Otras publicaciones:

DT_Roudinesco_Dagfal_13x20_OK

12-4388t

Otras publicaciones:

12-4594t

estudiarpolicia

2 Panorama sobre la producción social de las víctimas contemporáneas

Diego Zenobi y Maximiliano Marentes

Todos los días encendemos nuestros televisores y nos encontramos con víctimas. Con total naturalidad nos referimos a ellas como personas que han atravesado situaciones de violencia y sufrimiento. Puede tratarse de quienes sufren acoso laboral o bullying escolar, muertos o sobrevivientes de desastres como inundaciones o terremotos, de guerras intestinas e invasiones extranjeras, personas asesinadas por la policía o fuerzas paramilitares, personas fallecidas en situaciones de tránsito o como consecuencia del delito urbano en ascenso. Sin embargo, ser –o no ser– víctima no es una cuestión tan evidente, y esa condición debe ser tratada como un producto social y político que es la consecuencia siempre inestable de un conjunto de operaciones sociales. De hecho, si bien “víctima” es un término que nos resulta de lo más familiar, este comenzó a utilizarse recién en el siglo XIX para designar a ciertos grupos sociales (Lamarre, 2000).

Con frecuencia aquellas personas que han sufrido violencia se expresan públicamente para señalar a los responsables de sus padecimientos. Entonces, las narraciones acerca del daño, el trauma, el sufrimiento físico, psíquico y moral cobran protagonismo y pueden resultar centrales cuando ellas se asocian y politizan sus luchas para exigir reconocimiento. Pero las víctimas no están solas. Diversos dispositivos y aparatos institucionales en los que se desempeñan profesionales de todo tipo se proponen gestionar y certificar su situación de vulnerabilidad. Puede verse entonces que aquellos recorridos incumben a un amplio y diverso conjunto de agentes que dan vida a lo que algunos han llamado el “proceso de producción” del estatus de víctima (Lefranc y Mathieu, 2009) o, más directamente, “proceso de victimización” (Barthe, 2017; Akrich et al., 2010), a través del cual ciertas personas se definen como víctimas a la vez que son definidas –o impugnadas– por otras. El recorrido que aquí proponemos intenta ser fiel a esos caminos posibles (aunque no necesarios) que pueden seguir las víctimas de nuestro tiempo.

Desde hace por lo menos cuatro décadas, las ciencias sociales vienen ocupándose del estudio de las víctimas, un campo temático –si es que puede llamarse así– en expansión que traspasa fronteras nacionales, institucionales y disciplinares. A través del presente panorama pretendemos dar cuenta de algunos ejes relevantes bajo los que pueden agruparse diferentes estudios y conceptualizaciones que –desde muy variadas tradiciones y desde disímiles marcos teóricos y metodológicos– han aportado a la conformación de aquel campo.[1]

La agencia (y la pasividad) de las víctimas

Algunas investigaciones sobre las formas contemporáneas de ciudadanía miran con desconfianza a las víctimas, ya que esa figura parece condensar todo lo opuesto a la del “ciudadano”: la primera, pasiva, requiere cuidados y atenciones, es ocasional y está gobernada por sus emociones; el otro, sujeto prototípico de la sociedad moderna, activo en la defensa de sus derechos en el ámbito público, es racional, universal y constante (Erner, 2006; Eliacheff y Soulez-Larivière, 2007; Garapon y Salas, 2007). Así las cosas, desde esas miradas, la víctima (necesariamente) inocente representaría la disminución par excellence de la agencia: ese personaje habla de alguien que “no ha hecho nada” para merecer un padecimiento que ha sido infligido por terceros o bien por causas sociales y culturales, que resultan más difíciles de identificar (Plaut, 2012).

Frente a la supuesta pasividad de las víctimas, psicólogos y periodistas, médicos y activistas, funcionarios políticos y ciudadanos comunes pueden considerar que ellas deben “pasar al acto”, “empoderarse” o “ganar agencia”. En ese contexto, puede surgir la inquietud acerca de la capacidad de acción de esas personas en situación de vulnerabilidad y de subalternidad (Châtel y Soulet, 2003; Nigri Veloso y Salgueiro Marques, 2018). Así las cosas, cuando existen factores individuales, comunitarios y sociales que promueven la victimización (Bailey, 2010), puede ser necesaria la intervención del Estado y de las organizaciones de la sociedad civil para promocionar el “agenciamiento” (Roggeband, 2010), apelando inclusive a recursos novedosos como los usos de nuevas tecnologías e internet (Shalhoub-Kevorkian, 2011).

La responsabilización de quienes han causado el sufrimiento sería un aspecto central de aquellas formas de “empoderamiento”. La díada moral “víctima-perpetrador” que puede surgir de esos procesos (Whittle, Mueller y Mangan, 2009) puede resultar muy evidente para algunas personas, mientras que para otras ninguno de esos dos polos puede ser identificado con claridad. Y ello porque algunas personas pueden llegar a ocupar ambas posiciones al mismo tiempo (Borer, 2003) o bien pueden pasar de una posición que parecía excluirlas, a ocupar la opuesta (Banwell, 2011). Asimismo, en el caso de genocidios y violencias masivas, cuando no es posible responsabilizar a un perpetrador claro y unívoco, se hace referencia a categorías colectivas tales como “sociedades-perpetradoras” y “comunidades-víctimas” (Subotic, 2011).

Aquel pasaje a la acción puede estar relacionado con la experiencia personal de reconocerse víctima (Ferraro y Johnson, 1983; McGuire et al., 2010), cuestión que está conectada con intervenciones estatales, medios de comunicación y movimientos sociales (Dunn, 2008; Gámez et al., 2020). Entonces hablamos del “activismo de las víctimas” (Vecchioli y Martinelli Leal, 2017) cuando ellas promueven una causa pública por la que luchan e impulsan las formas asociativas concomitantes que, en algunos casos, pueden surgir como reacción a la conformación de otros colectivos con los que antagonizan (Crowley, 2009).

En el origen de estas formas asociativas, pueden encontrarse principios diferentes: por una parte, “solidaridades a priori” arraigadas en redes de la vida cotidiana, sindicatos, círculos de vecinos y clientelas políticas, en las que las personas ponen en escena sus identidades y trayectorias biográficas y políticas. Un enfoque procesual de las trayectorias puede mostrar que, así como las víctimas pueden devenir activistas, lo opuesto no es menos cierto: podemos encontrarnos con personas con recorridos previos en el mundo del activismo que han devenido víctimas (Weed, 1990). Por el otro, puede tratarse del surgimiento de “activismos accidentales”, como en el caso de las madres cuyos hijos fueron sujetos de violencia (Hyatt, 1991; McWilliams, 1998; Pita, 2001). En tales casos puede darse la conformación de “grupos circunstanciales” basados en una “solidaridad a posteriori” organizada directamente por la experiencia común del evento, el mero hecho de haber estado juntos “en el lugar equivocado, en el momento equivocado” (Vilain y Lemieux, 1998). Sea como fuere, esas formas de compromiso no permanecen inalteradas a lo largo del tiempo, y así como indagamos en torno de su construcción, también deberíamos hacernos con más frecuencia la pregunta acerca del descompromiso y la desvinculación de los activistas (Fillieule, 2015).

En algunas ocasiones las formas asociativas no tienen como el foco de su agencia la acusación, la denuncia y oposición al Estado sino la búsqueda de apoyo y reparación (Barbot y Fillion, 2007; Barbot y Dodier, 2015; Barbot et al., 2015; Fillion y Torny, 2015; Rabeharisoa, 2006). En otros, la responsabilización y el activismo implican la denuncia, la impugnación, el intercambio y la negociación con los poderes públicos, el Estado y la política profesional. Para que los demandantes logren que sus reclamos sean traducidos en términos políticos a lo largo de estos procesos de politización, necesitan movilizar redes, factores organizacionales, sociales, políticos y discursivos que les resultarán más o menos eficaces de acuerdo con los objetivos predefinidos (Woolford y Stefan, 2006).

El estudio de estas formas de movilización se ha balanceado entre considerar que deben ser analizadas del mismo modo que otro tipo de acciones colectivas (Lefranc y Mathieu, 2009) –enfatizando que sus formas organizativas, los recursos para la movilización y sus repertorios de acción están enraizados en escenarios políticos, sociales y culturales preexistentes–, o bien se ha insistido en la necesidad de tratar las modalidades específicas y novedosas que no se agotan en esos repertorios ya conocidos (Martínez, 2017a).

Desde los años 80, los movimientos de víctimas perdieron su carácter marginal en el escenario europeo y cobraron cada vez mayor protagonismo en la escena pública y en la planificación de políticas relativas al control del delito, expresando el creciente compromiso de las víctimas con la vida ciudadana (Bateson, 2012). Ese proceso dio lugar a profusas líneas de investigación y bibliografía sobre víctimas y delito. Como parte de la “cultura del control” (Garland, 2005) que emergió con el debilitamiento progresivo de los Estados benefactores europeos, en aquella década comenzaron a invocarse los intereses y los sentimientos de las víctimas para apoyar medidas de segregación punitiva (Best, 1999; Elias, 1993) en función de un estereotipo de víctima ideal (Christie, 1986).

En lo relativo a los procesos de politización de las víctimas durante aquella década, en el caso de Latinoamérica las cosas fueron diferentes. En esta región el compromiso en la vida pública se vinculó con las transiciones democráticas y las denuncias de los crímenes cometidos por las dictaduras como torturas, desapariciones y robos de niños y bienes materiales. En la Argentina, el movimiento de derechos humanos ganó la agenda pública en los años 80. Una vez finalizada la dictadura militar, la matriz represiva de las fuerzas de seguridad continuó operando y la violencia de Estado sufrió penosas actualizaciones. En los años 90 el movimiento de derechos humanos comenzó a convivir y articular acciones con el llamado “movimiento antiimpunidad”, que impulsaba las demandas y denuncias contra la violencia policial e institucional (Pereyra, 2010).

De un modo similar, en el resto de Latinoamérica, a partir de los años 90 y los años 2000 se expandieron las denuncias de víctimas que impugnaron la violencia ejercida en tiempos de democracia. Se trata de la violencia desplegada tanto desde las fuerzas de seguridad del Estado, como desde organizaciones delictivas armadas (narcotráfico, paramilitares, guerrillas), por ejemplo en México (Garza Placencia, 2017; Querales Mendoza, 2017; Robledo Silvestre, 2016), Colombia (Castillejo-Cuéllar, 2016; Aranguren Romero, 2015; Guglielmucci, 2018), Perú (Theidon, 2004) y Brasil (Alvez Araujo, 2016; Birman y Leite, 2004; Brites y Fonseca, 2013; Arosi, 2013; Vianna y Farias, 2011).

En el caso argentino, los años 2000 fueron el momento en el que se consolidó una novedad: la politización de las víctimas del delito urbano. Al paradigma antiimpunidad, se le sumó el paradigma de la “inseguridad” (Schillagi, 2009; Focás y Galar, 2016) sostenido sobre la idea de que la ciudadanía debe ser protegida de los delincuentes y de que deben endurecerse las penas contra la criminalidad. Algunas muertes resonantes dieron lugar a movilizaciones multitudinarias que, apoyadas por los medios de comunicación, llegaron a congregar a cientos de miles de personas y que cambiaron aspectos del sistema político y cultural (Gayol y Kessler, 2015, 2018). Estos movimientos de denuncia forman parte de un largo período de protesta social en el país que hasta la actualidad incluye enojo y desconfianza generalizada hacia los gobernantes y los políticos, como parte de una tendencia global de demanda de accountability (Murillo, 2008).

Llegado este punto, cabe advertir que el activismo y la politización son el punto más visible y cristalizado de la agencia de las víctimas. La fascinación por la acción colectiva organizada y contenciosa no debería conducirnos a descuidar otras dinámicas menos espectaculares y visibles, otras formas de hacer propias de las personas que han sufrido algún tipo de daño. Nos referimos, por ejemplo, a las formas de comunicación de los familiares que apelan a la producción de iconografías (Bermúdez, 2018) y a prácticas religiosas para contactarse con sus muertos (Peixoto, Borges y Siqueira, 2016) o a la organización de la vida cotidiana y a las formas de denuncia menos visible que impulsan las familias que tienen a sus hombres en prisión (Comfort, 2008). Inclusive, podemos considerar al silencio como forma de agencia, cuando las poblaciones entienden que el recuerdo del hecho trágico es negativo y no merece ser rememorado (Silva, 2017).

Dentro de ese escenario variopinto, todo conduce a llamar la atención respecto de aquella dicotomía normativa e ideal entre pasividad y agencia, en un mundo que nos muestra a diario las formas de acción que las víctimas promueven.

Crisis, daños y sufrimientos

Eventos críticos tales como desastres naturales, humanos o tecnológicos, pero también crisis políticas o económicas, introducen alteraciones o disrupciones en las biografías personales y colectivas (Das, 1995) y son importantes generadores de “sufrimiento social” (Kleinman, Das y Lock, 1997), así como de cambio organizacional e institucional (Hardy y Maguire, 2010).

Si se enfatiza la centralidad del evento, puede afirmarse que esas situaciones transforman, modifican y alteran las condiciones existentes de forma que generan nuevas posibilidades, y producen y legitiman transformaciones de estatus y jerarquías (Visacovsky, 2011). En cambio, si el evento crítico es inscripto en el largo plazo, la crisis puede ser tratada como la continuación de un sistema de relaciones y propiedades sociales preexistentes, ahora bajo condiciones diferentes (Latté, 2012).

Las formas de nombrar esas situaciones críticas siempre son diversas y están en competencia: diferentes situaciones críticas pueden ser nominadas como “tragedias”, “catástrofes”, “desastres” (Revet, 2007; Clavandier, 2004) o “masacres”, por ejemplo (Cesaroni, 2013). En esos procesos, la construcción periodística y mediática juega un papel central (Amaral y Motta, 2018).

Esas circunstancias disruptivas dejan marcas que son puestas en juego por los sufrientes que exigen reconocimiento como “afectados”, “lesionados”, “sobrevivientes”, víctimas “potenciales”, “directas” o “indirectas” (Eufracio y Paredes, 2019; Lemieux y Barthe, 1998; Schillagi, 2017). Cuando el cuerpo es expuesto y mostrado como el locus del dolor, nos referimos entonces a una “biologización de la ciudadanía” reclamante (Petryna, 2004). Complementariamente a tal proceso, pueden encontrarse situaciones en las que las víctimas denuncian que el daño no (solo) está ubicado en el cuerpo físico, sino (también) en la psiquis. Desde la segunda mitad del siglo XX, la noción de trauma ha pasado de ser un signo de infamia a uno de reconocimiento: las víctimas traumatizadas son personas normales que reaccionan de forma normal ante un hecho extraordinario (Fassin, 2014), y ello se ha constituido en un proceso expandido tanto en países centrales (Fassin y Rechtman, 2009), así como en Latinoamérica (Arosi, 2017; James, 2010; Sarti, 2011, Zenobi, 2017a). Se reconoce entonces un proceso de importación de categorías clínicas como “trauma” o “estrés postraumático” al campo de la lucha política.

En diversas investigaciones sobre el compromiso político de las víctimas se ha resaltado la centralidad del lenguaje emocional y de la dimensión encarnada del sufrimiento como un factor que impulsa a la movilización colectiva y la politización (Coelho et al., 2013; Fonseca y Maricato, 2013; Jennings, 1999; Pita, 2010; Siqueira y Victora, 2017, 2018; Walgrave y Verhulst, 2006; Zenobi, 2014), cuestión que puede ser entendida en términos de una tensión con los aspectos pragmáticos de la acción política (Traïni, 2009). La acción colectiva movilizada a través de categorías emocionales como dolor, sufrimiento, trauma, orgullo, pasión o indignación suele ser tratada como una dimensión central para la comprensión de aquellas “comunidades de sentimiento” (Jimeno, 2007).

Algunos trabajos han enfatizado que la intersección entre daño, sufrimientos y movilización política no es necesaria ni autoevidente. Inclusive, los aspectos emocionales y afectivos pueden resultar un arma de doble filo ya que frente al ideal de movilización y denuncia pública pueden aparecer evaluaciones morales que hablan de dinámicas emocionales negativas. Así es como en algunos casos se habla de quienes no se movilizan públicamente porque están atravesando un “período de encierro” (Lacerda, 2015), porque son acusados por otros de tener “sangre fría” (Pita, 2010) o de ser “violentos” (Zenobi, 2013). De esta manera, al mismo tiempo que permiten expresar el compromiso con la causa política de los sufrientes, las emociones también pueden deslegitimarla al ser recibidas bajo la forma de manifestaciones irracionales amenazantes. Esa ambigüedad hace posible que las emociones sean puestas en juego como un lenguaje que permite tanto atacar como defender a las víctimas en los contextos contenciosos en que ellas se expresan. Resulta necesario entonces objetivar las emociones para considerarlas como herramientas movilizadas en campos políticos. Correr nuestra mirada de las “emociones movilizadoras” a las “emociones movilizadas” contribuye a avanzar hacia una comprensión del poder en esos contextos (Latté, 2015).

En nuestra región sur, es frecuente que ese tipo de colectivos que demandan a los poderes públicos estén encabezados por parientes y familiares, como hijos, esposas, madres e inclusive padres (Bermúdez, 2015a) de personas fallecidas en diversas situaciones de violencia, que se presentan ellos mismos como víctimas. Expuestos a una situación crítica que reconvierte las vidas cotidianas, estos familiares ocupan su lugar de “duelantes públicos”, exhiben formas particulares de manifestarse y devienen un tipo particular de activista político (Pita, 2004, 2005).

En esos contextos las formas (inhumanas, reprobables, crueles y traumáticas) de morir son impugnadas y denunciadas a través de la valoración moral positiva de aquellos que ya no están (Leite, 2004; Lacerda, 2015). Desde sus posiciones socialmente legitimadas, las madres “limpian” el nombre de sus muertos que han sido nombrados como “criminales” o “delincuentes” por los medios de comunicación, la policía y el aparato judicial (Bermúdez, 2016; Vianna y Farias, 2011; Pita, 2010). Las madres desempeñan un papel fundamental al sensibilizar a la opinión pública sobre las demandas que dirigen a las instituciones estatales (Barreira, 2001).

Algunos trabajos han señalado que a lo largo de ese proceso pueden encontrase límites a las acciones que impulsan esos familiares de víctimas. Al oponer la figura de la víctima y la del ciudadano, se han resaltado los límites de estas formas de denuncia pública que colocarían la experiencia personal y el vínculo biológico como formas de legitimación excluyentes y difícilmente universalizables (Jelin, 2007). Asimismo, aunque se movilizan apelando a los valores del parentesco y el afecto que supuestamente legitimarían sus intervenciones públicas, no todos los parientes de víctimas reciben la misma atención en el espacio público, y en algunos casos ellos pueden ser impugnados y discutidos, como suele ocurrir con los familiares de “presos comunes” (Pereyra Iraola y Zenobi, 2017). Finalmente, hay casos en que los parientes de los muertos ponen en juego evaluaciones morales sobre la honra y el merecer (o no) la muerte (Bermúdez, 2015b; Cozzi, 2015), y es en virtud de esas evaluaciones morales que no transforman “su” caso en una causa por la que movilizarse.

Como puede verse entonces, no todas las situaciones críticas que generan daños y violencias disparan procesos en los que lo emocional conduce necesariamente a la asociación y la denuncia. Entonces resulta necesario problematizar la relación entre emocionalidad y construcción de una causa pública evitando asumirla como un supuesto, para, en cambio, demostrar cómo es producida en cada contexto particular.

La gestión de las víctimas

En el mundo actual nos encontramos frente a una multitud de dispositivos (jurídicos, políticos, reparatorios, administrativos, entre otros) que se ponen en funcionamiento como parte del gobierno de las víctimas (Irazusta y Gatti, 2017). Estos dispositivos descansan en las conexiones establecidas entre un conjunto de elementos materiales y no materiales (reglas, doctrinas, roles sociales, discursos) que son solidarios entre sí (Dodier y Barbot, 2017; Revet y Langumier, 2015). Se trata de un “ensamblaje” de entidades humanas y no humanas (Jensen y Ronsbo, 2014) que constriñen y orientan a la vez que crean oportunidades para la acción.

Nucleados alrededor de esos dispositivos encontramos a diversos agentes, tales como abogados, antropólogos, victimólogos, médicos, psicólogos, trabajadores sociales, entre otros. Se trata de los expertos que ponen en juego sus técnicas morales (Gatti, 2013) y contribuyen a la consagración de la condición de víctima (Dodier, 2009). A través de la acción de estos especialistas, las personas que han sufrido daños pueden llegar a ver objetivada su condición, por ejemplo, a través de los documentos y certificados emitidos por profesionales oficiales y acreditados (Fassin y D’Halluin, 2005), o bien al lograr materializar su perspectiva sobre la memoria en el espacio público gracias a la acción de arquitectos y planificadores urbanos (Vecchioli, 2014). En este sentido, si bien las víctimas muchas veces se oponen denunciando al Estado, cabe enfocar en las relaciones recíprocas entre los procesos de responsabilización, los dispositivos estatales que se ponen en marcha para el reconocimiento y la participación pública y política de las víctimas (Schillagi, 2019; Zenobi, 2014).

Algunos de estos agentes técnicos y expertos –que pueden desempeñarse por ejemplo en contextos de ayuda humanitaria (Agier, 2008; Redfield, 2006; Revet, 2018) o de desastres (Valencio y Valencio, 2018)– pueden delimitar formas de inclusión y exclusión en los dispositivos de atención definiendo cuándo hay una “situación de vulnerabilidad” o de “riesgo” (Iyer et al., 2012). Asimismo, pueden rechazar la condición de víctima en el caso de quienes no responden al ideal de sujeto victimizado –como puede ocurrir con los varones que denuncian violencia de género (Sarti, 2009)–. Es decir que muchas veces las personas deben adaptarse a las expectativas e ideales de los agentes y operadores que contribuyen a producir modos de entender el sufrimiento.

El campo jurídico cobra especial relevancia en los procesos de objetivación de la condición de víctima. Durante décadas se han dado intensos debates entre especialistas (abogados, filósofos, sociólogos, etc.) sobre el rol que deben tener las víctimas en los procesos penales (Barbot y Dodier, 2014). En torno a esa inquietud, se han motorizado reformas institucionales y judiciales en diferentes países.

Durante los procesos judiciales, tanto las personas como los operadores ponen en juego emociones negativas como miedo, desesperación y angustia, que pueden traer buenos resultados en la arena legal (Kobelinsky, 2013; Bandes, 1996). Sin embargo, esa movilización de lo emocional no siempre contribuye a un mayor reconocimiento de las víctimas, sino que puede ser apropiada por el dispositivo jurídico para legitimarse a sí mismo (Das, 1995).

A lo largo de esos procesos se destaca el papel de diferentes profesionales que actúan como peritos capaces de traducir ciertos fenómenos técnicos tanto para los legos como para los propios operadores judiciales que necesitan comprenderlos (Schuck, 1986). En ciertos contextos esos saberes que ofician como “auxiliares” de la justicia resultan especialmente importantes, como, por ejemplo, en el caso de las técnicas forenses (Ferrándiz y Robben, 2015; Dziuban, 2017), que resultan vitales a fin de identificar cadáveres en situaciones de muerte masiva (Anstett, Dreyfus y Garibian, 2017; Sarrabayrouse, 2011).

Durante las últimas décadas el campo de la salud mental también ha ido cobrando un lugar destacado en esos procesos de producción social de las víctimas. La configuración compasional contemporánea se traduce en la producción de políticas estatales (y no estatales) centradas en la atención psicológica, y, al mismo tiempo, las personas movilizan esas categorías psi para explicar su situación (Centemeri, 2015; Fassin, 2006; Latté, 2005; Latté y Rechtman, 2006; Langumier, 2015). Psicólogos, psicoanalistas, psiquiatras, psicólogos sociales, etc. expresan orientaciones profesionales en lucha por la definición legítima del diagnóstico y de la solución de los daños. Con la aparición de nuevas categorías, el sufrimiento pasado puede ser reactualizado y nombrado una vez que se han creado esas nuevas etiquetas. Al respecto, la aparición y la difusión global de la categoría de “estrés postraumático” representa un hito. Diferentes explicaciones acerca de su genealogía enmarcada en condiciones políticas, académicas e institucionales y sus usos clínicos y sociales hablan de su eficacia (Young, 1995; Hinton y Hinton, 2014). Otro caso destacado es el de la creación del llamado “bullying” (Bazzo, 2017).

La acción de los expertos y profesionales vinculados a las víctimas contribuye a delimitar escalas, gradaciones e intensidades diferentes de daño al evaluar, controlar y dimensionarlo a través de formas de medición (Houdart et al., 2015; Silva, T. C. da, 2004; Zenobi, 2017b). La aplicación de tests, pruebas y técnicas que permiten estimar en porcentajes el perjuicio sufrido contribuye a la distinción entre personas “más” y “menos” afectadas. Los baremos utilizados en el caso de las víctimas de situaciones laborales o de tránsito representan un punto muy alto de estos procedimientos técnicos (Peñaranda-Cólera y Oliver Mora, 2017).

Si hablamos de las formas de medición y contabilidad, debemos destacar la gran relevancia que han adquirido las estadísticas bajo la forma de indicadores, rankings, bases, proyecciones e índices, que constituyen un aspecto central de la reproducción y expansión de los dispositivos (Merry, 2016; Varela y González, 2015). Un buen ejemplo de ello son las encuestas de victimización que se realizan en cientos de países alrededor del mundo y que contribuyen a posicionar al delito urbano como uno de los principales flagelos de la vida en las ciudades (Hough y Moxon, 1985; Kessler, 2009; Robert et al., 2008). Por su parte, cuando se trata de contabilizar víctimas de situaciones críticas (Altez y Revet, 2005), pueden surgir controversias entre las cifras producidas por diferentes órdenes, tal como ocurre cuando la justicia penal o la policía sostienen cifras que contrastan con las que sostienen los movimientos de lucha y protesta impulsados por familiares de fallecidos (Lacerda, 2015).

Si bien hasta aquí estuvimos enfatizando en la producción social de las víctimas en el marco de ciertos dispositivos que gestionan el daño y el padecimiento, cabe acotar esta capacidad cuando las voces locales disputan con los modos técnicos, biomédicos, psicológicos y oficiales de reconocimiento. Así, aun cuando algunas personas sean estatalmente reconocidas como víctimas, ellas pueden oponerse a ser clasificadas de ese modo, como en el caso de las trabajadoras sexuales que no aceptan ser tratadas como “víctimas de trata” o “prostitutas” (Morcillo y Varela, 2017). También puede darse el fenómeno opuesto: algunas personas que no han sido oficialmente consagradas reclaman para sí aquel estatus discutiendo y disputando la clasificación oficial (Silva, 2015). En ocasiones, los dispositivos de memoria y conmemoración son un escenario en el que se libran esas batallas (Dudai, 2012; Levine y Zaretsky, 2015; Margry y Sánchez Carretero, 2011; Vecchioli, 2013).

Las relaciones con los especialistas se pueden tornar especialmente relevantes cuando las víctimas exigen formas de reparación y/o impulsan causas políticas por las que se movilizan. La importancia de los científicos, médicos, ingenieros, psicólogos, abogados, técnicos cobra un valor especial cuando ellos pueden demostrar las conexiones entre los hechos ocurridos en el pasado y los daños persistentes en la actualidad que son objeto de denuncia. Cuando la “causa política” está en estrecha relación con la construcción de una “política de las causas” (Barthe, 2010), se da una convergencia entre la acción de las víctimas movilizadas y la de los profesionales cuyos saberes pueden ser un gran recurso a la hora de nutrir sus demandas, como por ejemplo en el caso de la medicina (Barbot y Fillion, 2007; Callon y Rabeharisoa, 2008; Todeschini, 1999). Ello se debe a que, como parte de la responsabilizacion de otros a través de la cual las víctimas se hacen a sí mismas, es central la construcción de una etiología: de qué se trata el daño que debe ser atribuido a algún responsable, y quiénes mejor que los especialistas para definir esta cuestión (Barthe, 2010).

Finalmente, cabe advertir que esos procesos que involucran relaciones entre saberes profesionales y causas políticas implican un ida y vuelta. Por un lado, los profesionales son reconocidos en virtud de sus conocimientos técnicos que los califican como actores relevantes en los campos contenciosos en los que se valoran ciertos tipos de saberes. Pero al mismo tiempo, de modo complementario, puede reconocerse un proceso inverso no siempre atendido, cuando la participación política deviene un criterio de prestigio y reconocimiento en el campo profesional (Vecchioli, 2011). Es decir, que así como los expertos hacen víctimas, las víctimas hacen expertos.

El futuro de las víctimas

“Víctima” es una categoría movilizada por un conjunto de agentes insertos en configuraciones sociales diversas –incluidos nosotros, los analistas–. En sus usos sociales suele ser movilizada más como una categoría prescriptiva, un ideal a priori que refiere al deber ser, y menos como una categoría práctica producto de luchas, intereses y valoraciones morales. La proliferación del interés por la categoría, desde matrices disciplinares distintas y en relación con investigaciones también diversas, no siempre ha venido de la mano de una puesta en cuestión de los supuestos que la constituyen. En tal sentido, esa categoría puede constituirse en un obstáculo para la investigación social si es puesta en juego sin ser problematizada.

En el corazón de la “paradoja de la víctima” (Barthe, 2017), está la asunción de la pasividad asociada a esa figura, en un mundo que valora positivamente la autonomía. Como expresión de esa paradoja, aquí hemos expuesto los esfuerzos realizados por quienes han sufrido violencia por constituirse en agentes activos de su suerte y hacer de sus destinos algo cierto. Desde un punto de vista analítico, en lugar de asumir aquella oposición como un a priori, puede resultar válido dar cuenta de las prácticas desplegadas por un conjunto de agentes que, envueltos en un proceso de producción de la condición de víctima, lidian con estas cuestiones (Barthe, 2017).

Las víctimas contemporáneas no forman parte de lo extraordinario. Hoy son los ciudadanos comunes –y no las víctimas de grandes catástrofes humanas– los que se nombran de ese modo a través de la denuncia y la politización, exponiendo públicamente diversos tipos de daños y sufrimientos. Al mismo tiempo, encontramos otros procesos que especifican, regulan y administran a través de dispositivos la vida (y la muerte) de las víctimas. Se trata de un proceso en el que ellas no están solas sino que son nombradas por otros, como los profesionales con quienes puede darse una convergencia de intereses políticos. Esta mirada permite trazar las relaciones no solo de oposición y denuncia al Estado, sino también de complementariedad y de interdependencias a través de las cuales las víctimas adquieren reconocimiento y existencia social legítima. Potenciada por aquel doble juego entre procesos opuestos complementarios, su expansión social y su certificación particular, la posibilidad de ser víctima se difunde y se populariza (Gatti, 2017, 2018). La venganza de las víctimas no viene de la mano de la violencia (Lefranc, 2017), sino, quizás, de esta nueva existencia multiplicada que muchos miran con desconfianza.

“Víctima”, ese término genérico y común que solemos utilizar en nuestra vida cotidiana, trasciende casos y causas, pero, a la vez, las personas sufrientes se piensan en función de la propia desgracia particular o colectiva que los ha afectado. Entonces, bajo la categoría “víctima” solemos incluir a personas que fundan sus identidades sociales en ese estatus, así como a otras que probablemente no se reconocen como tales o que rechazan esa condición para sí mismos, y a sujetos que quizás jamás se sintieron o se sienten parte de lo que desde las ciencias sociales podemos ver como “un campo”, “un mundo” o “un universo” (Gatti y Martínez, 2017). En función de ese escenario, cabe preguntarse si existe algo así como un genérico “campo de las víctimas” que pueda ser sociologizado, o si “víctima” es, más bien, una categoría “en el papel”. Al respecto, entendemos que resulta central identificar y explicar las conexiones que realizan las propias personas entre diferentes tipos de víctimas, casos y causas públicas con el objetivo de legitimar o impugnar, de establecer afinidades o contrastes en los campos políticos en los que están insertas.

Quienes nos dedicamos justamente al papel hemos privilegiado el estudio de ciertos tipos de víctimas. Como producto de una relación histórica marcada por el terror y la violencia estatal, en el caso latinoamericano nos encontramos con una abundancia de trabajos sobre víctimas de la violencia de Estado. Ellas han sido las protagonistas históricas y las más visibilizadas, y sus reclamos han sido incorporados a las políticas públicas y a la sensibilidad social general. En cambio, y si bien esta tendencia está comenzando a revertirse, en esos contextos encontramos escasa producción sobre víctimas de sucesos de otra magnitud, de otro orden y de otra naturaleza, tales como desastres “naturales” o “tecnológicos”, situaciones de tránsito, enfermedades, violencia de género, etc. Al contribuir a dar visibilidad especialmente a las víctimas de ciertos tipos de hechos, ¿estamos oficiando los cientistas sociales como agentes que, a su manera, contribuyen a la producción social de las víctimas?

Aquí hemos realizado un recorrido sostenido en torno de la hipótesis sobre la producción social plural, heterogénea y conflictiva de la condición de “víctima”. Como consecuencia de los procesos de producción social de ese estatus, ellas nunca son únicamente lo que desean ser. Sus reclamos, sus modalidades de acción y sus estrategias constituyen un aspecto entre otros en la configuración de esa condición. Queda pendiente, entonces, trazar otros recorridos posibles que aborden las complejidades de esos procesos y que contribuyan a echar luz en torno de las múltiples realidades en el marco de las cuales se da la producción social de las víctimas de hoy.

Referencias bibliográficas

Agier, Michel (2008). Gérer les indésirables. Des camps des réfugiés au gouvernement humanitaire. París: Flammarion.

Akrich, Madeleine, Yannick Barthe y Catherine Rémy (eds.) (2010). Sur la piste environnementale: menaces sanitaires et mobilisations profanes. París: Presses des Mines.

Altez, Rogelio y Sandrine Revet (2005). “Contar los muertos para contar la muerte: discusión en torno al número de fallecidos en la tragedia de 1999 en el estado de Vargas-Venezuela”. Revista Geográfica Venezolana, 46(1), pp. 21-43.

Alvez Araujo, Fabio (2016). “‘Não tem corpo, não tem crime’. Notas socioantropológicas sobre o ato de fazer desaparecer corpos”. Horizontes Antropologicos, 22(46), pp. 37-64.

Amaral, Marcia Franz y Motta, Juliana (2018). “O papel das vítimas nas narrativas jornalísticas sobre o desastre em Mariana”. Lumina, 12(2), pp. 40-58.

Anstett, Élisabeth, Jean-Marc Dreyfus y Sévane Garibian (Dir.) (2017). Cadáveres impensables, cadáveres impensados. El tratamiento de los cuerpos en las violencias de masa y los genocidios. Buenos Aires: Miño y Dávila.

Aranguren Romero, Juan Pablo (2015). Inmunización y militarización del cuerpo social en Colombia: el Estado en emergencia permanente”. Athenea Digital, 15(4), pp. 305-327.

Arosi, Ana Paula (2013). “Os usos da categoria vítima: o caso dos movimentos de familiares de vítimas de violência no Rio Grande do Sul e no Rio de Janeiro”. Interseções, 15(2), pp. 356-373.

Arosi, Ana Paula (2017). “Ativismo de vítimas do incêndio na boate kiss: evento traumático, causa pública e conflitos morais”. Papeles del CEIC, 168(1), pp. 1-30.

Bailey, Corin (2010). “Social Protection in Communites Vulnerable to Criminal Activity”. Social and Economic Studies, 59(1/2), pp. 211-242.

Bandes, Susan (1996). “Empathy, Narrative, and Victim Impact Statements”. The University of Chicago Law Review, 63(2), pp. 361-412.

Banwell, Stacy (2011). “Women, violence and gray zones: resolving the paradox of the female victim-perpetrator”. Internet Journal of Criminology, pp. 1-19.

Barbot, Janine y Emmanuelle Fillion (2007). « La dynamique des victimes. Les formes d’engagement associatif face aux contaminations iatrogènes (VIH et prion) ». Sociologie et Sociétés, (39)1, pp. 217-247.

Barbot, Janine y Nicolas Dodier (2014). « Repenser la place des victimes au procès pénal. Le répertoire normatif des juristes en France et aux États-Unis”. Revue Française de Science Politique, 64, pp. 407-433.

Barbot, Janine y Nicolas Dodier (2015). “Victims’ Normative Repertoire of Financial Compensation: The Tainted hGH Case”. Human Studies, 38(1), pp. 81-96.

Barbot, Janine, Myriam Winance y Isabelle Parizot (2015). Imputer, reprocher, demander réparation. Une sociologie de la plainte en matière médicale”. Sciences Sociales et Santé, 33(2), pp. 77-105.

Barreira, Irlys Alencar (2001). “Política, memória e espaço público: a via dos sentimentos”. Revista Brasileira de Ciências Sociais, 16(46), pp. 97-117.

Barthe, Yannick (2010). “Causa política y ‘política de las causas’. La movilización de los veteranos de ensayos nucleares franceses”. Revista de la Carrera de Sociología, 7(7), pp. 264-302.

Barthe, Yannick (2017). “Elementos para uma sociologia da vitimização”. En Theophilos Rifiotis y Jean Segata (Comps.). Políticas etnográficas no campo da moral. Porto Alegre: UFRGS, pp. 119-144.

Bateson, Regina (2012). “Crime Victimization and Political Participation”. American Political Science Review, 106(03), pp. 570-587.

Bazzo, Juliane (2017). “Memórias revisitadas: sobre os testemunhos das vítimas retroativas de bullying no contexto brasileiro”. Revista de Estudios Sociales, 59, pp. 56-67.

Bermúdez, Natalia (2015a). “Entre padres y hermanos. Lazos de sangre y prácticas políticas de los allegados a muertos en contextos de violencia (Ciudad de Córdoba, Argentina)”. AIBR, Revista de Antropología Iberoamericana, septiembre, pp. 377-399.

Bermúdez, Natalia (2015b). “Etnografía de una muerte no denunciada. Justicias y valores locales en una villa de la ciudad de Córdoba, Argentina”. DILEMAS: Revista de Estudos de Conflito e Controle Social, 8(3), pp. 455-472.

Bermúdez, Natalia (2016). “‘Algo habrán hecho’… Un análisis sobre las disputas morales en el acceso a la condición de familiar en casos de muertes violentas (Córdoba, Argentina)”. Antípoda, Revista de Antropología y Arqueología, 25, pp. 59-73.

Bermúdez, Natalia (2018). “Muertos vivientes. Una etnografía sobre la proliferación de iconografías en torno a los jóvenes muertos violentamente en sectores populares de Córdoba (Argentina)”. Revista Sociedad y Religión (CEIL), 49(28), pp. 49-72.

Best, Joel (1999). Random Violence. How We Talk about New Crimes and New Victims. Berkeley y Los Angeles: University of California Press.

Birman, Patricia y Marcia Pereira Leite (eds.) (2004). Um Mural para a Dor: movimentos cívico-religiosos por justiça e paz. Porto Alegre: Editora UFRGS.

Borer, Tristan Anne (2003). “A taxonomy of victims and perpetrators: human rights and reconciliation in South Africa”. Human Rights Quarterly, 25(4), pp. 1088-1116.

Brites, J. y C. Fonseca (2013). “As metamorfoses de um movimento social: Mães de vítimas de violência no Brasil”. Análise Social, (209), pp. 858-877.

Callon, Michel y Vololona Rabeharisoa (2008). “The Growing Engagement of Emergent Concerned Groups in Political and Economic Life: Lessons from the French Association of Neuromuscular Disease Patients”. Science, Technology, & Human Values, 33(2), pp. 230-261.

Castillejo-Cuéllar, Alejandro (2016). Poética de lo Otro: Una antropología de la Guerra, la Soledad y el exilio interno en Colombia. Bogotá: Universidad de los Andes.

Centemeri, Laura (2015). “Investigating the ‘Discrete Memory’ of the Seveso Disaster in Italy”. En Sandrine Revet, Julien Langumier y Ethan Rundell (eds.). Governing Disasters: Beyond Risk Culture (pp. 163-189). Nueva York: Palgrave Macmillan.

Cesaroni, Claudia (2013). Masacre en el Pabellón Séptimo. Buenos Aires: Tren en Movimiento.

Châtel, Vivianne y Marc-Henry Soulet (Dir.) (2003). Agir en situation de vulnérabilité. Québec: Les Presses de l’Université Laval.

Christie, Nils (1986). “The ideal victim”. En Ezzat Fattah (Ed.). From Crime Policy to Victim Policy. Basingstoke: Macmillan, pp. 17-30

Clavandier, Gaëlle (2004). La Mort collective. Pour une sociologie des catástrofes. París: CNRS Éditions.

Coelho, Maria Claudia, Jane Russo, Cynthia Sarti y Ceres Víctora (2013). “Apresentação do Dossiê Vitimização: políticas de moralidades e gramáticas emocionais”. Interseções, 15(2), pp. 231-251.

Comfort, Megan (2008). Doing Time Together: Love and Family in the Shadow of the Prison. Chicago: University of Chicago Press,

Cozzi, Eugenia (2015). “De juntas, clanes y broncas: Regulaciones de la violencia altamente lesiva entre jóvenes de sectores populares en dos barrios de la ciudad de Santa Fe”. Delito y Sociedad, 1(39), pp. 72-102.

Crowley, Jocelyn E. (2009). “Fathers’ Rights Groups, Domestic Violence and Political Countermobilization”. Social Forces, 88(2), pp. 723-756.

Das, Veena (1995). Critical Events: an Anthropological Perspective on Contemporary India. Delhi; Nueva York: Oxford University Press.

Dodier, Nicolas (2009). “Experts et victimes face à face”. En Sandrine Lefranc y Lilian Mathieu (Ed). Mobilisations de victimes . Rennes: Presses Universitaires de Rennes, pp. 29-36.

Dodier, Nicola y Janine Barbot (2017). “A força dos dispositivos. Revista Sociedade e Estado, 32(2), pp. 487-518.

Dudai, Ron (2012). “‘Rescues for Humanity’: Rescuers, Mass Atrocities, and Transitional Justice”. Human Rights Quarterly, 34(1), pp. 1-38.

Dunn, Jennifer (2008). “Accounting for Victimization: Social Constructionist Perspectives”. Sociology Compass 2/5, pp. 1601-1620

Dziuban, Zuzanna (2017). Mapping the ‘Forensic Turn’. Engagements with Materialities of Mass Death in Holocaust Studies and Beyond. Vienna: New Academic Press.

Eliacheff, Caroline y Daniel Soulez-Larivière (2007). Les temps des victimes. París: Albin Michel.

Elias, Robert (1993). Victims Still: the Political Manipulation of Crime Victims. Newbury Park, California: Sage Publications.

Erner, Guillaume (2006). La Société des victimes. París: La Découverte.

Eufracio, J. y S. Paredes (2019). “Acción colectiva y vida cotidiana: reivindicaciones políticas y luchas simbólicas de la Asociación 22 de Abril en Guadalajara”. Vínculos. Sociología, Análisis y Opinión, 14, pp. 47-74.

Fassin, Didier (2014). « De l’invention du traumatisme à la reconnaissance des victimes. Genèse et transformations d’une condition morale”. Vingtième Siècle. Revue d’Histoire, 123, 161-171.

Fassin, Didier (2006). « Souffrir par le social, gouverner par l’écoute. Une configuration sémantique de l’action publique”. Politix, 73(1), pp. 137-157.

Fassin, Didier y Estelle D’Halluin (2005). « The truth from the body: medical certificates as ultimate evidence for asylum seekers”. American Anthropologist, 107(4), pp. 597-608.

Fassin, Didier y Richard Rechtman (2009). The Empire of Trauma: an Inquiry into the Condition of Victimhood. Princeton; Oxford: Princeton University Press.

Ferrándiz, Francisco y Antonius Robben (2015). Necropolitics: Mass Graves and Exhumations in the Age of Human Rights. Pennsylvania: University of Pennsylvania Press.

Ferraro, Kathleen J. y John M. Johnson (1983). “How Women Experience Battering: The Process of Victimization”. Social Problems, 30(3), pp. 325-339.

Fillieule, Olivier (2015). “Propuestas para un análisis procesual del compromiso individual”. Intersticios. Revista Sociológica de Pensamiento Crítico, 9(2), pp. 197-212.

Fillion, Emmanuelle y Didier Torny (2015). “De la réparation individuelle à l’élaboration d’une cause collective. L’engagement judiciaire des victimes du distilbène”. Revue Française de Science Politique, 65(4), pp. 583-607.

Focás, Brenda y Santiago Galar (2016). “Inseguridad y medios de comunicación. Prácticas periodísticas y conformación de públicos para el delito en Argentina (2010-2015)”. Delito y Sociedad, 1(41), pp. 59-76.

Fonseca, Claudia y Maricato, Glaucia (2013). “Criando comunidade: emoção, reconhecimento e depoimentos de sofrimento”. Intersecções, 15(2), pp. 252-274.

Gámez Fuentes M. J., S. Núñez Puente y E. Gómez Nicolau (2020). Re-writing Women as Victims. Routledge: Nueva York.

Garapon, Antoine y Denis Salas (2007). “La victime plutôt que le droit”. Esprit, 11, pp. 74-82.

Garland, David (2005). La cultura del control: crimen y orden social en la sociedad contemporánea. Barcelona: Gedisa.

Garza Placencia, Jacqueline (2017). “Familiares organizados en la vigilancia y defensa de los derechos humanos frente a la desaparición de personas en México”. Revista de Derechos Humanos y Estudios Sociales, 9(17), pp. 81-99.

Gatti, Gabriel (ed.) (2017). Un mundo de víctimas. Barcelona: Anthropos.

Gatti, Gabriel (2016). “La Hipótesis V. Las víctimas y su victoria sobre el poderoso (y muy agencial) ciudadano”. En Benjamín Tejerina y Gabriel Gatti (eds.). Pensar la agencia en la crisis. Madrid: CIS, Colección Academia, pp. 145-164.

Gatti, Gabriel (2013). “Moral Techniques. Forensic Anthropology and Its Artifacts for Doing Good”. Sociología y Tecnociencia/Sociology and Technoscience, 3(1), pp. 12-31.

Gatti Gabriel y María Martínez (2017). “El campo de las víctimas. Disensos, consensos e imaginarios compartidos en el nacimiento del ciudadano víctima”. En Gabriel Gatti (ed.). Un mundo de víctimas. Barcelona: Anthropos, pp. 73-90.

Gayol, Sandra y Gabriel Kessler (2015). Muerte, política y sociedad en la Argentina. Buenos Aires: Edhasa.

Gayol, Sandra y Gabriel Kessler (2018). Muertes que importan. Una mirada sociohistórica de casos que marcaron la argentina reciente. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.

Guglielmucci, Ana (2018). “Pensar y actuar en red: los lugares de memoria en Colombia”. Aletheia, 8(16), pp. 1-31.

Hardy, Cynthia y Steve Maguire (2010). “Discourse, Field-Configuring Events, and Change in Organizations and Institutional Fields: Narratives of DDT and the Stockholm Convention”. Academy of Management Journal, 53(6), pp. 1365-1392.

Hinton, Devon y Alexander Hinton (eds.) (2014). Genocide and Mass Violence: Memory, Symptom, and Recovery. Cambridge: Cambridge University Press.

Houdart, Sophie, Vanessa Manceron y Sandrine Revet (2015). La mesure du danger. París: Presse Universitaire de France.

Hough, Mike y David Moxon (1985). « Dealing with Offenders: Popular Opinion and the Views of Victims: Findings from the British Crime Survey”. The Howard Journal of Criminal Justice, 24(3), pp. 160-175.

Hyatt, Susan (1991). “Accidental Activists: Women and Politics on a Council Estate”. Annual Meeting of the American Anthroplogical Asociation, Chicago.

Irazusta, Ignacio y Gabriel Gatti (2017). “El gobierno de las víctimas. Instituciones, prácticas, técnicas y oficios que hacen a las víctimas”. En Gabriel Gatti (ed.). Un mundo de víctimas. Barcelona, Anthropos, pp. 183-208.

Iyer, Lakshmi, Anandi Mani, Prachi Mishra y Petia Topalova (2012). “The Power of Political Voice: Women’s Political Representation and Crime in India”. American Economic Journal: Applied Economics, 4(4), pp. 165-193.

James, Erica Caple (2010). Democratic Insecurities: Violence, Trauma, and Intervention in Haiti. Berkeley: University of California Press.

Jelin, Elizabeth (2007). “Víctimas, familiares y ciudadanos/as: las luchas por la legitimidad de la palabra”. Cadernos Pagu, 29, pp. 37-60.

Jennings, Myron Kent (1999). “Political Responses to Pain and Loss”. American Political Science Review, 93(1), pp. 1-13.

Jensen, Steffen y Ronsbo, Henrik (2014). “Introduction. Histories of Victimhood: Assamblages, Transactions, and Figures”. En Steffen Jensen y Henrik Rønsbo (eds.). Histories of Victimhood. Philadelphia: University of Pennsylvania Press, pp. 1-22.

Jimeno, Myriam (2007). “Lenguaje, subjetividad y experiencias de violencia”. En Francisco Ortega (ed.). Veena Das: Sujetos de dolor, agentes de dignidad. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia. Facultad de Ciencias Humanas, Pontificia Universidad Javeriana, pp. 69-94.

Kessler, Gabriel (2009). El sentimiento de inseguridad: sociología del temor al delito. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.

Kleinman, Arthur, Veena Das y Margaret Lock (1997). Social Suffering. Berkeley: University of California Press.

Kobelinsky, Carolina (2013). ¿Emociones que corrigen la regla? El peso de las emociones en la Corte francesa del derecho al asilo. Papeles del CEIC, 91(1), pp. 1-30.

Lacerda, Paula Mendes (2015). Meninos de Altamira: violência, “luta” política e administração pública. Río de Janeiro: Garamond.

Lamarre, Christine (2000). “Victime, victimes, essai sur les usages d’un mot”. En Benoît Garnot (ed). Les victimes, des oubliées de l’histoire?Rennes: Presses Universitaires de Rennes, pp. 31-40.

Langumier, Julien (2015). “A Critical Look at the ‘Risk Culture’: France’s ‘Plan Rhône’”. En Sandrine Revet, Julien Langumier y Ethan Rundell (eds.). Governing Disasters: Beyond Risk Culture. Nueva York: Palgrave Macmillan, pp. 127-159.

Latté, Stéphane (2005). “De l’individuel au collectif. Les usages sociaux de la victimologie (Commentaire)”. Sciences Sociales et Santé, 23(2), pp. 39-47.

Latté, Stéphane (2012). “La ‘force de l’événement’ est-elle un artefact: les mobilisations de victimes au prisme des théories événementielles de l’action collective”. Revue Française de Science Politique, 62(3), pp. 409-432.

Latté, Stéphane (2015). “Des ‘mouvements émotionnels’ à la “mobilisation des émotions”. Les associations de victimes comme objet électif de la sociologie des émotions protestataires. Terrains/Théories, 2, s/d.

Latté, Stéphane y Richard Rechtman (2006). “Enquête sur les usages sociaux du traumatisme à la suite de l’accident 1 de l’usine AZF à Toulouse”. Politix, 73(1), pp. 159-184.

Lefranc, Sandrine y Lilian Mathieu (2009). “Introduction. De si probables mobilisations de victims”. En Sandrine Lefranc y Lilian Mathieu (eds.). Mobilisations de victimes. Rennes: Presses Universitaires de Rennes, pp. 11-26.

Lefranc, Sandrine (2017). “La venganza de las víctimas”. Revista de Estudios Sociales, UNIANDES, 59, pp. 140-144.

Leite, Marcia Pereira (2004). “As mães em movimento”. En Patricia Birman y Marcia Pereira Leite (eds.). Um Mural para a Dor: movimentos cívico-religiosos por justiça e paz. Porto Alegre: Editora UFRGS, pp. 141-190.

Lemieux Cyril y Barthe Yannick (1998). “Les risques collectifs sous le regard des sciences du politique. Nouveaux chantiers, vieilles questions”. Politix, 11(44), pp. 7-28.

Levine, Annette y Zaretsky, Natasha (2015). Landscapes of Memory and Impunity: The Aftermath of the Amia Bombing in Jewish Argentina. Leiden: Brill.

Margry, Peter Jan y Sánchez Carretero, Cristina (2011). Grassroots Memorials: The Politics of Memorializing Traumatic Death. Nueva York: Berghahn Books.

Martínez, María (2017). “Agencia y movilización de las víctimas”. En Gabriel Gatti (ed.). Un mundo de víctimas. Barcelona: Anthropos, pp. 69-70.

McGuire, K., A. Stewart y N. Curtin (2010). “Becoming Feminist Activists: Comparing Narratives”. Feminist Studies, 36(1), pp. 99-125.

McWilliams, Mónica (1998). “Luchando por la paz y la justicia: Reflexiones sobre el activismo de las mujeres en Irlanda del Norte”. Arenal, 5(2), pp. 307-337.

Merry, Sally Engle (2016). The Seductions of Quantification: Measuring Human Rights, Gender Violence, and Sex Trafficking. Chicago/Londres: The University of Chicago Press.

Morcillo, Santiago y Cecilia Varela (2017). “‘Ninguna mujer…’. El abolicionismo de la prostitución en la Argentina”. Sexualidad, Salud y Sociedad, 26, pp. 213-235.

Murillo, Susana (2008). Colonizar el dolor. La interpelación ideológica del Banco Mundial en América Latina: el caso argentino desde Blumberg a Cromañón. Buenos Aires: Clacso.

Nigri Veloso, Lucas H. y Ângela C. Salgueiro Marques (2018). “¿Vulneráveis ou vítimas? A experiência das redes de luta antimanicomial em Belo Ho­rizonte e a construção relacional de biopotências”. Lumina, 22(2), pp. 59-78.

Peixoto, Priscila dos Santos, Zulmira Newlands Borges y Monalisa Dias de Siqueira (2016). “A despedida anunciada: emoções e espiritualidade entre familiares das vítimas da Boate Kiss”. Ciencias Sociales y Religión, 18(24), pp. 71-89.

Peñaranda-Cólera, María del Carmen y Martí Oliver Mora (2017). “Víctimas de accidentes de tráfico: las víctimas que no lo son”. En Gabriel Gatti (ed.). Un mundo de víctimas. Barcelona: Anthropos, pp. 130-150.

Pereyra, Sebastián (2010). “Detrás de la justicia: la figura de los familiares de víctimas en los procesos de movilización contemporáneos”. En Astor Massetti, Ernesto Villanueva y Marcelo Gómez (eds.). Movilizaciones, protestas e identidades políticas en la Argentina del Bicentenario). Buenos Aires: Nueva Trilce, pp. 297-304.

Pereyra Iraola, Victoria y Diego Zenobi (2017). “Familiares de detenidos y abogados de derechos humanos Trayectorias en la construcción de una causa pública”. RUNA, Archivo para las Ciencias del Hombre, 37(2), pp. 25-40.

Petryna, Adriana (2004). “Biological citizenship: the science and politics of Chernobyl-exposed populations”. Osiris, 19 (2), pp. 250-265.

Pita, María Victoria (2001). “La construcción de la maternidad como lugar político en las demandas de justicia”. Arenal. Revista de Historia de las Mujeres, 8, (1), pp. 127-154.

Pita, María Victoria (2004). “Violencia policial y demandas de justicia: acerca de las formas de intervención de los familiares de víctimas en el espacio público”. En Sofía Tiscornia (Comp.). Burocracias y violencia. Ensayos sobre Antropología Jurídica. Buenos Aires: Antropofagia, pp. 435-464.

Pita, María Victoria (2005). “‘Mundos morales divergentes’. Los sentidos de la categoría de familiar en las demandas de justicia ante casos de violencia policial”. En Sofía Tiscornia y María Victoria Pita (eds.). Derechos humanos, tribunales y policías en Argentina y Brasil. Estudios en antropología jurídica. Buenos Aires: Antropofagia, pp. 205-235.

Pita, María Victoria (2010). Formas de morir y formas de vivir: el activismo contra la violencia policial. Buenos Aires: Editores del Puerto–CELS.

Plaut, Shayna (2012). “Expelling the Victim by Demanding Voice: The Counterframing of Transnational Romani Activism”. Alternatives: Global, Local, Political, 37(1), pp. 52-65.

Querales Mendoza, May-Ek (2017). “‘Eran cuatro seres humanos, no eran cuatro animalitos’. La desaparición forzada, caminos desde el insulto moral hacia el juicio reflexionante”. Revista de Derechos Humanos y Estudios Sociales, 11(17), pp. 101-120.

Rabeharisoa, Vololona (2006). “From representation to mediation: The shaping of collective mobilization on muscular dystrophy in France”. Social Science & Medicine, 62(3), pp. 564-576.

Revet, Sandrine (2007). Anthropologie d’une catastrophe. Les coulées de boues de 1999 au Vénézuela. París: Presses de la Sorbonne Nouvelle.

Revet, Sandrine (2018). Les coulisses du monde des catastrophes “naturelles”. París: Editions Maison de las Sciences de l’Homme.

Revet, Sandrine y Langumier, Julien (2015). “Introduction”. En Sandrine Revet y Julien Langumier (eds.). Governing Disasters. Beyond Risk Culture (pp. 1-20). Nueva York: Palgrave Macmillan.

Redfield, Peter (2006). “A less modest witness: Collective advocacy and motivated truth in a medical humanitarian movement”. American Ethnologist, 33(1), pp. 3-26.

Robert, Philippe,  Renée Zauberman,  Sophie Névanen y Emmanuel Didier (2008). “L’évolution de la délinquance d’après enquêtes de victimation: France, 1984-2005”. Déviance et Société, 32(4), pp. 435-472.

Robledo Silvestre, Carolina (2016). “Genealogía e historia no resuelta de la desaparición forzada en México”. Íconos. Revista de Ciencias Sociales, 55, pp. 93-114.

Roggeband, Conny (2010). “The Victim-Agent Dilemma: How Migrant Women Organizations in the Netherlands Deal with a Contradictory Policy Frame”. Signs, 35(4), pp. 943-967.

Sarti, Cynthia (2009). “Corpo, violência e saúde: a produção da vítima”. Sexualidad, Salud y Sociedad, 0(1), pp. 89-103.

Sarti, Cynthia (2011). “A vítima como figura contemporânea”. Caderno CRH, 24(61), pp. 51-61.

Schuck, Peter (1986). Agent Orange on Trial. Mass Toxic Disasters in the Courts. Cambridge: The Belknap Press of Harvard University Press.

Schillagi, Carolina (2009). “La disputa de las víctimas. ‘Inseguridad’, reclamos al Estado y actuación pública de organizaciones y familiares de víctimas de delitos en la Argentina democrática (2004-2006)”. En Gabriela Delamata (ed.). Movilizaciones sociales, ¿nuevas ciudadanías?: Reclamos, derechos, Estado en Argentina, Bolivia y Brasil. Buenos Aires: Editorial Biblos, pp. 109-160

Schillagi, Carolina (2017). “Rosario arde. Familiares de víctimas y su relación con el Estado en el marco de una catástrofe”. Papeles del CEIC, 165(1), pp. 1-24.

Schillagi, Carolina (2019). “El protagonismo público de las víctimas contemporáneas. Catástrofes, dispositivos y Estado en la Argentina”. Persona y sociedad, 32(2), pp. 25-45. Véase https://bit.ly/3b8TPma.

Shalhoub-Kevorkian, Nadera (2011). “E-Resistance among Palestinian Women: Coping in Conflict-Ridden Areas”. Social Service Review, 85(2), pp. 179-204.

Silva, Telma Camargo da (2004). “Desastre como processo: saberes, vulnerabilidade e sofrimento social no caso de Goiânia”. En Annette Leibing (ed.). Tecnologias do Corpo: uma antropologia das medicinas no Brasil. Río de Janeiro: NAU Editora, pp. 201-225.

Shalhoub-Kevorkian, Nadera (2015). “Tracing identities through interconnections: the biological body, intersubjective experiences and narratives of suffering”. Vibrant, Virtual Braz. Anthropology, 12(1), pp. 260-289.

Shalhoub-Kevorkian, Nadera (2017). “Silêncios Da Dor: Enfoque Geracional E Agência No Caso Do Desastre Radioativo De Goiânia, Brasil”. Iberoamericana–Nordic Journal of Latin American and Caribbean Studies, 46(1), pp. 17-29.

Siqueira, Monalisa Dias de y Victora Ceres (2018). “‘A maior tragédia em 50 anos’: moral e emoções na transformação dos sentidos do incêndio da boate Kiss”. En Theophilos Rifiotis y Jean Segata (Comps.). Políticas etnográficas no campo da moral. Porto Alegre: UFRGS, pp. 183-205.

Siqueira, Monalisa Dias de y Victora Ceres (2017). “O corpo no espaço público. Emoções e processos reivindicatórios no contexto da ‘Tragédia de Santa Maria’”. Sexualidad, Salud y Sociedad, Revista Latinoamericana, 25, pp. 166-190.

Sarrabayrouse, María José (2011). “Poder judicial y dictadura: el caso de la Morgue Judicial”. Buenos Aires: Editores del Puerto.

Subotic, Jelena (2011). “Expanding the scope of post-conflict justice: Individual, state and societal responsibility for mass atrocity”. Journal of Peace Research, 48(2), pp. 157-169.

Theidon, Kimberly (2004). Entre prójimos. El conflicto armado interno y la política de la reconciliación en el Perú. Lima: IEP Ediciones (Instituto de Estudios Peruanos).

Traïni, Christophe (Dir.) (2009) Emotion… Mobilisation! París: Presses de Sciences Po.

Todeschini, Maya (1999). “Illegitimate Sufferers: A-Bomb Victims, Medical Science, and the Government”. Daedalus, 128(2), pp. 67-100.

Valencio, Norma y Arthur Valencio (2018). “O assédio em nome do bem: dos sofrimentos conectados à dor moral coletiva de vítimas de desastres”. Lumina, 12(2), pp. 19-39.

Varela, Cecilia y Felipe González (2015). “Tráfico de cifras: ‘Desaparecidas’ y ‘rescatadas’ en la construcción de la trata como problema público en la Argentina”. Apuntes de Investigación del CECYP, 26, pp. 74-99.

Vecchioli, Virginia (2014). “La monumentalización de la ciudad: los sitios de memoria como espacios de intervención experta de los hacedores de ciudad”. Estudios Sociales Contemporáneos, julio, 10, pp. 33-44.

Vecchioli, Virginia (2013). “Las víctimas del terrorismo de Estado y la gestión del pasado reciente en la Argentina”. Papeles del CEIC, 90(1), pp. 1-30.

Vecchioli, Virginia (2011). “Profesionales del derecho, activismo jurídico y creación de nuevos derechos. Hacia una mirada comprensiva del derecho desde las ciencias sociales”. Revista Política, 49(1), pp. 5-18.

Vecchioli V. y E. Martinelli Leal (2017). “El activismo de las víctimas en contextos represivos y democráticos. Lecturas cruzadas”. Papeles del CEIC, 1, pp. 1-11.

Vianna, Adriana y Juliana Farías (2011). “A guerra das mães: dor e política em situações de violência institucional”. Cadernos Pagu, 37, pp. 79-116. 

Vilain, Jean-Paul y Cyril Lemieux (1998). “La mobilisation des victimes d’accidents collectifs. Vers la notion de ‘groupe circonstanciel’”. Politix, 44(4), pp. 135-160.

Visacovsky, Sergio (2011). Estados críticos: la experiencia social de la calamidad. La Plata: Ediciones Al Margen.

Walgrave, Stefaan y Joris Verhulst (2006). “Toward ‘new emotional movements’? A comparative exploration into a specific movement type”. Social Movement Studies, 5(3), pp. 275-304.

Weed, Frank J. (1990). “The victim-activist role in the antidrunk driving movement”. Sociological Quarterly, 31(3), pp. 459-473.

Whittle, Andrea, Frank Mueller y Anita Mangan (2009). “Storytelling and ‘Character’: Victims, Villains and Heroes in a Case of Technological Change”. Organization, 16(3), pp. 425-442.

Woolford, Andrew y Stefan Wolejszo (2006). “Collecting on Moral Debts: Reparations for the Holocaust and Porajmos”. Law & Society Review, 40(4), pp. 871-901.

Young, Allan (1995). The Harmony of Illusions: Inventing Post-Traumatic Stress Disorder. Princeton, Nueva Jersey: Princeton University Press.

Zenobi, Diego (2013). “Del ‘dolor’ a los ‘desbordes violentos’. Un análisis etnográfico de las emociones en el movimiento Cromañón”. Revista Intersecciones, 14, pp. 353-367.

Zenobi, Diego (2014). Familia, política y emociones. Las víctimas de Cromañón entre el movimiento y el Estado. Buenos Aires: Antropofagia.

Zenobi, Diego (2017a). “‘Esperando justicia’: Trauma psíquico, temporalidad y movilización política en la Argentina actual”. Papeles del CEIC, 1, pp. 1-27.

Zenobi, Diego (2017b). “Políticas para la tragedia: Estado y expertos en situaciones de crisis”. Iberoamericana–Nordic Journal of Latin American and Caribbean Studies, 46(1), pp. 30-41.


  1. En este capítulo hemos tomado la decisión de no centrarnos en la bibliografía disponible sobre violencia política, terrorismo de Estado y justicia transicional asociada al campo de los trabajos sobre derechos humanos. Se trata de un campo de estudios muy desarrollado con innumerables publicaciones en las que pueden encontrarse los lineamientos genéricos que organizan esa producción. En cambio, hemos optado por poner el acento en procesos y casos que a priori no se corresponden directamente con ese universo.


Deja un comentario