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gobernabilidad

Rouquié, Alain. El siglo de Perón. Ensayo sobre las democracias hegemónicas, Buenos Aires, Edhasa, 2017,
360 páginas

Juan Pedro Denaday[1]

Alain Rouquié nació en Millau en 1939 y es un destacado latinoamericanista francés. El autor de dos conocidos tomos de historia política argentina que hacen foco en el actor castrense publica ahora un ensayo que propone una interpretación del fenómeno político y social más decisivo de su siglo pasado. Se trata de una reflexión politológica sobre la historia del peronismo, cuya distintiva versatilidad Rouquié juzga ilustrativa para el análisis de las democracias hegemónicas.

El capítulo 1 señala que la clase dirigente que lideró la época de inédita prosperidad entre 1880 y 1930 miró con desconfianza la apertura electoral y terminó derrocando a Yrigoyen. Luego de una década de restauración conservadora, en junio de 1940 la invasión hitleriana de Francia vino a dividir profundamente una vida política local signada por la dualidad entre una gran burguesía anglófila y un Ejército germanizado. Tres años después la logia Grupo de Oficiales Unidos (GOU) dió un golpe de Estado con la vocación de enderezar unas instituciones corrompidas que, según lo entendían estos militares nacionalistas, le allanaban el camino al comunismo. Perón, primus inter pares del club castrense, había regresado de su estadía italiana a fines de los treinta convertido en un admirador de Mussolini. El 27 de octubre de 1943 este coronel seducido por el socialismo nacional y antimarxista europeo eligió ser designado jefe del Departamento Nacional del Trabajo. Pocos sospechaban entonces que el carismático exprofesor de la Escuela Superior de Guerra transformaría esa marginal dependencia estatal en la flamante Secretaría de Trabajo y Previsión Social. Desde allí impulsaría un conjunto de reformas sociales favorables a la clase trabajadora para, provisto de ese apoyo, dar curso a una meteórica carrera política que lo conduciría, tres años después, a transformarse en el vencedor del escrutinio presidencial.

El capítulo 2 plantea que las grandes medidas sociales destinadas a dar forma al Estado de bienestar justicialista fueron adoptadas entre 1943 y 1946. Las mismas formaron parte de una estrategia contrarrevolucionaria que animó, desde el inicio, a Perón y sus colaboradores. La naturaleza híbrida del peronismo estuvo determinada por la introducción de prerrogativas favorables a los trabajadores en el marco de una estructura económica que permanecía, en lo fundamental, inalterada. Mientras tanto, política e institucionalmente se restringían los derechos ciudadanos. Sin fusilamientos, ni muchos prisioneros políticos, la persecución policial resultó suficiente para humillar a políticos e intelectuales opositores. Ese esquema represivo basado en la delación fue más original que la idea de sociedad propuesta por la tercera posición, cuya fisonomía simultáneamente antiliberal y antimarxista remitía a la experiencia fascista de los treinta. En cuanto a la asistencia social el régimen era bicéfalo, en razón del reparto de tareas entre el Estado y la Fundación Eva Perón. El 11 de noviembre de 1951, ya aprobado el voto femenino, la autocracia resultó plebiscitada en un escrutinio como tal libre y transparente, pero al que se arribó a través de una campaña electoral circunscrita al oficialismo. Los atentados antiperonistas del 15 de abril de 1953 radicalizaron el conflicto político y, luego de enemistarse con la Iglesia, Perón desató su violencia verbal. En dichas circunstancias, las prácticas políticas terminaron por oscurecer la democratización social y educativa implementada por el justicialismo.

El capítulo 3 describe cómo, luego del breve interregno lonardista, la Marina de Guerra tomó el poder y desplegó una política de restauración de las jerarquías sociales y de persecución contra el peronismo. Paradójicamente, el revanchismo político y social de la Revolución Libertadora, con su hito en los fusilamientos del 9 de junio de 1956, hizo su contribución a la consolidación del recuerdo idealizado de la experiencia peronista. Este priorizaba los aspectos socialmente redistributivos sobre un autoritarismo institucional que había quedado disminuido por el efecto comparativo con la dictadura. Se inició entonces un largo ciclo de inestabilidad política en el que las democracias restringidas se sucedieron con los gobiernos militares. Los de signo radical de Frondizi e Illia fracasaron en el intento de disputarle la clientela al peronismo, al mismo tiempo que sufrían la presión de los sectores recalcitrantes de la élite militar y empresaria. Al calor del fracaso de la contrarrevolución modernizadora de la Revolución Argentina, la proscripción generalizada y el desarrollo del tercermundismo clerical, los setenta verían irrumpir unos grupos guerrilleros con base en la juventud de las clases medias radicalizadas. Si Perón actuó como un bombero pirómano al momento de forzar su regreso, desde 1973 desenvolvió una política esquizofrénica. Por un lado, predicó la reconciliación nacional y, por otro, dentro del peronismo, dirigió una guerra sin cuartel contra Montoneros.

El capítulo 4 abarca el período que va desde el naufragio del gobierno de Isabel hasta la renovación justicialista de los ochenta. La última dictadura impuso cambios drásticos en los planos económico y social, pero políticamente no logró hacer desaparecer al peronismo, ni su vieja antinomia con el antiperonismo. Fallecido Balbín en 1981, adquirió protagonismo el radical progresista Alfonsín, quien era, además, vicepresidente de la APDH. Su oposición intransigente a la dictadura lo había llevado a adoptar una solitaria postura durante la Guerra de Malvinas, cuando ni los restos de la militancia montonera se habían privado de ofrecer colaboración combatiente a la aventura militar revestida de patriada. El abogado de Chascomús le ganó la elección a su colega Luder, que, aunque había representado una opción relativamente ecuménica en el faccioso maremoto peronista de la década anterior, contaba en su inventario con los decretos de “aniquilación de la guerrilla”, ahora invocados por los militares para cubrir la represión ilegal con un manto democrático. Alfonsín fundó la Conadep y en 1985 tribunales de la Cámara Federal llevaron a un juicio histórico a los comandantes de la dictadura. Mientras sectores nacionalistas del peronismo estuvieron cerca de los carapintadas y el sindicalismo impulsó 13 paros generales contra el gobierno radical, parte del justicialismo se renovó de la mano de Cafiero. Pero el resultado de la interna peronista no fue el esperado y se impuso Menem, que el 14 de mayo de 1989 fue elegido como el nuevo presidente de los argentinos.

El capítulo 5 aborda el menemismo y la transición duhaldista. Subido a su “Menemóvil”, el exgobernador riojano y preso político durante la dictadura, prometió un salariazo y una revolución productiva. El presidente más carismático después de Perón llegó al gobierno seis meses antes de lo previsto y con una economía incendiada. Una vez en la Rosada, impulsó una Ley de Reforma del Estado y no dejó patrimonio público por privatizar. En marzo de 1991, asesorado por el economista liberal Cavallo, sancionó la libre convertilidad del peso con el dólar. La pérdida de la soberanía monetaria solucionó el problema inflacionario y fue financiada con un formidable endeudamiento externo. Entre 1991 y 1994 crecieron tanto el PBI como los índices de pobreza, desigualdad y desocupación. Con la flexibilización laboral y la privatización de la seguridad social, el justicialista Menem coronó una política desperonizadora que terminó de redibujar el cuadro social de la Argentina. En 1999 de la Rúa y Álvarez hicieron una campaña electoral contra la corrupción y le ganaron la elección presidencial a Duhalde. La Alianza continuó el mismo modelo económico, que terminó con una confiscación de los depósitos bancarios, un estallido social y un saldo represivo de decenas de muertos. Al mando de un gobierno de emergencia, Duhalde decretó el fin de la paridad peso-dólar el 15 de enero de 2002 y, luego de una represión que terminó con dos piqueteros asesinados, adelantó las elecciones y la entrega del poder para el 25 de mayo de 2003, cuando asumió Kirchner.

El capítulo 6 ensaya una interpretación del kirchnerismo como un regreso a las fuentes del peronismo clásico. Al igual que aquel fue dirigista en lo económico, redistributivo en lo social y hegemonista en lo político. Este último rasgo se acentuó durante el último mandato de Cristina, cuando una conspirativa retórica oficialista identificó un complot en cada gesto opositor. Ideológica y culturalmente, sin embargo, el kirchnerismo no habría abrevado tanto en las fuentes justicialistas tradicionales como en la versión izquierdista provista por el juvenilismo montonero de los setenta. En el balance de la política socioeconómica y educativa, el politólogo francés desacredita la hipótesis antikirchnerista de la mera impostura. Mientras políticamente se retrocedió a antagonismos que parecían superados, los índices de bienestar social experimentaron una sensible mejoría.

El capítulo 7 presenta una serie de conceptos para pensar las democracias hegemónicas, mediante un ejercicio comparativo entre los sucesivos peronismos y, principalmente, algunos gobiernos latinoamericanos del siglo XXI. Se parte de constatar la perennidad peronista, cuyo origen remite a un liderazgo carismático que fundó una fidelidad sacralizada, resistente a las sinuosidades políticas. Si Perón pudo alentar a los guerrilleros para luego reprimirlos, su repertorio de herederos incluyo a Menem y a Kirchner. Otras de las características de las democracias hegemónicas son los intentos reeleccionistas, los discursos políticos antipolíticos y la construcción de una base electoral de masas. Esta última la consolidan mediante sistemas de servicios sociales que fortalecen el vínculo con sus clientelas políticas. En los setenta y después de 2003 el peronismo amplió su base social y electoral hacia las clases medias de izquierda. Fue así que un movimiento contrarrevolucionario inspirado en los autoritarismos europeos, que anatemizó y neutralizó a la izquierda política como opción de poder, logró, más tarde, cobijarla en sus confines. La imagen progresista del peronismo se había visto favorecida por las posturas reaccionarias de sus enemigos. Lejos de pretender clarificarlos, Perón utilizó esos malentendidos como nuevo material para sus maniobras políticas.

El capítulo 8 señala que las democracias hegemónicas son diferentes de los autoritarismos, porque si bien desprecian las instituciones representativas y el pluralismo liberal, buscan constantemente su legitimación electoral. Las democracias hegemónicas emergen con una propuesta refundacional, en el marco de una demanda mayoritaria de ruptura con un pasado injusto. Así ocurrió con Perón, Chávez, Morales, Correa, Putin en Rusia y Erdoğan en Turquía. Un contraejemplo fue Lula en Brasil, quien impulsó la candidatura de Rousseff, pero respetó escrupulosamente la Constitución. Estos regímenes son revoluciones inmóviles, con un discurso más radicalizado que las transformaciones económicas que efectivamente implementan. Aun Chávez, que gritó “socialismo o muerte” y se referenció con Cuba, estuvo lejos de alterar las relaciones de propiedad. Por ello las medidas redistributivas necesitaron coincidir con momentos de prosperidad económica; aunque una excepción fue el peronismo, que no mermó como identidad cuando ella se esfumó. A través de una comparación entre el caso peronista y el tailandés de Shinawatra, se interpreta que las democracias hegemónicas desenvuelven una dialéctica de bipolarización con sus enemigos. Una pregunta es si los momentos hegemónicos se deben a la necesidad de doblegar a las élites para imponer reformas sociales o a una pulsión antropológica de poder. Otro, hasta qué punto toda democracia está condenada a atravesar por ellos. En el epílogo, Rouquié indica que actualmente las condiciones para la emergencia de democracias hegemónicas están dadas por la dinámica desigualitaria de la economía mundial. Por tal motivo, cierra su ensayo con un interrogante metafórico: “¿Será la hora de los peronismos para algunos países de Europa?”.


  1. UBA-UTDT.


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