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11 El mural de Exequiel

Una mirada etnográfica sobre la trayectoria de los familiares en la (re)construcción de sentidos de una muerte violenta
en Villa Boedo (Córdoba, Argentina)

Cecilia García Sotomayor

Presentación

La muerte violenta de jóvenes varones de sectores populares en distintos centros urbanos de Argentina ha sido abordada desde distintas perspectivas académicas. Numerosos estudios en ciencias sociales (Pita, 2004, 2010; Bermúdez, 2010, 2014, 2016; García Sotomayor y Muñoz, 2017) dan cuenta de que, ocurrida una muerte, los familiares se ven implicados en un recorrido judicial desde donde expresan reclamos de justicia, de reparación de la reputación puesta en juego –del fallecido, de sus familiares, del grupo social de pertenencia, del grupo de amigos, del barrio, del sector de la ciudad, de la clase social–. Se han mostrado también una diversidad de obligaciones morales ligadas a relaciones de parentesco o de pertenencia de clase en el entramado de relaciones sociales más amplias. Claro que la muerte adquiere distintos significados, no solo según las culturas, sino también al interior de una misma sociedad, entre clases sociales y también al interior de una misma clase, incluso en una misma comunidad local (García Sotomayor, 2014).

En este artículo propongo explorar lo sucedido a partir de la muerte violenta de Exequiel, un joven de 20 años de edad, en lo vinculado al proceso de formulación de denuncias, la cruel experiencia de sus familiares con su maltratado cuerpo y su derrotero en oficinas públicas en la infructuosa búsqueda de justicia y en particular el proceso de resignificación tanto de su muerte como del lugar asignado a su cuerpo, entre sus familiares, amigos y vecinos. Me interesa analizar el entramado de relaciones entre diversas formas de violencia institucional, la muerte y la generación de una particular institucionalidad local vinculada a la gestión y construcción de recursos relacionados con demandas locales, en sus espacios cotidianos.

En este entramado, propongo analizar los mecanismos por los cuales construyeron nuevos escenarios, personales y vecinales, y un significativo mural, en lo que entiendo es una forma de resistencia frente a la demoledora experiencia de búsqueda de justicia y ante lo que en distintos contextos se ha explicado como “la criminalización de la pobreza” (Wacquant, 2007).

Para ello compartiré parte del trabajo de campo etnográfico que desarrollamos, como parte de una investigación más amplia, con el equipo de investigadores del Núcleo de Antropología de la Muerte, Política y Violencia, radicado en el Instituto de Antropología de Córdoba de la Universidad Nacional de Córdoba, del que soy parte. En este marco he mantenido mi vinculación con familiares y amigos de Exequiel desde el año 2014 hasta la fecha, de allí que todas las expresiones de los familiares, entrecomilladas, derivan de mis registros de campo.

El mural

MURAL

Foto de Cecilia García Sotomayor.

La mitad derecha del mural, construida en julio de 2016, muestra momentos en los cuales la expectativa acerca de lo sucedido estaba puesta en el proceso judicial, en la búsqueda de justicia en estrictos términos formales, en la aspiración de que esa justicia reparara el nombre y el prestigio tanto de él, como de su familia, sus amigos y de alguna manera de Villa Boedo. La mitad izquierda, en julio de 2017, muestra algo así como el corolario de un proceso particular donde fueron resignificadas las representaciones acerca de la muerte de Exequiel y de su cuerpo muerto, construyendo en el escenario vecinal espacios sociales alternativos, pero no solo eso, también un proceso de construcción política y posicionamiento ante el Estado y ante situaciones de violencia institucional como forma de resistencia y preservación.

La muerte

El 24 de marzo de 2014, Exequiel fue brutalmente golpeado y baleado por un policía vestido de civil que, según sus familiares, estaba armado y fuera de su horario de trabajo.

Exequiel vivía en Villa Boedo, un popular barrio en la zona sur de la ciudad de Córdoba, con su madre Silvia, su padre, Beto y dos de sus cinco hermanos, Pitu y Ñoño.

Sus hermanas Lorena y Paola, presentes en cada reclamo que la familia ha realizado, han tenido mayor presencia ante abogados y medios de comunicación. Lorena es la primera en lucir su remera blanca con la foto de su hermano en el pecho y la leyenda “Justicia por Exequiel Barraza”; también se ha encargado de frecuentar tribunales y de contactarse con otros familiares de víctimas de gatillo fácil en Córdoba, encabezando múltiples movilizaciones en el centro de la ciudad.

Silvia generalmente está en casa, sus intentos de hablar sobre lo sucedido con su hijo derivaban inicialmente en llanto, por lo cual le resultaba muy difícil expresar con palabras su intenso dolor; en nuestros primeros encuentros, cebaba mate en silencio y fumaba. Beto no participa de nuestras reuniones, aunque está siempre rondando por si se requiere alguna diligencia. Pitu es uno de los hermanos más cercanos a Exequiel, en cuanto compartían amistades y salidas con los chicos del barrio.

Lorena y Paola cuentan que la noche del 24 de marzo del 2014 vieron salir a Exequiel de su casa “con cara de perdido”. Todos en la familia sabían que fumaba marihuana, de ahí que ambas dicen haber tenido un “un mal presentimiento” cuando no regresó junto al amigo con quien había salido. Cuando eran aproximadamente las 3 de la mañana, una vecina se acercó para avisarles que, a pocas cuadras, habían baleado a Exequiel. Sin más datos, salieron corriendo a buscar el lugar, sin encontrarlo. Buscaron en hospitales públicos hasta saber que en el Hospital de Urgencias había ingresado un chico baleado registrado como NN, que se encontraba en la sala de shock. Se trataba de su hermano. Les informaron que tenía dos balazos, uno en la pierna y otro en la ingle, pero no les fue permitido verlo. A pesar de que a Lorena, por ser enfermera, le sonaba extraño que con ese diagnóstico estuviera en la sala de shock, llamó a su madre y le dijo que se quedara tranquila, comentándole lo que les habían informado. Las horas que siguieron fueron interminables, con insistencia preguntaban a cada médico y enfermera sobre su hermano, sin respuesta.

Cerca de las seis de la mañana, escucharon por altavoces del hospital “¡…con urgencia unidades de sangre a quirófano!”, lo cual motivó nuevas consultas ante la alerta. Sobre la madrugada, una médica les informó que una de las balas había atravesado los intestinos y la espalda, que había tocado una arteria y que la vida de Exequiel estaba en riesgo, por lo que le habían suministrado seis unidades de sangre por la hemorragia, y expresaron “No sabemos si su corazón va a resistir”. Frente a esta situación, exigieron ver a su hermano y se lo permitieron… Se encontraron con su rostro desfigurado a golpes, las hermanas se contenían entre ellas. Pudieron quedarse solo unos minutos; Lorena, que asegura que la audición no se pierde en estado de coma, le hablaba pidiéndole que resistiera, que no los dejara; Exequiel, en coma, permanecía esposado y con un policía de custodio. A los minutos las hicieron salir y continuaron la agónica espera. Cerca de las 7 h, acudieron sus otros hermanos y algunos sobrinos.

Por la mañana, y acorde al horario de visita, llegó Silvia, también a esperar. Eran las 8.30 cuando le pidieron que pasara. Presurosa, acudió al creer que vería a su hijo. Al ingresar le informaron que había muerto… Indignada, preguntó por qué no la dejaron entrar para verlo cuando estaba vivo.

Mientras, en la sala de espera, al ver pasar a un médico Pitu le preguntó por su hermano, y él le respondió: “¿Qué apellido sos vos?”. “Barraza”, contestó Pitu, tras lo cual el médico dijo: “Ah, pero si tu hermano ya murió…”.

Una y otra vez cuenta lo tremendo que fue recibir esa noticia y el dolor e indignación que le produce recordar el mal trato médico, la falta de respeto y de humanidad hacia todos ellos.

Abrazados los hermanos con Silvia y Beto, juntos en la sala de espera del hospital. Tanto Silvia como los hermanos recuerdan y se preguntan, con la voz quebrada por el llanto, ¿por qué Silvia, siendo su madre, no pudo ver con vida a su hijo?, ¿por qué no tuvieron la información precisa?, ¿por qué no supieron de la gravedad de la situación?

Asegura Pitu con gran dolor: “Si sos de la villa, seguro tenés más posibilidades de salir muerto del De Urgencias, porque no sos nada”.

Fueron policías quienes en el hospital les informaron que la ropa de Exequiel estaba guardada y que fueran a retirarla, pero al consultar nadie sabía dónde estaba ni tenían registro de lo sucedido con sus cosas.

Recibido el parte médico que confirmaba la muerte de Exequiel, y de unas cuantas idas y vueltas en el hospital, Lorena comenzó los trámites en Tribunales I, los que continuó Paola en la morgue. Nuevamente, la información fue recortada e imprecisa, y, al cabo de algunas horas de exigir que les entregaran el cuerpo de su hermano, les hicieron firmar un acta que indicaba que la autopsia estaba realizada. El informe consignaba solo un impacto de bala en el abdomen.

Fue un empleado de la morgue quien les recomendó que sacaran fotos del cuerpo para tener alguna prueba del maltrato y las condiciones en las que fue muerto.

El velorio

El velorio se realizó en el comedor de su casa, donde tienen lugar nuestros encuentros. Cuenta Silvia que fue muy convocante y numeroso, que había muchos amigos, vecinos y, por supuesto, todos sus familiares. Hasta la directora del colegio al que iba Exequiel se acercó a saludarlos y ofrecer su apoyo, expresando su aprecio por él. También un comisario de la zona que había conocido a Exequiel de cuando trabajaba en la gomería había querido acercarse, aunque este encuentro no se dio por su temor de que la presencia de un policía generara tensión y disturbios en la cuadra.

Ya entrada la noche, Paola, Lorena y su hijo mayor pidieron a los presentes que se retiraran del comedor, descubrieron el cuerpo de Exequiel y Lorena lo fotografió.

Lorena: “Cuando vi el cuerpo de mi hermano, cómo lo habían dejado, ahí me di cuenta de cómo lo habían matado. No pueden haber hecho eso así… [emoción de Lorena]… con mi hermano”. Le cuesta hablar, secándose las lágrimas sigue: “…me da una impotencia…”.

Esa misma noche, entre familiares y amigos reunieron 3 000 pesos, que le entregaron a la madre recomendándole que lo guardara para “lo que se venía con abogados”. También un grupo de familiares y amigos, encabezados por Pitu, levantaron una gruta –un pequeño monumento con la forma de una casa, con su techo a dos aguas y una gran apertura en la cara frontal, en su interior distintos objetos significativos para ellos y para Exequiel– en una esquina, a una cuadra de su casa, en la vereda del domicilio de uno de los amigos, donde suelen reunirse a tomar algo antes de ir al baile y al que hasta ese momento asistía también Exequiel.

Su cuerpo fue enterrado en el Cementerio San Vicente, a unas 20 cuadras de su casa.

La misma tarde del entierro, hicieron un corte de ruta, dando aviso a los medios de comunicación locales; solo se presentaron cronistas de un medio local.

Tanto Silvia como Lorena afirman que no van a parar hasta lograr que se haga justicia.

Le cuesta mucho a Silvia hablar, ya que de inmediato la invade el llanto; aun así, entre sollozos dice: “Me lo mataron como a un perro… ¿Qué voy a esperar, que me maten otro chico más?… Yo no sé qué piensa esta gente, por qué hicieron eso así, de esa forma”.

Asegura Lorena que las fotos que obtuvieron durante el velorio muestran que fue arrastrado, con la cabeza boca abajo. Sus manos raspadas y sus uñas levantadas muestran que había querido defenderse mientras lo arrastraban.

Dice Lorena saber por una testigo que, en el momento de la golpiza, pedía agua y a cambio recibió patadas en la boca. También que distintas personas intentaron ayudarlo pero les fue impedido por el mismo policía que los amenazaba con su arma reglamentaria.

La causa judicial

Con estas pruebas, las fotos y numerosos testigos, presentaron la denuncia, tras lo cual se inició una causa judicial que generaba gran expectativa entre los familiares, de que la resolución judicial de lo sucedido iba a traer calma y cierto alivio a tanto sufrimiento.

La denuncia le correspondió a una fiscalía de la ciudad de Córdoba. En esa instancia, quedó imputado el policía, aunque siempre en libertad, bajo la figura de “homicidio agravado en legítima defensa”. El mismo fiscal decidió apartar la sección Homicidios de la Policía provincial de la investigación porque el imputado pertenecía a ella, y, frente a la acusación de los familiares de ser un caso de “gatillo fácil”, por eso le parecía la mejor forma de “garantizar objetividad”, según declaraba en un diario local[1].

La versión oficial y difundida en los medios locales afirmaba que el policía estaba con su novia en el auto cuando vivieron un intento de robo por parte de dos jóvenes en motocicleta; esto derivó en un tiroteo en el que Exequiel fue herido, tras lo cual fue llevado al Hospital de Urgencias, donde murió. La misma versión sostenía que Exequiel estaba armado. Estos dichos provocaban más aún el enojo de los familiares, quienes por su parte reclamaban una nueva autopsia, argumentando que a Exequiel “lo mataron a quemarropa”, y que en el cuerpo había señales de balazos en los glúteos, en la espalda, en la ingle y en el abdomen, golpes en la cara y en los testículos, y tenía las uñas arrancadas.

Su abogado les informaba que iban apartándose los testigos, ya que eran amenazados e instigados a no atestiguar. Tampoco fueron tenidas en cuenta las fotografías por considerarlas poco claras, lo que derivó en una negativa al pedido de una nueva autopsia. En esta disputa de discursos, fueron pasando los meses, sin avances en el esclarecimiento de lo sucedido.

El 13 de agosto de 2015, el fiscal sobreseyó al policía imputado, por entender que había actuado en legítima defensa, y quedó a punto de ser desprocesado por el Tribunal de Conducta, lo que llevaría al cierre de la causa.

Los familiares, muy afectados con la noticia, seguían sosteniendo y exigiendo que una nueva autopsia demostraría que tenía al menos cuatro impactos de bala y daría mayores precisiones del estado en que llegó Exequiel al Hospital de Urgencias. Para ese entonces, Lorena formaba parte de la Coordinadora de Madres y Familiares de Víctimas de Gatillo Fácil en Córdoba[2] y sostenía: “El fiscal dice que faltan pruebas, pero hay suficientes. Hay cinco o seis disparos en dirección de arriba para abajo, hay fotos de cómo mi hermano fue golpeado… Tenemos testigos”. Junto a la Coordinadora organizaron una protesta en las escalinatas del edificio de Tribunales II, donde se congregaron familiares y amigos, pidiendo que no se cerrara la causa. “No tengo fuerzas para rendirme, no tengo fuerzas para dejar de pelear. Si ellos no tienen conciencia, yo voy a ser su conciencia y se lo voy a recordar toda la vida”, sostenía Lorena, y agregaba que no puede olvidar que con todo su dolor tuvieron que fotografiar a Exequiel dentro del ataúd. Y Silvia expresaba:

Y voy a seguir con la justicia, pidiendo justicia por mi hijo, porque es la única forma que tengo yo de luchar. […] Esa es una forma que yo tengo de sacarme un poco mi dolor de encima y sé que nunca más lo voy a tener a mi hijo conmigo.

En julio de 2016, y bajo la consigna “Justicia por Exequiel!”, realizaron un festival en la cuadra de su casa, donde se pintó, con participación de estudiantes de Bellas Artes, la primera parte del mural, en una pared previamente blanqueada. La imagen muestra a Exequiel, su cara y el pecho, sonriente y con su cadenita de Belgrano[3] junto a la leyenda:

JUSTICIA POR EXEQUIEL.

Cómo olvidarme de aquel día, quedaste sin vida.

Un beso te di, no sé si lo sentiste.

Una lágrima mía quedó en tu mejilla.

Duele en el alma pronunciar tu nombre y que no

estés. En nuestros corazones nadie te matará.

No se trataba de volver a verte, sino de verte volver.

Nadie es capaz, no pueden borrar tu recuerdo.

Nadie es capaz de matarte en mi alma.

Ya para fines de 2016, los familiares estaban muy desmoralizados, la causa no mostraba avances y esa situación resultaba cada vez más insostenible, tanto en cuanto a lo que les implicaba burocráticamente la tarea de llevar adelante un litigio en el ámbito penal, como la impotencia de que el responsable de semejante violencia, ya sobreseído, continuaba incluso su desempeño laboral en el mismo lugar. Era también desesperanzadora la sensación de que la muerte de Exequiel estaba cada vez más distante y olvidada.

Silvia, que asistía hacía años a la iglesia cristiana del barrio, había dejado de ir. El desánimo los invadía tanto a ella como a sus hijos.

Yo me levanto a la mañana y no está conmigo para tomar mate y hasta la noche que yo me voy a acostar. Esta no es vida la que yo llevo. No es vida. Él se llevó mi corazón con él, mis ganas de vivir, mi felicidad, mi alegría, todo se llevó él.

Este estado de amargura duró varios meses; Silvia no dejaba de llorar (ni de fumar), su dolor y desesperanza no tenía fin. En cada uno de nuestros encuentros, expresaba estas emociones y el tener muchas preguntas sin respuestas: ¿por qué había sucedido esto con su hijo?, ¿por qué no podía volver a verlo?, ¿por qué ya no podía sentirlo llegar a casa como siempre?

El sueño, el mensaje y la construcción de nuevos espacios

En ese estado de dolor y desesperanza, una noche Silvia tuvo un revelador sueño: estando ella en el comedor de su casa, se abría la puerta principal, ingresaba un gran halo de luz del sol de afuera y entraba Exequiel, contento e iluminado, quien le hablaba y le decía:

“Hola, mamá… Ya no estés mal, mamá, mirame… Me ves que estoy bien, mírame, mamá, yo estoy bien”.

A la vez que decía esto, señalaba con sus manos su propio cuerpo, mostrándole a ella que estaba bien, no había golpes ni maltrato, estaba entero, como siempre.

Cuando despertó al otro día y se dio cuenta de que había sido un sueño, lloró. Dice que lloró todo el día, lloró como nunca había llorado. Pero fue la última vez que lo hizo de esa forma. Al contármelo también lloraba, pero este llanto, a diferencia del de los últimos cuatro años, no era de desesperanza, sino de emoción.

Después de contar su sueño, nos invitó a visitar a Exequiel al cementerio, al que fuimos un mes después. Acompañados por su hija Paola, una nieta y su bebé, llegamos hasta la tumba y, tranquila, Silvia dijo: “Yo sé que voy a volver a encontrarme con Exequiel, tarde o temprano vamos a encontrarnos”. También bromeó acerca del robo de objetos en el cementerio. Había empezado otra etapa de su vida personal, familiar y vecinal.

A comienzos de 2017, comenzaron a frecuentar la casa de Silvia y ese sector del barrio un grupo de jóvenes estudiantes, que los vecinos apodaron “los hippies” y que se encontraban buscando un lugar donde desarrollar actividades sociales y comunitarias. Así, fueron recibidos en Villa Boedo y comenzaron a armar proyectos junto a los familiares de Exequiel y en particular con Silvia, quien entendía que estos jóvenes habían llegado coincidentemente con el mensaje de su hijo, entendiendo y transmitiendo al resto que había empezado otra etapa donde tenían que hacer cosas por el vecindario y sobre todo forjando espacios donde niños y jóvenes tuvieran contención y cuidado, frente al riesgo de que les sucediera lo mismo que a su hijo. Así nacieron: una huerta en un espacio libre a 50 metros de la casa de Exequiel donde prepararon y cercaron con palos un sector; un ropero comunitario, con donaciones de ropa y calzado que se acondicionan y reutilizan; y un comedor, que tiene lugar en el comedor de Silvia, donde preparan alimentos para la merienda y la cena para los vecinos. Armados los proyectos, los hippies, con la participación de Silvia y otros vecinos, hicieron la gestión política y administrativa para ingresar en el programa estatal de Salario Social Complementario[4] a quienes trabajaban en estos espacios. Tanto familiares como vecinos de Exequiel encontraban un nuevo entusiasmo y contención en estas actividades, se sentían motivados con los resultados obtenidos con la prestación de servicios que consideraban faltantes y necesarios para ellos y lograban mayor unión y la gestación de nuevos espacios compartidos.

También Lorena comenzó a ser convocada en actividades de difusión fuera del barrio, sobre las situaciones de violencia policial hacia los jóvenes. Así, en marzo de 2017 y ante una nueva muerte por “gatillo fácil”, fue entrevistada en La Izquierda Diario[5], donde declaró: “Yo quiero decirles a los familiares que yo soy Lorena Barraza, una de las primeras que salió a gritar en el 2014: ‘¡Basta de gatillo fácil! ¡Ni un pibe menos en nuestras calles!’”. A la vez, los alentó diciendo: “¡Hay que convertir cada lágrima en lucha!. En abril del mismo año, fue invitada a una escuela de Carlos Paz, a una charla debate entre alumnos y organizaciones sociales sobre la represión policial y cómo combatirla. De esta forma, fueron multiplicándose los espacios donde difundir su mensaje en contra de las situaciones de violencia hacia los jóvenes.

En julio de 2017, con los proyectos en marcha, organizaron un nuevo festival en la cuadra, con diversas actividades: preparación de alimentos, muestra del ropero comunitario, conjuntos musicales y una nueva muraleada, de continuidad a la iniciada un año atrás.

En esta habían decidido referirse a estos emprendimientos en marcha y otros proyectos aún en gestación. En el mural muestran la incipiente huerta, una ronda de jóvenes, un centro cultural, un centro de salud, una plaza, una cancha y más jóvenes de pie, mirando para adelante, algunos mirando hacia los propios proyectos.

La imagen de Exequiel se halla en el centro, su cuerpo íntegro, sin golpes, sonriente, como en el sueño de Silvia, como un puente entre un reclamo de justicia y los nuevos espacios sociales construidos.

Violencia, muerte y Estado. Proceso de construcción política y resignificación de la muerte

En la muerte de Exequiel, como en la mayoría de las muertes violentas, no es la muerte en sí sino el modo de morir el principal interés de sus familiares, como lo plantea Robben (2004) en su estudio sobre muertes violentas y duelos no convencionales. Así, los familiares de Exequiel se vieron implicados inicialmente en develar y divulgar las condiciones en las que fue muerto. Quiero destacar que al decir “familiares” hago referencia, tal como lo hace Pita (2010), a aquellas personas que, ligadas por lazos de parentesco con las víctimas, a través de la denuncia y la protesta se han convertido en un tipo de activista político, agregando por mi parte que dichos lazos de parentesco no se circunscriben solo a relaciones de consanguinidad, sino también a otras formas de relación que generan parentesco por las cuales las personas se consideran familiares a partir de la consustancialidad (Holy, 1996). De esta manera, vecinos y amigos de Exequiel, en cuanto víctima de violencia, también denuncian, asumen una posición política de reclamo y adhieren a un pensamiento que se construye colectivamente en su espacio local y en los espacios de confrontación.

La violencia que dio muerte a Exequiel derivó, entre otras cosas, en la particularidad de su velorio. Sus familiares, con la recomendación recibida, fotografiaron su cuerpo para dar cuenta del estado en el que fue muerto, para la producción de pruebas que serían ofrecidas en una futura causa penal.

Esto merece un párrafo aparte, si consideramos que estas vivencias ocurrieron con inmediatez al fallecimiento. La muerte, como hecho social, despierta tanto en la conciencia individual como en la grupal conjuntos de representaciones, como también comportamientos relativamente codificados según los casos, lugares y momentos (Thomas, 1975). Estas representaciones estaban vinculadas a lo injusto, al maltrato, a lo deshumanizado. Manipular y fotografiar el cuerpo de su querido hermano, tieso y maltratado, les generó una experiencia aberrante de dolor, en la circunstancia del desarrollo del velorio, cuya función social está principalmente vinculada a un espacio íntimo de despedida.

El velorio, como práctica ritual interfaz (Turner, 1997), es también un espacio en que el sujeto liminal adquiere un simbolismo vinculado a lo extraño, a la descomposición y a otros procesos de matiz negativo, que suelen motivar el alejamiento o rechazo de los demás miembros del grupo. Sin embargo, aquí ese simbolismo de distancia o rechazo fue ampliamente superado por el hecho de haber tenido que manipular el cadáver, desvestirlo, fotografiarlo, quedando de esta manera registrado el estado de maltrato y crueldad en que transitó sus últimos momentos con vida.

Estas vivencias impregnaron las representaciones tanto individuales como colectivas acerca de Exequiel. La imagen del cuerpo maltratado embanderó los argumentos para dar contienda en el ámbito de la justicia penal. Representaba su principal carta; tuvieron lugar muchos de nuestros encuentros hasta que su madre y hermanas decidieron mostrarnos las imágenes, significaban para ellos su herramienta de lucha más preciada. Sin embargo, esta vivencia no tuvo el valor esperado.

Como ya vimos, tanto Exequiel como sus familiares fueron víctimas de situaciones de violencia institucional en diferentes espacios regulados estatalmente. Él mismo, quien fuera muerto a golpes y balazos por un policía del Estado provincial, con su arma reglamentaria; las situaciones de maltrato en el Hospital de Urgencias, entidad del Estado municipal, cuyo trato deshumanizado hacia él como hacia sus familiares tiñó sus últimos momentos con vida; en el velorio, donde, motivados por la necesidad de construir pruebas para ofrecer en el ámbito penal, con la desconfianza puesta en el informe de la autopsia y las contradicciones entre los recortados informes del hospital, protagonizaron la experiencia cruel de desvestir el cadáver, en ese acto íntimo y emotivo de despedida, para intentar confirmar y evidenciar sus sospechas. Tanto más representa lo vivido en el ámbito judicial, toda vez que habiendo visto y teniendo las imágenes del cuerpo muerto, que daba cuenta de la forma en la que fue asesinado, no lograron colar sus argumentos para hacer valer su versión, no consiguieron ser oídos ni respetados y, a pesar de numerosos intentos, no lograron el esclarecimiento de lo sucedido, su pretensión de justicia fue infructuosa y frustrante, tanto que, al momento de escribir este artículo, la causa se encuentra cerrada. Como vemos, la maquinaria estatal, ese orden confirmatorio de la estructura social (Geertz, 1973), se mostraba inmutable.

Este Estado como productor y administrador de violencia cobró evidencia en el poder de los funcionarios: en el hospital, las determinaciones estatales y los modos de hacer de sus agentes colocaron a los familiares en un estado de indefensión, del que no pudieron sobreponerse, y fueron víctimas –en esa instancia– de un trato deshumanizado, propio de una estructura social perversa que no pudieron doblegar.

El monopolio del uso legítimo de la fuerza de esta estructura estatal como forma de regulación y castigo compone también este Estado omnipotente del que habla Taussing (1995); entienden los familiares que las informaciones recortadas y erróneas acerca de la situación de Exequiel formaron parte de la trama de complicidades estatales que los llevaron a no poder acceder a la información precisa de lo que estaba sucediendo. De otra manera, Silvia, su madre, podría haber visto con vida a su hijo y despedirse.

En este contexto iniciaron los familiares sus reclamos, con la expectativa de que dicha justicia aliviaría en alguna medida su dolor y el estigma de no valer, de no tener derecho. Y Exequiel permanecía en ese período intermedio (Turner, 1997) y el duelo se mantenía vigente, así lo indicaban también la voz quebrada por el llanto de Silvia, de Lorena, y el desánimo y la impotencia entre los vecinos.

Sin embargo, y tal como lo plantea Pita (2010), la violencia, así como la violencia específica del Estado, son parte de la materia con la que se construyen las relaciones sociales, están engarzadas en ella y constituyen parte de la experiencia vital de las personas, lo que genera tanto sus formas de sometimiento y sujeción como las posibilidades de resistencia.

De tal manera, estos familiares como duelantes de un duelo que en términos de Pita (2010) solo terminará una vez conseguido el reconocimiento por la vía de la justicia de lo que reclaman mostraron que su duelo se extendió hasta que tuvieron lugar los mencionados cambios, el sueño de Silvia y los hechos en torno a ello. Estos cambios modificaron su propio sistema de relaciones. El mismo Geertz (1973) nos propone distinguir entre cultura y sistema social, considerando a la primera como un sistema ordenado de significaciones y símbolos, incluyendo a las creencias, los símbolos expresivos, los valores y las ideas en virtud de los cuales los individuos definen su mundo, y al sistema social como una estructura donde tiene lugar el proceso en marcha de las relaciones interactivas.

Los cambios en su sistema de significaciones, también analizados en la trama de relaciones de reciprocidad, nos muestran que, cuando la supervivencia de un grupo se encuentra en juego, la gente moviliza sus recursos sociales y los convierte en recursos económicos (Lomnitz, 1975). Estos recursos, también analizados como sistemas de prestaciones económicas de carácter voluntario, aparentemente libre y gratuito y, sin embargo, obligatorio e interesado, traen también consigo una obligación e interés económico (Mauss, 1991).

Quienes participan están también construyendo su autoprotección o de los miembros de su grupo familiar o social en estas relaciones antagónicas establecidas con las fuerzas policiales. Asistir y acompañar también implica contar con el apoyo de los demás cuando pudiera ser requerido. De esta forma, ingresan los partícipes en la construcción de relaciones de reciprocidad de manera diferida en el tiempo. Así, Silvia, al igual que sus vecinos, cuida y protege también a sus otros hijos.

Por otro lado, y tal como lo he presentado, el significado atribuido a la muerte de Exequiel fue mutando, tanto su muerte como su posición en este entramado social tuvieron un cambio significativo. Luego del sueño de Silvia, la muerte de su hijo y su mensaje fueron adquiriendo otro sentido y direccionando una configuración social diferente.

Esta nueva configuración, en la interacción con otros, los hippies, dieron surgimiento a nuevas actividades, con miras a la construcción de espacios sociales alternativos vinculados a la alimentación, la producción de alimentos, la salud, la recreación, espacios que vienen a asistir a ellos mismos, como manera de cuidado y preservación ante la violencia institucional. Ese Estado presente y hostil que terminó con la vida de Exequiel, y también ausente en la prestación de estos servicios necesarios para sus vidas y para su supervivencia, comenzó a ser gestionado de otra manera. En esta etapa establecieron nuevas vinculaciones, armaron proyectos y lograron ingresar a un programa estatal por el cual acceder a ingresos económicos para familiares y vecinos.

Al respecto, Manzano (2013) sostiene que los enfoques antropológicos desplazan la atención otorgada a acciones colectivas o al Estado como entidades separadas, para dar cuenta de tramas relacionales que forman histórica y culturalmente a esas entidades como escindidas. Recordemos que fue un empleado estatal quien recomendó a los familiares que fotografiaran el muerto para dar inicio a una causa judicial (frustrante y negativa para ellos), lo que les permitió litigar en ese ámbito. Nos propone Manzano otra mirada, observar al Estado articulando a la población con la institucionalidad gubernamental a través de políticas públicas o extendiéndose por medio de la acción colectiva, cuando los pobladores logran construir espacios y prestaciones que amplían el alcance poblacional de programas estatales. Así, destaca “el movimiento dialéctico que se expresa en construir espacios para la acción política desde y contra la intervención estatal” (Manzano, 2013: 86).

En este contexto, el sueño de Silvia, su interpretación del mensaje de Exequiel y la traducción que realizó de ello entre familiares, amigos y vecinos fueron el inicio de la reconfiguración de sus relaciones y el comienzo de una etapa de reorganización social, donde el lugar asignado a Exequiel fue reemplazado por otras creencias y representaciones individuales y colectivas que lo vinculaban ahora a la construcción de estos nuevos espacios sociales, nuevos ámbitos en su escenario cotidiano.

De esta manera, comenzaba a discutirse ese modelo de Estado que, con sus estructuras y sus agentes estatales, habían determinado la manera de suceder de esta trama de muerte. Así, los familiares hicieron uso de múltiples recursos que posibilitaron su propia construcción política: desde las vivencias vinculadas al Estado que genera muerte y que puede seguir produciendo muerte, mediado por el mensaje de Exequiel, su interpretación y el desarrollo de actividades alternativas, devenido en la construcción de nuevos espacios sociales de acción y resistencia, también con recursos estatales, en una renovada trama de relaciones.

Este posicionamiento político les permitió generar procesos protagonizados por sus decisiones y gestiones, posibilitando la gestación de una nueva etapa, donde el dolor permanece, pero está integrado en esta trama social que les da oportunidades de contención y fortaleza. En este contexto, Exequiel concretó su cambio de estado, lo vivido se tradujo en un mensaje de vida y él en su nuevo estado muerto es visitado en el cementerio.

Como podemos observar, los familiares no consiguieron poner fin a su duelo por medio de la obtención de justicia en términos penales, lo hicieron en este nuevo escenario, donde la muerte fue vinculada a una conquista y así lo refleja el mural, donde su figura fue ligada a sus proyectos y a su futuro.

Consideraciones finales

En este artículo he propuesto reflexionar sobre los procesos sociales que tuvieron lugar luego de ocurrida la muerte violenta de Exequiel, considerando su recorrido como víctima en las situaciones de violencia institucional vividas en torno a la muerte, a la particularidad de su velorio, al tratamiento de su cuerpo, a los reclamos y a la búsqueda de justicia en ámbitos judiciales, así como el entramado de relaciones familiares y vecinales.

Los familiares de Exequiel no lograron reconocimiento para sus reclamos de justicia en el ámbito judicial, pero aun así cerraron su período de duelo, cuando el sueño de Silvia, el mensaje de Exequiel y la manera en que estos fueron traducidos en sus relaciones familiares y vecinales generaron un proceso de resignificación de su muerte y de modificación de las representaciones construidas en torno a su cuerpo muerto.

En este cambio de representaciones, los familiares, producto de su posicionamiento político, sintetizaron sus vivencias en la producción de nuevos espacios sociales en su entorno cotidiano, como forma de lucha y de resistencia hacia las situaciones de violencia institucional vividas, y se generó una incipiente institucionalidad a través de políticas públicas estatales extendidas por medio de la acción colectiva.

A la muerte de Exequiel, derivada de esa misma violencia institucional que intentan resistir, le asignaron, luego de un período de duelo de dos años, un significado vinculado a estos espacios sociales de contención y cuidado destinado a niños y jóvenes de Villa Boedo, como él. Las representaciones ligadas a la muerte y al cuerpo maltratado fueron reemplazadas por la imagen de su cuerpo íntegro y relacionado a proyectos de vida y de futuro, tal como quedó plasmado en el mural en la esquina de su casa.

Referencias bibliográficas

Adler de Lomnitz, Larissa (1975). Cómo sobreviven los marginados. México: Siglo XXI Editores.

Bermúdez, Natalia (2010). Y los muertos no mueren. Una etnografía sobre las clasificaciones, los valores morales y las prácticas en torno a las muertes violentas (Ciudad de Córdoba). Berlín: Edición Académica Española.

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  1. La Voz del Interior es el diario de mayor circulación en la ciudad de Córdoba.
  2. La Coordinadora de Madres y Familiares de Víctimas de Gatillo Fácil en Córdoba es una organización que reúne a familiares de jóvenes muertos por gatillo fácil, mayoritariamente en manos de agentes de seguridad, con objeto de posicionarse ante el Estado para reclamar justicia. Al hacerse pública la muerte de Exequiel, Lorena fue contactada y apoyada por otras madres de jóvenes muertos.
  3. Club Atlético Belgrano es un club de fútbol de Córdoba al que alentaban Exequiel y sus hermanos.
  4. Se trata de un programa estatal nacional en el marco de la Ley de Emergencia Social, donde distintas agrupaciones de trabajadores de la economía informal reclaman ser considerados trabajadores y el reconocimiento de derechos sociales.
  5. La Izquierda Diario es un diario online, disponible en https://bit.ly/3amdJu1.


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