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Problemas, temas y enfoques para el estudio del Ejército en la historia reciente del Nordeste Argentino

Germán Soprano

Introducción

Historia regional e historia reciente son dos campos sub-disciplinares en la historiografía argentina con diferente génesis y desarrollo. En esta oportunidad, propongo ponerlos en diálogo con una historia de los militares y de la guerra –un subcampo todavía incipiente en nuestros medios académicos– con el objeto de problematizar la delimitación espacial y temporal y los sentidos atribuidos a las categorías analíticas región e historia reciente en el estudio del Ejército como institución del Estado nacional y de los militares en sus relaciones con la política y la sociedad en la región denominada Nordeste Argentino (NEA), que comprende las provincias de Corrientes, Formosa, Chaco y Misiones.

En el presente trabajo exploraré respuestas a las siguientes preguntas: ¿Qué dimensiones de análisis o atributos sociales de lo militar y de los militares en sus relaciones con la política y la sociedad podrían constituir cuestiones relevantes para el estudio de la historia reciente de esta región? Y en función de ello, ¿cómo definir los alcances espaciales de la escala regional en el caso específico del estudio del Ejército o de lo militar en ese ámbito?, ¿qué periodizaciones establecer como marcos temporales de referencia?, ¿cómo deberían ser comprendidas las perspectivas y experiencias nativas –especialmente las castrenses– acerca de la región, la nación y sus alteridades en investigaciones históricas y etnográficas sobre estas cuestiones? Y por último, ¿cómo inscribir el estudio de la violencia política y de la última dictadura en dichas interpretaciones historiográficas sobre el Ejército y los militares en la historia reciente del NEA?

Quisiera explicitar que no soy un especialista en historia regional; no obstante, mis investigaciones etnográficas sobre la política en las provincias de Misiones y Corrientes en la segunda mitad de la década de 1990 y en los años 1999-2000 –respectivamente– me llevaron analizar la política en la escala sub-nacional en esas dos provincias. A su vez, mis investigaciones históricas y etnográficas dialogan desde 2008 con problemas y objetos centrales para la historia reciente como son las Fuerzas Armadas y los militares, especialmente, por sus desempeños políticos y comportamientos represivos en el siglo XX. Aun así, tampoco soy especialista en historia reciente. Por el contrario, sí, me he especializado en investigaciones históricas y etnográficas sobre militares y la guerra en la Argentina de los siglos XX y XXI. Esta especialización no implica –y esto es importante destacarlo– que mi universo de interlocutores se circunscriba sólo a quienes producen o se referencian en esa materia y período, pues el diálogo con otras disciplinas o campos sub-disciplinares siempre se me ha impuesto como una necesidad, toda vez que una concepción no apriorística, comprehensiva y situada de los problemas y objetos de mis pesquisas demanda del recurso a enfoques y resultados de investigaciones de colegas que lidian con cuestiones similares, conectadas o pasibles de ser comparadas. Sepan, entonces, disculpar mi elemental conocimiento acerca de la historia regional, mis relativamente mejores pero incompletos sobre la historia reciente, así como mi interés sesgado por interpelar estas dos historiografías desde mis experiencias de investigación histórica y etnográfica acerca de los militares y la guerra.

Historia reciente

En 2007, Marina Franco y Florencia Levín compilaron el libro Historia reciente. Perspectivas y desafíos para un campo en construcción cuando la historia reciente se esbozaba como un subcampo disciplinar específico de la historiografía argentina.[1] Reflexionaban sobre por qué la historia reciente no se define sólo por la proximidad temporal respecto del presente –esto es: “por la supervivencia de actores y protagonistas del pasado en condiciones de brindar sus testimonios al historiador, la existencia de una memoria social viva sobre ese pasado, la contemporaneidad entre la experiencia vivida por el historiador y el pasado del cual se ocupa” (Franco y Levín, 2007, p. 33)–; sino también por problemas y objetos de investigación relacionados con traumas sociales contemporáneos como “guerras, masacres, genocidios, dictaduras, crisis sociales y otras situaciones extremas que amenazan el mantenimiento del lazo social y que son vividas por sus contemporáneos como momentos de profundas rupturas y discontinuidades, tanto en el plano de la experiencia individual como de la colectiva” (Franco y Levín, 2007, p. 34). Además, exploraron respuestas a dos preguntas clave para la historia reciente hecha en Argentina: ¿qué período comprendería? Y, sobre todo, ¿qué atributos sociales definen dicho período? Respondían que, si bien no existen razones epistemológicas o metodológicas que delimiten la historia reciente necesariamente en torno de hechos o procesos traumáticos como los referidos, en Argentina dicho campo sub-disciplinar se asocia con regímenes represivos producidos desde el golpe de Estado de la autodenominada Revolución Libertadora de 1955, con la violencia política de la década de 1970 o con el terrorismo de estado de la dictadura del Proceso de Reorganización Nacional de 1976-1983.

Por su parte, en un artículo publicado en 2018, Luciano Alonso sostuvo que consideraba que aquella caracterización de la historia reciente hecha por Marina Franco y Florencia Levín no era incorrecta, pero sí insuficiente, debido a que el contenido de la historia reciente en la Argentina acabó por no comprender otras dimensiones sociales relevantes que han sido objeto en otras historiografías como las denominadas “historia actual”, “historia inmediata”, “historia del presente” o “del tiempo presente” e “historia en curso”. De modo que, continuaba Luciano Alonso, “esta formulación argentina aparece en rigor como una forma específica o sector especializado de historia actual o historia del presente, vinculada a un pasado traumático por más que su denominación pueda sugerir un mero recorte cronológico” (Alonso, 2018, p. 78). Por tal motivo, Alonso no sólo planteaba la necesidad de diversificar las temáticas de esa historiografía sino también prolongar su periodización objeto de análisis más allá del recorte consagrado canónicamente por los años 1955-1983.

La proyección de los problemas y objetos de la historia reciente más allá del final de la última dictadura también fue señalada por Marina Franco y Daniel Lvovich en un artículo de 2017 cuando observaban que la “transición a la democracia”, el juicio a los excomandantes o aun la crisis de diciembre de 2001 pueden ser considerados como hitos simbólicos que implican cierta forma de ruptura con los pasados considerados cercanos (Franco y Lvovich, 2017, p. 191). Por ello, estos autores planteaban que, además de la referencia temporal o cronológica, la historia reciente producida en la Argentina refería o debería referir a procesos históricos con fuertes efectos sobre el presente –tales como las violaciones a los derechos humanos cometidas durante el terrorismo de estado de la última dictadura o la radicalización política en la década de 1970– e incorporar el estudio de transformaciones sociales y políticas desarrolladas a partir de la crisis política y económico-social de 2001. Esta ampliación temporal y diversificación temática avanzaba en el sentido sugerido por Luciano Alonso, es decir, no restringiendo los problemas y objetos a aquellos consagrados más canónicamente en este campo sub-disciplinar desde su génesis en la Argentina en torno de los regímenes represivos, la violencia política y el terrorismo de estado de los años 1955-1983. En otros términos, para Franco y Lvovich, “la historia reciente está en condiciones de descentrarse de los objetos que configuraron inicialmente su ámbito de desarrollo y avanzar más hacia otros espacios definidos de manera más amplia por un `régimen de historicidad´ contemporáneo” (Franco y Lvovich, 2017, p. 207).

Ahora bien, ¿qué lugar ocupan los militares y las Fuerzas Armadas en la historiografía de la historia reciente producida en la Argentina? La respuesta es contundente e inequívoca: el de actores e instituciones estatales represivas. Tal es una conclusión a la que es posible arribar no sólo mediante la lectura de infinidad de artículos y muchos libros comprendidos en, relacionados con o interpelados por este campo sub-disciplinar de la historiografía argentina y, más ampliamente, del Cono Sur, sino aquella alcanzada en la revisión efectuada recientemente en 2018 en el libro La historia reciente en Argentina. Balances de una historiografía pionera en América Latina, compilado por Gabriela Águila, Laura Luciani, Luciana Seminara y Cristina Viano.

Historia regional

A diferencia de la historia reciente, la historia regional y su historiografía tienen en la Argentina una historia secular. María Silvia Leoni (2018) recuerda que, desde la segunda mitad del siglo XIX, en la Argentina coexistió una historiografía tenida como “historia nacional” con la “crónica regional”, “historia regional” e “historia provincial”. Las relaciones entre esas historiografías han sido complejas: en ocasiones reconocieron relaciones de complementariedad –cuando, por ejemplo, las últimas destacaban la contribución provincial a la construcción de la nación- y en otras oportunidades relaciones de abierta disputa –cuando se confrontaban las perspectivas provinciales con las porteño-céntricas dichas “nacionales”–. Muchas veces esas historiografías fueron cultivadas por historiadores adscriptos o rotulados en diferentes membresías intelectuales o institucionales y, otras veces, algunos alternaron reconocimientos entre unas y otras membresías, es decir, entre los historiadores que hacían “historia nacional” y los que hacían “historia provincial” o “historia regional”.

Si la definición de qué es historia reciente supone la delimitación de periodizaciones, actores, sentidos y atributos sociales, otro tanto sucede con la categoría región y sus formas históricas, pues ésta o éstas carecen de una sustancia esencial y trascendente que las defina internamente o en sus relaciones con otros espacios sociales contiguos o distantes. Su definición, a su vez, no es un asunto que interesa sólo a historiadores, geógrafos, sociólogos, economistas u otros académicos, sino una que en la Argentina del siglo XX y XXI convoca y protagonizan diversos actores políticos, estatales y de la sociedad civil que son, simultáneamente, objeto de estudio de las pesquisas de las ciencias sociales.[2] Tal cuestión fue problematizada pocos años atrás en conferencias dictadas en el marco de la Especialización en Historia Regional de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional del Nordeste entre 2013 y 2015 por María Silvia Leoni (2015), Susana Bandieri (2015) y Sandra Fernández (2015), las cuales fueron publicadas con presentación de María del Mar Solís Carnicer (2015) en Folia Histórica del Nordeste.[3]

En relación con el cruce entre historia regional e historia reciente, Marina Franco y Daniel Lvovich decían que si bien se habían multiplicado los estudios sobre diversas ciudades y regiones del país, todavía resultaba necesario “profundizar en una compresión capaz de poner en cuestión las afirmaciones nacionales basadas en constataciones `porteñocéntricas´. De hecho [continuaban], también los estudios locales deberían ayudarnos a pensar otras periodizaciones que dejan a la vista la necesidad de matizar el impacto real de los cortes institucionales en distintas dimensiones de la vida colectiva así como en las subjetividades de diversos actores” (Franco y Lvovich, 2017, p. 206). Del mismo modo, Gabriela Águila (2018) también llamó la atención críticamente acerca del predomino de perspectivas porteño-céntricas con pretensiones nacionalizadoras y cuya eficacia social no puede presuponerse para marcos interpretativos adecuados a la comprensión de procesos en diferentes localizaciones sub-nacionales. En este sentido es que esta historiadora destacaba el valor heurístico de las investigaciones situadas en escalas regionales, provinciales o locales –como la realizada por ella en su libro Dictadura, represión y sociedad en Rosario, 1976.1983. Un estudio sobre la represión y los comportamientos y actitudes sociales en dictadura-. Dicho cambio en la escala de análisis tiene por objetivo no sólo ampliar la casuística sino definir y explorar otros problemas e hipótesis a fin de producir una interpretación más diversa y comprehensiva de la historia reciente en la Argentina.

En el caso del NEA, ese cruce entre historia reciente e historia regional enfocándose en la represión física y/o simbólica ejercida por las Fuerzas Armadas en la última dictadura se reconoce –sin ser exhaustivos- en publicaciones académicas recientes como las de Javier Maximiliano Núñez (2020) para el caso de Formosa, Yolanda Urquiza (2010) para Misiones, María Alejandra Mumbach (2017) en Corrientes, Tomás Elías Zeitler (2017 y 2020) y Claudia Calvo (2020) en el Chaco, y en el contenido de otros capítulos de este libro.

El Ejército Argentino en la historia reciente del NEA

Como plantea María Silvia Leoni (2018), el espacio contenido dentro de lo que hoy es considerado como el NEA no es histórica ni geográficamente homogéneo y su rotulación como región se relaciona, a su vez, con la delimitación de otras regiones –más extendidas o más reducidas– que se solapan o superponen con ella: “Mesopotamia”, “Litoral”, “región chaqueña” o “región misionera”.[4]

¿Qué noción de región invocar en esta oportunidad para referir al Ejército Argentino en la historia reciente del NEA? Mientras me formulaba esta pregunta, recordé la definición que sobre el espacio proporcionó Darío Barriera analizando dos obras fundamentales de Juan Carlos Garavaglia –una sobre la villa de Tepeaca de la región de Puebla, en co-autoría con Juan Carlos Grosso, y otra propia sobre San Antonio de Areco en la pampa rioplatense en los siglos XVII a XIX– (Garavaglia y Grosso 1994; Garavaglia 2009). Según esa definición, la configuración social del espacio es el resultado de la relación histórica establecida entre los grupos humanos y la superficie sobre la cual se inscriben sus relaciones sociales e intercambios. De allí que –continuaba Barriera– en el juego de escalas que propone Garavaglia: “Areco se ensancha y se encoge, gana y pierde extensión, y es más o menos marginal o autónomo respecto de sus distintos centros, y más o menos central respecto de sus propias periferias en distintos contextos, dependiendo de las relaciones tejidas por las familias que los hacen, y de la dimensión y el contenido de los circuitos comerciales que lo cruzan, lo nutren y se nutren de sus productos” (Barriera 2020, pp. 175-176).[5] Si caracterizamos analíticamente de este modo la noción de región, sus alcances temporales y espaciales y sus atributos sociales deberíamos definirlos históricamente en relación con las perspectivas, experiencias, inscripciones y relaciones de determinados actores sociales. Dicho en otros términos: no deberíamos dar por sentado que el sentido hermenéutico y la eficacia heurística de la categoría región –esto es, tanto en sus sentidos nativos como analíticos– han de ser significados de la misma forma para estudiar cualquier actor social y en cualquier circunstancia.

Entonces, ¿cómo comprender histórica o situacionalmente las perspectivas, experiencias, inscripciones y relaciones sociales de los militares argentinos en las provincias de Corrientes, Formosa, Chaco y Misiones en el período canónicamente atribuido a la historia reciente, 1955-1983? No puedo dar una respuesta sistemática y comprehensiva a esta pregunta pero, sí, plantear tres cuestiones de enfoque y sustantivas que considero relevantes en los diálogos establecidos o por establecer entre la historia reciente, historia regional e historia de los militares y la guerra.

Primera cuestión. La amplitud temporal y densidad social en el territorio de la presencia del Ejército Argentino en las jurisdicciones territorianas y provinciales del convencionalmente denominado NEA han sido y son muy desiguales en las mismas, esto es, en las actuales provincias de Corrientes, Formosa, Chaco y Misiones­. Sin embargo, en términos generales, si incluso circunscribiéramos el inicio de la historia reciente en uno de los cortes canónicos que la historia política argentina concede a 1955, comprender las relaciones entre el Ejército, la política y la sociedad en estas cuatro jurisdicciones provinciales demandaría tener presente cómo fue el despliegue militar en la región desde finales del siglo XIX, tal como fue abordado recientemente para el territorio chaqueño por Daniel Chao (2021). Lo que pretendo destacar con esta afirmación es que la inscripción y participación social de los militares del Ejército de Línea, el Ejército Nacional y, luego, del denominado Ejército Argentino en esas cuatro provincias entre los años 1955 y 1983, no pueden ser adecuadamente comprendidas si no reconocemos la profundidad histórica y la densidad social de las inscripciones, relaciones e identidades que los ligaban con las sociedades locales –sean estas un pueblo y su hinterland, una ciudad o una provincia– desde que las unidades operativas y de apoyo logístico, los distritos militares y los comandos de brigada se asentaron en diferentes emplazamientos de las provincias y, anteriormente, en los territorios nacionales.

Así, por ejemplo, ¿pueden interpretarse los apoyos políticos y sociales a los golpes de Estado y los gobiernos de las autodenominadas Revolución Libertadora y el Proceso de Reorganización Nacional en la escala local o provincial sin sopesar la eficacia social de las inscripciones, relaciones e identidades sociales compartidas previamente entre militares y civiles?[6] Pensemos en la prolongada y densa historia de relaciones sociales, económicas y políticas anteriormente establecidas por los civiles con las unidades militares asentadas –por ejemplo– en las ciudades de Corrientes, Mercedes, Curuzú Cuatiá y Paso de los Libres. Sopesemos la imbricación de los lazos sociales producidos entre los oficiales superiores y jefes con los individuos o grupos de notables o de las elites locales y provinciales,[7] los vínculos de parentesco entre oficiales y suboficiales con mujeres de familias correntinas, o bien el papel del distrito militar en el enrolamiento y reclutamiento de jóvenes de diferentes sectores sociales y por las unidades del Ejército en su instrucción militar a través del servicio militar obligatorio en el siglo XX.[8] Consideremos también la participación castrense en numerosos eventos públicos y su rol en los procesos de construcción de la identidad nacional y provinciales. Y recordemos, además, que entre los años 1955 y 1983 la Gendarmería Nacional era una fuerza dependiente del Ejército, con una significativa presencia territorial en cumplimiento de la vigilancia y el control de fronteras en las cuatro provincias, por lo que debiéramos considerar sus inscripciones y relaciones sociales en el NEA para este período.

De modo que, cuando situamos los asentamientos en los que se inscriben y se producen las relaciones entre esferas y actores militares y esferas y actores civiles, es posible investigar los procesos de construcción espacial regional o de regionalización a partir del reconocimiento de dispositivos de emplazamiento que están dentro de cada provincia, pero que no son la provincia; y también, reconocer los dispositivos de emplazamiento que están dentro de la provincia, pero que la exceden estableciendo vínculos con otras esferas y actores situados por fuera de ella e incluso por fuera del territorio nacional, tal como han demostrado las pesquisas, entre otras, de Susana Bandieri (2005) sobre la Patagonia.

Una segunda cuestión. Si reconocemos que las relaciones entre militares y civiles en las provincias de Corrientes, Formosa, Chaco y Misiones entre los años 1955-1983 deben ser comprendidas en una periodización más prolongada e inscribiéndolos en una densa trama de relaciones e identidades sociales compartidas que no puede reducirse a la sola oposición civil-militar, cabría preguntarse si las perspectivas de los actores sociales civiles acerca del Ejército y sus vínculos con los militares en esa región sólo merecen ser enfocadas en esas décadas –como prioritariamente viene sucediendo– conforme al papel ejercido por éstos en sus intervenciones políticas de facto y en la represión social.[9]

Como podrán sospechar, mi respuesta al anterior interrogante es negativa, pues incluso para tener una interpretación genuinamente comprehensiva de esas intervenciones y desempeños resulta indispensable dar cuenta también de los consensos sociales producidos entre los actores y esferas sociales civiles respecto de ello. Y empleo intencionalmente la categoría analítica consensos y no complicidades o colaboracionismo, pues más allá de los juicios políticos y morales que legítimamente sustentamos como ciudadanos argentinos y ciudadanas argentinas o como seres humanos acerca de los protagonistas y sucesos de estas historias, el desafío historiográfico consiste, creo, en comprender situacionalmente la historia reciente desde las perspectivas y experiencias de diversos actores sociales en sus propios términos, lógicas y prácticas sociales.

Así pues, una interpretación comprehensiva de las perspectivas y experiencias de diversos actores sociales acerca de la historia del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional en el Chaco no debería sólo enfocarse –por ejemplo– en procesos y eventos relevantes tales como la represión al movimiento campesino o en ominosos crímenes de lesa humanidad como la Masacre de Margarita Belén, producidos como parte de los dispositivos desplegados por el terrorismo de estado. También cabría invertir esfuerzos en el estudio –vaya otro ejemplo- de la conformación y las políticas públicas de los gobiernos provinciales de facto del general de brigada (R) Antonio Serrano, que tuvo una prolongada administración ejecutiva entre abril de 1976 y marzo de 1981, y de su sucesor el coronel (R) José David Alberto Ruiz Palacios, que gobernó la provincia hasta diciembre de 1983.[10] Y entre las buenas razones historiográficas que encuentro para abordar en su especificidad ambos gobiernos provinciales se cuenta la siguiente: no me parece que el ejercicio del gobierno de facto, las relaciones políticas y los vínculos con diversos sectores de la sociedad chaqueña establecidos por estos dos militares puedan ser mecánicamente reducidos al accionar represivo dictatorial ni al solo espacio de la jurisdicción chaqueña. Dicho en otros términos: las figuras políticas del general Serrano y del coronel Ruiz Palacios no pueden ser homologadas en una historia reciente con la del general de brigada Cristino Nicolaides que tuvo a su cargo la Subzona 23 del dispositivo represivo del Ejército en el terrorismo de estado como comandante de la Brigada de Infantería VII con comando en la ciudad de Corrientes y responsabilidades jurisdiccionales sobre las provincias de Misiones, Chaco, Formosa y en los departamentos Capital, San Cosme, San Luis del Palmar, Empedrado, Saladas, Bella Vista, Lavalle, Goya y Esquina en la provincia de Corrientes, entre abril de 1976 y diciembre de 1978, y a cuyo comando respondía el Destacamento de Inteligencia 124 con sede en Resistencia que tuvo un papel decisivo en la Masacre de Margarita Belén.

Avanzar en investigaciones que comprendan la conformación de los gobiernos provinciales de facto en la última dictadura y sus políticas públicas implica –entre otras opciones– estudiar su elenco de funcionarios y sus formas de reclutamiento, sus formaciones profesionales y académicas, sus trayectorias sociales previas, su participación en redes e instituciones políticas y sociales de diversos alcances (internacionales, nacionales, provinciales, locales) y de diferentes contenidos (políticos, empresariales, confesionales, universitarios, profesionales, entre otros), sus vínculos con militares en actividad y en situación de retiro, etc.[11] Y aquí, una vez más, la comprensión histórica de este período no puede reducirse sólo a las lógicas y prácticas exclusivamente represivas.

Veamos un caso que resulta socialmente cercano. El prestigioso historiador, profesor universitario, investigador del CONICET y miembro de la Academia Nacional de la Historia, Ernesto Maeder –quien hacia 1976 acumulaba una destacada trayectoria en la Universidad Nacional de Nordeste como profesor desde 1958, director del Departamento de Historia entre 1959 y 1963, decano de la Facultad de Humanidades entre 1964 y 1968, rector de dicha Universidad entre 1969 y 1970 y director del Instituto de Historia desde 1970– fue convocado por el gobierno del general Serrano para desempeñar funciones en el Ministerio de Educación de Chaco. Según pude leer en un texto disponible en línea –que, de acuerdo con la doctora Teresita Álvarez de Tomassone, compila una selección de pasajes de la autobiografía de Maeder del año 2013– su autor relataba aspectos de su participación en esa cartera provincial como subsecretario entre 1976 y 1978 y ministro de Educación entre 1978 y 1981. Maeder decía que su designación lo había tomado por sorpresa pues no “mantenía vinculación alguna con el gobierno”, pero que consideró que la “oportunidad constituía un reto, que no podía rehuir sin dar buenas razones, pues el no aceptarlo, sin comprometerme en la acción, me colocaba en la mera observación crítica o en el desprecio por la política cotidiana, que solíamos practicar desde la universidad” (Maeder 2013, p. 15). Sin dudas, la experiencia de Maeder como funcionario provincial no puede reducirse exclusivamente a lo que él ha contado acerca de la misma, pero asumir la elemental precaución metodológica de recabar las voces de otros protagonistas y analizar diversas fuentes documentales que nos informen acerca de la conformación y del diseño y ejecución de las políticas públicas del gobierno de facto del general Serrano, no debe llevarnos a desatender la perspectiva y el contenido de su testimonio. No entraré aquí en los comentarios que ofreció en su autobiografía del año 2013 respecto de su gestión educativa en la provincia entre 1976 y 1981, pero sí me detendré en una consideración que, a propósito de la misma, expresó a sus lectores cuando sostuvo que:

Si el clima ideológico fuera otro, mi narración no pasaría de un repaso general sobre aquella gestión, las experiencias vividas, la gente con quien me relacioné y algunos logros alcanzados en esa tarea. Pero como ésta época está condicionada por el menosprecio o el silencio sobre todo lo obrado y vivido, no creo que pueda sustentarme a esa sensación y detenerme particularmente en el campo de mi competencia, que es la educación, como por el deseo de ser veraz, al señalar los hechos y personas que actuaron con patriotismo, en su afán de dotar de mejores servicios a sus comprovincianos y jerarquizar a la provincia en el nivel nacional (Maeder, 2013, p. 15).

Esta apreciación está informada por concepciones políticas y experiencias en la función pública provincial en los años del “Proceso” y aquellas que Maeder tuvo en democracia –también fue Convencional Constituyente en 1994 por el partido político Acción Chaqueña, creado por el coronel Ruiz Palacios–. Pero no es necesario compartir sus concepciones y experiencias políticas –al menos esta es mi opinión– para percibir que en esa apreciación hay una constatación con consecuencias historiográficas: el rechazo político, ideológico y moral a esa experiencia traumática que fue la última dictadura de la Argentina –y aquí recordemos una vez más el estatuto que el trauma tiene en la delimitación del subcampo de la historia reciente en la historiografía argentina– pareciera inhabilitar o cuanto menos desestimular el interés de muchas historiadoras e historiadores por investigar –en sus propios términos, lógica argumental y posiciones socialmente situadas– las perspectivas y experiencias de los militares y de los civiles que participaron de los gobiernos de facto nacional y provinciales en ese período. Los términos “perpetradores” o “complicidad” pueden ser buenos para librar batallas políticas, pero no se adecuan a la hermenéutica de los actores sociales cuyas perspectivas y experiencias propongo comprender situacionalmente y, en consecuencia, no son categorías analíticas o heurísticas apropiadas.

Por último, la tercera cuestión. Una historia de las perspectivas y experiencias de los militares argentinos acerca del NEA como región y/o de las regiones solapadas o superpuestas con ella –tales como Mesopotamia, Litoral y también II Cuerpo de Ejército– en el período canónicamente definido como objeto de estudio de la historia reciente, esto es, 1955 a 1983, debería dar continuidad a investigaciones que abordaron las concepciones castrenses acerca de la defensa nacional y la seguridad internacional, la geopolítica y las formas históricas de la guerra en el marco de hipótesis de conflicto vecinales en el Cono Sur e hipótesis de conflicto internas en el escenario de la “Guerra Fría”. Tales investigaciones constituyen una plataforma y referencia fundamental para el desarrollo de nuevas pesquisas.

Sin embargo, hay aspectos que continúan siendo abiertamente desatendidos por la historiografía y que, en mi opinión, tienen efectos en la definición o en la elección de las preguntas, objetos de estudio, hipótesis, metodologías y el tipo de fuentes documentales y de testimonios orales enfocados por los investigadores. Sucede que hasta el momento se ha privilegiado el estudio de las dimensiones ideológicas, políticas, programáticas y/o doctrinarias de esas concepciones, las cuales son comprendidas sirviéndose de fuentes documentales expresivas de las mismas, tales como declaraciones públicas en medios de comunicación efectuadas por oficiales superiores y jefes o por autoridades gubernamentales, leyes y decretos, reglamentos, órdenes y manuales militares, libros y artículos de revistas especializadas, entre otros. Pero, ¿qué sabemos acerca de las actividades militares cotidianas en los cuarteles en esos años efectuadas por el personal militar –oficiales y suboficiales de todas las jerarquías– y soldados conscriptos?, ¿qué de sus ejercicios operativos en el terreno?, ¿qué acerca del cumplimiento de tareas de acción cívica en las comunidades?, ¿qué de la experiencia de los ciudadanos en el servicio militar obligatorio?, ¿qué de la circulación de oficiales y suboficiales por unidades con asiento en jurisdicciones castrenses de esta región a lo largo de sus carreras profesionales?, ¿qué de sus relaciones habituales con la población civil en los medios civiles próximos a las unidades militares? (por ejemplo: acerca de casamientos con mujeres de familias locales o extralocales, asistencia de sus hijos a las escuelas del lugar, membresía en las comunidades religiosas, participación en eventos públicos populares, etc.). Poco es lo que hoy podemos decir en respuesta a estas preguntas.

¿Por qué sería relevante enfocar las investigaciones históricas sobre militares en tales preguntas y en el relevamiento de fuentes documentales y la producción de testimonios que puedan responderlas? Porque, como dijera anteriormente, la profundidad temporal y densidad social de las inscripciones, relaciones e identidades militares en la región y en sus diferentes y heterogéneas localizaciones a su interior, requieren del recurso a ese enfoque más propio de una historia social y cultural de los militares que de una historia de las ideas o una historia política sobre los mismos. Más aun, nuestro conocimiento sobre las dimensiones políticas e ideológicas de las intervenciones castrenses se vería complejizado si las comprendiéramos en sus relaciones con los temas enfocados por esas preguntas y sus respuestas.

Sobre las relaciones de los civiles con los militares en las provincias que componen lo que convencionalmente se reconoce como la región administrativa del NEA quisiera, además, referir a un tema que es objeto de la agenda pública y de una causa judicial. Recordemos que en la Guerra de Malvinas fueron desplegados en las Islas soldados conscriptos de las provincias de Formosa, Chaco, Misiones y Corrientes que revistaban en unidades del Ejército Argentino con asiento natural en la provincia de Corrientes e integraban la Tercera Brigada al mando del general de brigada Omar Parada. Dichas unidades fueron el Regimiento de Infantería 12 de Mercedes al mando del teniente coronel Ítalo Piaggi, el Regimiento de Infantería 4 de Monte Caseros al mando del teniente coronel Diego Soria, el Regimiento de Infantería 5 y el Grupo de Artillería 3 de Paso de los Libres al mando del coronel Juan Mabragaña y el teniente coronel Martín Antonio Balza, respectivamente.[12]

El tema que quiero mencionar es el de los soldados conscriptos que en la Guerra de Malvinas revistaron en el Regimiento de Infantería 5 de Paso de los Libres y denunciaron judicialmente a oficiales y suboficiales de su unidad por cometer graves violaciones a los derechos humanos contra ellos, tales como “detenciones ilegales”, “fusilamientos”, “torturas sistemáticas”, “vejámenes repetidos” y “desprecio absoluto por la vida”, “estaqueos”, “enterramientos”, aplicación de “picana eléctrica”, sometimiento a “hambre extremos” y “torturas” a soldados por su “condición de judíos”. Aquel accionar de sus superiores habría acarreado la muerte de soldados de dicha unidad. En el año 2007, el entonces subsecretario de Derechos Humanos de la provincia de Corrientes, Pablo Andrés Vassel, presentó las primeras denuncias en el Juzgado Federal de Río Grande (Tierra del Fuego) y el CECIM-Centro de Ex Combatientes Islas Malvinas de La Plata fue parte querellante (Vassel, 2007). Esta causa judicial, a su vez, ha sido comprendida en el subcampo disciplinar de la historia reciente como una expresión de la proyección en las Islas Malvinas de los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura en el continente (Abelenda y Villalba, 2017; Ranalletti, 2017; Perera, 2019).[13]

Este tipo de denuncias por comisión de crímenes de lesa humanidad por parte de oficiales y suboficiales sobre soldados conscriptos no han sido hechas contra el personal de cuadros de las otras unidades con asiento en la provincia de Corrientes que participaron de la Guerra de Malvinas. En la investigación histórica y etnográfica que realicé entre el año 2015 y 2019 sobre el Grupo de Artillería 3 de Paso de los Libres en el marco de una biografía sobre el teniente general (VGM) Martín Antonio Balza, los soldados entrevistados o que habían brindado testimonios sobre sus experiencias de guerra en esa unidad no mencionaron la comisión de ningún delito de ese tipo (Soprano 2019). Por el contrario, incluso cuando fue dado reconocer en sus testimonios algunos conflictos interpersonales o entre el personal de diferentes jerarquías o emplazados en diferentes posiciones en el teatro de operaciones –hechos de ocurrencia inevitable en una guerra–, muchos veteranos oficiales, suboficiales y soldados del Grupo de Artillería 3 se reúnen todos los años hacia fines del mes de abril en el cuartel para participar de la ceremonia que denominan como el “Bautismo de Fuego” de la unidad.

¿Qué resultados arrojaría una investigación comparada o conectada sobre las perspectivas y experiencias bélicas de los soldados veteranos oriundos de las cuatro provincias del NEA que revistaron en estas cuatro unidades del Ejército con asiento en la provincia de Corrientes durante la Guerra de Malvinas, si esa investigación estuviese atenta a las conexiones que dibujan las relaciones de los actores? Sospecho que confirmaría que esas perspectivas y experiencias no fueron necesariamente homogéneas y también que no pueden reducirse a las particulares vivencias que tuvieron en la guerra y en la posguerra los soldados conscriptos del Regimiento de Infantería 5. Un análisis conectado o comparado que comprenda esas cuatro unidades debería enfocarse, al menos, en reconocer en cada una de ellas cuáles eran los perfiles y trayectorias de sus mandos (oficiales y suboficiales), qué instrucción y adiestramiento recibieron sus soldados en tiempo de paz, que alistamiento tenían las unidades y si se desplegaron en las Islas con su dotación completa de armamento, materiales y equipos, cuál o cuáles fueron sus emplazamientos en el teatro de operaciones, qué disponibilidad de servicios logísticos tuvieron, cuáles fueron las características de los enfrentamientos que libraron con los británicos, qué les sucedió al caer como prisioneros de guerra, cómo fue su regreso al continente, cuál fue la recepción dada por las autoridades militares y por las sociedades en las que tenían asiento sus unidades y cuáles sus experiencias como veteranos y relaciones entre veteranos y con el Ejército desde la inmediata posguerra hasta el presente. En mi investigación sobre el Grupo de Artillería 3 respondí estas preguntas. Ahora bien, ¿qué podrían indagar otras pesquisas académicas sobre las otras tres unidades?, ¿qué podría establecerse mediante estudios comparados o conectados de las perspectivas y experiencias antes, durante y en la posguerra de los veteranos de esas unidades de Mercedes, Curuzú Cuatiá y Paso de los Libres?, ¿cuáles fueron las historias individuales y colectivas de esos veteranos desde que fueron desmovilizados, a su regreso a Saladas, Virasoro, Formosa, Posadas, Apóstoles, Resistencia u otras localidades, y desde entonces hasta el presente?, ¿qué singularidades poseen las historias de guerra y de posguerra de estos veteranos del NEA respecto de los veteranos de otras regiones y provincias del país? Y, por supuesto, ¿qué comparten unos y otros y qué los conecta? Y ¿qué consecuencias tienen estos despliegues en la regionalización de las percepciones y vivencias sobre la “causa Malvinas” diseminadas por los actores a su regreso al continente y por las familias de los que no regresaron?

Reflexiones finales

Un buen punto de partida de nuestra aproximación al objeto de este artículo es comprender históricamente la construcción de sentidos asociados con la región. Dichos sentidos son producidos y actualizados por diversos actores sociales en determinados contextos y ante ciertos interlocutores –podemos denominar a éstos como sentidos nativos del término región-; o bien son aquellos que los científicos delimitamos en función de cómo caracterizamos históricamente la región –tales serían los sentidos analíticos de esta categoría-.[14] Esas alternativas no son necesariamente excluyentes, pero me inclino en favor de un enfoque que inicialmente identifique los sentidos y usos que los actores sociales otorgan situacionalmente a la región y reconozca las relaciones sociales que esos actores configuran en torno a un cierto espacio. Luego, a los fines de una sistematización interpretativa, una definición analítica de la región puede tener un valor heurístico, pero a condición de que su anclaje histórico y la referencia a los actores y relaciones sociales que subsume no se diluyan.

De lo anterior se sigue que los sentidos nativos y analíticos de la región y sus alcances temporales y espaciales se expanden y reducen históricamente en virtud de cuáles son los actores y relaciones sociales que comprenden y cuáles los sentidos y atributos vinculados con ellos. De allí que, aunque el interés de los académicos por inscribir sus investigaciones en subcampos disciplinares epistémica e institucionalmente consagrados como son la historia reciente e historia regional tienda a circunscribir los problemas y objetos de las mismas al período canónico 1955-1983 en las cuatro jurisdicciones provinciales del NEA, es preciso que esos recortes analíticos no obren como presupuestos naturalizados que coarten el reconocimiento o la búsqueda de conexiones que los excedan. Más aún si se trata de estudiar una agencia estatal nacional como el Ejército. Resultaría también un esfuerzo limitado pretender profundizar y diversificar los conocimientos acerca de la historia del Ejército en el NEA o en sus provincias si se desconoce la producción de la tradicional “historia militar” acerca de esa Fuerza y la más reciente renovación historiográfica producida en el siglo XXI por la historia social y cultural de la guerra o la historia de los militares y de la guerra.

Decíamos además que el estudio de los militares en ese período y región es uno relacional, que requiere inscribir al Ejército como institución y los militares como actores sociales en una trama y escenarios más comprehensivos vis-a-vis con otras instituciones y actores del Estado y de la sociedad en la región y sus provincias y, más ampliamente, en la jurisdicción territorial nacional. Pero también inscribirlos en sus relaciones con otros actores extranjeros o tenidos como ajenos a la nación o bien considerados por los militares argentinos de la época como antinacionales, que gravitaban efectiva o potencialmente sobre aquellos espacios. Estos últimos eran los “enemigos” de una “guerra convencional” en el escenario del Cono Sur –para el caso del NEA, las Fuerzas Armadas del Brasil- y otros “enemigos” que eran objeto de una “guerra revolucionaria” –“los subversivos”- comprendidos como manifestaciones locales del conflicto internacional de la “Guerra Fría” entre “occidente” y el “comunismo”.

En suma, los problemas, temas y cuestiones de enfoque planteados aquí, sin dudas, no agotan el potencial productivo que ofrecen las intersecciones entre historia reciente, historia regional e historia de los militares y de la guerra y su puesta en diálogo con la producción de una historia del Ejército en el NEA. Pero proveen de unos presupuestos generales que bien pueden ser de alguna utilidad para el diseño y desarrollo de estudios e investigaciones en curso o futuras, así como para repensar los resultados de pesquisas precedentes a la luz de otra perspectiva.

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  1. Ese año, 2007, Prohistoria. Historia, políticas de la historia publicó un dossier “Historia reciente y dictadura Argentina, 1976-1983”, con contribuciones de Florencia Levín, Rubén Kotler, Emilio Crenzel, Silvia Romano, Gabriela Águila, Fabiana Alonso, Diego Roldán y Virginia Castro. Recuperado de: https://www.academia.edu/35912825/Revista_Prohistoria_11_2007_ Consultado en línea el 25 de enero de 2022.
  2. Sobre la participación de los científicos sociales con inscripción institucional en la Universidad Nacional del Nordeste y en el CONICET en la década de 1960 y 1970 en el proceso de construcción de los sentidos atribuidos a la región del NEA, véase Leoni y Solís Carnicer (2018) y Núñez Camelino y Cargnel (2020).
  3. Poco después, en 2018, Quinto Sol. Revista de Historia de la Universidad Nacional de La Pampa, publicó el dossier “Debates y conflictos de la historia regional en la Argentina actual”, coordinado por Ernesto Bohoslavsky y con contribuciones de Susana Bandieri, Sandra Fernández, Andrea Andújar y Silvana Palermo. https://cerac.unlpam.edu.ar/index.php/quintosol/article/view/3337 Consultado en línea el 25 de enero de 2022.
  4. En 1872 se creó el Territorio Nacional del Gran Chaco comprendiendo las actuales jurisdicciones de Chaco y Formosa y en 1881 el Territorio Nacional de Misiones. A su vez, Chaco fue provincializada en 1951, Misiones en 1953 y Formosa en 1955.
  5. Digamos, además, que otro tanto sucede con Santa Fe en el libro de Barriera: Abrir puertas a la tierra. Microanálisis de la construcción de un espacio político. Santa Fe, 1573-1640.
  6. Para el caso del golpe de estado de la Revolución Libertadora en la provincia de Corrientes, María del Mar Solís Carnicer (2017) ha indagado en las relaciones entre militares y civiles que participaron del mismo. La comprensión de esas relaciones en esa coyuntura crítica es inscrita más ampliamente en los estudios de esta autora acerca de la sociedad y la política correntina desde la segunda mitad del siglo XIX.
  7. Para el período inmediatamente anterior a 1955, tal es el estudio efectuado por Solís Carnicer (2013) en relación con la intervención federal y la gobernación del general Juan Filomeno Velazco en la provincia de Corrientes.
  8. Al abordar el análisis de las redes de enrolamiento y sorteo militar de jóvenes en el cambio del siglo XIX al XX, Aldo Avellaneda (2019) efectuó una referencia empírica para el caso de Corrientes, la cual se espera profundice en ulteriores investigaciones.
  9. Por ejemplo, un evento clave en la historia reciente de Formosa cual fue el ataque perpetrado por Montoneros el 5 de octubre de 1975 al Regimiento de Infantería de Monte 29, ha sido principalmente abordado por las ciencias sociales enfocándose en la construcción de memorias castrenses en democracia (Badaró 2012; Pontoriero 2021). Sin embargo, las conmemoraciones públicas sobre aquel acontecimiento, los homenajes y reconocimientos en memoria del oficial, el suboficial, los diez soldados conscriptos y otros caídos en el ataque, promovidos y protagonizados en ese mismo período por autoridades gubernamentales y actores civiles de la sociedad en Formosa, no han recibido similar atención de parte de los académicos argentinos.
  10. Paula Canelo (2011) ha ofrecido una interpretación comprehensiva sobre los gobernadores militares y civiles de la última dictadura y la conformación de elites dirigentes provinciales; sobre el perfil y trayectoria política del coronel Ruiz Palacios y su partido político Acción Chaqueña: Adrogué (1993) y Bosisio (1993).
  11. Tal ha sido el análisis explorado por Mariela Leguizamón (2019) en relación con la gestión del gobernador Rodolfo Rhiner en la provincia de Formosa entre 1981-1983.
  12. Para un análisis del tratamiento mediático y la visibilidad pública de la Guerra de Malvinas a través de la prensa correntina –El Litoral y Época– durante el conflicto bélico y el estudio de los procesos de construcción y luchas de los exsoldados “movilizados” en favor de su reconocimiento como “veteranos de guerra” en las provincias de Corrientes y el Chaco entre los años 2006-2011, remito a Daniel Chao (2014, 2015, 2017).
  13. En la Corte Suprema de Justicia de la Nación se encuentra –al mes de noviembre de 2021- para su tratamiento el fallo de la Sala I de la Cámara Federal de Casación Penal que decidió que los delitos estaban prescriptos.
  14. Como se ha señalado más arriba, los científicos también suelen participar como actores sociales en la producción de sentidos nativos –públicamente reconocidos- acerca de la categoría región NEA u otras.


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