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8 Senderos y experiencias de un acopiador: los recorridos por las chacras
y el mercado del huevo

En el capítulo 5, me referí a la importancia económica de la avicultura en Saladillo y hablé de Casa Mario, tal vez el comercio más relevante de este rubro en la historia del partido. Fue justamente en ese lugar donde mi padre se empleó siendo apenas un adolescente. Allí trabajó duramente más de una década (entre mediados de 1940 y finales de 1950), aprendió los secretos del negocio de las aves y los huevos y se relacionó con un buen número de los chacareros que le vendían su producción a Mario Schenardi, su dueño.

Con esos antecedentes, ya casado y con una hija, abandonó su condición de asalariado y se dedicó al oficio de acopiador. En el principio llevó a cabo su actividad en el marco de un emprendimiento familiar, que comprendía a su propio padre (Luis) y a dos primos. Luego, el grupo se redujo a su progenitor y un hermano, y posteriormente él siguió con la actividad en forma individual. En 1960 adquirió el solar de la calle Emparanza donde, junto con mi madre, levantaron la casa y un negocio que, con cambios y ampliaciones, se mantuvo abierto durante cincuenta años.

Los recorridos de lunes, martes y viernes

En los primeros años, la escasez de recursos materiales y las dificultades operativas circunscribieron las tareas a un recorrido entre las quintas y fincas que rodeaban a la Escuela 4, en el Cuartel i, un lugar no demasiado lejano del casco urbano –y hoy día casi integrado a él–, aunque en esa época era un área rural donde prevalecían los tambos y otros rubros relacionados al abasto de alimentos para el mercado urbano saladillense.

A ese periplo inicial, se le sumó más tarde otro poco más distante, ya ubicado en el Cuartel ii, en una zona de chacras medianas que habían sido parte de la estancia 7 de Diciembre y de una gran fracción nominada en 1905 por De Chapeaurouge a favor de Carlos Darnley, que se desplegaba formando un rectángulo de unas 500 hectáreas delimitadas por la ruta 51 en el norte, las vías del Ferrocarril Roca en el oeste, la actual traza de la ruta nacional 205 camino a Bolívar en el este y un camino rural en el sur.

Ambos acopios los hacía con una “chata”, el tradicional carro plano de cuatro ruedas iguales, sin paredes laterales, generalmente arrastrado por seis caballos, que, a pesar de su simpleza y aspecto rudimentario, podía soportar cargas importantes de hasta 70 bolsas de cereal, de acuerdo con la precisa descripción ofrecida por Osmar Pallero en su texto de remembranzas juveniles (Pallero, 1981: 27-30).

Por cuestiones cronológicas, no anduve en aquel carro, ni conocí esos establecimientos, aunque sí a algunas de esas personas, ya retiradas y viviendo en el pueblo. De todas formas, puedo citarlos invocando la memoria de mi padre: Américo Magi y su primo Ricardo, Osvaldo Ciampichini y su hermano, Luis Calvitti, Aroza, Ruiz, Pacheco, Goñi y Carmiglio. La mayoría eran pequeños propietarios, y varias de esas familias estaban emparentadas entre sí, como los Magi, los Ciampichini y los Giannoni. Mayormente eran argentinos de primera generación. Por ejemplo, Américo Magi era hijo de Amadeo, un italiano que murió en julio de 1971, a los 75 años. Además del nombrado, tenía otros siete vástagos.[1]

Según los recuerdos paternales, todos eran buenos clientes, y, sin dudas, las restricciones impuestas sobre la producción y comercialización de leche en 1963 (ver capítulo 4) habían sacado de circulación a varios de ellos para mediados y fines de la década de 1960. Por supuesto, también la naturaleza hizo su parte; tal fue el caso de Juan Goñi, quien falleció el 29 de junio de 1962, a los 75 años, y fue recordado por la prensa como un “antiguo y apreciable vecino, quien vivía en su chacra en las proximidades de la Escuela n.° 4”.[2]

En el capítulo 2, dediqué bastante espacio a la pavimentación de la ruta provincial 51 hacia Azul y al mejoramiento de los caminos rurales, proceso iniciado a principios de los años sesenta. En el caso laboral de mi padre, este factor fue determinante para planear una red de proveedores mucho más amplia y organizar repartos que lo alejaban a más de 20 kilómetros del pueblo. A fin de poder aprovechar las oportunidades que abrían estas mejoras, hizo el gran sacrificio económico de dejar la chata y adquirir un camioncito Chevrolet, modelo 1937, que unos años después cambió por un Dodge De Soto de 1960.

La primera extensión de su elenco lo llevó hasta la zona vecina a la estancia Leonchos. Allí tuvo un grupo de clientes que estuvieron activos en los primeros años de esa década, pero que habían abandonado su agenda a inicios de los años setenta, cuando yo ya pude sumarme a la aventura por los campos. Entre otros motivos, eran personas bastante mayores, sin descendencia o con parientes sin interés en continuar viviendo en la campaña, de modo que fueron vendiendo sus campos, o los alquilaron, pero abandonaron la pequeña ganadería, motivo de la relación comercial entablada en su momento.

Este conjunto lo constituían las familias Refort, López, Ortalli (los hermanos Alberto y Juan Carlos), Wrigth y Vidal, junto a tres productores que sostuvieron sus actividades un tiempo más: Valentín Calvitti (h), los Salguero, un matrimonio ya mayor, y Pío “El Guapo” Marcelli, un personaje muy atractivo que –siempre según los recuerdos transmitidos por él a mi padre– había sido amigo personal de Hipólito Yrigoyen, quien lo pasaba a visitar por su rancho cuando andaba por Saladillo.

Con respecto a los primeros de la lista, la mayoría eran antiguos propietarios de la zona y estaban vinculados entre ellos por relaciones parentales. De hecho, ya figuraban como tenedores de parcelas medianas (entre 150 y 200 hectáreas) en los planos de Edelberg de 1919, al noreste del ángulo formado por la ruta 51 y el Canal 16. En el atlas de De Chapeaurouge, esos predios estaban a nombre de los hermanos García y de Santiago Cartier, pero, quince años más tarde, se habían subdividido por efectos sucesorios.

Uno de estos antiguos chacareros era Juan Ortalli, quien falleció el 5 de diciembre de 1969, a los 92 años. Según su obituario, vino de Italia y se instaló en La Barrancosa. A través del casamiento de sus hijas, su familia se cruzó con los Refort y los Cartier.[3] Por los registros de mi padre, dos de sus hijos siguieron con la explotación, aunque, ya en el invierno de 1963, Juan Carlos Ortalli ofrecía en un aviso publicitario “buen pastoreo con atención personal” en su campo en ruta 51 y Canal 16, una muestra de la búsqueda de otro rumbo para su emprendimiento agropecuario.[4]

Alberto, otro de los descendientes de don Juan Ortalli, contrajo matrimonio con Aurelia, hija de Benicio Wright (en realidad, la gente los conocía como los Urí), lo que marca cómo estas familias estaban enlazadas entre sí.[5] En cambio, es poco lo que puedo aportar sobre López y Vidal, a excepción del aviso necrológico de Juan Vidal, fallecido el 18 de mayo de 1972, de quien se decía que “nunca pudo recuperarse de una fractura de cadera provocada por la caída desde un caballo”.[6]

Con su posición comercial ya mucho más consolidada y otros medios a su disposición, en el segundo lustro del decenio de 1960, mi padre pudo organizar finalmente los tres repartos que mantendría casi sin cambios hasta 1980. Cada uno de ellos le demandaba entre cinco y seis horas. Arrancaba hacia las 06:00 de cada lunes, martes y viernes, y regresaba sobre el mediodía, más allá de las variaciones derivadas del nivel de actividad de cada momento del año. Así, si en invierno las vueltas resultaban más cortas por la baja postura de las gallinas, desde la primavera las tareas eran más arduas, para llegar al clímax de diciembre, cuando las fiestas de fin de año incrementaban la búsqueda de productos de granja, en especial la compra de lechones, pollos y pavos, destinados a ser plato principal de las celebraciones.

Cada uno de estos recorridos tenía puntos en común y compartían segmentos de caminos rurales, y ocurría que los martes y viernes pasaba por delante de chacras visitadas el lunes, aunque desde ya no volvía a entrar en ellas. Pero, fuera de la vecindad, eran a su vez tres secciones bien diferenciadas y centradas en parajes distintos. El lunes la acción se desarrollaba en La Barrancosa, en las proximidades de la Escuela 40; el martes, en La Mascota, en el entorno de la Escuela 31; y el viernes, en La Razón, donde una parte de las fincas era cercana a la Escuela 15.

Así, los lunes se dirigía por la ruta 51, en dirección a General Alvear, hasta el kilómetro 287, donde giraba a la izquierda hacia el llamado “callejón de Candia”. Apenas salirse de la cinta asfáltica, ya tenía sus dos primeros clientes, los hermanos Hipólito y Tomás Rodríguez. Junto con otros siete hijos, ambos descendían de don Juan Rodríguez, español, fallecido en Lomas de Zamora, en septiembre de 1969, a los 85 años. Según el aviso de su muerte, se había dedicado a las faenas agrícolas durante más de veinte años, antes de dejar sus hectáreas a los dos vástagos que continuaron como productores.[7] Hipólito Rodríguez estaba casado con Eusebia Rodilla, también de una familia de La Barrancosa.[8]

Luego de dejar atrás a estos hermanos y pasar por delante de la Escuela 40, continuaba por el callejón hasta su fin. En la bifurcación, tomaba hacia la derecha e iba a la propiedad de Tito Casella. Esta familia estaba asentada desde bastante tiempo en el país y en la zona. En las necrológicas se puede leer que José Ernesto Casella, muerto a los 74 años, en diciembre de 1962, había nacido en Lobos. Desde allí acompañó a sus padres y tíos en las labores agropecuarias en el campo Gorchs y en El Mangrullo, “pero desde 1932 se estableció en Barrancosa y merced a sus hábitos laboriosos pudo adquirir la tierra que trabajaba”. Su esposa era María La Regina, y su descendencia comprendía cuatro mujeres y dos varones.[9]

Desde ese lugar, retomaba sus pasos y recorría el callejón en dirección norte, para ingresar en varias chacras contiguas. La primera era la de Roque Di Virgilio, un inmigrante del Abruzzo, nativo de Orsogna, provincia de Chietti, quien falleció el 13 de marzo de 1974, a los 79 años.[10] Desde que yo recuerdo, la finca estaba a cargo de su hijo Juan Bautista y su familia. Del lado septentrional de sus linderos, se hallaban los hermanos Vicente y Domingo Mengoni, quienes a su vez tenían otros dos parientes colindantes por el este, pero que formaban parte del reparto de los viernes. Tres de estos cuatro Mengoni estaban casados con hermanas de apellido Natalini. En los orígenes de este clan, estaba César Mengoni, italiano de nacimiento y fallecido el 5 de julio de 1969, a los 71 años.[11]

En el fondo de ese sendero (calificarlo de “camino” sería un abuso vial), estaban las familias de Ítalo Bravo y Leopoldo Abelenda. No encontré en las fuentes periodísticas nada relacionado con los parientes de Bravo, pero hallé que el 21 de agosto de 1973, a los 77 años, falleció Pedro Abelenda, padre de Leopoldo, que era el primogénito.[12] La esposa de Leopoldo era Emilia Renzi, integrante de otra familia muy tradicional y prolífica de La Razón, parte de la cual estaba integrada al recorrido de los viernes. Una vez cerrados los tratos con Abelenda, mi padre rehacía el camino a casa.

El amanecer de los martes se iniciaba como una copia del día anterior, pero variaba al llegar al mojón del 287, cuando, en vez de doblar, ingresaba al campo de los hermanos Candia. Desde ese sitio, había que seguir avanzando unos kilómetros más, para adentrarse en las chacras de la familia Abarca, habitadas por la prole de don Ángel –a quien presenté en el capítulo 3– y su esposa, Baltasara Mangas, cuyo deceso se produjo en marzo de 1964.[13]

El predio que había pertenecido a este colono tuvo más de 300 hectáreas, que se dividieron en seis fracciones tras su muerte, un número bastante limitado teniendo en cuenta que el matrimonio dejó once hijos. No todos siguieron en la propiedad original: uno de ellos se mudó tras casarse con la hija de un chacarero de La Razón, que estaba incluido en el reparto de los viernes. Desconozco el destino de todos ellos; sin embargo, puedo precisar que una de las mujeres (Teresa) se había mudado al pueblo, donde murió a la temprana edad de 43 años, aparentemente soltera.[14] Otro de los varones, Julio, vivía en el campo familiar, pero se dedicaba al oficio de amansar potros, a punto tal de ser conocido como El Domador Abarca.

El fraccionamiento del campo se reflejaba en el número de clientes del recorrido de ese día, ya que, de los catorce chacareros visitados cada martes, seis eran Abarca, a saber: Ángel (h) y Luis Mario, dueño del taller de soldadura junto a la ruta 51, Luis, Pedro, Atilio, el Vasco, y Carlos. Entre ellos, mi padre siempre recordaba que Atilio supo criar más de 500 gallinas ponedoras, y era uno de los más grandes abastecedores de huevos de toda su clientela.

Después de atravesar estas chacras, cosa que hacía por dentro de los campos, sin salir a la ruta, cruzaba a visitar a otro clan, el de los Pérez-Moreno. En esas parcelas se encontraban los hermanos Víctor y José Pérez y el suegro de ambos, don Ventura Moreno. En el capítulo 3, hablé del padre de estos hermanos, don Víctor, un inmigrante español instalado en ese predio en 1941 y fallecido en 1965. Como queda dicho, ambos se casaron con hijas de Moreno. Estas familias compartían una importante extensión, que, por su lado norte, limitaba con la chacra de Casella, la cual, según señalé más arriba, estaba en el reparto del lunes, y con la de Giannoni, último integrante del recorrido de los viernes.

Una vez atendidos los Pérez-Moreno, la gira continuaba por la calle que servía de lindero oriental de esta propiedad. Mi padre tomaba rumbo a su derecha y por allí encontraba el camino principal que une la ruta 51 con La Mascota, en la intersección donde se levantaba el edificio de la Escuela 31, hoy en ruinas. Tras girar a la izquierda, llegaba a la finca de Juan Carlos Baiocco, hijo de Agustín, a quien también presenté en el capítulo 3. Según su obituario, Agustín Baiocco tenía además una hija, Enriqueta, casada con un Recalde, otro habitante vecino de la zona.[15]

Desde esta chacra, la ruta seguía hasta encontrar el cliente más distante de todos, el campo de Gualberto. Junto con Baiocco, esta familia poseía una importante parcela, adquirida también en forma temprana. Si bien es cierto que ni uno ni otro aparecían en las mediciones de Edelberg de 1939, en un plano catastral muy aproximativo mandado a hacer por el Distrito Militar 21 en 1953 ya figuran ambas propiedades a cargo de sus dueños. Sin dudas, eran predios suficientemente importantes para ser señalados, aunque el dibujo y las dimensiones relativas en comparación con las grandes estancias evidencian que no eran producto del trabajo de agrimensores profesionales.[16]

Una vez alcanzado el punto más alejado, mi padre deshacía su camino en dirección a la ruta 51. Casi al encontrarse con el asfalto, atendía a sus últimos clientes, los hermanos Ramón y Enrique Recalde y los también hermanos Fermín y Agustín Rodríguez. Apenas terminaba, cerraba tras de sí las tranqueras de estos chacareros, retomaba el pavimento en el kilómetro 290.5 y desde allí regresaba a casa.

A diferencia de lunes y martes, si bien el periplo de viernes arrancaba en la continuación de la avenida Rivadavia en el tramo conocido como “acceso al Cristo”, al llegar a la actual calle que recuerda al intendente Carlos Arrospide, el camión enfilaba a la izquierda por el llamado “camino a Estrugamou”. En el trayecto mi padre pasaba por el lugar de su niñez (una vieja construcción cercana al almacén de Cardillo), dejaba atrás la Escuela 15 y, antes de cruzar el enlace entre las rutas 51 y 63, ingresaba en la primera chacra del día, la de la viuda de Abarca. La señora vivía con su padre tras el fallecimiento de su esposo, Ramón Abarca, a los 43 años, en marzo de 1963 y en la Capital Federal, donde se hallaba en tratamiento contra el cáncer.[17]

Del otro lado del asfalto, el recorrido continuaba con la finca de Pedro Fasano y su familia, ubicada a la vera del Canal 16, justo antes de atravesar el nuevo puente de cemento inaugurado en 1971 (ver el capítulo 2). Cerca de allí, el siguiente destino era la propiedad de Braulio Aguilar, anfitrión que además ofrecía sistemáticamente a su comprador/huésped un mate cocido, infusión oportuna para encarar el resto de una todavía larga jornada.

De nuevo sobre el camino a Estrugamou, a un lado y otro de él se encontraban las parcelas de los hermanos José y Carlos Ripoll. Herederos ambos de Joaquín Ripoll, celebridad local presentada también en el Capítulo 3, se habían dividido en partes iguales las hectáreas de su padre, al tiempo que tenían una fracción menor un poco más al sur, en lo que habían sido las tierras de Cartier.

José Baltasar Ripoll era un miembro activo y presidente de la Cooperadora de la Escuela 15. Murió de forma súbita de un ataque cardíaco el 30 de agosto de 1973, a los 50 años.[18] Su esposa era María Celestina Renzi, y sus suegros, José Renzi y Adelina Foresi (otro apellido renombrado de la zona, emparentado con varias familias, como la de Américo Magi, cuya madre era una Foresi). Su única hija, Marta, se casó poco después con Armando Piersantelli, miembro de un reconocido clan de La Barrancosa que eran buenos proveedores de mi padre, pero que no estaban en un reparto y traían su producción directamente al negocio.

El derrotero continuaba por la misma carretera rural hasta una encrucijada con un camino menor, y allí se accedía a la parcela de Tito Nanni. Vecino a él estaba el campo de Saralegui, la última posesión de una estancia que en su momento fue gigantesca. Si bien en el atlas de De Chapeaurouge no figuraba esta propiedad y el territorio que ocupaba todavía estaba asignado a Toledo y Atucha, en los planos de Edelberg aparecía en cambio un imponente conjunto de 5,400 hectáreas divididas en dos fracciones de 2,700 hectáreas cada una. La sección norte se hallaba aún indivisa, y se registró como estancia San Miguel, a nombre de Miguel Saralegui. La parte sur ya se había dividido por efectos hereditarios en ocho parcelas irregulares de entre 270 y 360 hectáreas. La suma de estos campos formaba un gran cuadrado, seccionado en diagonal por el camino a Estrugamou, cuyos límites eran las estancias Santa Isabel, de Santiago Gómez, por el sur, La Barrancosa, de Matilde Anchorena, por el oeste, La Razón, de Isabel Arrayagaray, por el este, y la nombrada San Miguel, por el norte.

Detrás de ese retazo sobreviviente, normalmente arrendado a algún chacarero de la zona, se hallaba la finca de los Renzi. Varias veces nombré a esta familia, que, gracias a su tamaño, estaba vinculada con muchos otros clanes del área. Ni siquiera mi padre recordaba con precisión cuál rama de ellos eran sus clientes, pero, en las necrológicas de El Argentino de 1960, se puede observar una breve reseña de la señora Celestina Pierdominici de Renzi. Nacida en Osimo (Ancona), había llegado a Argentina en 1902, ya casada. Luego de cuatro años viviendo en Roque Pérez, se radicó con su esposo y cuatro hijos (entre ellos, uno de nombre José) en La Barrancosa.[19]

Por macabro que suene, los Renzi ocuparon con asiduidad esa sección del semanario. Así, Juan Renzi falleció el 2 de enero de 1961.[20] El 30 de agosto de ese mismo año, hizo lo propio Anunciada Sampaoli de Renzi, viuda de Enrique Renzi y presentada como vecina de La Razón.[21] Por su parte, a mediados de 1962, murió José Renzi, y el 2 de junio de 1963 se produjo el deceso de su esposa, Asunta Massaccesi, a la edad de 77 años. Según las necrológicas, se habían casado en Italia en 1908 y al poco tiempo emigraron a Saladillo.[22]

El reparto en ese ángulo de La Razón culminaba con la chacra de Manuel Capobianco. Desde ella, mi padre iniciaba el regreso desandando el recorrido hasta el primer cruce con un camino secundario, en el que doblaba a la izquierda para internarse en las propiedades de la familia Angelani, integrada por don Alfredo, migrante italiano fallecido en 1976, y sus hijos Alfredo y Julio. A continuación, ingresaba en la propiedad de los hermanos Faustino y Ramón Mengoni, y finalmente en la de Nicolás Giannoni. Como era lógico, estas dos familias estaban emparentadas, ya que la esposa de Giannoni era María Luisa Mengoni, fallecida a la joven edad de 46 años, el 13 de febrero de 1973.[23]

Asimismo, al igual que los Renzi, los Giannoni eran una parentela amplia. Algunos miembros de esa familia vivían al norte de las vías del Roca y eran los clientes mencionados más arriba. Otro Giannoni tenía un campito en el cruce de las rutas 51 y el enlace hacia la ruta 63, en la zona conocida como Las Gallaretas, debido al nombre la laguna cercana. También ocuparon varias veces las necrológicas, y aquí van varios ejemplos: en diciembre de 1962, se informó la muerte de Juana La Regina de Giannoni, de 55 años.[24] Años más tarde, una nota escueta anunció el fallecimiento de Juan Giannoni, italiano de nacimiento, asentado en La Barrancosa y padre de nueve hijos.[25] A mediados de 1971, dejó de existir Gerónimo Giannoni, de 67 años, quien según, el semanario de los Volonté, era el padre de Raúl y Juan Giannoni y vivía en La Garita, Cuartel ix.[26] Por último, en junio de 1975, se produjo la defunción de don Carmen Giannoni, de 75 años, esposo de Ángela Casella, que, como se ha visto, era otro apellido del vecindario.[27]

Más allá de estas notas fúnebres, cuyo objeto principal es exhibir el entrecruzamiento entre familias de la zona, con la chacra de Giannoni concluía el trabajoso reparto de los viernes. Tras haber abierto y cerrado un sinfín de tranqueras, mi padre salía a la huella que bordeaba el campo de Casella, para volver a la bifurcación del callejón de Candia. A continuación, pasaba frente al colegio y subía a la ruta 51 en el kilómetro 287, donde sus actividades habían empezado con las primeras luces del lunes anterior.

Un agente económico en acción: anatomía del “reparto”

En 1961, al publicar su trabajo sobre la actualidad de la industria avícola en ese momento, Enrique Álvarez y Erasmo Gobbi dejaron esta observación: “A veces los pobladores rurales suelen entregar sus productos en forma directa al acopiador, recibiendo en pago artículos comestibles o de vestir. El trueque también lo practican los compradores ambulantes” (Álvarez & Gobbi, 1961: 82). Gracias a la constatación directa, puedo afirmar que esto era así en el caso de mi padre, aunque el grueso de las operaciones se transaba con dinero en efectivo y en el propio instante del intercambio.

En realidad, la preparación de cada reparto era una tarea que comenzaba el día anterior e insumía un tiempo nada despreciable. En primer lugar, se requería efectuar el cálculo de los cajones para huevos necesarios en cada itinerario, cantidad variable según la época del año. El sistema era simple: en cada recorrido mi padre recogía los cajones llenos con la producción de cada cliente y dejaba otros vacíos.

Un cajón completo contenía (y aún contiene) 30 docenas de huevos, divididas en dos secciones de quince docenas cada una, separadas por una tabla fina. Hasta principios de la década de 1970, se acomodaban en cinco compartimentos de cartón blando con cuadriculas unitarias para tres docenas de huevos. En esos años irrumpieron los envases de cartón duro de dos docenas y media, conocidos como “maples”, que se estibaban de a seis por cada mitad del cajón.

Los cajones ocupaban la parte delantera de la caja del camión, y se disponían de forma tal que facilitaran el ingreso de los llenos y la salida de los vacíos. La caja tenía dos accesos, uno chico por el medio y otro grande en la parte trasera. La apertura lateral servía para definir un pasillo de tránsito de subida y bajada de los productos, por lo que debía quedar libre. En la parte trasera, se acomodaban las bolsas de alimento balanceado, mayormente destinado a gallinas y pollos, pero también a lechones. En la sección posterior, se ubicaban unas jaulas para transporte de aves, de madera y alambre tejido. En el llamado “buche” (la parte delantera de la caja que se eleva por sobre la cabina de conducción), se colocaban damajuanas o envases de botellas, además de la lona prevista para caso de lluvias. En la mitad de la caja, frente a la puerta, viajaba un cajón grande de madera, en el que mi padre transportaba provisiones para sus clientes.

En realidad, un segmento importante de programar cada reparto se consumía en preparar los artículos que servirían para este intercambio. La oferta de bienes alimenticios se constituía de yerba, azúcar, café, té en hebras, galletitas saladas, latas de tomate para salsa, sal, fideos secos, vino en damajuanas de diez y cinco litros, y –muy rara vez– botellas de bebidas gaseosas; el menú de artículos de limpieza comprendía jabones de lavar ropa y de tocador, hojas de afeitar y escobas de paja. También proveía cigarrillos. A ellos se sumaban pedidos especiales, es decir, requerimientos puntuales de cosas demandadas de forma esporádica. Algo que me llamaba la atención eran las damajuanas de veinte litros de un solvente de alta combustión conocido como “nafta blanca”, utilizado para las viejas planchas de ropa. Recuerdo que estaban contenidas en una especie de cesto de madera y acolchonadas con paja, como forma de evitar los golpes y la fricción.[28]

Según lo expuesto, era una lista bastante sencilla y de necesidades básicas. Por ejemplo, jamás vi que mi padre portara pasta dental, desodorantes, o cepillos de dientes, ni siquiera por encargo. Justamente los encargos eran otro componente del reparto. Entre un viaje y otro, muchas veces mi padre recibía pedidos puntuales, que podían ser una marca especial de cigarrillos, tabaco y papel para armar cigarros caseros, bolsas de galletas de piso o galleta nuez, algún producto de librería. Excepcionalmente, podían solicitarle alguna gestión determinada, como llevar a reparar una radio, por ejemplo. Nunca supe que hiciera algún tipo de trámite a nombre de sus clientes.

No todos los chacareros adquirían estos bienes en el reparto. La mayoría de ellos los compraba directamente en los negocios del casco urbano (la Cooperativa Agrícola era el principal centro de abastecimiento de quienes estaban asociados a ella), o en los almacenes más cercanos a sus chacras, acerca de los que hablé en el capítulo 6. Pero, para algunos clientes con menos recursos y medios de movilidad, como quienes solamente tenían un sulky, esta prestación era una solución simple, sencilla y barata, dado que mi padre apenas obtenía una ganancia de estas actividades, que eran mucho más un servicio al cliente que un factor de ingresos.

Como reconocimiento de este gesto, era muy común que recibiera regalos de su clientela. Los obsequios eran inevitablemente alimentos. Los más apetecidos (al menos en mi caso) los constituían los productos de la factura del cerdo, esa tradición comunitaria celebrada en cada invierno, a la que mi padre era a veces invitado, pero rehusaba participar debido a sus obligaciones laborales y familiares. Junto con los chorizos frescos, las longanizas, las morcillas, el queso de chancho y los chicharrones, en la época fría lo normal podía ser la ofrenda de un queso “cavallo”,[29] o algún zapallo, ya fueran los blancos para puchero o los rayados destinados a hacer dulce. Por el contrario, en primavera y verano el buche del camión siempre volvía con duraznos, ciruelas, melones y sandías (esta última, la fruta más obsequiada). De esta forma, aunque en mi niñez no sabía que existía una disciplina llamada “antropología”, pude conocer de manera empírica el juego de la reciprocidad.

Más allá de toda disquisición etnográfica, y junto con la venta de alimentos balanceados, el negocio familiar se nutría principalmente de la compra y venta de huevos. Una vez que el reparto terminaba, comenzaba la etapa de clasificación, preparación y colocación en el mercado. En el capítulo 5, me explayé sobre los ritmos y los ciclos productivos de la avicultura a campo, con una baja postura en otoño e invierno, y un alto rendimiento en primavera y verano. Esto se reflejaba en los volúmenes de recepción y despacho del comercio de mi padre.

En temporada alta, no era raro que cada acopio concluyera con el ingreso de 70 cajones de huevos (2,100 docenas), lo que daba una recolección de 200 cajones semanales, a lo que debía agregarse el aporte de quienes traían sus huevos directamente al galpón de la calle Emparanza, que, lejos de ser casos aislados, resultaban una contribución sistemática y consistente. En esos meses, el trabajo se multiplicaba y apenas si todas las manos familiares podíamos tener al día el proceso de selección. Por el contrario, en los meses fríos, las cantidades disminuían de manera sensible, con un promedio de 25 a 30 cajones por salida, cifra que incluso a veces era menor por efectos de cuestiones climáticas.

El procedimiento de clasificación era el pasaje de los productos arribados en los cajones recolectados en el reparto a otros cajones dispuestos para el mercado. En ese traspaso se descartaban los huevos cuyos estado, tamaño o aspecto los excluían de ser vendidos como productos de calidad. Una acción que de niño me resultaba divertida era ver si estaban podridos. Para ello se acercaba el huevo a una lámpara y se comprobaba la situación de la yema, que debía verse de manera nítida dentro de la albúmina. Si esos huevos se rompían, invadían al ambiente con un olor sulfúrico insoportable.

Esta revisión era más exhaustiva en verano, cuando a veces los chacareros dejaban el producto demasiado tiempo en las nidadas, y el calor y la humedad aceleraban la descomposición. También se descartaban los que estaban demasiado sucios, normalmente con barro o estiércol de gallina (a los poco o apenas enlodados, se los raspaba suavemente en seco con una esponja de alambre, dado que a los huevos no se los puede lavar porque se degradan rápidamente), los rotos o cachados, los pequeños, y los “infiltrados”, como los huevos de pata o de pavita (estos últimos eran muy ricos, los primeros demasiado grasosos). Los descartados pero frescos se vendían a precio mucho más bajo. Sus demandantes eran las familias pobres que ni siquiera podían permitirse comprar huevos comunes, o negocios como las panaderías o fábricas de pasta, quienes se beneficiaban de su costo inferior y a quienes el aspecto o el tamaño poco les importaba.

Una parte menor de lo recogido se colocaba en los propios cajones de mi padre, identificados con una hoja impresa que contenía el nombre, la dirección completa y la leyenda “Ferrocarril General Roca”, folio pegado con engrudo en las caras frontal y posterior de cada cajón. Estos envases se utilizaban para el despacho local. Si iban a ser vendidos a acopiadores mayoristas, el traspaso se hacía directamente a los cajones de esos comerciantes.

La enorme mayoría de los huevos tenían como destino el mercado de la actualmente denominada “Área Metropolitana de Buenos Aires”. De esto se encargaban dos compradores: uno de ellos era de la Zona Sur del conurbano bonaerense (Temperley) y el otro de la Zona Oeste (Gregorio de Laferrere). En general, se mantenían muy buenas relaciones con ambos, a quienes mi padre les hacía creer que era su proveedor exclusivo y balanceaba las existencias para asegurarles cuotas lo más parejas posibles.

El mayorista de Temperley venía los martes a la tarde, por lo que se llevaba la recolección de los viernes y una parte de la de los lunes; el de Laferrere llegaba los viernes después del mediodía, y se hacía con algo del reparto del lunes y la totalidad de la del martes. A diferencia de su colega sureño, este comprador también aumentaba su frecuencia en épocas navideñas, ya que adquiría pollos de campo y lechones para atender la demanda estacional. Incluso a veces hacía viajes específicos e iba directamente con mi padre a las chacras a proveerse de lechones.

En los tiempos de gloria de la producción avícola local y en la temporada de mayor postura, cada comprador se llevaba unos 100 cajones semanales para el Gran Buenos Aires, es decir, unas 12,000 docenas de huevos mensuales que se volcaban en ese gigantesco mercado, y supongo que otros acopiadores, como Carlos Carrasco o los hermanos Blanco, por ejemplo, no despachaban una cantidad menor que esa. A fines de la década de 1970, cuando la actividad comenzó a declinar, mi padre perdió a Enrique Cristiani, su comprador de Temperley. Domingo Villarroel (h), el representante de Laferrere, se mantuvo fiel durante varios años más. Todavía bien entrados los años ochenta, seguía viniendo a Saladillo, aunque entonces el botín era cada vez más magro. Nunca supe nada más de ellos, y creo que mi padre tampoco.


  1. El Argentino, 22/07/1971.
  2. El Argentino, 05/07/1962.
  3. El Argentino, 11/12/1969.
  4. El Argentino, 04/04/1963.
  5. El Argentino, 03/11/1960.
  6. El Argentino, 25/05/1972.
  7. El Argentino, 18/09/1969.
  8. El Argentino, 06/09/1973.
  9. El Argentino, 20/12/1962.
  10. El Argentino, 21/03/1974.
  11. El Argentino, 24/07/1969.
  12. El Argentino, 30/08/1973.
  13. El Argentino, 12/03/1964.
  14. El Argentino, 10/05/1962.
  15. El Argentino, 12/03/1964.
  16. El original de este plano, en regular estado, está resguardado en el Museo de Saladillo. Agradezco su localización a Romina Virgili.
  17. El Argentino, 27/03/1963.
  18. El Argentino, 06/09/1973.
  19. El Argentino, 21/07/1960.
  20. El Argentino, 12/01/1961.
  21. El Argentino, 06/09/1962.
  22. El Argentino, 13/06/1963.
  23. El Argentino, 22/02/1973.
  24. El Argentino, 13/12/1962.
  25. El Argentino, 16/05/1968.
  26. El Argentino, 22/07/1971.
  27. El Argentino, 12/06/1975.
  28. La “nafta blanca” se usaba como combustible en planchas de ropa de fundición de hierro. Estos aparatos tenían un depósito en el que se introducía el solvente. Con ello se generaba el calor para poder alisar la ropa. De todos modos, la mayoría de las casas de campo utilizaba la plancha de hierro, que formaba parte de los implementos de la llamada “cocina económica”, alimentada a leña chica, ramas, o mazorcas desgranadas (marlos de maíz).
  29. El queso “cavallo” o cacciocavallo, como es su nombre original, es un producto de leche vacuna cruda, de masa media y compacta, que tiene forma de pera o lágrima. Su maduración se hace colgando las piezas. Su sabor es suave y debe comerse joven, ya que la crianza lo termina secando y agrietando y lo vuelve picante. Es originario del sur de Italia.


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