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14 De las víctimas del delito impune al encuentro entre dos víctimas[1]

Apropiaciones nativas y resistencias
al marco inseguridad en dos episodios
de muertes violentas

Violeta Dikenstein

Un lunes de principios del año 2006, Ezequiel Milito regresaba de hacer las compras junto a su familia. Mientras su mujer ingresaba a su hogar con su hijo, Milito descendía de su automóvil cuando dos jóvenes armados lo abordaron y le exigieron que les entregara el auto. Ezequiel intentó resistirse y los asaltantes le efectuaron un tiro en el pecho. Los delincuentes escaparon del lugar en su automóvil, que luego fue hallado en las proximidades de la villa 21, a unas seis cuadras del suceso. Poco después Milito murió en el hospital Penna (La Razón, 07/03/2006; Diario Popular, 08/03/2006). Este episodio conmocionó al barrio, generó movilizaciones, firmas de petitorios, reuniones con altos funcionarios del Estado y hasta la presencia del mismo Juan Carlos Blumberg[2] en un acto conmemorativo.

Renzo Portillo, de 19 años, militaba en el Movimiento Evita y trabajaba como operador técnico en Radio Gráfica. La noche del 7 de octubre de 2014 caminaba junto a su novia por la calle Renacimiento, cuando unos delincuentes lo interceptaron e intentaron asaltarlo. El joven se resistió y lo asesinaron de un balazo. Con la consigna “Seguridad es más Justicia Social”, sus compañeros de militancia realizaron un festival en su nombre con presencia de familiares y amigos. Allí, se inauguró la Unidad Básica “Renzo Portillo” y se pintó un mural con su imagen y algunos escritos de él. A su vez, en la radio cooperativa donde Renzo se desarrollaba como operador, se creó el centro de Formación Profesional “Semillero Renzo Portillo”. 

En el barrio de Barracas[3], con ocho años de diferencia y a cuatro cuadras de distancia, dos hombres jóvenes fueron asesinados en circunstancias similares. No obstante, la manera de procesar el acontecimiento por parte de sus allegados fue notablemente diversa. En este capítulo analizamos de qué modo la categoría pública “inseguridad” fue utilizada o resistida para comprender dichos episodios. Los modos de interpretar las muertes violentas dependen de categorías y repertorios de acción disponibles para las personas involucradas. En ese sentido, la categoría “inseguridad” suele ser utilizada para otorgarle significado a los episodios de muerte en ocasión de robo. Sin embargo, no siempre es el caso, o bien dicha apropiación no es uniforme ni acrítica. Consideramos que el uso de las categorías está sujeto a evaluación por parte de las personas, que, finalmente, tienen un punto de vista y un modo de posicionarse ante ellas.

En la Argentina, la inseguridad se encuentra instalada como un esquema de percepción cotidiano, que permite agrupar en su seno hechos disímiles y con diferentes relaciones con lo delictivo (Galar, 2017). A su vez, tal esquema se asienta en una definición que reúne una serie de rasgos: la aleatoriedad del peligro (una amenaza que podría recaer sobre cualquiera); la deslocalización del riesgo (la amenaza puede acontecer en cualquier sitio); y la desidentificación de las figuras de temor (la percepción de amenaza ya no se limita solo a los actores más estigmatizados socialmente) (Kessler, 2009). Así, esta construcción se funda sobre el vínculo entre delitos callejeros y pobreza, de modo que excluye otros sentidos posibles, como los vinculados a las inseguridades sociales (protecciones sociales, desempleo, etc.), al tiempo que ocluye y exceptúa otros tipos de delitos (desfalcos, fraudes contra la administración pública, etc.) (Dallorso, 2014). Sin embargo, en el plano barrial estos sentidos son contextuales y su significado se recrea en los usos que los actores hacen de la categoría.

A su vez, las muertes que ocurren intempestivamente y en un contexto de violencia pueden provocar una gran disrupción en el entorno donde suceden, una interrupción en la secuencia de lo previsible y, así, adoptar el carácter de caso conmocionante (Fernández Pedemonte, 2010). Estos casos provocan un quiebre abrupto de la normalidad, que puede dar lugar a nuevas formas de interpretar la realidad y a mutaciones en las sensibilidades sociales (Schillagi, 2011). Pero entre la ocurrencia del hecho singular –muerte fortuita– a su constitución como un caso de estas características –caso de inseguridad–, está la actividad de los actores sociales que la llevan a erigirse de ese modo (Schillagi, 2015; Galar, 2017). Para que un episodio de muerte violenta no quede en el olvido, es necesario el trabajo de los actores, interesados en posicionarla como tal: “Toda categorización de una muerte en tanto violenta, y en particular su inserción en una trama mayor, es un trabajo complejo que requiere de emprendedores activos” (Gayol y Kessler, 2015: 21). En esta actividad de demandar, los actores movilizados ponen en juego un trabajo interpretativo, tendiente a orientar la lectura del problema en un sentido determinado. Los actores interesados en que el caso no pase inadvertido organizan una serie de relatos, le otorgan un orden coherente a un conjunto de sucesos, sujetos, acciones, establecen secuencias cronológicas, presentan personajes y argumentos, identifican consecuencias y desenlaces (Schillagi, 2011; Best, 1987). En otras palabras, nos referimos a la actividad de encuadre desde la perspectiva de los marcos de acción colectiva (Snow, Soule y Kriesi, 2006), donde los activistas, manifestantes o los actores movilizados le otorgan un marco de sentido al episodio, de modo que la interpretación de lo sucedido se oriente en un sentido determinado. Mediante la descripción de las acciones, demandas y relatos que los actores involucrados desarrollaron en torno a los dos casos de muertes bajo estudio, analizaremos esta actividad de encuadre de dichos episodios, es decir, las narrativas e interpretaciones que los actores afectados elaboraron ante estos sucesos que conmocionaron abruptamente sus vidas cotidianas.

Para recuperar a las voces, personajes, acciones e hitos en torno al caso, desarrollamos un trabajo cualitativo a partir del análisis de fuentes primarias (entrevistas en profundidad a los actores que protagonizaron y vivenciaron cada episodio) y secundarias (periódicos locales y nacionales, videos y programas radiales online de medios comunitarios).

Mi hijo, nuestro hijo. El asesinato de Ezequiel Milito y su encuadre como caso de inseguridad

“Le pese a quien le pese, yo me hago cargo de lo que digo, la policía no hace nada para evitar estas cosas… Le pido a los jueces que a los que no sienten la vocación que se vayan” (Diario Popular, 08/03/2006), declaró Alfredo Milito, padre de Ezequiel, ante los medios de comunicación. “Asaltos violentos hay permanentemente en el barrio, la única diferencia es que esta es la primera muerte y lamentamos que la víctima haya sido Ezequiel. Él se crio junto a sus hermanos en Barracas, y trabaja en Barracas. Tiene su flota de camiones en el barrio” (Diario Popular, 08/03/2006), afirmaba un vecino.

Ezequiel Milito es rememorado por nuestros entrevistados como muy conocido y querido:

Son como una institución barrial, una familia amiga del barrio, todo el mundo los conoce, iba en el auto saludando, gritando, medio a lo tano… Muy del barrio. Entonces era como que a todos nos impactó porque todo el mundo lo conocía, no había alguien que no lo junara (Juan, 32 años).

Pertenecía a la cuarta generación de la familia Milito, que residía en el barrio desde 1905, cuando su bisabuelo comenzó con la compañía de transportes que fue heredada por sus descendientes (Sur Urbano[4], mayo de 2006). Los entrevistados describen a su familia como dotada de “mucho peso” en el barrio:

Mucha plata, gente de mucha plata… y era muy conocido, tiene trasporte… Entonces era el hijo Milito, viste… No sé si hubiese pasado lo mismo si hubiesen matado a otro. Pero me acuerdo que estábamos todos tan impresionados porque era como si le hubiese pasado a cualquiera [de nosotros] (Carolina, 47 años).

Al igual que los casos de muerte acontecidas en localidades provinciales, el rol de los familiares de las víctimas, su arraigo a la comunidad local y su historia previa constituyen factores de gran centralidad para comprender el nivel de envergadura que alcanzó el acontecimiento en el barrio (Gayol y Kessler, 2018). Los Milito eran una familia tradicional de gran renombre en la zona, una “institución barrial”. Ciertamente, es gracias a dicho carácter que este tipo de muertes no solo impactan en la familia biológica de la víctima, sino que también lo hace en la comunidad: “La comunidad toda deviene víctima” (Gayol y Kessler, 2018: 202).

De esta manera, Alfredo Milito contó con el apoyo de ciertos actores barriales que se movilizaron a la par, e instaron al resto de los residentes a acompañar los reclamos. El dueño del quiosco más concurrido de la zona, el Padre “Paco” de la Iglesia Sagrado Corazón de Jesús, los integrantes de la asociación “Amigos de la Comisaría 30” y una serie de “vecinos” fueron los grandes impulsores de una serie de acciones que emergieron a raíz de la muerte de Ezequiel. A su vez, a poco del acontecimiento, se conformó la Asociación Vecinos Convocados de Barracas (en adelante, AVCB), una sociedad “sin tendencias políticas ni religiosas”[5], quienes, “hartos de los atropellos de la delincuencia”, se organizaron para “decir basta” (Sur Urbano, mayo de 2006, anuncio de la AVCB).

De modo inmediato a la muerte de Milito y a lo largo de los meses posteriores, se siguieron una serie de movilizaciones y marchas vecinales. Ese momento de efervescencia es recordado por los habitantes del barrio como un período de actividad colectiva intensa y espontánea. También, los principales actores movilizados accedieron a reuniones con autoridades diversas donde pudieron hacer llegar sus reclamos y preocupaciones. Ciertamente, en la semana siguiente del asesinato, Alfredo Milito fue convocado para conversar con el entonces ministro del Interior, Aníbal Fernández, junto con el jefe de la Policía Federal Argentina, y el entonces comisario de la comisaría 30. Por su parte, vecinos convocados emprendieron reclamos ante diversos organismos públicos, así como una serie de reuniones ante el Departamento de Policía, donde solicitaron –y luego lograron– más efectivos policiales para la zona. También obtuvieron una reunión con la comisión de seguridad de la legislatura porteña y posteriormente con el Ministerio del Interior (Sur Urbano, junio de 2006). En esas oportunidades, reclamaron “soluciones urgentes”: mayor eficacia policial en la “disuasión y el control de la delincuencia”, y que se procediera “contra los asentamientos ilegales” (Sur Urbano, agosto de 2006: 8-9).

En definitiva, el acontecimiento traumático que significó el asesinato de Ezequiel fue vivenciado por los residentes del barrio como un hecho intolerable frente al que no podían permanecer indiferentes. Así, se volcaron a emprender un abanico de acciones, entre ellas, reuniones con funcionarios altos y medios, nacionales y porteños, para elevarles sus reclamos y procurar que no vuelva a ocurrir un episodio de tales características. Las demandas propuestas en este sentido estuvieron fundamentalmente orientadas a solicitar mejoras en la dotación de efectivos y de insumos para la comisaría de la jurisdicción, desalojos de ciertos asentamientos y el refuerzo de los controles policiales en la zona. Gracias a este tipo de acciones, el problema local lograba escalar a un estatus general: enaltecía sus credenciales al demostrar que su seriedad era suficiente como para que fuera atendido por instancias públicas (Schillagi, 2015).

También, estos actores elaboraron demandas de mayor alance, en torno a la eficacia de las leyes y el sentido hacia el que debía dirigirse la Justicia. De este modo, además de estas iniciativas y de la actividad de organización de los actores mencionados, la muerte de Milito trajo aparejada un trabajo de definición de una serie de problemas de índole barrial que, implícitamente, aparecían como ligados al infortunado episodio. Por consiguiente, el pedido de seguridad entrañaba también, para estos sujetos, el control y la eliminación de las casas y terrenos tomados en la zona, sobre todo la urbanización de la Villa 21-24 para controlar “en forma perentoria” los delitos que, consideraban, allí se engendraban.

Asimismo, el episodio y la intensa y prolífica actividad vecinal que desencadenó se vieron acompañados por una serie de relatos y diagnósticos. En principio, la actividad vecinal de este período estuvo signada por una fuerte arenga de la acción colectiva: su importancia, su eficacia y la necesidad del compromiso por parte de los residentes del barrio. La organización vecinal era resaltada como valor y saldo positivo de los episodios traumáticos acontecidos en el barrio. Así, se incitaba a los residentes a participar y salir del aislamiento:

Queremos recalcar la importancia que tiene la organización vecinal y la lucha en conjunto para exigir aquellas cosas que creemos justas y así romper el aislamiento…lograr que la participación en esa organización sea masiva, constante y democrática, fomentando y dando lugar a que se escuchen todas las voces que forman parte de nuestro barrio… afianzando nuestras relaciones y cultivando la solidaridad ínter vecinal (Sur Urbano, mayo de 2006, Editorial).

Los valores democráticos, la pluralidad, el intercambio de ideas eran presentados como las virtudes de este proceso de organización vecinal. Se presentaba como imperioso, por parte de estos actores movilizados, alentar a los barraquenses a comprometerse para exigir a las autoridades que “cumplieran con su obligación” y les “garantizaran” la “seguridad que merecen” porque es su “derecho” (Sur Urbano, mayo de 2006: 5, Anuncio de AVCB). Ciertamente, esta arenga de lo colectivo tenía como causa la inseguridad y sus males aparejados, así como una específica definición del delito. En ese sentido, algunos de los actores que se expresaban en el diario asociaban el delito a la droga, la corrupción y el clientelismo político:

¿Cuidarnos de qué? Del delito impune. Exigir que al que comete delito se lo llame siempre delincuente…Vivir en la villa no es un delito. Y sí es delito negociar con la pobreza de nuestra gente para armar piquetes políticos por unos pesos. Sí es delito seducir a jóvenes postergados, sin trabajo… (Sur Urbano, mayo de 2006: 5, columna del padre “Paco”).

No obstante, esta caracterización tenía sus matices entre los diversos actores del momento, quienes pusieron sus reparos en caer en un punitivismo extremo y llamando a comprender “las causas sociales del delito”:

No queremos basar este pedido por seguridad exclusivamente en la represión del delito, considerando a esta represión el último eslabón de una cadena que es necesario tener comprendida. En repetidas ocasiones el pedido por seguridad resultó desvirtuado por una mala expresión o una errada comprensión, dando lugar a malas interpretaciones que tuvieron como consecuencia el fomentar un autoritarismo policial… Queremos conocer y reflexionar sobre las causas sociales del delito, anclado en la pobreza marginadora de la sociedad, que presenta a la droga como una puerta de escape (Sur Urbano, mayo de 2006, editorial).

En consecuencia, la definición nativa de la inseguridad se establecía dentro de ciertos límites: había que demandar mayor seguridad, pero sin autoritarismo. Existían causas sociales del delito, pero se hacía necesario condenar el clientelismo que, de acuerdo a estas versiones, se basaba en un uso instrumental de los sectores populares con fines políticos.

Por su parte, según el padre de Milito, el episodio había ocurrido por “voleo”, “coincidencia”, con la “mala suerte” de que el delincuente tenía un arma y anhelaba que le aplicaran “la pena máxima”. De eso se desprendía una serie de diagnósticos en torno a las medidas necesarias para mejorar el sistema de seguridad. Alfredo razonaba que él era “uno más”: “Esto es así porque a posterior de lo de Ezequiel ha habido otros hechos que son uno más, uno más, uno más y uno más”.

Ezequiel era mi hijo, pero era el hijo de todos. Nosotros, la gente, tenemos que tomar conciencia de que Ezequiel puede ser el hijo de cualquier persona, de cualquier vecino, y digo Ezequiel como puedo decir cualquier otro nombre que haya tenido una desgracia parecida a la que tuvo mi hijo. Debemos comprender que todos podemos ser padres de un asesinado… Ezequiel es un nombre más, nos tenemos que sentir como padres de un asesinado. Ezequiel, mi hijo, tu hijo (entrevista a Alfredo Milito, Sur Urbano, mayo de 2006: 9).

De acuerdo al padre de Ezequiel, ningún residente estaría a salvo de sufrir una muerte como la de su hijo: azarosa, “al voleo”. Milito era el hijo de todos porque cualquiera podría haber perdido a un ser querido del mismo modo.

Toda esta intensa actividad alcanzó su punto máximo una tarde de junio, cuando los habitantes de Barracas organizaron “un acto de magnitudes no imaginadas” (Sur Urbano, junio de 2006: 2). Tras cortar la Avenida Vélez Sársfield, Alfredo Milito dispuso un camión de su flota, que hizo de escenario. Por su parte, algunos vecinos consiguieron el equipo de sonido, el equipo electrógeno, realizaron los contactos con “personalidades reconocidas” y llamaron a los medios de comunicación. El acto contó con la presencia, nada más ni nada menos, de Juan Carlos Blumberg, “quien al igual que el Sr. Milito también sufrió la pérdida de su hijo Axel a causa de la falta de seguridad” (Sur Urbano, junio de 2006: 9). En su turno como orador, Blumberg se centró en las falencias del aparato de seguridad y en la necesidad de un tratamiento integral de la minoridad.

La presencia de Juan Carlos Blumberg configuró un ingrediente fundamental en el proceso que conllevó el encuadre del caso dentro del repertorio público de la inseguridad. De un lado, la muerte de Milito se inscribía en serie con otros episodios, se asimilaba la naturaleza de los acontecimientos. Las figuras de los hijos muertos se igualaban en un mismo registro, asociados al delito y la ineficiencia de las políticas vigentes para paliarlo.

Transformar este dolor en lucha. El asesinato de Renzo Portillo y la resistencia a su encuadre como caso de inseguridad

Ocho años más tarde a la muerte de Milito y a tan solo pocas cuadras de su asesinato, Renzo Portillo murió de un balazo cuando intentaban arrebatarle su mochila. Sin embargo, este episodio recibió un enfoque completamente distinto por parte de sus allegados.

Oriundo de San Pedro, Provincia de Buenos Aires, Renzo era un joven de 19 años que había llegado a Barracas a sus 12 años para vivir junto con su tía y sus primos. Renzo estudiaba, trabajaba y militaba en el Movimiento Evita. Comenzó a asistir a Radio Gráfica gracias a su tía, donde “se enamoró de todo lo que es ser operador, ser editor… Vivía en la radio” (Malena, 23 años). Allí se formó, comenzó a desempeñarse como operador técnico y luego también lo hizo en el programa de Luis D’Elía, en Radio Cooperativa.

A poco de su muerte, sus amigos y compañeros de militancia vieron circular en los medios de comunicación y en boca de ciertas personalidades versiones que entraban en contradicción con su interpretación de los acontecimientos. Uno de ellos fue el mismo D’Elía:

[D’Elía] lo conocía así nomás, y lo informa, y bueno, se equivoca sin mala intención… Dice que era huérfano, él había entendido eso, pero no, la madre no estaba muy presente, pero sí tenía madre… Ella vivía en San Pedro, él vivía acá con la tía” (Matías, 24 años).

Efectivamente, el dirigente social expresó su pesar por el fallecimiento de Renzo en su cuenta de Twitter, que luego fue recuperado por varios portales de noticias:

Renzo Portillo tenía 19 años. Era huérfano y se había mudado a Buenos Aires para estudiar. Militaba en el movimiento JP Evita y trabajaba en una radio. El año pasado se había recibido de técnico electromecánico. Tenía una vida feliz. Pero el miércoles a la noche fue a visitar a su novia y ladrones intentaron asaltarlo. El joven se resistió y lo ejecutaron de un balazo (Clarín, 09/10/2014).

Los compañeros de militancia de Renzo experimentaron una situación de extrañeza similar al observar que ciertas figuras retomaban el caso en la agenda pública:

Nosotros nos quisimos morir, porque salió a hablar, en ese momento ministro de Seguridad… Berni… que era polémico en todo sentido… Salió a hablar en un medio de comunicación, en nombre de Renzo y en nombre de los pibes que estaban muertos por la inseguridad, y ahí nosotros dijimos: “No, no, no, ¿cómo vas a estar hablando de Renzo…? ¿No lo conocés, y encima te estás apoderando de su nombre para hablar en contra de lo que está pasando con la inseguridad?” (Malena, 23 años).

La relativa trascendencia mediática que obtuvo el acontecimiento llevó a los amigos y allegados de Renzo a enfrentarse y evitar que el episodio deviniera en un caso mediático:

Nos cayó una cámara de Canal 9 que quería filmar cómo entraban los compañeros de acá, a la radio. Le dijimos: “Tómensela de acá, no tienen nada que hacer acá”… Nos querían filmar las caras tristes, entrando… Entonces nos pareció que no aportaba nada a nadie, y los echamos (Matías, 24 años).

Así, estos actores se vieron ante la necesidad de reflexionar, formular y enunciar su interpretación de lo ocurrido. Sus amigos y compañeros de Radio Gráfica consensuaron “evitar que se convirtiera en caso”:

Que no se convierta en un caso, somos una radio que tiene una línea editorial, pero se pidió no salir con un discurso de “Hay que matarlos a todos”, “Son todos lo mismo”, el tema de los inmigrantes, era paraguayo el muchacho que lo mató, la misma edad, 19 años, y no salimos con ese discurso, y no quisimos mediatizar tanto… La familia, los allegados, los compañeros, no salimos con ese discurso, si salíamos con ese discurso se mediatizaba mucho más (Matías, 24 años).

La necesidad de desinscribirse de los relatos mediáticos en torno a la inseguridad, de evitar que la muerte de Renzo fuera leída desde estos parámetros, llevó a estos actores a realizar una serie de actividades que dejaran en claro su postura sobre el acontecimiento. En ese sentido, desde Radio Gráfica y el Movimiento Evita se lanzaron comunicados enfatizando su carácter de militante y comunicador popular, así como para desmarcarlo de su condición de víctima: “de quién era, de su identidad; eso tratamos de marcarlo en un primer momento” (Matías, 24 años).

Dos meses más tarde del suceso, el Movimiento Evita organizó el festival “Seguridad es más Justicia Social”, donde participaron una serie de organizaciones políticas y cooperativas, tales como Nuevo Encuentro, Partido Comunista, Radio Gráfica, Radio Cooperativa, La Cámpora, Seamos Libres, ATE Borda, Confederación de Trabajadores de la Economía Popular, Cooperativa El Adoquín, entre otras (Sur Capitalino, 10/12/2014). Allí, ante la presencia de sus hermanos, su madre, su tía, amigos y militantes, se inauguró la Unidad Básica que lleva su nombre en la calle Quinquela Martín 2252 y se descubrió un mural con su imagen. Sobre un escenario montado en la calle, sonaron bandas y sus compañeros leyeron escritos dedicados a Renzo. Por su parte, sus compañeros de Radio Gráfica anunciaron la inauguración del “Semillero Renzo Portillo”, un espacio de formación en comunicación popular.

El evento fue registrado mediante un video que editó Radio Gráfica, donde militantes, amigos y familiares recordaron al joven. Allí su tía señalaba que

Renzo no creía en esa consigna de la represión, creía que había que incluir a los jóvenes y de hecho él luchaba por ellos, militaba en la villa 21, trabajaba diariamente en pos de una Argentina mejor… En esta manera de rendir un homenaje a su memoria, queremos resaltar sus valores.

El responsable del Movimiento Evita de la Comuna 4 lo caracterizaba como “un militante del carajo… No podemos pregonar un montón de cuestiones que las podemos decir de la boca para afuera sino las transformamos en hechos y no ponemos el cuerpo para militar… Eso es lo que Renzo hacía”[6].

Según Malena, su compañera de militancia, mediante el festival se proponían, por un lado, devolverse un espacio de contención, de “mística”: “Volvernos a encontrar desde un lugar más alegre, dejar de llorar”. Pero también, fue un modo de sentar posición, explicitar una postura:

Reiteradas veces lo dijimos arriba del escenario, por micrófono, que nosotros no entendemos la seguridad de la mano de la fuerza policial, que la inseguridad existe pero que es a partir de la acción social que hay, de la falta de derechos, de la falta de oportunidades, de la falta de trabajo, de los barrios más humildes… Entonces quisimos exponer también esto y dejar en claro nuestra visión de lo que es seguridad, de lo que es inseguridad, y por lo que militaba Renzo (Malena, 23 años).

Al respecto, otro de sus compañeros de militancia sostenía la importancia del festival como una oportunidad para reafirmar una “línea de pensamiento”:

Que va en contra de las soluciones más fáciles, las soluciones rápidas que plantea la derecha, del gatillo fácil, de expulsar a los extranjeros por cualquier cosa y planteamos que seguridad es justicia social, dándole más oportunidades a los pibes y cubrir un poco todas esas opciones que no pudieron darle gracias al neoliberalismo… Entonces tratamos no de suplir, pero sí de organizar algo para que la justicia social sea parte de la agenda para construir una seguridad nueva[7].

En esta misma línea, la referente del Movimiento Evita Capital expresaba:

Hay inseguridad por muchos años de exclusión, de falta de dignidad y trabajo. Esto no se soluciona con más policías sino con más justicia social. Nosotros vemos como ellos arreglan con los transas o aceptan coimas. No hay que tener miedo de decirlo, es parte de lo que falta. Queremos fuerzas al servicio del pueblo y no de la discriminación o de los transas. No queremos más Renzos muertos (Sur Capitalino, 10/12/2014).

En definitiva, los actores involucrados se vieron ante la necesidad de, por un lado, resistir al encuadre del episodio como un caso de inseguridad. A su vez, esto conllevaba el despliegue de una serie de repertorios alternativos. Por medio de comunicados, performances en la vía pública, notas y videos en medios populares, dichos actores oponían su lectura del suceso, las soluciones necesarias, así como las causalidades en juego. Todo esto se fundamentaba en la identidad de Renzo: desarrollar esta interpretación alternativa era, según ellos, honrar lo que consideraban su voluntad post mortem. En ese sentido, y en virtud de sus valores y su perfil militante, se volvía pertinente evitar interpretaciones alejadas de las ideas políticas que el joven había tenido en vida. Siguiendo a Verdery (1999), podemos afirmar que los muertos vienen con un curriculum vitae y el foco que los vivos hacen sobre aquel es selectivo, mientras que son múltiples los puntos de vista posibles para enfatizar, o bien omitir. La biografía de Renzo funcionó como legado y fundamento a la hora de materializar la resistencia al marco inseguridad.

Entonces, desde este repertorio, la inseguridad no se resolvería mediante la acción de las fuerzas de seguridad ya que, según esta lectura, estas eran proclives a la represión, al gatillo fácil y a la corrupción. Asimismo, la inseguridad tendría como causa la exclusión, la falta de oportunidades para los sectores más desaventajados. Por ello, la muerte de Renzo no consistía en un caso de inseguridad, sino en un “caso de desigualdad” (Matías, 24 años). El victimario también era una víctima: “Se encontraron dos víctimas” (Malena, 23 años). “Nosotros lo vimos [al victimario] como un emergente de un sistema injusto” (Juan, 32 años). Al mismo tiempo, la seguridad se alcanzaría mediante una mayor justicia social, el mejoramiento de las oportunidades para que los sectores más rezagados no se vieran empujados a delinquir. Esto requería “transformar el dolor en lucha”, transmutar aquel malestar que, consideraban, llevaba a un estado de parálisis y aislamiento para “seguir militando”. El dolor debía canalizarse “poniendo el cuerpo” para continuar un proceso de transformación social y transformar estas ideas “en hechos”.

De esta hay que salir y basta de lamentarnos, hay que salir a militar el doble, porque justamente esto le pasó a Renzo porque se encontró con otro pibe que también fue víctima y nosotros no podemos perder el tiempo en quedarnos en nuestras casas, de brazos cruzados, llorando… Llegar a todos los pibes, de los dos barrios (Malena, 23 años).

Cabe mencionar que esta lectura no fue homogénea entre todos los allegados a Renzo. En efecto, los actores que sostuvieron la resistencia al encuadre como un caso de inseguridad –militantes, compañeros y amigos de la radio– debieron tomar distancia respecto de la madre de Renzo.

La madre tiene un pensamiento totalmente distinto; nosotros siempre tuvimos como referencia a [la tía], porque ella se hizo cargo de Renzo, la madre no, y no nos importaba a nosotros, ni como radio ni como organización la opinión de la madre, no lo tomamos en cuenta porque no había sido una figura materna, y aparte no suscribimos al planteo de ella de “hay que matarlos a todos” (Matías, 24 años).

Es decir que el tomar distancia respecto del encuadre del caso como uno de inseguridad implicó también apartarse e incluso dejar de lado la figura de la madre del joven asesinado, quien era más proclive a apelar a repertorios afines a dicha categoría.

Consideraciones finales: una lectura comparada

En este artículo analizamos dos casos de muertes que acontecieron con 8 años de distancia, en un mismo barrio y a pocas cuadras uno del otro. Las víctimas eran varones jóvenes, y ambos fueron asesinados de un disparo en un intento de robo en presencia de sus compañeras. Sin embargo, estos acontecimientos recibieron un tratamiento opuesto por parte de sus allegados.

Ante la muerte de Milito, se movilizaron en torno a la figura de su padre una serie de “vecinos” y asociaciones vecinales. Para estos actores, el suceso representó un caso de inseguridad, y desarrollaron sus esfuerzos para denunciar el problema. Así, establecieron reuniones con funcionarios nacionales y porteños, orquestaron eventos de protesta con presencia de medios de comunicación y del mismo Juan Carlos Blumberg. Mediante una retórica que valorizaba la participación colectiva, estos actores definieron los contornos de aquello que entendían como causa del desventurado episodio y realizaron las demandas que consideraban necesarias para paliarla. Ciertamente, en este caso el delito se asociaba al “delito impune” y a la “seducción de jóvenes postergados” para fines políticos. De este modo, se demandaban medidas que implicaban más control policial, así como mayor dotación de insumos para las fuerzas de seguridad en la zona, al tiempo que se señalaba como foco de dicho control a “los asentamientos ilegales” presentes en el barrio. Aun así, esta definición del problema contaba con ciertos límites: la consideración de “las causas sociales del delito” implicaba para los actores evitar caer en una apología al “autoritarismo policial”.

Frente al asesinato de Renzo, se agenciaron una serie de actores de otras características: organizaciones políticas y cooperativas, jóvenes militantes, amigos y ciertos familiares se movilizaron en pos de darle una impronta determinada al suceso. En efecto, y en virtud de la identidad y la trayectoria política del joven, estos actores se encontraron ante la necesidad de, por un lado, oponer resistencia a una eventual mediatización y el consecuente encuadre que querían evitar a toda costa: el de la inseguridad como sinónimo de represión policial y de estigmatización de los inmigrantes y los sectores populares. A su vez, estos actores se pusieron en movimiento para plantear su propia de visión del problema: la inseguridad tenía como causa “la falta de derechos” y oportunidades, por “años de exclusión, falta de dignidad y de trabajo” para los sectores más desaventajados. Esto no se resolvería con gatillo fácil ni expulsando a los extranjeros, sino mediante “una mayor justicia social”, redoblando los esfuerzos de militancia, saliendo del replegamiento que genera el dolor, transformando “el dolor en lucha”.

A pesar de la semejanza de ambos episodios, el modo de tematizarlo en cada caso fue completamente distinto. En un contexto donde la inseguridad se consolidaba como un tema de agenda, el padre de Milito y los actores vecinales movilizados se hicieron de esta categoría para dotar de sentido a un acontecimiento fatal y doloroso. Por medio de las acciones emprendidas, se pasaba de lo particular a lo general, del hecho aislado al “caso de inseguridad”. Por su parte, la tía y las organizaciones políticas y cooperativas que sufrieron la pérdida de Renzo hicieron lo posible por evitar que su muerte cayera dentro de este marco. Eso implicó resistir la intromisión de los grandes medios de comunicación y desarrollar una serie de performances y difusiones por otros medios alternativos. También significó quitarle protagonismo a la madre del joven, más proclive a emprender esta vía. Así, mientras que en un caso los actores agenciados tenían la vocación de volverlo visible y convertirlo en un anclaje y testimonio de un problema mayor, en el otro esta posibilidad fue resistida.

En cuanto categoría pública, acervo compartido y a la mano, la inseguridad no adopta un significado homogéneo en ámbitos locales. Por el contrario, dicha categoría se encarna en usos y dinámicas concretos. Al apelarla, ya sea para apropiarse o resistirla, los actores la recrean y la reinventan: la dotan de significados que se definen contextualmente. Es decir que, a nivel local, la inseguridad como categoría se encarna en los usos que los actores hacen de ella. Y para que dicha categoría cale, tome forma en estos espacios barriales, es fundamental la actividad de los actores, quienes la actualizan a la luz de ciertos acontecimientos trágicos.

Referencias bibliográficas

Best, J. (1987). “Rhetoric in Claims-Making: Constructing the Missing Children Problem”. Social Problems, Vol. 34, n.º 2.

Calzado, M. (2015). Inseguros. El rol de los medios y la respuesta política frente a la violencia de Blumberg a hoy. Buenos Aires: Aguilar.

Dallorso, N. (2014). “¿De qué se habla y qué se calla cuando se habla de inseguridad?”. Voces del Fénix, año 5, n.º 34.

Fernández Pedemonte, D. (2010). Conmoción pública. Los casos mediáticos y sus públicos. Buenos Aires: La Crujía Ediciones, pp. 11-83.

Galar, S. (2017). “Problematizar el problema. Apuntes para complejizar el abordaje de la inseguridad en la dimensión pública”. Revista Papeles de Trabajo, Vol. 11.

Gayol, S. y G. Kessler (2015). Muerte, política y sociedad en la Argentina. Buenos Aires: Edhasa.

Gayol, S. y G. Kessler (2018). Muertes que importan. Una mirada sociohistórica sobre los casos que marcaron la Argentina reciente. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.

Kessler, G. (2009). El sentimiento de inseguridad. Sociología del temor al delito. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.

Schillagi, C. (2011). “Problemas públicos, casos resonantes y escándalos. Algunos elementos para una discusión teórica”. Polis, vol. 10, nº 30, pp. 245-266.

Schillagi, C. (2015). “La muerte como causa pública. Denuncia y construcción de legitimidad en dos casos paradigmáticos”. En S. Gayol y G. Kessler. Muerte, política y sociedad en la Argentina. Buenos Aires: Edhasa.

Snow, D, S. Soule y H. Kriesi (2006). The Blackwell Companion to Social Movements. Blackwell Publishing.

Verdery, K. (1999). The Political Lives of Dead Bodies. Reburial and Postsocialist Change. Nueva York: Columbia University Press.

Fuentes consultadas

Diarios: La Razón, Diario Popular, Clarín, Los Andes, Sur Capitalino.

Revistas: Sur Urbano, Rumbos.

Infobae

Minuto uno

Radio Gráfica

Sitio web de la Asociación Vecinos Convocados de Barracas: https://bit.ly/39xw1XV.


  1. El presente artículo se inscribe en mi trabajo de tesis doctoral en curso, cuyo objetivo consiste en analizar las dinámicas locales de la categoría pública “inseguridad”, en un barrio del sur de la Ciudad de Buenos Aires. El desarrollo del trabajo de campo se realizó durante los años 2015 y 2018 en el barrio de Barracas.
  2. Empresario argentino cuyo hijo, Axel Blumberg, fue secuestrado el 17 de marzo del 2004 y posteriormente asesinado. Tras la muerte de su hijo, Juan Carlos Blumberg convocó a movilizaciones de gran magnitud y de repercusión mediática, que en poco tiempo cristalizaron con la transformación de una serie de artículos del Código Penal y del Código Procesal Penal de la Nación que, entre otras cosas, tendieron hacia un endurecimiento de los castigos (Calzado, 2015).
  3. El barrio de Barracas se caracteriza por la mixtura social de sus habitantes. En su interior, hacia el Riachuelo, se encuentra la Villa 21-24, que es una de las más grandes de la ciudad.
  4. Sur Urbano era un periódico local de poca tirada, limitado a la circulación barrial, que constaba de un solo redactor y se distribuía de forma gratuita en los comercios de la zona. Durante esos meses agitados, la revista hizo de usina y portavoz de los actores principales, entrevistando al padre de Milito, cubriendo las reuniones y manifestaciones realizadas, así como brindando espacios de difusión para los actores interesados en escribir sobre el caso. A su vez, el editor de Sur Urbano era, también, uno de los principales actores que se movilizaron en torno al episodio.
  5. Extraído de https://bit.ly/3dNv8y2.
  6. Extraído de https://bit.ly/33YZt8d, 6-12-2014.
  7. Extraído de https://bit.ly/3b5GLym.


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