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11 Integración académica, influencia y fluidez en la crítica

Tras haber analizado el corpus en sus diversas dimensiones, observamos que transversalmente al conjunto se manifiesta una constante interpelación -más allá del tema, objeto y género en el que se detiene la crítica- a los profesores del campo comunicacional. Es decir, los académicos son convocados para que desde sus áreas de conocimientos opinen sobre los medios de comunicación. Si bien a lo largo de la tesis dimos cuenta de algunos aspectos de esta relación, específicamente en este capítulo nos proponemos analizar cuáles son las perspectivas predominantes y de qué manera se hacen presentes.

Básicamente, las intervenciones se manifiestan de dos formas: por un lado, los especialistas disponen de sus propias columnas, y por el otro, prestan su testimonio para que sea inserto al interior de un artículo. Sobre este último, las temáticas por las cuales son convocados se reúnen en tres tipos: 1) para opinar de las telenovelas; 2) para dar cuenta de los programas de humor, pero especialmente de la figura de Alberto Olmedo; 3) para caracterizar los consumos de las audiencias u ofrecer sus propias investigaciones sobre las mismas.

1. Pedagogía de masas e intervención académica

El hecho de que los académicos sean convocados por los medios de comunicación en tanto voces legítimas implica una suerte de reconocimiento a sus trayectorias y, en oportunidades, a sus posturas sobre la televisión. La manera de intervenir -ya sea en la prensa gráfica, en la radio o en la televisión- conlleva, inevitablemente, unos tiempos y disposiciones a las que generalmente no están acostumbrados, en el sentido de tener que ejercer una suerte de pedagogía de masas para así, en pocas palabras o tiempo, interpelar a un público relativamente heterogéneo y sin competencias específicas en la materia. Algunos de los profesores más convocados son Oscar Landi y Nora Mazziotti, quienes tienen sus propias columnas en Clarín y Página/30, respectivamente.

Landi, entre 1993 y 1994, publica todos los domingos un artículo de opinión sobre la temática de los medios en el suplemento Zona del diario Clarín. El nombre de la sección, “La vista Gorda”, quizá se corresponda con las 800 palabras que la columna necesita, es decir, que la extensión de la que dispone para desarrollar sus opiniones es relativamente escasa, y por ende realiza la vista gorda, ya que realizar una argumentación amerita inevitablemente un despliegue de estrategias retóricas y ejemplificaciones que no siempre es posible hacerlo en poco espacio.

Para contextualizar sus intervenciones es necesario tener presente dos cuestiones. Por un lado, las modificaciones en el estilo y contenido del suplemento de Espectáculos de Clarín a partir de 1992[1]. Por otro lado, se corresponde con su trayectoria como académico especializado en los medios masivos y en la cultura popular. Por ejemplo, al momento ya había dictado el seminario sobre Alberto Olmedo, junto con Luis Alberto Quevedo, en la Universidad de Buenos Aires y estaba a cargo del seminario de Cultura Popular y Cultura Masiva (Facultad de Ciencias Sociales, UBA). En una clase inaugural proyecta un capítulo de la telenovela Celeste con afán un tanto celebratorio, más allá de toda necesidad didáctica. Años antes, pero al cierre del cursado, convocó algunos de los actores que habían acompañado a Olmedo hasta su fallecimiento a la propia aula principal de la Facultad de Ciencias Sociales, entre ellos Beatriz Salomón y César Bertrand. En 1992 publica Devórame otra vez. Qué hizo la televisión con la gente. Qué hace la gente con la televisión y comienza a escribir en Clarín; a partir de 1993 hasta fines de 1994 lo hace con una periodicidad semanal. La propia circulación del texto le permite instalarse como el especialista en el tema. Es decir, un académico reconocido consagra a la televisión, rescata figuras populares del humor como Olmedo y revaloriza el poder de las audiencias, y todo sucede en el marco ya institucional de su relación con el multimedio.

En las columnas prevalecen una serie de temáticas tales como la videopolítica, el zapping, las audiencias y el alcance de las nuevas tecnologías. Predomina en ellas la descripción más que la problematización de las lógicas mediáticas. Por ejemplo, en uno de sus artículos menciona:

Heriberto Muraro tuvo la gentiliza de acercarme los resultados de unas encuestas que realizó durante 1993, en la cual, entre otras cuestiones, todos los fines de semana preguntó a 200 entrevistados lo siguiente “Dígame por favor ¿cuáles fueron las noticias que más despertaron su interés en los últimos días?” (…) Los resultados de las encuestas, imposibles de transcribir en su totalidad en el espacio de esta columna, dan pie para realizar una serie de conjeturas respecto del novedoso y poco conocido mundo de los distintos usos que hace la gente de la sobreoferta actual de medios (10/04/94: 17).

En la misma línea, sobre las posibilidades de las videocámaras domésticas explica que: “sea cual fuere el origen del primer video, en otra época audiovisual el hecho podría haber quedado en la oscuridad total. El hilo que enlaza las videocámaras domésticas con la Justicia puede transferir un nuevo poder a la mirada de los de abajo” (03/04/94: 13). Este último ejemplo se inscribe en cierto optimismo tecnologisista que reconocía en los nuevos dispositivos posibilidades democratizadoras.

En relación a otro tema, acerca de la tendencia a los reality shows, expresa:

La cámara ya no intimida al público como en los primeros años de la TV. Parecería que ni siquiera lo sorprende: en cualquier momento puede venir la televisión a preguntarnos algo. A veces, directamente, se irrumpe en un programa sin invitación previa. Se ejerce entonces una suerte de derecho a la pantalla que es la contrapartida que debe pagar la TV por meterse a nuestra cama (17/04/94: 11).

Otra académica que tiene su espacio fijo es Nora Mazziotti. Se trata de la sección “Mass Mass” en Página/30. Consiste en cuatro o cinco pequeños fragmentos de citas de revistas o libros, cada una de ella tiene en promedio 140 palabras, muchas corresponden a publicaciones contemporáneas. Las telenovelas y sus variantes genéricas según la región, ocupan un lugar destacado en las temáticas que elige priorizar la autora. Compartimos algunas de las citas:

Del avance de una radionovela cubana, en 1949: “ALBERTO: No quieres mi amor…Rechazas mi cariño. Pero vas a venderte por dinero a ese hombre que no amas. MARCIA: Tú no comprendes, José Alberto. Yo no puedo explicarte. ALBERTO: No hay más que una razón: que no me amas. Si me quisieras como yo te quiero, todo el oro del mundo no sería bastante para separarte de mí. LOCUTOR: ¿Qué obligaba a aquella mujer a destruir su honra y el corazón del hombre amado?…Podrá saberlo escuchando La herencia maldita. (En Reynaldo González, Llorar es un placer, 1988) (03/93: 76).

La Rete 4, de Italia, ofrece servicios de subtitulados para no oyentes en algunos programas. Hasta ahora, lo incorporaron a las telenovelas “Celeste”, “Cosecharás tu siembra” y “Micaela” (aún no estrenada en canales abiertos en Argentina) y la soap opera “Senderos”, que tiene altísimos rating (12/93: 28).

“El derecho de nacer”, telenovela repuesta en el Canal 9, es una de las historias que más circuló por Latinoamérica en distintos formatos. Nacida como radioteatro en Cuba, en 1948, su autor Félix Caignet, debió prolongarla a 314 capítulos dado el interés de los oyentes. En México, se hace por radio en 1950 y, enseguida, una versión cinematográfica. Antes de la primer versión televisiva (1966) hay otra cinematográfica y, luego, la de Verónica Castro, que es de 1982. Se hicieron fotonovelas y en Brasil es el primer gran éxito de novela diaria. No hay país latinoamericano donde no se haya emitido alguna versión (12/93: 28).

La necesidad de respaldar bajo la firma de un académico una columna que en sí misma no posee mayor valor argumentativo, ilustra la tendencia hacia la legitimación de la cultura masiva en colaboración con integrantes del campo académico de la comunicación[2]. Podríamos pensar que la columna se asemeja en estética a la propia televisión, en el sentido de un discurso fragmentado y descontextualizado. Mazziotti, la académica que más circula masivamente escribiendo sobre las telenovelas, ha tenido sus columnas también en Clarín (18/01/94: 4-5) (30/04/94: 6-7), Noticias (18/04/93: 90), Página/12 (10/12/94: 27) (20/12/04: 25), y La Maga (16/09/92: 15). Predomina, en sus intervenciones, la descripción de este género a nivel latinoamericano:

La telenovela está en transformación. Hoy se han extendido los mercados internacionales que reclaman diversos tipos de historias (Noticias. Mazziotti: 18/04/93: 90).

A partir de las dieciocho empiezan las novelas y miniseries, el sostén de toda la programación. Por la inversión publicitaria que tienen –no sólo en las tandas, sino también en los “chivos” o “merchandising”, mechados por los autores en los libretos- las telenovelas pagan el resto de la programación. Llaman la atención desde la presentación: montajes rápidos, fragmentación de escenas tipo videoclip, imágenes computarizadas y fuerte peso de la música. Sobresalen por la producción. Exteriores abundantes, elencos numerosos, prolijidad en la edición, los encuadres, la iluminación (Clarín. Mazziotti: 18/01/94: 4-5).

Sobre el crecimiento de los reality shows en el país, menciona:

Que en la vida real, anónima, de personas comunes, suceden cosas más interesantes que en cualquier película, novela o policial parece ser lo que sustenta el éxito de este género. Definidos como la televisión del vecino, como la telenovela de la realidad, juegan –y cualquier herramienta es válida- con la disposición voyeurística de los espectadores, ávidos por espiar, ya no por el ojo de la cerradura, los dramas de los otros (Clarín. Mazziotti: 30/04/94: 7).

La intervención académica a partir de ejercer una suerte de pedagogía de masas es facilitada por un contexto de auge y “moda” de las carreras de ciencias de la comunicación que en consonancia con la modernización del medio rehabilitan el entusiasmo por las potencialidades de la televisión.

2. El fenómeno cultural de Olmedo y las telenovelas

A los fines de ilustrar la relación entre la crítica y el campo académico seleccionamos dos casos condensadores. El primero, abarca a las telenovelas como género predilecto de ambos. El segundo, son los programas de humor, en especial la figura de Alberto Olmedo, de quien la crítica en sí misma se ocupa sólo recurriendo a las opiniones de los profesores.

Olmedo es uno de los personajes que mayor atracción promueve, en términos de empatía, en el campo académico. Con motivo de la reposición póstuma del programa “No toca botón” por Canal 9, de algunas de sus películas y de la edición del libro Queríamos tanto a Olmedo (1991)[3], se publican una serie de artículos en los diarios. En este contexto, Landi y Quevedo son convocados como especialistas en el tema, ya que en 1989 habían dictado el seminario optativo “El fenómeno cultural Alberto Olmedo” en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA para los alumnos de las diferentes carreras. Además habían escrito sobre el comediante, Landi publica Para ver a Olmedo (1988); de su libro Devórame otra vez. Qué hizo la televisión con la gente. Qué hace la gente con la televisión (1992) se destacan los capítulos “Historia del humor”, “Con el diablo en el cuerpo”; y Luis Alberto Quevedo “Olmedo: acerca de lo Olmédico” (1989) en la revista Medios y Comunicación[4].

Sus intervenciones en la prensa se encuentran en correlato con las perspectivas vertidas en sus libros. Por ejemplo, Quevedo publica en Página/12 “Olmedo toca los botones” (03/03/91: 26), donde además de reivindicar su frescura y de realizar un recuento de su vida, dedica un apartado para legitimar académicamente el interés que suscita en la universidad. Así explica el seminario dictado junto a Landil: “la inscripción de alumnos fue diez veces mayor que lo normal en un seminario (150 inscriptos), lo que confirma que Alberto Olmedo mantenía su alto rating también en el ámbito universitario” (03/03/91: 26). En Clarín se ofrece un suplemento especial a “El fenómeno Olmedo” (28/04/91), se entrevista a Landi y se lo presenta como docente del seminario. Sobre la propuesta del mismo, plantea: “estudiar al cómico desde la posición del espectador, como parte del fenómeno del humor en la crisis argentina. Pero también para poner en cuestión nuestro propio lugar de docentes” (28/04/91: 2). Nos preguntamos ¿a qué hace referencia con estudiar un fenómeno mediático desde el rol de espectador? ¿Esto implica dejar a un lado el rol docente? ¿Someter a cuestionamiento el lugar de profesor implica olvidar el ejercicio crítico?

Por sólo ofrecer otro ejemplo de reivindicación de la figura del comediante, es notable cómo se opta por describir la manera en que se representan a las mujeres, evitando así realizar un juicio de valor que supere el análisis textual:

La presencia femenina era muy fuerte –mujeres de un gran porte, enormes exuberantes y sin mayores recursos actorales. En cambio, como la sexualidad masculina era abstracta, pues el Negro nunca “concretaba”; debía ser nombrada. El sexo del varón era entonces la manguera, la banana, la bestia, el gorila, siempre con cuestiones de tamaño, mientras que la mujer siempre estaba ahí. También aquí interviene el género comedia: el enredo, que es la trama del deseo, se desenreda aclarando las cosas, pero nunca consumando (28/04/91: 3).

Ahora bien, si desde el campo académico de la comunicación toman relevancia perspectivas que reivindican a ciertas figuras de humor televisivo, desde la crítica periodística no es así; contra ellos precisamente es que polemiza Sirvén en una de sus columnas:

Es curioso que en su último número, la “revistrucha” Medios y Comunicación se embarque, tan a destiempo, en una confusa reivindicación del género humorístico, justo cuando éste atraviesa por uno de sus peores momentos. Con elitismo intelectualoide se ataca, sin fundamentos y con imprecisiones, a la crítica periodística porque ésta no ejecuta la melodía que esa publicación pretende escuchar. Los que tenemos acreditadas miles de horas frente al televisor –y no la miramos de reojo como semiólogos y rejuntadotes de citas ajenas que la sintonizan esporádicamente y con asco– sabemos de lo que estamos hablando (09/12/90: 26).

El artículo al que hace referencia es “Olmedo. Acerca de lo Olmédico” escrito por Quevedo para la revista Medios y Comunicación. Allí el autor critica a quienes no “entienden” y, por ende, no defienden al comediante; su blanco polémico es la crítica periodística[5] sobre la muerte de Olmedo: “los académicos sostienen siempre la posibilidad de que la perfección está en otro lugar, de eso acusaron a Olmedo. Diremos que su lugar fue la T.V., pero los críticos seguían atados a otros instantes, a otras concepciones” (11/1989: 16). Es decir, cataloga de elitistas a posturas que no consagran al comediante. Dedica un parágrafo a dar cuenta específicamente cómo se aborda la muerte:

Creo que la magistral apreciación de Borges pretende sacarnos de ese pre-concepto relativo a la cultura alta, que nos hace culpables de no disfrutar con los grandes escritores. Ciertamente nuestra lectura nuestro goce no están “por debajo” de la grandeza de Shakespeare, ni tampoco lo cuestionan. Pero quisiera razonar del mismo modo con la cultura popular y apartar otro prejuicio. Si Olmedo o Minguito o la Mona Jiménez no forman parte de mis gustos estéticos, esto no los coloca “por debajo” de nada, simplemente no se ha producido ese encuentro placentero al que tiende toda creación (p. 19).

El relativismo por ausencia del juicio de valor es la perspectiva desde la cual se celebra acríticamente a los productos televisivos; esto en palabras de Quevedo permite igualar a Shakespeare con Minguito; así la tensión cultura alta / cultura masiva se resuelve a favor de esta última y deriva en neopopulismo de mercado, en términos de Sarlo (1994a). La postura de Quevedo se sostiene a partir del estatuto de legitimación que le otorga el público a Olmedo y por eso no está de acuerdo con las críticas periodísticas al espacio excesivo otorgado al cómico y a su muerte: “es cierto que la prensa más comercial y menos seria abusó del tema, pero no pongamos la carreta delante de los bueyes: es porque a la gente le preocupa y le duele lo sucedido (y porque afecta realmente su vida cotidiana) que cierta prensa puede dar un tratamiento tal a esos temas” (p. 18).

En cuanto a las telenovelas, observamos cómo la crítica apela a la opinión de los profesores en tanto estrategia enunciativa para reforzar la empatía hacia este género: 1) los citan como autoridades académicas; 2) los invitan a escribir columnas de opinión; 3) construyen un fantasma polémico de carácter prejuicioso. En cuanto a este último punto, se opta por describir posiciones extremas, en forma abstracta o generalizada, sin señalar autores y convirtiendo a las mismas en hegemónicas cuando, en realidad, lo que domina la escena académica y buena parte de la crítica cultura es, precisamente, la aceptación edulcorada de los géneros mediáticos, por eso, algunos ejemplos tratan más de casos aislados que de tendencias dominantes entre expertos e intelectuales:

Otra cuestión es el rechazo de una intelectualidad que se dice docta hacia esos inagotables dramones (La Maga. González: 12/12/91: 24).

Mazziotti defiende al género de los ataques que suele padecer e interpreta que “el bastardeo de que es objeto está basado en un prejuicio”, aunque aclara que se trata de una posición prejuiciosa respecto de la televisión en general (La Maga. Tijman: 16/09/92: 15).

[Sobre las telenovelas] La era que recién ahora los intelectuales revalorizan. (Página/12. Ulanovsky: 23/12/90: 24).

Por otro lado, algunos de los artículos comienzan directamente con una cita de autoridad de un académico o escritor. Por ejemplo, en Página/12 se relata un Seminario sobre la telenovela realizado en La Habana en el que participaron académicos, periodistas y realizadores latinoamericanos. Otros ejemplos al respecto son:

“Siempre he querido escribir telenovelas. Es una maravilla. Llegan a muchas más personas que un libro” confesó alguna vez Gabriel García Márquez (La Maga. Walger: 01/07/92: 32).

“Todo el mundo ama, odia, se enamora y tiene accidentes, y de esas cosas tratan las telenovelas” sostiene Nora Mazziotti docente de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires y estudiosa del tema (La Maga. Tijman: 16/09/92: 15).

Asimismo, los protagonistas del propio género también reivindican aquellos académicos que saben reconocer a las telenovelas, generándose así un ida y vuelta de elogios entre las partes. Por ejemplo, Enrique Torres en una columna en Noticias expresa:

En el prólogo de su último libro, Oscar Landi menciona que desde las imágenes computarizadas del clip Remember the time de Michael Jackson a la firmeza con que finalmente Celeste defendió su identidad y sus amores, todo está al mismo tiempo superpuesto, sin ilación, en el continuo sinfín del espectáculo televisivo. Afortunadamente, ha llegado el momento en el cual los tradicionales detractores de la telenovela decidieron ahorrar tiempo y saliva (Torres: 18/04/93: 93).

Por último, dentro de la misma línea otra de las estrategias es convocar a reconocidos profesores. Por ejemplo, “Jesús Martín-Barbero opina sobre el teleteatro y el melodrama” (La Maga. 29/04/92), “Nora Mazziotti: ‘Es un fenómeno comunicacional y cultural amplio que merece más atención’” (La Maga. 16/09/92); además de las columnas de Mazziotti en Página/30 a las que ya hicimos referencia. Esta mirada coincide con la tendencia culturalista[6] predominante en los análisis del campo. El desplazamiento al análisis cultural se termina de consolidar durante el período, y uno de los casos más analizados y predilectos de la academia así como de la crítica, es el de las telenovelas[7].

3. El poder de las audiencias

El interés por indagar acerca de los consumos culturales, entre ellos la televisión, es una tendencia que se acentúa en el marco de la privatización de los canales. Las críticas que abordan dicho tópico se publican durante los primeros años de la televisión privada, más competitiva en términos de rating y, por ende, interesada en conocer las preferencias de los públicos.

Los artículos dedicados a los consumos culturales son acompañados por las intervenciones de los académicos. Las perspectivas que predominan en las críticas tienen por propósito ejercer una suerte de contextualización de los consumos, además de realizar algunos cuestionamientos ante las múltiples posibilidades de elección de las audiencias. Esta tendencia se ubica en conformidad con la del campo comunicacional, donde prevalece el recepcionismo; hacemos referencia a las perspectivas teóricas influidas por la segunda y tercera generación de los Estudios Culturales y que tienen como antecedente el desplazamiento teórico hacia los Usos y Gratificaciones del funcionalismo estadounidense. Al respecto Mattleart y Neveu explican que:

En la historia de los Cultural Studies se asocian los años ochenta con la imagen del “giro etnográfico”. Es una manera cómoda de designar un desplazamiento de las problemáticas y, más aún, de los protocolos de investigación hacia un estudio de las modalidades diferenciales de recepción de los medios de comunicación social, especialmente en lo que respecta a los programas televisivo (2000: 50).

El planteo de estos autores hace foco en la ambivalencia de los EE.CC., en su desplazamiento al culturalismo y en la preocupación por la recepción. Desde una perspectiva más radical, Blanca Muñoz afirma que: “la primacía del tema del consumo cultural por grupos de audiencia se impone gradualmente en la ‘segunda generación’ de Birmingham (…) el hilo común no deja de ser el interés en el papel activo de los receptores de los medios en su cotidianidad diaria” (2009: 53).

Con fuertes matices, cuyo extremo teórico se visualiza en el concepto de democracia semiótica de Fiske, todos focalizan en el poder de los espectadores como capaces de resignificar y dar sentido a los productos mediáticos.

Página/30 y La Maga dedican notas de tapa (además de otros artículos menores en Noticias, Página/12 y La Nación) que se centran en compartir los resultados de las investigaciones sobre qué tipo de programación consumen las audiencias. “El estado de la Cultura” (La Maga), es una encuesta encargada al Departamento de Opinión Pública de TEA, sobre la base de una metodología domiciliaria con sorteo de puntos muestras y cuotas por edad y sexo; se toman cuatrocientos casos, mayores de 18 años de Capital Federal y 19 partidos del Gran Buenos Aires. Algunas de las conclusiones a las que se arriban son: “más de la mitad de la gente ve entre 2 y 3 horas de TV por día”. El artículo se caracteriza por ofrecer estadísticas, diagramas y porcentajes de los consumos:

El 75% no va nunca al cine. El 76% no va a exposiciones. El 57% no compra ninguna revista. El 57% mira entre 2 y 3 horas de TV por día. El 81% no va nunca al teatro. El 85% no sigue ningún curso. El 81% no va nunca a recitales o conciertos. Las tendencias negativas aumentan entre los mayores de 50 años (12/12/91: 1).

Por fuera de lo cuantitativo, se cuestionan las políticas culturales que privilegian en las acciones de corto plazo y fuerte impacto para medir los consumos culturales:

Frente a síntomas tan graves, los responsables de la administración cultural en ámbitos oficiales y privados deberían abandonar cierta euforia triunfalista, aquella que aparece cuando se valora la gestión por la cantidad de gente que asiste a los megarrecitales gratuitos, para atender a las urgentes necesidades y demandas de la Argentina profunda (12/12/91: 1).

Tanto la investigación de La Maga como la de Landi, Quevedo y Vacchieri (1990) en el marco del Grupo de Trabajo de Políticas Culturales de CLACSO dirigido por Néstor García Canclini, coinciden en indagar sobre los consumos culturales de la población de Capital Federal y Gran Buenos Aires a partir de encuestas y en ambas abundan la información cuantitativa (más allá de las diferencias en cuanto a los alcances, equipos de investigación, instituciones organizadoras, etc). Quizás el mayor contraste se observa en que La Maga se posiciona de manera crítica ante los resultados de las encuestas, mientras que en la investigación de Landi y su equipo sólo se describen los datos obtenidos. Los restantes tres artículos publicados en La Maga –“El 97 por ciento de los hogares tienen al menos un aparato de televisión” (17/06/92), “Los hábitos de los chicos, los grandes y los adolescentes frente a la pantalla” (09/09/92) y “En el último año creció la adicción a la televisión” (23/12/92)– se encuentran en la línea del primero.

Sirvén en Noticias se centra en la perspectiva opuesta a la pregunta ¿qué hace la gente con la televisión? para focalizar en lo que ha hecho el medio con la gente, ya que según el periodista esto tiene consecuencias más profundas y permanentes. Es decir, se diferencia de la tendencia del campo:

La televisión argentina, ¿idiotiza a la gente o sólo lo confirma? La incógnita planteada se parece a la del huevo y la gallina: ¿qué fue primero? El público, ¿demandó desde el comienzo una TV de estética monocorde, sin matices ni colores, temáticas chatas y reiteradas, vuelo bajo, ramplonería, mediocridad y sólo por casualidad, algunos que otros buenos programas? o, por el contrario, de tanto machacar y machacar en esta línea ¿se nos embruteció a los televidentes hasta tal punto que aceptamos como buena y suficiente una mercadería que muchas veces apesta? (….) Los televidentes porteños y bonaerenses suelen ver unas tres horas diarias de TV, lo que al cabo de una vida de 70 años da unas 76.650 horas de TV, algo así como casi nueve años ininterrumpidos, 24 horas seguida, de un programa tras otro (28/04/91: 14).

Página/30 realiza una investigación ad hoc a partir de una encuesta de carácter cuantitativa encargada a la Consultora de Opinión Pública, Imagen y Marketing, Micaela Perdomo y Asociados. Se toman 573 casos de la Capital Federal y Gran Buenos Aires y se analizan los consumos televisivos. Estos son algunos de los datos a los que se arriba:

Ocho de cada diez personas encuestadas por Página/30 no ven sus vidas representadas en los programas familiares de la tele. La mitad de los consultados dice que “ninguna” de esas familias tiene relación con la realidad, fundamentalmente porque en la pantalla no figuran los problemas económicos ni la soledad (Blaustein: 11/92: 9).

Lo interesante es la perspectiva teórica latente que predomina en el artículo. A partir de dos teoremas contemporáneos que el autor denomina Total Negación Manipuladora y Televisión Sin Morochos, se problematiza al medio desde una mirada que se podría sintetizar como: ni recepcionismo, ni Escuela Crítica. Ya hemos explicado a qué hacemos referencia por recepcionismo, en tanto el distanciamiento de la perspectiva frankfurteana se manifiesta en el rechazo a la idea de progreso por intermedio de la razón. En la nota de referencia se afirma:

Es imposible que una televisión sin morochos ni conflictos no manipule ni un pelín. El sueño contrario desde una torre de marfil –programaciones completas sin Neustadsts, ni Francellas, repletas de pretendidas intenciones progres y pedagógicas– puede conducir a la pesadilla. ¿Quién decide qué decir? He aquí el dilema: que ambos sueños, los del rating puro y la razón pedagógica pura, engendran monstruos (Blaustein: 11/92: 20).

Como complemento de la opinión vertida en la crítica, se recurre a los testimonios de los profesores, quienes ofrecen otra perspectiva sobre el mismo tema, por ejemplo: “Nora Mazziotti, docente universitaria y telenovelóloga por opción, recuerda que a esta altura nadie cree que los medios operen modificaciones mecánicas en la sociedad. Todos los estudios específicos describen cómo los receptores hacen más o menos lo que quieren con las novelas” (Blaustein: 11/92: 10).

La nota de tapa de Noticias, “El rating fácil” (19/08/90), desde una perspectiva cercana al funcionalismo estadounidense investiga la cantidad de horas de sexo y violencia que aparecen en la pantalla. A partir de esta información, luego de analizar una semana completa los cinco canales de aire, son: “773 tiros, 380 muertes, 345 desnudos, 25 violaciones, 812 peleas, 60 referencias a la homosexualidad, 583 malos tratos, 937 palabras groseras y situaciones en doble sentido” (19/08/90: 67). A partir de estos datos el artículo manifiesta su preocupación por la tendencia de la nueva televisión privatizada que se concentra en obtener mayor nivel de audiencia en detrimento de la calidad de los productos. Como contrapunto se recurre a la cita de autoridad de un especialista del campo comunicacional:

Para mí, no habría que subestimar a los niños –afirma Luis Alberto Quevedo, sociólogo–, ellos saben establecer diferencias entre la realidad y la ficción. Lo hacen con el lenguaje: incorporan los términos de las series cuando juegan y después vuelven al idioma normal al dejar el juego. En la década del ‘60 Armand Mattelart y otros impulsaron una teoría que les otorgaba un poder casi omnímodo a los medios; hoy esa idea no tiene vigencia, no hay correlación directa, a mayor violencia en la TV, mayor violencia en la vida cotidiana. Eso es incomprobable (19/08/90: 68).

Quevedo brinda una lectura parcial del pasado ya que la preocupación teórica de Mattelart no está centrada en pensar los medios desde un poder omnímodo; por el contrario, su grupo de trabajo en Chile es uno de los primeros en realizar investigaciones sobre la recepción de televisión en la cultura obrera. Más allá de la intervención de Quevedo, el artículo da su propia mirada por fuera de la voz especializada; así, finaliza diciendo: “de cualquier manera, aunque la mente infantil no sea una tabla rasa donde cualquier imagen pueda dejar su estigma, más vale regular la influencia innegable que ejerce la televisión. La muerte y el sexo son cosas muy serias” (19/08/90: 70).

Compartimos otro ejemplo sobre la intervención de los académicos en relación con la autonomía de las audiencias:

La socióloga Ana Wortman (32) habla del “peso cultural de los jóvenes. Estos programas responden a la demanda de los jóvenes a tener un programa para ellos”. Se trata de “la explosión de lo juvenil en la cultura. En los dos programas aparece muy fuerte la cultura veloz. Nada de lo realizado es estático en ellos. Todo es dinámico” (Noticias. 08/03/92: 58).

Si bien los profesores generalmente son convocados como voz testimonial en los artículos sobre los consumos culturales, por otra parte, también se publican los resultados de las investigaciones realizadas desde la academia. Por ejemplo, en La Nación se ofrecen las conclusiones sobre el uso del video en el país: “La licenciada Alicia Vidal, becaria del Conicet y del Centro de Estudios Urbanos y Regionales, con la colaboración de Video Editores Asociados (VEA) y de la armadora de videocasetes BVC, arribó a interesantes resultados, gracias a una encuesta nacional” (20/01/91: 7). En Página/12 se brindan los resultados de la investigación sobre los consumos culturales realizada por Landi, Vacchieri y Quevedo:

Un 41 por ciento de los habitantes de capital y zonas aledañas no leen el diario. Todos, sin excepción, consumen abundante TV. El tango mantiene su vigencia: es el segundo ritmo musical que más seduce después del rock (…) Son algunos de los datos que acerca una reveladora investigación que alumbró esta semana el Centro de Estudios de Estado y Sociedad (21/01/90: 18)

Por todo lo mencionado hasta el momento la pregunta sería, entonces, por qué se produce esta fluidez y influencia entre la crítica periodística y el campo académico. En los capítulos anteriores desarrollamos las perspectivas teóricas dominantes en el campo comunicacional y en los capítulos de análisis de los materiales observamos las tendencias de las críticas a partir de diversas dimensiones; en todas ellas hemos resaltado esta relación que se produce en la interpelación a la academia. Luis Alberto Quevedo, Oscar Landi y Nora Mazziotti, Ariana Vacchieri y Heriberto Muraro, son los profesores más requeridos, en tanto cita de autoridad y desde una perspectiva legitimadora de la cultura masiva. Esto no es un dato sorprendente si tenemos en cuenta sus producciones teóricas que se inscriben en consonancia con las tendencias del campo comunicacional. Compartimos algunos ejemplos más:

“Es difícil saber por qué algunos programas funcionan” reconoce Muraro; “yo no haría un programa político para jóvenes, a menos que sea una tomada de pelo a la clase política, o algo relacionado con la ecología” (La Maga. Tijman: 11/03/92: 29).

Aunque todavía no pueden compararse con los mexicanos y los brasileños, como por ejemplo TELEVISA, que hacen desde el hard hasta el soft industrial, la tendencia argentina parece, poco a poco, seguir sus pasos hacia los conglomerados”, señala Ariana Vachieri (31) investigadora en comunicación del CEDES y autora del libro “El medio es la TV” (Noticias. Moreno: 01/03/92: 9).

Heriberto Muraro opina que Ratto “es un genio: descubrió que se puede vender símbolo de un canal como criterio de identidad no sólo para la emisora, sino también para la gente” (Clarín. 29/12/91: 17).

Sin embargo, una de las cuestiones quizá más peculiares es que la mirada cautivada por la televisión que predomina en parte de los profesores se encuentra, en muchas ocasiones, en disonancia con la perspectiva que adopta sobre el mismo tema la crítica que lo cita. Una parte de los académicos, en clave de expertos, habla con afanes de consagración hacia los medios, en los medios y para los medios. Podríamos pensar que la crítica recurre al campo académico para que éste exprese y legitime lo que ella no hace con tanta vehemencia. De esta manera, los críticos resguardan su lugar de evaluadores externos al medio y descargan con los expertos una opinión más benévola hacia la televisión.


  1. Si bien sus artículos se encuentran en otro suplemento, consideramos que las modificaciones en Espectáculos son parte de una política editorial mayor de otorgar visibilidad a la cuestión mediática.
  2. Esta tendencia sobrepasa a las columnas y se inserta en la propia trayectoria académica. Por ejemplo en 1993 la autora publica Soy como de la Familia. Conversaciones de Nora Mazziotti con Alberto Migré. Como se desprende del título, el libro es un diálogo que tiene como objetivo resaltar y reivindicar al guionista.
  3. Producido por Sergio Ranieri, Paula Rodríguez, Ingrid Bekinchstein, Daniel Riera, y Fernando Sánchez, editado por Periodismo por Periodistas de la escuela de periodismo TEA y reeditado en el número especial de la revista La Maga en el “Homenaje a Olmedo” Nº 9, marzo de 1995.
  4. Medios y Comunicación surge en 1978 dirigida por Raúl Barreiros y regresa nuevamente en este período. En el editorial del número mencionado, se realiza una crítica a perspectivas “elitistas” frente a la cultura de masas, así se menciona: “O como suponen algunos buceadores del estilo se comprende en forma inmediata que algo es chabacano y vulgar cuando se hace popular. ¿De qué otra manera explicar la crítica moral a izquierda y derecha sobre la cultura de masas y el pudor que daría a cualquiera ejercerla sobre los productos de la elite?” (Barreiros: 11/1989: 5). Esta revista, desde la semiótica, promovió la reivindicación de la cultura popular y la cultura masiva, no sólo por el caso de Olmedo mencionado: la tapa de este número, por ejemplo, es dedicada a Isabel Sarli.
  5. Los artículos a los que hace referencia son: “La otra investigación” de E. Pavlovsky en Página/12 (03/04/88); “El psicoanálisis en dos balcones” de R. Harari en Clarín (15/03/88); “Monzón, Olmedo y las ideas fatalistas” de R. O. Vadagnel en Clarín (12/04/88); “Declaraciones del Dr. A. Rascovsky en TV Guía (16/03/88); “El país sin Olmedo” de O. Soriano en Página/12 (13/03/88); “Las tragedias de un verano” de A. Marimón en El Periodista (11/03/88):
  6. Hacemos referencia al tipo de indagación que se pregunta por la naturaleza social de las prácticas culturales a través del análisis de las creencias, tradiciones, y costumbres. Cfr. Sarlo (1995).
  7. Cfr. Martín-Barbero (1987, 1999), Mazziotti (1991, 1992, 1993, 1996, 2000, 2006). Por ejemplo, años después Eduardo Aliverti, desde una postura de izquierda, en sus programas de radio reivindicará la figura de Migré.


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