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6 Muertes jóvenes en la Villa 31 y 31 Bis

Interpretaciones y sentidos locales

Mariano Skliar

Introducción

Muerte y violencia se hacen presentes en cada charla con jóvenes de la villa. Nunca son unívocos sus sentidos. En este trabajo, ensayo un recorrido por varios casos que ligan violencia y muerte, donde esas muertes son cifradas de maneras diferentes por los jóvenes. El contexto, las circunstancias, quiénes son los muertos y quiénes los matadores dejan entrever reglas sociales, valores compartidos y en tensión: universos morales que constituyen las tramas de un territorio social las más de las veces exotizado y estigmatizado.

A partir de una serie de narrativas producto del trabajo de campo de varios años en la Villa 31 y 31Bis de la Ciudad de Buenos Aires, avanzo sobre algunas conclusiones que tienden a problematizar lugares comunes sobre el tema, colocando esas muertes en tramas locales, en sistemas de clasificación morales y sociales que orientan y dotan de un orden lábil y cambiante la vida de los jóvenes en este territorio. Seguir estas narrativas permite comprender las muertes jóvenes como un fenómeno complejo y, sobre todo, heterogéneo. La muerte es el denominador común de estas historias, pero la variedad de situaciones, circunstancias y sentidos, veremos, desgarra cualquier homogeneidad.

Cantar los muertos

Un final predecible acá te puede pasar
que la chusma siempre diga a este lo van a matar,
por eso este tema va para los que no están
o los que viven esta vida, sin saber si volverán.
Son muchos los ausentes, los que tengo que contar.

Fuerte Apache, “Queridos Amigos” (2008)

Richard (18) y Javi[1] (15) quieren ser raperos. No logran insertarse en los grupos estables y prestigiosos de la villa. Siempre que pueden, se bajan temas en el celular y estudian las rimas de los intérpretes consagrados del conurbano y otras barriadas de la Capital. Pululan tímida e intermitentemente por centros culturales y espacios sociales donde se hacen actividades ligadas al rap.

Escritas en hojas de carpeta rayadas, tienen dos canciones que les gustaría grabar. Pero nunca pueden, no saben cómo, les da vergüenza mostrarlas. Apenas si me permiten leerlas.

Como muchos raperos, Richard y Javi le han dedicado sus canciones a pibes que murieron. Una es para Roco, un chico que falleció arrollado por el tren cuando estaba robando en la zona de la estación. El otro tema es para Damián, quien fue asesinado por un grupo de narcos[2] peruanos. Javi me explica que Damián “no andaba en ninguna cosa rara” y que murió asesinado cuando caminaba junto a su hermano mayor, que sí vendía drogas. Los agarraron juntos y les dispararon. El hermano quedó vivo con ocho tiros. A Damián le dieron cinco, pero no zafó.

Cada muerto tiene su canción. Las letras muestran que la muerte puede llegar a raíz de lo que uno está haciendo mal, pero también por ser pariente de alguien que está expuesto a ser matado. Canciones sin grabar, sentidos que no terminan de plasmarse, pero son.

Seguimos charlando y relatan más muertes. Me impacta la de otro Damián, al que los narcos mataron junto a su novia. A él le cortaron los dedos, a ella la lengua y los pechos. “Son los mensajes para el grupo del pibe, para que se queden piolas”, asegura Richard, que conoce bastante del tema. Él trabajó para los narcos durante un tiempo.

Matar no es solo quitar la vida, sino hacer de ese cuerpo –ahora muerto– un mensaje. La violencia puede ser una acción espeluznantemente expresiva, dirigida al grupo de pertenencia del muerto. La capacidad de leer esos mensajes, el hecho de estar alfabetizado en el abecedario de la muerte, el poder interpretar correctamente el alcance de la amenaza que ahora es ese muerto (las marcas en su cuerpo, el lugar y el modo en que fue matado) constituyen un saber. A partir de esos saberes es que se trazan verdaderas cartografías subjetivas. Saber leer esos mapas puede ser la diferencia entre seguir vivo o ser el próximo muerto.

Esquivar la muerte

Cuando pasaron las vacaciones de invierno de 2015, ni Juan (18) ni Paulo (18) retomaron sus estudios en el quinto año de la escuela secundaria donde yo daba clases. Analía, la hermana de Juan, venía salteado. Cuando le pregunté por qué estaba faltando tanto, me dijo en tono casual que se habían mudado a Provincia, que tenían mucho viaje y que a veces se le complicaba venir. Cuando quise indagar sobre las causas de la mudanza, recibí evasivas y respuestas cambiantes. Finalmente, Analía me contó que la mudanza en realidad respondía a “problemas del barrio”. Esta es una categoría genérica que puede incluir circunstancias diferentes, aunque generalmente atravesadas por la violencia y la sensación o certeza de un peligro amenazante.

Juan y Paulo eran amigos de otro joven llamado Ramiro, que “ya ni iba a la escuela, estaba en cualquiera, fumaba paco y robaba”. Pero Ramiro no robaba en cualquier lado, sino en el barrio, más precisamente en una zona donde un grupo de peruanos vendía droga. Como Ramiro les robaba a los clientes de los peruanos, estos lo advirtieron de que ahí no podía robar. El joven siguió y “pasó lo que tenía que pasar”. Ramiro fue acribillado a balazos en un pasillo de la villa. En el velorio, al que asistieron Juan, Paulo y Andrea, integrantes del grupo matador rondaron la zona exhibiendo armas de fuego y tirando algún disparo al aire.

Paulo y Juan no robaban ni bardeaban como Ramiro, pero eran sus amigos desde la infancia, se juntaban a tomar cerveza con él. La forma del asesinato y los disparos alrededor del velorio hicieron comprender a los jóvenes que estaban en peligro. Luego de ese mensaje, cada uno tomó su decisión, armó su estrategia a partir de las posibilidades de las que disponía, para evitar la muerte que rondaba. Paulo dejó de parar en la calle y se dedicó a trabajar con su padre en la construcción todos los días, incluso los sábados. Buscó protegerse en el mundo del trabajo. Se interesó especialmente en que el barrio lo viera cargando herramientas y saliendo temprano hacia obras adentro o afuera de la villa. Juan, en cambio, logró mudarse con toda su familia a la Provincia.

Cuando le pregunté a otros pibes por lo ocurrido con Ramiro, me contestaron que era algo que “tenía que pasar”, que era obvio que lo iban a matar porque le estaba jodiendo el negocio a los peruanos. Ramiro aparecía como responsable de su propia muerte. En ello había acuerdo. Pero el estatus de su figura, el prestigio con el que contaba en el barrio, mutaba en los distintos relatos. Había jóvenes que lo consideraban un cachivache, es decir, alguien que robaba en el barrio y que, por su adicción desmedida, se había metido con quienes no se tenía que meter. Otros, en cambio, hablaban de Ramiro como un competidor territorial de los narcos peruanos. Para Sebastián (15), por ejemplo, era un “verdadero chorro”, ya que tenía un pistolón y motos de alta cilindrada. Esas posesiones lo ubicaban en un lugar de cierto prestigio. Sebastián me explicó que las escena del velorio y el temor de Juan y Paulo a correr la misma suerte que Ramiro dan cuenta de que no se trató del asesinato de un nadie o un gil. Los tiros de los peruanos durante el velorio funcionan como un signo que demuestra el estatus de Ramiro. Los narcos no gastan pólvora en chimangos.

Ramiro se llevaba bien con mucha gente, era el típico pibe al que todo el mundo conocía desde chiquito: un hijo de la villa. Para ubicar su muerte en la trama local de la violencia, es clave entender que, más allá de las diferentes versiones sobre su estatus y prestigio, hay coincidencia en que el joven robaba solo. No aparece inscripto en ningún grupo, menos en un grupo grande, poderoso. Esa falta de un tipo de pertenencia colectiva explica que no fuera capaz de movilizar redes y gente para defenderse frente a la primera amenaza de los peruanos. Juan y Paulo, por ejemplo, no son el tipo de par que Ramiro hubiera necesitado. No todos los vínculos sirven para todos los fines. Volveremos a este asunto un poco más adelante, cuando veamos otros casos donde esa posibilidad sí está presente, lo que pone en juego una serie de reglas implícitas que regulan –en forma lábil– las relaciones de violencia intergrupal.

Analía, la hermana de Juan, también era amiga de Ramiro. Ella es militante política y tiene relaciones y contactos con la Campaña contra la Violencia Institucional, iniciativa de un diputado del Movimiento Evita. Durante un tiempo, Analía intentó organizar reuniones para hacer una marcha en el barrio exigiendo justicia por Ramiro, pero, más allá de su círculo militante, casi nadie en la villa se sumó. El joven no parecía reunir las características para constituirse en víctima legítima. Algo similar mostré en otro trabajo (Skliar, 2015), donde describí las dificultades que una organización social y política tuvo para lograr adhesión y apoyo ante la supuesta violación a una adolescente por parte de gendarmes en el conurbano bonaerense. Si allí el barrio como actor moral (Eilbaum, 2012) operaba desde un sentido común machista, en el que la adolescente “se lo había buscado” por vestir ropa corta y tomar mate con los gendarmes, en este caso los pibes coincidían en que Ramiro era responsable de su propia muerte, pues sabía perfectamente en qué se estaba metiendo. Las dos caracterizaciones que se hacían de Ramiro (competidor o cachivache) eran igualmente obstaculizadoras para la construcción de una víctima legítima desde la perspectiva de una reivindicación social o política ligada al universo de sentidos de los derechos humanos y la violencia institucional (Pita, 2016a).

Llorar los muertos

Ariana (17) llora sentada en cuclillas en un rincón del aula vacía. Me falta un rato para entrar a dar clases y me acerco a preguntarle qué le pasa. No quiere hablar con nadie. Quiere estar sola. Pasa un rato ahí, lagrimeando con la cabeza entre las rodillas. Finalmente, me cuenta que está triste por la muerte de un amigo, Roco. Tiempo después, me di cuenta de que era el mismo joven al que Richard y Javi le habían dedicado una de sus canciones. Roco antes iba a la escuela, después dejó. Alegre, positivo y chistoso, era un pibe muy querido. Hacía un tiempo que se venía metiendo en problemas. “Problemas” significa que robaba y se drogaba. Roco encontró la muerte arrollado por un tren en la estación cercana a la villa.

Al principio robaba para ayudar a su familia, pero después se fue metiendo en cosas más grandes. Ariana se lamenta: “No pensé que esto iba a pasar tan rápido. Nosotras le decíamos que se vaya a Paraguay, que se vaya al campo donde está su familia…, pero no pudimos pararlo”.

La posibilidad de la muerte, se sabe en la villa, pende sobre todos en el firmamento de los temores fundados. Algunos la convocan, juegan con ella. Ariana siente un enorme dolor mezclado con bronca. La muerte llegó rápido para Roco, aunque ella sabe que podía pasar. No fue una muerte tan cantada, él no estaba tan perdido como Ramiro. Por eso a Ariana le parece una muerte injusta.

Después de contener a la joven, me quedé pensando en la forma en que Roco murió. Ariana me habló de un accidente de tren, pero incluyó en su narración el tema del robo y la droga. ¿Se trataba de un simple accidente ferroviario? La joven no quería ahondar en cómo pasó. Lo pisó un tren y punto.

Esa misma tarde, otros pibes me dijeron que Roco había sido empujado del tren en movimiento por una persona a la que le estaba robando. Otra versión hablaba de que, escapando de la policía, el joven saltó del tren, o bien que fue arrollado cuando huía por las vías. La dinámica de las versiones estaba en funcionamiento, lo cual da cuenta de una sensibilidad y un interés local sobre el caso. La activación de estos mecanismos comunicativos barriales implica la construcción de la forma y las circunstancias en que ocurrió la muerte. Es, a su vez, la expresión de una disputa por los elementos morales que pasarán a conformar la figura del muerto, su nombre y su honor. Roco, o cualquier otro muerto, pasan a ser, en cierto modo, producidos (reproducidos, vueltos a producir) en un proceso de comunicación y memoria colectiva. Esta terminará estabilizándose o bien en una versión final, o bien en dos, en cuyo caso cada una condensará elementos morales diferentes e incluso contrapuestos.

La forma en que uno muere lo define. Ariana quería a Roco y, aunque mencionaba el robo y las drogas, prefería no incorporarlas directamente al contexto de la muerte. Un accidente, una fatalidad, estaba bien para que el lado alegre y positivo de su amigo primara en el recuerdo. No merecía morir empujado por una de sus víctimas, ni huyendo de la policía. Después de todo, Roco no era un chorro sino un pibe chistoso, conocido por todos y que ayudaba a los demás. Simplemente se había empezado a meter en problemas. La familia y la naturaleza campestre de su Paraguay natal podían haber sido un destino de salvación, pero él no escuchó los consejos de sus amigas. Roco murió temprano. Las circunstancias de su muerte podían poner en riesgo los valores que expresaba para sus amigas, lo que él significaba para su gente: la alegría, el afecto, el optimismo (Pita, 2016a).

Las formas en que se recuerda al muerto pueden llegar a materializarse en expresiones como un mural, un monolito, una pintada o una canción. También el recuerdo puede ser apenas un puñado de palabras en narrativas efímeras. En todos los casos, el muerto representa valores y significa cosas cuando es nombrado y representado. Todo recuerdo implica una construcción, que es en algún punto una idealización que selecciona ciertos valores y desecha otros. Dice María Pita que esa idealización “no interesa en términos de su correspondencia con lo que ‘verdaderamente’ –si tal cosa existe– fue y cómo fue, sino en virtud de cómo –en este aquí y ahora y según estas personas– es construida su imagen” (Pita, 2016: 10).

“Hay tantos hijos de puta malos que no se mueren nunca, están llenos de tiros por todos lados y siguen… Roco era bueno, no tuvo ni una oportunidad”, me dijo Ariana entre sollozos.

No se puede morir por amor

En 2012 un joven asesinó a su exnovia mientras ella estaba comprando en un almacén de la villa. El hecho ocurrió en plena tarde, el barrio estaba lleno de gente, los chicos salían de escuela. De pronto, el joven apareció en una moto, disparó su arma y huyó. La ambulancia tardó en llegar. Fiorella agonizó algunos minutos en el suelo. Su tía gritaba, lloraba e insultaba a la policía que había llegado al lugar. Hacía apenas unos meses que el Cuerpo de Prevención Barrial estaba presente en la villa[3].

Alrededor de la escena, se fueron aglutinando vecinos. La bronca iba en aumento, por lo que los efectivos decidieron pedir refuerzos. A esa altura, los médicos constataban que Fiorella estaba muerta. La situación se extendía en el tiempo, el cuerpo de la chica seguía en el suelo y se efectuaban peritajes.

Se corrió la voz, la conmoción estaba en el aire. La gente del barrio seguía llegando y expresaba su bronca: había muerto una chica inocente. Hubo piedrazos y enfrentamientos cuerpo a cuerpo. A un policía le robaron el arma reglamentaria, otros fueron heridos.

Fiorella vivía en la zona de la villa donde es fuerte el grupo de Edmundo (20). Él, sus hermanos y amigos vivieron el episodio como una ofensa a todo su sector. No se trataba de un enfrentamiento entre grupos ni de un tiroteo legítimo, como los que los pibes suelen protagonizar. Este era un problema de amor. “Cómo se le ocurre venir a tirar a un despacho (almacén) cuando están todos comprando, volviendo de la escuela, en pleno día”, dice Edmundo más de un año después, recordando vivamente el episodio.

La muerte de Fiorella resultaba inadmisible y exigía respuestas. Así, lo que desde la mirada policial parecía ser un tumulto desordenado y enfurecido, una turba donde la “verdadera” bronca de los familiares se mezclaba con el accionar de los oportunistas “a los que les gusta la violencia”, en la voz de Edmundo, era el momento preciso de gestación de una vendetta.

El matador fue rápidamente identificado por el grupo de Edmundo, quien dispone de una amplia red de contactos y conocidos a través de los que circula velozmente la información. En cuestión de horas, ya se sabía que el pibe formaba parte de un grupo importante de otro sector de la villa.

Mientras se juntaban e iban charlando, Edmundo y los suyos concluyeron que los amigos del asesino no iban a ayudarlo con apoyo ni armas. Esto se debía a que el pibe “había bardeado, había hecho las cosas mal”. La venganza correspondía por la falta de códigos. Sería algo sencillo de realizar, ya que era improbable una respuesta grupal del otro lado. El conflicto iba a resolverse así y, probablemente, la vendetta se cortara ahí, si mataban o herían al responsable o, a lo sumo, a algún miembro de su familia.

Como vimos con la muerte de Damián, la familia puede ser el destino de las balas. La familia es considerada como una extensión de la persona. A la vez, matar a un pariente de aquel a quien se busca tiene una fuerte carga moral, ya que, aparte de causarle dolor, lo hace cargar con la cruz de ser responsable para toda la vida. Esa culpa, lejos de recaer en la conciencia individual del destinatario de la vendetta, toma envergadura en una potente voz barrial. Hay quienes quedan señalados para siempre por la condición inmoral y aberrante de haber hecho matar a su madre o a su hermana por la cobardía de escapar de la bala que llevaba su nombre.

Lo novedoso del caso de la vendetta por Fiorella fue que el Cuerpo de Policía Barrial, esa nueva presencia, cercó la casa de la familia del asesino, impidiendo que el grupo de Edmundo concretara su cometido. Esto suscitó gran indignación, ya que se estaba permitiendo la huida e impidiendo “hacer lo que había que hacer”.

La muerte de Fiorella por temas de amor y a plena luz del día era una mala muerte, la ruptura de un código. Al revés de lo que pasa con otros casos que describí anteriormente, lo de Fiorella era unánimemente condenable según sentidos de justicia local. El grupo de Edmundo traducía ese sentir colectivo a una respuesta directa, activa y enfática.

Al otro día del hecho, el barrio marchó exigiendo justicia. Cientos de mujeres y hombres se movilizaron a la comisaría para que se diera con el asesino. Lo interesante es que estas dos modalidades, aparentemente fundadas en lógicas opuestas, si se las piensa –por ejemplo– desde la filosofía política clásica, convivieron bastante armoniosamente en el discurso local de muchos de los que se sintieron afectados por la muerte. Vecinos y vecinas adultas no solo no condenaron, sino que justificaron el intento de acción directa del grupo de jóvenes. A su vez, Edmundo y los suyos participaron de la marcha a la comisaría, portando carteles artesanales con la foto de Fiorella. Los llevaban en las mismas manos con que, horas antes, empuñaron sus armas y fabricaron bombas incendiarias para arrojar a la casa del asesino.

Tal como Zaluar (1994) muestra para el caso de las favelas brasileras, el hecho de matar no es juzgado a priori según una concepción universal de justicia. El aval moral de ese acto depende de quién es el muerto y las circunstancias en que la muerte ocurrió.

Un bandido que mata a un trabajador o a alguien que no esté envuelto en la “vida de ellos” es considerado sanguinario o un perverso. Un bandido que responde al desafío de otro bandido, sobre todo si pertenece a otra área, puede ser elogiado por su valentía (Zaluar, 1994: 142-143).

Vengar a los muertos

En la villa hay dos grupos que Mario (18) denomina “grandes”: los de Güemes (al que pertenecen él y su hermano mayor de 21 años) y los del fondo o del Correo. Cada grupo se vincula a uno de los barrios o sectores al interior de la villa. El último gran enfrentamiento que Mario recuerda entre estos dos grupos ocurrió en la canchita de Güemes, un espacio público histórico del barrio. Al subir la tensión durante un partido de fútbol, la cosa terminó a los tiros. Al hermano de Mario le dieron dos balazos en el pecho. Como no le afectaron ningún órgano vital, zafó de morir. La revancha fue sin fútbol: el grupo de Mario mató de trece tiros a un integrante del Correo.

Los enfrentamientos entre grupos de pibes pueden terminar en muerte. Los pibes muertos en esas circunstancias funcionan como datos en un esquema de memoria colectiva del tipo debe y haber. Muchos se saben de memoria ese balance de muertos y heridos de cada lado, así como la cuantía de los balazos en los cuerpos. Esa contabilidad estructura parte de la lógica de relación entre los distintos grupos.

Para que un conflicto tenga sentido, es decir, sea reconocido como válido y legítimo, debe enfrentar a grupos relativamente parejos. Los grandes se enfrentan con los grandes, como es el caso de Güemes contra El Correo. Un grupo se hace grande si puede:

  1. movilizar una cantidad de integrantes considerable, lo que requiere de redes parentales y de amigos prestos a ello, y
  2. disponer de una logística basada en dos elementos principales con los que tomamos contacto en el caso de Ramiro: las motos y las armas.

Una muerte ocurrida dentro de las reglas locales dignificará al muerto. Su figura se pintará en murales, su nombre o apodo será grafiti en los paredones. Quizás alguno hasta tenga su propio altar. Esos muertos, incorporados a una memoria de conteo y materialización simbólica, refuerzan identidades grupales referenciadas en un territorio o barrio específico, cuyas fronteras pueden ser invisibles para un extraño, pero son perfectamente identificables para el local.

Algunas muertes son, entonces, producto de enfrentamientos entre grupos. Mario cree que estos sucesos no cesan porque “hay quienes quieren mandar en toda la villa y eso no se puede, es imposible”. ¿Qué es mandar? En principio, no permitir que los pibes de otro barrio pasen por el propio. Y si pasan, no deben salir ilesos. Mandar es un tema de soberanía. Las fronteras territoriales a las que me refería antes son vitales porque tienen que ver con este asunto de la soberanía local y del trazado de las cartografías subjetivas. Mandar y “hacerse respetar” exigen hacer huir al otro, herirlo o incluso matarlo. Esa forma de matar (o de morir) es una de las opciones más radicales de la violencia expresiva.

A pesar de que su hermano había zafado de la muerte, quise preguntarle a Mario sobre otros jóvenes de su grupo que no hubiesen tenido la misma suerte. Para ello utilicé un eufemismo: “¿En tu grupo hay muchos pibes que ya no están?”. Obtuve una respuesta llamativa, pues Mario ubicó en esa categoría (los que ya no están) tanto a los muertos, como a los presos y a los que se rescataron. Rescatarse, valga la aclaración, es dejar la vida de la esquina y la mala junta para dedicarse al trabajo, la familia o el estudio. En sintonía con los hallazgos de Mancini (2000), encuentro que, para pibes como Mario, la muerte parece formar parte de un continuum de formas de no estar más. Ciertas muertes no son vividas con extrañamiento, sino como una especie de subclase de una categoría mayor: la ausencia.

Conclusiones

Ver a los muertos como las personas que alguna vez fueron

tiende a oscurecer su naturaleza.

Intentemos considerar a los vivos como podríamos

asumir que lo hacen los muertos: colectivamente.

John Berger, 12 tesis sobre la economía de los muertos

No se puede decir livianamente que la muerte está naturalizada para los jóvenes de la Villa 31 y 31 Bis. Sobre lo naturalizado no se reflexiona ni se habla con énfasis o motivación, cosa que los y las jóvenes sí hacen sobre la muerte o, para ser más precisos, sobre sus muertos. En cada conversación surge un inventario de muertos, cada uno con sus distintas circunstancias y, sobre todo, con sus sentidos locales. Sobre todos ellos, sobre todas ellas, hay explicaciones, versiones, sentimientos y preguntas.

En el prólogo del libro de Pilar Riaño Jóvenes, memoria y violencia en Medellín (2006), Martín Barbero resalta que la autora logra unir dos palabras que parecen lejanas: “jóvenes” y “memoria”. En tal sentido, en las narrativas que componen este trabajo circulan constantes referencias al pasado. Se trata de recuerdos y palabras sobre los muertos que configuran sentidos del presente y se proyectan –del modo que sea posible– hacia el futuro.

En los casos aquí presentados, se destaca ese nexo entre jóvenes y memoria, donde la muerte siempre tiene sentido (o mejor, sentidos) en el marco de configuraciones morales y tramas sociales locales.

Una mirada externa supondría que las muertes entre jóvenes son un fenómeno más bien homogéneo. Seguramente se las ligaría a los ajustes de cuentas y crímenes narcos, abundantemente tratados por los medios de prensa hegemónicos. Sin embargo, el trabajo etnográfico da cuenta de una pluralidad de experiencias que abre camino a la comprensión de la heterogeneidad del fenómeno.

Las narrativas sobre muertos y muertes encarnan una memoria que, al principio, parece bastante imprecisa. Sin embargo, al escuchar con (otra) atención, hallamos que se trata de una memoria productiva que extrae, selecciona y –de algún modo– fabrica lo fundamental para actualizar reglas y universos morales.

En esa dinámica de memorias y narrativas, se trazan complejas cartografías subjetivas que son, a la vez, individuales y colectivas, útiles y necesarias para vivir en territorios sociales signados por múltiples violencias.

Un muerto y las circunstancias de su muerte son, entonces, signos interpretar y, también, una arcilla sobre la cual trabajar. Por eso, Juan y Paulo saben que tienen que correrse de la calle o irse del barrio ante la muerte de Ramiro y los tiros en su funeral. Así, Ariana batalla entre llantos para que la imagen de Roco no quede, en la memoria local, pegada a la de un pibe chorro.

No me apuraría a adjetivar las muertes jóvenes como muertes tempranas. Los muertos se colocan siempre en una historia local, en trayectorias donde los tiempos forman parte de un sentido de las cosas y los hechos. Algunas muertes llegan en el momento en que tenían que llegar, otras se insertan en esquemas y lógicas de violencia sumamente organizadas. Para el primer caso, podemos citar a Damián, que buscó su muerte robando en territorio de los narcos. Para el segundo, recordemos al joven muerto por el grupo de Mario, en el marco de un ciclo de vendettas. Por último, hay muertes que son irrupciones inexplicables que generan bronca, tristeza y reacciones colectivas que articulan de formas sumamente complejas a distintos actores de la villa, como el caso de Fiorella.

Conocimos algunas muertes jóvenes, todas atravesadas por la violencia. Sostengo que hay racionalidades en esa(s) violencia(s) y que la muerte constituye uno de sus elementos constitutivos.

Las vidas perdidas no se pierden, porque las vidas perdidas no se olvidan. Esas vidas perdidas, esas muertes, se cargan de significados en narrativas dichas por los vivos, por los pares, por otros pibes y pibas. Y esos sentidos plurales y heterogéneos son la forma extrema, frontal e indiscutible –pues así es la muerte– de producir y reproducir modos de sociabilidad que, aunque cargados de violencia, no están únicamente hechos de violencia.

Hay que correrse de que todo es violencia. Aunque suenen muchos tiros y los enfrentamientos armados sean moneda corriente, aunque la tasa de homicidios en la villa sea –o haya sido al momento de mi trabajo de campo– diez veces mayor que en otros barrios de la ciudad, tendría cuidado con el encandilamiento que pueden producir las luces de la violencia letal.

Asimismo, deseo plantear una posición frente al riesgo del relativismo absoluto: encontrar una racionalidad y una lógica imperante en las muertes no es desentenderse del dolor o la injusticia, ni abandonar una posición ética en pos del derecho humano a la vida. Más bien todo lo contrario. Considero que, a lo largo de este trabajo, el tratamiento etnográfico de los testimonios de los y las jóvenes habla por sí mismo de esa búsqueda.

Finalmente, considero importante resaltar que, como muestran los casos trabajados, el reclamo de justicia hacia el Estado, la politización pública de una muerte y la producción social de víctimas legítimas no son las únicas maneras de construir sentidos y tender puentes entre los muertos y los vivos. Más bien se trata solo de uno de los trayectos posibles, de hecho el que menos ocurre en la geografía villera. Hay otras formas, tal vez más difusas y complicadas de rastrear. A ellas intenté dedicarme en este trabajo, afrontando los obstáculos propios de intentar captar unas maneras de elaborar la relación entre vivos y muertos que se encuentran en niveles de nula o baja institucionalidad, en la palabra que se dice para uno o dos, en narrativas que circulan por zonas e hilos de una redes alejados de los nodos a los que estamos quizás más habituados en estudios sobre estos temas. Se trata de modos microfísicos, aunque no por ello menos existentes o eficaces socialmente. Hay sentidos observables, si se los busca. Estas prácticas, tan sociales como cualquier otra, constituyen formas de vivir el presente y hablar del pasado, allí en el nudo mismo entre la vida y la muerte. He buscado (parte de) su inteligibilidad. Hallé, en las voces de las y los jóvenes de la villa, en sus narrativas mayormente fugaces, fragmentarias e inquietantemente poéticas, lógicas y valores sociales, subjetivos. Di con experiencias, sentidos e interpretaciones complejas y heterogéneas, inscriptas en territorios morales y sociales donde la memoria sobre los muertos y sus formas de morir se presentan como elementos de profunda y cautivante significación.

Referencias bibliográficas

Berger, John (2007). “Doce tesis sobre la economía de los muertos”. En Iona Heath. Ayudar a morir. Buenos Aires: Katz Editores.

Eilbaum, Lucía (2010). “O bairro fala: conflitos, moralidades no conurbano bonaerense”. Tesis de doctorado Programa de Posgrado en Antropología de la Universidad Federal Fluminense.

Mancini, Inés (2000). “Análisis de las representaciones de la muerte entre un grupo de jóvenes de una villa de emergencia”. Mimeo.

Pita, María (2016). “Pensar la violencia institucional: vox populi y categoría política local”. Espacios de Crítica y Producción, n.º 53. Buenos Aires, Secretaría de Extensión y Bienestar Estudiantil, Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (en prensa).

Pita, María (2016a). “Violencia institucional y activismos locales: traducciones de una categoría política o la historia de un mural”. Ponencia presentada en las VIII Jornadas de Investigación en Antropología Social “Santiago Wallace”, Grupo de Trabajo 23, “Violencia estatal y procesos de demanda de derechos: políticas, burocracias y activismo”. Buenos Aires, 27 al 29 de julio de 2016, Buenos Aires.

Riaño, Pilar (2006). Jóvenes, memoria y violencia en Medellín. Una antropología del recuerdo. Medellín: Universidad de Antioquia, Instituto Colombiano de Antropología e Historia.

Skliar, Mariano (2015). “Violencia estatal de las fuerzas de seguridad y resistencia desde un movimiento social: conflictos en territorio”. Ponencia presentada en el VIII Seminario Internacional de Políticas, 24 al 26 de septiembre, Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, Buenos Aires.

Zaluar, Alba (1994). A máquina e a revolta. As organizações populares e o significado da pobreza. Río de Janeiro: Brasiliense.


  1. Todos los nombres han sido modificados para preservar a las personas entrevistadas y que formaron parte del trabajo de campo. Asimismo, algunas circunstancias, tiempos y espacios han sufrido cambios a fin de preservar a los protagonistas.
  2. Si bien considero que la categoría narco debe ser problematizada y puesta en contexto, la utilizo aquí porque es la que enuncian los actores.
  3. Se trata de un grupo perteneciente a la Policía Federal, dedicado especialmente a villas y asentamientos.


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