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5 Ni adictos ni delincuentes,
usuarios responsables[1]

Hasta el momento, nos hemos abocado a describir y analizar la persecución policial y criminalización de la que son objeto los consumidores y el modo en que los usuarios se han organizado para hacer frente a estas prácticas. También hemos señalado, la estigmatización y actitud discriminatoria que la penalización de la tenencia de drogas genera en la sociedad y las serias dificultades que esto supone, en el caso de los activistas en particular, para hacerse escuchar y opinar, por ejemplo, en lo que concerniente al diseño e implementación de políticas públicas relacionadas al uso de sustancias ilegales o a la modificación de la actual ley penal. Tanto es así que, estos activistas —afirmamos—, amén de luchar por la modificación de la ley de drogas, denunciar las prácticas policiales y elaborar estrategias jurídicas para hacer frente a los procesamientos judiciales, luchan por ser reconocidos como interlocutores válidos, sujetos políticos plenos con derecho a organizarse, manifestarse y demandar por lo que entienden son sus derechos. Como señalé en la Introducción, el concepto de “usuario responsable” ocupa, en este sentido, un lugar central en su praxis política. Veamos.

El concepto de usuario responsable

Originalmente acuñado por especialistas del campo de la salud y ciencias sociales para hacer referencia al “uso responsable” de drogas —esto es, un uso que no supone riesgos significativos ni para el usuario ni para otros—, el concepto de “usuario responsable” ha sido redefinido por estos activistas como, “Una persona que consume por una elección personal y [cuyos] consumos no alteran su normal desarrollo en la vida diaria, o sea, una persona que estudia, trabaja, tiene una familia […] puede llevar adelante una vida, un proyecto de vida, de manera responsable” (Entrevista a activista cannábico, 2011). De este modo, los usuarios buscan discutir con aquellas construcciones dicotómicas propias del sentido común, médico y jurídico que, aún hoy, caracterizan a los consumidores como sujetos enfermos, dependientes, aislados, faltos de voluntad, sin un proyecto de vida, estudio o trabajo, despreocupados por su salud, incapaces de cuidar de sí y de otros, irracionales, descontrolados (sin dominio de sí), mentirosos, carentes de responsabilidad, autonomía y libertad; y/o bien como seres desviados, violentos, peligrosos, vinculados a la delincuencia y al narcotráfico.

Más aún, es en tanto “usuarios responsables” que estos activistas denuncian e impugnan las detenciones y allanamientos policiales, los procesamientos judiciales y la imposición de tratamientos curativos obligatorios a usuarios y cultivadores de cannabis; del mismo modo que, exigen una ley de atención pública, universal y gratuita de los problemas de salud asociados al consumo de drogas ilegales y hasta hace unos años la autorización estatal de los usos medicinales del cannabis y el reconocimiento de las asociaciones por las inspecciones de justicia locales. En otras palabras, es en tanto “usuarios responsables” que estos activistas demandan por su derecho a circular libremente, acceder al sistema de salud, elegir un estilo de vida y hacer libre uso de su cuerpo; pero también luchan por ser reconocidos[2] como interlocutores válidos, como sujetos políticos plenos con derecho a organizarse y demandar por lo que entienden son sus derechos; y, como se advertirá, buscan concitar adhesiones a su lucha y, en el proceso, legitimarse ellos mismos como activistas.

Ser un “usuario responsable” se trata, entonces, de hacer un “uso responsable” de las sustancias que se consumen; pero fundamentalmente, de ser una persona libre, dueña de sus actos, que tiene la capacidad de responder tanto en el sentido jurídico retrospectivo del término como en el sentido prospectivo de ser capaz de asumir ciertas cargas, cumplir ciertos deberes y respetar ciertos compromisos. No obstante, al definirse como personas “responsables” los usuarios no están solamente aludiendo al uso jurídico clásico del término —esto es, la capacidad de responder por, en relación con algo y frente a alguien garantizando reparación o retribución en caso de incumplimiento de la obligación u ofensa (Agamben, 2000; Ricoeur,1997)— así como tampoco a los fundamentos de la agencia moral —es decir, a la noción kantiana de agente libre que actúa en base a la razón y es autor autónomo de las leyes políticas y morales a las que está sujeto (Honneth, 1995)—.[3] Antes bien, la “responsabilidad”, en tanto valor que orienta la praxis política de estos activistas, aparece, principalmente, asociada a conceptos de fuerte carga moral como la familia, el estudio y el trabajo. Es decir, se encuentra ligada a una forma de vida positivamente valorada e hipotéticamente compartida por la mayoría de la sociedad, una vida “normal”, entendiendo aquí “normal” en su doble carácter de usual, común, típico (“lo que hace todo el mundo”) y de valor moral.

Diremos, entonces, que los usuarios al definirse como personas “responsables” están intentando fijar, con fines reivindicativos, nuevos y, en cierta forma, inclusivos parámetros de “normalidad”. En otras palabras, están apelando a valores compartidos, a una supuesta “moralidad común” para, en definitiva, poder afirmar “Nosotros, [usuarios responsables], no somos adictos ni delincuentes, somos gente normal, gente común [por ende, tenemos los mismos derechos y obligaciones que ustedes]”; en donde ese “ustedes” presente en el discurso de los usuarios es, en palabras de un entrevistado, “la familia del cultiveta, el vecino, Doña Rosa, el político y el funcionario”. A saber, esos “otros” susceptibles de apropiar su reclamo. De este modo, la dimensión moral del concepto de “usuario responsable” —asociada, fundamentalmente, a la “responsabilidad”— les permite posicionarse en lo que intuyen son términos moral y políticamente positivos y, de esta manera, aumentar sus posibilidades de generar empatía y concitar adhesiones entre los miembros no consumidores de la sociedad. Pero también en tanto la dimensión moral del concepto remite a valores como el “saber” y la “experiencia” —el “saber” mejor que nadie qué comporta consumir sustancias ilegales y la “experiencia” de ser quienes, en tanto usuarios, sufren los costos sociales de la prohibición y ven sus derechos sistemáticamente violados—, entienden los habilita a presentarse como interlocutores válidos y a sentar las bases de su autoridad y legitimidad para reclamar. [4]

Por lo hasta aquí dicho, siguiendo a Pita (2010), es que entiendo el concepto de “usuario responsable” como una “categoría nativa con valor político” que comunica la existencia de un tipo de activista particular. Esto es, una posición diferencial dentro del campo de protesta por los derechos de los consumidores de drogas ilegales que los usuarios tratan de reforzar. Resulta, entonces, relevante analizar el trabajo simbólico que estos activistas se esfuerzan por realizar para que el universo moral que vehiculiza la categoría de “usuario responsable” —y del que intentan abrevar su legitimidad— se materialice en las acciones de denuncia, demanda y concientización que despliegan en diferentes escenarios. Es decir, el modo en que estos activistas, apelando a recursos verbales y no-verbales —i.e., determinados usos del espacio y la palabra, la vestimenta, actitudes, gestos, comportamientos, compañías, saberes y prácticas—, buscan afirmar, dar encarnadura y constituirse en la cara del “usuario responsable”.

Sobre las acciones de denuncia, demanda y concientización

Gran parte de las acciones colectivas de las agrupaciones de usuarios en el espacio público se inscriben en lo que Pita denomina “el repertorio más o menos habitual y estandarizado de protesta social adoptado por la mayoría de los movimientos sociales y políticos del país” (2004: 440). Esto es, marchas, concentraciones, protestas y volanteadas. Haciendo uso de estas tecnologías manifestantes (Pita, 2004), los usuarios denuncian las prácticas de las fuerzas de seguridad, el accionar de los operadores judiciales y demandan la urgente modificación de la Ley 23737. En tanto que, otras acciones colectivas que despliegan en el espacio público, recitales, fiestas, escuelas, growshops, y universidades (mesas informativas, talleres de cultivo, charlas, reuniones y jornadas), están fundamentalmente orientadas a informar y concientizar a la sociedad sobre los aspectos legales y costos sociales de la penalización de la tenencia de drogas, las propiedades medicinales e industriales del cannabis, el uso de sustancias psicoactivas y los beneficios del autocultivo de cannabis.

No obstante, pese a la multiplicidad de escenarios y a los diferentes objetivos que se persiguen en cada uno de estos espacios, en algo coinciden los activistas entrevistados, “Todo lo que organizamos —por ponerlo en palabras de un usuario— tiene que tener una forma que sea responsable, porque la idea es, precisamente, dar la cara como usuarios responsables”. Ahora bien, el modo en que este concepto se materializa en las diferentes acciones de denuncia, demanda y concientización exhibe características distintivas. A continuación, se analizan las principales formas de intervención de estos activistas prestando especial atención al modo en que el concepto de “usuario responsable” moldea en cada caso la forma en que se presentan, manifiestan, denuncian y expresan sus demandas, constituyéndose en eje organizador y transversal a su praxis política.

Las marchas

Actualmente, los usuarios organizan dos marchas anuales: la Marcha Mundial de la Marihuana (MMM) y la Marcha Nacional por el Cannabis (MNC). Las consignas que convocan a ambas marchas si bien similares, no son exactamente iguales. Concretamente, en la última edición de la MMM se demandó: 1. el inmediato fin de los allanamientos, detenciones y procesos penales a cultivadores de cannabis, 2. la regulación de los clubes sociales de cannabis para garantizar el acceso al cannabis y sus semillas, 3. el urgente cese de las detenciones y procesos penales a los usuarios por la simple tenencia de sustancias psicoactivas prohibidas, 4. la urgente reglamentación de la Ley de Cannabis Medicinal y la incorporación del cultivo solidario y colectivo, 5. la promoción estatal del uso industrial del cannabis no psicoactivo, 6. el urgente avance en la investigación de los usos medicinales e industriales del cannabis, 7. la implementación de una ley de atención pública, universal y gratuita de los problemas asociados al uso de sustancias psicoactivas 8.y, por supuesto, la urgente modificación de la ley de drogas. Mientras que, en la MNC —antigua Marcha Nacional de Autoconvocados— los manifestantes se movilizan, desde 2012, bajo una única consigna: “legalización y regulación del cannabis para todos sus usos”.[5]

En la Ciudad de Buenos Aires, la cita, en ambos casos, es en Plaza de Mayo y se marcha en dirección al Congreso de la Nación. En la MMM, antes de que comience la movilización propiamente dicha, se instalan puestos de las agrupaciones a lo largo de los senderos de la plaza. Allí, los activistas, bajo pancartas y banderas que los identifican, conversan con conocidos, fuman, reparten volantes e informan a quienes así lo solicitan. Mientras que, el resto de los presentes, en su mayoría hombres jóvenes, se reúne en pequeños grupos de lo más heterogéneos[6] a fumar marihuana y saborear la amplia oferta gastronómica. Entretanto, en el “sector feria”, artesanos y pequeños comerciantes venden prendas, pines y parafernalia con leyendas y dibujos vinculados al uso de marihuana. En otros sectores de la plaza, bandas en vivo —pequeñas, pero “comprometidas con la causa”— musicalizan la jornada. En la MNC, amén de que todo acontece en proporciones más pequeñas, acuden en su mayoría hombres y mujeres de clase media que se definen a sí mismos como activistas cannábicos. Con todo, salvando las distancias en lo que respecta a la antigüedad, capacidad de convocatoria y grado de compromiso de los manifestantes, ambas marchas se desarrollan de forma bastante similar.

 

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Marcha Mundial de la Marihuana (Fotografía cortesía de Revista THC)

A las cuatro de la tarde, tras una bandera que, actualmente, reza “Basta de presos por cultivar ¡Regulación del cannabis ya!” una columna de varias cuadras de largo comienza lentamente a movilizarse. Al frente, sosteniendo la bandera, se colocan los principales referentes de las redes de usuarios, agrupaciones cannábicas y usuarios medicinales. Son ellos quienes luego ilustrarán la primera plana de las revistas especializadas. En medio, pero bastante cercanos a la cabecera, miembros de las diferentes agrupaciones sostienen banderas de sus organizaciones y pancartas con frases como “Basta de intolerancia”, “Educación para un consumo responsable”, “Sí al autocultivo”, “Yo cultivo lo que consumo”, “Cultiva tu derecho”, “Sí al autocultivo, no al narcotráfico”, “1 + que cultiva, es 1 – que compra”, “Por el uso medicinal”, “Democracia = libertad, quiero ser libre de elegir lo que consumo”, “Libertad a María”, “Mi mamá me dio libertad, la marihuana alas”, “Ni un preso más” y “No + 23737”. Dispersos en pequeños grupos a lo largo de varias cuadras, se distribuyen el resto de los manifestantes. Finalmente, cerrando la columna, se alcanzan a divisar banderas de los diferentes partidos y agrupaciones políticas que se suman al reclamo.[7]

Año tras año, a lo largo de las doce cuadras que separan la Casa Rosada del Congreso, se corean —entre danzas, malabares y batucadas— las mismas consignas —i.e., “Autocultivo, autocultivo”, “Libertad, libertad a los presos por plantar”, “Olé, olé, olé, olé las flores que cultivé”— y se entonan al ritmo de Sobreviviendo de Víctor Heredia las mismas estrofas,[8]

Quiero que legalicen la marihuana/ para fumarme un porro por la mañana/ Y que la policía no diga nada/ cuando vea mis plantas en la ventana// Oh, Marihuana/ Oh, Marihuana// Esta es la banda loca que lo cultiva, / ya no le compro a nadie, ya no me obligan/ Sin opresión hay fiesta y hay alegría, / hay libertad para nuestra maría// Oh, Marihuana/ Oh, Marihuana… (Notas de campo, 2012).

Además, acostumbran acompañar el lento y algo desordenado andar de la marcha, una densa nube de humo dulzón, porros gigantes, plantines, globos, calzas, buzos y remeras verdes, banderas, gorros, prendedores, disfraces y antifaces con hojas de marihuana. A medida que la columna se aleja de la Plaza de Mayo, no es poco frecuente que grupos de manifestantes se adelanten a la cabecera de la marcha. Para evitar que la bandera quede tapada la organización traza, desde hace algunos años, un perímetro de aproximadamente unos veinte metros cuadrados, que es custodiado por los usuarios y al que tienen acceso, amén de los organizadores, los fotógrafos, camarógrafos y periodistas acreditados.

Cuando la columna ingresa a la Plaza de los dos Congresos, un escenario —móvil en la MMM e improvisado en la MNC— se emplaza frente al edificio del Palacio para dar comienzo al acto. Por algunas horas, desfilan por ese escenario los principales referentes de las agrupaciones de usuarios.[9] Desde allí, explican las consignas, denuncian el accionar de los jueces y las fuerzas de seguridad, informan sobre los cultivadores presos, recuerdan a sus mártires y arengan a los manifestantes a cultivar y a sumarse a las agrupaciones. En cierta forma, puede decirse, parafraseando a un cronista, que buscan recordar a quienes están debajo que si se marcha con alegría, se marcha en serio porque,

… acá van los que fueron en cana, a los que chantajearon, a los que alguna vez acostaron en un patrullero, a los que juzgó alguien que no sabe juzgar en Estado de derecho. Y [porque] faltan muchos: los que todavía siguen presos […], los que enfrentan un proceso penal […] y los que reciben palos en los penales (THC, N° 39, 2011: 25).

Al caer la noche, habiendo culminado el último de los oradores, se da por concluido el acto. Muchos emprenden el retorno a sus hogares; otros, en cambio, quedan algunas horas más en la calle, bailando y escuchando a las bandas que musicalizan el fin de la jornada en escenarios improvisados en diferentes puntos de la plaza.

Sin lugar a duda, el carácter festivo —entendido, aquí, como una forma de hacerse presente, de ocupar el espacio con bailes, colores, disfraces y cantos—, si bien en cada país adquiere características y sentidos locales, es un rasgo común de las marchas de la marihuana a lo largo y ancho del mundo. En Buenos Aires, la risa, la alegría, la música, el color, el baile, los alimentos, los disfraces, no dejan de atraer la atención de quienes circulan por la zona céntrica de la ciudad portuaria. Es más, no es poco frecuente que, al paso de la columna, atraídos por el aroma y los cantos, vecinos, turistas y trabajadores se asomen a los balcones de la centenaria avenida, sonrían, alienten y hagan gestos que aluden al consumo de marihuana. De ahí que, lo festivo no solo es alentado por los organizadores durante la marcha, sino también, abiertamente estimulado en las convocatorias a sumarse al reclamo,

Los invitamos a participar de la MMM con banderas, disfraces, música, y las formas de expresiones que se les ocurra. Es importante que la sociedad vea que se trata de una movida positiva y realizada en un marco festivo. Normalicemos el cannabis, y apartémoslo de la idea de delincuencia. Para animarlos a darle color a esta fiesta, X [growshop] estará repartiendo premios a los disfraces y banderas más originales. Invitamos especialmente a artistas, aficionados, y profesionales, a que vengan con sus instrumentos, sus obras, sus números, para ayudarnos a expresar con alegría y paz nuestro reclamo, en una onda natural y acústica… (Blog agrupación cannábica, 2009).

En este sentido, las marchas tienen algo de fiesta popular, es decir, de suspensión temporaria de las reglas —i.e., lo prohibido se hace a plena luz del día—, de rito festivo de inversión de lo cotidiano (Da Matta, 1980), en donde perseguidos, criminalizados y estigmatizados ocupan el centro de la escena y el uso de drogas es apartado de su habitual asociación con la enfermedad, la delincuencia y el narcotráfico.

Sin embargo, si las marchas qua rituales, por vía de lo festivoi.e., apelando a valores positivos como la alegría y la paz—, invierten lo cotidiano corriendo al consumo de la esfera de lo marginal, anormal y delictivo para impugnar la estigmatización, persecución policial y criminalización de los usuarios; al mismo tiempo, operan, por un lado, demarcando, por medio de una serie de contrastes —adentro/afuera, adelante/atrás, arriba/abajo, escuchan/ hablan—, fronteras entre políticos, manifestantes y usuarios que refuerzan la posición de estos últimos como oficiantes del ritual y —en tanto “usuarios responsables”— como la cara visible del reclamo. Y, por el otro, encauzando lo festivo dentro de ciertos límites pues de no hacerlo las marchas podrían asociarse con el desenfreno, el descontrol y el hedonismo haciendo olvidar que no se trata de un “recital gratuito”; sino, antes bien, de un reclamo organizado por “usuarios responsables” por los derechos de los consumidores de sustancias ilegales.

Es en esta clave que entiendo debe leerse la decisión, en 2010, de realizar actos de cierre para “darle contenido a la marcha” y, en particular, las alusiones al concepto de “usuario responsable” que los oradores dejan deslizar en su paso por el escenario para comunicar al público susceptible de apropiar su reclamo que los presentes no son enfermos ni delincuentes; sino, “gente normal, gente común”, que ve sus derechos vulnerados,

Acá esta plaza está colmada de gente, está colmada de estudiantes, de trabajadores, de amas de casa, de familiares, pero no hay ni un solo delincuente. Porque los que consumimos marihuana no somos delincuentes (Activista cannábico MMM, 2010).

La actual ley nos criminaliza, nos judicializa y nos discrimina viendo, así, como se pisotean nuestros derechos. Somos madres, padres, trabajadores, hermanos amigos con un mismo derecho a elegir responsablemente lo que consumimos (Activista cannábica MMM, 2012).

Pero, sobre todo, el esfuerzo que hacen estos activistas por materializar el concepto de “usuario responsable” se manifiesta en el mantenimiento del orden, conservando limpio el espacio público, respetando los semáforos, evitando el consumo de alcohol y logrando convocar, contar con la participación y resaltar la presencia de personas conocidas y respetadas, “familias enteras”, estudiantes, personas mayores y “no consumidores”.

Este trabajo simbólico, realizado en y a través de recursos verbales y no verbales, lejos de ser algo espontáneo e improvisado, supone una intervención creativa que se remonta a reflexiones y prácticas de largo aliento que pueden ser rastreadas hasta la organización de las primeras marchas de la marihuana, cuando estas no eran sino pequeñas concentraciones en el Planetario de la Ciudad de Buenos Aires,

Yo elegiría [como horario para la convocatoria a la MMM] once de la mañana, sino van a decir “Estos se levantaron de la siesta”. Tiene que ser un horario agresivo. Somos fumetas, pero nos levantamos temprano, ¡y un sábado! (Activista cannábico Cannabiscafe, 2007).

En el Planetario [en 2008], cuando lo conocí a Diego [uno de los directores de la revista THC], estaba desesperado pelándose con los que vendían birra [cerveza]. Y ese día le dije “Dejá, dejá, dejá que lo voy a charlar yo”. Y les quemé la cabeza a los chabones y, por lo menos, hice que se alejaran un poco. Siempre fue un problema la venta de alcohol en la marcha (Entrevista a activista cannábico, 2012).

Actualmente, estas preocupaciones han devenido normas tácitas de comportamiento que los usuarios esperan gobiernen el desarrollo del reclamo. Es más, las estrategias que despliegan para que sean efectivamente respetadas son objeto de discusión y planificación en las reuniones de las agrupaciones previas a las marchas. En este sentido, se proponen posibles oradores y conductores de la marcha para que la lleven en forma ordenada así como se intenta coordinar la musicalización a cargo de las murgas y bandas que la acompañan. Del mismo modo, se designan encargados de “dar televisión y radio” responsables de identificar a los “noteros” y “evitar que los periodistas hablen con los borrachines y limados”, se recuerda invitar a “padres, hermanos, tíos, abuelos” que resalten el carácter “familiar del evento”, se imaginan formas de “dar color a la marcha” —i.e., vistiendo prendas verdes o llevando plantines— y posibles soluciones al “tema del alcohol” que se consume y vende en la marcha.

De esta manera, lo festivo es alentado tanto como cuidadosamente encauzado. Puesto que se trata de, poner en foco, por vía de lo festivo, al consumo y a los consumidores de drogas ilegales para descolocarlos de la esfera de lo delictivo y, al mismo tiempo, imprimirle un carácter “responsable” a la marcha y a los propios manifestantes —encauzando lo festivo y poniendo en foco algunos actores, acciones, gestos, actitudes y pasando otros a segundo plano—. Este doble proceso de alentar y encauzar lo festivo, no solo sirve a los fines manifiestos de la MMM y MNC (demandar por una modificación en la legislación y en las modalidades de atención y tratamiento); sino también a la principal función simbólica que estas movilizaciones tienen para quienes las organizan. Esto es, dar encarnadura al concepto de “usuario responsable” y, así, reforzar su posición y legitimidad en tanto usuarios.

Sin embargo, y pese al tiempo y esfuerzo dedicados, no siempre todo resulta como es esperado. En este sentido, los entrevistados acuerdan en que si bien “las cosas fluyen casi con naturalidad en la MNC”, donde sino todos al menos gran parte de los manifestantes sabe por qué marcha, no toma alcohol y deja limpia la calle; no ocurre lo mismo en la MMM. En la marcha mundial, rebautizada el “San Patricio del faso”, “…hay muchos que van porque ‘Eh, es el día de la chala, vamo’ a ponernos re locos y a tomar unos vinos’ y, quizás, están ahí y ni siquiera escuchan lo que están hablando…”; “van porque es una fiesta. Hay para fumar, hay colorido. Es gente que por ahí no está al tanto, no conoce ni autocultiva”.[10] De modo que, los activistas encuentran allí redoblado su trabajo. A lo largo del reclamo se los puede oír deslizando recomendaciones —“Chicos, no tiren basura. Mantengamos limpio el espacio”—, haciendo descender a jóvenes de los andamios de un edificio en reparación o urgiéndolos a respetar el andar de la columna y el vallado; pero también disculpándose públicamente por ciertas deficiencias en la organización de la marcha —i.e., falta de baños químicos, sonido y escenario apropiados— resultado, como se encargan de recordar año tras año, de la negativa del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires a autorizar el reclamo.

Este trabajo simbólico, empero, no concluye una vez finalizada la marcha. En los meses que siguen a las movilizaciones se puede leer a estos mismos activistas en las crónicas de revistas especializadas resaltando lo masivo de la convocatoria y también reforzando, mediante fotos, testimonios y relatos, la presencia de familias, trabajadores, estudiantes y profesionales; y, por metonimia, el carácter “responsable” del acto y de los manifestantes (THC, N° 27, 2010; Haze, N° 15, 2012). El objetivo de tamaño empeño —dicen— es claro,

Queremos que nos escuchen, no que digan: “Esos drogadictos están rompiendo todo”. La idea es ir cartelito, pasacalle, pero tranca, sin bardo. Si te entrevistan, decir: “Yo laburo y estudio, no soy un delincuente”. Las leyes me convierten en delincuente por consumir y eso tiene que cambiar porque no lo somos… (Entrevista a activista cannábico, 2010).

Las concentraciones

A diferencia de las marchas, las concentraciones pueden desarrollarse en lugares tan disímiles como una comisaría, el domicilio de un cultivador que está siendo allanado, una embajada, un juzgado, el Ministerio de Seguridad o un comercio clausurado. Si bien se han dado, principalmente, en la Ciudad de Buenos Aires y su conurbano, pequeñas localidades alejadas de los grandes centros urbanos —aunque conocidas entre los activistas por el cultivo de cannabis— también han sido protagonistas de estos actos de protesta. A grandes rasgos, la actividad consiste en hacerse presente en el lugar donde se encuentra el cultivador o usuario que está siendo detenido, allanado o juzgado para —al mismo tiempo que se denuncian e impugnan estas prácticas policiales y judiciales— acompañarlo, brindarle ayuda y respaldo. De modo que, antes que una actividad programada suele tratarse de una respuesta rápida frente a una demanda inmediata, “hay que llegar como sea, lo más rápido que se pueda”. De cualquier forma, este no siempre es el caso. Eventualmente, cuando el cultivador o usuario detenido reside en el extranjero, se trata de una declaración indagatoria o una audiencia judicial previamente pautada, otros son los tiempos y los activistas pueden organizase, escoger horario y punto de encuentro, pintar carteles, llevar un escrito o diseñar volantes.

Hasta hace unos años, enterarse de estas “movidas” no era nada sencillo. La convocatoria se realizaba a través de llamados telefónicos y mensajes de texto personalizados entre redes de activistas conocidos. Actualmente, con la reciente expansión del uso de redes sociales e internet móvil en telefonía celular, la posibilidad de acceder a esta clase información y la velocidad con la que se transmite se han acrecentado. Los mensajes son posteados (subidos a la red) en los “muros” de las agrupaciones y se dirigen a socios, conocidos y “amigos”,

Una vez más, otro compañero allanado y víctima de la 23737. Se trata de Raúl Álvarez y se encuentra detenido en: Comisaría X de [Localidad del conurbano bonaerense]. [Dirección]. [Teléfono]. Tenía 6 plantas y aparentemente fue denunciado por un vecino. Los que puedan acercarse o llamar a la comisaría le estarán dando una pequeña mano (Facebook, 2014).

No obstante, la época del año en que tienen lugar la mayoría de los allanamientos (verano), los horarios, las locaciones muchas veces alejadas del centro de la ciudad y, sobre todo, lo imprevisto de la situación conspiran contra la masividad de la convocatoria. Así y todo, han llegado a hacerse presentes más de centenar y medio de personas.

La primera de estas concentraciones tuvo lugar, en 2011, frente al domicilio de Esteban, un conocido cultivador y activista cannábico cuyo caso relatamos en la Primera parte. La policía bonaerense allanó la casa de Esteban una tarde de otoño. En aquella oportunidad, la participación del activismo fue escasa. No obstante, Esteban sintió el respaldo de vecinos, amigos, miembros del equipo de trabajo de la revista THC y unos pocos cultivadores que se hicieron presentes frente a la puerta de su casa,

Mis vecinos estaban todos agrupados, querían entrar a mi departamento. Mi vecina que me gritaba “¡¡¡Estebaaaan!!! ¡¿Querés que le avise a alguien?!”. Y mi vecino, el portero, el viejo de al lado, los viejos, llorando en la puerta del departamento. Se juntó un montón de gente. Todos llorando, los viejos, era una cosa, parecía que me condenaban a muerte y bueno esa cosa también a los policías los re sacudió. Porque más allá de que a mí no se me juntaron muchos cultivetas, se juntó toda la gente del barrio a llorar. Porque ni siquiera a decir nada. Es más, dos de mis vecinos se negaron a ser testigos porque decían que ellos no iban a jugarme en contra a mí en nada. Se negaron y les sacaron el documento, tuvieron problemas con la policía… (Entrevista a activista cannábico, 2012).

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Allanamiento y detención de Esteban (Fotografía cortesía de Revista THC)

En los días que siguieron, la convocatoria se extendió a través de los foros y redes sociales. Allí, se convocaba a “hacer el aguante”, esto es, a “hacerse presentes” poniendo el cuerpo para hacer sentir apoyo “efectivo y afectivo” al detenido; pero también para denunciar la “violación de derechos” y, en el proceso, demostrar fuerza y capacidad de movilización del activismo.[11] Desde entonces, esta forma de manifestar solidaridad y expresar compromiso con la causa, se ha incorporado al repertorio de protesta de los usuarios y se actúa recorriendo extensas distancias, soportando condiciones climáticas desfavorables, reprogramando obligaciones y alterando quehaceres cotidianos sin previo aviso, simplemente, para “estar ahí”, alcanzar cigarrillos, comida, una revista o una carta.

Pero “hacer al aguante” es, además, para los usuarios una forma de poner en foco los lazos sociales del detenido y dejar asentado mediante registros fotográficos y audiovisuales —insumos que luego puede ser de utilidad en los tribunales— que no es un “adicto” ni un “delincuente”; sino que, se trata de una persona con familia, amigos, vecinos, compañeros de estudio y trabajo. En otras palabras, las concentraciones han devenido una nueva ocasión para afirmar que los detenidos —y los manifestantes— son “gente normal, gente común”, “usuarios responsables”. En este sentido, al igual que ocurre en la MMM y en la MNC, una serie de normas tácitas gobiernan el reclamo: se mantiene limpio el espacio público y no se corta la calle para dejar fluir normalmente el tránsito. Pero, si en las marchas esta es la forma por excelencia de dar encarnadura al concepto de “usuario responsable”, en las concentraciones atravesadas por la lógica del aguante —que, siguiendo a Pita (2010), lleva ínsita la resistencia frente a un otro (en este caso policía)— es, principalmente, a través de la construcción de identidades contrastativas que este concepto se materializa.

Allanamiento al growshop de Fernando

Eran aproximadamente las nueve de la noche, ya habían transcurrido casi cinco horas de iniciado el procedimiento y el centenar y medio de activistas, amigos y familiares que se había concentrado frente al growshop continuaba exigiendo a los tres agentes de la Policía Metropolitana (PM), que impedían el ingreso al local, que se identifiquen. Julio, el padre de Fernando, vuelve a preguntar “¿Quién está al frente del operativo?”. “La Policía Metropolitana”. “¡No quieren dar los nombres de los responsables!”. Una abogada dirigiéndose a uno de los agentes, “¿Cómo se llama el señor? ¿Cómo te llamás?”. “¿Para qué quiere saber señorita?”. “Porque tenés la obligación, sos de una fuerza policial”. “¿Usted tiene identificación?”, le retruca el policía. “Guadalupe Fernández. DNI…”. “¡Una identificación!”. “Sí, ¿cuál matrícula querés? ¿Provincial, Federal…?”. “La que quiera”. “¡Yo no tengo la obligación de tener la chapa acá como vos que no la tenés!”. Mientras tanto, Julio les sigue solicitando que se identifiquen y se dispone a ingresar al local. Los agentes de la PM no lo permiten y lo empujan suavemente hacia atrás. El ambiente se tensa, “No lo toquen al señor porque esto va a terminar mal”, advierte la abogada. Otros activistas exclaman, “¿Va a empujar a un hombre mayor?”, “El señor es el padre”. Julio repite señalando el chaleco amarillo fluorescente de la PM “¿Dónde está su identificación? Porque esto es un disfraz lo que tienen ustedes. Pónganse un DNI ahí. Identifíquense. Están sin ningún tipo de nada”. Se va acrecentando la intensidad de los empujones. Varios activistas gritan a la vez, “No se toca al señor”, “Es un señor mayor, bajale el tono, es un señor mayor”, “Si al señor le pasa algo, los responsables son todos ustedes”. Julio intenta ingresar nuevamente, el agente de la PM lo empuja con fuerza, “No puede ingresar”. Julio trastabilla, los usuarios parados detrás lo atajan. Entre gritos y empujones, “¿Dónde está la identificación de ustedes?”, “¡Está el hijo ahí adentro!”, “Donde están los rochos [revés de chorros (ladrones)] de pie no la van, ¿no?”. “Parecen grupo de tareas loco, un grupo de tarea son sin identificación. Los grupos de tareas no se identificaban”. Policías y manifestantes continúan empujándose todo indica que van a irse a las manos. Algunos de los agentes que estaban dentro del local se asoman para respaldar a los tres oficiales parados en la puerta, el cerco de policías que rodea a los manifestantes se ciñe. Un activista grita, “No, no, no, ¡Tranquilos! ¡Tranquilos!”. Se escucha entre el montón, “¡No armen quilombo!”, “¡Paren!, por favor”. Tres jóvenes activistas hacen de valla de contención entre el resto de los manifestantes y los agentes de la PM. La situación vuelve a calmarse.

Un usuario, con voz serena pero fuerte, le dice a un agente: “Vos tenés que tener un número de chapa, tenés que tener un nombre, ¡tenés que tener algo!”. “Si fueran asesinos, chorros, ahí te tenés que ocupar vos. No acá, de la gente decente que no le hace nada a nadie”, lo regaña una activista cuyo domicilio sería semanas después allanado. Y agrega, “Empujar a un hombre mayor es una vergüenza, es una vergüenza de parte de la policía y es una vergüenza por parte de ser ser humano”. Un activista la corrige, “Pero no son policías, no vez que no se identifican”. “Pero ahí dice ‘Policía Metropolitana’”. “Pero eso no sirve de nada”. “Grupo de tareas son, la vergüenza de esta Argentina, loco”. “Sí, la verdad, no podés empujar a un hombre mayor. Ese atrevimiento”. “Pero si no deben tener familia, no pueden pensar en los demás”. “¿Por qué no van a trabajar en serio?”. “¿No pueden ser tus padres? ¿No pueden ser una persona cualquiera?”. “Se ríe, se ríe. ¡De zapatillas, el boludo!”. “Sinvergüenza. Con ese uniforme de juguete parecen RoboCop”. “Ese hombre mayor tiene derecho a saber cómo está su hijo, ¿o no?”. “No te va a contestar”. “Es increíble la payasada que están haciendo”.

Un joven usuario, que suele filmar en concentraciones y marchas, les advierte “¡Está todo filmadito, eh!”. Guadalupe, la abogada, se dirige hacia la esquina más cercana e indica a otro de los jóvenes que oficia de camarógrafo, “Empezá a filmar a todos los que están encubiertos ¡Un montón de policías encubiertos, manga de criminales!”. Entretanto, frente a la puerta del local los activistas continúan, “No deben tener familia. Seguramente, no deben tener familia. Porque no saben lo que le hacen a estos chicos que no están haciendo nada, que no son chorros, que no son asesinos”. “Vayan a laburar que les pagamos el sueldo nosotros para que estén laburando”. “No te identificás ¿Cómo es tu nombre? ¿Cuál es tu nombre? ¿Qué me mirás así? ¿Qué porque tenés una chapa me mirás así? Es una vergüenza, loco. Dame tu nombre ¿Qué sos del grupo de tareas vos?”. “No tiene huevos”. “No tienen corazón”. “¿Ni siquiera tenés huevos para decir tu nombre y me mirás así? ¿Qué te pensás?, ¿que me das miedo?, ¡gil! Gil, ¡¿te pensás que me das miedo?!”. “Sí, se piensa que da miedo”. “Poné tu chapa, porque sos policía, poné la chapa. ¡No traigas los setenta a la calle, loco! Poné tu nombre, sucio. ¡Rati te tuviste que hacer! Porque no tenés huevos para otra cosa. Porque sin chapa sos un maricón ¡Metropolitana sucia!”. Se suceden varios gritos de los manifestantes, “¡Sos un ladrón!”, “¡Chorro!”, “¿Quién sos? ¿De qué te reís, porque tenés un fierro [arma]?”, “Grupo de tareas. Por qué no sacan la chapa”, “¡Ilegales!”, “¡Manga de sucios! ¡Basura de la sociedad!”. Todos los presentes, “¡Identifíquense! ¡Identifíquense!…”. Dos activistas increpan a los agentes, “Saben muy bien que así no se hace el laburo, ¡así no se hace! Si la gente te dice ‘identifíquese’, tienen que identificarse”. “Es también tu obligación como ciudadano, como tenemos todos. Vos me pedías documento y yo te lo tengo que mostrar”. “No hagan mal las cosas, porque la gente se enoja y los quiere agredir. Ustedes son un servicio a la sociedad. No tenés que poner cara de malo con esa carita pedorra”. “Esta es la policía tuya Macri”, “Esta es la policía que transa”, “Cagón. Rati sucio”. El resto de los manifestantes continúa exigiendo a viva voz que se identifiquen.

Julio interpela nuevamente a los policías apostados en la puerta “¿Quién está a cargo?”. Los gritos se van lentamente acallando. La madre de Fernando, Susana, susurra unas palabras al oído de un agente que pregunta, “¿Qué quiere saber señora?”. Julio responde acaloradamente, “Somos de la familia pelotudo, cómo ¿qué queremos saber?”. Susana y el agente intercambian unas palabras, “¿Puedo pasar?”. “No, no se puede pasar”. “¿Por qué?”. “Porque es una orden de la fiscalía, no puede pasar nadie”. Una activista explica, “Quiere saber quiénes son y qué pasa ahora”. El agente responde, “Se termina el acta de secuestro, se firma y se la manda para el juzgado. Hay que esperar, nada más”. La abogada insiste “¿Quién es el jefe del operativo?”. “Jueza1 [Juez que instruye la causa]”, responde Susana. “¡Pero qué Jueza1 ni Jueza1! Jueza1 está durmiendo y el juzgado está cerrado ¿Quién es el jefe del operativo?”, no se cansa de preguntar la abogada. Una activista se dirige a uno de los agentes que, hasta el momento, no había abierto la boca “¿Podés hablar? ¿Emitir un sonido? ¿Podés explicar algo?”. Silencio. Otro activista contesta, “No saben ni lo que hacen acá, ¿qué van a explicar? Ni saben lo que hacen acá”. “No saben ni quiénes son”. “En seis meses el logi [gil (tonto)] sale con un arma a la calle, no tienen ni chapa”. “Hagan un operativo contra los CD a ver si son tan poronga [miembro viril masculino, pene. También persona más importante o con más autoridad en un lugar, “¿Quién es el poronga acá?”], ¿por qué no van a juntar CD truchos tan poronga que son?”. Uno de los activistas filma la patente de los patrulleros; mientras, otro les advierte, “Todos quedan escrachados por maltrato a una persona mayor ¿Dónde se vio eso? ¿Qué querés, pegarle a una madre con su hijo, también? ¿No lo ibas a hacer como lo empujaste a ese hombre? ¿No tenés padre?”.

Minutos más tarde, desembarca en escena la brigada antimotines destinada a “contener” al puñado de 150 manifestantes. “Ahí vienen más de los tuyos, más amiguitos de los tuyos que no se pueden identificar”. “Son todos de juguete”. “Si son seguridad privada, son seguridad privada. ¡Los de seguridad privada tiene más pija que ustedes!”. Todos exclaman, “¡Al subte! ¡Al subte! ¡Al subte!”. Aplausos. “Si un día tengo pibes, voy a agradecer que pusieron a un alto, ¡un alto narcotraficante de pipas!”. Risas y aplausos. “Gracias por el servicio a la humanidad, de corazón te lo digo”. “Vayan a agarrar los que roban casas, a los ladrones”. “¡El mundo es mejor por ustedes! ¡El mundo es mejor! ¡El mundo es mejor, chicos! Díganme cuánto disminuyó el porcentaje de la venta de pipas de parsec”. Risas. “No lo puedo creer. Me enteré hace un rato por la radio que están choreando por el barrio y estos acá”. “Claro, ¡por lo menos que vayan a pedir una pizza y podemos comer todos!”. Más risas y aplausos. Faltan solo unos minutos para que Fernando salga por la puerta y reciba emocionado a los manifestantes. […]

Horas después, Fernando expresaba su agradecimiento por las redes sociales, “Queridos amigos: quería agradecerles de corazón todo el apoyo, el aguante y la emoción que me hicieron sentir ayer a la noche. La verdad que es un orgullo enorme ser parte de esta gran familia cannábica que crece día a día, como la hierba al sol […]. Alto quilombo se armó, pero pacífico, era la mejor y más ácida hinchada del mundo. Cuando salí no lo podía creer, fue una emoción indescriptible verlos a todos ahí haciendo el aguante. Los amo, son lo más! Quería agradecer a todos por la rápida organización que hubo, a las dos revis de la cultura como a mis colegas de los demás growshops, organizaciones cannábicas, amigos, familiares, vecinos y a todos los que difundieron la noticia o se preocuparon, verlos a todos ahí fue increíble, sigo muy emocionado. ¡Gracias!” (Notas allanamiento a growshop, 2012).

Así, como se desprende del fragmento de notas de campo arriba citado, durante las concentraciones, mientras que la persona que está siendo detenida y/o allanada siente y cuenta con el apoyo —y se remarca la presencia— de familiares, amigos, vecinos, activistas y colegas, se define a los agentes policiales que participan del operativo —y por metonimia a la institución— como personas sin familia, que no hacen bien su trabajo. Todo ello, cuando no se les achaca el empleo de metodologías desplegadas por las fuerzas de seguridad durante la última dictadura militar o se los vincula directamente a actividades ilegales. Así, en tanto policías son considerados la “vergüenza de la Argentina”, pero también se los califica como una vergüenza de seres humanos capaces de maltratar a personas mayores y a mujeres con sus hijos en brazos. Pero además, esta actitud confrontativa es, en ocasiones, acompañada de advertencias e insultos y frases que ponen en duda la hombría de los agentes policiales,[12] cuando no adquiere la forma de burlas dirigidas a prácticas habituales, uniformes así como al tipo y calidad del trabajo realizado.

De este modo, al denunciar rutinas y prácticas policiales, denostar y ridiculizar a los policías y su trabajo, e impugnar las detenciones y allanamientos a usuarios y cultivadores de cannabis, se señalan e invierten jerarquías. En otras palabras, se neutraliza imaginariamente —y no tanto—[13] el poder de la institución policial al mismo tiempo que se refuerza la autoridad de los usuarios como activistas, pero también su carácter de personas “normales” y sus cualidades como seres humanos. Después de todo, como vimos, la presencia de familiares, amigos, vecinos, activistas y colegas, además de brindar apoyo, contención y respaldo, no es sino la forma en que estos activistas ponen en acto los lazos sociales tanto del detenido como de los manifestantes para afirmar que no son asesinos, ladrones ni narcos. Es más, “no le hacen daño a nadie”. Al contrario, son “usuarios responsables” que tienen familia, amistades, empleo y le pagan el salario a quienes, en definitiva, no cumplen con sus obligaciones ni hacen bien su trabajo. Un reproche que, por otra parte, se hace extensivo a los operadores judiciales, sean jueces, peritos, defensores o fiscales.

Más aún, las concentraciones son para estos activistas una forma de poner en acto que ellos, los usuarios, son los que “no tienen miedo”, quienes tienen aguante y no necesitan de un disfraz, una chapa o un fierro para bancársela, porque tienen familia, corazón, sentimientos, tienen “experiencia” y “saben” los costos sociales que los procedimientos judiciales tienen para el acusado. Es decir, no son RoboCop, esa máquina pertrechada de armas y recubierta en plástico —como un juguete— que solo responde a órdenes y lucha para mantener lo poco y nada que hay en él de ser humano. Así, parafraseando a Pita, el trabajo simbólico opera “en dos sentidos, por un lado con afrenta y destitución simbólica de estatus y autoridad por la vía de la humillación y, por el otro, con la exhibición de valores […] [en este caso, asociados a la “responsabilidad” y la “falta de miedo”] que legitiman a los […] [usuarios, detenidos, allanados y manifestantes] y su protesta, presentando de este modo un juego de construcción de identidades contrastativas, un ellos y un nosotros que expresa pura alteridad y una distancia irreductible” (2010: 153).

De este modo, aquello que comenzó como una manifestación no planificada de solidaridad con un detenido y compromiso con la causa, devino, con el tiempo, en verdaderos rituales que, al igual que las marchas, refuerzan la legitimidad e identidad de sus oficiantes; pero, a diferencia de estas, lo hacen por vía de la humillación e impugnación del poder policial. Esto es, expresándola en términos de una confrontación entre agentes policiales y “usuarios responsables” que, cuando “hay buena predisposición” adquiere un carácter más “pacífico” y cuando “vienen con los tapones de punta” “les hacemos bolonqui [quilombo, lío, barullo]”; pero que nunca olvida que su prioridad es “hacer presión para conseguir la liberación del detenido”. Ahora bien, si la construcción de estas identidades contrastivas adquiere su máxima expresión allí donde el enfrentamiento con ese “otro” se da cara a cara (Pita, 2010); ciertamente, esta clase de trabajo simbólico no es ajeno a notas periodísticas[14] y discursos durante la MMM. Es más, el concepto de “usuarios responsable” cuando el expediente se torna en “campo de batalla” sigue jugando un papel central; siempre pronto, como señala Esteban, a hacerse nuevamente carne,

Una de las opciones en mi juicio van a tratar, si se lleva adelante, la opción de presentar testigos y de ser así van a llenar el juzgado de testigos. Llevar treinta, cincuenta personas y que se caguen laburando. Hay un montón de personas que me conocen y que digan lo mismo: que curaba, que cultivaba y ya fue. Es más o menos algo así el juicio y llenarlo… y visibilizar (Entrevista activista cannábico, 2012).

Así, la presencia en la sala se configura en el imaginario de los usuarios como estrategia de defensa, apoyo al usuario o cultivador procesado y demostración de poder del activismo; pero también como posible futuro espacio de confrontación —sea en calidad de testigos de concepto o, al menos, como público que ocupando una sala gana un espacio— con esos “otros” fiscales, jueces, secretarios, peritos a los que se les paga un sueldo y no hacen bien su trabajo, entre otras cosas, porque “firman órdenes de allanamiento a perejiles que no hacen nada”, “pesan la planta con maceta” y “dicen que saben diferenciar semillas hembra y macho”.

Acciones de concientización

Como ya hemos señalado al comienzo del capítulo, los usuarios organizan —además de, marchas y concentraciones— mesas informativas, charlas abiertas y volanteadas en plazas, fiestas, recitales y ferias barriales. Estas actividades están orientadas a sensibilizar, informar y concientizar a la sociedad sobre los aspectos legales y costos sociales de la prohibición, sus demandas, los proyectos de ley presentados, las propiedades medicinales e industriales del cannabis, el uso de sustancias psicoactivas y los beneficios del autocultivo. La falta de información aparece en el discurso de los usuarios como la principal causa de estigmatización de los consumidores, por lo que estas actividades son una parte central del trabajo de las agrupaciones. Además, el objetivo de estas y otras acciones colectivas —como la limpieza de la playa en una ciudad costera emprendida por una agrupación cannábica “para que nos conozcan y se den cuenta que no somos delincuentes”— es otorgar mayor visibilidad a los usuarios y contribuir a “normalizar” el uso “responsable”. De modo que, al igual que en marchas y concentraciones, la utilización del espacio público respetuosa del “otro” transeúnte, paseante, público o feriante (no ensuciar el espacio público, permitir la circulación de personas y automóviles, no fumar frente a menores) es, una vez más, un elemento clave.

Recientemente, el desarrollo de estas actividades se ha complementado con esporádicas intervenciones en programas televisivos y en diversas emisiones radiales que se han acrecentado conforme avanzó el debate por la despenalización del uso medicinal del cannabis en la Cámara de Diputados y el Senado. Sin embargo, los usuarios han encontrado —y, en gran medida, aún encuentran— serias dificultades para hacerse escuchar en los medios de comunicación así como en “mesas políticas” y ámbitos universitarios. Mismo, las contadas veces que han sido invitados a participar de programas televisivos y eventos académicos de larga tradición en el campo de estudio de esta problemática, en más de una ocasión han sido maltratados, descalificados y/o se les ha otorgado un lugar (por ellos) no deseado,

Laura: Las cachetadas que recibís cuando como usuario cuando te sentás en una mesa política, en cualquier lado. Ella te puede decir las cosas que me pasan. Cuánto te maltratan.

Guadalupe: O la descalificación por el mero de hecho de ser usuario. Tu palabra no vale ni tres cuartos de lo que vale la palabra de cualquier otro. Y menos si ese cualquier otro tiene título de algo.

L: Y así vos los tengas a los títulos, tampoco…

G: Pero eso ya no importa. Ser usuario te define para el resto de cosas.

L: Dentro de las personas viviendo con VIH nos pasaba lo mismo. Es decir, cuando en las mesas de disertación empezás a participar en los congresos y empezamos a estar en ese tema. O, por ejemplo, como me pasó a mí como miembro de las redes ir a la CLAT [Conferencia Latinoamericana de Reducción de Daños] a Francia. Es decir, mis presentaciones en los libros de la CLAT aparecen como Laura González, “usuaria de drogas”. Ni siquiera “referente nacional” o “miembro de” o “técnica”, nada. Después, tal vez, la persona que está organizando el evento en ese momento te pregunta “¿Cómo querés ser presentado?”. Pero como quedó plasmado, digamos en el libro, queda. Es decir, es “el usuario” o “la persona viviendo con VIH”. “Yo soy Laura González de PVVS”. ¡Yo soy un montón de otras cosas además de ser persona viviendo con VIH! Es decir, tengo VIH pero no voy a decir, “Hola, qué tal, diabética” […] Yo nunca hablé, hice una disertación como usuaria. Sí, como usuaria; pero no, como “Porque yo en mi vida consumí drogas…”. Nunca dejé fuéramos el chanchito de indias. Eso fuimos ejemplo hasta en Europa. Porque pasa en todos lados, no es solo acá. Allá hay un movimiento muy fuerte de reducción de daños y de usuarios, pero ellos no tuvieron presentaciones en las disertaciones a nivel internacional. No los ponen a disertar a los usuarios. Es decir, el que presenta todo lo que se hizo, el programa lo presenta algún funcionario o el presidente de la organización, no el usuario que fue el que lo ejecutó. No le dan la palabra al usuario y si se la dan es para esto, para victimizarte (Entrevista a ref. red de usuarios y a abogada, 2011).

Es decir, en estos escenarios, suelen trazarse fronteras entre los expositores que no solo se traducen en formas de tratamiento y presentación diferenciales; sino también, en desiguales posibilidades de hacer uso de la palabra y los tipos de performance solicitados/esperados de acuerdo con la procedencia de cada disertante. Mientras que los funcionarios, legisladores, operadores judiciales, profesionales de la salud, etc. son considerados “expertos” a quienes se debe consultar; ellos, los usuarios, (si es que, y cuando se los convoca) son —en su versión más burda— ridiculizados, (des)calificados de porreros, drogadictos, acusados de hacer apología y de narcos o bien —en el mejor de los casos—, retratados como víctimas, excepciones o, valga la redundancia, meros casos de políticas que han dado resultado.[15]

De ahí que, los activistas intenten controlar las condiciones, planificar, inducir y utilizar estratégicamente su aparición en los medios de comunicación durante las marchas. No obstante, las preguntas, comentarios, informes, ediciones e interrupciones malintencionadas son reiteradas y habituales. De hecho, estos activistas entienden que, aún en ámbitos favorables a la despenalización y respetuosos de los derechos de los usuarios, cualquier traspié puede hacer que todo el conjunto de agrupaciones retroceda varios pasos,

El Colectivo Cannabis tuvo la oportunidad de hablar en las Primeras Jornadas [Nacionales sobre Políticas Públicas en Materia de Drogas] que se hicieron en el Colegio [Público] de Abogados [de la Capital Federal] con la voz del usuario.[16] Subió un muchacho que estaba muy nervioso. En definitiva, no salió bien. Y bueno, eso hizo que [la Asociación Civil] Intercambios después no invitara más [a la Conferencia Nacional sobre Políticas de Drogas] a usuarios por tres años.[17] Por suerte, este año que pasó no, el anterior, invitó a Laura pero como del INADI. Y este año volvió a estar Guada [la abogada] que está con la Red [RADAUD]. Entonces, con toda esa experiencia les vengo diciendo a mis compañeros, “Tengamos conciencia de que cualquier error puede ser difícil de revertir” (Entrevista activista cannábico, 2011).

De modo que, los usuarios, siendo extremadamente cautos y siguiendo la lógica de funcionamiento de estos escenarios —en donde los cargos, títulos y el conocimiento científico (aunque de forma muy diversa) son altamente valorados y, como vimos, quienes no los poseen son muchas veces desautorizados—, amén de presentarse como “gente normal” que tienen familia y trabajo, intentan mostrarse como personas que “saben”.

En concreto, se presentan como personas que “saben” sobre los efectos del consumo de drogas ilegales, las propiedades de la planta de cannabis, las técnicas de su cultivo y tienen la experiencia de ser quienes sufren los costos sociales de la prohibición en carne propia; pero también como personas que han dedicado tiempo a estudiar la problemática. Es decir, que no son ni “militantes de la droga” que “solamente les interesa tener la plantita en el balcón” y “fumar libremente por las calles”, así como tampoco son víctimas o casos excepcionales; sino, antes bien, “usuarios responsables” que, informada y libremente, eligen usar determinadas sustancias por motivos recreativos y/o medicinales y que además, en tanto tales, informan responsablemente a la sociedad sobre este tema del que poco se sabe. En este sentido, es frecuente que citen trabajos científicos, hagan mención a su formación, sus títulos y/o nombren a profesionales de la salud que comparten su perspectiva (en palabras de un activista, “No es, ‘Mirá, yo fumo, estoy acá, no me pasa nada, a lo Chango’.[18] Es ‘Mirá, el estudio de tal médico dice tal cosa, el estudio de tal lado dice otra. Tal cosa, pasa tal otra’”). En suma, para presentarse en estos escenarios como personas que saben, los usuarios realizan un trabajo simbólico a partir de los recursos de los que disponen para neutralizar las desautorizaciones y constituirse —aunque, no siempre con éxito— en interlocutores válidos, frente a públicos que, cuando no los estigmatizan, tienden a cosificarlos.

Con todo, en los últimos cinco años, la situación se ha ido modificando y los usuarios han comenzado a transitar y lograr una mayor presencia en círculos académicos y ámbitos universitarios, incluso oficiando como organizadores de diferentes jornadas de debate.[19] En estos eventos, se contó con la participación de activistas, legisladores, ministros de la corte, jueces, fiscales, especialistas, académicos, profesionales e invitados internacionales. Pero además, a los usuales paneles sobre los aspectos políticos y jurídicos de las políticas de drogas, se sumaron exposiciones que versaron sobre los clubes de cultivo, los aspectos medicinales del cannabis e industriales del cáñamo. Por un lado, esto ha contribuido a la especialización de las agrupaciones en diferentes áreas temáticas: jurídica, medicinal e industrial.[20] Por otro lado, y más importante aún, la organización de estos eventos ha utilizado el prestigio que confiere la presencia de determinados oradores, los propios espacios y, dentro de ellos, sus salones, púlpitos y escenarios —i.e., la dimensión ritual de los eventos (Da Matta, 1980)— para, apoyándose en referencias simbólicas consagradas, crear nuevas legitimidades. Esto es, para reforzar su lugar como activistas en ámbitos antes adversos así como para otorgar mayor legitimidad a sus demandas y a un saber —su saber— que, como vimos, suele ser en estos mismos espacios y por sus habituales moradores, usualmente, descalificado.

Ahora bien, se hayan especializado en temas medicinales, industriales o jurídicos, estas agrupaciones otorgan un lugar central al autocultivo. Ello así porque, esta práctica —explican— no solo puede defenderse teóricamente como una “herramienta de lucha contra el tráfico”; sino que, además, ofrece una propuesta concreta para que “los pibes no participen de la red de narcotráfico” ya que cualquiera que fuma puede acceder a una semilla, germinarla y plantarla. Por ello, mientras que las redes de usuarios realizan encuentros de capacitación y nivelación para “promotores reductores de daños” (reuniones destinadas a formar consejeros de usuarios de sustancias psicoactivas), las agrupaciones cannábicas, organizan talleres y cursos para usuarios y cultivadores de cannabis. En pocas palabras, transmiten una práctica que —amén de conocimientos sobre botánica, química, genética, técnicas de clonación, preparación de sustratos, fertilizantes, sistemas de iluminación, ventilación y riego— requiere trabajo, amor, dedicación, rutinas y responsabilidades diarias. Así, esta práctica no solo tiene como producto final una planta que permite al usuario salirse de las redes del tráfico; sino que además, regula su consumo y organiza su vida cotidiana. En definitiva, para decirlo en palabras de Veríssimo, se trata de una práctica que produce “un interesante proceso de domesticación de los sujetos que se dedican a domesticar las plantas […] engendrando nuevas subjetividades” (2014: 236), que dan encarnadura al concepto de “usuario responsable”.

Per/sonare: La máscara a través de la cual (per) resuena la voz (del actor)[21]

Como he mostrado, el concepto de “usuario responsable” ocupa un lugar central en la praxis política de los usuarios, se materializa —producto del trabajo simbólico realizado sobre una serie de recursos verbales y no-verbales— en prácticas y en reglas (no siempre explícitas) que moldean la forma en que estos activistas se manifiestan, denuncian y expresan sus demandas y sientan las bases de su autoridad y legitimidad para reclamar. Con todo, ello no debe llevarnos a suponer que este concepto es un mero recurso que estos activistas emplean estratégicamente para generar empatía y concitar adhesión a su reclamo. Antes bien, es en estos términos —como se evidencia en comentarios, historias mínimas y extensas biografías asequibles en conversaciones informales, entrevistas y notas periodísticas— que los usuarios se piensan y presentan a sí mismos, valoran, conciben y orientan su vida y, por ende, también su praxis política. Por ponerlo en palabras de Da Matta, es del continuum de experiencias naturalizadas e ininterrumpidas de su vida cotidiana que el universo moral que vehiculiza el concepto de “usuario responsable” es destacado y transformado por estos activistas en un instrumento capaz de otorgar identidad, singularidad y legitimidad al colectivo de usuarios.

De ahí que, estos activistas en sus acciones colectivas de demanda, denuncia y concientización —sean ritualizadas, cotidianas u ocasionales, adopten un carácter festivo o confrontativo o bien impliquen la transmisión de un saber o una práctica— no solo están dando encarnadura al concepto de “usuario responsable” sino que al mismo tiempo están “dando la cara como usuarios responsables”. La diferencia, aunque sutil, no es menos importante. Veamos. Según el diccionario de María Moliner “dar la cara” significa “responder uno por sus propios actos, afrontar un peligro”. Una acepción no muy diferente ofrece el diccionario de la Real Academia Española, “responder de los propios actos y afrontar las consecuencias”. Ambas definiciones remiten, sin duda, al campo semántico del término responsabilidad en su sentido jurídico clásico. Afortunadamente, Marcel Mauss (1979), nos ofrece otra posible lectura de esta expresión. En Ensayo sobre los dones nos dice,

El noble Kwakiutl y Haida tiene exactamente la misma noción de “cara” que el letrado y el oficial chino. De uno de los grandes jefes míticos que no daba potlatch se decía que tenía «la cara podrida». Aquí la expresión es más exacta que en China, pues en el noroeste americano perder la cara es perder el alma, que es de verdad la “cara”, la máscara del baile, el derecho de encarnar un espíritu, de llevar un blasón, un tótem; es de verdad la persona[22] lo que se pone en juego, lo que se pierde con el potlatch, en el juego de los dones, del mismo modo que se puede perder en la guerra o por cometer una falta en un rito (204-205).

Así, siguiendo esta definición de cara, puede decirse que un activista cuando “da la cara” en una marcha, concentración o acción de concientización, cuando participa —como veremos más adelante— en una audiencia pública o una reunión de comisión e incluso cuando explica a la policía por qué no debe ser detenido o cuando no acepta poner fin al proceso judicial a cambio de confesar un problema de adicción y someterse a un tratamiento curativo u optar por un juicio abreviado, no está reconociendo o asumiendo su responsabilidad por una falta, culpa, error o delito. Al contrario, está haciendo público, se está mostrando como usuario, i.e., está “saliendo del indoor”, y, en cierta forma, poniendo en foco su vida cotidiana; pero, sobre todo, está actuando como persona moral, como un usuario.

En las sociedades tradicionales, señala Mauss, los individuos (en el sentido biológico del término) asumen este papel en los dramas sagrados haciéndose un tatuaje en la cara o en el cuerpo, poniéndose un traje o una careta. Más aún, precisa, “la presencia o la ausencia de la máscara es más una característica social, histórica o cultural que un rasgo fundamental” (Mauss, 1979: 319). No obstante, —y aquí creo yace la principal diferencia— en las sociedades tradicionales la máscara, cara, blasón o traje se hereda y representa a un antepasado (Da Matta, 1980). Mientras que, en el caso de los usuarios, podemos decir que la cara es producto del trabajo simbólico que realizan los activistas sobre toda una serie de recursos verbales y no verbales para dar encarnadura al concepto de “usuario responsable”. Ahora bien, compartir el universo moral que vehiculiza este concepto no garantiza la inexistencia de conflictos y contradicciones así como tampoco cursos de acción coherentes y unificados.

Dar la cara como usuario responsable

Como señalábamos al finalizar el capítulo anterior, todas las agrupaciones de usuarios coinciden en la necesidad de modificar la ley de drogas. No obstante, a partir de 2010, con el crecimiento del activismo aparecieron una pluralidad de voces y formas de entender la problemática que imaginaron de diferentes modos el camino que debe transitarse. De todas formas, en la ciudad de Buenos Aires pueden distinguirse dos grandes grupos. Uno de ellos considera que el cannabis no es una droga sino una planta; por lo cual, requiere, dadas sus facultades medicinales y la posibilidad de ser producida por los propios usuarios, un tratamiento especial. En 2012, este sector del activismo nucleado en AACA presentó en la Cámara de Diputados junto a la Mesa Nacional por la Igualdad y contra la Discriminación (MNI) un proyecto de ley donde, entre otras cosas, propuso, además de la despenalización de la “tenencia de drogas”, la legalización y regulación del cannabis. Ello así porque, este grupo —conformado en su totalidad por activistas cannábicos— entiende que la despenalización es necesaria; pero que, a ellos, en tanto “productores de estupefacientes”, no les alcanza.

El otro grupo —también formado en su mayoría por agrupaciones cannábicas, mucha de las cuales tienen como meta futura la legalización y regulación de los usos de la planta—, en cambio, sostiene que la despenalización de la “tenencia para consumo” y “tenencia simple” de drogas es un paso necesariamente previo. En parte, porque “la ley de drogas es una sola”; y, en parte, porque priorizan —aun siendo cannabicultores y pese a que acuerdan en que el cannabis por sus propiedades y mayor aceptación social es más “defendible” que otras drogas— el bienestar de los usuarios de todas las sustancias. Pero también porque las agrupaciones que conforman este grupo entienden que no es el momento pues aunque quieran la legalización, “hoy el problema es ir preso”; y que presentar, hoy en día, un proyecto de este tipo sería engañar a la gente, haciéndoles creer que se trata de una alternativa viable. Como resumía una activista, “para la gran mayoría la droga es responsable por los robos, las violaciones, los asesinatos. Si les decís que legalizando va a estar todo bien, te van a decir ‘no’, porque liberar la droga para ellos solo va a traer más delincuencia”.

Más allá de las acusaciones cruzadas de crear falsas expectativas, confundir, desinformar, discriminar, de hipócritas, mentirosos y/o pacatos, ambos grupos, en adelante D y L —esto es, quienes se embanderaron tras el proyecto presentado por MLS y la revista THC (D) y aquellos que lo hicieron tras el proyecto confeccionado por AACA junto a la Mesa Nacional por la Igualdad (L)—, tampoco despliegan idénticas estrategias para promover el debate y “normalizar el consumo” de estas sustancias. Ciertamente, las características de las agrupaciones —i.e., cantidad de miembros, su edad, profesión, ocupación, trayectoria, etc.— así como sus capacidades desiguales —i.e., de convocatoria, de comunicar y publicitar sus actividades así como de ingresar a espacios institucionales— incide en las estrategias adoptadas. No obstante, lo interesante aquí es que tanto D como L, cuando se les pregunta por la preferencia de determinadas estrategias, recurren para explicar y justificar su práctica al concepto de “usuario responsable”, aunque variando los sentidos que le son otorgados.

No está demás aclarar que ninguno de los dos grupos cuestiona el sentido canónico del concepto de “usuario responsable” así como tampoco está en disputa el trabajo simbólico que todos estos activistas han consensuado y ponen en juego para dar encarnadura al concepto en marchas, concentraciones, mesas informativas y jornadas. No obstante, para el grupo L “dar la cara” como “usuario responsable” es, fundamentalmente,

Leandro: […] visibilizar y estar en la calle. Es este ejercicio de perder el miedo y de tomar la calle y de poder crear un discurso […] Esto de mostrarle a la sociedad de que existimos, pero que no los molestamos. Porque también es esto de tratar de no molestar a la gente, no cortar la calle. O sea, que sea más que todo como un reclamo, como una práctica, por un lado; y, por otro lado, también, como el hecho de que nos miren de una manera diferente, que no somos violentos, somos gente que queremos que nos reconozcan, que nos respeten.

Germán: Es eso también de ocupar el lugar del usuario responsable, recreativo, lúdico, no problemático, ¿el nombre que se le quiera dar, no? Porque lo que se ve es que se apunta al que abusa o al adicto. Entonces, las leyes son para el adicto en sí y para nosotros no es ni un tema penal, al día de hoy, ni un tema sanitario que se vea como salud (Entrevista a activistas cannábicos, 2012).

Es decir, se trata de “exponerse”, de “perder el miedo” y “salir a la calle para reclamar por el derecho al consumo de marihuana con el porro en la mano” para “mostrarle a la sociedad que existimos, pero que no los molestamos”. Ello así porque, a su entender “los cambios, como el matrimonio igualitario, vienen por presión social”; pero también porque se normaliza “visibilizando el consumo, no encerrándose cada uno en su casa”. “O sea, esta postura de que si te ven está mal… Nosotros pensamos al revés, nos tienen que ver porque lo primero es visibilizarse, que te vean […] Hay que mostrarse, si te escondés significa que creés que hacés algo malo” (Entrevista a activista cannábico, 2012).

En tanto que, para el grupo D, “dar la cara” como “usuario responsable” no se trata tanto de “hacer una exposición del uso”, de “mostrarse con un porro en la mano”. El objetivo, antes bien, es tanto asesorar a los usuarios como “concientizar e informar a la sociedad sobre el uso de todas las drogas desde una perspectiva de reducción de daños”,

La idea no es hacer apología del uso de las sustancias; sino que, al que eligió hacer uso de las sustancias que lo haga de manera sana o, por lo menos, lo menos riesgoso posible. Creo que de esto se trata. Digamos ser responsable en el momento de dar una información ya sea legal, ya sea de cultivo o medicinal […] Creo que sí hay que naturalizarlo, o sea hay que normalizar el consumo, pero hay que ser responsables en la manera […] Reducción de daños creo que es eso lo que tenemos que trabajar. Porque también tenemos que ir a las bases. Hay muchos chicos que cultivan y creen que el cannabis no está penado por ley o van fumando por la calle libremente y pasan por delante de una comisaría. La idea de tomar la decisión de pasar por delante de una comisaría fumando la tiene que tener uno. O sea, saber que lleva sus riesgos, que hoy tenemos una ley que entre 0,1 gramos y un kilo es lo mismo. Entonces, para qué vamos a seguir engrosando estadísticas, ¿no? Además, no todos estamos bajo las mismas condiciones y se puede dar el mensaje errado de que no pasa nada si uno tiene una planta en el patio o si se fuma un caño caminando por la calle (Entrevista a activista cannábico, 2013).

En otras palabras, se trata de realizar charlas y mesas informativas, de un “trabajo social” orientado a “demostrar que podemos contribuir con la sociedad”, “ayudar”, “dar el ejemplo”. Este es, a su entender, el modo de normalizar el consumo y avanzar hacia una reforma legislativa. Desde ya, esto no excluye manifestarse en el espacio público; pero sí, hacer uso de sustancias durante el desarrollo de sus actividades, especialmente, si hacen uso de la palabra. Como explicaba un activista entrevistado, “Si la gente que va a ir quiere fumar que fume, pero no nosotros. Las personas que vamos a estar con las mesas informativas, no. Tenemos que ser el ejemplo […] no tenemos que fumar porque perdemos seriedad”.

En síntesis, por poner en palabras una disputa más práctica que discursiva, para el grupo L el argumento sería algo así como somos usuarios responsables, no molestamos a nadie por lo que no tenemos que ocultarnos. Al contrario, tenemos que mostrarnos y, para ello, nada mejor que estar en la calle. Mientras que, para el grupo D sería, somos usuarios responsables, por ende, debemos actuar responsablemente. Ello supone informar a la sociedad desde la óptica de reducción de daños; no, fumar en la calle.[23]

De modo que, si bien el concepto de “usuario responsable” remite a ciertos sentidos compartidos que orientan la praxis política de todos estos activistas, al mismo tiempo es escenario permanente de disputas entre dos grupos —embanderados tras proyectos de ley distintos— en pugna por definirse como los auténticos representantes —la verdadera cara— del activismo. Una disputa que, por otra parte, debe entenderse en el marco más amplio de los debates nacional e internacional sobre políticas de drogas[24] así como en diálogo con trayectorias de lucha que se remontan a la década de los ochenta cuando militar era “correr los límites”, brindar asesoría jurídica, revelar la connivencia de funcionarios estatales con el narcotráfico, denunciar prácticas policiales y cantar por la legalización de la marihuana y, posteriormente, hacia fines de los años noventa, ayudar a otros a ayudarse, trabajar en PRD y comenzar a marchar en la calle. Pero también una disputa que tiende a deslizarse, dado el carácter, hoy en día, mayoritariamente cannábico del activismo, hacia otra cercana sobre quién es la verdadera cara del “movimiento” y de la “cultura cannábica”.

De todas formas, el conflicto entre estos dos grupos no solo “no sale para afuera”; sino que, generalmente, permanece en segundo plano, hasta que pequeños altercados —por las imágenes y personajes públicos que ilustran las tapas de una revista (THC, Nº 18, 40 y70),[25] omisiones (Carta de agradecimiento a la revista THC, 2012)[26] o ausencias a un evento— lo encienden nuevamente delineando el contorno de las facciones existentes. Ahora, si esto es suficiente para comprender por qué, recién en 2017 las tentativas de conformar una coordinadora triunfaron,[27] en cambio, no explica por qué estos grupos no terminan de escindirse o, a la inversa, por qué se mantienen unidos pese a la evidente discrepancia. Responder a estos interrogantes, es decir, tornar inteligibles estos comportamientos requiere se los examine a la luz del modo en que se han ido configurando las relaciones al interior del mundo de los usuarios teniendo en cuenta el contexto prohibicionista en que se tramaron.

Sobre las relaciones de amistad y confianza

Decíamos, entonces, que pese a la existencia de desacuerdos y conflictos, las relaciones entre las diferentes agrupaciones no terminan de romperse. Es más, miembros de ambos grupos participan de los eventos organizados por el otro grupo, asisten a las concentraciones cuando quien está siendo detenido o allanado pertenece al otro bando, sostienen la misma bandera en la MMM y varios miembros del grupo D participan activamente y hacen uso de la palabra durante la MNC. De modo que, puede afirmarse que los usuarios han conseguido mantener sus diferencias en un estado de hostilidad equilibrada.[28] Este equilibrio puede ser pensado como parte del carácter productivo del prohibicionismo que, al mismo tiempo que genera diferentes posturas entre los usuarios, moldea las relaciones entre estos activistas aglutinando grupos que, en otras circunstancias, podrían estar enfrentados o divididos. Es, entonces, explorando el modo en que se han ido configurando estas relaciones —atendiendo, en especial, a sus lógicas, a las consideraciones de orden moral y pretensiones de prestigio en juego al interior del mundo de los usuarios— que mejor comprenderemos estas dinámicas grupales y, por consiguiente, el modo en que estos activistas expresan su compromiso con la causa, sostienen la lucha e incitan a sus pares a adherirse a la misma.

Como hemos intentado dar cuenta a lo largo del trabajo, el carácter ilegal del consumo y todas las actividades a este relacionadas imprime a la lucha de los usuarios un carácter específico. Entre otras cosas, obliga a las agrupaciones a tomar una serie de medidas para resguardar la seguridad de sus miembros como no develar horario ni locación exacta de las reuniones, convocar nuevos integrantes a través de correos electrónicos a conocidos u organizar las concentraciones mediante una cadena de llamados y mensajes privados. Estas precauciones, al mismo tiempo que limitan la participación de desconocidos, favorecen la existencia de lazos de “amistad” y “confianza”; y otro usuario, por más desavenencias que haya, es “alguien en quien se puede confiar”. De ahí que, las relaciones de “confianza” y “amistad” ocupen un lugar central en la praxis política de estos activistas. Pero, ¿de qué están hablando los usuarios cuando hablan de amistad y confianza? Para responder a esta pregunta, en primer lugar, es importante recordar que la amistad “no es producto de una situación ya dada. La amistad se gana” (Wolf, 1980: 28). Pero, cómo es exactamente que se gana. Al decir de Sahlins, “si los amigos hacen regalos, son los regalos quienes hacen amigos” (1983: 204), mientras que, la confianza se gana “respetando las reglas” de este intercambio.

El lugar central que ocupa el intercambio en la construcción de relaciones de amistad y compañerismo al interior del mundo de los consumidores no es ninguna novedad y, como vimos, ha sido objeto de estudio de autores de las más diversas disciplinas. De modo que, no debe sorprender al lector que en el mundo de los usuarios el intercambio se haya mostrado, una vez más, como un aspecto, si no fundacional, al menos constitutivo de las relaciones entre estos activistas. De hecho, las relaciones preexistentes de amistad fueron la base de la organización de la Copa del Plata y varias agrupaciones nacieron como resultado de reuniones de amigos de la escuela secundaria, la universidad o el barrio. Mientras que, en el caso de las redes de usuarios y otras organizaciones cannábicas, la amistad se fue construyendo, en un primer momento, en base al intercambio muchas veces virtual de información, consejos y experiencias; y, luego, a medida que se acrecentaba la confianza, de cogollos, semillas, sustancias, reuniones, copas, eventos, fiestas y asados. Es más, puede decirse que, cuando pocos se conocían y el medio de contacto por excelencia era un teclado, fue la promesa de intercambio lo que sirvió de excusa y empujó a los usuarios a salir del anonimato.

Hoy en día, el intercambio ocupa gran parte de la vida de los usuarios. Entre otras cosas, se intercambian cogollos, esquejes, semillas, consejos y espacio de cultivo, invitaciones a copas cannábicas y a concursos de cata, pequeñas atenciones, asados, fiestas y regalos. En palabras de Mauss, no solo se intercambian “bienes o riquezas, muebles e inmuebles, cosas útiles económicamente; [sino] sobre todo gentilezas, festines, ritos” (Mauss, 1979: 160), placeres, penas, secretos, insultos, hospitalidad, conversación, historias, canciones y regalos (Pitt-Rivers, 1992). Un lugar especial en este intercambio lo ocupan los cogollos o flores del cannabis. Frutos de la tierra, pero fundamentalmente del trabajo de quien ha germinado, cuidado y cosechado, su valor fluctúa dependiendo de la variedad genética así como de su tamaño, sabor, olor y “mambo”. No obstante, son, en general, objeto de prestigio y constituyen la fuente de fortuna de los cultivadores. De hecho, las genéticas más preciadas tienen nombre, historia e incluso leyenda; y, aunque no son objeto de culto, los cogollos pueden ser admirados por horas, se habla de su belleza y de consumirse —se considera— son fuente de virtudes que varían de acuerdo a su composición química, a su genética.[29]

Si bien muchas de las cosas que nombramos tienen un valor de uso y pueden ser —y, de hecho, son— objeto de compra, venta y trueque entre los usuarios, en ocasiones como fiestas, asados, exposiciones, catas o copas cannábicas adquieren, generalmente, el carácter de prestaciones y contraprestaciones (dones y contra-dones) de carácter voluntario, libre y gratuito aunque —como advierte Mauss (1979)— en el fondo generen deudas y la obligación de devolver. Este intercambio de dones, como toda relación social, conlleva obligaciones: la obligación de dar, de recibir y de devolver. Lo que obliga a donar —dice Mauss— es el hecho de que donar obliga y se está obligado a recibir, aun cuando se tema no poder devolver el don, para no quedar rebajado; pero también porque “negarse a dar como olvidarse de invitar o negarse a aceptar, equivale a declarar la guerra, pues es negarse a la alianza” (1979: 168). Mientras que, es imperativo devolver so pena de perder prestigio. En resumidas cuentas, el don instaura una doble relación entre el que dona y el que recibe, por un lado, una relación de solidaridad ya que el compartir acerca a las personas; y, por el otro, una relación de superioridad, ya que el donatario contrae una deuda con el donante convirtiéndose en deudor al menos hasta que no devuelva lo que se le ha dado (Godelier, 1998).

No obstante, si el don crea relaciones sociales que se asientan en la deuda, la retribución (esperada) no es idéntica en todos los casos. El grado de tolerancia al desequilibrio entre lo ofrecido y lo devuelto así como la demora temporal abren un abanico de posibilidades que no dependen únicamente de las características de lo intercambiado. Esto nos recuerda la insistencia de Bourdieu sobre la importancia de reintroducir el tiempo —con su ritmo, orientación e irreversibilidad— en el análisis de estos intercambios. Según el autor, el tiempo no solo permite escapar de los modelos de encadenamiento mecánico entre don y contra-don sino reintroducir la dialéctica de las estrategias que “apuntan a sacar partido de las posibilidades ofrecidas por la manipulación del tempo de la acción” (Bourdieu, 2007: 170). Pero, además del uso estratégico de la incertidumbre que genera el intervalo, en el juego de dones y contra-dones entre los usuarios el tiempo irrumpe también —en forma de allanamientos policiales o el accionar de “cogolleros”— como imprevisto pudiendo reforzar desigualdades existentes o, en caso de que quienes pierdan su cosecha sean donantes habituales —que quedan a merced de sus usuales donatarios—, debilitarlas.

De todas formas, el tiempo no es el único factor a tener en cuenta al momento de comprender la lógica que guía el intercambio de dones entre los usuarios, la distancia social también juega un papel importante. En este sentido, es importante comprender que quienes intercambian no son individuos, sino personas morales: agrupaciones cannábicas, equipos de trabajo de revistas especializadas y grupos no siempre activistas como: staff de copas cannábicas, empleados y dueños de growshops, grupos de foreros y otras redes sociales. De ahí que, pensar el intercambio a partir de una serie de círculos concéntricos inspirado en el espectro de reciprocidades propuesto por Sahlins (1983)—[30] puede sernos de utilidad para analizar las diferentes formas que este adquiere entre los usuarios. En Economía en la Edad de Piedra, el antropólogo plantea un continuum de reciprocidades situando en un extremo del espectro a la que denomina reciprocidad generalizada. Allí, explica, la expectativa de retribución no es directa ni inmediata. Al decir de Sahlins, esto no implica que la prestación no genere una contra-obligación; pero esta, “no se estipula por tiempo, cantidad o calidad” (1983: 212). Esta clase de intercambio (diremos aquí) es el que tiene lugar entre “amigos”.

La gama de dones y contra-dones dentro de este círculo más íntimo es muy amplia y puede incluir desde cogollos, sustancias, esquejes, semillas, consejos y espacio de cultivo a pequeños favores, presentes o convites. Tampoco falta oportunidad para invitar a los amigos a oficiar de acompañantes en las copas, a picnics, trucos, bicicleteadas, fiestas, asados y concursos de precata, en donde no está ausente la competencia por la mejor planta. No obstante, se trata, ante todo, de pasar un buen rato y, a través del consumo de comidas, bebidas y sustancias, celebrar la amistad que une a anfitriones e invitados. Aunque estos encuentros son habituales, en mayo —i.e., después de la cosecha— la seguidilla de reuniones adquiere un ritmo vertiginoso dando inicio a una temporada que hasta diciembre no se da por terminada. Las revistas, por su parte, ceden a sus amistades la venta de números anteriores para colaborar con el financiamiento de las agrupaciones y, eventualmente, ayudan a organizar copas y otros eventos; mientras que, growshops y demás emprendimientos cannábicos ofrecen descuentos, auspician eventos y/o prestan sus instalaciones para reuniones de activistas, presentaciones de libros y charlas.

En estos casos, ya se trate de intercambios entre agrupaciones, entre agrupaciones y revistas, entre revistas y tiendas o entre growshops y activistas, si quienes intercambian son “amigos”, la contraprestación no solo no debe ser inmediata sino que, en rigor, la deuda puede no saldarse nunca. Es más, el tiempo y el valor de lo devuelto no solo dependen de lo que se entrega en primer lugar, sino de lo que el donador luego necesite y del momento en que lo necesite así como de lo que el receptor pueda pagar y cuándo pueda hacerlo. Pero, si el flujo de dones puede tener un sentido predominante, estas diferencias entre don y contra-don, sobre todo en aquellos casos en que no hay posibilidad de efectuar una contraprestación equivalente, no son neutras. Es decir, “dar más cosas y de más valor” es fuente de prestigio y reconocimiento. De esta suerte, quienes son donantes habituales adquieren buena reputación entre sus amistades, máxime si se trata de cultivadores experimentados y, más aún, si enseñan el oficio a los novatos. En tanto que, los usuales donatarios, agradecidos y en sabida deuda, se muestran dispuestos a ayudar en todo proyecto que estos maestros emprendan.

Ahora bien, el tiempo y la forma en que se retribuyen los dones no adquieren siempre un carácter tan flexible. De hecho, el intercambio que denominaremos —siguiendo el esquema de Sahlins— equilibrado es el que predomina entre agrupaciones cannábicas, redes de usuarios y, en general, dentro de ese espacio heterogéneo y multiorganizacional que se (re)conoce como movimiento cannábico. Esta clase de intercambio se caracteriza por un reconocimiento más o menos preciso de que las cosas dadas deben ser devueltas dentro de un lapso de tiempo determinado. Es decir, lo que no se tolera es el flujo de bienes en un solo sentido, aunque cierto es que tampoco se intercambia lo mismo y del mismo modo entre “amigos” que entre “conocidos”. En este sentido, no solo el intercambio se vuelve más restringido, limitándose a cogollos, semillas, información, pequeños favores, auspicios, copas y menciones como jurado; sino que además, suele adoptar un carácter más solemne, competitivo y esporádico. Las copas —que, muchas veces, adquieren la forma de verdaderos torneos internacionales de cata— son las que mejor expresan esta clase de intercambio.

En las copas, desde los medios autorizados a cubrir el evento, la elección de los acompañantes y de los jurados, pasando por lo que ocurre ese mismo día entre asistentes, organizadores y feriantes, hasta la selección de la campeona, todo se desarrolla como parte de un intercambio de dones en apariencia desinteresado. Tanto que, pese a la rivalidad y el prestigio que adquieren quienes suben al podio, el clima en general es de camaradería y no son pocos los cultivadores que dicen no enviar su mejor muestra al jurado, sino reservar los mejores frutos de su cosecha para degustar con amigos y conocidos durante la jornada. Con todo, estos convites adquieren formas solemnes, ritualizadas y siguen una especie de “etiqueta cannábica”. Es más, hay quien dice que “el ojo atento puede distinguir la categoría de cultivador con solo mirar pequeños gestos al mostrar la cosecha […] El jardinero [que al] ofrecer una flor la agarra por cualquier lado y al intentar devolverla contesta ‘armala’, (…) [es] un terrateniente” (THC, N° 30, 2010: 43). En cambio, los donantes con menos experiencia y cogollos en su frasco se distinguen por elegir cuidadosamente y esperar el tempo adecuado para reunir a aquellos con quienes quieren compartir lo cosechado. Sea como fuere, durante la degustación, todos se muestran igualmente desinteresados y adoptan una modestia exagerada, aunque tras estos actos se esconda la ostentación y el deseo de reconocimiento de sus pares. No obstante, la presión de un buen desempeño no es idéntica en todos los casos.

De los cultivadores experimentados siempre se espera una buena cruza genética y un buen resultado. De no ser así, corren el riesgo de verse “rebajados”. Para conservar el lugar que se ocupa dentro de este mundo —y pese a que hay cultivadores de renombre casi consagrado— se debe poner —aunque no se compita por un lugar en el podio— en circulación los frutos del propio trabajo. El siguiente extracto de una crónica de la CCDP, da cuenta de las formas en que se da este intercambio,

Un participante legendario que representa este espíritu copero es el Negro Marfil, oriundo de Santa Fe, tan buen cultivador que si hubiera una elite organizada le rendiría homenaje a su busto de bronce. Es el jardinero que todos quieren tener de amigo: saca buenos cogollos, tiene increíbles variedades y siempre está dispuesto a hacerte probar lo último que sacó. Este año anda convidando entre conocidos unas delicadas cajitas de fósforo pintadas con un tubito de semillas adentro, una línea producida por él en sus pagos. “Eso es lo lindo de la Copa”, dice mientras busca la cajita que me toca a mí. “Venir, repartir semillas y después ver qué fue saliendo”. A muchos solo los ves una vez por año y está bueno que me pase como recién: me crucé con uno que me dijo “Probá esto”. Fumé y me dice: “Es lo que me diste el año pasado” (THC, N° 42, 2011: 34).

Así, al finalizar el día, tanto quienes alzan el trofeo como quienes comparten ricos cogollos, semillas o información valiosa salen bien parados. Pero en estos encuentros lo que está en juego no es únicamente el prestigio de los participantes, sino de los organizadores del torneo de cata. Amén de la calidad de las muestras, para dar una buena copa se debe ofrecer un buen servicio de catering, un espacio y confortable, musicalizar adecuadamente la jornada y organizar concursos paralelos, demostraciones en vivo y charlas interesantes. La abundancia, la hospitalidad y la prodigalidad son todas cualidades en extremo valoradas.

Pero, más allá de lo que se da y cómo se da, lo que se espera dentro de este círculo más amplio de confianza es una retribución de la prestación mediante la entrega de una contraprestación equivalente a lo recibido y sin demasiadas demoras (Sahlins, 1983). De no ser así, no solo se pierde prestigio; sino que la relación puede enfriarse, distanciarse. Sin embargo, pese a eventuales enojos y broncas, en general esto no ocurre, fundamentalmente, debido al interés que muestran ambas partes en la continuidad del lazo. La más de las veces, como se deprende del fragmento arriba citado, se trata de ser pacientes y esperar al año entrante. Entretanto, las deudas y “olvidos” (de invitar, asistir e informar) se explican empleando de forma recurrente la misma frase, “lo que pasa es que es un colgado”. Ello así porque, como señala un cronista de la CCDP, todos saben que “cultivar un porro que está bueno y no compartirlo, para ciertos cultivadores, es como ser el árbol que cae en el bosque y no haya quien lo escuche” (THC, N° 30, 2010: 43-44). Del mismo modo que, para quienes organizan eventos como las copas puede ser no tener público o invitados. En resumidas cuentas, porque el ideal es el del usuario experto, el del “jardinero solidario”.

Por fuera de estos círculos de amistad y confianza, se sitúan los desconocidos, los extraños, los “policías encubiertos en potencia”. En este extremo del esquema, ideado por Sahlins (1983), más que intercambio de dones hay apropiación egoísta, la obtención de beneficios por medio de subterfugios o de la fuerza. Curiosamente, este “intento de obtener algo a cambio de nada” es el modo en que muchos usuarios describen, como veremos en la Tercera parte, su relación con los “políticos”. Pero si, como ya advirtió Sahlins (1983), la distancia social que separa a aquellos que intercambian se relaciona estrechamente con las formas que adquiere el intercambio, que puede ir desde la apropiación egoísta al intercambio de dones generalizado, estas esferas de confianza lejos están de ser compartimientos estancos. Al contrario, dar cogollos, semillas, esquejes, trabajo u hospitalidad en tiempos difíciles u oportunos —i.e., tras una detención, allanamiento o el accionar de “cogolleros” o en copas prestigiosas— puede consolidar o socavar jerarquías tanto como crear nuevos o afianzar viejos lazos. Mientras que, adoptar actitudes impropias —como transformarse en un “ex alumno desagradecido, rencoroso y disidente” o guardarse cogollos ajenos— puede traer aparejado, en la medida en que suponen una ruptura en las reglas del intercambio, la expulsión del correspondiente círculo de confianza; y, en caso extremo, la ruptura de todo lazo. En pocas palabras, una condena al ostracismo ya que quienes no intercambian son extraños.

 

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Premios y muestras, Copa Cannábica del Plata  (Fotografía cortesía de Revista THC)

Sin embargo, no es el miedo a la sanción, al destierro de los círculos de confianza, lo que mueve a los usuarios. Más aún, para quienes se encuentran implicados en estos intercambios, los intereses que los motivan —sea la búsqueda de reconocimiento, la sed de gloria o la necesidad de garantizar apoyo futuro— permanecen opacos (Sigaud, 1996). Tanto que, incluso en eventos competitivos, como los torneos de cata, la rivalidad y el interés son desdibujados. Edición tras edición se recalca que son las plantas (no los cultivadores) las que compiten y se afirma que en esta clase de torneos “nadie pierde” y “todos ganan”. De hecho, cuando —y si es que— hablan los ganadores, aunque visiblemente emocionados, se apresuran a poner la victoria en un segundo plano mediante frases como “lo hago por mí y por los demás”, “llené los jardines de mis amigos” y “regalé como 50 plantas”. Ello así porque, para aquellos que participan de este juego de dones y contra-dones se trata, ante todo, de brindar ayuda y cuidado, de ser generoso y solidario. Como resumía un activista entrevistado, “yo te cuido a vos, vos me cuidas a mí y todos nos cuidamos entre todos. Aparte de generarme una gran calidez, ese es el pilar fundamental que se necesita mantener intacto para poder lograr grandes metas en una comunidad de este estilo mientras persista el prohibicionismo”.

Así las cosas, amén de los aspectos práctico e instrumental del vínculo amistoso —i.e., su capacidad para facilitar el acceso a diferentes recursos, generar lazos con personas y grupos, consolidar jerarquías y liderazgos— es importante que, cuanto menos, se demuestre, como señala Wolf (1980), agradecimiento e interés por el bienestar del otro. Quienes, en cambio, cultivan para autoabastecerse y se muestran reacios a dar, ayudar o compartir con los que menos saben y tienen son acusados de avaros, egoístas y tacaños. En palabras de un activista entrevistado, “Hay excelentes cultivadores pero que no les gusta decir cómo cultivan porque quieren siempre ganar los premios. Me parece a mí que, como en todo, hay mucho egoísmo y también, hay mucha gente que se caga en el ego”. Así, la cooperación, el compañerismo, la generosidad y la solidaridad —tanto como su contracara la avaricia, la tacañería y el egoísmo— son los valores a través de los que usuarios y activistas orientan su accionar, evalúan su comportamiento, piensan a los demás y a sí mismos.

Batallas de solidaridad

Como ya hemos señalado, el nacimiento y posterior consolidación de las redes de usuarios y agrupaciones cannábicas siempre estuvo —y continúa estando— muy ligado al fortalecimiento de estas relaciones de amistad y confianza. Los propios usuarios en sus relatos hacen referencia permanentemente a estos lazos tanto en lo que respecta a la conformación como a la continuidad de las agrupaciones de las que forman parte. De hecho, cuando se pregunta a estos activistas por las razones que los llevaron —y llevan— a luchar por la modificación de la ley de drogas y la “normalización” del consumo, si bien apelan al lenguaje universal de los derechos o a la más amplia necesidad de solidarizarse, de “hacer algo” que modifique la situación en que se encuentran los cultivadores y usuarios de sustancias ilegales, lo cierto es que sus respuestas no se presentan descarnadas. Al contrario, la referencia a los derechos, a la solidaridad y a la más difusa necesidad de “hacer algo” aparece en el marco de relatos más amplios que evocan el agravio moral —i.e., sentimientos de falta de respeto e injusticia—[31] que experimentan cuando sus expectativas de ser considerados iguales ante la ley no son satisfechas y se nutren de la experiencia de otros usuarios y cultivadores —muchos de ellos, amigos y conocidos— presos, detenidos o allanados.

No obstante, estas razones —i.e., el respeto a los derechos y la solidaridad— erigidas por los usuarios en imperativo moral y esgrimidas para explicar el compromiso y obligaciones morales existentes, se enfrentan, como advierte Pita en su análisis sobre el activismo de los familiares de víctimas de gatillo fácil (2010), al hecho de que no todos los usuarios se agrupan, “activan” o están dispuestos a “dar la cara”. De hecho, la mayoría no lo hace y prefiere conservar la seguridad que —en teoría— brinda el anonimato. Los usuarios entienden que ciertas condiciones económicas, familiares y geopolíticas lo hacen más complicado. Pero, en última instancia, la falta de participación evoca respuestas en sumo grado similares,

Nosotros la opinión que tenemos, y también tengo de manera particular, es que la gente tiene mucho miedo. Mucha gente va ahora a la marcha porque hay mucha cantidad de gente, se hace más difícil que lo encuentren. Pero cuando éramos menos, era más complicado. La idea es que la gente vaya perdiendo el miedo de salir la calle… (Entrevista a activista cannábico, 2012).

En síntesis, si la “gente” (i.e., el resto de los usuarios) tiene miedo, ellos activan porque no tienen miedo o, mejor dicho, porque perdieron el miedo a “dar la cara”. La falta de miedo refiere, de este modo, “a un valor, está investida de una connotación moral que alude a la valentía, al coraje” (Pita, 2010: 104); siendo este valor el que, de acuerdo a los usuarios, al sobreimprimirse a los sentimientos de agravio moral e injusticia producto de la violación sistemática de lo que entienden son sus derechos, permite “dar el salto hacia lo político”.

Los usuarios que así lo hacen se convierten en usuarios, en activistas, se “comprometen con la causa”. Es decir, asisten a las reuniones de su agrupación y participan activamente de las acciones que esta organiza. Entre los activistas quienes tienen “ganas de hacer cosas”, “siempre laburan (trabajan)”, tienen constancia y cumplen con sus obligaciones, adquieren entre sus pares buena reputación y prestigio. Más aún, si participan de acciones de las que no obtienen ningún rédito individual ni lo hacen por un amigo o conocido y solo “dan la cara” en pos del bien común, del beneficio colectivo. Pero también un activista obtiene buena reputación entre sus pares en aquellos casos en que “dar la cara” supone poner en riesgo la propia libertad, como ocurre cuando, quienes están siendo juzgados, rechaza declararse “adicto”, perdiendo la oportunidad de dar fin al proceso penal en su contra. En suma, entre los activistas quienes tienen prestigio no son, en principio, los que poseen y comparten riquezas con valor de uso dentro de esta economía ilícita (cogollos, semillas, etc.); sino, ante todo, quienes no tienen miedo a “dar la cara”. Es decir, quienes asisten a las reuniones de las agrupaciones, “hacen el aguante” a usuarios y cultivadores presos, detenidos y/o allanados, participan de la organización de las marchas, mesas informativas, etc. poniendo el cuerpo y, en ocasiones, la propia libertad en juego. Ello así porque, cuando un activista se “hace presente” no solo ratifica el compromiso asumido haciendo honor a su reputación; sino también, hace a la demostración de fuerza del activismo.

Con todo, amén del prestigio que cada activista adquiere al interior del mundo de los usuarios, lo cierto es que no solo se compromete con la causa a título individual, sino que también lo hace como miembro de una agrupación la cual, a su vez, pertenece a alguno de los dos grupos (D y L) que ya mencionáramos. Más aún, solo le es posible comprometerse en tanto está inserto en esta trama de relaciones. No solo porque, como ya señalé, las agrupaciones limitan la participación de desconocidos; sino porque, como tienen muy en claro los usuarios y explica claramente este activista, no solo está en juego la libertad de los manifestantes,

Eso se trató en más de una reunión, “Eh, ¿por qué no vamos a sacar a todos los que caen?”. “Y, porque no los conocemos a todos. No podemos ir a poner el pecho por un chabón que después salta la ficha”. Sí, el chabón es cultiveta, pero lo agarraron ese día en la plaza vendiendo el único porro que vendió en toda su vida, lo agarraron vendiéndolo. Y, bueno, por ese acto al chabón le cabe la carátula, desgraciadamente ¿Qué vamos a hacer? Ese es el tema. Tenemos que estar muy seguros de las personas por las que uno da la cara (Entrevista a activista cannábico, 2012).

Es decir, lo que está en juego es la cara; y, de ello, se desprenden dos corolarios. El primero es que si bien se puede hablar de una praxis política común articulada en base a ciertos sentidos compartidos en torno al concepto de “usuario responsable” y entendida por los usuarios como una obligación moral que expresan en términos de “compromiso con la causa”; en definitiva, es a través de los lazos de “amistad” y “confianza” —construidos en base al intercambio— que estos activistas pueden, en última instancia, sostener la continuidad de la lucha y demostrar su compromiso con la misma. Basta recordar el consejo que daba un activista durante su intervención en la MMM a los usuarios que frente a él se paraban,

La marihuana despierta, la marihuana genera solidaridad, compromiso, amor, amistad ¿qué tienen de malo esas cosas? ¿Qué tiene de malo eso en esta juventud? ¿Qué tiene de malo eso en este país? Necesitamos un poco mas de eso, un poco más de marihuana a todos parece que le haría falta. […] La amistad nuestra misma, el que cultiva tiene que cultivar para otro. Si tenés lugar para cuatro plantas, tirá cinco. La que te sobra la regalás. Invadamos el país de cannabis. Basta de prensado. Necesitamos de todos. Los activistas, hoy, tenemos la oportunidad, el orgullo y el agradecimiento de poder representarlos, pero todos somos activistas. Necesitamos de la militancia de todos. Porque de cada uno, necesitamos que esa persona desparrame el autocultivo en su entorno (Activista MMM, 2013).

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Marcha Mundial de la Marihuana (Fotografía cortesía de Revista THC)

El segundo corolario es que las acciones de denuncia, demanda y concientización, pueden leerse como momentos privilegiados para las agrupaciones —y, por ende, para D y L— para afirmarse como la verdadera cara del activismo. Se comprende mejor así el despliegue ostentoso de recursos simbólicos y materiales que realizan ambos grupos en estos espacios en la medida en que en una economía y moral del don que hace de la solidaridad uno de sus pilares, dar (la cara) es demostrar compromiso y la forma de obtener reconocimiento y prestigio. Pero si para el observador externo estas auténticas batallas de solidaridad tienen como uno de sus principios sumar a la causa al mismo tiempo que se aplana al grupo rival; para los usuarios, en cambio, no se trata sino de manifestaciones de puro compromiso. Es más, estos espacios adquieren para ellos un “clima de copa”. Esto es, de reunión de “amigos” y “conocidos” en donde se brinda con la cosecha y se hacen regalos mutuos,

Cuando uno se encuentra inmerso en este maravilloso mundo cannábico, el primer sábado de mayo de todos los años de nuestra vida, es y será la MMM. Pero además, es el momento clave en el que se expone todo el laburo del año. A mi particular entender, el año nuevo cannábico; y como todo año nuevo (o la mayoría), uno se junta con la familia y sus seres queridos, para pasar varias horas regalándonos información sobre los altibajos que nos tocó vivir u oímos por ahí. Nuestro brindis, la cosecha que cultivando supimos conseguir. El deseo, un futuro en paz, sin presos por cultivar (Crónica MMM, 2014).

Respondiendo, entonces, a la pregunta con la que concluía el apartado anterior, las relaciones entre D y L no se rompen porque el carácter ilegal del consumo y demás prácticas a este relacionadas favorecen la existencia de lazos de “amistad” y “confianza”. Pero además, porque “hacerse presente” en las acciones colectivas de denuncia, demanda y concientización —así sean organizados por el grupo rival— es una muestra de compromiso que no solo da fuerza al reclamo; sino que además, debido al lugar central que ocupa la solidaridad como valor que orienta las relaciones y praxis política de los usuarios, da prestigio. No hacerlo, por el contrario, es muestra de falta de compromiso, de egoísmo o bien de que no se puede dar y, por ende, denota inferioridad. Al decir de Mauss (1979), es quedar ya rebajado, es declararse vencido de antemano; aunque también, en ciertos casos, es proclamarse vencedor e invencible. En otras palabras, la cara indiscutida del activismo.


  1. Una versión de los primeros apartados de este capítulo fue publicada en 2017 bajo el título “El concepto de ‘usuario responsable’ en la praxis política de los usuarios de sustancias psicoactivas ilegales de Buenos Aires, Argentina” en Revista Andes, Vol. 2, Nº 28. Mientras que una versión de los últimos apartados fue previamente publicada como artículo en 2018 en Cultura y Droga, Nº 26 (2).
  2. Si bien el concepto de lucha por el reconocimiento remite al trabajo de Honneth (1995), conviene advertir que lo retomo, únicamente, en la medida en que resulta una adecuada herramienta descriptiva para dar cuenta del modo en que los usuarios comprenden, experimentan y explican su praxis política. Ello así porque, esta propuesta al situar la motivación para la lucha en los sentimientos de agravio moral que experimentan las personas cuando sus expectativas de recibir apoyo emocional, ser considerados iguales ante la ley o depositarios de estima social no son satisfechas repone el surplus de significado que otorgan los usuarios a su acción política.
  3. Este término, además de polisémico, es empleado en contextos muy diversos pudiendo identificarse usos jurídicos, filosóficos y una multiplicidad de usos corrientes (Ricoeur, 1997). En particular, en los discursos sobre el uso y los usuarios de drogas este concepto es utilizado en forma recurrente en el ámbito jurídico y en los procesos de salud/enfermedad/atención donde posee estatutos diferentes (Galante et al., 2010); pero que, de igual forma, permean y moldean los usos reflexivos que los activistas hacen del concepto.
  4. Siguiendo a Balbi (2007), entiendo que hablar de un comportamiento relacionado con valores morales implica hablar de acciones que revelan la preferencia por determinados cursos de acción en función de su deseabilidad y obligatoriedad. En este sentido, no se aprecia la necesidad de pensar el comportamiento interesado como antitético en relación con la moral una vez que comprendemos que “los actores intentan realizar sus ‘fines’ y concretar sus ‘intereses’ (sean estos ‘individuales’ o ‘grupales’) en términos morales pues así los conciben y, lo que es más, así los perciben desde un primer momento” (Balbi, 2011: 8).
  5. En 2010, la primera edición de la MNC, los manifestantes se movilizaron por una nueva ley de drogas, campañas de reducción de daños, la despenalización de la marihuana, el derecho al autocultivo y a los usos medicinales e industriales del cannabis. El cambio en las consignas, que tuvo lugar en 2012, se vinculó al aumento del piso mínimo de reformas exigido por un sector del activismo que —como veremos— quedó plasmado en el proyecto de ley presentado por la Agrupación Agricultores Cannábicos Argentinos (AACA).
  6. Es posible observar marcadas diferencias de clase que se evidencian en los accesorios, prendas y calzado.
  7. Los legisladores que se hacen presentes encabezan la marcha una vez que esta llega a la Av. 9 de Julio, esto es, para la ya clásica fotografía que puede verse en las portadas de las revistas especializadas.
  8. En 2012, se confeccionó además un cancionero con más de una docena de cánticos. Las letras, entre otras cuestiones, animan a cultivar y dejar de comprar, proclaman al autocultivo como forma de lucha contra el narcotráfico, advierten que no van a dejar de cultivar, exigen que se acabe la represión y persecución a usuarios y cultivadores que consumen sin molestar a terceros, piden por una ley más justa y por el respeto de la libertad individual e invitan a los legisladores a dar explicaciones por las demoras en el trámite parlamentario.
  9. Entre 2011 y 2012, subieron al escenario políticos, funcionarios y miembros de ONG.
  10. San Patricio se celebra anualmente el 17 de marzo para conmemorar el fallecimiento del santo patrono de Irlanda. En la Ciudad de Buenos Aires, la festividad posee múltiples aristas. No obstante, en su cara más publicitada y conocida, la fiesta en honor del santo irlandés se ha visto reducida a un simple pretexto para el festejo y la diversión y asociada al descontrol y al consumo excesivo de alcohol (Palleiro, 2006). De ahí, el paralelo que los usuarios trazan entre este festejo y la masiva MMM.
  11. En el mundo de las hinchadas de futbol, aguante relaciona prácticas violentas y masculinidad materializándose en un conjunto de saberes y formas de actuar —en donde la dimensión corporal tiene un peso significativo— que hacen al honor individual y colectivo así como confieren sentido de comunidad a los hinchas. Pero en el mundo del futbol, así como en el del rock y en el de los familiares, existen otras concepciones que no solo no establecen la misma marcación de género, sino que si bien actúan la resistencia frente a un “otro”, excluyen o no tienen como expresión dominante la violencia física (Alabarces y Garriga Zucal, 2007; Pita, 2010; Semán, 2005).
  12. Como señala Pita (2010), “Si el ideal del hombre honorable se expresa con la palabra hombría puede notarse que es precisamente sobre el ataque y puesta en duda de esa masculinidad, en la que reposa la hombría, que se ataca y se insulta” (150). Un tópico que, advierte, no refiere “tanto a una cuestión de carácter genérico, sino al uso de estos índices genéricos que son aquellos de los que precisamente se inviste el poder policial” (151).
  13. En varias ocasiones, la presión de los usuarios evitó la detención de cultivadores allanados y consiguió la liberación de usuarios detenidos e incluso en algunos casos, ante el pedido de la familia o abogados, la liberación inmediata de personas presas en comisaría por semanas.
  14. Si bien el humor es un instrumento utilizado frecuentemente por los medios especializados para cuestionar y desafiar la autoridad de las fuerzas de seguridad, resulta especialmente ilustrativa en este sentido la nota de tapa de la THC, N° 29 (2010) titulada “Están rodeados”, donde tres agentes pertenecientes a diferentes fuerzas de seguridad son rodeados por cogollos.
  15. Basta recordar las emisiones de “El Diario” (C5N) del 30/08 y 11/09/2013 y del 05/05, 19/09 y 04/12/2014, así como a los programas “Mauro 360” y “Mediodía, más que noticias” emitidos por A24 el 04/07/2014.
  16. Se trata de la jornada de debate organizada en octubre de 2008 por el Comité Científico Asesor, oportunidad en la que disertaron funcionarios, legisladores y miembros de ONG.
  17. Esto no fue estrictamente así ya que, en 2010, Intercambios invitó a Laura a participar de la Conferencia. Sin embargo, aquí no interesa tanto señalar lo que efectivamente sucedió; sino, más bien, cómo esta sucesión de eventos fue interpretada por los usuarios.
  18. Compositor y cantante que hace frecuente alusión al consumo en sus letras y apariciones mediáticas.
  19. Los primeros eventos de esta clase fueron las I Jornadas Universitarias sobre Políticas de Drogas y Cannabis (2013) organizadas por la agrupación CECCa junto a la Universidad Nacional de Quilmes, las I Jornadas Itinerantes Canamed (2014) organizadas por varias agrupaciones cannábicas y redes de usuarios medicinales y el foro Nuevos paradigmas en seguridad, salud y regulación del cannabis (2014) organizado por agrupaciones cannábicas de la ciudad de Rosario. En los últimos años, con el debate por la despenalización del cannabis medicinal, las jornadas y charlas en legislaturas, universidades y ciudades de todo el país se han multiplicado.
  20. La mayoría de las agrupaciones ha centrado su formación, investigación y tareas comunitarias en los usos medicinales. Otras, se han abocado a temas jurídicos y legislativos. En tanto que, un tercer grupo minoritario invierte buena parte de su tiempo en investigar y difundir información sobre los usos industriales del cáñamo.
  21. Etimología de la palabra “persona”, en Mauss (1979).
  22. Concepto que utiliza Mauss para describir a quienes participan de las relaciones de intercambio que nunca son individuos sino “personas morales: clanes, tribus, familias, que se enfrentan y se oponen, ya sea en grupos que se encuentran en el lugar del contrato o representados por medio de sus jefes, o por ambos sistemas” (1979: 160).
  23. Esto no significa que el grupo L reniegue de la reducción de daños o que el grupo D no considere importante la visibilización de los usuarios. Pero lo interesante aquí es cómo cada uno entiende y explica su praxis política.
  24. Así, el grupo L sabe que “lo más probable que suceda es que [primero] despenalicen” (Entrevista a activista cannábico, 2013). Mientras que, el grupo D imaginó por un momento, con las modificaciones que tuvieron lugar en Uruguay, que ambos cambios podían “venir de la mano” (Conversación informal activista cannábico, 2013).
  25. Los números en cuestión tenían por tapa a Chiche Gelblung, Moria Casán y una foto de tres leguas lamiendo un cogollo. Las dos primeras se criticaron porque quienes las ilustran “no tiene nada que ver con la movida” ni “apoyan la despenalización de la tenencia y cultivo”; la última, por ser considerada “una burda estrategia de venta”. No obstante, en todos los casos la discusión era la misma: quiénes eran los verdaderos representantes de la “cultura cannábica”, del “movimiento cannábico” y del activismo.
  26. La carta escrita por un activista del grupo L critica la reiterada omisión de cierta información por parte de la revista. Señala que en una nota dedicada a un compañero que había presentado un recurso de amparo para pedir que le permitan cultivar cannabis con fines medicinales se omite que el amparo fue impulsado por el grupo L; que en otra nota donde se celebra un “fallo histórico” que declara inconstitucional la penalización de la tenencia de semillas de cannabis, se omite mencionar que la pareja que aparece en la foto que ilustra la nota también fue allanada y gracias al trabajo del grupo L logró otro sobreseimiento histórico; y, por último, que no se menciona el proyecto de reforma de la Ley 23737 presentado por la MNI y AACA.
  27. Los primeros intentos datan de 2010 pero fracasaron debido a las rivalidades internas y a la falta de madurez de las agrupaciones. No obstante, con la consolidación del activismo las rivalidades se acentuaron dificultando aún más el diálogo. Fue recién en 2014 que una agrupación, que mantenía un lugar relativamente neutral en esta controversia, logró que nuevamente se discutiera la posibilidad de conformar una coordinadora. Tres años después, el proyecto prosperó y nació en el seno del 4º Encuentro Nacional de Agrupaciones Cannábicas, el Frente de Organizaciones Cannábicas Argentinas (FOCA).
  28. En su trabajo sobre los Nuer del Sur de Sudán, Evans-Pritchard (1987) analiza el modo en que se mantiene el orden y la cohesión social en esta sociedad segmentaria. Es decir, le interesa explicar el modo en que la tribu mantiene las tendencias opuestas a la fusión y fisión de los segmentos que la componen en un estado de “hostilidad equilibrada”. Para ello, recurre al principio de identidad contrastativa (los segmentos de la tribu se definen en relación con otros del mismo orden con los que están enfrentados pero con los cuales se fusionan ante un conflicto con uno de mayor tamaño). En este caso, podríamos decir que las relaciones entre D y L se encuentran en un equilibrio entre tendencias opuestas a la fisión (D y L) y a la fusión (DL) frente al conflicto con otros grupos (partidarios del prohibicionismo) de mayor tamaño.
  29. Existen más de quinientas variedades de cannabis en el mundo. No obstante, se puede hablar de variedades puras de genética sativa, índica o rudelaris y de híbridos, cruza de variedades de genética sativa e índica. La composición química de cada variedad es diferente y de ello depende su olor, sabor y mambo. Pero podemos decir, a grandes rasgos, que las sativas tienen un efecto más psicodélico y energético; mientras que, el efecto de las índicas es considerado narcótico, relajante y son más aptas para usos medicinales (Haze, N° 12, 2011: 18-25).
  30. Si bien no se desconocen las críticas que se han hecho a las propuestas que leen el intercambio como una realización mecánica del principio de reciprocidad (Bourdieu, 2007; Sigaud, 1999; entre otros), aquí se retoma el esquema de círculos concéntricos propuesto por Sahlins en la medida en que permite introducir el vínculo existente entre distancia social e intercambio.
  31. Como ya hemos señalado, los sentimientos de agravio moral frente a lo que se entiende como una injusticia o “falta de respeto” pueden ser motivación suficiente para la lucha (Da Matta, 1980; Honneth, 1995). Es decir, pueden operar como fuerza capaz de movilizar, de generar compromiso, valor y, por ende, poder social.


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