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4 La Iglesia que mira al campo: el Movimiento Rural de Acción Católica

Las Ligas Agrarias de la región del NEA surgieron promovidas en gran medida[1] por la acción de la iglesia a través del Movimiento Rural de Acción Católica Argentina-MR de ACA-MRC (Moyano Walker, 1991), y fueron una expresión en el ámbito rural de esa nueva conciencia política y social que se estaba gestando en el interior de la institución eclesial.

La Iglesia fue en los sesenta y setenta un actor central en el ámbito rural del NEA, con un rol sociopolítico clave a través del Movimiento Rural, rama de la Acción Católica de alcance nacional que como movimiento eclesial de laicos[2] tuvo una función articuladora entre la institución eclesial que integraba y el movimiento social de las Ligas Agrarias que organizó a los campesinos como un actor social con fuerte gravitación en el Noreste Argentino.

Este proceso llevó además a que dentro de la institución eclesial emergieran contradicciones propias, porque la transformación del MR en algunas diócesis en Ligas Agrarias impulsó su autonomía con respecto a la institución eclesial. En el contexto de contestación social y radicalización política de principios de los setenta esa mayor autonomía de los laicos derivó en tensiones y posteriormente en un conflicto con la jerarquía eclesial.

Se dirimieron en esta etapa en la institución eclesial problemas centrales de las relaciones sociales rurales, por eso nos interesa en este capítulo profundizar las relaciones de los movimientos sociales con la Iglesia y con la sociedad[3]. Esto comprende, además del análisis del rol institucional y las relaciones de convergencia y conflicto con el Estado, las complejas interrelaciones entre la institución, las élites, los movimientos y las bases eclesiales con los sectores populares, sus organizaciones sociales y políticas, y sus cuadros[4].

La Iglesia católica como institución (Smith, 1982) tiene una lógica propia. Representa una organización compleja y jerárquicamente estructurada, cuya misión es la de preservar y trasmitir un conjunto de verdades religiosas. Sus orientaciones y principios trascendentales asumen una misión primaria y específicamente religiosa, y aunque participa en las contiendas político-ideológicas seculares lo hace desde una constitución diferente por sus objetivos esencialmente religiosos.         

La Iglesia está compelida en un equilibrio entre lo espiritual, perdurable y trascendente, y lo temporal -sujeto al cambio y desarrollo- con mayor o menor tensión en las diversas corrientes sociales internas de catolicismo[5], aunque es una cuestión que requiere una permanente atención por el conjunto de la institución. Por ser una comunidad de creyentes que se manifiesta a través de una institución, pese a su autonomía organizativa y a la especificidad de su mensaje religioso está inserta en un determinado proceso histórico que la condiciona y le plantea alternativas para optar por una posición u otra dentro de dicho proceso. En consecuencia, su accionar es un modo especial de acción social que se manifiesta en las distintas esferas de la sociedad civil. Los desarrollos internos de la Iglesia deben ser considerados “en su relación recíproca con los cambios vividos en el conjunto de la sociedad.(…) considerar a la Iglesia a la vez como canal y escenario de mutua interacción y confrontación entre tendencias sociales que le son simultáneamente internas y externas.” (Krischke, P., 1981).

A lo largo de su existencia -desde 1948 hasta 1976- el Movimiento Rural de ACA pasó por distintas etapas que en líneas generales coincidieron con procesos similares que se dieron en la Iglesia católica del Cono Sur, acordes con las prioridades alentadas por la Iglesia Latinoamericana y Universal.

El proceso emergente que protagonizaron las Ligas agrarias en la región del NEA fue parte de un movimiento mayor de ligas y sindicatos rurales latinoamericano de los sesenta y setenta, y con muchos elementos comunes en la región del Cono Sur. También en esta organización y movilización rural la iglesia católica tuvo importancia decisiva en la conformación de actores sociopolíticos rurales durante el período. Aunque más especialmente en Argentina, Paraguay y Brasil, los movimientos laicales de iglesia en el Cono Sur tuvieron gravitación en el surgimiento de sindicatos rurales cristianos a fines de 1950 y de diversos movimientos sociales rurales desde mediados de 1970 en Brasil y Chile, de las Ligas Agrarias Cristianas en 1960 en Paraguay y las Ligas Agrarias en 1970 en Argentina. La excepción aparece en el caso uruguayo donde la Iglesia no se involucró directamente en la constitución de movimientos rurales y sindicales, aunque simpatizó y se solidarizó con algunos de los mismos. Estos movimientos laicales se redefinieron ante el surgimiento de las organizaciones rurales, y llegaron en algunos casos a diluirse dentro de las mismas. (Moyano Walker, 2001).

Y, aunque no cronológica, hubo también una adaptación en términos globales a los diversos regímenes políticos vigentes en la realidad argentina. En función de esto, se abordó cada período del MR de ACA en dos niveles de análisis que articularon los modelos pastorales con la realidad nacional en distintos momentos: las referencias sociales de la práctica pastoral, es decir las opciones preferenciales sobre las cuales se asentó la evangelización; y la posición social de la Iglesia, referida al tipo de mediación que estableció con la sociedad, particularmente con la organización popular, y a las formas en que estructuró su unidad interna, y su relación institucional con el Estado.            

La necesidad de la Iglesia como institución de articularse con la sociedad hizo que la unidad institucional fuera históricamente fundamental para su supervivencia. De ahí los continuos esfuerzos que realizó para evitar su atomización interna o su fragmentación entre los colectivos sociales -clases, estratos- que la componen y que tendieron a desarrollar sus propias formas de vivencia y expresión religiosa, o a invadir la institución. Esa unidad se expresó según las corrientes internas que predominaron en la Iglesia; y la mayor o menor capacidad de lograr un consenso interno que permitiera un accionar coherente hacia lo externo dependió de la correlación de fuerzas tanto hacia dentro de la Iglesia como con la sociedad.

Por otra parte, en sus relaciones con el Estado la Iglesia buscó permanentemente por diversas vías institucionales su apoyo pleno, fáctico o táctico, procurando así preservar la institución y obtener libertad para su misión específica, a la vez que mantener y conquistar prerrogativas que considera “derechos esenciales” bajo los diversos regímenes políticos (Parker, 1990). Por otra parte, al Estado también le interesa regular su relación con una institución internacional (capaz de resistir por ello a su absorción en la esfera estatal) para ganar mayor legitimidad. Al respecto se pueden trazar dos coordenadas entre la necesidad de la Iglesia de pactar su supervivencia institucional y la necesidad de los regímenes políticos -en especial autoritarios- de cooptar a la Iglesia para sostener su legitimidad. El grado de autonomía o adhesión que tuvieron en el proceso histórico dependió también de las tendencias internas de la Iglesia y su correspondencia con la correlación de fuerzas en la sociedad. Así se comprende cómo se resolvieron políticamente en la Iglesia las luchas sociopolíticas a la vez internas y externas, como las corrientes eclesiales internas que participaron tanto en coaliciones golpistas (Revolución libertadora) como en el proceso de movilizaciones y protestas populares contra la dictadura de la Revolución Argentina postulando una nueva sociedad.

Y en relación a las referencias sociales de la institución eclesial, por fuera del nivel discursivo de su mensaje universal hay preferencias en los destinatarios de su accionar. En nuestro país la iglesia tuvo diversas referencias sociales, sectores sociales que se priorizaron en función de la ubicación de la institución eclesial en la sociedad. Durante décadas había expresado un catolicismo que priorizó, junto con la cultura ideológica dominante, al sector conservador vinculado a élites aristocráticas y preferencia por los sectores medios. Pero la Iglesia a fines de los sesenta asumió la opción por los más pobres y la pastoral popular y cambió sus anteriores referencias sociales y su propia posición en la sociedad. En esta etapa se produjo un proceso de dislocamiento de sus bases sociales (Palacio, 1980)[6] en el que sus destinatarios pasaron a ser los sectores subalternos y los sectores medios que optaron por el compromiso social. La Iglesia apareció así más cerca de los pobres y distante de los ricos.

Este proceso de dislocamiento fue lento y desigual, pero logró exceder ampliamente a las élites o vanguardias eclesiales que habían tenido un rol destacado inicialmente, y esa opción fue dinamizada por un porcentaje significativo de cuadros intermedios eclesiales junto con una minoría de obispos, alcanzando a un conjunto relevante de la Iglesia argentina, aunque no suficiente como para orientar al conjunto.

En el caso del Movimiento Rural de ACA, con alcance nacional, tanto internamente como en su articulación con la sociedad sus actitudes y comportamiento como movimiento eclesial cambiaron en diferentes contextos regionales o provinciales. Para analizarlos fue necesario comprender la misión religiosa de la Iglesia y las diversas formas que puede asumir en relación a los valores culturales dominantes de cada lugar y etapa histórica. En este sentido, se pudo ver cómo se expresa la autoridad simbólico moral de la Iglesia en sus diversos niveles organizativos[7] para llevar adelante su mensaje, a la vez que se abordaron las interacciones que estableció con diversos colectivos sociales y regímenes políticos. Esta interacción se expresó en los diversos tipos de mediación entre la sociedad civil y el Estado, especialmente el clientelismo, el corporativismo y los movimientos sociales.             

1. La iglesia rural hasta mediados del siglo XX

El Movimiento Rural nació como una iniciativa de la Acción Católica Argentina, que percibió la importancia, ya que sus grupos no llegaban al campo, de atender al medio rural, y se ocupó de esta función un sector de Rurales de ACA a partir de 1948. En realidad la propuesta respondía al llamado de la Santa Sede en la posguerra y al interés de la Iglesia en el contexto de la Guerra Fría por la cristianización del campo y por la elevación del nivel de vida[8].

Hasta ese momento se predicaban las Santas Misiones a las que los párrocos rurales invitaban a los padres misioneros, que duraban quince días por año y se realizaban para “llevar su acción benéfica a los demás centros de población que tenga la parroquia y a las estancias, para que tantas almas no se vean privadas de la atención espiritual que más necesitan, por estar alejadas de la iglesia parroquial” (Rev. Eclesiástica Arzobispado de Bs.As. y Sufragáneo de Azul, año 48, n°583, Bs.As., ene. 1948)

Creada en 1930 a partir de directivas del Vaticano, la Acción Católica congregaba a los laicos de la Iglesia y se proponía como el brazo largo de la institución, que salía de las parroquias para evangelizar directamente en los distintos ámbitos de la sociedad a través de sus ramas. El Movimiento Rural tuvo el status de 6º rama de la ACA. Fue a partir de estas directivas de la institución eclesial que los laicos asumieron el modelo y la práctica evangelizadora de ACA, con el propósito de penetrar e influenciar esferas que se consideraban estratégicas, en este caso el ámbito rural. Esta preocupación acerca de la situación rural ya estaba presente en los cuarenta y cincuenta en los ámbitos militantes de la ACA,

(…) que los dirigentes de ACA vivan siempre en las grandes ciudades los ha mantenido alejados de uno de los ambientes de nuestra patria que más necesita de la labor apostólica. (…) El ámbito rural, donde vive gran parte de la población “a la que no le llega casi ningún influjo religioso”(…) A pesar del esfuerzo del clero -continúa- éste es escaso. “La ignorancia religiosa, la superstición, el concubinato, el alcoholismo, y otras tantas lacras sociales hacen estrago en las almas y en los cuerpos de nuestros hermanos del campo. La ACA escuchando el llamado de sus pastores trata ahora de remediar el mal. Gracias a Dios estamos a tiempo de salvar a estos hermanos, antes de que caigan en mayores desgracias, como serían el protestantismo y el comunismo, que ya orientan sus armas hacia el campo. Tenemos en este Aposto|ado muchos factores favorables. El primero es que la población rural es sentimentalmente religiosa: tiene Fé. Los siglos de laicismo no borraron la labor de los misioneros. En el campo aún se cree y se ama a Dios. Además son receptivos a la palabra de la Iglesia, son sencillos, generosos y tienen voluntad de mejorar. Con estas ventajas (…) creemos que podremos cumplir nuestro objetivo, el mandato de la jerarquía: CONQUISTAR EL CAMPO”. (Guía del Apostolado Rural. Pcia. Corrientes; año 1953:1)

Este objetivo de “cristianizar el campo” fue llevado adelante inicialmente por la AJAC (Asociación de Jóvenes mujeres de Acción Católica), que se abocaron a la tarea de formar grupos de rurales con mujeres jóvenes. Comenzaron así militantes de ACA de ciudades o pueblos grandes de distintos lugares del país (especialmente en Mercedes-Pcia. Buenos Aires-, Mendoza, Salta y Misiones) a trabajar con la gente de campo, a quienes además de trasmitir el mensaje evangélico procuraron atender más integralmente con asesoramiento técnico del INTA y otros organismos. Esta primera etapa estuvo caracterizada entonces por el diagnóstico de la problemática realidad apostólica del campo y el intento de acercamiento desde la Comisión Central Rural de ACA a las distintas estructuras diocesanas que funcionaban en el medio rural. Así, la estructura organizativa de ACA establecía que la Comisión Central Rural antes de entrar en una zona debía hablar con el obispo y realizar un sondeo con preguntas a la Junta Diocesana de ACA local, a fin de establecer una estrategia de evangelización coordinada entre las distintas ramas de ACA y adecuada a las necesidades de la zona:

En la diócesis hay formados cinco grupos rurales de los cuales tenemos conocimiento y dependen de un círculo AJAC. En todos los lugares, el sacerdote que trabaja en las capillas de ambiente rural tiene un grupo formado por hombres y mujeres que colaboran en el apostolado esencialmente rural. Por lo tanto, podemos decir que existen grupos rurales mixtos en toda la diócesis pero con los cuales no estamos en contacto salvo los nombrados. (…) Hasta hace poco no se tuvo en cuenta el aspecto rural por lo tanto no se estudiaron los problemas concernientes. Recién ahora comienza a tomar impulso, aunque se tropieza con la falta de dirigentes y falta de conciencia rural.” (Carta de la Diócesis de Posadas, 1957)

Esta carta de Diócesis Posadas a Celia Llorens, Delegada Nacional de Rurales, muestra el desconocimiento de la realidad apostólica rural, y evidencia cómo, no obstante haber un delegado rural en cada rama de la ACA, la única que funcionaba en la práctica como grupo y que llegó a conformar grupos rurales de jóvenes fue la femenina. La situación motivó que se articulara una acción conjunta de la ACA en el medio rural, y en 1958 se decidió en asamblea de jóvenes mujeres de ACA con 5.000 participantes darle fuerza al sector rurales con una organización específica, con las características propias del ambiente rural y presencia permanente en el mismo. (conversaciones con Celia Llorens, 1991.)  Se dio forma así al Movimiento Rural de ACA como movimiento especializado de laicos, dependiendo del Consejo Superior de la AC-Junta Central Diocesana. Esta primera etapa se inició en 1958, cuando los cuatro delegados rurales de los Consejos Superiores -representantes de las cuatro ramas de ACA (AHAC, AMAC, AJAC y JAC)- se constituyeron en equipo con un asesor. Las otras ramas no funcionaron y sólo continuó la rama de mujeres jóvenes desde el Consejo Superior de AJAC. Culminaba así este accionar errático de la institución eclesial durante las últimas décadas en el campo. El acelerado proceso de urbanización había llevado a la Iglesia a replantearse sus estrategias pastorales ante la posibilidad de perder su influencia en los medios rurales, tradicionalmente católicos y fuente relevante de su gravitación nacional[9], y porque se temía la politización y agitación social que amenazaban valores rurales como la familia patriarcal numerosa, la religiosidad y conservadorismo político.

Durante este período en la Iglesia argentina había surgido un catolicismo de carácter militante a través de la ACA, que se extendió a nivel nacional sobre sectores medios y llegó a alcanzar también algunos sectores populares, aunque impulsado por una jerarquía que privilegiaba a las élites y cuya influencia en otros órdenes sociales se canalizaba a través de estas últimas. La emergencia del peronismo impulsando el protagonismo popular, especialmente del movimiento obrero, y sustentado en la justicia social inspirada ideológicamente en la doctrina social cristiana, había logrado inicialmente la adhesión del catolicismo militante y el bajo clero[10].

La Iglesia que emergió después de 1955 “expresó una conducción jerárquica segura de sí misma y tradicional en lo que hacía a la relación con el Estado, la defensa de `derechos institucionales’ y el control sobre esferas de la cultura y aún de las costumbres, que no promovió un partido católico que defienda sus intereses en la esfera secular,  y prefirió asumir como institución directamente la relación con el Estado y la estrategia de `opción preferencial por la clase media’[11] (Forni, 1988) Esta opción era en cierto modo “obligada”, en tanto la Iglesia con su participación en el derrocamiento del peronismo y apoyo a la Revolución Libertadora había quedado asociada a la política antipopular y represiva de la misma. Los sacerdotes más en contacto con el pueblo sintieron el rechazo del pueblo peronista, y los cuadros eclesiales intermedios inspirados en el modelo francés de Acción Católica desarrollaron un modelo de evangelización por sectores[12]. Estas experiencias se dieron en los márgenes de la institución, como en el caso de la JOC (Juventud Obrera Católica), aunque con cierto amparo de la misma ya que “la institución toleró estas iniciativas, trató de mantenerlas bajo control, pero nunca se comprometió a fondo con ellas, ni las condujo a un plan coherente”. (Forni, F., 1988:136). Así fueron los ensayos de la JOC y un sindicalismo de orientación cristiana, que la jerarquía no promovió ni les “dio el mandato” como ramas especializadas de Acción Católica. Pero esta no fue la situación del Movimiento Rural, que sí fue alentado por un grupo importante de obispos y logró ser reconocido como sexta rama de la Acción Católica, porque que el medio rural era uno de los ámbitos que la Iglesia quería como base propia.

Por eso en 1958 se creó el MR de ACA, con la UCRI y Frondizi en el gobierno y el inició de una etapa para la Iglesia caracterizada por el esfuerzo de recomposición de un espacio[13]. Durante esta etapa socialcristiana -sin olvidarnos del contexto de la revolución cubana y la alianza para el progreso- se dio un aumento en el protagonismo que asumieron diversas corrientes eclesiales y exponentes laicales en el terreno político. A nivel educativo, cultural y social se llevaron adelante programas y pastorales que extendieron la presencia eclesial en diversos ámbitos, sobre todo de acción laical, como es el caso del MR de ACA.

Y en el ámbito rural, ya en 1960 con motivo de la clausura del Congreso Mariano Internacional el Arzobispo de Buenos Aires, Cardenal Caggiano, “mostró el particular interés que la Iglesia siente por sus queridos hijos del campo”. En su discurso tomó posición frente al debate por la reforma agraria y pidió a Frondizi, allí presente, que tratara que la familia que vive en el campo pueda tener tierra de trabajo en propiedad:

En la campaña existen organizaciones en que se hace fructificar la tierra, no solamente en la agricultura sino sobre todo en la ganadería. Han hecho la riqueza del país. No necesitamos expropiar esa tierra y no queremos expropiar al estilo de lo que estamos viendo ya en América y que están enseñando quienes nunca tuvieron libertad como la tenemos nosotros. Hay mucha tierra que espera brazos robustos para que la fecunden con la semilla. Vuestra excelencia y nuestras cámaras legislativas sabrán encontrar el modo de que estos jóvenes campesinos  puedan trabajar tierra propia sin que queden afectadas las tierras bien empleadas para bien de la República.” (Rev. Siguiendo la Huella nº27, 1960:4/5)

En tanto, el clero en el ámbito rural seguía siendo escaso. Finalizaba la época de las misiones itinerantes en las estancias, y el MR de ACA se planteaba ya a fines de la década del cincuenta su función en el medio rural, en el cual ya encontraban serios problemas además de la falta de cristianización,

Deprimido (el campo) económicamente pues sus ingresos no son de paridad comparados con precios no agropecuarios. Mientras estos últimos aumentan, los agrarios no aumentan o crecen menos. (…) y hoy sufre por el deterioro de los términos de intercambio. Las experiencias de origen agropecuario constituyen casi el 95% de las exportaciones totales, y cada día deben entregarse mayores cantidades de productos primarios para obtener la misma cantidad de productos elaborados (…) Este castigo económico se traduce en menor nivel material de vida. Luego existen en el campo argentino grandes fallas de bienestar rural, falta de posibilidades culturales, de dar capacitación técnica a los hijos, de hacer que terminen el ciclo de la escuela primaria, (…) Falta de posibilidades asistenciales, por escasez de médicos y en general profesionales que se ocupen del cuidado de la salud. La carencia de electricidad en la inmensa mayoría de los campos hace que no se gocen los beneficios que el progreso técnico ha volcado en los centros urbanos en beneficio de grandes masas de población (…) Todo ello agravado notablemente por las malas comunicaciones: pocos caminos con cubierta firme, ferrocarriles de deficiente funcionamiento, deplorables teléfonos, etc.” (J. Vicién, Jefe Equipo Nacional del MR de ACA, 1967)

Este análisis de la Acción Católica contenía a la vez una propuesta de tónica socialcristiana, en el contexto desarrollista de principios de la década:

Las medidas sociales y económicas a favor de una justa distribución del producto social entre el agro y la industria, impedirán el éxodo campesino –de trabajadores y de capitales – que consiste en el abandono del agro por falta de compensación adecuada.(…) Se debe encarar la industrialización del agro por medio de industrias apropiadas para cada zona, a fin de dar ocupación a la mano de obra que se crea como consecuencia  de la creciente tecnificación rural o de la vocación de sus integrantes, permitiendo mantener la unidad de la familia rural. (“Problemas de la Vida Rural” de la Semana Social Argentina de la ACA a principios de 1961:14)

Así, el equilibrio entre el agro y la industria, la unidad de la familia amenazada por el éxodo rural, la falta de evangelización y capacitación de los campesinos y la necesidad de mejorar las condiciones de subsistencia adaptándose al modelo económico vigente aparecen a principios de los sesenta como las principales preocupaciones de la Acción Católica en el ámbito rural.

2. Los cambios en el cristianismo latinoamericano

Los jóvenes militantes de ACA que integraban el Movimiento Rural no vislumbraban cuando se lanzaron a “evangelizar el campo” en 1958 los intensos cambios organizativos e ideológicos por los que después pasó la Iglesia latinoamericana, que también se reflejaron en su participación en experiencias de acción colectiva. Este proceso tuvo gran influencia en el ámbito eclesial argentino durante las distintas etapas del MR, por eso analizamos la gravitación de la Iglesia internacional y latinoamericana en las transformaciones del medio rural.

La moderna doctrina social de la Iglesia -iniciada por León XIII y la Rerum Novarum- fijó la posición institucional ante lo que se llamó la “cuestión social”, y el eje central de esta doctrina que eran la crítica al liberalismo capitalista, la condena al comunismo y la postulación de una tercera vía cristiana. Esto llevó a la Iglesia a profundizar tanto sus marcos doctrinarios como a desarrollar las estructuras adecuadas para combatir la amenaza socialista como el peligro mayor (Smith, 1982). En 1957 el Papa Pío XII, hablando en Río de Janeiro en el II Congreso Mundial para el Apostolado de los Laicos, recordaba la urgencia de formar apóstoles laicos “con el objeto de suplir la carencia de padres en la acción pastoral” y hacer frente a los “cuatro peligros mortales” que amenazan a la Iglesia en América Latina, protestantismo, comunismo, espiritismo y masonería:

La invasión de sectas protestantes, la secularización de toda la vida, el marxismo que se manifiesta como el elemento más activo dentro de las universidades y tiene entre sus manos a casi todas las organizaciones de trabajadores, y finalmente un espiritismo inquietante”. (…) El apostolado laico, como cualquier otro apostolado tiene dos funciones: la de conservar y la de conquistar, las que se imponen a la Iglesia actual. Y para ello, diremos claramente que la Iglesia de Cristo no piensa dejarle sin luchar el terreno a su enemigo declarado, el comunismo ateo. ¡Esta lucha seguirá hasta el fin, pero con las armas de Cristo!” (Camargo, C.; Souza, B. y Oliveira, A., 1981:201)

A partir de esta convocatoria los laicos de la Iglesia latinoamericana se organizaron para “reconquistar” sus propias bases, las masas católicas, conservando la fe y actuando en áreas de influencia en sus respectivos ámbitos de trabajo desde la Acción Católica; y una élite de militantes cristianos pasó a ser reclutada por su situación de iguales en el medio social en que vivían, para que actúen “dentro” y “desde dentro” de su medio, pero ligados a la jerarquía a través de un mandato, garantía de la autenticidad católica de su acción, ni de derecha ni de izquierda, sino católica era la solución para los problemas sociales. (Camargo y otros: 1981)

Esta estrategia eclesial se expresó durante la década del ‘50, coincidente con la inserción en el medio rural y el desarrollo institucional del MR según el modelo de ACA (1958-1962). Así encontramos hasta 1958 el impulso a la ACA en general y a las ramas especializadas sin elaboración teológica y doctrinal propia, y sin aportes de análisis estructurales de la realidad nacional.            

Pero desde 1958 con Juan XXIII comenzó el aggiornamiento del modelo tradicional de ACA y un proceso de cambio en la Iglesia universal, que desde 1962 con el Concilio Vaticano II adaptó la institución a los nuevos tiempos después de cien años[14].La Encíclica Pacem in Terris (1963) asumió explícitamente los derechos humanos, y planteó un eje de reflexión teológico que gravitó en el Concilio: sobre los signos de los tiempos, que interpelan a la fe y a Dios en el mundo. Juan XXIII, el “Papa Bueno” -por ser de origen campesino fue llamado también “el Papa de los rurales”- en la Encíclica Mater et Magistra (1961) profundizó temas de la doctrina social con respecto al uso de la propiedad, y la preocupación sobre la problemática rural apareció muy acentuada en el plano discursivo. Consideraba y convocaba a los trabajadores de la tierra como los principales protagonistas de su desarrollo, y planteó un conjunto de exigencias de justicia con respecto a las relaciones entre los sectores productores; las relaciones entre el campo y las sociedades urbano-industriales; la adecuación de los servicios públicos hacia las zonas rurales; el apoyo en la capacitación y asistencia técnica para que la modernización de la agricultura no quedara librada exclusivamente al mercado y procurara un desarrollo gradual y armónico; legitimó la necesidad de planificar el desarrollo agrícola (política de impuestos, créditos, seguros sociales, defensa de precios, la promoción de industrias integradas y adecuación de la estructura de las empresas); la necesidad de eliminar la desproporción entre tierra y población, y una justa distribución de la tierra.

Si con la constitución pastoral Gaudium et Spes (1965) la Iglesia universal concibió su misión como servicio, con la encíclica Populorum Progressio (1967) Paulo VI asumió para la Iglesia la preocupación por el desarrollo ante las desigualdades y la opresión en que vivían los países pobres del Tercer Mundo. Meses después se publicó el “Mensaje de 18 Obispos del Tercer Mundo”, que alcanzó amplia difusión e influencia en América Latina, denunciando las situaciones de opresión de las mayorías populares por el capitalismo internacional y planteando la necesidad de que los cristianos se comprometieran con y desde los oprimidos para luchar por la liberación personal y colectiva, y realizar una sociedad justa y digna.

La Conferencia de Obispos de Medellín en 1968 implicó el “esfuerzo por leer el Concilio desde la óptica que ofrece la realidad latinoamericana, lo cual equivale no simplemente a aplicarlo, sino a reinterpretarlo” (Libanio, 1983). El Mundo latinoamericano presentaba una realidad diferente a las que habían predominado en las sesiones conciliares. Los obispos se dieron a la tarea de interpretar cuáles eran los signos de los tiempos en América Latina, y allí constataron la situación de miseria y que esa realidad no era casual sino consecuencia de estructuras de dependencia, causadas por minorías privilegiadas. Esa realidad evidenciaba una injusticia y violencia institucionalizada, fruto de lo que en la óptica religiosa se considera pecado social. Ante esa situación, los obispos en Medellín asumieron el compromiso de buscar la liberación desde y con los pobres, como se liberó el pueblo hebreo de Egipto en su marcha a la Tierra prometida, asociando así la historia de la salvación bíblica con la liberación de las personas y de los pueblos, y considerando teológicamente la historia de la liberación como parte de la historia de la salvación.

Fue en esa adecuación del Concilio a Medellín cuando se innovó acerca del significado del “servicio al mundo” en América Latina. Los obispos destacaron como uno de esos signos de los tiempos los “anhelos y aspiraciones y luchas concretas de liberación” (Documentos de Medellín. Introducción 5. Pobreza) en un continente que vivía entre la angustia de la opresión ejercida por minorías dominantes y la esperanza de liberación, cuyo sujeto es el pueblo. “Medellín significa al mismo tiempo el movimiento de ida al pobre y el de entrada del pobre en la Iglesia. Expresa el crecimiento de la doble opción preferencial: de la Iglesia por los pobres y de los pobres por la Iglesia, que se refuerzan mutuamente”. (Libanio, J.B., 1983:16)

La Conferencia Episcopal Argentina en San Miguel en 1969, por su parte, aplicó esos lineamientos de Medellín en la realidad nacional con una propuesta de acción institucional desde la pastoral popular, según la cual la Iglesia debía “insertarse y encarnarse en la experiencia nacional del pueblo argentino” y “acercarse especialmente a los pobres, oprimidos y necesitados” (Documento de San Miguel: Pastoral Popular, 3). Es decir, el cambio de referencias sociales y la opción preferencial por los más pobres.

3. La experiencia del Movimiento Rural de ACA como movimiento laical

Analizándolo desde la perspectiva actual es posible distinguir tres etapas en la historia del MR como movimiento especializado de ACA, desde 1958 hasta 1972:

  • (1958-1962) desarrollo institucional según el modelo de ACA
  • (1962-1968) transición y cambio: el modelo pastoral de promoción social para el desarrollo 
  • (1968-1972) de la organización de cuadros al movimiento social: el modelo de pastoral popular liberadora, y
  • (1972-1976) La continuidad del MR: atomización, crisis y alternativas.

Como movimiento especializado de laicos, se conformó hasta 1962 según el modelo y la práctica evangelizadora tradicional de Acción Católica, con organizaciones diferenciadas por sectores para influenciar en áreas claves. Así, el modelo organizativo tendió a la formación de cuadros fuertemente consustanciados con la doctrina de la Iglesia. Y la estrategia pastoral tuvo una lógica misionera militante, es decir, la evangelización se llevaba adelante desde una organización explícitamente cristiana, con el objeto de captar e influir en el medio rural.A partir de este mandato[15] de la ACA, el MR a la prioridad inicial de “cristianizar el campo” le agregó el lema “por un campo mejor, más humano y más cristiano”. Es que al enfrentar la realidad rural los jóvenes del MR de ACA fueron conscientes de que el panorama general rural se agravaba en las realidades socioeconómicas regionales,

 La situación reseñada sintetiza la realidad nacional del campo argentino, pero aún dentro de este cabe señalar marcadas diferencias entre unas y otras regiones. Problemas de vida de determinadas clases de trabajadores, en particular transitorios, por ejemplo cosecheros de la caña de azúcar, o de algunos cultivos como tabaco, o explotaciones como La Forestal; el elevado índice de natalidad rural ilegítima en algunas regiones, donde la mitad o más de los nacidos carece de filiación legítima, como en el NEA; las tremendas regiones inmensamente despobladas de la Patagonia; la generalización del alcoholismo, el coqueo en el NOA, etc., hacen que podamos ir precisando distintas situaciones motivadas por razones ecológicas, económicas, sociales, étnicas, etc. Por ello es necesario un enfoque general de la situación, pero la acción exige la visión localizada de cada situación. ” (Jorge Vicién, 1967)

El MR de ACA se caracterizó en esta etapa como un movimiento definidamente católico, que desarrollaba una acción de promoción integral de la comunidad, de juventud campesina, y como movimiento amplio y de igual por el igual. Fue así que el MR de ACA, aunque orientado en sus objetivos hacia la auténtica representatividad del campesino, funcionó estructurado en tres sectores: los grupos rurales de base (campesinos), el sector de maestros rurales y el sector de empresarios rurales.

En el sector campesinos, aunque no aparece en los documentos del MR una definición de la categoría campesino, se referían a todos los trabajadores directos de la tierra, ya sean pequeños productores, EAF o peones rurales, quienes aún con diferencias se autopercibían como campesinos. Los maestros rurales, por su parte, vivían en la escuela durante casi toda la semana (o el período escolar) y eso los integraba inevitablemente a la comunidad, de modo que trabajaban con los alumnos y sus familias.

Y en el sector empresarios, además de ser católicos prácticos, debían ser estancieros o empresarios rurales cumpliendo las funciones de patrón en relación a sus empleados (conversaciones con Ricardo Alberdi, 1990), como lo expresaron en jornadas del sector empresarios en la exposición de la SRA:

Todo empresario rural tiene, más que un derecho, una potestad irrenunciable. No es posible que su relación con los trabajadores se limite a los derechos y obligaciones que emanan del contrato de trabajo o del Estatuto (del Peón de Campo). Hay un deber casi paternal cuyo cumplimiento dará, por añadidura, la mano de obra abundante y eficaz que el campo necesita. Hay, más que todo, una exigencia moral derivada de un mandato divino. (Pablo Hary, 1960, FACREA) (…) La potestad del empresario supone desigualdad y jerarquía; pero el uso de los frutos en común hace reinar la igualdad en la mesa del padre con sus hijos, y en el fogón del estanciero rodeado de su personal.” (Sector empresarios rurales del MR de ACA, jul. 1957)

Así, desde su visión social la misión evangelizadora del MR no los destinaba a ser evangelizados sino, al ser casi todos militantes de ACA, a ser agentes evangelizadores de sus peones. Esta contradicción con el principio básico del MR de que la organización fuese dirigida por los mismos campesinos (Revisión evolución MR desde sus comienzos, por Equipo Nac., feb. 1966 para IV Encuentro Nac. Villa María, Cba.) derivó después en un conflicto interno. Pero antes los campesinos se formaron social y políticamente en los cursos del MR de ACA.

La capacitación surgió como un objetivo y como una necesidad dentro del MR. Como los dirigentes del Equipo Nacional no pertenecían al medio rural, hubo que capacitar a la juventud rural nacional, regional y por diócesis, para ir conformando un movimiento especializado de dirigentes de extracción rural. En la primera etapa se brindaron cursos de corta duración, con el objetivo de que fueran los mismos campesinos los que llevaran adelante después la conformación de nuevos grupos de base del MR. Esta capacitación y formación de dirigentes, junto a la estructura organizativa y la metodología de trabajo son analizadas en el apartado siguiente como los principales aportes del MR de ACA a las Ligas Agrarias.

En esta etapa además de la revista “Siguiendo la huella” del Secretariado Nacional del MR, el sector de maestros rurales publicó el “Boletín del Maestro Rural”, dio cursillos para maestros rurales e hizo un fichero por maestros y escuelas. Y el sector empresarios rurales con la política de tranqueras abiertas se extendió a la comunidad más allá de las estancias, y las señoras organizaron un stand permanente en las exposiciones anuales de la SRA en Buenos Aires. Pero la capacitación-evangelización de jóvenes campesinos y maestros no era suficiente para la extensión del MR a nivel nacional sólo con el meritorio trabajo en equipo de los dirigentes de ACA, ya que el fuerte encuadramiento jerárquico institucional volvió imprescindible la especial atención al MR de algunos obispos, personalmente o designando delegados, interesando a los párrocos y apoyando a los dirigentes. Tal fue el caso de Mons. Juan José Iriarte, Obispo de Reconquista, en donde el MR de ACA desde el inicio se conformó como un semillero de dirigentes del Movimiento Rural, y desde allí a otras diócesis. Así, a fines de 1960 ya había 209 grupos rurales en todo el país.

Estos grupos nacieron en algunos casos llamados a una reunión adonde el obispo o dirigente diocesano los invitaba a formarlo, con la legitimidad de la convocatoria eclesial en el campo, explicándoles las finalidades y dificultades del movimiento. Otros fueron fruto del trabajo que al regreso hacían los cursillistas, y otros promovidos por maestros que realizaron cursillos o conocieron al MR. Pero como realmente se extendieron los grupos campesinos del MR fue a la vuelta del cursillo, de casa en casa entre las familias vecinas de una colonia, un obraje o un paraje con viviendas aisladas. Lo importante era poder articular espacios de encuentro en donde se difundiera y reflexionara sobre los objetivos del MR. En este sentido, además de los cursos dados por los grupos a las comunidades, los festejos del día del agricultor, el día del maestro y las fiestas patronales fueron manifestaciones claras de cómo el Movimiento fue adaptando su evolución a los cambios de la conciencia eclesial y evangelizadora en relación con la organización popular, y los grupos rurales paulatinamente fueron adquiriendo carácter reivindicativo por parte de los trabajadores rurales.

Donde mejor se expresó este cambio fue en el análisis del Tema del año en los encuentros anuales regionales y nacionales.  Este tema, que se analizaba a lo largo del año en los distintos sectores y grupos con material provisto por asesores religiosos y técnicos, permitió acompañar la formación y desarrollo de las comunidades rurales con el método ver-juzgar-actuar y la progresiva toma de conciencia de la realidad que hizo el campesino.

También comenzó en esta etapa la relación del MR de ACA en el medio rural con instituciones eclesiales o agrarias. En el ámbito nacional, entre las eclesiales reafirmaron su nexo con AFAR-Asociación de Formación y Acción Rural, Misiones Rurales Argentinas y AMA- Acción Misionera Argentina[16], además de algunas congregaciones misioneras, como la Fraternidad de los Hermanitos de Charles de Foucault, quienes con su accionar en el obraje de Fortín Olmos se anticiparon a los cambios posmedellín . Con respecto a las instituciones agrarias, con la SRA (con un stand en su exposición anual) entre las privadas, y con CONADE e INTA (para aporte de técnicos) entre las gubernamentales. También con el Ministerio de Educación, que otorgó puntaje curricular a los maestros rurales que participaban en los cursillos del MR. Y en el plano internacional, se conectaron con WAY-Asociación Mundial de Juventud a través de su delegación local JAC-Consejo Argentino de Juventud y con el MIJARC-Movimiento Internacional de la Juventud Agrícola y Rural Católica. Estos contactos fueron clave para la evolución ideológica y la gravitación del MR de ACA en el campo a nivel nacional.          


Culminó así el primer impulso del Movimiento Rural de ACA, habiendo establecido y concretado sus objetivos iniciales, con un Secretariado Nacional y con una relativa extensión a través de su difusión y la formación de militantes, dando paso a una segunda etapa de transición y cambio que entre 1962 y 1968 desarrolló el modelo eclesial de promoción social para el desarrollo, caracterizado por los programas de reforma social y el intento de formular una doctrina socialcristiana. Ya en 1965 el MR de ACA contaba con una sólida estructura: militantes 4.000 -grupos 230 – zonas 5 – diócesis 28 – secretariados 6 – nacional 1 (sede en Buenos Aires) – internacional 1 (MIJARC). (Informe conclusiones III Encuentro Nacional  MR de ACA), que se complementa hasta enero de 1966. Esta plataforma organizativa le permitió al MR convertirse en la sexta rama de la ACA.

Coincidiendo con los efectos del Concilio Vaticano II, en esta nueva etapa del MR se reforzó la organización del movimiento con el PUCAM-Por un Campo Argentino Mejor, entidad civil creada para asistir técnica y económicamente al MR de ACA, que funcionó con el aporte financiero de los socios -para los empresarios rurales fue además una vía de desgravación impositiva- y de fundaciones europeas a través de proyectos. La institución eclesial no lo financió. (Moyano W, 1991). A esto se sumó  la labor de promoción rural del MR de ACA,  y la aprobación del Reglamento del MR de ACA por la CEA en 1963, que convirtió al MR en un referente institucional del medio rural en su relación con otras organizaciones, eclesiales o no, que trabajaban en el campo.

En función de ese mandato de “promoción social del desarrollo” que la Iglesia sostuvo en esta etapa en coincidencia con el Estado, el MR logró articular una serie de convenios institucionales en el medio rural. Ya en 1962 se presentó -vía el episcopado- el proyecto de financiación de los cursos de formación a la Alianza para el Progreso, en el marco de los subsidios “Ayuda al Progreso” a planes de desarrollo en países latinoamericanos. En el plano nacional, el MR firmó con el gobierno a través de INTA un convenio de colaboración recíproca, según el cual el INTA brindaría por tiempo indeterminado asistencia técnica y capacitación, y establecía la posibilidad de acciones conjuntas en las que INTA aportaba los medios disponibles en las agencias de extensión, en los clubes 4-A y en las estaciones experimentales INTA con coordinadores de Hogares Rurales, y también financiación de proyectos del MR.

También se estrechó la relación de FACREA con el sector de empresarios rurales del MR, que no sólo mantuvo la relación con campesinos y maestros dentro de la estancia, sino también en contacto con los estancieros vecinos realizaron intercambio de ideas y experiencias de producción.

Con los mismos objetivos de asistencia y promoción al desarrollo rural el MR firmó en esta etapa convenios con la FAO y la OEA y, dentro de las organizaciones de Iglesia, mantuvo la continuidad de trabajo conjunto con AMA y AFAR, e inició como miembro activo su colaboración en la Comisión Católica Argentina para la Campaña Mundial Contra el Hambre- CCApCMCH, que en 1966 realizó la campaña “El llamamiento al Mundo Joven a la Acción” y “El Plan Mundial para el desarrollo de la Agricultura” conjuntamente con la FAO. También en 1966 el MR y otras organizaciones aglutinadas en BIENSO-Bienestar Social, con 32 instituciones privadas, firmaron un Convenio de intercambio recíproco múltiple para el medio rural: cursos de capacitación, colaboración en la base, publicaciones y asesoría técnica.

Finalmente, también se mantuvo en estas primeras etapas del MR una relación cordial con la Federación Agraria Argentina-FAA, aunque fueron escasas las actividades conjuntas, pese a que ambas organizaciones trabajaban con los pequeños y medianos productores.

Estos convenios se trasladaron casi en los mismos términos del plano nacional al regional y local, lo que dio origen a hechos relevantes como la cesión de tierras al MR para el cultivo cooperativo que el Consejo Agrario realizó en 1963 en Reconquista. Como expresión de la convocatoria del MR y el espacio que ocupó en esta etapa en el ámbito rural, es ilustrativa la nómina de asistentes a su IV Encuentro Nacional, en Villa María (Cba) en 1966, en la que figuran partidos políticos como el MID y la DC, asociaciones como ACDE, FAA e INTA, e instituciones de educación superior como la Universidad Católica Argentina. Evidentemente estamos hablando de la gravitación progresiva de toda la institución eclesial (poco se hacía sin el aval del obispo local) a través de una de las ramas de su Acción Católica. Es pertinente aclararlo porque con el cambio de conciencia eclesial por parte de algunos sectores internos, surgió aquí otro espacio de conflicto: el los movimientos laicales con la jerarquía eclesial.

Para que el Movimiento Rural no se viera desbordado organizativamente, se crearon también desde 1963 los Secretariados Regionales, como un organismo intermedio entre el equipo nacional y los equipos diocesanos, integrados por los extensionistas (permanentes) que coordinaban esa articulación. De este modo, con los extensionistas se fue formando la mentalidad de trabajar por zonas para unir esfuerzos y sobre todo descubrir futuros dirigentes.

El Primer secretariado que se concretó fue en el NEA, compuesto inicialmente por siete dirigentes permanentes (uno por diócesis). Este proceso tuvo sus dificultades, sobre todo por el escaso interés y el recelo del obispo de Reconquista, Mons. Iriarte, quien sostenía en carta de 1963 que:

(…) los secretariados no deben tocar para nada el gobierno y orientación del Movimiento Rural, que debe ser hecho íntegramente por el Equipo Nacional y los Equipos Diocesanos. Las cosas deben quedar como hasta ahora con el enriquecimiento de un instrumento más de acción. Es decir, si no hubiera sido por la oportunidad de Misereror (Fundación de iglesia alemana que financió el proyecto del secretariado del NEA), no habría habido necesidad de crear los secretariados…”            

La razón de fondo, como él mismo lo aclaró oralmente más adelante (conversaciones con Alberto Sily, 2000), era que la finalidad de los secretariados no era primariamente confesional. En nuestra opinión, la creación de los secretariados significaba para el MR la obtención de un espacio de mayor autonomía de acción que escapaba al férreo control establecido por las diócesis hacia sus organizaciones de laicos. La evolución posterior del MR evidenció con las Ligas Agrarias que el NEA, lugar del primer secretariado, fue la región donde se dieron mejor las condiciones para la inserción de los militantes cristianos en la organización popular.            

Pero también hubo dificultades de orden práctico, como el desfase entre el funcionamiento del MR y el ciclo agrícola, así en Corrientes, por ejemplo, las jornadas del MR sólo se podían hacer en la primera quincena de enero, la única disponible por el trabajo del tabaco. Y también por cuestiones más profundas en relación al igual por el igual en el sector campesinos. Recién comenzaba a superarse el obstáculo entre gringos (blancos) y criollos (morochos) y se empezaban a hacer en Corrientes jornadas y cursillos comunes.    Así, además de consolidar la estructura organizativa, continuó la formación en cursillos cortos y de larga duración, y también a través de las publicaciones, y audiciones radiales.

Pero el cambio que se vivía en la realidad social y política desde mediados de los sesenta llegó también al interior del MR, ya que a partir del Encuentro Nacional de Cosquín en 1966 la conducción del Equipo Nacional, “porque ya se había superado la etapa de los primeros pasos”, fue paulatinamente desplazándose desde los militantes de ACA de origen urbano hacia los grupos de base, los campesinos, sus verdaderos y originales destinatarios. Esta etapa del desarrollo rural que se había iniciado con cambio social de valores, papeles e instituciones fue madurando su proceso, y cuando en el plan del año 1966 del MR y en el IV Encuentro Nacional (Villa María, Cba., feb. 1966) se consultó sobre el cambio de estructuras las respuestas de los participantes fueron claras: “los protagonistas deben ser los mismos afectados: la clase trabajadora del campo y los productores” (preg n°18 cuest. evaluación Encuentro). En los hechos, esto significó que el nuevo Equipo Nacional estuviera conformado en su mayoría por campesinos, (C. Llorens, Beatriz Noceti y Michel Guilbard pasaron de ser conducción a colaboradores) dando lugar simultáneamente a un vuelco en la orientación y acción del MR.

Esa opción por la conducción política del MR en el nivel nacional por parte de las bases campesinas tuvo su correlato en el ámbito internacional cuando en 1967, luego de la Asamblea Anual en Asunción, se creó el Secretariado Latinoamericano del MIJARC y su Equipo Coordinador también fue integrado por representantes del sector campesino. A partir de entonces se modificó la relación que hasta ese momento vinculaba al MR y al MIJARC. Ya no serían más los empresarios rurales y dirigentes urbanos del MR los referentes de los representantes internacionales del MIJARC, sino los campesinos del MR en coordinación con los campesinos del MIJARC. “No necesitamos técnico sino educadores, formadores de hombres. No se puede enviar consejeros con mentalidad capitalista, ya sean europeos o latinoamericanos” (Formación de cuadros permanentes MIJARC, 1967:10)

Tanto la influencia del MIJARC Latinoamericano en la orientación como el cambio de actores sociales en la conducción del MR en Argentina sentaron las bases de un giro en la formación de sus militantes y dirigentes. Y al haber sido ésta –la formación– el objetivo central del MR hasta ese momento, las expectativas de los sectores del movimiento (empresarios, maestros y rurales) se enfrentaron con sus distintos proyectos e ideologías. Y el conflicto interno del Movimiento Rural no tardó en estallar.

En realidad, el sector empresarios, sobre todo a través del PUCAM, había logrado mantener durante las primeras etapas del Movimiento el control de la formación, dentro de sus estancias y en los institutos de capacitación San Pablo y Santa María de la Pcia. Buenos Aires. La misma intermediación de fondos y su misión de apostolado evangélico le daban a este sector un lugar distinto dentro del marco del igual por el igual del Movimiento. A esto se sumó el inconveniente de que nunca habían quedado suficientemente claras las responsabilidades y atribuciones del PUCAM en relación con el MR en el Inst. San Pablo. Fue así que se expresó la pugna por el control de la formación de nuevos cuadros, en medio de la cual de los síntomas aparentes y del plano personal se pasó al institucional entre PUCAM y el MR, y de éste a la superestructura de ACA a nivel eclesial nacional[17]. Los términos en que se resolvió el conflicto pusieron en evidencia los distintos proyectos e ideologías internos del MR y su entidad civil, el PUCAM; y las posiciones ya inconciliables de las dos entidades, una representada en su conducción por empresarios y la otra por campesinos, llevaron a la ruptura[18]. En abril de 1968 “…se resolvió por decisión unánime la ruptura de relaciones del MR con PUCAM” (Acta MR de ACA 3/4/68:13), haciendo notar en una carta a PUCAM -también enviada a las diócesis- el proceso de las tratativas, demostrando que en ningún caso se habían dado garantías al MR:

(…) una mentalidad y criterios incompatibles con los objetivos del MR, con el reconocimiento de sus dirigentes, con la libertad necesaria para cumplir con eficacia sus trabajos de promoción y tener derecho de ser dirigido el MR por auténticos campesinos sin que la legitimidad de todo esto quede subordinada o avasallada, a consecuencia de los aportes económicos otorgados por sectores distintos al campesino o por otras personas de origen urbano.” (Carta de MR al PUCAM y a las diócesis, abril 1968)

La solución definitiva se dio cuando el MR asumió a fines de 1968 la dirección de PUCAM-MR, nueva denominación, y su nueva conducción también con representantes campesinos[19] logró articular desde la base la formación nuevamente en el Instituto San Pablo.


La tercera etapa del Movimiento Rural de ACA[20] transitó de la organización de cuadros al movimiento social, con el modelo de pastoral popular liberadora, entre 1968 y 1972, y coincidió con los grandes cambios externos e internos a la institución eclesial. Al respecto, fue coherente la decisión tomada por el MR en el Encuentro Nacional bisagra de 1965 de mantener su estructura sin cambios en esta época de transición, pero estos se vislumbraban en el tratamiento que daban en sus publicaciones a las dos fechas claves, día del agricultor y del maestro, y en la utilización del método v-j-a. Esta transición a veces contradictoria se reflejó en la bibliografía de orientación para dirigentes en este período, que combinaba en la espiritualidad a Quoist, en la reflexión sobre la promoción humana desde una visión social cristiana a Lebret y en la reflexión teológica de fuerte compromiso liberador a Paoli. En este contexto, los cristianos posconciliares comenzaron una etapa de búsqueda, con una nueva actitud y la confluencia de distintos grupos con polémicas y contradicciones no sólo con los sectores más conservadores de la institución. Al respecto es gráfica la posición ambigua que asumió el MR frente al golpe militar de la revolución, en un momento en que a la vez se cuestionaban el cambio de estructuras. (Mayol y otros, 1970). No obstante, en el ámbito rural ya eran conscientes del desafío que implicaba el papel del laico en la Iglesia y en el mundo (Conclusiones Encuentro Nac. Cosquín, feb. 1965), en el que ya se veía compromiso político,

El MR intenta definir la relación que debe existir entre la fe y la moralidad cristiana, por un lado, y la “acción en el mundo” para cambiar esa realidad (…). La acción en el mundo aparece como legítima, como un medio para la plena realización personal como cristianos. Este llamado a la “militancia mundana” y secular es, sin lugar a dudas, uno de los elementos de compromiso moral más fuertes del MR”. (Archetti, E., 1988:454)

La transformación interna del Movimiento Rural de ACA se estaba concretando, y. los dirigentes asumían que ya no se trataba solamente de modernizar estructuras internas y de renovación pastoral o litúrgica, sino de una nueva conciencia histórica eclesial. En las distintas regiones donde actuaba algunas diócesis[21] asumieron un proceso de cambio en la inserción social y en su accionar con la comunidad rural, pasando así de la transición a la transformación de la conciencia eclesial.

4. La transformación de la conciencia cristiana y la organización popular en la argentina a fines de los ’60. Conflictos y debates

La Iglesia argentina durante la segunda mitad de los sesenta y primera de los ’70 tuvo su gran crisis institucional, lo que dio lugar al intento de transición de un tipo de conciencia y modelo eclesial a otro. La transformación había comenzado a producirse en todos los ámbitos: el eclesial por las nuevas directivas para la acción emanadas del Concilio, y el socio-político nacional frente al gobierno de la Revolución Argentina. Aunque durante esta dictadura “Las relaciones entre la jerarquía y el gobierno son estrechas. En la imagen popular la iglesia aparece comprometida con el poder político” (Mayol y otros, 1970)

En este contexto, los cristianos postconciliares comenzaron una etapa de búsqueda, con una nueva actitud y la confluencia de distintos grupos.

  Expresión de esta búsqueda es la proliferación de encuentros, asambleas y reuniones (…) y en los movimientos especializados de Iglesia (JEC, JAC, JOC) los militantes adquieren una mayor conciencia de la realidad (…); los grupos más politizados debaten fundamentalmente el cambio político, económico y social y la necesidad de una elaboración ideológica”. (Mayol,A. y otros, 1973:162)

Sin duda hubo polémicas y contradicciones en este proceso, y no sólo con los sectores más conservadores de la institución. Cuando se realizó en Moreno (Pcia. Bs.As, agosto 1966) un encuentro de laicos, propiciado por Arturo Paoli y Conrado Eggers Lan, el grupo “Cristianismo y Revolución” señaló como “peligroso conservar una mentalidad socialcristiana que oculte una actitud de miedo frente al marxismo y creer el Esquema XIII del Concilio y otros documentos de la Iglesia como un programa ideológico”[22].

En el ámbito rural también se expresó este contraste entre los distintos sectores eclesiales. El episcopado afirmaba en 1967:

La transformación de las estructuras actuales y la integración son metas hacia las cuales tienden nuestros pueblos (…) Grandes cambios esperan a América Latina, tanto en el orden de la reforma agraria como del desarrollo industrial y urbano. Su población alcanzará, en breve tiempo, cifras sorprendentes. No solamente tendrá los problemas lógicos de la alimentación y de los servicios, sino también otros fundamentales relacionados con la fe y la cultura. Muchos de ellos ya se están manifestando vigorosamente. (…) La Iglesia, por intermedio del CELAM ha tomado plena conciencia de todo ello y nos pide que vayamos preparando los cuadros técnicos y líderes para el desarrollo; que orientemos todo cuanto tenemos en una posición de servicio a la comunidad, sobre todo en los diversos grados de la educación”. (Declaración Pastoral del Episcopado Arg, 8/6/67:40)

Por su parte, las organizaciones de laicos que trabajaban en el medio rural -el MR de ACA entre ellas- luego de un primer período de énfasis en los planes de promoción al desarrollo, expresaron esa época de cambio, aunque en ese momento sin plena conciencia por parte de sus integrantes del proceso eclesial que se estaba viviendo, ni de sus perspectivas concretas como nexo clave en la articulación de la organización popular[23]y la conciencia cristiana:  

Éramos pequeños grupos dispersos y muchas veces aislados, que no podíamos percibir la magnitud de lo que nos acontecía como movimiento eclesial en relación a la Iglesia y al pueblo. Estábamos en la boca de un volcán en erupción y en esa situación no podíamos tomar distancia en forma necesaria para analizar el proceso como podríamos hacerlo hoy.” (Alberto Sily, 1989)

En el contexto eclesial nacional el “Documento de San Miguel” fue visto por algunos como una adaptación moderada de Medellín a la realidad del momento; no obstante, fue considerado después como el más avanzado que emitió el Episcopado Argentino, ya que contenía las líneas fundamentales de Medellín y además avanzaba en algunos aspectos de la religiosidad popular y la cultura,

La evangelización comprende necesariamente todo el ámbito de la promoción humana. Es, pues, nuestro deber trabajar por la liberación total del hombre o iluminar el proceso de cambio de las estructuras injustas y opresoras generadas por el pecado. Comprobamos que, a través de un largo proceso histórico que aún tiene vigencia, se ha llegado en nuestro país a una estructuración injusta. La liberación deberá realizarse, pues, en todos los sectores en que hay opresión: el jurídico, el político, el cultural, el económico y el social”(…) “Inspirados en el Evangelio defenderemos los derechos de los pobres y marginados, a la vez que urgimos a los cristianos y a todos los hombres de buena voluntad a cooperar con su opinión y su acción a eliminar todo cuanto amenaza la paz social: injusticias, marginaciones, opresiones de grupos o de sectores dominantes, insensibilidad al cambio social, abuso de cualquier poder y de la fuerza, desigualdades excesivas en la distribución de los bienes, y toda forma de opresión”.(Conclusiones Doc. San Miguel, 1969)

Tanto los Documentos de Medellín como el de San Miguel tuvieron una fuerte influencia en los sectores progresistas de la Iglesia, que vieron confirmadas sus opciones y líneas de acción. No obstante, el Episcopado no asumió, a excepción de algunos de sus miembros, la profundización de los lineamientos que postulaba. Esto se debió, según Gera y Rodriguez Melgarejo, en parte a que en esta segunda mitad de los sesenta:

(…) la Iglesia no era en ese momento ni predominantemente conservadora, ni liberal, ni revolucionaria popular; con lo cual no se inclinaban por proyecto alguno.(…) La historia reciente nos muestra que hasta concluido el Concilio fue más bien una Iglesia conservadora; en el período inmediatamente postconciliar dominó -no suficientemente- una línea liberal, progresista, de modernización y renovación; últimamente comenzaron a acentuarse, sin haber logrado un dominio suficiente como para poder producir una inclinación del conjunto del cuerpo eclesial, las corrientes de orientación socio-política, revolucionaria popular (…) El resultado de esa situación es un “catolicismo ecléctico producto de corrientes contrapuestas y, por momentos, en enconada lucha”. (Gera, L., 1969)       

Pero en este proceso fueron referentes ineludibles dos sectores eclesiales relevantes que enmarcaron el contexto nacional y gravitaron en el proceso de transformación eclesial: los movimientos eclesiales -como el MR de ACA- y el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM).

Desde su conformación en 1968 el MSTM llegó a nuclear alrededor de 400 sacerdotes de diversas regiones del país, y fue la expresión más importante de la renovación postconciliar y del desarrollo pastoral de los lineamientos de compromiso con los pobres y sus luchas de liberación integral impulsados por Medellín y San Miguel. Surgió coincidiendo a nivel nacional con un creciente auge de masas que, bajo la hegemonía peronista, confrontaba con la dictadura militar de la Revolución Argentina. Fue el espacio de referencia de los cristianos comprometidos con las luchas populares, pero su influencia y reconocimiento excedió los marcos estrictamente eclesiales para proyectarse sobre amplios sectores del movimiento popular. El MSTM constituyó un movimiento social significativo en la Iglesia y la sociedad argentina, a partir de las tres direcciones que orientaron su accionar después de Medellín:

Concientizar y capacitar en todos los niveles la situación en que vive la mayoría del pueblo; Denunciar los abusos e injusticias de la sociedad sujeta al capitalismo, al imperialismo internacional del dinero y al neocolonialismo; añadir a la urgencia de las denuncias y las declaraciones la fuerza de los “Hechos” que mueva a las definiciones y acelere los cambios.”(Forni, F., 1988)

Precisamente estas son las condiciones centrales de todo movimiento social: la denuncia moral y el ejercicio de la fuerza social en acciones directas -denuncia profética y hechos testimoniales en términos eclesiásticos- imprimieron al MSTM un rol catalizador de amplias expectativas populares contra el régimen militar y hacia una sociedad más justa[24].

Aunque su desarrollo organizativo fue bajo (reducido a un secretariado, estructuración por regiones y encuentros nacionales), el protagonismo político del MSTM fue sumamente significativo. Una “relativa cohesión y dinamismo de un grupo de sacerdotes activistas fue capaz de ganar la iniciativa dentro de la Iglesia Católica (…). El tercermundismo devino por un tiempo la más visible expresión del catolicismo argentino en la arena pública.”(Dodson, S., 1974:33) Pero no por esto representaron al conjunto de la Iglesia argentina.

A partir de 1970, cuando cambiaron las autoridades de la Conferencia Episcopal y asumió la presidencia Mons. A. Tortolo el sector moderado fue desplazado por los conservadores, y  se profundizaron, en un contexto nacional de creciente radicalización y contestación social, las tensiones entre la jerarquía y los sacerdotes y movimientos laicales -que ya se habían dado con el MR de ACA en el NOA (Moyano W., 1991), expresando el retroceso de gran parte de la jerarquía con respecto a las líneas de Medellín y San Miguel.

Tanto los movimientos especializados de laicos de ACA como el MSTM tuvieron problemas con la jerarquía cuando consideró que estaba en juego su autoridad, y conflictos que en su mayoría se resolvieron sancionando a los sectores involucrados. La estructuración organizativa tradicional de la ACA, altamente centralizada y reglamentada para operar como brazo secular de la jerarquía, ya no se adecuaba a la dinámica de la renovación aplicando los lineamientos de Medellín en la inserción social y la opción por los más pobres. La nueva conducción, replegándose sobre los postulados de Medellín y San Miguel, empezó a recortar ese brazo largo de los movimientos laicales, como la Acción Católica, porque ya se les iba de su esfera de influencia. Y, aunque la misión de la Iglesia es universal y para todos por igual, la progresiva radicalización llevó al poder político a buscar el apoyo de las autoridades eclesiales para controlarlo. Así, de las tensiones se pasó al conflicto, y del conflicto a la suspensión de movimientos de laicos.

La mayoría de los sacerdotes asesores del MR que integraron las Ligas Agrarias formaban parte del MSTM, y asumieron protagonismo político -no partidario oficialmente- en la esfera pública, y un compromiso con la organización popular en diversos ámbitos que generó conflictos con algunos obispos[25].Por otra parte, el compromiso de sacerdotes en denuncias, luchas y movilizaciones populares llevó a que ellos también fueran víctimas de la represión. Ante esos hechos, la actitud de varios obispos fue de repliegue o censura y de distanciamiento de las Ligas, en tanto la Iglesia aparecía involucrada a través de sus sacerdotes en conflictos con los sectores de poder.       

Una situación similar se dio en relación a los laicos que asumieron la pastoral popular liberadora, como el MR, que en ese proceso iban asumiendo el compromiso de cambio de la realidad dentro de organizaciones populares como las Ligas. Es que en el contexto de 1972, ante una situación nacional de auge de masas opositoras a un régimen militar y en vísperas de elecciones, resulta difícil imaginar que la creciente politización que expresaba ese proceso se detuviera en las puertas de la Iglesia. Al respecto, nos preguntamos qué alternativa habría preservado la autonomía específica del ámbito religioso -evangelización, culto, etc- y del campo político social, logrando mantener a la vez la línea de la pastoral popular. Para algunos obispos la integración de los dirigentes del MR a las Ligas significaba politización y pérdida de control sobre el mismo por su creciente autonomización de la institución eclesial que, aunque propia de la lucha política reivindicativa, llevaba a muchos integrantes del MR a “no dejarse capitanear por la Iglesia”.

Este proceso desembocó en un conflicto pastoral en el interior de la institución eclesial. Para entender estas relaciones internas de la institución ante su nuevo rol mediador y la posterior evolución del Movimiento Rural es necesario plantear los distintos tipos de articulación del MR con las propuestas de acción de cada obispo -pastorales diocesanas, de los cuales surgieron los conflictos.

Esta mediación socio-política no se dio sólo en el Secretariado del MR en el NEA, sino que fue un proceso creciente en todos los secretariados del Movimiento Rural del país que habían asumido también la pastoral popular liberadora. Así, la Diócesis de La Rioja a partir de la designación en 1968 de Mons. Angelelli se convirtió en una de las experiencias más significativas de desarrollo de la opción preferencial por los pobres y de compromiso social, y avaló la mediación socio-política del Movimiento Rural acompañando su trabajo con cooperativas rurales hasta la irrupción de la dictadura,

(…) hubo, por iniciativa del Movimiento Rural de ACA, una experiencia de cooperativa rural en La Rioja, la cooperativa de CODETRAL (funcionó en tierras de Munir Menem, quien los expulsó, y en ago. 2010 se recuperaron (Página 12, ago. 2010). Benjamín fue uno de los primeros presos políticos de La Rioja, el primer grupo junto con Carlitos y Rafael. Nosotros ya estábamos trabajando con los maestros cuando ellos (Angelelli y equipo), buscando un lugar para hacer un asentamiento para una comunidad de base llegan a La Rioja. Nosotros pasamos a la popularidad en La Rioja con lo de Ochoa, la denuncia de la situación en las canteras de laja de Olta, porque en ese momento se empezaba a discutir el tema del farallón negro y la venta de las reservas de minerales. Entonces todos los grupos de maestros de La Rioja, que cubríamos todos los llanos, el valle del Famatina, y otros grupos por allá, por la costa, y la cuesta de Miranda -poquitos ahí- empezamos a discutir el tema de la minería en La Rioja, con un fuerte trabajo de análisis de la realidad económica que por supuesto era un análisis político de eso, que hacía que los maestros tomaran posición, y a través de declaraciones, de programas de radio nos oponíamos a la explotación de las minas…. no se sabía quién la iba a explotar, decían que era un consorcio internacional”. (Maris Rébora, dirigente de sector maestros MR ACA y de LAE, 1995)

En cambio, en la región del NOA, el conflicto de la jerarquía eclesial con el MR fue acentuado. Allí el Secretariado del MR -comprendía en esta etapa diócesis Tucumán y Concepción (Tucumán), Salta y Prelatura Cafayate (Salta), Sgo. Estero y Añatuya (Sgo. Estero), Jujuy y Catamarca- ejerció su mediación con los maestros y trabajadores rurales, ya que a nivel nacional el MR era fuerte en el sector campesinos del NEA y en el sector maestros rurales del NOA. Y con el sector maestros realizó un trabajo de capacitación y organización que tuvo gran influencia sobre todo en “procurar que el docente se sintiera trabajador, lo que costó muchísimo”(Mira Díaz,1990). Se trabajaba para una toma de conciencia personal y comunitaria. En esta región a las características de una jerarquía eclesial conservadora, aliada con los sectores de poder y las relaciones sociales rurales de clientelismo, se sumó que en el secretariado regional los responsables eran delegados del MR provenientes de otras zonas, con los cuales los obispos no compartían su línea de trabajo por considerarla muy politizada. Esos delegados habían asumido la coordinación inicialmente por la ausencia de dirigentes formados en la región, y habían promovido la formación de un sindicato de obreros rurales alternativo a FATRE. Los obispos de Salta y Jujuy criticaron al Equipo Nacional porque “…no sabe conducir al Movimiento, hay infiltración de gente comunista”[26]; y también al Instituto San Pablo, al que consideraban un semillero de izquierdistas, por lo que no enviaron más gente a los cursos. Este problema fue en el ámbito nacional el que más repercutió y se cuestionó del MR durante la Reunión de la Asamblea Episcopal de 1970. En casi todos estos conflictos se traslucía como cuestión central la autoridad eclesial enfrentada a la autonomía del MR, y llevaron a que el MR fuera suspendido en sus funciones en la región del NOA en 1970, aunque sus integrantes continuaron el trabajo a nivel gremial con los maestros, promoviendo la organización y sus reclamos, y con los obreros rurales particularmente en Salta, Tucumán y Jujuy; y en Tartagal y Embarcación con aborígenes. Pero al no tener el aval de los obispos perdieron el respaldo institucional:

Nosotros a principios de los setenta estábamos muy acosados por la jerarquía, Gottau nos había destituido y no nos podíamos llamar más Movimiento de ACA (…) Ya era como una cadena entre los obispos, que decían de nosotros lo típico, que éramos comunistas, lo que llevaba a un desgaste terrible tener que irles a explicar que no éramos (…). Por eso decidimos no desgastarnos más en defendernos de acusaciones, veíamos que el MR era una estructura que ya no podía ser (…) Es muy fuerte el paternalismo de los obispos y los curas. Y yo te digo honestamente que lo que yo siempre sentí era que la Iglesia tenía dueño, que eran los obispos y los curas, y que yo no tenía nada que hacer ahí”. (Mira Díaz, dirigente sector maestros MR de ACA en Tucumán)

Con el viraje de la cúpula episcopal en 1970 hacia la derecha conservadora se agudizaron estas tensiones. El antecedente del conflicto con PUCAM había encendido una luz roja para los obispos, profundizada luego por conflictos como el del NOA. Una vez puesta en funcionamiento una desconfianza básica, los intentos de mejorar la relación por parte de los responsables nacionales del MR terminaron en fracaso. Sin duda que en este proceso se destacan las posturas ideológicas encontradas que se daban entre los distintos sectores eclesiales, y que el MR había ido definiendo en sus militantes a través de la formación.

Así en 1972 por decisión de la CEA el Movimiento Rural de ACA cesó en sus funciones como rama de la acción católica para todo el ámbito nacional, y sólo pudo permanecer en aquellas diócesis en donde los obispos lo avalaron.


La continuidad del MR -de 1972 a 1976- fue un período de atomización, crisis y opciones alternativas. Ante la separación del MR de la Acción Católica se aceleró su proceso de disolución como organismo eclesial y su fusión con la organización gremial. Este proceso varió en cada diócesis según el desarrollo anterior del MR. En ese momento se produjo un debate interno en el MR frente a la conveniencia o no de continuar como movimiento con visiones diferentes de ese proceso, tanto desde la perspectiva nacional como de las diversas realidades regionales:

  • Para algunos las Ligas habían surgido como una escisión del MR y, mientras el MR había formado cuadros y contaba con una fuerte estructura nacional lo que los convertía en sólidos referentes en la actuación pública, las Ligas sólo aparecían en la región del NEA y presentando diferencias con el MR en relación a las definiciones políticas que asumían y a la metodología de masas que las acompañaba (más coincidente con la orientación latinoamericana del MIJARC). Desde esta postura se evaluaba que al escindirse las Ligas del Movimiento había quedado en el MR otra gente para darle continuidad nacional, lo que no se pudo concretar porque el proceso de politización de principios de los setenta lo llevó a su atomización.
  • Para otros en tanto el MR, como instancia de evangelización y militancia cristiana de laicos, al formar cuadros y contribuir al desarrollo de organizaciones populares en el ámbito rural había realizado gran parte de sus objetivos hasta principios de los setenta. Consideraban que la propuesta de disolver el MR y desarrollar la alternativa organizativa de las Ligas no podía generalizarse a todas las regiones, por su heterogeneidad. El NOA y Cuyo habían trabajado más con obreros rurales cuya organización era sindical, mientras que en el NEA la base de las Ligas eran pequeños y medianos productores. La articulación entre ambas experiencias no era sencilla, por sus reivindicaciones y problemáticas diferenciadas. Para este grupo el MR seguía siendo necesario y debía continuar como instancia nacional de reflexión común y formación de cuadros, desde una perspectiva de pastoral popular liberadora. También relacionaron la atomización posterior del MR con la politización interna, que priorizó la organización popular, pero se quedó sin proyecto o alternativa eclesial hacia dentro de la institución. Estos militantes -una bisagra entre ambas instancias- fueron los que quedaron más desprotegidos en relación a su conciencia cristiana.
  • Un tercer grupo del Movimiento sostenía que la relación del MR con la Iglesia a nivel institucional ya se había desgastado porque, no obstante, sus esfuerzos para concertar con la jerarquía ciertos márgenes de autonomía necesarios para su trabajo pastoral, tuvo como respuesta la intransigencia y su exclusión. La relación institucional había llegado así a una situación de deterioro personal y organizativo, por lo que no tenía sentido tratar de sostener la estructura de un movimiento en crisis, y la alternativa era la inserción en la organización popular y la militancia política, pero sin tutelas eclesiales.

Este complejo debate interno del MR sobre su futuro se proyectó en el accionar posterior a su separación de la CEA, y en el plano nacional el MR permaneció como movimiento católico nacional de laicos, aunque casi disgregado, hasta 1976. Se fue perdiendo así la primera experiencia nacional de organización rural de la Iglesia católica, que hasta hoy no pudo ser reeditada. A partir de esta etapa se produjo un vacío de pastoral rural organizada como movimiento nacional, y sólo se mantuvo la estructura por parroquias.

Al respecto, el MR fue expresión de la transformación eclesial que tuvo la Iglesia argentina durante esta década del sesenta y parte del setenta, que se evidenció sobre todo en el NEA donde, aunque no siempre hubo conciencia explícita, llegó a darse un doble proceso de dislocamiento de bases sociales. Por un lado, al interior del Movimiento Rural, donde sus destinatarios -los campesinos- asumieron a mediados de la década del sesenta la conducción del movimiento, protagonismo que llevó al sector empresarios a distanciarse mostrando así las limitaciones del proyecto inicial del MR de integrar a los distintos sectores socioeconómicos del ámbito rural. Y dislocamiento también dentro de la pastoral popular liberadora, que planteaba la opción por los pobres y oprimidos, de la cual el MR fue su expresión más acabada en el ámbito nacional rural. Este cambio de referentes sociales pudo llevar a la Iglesia a modificar su posición social dentro de la estructura de poder regional y local.

En el caso del NEA se combinaron las posturas de este debate entre quienes impulsaron las Ligas, y se complementaron reflejando distintos momentos de la transformación del MR. En la etapa del surgimiento de las Ligas como organización gremial de los campesinos el MR pudo desligarse de tareas reivindicativas y organizativas y pasar a ocuparse de la apoyatura gremial y aportes en la formación. Así, planteaban continuar con el MR redefiniendo sus funciones de conducción política de las organizaciones liguistas,

 (…) al tiempo que se iban apurando las condiciones para el surgimiento de las Ligas en el resto de las provincias nordestinas, el MR entra en la etapa de constituirse en el apoyo político de esas organizaciones, demarcando claramente a nivel de entidades separadas las actividades gremiales, reivindicativas, de las necesidades teóricas y políticas”. (Ferrara, F: 1973)

Luego otra posición argumentó que el MR estaba agotado como movimiento, ya había dado lo que podía dar, y propuso encarar la opción por los pobres desde la organización popular, impulsando un trabajo gremial más amplio que el eclesial que se había plasmado en las Ligas. Así, la mediación del MR y los sacerdotes y religiosos al interior de la organización popular se dio participando desde dentro de las Ligas. Pero esto los llevó a asumir rápidamente un compromiso político (no partidista oficialmente como Ligas), con lo que fueron perdiendo su propio espacio eclesial.

En toda la región el Movimiento Rural se mantuvo por decisión de los obispos, excepto en Reconquista donde Mons. Iriarte se opuso y sus miembros se encontraron ante la elección de mantenerse en su opción de fe dentro de la institución eclesial replegándose en su compromiso con el cambio de la realidad, o abandonar la institución para poder llevarlo adelante. En el resto del NEA continuaron sus integrantes el complejo proceso de transición, desde el MR con lógica de comportamiento de movimiento social, pero manteniendo su identidad como movimiento eclesial, a otra etapa de integración con las Ligas Agrarias que habían asumido su carácter de movimiento social con identidad propia.

Como consecuencia de ese proceso en diversos movimientos laicales se produjo un éxodo de militantes, puestos ante el dilema de optar entre su compromiso de fe y la institución. Porque a la vez que se produjeron los conflictos se fue desarrollando a nivel nacional, aunque de manera desigual, un proceso de profundización del nuevo modelo de pastoral popular liberadora, del cual el Movimiento Rural fue un activo partícipe.

Esta Pastoral Popular Liberadora[27] -que impulsaron el MR y diversos sectores de la Iglesia- contribuyó a la elaboración y desarrollo de un proyecto histórico de transformación social, en esta etapa en que el proyecto histórico de las mayorías se expresó en el peronismo. La presencia de un movimiento popular organizado, con fuerte gravitación del movimiento obrero que se reconocía en su mayoría como peronista, interpelaba a los sectores cristianos que asumieron la Pastoral Popular. Refiriéndose a esa preocupación, Alberto Sily planteaba:

Es importante la interpretación del proyecto histórico político que se da en el mundo, porque no nos podemos eximir. (…)La misión nuestra de sacerdotes es estar presentes, acompañar al pueblo “en lo que el pueblo está intentando protagonizar, es decir, está intentando realizar su nuevo proyecto histórico-político. “(Sily, A: Encuentro Regional Asesores MR NEA, Resistencia, oct. 1971:1)

Esta nueva conciencia cristiana se orientó entonces en un proyecto de nueva sociedad que comenzaba a plantearse en la organización de los colectivos sociales como movimientos sociales. Al respecto, pensar alternativas políticas suponía abordar desafíos y arriesgar opciones acerca de lo probable y posible. En estos desafíos se disputaba la resolución de problemas ligados al mundo de lo necesario y lo deseable. La situación de opresión e injusticia llevaba a la indignación moral, pero cuando se organizaba la acción colectiva se jugaba la esperanza en algo distinto, de liberación y justicia (Spoerer, 1987). Al respecto también consideraban que el sentido comunitario, de relaciones fraternas y solidaridad[28], era el que podía contribuir desde una identidad cristiana a la formulación de proyectos alternativos de colectivos sociales mayores, bajo los cuales se sintieran incluidas diversas prácticas cristianas.

Fue en este sentido que los movimientos laicales como el MR de ACA pudieron contribuir a la elaboración de un proyecto histórico, aún con grandes limitaciones,

   Un proyecto no es ni un plan, ni un programa, ni un teorema, ni se sitúa en el terreno de la línea o estrategia política, aunque incluye a todos esos elementos, se ubica en ámbito de la esperanza y la imaginación colectiva esbozando los trazos gruesos de una sociedad nueva que “pueda funcionar como aspiración colectiva, como fuerza cultural, como atracción y convocatoria. (…) tiene sus raíces en una realidad histórica dada…está marcado por un tiempo y un espacio, por la desagregación de un consenso, por formas de cuestionamiento colectivo de un sistema dado de relaciones sociales, y por la -aunque difusa, siempre real – aspiración a `otra cosa’.”(Spoerer, S., 1980:13)

Estos aportes ético-religiosos tuvieron distinta articulación con los proyectos históricos seculares, y las diversas corrientes político-ideológicas que se expresaron en esta etapa dentro y fuera del peronismo influyeron en el funcionamiento primero del MR de ACA y después de las Ligas Agrarias en cada una de las provincias del NEA.

5. Los aportes eclesiales a las relaciones socio rurales

El trabajo de formación y concientización del Movimiento Rural de Acción Católica Argentina sobre la propia función del colectivo social contribuyó al desarrollo de una identidad colectiva. Es decir, el reconocimiento de un “nosotros” que expresó cierta cohesión y homogeneidad en el terreno simbólico y el discurso ideológico. Otros aspectos relevantes de la apoyatura eclesial fueron la formación de cuadros, la capacitación técnica, la organización de grupos rurales de base por colonia, la metodología de trabajo, etc, enmarcados en dos aspectos básicos: uno referido a la fe religiosa y otro a la metodología de trabajo y la organización.

En valores ético-religiosos

Las corrientes cristianas que asumieron esa pastoral popular liberadora incidieron sobre el movimiento social desde el campo religioso[29]en tres planos. Por una parte, aportando valores religiosos[30] y ético-culturales de promoción de los derechos de los pueblos, de la justicia y liberación de todo tipo de opresión y esclavitud; por otra animando en distintas esferas de la sociedad civil la irrupción del protagonismo popular para la transformación sociopolítica; y finalmente impulsando prácticas concretas de realización de una sociedad alternativa, uno de cuyos ejes fue la promoción comunitaria, que había sido tan fuerte en el MR.

La fe -personal, comunitaria y global- era un elemento constituyente de la identidad colectiva que tenían los movimientos laicales como el MR y en gran medida las Ligas. Era una fe que animaba a resistir la injusticia y simbolizaba la esperanza en un futuro mejor. La fe en el discurso cristiano predominante en este período postmedellín era concebida como compromiso en el mundo, y con el cambio de su situación de injusticia estructural, la realización del “Reino de Dios en la historia”. La fe se reflexionaba en relación con la vida concreta, no era un rezo mecánico, aprovechando las circunstancias para marcar presencia (celebraciones, oración, lectura bíblica y de documentos eclesiales). Esta perspectiva se expresó también en las Ligas Agrarias del NEA, tanto en los cuadros formados por el MRC como en la misma religiosidad del productor rural que percibía que su accionar y sus luchas estaban justificadas y legitimadas por la fe.

No obstante, las Ligas no tuvieron explícitamente una definición cristiana. En varias provincias -como Chaco y Norte de Santa Fe- habían surgido promovidas por el MR pero con inmediata participación de las Juventudes Cooperativistas que tenían una identidad secular. Y sobre todo la misma presencia masiva de productores rurales en las asambleas, concentraciones y movilizaciones desbordó la estructura de cuadros que tenía el MRC, dándole más amplitud y extensión como movimiento gremial, pero sin asumir como identidad formal la cristiana. Sin embargo, se puede afirmar que más allá de las particularidades de cada Liga la fe cristiana estaba presente y no era marginal a la organización popular, como una mística, como se vio en la huelga tabacalera realizada por las Ligas Correntinas, en la que diez campesinos y una religiosa iniciaron una huelga de hambre en apoyo al movimiento diciendo: “Somos cristianos y por eso luchamos, por conseguir justicia para nosotros, principalmente para nuestros hermanos tabacaleros. Luchar por la justicia es luchar por el Reino de Dios en la Tierra.” (Boletín Diócesis de Goya, abril 1973)

En la metodología de trabajo y la organización

Ya desde sus inicios el MR se propuso objetivos específicos y una metodología de trabajo (Moyano W., 1991). Una de las preocupaciones permanentes del MR fue el trabajo pedagógico de formación y promoción de la comunidad. Por eso su método de trabajo (“Apuntes sobre Metodología de Trabajo de Masas”, Cuadernos Pasado y Presente 2/3, Bs.As.,  jul. 1973) fue uno de los principales aportes del MR a las Ligas. La implementación del método ver-juzgar-actuar (usado en la formación rural en Francia en esa época) combinando evangelización, reafirmación de valores religiosos tradicionales, formación humana y capacitación técnica (Instit. de capacitación femenina Guanaco, en rev. Siguiendo la huella 58, sep. 1963) asumió diversos significados a través de las tres etapas del MR: en un primer paso por medio de encuentros se recogían los problemas existentes, se tomaba el más sentido por todos, y con la ayuda del grupo de base la comunidad hacía un análisis profundo del mismo, juzgando las derivaciones y cómo repercutía. A la vez se iban realizando actividades (camino, sala de primeros auxilios, etc). Esta progresiva toma de conciencia de la realidad hizo que el campesino descubra que su problema no era local sino general dentro del ámbito rural -o de la sociedad- y requería un cambio en la familia y la comunidad:

Esto nos lleva a tomar conciencia (…) de la situación que vive el campo (explotaciones injustas, estructuras dominantes, etc). Esta toma de conciencia lleva a una decisión y esta es la que determina la acción (denuncias evangélicas, creación de servicios). Estas acciones serán realizadas con la participación de la comunidad y constantemente evaluadas o interpretadas”. (Informe de Asamblea Nacional del MR en Puerto Rico, Misiones, dic. 1970)

Durante esta etapa el MR se planteó profundizar sus objetivos y métodos en sus distintos sectores: el sector maestros tuvo como finalidad el desarrollo de la acción liberadora del MR con el método de análisis crítico de acción-reflexión, reflexión-acción y los medios de trabajo para la concientización (tema del año, cursos, jornadas, publicaciones, etc.). Buscaron comprometerse militantemente como profesionales en la transformación de la escuela; para realizar “una educación liberadora, abierta al diálogo, que permita al educando analizar su situación, autodeterminarse, que adquiera juicio crítico, que pueda tener una visión globalista de la sociedad, tomando conciencia de la responsabilidad que tiene en el ámbito local y nacional” (Mira Díaz, 1991. Y en consecuencia asumieron la opción pastoral liberadora en la comunidad rural), concientización y compromiso que le significaron al sector maestros poco después serios conflictos con la jerarquía de la Iglesia,

 Es la hora de la reflexión-acción, salgamos de nuestro letargo, dejemos de ser `objetos’, tengamos voz y conciencia propia; informémonos, analicemos, comprometámonos… Tenemos en esta hora una gran responsabilidad histórica: asumimos totalmente una educación liberadora, nos comprometemos con un auténtico cambio o seremos seguidores en lugar de los transformadores de la historia.” (Informe de Asamblea Nacional del MR en Puerto Rico, Misiones, dic. 1970)

Y en relación con el sector campesinos, el MR se propuso:

(…) acelerar el proceso de concientización en todo el ámbito rural, especialmente en el sector marginado, porque como Iglesia y movimiento evangelizador nos exige volcar nuestros mayores esfuerzos a los hombres que más sufren y más necesitan, y porque ellos mismos deben ser protagonistas del cambio. (…) Las comunidades de base a través de reuniones, jornadas, van tomando conciencia de su realidad y van haciendo tareas concretas para superarse, hay un mayor deseo de comunicación, de solidaridad, de unión entre vecinos.” (Inf. Asamblea Nacional MR en Puerto Rico, Misiones, dic. 1970) 

En el Informe valoraban que muchos militantes y dirigentes estuvieran comprometidos en otras organizaciones donde también colaboraban en la tarea evangelizadora, como la Secretaría de Tabacaleros, La Federación Agraria Argentina, el Centro de Capacitación Rural Familiar, la Juventud Cooperativista Clubes 4-A, Cofes y el Sindicalismo; y también en diversas instancias de pastoral rural. Esta metodología tendió a una aplicación diferente de las tradicionales, tratando de que fuera el mismo actor social el protagonista, partiendo de sus necesidades y experiencias concretas. Así el MR logró plasmar la experiencia que no siempre se alcanza en las prácticas de educación popular de trascender el desarrollismo y asumir una práctica de transformación socio-política.

En relación a la estructura organizativa, hubo modificaciones en la conformación interna del MR al dejar de funcionar como sector el de empresarios rurales; y en el plano de las finanzas y coordinación con otras instituciones (El Equipo Nacional integró Confederación Juventudes Agrarias Arg. en el Proyecto conjunto; continuó con AFAR el Proyecto EMOC-Equipo Móvil para la Organización de la Comunidad rural; y con BIENSO y (FAO-OEA) proyectos conjuntos por varias diócesis y regiones sobre vivienda, salud y experimentación agrícola) era necesario que el Movimiento estableciera nuevos parámetros.

Progresivamente se fueron extendiendo a todos los niveles de la organización (base, zona, diócesis, secretariado y nacional) los objetivos de autenticidad, representatividad y proporcionalidad,

 Todo nuevo miembro que integre los distintos niveles de la estructura del MR deberá ser auténtico campesino, para que los protagonistas del MR sean quienes dirijan su propio destino, puesto que son los que forman parte del mismo avalados por normas establecidas que canalicen la representatividad de las bases. En lo posible que el número sea proporcional de acuerdo a (ambos sexos)…y a regiones.” (Informe de Orientación del Sector Campesinos al IV Encuentro Nacional en Mendoza, feb. 1968. (destacado nuestro)

Estos lineamientos impulsaron la autogestión y la dirección colectiva en las bases; y trataron de que la dirección representativa (y por lo tanto indirecta) tuviera diversas instancias de control, para evitar las lógicas tendencias a la centralización y sobre todo la burocratización de los líderes. Los grupos de base de las comunidades rurales se asentaban (miembros) en la familia rural, pero sobre todo en los jóvenes. Se vio la necesidad de fortificar la acción mediante grupos familiares, insistiendo en la necesidad de la amplitud a toda persona de buena voluntad y, adaptándose a las experiencias que el MR tuviera sello propio en la realidad local.

Así, el MR se orientó a ser una organización flexible y democrática que promovió la participación directa de las bases. Esta estructura terminó fundiéndose con las Ligas Agrarias en el NEA, cuya organización se caracterizó por expresar un carácter participativo y democrático, con estructura descentralizada y permanente articulación entre bases y dirección, en base al modelo organizativo del MR.

     Aportes en la formación de cuadros

Del Movimiento Rural de ACA surgieron la mayoría de los primeros líderes campesinos de las Ligas Agrarias, y su primer secretario general, Osvaldo Lovey, que entonces tenía 21 años. Estos dirigentes habían sido formados en los cursos del MR de ACA, cuyo principal objetivo fue la capacitación de cuadros con el método Cardjin (V-J-A) y la pedagogía de Paulo Freire para la extensión rural. Los contenidos de estos cursos de campesinos y maestros dirigentes -como ejemplo de esa educación no formal del MR- a veces eran dictados en el ámbito rural por profesores universitarios (Andía, 1994) Al respecto, desde los comienzos en MR se plantearon como requisitos para ser dirigente permanente -nacional, diocesano o de base-, que además de trasmitir la mística que debía impregnar al militante debían tener disciplina e integración personal para formar parte de la organización. Estas características[31] después las encontramos en los cuadros dirigentes de las Ligas Agrarias.

Priorizando la formación[32] de los militantes, centraban el trabajo en tres niveles de inserción en la realidad rural de los miembros del MR, la juventud, la familia y la comunidad. Así, el compromiso con la realidad impulsaba a cada militante a asumir su responsabilidad a partir de la reflexión y formación permanente, durante todo el año en la misma base y con la familia como parte de una comunidad rural con sus problemáticas concretas; y luego actuando en consecuencia.

El contradictorio “igual por el igual” eclesial en las relaciones sociales rurales

La concreción del igual por el igual en el ámbito rural del NEA fue una preocupación constante para el Movimiento Rural Católico, como se evidencia en las encuestas del tema del año, en los debates internos del equipo regional y nacional, y en las asambleas. Sin embargo, obstáculos de tipo histórico cultural, socioeconómicos y políticos impidieron una integración plena entre criollos y gringos tanto en el MR como en las Ligas agrarias.

Aunque el mensaje de salvación y evangelización de la Iglesia es universal y dirigido al conjunto de la humanidad -a todos por igual- precisamente porque la Iglesia es una institución compleja, y estructurada en base a criterios jerárquico-corporativos, por fuera del nivel discursivo hay preferencias en los destinatarios de su accionar, lo que se evidenció en sus referentes en las relaciones sociales, en este caso rurales.

Como organización católica de juventud campesina, y como movimiento amplio y de igual por el igual, el objetivo del MR era la auténtica representatividad del campesino por el campesino y para el campesino. El encuadramiento sectorial del igual por el igual establecía representantes de un mismo sector como más capacitados para atender a las necesidades de sus pares antes que las del conjunto de la comunidad. No obstante, ya se expresó en su mismo funcionamiento un problema de las relaciones sociales rurales: la existencia en el ámbito rural de una diferenciación interna entre los gringos (medianos y pequeños productores EAF) y los criollos[33](minifundistas y asalariados). Esta cuestión, que llevó a que desde el principio debieran realizarse cursos de capacitación separados para ambos grupos, emergió después en la relación entre los medianos productores y los obreros rurales. En este sentido, el igual por el igual durante esta primera etapa implicaba que se consideraran iguales porque eran personas, promoviendo la solidaridad cristiana y excluyendo lo político y lo económico.

Por su parte, vimos que desde la visión social del sector empresarios del MR la misión evangelizadora no los destinaba a ser evangelizados, sino como militantes de ACA a ser agentes evangelizadores de sus peones, a quienes consideraban los realmente afectados, por su “ignorancia religiosa” (Ricardo Alberdi, sector empresarios MR, 1990), en la tarea de promoverse humanamente. Analizar por qué había un sector de empresarios rurales en un movimiento destinado a la representatividad del campesino, y su inserción en el movimiento en cuanto al igual por el igual y la misión evangelizadora, nos lleva a ver contradicciones en cómo el mensaje universal de la Iglesia intenta articular su accionar con diversos sectores sociales que incluyen a representantes del capital y del trabajo. Así, la propuesta del igual por el igual implicaba un compromiso de ambos sectores que desde dos planos: el religioso (estructurado bajo los parámetros institucionales de la Iglesia) y el secular (inspirado en los principios doctrinarios de la Iglesia acerca de la propiedad y el uso de la riqueza) podría admitir diversas formas de concertación económico-social. Este proyecto tuvo ya desde el inicio obstáculos, porque los empresarios rurales concibieron esa espiritualidad del MR como una forma de acción horizontal del igual por el igual (estancieros con estancieros, campesinos con campesinos) pero inevitablemente unida a una acción vertical, de estancieros con campesinos y de capataces con peones. Esta contradicción entre el principio básico del MR de que la organización fuese dirigida por los campesinos y la interpretación que hacían del proyecto los distintos sectores que lo componían llevó al conflicto interno a mediados de los ’60.

Así, esta representatividad se fue modificando junto con la conciencia eclesial y llevó oficialmente al sector campesinos a la conducción del MR en 1966. Pero a su vez este proceso tuvo sus contradicciones, sobre todo en las relaciones entre la dirigencia del MR de ACA y las bases (sector campesinos). Si se quería promover auténticos dirigentes y militantes comprometidos con el medio rural en lo económico, cultural, social y religioso, debían repensar las formas de trabajo con sus grupos de base. Hasta ese momento la evolución ideológica del MR se había dado a través de la reflexión en la conducción, con dirigentes campesinos en estrecho contacto con la realidad latinoamericana a través del Secretariado Latinoamericano del MIJARC.  Pero esas nuevas ideas y las publicaciones (Cursos de tercer nivel, Boletín del Dirigente, audiciones radiales, el seminario de formación y la asamblea) llegaban hasta el nivel regional, y no a la base la mayoría de veces.

  Con Siguiendo la Huella nos encontramos que al elaborarla más profunda se hace dificultosa la llegada a la base porque no la interpreta. Se quiere acelerar el cambio, sin tener en cuenta todo un proceso necesario (…) Las actuales estructuras del MR no surgieron de la base misma, sino de arriba hacia abajo. Cambiando o suprimiendo la estructura del Movimiento no se soluciona todo, es necesario atacar problemas que son más generales y de fondo.” (Comité Nacional, sector campesinos, Santa Fe, feb. 1969.)

En dicho informe se aludió también a que “gran parte de los militantes son de clase media, jóvenes y pequeños agricultores, y trasmiten esa cultura que dificultó enormemente el cambio para lograr la concreción de un hombre nuevo y una sociedad nueva”. Se propuso, en función de esta autocrítica del sector campesinos, que los dirigentes trabajaran con mucha más continuidad en las bases, porque el contacto directo con la realidad rural daría otro tipo de reflexión. Estas ideas de cambio radical predominantes en ese momento en América Latina,  que sostenía el Secretariado Latinoamericano del MIJARC y reflexionaban los dirigentes del MR, se confrontaban también con los distintos niveles de religiosidad que había en las comunidades rurales en Argentina, principalmente con los correspondientes a las diócesis del NOA.

En síntesis, los aportes eclesiales fueron variados en la interrelación de los colectivos sociales. En relación al clientelismo, en varias de las regiones donde trabajó el MR de ACA hay sistemas clientelares, con mayor o menor intensidad según el desarrollo relativo de cada provincia. En estas -entre otras Corrientes, La Rioja y Salta-. los actores relevantes del campo religioso solían amoldarse y participar en este tipo de prácticas, especialmente en las zonas menos desarrolladas económicamente. Así, en zonas rurales donde había una práctica religiosa más tradicional en algunos casos la función de la Iglesia católica a través de la consagración de ritos de pasaje (bautismos, casamientos) convalidó relaciones de compadrazgo entre el patrón y sus peones. El MR de ACA cuestionó fuertemente este clientelismo político institucional y patronal que prevalecía en algunas zonas rurales del NEA, y promovió otro sistema de relaciones sociales con la conformación de un movimiento social.

6. La mediación socio-política del MR de ACA en el medio rural

¿En qué consistió ese rol de mediación[34] de la institución eclesial en la organización campesina? Ya desde el comienzo del proceso la presencia eclesial inspiraba confianza en los campesinos cuyo mundo cultural se expresaba en gran medida como religioso y en su mayoría católico; este factor fue clave en la masiva respuesta a la convocatoria del MR a los jóvenes rurales: sus padres los dejaban ir porque era la Iglesia quien los convocaba. Y en su posterior formación y compromiso, el MR “trajo visiones del futuro consonantes con las creencias de los campesinos, y los campesinos fueron capaces de relacionar esas visiones a sus acciones contemporáneas” (Popkin, S., 1979:243).

Esto se logró gracias a los agentes sociales mediadores de la clase y la construcción de la representación política. Agentes sociales que compiten entre sí y reclaman para sí el atributo de representar simbólicamente a una clase absolutamente excluida del marco de las relaciones políticas. Al respecto, Claudio Lasa analiza el trabajo político-religioso del MR de ACA en el Chaco, a la par que resalta el papel jugado por los diferentes mediadores del campesinado

(…) la dimensión religiosa recubriendo y legitimando el proceso de construcción de la clase, configurando una identidad colectiva y preparando futuros líderes campesinos. El MR, entonces, pasa a autopercibirse como un “movimiento de cambio”, como una especie de “organización política” para la cual la positivación de la imagen campesina aparece como un valor fundamental a ser construido”.(…) El “mito de la comunidad agraria” fue semantizado por el MR tratando de tornarlo compatible con los discursos políticos “progresistas” de aquellos años, imaginando la proximidad de la transformación revolucionaria (…) posibilitaría observar el poderoso contenido simbólico presente en el sentido y en la acción política del MR, que, al promover una “reconversión de la visión del mundo” intentaba también producir -además de una ruptura con el orden establecido- un nuevo sentido común legitimador de las prácticas y experiencias de los sectores excluidos. En otras palabras, la conformación de una identidad política que permitiese la transformación del campesinado en “clase-sujeto”.”(Lasa, Claudio, 1989:55-59)

El MR propuso un modelo de sociedad más justa e igualitaria, basada en la solidaridad y la fraternidad, condenando el afán de lucro y la despiadada competencia entre los hombres (Lasa,1989) Es diferente al concepto del “mito de la aldea” precapitalista de la corriente de la moral económica -que rebate Popkin desde la economía política-, en la que una forma de vida que puede haber existido sólo por la falta de alternativas o iniciativas para el cambio es tomada como una virtud, y los campesinos que tienen poco o nada para comer son asumidos como poseedores de una rica vida espiritual. (S. Popkin, 1979:3)

En la primera etapa de las ligas agrarias el respaldo político y organizativo del MR y de diversos sectores de la estructura jerárquica de la Iglesia al desarrollo de la organización popular fue determinante para legitimar su protesta y promover el protagonismo campesino al brindarle cierta protección ante la represión gubernamental. El Equipo Nacional del MR colaboró con la organización del Cabildo Abierto que les dio origen en 1970. Ese apoyo de la Iglesia contribuyó a fortalecer la capacidad de negociación de las Ligas frente a los gobiernos provinciales y a otras organizaciones rurales, sociales y políticas. Así la credibilidad, los códigos morales y las visiones del futuro afectan la estimación de los campesinos de que su inversión puede contribuir directamente a un objetivo colectivo o puede brindar un aceptable retorno de beneficios individuales.(Popkin, 1979) La eficacia con que conectó el contexto nacional con la coyuntura local explica también la influencia del MR en este proceso en el que las Ligas Agrarias surgieron como una organización autónoma. El desarrollo de la organización campesina como movimiento social reforzó esa autonomía, y progresivamente también tendió a independizarse de la apoyatura que tenían en la institución eclesial.

Este proceso de cambio del MR de ACA de movimiento de cuadros a movimiento social tuvo dos momentos: el primero con un MR que asumió la lógica de comportamiento de movimiento social manteniendo su identidad como movimiento eclesial; y luego cuando la organización social impulsada por el MR -las Ligas Agrarias- asumió plenamente el carácter de movimiento social con identidad propia, con el cual el MR terminó integrándose. Este compromiso político y social de la institución eclesial se expresó en el ámbito del NEA del MR, que comprendía las diócesis de Sáenz Peña y Resistencia (Chaco); Reconquista (Santa Fe); Misiones; Corrientes y Goya (Corrientes) y Formosa. En todas ellas hubo Ligas agrarias, a las que se sumó después Entre Ríos. En cada una varió según el grado de desarrollo que había alcanzado el MR, pero en la región del NEA del año 1970 a 1972 la emergencia de la movilización agraria y la constitución de las Ligas establecieron un antes y un después definitorio para la vida del MR de ACA. Antes de las movilizaciones campesinas el MR se orientó casi exclusivamente a los jóvenes y su trabajo predominante fue la formación y promoción social de las comunidades rurales. Y después, cuando con las asambleas y movilizaciones campesinas se integraron los adultos y la comunidad en general con su problemática rural y sus reivindicaciones, el MR se concentró en el desarrollo de los grupos de base, consejos campesinos y grupos de colonias La situación que se vivía con el desarrollo de las Ligas era vertiginosa. La forma en que se integró el MR a través de sus grupos rurales, y la nueva concepción de evangelización con que trabajaba lo expresó la diócesis de Formosa:

Si hubiera alguna diferencia entre los consejos campesinos y los grupos rurales se diría que los consejos son los medios del movimiento para despertar, la toma de conciencia y la acción. Los dirigentes de los grupos actúan desde dentro de los consejos campesinos. (…) La reflexión de fe no se hace técnicamente, metódicamente, sino aprovechando las circunstancias, `las presencias’ para dar un contenido de fe (…). Las actividades son a la vez evangelización, promoción humana y acción política. Se da en un conjunto.”(Encuentro Regional Asesores…(Informe sobre Formosa, 1971)

Estas reflexiones fueron hechas sobre la marcha de un trabajo que se estaba desarrollando en un contexto regional y nacional muy dinámico, al decir de Alberto Sily, “en un volcán en erupción”. En ese contexto también evaluaron en el Encuentro Regional de Asesores del MR del NEA la realidad los sectores de Iglesia involucrados,

Constatamos una vez más que este campesino noble y mayoritario en la región, arrojado a una dolorosa realidad de subdesarrollo y marginalidad producidas por estructuras pecaminosas de dependencia económica, social, política y cultural (Medellín) (…) Hay estructuras injustas, mantenidas culpablemente por grupos interesados en la detentación del poder, que impiden a muchos el acceso a la cultura, a la participación política, a la mejor participación de los bienes de la tierra (Medellín). Esto conforma lo que afirmaron los obispos latinoamericanos en Medellín, una situación de `violencia institucionalizada’ (…) La toma de conciencia de esta situación claramente injusta, produce en todos los sectores del campesinado actitudes de protesta – seria – firme – decidida reclamando el respeto a la dignidad de su persona y el reconocimiento de sus derechos.(…) Estas manifestaciones intentaron a veces ser acalladas por los poderes de la represión, como sucedió con el intento de intimidación en Formosa y de manera violenta en el Chaco y Misiones, recurriéndose a los gases lacrimógenos, a los garrotes y a los perros; de este modo se cumplen órdenes de los interesados explotadores, cuyo único fin es el de mantener la situación actual.” (Declaración del Encuentro Regional de Asesores del MR del NEA (oct. 1971)

El compromiso con el cambio implicó esta mediación socio-política y permitió pensar que en la Iglesia del NEA se podía consolidar la pastoral popular liberadora:

 Conscientes de nuestra misión liberadora, apoyamos y alentamos a todos los movimientos de campesinos en la región.(…) Concretamente, nos comprometemos ante ustedes a colaborar activamente con los grupos rurales, en la tarea de organización, mentalización y formación de grupos de presión, en la acción de protesta cuando no son respetados los derechos de los hombres en los diversos sectores del campo, como ser: los hacheros, peones de estancia, carpidores, cosecheros, productores agrarios, aborígenes, carboneros, etc.(…) Sepan ustedes, todos los hombres del campo y del monte que no sólo los apoyamos y alentamos, sino que asumimos esta actitud en fidelidad al Evangelio y a nuestra misión sacerdotal en unión con nuestros obispos, y nos comprometemos a compartir la lucha liberadora que están sosteniendo por la salvación integral del hombre.” (Declaración del Encuentro Regional de Asesores MR del NEA (Resistencia, oct. 1971)

Esta declaración tiene un valor especial, no sólo por su compromiso sino por haber logrado extraer una reflexión sociopolítica y pastoral en medio de una situación tan convulsionada. En la reunión participaron 25 sacerdotes, 3 religiosas, laicos del secretariado regional, los obispos Distéfano (S. Peña) y Marozzi (Resistencia), y el asesor técnico P. Alberto Sily SJ. Así este sector eclesial en la etapa inicial de la mayoría de las Ligas Agrarias impulsó, promovió y articuló su proyecto y su fuerza social, que devino de la capacidad de movilización de los productores y se manifestó permanentemente a través de marchas, concentraciones, corte de rutas, actos, huelgas, toma de tierras, y que les permitió gravitar sobre el Estado e incidir en la toma de decisiones de aquellas políticas públicas que afectaban a los intereses de los campesinos.

De este modo las Ligas organizaron un colectivo social atomizado y sujeto a formas de subordinación clientelares, como era el minifundista, en un movimiento social. Y en esta experiencia inédita, cuya incidencia en las relaciones sociales rurales del NEA aún no fue superada, la institución eclesial dejó su impronta. Cómo se concretó esa inserción socio-política de una parte de la institución eclesial en el desarrollo de las Ligas Agrarias, y qué ocurrió con la identidad religiosa y el proyecto de nueva sociedad de estos cuadros cristianos comprometidos con el cambio en las relaciones sociales rurales durante este proceso, es analizado a continuación.


  1. También fueron promovidas desde sus inicios por juventudes cooperativistas, en Chaco (UCAL) y Entre Ríos.
  2. La propuesta metodológica es el análisis del MR de ACA desde la lógica interna de un movimiento especializado de laicos de Iglesia. En la revisión de sus primeras etapas se fijó el acento en lo institucional eclesial propio del modelo tradicional de ACA. Y desde mediados de la década del sesenta, cuando la conducción del MR fue asumida por sus bases (campesinos), nuestro análisis relegó el enfoque institucional para acompañar al MR en la etapa de reflexión y acción en estrecho contacto con el proceso sociopolítico y la organización popular, enmarcado en el nuevo modelo pastoral de inserción en los medios populares.
  3. Al respecto hay dos enfoques: el que parte de un análisis de la Iglesia enfatizando su rol institucional: sus objetivos, influencia y estructura, los mecanismos y estrategias que pone en marcha para adaptarse a la sociedad; y otro enfoque acentúa el análisis de las relaciones Iglesia y Estado, para comprender la problemática eclesial en las causas y consecuencias del conflicto o la convivencia entre ambos. (Moyano Walker, 1991)
  4. Usamos como variables básicas la conciencia, la instancia organizativa, y la acción colectiva, que contemplan la autonomía, convergencia e influencia mutua entre la lógica del comportamiento eclesiástico y la organización popular. La conciencia como la formación ideológica que se constituyó en el período, desde la conciencia eclesial predominante en el origen del MR de ACA a la transición del mismo hacia la conformación de las Ligas Agrarias. Para esto analizamos el discurso eclesial (referentes teológicos, pastoral de evangelización, etc) y el discurso político de las organizaciones populares, indagando los principios de identidad de cada sujeto, de oposición ante lo que se le presenta como negación a su existencia y pretende superar, y de totalidad en cuanto a la comprensión de la realidad global donde actúa. La instancia organizativa, del comportamiento eclesial y de la organización popular, centrada en la dinámica que motorizó el paso de un movimiento eclesial especializado, promovido principalmente por vanguardias o élites eclesiales, a otro modelo y proyecto de evangelización desde los pobres a través de una pastoral popular, y que contribuyó a un proceso de organización popular con progresiva autonomía de la tutela eclesial institucional. Y La acción colectiva: la lógica de acción que se privilegió desde la instancia eclesial y la lógica de la organización popular: sus objetivos, estrategias y prioridades, y las instancias de unificación-diferenciación, consenso- disenso, conflictos y confrontación entre ambas.
  5. Las distintas opciones de los actores sociales en relación al proceso histórico y a las distintas maneras de concebir la “misión de la Iglesia” dieron lugar a la conformación de diversas corrientes, todas partícipes de la misma institución. -La corriente Conservadora e Integrista, que llegó al integrismo-nacionalismo en sus formulaciones extremas, planteó una fuerte unidad entre la Iglesia y el Estado y una vigorosa defensa del no cambio en las diversas instituciones. La relación de fines Iglesia, Estado, grupos y sectores sociales dominantes era una relación de poderes: el Estado era el brazo secular de la Iglesia en la defensa y difusión de la fe, y la Iglesia era el brazo religioso del Estado que legitimaba su accionar en nombre de Dios. -La corriente Moderada (socialcristiana). El sector modernista intentó readaptar a la Iglesia frente al mundo capitalista, liberal y democrático y su proceso de secularización. Considerados también como social-cristianos moderados, ya no veían a la Iglesia como sociedad perfecta sino que reconocían sus errores, y aunque no superaron la dualidad Iglesia-mundo cambió su visión del mismo, y -La corriente Progresista y Radical Progresista: en América Latina, y en Argentina, se desarrolló en las últimas décadas una nueva forma de pensar la teología y un modelo de Iglesia diferente. La teología asumió la historia e intentó abordar la realidad de injusticias y violencias, de dependencia y opresión de su pueblo, y con la Teología de la Liberación asumió la opción por los pobres desde una perspectiva de fe evangélica. En esta etapa surgió como una variante en esta corriente la teología de la pastoral popular, con el acento en la evangelización de las culturas, en especial de la cultura popular donde la religiosidad cristiana juega un papel relevante. Los radical- progresistas no solían distinguir entre el análisis científico y la teología, y para ellos la fe y la política estaban casi en igualdad de condiciones.(Moyano Walker, 1991) (Pérez Esquivel, 1991)
  6. La Iglesia asumió posiciones proféticas y compromisos sociales, se identificó con los sectores subalternos y modificó su relación interna con las bases, su dinámica organizativa y se tornó más sensible a las preocupaciones sociales. Este dislocamiento provocó el rechazo (agresivo o pasivo) o la sensación de orfandad en aquellos “privilegiados” de otrora, centro del interés y esfuerzos evangelizadores de la jerarquía, se encontraron ahora ante cambios y propuestas en su Iglesia que, aunque no los excluían, ya no los consideraban como actores principales del apostolado. Esto los llevó a redefinir su ubicación en la Iglesia y su posición ante los nuevos privilegiados.
  7. Por su carácter universal y nacional, los actores sociales que constituyen la Iglesia se integran en diversos niveles jerárquico institucionales, encabezados por el Papa, el Vaticano, los Cónclaves universales de la Iglesia Católica, Coordinación Regional de la Iglesia, el Episcopado Nacional, el Cardenal Primado de la Argentina, los obispos, las congregaciones religiosas y el clero secular, los movimientos laicales o eclesiales, las organizaciones y entidades de inspiración cristiana, y las comunidades y grupos eclesiales y militantes cristianos. (Moyano W., 1991)
  8. Al respecto, Mons. Pedro Lira -asesor de ACA en Salta- se refería en 1958. Esta preocupación constante fue expresada en los cuatro Congresos de la vida rural realizados desde 1951 y por Pío XII en diversas alocuciones.
  9. En un contexto a mediados de siglo en el que el poder de la Iglesia para defender sus intereses institucionales provenía tanto de su capacidad de negociación y presión sobre el Estado como del accionar de élites políticas afines a la institución para quienes la religión continuaba siendo un factor conservador en la política nacional.
  10. Pero en la Iglesia el derecho a promover la justicia social no entró como “interés institucional básico” en el período (1943-55) en los niveles de conducción, y recién se planteó cuando se desató el conflicto con el gobierno peronista. (Forni, 1988) Por su parte, el peronismo vio como una amenaza el accionar de diversas organizaciones de Acción Católica especializada a nivel estudiantil y principalmente obrero. Particularmente, el surgimiento de sindicatos cristianos y de un partido demócrata cristiano fue considerado como competencia y recibieron la condena por parte de la CGT y del gobierno. Esta percepción fue exagerada, ya que esos ensayos organizativos no eran una amenaza electoral ni gremial dada la incuestionable hegemonía peronista en ambos terrenos.
  11. “…a través de un expandido sistema de colegios la Iglesia encuentra una importante inserción social y un renovador sustento económico para la implantación local (parroquial), (Forni:1988:135)
  12. Cada rama de ACA se especializó en atención-evangelización por sector: JUC, JOC, MR, JEC Aunque en ese momento no hubiera conciencia explícita, hoy coincidimos con Iván Vallier (1971:3): “El modelo se basa en estructuras paralelas para aislar a los católicos de las fuerzas seculares, y un énfasis misionero exterior pero supervisado”.
  13. Esta política eclesial asumió distintas vertientes: por un lado de tipo conservador con la Gran Misión de Buenos Aires en 1960, y el triunfo eclesiástico en la disputa “laica o libre” con el Estado respecto al reconocimiento de la educación, principalmente la universitaria, privada; y por otro las concepciones desarrollistas también coincidieron con corrientes eclesiales de promoción humana (como Lebret) socialcristianos, la relación de la Democracia Cristiana en un proceso de apertura al peronismo y con una línea más progresista (intento fórmula presidencial Matera (PJ) -Sueldo (PDC), y la Fundación “Ateneo de la República” cuyos miembros, exponentes del desarrollismo y nacionalismo católico neoliberal, eran cuadros intelectuales y políticos que aparecieron reiteradamente en la función pública y privada, con fuerte relación con la Iglesia. (Moyano W., 1991)
  14. Aunque fue sólo el principio de los cambios, que se dieron sobre todo en la práctica de los cultos locales, según J. Comblin (1974) en América Latina “Vaticano II tuvo el efecto de un terremoto. De repente todos los esquemas y todas las estructuras de la Iglesia fueron cuestionados con una aceleración totalmente inaudita en su historia. Por otro lado, la realidad latinoamericana era casi totalmente ignorada por los obispos y teólogos europeos que hicieron el Concilio: era inevitable que el Concilio no pudiera dar respuesta a sus problemas específicos.”
  15. Mons. Pironio -vicario Diócesis Mercedes- al Consejo Superior AJAC, ago. 1958: “El campo tiene que ser puesto en Gracia de Dios; es allí donde se siente más normalmente Su presencia (…)se trata de “consagrar toda la estupenda realidad campesina; y eso es obra específica del laicado rural.(…) Es un gran momento”. (rev. Siguiendo la Huella n°1, ago. 1958).
  16. Aunque no figuran en el Anuario Eclesiástico Argentino de 1961, AFAR, AMA (Acción Misionera Argentina) y Misiones Rurales Argentinas ya funcionaban en el ámbito rural en la década del cincuenta. El sector de rurales de la ACA se relacionó con todas en los cursos de formación, a fin de capacitar a las mujeres para mejorar su hogar campesino y orientándolas al mismo tiempo a una vida rural superior, con temas relacionados con la economía doméstica, el cuidado de la salud, la formación espiritual, artesanías hogareñas, granjería, técnicas agro-sociales y recreación. AMA en 1962 ya tenía 25 equipos con 600 laicos. (En Rev Eclesiástica Arg 28, jul-ago. 1962:310).
  17. Artículo sobre la explicación del conflicto con PUCAM, enviado a los secretariados del MR por el Equipo Nacional nov. 1967. Para este tema ver Moyano W. Mercedes (1991)
  18. Ruptura que afectó institucionalmente al MR: implicó a fines de 1967 la supresión del Reglamento vigente desde 1963, y la Junta Central de ACA -que finalmente los apoyó- designó un nuevo equipo nacional. Y en el plano de las finanzas no le permitió contar con el proyecto de Misereor, que era su pilar económico. También se perdió el stand de la Sociedad Rural. De todos modos, se logró salir adelante con pequeñas financiaciones (Taizé, MIJARC, Com. Nac. de Hipódromos) y con el aporte de los grupos rurales. Esta decisión implicaba además que a partir de ese momento el PUCAM no podía mencionar al MR en cualquiera de sus actividades o solicitudes.
  19. Un año después se reformaron los Estatutos de PUCAM, y quedó explicitado en ellos que PUCAM sólo reunía fondos para solventar los gastos del Movimiento Rural, que no tiene ninguna actividad fuera de esto. El 2 de dic. de 1967 la Junta Central de ACA reconoció al Equipo Nacional, designado por las bases e integrado por auténticos campesinos representantes de las mismas. (Acta 27 del MR, oct. 1970).
  20. Durante la 3º etapa del MR se continuó dependiendo institucionalmente de la Junta Central de ACA, aunque el M. Rural aplicó en todo el país sus nuevos Estatutos, firmados y sellados pero sin aprobación de la jerarquía eclesial. Había un equilibrio institucional eclesial muy precario, que no tardaría en quebrarse.
  21. Aunque nuestro trabajo analiza la conciencia eclesial en el cambio de la realidad del MR de ACA en el NEA, también fue destacado en los secretariados del NOA y en La Rioja. (v. Moyano Walker, 1991)
  22. Cristianismo y Revolución fue un grupo de Iglesia con posturas radicales y confrontativas, que actuó durante este período. En sep. 1966 apareció el n° 1 de su revista homónima que pretendía, según el equipo de redacción, “reflejar el sentido, la urgencia, las formas y los momentos del compromiso de los cristianos en la revolución”. Su referente principal fue García Elorrio.
  23. Movimiento popular es el conjunto de organizaciones en las cuales participan, se expresan y se ven representadas las mayorías oprimidas y/o excluidas, que luchan contra la asimetría social provocada por colectivos sociales dominantes, que se manifiesta en desigualdades en las formas de apropiación y distribución de bienes, que atraviesan la esfera económica, socio-cultural y política a nivel de clase, etnia, sexo, cultura, generación, región, etc
  24. El MSTM en “Nuestras coincidencias básicas” (mayo 1969) afirmaron que “Ante la innegable realidad de que se gesta en los pueblos un proceso de liberación, nuestro compromiso como cristianos implica la “firme adhesión al proceso revolucionario, de cambio radical y urgente de sus estructuras y nuestro formal rechazo del sistema capitalista vigente y todo tipo de imperialismo económico, político y cultural; en búsqueda de un socialismo latinoamericano que promueva el advenimiento del Hombre Nuevo; socialismo que no implica forzosamente programas de realización impuestos por partidos socialistas de aquí u otras partes del mundo, pero que sí incluye necesariamente la socialización de los medios de producción, del poder económico y político y de la cultura.”
  25. Un caso representativo es el de Mons. Vicentín, Arzobispo de Corrientes, quien excomulgó al Padre Maturet que trabajaba en barrios populares de la ciudad por haber involucrado como testigo al obispo en una causa judicial vinculada a acciones represivas de la policía.
  26. Comentado por el obispo de Salta -Mons. Pérez-a Sara Mackintach -presidenta de la C.C.A,. Camp. Mundial contra el Hambre- en 1970. Respecto al problema suscitado en Añatuya con Mons. Gottau, Mons. Medina (Obispo de Jujuy) le dijo al MR “que es muy difícil que un obispo vuelva atrás, aunque sepa que se ha equivocado o ha actuado muy rápidamente. Que esperen que pase el tiempo y recién entonces insistan.” (Acta 29 del MR, oct. 1970:134)
  27. La pastoral popular liberadora se basa en la opción por los más pobres y una vivencia y reflexión de la fe sobre la práctica de su liberación, desde la instancia personal a la social. Es posible diferenciar en su interior dos tipos de práctica: una ético profética cuyo centro es la denuncia de situaciones de pecado, injusticia y opresión; y se manifiesta en testimonios y compromiso solidario con quienes las sufren, reafirmando valores de esperanza, comunión y fraternidad y acompañando con gestos concretos las luchas para realizarlos; y otra ético política orientada a una elaboración teológica de la fe desde la práctica y los desafíos que se generan en las luchas por la liberación del pueblo. Es decir, se trata de reflexionar lo ético-religioso y lo político-ideológico desde la interpelación mutua que se manifiesta en la inserción en la organización y lucha popular. Ambas prácticas pueden complementarse, aunque con énfasis diferentes para desafíos y problemas comunes. En el caso del MR pasó de una práctica a otra en la medida en que se fue desarrollando como movimiento social.
  28. Asociada a la promoción comunitaria -pero mucho más vinculada a la realidad eclesial- se esbozó ya en esa etapa la emergencia embrionaria de comunidades eclesiales de base.
  29. El campo religioso es el conjunto de sistemas de significación que se presentan en una cultura determinada. Las diversas Iglesias, como representación institucionalizada de lo religioso, historizan en contextos determinados la reproducción de la religión. Estos sistemas de significados (símbolos, creencias y prácticas) participan de la producción y reproducción de identidades de diversos colectivos sociales, y a la vez son influenciados por estos según las experiencias e intereses de cada sector y del conjunto de una comunidad. En Argentina la relevancia del cristianismo al interior del campo religioso está dado por carácter mayoritario del catolicismo. El mundo cristiano es la expresión de toda esa cosmovisión evangélica de la cultura, vida cotidiana y política que incide en el ámbito de la sociedad civil, incluyendo las expresiones religiosas que trascienden la institución eclesial pero la tienen como referente (Ej la religiosidad popular y los cuadros cristianos en organizaciones populares). (Nuñez, 1980)
  30. La religión es el “sistema unificado de creencias y prácticas relativo a una realidad supraempírica, trascendente, que une a todos aquellos que adhieren a él con miras a formar una sola comunidad moral”. (Campiche, 1990)
  31. El extensionista (permanente) además de su misión en la base, en lo personal debía ser: a) persona de campo o con posibilidad de adaptarse, interiorizado de los problemas y recursos de la zona; b) de buena fama y si es posible con prestigio; c) con formación religiosa sólida; d) preferible varón, por independencia para movilizarse, o mujer que pueda salvar esta dificultad; e) que pueda comprometerse por un año por lo menos; f) espíritu de iniciativa y trato agradable. Y en relación con el MR experiencia como dirigente local en el movimiento y que acepte plenamente las directivas del equipo diocesano. (Carta de Celia Llorens al Equipo Nac., jun. 1963.)
  32. En cursillos cortos y de larga duración y también a través de las publicaciones, ya que a Siguiendo la Huella y al Boletín del Maestro Rural se agregaron el Boletín del Dirigente y el Boletín Internacional. También comenzaron audiciones radiales para difundir las ideas del MR. La estrategia de promoción social y el desarrollo de la comunidad continuó con los militantes en la vida de los grupos: arreglo de caminos, ayuda a establecimientos sanitarios o educacionales, actividades culturales y recreativas; extensión de conocimientos o técnicas agropecuarias, lucha contra plagas, además de que la formación permitió la actuación personal de sus integrantes en sociedades intermedias como cooperativas, entidades agrarias y clubes 4-A de INTA.
  33. En evidente contraste con “Fortín Olmos” en la cuña boscosa del norte santafesino, otro aspecto de la extensión inicial fue la propuesta de los “Fortines del MR”, que aunque no llegaron a concretarse proponían a los campesinos retomar una “mística de la conquista” inspirada en lo que fue la lucha contra el indio, como un reflejo de la conquista evangelizadora en el medio rural.(Interpretación gráfica del Secretariado del MR)
  34. Mediadores son agentes sociales que asumen importancia en la articulación, organización y luchas de un determinado colectivo social (ej: agentes pastorales, militantes partidarios, profesionales). Es el caso del MR y de los sacerdotes, religiosas y obispos que contribuyeron a la organización de campesinos y trabajadores. Como animador “un líder debe, ante todo, ser capaz de usar términos y símbolos que sus adeptos entiendan. Otra vía de fortalecer la credibilidad es usar líderes ya reconocidos por el grupo (…) utilizar las organizaciones religiosas preexistentes para hacer contacto con personas capaces de trasmitir su mensaje…(Popkin, S., 1979:260-62)


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