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1. Plotino y su producción

Lo que sabemos acerca de Plotino se lo debemos a Porfirio, uno de sus discípulos más cercanos. Porfirio corrigió y editó los tratados plotinianos casi treinta años después de la muerte del maestro y agregó a su edición una extensa y detallada Vida de Plotino en la que nos brinda un retrato de su maestro que enriquece nuestra lectura de las Enéadas.[1] En su Vida, pues, nos indica que debemos situar el nacimiento de Plotino en el año decimotercero del reinado de Claudio,[2] lo que significa que habría nacido entre el 205 y el 206 d. de. C.. Igal, sin embargo, deduce que Plotino habría nacido en la segunda mitad del 203 o a comienzos del 204 d. C. [3]Porfirio nos refiere, asimismo, que el filósofo se negaba a hablar de su familia, de su linaje, y de sucesos relativos a los primeros años de su vida, de los cuales sabemos muy poco. Otras fuentes no tan fiables nos informan que nació en Lico o Licópolis, ciudad del alto Egipto. De ser así, no obstante, juzgando a partir del desarrollo posterior de Plotino y de la educación que habría recibido según Porfirio, su familia estaría altamente helenizada.

A los veintiocho años, nos narra el discípulo, Plotino se sintió impulsado hacia la filosofía, y acudió a estudiar con los maestros más prestigiosos de Alejandría, sin encontrar en estos lo que buscaba. Luego, gracias a la recomendación de un amigo, dio con el que sería su maestro durante once años: Amonio Sacas. Junto a Amonio adquirió una formación filosófica muy desarrollada, que despertó en él el deseo de experimentar la filosofía que se practicaba entre los persas y los indios. Debido a esto, se unió a la comitiva del emperador Gordiano que estaba a punto de marchar contra los persas. Sin embargo, al ser asesinado el emperador en plena campaña, su viaje se vio frustrado, tuvo que huir y finalmente llegó a Roma a la edad de cuarenta años.

Una vez instalado en Roma comenzó a reunirse con algunos impartiendo en sus clases los conocimientos adquiridos con Amonio, pero sin atreverse a escribir nada debido a un pacto hecho con sus condiscípulos de no revelar las doctrinas del maestro.[4] Diez años más tarde, habiendo todos transgredido el pacto, Plotino comenzó a poner sus clases por escrito. Al llegar Porfirio junto a Plotino, este ya tenía escritos veintiún tratados. En los próximos seis años, durante los cuales Porfirio permaneció junto a él, escribe otros veinticuatro tratados con disquisiciones refinadas y escritos en pleno apogeo de sus facultades. Luego, tras el retiro de Porfirio a Sicilia, primero escribe otros cinco tratados, y luego otros cuatro ya enfermo y próximo a la muerte. Habiéndose trasladado a la Campania a la finca de su fallecido amigo Zeto, Plotino transcurre allí sus últimos meses de vida y muere, finalmente, a la edad de sesenta y seis años. Próximo ya a morir, llega a su lado su amigo médico y discípulo Eustoquio, a quien le recomienda esforzarse por elevar lo que de divino hay en nosotros hacia lo que hay de divino en el universo, tras lo cual exhala su espíritu, nos cuenta Porfirio, en el momento en que una serpiente se desliza desde debajo del lecho de Plotino hacia el exterior por un agujero en la pared.[5]

Plotino le había encargado, por otra parte, la ordenación y corrección de sus escritos a Porfirio. El discípulo, habiendo prometido cumplir con el encargo, los corrigió y, siguiendo la usanza de la época, los agrupó por tema obteniendo seis conjuntos de nueve libros cada uno, razón por la cual los llamó Enéadas. Así pues, las Enéadas contienen, según Porfirio, en primer lugar, los tratados de carácter ético; luego, los físicos; en tercer lugar, los que incluyen especulaciones cosmológicas; cuarto, los relativos al alma; luego, los que versan sobre la Inteligencia y, finalmente, si bien Porfirio no nos lo aclara, podemos decir que incluye aquellos que versan sobre el ser y lo que está más allá del ser, lo Uno. En tal ordenamiento, sin embargo, Porfirio no mantiene el orden cronológico en el que los tratados fueron escritos. En su Vida de Plotino, no obstante, nos refiere tal orden, de modo que es posible reconstruirlo.

Plotino, por su parte, se consideraba a sí mismo un filósofo eminentemente platónico. Toma, efectivamente, de Platón, las nociones fundamentales con las que elabora su metafísica y su doctrina psicológica, y sus escritos nos demuestran un fino y amplio conocimiento de los diálogos de Platón. Nuestro filósofo, sin embargo, no se limita a reproducir la tradición platónica que hereda, sino que asume su rol de intérprete, siendo su exposición una exégesis de esta tradición.[6]

Ahora bien, entre el tiempo en que Platón escribió sus diálogos y el momento en que Plotino escribe sus Enéadas, transcurren seis siglos de gran densidad histórica y filosófica que no pueden ser ignorados a la hora de abordar la filosofía plotiniana y lo que se ha llamado su “mística”. Encontramos en la obra de Plotino una gran deuda con la tradición peripatética y el estoicismo y en menor medida con el epicureismo y el neopitagorismo. Asimismo, no podemos dejar de considerar la influencia a la que estuvo expuesto nuestro filósofo, por ser Alejandría un centro de intercambio comercial, cultural y espiritual donde, a partir del siglo I a. C., hubo un creciente interés en cuestiones religiosas y donde convivieron el judaísmo, el cristianismo, el neopitagorismo y ciertas herejías cristianas, algunas religiones mistéricas como el orfismo o el culto de Isis y Osiris o de Mitra, la astrología Caldea, la gnosis y el hermetismo.

Plotino no puede ser aislado tampoco de la historia del platonismo como escuela de pensamiento. Nos referimos a la corriente de pensadores que reflexionan en torno ciertos problemas planteados por Platón, y que lo hacen en estrecha relación dialógica con los escritos del ateniense, a los que estos pensadores atribuyen una autoridad incontestable. Tal reflexión enmarcada, asimismo, en la polémica intraescolar desarrolla con los siglos una metodología exegética de los diálogos de Platón y sistematiza un corpus flexible de doctrinas concebido como característicamente platónico. Tampoco debería aislarse a Plotino de aquellas condiciones de la sociedad romana propias del tiempo en que piensa, vive y escribe, ya que estas pueden brindar el marco a los problemas que en ese momento las diversas filosofías intentan resolver y junto a las cuales la filosofía plotiniana es una respuesta más.

Se ha sostenido, no obstante, que la filosofía de Plotino no posee ni la más remota alusión a los asuntos de su tiempo[7] y que en las Enéadas se respira una atmósfera de serena allendidad[8] que contrasta con la época de angustia a la que pertenece nuestro autor. Otros estudiosos, sin embargo, muestran convincentemente que los problemas filosóficos a los que se dirigió se relacionan con preocupaciones que le son actuales, propuestas que le son contemporáneas y características propias de su situación personal y social.[9] Antes de dedicarnos al examen detallado del pensamiento plotiniano, pues, expongamos algunos elementos que consideramos de relevancia sobre todo acerca del contexto filosófico en el que fueron compuestas las Enéadas.


  1. Acerca de la corrección y edición porfiriana de los tratados de Plotino véase Cilento (1973: 337ss).
  2. Vida de Plotino 2, 34-37.
  3. Igal (1982: 8).
  4. V.P. 3, 25ss.
  5. Vida de Plotino 2.
  6. V 1, 8, 10-14.
  7. Armstrong (1936: 23) afirma que “no hay prácticamente nada a lo largo de todos los escritos de Plotino que pueda ser considerado como la más remota alusión a asuntos actuales”.
  8. Igal (1982: 7).
  9. Miles (1999: 9-10, 83-110).


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