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10 De las columnas en la prensa a los libros temáticos

En los capítulos anteriores analizamos las críticas de televisión publicadas en la prensa gráfica, observando cómo a partir de los ‘90 la crítica que comienza a ocupar un lugar destacado en los suplementos de los periódicos, gana en espacio y pierde en perspectiva crítica. Asimismo, el interés por la pantalla excede las columnas de los diarios y los críticos publican sus libros. Escribirlos requiere de un tiempo diferente al trabajo en las redacciones periodísticas, supone una mayor distancia para la reflexión sobre lo que acontece en el medio y la no adecuación directa con los tiempos que la televisión marca, ya que generalmente la crítica es publicada a los pocos días de la emisión de un programa. Si bien no todos, al menos los críticos que más perduran en el oficio terminan, más tarde o más temprano, publicando sus libros sobre la pantalla.

Optamos por analizar aquellas publicaciones que ofrecen una mirada integral sobre la televisión y que recorren el arco desde los años ‘70 a la actualidad porque nos permiten observar las preocupaciones, las tensiones y los desplazamientos en la manera de pensar la televisión. El objetivo, que se espera cumplir, es considerar al período del presente trabajo como un efecto del funcionamiento del campo y un importante antecedente de la consolidación de las principales líneas y orientaciones de la crítica televisiva posterior. Trabajamos con los siguientes libros: TV Guía Negra (1974) de Sylvina Walger y Carlos Ulanovsky; Quién te ha visto y quién TV (1988 [1998]) de Pablo Sirvén; Estamos en el aire (1999 [2006]) de Carlos Ulanovsky, Silvia Itkin y Pablo Sirvén; y ¡Qué desastre es la TV! [pero cómo me gusta] (2009) de Pablo Sirvén y Carlos Ulanovsky. Además, estos periodistas ocupan un lugar destacado como críticos de medios: en el caso de Sirvén es quien más ha publicado en formato libro y Ulanovsky es uno de los críticos que, iniciados en la gráfica, ha tenido mayor presencia en la pantalla, por ejemplo como columnista del programa En el medio, transmitido por Canal 7.

En primer lugar, nos detendremos en los títulos, los prólogos, las dedicatorias y los agradecimientos; en un segundo momento en la introducción; y por último, en la mutación de la crítica de televisión en relación con las posiciones centrales de cada libro. Se privilegia un sesgo histórico social sobre las teorías que en América Latina han tratado los vínculos entre cultura y comunicación, cuestiones que hemos trabajado en el capítulo V. Nos interesa situar a los libros dentro de un entramado mayor en relación con los vínculos entre el campo periodístico, el campo académico y la crítica. Nos proponemos observar los desplazamientos al interior del campo periodístico en consonancia con los cambios en el campo académico de la comunicación y la cultura, que están atravesados por las metamorfosis en la noción de crítica, que comienza con la crítica valorativa de TV Guía Negra y finaliza con la preponderancia de la crítica del gusto personal en ¡Qué desastre la TV! [pero cómo me gusta…].

Realizamos una breve presentación y sinopsis de cada una de las publicaciones. TV Guía Negra (1974), la compilación de críticas escritas para los diarios La Opinión y Mayoría durante mayo de 1971 y mayo de 1973, es uno de los primeros libros sobre la televisión escritos y editados en Argentina, un momento en el que el campo de la comunicación y la cultura se encuentra en el período de autonomización. Junto con Neocapitalismo y comunicación de masa de Heriberto Muraro, son emblemáticos en el campo comunicacional en tanto inauguran la edición en formato libro sobre temas mediáticos. La crítica ideológica es la perspectiva desde la cual se analizan las representaciones sociales que circulan por los medios.

Quién te ha visto y quién TV (1988 [1998]), relata la historia de la televisión a partir de 1973, en sus dos ediciones, la primera hasta diciembre de 1988, y la segunda corregida y actualizada hasta abril de 1998.

Estamos en el aire es la historia de la televisión argentina desde sus comienzos en 1951 hasta 1998; relata año por año los acontecimientos de la pantalla, donde cada autor se dedica a un período específico, Ulanovsky se ocupa desde 1951 a 1966, Itkin de 1967 a 1982 y Sirvén de 1983 a 1998. Tiene dos ediciones: la primera en 1999 y la segunda en 2006.

¡Qué desastre la TV! [pero cómo me gusta…] (2009) retoma la historia de la televisión donde se detuvo Estamos en el aire, desde 1999 hasta el 2009. Sirvén se encarga de realizar un repaso año tras año de los principales sucesos televisivos y Ulanovsky da cuenta de los acontecimientos y coyunturas que influyeron en el medio. Colaboran los periodistas Dolores Graña, Emanuel Respighi y Ezequiel Fernández Moores, quienes analizan a las series y miniseries extranjeras, el cable y el deporte (el fútbol), respectivamente.

1. Dime a quién agradeces…

El primer acercamiento que tenemos a un libro es por su paratexto, en este sentido, no es un dato menor tener en consideración las elecciones que se realizan. Los títulos, los agradecimientos, las dedicatorias y los prólogos permiten contextualizar la propia inserción del autor, los lazos institucionales y la concepción subyacente del medio.

Si nos detenemos en los títulos de las cuatro publicaciones, sin mayor esfuerzo observamos los desplazamientos en la manera de entender a la televisión y la perspectiva desde la que se posicionan. Cronológicamente comenzamos por TV Guía Negra, su título dialoga directamente con la revista que lleva por nombre TV Guía en la que predomina una mirada fascinada de la televisión. El adjetivo “negra” expresa la perspectiva por entonces dominante sobre el medio, del que poco se podría rescatar. En Quién te ha visto y quién TV, además del juego semántico entre la televisión y el ver, se desprende una valoración del pasado televisivo en términos de nostalgia y reivindicación, una suerte de “todo tiempo pasado fue mejor”, cuestión que se corrobora a lo largo de toda la publicación como ya desarrollaremos. Estamos en el aire privilegia la trayectoria del medio en sí mismo como valor y lo refuerza con la verificación de la importancia social y cultural que fue adquiriendo el consumo televisivo como flujo contínuo. Por último, el título ¡Qué desastre la TV! [pero cómo me gusta…] se ubica explícitamente desde el cinismo, ya que si bien se reconoce negativamente el estado actual del medio, se enfatiza en el gusto y el placer, atenuando la importancia del pobre nivel estético televisivo, así como de su propuesta ética.

Si tuviésemos que trazar un arco en el desplazamiento de los títulos podríamos decir que se inicia con la crítica ideológica (en TV Guía Negra), luego la nostalgia (en Quién te ha visto y quién TV), posteriormente la descripción con (Estamos en el aire) y finalmente el cinismo en (¡Qué desastre la TV! [pero cómo me gusta…]). Sin querer forzar paralelismos, estos cambios están en diálogo con los propios desplazamientos del campo académico de la comunicación que, como ya lo hemos dicho, pasan de una crítica ideológica, a la cultural y de esta a la textual.

En cuanto a los agradecimientos y dedicatorias se dirigen a tres sujetos de referencia diferentes: 1) a los íntimos; 2) a los colegas; 3) a los protagonistas. En el primero, ubicamos a la familia o círculo cercano a quienes generalmente se los reconoce por el tiempo y la paciencia durante el proceso de escritura. En el segundo, a los periodistas, editores y críticos a quienes se respeta y admira, o han tenido algún tipo de participación en el libro, ya sea leyendo borradores o colaborando con algún dato. En el tercero, a los protagonistas de la propia televisión, es decir, productores, actores y cómicos.

Se registran dos tipos de tonos: lo irónico y lo elogioso. TV Guía Negra apela a la ironía, y se lo dedica “A los señores Alejandro Romay, Goar Mestre, Darío Castel y Héctor García y tantos otros que lo hicieron posible” (1974: 9). Por el otro lado, Qué desastre la TV y Estamos en el aire[1], se centran en personajes de la televisión y se les reconoce haber contribuido a un mejor medio (entre ellos se encuentran Jorge Guinzburg, Adolfo Castelo, Pepe Biondi, Tato Bores y Sebastián Ortega, entre otros). Las dedicatorias y agradecimientos nos permiten trazar un desplazamiento del sujeto de referencia, TV Guía Negra se lo dedica a quienes son los responsables y, en los restantes, a quienes son las excepciones de la pantalla.

En lo que respecta al prólogo, generalmente está escrito por alguien que el autor elige por afinidad y/o respeto intelectual para que desde su lugar legitimado y reconocido entre pares realice una lectura e informe, aclare, sugiera y cuestione aspectos con los que coincide y con los que no. TV Guía Negra no tiene prólogo[2], quizá lo pionero de esta publicación haya dificultado el encontrar expertos en el tema que lo prologasen. En otro sentido, vale aclarar que no son tan frecuentes los prólogos que observen aspectos con los que no se está de acuerdo; uno de esos pocos casos es el prólogo a la primera edición de Quién te ha visto y quién TV, allí Ulanovsky se detiene en marcar algunos ejes con los que difiere:

No acuerdo con una mirada indulgente frente a la vida y obra de Héctor Ricardo García y otra durísima frente a idéntica visión, pero de Alejandro Romay. No coincido con un rechazo casi permanente al análisis ideológico de los contenidos, así como me desorientan afirmaciones “perdonavidas” como que –a la TV argentina– “ni Marshall Mc Luhan podría haberlo hecha distinta y mejor (1988 [1998]: 68).

Ulanosvky al reclamar un análisis ideológico, pretende emparentar a Quién te ha visto y quién TV con TV Guía Negra. De hecho, el propio Sirvén manifiesta una pretensión de continuidad en la introducción de su libro, como observaremos en el siguiente apartado. No es casual, que diez años después, la segunda edición del libro la prologase la co-autora de TV Guía Negra. Sylvina Walger, a diferencia de Ulanovsky, considera que en esta nueva versión: “No sólo historiza los últimos cambios en el medio de manera clara y ordenada, sino que avanza en la interpretación ideológica” (1988 [1998]: 7). Un supuesto podría ser que efectivamente las observaciones del primer prólogo contribuyen y modifican la segunda edición ampliada del libro. Sin embargo, la mentada interpretación ideológica sólo se sitúa, tal como Walger menciona, en que: “desmitifica las cacareadas privatizaciones concedidas, como bien lo explica, por voluntad presidencial, en discutidas licitaciones y sin que previamente se hubiera estimulado la sanción de una Ley de Radiodifusión de la democracia (rige la misma de las épocas de la dictadura)” (pp. 7-8). El contexto del menemismo y los excesos que éste promovió para con la televisión hacen que resulte desmedido el elogio de Walger.

En los siguientes dos libros se observa un desplazamiento de la posición de enunciación de quienes prologan, siendo ésta desde adentro de la televisión. De prólogos a cargo de colegas en Quién te ha visto y quién TV a los protagonistas y directores de la televisión, Jorge Guinzburg en Estamos en el aire y el ex director de programación de ARTEAR entre 1990 y 2001, Hugo Di Guglielmo en ¡Qué desastre la TV! En consecuencia, el contenido de cada libro se adapta a los intereses y expectativas de quienes forman parte de la industria televisiva. Si no, a modo de ejercicio reflexivo, imaginemos a TV Guía Negra con prólogo de Romay o Goar Mestre, la incompatibilidad entre el libro y el supuesto prólogo nos facilita comprender los cambios en la manera de pensar y analizar al medio, así como los lazos institucionales que se generan.

Asimismo, se produce un circuito de intercambio entre autores – prologadores, Di Guglielmo prologa a Ulanovsky y Sirvén (2009); un año más tarde Ulanovsky prologa el libro de Di Guglielmo La programación televisiva en guerra (2010); Guinzburg prologa otro libro de Di Guglielmo, Vivir del aire. La programación televisiva vista por dentro (2002) y también a Ulanosvky, Itkin y Sirvén (2006). De esta manera la retribución de elogios se reparte equitativamente y el grado de legitimación se produce en la confluencia de intereses entre los críticos de medios y los protagonistas de la televisión. Las posiciones consolidadas en cada una de las áreas reproducen, como explica Bourdieu, los lugares en el campo que cada uno ocupa.

Los autores de Estamos en el aire escriben, en el prólogo a su segunda edición, que el libro es celebrado por los investigadores y por la propia industria. La pregunta que podemos hacernos es por las características de una publicación que complace a actores tan diversos y, a su vez, por el tipo de lugar que le otorgan a la industria televisiva como actor legitimante. Dado que Estamos en el aire promueve una descripción más que una evaluación sobre el medio, se entiende el buen recibimiento por parte de la industria. Itkin así lo señala: “este no es un libro de crítica. Sí es, en cambio, un libro de opinión y con una determinada mirada, aunque no califica o descalifica en sí mismo” (1999 [2006]: 11). Esta aclaración condensa el desplazamiento en el posicionamiento de la crítica, de un énfasis en la crítica valorativa que supone la jerarquización de los elementos y la argumentación, a una crítica desde adentro, en la que los parámetros se establecen a partir del gusto y complacencia con el medio. La mera opinión no supone poner en juego parámetros estéticos, éticos, argumentativos y de jerarquización de valores.

Por último, el prólogo de ¡Qué desastre la TV! [pero cómo me gusta…] a cargo de Di Guglielmo está atravesado por el supuesto de pertenencia al medio de los críticos y por ello estarían habilitados a opinar, “quieren al mundo del espectáculo y los medios, lo conocen y lo respetan” (2009: 15). En esta misma línea se inscriben los prólogos a los libros de Di Guglielmo, Vivir del aire. La programación televisiva vista desde dentro (2002), donde Guinzburg afirma[3]: “aquellos que aman la televisión, los que jamás osarían llamarla la caja boba y por el contrario la ven como el medio más maravilloso y penetrante que se creó en el siglo XX, todos ellos lo van a disfrutar tanto como yo lo he disfrutado al leerlo” (p. 16). En la otra publicación de Di Guglielmo, La programación televisiva en guerra (2010), Ulanovsky explica: “Hugo ha sabido entender esa industria y aquí la exhibe y describe sin juicios, sin prejuicios, sin resentimientos, sin bajada de línea” (p. 11). Las preguntas que podemos hacernos es por qué sería elogioso analizar sin juicios, por qué la toma de partido por una determina estética o concepción de lo que debería ser el medio es catalogado de manera negativa, por qué es necesario el sentido de pertenencia al medio para validar una opinión. Si bien estos prólogos datan de fines de la década del 2000 ya Landi a principios de los ‘90 invitaba analizar la televisión como “situación de hecho”, es decir como algo dado, más cercano a lo natural que a lo cultural.

2. La introducción

El espacio de la introducción oficia de presentación y resumen del libro, informa de sus ejes relevantes e invita a su lectura. Estas breves páginas nos permiten conocer la propia percepción que tienen los autores sobre sí mismos, las conceptualizaciones y supuestos de los que parten. Estamos en el aire no ofrece presentación, quizá por su carácter cronológico y de manual sobre la historia de la televisión. De los restantes libros, TV Guía Negra comienza explicando el sentido de su título en relación con la revista dedicada a la televisión y a la vida de la farándula. Lo primero que se menciona son dos posturas dicotómicas sobre el medio: la que presenta la revista TV Guía, por la que la televisión es maravillosa, y la que postulan los autores: “la TV como medio de comunicación es un arma política poderosa y un recorte atractivo del poder para quien tiene la oportunidad de manejarlo” (1974: 11). Ante la pregunta acerca de qué es la televisión, los autores afirman que es un negocio y desde esta conceptualización es que la analizan y la ponen en constante relación con el contexto político y es por ello que celebran la posible estatización de los canales (el libro está ingresando a imprenta cuando se la está discutiendo).

En Quién te ha visto y quién TV, Sirvén apela a la autorreferencialidad y reflexiona sobre su lugar como crítico de televisión:

Es oportuno en este momento aclarar una vez más que, al contrario de lo que muchos creen, los críticos de TV no nos deleitamos con los malos programas, sin los cuales no podríamos destilar nuestro veneno. Es cierto que, a veces, solemos ser cáusticos y malditos pero, ¿qué más quisiéramos, nosotros los críticos, que nos pasamos largas horas frente al televisor, que todo lo que saliera por la pantalla fuese excelente y de primer nivel? (1988 [1998]: 73-74).

Legitima la existencia de su publicación debido a la escasez de libros integrales sobre el medio, sin por ello dejar de nombrar a quienes desde el campo periodístico y académico escriben sobre la televisión: Gregorio Santos Hernando, Adolfo Jasca, Jorge Noguer, Heriberto Muraro, Aníbal Ford, Oscar Landi y Ricardo Horvath. Sirvén reconoce a TV Guía Negra como el antecedente de producción en el que se inscribe su libro, que sólo “pretende, humildemente, ser una continuación” (1988 [1998]: 70). En la misma línea ubica contextualmente a su libro:

Quién te ha visto y quién TV es, quince años después, una vuelta de tuerca sobre la ya ahora venerable TV Guía Negra (p. 71).

Desde la publicación de TV Guía Negra, todos hemos cambiado (…) los estilos, las formas de decir las cosas han variado porque todo –salvo la TV– ha cambiado para mejor y para peor, Quién te ha visto y quién TV sea en su tono y en su contenido algo distinto a TV Guía Negra es una especie de hermana mayor de este libro, que busca analizar entrañablemente por qué la TV es como es (p. 72).

Si bien reitera la pretensión de continuidad, no retoma la perspectiva de análisis que desarrollaron Ulanovsky y Walger. Por el contrario, su trabajo está basado en una descripción cronológica e histórica sobre la televisión haciendo foco en algunas cuestiones específicas como los noticieros, los programas de entretenimientos, los humorísticos, los infantiles y las telenovelas, entre muchos otros. En ese sentido, resulta sobredimensionado el reconocimiento que ofrece a TV Guía Negra, dado que la continuidad sólo es cronológica ya que retoma el análisis en el año que se detuvieron Walger y Ulanovsky, además de que comparten la misma editorial (De la Flor).

Otra cuestión a destacar es que Sirvén no repara en manifestar el encanto que le promueve la televisión: “confieso haber sido completamente seducido, ya hace mucho, por esta fascinante sugestión que nos hace ver imágenes donde realmente no las hay” (1988 [1998]: 69). Quizá por esta relación de encanto que entabla con el medio es que invita a leer en forma de zapping, “el libro está concebido para hacer zapping, puede saltearse capítulos o leerlos de atrás para adelante” (1988 [1998]: 74). En el prefacio a la edición de 1998 reiteran la invitación: “como sugerimos en el 88, esta nueva versión también permite el zapping. Así, la actualización que ya comienza puede ser leída de un saque o bien fragmentadamente” (1988 [1998]: 11).

En ¡Qué desastre la TV! [pero cómo me gusta…] se repite la fórmula del zapping: “Los autores de este libro le desean a sus lectores que puedan encenderlo y apagarlo cuantas veces le resulte necesario y que si lo necesitan lo lean en modalidad de zapping” (2009: 14). El supuesto que atraviesa a esta invitación es que un libro sobre la pantalla puede ser consumido de manera similar a como se ve televisión. La fragmentación y unidad temática de cada capítulo le otorga una autonomía que promueve la lectura desordenada, sin hilo conductor y en breve tiempo. Cabría suponer que los autores tienen como lector modelo a un público que ha desarrollado el hábito de mirar televisión por sobre el de la lectura, por lo cual, para retenerlo, se lo invita a realizar zapping.

Un dato extraño de la introducción de ¡Qué desastre la TV! [pero cómo me gusta…] es que sólo la firma Ulanovsky. La presentación del libro se organiza a partir de la continuidad con Estamos en el aire, si bien el autor explica que es menos cronológico e introduce más opinión y crítica. El título condensa la mirada de la que parten y Ulanovsky lo explicita: “nos hacemos cargo del título, en todo sentido. Estos autores creen que, por numerosas razones, la televisión es un desastre, pero, a la vez, es un medio al que queremos y necesitamos, aunque sea para hablar mal de él al día siguiente” (2009: 9). El amor nuevamente aparece como fundamento de su lógica argumentativa, cuyas opiniones y análisis están atravesados por una cuota de sentimentalismo. Nos preguntamos si habría otra forma de entender a la televisión por fuera de las pasiones amor / odio y qué implicaciones tendría. Al ubicarse en el plano de lo subjetivo y lo personal, a partir de un sentimiento, el crítico se posiciona como un espectador común y desde allí realiza su labor profesional. Esta perspectiva estaría vinculada con la teoría de los Usos y Gratificaciones: si bien ésta repara en la instancia de recepción, los críticos en tanto televidentes pero asimismo como productores de opinión pública, se posicionan en este doble rol desde el goce, el placer o el displacer que la televisión provoca y desde allí, cada vez más, escriben.

Continuando con la misma línea de razonamiento, Ulanovsky afirma: “no es tan sencillo hacer un libro sobre la televisión hoy. Claro era antes, cuando desde el propio Apocalipsis, pensábamos que la televisión era la suma de todos los males de la sociedad” (2009: 10). Quizá se lo diga a sí mismo en una suerte de autolegitimación, rechazando sus intervenciones desde el apocalipsis en TV Guía Negra, es decir, está ajustando cuentas con su propia posición. Asimismo, también, apelar a un pasado apocalíptico implica una lectura reduccionista de los debates en torno a los medios. Esta construcción de un fantasma polémico de carácter prejuicioso es una estrategia argumentativa reiterada que también se observa en los análisis académicos de los ‘90 a los que ya hemos hecho referencia en los capítulos anteriores y desarrollaremos también en el siguiente.

3. La mutación de la crítica

La perspectiva desde la cual en cada caso se analiza a la televisión, emerge en la dedicatoria, los agradecimientos, el prólogo, la introducción y el cuerpo del libro; podemos observarla en cómo se nombra al medio, en la construcción de un pasado mítico contra el cual se polemiza, en la manera de presentación de los propios autores y en los títulos que se eligen. Mencionábamos los desplazamientos al interior del campo periodístico en consonancia con los cambios en el campo académico de la comunicación y la cultura, atravesados por la metamorfosis en la noción de crítica que comienza con la desnaturalización de las representaciones en TV Guía Negra y finaliza –al menos momentáneamente– con la dominancia del gusto personal en ¡Qué desastre la TV! [pero cómo me gusta…]

Esta mutación de la crítica se corresponde con un contexto particular y condensador de las transformaciones del medio. Por ejemplo, la estatización de la televisión en democracia en 1974; la dictadura militar durante (1976-1983) y los cambios convergentes tales como la censura y el avance tecnológico; la restitución de la democracia en 1983 y el continuismo legal mediático; las políticas neoliberales en consonancia con la privatización de la televisión y la creación de los multimedios a inicios de 1990; y el debate y la posterior sanción de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual en el 2008 y 2009. Cada uno de los libros, con o sin intención, es publicado como cierre o balance de estos momentos. Sin forzar interpretaciones, observamos cómo las particularidades del contexto dialogan, explícitamente o por omisión, con las directrices de los libros.

TV Guía Negra es escrito a la luz de la experiencia chilena del gobierno de Salvador Allende y el posterior golpe de Estado, donde los medios jugaron a favor del derrocamiento. Sobre la base de esos acontecimientos es que Walger y Ulanovsky plantean con expectativas la posibilidad de estatización de las emisoras, que surge en la Argentina a partir de la caducidad de las licencias de los canales 9, 11 y 13. En cuanto al rol de la crítica, la consideran primordial como posibilidad de contextualizar lo que los medios representan. Retoman conceptos de Althusser, Adorno y Morin, así como formulaciones de Muraro sobre el poder relativo de manipulación de los medios y el análisis de Beatriz Sarlo en Los Libros sobre las representaciones en la televisión del Gran Acuerdo Nacional (GAN) para posicionarse desde una lectura crítica. El libro parte de la perspectiva de la crítica ideológica: “la TV no solamente es un negocio, y un lucrativo negocio, sino que además es un poderoso aparato ideológico destinado a no permitir la menor fisura dentro del conjunto de normas y valores que rigen en el orden social capitalista” (1974: 18). Trabajar desde el desmantelamiento de los discursos es una manera de poner en evidencia sus operaciones ideológicas. Los autores se distancian de la idea extrema de que la televisión “lava cerebros” y, al igual que Muraro, cuestionan lo absoluto del poder manipulatorio, pero lo hacen sin alejarse de la reflexión acerca de que la televisión inculca valores acordes con los intereses de la clase dominante. La función de TV Guía Negra es, precisamente, poner de manifiesto esos intereses de clase.

Quién te ha visto y quién TV, es publicado hacía fines del gobierno de Alfonsín. Si bien es más descriptivo que TV Guía Negra, el balance general que realiza del medio es entre nostálgico y pesimista:

Envidio, en parte, al dúo Ulanovsky-Walger, porque cuando ellos escribieron en 1973 TV Guía Negra tenían una esperanza que pasaba por la estatización, entonces naciente, de los canales porteños. Ciertamente la experiencia no funcionó, pero la ilusión de ese momento, ya nadie se las puede quitar. En cambio a nosotros –pobres televidentes modelo 1988–, ¿qué ilusión nos queda? No hay a la vista caminos nuevos que transitar. Eso es lo más deprimente, porque la esperanza, dice el dicho, es lo último que se pierde y nosotros la hemos perdido casi definitivamente (1988 [1998]: 309).

A pesar de ello, el autor se permite esbozar una serie de modificaciones necesarias para obtener una televisión óptima. Lo que podría ser leído en clave de balance crítico, se acerca más a un pesimismo realista o a cierta nostalgia del pasado televisivo. En el último capítulo, Sirvén menciona, casi al pasar: “el análisis intelectual requiere tomar distancia de los temas para observarlos con la debida perspectiva. Eso, en mi caso, no pudo suceder, por una cuestión cronológica: estoy adentro del presente que ocupa la mayoría de las páginas de este libro” (1988 [1998]: 308). No creemos que éste sea un motivo válido para justificar su tipo de intervención sino deberíamos suponer que ser contemporáneo a determinados productos, personajes, etc. impediría distanciarse para realizar un análisis. Creemos que el problema reside en la postura ideológica elegida, que luego es racionalizado a partir de la pertenencia a una época o en términos de nostalgia por la memoria televisiva. En esta afirmación de Sirvén, dicha sin demasiado énfasis hacia el final del libro, subyace la concepción de crítica de la que parte: al no posicionarse con la distancia necesaria para evaluar al medio, la crítica comienza a desplazarse hacia un análisis desde adentro.

Estamos en el aire es publicado en plena consolidación de la televisión privada y multimediática. El libro se asemeja a un manual sobre la televisión que relata año por año los acontecimientos más relevantes en la pantalla. Es una publicación muy funcional para quienes investigan temas mediáticos, ya que repone con datos exactos los nombres y fechas de lo acontecido en la televisión. En relación con el desplazamiento de la crítica, el libro está escrito desde la propia lógica que la televisión marca como parámetro de “éxito”. En el prólogo los autores mencionan que no pretenden calificar ni descalificar en sí mismo; sin embargo, a lo largo del libro a través de diversas estrategias enunciativas, se homologan sus opiniones a los parámetros de la industria televisiva. Por ejemplo, utilizan numerosas citas textuales de los protagonistas de la televisión (Arturo Puig, Guillermo Andino, Omar Romay, Hugo Di Guglielmo, etc.) que refuerzan la mirada desde adentro. Al referirse a los programas o los actores, se lo hace con la misma lógica de consagración que promueve el medio a través de la medición del rating, como por ejemplo: “el fenomenal éxito de La extraña dama, que moviliza a todo ese sector de la industria con ganas de sumar más triunfos” (1999 [2006]: 524), la cita es condensadora de la mirada de la que parten: “el triunfo” es en términos de cantidad de audiencia y de la posibilidad de exportación del producto.

¡Qué desastre la TV! [pero cómo me gusta…] es publicado en pleno debate en torno a la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Precisamente en dicho período la gran mayoría de quienes trabajan en cuestiones de medios toman una posición en relación con la propuesta de ley. Pero, paradójicamente, en el libro se mencionan sólo tangencialmente algunos aspectos, sin otorgarle el espacio ni la profundidad que la temática suscitó. Por ejemplo, en la introducción Ulanovsky expresa: “luego de circular por todo el país como proyecto oficial y con fines de debate, la nueva ley de servicios audiovisuales obtuvo, a mediados de septiembre, media sanción en Diputados y, al cierre de este libro, continuaba en discusión en el Senado” (2009: 14). Al interior del libro se nombra el conflicto agrario y el rol de los medios de comunicación y, en relación con ello, el cambio en la titularidad del COMFER tras la renuncia de Julio Bárbaro y el ingreso de Gabriel Mariotto. Sirvén lo describe de la siguiente manera: “tiene posturas mucho más ortodoxas y militantes que Bárbaro y asume el cargo aseverando que ‘la madre de todas las batallas es una nueva ley de radiodifusión’” (2009: 300).

Quizás este espacio tan marginal que le otorga al tema permite que el libro circule por los más heterogéneos ámbitos sin generarle asperezas a ninguno de los actores involucrados; hacemos referencia a la polarización entre el Grupo Clarín y el Gobierno, ya que el debate se llevó a los medios en términos de esta confrontación, excluyendo a las demás voces. Asimismo, no es un dato desconocido que los periodistas tienen posturas diferentes con respecto a la ley, siendo más crítico Sirvén y más entusiasta Ulanovsky. Esta divergencia de opiniones podría haber enriquecido el trabajo, hubiese permitido el debate y la argumentación, y sin embargo se optó por la omisión en un momento en que este tema ocupara la agenda de los medios y donde los propios periodistas circularon emitiendo sus opiniones.

4. El caso Sirvén

En las críticas publicadas en Noticias, se posiciona como uno de los periodistas menos complaciente con las lógicas e intereses del medio, del que cuestiona aspectos estéticos, éticos y hasta ideológicos. Sin embargo, si nos limitamos a los tres libros aquí analizados, advertimos que las preocupaciones de Sirvén focalizan más en lo historiográfico, con alguna pretensión de enjuiciamiento, pero poco se acerca a las posturas que sostiene en Noticias. Si como presupuesto inicial pensamos que el escribir un libro permite cierta distancia con los tiempos televisivos que favorecerían el análisis, en este caso se produce lo contrario y lo mordaz de su discurso queda confinado en lo efímero de la crítica de televisión; y en lo permanente del libro encontramos su mirada más nostálgica. Si bien se podría contraargumentar que las críticas analizadas en Noticias pertenecen a un período acotado y los libros abarcan dos décadas (la divergencia de opiniones pueden variar a lo largo de los años), ya se observa en Quién te ha visto y quién TV cierta tendencia a la descripción y pensar al medio a partir de sus propias lógicas.

La pregunta que nos hacemos es con qué se corresponde el cambio de su perspectiva según el formato donde publica. Quizás una explicación se vincule con lógicas del mercado editorial o en las concesiones necesarias para su mayor llegada, lo que explicaría por qué queda ausente la temática de la LSCA cuando públicamente Sirvén ha participado de debates y opiniones en torno a la misma. También, cabe recordar el carácter efímero y desechable de la crítica de televisión en la prensa, lo que instala la mordacidad como un atractivo para su lectura; por el contrario, el libro permanece en la biblioteca para ser consultado cuantas veces sean necesarias.


  1. Quién te ha visto y quién TV no ofrece dedicatorias ni agradecimientos.
  2. Los autores de TV Guía Negra mencionan haber escrito el prólogo para un libro de Muraro. Sin embargo, Neocapitalismo y Comunicación de masa no lleva prólogo y no pudimos encontrar otra publicación del autor en formato libro previo a 1974.
  3. En la portada del libro Vivir del aire. La programación televisiva vista desde dentro, debajo del título se especifica “Prólogo de Jorge Guinzburg”, si bien esto podría ser un dato de calor, ilustra el rol legítimamente y publicitario que tienen las propios personajes del medio en tanto estatuto de validación de una publicación.


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