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Sobre la estructura del presente libro

María Belén Espoz

El libro se organiza alrededor de la configuración de entornos que estructuran ciertas experiencias posibles alrededor de valores que en nuestro contexto marcan una particular vivencia de clase: el disfrute, la seguridad, la belleza y la naturaleza como estado deseable de sensibilidad social en la ciudad cordobesa.

Empezamos por describir formas de disfrute que van marcando las fronteras entre unos y otros: en el artículo de Espoz y Boito, vemos cómo la forma del carnaval es fagocitada por una política donde confluyen Estado y Mercado configurando un entorno donde las clases populares pueden/deben encontrarse para disfrutar. Ver y ser vistos estructura la trama de acciones posibles en el que, organizadores, estrellas y bailarines ocupan un espacio ideológicamente regulado, borrando toda marca de conflictividad inscripta en la posibilidad de la multitud: el Carnaval Cuartetero como experiencia piloto de una forma regulatoria del disfrute de las clases subalternas cordobesas, emerge como síntoma de un estado particular de las relaciones sociales. En esta dirección, la música como lugar de disfrute también se hace presente en las modalidades en que diferentes radiodifusoras de la ciudad van configurando como popular: El artículo de Angelelli va señalando en el devenir de la música popular cordobesa (el cuarteto) como objeto de intervenciones públicas y privadas que encuentran en el argumento del patrimonio un dispositivo que permite licuar su forma para convertirla en la música de todos los cordobeses. Comparando su emergencia en dos radios, una comunitaria y otra comercial, la autora va desanudando las dimensiones que confluyen en volver a ese género musical en un valor identitario de la cultura de Córdoba.

El baile, la música pero también la comida se convierten en un espacio de regulación del disfrute orientado por clase. Ello lo podemos ver como en un movimiento de espejo en el cual, para unas clases, la alimentación genera toda una serie de plusvalía (económica y simbólica) que ata lugares, cuerpos, modos de cocinar y de mostrar la comida que configuran un halo aurático a una práctica cada vez más orientada al disfrute; y para otras, el valor se reduce básicamente a las capacidades nutricionales vinculadas al alimento como base de supervivencia, es decir, manteniendo un carácter reproductor donde el disfrute no se inscribe como posible sino es mediante escamoteos producidos por aquellos mediadores de la comida (las responsables de la cocina en el comedor barrial). Cada uno de estos espacios produce formas de sociabilización y subjetivación no solo diferenciales sino también desiguales: si en un lado la técnica colabora a hacer de un alimento base una amalgama de posibilidades de consumo otorgando diversas experiencias gustativas (como se ve, como sabe, cuál es su textura, etc.); en el otro, se configura también en un espacio formador del gusto que se reduce a una cuadro de alimentos donde el color, la textura y el sabor es cada vez menos cromático.

El trabajo de Del Campo y Salcedo nos muestra cómo el mundo gourmet cordobés se asocia a una historicidad que no es ajena a la composición del mapa sensorial de una nación particular, pero que, en contextos de espectacularización, los sentidos del gusto son el fundamento de una clara política de distinción social basada en una ética (lo orgánico) y una estética (lo gourmet) como claves de una alimentación deseable y legítima. En estrecha sintonía, Ibáñez y Huergo, mirando el comer de los niños/as pobladores de Villa La Tela, en sus primeros años de vida, revelan hasta qué punto ese entorno de comensalidad que es el comedor (resultante de una política estatal, el PAICOR, que desde hace más de 30 años interviene sobre esas corporalidades), produce un mapa sensorial cada vez más reducido de posibilidades. Por un lado, la pérdida de haceres culinarios en el hogar ya que el comedor se configura como centro aglutinador de las prácticas del comer de estos grupos. Por el otro, el limitado acceso a alimentos termina por condicionar y acondicionar el sentido del gusto desde muy temprana edad.

En el segundo apartado, nos encontramos con un conjunto de artículos que ponen en tensión la configuración de entornos de seguridad, donde las dinámicas de circulación y la conflictividad que potencia la misma, se ven reguladas por políticas que van desde la realización de megaobras viales por el Estado, hasta aquellas que bajo la forma de Responsabilidad Social Empresarial, llevan tecnología celular a territorios remotos del interior del país, postulando –ideológicamente– una inclusión/ampliación de la ciudadanía. De allí que seguridad y ciudadanía aparecen como dos lexemas estructurantes del valor que para diferentes acciones públicas y privadas orientan la conformación de un campo de intervención y regulación corporal que sirve a dos fines: la generación de particulares entornos de clase y de modalidades novedosas de plusvalía económica. Seveso Zanin y Morales exponen en su artículo dos cuestiones nodales para comprender el alcance de las acciones de los cuerpos en las mutantes urbes contemporáneas: por un lado la necesidad de historizar los conflictos que los autores señalan como fundamental, revelan los pliegues de una disputa clasista del espacio que exceden las últimas décadas, y se localizan en el corazón mismo de acumulación por desposesión que al menos, en el Sur Global, data de 1970; y por el otro, el alcance que la velocidad en la circulación tiene hoy como valor a la hora de pensar la eficacia y eficiencia de las ciudades. La construcción de un nudo vial para liberar la congestión del tráfico en el noroeste de la ciudad de Córdoba –donde se han asentado los grandes emprendimientos inmobiliarios privados y cerrados de la capital– se topa con la existencia de una villa (El Tropezón) que desde 1978 (año de realización del Mundial de Fútbol en Argentina) viene siendo objeto de diferentes desalojos que han generado diferentes estrategias de organización y resistencia frente a los mismos. El conflicto que emerge con la construcción del nudo vial, como muestran los autores, va señalando los diferentes grados de inclusión clasista que los urbanistas y el Estado tienen a la hora de pensar los diseños de la capital cordobesa, conectado algunos, y encerrando-aislando-inundando a otros.

La circulación como patrón de organización requiere de formas novedosas de desplazar y detenerse o de su potencial. En esta dirección, la gestión de la seguridad se vuelve una clave que posibilita o interrumpe la movilidad de los cuerpos. En el artículo propuesto por Torres y Peano se visualiza algunas de las estrategias que buscan consagrar al sujeto policía como el buen ciudadano, es decir, como el mecanismo de base de regulación que separa las buenas prácticas de los “malos muchachos”, al decir de Foucault. Teniendo en consideración la reconfiguración urbana de Córdoba como una forma estratégica de fijación de los cuerpos por clase, las autoras van a analizar a través de la Revista Institucional de la Policía de la Provincia de Córdoba –5/5 La fuerza de la palabra–, la particular relación entre políticas de seguridad y generación de contenidos (de formación) que ideológicamente buscan canalizar la conflictividad social con la que esos actores se encuentran cotidianamente. El ser policía configurado por el dispositivo mediático, señala algunas formas de subjetivación en las que la noción de seguridad abarca diferentes dominios y operaciones tendientes a construir un imaginario preciso del buen y mal ciudadano (incluido el policía). Al postular la seguridad como demanda social y como valor posible de ser regulado únicamente por la institución policial, se borran todas las conflictividades que la preceden obturando la posibilidad de generar condiciones de escucha entre posiciones y relaciones de fuerzas desiguales.

La desigualdad en las distancias y en las posiciones es también el punto de partida en el escrito de González para dar cuenta de las operaciones ideológicas que se ponen en juego en las diferentes prácticas de Responsabilidad Social Empresarial. Tomando un caso puntual, la acción realizada por la empresa Telecom Argentina y que se denomina Proyecto S.M.I.L.E. (“Entorno Móvil Interactivo de Aprendizaje de Stanford”). A partir de indagar esta iniciativa que consiste en entregar smartphones a estudiantes de escuelas rurales en la provincia de Misiones, la autora va señalando las tensiones de la modalidad autodefinida por sus realizadores –como así también por la prensa que se hizo eco de la acción– como “solidaria” al tramarlas con las coordenadas espaciales y temporales que desbordan la acción. Haciendo foco en el análisis crítico ideológico de la campaña, lo que se observa es, por un lado, cómo el ideologema “inclusión ciudadana” vía adquisición de aparatos tecnológicos funciona como una fantasía transclasista, pero a la vez opera como una forma publicitaria que reviste para la empresa no solo en un mejoramiento de su imagen corporativa, sino en réditos económicos. Lo rural, como lo lejano, incluso lo natural, lo no-intervenido, se ofrece como escenario, como paisaje que dulcifica y potencia el valor de la acción solidaria a la vez que esconde, en la misma operación de romantización de lo rural, las desigualdades estructurales que constituyen esas zonas de pobreza y abandono, donde la mediación tecnológica solo funciona para la fotografía de la campaña “solidaria”.

En el último escrito de este apartado, Quevedo nos muestra también desde un ejercicio de crítica ideológica, la forma en que los paquetes tecnológicos y comunicacionales desde los cuales los gobiernos plantean su carácter “abierto y transparente” (democracia informativa) performatizan formas de participación social y ciudadana, donde los cuerpos no aparecen en escena sino mediados tecnológicamente. Estos entornos a su vez nos llevan a replantear, sugiere la autora, la propia dimensión política en contextos espectaculares: si la legitimidad democrática pasa exclusivamente por la idea de transparencia (informativa) esta no puede comprenderse sino en vista de las opacidades comprendidas como acciones estatales desvirtuadas que son resultado de la corrupción y de la desvinculación política de lo social. Así se funda un nuevo mito político (el de la transparencia y el consenso) que nos obliga a replantear las dinámicas de articulación y organización política en nuestros escenarios así como también la posibilidad de hacer visible los conflictos como parte de las formas de intercambio político de una sociedad. Aquí el mostrar aparece como acción política predilecta en sintonía con las formas sociales de interacción cotidiana, pero que en este nivel tiene implicancias ideológicas y materiales significativas para el conjunto social: las políticas de seguridad son el contrapeso de una mostración de abajo para arriba, es decir, de aquello que excede al mito y por ende lo cuestiona en tanto tal.

A contrapelo de esas dinámicas emerge estratégicamente las corporalidades de esos que el continuo policiamiento indica como peligro: los jóvenes de las clases subalternas. Lo que se ve y cómo se ve requiere de una continua posición reflexiva en torno al estatuto del mirar (los modos de ver que nos enseñaba J. Berger) que caracteriza nuestro presente y se configura como marco de interpretación de lo susceptible de ser visto. El artículo de Salguero Myers analizando una intervención fotográfica en el centro de la ciudad realizada por el Colectivo Manifiesto, va instalando esta posibilidad de deconstrucción de la mirada que permite tematizar el valor de la seguridad como una clara política de regulación clasista de los cuerpos. Esos cuerpos borrados del casco céntrico, reaparecen ocupándolo como imágenes que implican, a la vez que detenimiento (emocional más que físico), estremecimiento. Las fotografías analizadas son entendidas como un acto de disrupción en el fluir de lo siempre igual en la ciudad, como una puesta en escena de esos jóvenes que, como en un acto de desafío a la sensibilidad social, al sentido común, a la cultura afirmativa, van mostrando de forma clara y directa (eye-to-eye) aquello que solo miramos de reojo o que, incluso, intentamos no mirar.

La naturaleza también aparece como un valor permanentemente en construcción: a medida que la urbe crece y se reconfigura no solo en altura, aquello que aparece como su opuesto (el campo) también va mutando y ofreciéndose como una espacialidad y temporalidad otra pero siempre en función de las necesidades del capital. Pero también a la naturaleza se asocia lo instintivo, lo que deviene pre-social pero a la vez lo configura: una vuelta a la naturaleza implica formas de configurar entornos espaciales, emocionales y sensoriales que aun agencian la tensión entre civilización y barbarie, entre progreso y retraso. En este sentido, la vista, el olfato, el gusto aparecen como enclaves de constructos sociales complejos que configuran un repertorio emocional diferencial: desde cómo huele una ciudad a cómo se sienten los cuerpos frente a una modalidad de producción que intoxica el aire y el suelo, lo que el entorno aquí evidencia es el lugar de la separación y el aislamiento consagrados como políticas de circulación de los cuerpos.

En el tercer apartado podemos ver ciertos entornos naturalizados. Si el embellecimiento de las ciudades tiene como órgano privilegiado del disfrute lo visual, cuando nos conectamos con los otros sentidos (separados ya de ciertas formas de apreciación del disfrute) podemos observar que aquello que con los ojos se experiencia como placentero, con el olfato se convierte en asco y se conecta con un estado básico de la naturaleza humana. El artículo de Gago y Abraham va en esta dirección, mostrándonos la manera en la que el desarrollismo urbano encuentra su límite sistémico en ciertos efectos sanitarios y ambientales que se expresan como riesgos sociales. El desborde del alcantarillado urbano de la ciudad de Córdoba es el síntoma más claro de la expansión del capital inmobiliario: también aquí la gravedad del daño es inversamente proporcional a la posición de clase ya que quienes residen en barriadas periféricas sin red cloacal y con napas altas, literalmente se hunden en la mierda, mientras la ciudad en su centro, se embellece habitacional y turísticamente.

Un poco más allá de la capital pero conectada por las lógicas de acumulación por desposesión y depredación, la localidad de Malvinas Argentinas aparece también como la periferia de la periferia cordobesa donde la instalación de una planta acondicionadora de maíz transgénico (Monsanto) ha generado uno de los conflictos latentes que atraviesa el campo de discusión sobre el dónde y cómo vivir en contextos donde las políticas neoliberales han despojado a la mayoría de su posibilidad de venta de la fuerza de trabajo. Sánchez y Valor nos ayudan a comprender la compleja trama de emociones que se configuran en torno a los pobladores de Malvinas en la tensión entre trabajar para sobrevivir en una actividad productiva que termina por dañar ambiental y sanitariamente a toda la población. Aquí la angustia aparece como la emoción que bloquea y potencia la acción, frente a las lógicas de ocupación territorial de grandes holdings internacionales: el dilema que instala a su vez un fuerte cuestionamiento acerca del bien común más acá de las vivencias y necesidades individuales. Las formas de organización colectiva imponen reflexionar sobre la propia constitución emocional que coloca como estandarte “la lucha por la vida”, es decir, un trabajo cotidiano de re-conexión entre los sentidos y las emociones como potencial de la lucha colectiva en contextos complejos como los establecidos por la necesidad de supervivencia. A su vez configura una operación de interpretación que cuestiona, desde la raíz, el impacto social y ambiental de las actuales dinámicas de reconfiguración del capital.

Por último, Castro y Fernández analizan las capas que articulan la relación entre diseño urbano, planificación de la circulación, desechos y cuerpos. La emergencia del discurso proteccionista es sintomática de esos pliegues que terminan por reconfigurar las miradas y valoraciones en torno a ciertas corporalidades que se van animalizando, mientras aquello que se presenta como lo animal en su carácter naturalmente conceptualizado, aparece humanizado. “El caballo sintiente/el carrero despiadado” aparece como el binomio que teje la trama de la planificación urbana en torno a los desechos de esa forma de vida. Una especie de giro animal que reestablece el sistema de evaluaciones sociales en torno a la Vida, es decir, a aquello digno de ser protegido y valorado, de aquello que debe ser eliminado. La tecnología aparece aquí también como salvaguarda del poder de clase: la sustitución del caballo como simple resolución del conflicto habla también de las capacidades perceptivas que permiten mirar lo que hay frente a nuestros ojos. El mirar sintiente, conmovido por la crueldad frente a los caballos aparece como el ideologema que obtura el mirar sintiente frente a los recicladores urbanos que, reducidos a puros instintos maldad y muerte, se resignifica en el marco de la constitución de una ciudad bella y pulcra que se prepara para las vivencias de unos otros (turistas/consumidores).

Como decíamos al principio, el mostrar como soporte y horizonte de la acción expresa un mundo unitario hecho a semejanza de la imagen como lugar privilegiado para albergar lo sensible. Esa forma de hacer que se ha instituido casi como la única posible en nuestra contemporaneidad: mostrarlo todo, decirlo todo, porque así nos sentimos parte, somos incluidos. Lejos de la idea benjaminiana que proponía la mostración como una forma de exposición/constatación y relación entre los hechos (su afamado “no tengo que decir, solo mostrar” de las tesis), hoy el parloteo incansable adorna los hechos que en apariencia se muestran como son gracias a la captura, en principio desinteresada, del ojo muerto de la cámara (o de todos los dispositivos que hoy cuentan con una). Pero es en la narración de las vivencias de esos miles de cuerpos que hoy traman los límites de exclusión que perfilan las fronteras deseables de la vida urbana contemporánea, que se constata la buena salud de la estructura de dominación actual y de subsunción de la vida al capital.



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