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Conclusiones

Los aportes al conocimiento del tema que puede brindar esta tesis fueron surgiendo de los objetivos propuestos y desarrollados durante el recorrido de los distintos capítulos. Al respecto, estas conclusiones se centran en tres abordajes: el de mis propias reflexiones como autora de la investigación; el del debate, en el que mi propuesta de análisis sobre este complejo y heterogéneo proceso de emergencia rural se suma a la diversidad de miradas de autores sobre el tema; y el de la construcción de la memoria que sus actores -ya con distancia de los setenta- vienen realizando sobre las relaciones sociales rurales a partir de las Ligas agrarias, los obreros y las cooperativas rurales, tanto por medios escritos como audiovisuales.

A través de los mismos analizamos el pasaje de la crisis de emergencia al movimiento emergente, tomando como pregunta central en qué medida se obtuvo una transformación en las relaciones sociales rurales en la región a partir de esta experiencia de un colectivo social rural, que logró organizarse en el NEA durante los setenta y luego fue truncada por la represión y el desencanto.

Al respecto desarrollamos algunas hipótesis

Las Ligas Agrarias del NEA constituyeron un movimiento social agrario regional que cuestionó el sistema de dominación que los afectaba durante la primera mitad de la década del setenta. No obstante su heterogeneidad entre las distintas provincias que las conformaron -e incluso dentro de una misma provincia- logró organizarse y actuar regionalmente. Su liderazgo se evidenció en la influencia política y social sobre el proceso de resistencia rural a la política económica adversa y su capacidad de impulsar respuestas prácticas para la realización de un proyecto de desarrollo alternativo.

Al respecto, si nos referimos a los procesos emergentes como las experiencias que la modernidad relegó a un segundo plano y volvieron a aparecer con las reivindicaciones de las comunidades rurales (de Souza Santos: 2000), en tanto movimiento social las Ligas agrarias -con las juventudes cooperativistas y los sindicatos rurales del NEA- no fueron sólo el producto de la crisis o los últimos efectos del desarrollo de una sociedad que moría, sino por el contrario fueron signos de lo que estaba naciendo con el pasaje de la crisis de emergencia al movimiento emergente.

Desde la mirada de la sociología histórica abordamos en la tesis la organización y la experiencia de estos actores sociales rurales subalternos en el NEA de los setenta, partiendo de la conciencia que tenían de su propia clase y la dinámica con la que la fueron construyendo como sujetos históricos con una nueva subjetividad y opciones en su conducta -aun siendo subalternos-, desde su modo de ver el orden social y el sentido que le dieron a sus actos. Profundizamos también sus motivos -en tanto conexión de sentido de una conducta- y la acción como la orientación significativamente comprensible de esa conducta, en la que un fin no premeditado pleno de significación pasó a ser causa de una nueva acción, en un proceso en el que las relaciones sociales estaban mediatizadas por una experiencia humana. Experiencia que coincidiendo con Thompson incorporamos a la vez en situaciones y relaciones productivas -como necesidades e intereses y como antagonismos- para abordarlas como experiencia colectiva de su conciencia y cultura por medio de las cuales retornaron como sujetos para actuar sobre sus propias realidades.

Fue esta interacción de acciones significativas y contextos estructurales, de procesos de vidas individuales y de transformaciones sociales lo que le dio poder y sentido a esa experiencia ampliamente compartida, donde los símbolos que se corporizaron en la organización contribuyeron en la conformación de una identidad común de grupo social como parte de la construcción social del espacio en esa etapa de la historia rural del NEA.

 En esta línea reconstruimos dicho proceso histórico de transformación a partir de la organización de los actores sociales como un colectivo social y su impacto regional en el noreste argentino, centrado en las Ligas Agrarias y su identidad, su lógica de acción colectiva -discurso y movilización- su proyecto, y su interrelación con las cooperativas y los sindicatos rurales. Este proceso fue a la vez la expresión rural de la movilización y organización social que tuvo la Argentina durante la década del setenta, cuando las organizaciones de productores y de trabajadores rurales en tanto entidades representativas se propusieron participar en la planificación, ejecución y control de los procesos de cambio que exigía la estructura rural de la región del NEA, en esta etapa que las complejas y variadas problemáticas del Interior pasaron a ocupar un lugar central en la vida política del país, y que las protestas socioeconómicas y políticas pusieron en cuestión la relación entre lo regional y lo nacional.

En la emergencia rural se integraron el conflicto con la continuidad, tanto en la visión del mundo y en su relación con el pasado de estos sujetos colectivos subalternos como en su nueva forma de hacer política y de sociabilidad, pero sobre todo en su nueva forma de relacionar lo político y lo socioeconómico, en la cual las prácticas sociales interactuaron con lo ideológico y lo institucional político. A la vez, la incidencia en el proceso de nuevos actores internos -jóvenes y mujeres- en su conformación y desarrollo fue clave. También influyeron en este proceso mediadores externos.

De la crisis del NEA de fines de los sesenta, entonces, tomamos los efectos perjudiciales del proyecto de dominación en los actores sociales subalternos atomizados, proyecto que ante la progresiva concientización política y social y la conformación como sujeto colectivo con capacidad de resistencia dejó de ser hegemónico. Y de la emergencia del colectivo social abordamos como eje articulador la experiencia de las Ligas agrarias, y su relación con las cooperativas y sindicatos rurales en ese proceso de cambio social.    

La acción colectiva y el proyecto de nueva sociedad del movimiento social regional

Fue desde la común situación de exclusión económica que los actores pudieron coincidir en una línea de acción, que era hasta ese momento impracticable pero que cambiando las circunstancias pudo volverse posible, y en ese contexto las reivindicaciones individuales pudieron dar lugar a la emergencia desde las bases de un reclamo colectivo hacia una acción colectiva. De este modo la mediación simbólica de la acción colectiva -con la tradición, la conciencia moral y los imaginarios sociales- operó en la constitución de la identidad social y en la conformación de las Ligas como actores colectivos.

En este sentido, como movimiento social las Ligas Agrarias actuaron políticamente pero también como expresión de una contracultura, ya que no se plantearon formar un partido político pero sí una sociedad distinta. Fueron una bisagra entre lo que se considera viejos y nuevos movimientos sociales (de resistencia y emancipativos) en su concepción de una nueva forma de hacer política y en la conformación de una identidad política y social con valores y ética, y una profunda pertenencia. Su potencial transformador produjo una construcción contracultural de defensa de una identidad colectiva más solidaria y menos dirigida por el mercado en las relaciones sociales rurales.

Retomando su carácter movimientista, sostenemos que las Ligas Agrarias del NEA se definieron también en función de otras características. Su significado histórico como movimiento social está también en la reconstrucción de la identidad de grupo social, sus características y las continuidades y cambios profundos que lograron en la sociedad como parte de la construcción social del espacio. Se trataba de una nueva forma de sociabilidad en la relación entre lo ideológico, lo institucional político y lo socioeconómico. Las Ligas como movimiento social por medio de sus movilizaciones expresaron formas de poder social tendientes a intervenir en la esfera pública, con prácticas diferenciadas de otros actores económicos o corporativos. En ese sentido buscaron construir poder.

El poder de las Ligas como movimiento social estuvo basado así en su accionar directo y antagónico. Surgidas desde los sectores sociales subalternos, a partir de la toma de conciencia de la amenaza de exclusión de una condición de vida determinada ante la imposición de un proyecto hegemónico se fue formando una identidad común. Priorizaron -aunque no excluyeron- su autonomía con respecto a otros actores (como los partidos políticos o el estado), y sus lógicas de acción colectiva se basaron en la denuncia y la presión movilizadora para la resistencia y obtención de reivindicaciones en defensa de derechos. Pero para convertirse en movimiento social esa identidad colectiva debió funcionar como marco de pertenencia al interior de un colectivo social y de referencia ante otros actores, y debió alcanzar cierta continuidad dentro de un determinado período de tiempo y con la construcción de un proyecto alternativo.

No obstante, la dinámica de las relaciones sociales -dentro de las cuales se constituyen y redefinen los actores sociales- evidenció que el sentido de una sociedad distinta no era el mismo para todos sus integrantes, ni se mantuvo igual desde su nacimiento espontáneo y su conformación de una identidad colectiva como movimiento social hasta su posterior culminación o declinación cuando algunos se profesionalizaron corporativamente mientras otros se radicalizaron políticamente.

La realidad histórica en la que se produjo la emergencia social rural en los setenta evidenciaba una situación de crisis que afectó al sistema productivo y a las relaciones sociales de producción del NEA, y creó condiciones para que surgieran ciertas problemáticas comunes en sus reivindicaciones -en su mayoría de tipo capitalistas- que definieron adversarios comunes, como oligopolios agroindustriales, latifundistas y la cadena de intermediarios acopiadores y financistas.

En este sentido, la modalidad que asumió la acción colectiva de la protesta agraria en busca de respuestas para sus demandas se dirigió más hacia el Estado que a las agroindustrias, presionándolo por mejores precios, apoyo crediticio y tecnológico y la intervención estatal para limitar el poder de las industrias oligopólicas. La dinámica de esa acción colectiva se fue reformulando en conflictos que definieron el espacio posible de negociación-oposición a partir de la respuesta del Estado y su mayor o menor permeabilidad para atender los reclamos de los productores, quienes desde esa situación de crisis, deterioro de las condiciones de vida y amenaza efectiva a la supervivencia, pudieron construir un colectivo social como las Ligas.

Las Ligas Agrarias fueron además la expresión rural de la movilización y organización social de actores rurales subalternos del NEA de los setenta. Se había empezado a movilizar en Chaco en 1969, y en la Zona Tabacalera de Goya, donde con el apoyo de Monseñor Devoto se había creado la Asociación Tabacalera Correntina, lo que incidió en el apresamiento y tortura de Norma Morello. Así, en un marco de crisis regional, su resistencia y participación en el proceso de cambio y modernización agrícola inauguraron una forma inédita de acción colectiva en un contexto de relaciones sociales con fuerte historia de clientelismo y subordinación, en el que pese a la debilidad nacional relativa de las oligarquías rurales locales existía una sólida estructura corporativa a través de la cual dichos grupos se nucleaban e, identificándose con el poder político, habían logrado históricamente mantener el control dentro de la región. Así, esa constitución de identidad social colectiva y su interrelación en el medio rural del NEA en esta etapa expresó las características que asumieron las Ligas agrarias y las cooperativas y sindicatos rurales en su relación con otros actores sociales y con el estado.

En tanto movimiento social agrario regional las Ligas agrarias del NEA cuestionaron el sistema de dominación que las afectaba durante la primera mitad de la década del setenta. Su liderazgo se evidenció en la influencia política y social sobre el proceso de resistencia rural a la política económica adversa y su capacidad de impulsar respuestas prácticas para la realización de un proyecto de desarrollo alternativo en un contexto social más solidario. Esta conformación de las Ligas agrarias en un movimiento social fue el eje articulador del proceso de transformación de las relaciones sociales en el ámbito rural del NEA durante los setenta.

El proyecto de nueva sociedad

Cómo este movimiento social liguista pasó de la cuestión reivindicativa a contribuir en algunos trazos a una sociedad distinta -sobre todo con Ligas agrarias tan heterogéneas- se evidencia no sólo a través de sus reclamos y adversarios comunes, sino a partir de la construcción de consensos regionales en la movilización y en el proyecto.

En este debate sobre el desarrollo económico nacionalcentrado en una reforma agraria basada en el tipo de tenencia de la tierra y la modernización tecnológica del agro- el desarrollo regional aparejaba cambios en el estilo de desarrollo y las políticas públicas aplicadas en una realidad espacial donde se evidenciaba una acentuación de las desigualdades regionales producida por la modernización agraria. Esta situación -que perjudicaba por igual a los productores pequeños y medianos, los asalariados y algunas cooperativas- repercutió en las relaciones sociales rurales, que variaron según el poder de cada uno de los sectores para presionar y acordar.

El proyecto de desarrollo alternativo de las Ligas agrarias buscó plasmar ciertos objetivos estratégicos en metas de corto, mediano y largo plazo con reivindicaciones para aplicar en el plan del gobierno peronista. En la práctica, aunque este proyecto alternativo se vio inmerso entre distintos perfiles de nueva sociedad -se llegaron a debatir propuestas socializantes hacia la chilena o a la peruana– durante el apogeo de las Ligas se consensuó en el planteo del pacto social peronista de un capitalismo nacional, con protagonismo popular y justicia social. Buscaban la instalación de un esquema de economía mixta, con un fuerte desarrollo del empresariado nacional, un desarrollo industrial autónomo, y una presencia del estado en la economía que garantice una equidad en la distribución. Estas propuestas a la vez se enmarcaban en un contexto de intercambio de experiencias latinoamericanas, europeas y africanas.

No se conocen planteos integrales en documentos nacionales de las Ligas, más allá de las instancias claves de los congresos de Lincoln en 1973 y Villa María en 1974. Aunque genérico en su formulación de corte nacionalista popular, como programa de acción cuestionaba la estructura de poder en el terreno agropecuario. Se planteaba una lucha antimonopólica, antilatifundista, y postulaba la intervención del Estado en la planificación de la producción y comercialización de la economía; sustentando todas esas propuestas en el protagonismo popular y en el principio de igualitarismo social, que tuvo su expresión en 1973 a escala regional en las Actas de Reparación Histórica firmadas entre el gobierno central y las provincias del NEA, que consideraban las desigualdades regionales y las políticas para remediarlas desde el enfoque centro-periferia (Manzanal y Rofman, 1989), y en el apoyo al Acta de Compromiso con el Campo. Se posicionaron oficialmente con apoyo crítico al Pacto Social y más a la izquierda de la ley agraria impulsada por Giberti. En el ámbito provincial -salvo excepciones- hubo una tensa relación de conflicto y negociación durante la primera etapa del régimen democrático, aunque existió la voluntad de intervenir e influenciar en la gestión del Estado en aquellas áreas afines a la problemática rural, incluyendo miembros en áreas estatales y participando para definir políticas públicas, aún cuando los resultados no fueron acordes a sus necesidades y expectativas.

En esta etapa en que las mayorías se expresaron en el peronismo, fue afín el aporte eclesial al nuevo proyecto. La nueva conciencia cristiana se orientó también en un proyecto de transformación social -desde los movimientos sociales como las Ligas- pensando alternativas políticas que suponían abordar desafíos y arriesgar opciones acerca de lo probable y posible, de lo necesario y lo deseable, y que se expresaron en la acción colectiva como la posibilidad de alcanzar la liberación y justicia. En este sentido el Movimiento Rural Cristiano contribuyó a un proyecto histórico con programa y estrategia política, y además se ubicó en el ámbito de la esperanza y la imaginación colectiva orientadas hacia una sociedad nueva que -con sus raíces en una realidad histórica dada- pudiera funcionar como aspiración colectiva, como fuerza cultural y como convocatoria por el cuestionamiento colectivo de un sistema dado de relaciones sociales, y por la difusa pero real aspiración a otra cosa, el poderoso contenido simbólico presente en el sentido y en la acción política del MR, que, al promover una reconversión de la visión del mundo intentaba también producir (Lasa, 1989) -además de una ruptura con el orden establecido- un nuevo sentido común legitimador de las prácticas y experiencias de los sectores excluidos. En otras palabras, la conformación de una identidad política que permitiese la transformación del campesinado en clase-sujeto.

La mística y la política en la mediación eclesial

Las Ligas Agrarias surgieron y se organizaron mayoritariamente por la acción del Movimiento Rural Cristiano, una rama de la Acción Católica Argentina. La iglesia católica cumplió un importante rol de articulación política en los orígenes de las Ligas Agrarias al brindarle aportes en la forma de organización y la formación ideológica de los primeros dirigentes, y en cierta cosmovisión mística -propia del enfoque de la cultura religiosa como parte de la moral económica- que, aunque no mayoritaria, estuvo presente en la identidad de las Ligas. El trabajo de formación y concientización del MR sobre la propia función del colectivo social contribuyó al desarrollo de una identidad colectiva, reconocimiento de un nosotros que expresó cohesión y homogeneidad en el terreno simbólico y el discurso ideológico.

Esta gravitación de la institución eclesial fue consecuencia del proceso de cambio de conciencia política y social que se dio en sus integrantes en América Latina durante la década del sesenta, y que los llevó a asumir el compromiso y la práctica de cambiar una realidad de injusticia estructural postulados en la Conferencia de Obispos Latinoamericanos en Medellín de 1968. A la vez, el proceso emergente que protagonizaron las Ligas Agrarias en la región del NEA fue parte de un movimiento mayor de ligas y sindicatos rurales latinoamericanos de los sesenta y setenta, y con muchos elementos comunes en la región del Cono Sur. También en este desarrollo de la organización y movilización rural la iglesia católica tuvo importancia decisiva en la conformación de actores sociopolíticos rurales durante el período. Aunque más especialmente en Argentina, Paraguay y Brasil, los movimientos laicales de iglesia en el Cono Sur tuvieron gravitación en el surgimiento de diversos movimientos sociales rurales desde fines de los cincuenta, y se redefinieron llegando en algunos casos a diluirse dentro de los mismos.

¿En qué consistió ese rol de mediación de la institución eclesial en la organización de actores subalternos rurales? ¿Por qué la institución eclesial y no otro agente mediador? Además de su influencia y poder legitimador, la iglesia tenía una fuerte presencia y gravitación nacional y regional. Ya desde el comienzo del proceso la presencia eclesial inspiraba confianza en los campesinos cuyo mundo cultural se expresaba en gran medida como religioso y en su mayoría católico; este factor fue clave en la masiva respuesta a la convocatoria del MR a los jóvenes rurales: sus padres los dejaban ir porque era la Iglesia quien los convocaba. Y en su posterior formación y compromiso, el MR tuvo visiones del futuro concordantes con las creencias de los productores, y estos pudieron relacionar esas visiones con su acción colectiva.

Esto se logró gracias a los agentes sociales mediadores de los actores subalternos y a la construcción de la representación política. Al respecto, Claudio Lasa analiza el trabajo político-religioso del Movimiento Rural resaltando el papel jugado por los diferentes agentes sociales como líderes ya reconocidos por el grupo que representaron simbólicamente a estos sectores excluidos, “…la dimensión religiosa recubriendo y legitimando el proceso de construcción de la clase, configurando una identidad colectiva y preparando futuros líderes campesinos. El MR, entonces, pasa a autopercibirse como un movimiento de cambio”(Lasa, C., 1989), aunque no coincidimos con Lasa en que se trate de una especie de organización política , sino más bien una organización social con proyecto y accionar políticos.

En la primera etapa de las Ligas Agrarias el respaldo político y organizativo -del MR y de diversos sectores jerárquicos de la Iglesiaen el desarrollo de la organización popular fue determinante para legitimar su protesta y promover el protagonismo campesino al brindarle cierta protección ante la represión gubernamental. El Equipo Nacional del MR colaboró con la organización del Cabildo Abierto que les dio origen en 1970. Ese apoyo de la Iglesia contribuyó a fortalecer la capacidad de negociación de las Ligas frente a los gobiernos provinciales y a otras organizaciones rurales, sociales y políticas. La eficacia con que conectó el contexto nacional con la coyuntura local explica también para Lasa la influencia del MR en este proceso en el que las Ligas Agrarias surgieron como una organización autónoma. El desarrollo de la organización campesina como movimiento social reforzó esa autonomía, y progresivamente también su independencia de la apoyatura en la institución eclesial.

Este proceso de cambio del MR de ACA de movimiento de cuadros a movimiento social tuvo dos momentos: el primero con un MR que asumió la lógica de comportamiento de movimiento social manteniendo su identidad como movimiento eclesial; y luego cuando la organización social impulsada por el MR -las Ligas Agrarias- asumió plenamente el carácter de movimiento social con identidad propia, con el cual el MR terminó integrándose, en la medida en que el cuestionamiento de las estructuras fue cada vez más claro en el MR, y era difícil seguir atendiendo la estructura del MR si los cuadros estaban en las ligas. Este compromiso político y social de la institución eclesial -en el que convergieron la reflexión teológica con la articulación fe-política de los cuadros cristianos en relación al movimiento popular- se expresó en el ámbito del NEA, donde del año 1970 a 1972 la emergencia de la movilización agraria y la constitución de las Ligas establecieron un antes y un después definitorio para la vida del MR de ACA. Antes de las movilizaciones campesinas el MR se orientó casi exclusivamente a los jóvenes y su trabajo predominante fue la formación y promoción social de las comunidades rurales; y después, cuando a las asambleas y movilizaciones campesinas se integraron los adultos y la comunidad en general con su problemática rural y sus reivindicaciones, la forma en que se integró el MR fue a través de sus grupos rurales. Desde su nueva conciencia cristiana se expresaba que los consejos campesinos fueron los medios del Movimiento para despertar la toma de conciencia y la acción, ya que los dirigentes de los grupos actuaban desde dentro de los consejos campesinos, y la reflexión de fe, promoción humana y acción política se daba en un conjunto.

Esta mediación socio-política implicó un compromiso con el cambio social y económico en la acción con los grupos rurales cuando no eran respetados los derechos de los hacheros, peones de estancia, carpidores, cosecheros, productores agrarios, aborígenes, carboneros, y compartir la lucha liberadora que están sosteniendo por la salvación integral del hombre. Así, este sector eclesial en la etapa inicial de la mayoría de las Ligas Agrarias impulsó, promovió y articuló su proyecto y su fuerza social, originada en la capacidad de movilización de los productores y evidenciada permanentemente en la acción colectiva con la que las Ligas organizaron como un movimiento social a un colectivo social atomizado -el minifundista- y sujeto a formas de subordinación clientelares. Y en esta experiencia inédita, cuya incidencia en las relaciones sociales rurales del NEA aún no fue superada, la institución eclesial dejó su impronta.  

Esa inserción socio-política de una parte de la institución eclesial en el desarrollo de las Ligas agrarias se plasmó en aportes concretos orientados a la construcción del proyecto de sociedad distinta, para el “hombre nuevo” organizado en nuevas relaciones sociales rurales:      

En los valores ético-religiosos, como sistema de creencias, influyeron sobre la mística del movimiento social desde el campo religioso en tres planos: aportando valores ético-culturales de promoción de los derechos de los pueblos, de justicia y liberación de la opresión; animando en distintas esferas de la sociedad civil la irrupción del protagonismo popular para la transformación sociopolítica; e impulsando prácticas concretas -como la promoción comunitaria- de realización de una sociedad alternativa. La fe -concebida como compromiso en el mundo, con el cambio social y simbolizando la esperanza en un futuro mejor- estuvo presente como una mística constituyente de la identidad colectiva de las Ligas Agrarias y no fue marginal a la organización popular, aunque no tuvieron explícitamente una definición cristiana. La misma religiosidad del productor rural percibía que su accionar y sus luchas estaban legitimadas por esa fe.

Incidieron en la estructura organizativa del movimiento social. Todos los niveles -base, zona, diócesis, secretariado y nacional- del Movimiento Rural Católico tuvieron los objetivos de autenticidad de participación de campesinos, representatividad dentro de la dirección de las bases y proporcionalidad de ambos sexos y de las distintas provincias. Estos lineamientos impulsaron la autogestión y la dirección colectiva en las bases; y trataron de que la dirección representativa (y por lo tanto indirecta) tuviera diversas instancias de control, para evitar la centralización y la burocratización de los líderes. Los grupos de base de las comunidades rurales tenían sus miembros en la familia rural, pero sobre todo en los jóvenes, y el movimiento tuvo un sello propio según cada realidad local. Esta estructura terminó fundiéndose con las Ligas Agrarias en el NEA, cuya organización se caracterizó por expresar un carácter participativo y democrático, con estructura descentralizada y con permanente articulación entre bases y dirección, en base al modelo organizativo del MR.

Un aporte clave para la acción política fue la formación espiritual, técnica e ideológica- de dirigentes en los cursos del MR de ACA, cuyo principal objetivo fue la capacitación de cuadros de productores y obreros rurales que además de trasmitir la mística militante debían tener disciplina e integración personal para formar parte de la organización, características que después encontramos en los cuadros dirigentes de las Ligas, puesto que del Movimiento Rural surgieron la mayoría de los primeros líderes campesinos de las Ligas Agrarias.

La formación y la promoción de la comunidad fueron preocupaciones permanentes del MR, para las cuales utilizaron un método de trabajo que también fue un aporte central del MR a las Ligas. Con la aplicación del método ver-juzgar-actuar de Cardjin y la pedagogía de Paulo Freire. El desarrollo de la acción liberadora del MR se basó en el método de análisis crítico de acción-reflexión, reflexión-acción y los medios de trabajo para la concientización (tema del año, cursos, jornadas, publicaciones, etc.) con los hombres que más sufren y más necesitan, porque ellos mismos deben ser protagonistas del cambio, partiendo de sus necesidades y experiencias concretas. Así el MR logró plasmar la experiencia -que no siempre se alcanza en las prácticas de educación popular- de trascender el desarrollismo y asumir una práctica de transformación socio-política.

Centrando el trabajo en tres niveles de inserción en la realidad rural de los miembros del MR -la juventud, la familia y la comunidad- en cursillos cortos o largos y a través de las publicaciones y audiciones radiales difundieron entre las ideas del MR la estrategia de promoción social y el desarrollo de la comunidad en la vida de los grupos. Así, el compromiso con la realidad se dio a partir de la reflexión y formación permanente, como parte de una comunidad rural con sus problemáticas concretas; y luego actuando en consecuencia. Esa formación continuó con las Ligas, tanto con el método de Pablo Freire aplicado desde el plan nacional CREAR, como directamente en la formación en la base.

Con este objetivo de formación para el cambio como realmente se extendieron los grupos campesinos del MR fue a la vuelta del cursillo”, de casa en casa entre las familias vecinas de una colonia, un obraje o un paraje con viviendas aisladas. Lo importante era poder articular espacios de encuentro y reflexión, y además de los cursos dados por los grupos a las comunidades, los festejos del día del agricultor y el día del maestro y también las fiestas patronales fueron expresión de los cambios de la conciencia eclesial en relación con la organización popular, contribuyendo al carácter reivindicativo de los trabajadores rurales. Con el surgimiento de las Ligas como organización gremial de los campesinos, el MR pudo desligarse de tareas reivindicativas y organizativas para ocuparse de la apoyatura gremial y aportes en la formación.

El aporte de la representatividad en las relaciones sociales rurales tuvo una contradictoria propuesta en el “igual por el igual” eclesial. El objetivo de crear una identidad común en las relaciones rurales del NEA fue constante para el Movimiento Rural Católico, aunque obstáculos de tipo histórico cultural, socioeconómicos y políticos impidieron una integración entre criollos -minifundistas y obreros- y gringos tanto en el MR como en las Ligas Agrarias.

Como organización católica de juventud campesina, y como movimiento amplio y de igual por el igual, el objetivo del MR era la auténtica representatividad del campesino por el campesino y para el campesino. El encuadramiento sectorial del igual por el igual establecía representantes de un mismo sector como más capacitados para atender a las necesidades de sus pares antes que las del conjunto de la comunidad. No obstante, ya se expresó en su mismo funcionamiento un problema de las relaciones sociales rurales: la existencia en el ámbito rural de una diferenciación interna entre los gringos (medianos y pequeños productores EAF) y los criollos (minifundistas y asalariados). Esta cuestión, que llevó a que desde el principio debieran realizarse cursos de capacitación separados para ambos grupos, emergió después en la relación entre los medianos productores y los obreros rurales. En este sentido, el igual por el igual durante la primera etapa implicó que se consideraran iguales porque eran personas, promoviendo la solidaridad cristiana y excluyendo lo político y lo económico.

Esta representatividad se fue modificando junto con la conciencia eclesial y llevó oficialmente al sector campesinos a la conducción del MR en 1966. Pero también este proceso tuvo sus contradicciones, sobre todo en las relaciones entre la dirigencia del MR de ACA y las bases (el sector campesino), que después se trasladaron a las Ligas, “Yo creo que fue un problema el distanciamiento de la dirigencia y la base de las ligas, que después se agudizó en el proceso posterior, digamos. Claro, lo que pasa es que después viene mezclado con toda la información y la actividad de la dictadura… (Remo Vénica). Si se quería promover auténticos dirigentes y militantes comprometidos con el medio rural en lo económico, cultural, social y religioso, debían repensar las formas de trabajo con sus grupos de base. Hasta ese momento la evolución ideológica del MR se había dado a través de la reflexión en la conducción, con dirigentes campesinos en estrecho contacto con la realidad latinoamericana a través del Secretariado Latinoamericano del MIJARC. Pero esas nuevas ideas y las publicaciones (Cursos de tercer nivel, Boletín del Dirigente, audiciones radiales, el seminario de formación y la asamblea) llegaban hasta el nivel regional, y no a la base la mayoría de veces. A eso se sumaba que gran parte de los militantes eran de clase media -jóvenes y pequeños agricultores- y trasmitían esa cultura; y que esas ideas de cambio radical -predominantes en ese momento en América Latina- que sostenía el Secretariado Latinoamericano del MIJARC y reflexionaban los dirigentes del MR se confrontaban también con los distintos niveles de religiosidad que había en las comunidades rurales en Argentina.

En términos de representación y mediación de intereses, el MR fue expresión de un doble proceso de dislocamiento de bases sociales (Palacio, 1980) en la iglesia católica. Por un lado al interior del Movimiento Rural, donde sus destinatarios -los campesinos- asumieron a mediados de la década del sesenta la conducción del movimiento, protagonismo que llevó al sector empresarios a distanciarse mostrando así las limitaciones del proyecto inicial del MR de integrar a los distintos sectores socioeconómicos del ámbito rural. Y dislocamiento también en el cambio de referentes sociales de la pastoral popular liberadora, que planteó la opción por los “pobres y oprimidos”, de la cual el MR fue su expresión más acabada en el ámbito rural, y pudo llevar a la Iglesia a modificar su posición social dentro de la estructura de poder regional y local.

La mediación política eclesial en relación al sistema político institucional, que apañaba el fuerte clientelismo patronal en algunas zonas rurales del NEA, se evidenció en el MR en la promoción de otro sistema de relaciones sociales con la conformación del movimiento social. Y con el Estado se expresó en parte con convenios institucionales para el ámbito rural, originados tempranamente con la Alianza para el Progreso, y con hechos relevantes como la cesión de tierras al Movimiento Rural para el cultivo cooperativo que el Consejo Agrario realizó en 1963, o la amplia convocatoria en sus congreso nacionales a partidos políticos, asociaciones como ACDE, FAA e INTA, e instituciones de educación superior.

Evidentemente estamos hablando de la gravitación progresiva de toda la institución eclesial (poco se hacía sin el aval del obispo local) a través de una de las ramas de su Acción Católica. Es pertinente aclararlo porque con el cambio de conciencia eclesial por parte de algunos sectores internos, surgió aquí otro espacio de conflicto dentro de la institución: el los movimientos laicales con la jerarquía eclesial. En un proceso de debilitamiento de su representatividad, para algunos obispos la integración de los dirigentes del MR a las Ligas significaba politización y la pérdida de control sobre el movimiento por su creciente autonomización de la institución eclesial, lo que se acentuó después de 1972 con su fusión con las Ligas que habían asumido su carácter de movimiento social con identidad propia. La contrapartida de este proceso fue el repliegue de la jerarquía eclesial y la consiguiente pérdida del paraguas político que significaba ese respaldo institucional para las Ligas agrarias.

La tensión en la representación de intereses gremiales y políticos         

Fue la crisis de representación de las entidades corporativas rurales en algunas provincias -como Chaco y Santa Fe-, en especial la Federación Agraria Argentina-FAA que nucleaba a los pequeños y medianos productores, lo que originó en los mismos la búsqueda de nuevas instancias de representatividad más propias de un movimiento gremial social. Para esto las Ligas Agrarias contaron con la infraestructura previa provista por la institución de la iglesia católica, lo que les permitió disputar el liderazgo con las organizaciones tradicionales del agro que representaban más los intereses de los grandes y medianos productores y no daban incidencia a los pequeños productores que las integraban. Simultáneamente, la falta de representatividad de los obreros rurales por FATRE originó durante los setenta el surgimiento en el NEA de sindicatos rurales alternativos.

Como colectivos sociales tanto las Ligas como las cooperativas y sindicatos rurales procuraron mejorar su posición relativa dentro de una determinada estratificación social o en el sistema político, disputando la organización y distribución de bienes, influencia o autoridad, y la ampliación de derechos sociales y políticos. No obstante, las Ligas Agrarias en conjunto se diferenciaron de las corporaciones gremial reivindicativas porque tenían una fuerte integración simbólica con énfasis en la defensa de la identidad y de los estilos de vida, y prioridad de valores sociales o culturales por sobre las cuestiones económicas y distributivas en sus discursos. Su accionar -denuncia, movilización- fue heterogéneo pero persistente y por fuera de los canales institucionalizados de mediación de intereses. Definían como gremios a las organizaciones rurales tradicionales y afirmaban que “El Movimiento no descuida las tareas gremiales, pero va más allá (…) El Movimiento no se conforma con defender a los trabajadores de la ambición de los monopolios, el Movimiento quiere expulsar a los monopolios.”  (Amanecer Agrario, marzo 1974)

Los actores rurales subalternos intentaron así ocupar un espacio intermedio de la vida social, donde confluían necesidades individuales en búsqueda de respuesta con impulsos de innovación política para la resolución de los conflictos sociales, y  expresaron la estrechez de estas formas de representación tradicional -corporativas o profesionales- incapaces de canalizar las nuevas demandas y relaciones sociales o bloqueadoras de ciertas reivindicaciones y derechos, y no las concebían como articuladores o mediadores de sus intereses.

Esta necesidad de representación de sus intereses simbólicos y materiales generó las diferentes formas de organización que los actores consideraron más apropiadas en la estructura social agraria argentina, y que a la vez evidencian los tipos de mediación que se establecieron entre la sociedad civil y el Estado. Al respecto, además de las organizaciones de sindicatos y cooperativas rurales, el corporativismo, los movimientos sociales y el clientelismo fueron importantes expresiones de las relaciones sociales en el ámbito rural del NEA durante los sesenta y setenta.

De este modo, las Ligas Agrarias aparecieron también como reacción ante la descomposición de las regulaciones corporativas de la sociedad y por la profundización del proceso de transnacionalización que desbordó al estado y aflojó los controles verticales corporativos. Y ante su emergencia el Estado reimpulsó -con estrategias de corporativismo estatizante- organizaciones de representación de intereses de productores agrarios en varias provincias del NEA, y en otros casos esos estados provinciales cooptaron a los líderes de organizaciones de productores para subordinarlos a sus políticas. Estas lógicas organizacionales no incluyeron a los pequeños y medianos productores del NEA que disentían con las tácticas en la defensa de intereses económicos compartidos, quienes se nuclearon -ante la falta de representatividad de la FAA- en cooperativas rurales o con sus propias formas de acción colectiva tanto en el plano económico como en el reivindicativo o gremial.

La relación de las cooperativas con el Estado fue clave a fines de los sesenta, en un proceso en que la política agraria centralizada y concentradora de capitales del gobierno de la Revolución argentina atentó contra la descentralización efectiva de los aparatos institucionales, tan necesaria para los productores del NEA que pertenecían a comunidades con diversas estructuras territoriales, locales o subregionales, y a veces con diferenciaciones étnicas. Esta política agraria nacional permitió el desarrollo de organismos de carácter sectorial, dependientes de los poderes nacionales y autónomos de los poderes locales, cuyo poder efectivo se redujo sobre el territorio regional. En consecuencia, durante la crisis agraria regional de fines de los sesenta en el NEA las organizaciones sectoriales estatales y privadas tuvieron una activa participación, no con la dependencia corporativa del peronismo, sino aprovechando el espacio ganado para presionar e interferir la acción de los monopolios, en el caso del NEA las agroindustrias.

El conjunto de la acción colectiva se orientó a presionar al Estado para el logro de sus demandas sobre la política agraria y sobre la relación con las agroindustrias y los latifundistas. Por su parte, el Estado llevó el control de la política agropecuaria del NEA por medio de entidades a través de los cuales impulsó, coartó o cooptó las actividades relacionadas con los cultivos industriales en cada etapa de este proceso.

 Así, las distintas instancias institucionales -privadas y estatales- en la región NEA, por la complejidad de su correlación de fuerzas en cada provincia tuvieron variadas relaciones con las diferentes organizaciones de productores, entre otras con convenios institucionales y participación de miembros de Ligas en organismos estatales provinciales.

El entramado sociocultural y gremial de las Ligas Agrarias con las cooperativas y sindicatos rurales

Tanto las Ligas agrarias como las cooperativas y los sindicatos rurales tuvieron una fuerte expresión y protagonismo en el NEA durante esta etapa, pero aún dentro de un común proceso de movilización social y cuestionamiento del sistema divergieron en objetivos y en base social.

Las cooperativas actuaron mayormente dentro de una legitimación del sistema, puesto que sus objetivos eran más corporativos que movimientistas, y sus reivindicaciones sobre todo de libertades capitalistas, lo que las llevó a priorizar acuerdos de tipo corporativo y a obtener grandes logros en este campo. Y en cuanto a su base social, representaban más que nada a medianos productores.

Los sindicatos de obreros rurales del NEA, a su vez, tenían una fuerte historia de desmovilización rural -salvo excepciones- por la política gremial de FATRE desde sus orígenes. A las dificultades de estacionalidad y desplazamiento sumaban la ruralidad de las tareas y el alejamiento de los centros poblados, la dispersión de los trabajadores y la posesión de parcelas cedidas por los empleadores que favorecía el clientelismo de las relaciones entre peones y patrones. No obstante, en cada realidad socioeconómica provincial estas características asumieron un grado y modalidad propia. Mientras en Corrientes, con una fuerte impronta clientelar, los trabajadores rurales en su mayoría eran peones de establecimientos ganaderos permanentes o tabacaleros, tanto en Formosa como en el Chaco predominaban los asalariados rurales que trabajaban en la cosecha del algodón o en la explotación de bosques naturales como hacheros.

Ante esta situación de crisis de representatividad surgieron sindicatos rurales en el NEA con una fuerte movilización, pero con demandas más relacionadas con el incumplimiento de las obligaciones legalmente impuestas a los empleadores que a la posibilidad de obtener conquistas. Sin embargo, los hacheros del Norte de Santa Fe y del Chaco se organizaron sindicalmente con una propuesta mucho más cercana a la de las ligas agrarias en cuanto a su capacidad no sólo gremial sino también de búsqueda de cambios socioeconómicos integrales.

En las distintas provincias del NEA los trabajadores rurales fueron agremiados tanto por las Ligas agrarias como por los sindicatos rurales. Esto produjo en cada provincia una diferente relación con los productores rurales en el interior del movimiento, poniendo en evidencia ciertas limitaciones entre un proletariado agrícola asalariado y un sector de productores familiares con considerable nivel de capitalización.

En el contexto cambiante nuestro objetivo fue analizar -aún con sus lógicas diferenciadas- la relación de convergencia que permitió a estos colectivos sociales actuar en conjunto en el proceso de emergencia rural, pese a que la complejidad de esta vinculación se profundizó durante el desarrollo de las Ligas.

En las Ligas Agrarias se relacionaron de diversas maneras los productores y los trabajadores rurales. Ya dentro del Movimiento Rural convivían ambos sectores y -pese a los intentos de igualación de la mediación eclesial- a la diferenciación socio-cultural entre gringos y criollos se sumaba la distancia entre patrón y obrero durante las cosechas. La crisis de los medianos y pequeños productores perjudicó a los obreros rurales con despidos, desocupación y migraciones, por lo que en algunas provincias los hermanó como sectores excluidos de los beneficios del sistema, pero a la vez fue aumentando la distancia entre sus respectivas demandas y objetivos.

Sin embargo, en su relación con los obreros hubo objetivos comunes en el proyecto de cambio en las relaciones sociales rurales. Sobre esta base de emergencia social que excedía lo rural se unieron reclamos comunes de obreros y productores rurales en la acción colectiva, como en el caso de Tres Isletas, cuando el gobierno no pudo darle la tierra a un obrajero porque se opuso la mayoría de la gente. También en Misiones, cuando confluyeron las Ligas con los obreros rurales y FATRE en la huelga del té de 1972 contra los grandes molinos tealeros y la burguesía agroindustrial regional, por.la alianza entre clase obrera y pequeña burguesía que caracteriza en este momento los enfrentamientos sociales en Argentina. Un giro en esta línea se dio en Misiones en 1975 cuando la CGT, 62 Organizaciones y FASAM integraron junto con el MAM y el gobierno provincial la Comisión de Defensa del Agro Misionero para coordinar acciones ante el gobierno nacional. (El Territorio, 21/10/75), institucionalizando la relación de apoyo mutuo con la clase obrera (con la solidaridad de FATRE) a través de sus organizaciones (Rozé, 1992), lo que permite según Lockett (1975) comprender por qué no están todavía en condiciones de presentar proyectos referidos a la estructura agraria regional esbozando propuestas propias para su corrección o transformación.

Con las cooperativas las Ligas agrarias compartieron no sólo haberse originado también a partir de ellas en el Chaco y Santa Fe, sino su actividad agrícola y su formación, ya que la juventud cooperativista en el Chaco tuvo más participación en las Ligas, más cooperativismo por el hecho de ser una zona mucho más algodonera. Esta vinculación estrecha con las juventudes cooperativistas en Chaco y Santa Fe venía ya del Movimiento Rural Católico,

Las juventudes cooperativistas habían surgido en Chaco por impulso de UCAL -que como organización empresaria no podía actuar gremialmente- para disputarle cooperativas a FACA y también por impulso de esa misma formación en los valores y la educación cooperativa, como una necesidad por las progresivas conductas anti-cooperativas de sus socios y para rescatar sus principios rochadalianos fundacionales. Un aspecto importante al respecto fue el de la educación y extensión, en la medida que afectaba directamente a las relaciones sociales rurales al permitirle al cooperativista ampliar el ámbito de la producción rural y capacitarse en la organización social y productiva.

Pese a su fuerte vínculo con las juventudes cooperativistas en algunas provincias, las Ligas difirieron en sus modalidades de reclamos con las dirigencias cooperativas que no eran afines a la movilización como forma de acción colectiva, y también en sus objetivos de reclamos capitalistas más corporativos que gremiales, en un marco en el cual dicha política cooperativa operaba tanto como un pacto con el pequeño capital en la transición hacia otro tipo de relaciones sociales, o promoviendo el desarrollo capitalista. Por eso su relación con las cooperativas fue cambiante y hubo alianzas transitorias cuando las condiciones de producción lo requerían. Fue mayor y más estable la afinidad con las juventudes cooperativistas, las que a su vez tenían tensiones internas en el frente cooperativo.

No obstante, en su proyecto las Ligas Agrarias reivindicaban el control del comercio exterior e interior del primer gobierno de Perón como mecanismo para defender la economía nacional en lo que hace a la producción, y en ese proyecto daban un rol importante a las cooperativas en lo que hace a la producción e industrialización de los derivados de la agricultura.

Las opciones políticas y la represión en el final de las Ligas

Las Ligas expresaron una organización del campesinado independiente, caracterizada por la originalidad de propuestas e instancias organizativas, que propuso llevar adelante un proyecto de transformaciones sociopolíticas en el contexto de la vuelta del peronismo al poder. Pero un peronismo en el que coexistían diversas corrientes político-ideológicas que se expresaron en esta etapa dentro y fuera del peronismo. También en las Ligas Agrarias se dieron un conjunto de elementos que permiten sostener la existencia de un proyecto colectivo en un sentido amplio, aunque internamente se disputaron diversas estrategias para concretarlo.

Con la firma del Pacto Social hubo un intento de institucionalización del movimiento social y de control de la movilización por parte del gobierno peronista. Aunque oficialmente las Ligas agrarias del NEA no asumieron una definición política partidaria, extraoficialmente las corrientes más combativas (PRT- Montoneros – PB) tenían sus representantes en las Ligas y se disputaban el espacio político en algunas provincias, y otras como Formosa y Entre Ríos se mantuvieron al margen. La muerte de Perón y la progresiva derechización del gobierno aceleraron este proceso de radicalización política y violencia.

En el Chaco, aún quienes estaban más vinculados a los montoneros actuaron con una lógica no tan militarista, y ante la demanda de la organización política para dejar de ser ligas y pasar a ser partido-movimiento Montonero, las LACH -que lideraban la Coordinación Nacional- la rechazaron respondiendo a la voluntad de sus bases, sobre todo después del copamiento al cuartel de Formosa en 1975. En Misiones, en cambio, aunque los montoneros no estuvieron de acuerdo con la división después el Partido Auténtico fue su aparato de masas con las LAM.

No obstante, en un proceso común gremial regional las Ligas agrarias se convirtieron en una amenaza para las oligarquías provinciales y un serio obstáculo para los oligopolios de comercialización e industrialización; por esto sufrieron la represión desde principios de los setenta, y a partir de 1976 la dictadura militar las desarticuló en todas las provincias.

Quiebre y desencanto “La historia no se repite, la experiencia sirve”. Irmina

“Esta etapa (1974/75) yo puedo decir que la he vivido con dolor…el estar trabajando, llegar a un compromiso con un altruismo total, motivado por esta fuente cristiana, y que llega a ese punto donde te encontraste sólo porque se abrieron todos y a vos te cayó toda la persecuta encima. Y es que uno en ese momento tenía toda la esperanza a cuestas, la convicción de que estabas en un buen camino, de que estabas contenido por este pensamiento, y de pronto te das cuenta de que no era así. Eso lo digo con dolor…” (miembro MR y LACH, 1996)

A la inexperiencia de su juventud se sumó la vorágine del activismo de los setenta, impidiendo una reflexión más profunda de los logros y de lo que se estaba viviendo políticamente en el proceso liguista, y no se pudo prever la magnitud de su desenlace ni de lo que venía. En este tenor construyen los protagonistas su actual balance sobre el proceso vivido. Y también aparece en la reflexión cierto desencanto en dirigentes y bases al recordar la experiencia truncada, en la cual habían hecho opciones dejando otras, y no se cumplió con lo esperado por razones externas -radicalización política o represión- o por su propia decepción en relación a los resultados, lo que llevó a algunos a replegarse de las Ligas o reorientar sus expectativas en la búsqueda de cambio social, como ocurrió en Santa Fe con la separación del MR de ACA y la posterior politización de las ULAS, o en Misiones con la división MAM-LAM. Y en la mayoría de las provincias cuando el estado caracterizó a las Ligas Agrarias como el enemigo subversivo comunista, generándoles una contradicción entre sus principios religiosos-culturales y su pertenencia al movimiento, o cuando los objetivos de la dirigencia se distanciaron demasiado de los de las bases.


 A partir del balance sobre las cuestiones centrales que atravesó esta experiencia social rural del NEA en los setenta, fue posible sumarme a las distintas miradas que durante ese proceso y después tuvieron lugar y que -dada la complejidad y heterogeneidad sobre todo de las Ligas agrarias como movimiento regional- generaron lecturas encontradas, especialmente en torno a los cambios en la identidad de los actores y en la interpretación integral del proceso.

Los cambios en las racionalidades y subjetividades de la identidad colectiva de los sectores rurales subalternos

Para comprender cualquier acción de actores rurales se necesita el conocimiento de los valores compartidos y su conciencia previa a dicha acción, tanto en su subjetividad como en su racionalidad en relación al sistema de producción capitalista. Ambas -conciencia y racionalidad- estaban diferenciadas dentro de los actores subalternos de la misma región del NEA, ya fueran campesinos-minifundistas, productores pequeños o medianos, según sus diferentes niveles de inserción en el sistema de producción, tecnología, uso de fuerza de trabajo y relación con la tenencia de la tierra y con el mercado.

Por eso, y en el marco de nuestro análisis que se centró en la experiencia regional de las Ligas Agrarias, nos preguntamos cómo pudo ser que los distintos actores sociales que integraron las Ligas, teniendo una inserción diferente en el mercado externo y una relación de poder político provincial desigual con el estado central desde sus orígenes, hayan actuado en conjunto regionalmente. Las relaciones que los actores rurales subalternos establecieron entre sí dentro de las unidades productivas, y a partir de éstas las lógicas de interrelación de las distintas unidades productivas según su ubicación en el mercado del NEA orientaron la relación de los integrantes de las Ligas Agrarias con los cooperativistas y los obreros rurales.

La coexistencia entre grandes y medianos productores y minifundistas implicó divergencias y contradicciones entre ellos en torno las diferentes capacidades de capitalización y mejoras tecnológicas para incrementar la productividad de acuerdo a las demandas de calidad que exigían las empresas transnacionales, lo que llevó a que los productores medianos y grandes se convirtieron en interlocutores de las agroindustrias, y al desplazamiento y reducción de los minifundistas por sus crecientes dificultades para sobrevivir a la competencia. Esto implicó la progresiva proletarización de una parte del campesinado y transformación en burguesía de otra como emergentes de la crisis y diferenciación social que transformó a los antiguos productores directos. Pero otra parte significativa permaneció como campesinado subsistente (productores directos agrarios no proletarizados, ni aburguesados lo suficiente como para abandonar el trabajo productivo) con una transformación sólo parcial –descampesinización suficiente- para la vigencia del capitalismo, ya que los que se convirtieron en empresarios continuaron siendo ellos mismos productores directos además de explotadores esporádicos de trabajo asalariado; y una parte de los asalariados rurales continuó trabajando en explotaciones agrarias propias o arrendadas insuficientes para la reproducción del núcleo familiar, por lo que debieron periódicamente usar su fuerza de trabajo como semiproletarios o minifundistas.

Al respecto Bartolomé (1982) establece dos dimensiones para entender el movimiento liguista: la caracterización de sus participantes en tanto grupo, categoría o clase social -incluyendo sus intereses objetivos y subjetivos- y la influencia de sus expresiones ideológicas en las formas organizativas, acciones y alianzas de las Ligas; y la articulación de ambas en el contexto en que actuaron. La cuestión que aquí se plantea como una distinción central es el tipo de racionalidad del productor, ya sea campesina o capitalista, en la que cada uno de estos actores sociales subalternos diferenciados evaluó los posibles resultados asociados con sus opciones de acuerdo con sus preferencias y valores, e hicieron la elección que creyeron que podía maximizar la utilidad prevista. Y esta racionalidad estaba estrechamente vinculada con su subjetividad. Ambas variaron en sus respuestas a la crisis regional de fines de los sesenta, que generó una ruptura del relativo equilibrio del NEA en las relaciones sociales rurales y una nueva asignación de roles en la distribución de las funciones regionales.

Con respecto a la racionalidad de los colonos, Archetti y Stolen (1985) sostuvieron un debate con dirigentes de las Ligas sobre su relación con el problema del capitalismo agrario. Estos medianos y algunos pequeños productores -en su mayoría integrantes de las Ligas Agrarias- conservaron de los campesinos el trabajo doméstico como central en el proceso productivo, aunque en determinado momento tomaron fuerza asalariada, acercándose al tipo capitalista también al acumular cierto excedente al final de cada ciclo productivo. Pese a esto para Archetti y Stolen no eran productores capitalistas, porque la economía capitalista se caracteriza por la ausencia de trabajo doméstico en el proceso productivo. Sostienen que no es un problema de cantidad sino cualitativo, porque sin el colono titular la explotación no funcionaba, lo que no ocurría en la explotación capitalista. Además, un capitalista invertía con criterio de rentabilidad, mientras un colono invertía sólo si no le impedía mantener la relación entre trabajo doméstico y cantidad de recursos disponibles en tierra y tecnología.

Además, estos productores medios EAF (explotaciones agrícolas familiares) pensaban que su acumulación sería mayor -manteniendo constante el tamaño de las parcelas y la tecnología- cuantos menos salarios se pagaran. De ahí la ventaja relativa de las familias con muchos hijos en condiciones de trabajar, por lo que el criterio de excedente estaba dado por la autoexplotación de la fuerza de trabajo familiar más que por la ajena. De nuevo está en juego acá el tipo de racionalidad campesina, tan alejada de la racionalidad empresaria capitalista.

Como sector medio -en relación no a su acumulación sino a su fuerza de trabajo- fue este el que representó la persistencia de las unidades de producción campesina y el que mejor expresó la descampesinización suficiente. Eran productores directos que se habían adaptado a funcionar económicamente al interior del régimen capitalista, y por esa condición de campesinos tenían ciertas estrategias de supervivencia de las explotaciones que no son propias del capitalismo, como renunciar a percibir la renta del suelo si eran propietarios fundiarios, o podían resignar toda o parte de la ganancia media que les correspondería como capitalistas, o incluso podían regular su remuneración como productores directos aún por debajo del equivalente al salario correspondiente.

Fue esta especial situación socioeconómica de los productores medios la que los ubicó en el centro de la escena en materia de lucha y resistencia, no solo cotidiana sino también ante los grandes desafíos planteados por las consecuencias de los procesos de concentración económica -de capital, producción y tierra-, como en el caso de las Ligas Agrarias del NEA durante la crisis de los monocultivos de los sesenta.

En el caso de la racionalidad campesina-minifundista, en cambio, lo más importante era el interés por la subsistencia, porque el campesino pobre estaba siempre cercano a la línea de peligro y una pequeña caída en la producción podía ser desastrosa en la supervivencia de su unidad productiva. Ese principio de seguridad ante todo según Popkin (1979) llevaba a los campesinos a no arriesgar y evitar las caídas, no a maximizar expectativas de ganancias.

Al respecto, consideramos con Slutsky (1975) y Archetti (1988) que en su economía campesina el precio no existía como algo objetivo: el precio de producción o de mercado se medía a partir de las necesidades familiares culturalmente definidas que había que satisfacer. Sin desconocer el precio del mercado, los campesinos del NEA (sobre todo en Formosa y Chaco) no pensaban en lo que dejaban de ganar, sino en el dinero que necesitaban para satisfacer sus necesidades inmediatas, incluidas las deudas a los comerciantes locales. Por esto los magros ingresos que obtenían eran transferidos bajo diversas formas de intercambio desigual hacia los mercados con los cuales se vinculaban, en donde la escasez de oportunidades se debía al dominio de terratenientes, empresarios industriales, comerciantes y estado; por lo cual la economía campesina no puede analizarse fuera de la relación global establecida con el sistema en general.

En relación a racionalidad y subjetividad de los obreros rurales encontramos un nexo con la campesina en el principio de seguridad ante todo. Su objetivo principal en los sesenta y setenta seguía siendo simplemente trabajar para comer y alimentar a su familia: “el hoy” tenía un carácter absoluto (Scott, 1995), de allí que no se pudiera hablar de una actitud pasiva frente a aquellas cuestiones que no tuvieran referencia a su problema del subsistir diario. Para darle un sentido a su quehacer había que tener en cuenta que su sentido no era el mismo que el de otros actores rurales. Lo que querían era reunir los medios para eliminar esa inseguridad que los había rodeado toda su vida y eso suponía que resolvieran su problema fundamental… “la subsistencia física, punto central de su motivación. Si se consigue asegurarle esto es probable que humanamente se le puedan proponer otras perspectivas, pero la posibilidad de responsabilidad personal y la autoexpresión están condicionadas al hecho cierto de que consiga encontrar el medio de allanar el camino del hambre (Informe sobre explotación…:1968). Así, sólo se movilizaban ante una reivindicación económica o para el logro de una mayor seguridad o conquista material. El problema de fondo era que su autoexpresión generalmente se había manifestado como algo insinuado y a veces dirigido por agentes externos (Scott, 1995), lo que se explicaba por la misma condición de dependencia arraigada como valor cultural. De ahí en parte que los principales reclamos de los obreros sindicalizados fueran de tipo salariales y condiciones materiales de trabajo. No obstante, vimos cómo en la región del NEA durante los setenta emergieron sindicatos cuyos objetivos excedían las reivindicaciones materiales, dado que se propusieron buscar cambios en las relaciones sociales y productivas rurales. (Lockett, 1975)

Estas diferencias en su racionalidad y subjetividad entre los actores rurales subalternos generaron obstáculos de tipo histórico cultural, socioeconómico y político que impidieron una integración entre criollos (minifundistas y asalariados) y gringos (medianos y pequeños productores EAF) tanto en el MR como en las Ligas agrarias.

Ya en el Movimiento Rural Cristiano se evidenciaron como problema en relación al igual por el igual en el sector campesinos, pero fue a partir de la formación que se intentó subsanar este obstáculo entre gringos (blancos) y criollos (morochos) con jornadas y cursillos comunes en algunas provincias. Y progresivamente pudieron confluir en un colectivo social común que se fue gestando ante la crisis de los monocultivos.

Surgió además en esta emergencia rural el protagonismo de nuevos actores, las mujeres y los jóvenes –sobre todo en los productores liguistas y cooperativistas-, y las modificaciones en su subjetividad fueron una influencia decisiva en este proceso y en los cambios de las relaciones sociales rurales a partir de la estructura social local.

¿Qué fueron las Ligas Agrarias?

Encontramos diferentes interpretaciones en las investigaciones publicadas sobre las Ligas Agrarias y su influencia en las relaciones sociales rurales del NEA, tanto ideológicas en cada etapa, como historiográficas-generacionales en la medida que los autores respondieron a las consignas de las sucesivas décadas en que fueron reconstruidas históricamente. Al respecto también es valioso comparar los abordajes contemporáneos al proceso con los actuales entre quienes lo vivieron. Consideramos -a partir del exhaustivo análisis de los escritos- que las diferentes visiones no siempre son excluyentes, sino que ponen el acento en una perspectiva teórica más materialista clasista, más populista  o más movimientista, en sus diferentes variantes.

En otras palabras, desde una perspectiva tanto académica como testimonial-militante en los setenta y en los ochenta hubo trabajos sobre las Ligas, que se gestaron durante el proceso y se publicaron antes o después de la dictadura del PRN (Ferrara, 1973 y 2007; Archetti y Stolen, 1975, 1981, 1988; Bartolomé, 1972, 1974, 1975 y 1982; Rozé, 1979, 1992, 1995 y 2010; Slutsky, 1975; Carballo, 1975; Golbert y Lucchini, 1974 y 1975; Iñigo Carrera, N., 1982) Estos autores sentaron un debate fundacional sobre el que basamos nuestro análisis desde la sociología histórica.

En los noventa hubo escasas publicaciones académicas específicas sobre el tema (Lasa, 1989 y 1990; Moyano Walker, 1991, 1999 y 2001; Stolen, 1996) y testimoniales (Morello, 1993; Vilá, 1998). Ya a partir de este siglo se produjo un nuevo impulso para la investigación de las Ligas Agrarias, relevado por Jorge Rozé (2010), quien incluye en el ámbito académico a Bidaseca,K., 2005; Galafassi,G., 2004, 2006, 2008; Adobato, A., 2008 ; Santibañez, C.,2002;  Ponce, E., s/f;  Barri, J.M., 2009; y Masin, D., 2009) (agregamos Ferro,C., 2005; y los trabajos monográficos inéditos realizados desde los ’90 sobre el tema en el marco de la cátedra de Historia Social Argentina de la Carrera de Sociología de la UBA, de los cuales fueron citados en esta tesis Semino, E., 1998; Canella, I. y otros, 2006; Buzzela, N., Percíncula, A. y Somma, L., 2007; García Bernado, R. y Sosa, A., 2007 y Masin, D., 2009 y 2010). Y, en un abordaje más documental desde la historia oral a Borsatti, R., 2005 y Miceli, J., 2006.

En esta nueva etapa sostiene Rozé (2010: 125/6) que “…en los argumentos para el renovado estudio de las Ligas, podemos señalar las limitaciones atribuidas a los trabajos desarrollados en las décadas de los ’70 y ’80, y las nuevas miradas que los autores incorporan, en general devenidas de los observables de la conceptualización acerca de ‘los nuevos movimientos sociales’ ” A la par Galafassi (2006) sostiene que las nuevas interpretaciones sobre los conflictos y movimientos sociales provienen de las usinas teóricas de EEUU y Europa, más asociadas a la impronta los nuevos movimientos sociales.

En relación al debate fundacional -en el que nos centramos por su riqueza como fuente documental contemporánea al proceso-, aunque no declarada explícitamente existe una polémica ideológica entre los primeros que escribieron sobre las Ligas agrarias a partir de su observación participante.  Eduardo Archetti y Leopoldo Bartolomé difieren de Francisco Ferrara en su apreciación sobre si las Ligas Agrarias deberían ser consideradas desde la perspectiva del populismo agrario de farmers (Archetti-Bartolomé) tal como éste se ha manifestado en los países de mayor desarrollo relativo -EE.UU, Canadá- antes que desde la de movimientos campesinos propiamente dichos. Francisco Ferrara por su parte los ubica dentro del contexto de las revoluciones campesinas -de China y Vietnam sobre todo- en la investigación publicada en 1973, en pleno apogeo de las Ligas. Ferrara analizó las ligas en su primera etapa y las considera un movimiento más reivindicativo, antiimperialista y policlasista, aún cuando plantea -igual que Rozé- que el trabajo en profundidad debía darse más con los trabajadores agrícolas, que son los que podían tener más radicalización o participar más en el proceso revolucionario. Al respecto, Archetti y Bartolomé sostienen que una alianza obrero-campesina fue necesaria pero para procesos revolucionarios de otras partes del tercer mundo, y cuestionan que se considere a las Ligas como la pata rural de la revolución.

Estas caracterizaciones tan distintas del proceso liguista se deberían no sólo a la visión clasista de Ferrara -más integral y de un proceso no concluido-, sino a que Archetti y Bartolomé analizaron dos realidades provinciales, Santa Fe y Misiones, con mayoría de medianos productores en las Ligas, empresas familiares que empleaban cosecheros y que estaban en un proceso de acumulación de capital. Archetti no los considera ni campesinos ni farmers, pero Leopoldo Bartolomé parte de una perspectiva mecanicista según la cual la base social definió sus comportamientos, es decir, cierta tipología de productores se corresponde con cierta superestructura ideológica y política, lo que explicaría las fracturas entre AMA, MAM y LAM. Hace una extrapolación de tipos rurales de Rusia y de Canadá-EEUU para caracterizar un populismo tipo farmer –como grupo de presión, no revolucionario y para quien el problema de la tierra no es central- que no se corresponde con la realidad misionera y menos la regional del NEA para un análisis de las Ligas.

Tanto el populismo agrario como la revolución campesina ubican a los actores sociales liguistas como predeterminados por estructuras de clase, cultura o modo de producción para sus relaciones sociales.

Jorge Rozé por su parte, desde una perspectiva en los setenta que aparece como revolucionaria en su análisis del proceso liguista, las evalúa con lógica corporativa y clasista diferenciando a las Ligas en cada provincia por estar “condicionadas por las estructuras de clase en el interior de las cuales se desenvuelven sus miembros” (1992:11); en contraste con la caracterización de Ferrara (1973) sobre el proceso liguista como homogéneo en su ideología y su acción. 

Rozé considera que “la preocupación por el estudio de los movimientos sociales, la protesta y los conflictos estaba, en la década del setenta, centrada en algún horizonte de transformación del régimen dominante, en la mayoría de los casos por influencia del pensamiento de Marx”; y que “si no se trabajaba sobre alguna versión del materialismo histórico, otras posiciones necesariamente increpaban ese pensamiento’” (Rozé,J., 2010:124). En relación a esto, aunque coincidimos en que el proceso de transformación social rural que se inició a principios de los setenta en el ámbito rural tiene un marco más amplio y común de inserción capitalista, no creemos -como Ferrara y Rozé- que tenga que ser encuadrado en una relación urbana-rural predeterminada en el proyecto revolucionario, que “…no podía darse fuera de la alianza que a nivel nacional se gestaba en la acción conjunta de la pequeña burguesía radicalizada, la clase obrera y los pobres de la ciudad y el campo (…) que el MAM se convirtió en uno de los términos de la misma (…) y que “…la gran alianza del pueblo en las calles a fines de los sesenta pasará en esta región NEA por los sectores estudiantiles, los empleados y finalmente los productores agrarios en Corrientes (Rozé,J., 1992:71 y 116). Hoy, en 2010, Rozé reactualiza esta postura en una visión de la estrategia revolucionaria clasista de conflictos y protesta más integrados con los movimientos sociales. (Rozé,J., 2010:124)

En este sentido reiteramos nuestra postura -reafirmada por los propios actores rurales en esta tesis- de que fueron la lógica y la dinámica de movimiento social rural las que caracterizaron su acción colectiva. Consideramos entonces a los movimientos sociales como una forma particular de conducta colectiva en la sociedad, donde no sólo actúan individuos o clases sociales, sino también diversos actores colectivos que definen sus identidades y solidaridades en relación al sistema de producción. Coincidimos en esto con Rozé (1992:43), ya que  “…este movimiento liguista es un sector de la sociedad que lucha para seguir siendo productor y frente a la expropiación de su clase y a un destino de proletarización, conforma sus reivindicaciones y sus objetivos y sus cuadros dirigentes”. Para Galafassi (2005) fue este quedar afuera de las condiciones de vida favorables del proceso de modernización lo que dio origen a las Ligas, y que gravitó el proceso de concientización y organización de los productores rurales y el contexto revolucionario de los setenta en el que las Ligas agrarias inscribieron un fuerte antagonismo anti sistema dentro de las desigualdades sociales y socioeconómicas espacio-territoriales. En este sentido las Ligas Agrarias formaron parte de las disputas de poder regional que a fines de los sesenta también involucraron al NEA, y se integraron a la acción colectiva ampliada con proyección en el Cono Sur

En esta línea -y fuera del debate fundacional- Mark Alan Healey (2003) sostiene que interpretadas en su momento como el primer paso para una revolución agraria, las Ligas tuvieron una base social y un impacto político distinto por su gran capacidad para articular grupos e intereses antes dispersos en movilizaciones inéditas en una región olvidada por la política nacional, y representaron un salto cualitativo sobre los antecedentes de protestas rurales en términos de escala, energía y capacidad de propuesta. No obstante, también coincidimos en que “las ligas fueron producto de un particular momento de lucha de clases -donde por el carácter de los enfrentamientos primaron coincidencias- y nuevos contextos sociopolíticos y económicos definieron distintos objetivos globales y alianzas en los que sus coincidencias tuvieron nuevas bases o desaparecieron.” (Rozé, J.,1992:48)

Las Ligas Agrarias que se desarrollaron en la Región del NEA durante la primera mitad de la década del setenta fueron un movimiento social que

“…asumieron el papel de entidad movilizada en defensa del interés regional, promoviendo la necesidad de un cambio de estructuras de desequilibrio entre la capital y el interior (…) el movimiento real de su inserción está en el campo del bloque regional, integran una especie de ala izquierda de dicho bloque”. (Rozé, J., 1992:53)

Las Ligas Agrarias no fueron una corporación, aunque representaron a los pequeños y medianos productores en sus intereses corporativos. Por el contrario, privilegiaron también su autonomía como movimiento en relación al encuadre corporativo, lo que se evidenció en el rechazo a la personería jurídica en una primera etapa, a su aceptación sin condicionamiento estatal después; y en el mismo desarrollo de su acción colectiva que se fue modificando con una dinámica presión-apoyo-presión nuevamente que excedía la lógica corporativa. En su forma organizativa y lógica de acción colectiva de fracciones representativas de clase organizadas como movimiento social, las Ligas Agrarias se diferenciaron de las formas corporativas por su mayor representatividad social, organización, continuidad, y su capacidad movilizadora y de elaboración de proyectos políticos.

Por eso no coincidimos con la afirmación de Rozé,

“…progresivamente asumieron el papel de corporación (…) todo ese período (1973-74) la organización continuó siendo una corporación y actuando en función política (…) el peronismo legitima y asienta los enfrentamientos directos y movilizaciones de masas y la acción política desarrollada en la etapa anterior por organizaciones corporativas, en tanto estas últimas tendieron a modificar el carácter del poder o rápidamente adquirieron carácter político (…) Sólo teniendo en cuenta esto es posible explicar la acción posterior de las ligas”. (Rozé,J., 1992:45-53)

Al respecto, si bien Rozé (1992) afirma que “las ligas tienen pretensiones y actúan más allá de lo corporativo”, llama “ligas agrarias corporativas” a las de Entre Ríos y pampeanas que aparecieron en un segundo momento con el estado democrático en 1973, y sostiene que desaparecieron cuando la posibilidad efectiva de participación se cerró con la muerte de Perón, porque “…fueron creadas en la fase triunfante de los enfrentamientos, son productos de la lucha y no quienes posibilitaron ese triunfo, (…) en el anterior periodo de enfrentamiento”. En cambio las ligas de las cuatro provincias del NEA permanecieron en tanto representación efectiva de una clase movilizada.”Al respecto, en esta tesis se ha evidenciado cómo las Ligas Agrarias Entrerrianas surgieron del Movimiento Rural Católico -no a partir de entidades corporativas como las cooperativas- y se conformaron como parte de las del NEA en sus modos de acción disruptivos del orden social hasta 1976. Y las ligas pampeanas -aún con modalidad y objetivos más propios de la lucha política- se consideraron parte del proceso liguista hasta su desarticulación con la irrupción de la dictadura.

Las Ligas Agrarias no se conformaron como un partido político. “…no se trata de preguntar por qué no se convirtieron en un partido, ya que no se planteó internamente la posibilidad de serlo, se avanzaba en otro sentido”. (Tudy Noceti, 1999) No obstante, actuaron políticamente, sus integrantes tuvieron definiciones político-partidarias y participaron en la gestión política del gobierno. Que miembros de las LAM se hayan presentado como candidatos a las elecciones integrando el Partido Auténtico no implicó que como organización se identificaran partidariamente; tampoco cuando en Corrientes “Romero las aísla…obliga a actuar a la dirección del movimiento como un pequeño partido” (Rozé, 1992:131) puesto que su accionar político y reivindicativo continuó en la organización colectiva.

Por razones equivalentes no hubo una predeterminación revolucionaria hacia la lucha armada en las Ligas. Al respecto, se afirma que “con la represión fue desarticulada una última etapa que intentaba constituir la tendencia que consideraba la liga como un instrumento de acción política. Trató de constituirse conforme a las determinaciones que la etapa de lucha imponía, cuya acción hubiera sido la guerrilla.” (Rozé (1992:57), o “La acción de ULICAF aparece ambigua frente a la primera estrategia de ser un instrumento de clase (Rozé, 1992:102).

En relación a esto consideramos que las Ligas en todas las provincias del NEA priorizaron su autonomía movimientista a su encuadre partidario, aún cuando en algunas provincias tuvieran afinidad de principios y estrategias con la radicalización política de algunos partidos. En este sentido parecería que las Ligas Agrarias no cumplieron con su función histórica asignada cuando

“…después del parlamento agrario de Villa María… desapareció la posibilidad de jugar un rol como corporación, y como frente político no tiene ningún tipo de unidad que las cohesione más allá del papel gremial.” (…) Fue concretamente la negativa a abandonar la posición corporativa y transformar la lucha política en un enfrentamiento clasista lo que llevaría a ULICAF a convertirse en un partido de clase de los campesinos y no en un sector más del pueblo(…)la  imposibilidad de constituirse en partido de bases campesinas está dada por varios factores estructurales…(Rozé, J.,1992:107, 140 y 143)

Al respecto consideramos que el impacto de la modernización capitalista no determinó a priori las lógicas de acción colectiva y el tipo de politización de los actores rurales de las clases subalternas que se analizan en este trabajo. Las condiciones estructurales permiten dar un panorama de las condiciones y oportunidades para la acción, pero no predeterminan el surgimiento de un actor social. En consecuencia, no hubo en este proceso de masas regional un “deber ser” de conciencia de clase que preestableció su accionar por la vía corporativa o revolucionaria, sino que se expresaron como un colectivo social heterogéneo – conformado por fracciones de clases- en el cual las condiciones sociales de producción en cada etapa y en cada realidad local les presentó opciones distintas frente a las cuales se definieron.

En síntesis, las Ligas Agrarias como movimiento social regional actuaron políticamente en ese contexto de pugna de los colectivos sociales defendiendo intereses de los pequeños y medianos productores ante el vacío de representatividad de las corporaciones en algunas provincias, pero no fueron una corporación más ni actuaron en nombre de una clase para lograr la revolución. Sí buscaron como movimiento social -y obtuvieron- poder social a partir de su propia dinámica de acción colectiva y proyecto de cambio agrario y político, no un cambio que implique la totalidad del poder, ni un poder desde las armas.

Entre la utopía y el desencanto. La memoria de la experiencia

Desde la reconstrucción del proceso histórico nos volcamos a la resignificación del mismo con la construcción de la memoria que realizan sus participantes en entrevistas, por escrito y en documentales fílmicos, donde reflexionan sobre su experiencia personal y comunitaria con una mirada política. Estos documentales recientes tienen valor como lugares de memoria (Pierre Nora) que deben ser pensados como estados de un modo de estar social en un momento concreto, que generalmente dicen más por lo que eluden u olvidan que por lo que recuerdan, aún con la memoria espontánea que rompe memorias clausuradas o institucionalizadas e interpela esos recuerdos en su mayoría construidos en momentos anteriores o con recuerdos ajenos.

En esta relación entre la historia y la memoria en función de la construcción de la identidad de una sociedad tratamos de reconocer cuáles hechos o conceptos guarda la memoria colectiva y de qué forma los grupos sociales interpretan su pasado en función de necesidades del presente. Dicho de otro modo, quisimos aproximarnos a las “estructuras de sentimiento” (Raymond Williams) que impulsaron a la acción a quienes participaron -como sectores subalternos rurales o agentes mediadores externos- en esta experiencia inédita y aún no repetida de nuestra historia rural regional, con una mirada personal cargada de admiración ante la coherencia y el coraje por la mística con que llevaron adelante su programa de transformación de las relaciones sociales rurales, y a la vez cargada de la compasión -en sentido estricto- con su desencanto ante el proceso truncado.

La memoria de los obreros rurales

Nos interesó especialmente analizar la memoria de los obreros rurales y los agentes externos que actuaron en la Cuña Boscosa Santafesina porque es representativa de la realidad socioeconómica y cultural de asalariados de varias provincias del NEA relacionados con la explotación forestal y algodonera y de los comienzos de militancia católica y política en la región. Aunque se refiere a una experiencia temprana, Fortín Olmos nos permite vincular a las cooperativas con los asalariados rurales, y darle continuidad en relación a la conformación sindical -ACHA y SUDOR- y la participación de integrantes de  Ligas agrarias del Chaco y Sta Fe en una nueva cooperativa de hacheros -La Esperanza- en los setenta.

Con su documental fílmico “…hachero nomás” de 1966 como antecedente, los realizadores Patricio Coll y Jorge Goldemberg (escuela de Birri y miembros de los CUT) registraron la explotación de los trabajadores del monte por parte de los ex-contratistas de obraje de la compañía inglesa La Forestal Argentina en la Cuña Boscosa del Norte Santafesino, y la reactualizaron cuarenta años después en el film “Regreso a Fortín Olmos” (2009- Cine OJO)) con la recuperación de la experiencia de acción colectiva que fue la cooperativa- dejando traslucir algunos debates que habían quedado truncos o aparentemente olvidados durante y después de la larga noche del terrorismo de estado (Moyano Walker y Marrone,2009)

En “Regreso a Fortín Olmos” se plantea la construcción de la memoria desde una perspectiva plural subjetiva de tipo reflexiva, en un espacio potenciado por una hora y media de testimonios desde el que se perciben diferencias y que ya no hay un proyecto común. Reflexionan evocando el recuerdo y traspasando la clausura que opera tanto frente al dolor del exilio y de los desaparecidos de la dictadura como institucionalizando memorias. La memoria resulta entonces con arrepentimientos y a la vez con esperanzas en relación a lo que dejaron como experiencia cultural que una vez existió en Fortín Olmos, y donde los hacheros pudieron imponerse a los patrones y experimentar prácticas que los humanizaron.

Como temas centrales aparecen en el film:

La utopía en los agentes externos. Una experiencia trasplantada. Alrededor de la problemática del obrero del monte y sus relaciones sociales se construyen las memorias sobre las distintas formas de pensar y actuar de la militancia de esos jóvenes de clase media urbana que llegaron para provocar cambios sociales en la organización socioeconómica de la cooperativa, en su descubrimiento de una cotidianeidad rural marginal y la propuesta de cambios culturales, en su voluntad para terciar en las relaciones intra-clase de los obrajeros y los obreros del monte, en su progresiva toma de posición a favor de los obreros –los pobres del evangelio-, y en cómo la práctica de esa definición -violenta o no- les acarreó la oposición de patrones y la represión del poder político.

Las contradicciones en los estilos de la militancia. Las ideas iniciales de conciliación de clases se fueron modificando al constatar un conflicto latente e irresoluble entre patrones y obreros, y en la opción por la violencia que adoptaron finalmente algunos de sus militantes. Se contrastan dos estilos de militancia, el de compromiso del médico Rubén D´urbano, quien acompaña desde su profesión y como un “verdadero apóstol” el proceso de acción colectiva de los hacheros y el de Juan Beláustegui (asesinado en 1975) cuya opción queda enjuiciada tanto por su “proletarización y desclasamiento” y luego por su militancia armada que, según Camilo Quarín: “Juan nunca pudo alimentar a su familia como hachero…Rubén era un médico en cualquier parte…

Los proyectos de cambio en las relaciones sociales: la experiencia cooperativa -“…los patrones nunca perdonaron”- La mayor riqueza del film en relación a la memoria se ubica en la contradictoria evaluación que hacen los protagonistas de esta historia sobre los conflictos que surgieron a partir de la experiencia de la cooperativa. Y el conflicto social como causa del agotamiento de esta experiencia y de la represión que sobrevino después. Para los militantes cristianos, y para los socios de la cooperativa que testimonian en el film, el progresivo liderazgo de los socios hacheros en la cooperativa desencadenó un conflicto de clases por la competencia que desplazó a los patrones (subcontratistas obrajeros) del control de la cooperativa. Por su parte, para las fuerzas vivas locales -representadas por la maestra Amadea- la presencia de los militantes cristianos y de la cooperativa desencadenó la ruptura del orden familiar y potenció un conflicto que ella asume como un conflicto por la defensa de la seguridad e identidad nacional. Aparece así en la reflexión el doble problema en las relaciones sociales de los hacheros: por un lado el latente conflicto con los obrajeros -también nucleados en la cooperativa- y por otro lado el distanciamiento de clase que se produjo entre esa clase media baja de hacheros nuevos propietarios que surgió desde la inserción de la cooperativa y el resto de los hacheros que continuó conformando la clase baja. 

La construcción de una nueva subjetividad – ¿“…hachero nomás”?“… el pobre no tiene nada el pobre, solo el hacha y el machete…”(hachero Monzón.) Aunque ahora aparece el mismo hachero de los sesenta como ya propietario de un terreno y de una subjetividad distinta, la percepción que este hachero tenía de sí mismo en 1966 fue retomada en este nuevo film como escena de fondo para contrastar la diferente visión que tenían de él los hermanos de Foucault y los militantes cristianos, para quienes la cooperativa sería el ámbito de construcción del futuro hombre nuevo, primero como destinatario de la promoción social (formación y asesoramiento técnico) y progresivamente como sujeto del cambio social. Hoy su testimonio crítico es que de algún modo “angelizaron” al hachero idealizándolo.

Con el fin de potenciar su subjetividad, la cooperativa se orientó hacia el asentamiento de los hacheros para que dejaran de ser nómades y se convirtieran en agricultores, y que con la experiencia de participación en la vida democrática de la cooperativa lograran una nueva conciencia social comunitaria y solidaria. En la realidad el hachero tuvo muchas dificultades para verse con posibilidades de convertirse en agricultor, y también para visualizarse como sujeto de cambio.

Experiencia precursora: el final llega porque los caminos se bifurcan – “se trataba de cambios de escala…”-  El deterioro del proyecto comunitario de la cooperativa se evidenció a partir de las rupturas que hicieron algunos de sus militantes en 1968, quienes dejaron Fortín Olmos para abordar otras experiencias que juzgaban con mejores posibilidades. Cada uno fue por un camino diferente hasta que finalmente la mayoría debió abandonar el país y la región, perseguidos por la Triple A y por las FFAA. El proyecto se agotaba así por el progresivo aislamiento local de presión y represión de fuerzas vivas locales, y también frente a estas dificultades locales se abría para los militantes un mayor espectro de posibilidades para encauzar la nueva conciencia política social, en un contexto de importantes luchas sociales como el cordobazo. Fortín Olmos en ese sentido puede ser visto como un proyecto precursor, abortado también por las escasas posibilidades de rentabilidad y de un desarrollo agropecuario en la zona.

El film muestra la vulnerabilidad de una experiencia que pretendía operar desde una subjetividad trasplantada. Se presentan también las debilidades de un proceso de disrupción social, entendido como “revolución” en aquellos tiempos, cuya cara rural incluyó a una militancia juvenil de clase media impregnada de contradicciones que desde la institución eclesial y desde grupos marxistas se lanzó a cambiar la realidad del país a fines de los sesenta desde una premisa que resulta también discutida: que fuera posible iniciar esa revolución desde los confines, a partir de un obrero-hachero, quien al tener acceso a una mínima movilidad se diferenció y buscando su propia seguridad reprodujo el sistema de dominación, dando lugar a un nuevo conflicto con hacheros más pobres.

La continuidad de la memoria de esta experiencia en la Cuña Boscosa la evoca fuera del contexto del film Remo Vénica -ex dirigente de ULAS y la Coordinadora General de Ligas- quien compartió la vida de los hacheros desde la clandestinidad en los montes, en donde se reunían con todos los secretarios generales de FATRE para coordinar el trabajo de todos los sindicatos. Y que en una movilización de 2.000 hacheros cuando estaban perseguidos leyeron su carta desde la clandestinidad. Al respecto sostiene en 1996:

“Estamos hablando desde otra práctica de vida de aquellos tiempos, y hoy decidimos hacer un análisis frío, qué íbamos a saber nosotros en aquella oportunidad del proceso que se vino. Porque nosotros partíamos de que este proceso de toma de conciencia, este proceso de organización se iba a ir dando escalonadamente hasta niveles de que nosotros podíamos ir cambiando la realidad con el conjunto del accionar de las organizaciones, sindicales, de campesinos y de obreros.”

La memoria de las cooperativas

A falta de filmes documentales, los diferentes balances institucionales que se hacen del accionar cooperativo durante la dictadura son representativos de su trayectoria.

En Corrientes la desarticulación de las Ligas fue funcional a los intereses corporativos de las entidades cooperativas, puesto que los consorcios de tractores habían sido una buena experiencia, aún con errores, en la que tenía que juntarse la gente para decidir cómo funcionar. Estas experiencias propias de todo proceso de cambio son difíciles, inestables. Lo que fue aprovechado por los militares en 1976 para retirar por la fuerza, privatizar y redistribuir selectivamente los tractores que estaban en manos de los productores. De este modo en Corrientes sólo los pequeños propietarios gringos -algunos de las Ligas- y toda la gente que estaba en contra de las Ligas se sumaron a la cuestión de la Cámara del Tabaco con la dictadura, adonde el Estado provincial hizo una inversión grande con recursos del Fondo Especial del Tabaco.

 Por su parte, la postura de UCAL chaqueña de inserción capitalista se mantuvo, destacando en 1977 la recuperaciónmodernización de la entidad a partir de la crisis desde 1960 hasta la dictadura del PRN, con la total comercialización de la cosecha de algodón y la inexistencia de stocks, la incorporación de personal especializado, la dotación de modernos equipos de comunicación y laboratorios, el control de gastos innecesarios, la clausura de secciones o fábricas antieconómicas, el montaje de una usina desmotadora en 1974 en Barranqueras y la inauguración  de un sistema propio de transporte a larga distancia.

Y en su Boletín mensual UCAL también construye su memoria institucional en relación al cooperativismo agrario del Chaco, retomando desde sus orígenes y hasta 1934 con la fundación de UCAL, haciendo hincapié en la inspiración de movimiento federado que recibió del Grito de Alcorta de 1912, en el cual también se expresó una clase en formación. Salteando los conflictos de 1936 y su relación con las Ligas agrarias, pasan directamente a analizar desde la actualidad de la dictadura del PRN -en 1978- su situación con 35 cooperativas agrícolas (37% del total) de las cuales 32 operan en algodón, 20 en girasol, 21 en sorgo, 18 en trigo y 5 forestales, agrupando más de 100.000 personas (1/6 población). Continuaba Alberto Muchuti como Presidente de UCAL, que igual que a principios de los 70 durante todo ese año se trabajó junto con el gobierno provincial –Chaco Puede- “logrando soluciones que si bien no fueron las que con justicia esperaban nuestros agricultores, por lo menos contribuyeron a aliviar o disimular en parte la aguda crisis que soportamos.”

Este discurso de UCAL resulta coherente con su definición corporativa y su postura ideológica de defensa de intereses capitalistas y de institucionalización de los conflictos, y en él no hay lugar para la autocrítica del pasado reciente.

La memoria de las Ligas Agrarias

Nuestro análisis se orientó a la memoria de la experiencia regional de las Ligas a través del balance que hacen sus protagonistas -ex miembros, asesores y dirigentes de las Ligas Agrarias, cooperativas y sindicatos rurales, Movimiento Rural y entidades estatales- en entrevistas y en dos documentales fílmicos recientes -uno sobre Misiones y otro sobre la experiencia de toda la región del NEA: “MAM,  25 AÑOS” y “EL CAMPO DE PIE- en donde retomamos algunos de los principales problemas de las relaciones sociales rurales de los setenta, y a partir de quiénes recuerdan nos interrogamos sobre el sentido que le dan a esa experiencia.

Resalta en su evaluación una fuerte autocrítica -basada en su juventud e inexperiencia, pero más que nada en su falta de “interpretación de la coyuntura que se vivía en ese momento”- acerca de las limitaciones que tuvieron en su relación con el poder político, en un momento político de activismo en general al que las Ligas no fueron ajenas, pero en el que “no se trabajó después para consolidar ese espacio ganado, continuando esa estrategia” (dirigente LAC, 1995).

Al respecto sostienen que no se ocupaba espacio político porque “no teníamos cintura para negociar, no había términos medios, que si vos negociabas con la fuerza que tenías salías ahí avanzando.” (dirigente Coordinación Nacional Ligas, 1996). Y en este tema consideran su actuación en relación al Pacto Social, la ley agraria y la personería gremial, y sus debates sobre si condicionaba o no la vinculación de dependencia con el gobierno provincial o nacional. Al respecto algunos distinguen -en base a su realidad provincial de entonces- su posición de mayor aceptación hoy que en ese momento y, en el contexto de los setenta, diferencian la postura de los jóvenes de la de los adultos dentro de las Ligas, influida a la vez por los asesores de partidos políticos.

A esas influencias, inexperiencia y falta de visión más crítica de lo que estaban viviendo también atribuyen en gran medida las causas de las crisis y divisiones internas, y la extrema sobreexposición política y vulnerabilidad en que se encontraron durante la represión, que impregnaron la subjetividad de los campesinos productores en la dictadura y en su actuación posterior en distintas provincias,

La gente viene a una reunión, pero ve que pasa la policía o pasa el patrón y ya no vuelve. Yo cuando pasó el golpe no creía que la represión iba a ser así. Con Pedro (Peczak)… necesitaban tener un muerto para darle 20 o 30 años de miedo a la gente. En noviembre (1976) lo agarran pero en diciembre aparece muerto. Sobre toda esa gente que lo respaldaba, del MAM, de las Ligas, del partido Auténtico, no éramos 20 en el velorio. Y otro ejemplo, en el cementerio yo cavé un pozo para enterrarlo, y viste que se respeta una línea. A Pedro lo enterraron acá y esa línea para allá no siguió, porque nadie quería enterrar a su familiar al lado de Pedro. Se armaron varias líneas más, y la madre de Pedro que murió el año pasado ocupó el lugar al lado… Entonces Enrique (Péczak) dijo que desde ahora en adelante la familia va a quedar ahí. Pero hasta eso, el miedo de la gente de enterrarlo al lado. (miembro MAM, 1996)

El Proceso obligó al final a un repliegue clerical, desmantelada la militancia cristiana. Yo entré en esta zona rural en el 88 -ya cuatro años de democracia- y con Torres, párroco que quedó encargado de la parte del campo, tuvimos una gran agarrada con la comisión de la capilla, donde el presidente entró en disidencia conmigo y asusta a la gente en el paraje, diciéndole que nosotros dos -el cura párroco y yo como encargado de la capilla- éramos comunistas, y que probablemente venga el ejército a llevar a toda la gente que se reúne con los curas. El tipo utiliza todavía el miedo que quedó en la gente, a toda costa quería amedrentarla. Era como un terrible pecado el haber estado en las ligas, y como para sacarle para toda la cosecha las ganas de reunirse, al contrario. Fijate que demoníaca la cuestión. (sacerdote Goya, 1996)

También reflexionan sobre la gravitación de estas limitaciones en el alcance de sus logros reivindicativos y la continuidad del proyecto de una sociedad nueva. Pese a que algunos buscaron profundizar los temas “para lograr que la gente tome conciencia de que hay que solucionar el problema de fondo para solucionar su problema, porque sabíamos que de otra forma todos los años íbamos a luchar por diez pesos más o menos, pero el problema siempre iba a seguir existiendo” (dirigente LAM, 1995), evalúan que algunas decisiones que se tomaron no fueron oportunas en ese momento,

“Cuando uno mira la ley agraria hoy, realmente creo que el 90% de los productores de la chacra en este país tiene que estar a favor de una ley así, sacar de esa ley los elementos favorables al productor. Pero pusimos tanto acento en repartir la tierra que se logró asustar a la gente que tendría que haber estado a favor. Y pasado el momento emocional de la pelea en un salón, ya la gente no participa más porque no ve realmente cuál puede ser la utilidad. Pero eso lo analizaría hoy, en aquella época no (dirigente ULAS, 1995)

No obstante, destacan algunos logros inéditos que como organización regional tuvieron las Ligas en sus reivindicaciones económicas,

El pago de julio del 72, debían yerba atrasada del 65 y 67 y se paga a la gente. Calculamos que hoy día lo ves y te va a decir mirá esta casa yo la hice con plata que ganamos de la yerba, casas de material. Hoy el té, en la valuación té-gasoil, que es una valuación que nosotros siempre hacemos, hoy es de 1 a 5, y en aquel entonces era de 1 a 1 – 1 kg. de té verde a 1 litro de gasoil. Para la gente darte el equivalente a 20 lts. de gasoil no era un problema. Además no te olvides que fue la época de mayor auge económico, eso es lo extraño que esos movimientos se hayan dado en la época de bonanza económica real en la Argentina. (dirigente MAM, 1996)

En esos logros socioeconómicos también el aporte del Movimiento Rural de ACA tiene un lugar destacado en su memoria, y sostienen que hasta en la actualidad hay técnicos formados que realizaron en esa época una evolución tecnológica

“…en tres, cuatro años con el trabajo y la metodología y después en quince años no se ha dado. En cuestiones como conservación de suelos, por ej., en un análisis con más de cien técnicos de todo el nordeste argentino reunidos en el ‘84, se llegó a la conclusión de que fue toda la etapa del Movimiento Rural y las Ligas Agrarias, y por qué? porque el campesinado del nordeste entró en debate, en diálogo, en discusión, y comenzó a ser protagonista de su propio desarrollo”. (R. Vénica, 1996)

Ese rol del Movimiento Rural, que consideran muy importante no sólo en el aspecto económico y organizativo, sino también en la apertura educativa y cultural, y sobre todo metodológicamente en los espacios de reflexión. Coinciden la mayoría de los entrevistados en que los errores del pasado no fueron voluntarios, que en esa vorágine de acontecimientos cotidianos no hubo suficiente orientación, como sí había habido durante la etapa en que participaban en el Movimiento Rural de ACA,

Yo creo que muchas de las cosas que han ocurrido con las ligas después fue por la falta de visión en ese aspecto, sin avanzar en la parte de construcción de la organización. Nos metimos en un activismo muy grande que no te permite reflexionar, que era todo lo contrario del MR”. (dirigente LAC, 1995)

Sin embargo, esa memoria del aporte eclesial se opaca hoy con cierto desencanto por la actuación de la Iglesia después de la dictadura, en donde no encontraron respaldo institucional. Este proceso estuvo acompañado por la profundización del repliegue institucional eclesial en todo el país, con excepciones como la diócesis Reconquista, la única del NEA que no adhirió a las Ligas Agrarias, lo que los lleva a plantearse el sentido -en los setenta y después- de la mediación fe-política dentro del carril institucional o al interior de la organización popular asumiendo los riesgos que esto implica.

Pero también a cuestionarse cómo se llegó a esta situación, el sentido de sus propuestas posteriores y su inserción misma en la institución. Al respecto hay posturas encontradas entre quienes recuerdan. Los sacerdotes sostienen que este repliegue institucional estuvo ligado al proyecto económico y al individualismo, y a las crecientes dificultades para trabajar con juventud, ya que los que fueron jóvenes en aquella época ya son profesionales, y “muchos de ellos de incendiarios a bomberos…cuesta muchísimo reunir gente y convencerlas de algo válido y continuo”. (sacerdote Goya, 1996) A su vez, algunos militantes de los setenta sostienen que cuando desde la iglesia hubo llamamientos por el trabajo y por los más pobres,

“me lleva siempre a recordar nuestros inicios, cómo empezamos a trabajar por los más pobres, y me preguntó si va a pasar otra vez lo mismo cuando llega el compromiso real y concreto, que no termina en repartir hostias sino en encarar la solución a los problemas de vivienda, de trabajo, el problema de fondo. (dirigenta LACH, 1996)

En aquella etapa el MR sirvió de respaldo para muchas familias, pero después hubo un nivel de militancia rural que no tuvo respuesta de la institución eclesial.

Y para finalizar, nos encontramos con una memoria de los entrevistados que busca “no echarse tantas culpas” sino más un sentido hacia el futuro, en que algunos de sus protagonistas tratan de ubicar lo ocurrido en los setenta en su región NEA y en el país dentro del contexto latinoamericano, en donde pudo darse un cambio en la subjetividad de los campesinos y trabajadores y donde florecieron muchas organizaciones, y “…siempre, dentro de toda esta historia, estamos un poco en el camino de construir cosas, a decir las cosas se pueden cambiar, qué pasitos se pueden dar. (Remo Vénica, 1996)


En la memoria institucional épica del corto documental “MAM, 25 años después” (realiz. H. Carrizo- G. Gularte. Dur: 30’. 1996. Productora ARTE SUR) se narra la experiencia del MAM como una epopeya dramática organizada en cuatro tiempos -comienzos, nacimiento, derrota y esperanza- intercalando las voces de algunos de sus ex integrantes. El relato de los colonos es más llano y atado a la problemática del productor y el de los dirigentes y militantes más ideologizado, pero todos tienen un mismo sentido, ya que no se perciben debates o matices entre ellos ni tampoco autocríticas. Es auto-consagratorio, se trata de la memoria institucional del MAM en 1996, en el contexto del modelo menemista y en pleno auge de las ferias francas y el Programa Social Agropecuario.

En el film la construcción del sujeto (Ligas Agrarias NEA y MAM) y de un itinerario histórico se hace referenciando las luchas previas a los setenta. Es una historia de hombres comunes, inmigrantes trabajadores de sol a sol que luchan por su sobrevivencia en el campo en Misiones, cuyos comienzos como MAM se dieron por su vinculación con hombres del “Movimiento Rural Cristiano y del cooperativismo agrícola”, y cómo las propuestas de reunirse y luchar por lograr precios justos para sus productos y un mejor nivel de vida vinieron para ellos desde otras provincias. El sentido de lucha y organización se narra desde la voz de un colono -Eduardo Zurakousky- pero también el tono político más propio de las LAM en los setenta lo realiza el ex abogado del MAM -Ramón Enríquez, además de CTA- vinculando su nacimiento a un momento particular en que se veía posible “la toma del poder, las grandes transformaciones sociales de una sociedad más justa”, mientras se intercalan imágenes de Che y Fidel y fotos fijas de movilizaciones con carteles de Montoneros, de un 1º de mayo, etc., superpuestas algunas al atardecer del colono arriando su carro tirado por los bueyes.   

En el segundo momento -de nacimiento de las Ligas- se busca interpelar a un espectador-colono para que conozca y se integre al MAM de hoy a través de una historia épica de las Ligas, con la primera gran concentración del 8 de setiembre “día del agricultor” con 3.000 personas en Oberá, reuniones en distintos pueblitos, paros, asambleas, la afiliación de socios (10.000 socios, con 250 delegados de base), y los logros -“mejores precios, pagos reconocidos, empezamos a ser respetados como fuerza. Cómo se fue creando un sentido gremial y político”- se intercalan con las tapas del periódico Amanecer Agrario ya en 1974. 

Resulta interesante cómo señalan el cambio que se produjo al llegar el gobierno democrático y cómo asociaron su programa al del peronismo sin paralizar su accionar. Se recuerda que en abril de 1973 se realizó una gran marcha a Posadas, con 7.000 personas, y que se forjó un programa integral –poco conocido entre los colonos- que apuntaba a resolver problemas de salud, educación, tierra, crédito, el cooperativismo como forma de comercialización, etc Pero no abunda en propuestas concretas, sino en la gran representatividad que tenían las Ligas y cómo los jóvenes se acercaban a agremiarse y a luchar con ellos masivamente en paros, marchas y reuniones en los que el productor no veía como peligro el golpe militar.

La derrota (3º momento en el film) es la irrupción de la dictadura militar, y sobre esto hacen una evaluación categórica: “derrota popular” como avance del capitalismo, del neoliberalismo. Y si bien todos manifiestan haber creído que era un golpe más, hacen notar la persecución inmediata a sus dirigentes con el asesinato de Pedro Péczak (en 1976 y por quien todos guardan gran respeto y admiración), una campaña radial para identificarlos, obligarlos a vivir en la clandestinidad, aislarlos, la noción de que serían torturados… La imagen del colono en su carro de bueyes se superpone a la dibujada de alguien que grita por la tortura mientras se escucha el llanto de un niño. Afirma: “…Durante el golpe, trataron de embolsarnos (a los miembros MAM) como si fuéramos todos de izquierda, Montoneros, subversivos para justificar al resto de la población agraria lo que estaba pasando”.

El sentido actual de esta memoria se evidencia en el cuarto momento: la esperanza, que para ellos es el momento del film, 1996. El sentido es renovar el proyecto identitario de unidad y de poder del sector ante el proceso de “transnacionalización de la economía, la lucha debe ser cada vez más unida, nadie por si solo tendrá la fuerza necesaria…”. En este capítulo se presentan miembros del MAM integrados en los ochenta, y refieren que en abril del 1994 crearon el Movimiento Sin Tierra, a la vez que evalúan que el gobierno actuó – había $1.300.000 para pagar tierras expropiadas destinadas a la colonización- recién a partir de una gran concentración.  

Sin embargo, se nota un cambio importante en la idea del poder que están buscando instalar.  No es el poder social que buscaron las Ligas como movimiento social, ni un cambio que implica la totalidad del poder, ni está planteado desde las armas, apunta Michel Guilbard. Sino a partir de lo pequeño, de abajo, desde el pequeño productor y a partir de las Ferias Francas (Schiavoni, 2006; Verbeke, 2008, Ferrara, 2007 y Gortari, 2010), una nueva modalidad de comercialización promovida desde las ONG y el Estado. Se ven algunos feriantes, sobre todo mujeres intercambiando artesanalmente sus productos y vendiendo a precios justos. El MAM se ocupa de ayudar a la comercialización a partir de proveer el transporte a los productores, y se muestra un ómnibus del MAM con la sigla del PSA (Programa Social Agropecuario (1993-2001), lo que indicaría la relación con el gobierno.  Se impulsa una idea de amistad y hermandad para disminuir el éxodo rural, que vuelva la gente a la chacra con esperanza, la chacra tiene futuro, no tener más miedo, creer en el gremio, en la unión de los colonos… Y cierra con un campesino llevando su familia en el carro tirado por bueyes, imagen muy tradicional del pequeño productor rural.


En contraste con este film, la memoria institucional en el documental “El campo de pie” (realiz. Marcel y Yoni Czombos, Martín González. Montaje E. Angeleri, Asesor histórico Carlos Carballo. Dur 30’. 1995-1998, Producción independiente FUC) tiene un marcado tono reflexivo, de gran riqueza para analizar el tema porque se advierten algunos debates que quedaron como experiencia del sector a nivel regional. Sus realizadores lo presentan como…

“la historia de las organizaciones y movimientos sociales surgidos en el noreste argentino a fines de los sesenta, duramente reprimidas en 1976. Las Ligas Agrarias del NEA, el movimiento campesino más importante del siglo cuyas luchas gremiales significaron para el campo la reivindicación de derechos postergados y el llamamiento a la construcción de una sociedad más justa e igualitaria”.

Sostienen sus realizadores que el video surgió “de la necesidad de reconstruir una parte olvidada y manipulada de nuestra historia pues si nos permitimos olvidarla, renunciamos inevitablemente a nuestra identidad”, y en tal sentido el fin de hacer memoria fue también fortalecer lo identitario. Quienes recuerdan son un grupo de unas veinte personas, en su mayoría ex miembros del Movimiento Rural de Acción Católica – productores rurales, sacerdotes, maestros, profesionales- casi todos militantes después de las Ligas (ver listado entrevistas). También opinan dos historiadores de las ligas -Jorge Rozé y Francisco Ferrara- y Osvaldo Bayer. Se trata sobre todo de la memoria de las Ligas Agrarias narrada a partir del recuerdo de los miembros de iglesia que colaboraron en la organización de la experiencia rural. En tal sentido, y reivindicando la lucha por la liberación y la acción colectiva rural de esos años (se evalúa su importancia a partir de los diarios locales “Norte”, “Amanecer Agrario”, “El Territorio”), influidos tanto por las corrientes transformadoras tercermundistas de la iglesia latinoamericana como por la revolución cubana en ese encuentro ideológico. Se evidencian en el film los distintos sentidos que los actores le otorgaron a ese proceso, ya como cambio social que iba a venir desde los mismos campesinos como resultado de un proceso de transformación educativa, o lo que en algunos integrantes de las Ligas llegó a asumirse como una opción revolucionaria.

Hay dos cuestiones que marcan el discurso de los entrevistados: la tensión entre los militantes cristianos y la jerarquía eclesial -en las Ligas chaqueñas es analizado en el film por el dirigente Lovey como algo comprensible cuando un hijo se distancia del padre, mientras para otros se debió a métodos y objetivos diferentes con la institución eclesial-, y la desarticulación de las Ligas y la persecución de la dictadura al quedar rotulados como subversivos. Con respecto a la violencia, si bien desde el montaje de imágenes se intercala un fragmento del Film “Perón, actualización doctrinaria” del grupo Cine Liberación de junio de 1971 en el que Perón legitima la violencia de los de abajo contra la violencia de los de arriba, la dirigente rural cristiana Norma Morello se refiere a los que tenían una posición foquista como gente de la ciudad (no campesina) que pensaba que arreglarían las cosas con las armas. Cree que muchos de los dirigentes de las Ligas “…fuimos encarcelados y vinculados con Montoneros y nos comprometieron con hechos de violencia…en cambio nuestra posición era que el cambio iba a venir desde los campesinos…era educativo…interior” Pero las Ligas Agrarias eran un movimiento heterogéneo.  En tanto, se presentan algunos diarios anunciando apresamientos, la policía del Chaco “se buscan extremistas…ataque terrorista en el Chaco, etc”, y uno a uno cuentan como fueron detenidos o huyeron de la dictadura, buscados por represores que eran del mismo pueblo de los campesinos apresados.

Finalmente, la cámara queda en negro…sólo se escuchan las voces de sus relatores, como narrando desde la experiencia pasada, y allí expresan su necesidad de hacer memoria: “…cuando practicamos realmente el evangelio, nos cortan la cabeza…estamos como estamos porque no hemos hecho autocrítica…tenemos que hacer la cadena, cada generación tiene que hacer un eslabón, no se puede pedir una generación espontánea… esto fue lo mejor que le pudo pasar a nuestra región en lo que va del siglo…

Una lista de 22 personas desaparecidas en la región se intercala en las últimas imágenes, hombres y mujeres. El film cierra dirigido a los hijos de los campesinos, se los abraza por comprender y apoyar el esfuerzo de las Ligas Agrarias, y aparece el lema de las ULICAF “Aunque sea para nuestros hijos”.


Concluyendo, la memoria que aparece en las entrevistas y en estos primeros documentales evidencia que para la visión actual en las Ligas Agrarias hubo una auténtica representación de los pequeños y medianos productores rurales, un fuerte componente religioso, que lograron organizarse como un movimiento social para reclamar y obtener conquistas gremiales frenando a sus adversarios y presionando o acordando con el estado, y que el debate por el quiebre y el desencanto que aparejó la radicalización política y la opción por la violencia está latente pero todavía no está saldado…Y en relación a la experiencia histórica regional, el caso del MAM es representativo de algunos intentos actuales desde los actores rurales para reeditarla, que tienen mayor o menor éxito y mantienen ciertas características de lo que fue el movimiento en su búsqueda común, pero no con la dimensión regional de las Ligas Agrarias del NEA.

Como reflexión final de este trabajo, podemos afirmar que las Ligas Agrarias del NEA durante la década del setenta conformaron un colectivo social rural que fue precursor en su contundencia como organización regional en organicidad y continuidad, en formación permanente, en participación de las mujeres, en su capacidad de presión y obtención de reivindicaciones en torno a la producción, y en la conformación de un proyecto de nueva sociedad con plena participación del hombre nuevo de los setenta. Fueron también pioneras en tanto movimiento social, ya que lograron tempranamente construir poder y una nueva subjetividad en una etapa histórica en que gran parte de la sociedad estuvo embarcada en la puja de clases para la toma del poder.

Es en ese sentido que hoy continúa su aporte a las relaciones sociales rurales, a través de distintas expresiones de protesta y organizativas, junto con los denominados nuevos movimientos sociales que a partir de las décadas del ochenta y noventa se abocaron a construir poder en el ámbito urbano y rural. Poder que en los setenta sirvió a las Ligas Agrarias para la planificación, ejecución y control de los procesos de cambio que exigía la estructura rural de la región del NEA en un contexto de transformación social generalizado.

Un poder que hoy pretende construir con la presencia y participación de algunos ex liguistas junto a otros actores subalternos del NEA, el estado y las ONGs. Lo hacen en un contexto de nueva ruralidad, con mayor deterioro en las condiciones de vida y en la producción tradicional por el avance neoliberal. Sus prácticas de protesta y experiencias de organización social y económica, que se integran en la órbita de lo territorial, se articulan con nuevas solidaridades sociales que incluyen a los desocupados y excluidos en todo el país. Que estas experiencias se orienten -desde la solidaridad y asociación productiva- al reclamo conjunto y la participación en las políticas rurales va a depender de las opciones que asuman en su propia dinámica y del proyecto que puedan reformular como colectivo social reconformado. 



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