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Prólogo

Gustavo R. Cruz[1]

En un pasado invierno económico-político-cultural, Osvaldo Ardiles Couderc surgió ante nosotros de la noche del exilio en nuestro desierto errante. Hacía mucho frío. Un solitario filósofo de la liberación miraba, ya sin temor, al amo. El amo no quiere que le veamos a los ojos, nos dijo. Mirar siempre a la víctima (que en parte era mirarnos a nosotros mismos) puede ser una estrategia de obediencia al amo. Ardiles nos miraba y esa lucidez llegaba al destello de lo a-racional. El entusiasmo por las revoluciones se hacía herrumbre ante los fríos neoliberales. Esto sucedió en Córdoba, la ciudad católica y, a la vez, la de la reforma universitaria del 18. Ciudad de industrias atosigadas por el campo sojero. Lugar de memorias obreras de los Agustín Tosco y de la piadosa crueldad de obispos entusiastas de la bota militar. Ciudad docta y negra, estéticas de la dominación. Y el peronismo, ¿qué peronismo? ¿El de los cuarenta, el de los setenta y setenta, el de los noventa? ¿El nacional-popular? ¿El sojero? Todos en una ciudad, por cierto, muy radical. Fue uno de los ethos de Osvaldo Ardiles. Eso abre a la vez que oscurece la comprensión de la obra del filósofo sacrificial.

Nuestros diálogos con él, que duraron poco más de un año, bastaron para situarlo en el peligroso lugar del crítico radical, del lúcido hasta el temblor, del libre ácrata. Como Erio Vaudagna, un teólogo sin iglesias que, ante Ardiles y ante nosotros aprendices, expresó su salto libertario como ácrata, quizá en espejo a lo que Ardiles nos mostraba: vivir-pensar sin Amos. Al menos desearlo. No solo pensarlo, pues esto es fácil y es poco, sino desearlo con las entrañas, con el sexo, con el impulso de tener alguna débil razón pasional para levantarse cada día, y encontrar algún sentido para llegar a la cocina y calentar el agua para tomar un mate. Eso nos dijo un día: –Filosofar para rasguñar alguna razón por las que matear cada mañana, antes que saltar a la nada.

Un joven filósofo mexicano también surgió, creo que ya era primavera, indagando los rumbos del filósofo que había quedado sin cátedras académicas. Los Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional Autónoma de México impulsan audacias poco comunes en estos lugares, al menos en los territorios filosóficos. Estudiar rigurosamente a nuestros pensadores, a nuestras pensadoras. Aunque decir “nuestro” es aún equívoco, pues como nos enseña Arturo Roig, para entender a quién incluye y a quiénes excluye el “nosotros” es necesario indicarlo, señalarlo. Nuestros filósofos de y para la liberación. No es casual que, entre otras y otros, fuera Horacio Cerutti Guldberg uno de los inspiradores del trabajo de Orlando Lima Rocha, ni que Mario Magallón Anaya fuera otro entusiasta impulsor del trabajo.

Este libro es producto de una tesis de Maestría en Estudios Latinoamericanos defendida en la UNAM. En la militancia, dice Ardiles citado por Lima Rocha, “el filósofo se hizo pueblo y las masas exudaron filosofía”. Militando en el exilio es un buen indicativo para el ingreso al pensamiento de Ardiles y a la interpretación de Lima Rocha sobre aquel.

En la primera parte, que consta de tres capítulos, Lima Rocha ubica y re-ubica a la filosofía de Ardiles en la plural filosofía de la liberación de los años setenta. Cuestión necesaria de hacer, sobre todo para quienes no vivenciamos los años convulsos y germinales de las filosofías de la liberación. La historia de las ideas filosóficas latinoamericanas le brindan el instrumental epistémico para tal tarea, asumiendo sin retaceos los ejes de la discusión sobre la “autoimagen” como filósofos, el sujeto y el método del filosofar, como bien demarcara Horacio Cerutti Guldberg en Filosofía de la liberación latinoamericana (2006 [1983]). La obra de Lima Rocha se inscribe en esta tradición nuestroamericana, reabriendo discusiones a partir de un tema central, de ayer y hoy: el populismo.

En la segunda parte, conformada por cinco capítulos, Lima Rocha se adentra en la obra de Ardiles. Hay que destacar aquí un trabajo de buscador empedernido: haber logrado, viniendo desde México, trabajar con prácticamente la totalidad de la obra publicada de Ardiles. Se trata de materiales que no suelen estar a la mano, pues el mercado editorial también funciona eurocéntricamente. Los artículos y libros de Ardiles, que se publicaron entre 1966 y 2006, son analizados por Lima Rocha siguiendo un criterio centrado en varios temas nodales: una ontología de la alteridad, el ser histórico-social, la cultura popular y la liberación, las mediaciones del filosofar y la racionalidad dialógica-liberadora. Destaco de este estudio la puesta de relieve del marxismo frankfurtiano en Ardiles. Lima Rocha plantea que la noción de alteridad de Ardiles se inspira en los aportes de Herbert Marcuse, antes que en los de Emmanuel Levinas. Inflexión importante dentro del liberacionismo “analéctico”. También subraya las raíces cristianas del filósofo sacrificial, que en su momento compartió con Enrique Dussel y Juan Carlos Scanonne. Alejándose del neotomismo conservador, Ardiles dialogó –según muestra Lima Rocha– con la obra de Xavier Zubiri. Cristianismo y marxismo son dos matrices que se tensionaron en los senderos filosóficos del Ardiles liberacionista.

Es importante la discusión que Lima Rocha recupera y continúa sobre la posición de los liberacionistas ante el marxismo leído desde Nuestra América. Horacio Cerutti planteó su interpretación de la cuestión, en tanto activo gestor del liberacionismo, en su clásica obra arriba citada. Allí, como es muy sabido, sitúa a Ardiles, junto a Enrique Dussel y Juan Carlos Scanonne, como parte del subsector que denomina analéctico y refractario al marxismo. Cerutti mismo matiza cuando se refiere a Ardiles. Lima Rocha profundiza en esta cuestión para mostrar, como ya se indicó, la temprana recepción del marxismo frankfurtiano por parte de Ardiles, con lo cual propone una variante interpretativa. La cuestión es fundamental, no solo para la historiografía, sino para los desafíos presentes y futuros de la crítica a la dependencia moderna-colonial que ejerce el capitalismo en nuestros territorios. Plantear la cuestión apenas como un capítulo de la “recepción” del marxismo es poco. Se trata de los usos creativos o repetitivos, tema harto tratado en el pensamiento filosófico latinoamericano. Lima Rocha recupera reflexiones de Ardiles muy sugerentes en relación con la fascinación que ejerció el marxismo sobre amplios círculos políticos e intelectuales de nuestra región. Pero se trató, para Ardiles, de una fascinación defectuosa que se atenía a sacralizar fórmulas fetichizadas, aplicables a cualquier realidad social. Esta crítica es extensible a la recepción de diversas teorías sociales, que parten de problemas referidos a contextos específicos, situados usualmente en el “centro de la modernidad. Toda crítica se diluye, advierte Ardiles a fines de los años setenta, si no da cuenta de “nuestros propios problemas y no los de las metrópolis que exportan comercialmente hasta sus propios conflictos para distraer al zonzaje subdesarrollado”. Problema epistémico aún vigente.

Otro aporte de la obra de Lima Rocha es el abordaje de lo estético en Ardiles. Sugiere una crítica a mi poca valoración a su aporte sobre lo estético como “mediación liberadora”. Quizá tenga razón. Pero también es importante considerar que, aunque limitada, la recuperación del pensamiento de Ardiles la realizamos junto a Carlos Asselborn y Oscar Pacheco, en Liberación, estética y política (2009), obra dedicada a explorar la estética no solo como mediación, sino además como instancia fundamental para la liberación. En ese sentido, Lima Rocha recupera cuestiones centrales para continuar dialogando. 

Los temas y problemas filosóficos y políticos se agolpan, por lo cual es arbitrario cerrar, aquí o en otra parte, la presentación de una obra dedicada a un filósofo contemporáneo fundamental de Nuestra América. Pero no quiero dejar de mencionar que Lima Rocha propone una hipótesis interpretativa de gran centralidad: una de las tareas principales de Ardiles fue la elaboración de una ontología del ser histórico-social, entendida desde una dialéctica marxiana y desde un principio de exterioridad, que concibe al pueblo como sujeto político fundamental. Para Lima Rocha, la dialéctica exterioridad-totalidad es entendida por Ardiles en tanto inserta en la dialéctica social enajenación-creación para la liberación.

Es alentador encontrar a jóvenes no seducidos por los artificios desencantados de los posmodernos. Esto no significa que se tenga en mano la clave ni el monopolio de la crítica. ¡Jamás! Pero sí que continúa una voluntad, un deseo de liberación, sin los cuales es impotente toda racionalidad liberadora. Por ello, celebramos la publicación de esta obra, que hace justicia a Osvaldo Ardiles Couderc, un filósofo rebelde a los artificios del poder. Esta es una imagen imborrable que nos queda de Ardiles: filosofar sin Amos en la historia sacrificial de Nuestra América. Pero filosofar sin llanto: la ironía fue el destello de su humor filoso, filosófico. Un filosofar ante las partes pudendas del ser histórico-social sudamericano. 

 

Jujuy, julio de 2019


  1. Investigador del CONICET en el CISOR de la Universidad Nacional de Jujuy y profesor-investigador de la Universidad Católica de Córdoba.


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