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1 El mundo rural del NEA

Actores, economía rural y espacio regional

1. Las relaciones sociales en la realidad rural argentina y los condicionamientos regionales del NEA

Analizar las relaciones sociales en el ámbito rural del NEA[1] implica centrarnos en los actores rurales en función de su inserción regional y su economía; es decir, el modo en que la jerarquización socio-económica y política del espacio regional condiciona desde su conformación histórica a dichos actores sociales, cuya diferenciación interna se expresa también en ese escenario regional.

Como nuestro principal interés es el estudio de las relaciones sociales en el medio rural desde los actores rurales subalternos y su experiencia de organización en una instancia inédita en cuanto a su alcance regional, las Ligas Agrarias son un objeto de estudio central. Fueron la expresión rural de la movilización y organización social que tuvo la Argentina durante la década del setenta, en las que las organizaciones de productores y de trabajadores rurales como entidades representativas se propusieron participar en la planificación, ejecución y control de los procesos de cambio que exigía la estructura rural nordestina del país.

Estos cambios, vinculados a la modernización agraria durante los sesenta y con profundas consecuencias en las relaciones sociales rurales, fueron objeto de un debate más amplio sobre el modelo de desarrollo a seguir en América Latina, que involucró a nuestro país y a la región del NEA. En los ámbitos académicos, socioeconómicos y políticos desde fines de los cincuenta se perfilaron diversas corrientes interpretativas desde instituciones como la CEPAL (Comisión Económica para América Latina), la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación), el ILPES (Instituto Latinoamericano de Planificación Económica y Social) y el ICIRA (Instituto de Capacitación e Investigación en Reforma Agraria).

Todas coincidían en su visión de las fallas en la productividad agropecuaria como un obstáculo estructural al desarrollo regional latinoamericano, y en que los principales problemas en torno al agro se basan en la estructura de la propiedad y el sistema de tenencia de la tierra, la incorporación de tecnología a la empresa agrícola y la función del sector agrario en el proceso de desarrollo económico general. (Girbal-Blacha, 2008; Astori, 1984)

Dentro de este enfoque estructuralista más general se plantearon distintas posturas:

Por un lado, un enfoque de corte neoclásico y con escaso contenido histórico, que abarca determinados períodos analizados en base a los estímulos económicos en relación con el comportamiento interno del sector agrario y sus vinculaciones con el sistema. Aunque desde una visión centro-periferia, desde la CEPAL R. Prebisch y en nuestro país Gino Germani sostenían, con la teoría de la modernización, que el desarrollo era la última etapa a la que las sociedades latinoamericanas llegarían luego de completar el tránsito desde las sociedades tradicionales (que eran) hacia las sociedades modernas (que iban a ser). Para alcanzar esta meta, los países latinoamericanos debían seguir los pasos dados por las sociedades industriales europeas y Estados Unidos. Esta postura, propia de la política económica vigente en esas décadas en varios países del Cono Sur, se relaciona más específicamente con los planes del Banco Mundial.

Pero en los sesenta comenzaron las críticas a esa visión del desarrollo basada en medidas técnicas y económicas. Sobre todo, cuando se veía en los países latinoamericanos la contradicción entre los intereses de los inversores extranjeros y los de los sectores subordinados. Esto llevó a que, desde otra postura, Sunkel y Paz (1970) rebatieran la teoría de la modernización: para ellos el desarrollo y el subdesarrollo son las dos caras de la misma moneda, ya que el subdesarrollo de unas sociedades es la condición necesaria para el desarrollo de otras[2]. Además, afirmaban, no había posibilidad de que los países subdesarrollados imiten las sucesivas etapas vividas por los avanzados, dado que sus historias fueron diferentes desde su inserción inicial en el sistema capitalista. Esta visión histórica-estructural, en auge en los debates a fines de los sesenta y en los setenta y reactualizada a mediados de los ochenta, explica globalmente y en una perspectiva de larga duración la problemática por la cual atraviesa el agro, priorizando el funcionamiento del sistema capitalista y los cambios operados en el mismo desde la visión de un intercambio desigual. Dentro de esta corriente se distinguen dos vertientes: la teoría de la dependencia que privilegia las condiciones internacionales de funcionamiento del sistema, y la que jerarquiza las condiciones internas de la acumulación, intentando reformular esa primera versión más tradicional y profundizar el análisis de las particularidades del proceso de acumulación en la periferia, articulando a las variables económicas con las sociales y políticas.

Lo que estaba en discusión entonces era qué tipo de respuesta debía tener el problema del desarrollo. Es decir, si esa respuesta debía provenir de fórmulas netamente económicas o desde una visión que integrara los aspectos político y social como una salida hacia el desarrollo en los países periféricos.

Este problema central del desarrollo se traducía en la productividad, tanto industrial como agraria. Por eso a partir de los sesenta ocupó un lugar relevante el tema de la Reforma Agraria, directamente asociada con la necesidad de rever y modernizar el agro. Este debate fue impulsado por la CEPAL y la Alianza para el Progreso, bajo los efectos de la revolución cubana, y formó parte de un proceso internacional y especialmente latinoamericano[3].

En nuestro país participaron del debate gran parte de los sectores más representativos, como funcionarios del estado, la CEPAL, las corporaciones agrarias, los partidos y la Iglesia. Todos los diagnósticos coincidían en la necesidad de modernizar el agro, ya que había un consenso general en torno a la búsqueda de una salida hacia el desarrollo. Pero se diferenciaban en tres posturas: a) la liberal sostenía que el sector agropecuario era poco productivo porque el estado peronista había derivado sus ingresos para políticas de distribución de ingresos que superaban los niveles de productividad de la economía; b) la tradicional sostenía que la crisis de producción que sufría el agro se debía a no haber aplicado innovaciones tecnológicas ni haber tenido un comportamiento rentístico especulativo; y c) una postura alternativa, que entendía la necesidad de encarar reformas agrarias planteando algún tipo de intervención del estado en los grandes latifundios improductivos, e impulsando el aumento del sector de pequeños y medianos productores para incrementar la producción del campo y el financiamiento industrial, al estilo de otros países latinoamericanos, como Chile o Bolivia.

Las investigaciones sobre el tema. Fue a partir de estos debates sobre la modernización y el desarrollo que aparecieron más investigaciones sobre actores sociales subalternos y el ámbito regional extrapampeano. A diferencia del resto de América Latina, donde hubo un desarrollo considerable de la historia de las relaciones sociales en el medio rural, las limitaciones de toda investigación histórica se acentúan en el caso de los actores rurales subalternos en Argentina. Esto se debe a que los minifundistas campesinos históricamente no revistieron importancia para el estado o los sectores de poder económico, a menos que constituyeran una amenaza. Y a la vez, se trata de un actor social que generalmente no deja registros escritos de su accionar [4]. Ambos elementos contribuyeron a su casi anonimato para la historiografía argentina hasta mediados del siglo XX, con excepciones como el Informe de Bialet Masse -encargado por el estado- de 1904 sobre la situación de los campesinos y pequeños productores como mano de obra, o las investigaciones publicadas por el Congreso Nacional,  y los análisis de diferentes autores que, más desde una militancia política que desde la rigurosidad científica escribieron sobre los conflictos y movilizaciones rurales, como el caso de Gori o los Netri, y en general los escritos de anarquistas y socialistas en el medio rural.

Se sumó la preponderancia pampeana en el desarrollo económico argentino, que hizo perder de vista al agro del resto del país en las investigaciones relacionadas con el tema, y por eso fue recién a fines de la década del sesenta, con el proceso de modernización que afectó al agro, cuando este debate historiográfico sobre el desarrollo de actores rurales subalternos en el ámbito rural extrapampeano tuvo un fuerte impulso. Se dio a través de diversos autores[5] que plantearon la necesidad de reconocer no solamente las relaciones económicas de producción en los procesos productivos agrarios, sino también abordar las relaciones sociales que acompañan a las anteriores.

No obstante, los historiadores se ocuparon poco de los problemas sociales de la historia agraria regional reciente. La mayoría de los análisis sobre la historia social rural de los setenta fue realizada por otros científicos sociales: sociólogos, economistas, antropólogos e ingenieros agrónomos (Rofman, A. y otros, 1986).

Recién a partir de los 80 se difundieron análisis de historia rural que parten de la concepción regional de la construcción social del espacio, de la acción en redes de una amplia gama de sujetos sociales y de la ponderación de diagnósticos certeros para la construcción de políticas públicas en el vasto territorio de muestro país[6].

Según Noemí Girbal-Blacha, a los enfoques muchas veces descriptivos, llamados tradicionales, de las obras generales de historia económica, y a los estudios que priorizan

…las explicaciones propias de los estudios de la década del sesenta -cuando el agro es ejemplo de conceptos teóricos más que de explicaciones sobre la realidad histórica- les suceden las de un neto perfil político-económico -en algunos casos comprometidos con teorías globales- de los años ‘70 y los de rasgos socioeconómicos de los ’80. La década de 1990 -por su parte- propone abordajes más eclécticos, más precisos en algunas propuestas teóricas y más dispuestos a la asociación de la información cuantitativa con la cualitativa. (Girbal, N., 2001:5)

Pero ya desde los setenta los trabajos sobre las Ligas Agrarias evidenciaron una diversidad de interpretaciones. La principal controversia gira en torno al problema de cómo caracterizarlas, que incluye otros problemas: quiénes eran los distintos actores rurales que participaron de este proceso, cuál era su representatividad social y su organización, qué relación tenían con el proceso productivo, cuáles fueron las contradicciones y conflictos que evidenciaron, y cuáles eran sus proyectos y posibilidades de incidencia desde la región en la política económica y en la viabilidad de los cambios sociales.

Los condicionamientos regionalesComo experiencia de caso, la de las Ligas se inserta en una problemática regional en la que se debe prestar especial atención a la visión del sistema socio institucional y político que opera como trasfondo de los hechos económicos, por la influencia que las acciones originadas en el ámbito social o político tienen sobre el espacio.

Los análisis que están basados en un esquema funcional de libre mercado de productos y fuerza de trabajo y una actitud neutral del sector público en relación a los cambios espaciales operan desconectados del marco histórico-social real, sin considerar la gravitación socio-institucional propia de cada región. Una nueva inversión que modifica la estructura espacial, por ejemplo, está condicionada por el sistema sociopolítico vigente y respaldado en normas legales que la habilitan y la orientan en las pautas de consumo e inversión sobre la base de la estructura social existente. Por otra parte esa inversión se localiza donde el régimen de propiedad de la tierra lo habilita, moviliza mano de obra que contrata a través del respectivo mercado (influyendo sobre la distribución del ingreso) y presiona así sobre la estructura de poder. (Rofman y Romero, 1997)

Es a través del proceso político y del Estado cómo una clase o grupo económico intenta establecer un sistema de relaciones sociales que le permite imponer al conjunto de la sociedad un modo de producción propio en un espacio. (Cardozo y Faletto, 1969) Hay nuevas interacciones en la formación regional que van organizando nuevas formas espaciales con respecto a las relaciones de poder -como expresión de las jerarquías de dominación social y “la capacidad de una clase social para realizar sus intereses objetivos específicos” (Poulantzas, 1970)- y a los sistemas decisionales entre el sistema internacional y el sistema nacional urbano-regional (Rofman,A. y Romero,L., 1997:16/18), o vinculando la realidad espacial con los estilos de desarrollo y las políticas públicas aplicadas. (Boisser y Coraggio 1997)

En este sentido, la inserción de Argentina en la división internacional del trabajo como nación agroexportadora a fines del S XIX produjo una división interregional de la actividad económica que privilegió las áreas en las que se producía carne y cereales, principales productos de exportación, en detrimento del resto del país. Esta jerarquización en la configuración espacial de las actividades se tradujo en una centralización del poder económico y político en la región pampeana. La diferenciación regional en el desarrollo agropecuario se expresó hasta simbólicamente en la denominación por descarte entre pampeano y no pampeano o extrapampeano.

La situación de las restantes provincias se fue estructurando en forma diversa. En el NOA la vinculación de la región con el centro se dio con la negociación de los términos por parte de burguesías locales de gran poder, anteriores a la existencia del estado nacional, quienes se ocuparon de la administración de esa articulación. En las provincias y territorios nacionales del NEA, en cambio, por la incorporación tardía al sistema nacional de esos territorios que se organizaron desde el poder central, y por la ausencia de una fuerte burguesía local se evidenció desde sus orígenes regionales una vinculación de debilidad relativa ya que en su mayoría pudieron integrarse con un peso económico y político marginal en el sistema nacional (Rofman y otros, 1987) Slutsky (1975). Al respecto,

(…) en el noreste la presencia de una clase propietaria de origen local fue siempre menos nítida, con excepción de los ganaderos correntinos. Formosa solo muy recientemente asiste al desarrollo de un estrato de fuertes propietarios rurales; en Misiones antes que frente a una clase estamos ante un núcleo reducido de grandes empresarios agrícola-industriales de la yerba y el té; la provincia a la que ha estado asociado en los hechos el desarrollo en la región. Chaco es ejemplar en este aspecto, puesto que los grupos que controlan los aspectos decisivos de la explotación del tanino primero y el cultivo e industrialización del algodón después eran y son grupos externos a la región. (Golbert, L., y Lucchini, C., 1974:6).

Esta formación desigual de la región derivó en desniveles sociales a escala regional según el grado de inserción del sistema de las relaciones sociales capitalistas en el espacio nacional[7], en donde coexisten en la región modalidades no capitalistas o precapitalistas con algunas grandes empresas típicamente capitalistas, que no ampliaron ese tipo de relaciones a los demás eslabones de la producción directamente ligadas a ellas.

Estas regiones según Rofman se caracterizan por su bajo potencial productivo, con elevado peso de procesos no capitalistas en las actividades productivas agropecuarias de tipo familiar con ingresos insuficientes para expandirse y coexistiendo con el gran latifundio improductivo. También se observa un mercado interno regional poco diversificado y con índices reducidos de  productividad de una industria poco diversificada y fuertemente ligada al consumo vegetativo de la población, con una considerable cantidad de artesanos o talleres que se limita a la elaboración de materias primas locales que son exportadas para consumo final o nuevas etapas de elaboración en los grandes centros industriales del país o del extranjero; con predominio de tareas no calificadas y bajo nivel de los salarios reales. En contraste, el grueso del sector industrial está compuesto por un pequeño núcleo de grandes establecimientos, la mayoría de los cuales pertenece a capitales extrarregionales, con reducidos sectores sociales preeminentes locales que representan esos capitales. A esto se suma un bajo nivel de ingreso global unido a una débil estructura del aparato estatal, lo que impide una provisión adecuada de servicios para las necesidades sociales básicas de la población. (Manzanal y Rofman, 1989)

Este desarrollo regional argentino desde los sesenta estaba directamente vinculado con el estilo de desarrollo y las políticas públicas aplicadas en la realidad espacial. Entre 1950 y 1970,

 

“…la estructura económica y social argentina pasó de un estilo de desarrollo semiautárquico, sostenido por un proceso intenso de sustitución de importaciones para el consumo final masivo, a otro estilo signado por la acumulación de capital con alto contenido exógeno y creciente complejización del aparato productivo. Su expresión a nivel espacial se manifestó como una acentuación de las desigualdades regionales”[8]. (Rofman, A. y Manzanal, M., 1989:12)

Desde los sesenta en el área II la población creció por debajo del promedio nacional aunque algunas jurisdicciones recibieron población de países limítrofes; se evidenció en general una declinación tanto en el PGB como en el PBI. El estilo desarrollista dio gran impulso al área I dentro de la configuración espacial argentina y privilegió subespacios con factores de localización favorables y acumulación de economías externas de aglomeración, con el apoyo del estado nacional a través de inversiones públicas y legislación. Durante esta década casi todas las producciones del NEA pasaron por diferentes ciclos de sobreproducción, que fueron acompañados por crisis regionales de diferente efecto según la característica e inserción de los productos involucrados.

Y a principios de los setenta se abrió una nueva etapa con el quiebre en la estructura político-institucional y en las modalidades del proceso de acumulación, y aunque hasta el 73 siguieron los efectos de las inversiones industriales previas, la disputa por el ingreso impidió mantener las tasas de acumulación. Este quiebre fue acompañado en las regiones por un crítico análisis del proceso histórico de desarrollo regional, y una presión política que impulsó el surgimiento de políticas sectoriales y de legislación promocional destinadas a revertir la situación de atraso relativo en la periferia del sistema espacial argentino[9]. Así, el gobierno peronista hasta el 75, distribucionista, con expansión del PBI y una política económica y social con el acento puesto en la igualdad social, se expresó en el ámbito regional en los convenios entre el estado nacional y las provincias del área II para inversiones en infraestructura, equipamiento social y subsidios para reactivar la producción local. Estos acuerdos, llamados Actas de Reparación Histórica, se enmarcaron en el Plan Trienal para la Reconstrucción y la Liberación Nacional y fueron complementados con la Ley de Promoción Industrial 20560, aprobada en forma unánime a fines de 1973. Ambas, Actas y Ley, consideran las desigualdades regionales y las políticas para remediarlas desde el enfoque centro-periferia, y muestran tanto una clara orientación regional en las políticas de fomento como indicaciones precisas sobre sus destinatarios, el pequeño y mediano empresario de origen y potencial de acumulación local.

Hacia fines del 75 el deterioro sociopolítico y económico interno y externo comenzó a evidenciar una recesión y un ajuste que se profundizaron con la política neoliberal de la dictadura del PRN, cuyas principales consecuencias regionales sobre la configuración del espacio nacional[10] fueron la caída industrial de la pampa húmeda y las localizaciones selectivas en el área II por la ley de promoción industrial, que no cambió la declinación de la industria nacional (Manzanal y Rofman, 1989).

Las consecuencias directas de esta conformación regional desigual se evidencian ya en los análisis relacionados con la estructura de funcionamiento de circuitos agroindustriales escritos en los setenta; los mismos sostienen que en algunos casos, como el NEA,

(…) el actor social dominante en una etapa de la producción se apropia de la totalidad del valor que se genera en su eslabón, y además presiona a los actores sociales más débiles de otros eslabones para extraerles parte o todo el valor que ellos generan. De este modo, el proceso de circulación de valor dentro de la cadena o circuito es un factor fundamental en el análisis integral de los ganadores o perdedores en la dinámica de acumulación de cada actividad. (Marqués, N.  y Rofman, A. (1987).

Es importante agregar a esta diferenciación la que existe dentro de los actores subalternos -minifundistas, productores pequeños y medianos- de la misma región del NEA, en donde se dan diferentes niveles de producción, tecnología, uso de fuerza de trabajo y relación con la tenencia de la tierra y con el mercado. Por eso, y en el marco de nuestro análisis que se centra en la experiencia regional de las Ligas Agrarias, nos preguntamos cómo pudo ser que los distintos actores sociales que las integraron, teniendo una inserción diferente en el mercado externo y una relación de poder político provincial desigual con el estado central desde sus orígenes, hayan actuado en conjunto regionalmente.

2. Los actores sociales rurales del NEA en la década del sesenta   

“Gramsci pedía no ver el campo plano, y evitar los conceptos “dogmáticamente unitarios”, es decir aquellos como productor rural, hombre de campo, agricultor, hacendado, y similares, que tienden a ocultar la diversidad de clases, fracciones de clase y capas sociales que coexisten contradictoriamente en cualquier estructura agraria” (1970:125).

Para caracterizar a la estructura social agraria del noreste argentino[11] en los sesenta y setenta creemos que además de considerar los actores sociales rurales y las unidades productivas -clasificación de establecimientos, explotaciones o unidades productivas agropecuarias- también es importante el análisis de los recursos económicos, físicos y culturales, para conseguir una perspectiva distinta del tema.

 Nos interesan especialmente estos últimos aspectos, sin descuidar la vida económica sino enmarcándola en las relaciones sociales establecidas en el conjunto de la actividad agropecuaria. Al respecto, intentamos integrar dos enfoques distanciados: por un lado el que sostiene que la unidad productiva es una empresa que configura el ámbito por excelencia de las decisiones económicas, y por otro una visión más global y menos economicista, que convierte a la estructura de las empresas agropecuarias (tomadas individual y conjuntamente)  en estructura social.

Según Ignacio Llovet,

(…) en el primer caso los vínculos entre los factores de producción adquieren tanta fuerza que bloquean la atención del momento anterior -de toma de decisiones con toda su complejidad de estructuras y procesos- y del momento posterior en que a partir de las demandas y obligaciones se produce la distribución de los beneficios entre los diversos agentes del sistema imperante. En el segundo, en cambio, se pone el acento en la modificación de las posiciones que poseen los individuos en la estructura de la empresa en términos de estructura social; es decir, las relaciones de propiedad y de trabajo se traducen a un lenguaje de clase social, descuidando dos características del modo en que se establecen las relaciones económicas en la agricultura: la pertenencia a la comunidad rural y la existencia de núcleos familiares entrelazados con intensidad diversa con la actividad productiva. (1992:192-3).

En síntesis, nos interesa sobre todo analizar las relaciones que los distintos actores sociales establecen entre sí dentro de las unidades productivas, y a partir de éstas las relaciones que las unidades productivas establecen entre sí y los elementos que hacen a la producción de cosas físicas. Acotamos entonces, más allá de los aspectos culturales analizados en este trabajo, la caracterización de los actores sociales rurales a su relación con diversas formas de explotación de las unidades productivas agropecuarias y los diferentes tipos de inserción en el proceso productivo del NEA.

Al respecto, las dimensiones de análisis que usamos para estimar esta clasificación agraria son:la disponibilidad de la tierra (formas de tenencia),la tecnología empleada (tipos de productividad, uso de magnitudes variables de capital) y la fuerza de trabajo (familiar, asalariada). En base a estas variables se pueden diferenciar un conjunto de categorías socioeconómicas que dan lugar a los tipos básicos que aquí se consideran, teniendo en cuenta que la compleja estructura socioeconómica agraria argentina no permite la aparición de estos tipos agrarios en forma pura [12]:

  1. los asalariados u obreros rurales
  2. el minifundista
  3. el pequeño productor familiar (EAF- colono I y II)
  4. el mediano empresario rural
  5. el gran empresario rural
  6. el latifundista

Es el análisis de esta diversidad de actores sociales lo que nos permite caracterizar la estructura productiva en relación a los sujetos agrarios existentes en cada región y provincia.

Cada tipo básico establece un conjunto de relaciones sociales con otros sectores económicos, de manera que la estratificación social resultante no sólo está definida por los sectores vinculados directamente a la producción sino también por los sectores que participan de la comercialización, industrialización y financiamiento de la actividad agraria.

Tales relaciones, resultantes de la división social del trabajo, se estructuran en base a las diversas formas de dominio sobre los recursos productivos -comercialización, tecnología, crédito- que se caracterizan por su asimetría con respecto a las formas de control de la producción y de los excedentes. Por lo tanto, esas relaciones asimétricas de intercambio, transferencia y apropiación desigual de la producción y de los excedentes con respecto a otros sectores no productores, son las que definen también el tipo de posibilidad de desarrollo de los tipos sociales considerados y, en consecuencia, pueden revelar los aspectos estructurales en las relaciones de convergencia o conflicto de cada actor social agrario (OEI, 1981:44).

Así, el carácter que pueden expresar tales relaciones de alianza u oposición dependerá del grado y tipo de organización y del carácter político ideológico que asuma la misma en cada actor agrario o en el conjunto de los mismos. La caracterización de estos actores sociales rurales, que ya dijimos no se presentan históricamente en forma pura, posibilitará entonces una mejor comprensión sobre las bases sociales de las Ligas Agrarias y su posterior evolución.

  1. Asalariados u obreros rurales. Consideramos a los obreros rurales como una fuerza de trabajo rural que ha sufrido un proceso de descampesinización o proletarización que los ha separado de su vínculo con la tierra, y para sobrevivir deben vender su fuerza de trabajo a cambio de una remuneración. Resulta complejo establecer una clara diferenciación entre muchos minifundistas y los obreros rurales, porque frecuentemente se dan situaciones intermedias donde aparecen combinadas ambas formas (como se analizará más adelante).

La inserción laboral de los obreros rurales se caracteriza por la discontinuidad, dado que viven una gran vulnerabilidad ocupacional en una estructura productiva que no puede absorber su fuerza de trabajo de forma estable en ciclos agrícolas anuales y que se caracteriza, en cambio, por demandar trabajadores en ciertos períodos limitados de tiempo. Esta es, por ejemplo, la situación que se manifiesta en la mayoría de los cultivos industriales y en la actividad frutihortícola.

Esta inestabilidad ocupacional da lugar a largos períodos de desocupación y a una fuerza de trabajo disponible con alta movilidad para transitar de una actividad y zona geográfica a otra. Estos son los casos de los trabajadores golondrina, quienes se trasladan con sus familias para levantar diversos tipos de cosechas.

El tipo de contratación de los obreros rurales presenta características comunes con respecto a bajas remuneraciones y “…al generalizado incumplimiento de las leyes vigentes en materia de salarios y jornales, seguridad social, etc. De tal manera los ingresos efectivos del trabajador son llevados a niveles extremadamente bajos, sin ninguna relación con las necesidades vitales del obrero y su familia (OEI, 1981:47).

En su relación con otros actores rurales el obrero rural, en tanto asalariado, en relación de dependencia con pequeños productores, medianos y grandes empresarios rurales presenta contradicciones con los mismos. En algunas zonas, como en la región del NEA, esas diferencias de intereses asumen además un carácter étnico entre criollos (mayoritariamente peones rurales) o indios (sobre todo en la Cuña Boscosa chaqueña como hachero en los obrajes, o en los algodonales y los gringos (pequeños hasta grandes productores).

El proletariado rural constituye una de las principales clases sociales emergentes del avance capitalista sobre el agro, representativas del grado y de los resultados de este avance modernizador y de que el desarrollo del capitalismo marcha en el sentido de una “industrialización de la agricultura” (Rau, V.,2005)

  1. El minifundista es una categoría compleja, que define para algunos al campesino[13], un productor que utiliza exclusivamente la fuerza de trabajo familiar sobre una insuficiente superficie de tierra y escasa tecnología, y cuyos ingresos no le permiten la subsistencia familiar ni la acumulación (Slutsky, D., 1975:13)
  2. El pequeño productor familiar se diferencia en dos subtipos:

El primero es característico de explotaciones agrícolas familiares (EAF) o el tipo colono I (Bartolomé, 1975) que introduce una diferencia de límite en explotaciones minifundistas con respecto al tipo campesino en relación a la capacidad potencial de acumulación de capital. Este tipo de productores en la estructura agraria familiar (EAF)[14], si bien utilizan exclusivamente la fuerza de trabajo familiar cuentan con algún tipo de tecnología y mayor capacidad de eficiencia productiva, lo cual los pone en condiciones de acumulación de capital[15], a pesar de las crisis (Archetti, 1975 y 1981).

Otro factor de diferenciación con el tipo minifundista anterior se refiere al régimen de tenencia de la tierra, que puede presentar modalidades diversas tales como la de propietarios, arrendatarios[16], medieros[17]y ocupantes gratuitos (particularmente de tierras fiscales).

El segundo de los subtipos define al pequeño empresario rural, que comprende a aquellos productores que emplean en forma combinada mano de obra familiar y asalariada, con cierto desarrollo tecnológico y eficiencia productiva, lo que les permite una variada potencialidad de acumulación de capital. Este actor social rural se acerca a la racionalidad empresaria de maximización de las ganancias, pero se mantiene dentro del tipo EAF, dado que depende principalmente de la fuerza de trabajo familiar. También se lo denomina colono II.

Con respecto al tipo de explotación agrícola, si bien pequeña “es superior a la superficie promedio de los minifundios, por lo que la capacidad de trabajo familiar se ve excedida por la demanda de trabajo requerida en ciertos momentos del ciclo productivo” (Slutsky, D., 1975:15). Por esta razón la incorporación de asalariados aparece como transitoria en los momentos pico del cultivo en cuestión, como por ejemplo la cosecha.

En relación al régimen de tenencia de la tierra, en este tipo agrario predominan los productores propietarios y arrendatarios,

Esta conjunción de elementos llevaría a que el volumen de la producción total que en promedio logra la pequeña empresa fuese sensiblemente superior al correspondiente del minifundio. En consecuencia, los ingresos obtenidos por esta forma de explotación estarían acordes al nivel de subsistencia y a la vez posibilitarían un proceso de acumulación. (Slutsky, D.,1975:15)[18].

  1. El mediano empresario rural se caracteriza por ser un tipo de productor que puede incorporar mano de obra asalariada permanente y una mayor cantidad de asalariados transitorios. No obstante, el régimen de contratación presenta situaciones especiales donde los asalariados transitorios realizan tareas casi permanentes, como efectivos encubiertos.

El tamaño de la explotación es mayor que las señaladas con anterioridad. De acuerdo al nivel tecnológico con que cuenta el productor, se pueden diferenciar dos variantes de mediana empresa rural: a) la extensiva “donde existe una baja tecnología y una utilización reducida de mano de obra asalariada”; y b) la intensiva “con un mayor desarrollo tecnológico y una utilización más significativa de mano de obra asalariada”.

Con respecto a la tierra, “tiende a circunscribirse al eje propietario-arrendatario, siendo improbable la existencia de otros regímenes de tenencia (Slutsky, D., 1975:16).[19]

  1. El gran empresario rural: es el que más se acerca al tipo clásico farmer. Se caracteriza por una incorporación muy significativa de mano de obra asalariada permanente, y según el tipo de actividad rural varia el volumen de mano de obra no sólo permanente sino transitoria. Producen en explotaciones que operan sobre grandes extensiones y con un avanzado desarrollo tecnológico tanto en las actividades agrícolas como ganaderas, por lo que demanda una mano de obra más especializada, acorde al grado de división social del trabajo que presenta la explotación.

A diferencia de otras formas de dependencia y pago heterodoxas (ej el adelanto de mercaderías y endeudamiento de la mano de obra), lo que caracterizaría a la fuerza de trabajo de este tipo de explotaciones es su condición de trabajadores específicamente salarial.

Este tipo de productores expresan el comportamiento de un “rational farmer” que calcula los costos de producción (capital y mano de obra), los relaciona sistemáticamente con los precios prospectivos y distribuye los insumos de la explotación de manera de maximizar los rendimientos (Bartolomé, 1975)

En relación a la tierra, “supone la propiedad de la tierra como régimen de tenencia, aunque puedan presentarse formas combinadas, como por ejemplo el crecimiento de grandes empresas propietarias a través del arrendamiento” (Slutsky, D., 1975:17).

  1. El latifundista es por lo general quien posee grandes extensiones de tierra y bajo nivel tecnológico, con un uso extensivo de esa tierra. Utiliza mano de obra asalariada[20], aunque con dos modalidades frecuentes:
  2. a) con minifundistas como mano de obra, quienes mediante contratos de aparcería se vinculan al latifundista contrayendo, entre otras obligaciones, la de prestar servicios personales como forma de pago. En esta variante el interés del latifundista radica en “la renta de la tierra y en forma complementaria la contraprestación de servicios”. b) con incorporación de asalariados permanentes bajo un régimen que implica como forma de pago, además del salario, la cesión de pequeñas extensiones de tierra y/o derecho de pastoreo; en este caso al latifundista “le interesa la utilización de la fuerza de trabajo en su explotación, para lo cual es fijada a la tierra” (Slutsky, D., 1975:17). En relación con el régimen de tenencia de la tierra, el latifundista es por definición propietario.

3. La economía de los actores rurales subalternos regionales y la descampesinización

Un acercamiento a la dinámica de los tipos sociales agrarios en relación al conjunto de la sociedad en la región requiere considerar las vinculaciones que se establecieron con los sectores económicos no agropecuarios: la comercialización, el financiamiento y la industrialización. En la región del NEA se desarrollaban en el terreno agropecuario distintos tipos de circuitos productivos, además del forestal y ganadero, particularmente los denominados cultivos industriales y frutihortícolas (algodón, tabaco, arroz, té, tung, citrus, yerba mate, vitivinicultura, legumbres y caña de azúcar). Estos circuitos presentaban distintos eslabones, como la producción agrícola, la industrial, la comercialización y el rol del Estado.

La incidencia que estos sectores tenían sobre las diversas explotaciones agropecuarias definía las posibilidades de desarrollo y autonomía de los actores sociales, que también variaba según el poder de cada uno en el proceso económico.

Así, las situaciones que enfrentan las explotaciones basadas en el trabajo familiar son mucho más restrictivas que las que tienen ante sí aquellas que se basan en el trabajo asalariado. Las alternativas de relación y el poder de negociación variaban según una u otra forma de explotación, esto significaba que la relación con el sector no agropecuario podía adquirir un carácter diversamente asimétrico. (Slutsky, D., 1975:18).

Los actores rurales subalternos en los sesenta estaban en el NEA en un contexto en que prácticamente las mismas labores agrícolas se podían realizar bajo distintas escalas de producción y con distintas combinaciones entre unidades productivas y tipos de trabajadores[21].

En este sentido, la importante revolución técnica que registró la agricultura no aumentó la división del trabajo ni modificó la cadencia o sucesividad de las tareas agrícolas, excepto las que se mecanizaron. A esto se sumó la persistencia del trabajo familiar (también bajo distintas formas) como uno de los principales espacios de resistencia frente a las formas clásicas de desarrollo del capitalismo. (Neiman, G., 2008: 163)

No obstante, según Catania y Carballo,

(…) la modernización de la agricultura (en base a paquetes tecnológicos que incluyen agroquímicos, mecanización, riego y un cada vez menor empleo de mano de obra) y la creciente importancia del procesamiento agroindustrial de la producción fueron dos factores que transformaron las relaciones de producción dentro del sector primario, favoreciendo la articulación de la agricultura y la subordinación de los productores a los requerimientos de las empresas transnacionales (ET) agroindustriales (1984:9).

En consecuencia, el capital transnacional pudo controlar la producción y las regiones a través de las agroindustrias y la monopolización de los circuitos de comercialización, sin tener que asumir los riesgos que esa misma producción implica. El grado de concentración de la demanda en ciertos oligopolios que controlaban la comercialización e industrialización determinó la capacidad diferencial de acumulación y consumo de los actores rurales subalternos. Esto llevó a que se conformen diferentes convergencias y articulación de intereses, además de líneas de conflicto entre los diversos actores considerados.   

Así, el impacto de otros actores socioeconómicos sobre las estructuras productivas agropecuarias regionales pudo dar lugar a una coexistencia entre farmers y producciones minifundistas o EAF. Esto implicó divergencias y contradicciones entre ellos en torno las diferentes capacidades de capitalización, que permitían mejoras tecnológicas para incrementar la productividad de acuerdo a las demandas de calidad que exigían las empresas transnacionales. En estos casos los medianos y grandes productores tendieron a convertirse en interlocutores privilegiados de las agroindustrias. Aunque en algunas zonas esa capacidad productiva pudo hacerse extensiva también a pequeños productores EAF y minifundistas, la tendencia fue al desplazamiento y reducción de éstos ante sus crecientes dificultades para sobrevivir a la competencia.

4. La inserción socioeconómica del minifundista

El minifundio, como dijimos, representa la forma de explotación que define al campesino[22], en la que los productores utilizan exclusivamente la fuerza de trabajo familiar sobre una insuficiente superficie de tierra y una baja dotación tecnológica. Esta configuración de elementos redunda en un monto de ingresos generados por la explotación inferior al nivel de subsistencia familiar y la imposibilidad de generar un proceso de acumulación (Slutsky, 1975). Archetti y Stolen (1975) caracterizan a la economía campesina como aquella en donde el productor trabaja básicamente con su familia y se reproduce sin excedentes. No es que no quiere ahorrar sino que no puede hacerlo: vende sus productos en el mercado para comprar otros productos para cubrir sus necesidades. En este tipo de economía el precio como algo objetivo no existe: el precio de producción o el precio de mercado se miden en gran medida a partir de las necesidades familiares culturalmente definidas que hay que satisfacer. Los campesinos del NEA (Formosa y Chaco) no piensan en lo que dejan de ganar, sino en el dinero que necesitan para satisfacer sus necesidades inmediatas, incluidas las deudas a los comerciantes locales.

El precio y el regateo, por lo tanto, tienen limitaciones del productor y no del mercado, por lo cual el precio del mercado no influye sobre el precio final sino como algo que nunca se pagará. El campesino no desconoce el precio del mercado, sino que este tipo de intercambio -reciprocidad negativa- es típico en esta clase de economía. (Archetti,E. y Stolen,K., 1988).

Es por esta razón que, sistemáticamente, los campesinos ceden una parte de su ganancia a algún otro sector de la sociedad, y los magros ingresos que obtienen son transferidos bajo diversas formas de intercambio desigual hacia los mercados con los cuales se vincula, en donde la escasez de oportunidades se debe al dominio de terratenientes, empresarios industriales, comerciantes y estado. Por esto la economía campesina no puede analizarse fuera de la relación global que establece con el sistema en general.

El tipo de vinculación del campesinado con la sociedad es objeto de diversas interpretaciones, según se refieran a estructuras donde prevalecen formas de producción precapitalistas o no capitalistas, o bien una penetración del capitalismo agrario en el cual predominan sectores transnacionales, lo que modifica en cada caso su dinámica de acción colectiva.

El actor social campesino administra un grupo doméstico familiar o comunitario, y no una empresa, y su lógica productiva con respecto a la fuerza de trabajo se basa en criterios de asistencia mutua y esfuerzos colectivos de sus redes de parentesco.

En la economía campesina[23] la tierra es la base de su vida. Sin embargo, la tierra no es entendida como una propiedad privada en el sentido capitalista sino como una propiedad familiar o comunitaria. El hecho de que muchas veces el campesino no tiene tierra, pero debe arrendarla o trabajar por ella como mediero en las haciendas “no es propio de la economía campesina, pero indica la descomposición de la economía campesina frente a la economía dominante” (May, R., 1986:40). Para poder analizar estas posibles diferencias desde un tipo campesino puro a un proceso de descampesinización o recampesinización, según los casos, resulta útil hablar de minifundios.

Al respecto, en la Argentina el pequeño productor rural aparece generalmente ligado a la expansión de la agroindustria, a la cual puede estar ligado directamente o a través del subsistema de comercialización, habiendo alcanzado dicho estadío a través de un proceso de “campesinización”, sea por “evolución” (caso de ex asalariados del agro que se asientan en tierras y empiezan a producir para el mercado), o por “involución” casos de productores familiares capitalizados que han sufrido una descapitalización. (Forni,F. y Benencia,R., 1989:4).

A su vez, este sujeto social campesino puede discriminarse entre minifundistas puros no proletarizados, cuyos ingresos devienen exclusivamente del insumo propio de mano de obra familiar, y el minifundista proletarizado donde la explotación agrícola constituye la base de sólo una fracción de los ingresos y elementos de subsistencia. El productor es a la vez un asalariado y de este modo logra una fuente alternativa de ingreso” (Slutsky, 1975). En este último caso se diferencian los productores que se proletarizan en función de complementar los ingresos que obtienen por su explotación, que aunque insuficientes constituyen su actividad principal, de los asalariados rurales que son productores como actividad suplementaria. De esto resulta que en el primer caso la explotación tiende al predominio de cultivos industriales o frutihortícolas y en el segundo a cultivos de autoconsumo, con ingresos diferenciales en cada caso, según el tiempo de ocupación predominante.

En relación al régimen de tenencia de la tierra, el campesino se caracteriza por poseer derechos relativamente fijos sobre esta, sea o no propietario. La explotación minifundista incluye el tipo campesino, pero puede caracterizarse por la ausencia de propiedad. Las figuras bajo las cuales aparecen los productores minifundistas pueden ser como ocupantes gratuitos[24]de tierras fiscales o privadas, y aparceros[25].

5. El problema de la descampesinización

El predominio de un nuevo modo de producción trae entre otras consecuencias

…la proletarización de una parte del campesinado (en su mayor parte reclutado por la industria y los servicios urbanos) y la transformación en burguesía de otra parte (con monopolio relativo de medios de producción, dinero y tierras). Ambos resultan emergentes de la crisis y diferenciación social que crean las condiciones para la transformación de los antiguos productores directos, y son dos elementos característicos de la descomposición del campesinado precapitalista. (Azcuy, 2006)[26]

Pero también se da la permanencia de otra parte significativa, en la que el desarrollo capitalista refleja su dinámica y contradicciones en las formas que va adoptando el propio campesinado subsistente (productores directos agrarios no proletarizados, ni aburguesados lo suficiente como para abandonar el trabajo productivo), es decir

…las características de la inacabada pero suficiente descampesinización, como para poder afirmar el predominio a escala social de las relaciones de producción capitalistas por sobre otras relaciones anteriores con las que estas inevitablemente coexisten. Es decir, descampesinización suficiente para la vigencia del capitalismo. (Azcuy, 2006).

Esto implica una transformación sólo parcial del campesinado, ya que los que se convierten en empresarios continúan siendo ellos mismos productores directos, además de explotadores esporádicos de trabajo asalariado-colono I y II[27]; y otra parte que continúa trabajando en explotaciones agrarias, propias o arrendadas, pero insuficientes para la reproducción del núcleo familiar por lo que deben periódicamente usar su fuerza de trabajo, lo que los caracteriza como semiproletarios o minifundistas[28]. Estas características, variables según el tiempo, el lugar o las condiciones, dan lugar al conjunto de subsistencias campesinas.

Esta desigualdad del desarrollo capitalista en la agricultura se refleja en cómo estos campesinos van perdiendo su incidencia en la producción, aunque en una forma lenta[29] de descampesinización (en la que tanto los campesinos ricos como los pobres forman de hecho parte de la dinámica capitalista) en la que la tendencia a la concentración y al monopolio se evidencia en la eliminación de las pequeñas explotaciones que quiebran ante las imposiciones en el crecimiento  de las escalas necesarias para mantener los ingresos que hacen posible la subsistencia en el mercado. Esta vía de la descampesinización, que significa la profundización de la ruina de numerosos pequeños y medianos agricultores, (Azcuy, 2006:169) suele ir acompañada de otras consecuencias sociales como el éxodo y el despoblamiento rural, el incremento de los latifundios, la degradación ambiental, la indefensión nacional, la concentración cada vez mayor de la producción, la riqueza, los medios de producción y la tierra; y el incremento de la desocupación y la pobreza. 

No obstante, el proceso de descampesinización depende del contexto, ya que no es igual el nivel de consolidación del capitalismo en EEUU, Argentina y Paraguay por ejemplo, ni los momentos y condiciones de su surgimiento, ni los obstáculos y condicionamientos que tuvo ni cómo los enfrentó. Y no es lo mismo un capitalismo autónomo que se transforma luego en imperialismo, que otro condicionado desde su nacimiento por la dependencia externa y el poder de las viejas clases dominantes de origen precapitalista. (Azcuy,E., 2006:170)

En el caso del NEA, los pequeños productores pueden o no ser propietarios formales de la tierra, pero la tendencia de la modernización capitalista de la agricultura (con la hegemonía transnacional) tendió a despojarlos del control real de su producción y comercialización. El mismo pasó a manos de las empresas que controlan la comercialización e industrialización, subordinando y adecuando a sus necesidades de producción a las explotaciones minifundistas o EAF aunque la propiedad de la tierra siguiera en manos de estos últimos, y lo mismo ocurrió con aquellos pequeños productores que no eran propietarios. En consecuencia, que el productor agrícola pudiera llegar a ser un productor independiente dependió del modo de superposición entre la administración doméstica o familiar y la administración de la empresa propia entre las pequeñas unidades. (Neiman, 2008)

Es decir, estos colonos conservaron de los campesinos el trabajo doméstico como central en el proceso productivo, aunque en determinado momento tomaron fuerza asalariada, acercándose al tipo capitalista también al acumular cierto excedente al final de cada ciclo productivo. Pese a esto para Archetti y Stolen (1992) no es un productor capitalista, porque la economía capitalista se caracteriza por la ausencia de trabajo doméstico en el proceso productivo. Sostienen que no es un problema de cantidad sino cualitativo, porque sin el colono titular la explotación no funciona, lo que no ocurre en la explotación capitalista. Además, un capitalista decide realizar sus inversiones con criterio de rentabilidad, mientras un colono decide realizar una inversión sólo si no le impide mantener la relación entre trabajo doméstico y cantidad de recursos disponibles en tierra y tecnología. Es decir, se plantea como una distinción central el tipo de racionalidad [30] del productor, campesina o capitalista.

Archetti y Stolen (1985) sostuvieron un debate con dirigentes de las Ligas Agrarias sobre el problema del capitalismo agrario en la zona y el papel de los colonos[31]. Al respecto afirmaban que las dimensiones de campesino pobre, mediano y rico no están asociadas al volumen de excedente sino a la relación con la fuerza de trabajo. Si vende su fuerza de trabajo será llamado pobre, si sólo utiliza la fuerza de trabajo familiar será mediano, y si compra fuerza de trabajo de terceros será rico. En cuanto a la tenencia de la tierra, puede ser propietario, mediero o arrendatario. Aunque la deducción obvia es que la acumulación de excedente depende de la cantidad de fuerza asalariada utilizada en el proceso productivo, en estos productores medios EAF (explotaciones agrícolas familiares) habría que invertir el razonamiento y pensar que la acumulación será mayor, manteniendo constante el tamaño de las parcelas y la tecnología, cuantos menos salarios se paguen, de ahí la ventaja relativa de las familias con muchos hijos en condiciones de trabajar. Un campesino que usa peones para la cosecha porque no le alcanza la mano de obra familiar no puede ser definido como rico por esto, por lo que el criterio de excedente va a estar dado por la autoexplotación de fuerza de trabajo familiar más que por la ajena. De nuevo en juego acá el tipo de racionalidad campesina, tan alejada de racionalidad empresaria capitalista.

La categoría intermedia de colono, asociado a un tipo de economía que puede corresponder al chacarero o granjero en otras zonas, es un punto en el proceso de acumulación de capital, pero no por eso todos estos productores pueden convertirse en capitalistas y tampoco es cuestión de tiempo. Archetti y Stolen parten de la hipótesis contraria: suponen que “no todos los colonos han de convertirse en capitalistas y que solo una pequeña minoría llegará al infierno” por los obstáculos para el desarrollo del capitalismo en el campo[32]. Es precisamente este campesino medio el que representa la persistencia de las unidades de producción campesina, el sector social en el cual las consecuencias de la desestructuración del campesinado se manifiestan con menor intensidad.

Sostiene Azcuy (2006:181-4) que este es el núcleo de la producción familiar en estructuras sociales agrarias más resistente al capitalismo, el que mejor expresa la descampesinización suficiente. Se trata de productores directos que se han ido adaptando a funcionar económicamente al interior del régimen capitalista, lo que en muchos sentidos los lleva a actuar como burgueses, aún cuando desde el punto de vista de la organización social de la producción son campesinos y no capitalistas [33]. Es precisamente por esa condición de campesinos que tienen ciertas conductas económicas de autodefensa social que no son propias del capitalismo. Así, el campesinado medio puede renunciar a percibir la renta del suelo (incluido el interés sobre el capital invertido) en el caso de los que son propietarios fundiarios, o puede resignar toda o parte de la ganancia media que le correspondería como capitalista, o incluso puede regular su remuneración como productor directo aún por debajo del equivalente al salario correspondiente. Son estas estrategias de supervivencia de las explotaciones campesinas las que las diferencian de las empresas puramente capitalistas productoras de plusvalía a través de la producción de mercancías[34].

Es esta especial situación socioeconómica de los productores medios la que los suele ubicar en el centro de la escena en materia de lucha y resistencia, no solo cotidiana sino también ante los grandes desafíos planteados por las consecuencias de los procesos de concentración económica (del capital, la producción y la tierra), sobre todo en países dependientes como la Argentina. Tal fue el caso de las Ligas Agrarias del NEA durante la crisis de los monocultivos de los sesenta.


  1. Consideramos como el Noreste de Argentina para este análisis del proceso de las Ligas Agrarias a la región conformada por las provincias que las integraron: Chaco, Formosa, Misiones, Corrientes, Entre Ríos y Santa Fe.
  2. Al respecto Eduardo Cardoso y Enzo Faletto (1969) distinguían tres conceptos que se asocian: periferia, subdesarrollo y dependencia. Centro y periferia indican la función que cada economía cumple en el mercado mundial como resultado de su vinculación histórica (agroexportación); desarrollo y subdesarrollo lo definen en relación al grado de diferenciación del sistema productivo de cada sociedad nacional (más desarrollada la que tiene sector primario y secundario de la economía); y a la dependencia la consideran en relación al grado de autonomía que tiene el sistema político de cada sociedad nacional para tomar decisiones de política económica que afecten el sistema productivo o el consumo interno.
  3. Giarraca, N. y Cloquell, S. (1998:7) en la historia del capitalismo latinoamericano la agricultura fue desarrollándose con sus particularidades y tiempos propios. Las revoluciones verdes, las reformas agrarias y la participación estatal fueron moldeando estructuras agrarias donde predominaban distintos tipos de productores y relaciones sociales.
  4. Sobre campesinos leer entre otros a Hobsbawm,E., (1974 y 1998), Scott,J., (1995), Popkin,S.,  (1979), Posada,M., (1993), Bonaudo y Puciarelli (1993), Barsky y Gelman (2001) Murmis,M., (1993), Archetti,E., (1986), Bartolomé,L., (1975), Giarraca,N., (1994) y Azcuy,E., (2006).
  5. Desde fines de década sesenta son representativos los trabajos del Consejo Federal de Inversiones (CFI), del Centro de Investigaciones en Ciencias Sociales (CICSO) y del Grupo de Sociología Rural, el CEIL-CONICET y el CEDES. (Posada, M., 2003:8) Entre otros, son referentes Rofman, E., Manzanal, M., Bruniard, E., Boissier,S. y Coraggio, J.L.
  6. La historia rural de Argentina fue estudiada generalmente desde las posturas teóricas mencionadas para explicar las diferencias interregionales: ya sea priorizando la región -el espacio geográfico- y no los actores sociales (visión neoclásica), o la vinculación entre el espacio, la sociedad y la economía (modelo tradicional) (Girbal-Blacha, 2008) Al respecto se destacan O.Barsky y J. Gelman, la compilación en la Revista sobre Estudios Regionales y Mercado de Trabajo editada a fines de 2006 por las universidades nacionales argentinas, y las investigaciones realizadas por los grupos de estudios históricos rurales de la Universidad Nacional de Quilmes y de la Universidad Nacional de La Plata, coordinados por la Dra. Noemí Girbal-Blacha.
  7. De esa desigual forma de apropiación espacial que el capitalismo produjo históricamente, hoy tenemos tres zonas:
    1. área I, de predominio de formas capitalistas avanzadas coexistiendo con remanentes o bolsones atrasados minoritarios -pampa húmeda y Mendoza-,
    2. área II – NOA, NEA, OESTE, Entre Ríos y Provincia de La Pampa-, predominio de condiciones de menor desarrollo capitalista relativo, donde las experiencias no capitalistas o precapitalistas son aún muy notorias; y
    3. área III, región patagónica, de más reciente ocupación y por eso con definición más débil de su forma de desarrollo, y con escasa articulación entre los enclaves (formas productivas capitalistas avanzadas) y las más tradicionales. En el interior de cada una de las áreas se producen procesos sociales y económicos reproductores del desarrollo vigente a escala del sistema nacional, con sus desigualdades estructurales y con agentes sociales de muy diferenciados comportamientos.(Rofman y Manzanal, 1989)
  8. La decreciente ocupación agraria se asocia con cambios tecnológicos con aumentos de productividad del trabajo, aunque se mantienen elevados niveles de ocupación en cultivos y actividades de temporada que no están mecanizadas. Todo eso provoca división regional del trabajo marcada por condiciones ecológicas y productivas pero también históricas y sociales, que lleva diversas situaciones ocupacionales. (Neiman, G., 2008:164)
  9. El recurso de la regionalización buscaba distinguir espacios homogéneos desde un punto de vista productivo, social y ocupacional, y permitió construir una mirada más sectorial para interrelacionar esas dimensiones a nivel nacional, regional y provincial, considerando las manifestaciones regionales de la estructura ocupacional del agro argentino, su relación con las condiciones poblacionales y de distribución de la tierra, y el nivel y características de la demanda y uso de trabajadores familiares y asalariados permanentes y transitorios. (Neiman, 2008)
  10. Desde la década del 70, a las crisis regionales de los cultivos tradicionales se sumó el impacto del crecimiento de producciones no tradicionales pampeanas marginales, como sorgo, soja y el poroto seco. Es decir el área II no fue ajena al proceso de modernización, estas nuevas producciones ocurrieron en el marco de formas productivas similares a las de la pampa húmeda, con capitales extrarregionales, en establecimientos de tipo empresarial y con mano de obra asalariada pero escasa .(Aparicio, 1985)
  11. Norma Giarraca (1999) sostiene que estructura social agraria hace referencia a las posiciones de los sujetos en el circuito de la producción en función de los recursos materiales que controlan. Desde una visión estructural, se distingue a las unidades de producción agraria según el tipo de relaciones sociales que sustentan. Se diferencian las unidades entre las que predominan las relaciones capitalistas (por contratación de asalariados permanentes) y aquellas donde el elemento básico es la relación tierra-trabajo familiar.
  12. Sobre la clasificación de actores sociales rurales ver Moyano Walker, M. (1991 y 1999), Slutsky, D. (1975), OEI (1981), Mertel, I. (1975), Flichman, G. (1977) Azcuy, E (2006), Murmis, M. (1992)
  13. Aunque hay muchas definiciones, coincidiendo con Azcuy (2006) entendemos por campesino para el caso del NEA a todo productor directo que reproduce su existencia, aplicando su fuerza de trabajo y la de su familia al cultivo de la tierra y la ganadería, cualquiera sea su relación jurídica con la tierra.
  14. Según Giarraca, N. y Grass, C.(1999) las unidades campesinas no son homogéneas. Se pueden clasificar en unidades que se reproducen en un mismo nivel; unidades que deben recurrir a la venta de su fuerza de trabajo para completar su reproducción; hasta aquellas que incorporan elementos (como trabajo asalariado transitorio o modernos medios de producción) que señalan cierto nivel de capitalización. En este último caso son productores familiares capitalizados, que tienen comportamientos económicos y sociales diferenciados. Pero ambas unidades se insertan en forma subordinada al sistema, interactúan y asumen relaciones asimétricas con otros actores económicos o sociales. Las relaciones asimétricas, y por ende desventajosas, para los campesinos se entablan ya sea en el mercado o en el mismo proceso productivo mediante mecanismos como los sistemas de contratación agrícola, o en otros campos donde interactúan: educativos, políticos, culturales.
  15. El caso del campesino medio, con especial resistencia a los efectos de la descampesinización, fue analizado desde el marxismo sobre las relaciones entre campesinado y capitalismo, en relación a cómo las revoluciones rusa y china según Lenin y Mao encararon el análisis de las clases sociales en el campo. Sostiene Lenin en Primer esbozo de las tesis sobre el problema agrario…(148) que en el triunfo de la revolución, algunas de las necesidades complementarias de este grupo son la supresión de los arriendos o la exención de una parte de la cosecha a los grandes propietarios agrarios, la supresión de las hipotecas y de formas de opresión como el disfrute de bosques; la ayuda del poder estatal para incorporar o renovar los medios de producción, la transformación de las cooperativas y asociaciones agrícolas para ayudar en primer lugar a campesinos pobres; “En este sector son inevitables las vacilaciones en cierta medida a favor de la libertad de comercio ilimitada y del libre ejercicio de derechos de propiedad privada, pues este sector, siendo ya, si bien en pequeña parte, vendedor de artículos de consumo, está corrompido por la especulación y por los hábitos de propietario.”
  16. Los arrendatarios son los productores que pagan una renta de la tierra, en base a contratos que se establecen por un monto determinado de pago, que generalmente se fija en dinero. Dado que por lo general poseen contratos escritos, aparecen dentro de los no propietarios como comparativamente más favorecidos.
  17. Los medieros son productores que establecen un acuerdo donde los costos de producción y los riesgos son compartidos entre las partes. Pueden ser productores con recursos equivalentes o bien propietarios que procuran medieros. Los acuerdos suelen establecerse en base a porcentajes de riesgo relativamente similares en cada parte.
  18. Para Mao “de los campesinos medios muchos poseen tierras, otros sólo arriendan. Todos disponen de suficientes aperos agrícolas. Viven total o principalmente de su propio trabajo. En general no explotan a nadie, y muchos de ellos sufren la explotación en pequeña medida pagando arriendo de tierras o interés en préstamos. Pero no venden su fuerza de trabajo. Un sector de ellos, los campesinos medios acomodados, explotan a otros en pequeña medida, pero no en forma constante ni como fuente principal de sus ingresos.(Azcuy, 2006)
  19. Sostiene Eduardo Azcuy (2006) que tanto para Lenin como para Mao los campesinos ricos son los patronos capitalistas en la agricultura, que explotan su hacienda como norma contratando varios jornaleros. Estos campesinos ricos sólo están relacionados con el campesinado por su nivel cultural poco elevado, por su modo de vivir, por su trabajo personal manual en su hacienda.
  20. Para Lenin (ob.cit) los terratenientes y grandes latifundistas son quienes en los países capitalistas explotan de un modo sistemático, directamente o por medio de sus arrendatarios, a obreros asalariados y pequeños campesinos y a veces también a los campesinos medios, sin tomar parte en el trabajo manual.
  21. Durante mucho tiempo en torno a la problemática del trabajo y los trabajadores agrarios desde la perspectiva sociológica hubo más referencias al autoempleo familiar que al funcionamiento de las relaciones salariales; más todavía a partir de que la descomposición del campesinado no se desarrolló con la rapidez esperada a principios del siglo XX, dando lugar al surgimiento de los debates acerca de la persistencia del sector y al énfasis en las formas de funcionalidad del campesinado para el desenvolvimiento del sistema capitalista (Archetti, 1978).
  22. Al respecto, vale la pena reiterar la definición de campesino (sintetizada por Azcuy, E., 2006:164) como todo productor directo que reproduce su existencia mediante la aplicación de su fuerza de trabajo y la de su grupo familiar y/o grupo doméstico, predominantemente al cultivo de la tierra y la cría de ganado, cualquiera sea su relación jurídica con la tierra. No obstante, agrega que esta definición básica prescinde del resultado económico de la explotación más allá del logro de la subsistencia y reproducción de sus operadores (incluido entre otros el recurso a diversas formas part time de peonaje y trabajo a jornal); es decir que no se toma como definitoria la producción o no de excedentes, ni su probable acumulación, ni el destino de su producción, la que puede ser tanto para el consumo familiar o para el mercado. Para el ámbito internacional, Eric Wolf (1976) sostiene que los campesinos son labradores y ganaderos rurales cuyos excedentes son transferidos a un grupo dominante de gobernantes que los emplean para asegurar su nivel de vida, y que distribuye el remanente a los grupos sociales que no labran la tierra, pero que han de ser alimentados a cambio de otros géneros de artículos que ellos producen. Para América, por su parte, Miguel Murmis (1992:82) habla de una unidad campesina como una unidad de producción en la cual lo fundamental es la combinación de los recursos tierra y trabajo familiar, pero que la fuerza de trabajo familiar se utiliza solo en la unidad económica familiar, aún si esta incluye actividades no agropecuarias. La descripción de campesino clásico es la de Engels en “Las guerras campesinas en Alemania” (México, Grijalbo:46).
  23. Aunque el tema de la economía campesina no es objeto de este estudio, aludimos a la comparación entre las concepciones en relación a la existencia de campesinado independiente en el capitalismo. Para Chayanov y para Marx es posible hablar estrictamente de un modo de producción campesino, o mejor, de una economía campesina, sólo cuando el campesino se apropia totalmente del producto de la tierra que trabaja. Pero Chayanov sostiene que el trabajo familiar es la única categoría de ingreso posible para un campesino, porque no existe el fenómeno social de los salarios y por eso tampoco el cálculo capitalista de ganancia, ya que su principal objetivo es la subsistencia (definida culturalmente). En cambio para Marx la economía campesina, por definición, es una economía mercantil: el campesino vende para comprar, aunque sólo sea para satisfacer sus necesidades. Estas ideas fueron retomadas por Archetti y Stolen (1975) en relación al colono del NEA, y sostienen que la producción campesina para existir como tal requiere la existencia de dos criterios básicos: predominio de la fuerza de trabajo doméstica y ausencia de una acumulación sistemática de capital. De esto se derivan economías protocampesinas (de producción doméstica, pero sin mercados donde volcarla) y poscampesinas, en las que el productor doméstico puede acumular capital sistemáticamente, mejorar su tecnología, expandir su actividad económica con inversiones productivas y no productivas, y se da la aparición de organizaciones económicas cooperativas y un proceso de diferenciación social intraclases.
  24. Los ocupantes gratuitos son productores que reciben el usufructo gratuito de una superficie determinada de tierra para cultivar. Según las provincias pueden ocupar tierras fiscales, en trámites de sucesión o privadas. En este último caso serían aparceros sin contrato, que pagan la renta de la tierra que ocupan con su trabajo personal y/o el de su familia y pueden ser desalojados en cualquier momento. La superficie de la tierra que se les permite ocupar es muy reducida, dado que el interés del propietario es la de mantener disponible la fuerza de trabajo y evitar su migración.
  25. Los aparceros son los productores que intercambian diverso tipo de retribuciones por el uso de la tierra, que puede establecerse ya sea como prestación de servicios en la explotación del propietario de las tierras que ocupan, o bien por un porcentaje sobre la producción, que puede darse en dinero o en especie.
  26. Azcuy fija su postura desde la perspectiva marxista en el debate sobre la descampesinización surgido a raíz de las distintas interpretaciones de la problemática agraria en Argentina, en las que -sostiene- se suele dar por sentada la inexistencia de un problema campesino en el país, en virtud del supuesto de que el modo de producción capitalista se habría afirmado en el campo antigua y profundamente lo que excluiría la presencia con alguna relevancia del campesinado, especialmente en el ámbito pampeano.
  27. La terminología marxista alude a campesino rico o campesino pobre. Cada realidad agraria varía según el diferente nivel de desarrollo capitalista, el peso relativo de distintas herencias precapitalistas y los cambios en formas y contenidos de pluriactividad desplegada por parte de actores sociales agrarios. Un campesino rico tiende a englobar sujetos sociales distintos, ya sea un farmer altamente capitalizado en tierras y maquinarias de última generación, cuyo trabajo productivo sólo genera una muy pequeña parte del valor total producido en la explotación principalmente por varios obreros rurales; un chacarero propietario de su tierra que cultiva junto a dos asalariados (o recurriendo a servicio maquinaria); o un arrendatario que trabaja el suelo con arado tirado por bueyes y cosecha a mano contratando regularmente fuerza de trabajo asalariada estacional. (Azcuy, 2006:182-3)Por su parte, Archetti y Stolen (1975) llaman a este colono que no es ni campesino ni capitalista farmer.
  28. Un campesino pobre suele verse obligado a vender una parte de su fuerza de trabajo, por eso es importante poder establecer en qué consiste esa venta e identificar otras actividades alternativas, pero con las mismas dificultades provenientes de las limitaciones de la pequeña explotación agraria.
  29. En relación a las variaciones históricas en los procesos de descampesinización, Azcuy (2006) sostiene que pueden ser lentas o aceleradas, progresistas o reaccionarias
  30. Para Samuel Popkin (1979) racionalidad es que los individuos evalúan los posibles resultados asociados con sus opciones de acuerdo con sus preferencias y valores, y hacen la elección que creen que puede maximizar la utilidad prevista. Niega el sentido de igualar racionalidad con interés personal sólo en el bienestar propio, aunque asume que el campesino se preocupa primeramente por su seguridad y bienestar y de su familia. La seguridad es muy importante porque el campesino es pobre y siempre cercano a la línea de peligro, y una pequeña caída en la producción puede tener efectos desastrosos en la supervivencia de la unidad productiva. Ese interés por la subsistencia y la seguridad es llamado el principio de seguridad ante todo: los campesinos son contrarios a arriesgar y focalizan en evitar las caídas, no en maximizar expectativas de ganancias.
  31. Archetti y Stölen definen campesino como productores que viven en el campo, son pobres, la tecnología es atrasada, tienen su propia cultura y con el excedente que producen mantienen una clase de terratenientes ociosos. Además puede ser un productor que tenga la propiedad de la tierra, venda su fuerza de trabajo una parte del año, y en algunos casos utilice la fuerza de trabajo de peones rurales.
  32. Los obstáculos que plantean son de tipo estructural (tenencia de la tierra, económico (situación de mercado), ecológico (estrategia diversificación), tecnológico, social, político y cultural (valores generales y religiosos).(1985)
  33. Al respecto, agrega que es importante no confundir dos realidades tan distintas como la producción capitalista y la producción campesina familiar, aunque esta última esté inserta en una economía capitalista consolidada. Así, un productor directo que trabaja con bueyes y anticuados instrumentos de trabajo, que vende sus granos al precio que le indica el acopiador, que no explota trabajo asalariado ni tampoco enajena el suyo, es un campesino medio; tanto como lo es otro productor directo que utiliza cosechadora con aire acondicionado y pasacasete, que vende en el mercado de futuros, pero que al igual que el anterior ni compra ni vende fuerza de trabajo. En el fondo la esencia de las relaciones sociales en base a las cuales este sector social realiza su producción es la misma, aunque con notables diferencias y asimetrías entre ellos: la propiedad de la tierra, tipo de tecnología disponible, situación financiera, escala de producción, mera subsistencia o acumulación de capital, modo de vida e inserción cultural, etc., que obligan a definir nuevos subagregados de productores. También se deben considerar las particularidades de los diferentes momentos y grados de desarrollo de la sociedad capitalista y los profundos contrastes regionales y nacionales.
  34. Para este tema consultar Popkin, S, Scott, J, Friedman, H. Al respecto, Scott (1995) sostiene que la resistencia campesina puede estar marcada tanto por una confrontación masiva y desafiante como por una tranquila evasión que es igualmente masiva y mucho más efectiva, la resistencia cotidiana. En donde esta se aparta de otras formas de resistencia es en su implícito no reconocimiento de los objetivos públicos y simbólicos. Mientras la política institucionalizada es formal, sistematizada y de cambio jurídico, la resistencia cotidiana es informal, encubierta, y relacionada en gran medida con lo inmediato, los logros de hecho. Para la mayoría de las clases subordinadas, que a lo largo de la historia tienen poca perspectiva de aumentar su estatus, esta forma de resistencia ha sido su única opción. Lo que puede ser logrado dentro de esta camisa de fuerza simbólica es más que nada algo para el legado a la persistencia humana y la inventiva.


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