo convenció de instalarse en Venezuela. Allí trabajó en la Universidad Simón Bolívar, un lugar muy cercano al desarrollo de la carrera literaria de Orozco. Llegó en 1975, el año en que la editorial Monte Ávila publicó la primera antología de la poeta: Veintinueve poemas, seleccionados por Juan Liscano con un estudio introductorio. Esta obra, que tuvo tanta importancia en la circulación continental de Orozco, también debió facilitar el conocimiento entre el poeta chileno y la argentina. De hecho, a fines de 1988, mantenían ya una estrecha relación. Rojas regresa a Chile ese año, tras su refugio en Berlín, en la República Democrática Alemana (RDA), con un último libro publicado en España: Materia de testamento. Un ejemplar se conserva en la biblioteca de Toay con la siguiente dedicatoria: “A Olga Orozco única, y que nos dure el sol / Gonzalo Rojas / Buenos Aires, a 27 de diciembre de 1988. / Casilla 124, Chillán, Chile”[32]. El tono afectuoso exhibe la cercanía y la admiración, pero también la complicidad de quienes coinciden en una serie de lecturas conocidas que les permiten decodificar la frase. Rojas usaba con frecuencia la expresión “que nos dure el sol” y lo hacía de un modo ubicuo. Por ejemplo, en una entrevista publicada en 1968 en la revista Punto Final responde: “Neruda es Neruda, ¡y que nos dure el sol!”[33]; la dedicatoria impresa del poemario Río turbio dice: “A Mafalda ¡y que nos dure el sol!” (1996); mucho más tarde, el colofón de Réquiem de la mariposa termina con idéntica frase (2001: 211)[34]. Solo una lectora asidua de su obra, como Orozco, podía detectar la referencia irónica. Otra demostración del vínculo que los unía se hace visible en su regreso a Chillán tras el derrumbe soviético. Estuvo unos pocos días en su casa y, de inmediato, viajó a Buenos Aires. Allí, según una crónica de Eduardo Correa publicada en El Mercurio de Valparaíso[35], tuvo encuentros con poetas “jóvenes y consagrados”:

Memorables lecturas junto a Olga Orozco, [Francisco] Madariaga y otros, en casa de Víctor Redondo de la editorial Último Reino. Realizó una lectura en el Centro Cultural de Buenos Aires, contestó entrevistas y cuestionarios, además de darse el tiempo por dejar grabada una casete con sus poemas que aparecerá próximamente en Buenos Aires.

Una versión similar aporta Fabienne Bradu en su biografía de Rojas; solo agrega el detalle de “una grata cena con Enrique Molina, Olga Orozco, Francisco Madariaga y Edgar Bayley”[36]. Dos años después de este encuentro coinciden en España donde las crónicas los recuerdan en la misma mesa de tertulia. El flujo de relaciones visible en la biblioteca de Orozco se completa con otros dos volúmenes dedicados en 1998: la selección de la obra de Rojas publicada por Marcelo Coddou en editorial Ayacucho[37] y el poemario Río Turbio: “Para Olga ¡niña!, 13/IV/98)[38]. Ese año ambos coincidieron en México: Orozco, para recibir el VIII Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo y Gonzalo Rojas, el Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo.

Muchos años después de estos acontecimientos, Delfina Acosta publica una breve nota conmemorativa del encuentro en Salamanca en el diario ABC Color de Asunción de Paraguay. Allí comenta:

Hay que decir, en honor a la verdad, que la poetisa argentina Olga Orozco, una mujer de gran sensibilidad, y tal vez una de las más fecundas de América, era desconocida en España cuando fue a conferenciar sobre el tema “Alrededor de la creación poética”. (2010)[39]

Este presunto desconocimiento en el ámbito español era, sin embargo, inversamente proporcional a la legitimidad que tenía la poeta en el campo literario argentino y latinoamericano. En la reunión de Salamanca también estuvieron presentes otros poetas más jóvenes: Víctor Redondo (Argentina, 1953); Pedro Shimose (Bolivia, 1940); Carlos Contramaestre (Venezuela, 1933-1996) y Eugenio Montejo (Venezuela, 1938-2008). Los había convocado Pérez Alencart con el objetivo de ofrecer un panorama de las vertientes más nuevas de la poesía en español. Entre ellos, es relevante la presencia de Víctor Redondo, pues también aparece mencionado en la crónica de Eduardo Correa de 1988 como el anfitrión de las “memorables lecturas [de Gonzalo Rojas] junto a Olga Orozco, [Francisco] Madariaga y otros” en Buenos Aires. Su figura condensa un campo de relaciones establecidas en los últimos años de la dictadura argentina entre quienes abogaban por la transformación radical del lenguaje poético y quienes intentan reconfigurar legados vigentes. Entre estos últimos, se destacaba Víctor Redondo, un poeta y activo promotor cultural en la ciudad[40]. En octubre de 1979, se adelanta a otras tendencias con la publicación del primer número de la revista Último Reino. En su declaración editorial advierte que la revista “retoma (reinventa) los aspectos fundamentales del romanticismo, sobre todo del alemán, que es uno de los Últimos Reinos, y no obstante, se siente también vinculado a lo que Octavio Paz llamó la ‘Tradición de la Ruptura’”. La doble adscripción neorromántica ubica a Orozco en el centro de la escena poética argentina:

Una vez que prestamos atención [a la poesía argentina] nos identificamos con los poetas de la generación del ’40: Enrique Molina, Olga Orozco, Alfonso Sola González. Y jamás nos gustaron los poetas del ’60 (a excepción de Gelman, Bignozzi, la Pizarnik y Miguel Ángel Bustos) […] No nos interesaba ese tipo de poesía coloquial, urbana, tanguera. Preferíamos lo hímnico, lo elegíaco.

Años más tarde el grupo modifica en forma paulatina algunos de los postulados iniciales, pero la revista y la editorial fundada por Víctor Redondo refuerzan la posición de Orozco ante los embates del objetivismo (Fondebrider 2000: 13-19; Genovese 2015: 47-48). Esta trama de relaciones adquiere relevancia en la medida en que ofrece una aproximación –aunque incompleta y aleatoria– a la complejidad de factores que intervienen en los procesos de legitimación, reconocimiento y consagración de alguien como “poeta de América” (Denis 2010; Lacroix 2009). La amistad entre escritores –manifiesta en las dedicatorias, la correspondencia o las memorias sobre viajes o encuentros– exhibe algunos de los intercambios materiales y simbólicos que inciden en su lugar en el campo literario. En este caso, el encuentro en Madrid y Salamanca establece un punto de inflexión en la trayectoria de Orozco.

Conclusiones

La biblioteca de una escritora brinda la oportunidad de reconstruir sus itinerarios de lectura y, a la vez, explorar modos de interacción que pudieron incidir en su escritura y en el proceso de recepción de sus textos. Por un lado, ofrece un acervo para analizar, desde la sociología literaria, la historia intelectual o los más recientes estudios sobre los flujos y transferencia del conocimiento, los modos de circulación e intercambio de ideas y lenguajes entre grupos y formaciones culturales afines. Por otro, aporta materiales para estudiar, con insumos de la sociología del texto y la historia de los libros, el entrecruzamiento entre las condiciones de publicación y los significados atribuidos a esos textos en la historia literaria. Además, muestra indicios sobre los vínculos emotivos e intelectuales que influyeron en la lectura, el reconocimiento y la consagración de las obras.

Entre los documentos que exponen con mayor claridad esta trama social, afectiva e intelectual resaltan las dedicatorias manuscritas, ya que visibilizan imágenes de proximidad o admiración donde las relaciones creativas se leen como manifestaciones de amistad. En la biblioteca de Olga Orozco abundan estas dedicatorias. Una tercera parte de los libros conservados cuentan con ellas. En este trabajo solo se aludió a una decena y se las puso en relación con otros materiales, a los efectos de trazar un esbozo de la entronización de la escritora como “poeta de América” y de su integración en distintos circuitos culturales. Se describió su inserción en una comunidad discursiva a cuyos integrantes se los consideró epígonos del cosmopolitismo dariano o neorrománticos que habitaban el “último reino”. Las dedicatorias de Octavio Paz, Gonzalo Rojas, Emilio Westphalen, Álvaro Mutis, Fernando Ferreira de Loanda, entre muchas otras, documentan esta relación que tuvo su momento de mayor pregnancia entre 1985 y 1991.

En diciembre de la primera fecha, en un ambiente de efervescencia cultural por la recuperación democrática en la Argentina, Octavio Paz visita por primera vez Buenos Aires. Las crónicas de la época lo muestran con Orozco y sus amigos en el Teatro Coliseo. Al año siguiente, lanza la revista Vuelta Sudamericana en el país. Al mismo tiempo, la poeta expone sobre Jorge Luis Borges en el IX Congreso Mundial de Poetas celebrado en Florencia. Allí coincide con Humberto Díaz Casanueva, Eugenio Montejo, Vicente Gerbasi, Ida Vitale, Pablo Cuadra, entre otros poetas de América Latina convocados a la cumbre realizada en el Palazzo Vecchio. Sus libros con dedicatorias manuscritas se resguardan en la biblioteca de Toay. Exhiben modos de sociabilidad literaria que son también estrategias de lectura en las cuales se confrontan gustos, valores y complicidades estéticas. Con la apariencia de meros rituales académicos o tertulias afables, se legitiman u obliteran escrituras, estilos o poetas.

En la última de las fechas señaladas, el año 1991, se entrelazan al menos tres núcleos en el reconocimiento de la trayectoria de Orozco. La poeta despliega una serie de estrategias orientadas a recobrar un espacio que sentía como falta:

Alguien me llama a veces desde una casa que hunde sus

[raíces de arena en la distancia que llamamos nunca,

y otras veces despierto en mi memoria con el olor de los

[países donde nunca estuve.

Porque mi exilio está conmigo. (“Para ser otra”, Los juegos peligrosos (1962), PC 121)

En abril regresa a Toay –a la “casa que hunde sus raíces de / arena”– donde recibe un homenaje, dicta conferencias en la Universidad Nacional de La Pampa e inicia el camino de retorno al viento y los médanos de sus recuerdos de origen. A mediados del mismo año lee poemas en el Palacio Real de Madrid, participa en el Foro de Poesía Iberoamericana de Salamanca y la saludan entre “Los hijos de Darío”. Las crónicas alaban, con cierto dejo de sorpresa, el nivel poético de “una mujer de la Pampa argentina” que goza de un prestigio casi mítico entre poetas consagrados como Gonzalo Rojas o Emilio A. Westphalen. Cuando regresa, recibe también el reconocimiento de la crítica académica de su país como conferencista invitada en el VI Congreso de Literatura Argentina celebrado en octubre en la ciudad de Córdoba. En esa conferencia sobre el tiempo y la memoria la poeta actualiza la temática que la conmueve:

En Toay está la casa donde nací, en un lugar que entonces era médanos, oscuridades, malezas y misterios, y que ahora es un paisaje prolijo, recortado, geométrico. La casa está muy lejos y muy cerca […] Allí estaba cuando nací y tal vez allí esté cuando me vaya. […] Es un símbolo permanente para mí. Es el centro del mundo que comunica con el centro del cielo. Es el principio de mi Babel reconciliada para cualquier momento. […] en esa casa empecé a escribir. (Orozco [1991] 1993: 40-41)

Al poco tiempo comienzan las gestiones para recuperar el inmueble donde nació, que se inaugura el 9 de julio de 1994 como “Casa de la Cultura Olga Orozco”. En 1995 la autora publica La luz también es un abismo y decide presentarlo en su “casa”, ya centro cultural, antes que en cualquier otro lugar. Un mes antes, el 6 de octubre, había firmado el testamento por el cual lega todos sus libros a la “Municipalidad de Toay (La Pampa) en el caso de que el gobierno haya comprado la casa donde nací, en ese mismo pueblo, para destinarla a Centro Cultural”. La secuencia muestra la trama de relaciones afectivas, sociales e intelectuales que subyace en los procesos de reconocimiento y consagración de autores y obras junto al valor heurístico de sus bibliotecas. En un repositorio como el de Olga Orozco pueden advertirse huellas de los procesos de reconocimiento y consagración que incidieron en la posición que ocupa en la literatura de fines del siglo xx e indicios de su vigencia en el campo literario contemporáneo.

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Prieto, Martín. “Neobarrocos, objetivistas, epifánicos y realistas: nuevos apuntes para la historia de la nueva poesía argentina”. Lírico, 3 (2007): 23-44.

Yuszczuk, Marina. Lecturas de la tradición en la poesía argentina de los noventa. Tesis de Doctorado en Letras, Universidad Nacional de La Plata, 2011.


  1. Universidad Nacional de La Pampa, Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), Argentina.
  2. Una de las primeras menciones de Orozco como “la poetisa de Toay” aparece en la antología de Rosa Blanca Gigena de Morán, Plumas y pinceles de La Pampa, Buenos Aires, Editorial Dinámica Gráfica, noviembre de 1955, páginas 89-90. Agradezco este dato a la profesora Dora Battiston.
  3. En 1991, la localidad de Toay contaba con 6.860 habitantes, según el Censo Nacional de Población y Vivienda 1991 realizado por el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos de Argentina, disponible en: http://bit.ly/2XNCz0g.
  4. La grabación de la conferencia de Olga Orozco y de la entrevista realizada por Dora Battiston en la Universidad Nacional de La Pampa, entre el 10 y el 12 de abril de 1991, se conserva en la Biblioteca Central de esa universidad, http://bit.ly/37PO6AZ.
  5. El proceso de formación y desarrollo de ese centro cultural se explica en el capítulo “Discursos sobre el origen. El archivo de la Casa Museo Olga Orozco” de María Pía Bruno y María Virginia González incluido en este mismo libro.
  6. Alusión al poema “Rara sustancia”: “Pero jamás consigo estar completa; no logro aparecer de cuerpo / entero. / ¿Y en qué consistirá esta naturaleza inacabada? […] / ¿Cuál podrá ser mi reino […]? / Tal vez el reino de la unidad perdida entre unas sombras, / el reino que me absorbe desde la nostalgia primera y el último / suspiro”, La noche a la deriva (Orozco Obra poética 299-300).
  7. Se consignan solo las fechas de nacimiento, tal como aparecen en las crónicas de la época, a los efectos de señalar su pertenencia generacional. Las fotografías del grupo tomadas por Gorka Lejarcegi en la Residencia de Estudiantes de Madrid el 11 de julio de 1991 se pueden ver en la página que el diario El País dedicó a Mutis en ocasión de su muerte en 2013: “Un viaje gráfico para despedir a Álvaro Mutis”, http://bit.ly/2RS5Je3. Otras imágenes de ese mismo encuentro están disponibles en el sitio dedicado a Gonzalo Rojas en Cervantes Virtual, http://bit.ly/2LKbZ3E.
  8. Cfr. Francisco Matos Paoli, Raíz y ala. Antología poética, San Juan, Universidad de Puerto Rico, 2006, vol. i y ii. El impacto de su viaje a España quedó documentado en su poema “Salamanca”, fechado en esa ciudad el 18 de julio de 1991 y dedicado al anfitrión Alfredo Pérez Alencart (Amat 334-337).
  9. Sus nombres aparecían en los compendios poéticos más recientes: en la Antología de la poesía hispanoamericana actual que el crítico y poeta peruano Julio Ortega publicó en 1987 en la editorial Siglo XXI y, con la sola excepción de Matos Paoli, también en la Antología de poesía hispanoamericana que el colombiano Juan Gustavo Cobo Borda publicó en el Fondo de Cultura Económica de México en 1985.
  10. Sobre las relaciones editoriales entre Paz y Rojas, Fabienne Bradu cita algunos fragmentos de cartas: “‘No olvides enviar más cosas para Vuelta. Es tu revista, tu casa’, le reitera Paz en cada carta. Una pequeña estadística bastaría para corroborar la presencia de Gonzalo Rojas en su ‘casa’ mexicana llamada Vuelta: en ella publicó treinta y dos poemas, casi un libro entero, y es así el poeta más publicado en la vida entera de la revista, por encima de Octavio Paz” (2014: 88).
  11. Además de los poemas publicados, en el archivo de la revista Vuelta se conservan los siguientes manuscritos de Olga Orozco: “Rehenes de otro mundo”, “La realidad y el deseo”, “Presentimientos en traje de ritual y Pavana para una infanta difunta”. Orozco, Olga; Vuelta Editorial Files, C1480, Manuscripts Division, Department of Special Collections, Princeton University Library. http://bit.ly/2T140DL.
  12. El 3 de abril de 1962 Alejandra Pizarnik le escribe a León Ostrov, su psicoanalista, “No sé si sabe que vino Olga Orozco” (Ostrov 2012: 83). La carta anterior es del 10 de enero de 1962, por tanto el encuentro debió de realizarse entre esas fechas. Ese mismo año, Paz escribe el prólogo del libro de Pizarnik Árbol de Diana (1962), reproducido en Pizarnik, Alejandra, Poesía Completa. Edición de Ana Becciu. Buenos Aires: Editorial Lumen, 2002, pp. 99-140. La fotografía del encuentro entre Orozco y Pizarnik puede verse en el sitio de la biblioteca Cervantes dedicado a esta última: http://bit.ly/2sQnU9z.
  13. En el sitio web ZonaPaz se reproducen algunos documentos que dan testimonio de la relación entre ambos poetas: http://bit.ly/35jUUnW.
  14. Véase, por ejemplo, el comentario de Francisco Vera “Gaston Bachelard: La formación del espíritu científico”, en la sección “Notas de libros” de Realidad, revista de ideas, n.º 10, julio-agosto de 1948, pp. 104-107. Archivo AhiRa: http://bit.ly/2QqUqbo.
  15. En la biblioteca de Orozco figuran tres libros de Georges Bataille: Lexpérience intérieure: les essais xiii, Vienne, Gallimard, 1943; Le bleu du Ciel, París, Jean-Jacques Pauvert, 1970; El abad C, traducido por Pedro Verges, México, Premià, 1977. También existe un ejemplar de Gaston Bachelard, El psicoanálisis del fuego, traducido por F. J. Solero, Buenos Aires, Schapire, 1953.
  16. Paz, Octavio, Cuatro chopos = The four poplars, México, Center for Edition Works, 1985. Agradezco el registro de estas y otras dedicatorias a María Virginia González y Rosario Pascual Battista, integrantes del POIRe-2016-01 “El archivo de Olga Orozco”, y a la responsable de la Casa Museo Olga Orozco en Toay.
  17. Sobre la relación entre Enrique Pezzoni y Olga Orozco, véase el testimonio de Dora Battiston recogido por María Virginia González y María Pía Bruno en el capítulo que integra este volumen “Discursos sobre el origen. El archivo de la Casa Museo Olga Orozco”.
  18. Cfr. “Del corpus de poetas consagrados que Jorge Fondebrider nombraba como canónicos para cualquier poeta joven de los ochenta –Girri, Molina, Orozco, Juarroz, Pizarnik, Gelman, González Tuñón y Girondo– el Diario [de Poesía] omite las poéticas vinculadas al surrealismo, tales como las de Enrique Molina y Olga Orozco […] Por el contrario, se privilegian las escrituras anti-líricas y ‘realistas’ (Girri, González Tuñón), a la vez que se cuestionan las ideologías sobre el lenguaje vinculadas al estructuralismo y postestructuralismo” (Yuszczuk 2011: 84-5).
  19. Alfredo Pérez Alencart (Perú, 1962) vive desde joven en Salamanca. Es profesor en esa universidad y, desde 2005 integra la Academia Castellana y Leonesa de la Poesía. Desde 1998, coordina los Encuentros de Poetas Iberoamericanos que organiza la Fundación Salamanca Ciudad de Cultura y Saberes. Ha escrito varios libros de poesía traducidos a veinte idiomas (Amat 9-14).
  20. Westphalen ocupó la “Presidencia de honor y conferencia inaugural” del Foro de Iberoamérica en Salamanca. Así figura en el aviso publicitario del periódico ABC, Sevilla, domingo 9 de junio de 1991, p. 67. http://bit.ly/2YGJ9q5.
  21. Enrique Molina fue el poeta surrealista argentino con mayor proyección internacional. En 1948, durante el viaje a los Andes, se produjo la ruptura amorosa, pero nunca dejaron de estar en relación. Los collages de Molina ilustran el libro La oscuridad es otro sol de Orozco, Buenos Aires, Losada, 1967.
  22. En una entrevista, Orozco le dice a Antonio Requeni que “Moro era un príncipe en la poesía y en la vida” (Orozco y Requeni 1997).
  23. Sologuren, Javier, Detenimientos, Lima, 1947. La dedicatoria manuscrita documenta el lugar y la fecha del encuentro: “Para Olga Orozco en el aprecio y el saludo muy cordial, L[ima], 2/iii/48, Javier Sologuren”.
  24. Salazar Bondy, Sebastián. Los ojos del pródigo, Buenos Aires, Botella al mar, 1951, con dedicatoria manuscrita del autor. Salazar Bondy publica el artículo “Poetas jóvenes de la Argentina” a Alberto Girri, Olga Orozco y Eduardo Lozano Albano La Prensa, Lima, 17 de septiembre de 1950. Residió en la Argentina entre 1947 y 1952.
  25. Olga Orozco y Blanca Varela se encontraron en más de una oportunidad en Perú y otras tantas en México: en el IV Congreso Interamericano de Escritoras, organizado por Margo Glantz y Elena Urrutia en 1981, y en el Festival Internacional de Poesía coordinado por Homero Aridjis en 1987. En la biblioteca de Orozco se conserva un ejemplar del poeta, Obra poética [1960-1986], México, Joaquín Mortiz, 1987, con dedicatoria manuscrita del autor: “A Olga Orozco, con el afecto de Homero Aridjis, México, 7 de octubre de 1987”.
  26. Varela, Blanca, Luz de día, Lima, Ediciones de La Rama Florida, 1963; Canto villano, Lima, Arybalo, 1978; Los dos libros tienen dedicatorias manuscritas de la autora.
  27. Mutis, Álvaro. Summa de Maqroll el Gaviero: [poesía 1947-197]. Barcelona, Seix Barral, 1973.
  28. Existe un ejemplar con dedicatoria manuscrita en la biblioteca de Orozco: Ferreira de Loanda, Fernando, Kuala Lumpur, São Paulo, Massao Ohno Editor, 1991: “A Olga, mi amor, con un beijo, Fernando. Río [de Janeiro], 15/07/91”.
  29. El portugués nacido en Angola, Ferreira de Loanda, cumplió una peculiar función religadora en el continente que puede advertirse en la cantidad de obras dedicadas que se conservan en la biblioteca de Olga Orozco y la inclusión de su poema “Saga de Olga Orozco” entre los publicados por José Emilio Pacheco en Aproximaciones (1984). Según Marco Antonio Campos, este último fue quien le recomendó la lectura del primer libro de Orozco: “Desde la primera vez que leí Desde lejos (creo que la recomendación fue de José Emilio Pacheco) quedaron en la sangre, como una música lejana y honda, poemas como ‘Para Emilio en su cielo’ y ‘La casa’.”, Letralia, n.º 77, 6 de septiembre de 1999, http://bit.ly/2toBD7H.
  30. Mutis, Álvaro, Los emisarios, México, Fondo de Cultura Económica, 1984.
  31. En 1962 trabaja como gerente de ventas de la Twentieth Century Fox para América Latina e inicia una peregrinación sin tregua por las capitales del continente americano que lo lleva de Nueva York a Buenos Aires.
  32. Rojas, Gonzalo. Materia de testamento, Madrid, Hiperión, 1988.
  33. Entrevista “Gonzalo Rojas: ‘ojo a la operación cultura’”. Punto final, n.º 29, mayo de 1967, pp. 34-35. http://bit.ly/2sJetsC.
  34. Rojas, Gonzalo. Réquiem de la mariposa. Santiago de Chile, Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos-DIBAM, 2001.
  35. Correa, Eduardo. “El poeta Gonzalo Rojas: a 40 años de La miseria del hombre”, El Mercurio, Arte y Cultura, Valparaíso, 16 de marzo de 1989. http://bit.ly/2tn9XA7.
  36. Fabienne Bradu. El volcán y el sosiego. Una biografía de Gonzalo Rojas. Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica, 2016.
  37. Rojas, Gonzalo. Obra Selecta. Selección, prólogo, cronología, bibliografía y variantes de Marcelo Coddou. Edición revisada por Gonzalo Rojas. Caracas, Ayacucho, 1997.
  38. Rojas, Gonzalo, Río turbio, México, Vuelta, 1996.
  39. La ponencia figura como prólogo de la Antología poética publicada en Madrid en 1985 por el Instituto de Cooperación Iberoamericana, fue reproducida una década más tarde en la revista mexicana Letras libres (2002), de estrecha conexión con el grupo de Octavio Paz, y también en el volumen de Poesía completa compilado por Ana Becciú para la edición de Adriana Hidalgo en 2012.
  40. En la biblioteca de Orozco se conserva un ejemplar firmado por el autor de su libro Circe, cuadernos de trabajo (1979-1984), publicado por la editorial Último Reino en 1985. Redondo nació en 1953 en Buenos Aires y de joven integró los grupos poéticos El sonido y la furia y Nosferatu. En 1977 huyó de la dictadura y se instaló en Barcelona. Regresó a los dos años y, junto a un grupo de escritores y amigos, formó la editorial Último Reino. Publicó Poemas a la maga (1977), Homenajes (1980), Circe, cuaderno de trabajo 1979-1984 (1985), Mercado de ópera (1989) y una novela, Las familias secretas (1985).


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