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4 Un recorrido histórico por la población y la producción del mundo rural saladillense

La cuestión de la población: crecimiento, estancamiento y cambios

De acuerdo con los datos del censo de la campaña del Estado de Buenos Aires, realizado en 1854, el partido de Saladillo no llegaba al millar de habitantes. En general, hay ciertas dudas sobre el procesamiento de los datos obtenidos en esa medición, y, en cambio, son más aproximadas las cifras de los conteos posteriores, ya que desde 1869 comenzaron a usarse procedimientos estadísticos modernos. A continuación, puede verse una tabla que señala los años, el tipo de censo y las cifras correspondientes:

Cuadro 4.1. Evolución de la población en el partido de Saladillo
Censo
año
Censo
tipo
Población totalPoblación rural% del totalPoblación urbana% del total
1854Provincial995995100.0000.00
18691.° Nacional7,3416,70491.326378.68
1871J. A. Rossi7,7505,23867.592,51232.41
1881Provincial9,6358,11484.211,52115.79
1890Provincial10,2376,33561.883,90238.12
18952.° Nacional15,20912,46781.982,74218.03
1910Municipal19,41815,46079.613,95820.39
19143.° Nacional19,02412,86067.606,16432.40
1922Est. Provincial23,26316,26369.917,00030.09
1924Municipal24,85112,71351.1611,86848.84
1927Sangui­netti26,370S/DS/D
1938Provincial25,353S/DS/D
19474.° Nacional24,59117,00569.157,58630.85
19605.° Nacional23,55410,26143.5613,29356.44
19706.° Nacional23,2149,39740.4813,81759.53
19807.° Nacional24,7278,70835.2216,01964.78
19918.° Nacional26,1367,02726.8919,10973.11

Fuente: elaboración propia sobre las cifras de los censos nacionales y provinciales disponibles en la base de datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censo (indec). Las cifras de 1871 corresponden a las informadas por José Antonio Rossi (véase bibliografía). Para el censo municipal de 1910 y las estadísticas provinciales de 1922 y 1924, tomo los datos aportados por Ibáñez Frocham (1963). Para 1927, véase Pereyra (2014), sobre la base de lo publicado por el periódico Las Noticias. Existen otras cifras muy superiores publicadas por Levene (1941), Borracer (1984) y Benítez (2000), pero no consignan su origen y no resultan del todo consistentes al efectuar su comparación con censos cercanos u otros datos aportados por los dos últimos autores en esos mismos textos.
Nota: hasta el censo nacional de 1914, los datos de Saladillo incluyen a los del actual partido de Roque Pérez.

Como se aprecia, el primer censo nacional de población anotó para el partido 7,341 habitantes, de los cuales 6,704 habitaban en la zona rural y los 637 restantes, en el pueblo, fundado apenas unos años antes. La certeza relativa de esos datos fue contrastada dos años después por José Antonio Rossi, quien sumó un total de 7,750 pobladores para todo el partido. En sus datos estadísticos, señaló la presencia de 5,238 personas que vivían en el área rural, en tanto consignó a 2,512 pobladores de la zona urbana. Esa ostensible diferencia entre la población del pueblo entre una encuesta y otra se debe a que Rossi englobó en un solo concepto a los moradores del pueblo y su ejido, de modo que ese ítem comprendía a los habitantes de las quintas y chacras cercanas al casco urbano. En la campaña vivían 4,583 personas de nacionalidad argentina, incluidos los doce indios que encontró, quienes seguramente no figuraban en el censo de 1869, cuando no se mensuró a la población de naturales ( Rossi, 1871: 31-32 y 107).

Pasada una década, cuando la Provincia de Buenos Aires levantó el primer censo moderno llevado a cabo en forma exclusiva en su territorio, la población rural era de 8,114 personas, lo que equivalía al 84.12 % de la totalidad del distrito y representaba un aumento del 21.03 % con respecto a 1869, cifra que expresa un notable incremento poblacional. Por otra parte, en 1888 se efectuó el primer censo agropecuario nacional. Más allá de la forma en que se tabularon los datos y del hecho de anotarse mucha información de manera parcial, allí se calculó la población económica rural del partido en 3,277 trabajadores, de los cuales 2,005 eran argentinos. Lo saliente con relación a los censos anteriores fue el aumento de la presencia de la inmigración europea: ya había por lo menos 525 italianos y 476 españoles trabajando en los campos del distrito.

La siguiente medición con datos significativos remite al censo nacional de 1895, cuando Argentina estaba dejando atrás el difícil lustro de crisis y revoluciones, y permite además medir mejor el impacto de la llegada del ferrocarril a Saladillo, así como el crecimiento del modelo agroexportador. Sus resultados son contundentes: mientras que la población total creció en un 57.85 % con respecto a 1881, el área rural congregaba a 12,467 almas, es decir, un 81.97 % del total del partido, con un incremento del 53.65 % por sobre la cifra de 1881. En el cuarto de siglo entre un censo nacional y otro, los habitantes del campo casi se habían duplicado, y los del pueblo se cuadruplicaron con holgura.

El último relevamiento que comprendió a Saladillo junto con Roque Pérez no fue nacional ni provincial, sino municipal, y lo llevó adelante Manuel Ibáñez Frocham, en 1910, por pedido de la Intendencia. La población total alcanzaba los 19,418 habitantes, de manera que era un 26.35 % superior a la de 1895. El incremento del sector rural, en cambio, solo alcanzaba al 13.83 % en los 15 años entre censos, una cifra bastante modesta, pero no es posible determinar cuál fue el criterio utilizado para con quienes vivían en quintas y chacras del ejido, ya que, según los guarismos, el pueblo figura sumando un 90 % más de población.

De todos modos, esas cifras globales pueden ser analizadas mejor con el aporte del censo agropecuario efectuado en 1908. En sus tres volúmenes, desplegó una gran cantidad de variables, además de tener una ostensible mejora en la recolección de fichas y haber sido el primero que enfatizó en la utilización de las escuelas rurales como medio de difusión y concienciación de la población del campo. El primer tomo estaba dedicado de manera solitaria a la ganadería, y allí se puede encontrar que esta actividad empleaba a 5,690 personas en el partido, entre ellas 781 niños. A su vez, todavía podía notarse la importancia de la hacienda ovina, que movilizaba a casi 2,000 trabajadores temporarios en las tareas de esquila. Por otra parte, la población económica total dedicada a faenas agrarias ascendía a 6,887 trabajadores: 3,074 estaban empleados en forma fija, mientras que 3,813 lo hacían en manera temporaria durante las cosechas.

Cuatro años después, y con la división del territorio del municipio ya consumada, el censo nacional consignó datos concretos y exclusivos sobre Saladillo que facilitan la realización de comparaciones más certeras. Por una parte, sobresale la incidencia de la población extranjera en el total, que con 4,687 inmigrantes representaban casi un cuarto del total de los habitantes del partido. Pero estos números, además, se superaban en la zona rural, ya que, por ejemplo, en el Cuartel ix pasaban del 45 % de los vecinos, en el Cuartel ii eran poco más del 36 %, y en el Cuartel iv sumaban casi un tercio de los pobladores.

Por otro lado, no había dudas del valor de estos extranjeros en la generación de la riqueza agropecuaria: los italianos encabezaban la administración del 47 % de las explotaciones calificadas como agrícolas (460 de 977) y rebasaban por 100 a los argentinos (360), mientras que también se destacaban 116 españoles y 23 franceses. Por supuesto, en el mundo de las estancias ganaderas, los argentinos mantenían la supremacía, con 127 de los 235 administradores censados, pero, aun así, se contaba a 54 españoles y 34 italianos. Estos números fueron confirmados dos años más tarde por el censo ganadero que, en la discriminación de tenedores de ganado por nacionalidad, indicaba 882 argentinos, 644 italianos y 251 españoles de un total de 1,878 propietarios.

En buena medida, podría ser el punto de partida para un seguimiento ajustado del Saladillo moderno, pero hubo que esperar 33 años para la realización del siguiente censo nacional, lo que resulta un hecho desgraciado en términos estadísticos, ya que las mediciones efectuadas entre 1914 y 1947 tuvieron alcance municipal o provincial, o, peor aún, son solamente estimaciones.

El censo de 1914 dedicó asimismo secciones especiales a la geografía humana de la agricultura y la ganadería. Según lo informado, en la zona rural de Saladillo, había 9,132 personas ocupadas en el sector agropecuario. Al igual que en 1908, la gran mayoría correspondía a miembros de las familias de dirigentes de los establecimientos, que totalizaban 7,628 personas, entre los cuales se señalaban 3,529 menores, en tanto los censados como empleados eran 1,504.

No obstante los reparos formulados más arriba, las cifras de población total de los registros de 1922 y 1924 citadas por Ibáñez Frocham parecen consistentes,[1] aunque la cantidad de población rural para el segundo relevamiento es demasiado baja (100 personas menos que en 1914), mientras que la planta urbana casi parece haber duplicado sus habitantes. Una explicación plausible es que, al publicar las cifras de 1924, Ibáñez Frocham –como antes Rossi– agrupara a los habitantes del pueblo con los moradores de quintas y chacras del ejido dentro del Cuartel i, y que por eso las diferencias sean excesivas para un período tan corto de tiempo. Con todo, la población total del partido había crecido un 27.98 % con respecto a 1914.

Por otro lado, hay algunos datos interesantes dejados por este autor para el área rural, sobre todo en comparación con los de 1914, que fue el último en medir la población por cuarteles: entre los censos municipales de 1910 y 1924, por ejemplo, los habitantes del Cuartel ix pasaron de los 1,114 relevados en el año del Centenario a 900 en la segunda fecha, mientras que en 1914 eran 689, de los cuales 313 eran extranjeros. Estos guarismos marcan una población bastante inestable, justificada tal vez por la presencia de trabajadores temporarios que circulaban con las cosechas o la esquila. En cambio, en el Cuartel ii hubo un incremento constante: de los 770 de 1910, los habitantes subieron a 898 en 1914 (572 argentinos y 326 extranjeros), para ascender a 1,173 pobladores en 1924 (Ibáñez Frocham, 1963: 150-151).

Justamente en ese segmento temporal de oscuridad estadística nacional, es el momento en que aparecen las menciones sobre una población saladillense superior a los 30,000 habitantes. Es posible que esas cantidades se apoyaran en las optimistas proyecciones hechas con base en el crecimiento del período intercensal 1895-1914, que fueron publicadas en su momento por un anuario del diario La Razón (31,045 habitantes), así como las cifras consignadas por el Anuario Estadístico oficial de la provincia (32,471 personas). No resulta un número sencillo de creer y, si bien es cierto que entre 1930 y 1950 hubo un importante éxodo hacia el Área Metropolitana de Buenos Aires, La Plata e incluso ciudades como Mar del Plata, el censo provincial de 1938 contó poco más de 25,000 pobladores en el partido, aunque no discriminó entre el pueblo y las áreas rurales. Los resultados preliminares de esta medición se dieron a conocer a inicios del año siguiente y, según la prensa local, causaron cierta sorpresa al resultar en “varios miles inferior a la que se daba como población de Saladillo”.[2]

Los cómputos definitivos se publicaron en 1942, momento en el cual una actualización calculaba a la población saladillense en 26,810 habitantes. Apenas más tarde, la policía provincial presentó en su estadística de la década una estimación de 27,230 personas que vivían en el partido al inicio de 1943.[3] De hecho, el efecto migratorio se ve reflejado en la medición de 1947, que colocó a la población por debajo de los 25,000 habitantes y exhibió, por primera vez en la historia del municipio, una tasa de crecimiento demográfico negativa.

Asimismo, el muy completo censo agropecuario de 1937 dejó dos datos muy valiosos en cuanto a la población rural. En primer término, señaló la presencia de 1,556 productores con descendencia directa y familia. Sus hijas e hijos eran 7,225, a quienes se debían sumar 930 de la categoría “otros familiares”, para totalizar 9,311 personas. Esto significa que cada productor tenía un promedio de 4.65 hijos. En segundo lugar, el relevamiento determinó 8,320 personas ocupadas en el sector agropecuario. De ellas, 6,460 eran integrantes de la familia de quien dirigía el establecimiento censado, entre los cuales figuraban 1,564 menores de edad. También se consignaron 1,860 asalariados rurales, discriminados en 882 empleados en condición permanente y 978 en forma temporal. Por otra parte, 824 de los productores contados (un 44.16 % del total) eran inmigrantes europeos, dentro de los que se destacaban 629 italianos y 170 españoles.

Estos números son interesantes en comparación con los de 1914. Tal vez por efectos de la crisis económica, con sus bajas de precios y rentabilidad, pero quizás debido a los primeros resultados de la mecanización temprana del agro (con la misma consecuencia de caída de la mano de obra, o de menor necesidad de trabajadores familiares), casi 800 personas menos laboraban en el sector rural en 1937. Sin embargo, mientras que la cifra de empleados creció en poco más del 20 %, los miembros de familias dedicados a las faenas descendieron en 1,168 personas, a pesar de existir un mayor número de productores.

Según las cifras del cuadro de población, en 1947 se registró el número absoluto de población rural más alto de toda la serie estadística, en plena correspondencia con los datos nacionales, que también mostraron ese fenómeno (poco más de seis millones de habitantes de los quince que conformaban el total del país). A partir de esa medición, el proceso de despoblamiento del campo fue permanente, con momentos de descenso extraordinario, como el que va desde 1947 a 1960, cuando los habitantes del sector rural cayeron casi un 40 % (de 17,005 a 10,261 personas), a la baja escalonada que se observa hasta 1991.

El nivel de pérdida de gente en la campaña saladillense fue de tal magnitud que resultó impactante para los contemporáneos, al punto tal de emerger como el dato más contundente extraído por los censistas de 1960:

La primera conclusión y sin duda la más llamativa, que debe mover a reflexión, determinada por el censo de población que acaba de practicarse, es la creciente despoblación de las zonas agropecuarias, mientras acrece el conglomerado del Gran Buenos Aires. Esta atracción originada por la actividad fabril, queda probada por la circunstancia de que las ciudades del interior donde se ha registrado un descenso de la población, son aquellas donde no existen industrias de alguna importancia.[4]

Como se ve en el cuadro 3.3, entre 1947 y 1991, la población rural del partido cayó del 69.15 % al 26.89 % del total. La planta urbana absorbió una buena parte de esa migración, en un traspaso sencillo de apreciar, en virtud del estado de casi congelamiento del número de habitantes del distrito, al menos hasta 1980, cuando se inició una lenta recuperación. Otro segmento de esa fuga del campo se marchó hacia los grandes centros poblacionales, junto con aquellos moradores del pueblo que también escaparon en busca de un trabajo y unas oportunidades que Saladillo no podía ofrecerles. Entre unos y otros explican esas cuatro décadas de crecimiento poblacional cero: en 1980 había en el partido solamente 136 habitantes más que en 1947.

Por otra parte, el censo nacional de 1960 presentó como curiosidad un listado de centros poblacionales con más de 100 habitantes. En esa compaginación figuraban diez localidades del municipio: la propia ciudad de Saladillo y otras nueve de la zona rural, que sumaban 7,599 personas. El criterio de agrupamiento de esos nueve sitios respondió a la denominada “fracción de censo”, el territorio en que se dividió a los partidos, cuyo alcance no coincidía exactamente con un cuartel, sino que combinaba el radio de acción de las escuelas usadas como asientos de la encuesta, con superficie, densidad habitacional, accidentes geográficos naturales y estaciones ferroviarias.[5]

Debido a esto, se consignó a más de una localidad para algunos cuarteles y en el caso del Cuartel viii (El Mangrullo) a ninguna, mientras que la única estación de trenes no considerada fue Sojo. De resultas, en la lista figuraban Del Carril, la más poblada, con 1,717 moradores, seguida de La Barrancosa (1,174), Toledo (1,040), Cazón (999) y Polvaredas (862). No deja de llamar la atención que, según el censo, en Esther vivieran 330 habitantes y en Blaquier, 547. La lista se completaba con Emiliano Reynoso (572) y San Benito (358).

En contraste, en el censo de 1970, hubo una importante depuración metodológica y se determinó con precisión qué era una localidad. Así, se establecieron tres atributos necesarios: más de una vivienda por hectáreas, trazado regular de calles y manzanas, y que no incluyera a zonas destinadas a la explotación agropecuaria.[6] Con estos nuevos criterios, las localidades se redujeron a seis y todas mostraban un descenso marcado en su población con respecto a lo escrutado diez años antes. El nuevo listado incluía a Del Carril (1,029 habitantes), Toledo (356), Polvaredas (355), Reynoso (280), Cazón (215), Sojo (86) y Blaquier (40).

Por otro lado, entre las pocas cifras útiles procesadas por el frustrado censo agropecuario de 1969, se puede nombrar la del personal ocupado en las explotaciones. Según ese cuadro, en Saladillo alcanzaba a 5,128 individuos, de los cuales 4,314 eran no asalariados que correspondían a los productores y sus familias, 168, a familiares asalariados, y apenas 646, a asalariados fijos y permanentes ajenos a la familia. Como se nota, la baja con respecto a 1937 era más que significativa.

En confirmación de la tendencia descendente, en el censo de 1980, Reynoso y Sojo salieron de la lista de localidades. Del Carril apenas había sumado 18 habitantes en una década (subió a 1,047), en tanto que Cazón registró un crecimiento del 29.77 % (gracias al vivero, sin dudas), al llegar a 279 personas. Polvaredas solamente perdió 5 habitantes (250), Toledo, 26, para quedar en 324, y Blaquier se convirtió en una verdadera curiosidad demográfica: apenas la poblaban 16 personas, pero tenía 18 viviendas, como si se tratara de una exclusiva villa turística.

Por lamentable que fuera, el fenómeno estuvo lejos de ser un problema local. De acuerdo con Susana Torrado, a pesar de acompañar nuestro país la tendencia mundial hacia la urbanización, la disminución de la población rural argentina sorprende por su impacto, al desplomarse desde el 37.8 % al 17 % de la población total del país entre 1947 y 1980. Esta autora, al analizar las migraciones internas desde las zonas rurales a las urbanas, marca que, en el período 1947-1960, los principales flujos de desplazamiento de población –en valores absolutos– se originaron además en las áreas agrarias de la región pampeana. La disminución se hizo más lenta en el segmento temporal 1970-1980 y, sobre todo, mostró una menor asimilación de esos movimientos hacia el Gran Buenos Aires y un incremento de la recepción de población en los centros urbanos medianos (Torrado, 1996: 78, 85 y 88-89).

La producción rural: ganadería extensiva y algo más

Apenas la campaña de Rosas de 1833 logró asegurar las condiciones mínimas para el establecimiento de las estancias, las nuevas explotaciones fueron llenando el territorio con ganado vacuno, destinado principalmente a la actividad del saladero, los cueros y el sebo. Pero, desde inicios de la década de 1850, los campos empezaron a poblarse también de ovejas. La denominada “fiebre del lanar” llegó con fuerza a la zona meridional del río Salado, aunque con características ligeramente diferentes a las señaladas por Hilda Sábato en su célebre trabajo, ya que parecen haber sido menos relevantes la explotación familiar y la aparcería como motor de esa expansión (Balsa & Colombo, 2007: 16).

Justamente estos dos autores han hecho un exhaustivo análisis de los datos aportados por José Antonio Rossi en sus Cuadros estadísticos. En ese texto se aprecia que, si bien la importancia del ovino era central, la práctica habitual combinaba la cría de ovejas con la de vacas. Así, y teniendo en cuenta la carga animal por hectárea, han señalado una proporción de dos tercios de producción ovejera y un tercio bovina. Sin dudas, la posesión de cabezas de vacunos se concentraba en los grandes campos, algo lógico al considerar la disponibilidad de superficie y organización social del trabajo de la ganadería extensiva. Como bien concluyen estos investigadores: “[…] hacia 1870, la gran ‘estancia tradicional’ (entendida como la dedicada casi exclusivamente a la cría del vacuno) ocupaba un lugar muy secundario en Saladillo” (Balsa & Colombo, 2007: 21).

El algo más de la agricultura

Desde ya, poco y nada decía Rossi de la producción agrícola. En la misma línea, pero dos años antes, y al hablar de la riqueza bonaerense, el superintendente del primer censo nacional sostuvo lo siguiente: “La agricultura puede considerarse naciente y aún precaria en su desarrollo, pues á pesar de ser Buenos Aires el primer productor de cereales, estos no alcanzan, por lo general, á cubrir las necesidades del propio consumo”.[7]

En efecto, el censo provincial de 1881 indicaba que, en el partido de Saladillo, las tierras dedicadas a labranza eran unas escasas 2,050 hectáreas. Sin embargo, antes de finalizar ese decenio, la agricultura comenzó a ganar espacio dentro de la producción primaria y el universo agropecuario empezó a tornarse cada vez más rico. El impulso fue rápido, porque en el censo de 1888 se contabilizaron un total de 18,342 hectáreas sembradas con los principales cereales, incluidas 718 con alfalfa.

La expansión de la frontera agrícola, la llegada del ferrocarril, el ingreso de una legión cada vez más grande de inmigrantes europeos, la valorización de la tierra junto a la especulación que la acompañó, y la práctica extendida del arriendo de chacras empujaron en Saladillo un sostenido avance de los cultivos, al menos hasta la década de 1930, como se observa en el cuadro siguiente, y sin menosprecio de la importancia central de la ganadería en el partido.

Cuadro 4.2. Hectáreas dedicadas a ganadería y agricultura
AñoTipo decensoHectáreas
ganadería
Hectáreas
agricultura
1881ProvincialNo informada2,050
1888NacionalNo informada18,342
1895NacionalNo informada46,810
1908Nacional349,91474,278
1914Nacional198,29687,098
1916Ganadero162,15660,754
1937Nacional117,584104,490
1947Nacional137,56772,098
1960Nacional146,61656,300
1969Nacional133,43197,796
1974Nacional147,18988,412
1988Nacional94,88347,978

Fuente: elaboración propia sobre las cifras de los censos nacionales y provinciales disponibles en la base de datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censo (indec). Los censos anteriores a 1914 incluyen al actual partido de Roque Pérez.

A principios de la centuria pasada, gran parte de lo producido en las chacras se comercializaba a través del ferrocarril. Según los datos estadísticos del entonces Ferrocarril del Sud, en 1906 los vagones que pasaban y se abastecían en las cinco estaciones del distrito (Roque Pérez, Del Carril, Cazón, Saladillo y La Barrancosa) despacharon más de 11,000 toneladas de trigo, 40,000 de maíz, 3,480 de lino, así como casi 6,600 toneladas de avena, 240 de otros cereales diversos y alrededor de 6 toneladas de frutas. Sin dudas, las locomotoras conducían vacas, ovejas y otros productos de la ganadería, pero esta no era su única carga (Pereyra, 2015e).

Cuadro 4.3. Hectáreas dedicadas a los principales cultivos

cuadro4.32_c

Fuente: Elaboración propia sobre las cifras de los censos nacionales disponibles en la base de datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censo (indec). Los censos anteriores a 1914 incluyen al actual partido de Roque Pérez. Para 1927, son las cifras ofrecidas por Orlando Saguinetti en Las Noticias, citadas por Marcelo Pereyra (2014).

En 1914, en un año en que la cosecha fina sufrió las consecuencias de las inundaciones, ya existían 929 explotaciones abocadas a la agricultura, además de otras ocho que se ocupaban exclusivamente de frutales y hortalizas, variedades que también ganaban interés gracias al crecimiento demográfico del casco urbano. Además, 720 de ellas correspondían a productores que trabajaban menos de 100 hectáreas. Dos años más tarde, en plena guerra europea y en medio de los problemas generados por el conflicto para la agricultura argentina, el censo ganadero de 1916 señaló que un 27.23 % de la superficie de Saladillo estaba reservada a cultivos para cosecha, tanto en propiedad como en arriendo.

Con la recuperación de los precios de los granos y la crisis más recostada sobre el sector ganadero, en los años 20 del siglo pasado los números de las áreas de labranza recuperaron su importancia, al menos hasta el colapso generado en 1929, que produjo una caída excepcional de los precios internacionales de los cereales, en especial del trigo y el maíz. Aun así, los agricultores no abandonaron sus faenas (es más, muchos las intensificaron para compensar el menor precio con mayor volumen, algo que favorecía el aumento de la demanda y acentuaba las bajas en las cotizaciones).

Según el trabajo de Ricardo Levene sobre la historia de los pueblos bonaerenses, publicado en 1940, una característica destacada de la economía de Saladillo era el constante incremento de la agricultura, que, hasta el cambio de siglo, había sido insignificante, pero décadas después se había vuelto relevante ya que, en la campaña 1935-1936, “el área sembrada con maíz abarcaba 55,000 hectáreas”. El texto destacaba datos de la cosecha fina de 1939, que comprendía 19,600 hectáreas de trigo, 8,000 de lino, 9,450 de avena, 3,450 de cebada, 1,650 de centeno y 250 de alpiste (Levene, 1940: 591).

De hecho, el censo agropecuario de 1937 contó 1,119 chacras, categoría solo reservada para la producción agrícola, y 601 explotaciones mixtas, es decir, aquellas que combinaban agricultura con ganadería. Las cifras de superficie están consignadas en el cuadro 3.5, por lo cual no tiene sentido repetirlas, pero sí vale señalar lo siguiente: el más del millar de explotaciones que sembraban trigo obtuvieron rindes promedios de 1,600 kilos por hectáreas (kg/h), y cosecharon 52,800 toneladas; los todavía más numerosos productores de maíz alcanzaron un rendimiento de 1,560 kg/h, con una cosecha de casi 60,000 toneladas, a pesar de haber perdido 8,000 hectáreas de producción por problemas climáticos. Completaban el cuadro de cereales y oleaginosas las 10,400 toneladas de avena, el aún vigente lino y –por primera vez en un registro censal– los 669 chacareros que habían apostado por el girasol y recogieron casi 8,200 toneladas.

Pero ese cuadro se enriquecía con otro tipo de productos, al que rara vez se presta atención en los trabajos de historia agropecuaria. Ya el censo de 1888 había señalado en el partido la existencia de 156 hectáreas sembradas con papas, y el relevamiento de 1908 indicó la presencia de 3,204 hectáreas de montes frutales, pero en 1937, cuando los censistas se presentaron con cuestionarios más amplios, dejaron constancia de la existencia de 590 explotaciones con huerta, que ocupaban 344 hectáreas, de 875 productores de duraznos, con 52 toneladas cosechadas en sus 89 hectáreas, de 659 dueños de perales que trabajaban 58 hectáreas y recolectaban 58 toneladas, así como de los más modestos 324 poseedores de plantas de mandarinas, con sus 38 toneladas de producción. Incluso, ese universo de diversidad tenía lugar para cultivos que hoy resultarían casi extravagantes en la geografía local, como las 41 hectáreas dedicadas a la obtención de cáñamo, acaso destinadas a la célebre fábrica de alpargatas de los hermanos Martínez.[8] Por desgracia, el censo de 1947 solamente ofreció datos por provincias y territorios de estos bienes, sin discriminarlos por partidos o departamentos.

Cuadro 4.4. Otros productos en hectáreas o plantas
Censo
año
Papa
hectáreas
Huerta
hectáreas
Durazno
plantas
Pera
plantas
Mandarina
plantas
19144448N/IN/IN/I
19374134438,00026,0002,282
19601,41061 (a)9,2123,4965,470
198825797 (b)60000

Fuente: elaboración propia sobre las cifras de los censos nacionales disponibles en la base de datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censo (indec).
(a) Aproximada por suma de los cultivos censados (no incluye batatas).
(b) Incluye 736 hectáreas dedicadas a la producción de choclos, cultivo no registrado anteriormente.

A pesar de los altibajos derivados de la Segunda Guerra Mundial y el relativo paso a segundo plano de la producción de cereales durante el primer peronismo, en el censo de 1947 volvió a notarse la fuerza relativa de la agricultura. Solamente los cinco cultivos principales ocupaban más de un cuarto de la superficie total del partido. Como novedad, el girasol se había convertido en el principal desafío de los labradores, con 1,256 explotaciones que habían sembrado casi 30,000 hectáreas. Para su infortunio, los recurrentes inconvenientes climáticos les permitieron cosechar solo la mitad de esa extensión.

A continuación, seguía el maíz, un grano muy vinculado a la pequeña ganadería que he de revisar en la próxima sección, con un área sembrada sensiblemente menor a la de 1937 (un 43.60 % inferior a la del censo anterior), a pesar de haberse incrementado ligeramente el número de productores. Más marcada todavía fue la merma del trigo: la cantidad de hectáreas en producción en 1947 estaba por debajo de la mitad con respecto a la década anterior y lo cultivaban muchos menos labriegos, quienes además apenas pudieron recoger la mies de 10,000 hectáreas. También los registros marcaron un claro retroceso de las explotaciones de avena y cebada, mientras que el lino comenzó su larga agonía, al quedar circunscripto a 17 explotaciones.

En 1960, el relevamiento censal coincidió (otra vez) con una situación climática difícil. Como mostré en el capítulo 2, más de 30,000 hectáreas habían quedado sin trabajar por los acumulados hídricos generados desde el invierno de 1959. Esa situación se reflejó en la baja generalizada de explotaciones dedicadas a la agricultura (excepto las de trigo) y de la superficie sembrada, que, con todo, superaba en la suma de las cinco mayores especies el 22 % de la superficie del distrito. En cambio, en esa medición se registró una notable expansión de la siembra de papas que, con 335 productores y 1,410 hectáreas, significó un dato tan inédito como anómalo, en cuanto, en todas las demás mediciones desde 1914, este tubérculo nunca había pasado de las 50 hectáreas activas.

Justamente en la década de 1960-1970, nadie dudaba en Saladillo acerca del cuantioso aporte del campo a la economía municipal. En una editorial escrita con sumo optimismo en la primavera de 1964, El Argentino citaba las cifras de un estudio sobre la riqueza de los distintos partidos bonaerenses, que destacaban a Saladillo como uno de los mejores en cuanto a la renta per cápita. Con escasa presencia de industrias, esta prosperidad provenía básicamente de la producción rural, e incluso daba como resultado “el alto precio” que tenían “las tierras en Saladillo, muy superiores a los que [era] posible obtener en otras zonas donde los campos” se tenían “por mejores”.[9]

Al menos para el director del periódico, la fuerza dinámica de esa riqueza era la subdivisión de la tierra, y de hecho volvió sobre esas ideas poco más tarde, cuando publicó los auspiciosos resultados de la primera exposición de la novel Sociedad Rural local. La tapa de la edición del 8 de octubre de 1964 se distribuía en tres grandes notas relacionadas con el campo: una larga y emotiva editorial (“Un campo unido y fuerte”) en la que resaltaba el potencial productivo del partido, arengaba a dejar atrás las antiguas divisiones del mundo agrario (terratenientes vs. colonos, ganaderos vs. agricultores), y esperaba la conversión definitiva de los arrendatarios en propietarios; una nota sobre la colocación de los remanentes exportables de la cosecha de trigo en la China comunista; y la publicación de un conjunto de premios de la muestra de la Rural.[10]

Los buenos presagios se confirmaron en el otoño de 1965, cuando comenzó la cosecha de girasol. Más allá de algún retraso por los fríos tempranos de ese marzo, los chacareros esperaban resultados satisfactorios en los rindes y el peso de las semillas, y calculaban que el área sembrada alcanzaba “a unas 40,000 hectáreas, que, sin ser un récord”, señalaba “un considerable avance sobre los últimos años, en que el exceso de agua impidió realizar esta cosecha”. A ello se le agregaban unas 15,000 hectáreas de maíz, de rendimientos mediocres por la falta de lluvias del verano anterior.[11]

En febrero de 1966, El Argentino volvió a dedicar su tapa al año agrícola:

El tiempo, supremo juez de la agricultura, resolvió sonreír este año a nuestros colonos, que habiendo contado con un régimen de lluvias tan oportuno como de una frecuencia moderada, aún durante el mes de enero, han asegurado cosechas óptimas de un volumen como hace muchos años que no se conocían.

El artículo estimaba en 35,000 las hectáreas sembradas de trigo, que habían tenido rindes de hasta 60 bolsas por hectárea, mientras que calculaba al área sembrada con maíz “entre las 15 y 20 mil hectáreas, pero tan pródigo en espiga, que los productores” no recordaban “un rendimiento igual”. También eran muy buenos los resultados para las 20,000 hectáreas de girasol y sorprendentes en lo concerniente a las papas, que según el periódico arrojó “no menos de cien mil bolsas”.[12]

En el censo de 1969, la superficie sembrada o en preparación dedicada a la agricultura alcanzaba al 36.5 % del total del partido. Cinco años después, el empadronamiento de 1974 daba una cifra un poco menor pero parecida: el 33 %, a pesar de que esta última encuesta se llevó a cabo en un período particularmente bueno para la ganadería.

Veinte años más tarde, esas crónicas parecían extraídas de otro mundo. Cuando, después de la enésima inundación, por fin se efectuó un censo nacional, las cifras agropecuarias eran desgarradoras. No solamente el número de explotaciones había caído casi hasta los guarismos de 1914 (1,318 en 1988 y 1,212 setenta y cuatro años antes), sino que las tierras dedicadas a los cultivos exhibían el menor número de hectáreas del siglo, y apenas llegaban al 17.93 % de la superficie del partido.

Todos los cultivos tradicionales quedaban en sus mínimos históricos de superficie de siembra, a excepción del girasol –que, por lo demás, apenas estaba un centenar de hectáreas por sobre las cifras de 1937– y del lino, cuyos volumen e importancia eran intrascendentes; pero el trigo se llevaba las palmas, con sus escasas 1,735 hectáreas. La huerta y los frutales habrían desaparecido de las estadísticas, de no ser por la irrupción de la producción de choclos, que, medidos por primera vez de manera separada, mostraban más de 700 hectáreas cultivadas.

En realidad, detrás del maíz y el girasol, el tercer lugar por extensión laborada correspondía a una oleaginosa que recién empezaba a difundirse y marcaría, en su lado positivo, la recuperación agrícola de Saladillo y, en el negativo, la pérdida de esa paleta productiva variopinta que he presentado hasta aquí. En efecto, el relevamiento de 2,809 hectáreas plantadas con soja anunciaba a las viejas y jóvenes generaciones de agricultores la llegada de una nueva era, afortunada y despiadada al mismo tiempo.

La ganadería extensiva: de vacas de cría, estancieros y chacareros

Fuera de todo lo apuntado, es indudable el peso de la ganadería en la producción rural saladillense. Si todavía hasta 1881 las ovejas tenían el claro liderazgo como especie más difundida, antes del comienzo del nuevo siglo se había iniciado el cambio de matriz ganadera. Por una parte, estaba decayendo el negocio de las exportaciones de lanas, pero, por otra, despegaba la actividad frigorífica y el imán del mercado británico por las carnes vacunas argentinas aceleraba las mejoras de los planteles y la rentabilidad de este sector. Asimismo, el aumento del precio de las tierras bonaerenses culminó el desplazamiento de las grandes majadas hacia el territorio austral. En 1888, si se aplica el coeficiente de carga animal sobre la tierra utilizado por Balsa y Colombo, los vacunos ya superaban a los ovinos en importancia relativa dentro de la producción ganadera.

Cuadro 4.5. Evolución de la ganadería

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Fuente: elaboración propia sobre las cifras de los censos nacionales y provinciales disponibles en la base de datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censo (indec). Para 1871, son las cifras publicadas por José Antonio Rossi. Los censos anteriores a 1914 incluyen al actual partido de Roque Pérez. Los datos de 1964 corresponden a la Encuesta Anual de la Dirección de Estadística del Ministerio de Asuntos Agrarios, publicada por El Argentino, el 5 de noviembre de 1964. No agrego los datos del censo ganadero de 1977, cuyas cifras son desaconsejadas para tomarse en cuenta.

Como puede verse, más allá de los vaivenes derivados de los ciclos ganaderos, las crisis puntuales, las vicisitudes del mercado internacional, las diferentes épocas en que se levantaron los censos (si eran en primavera, contenían los aportes de las pariciones anuales, por ejemplo), las vacas han tenido un desempeño bastante homogéneo, en especial al compararlas con la agricultura y las otras especies animales.

Sin dudas, la partición de Roque Pérez supuso un impacto considerable en los números de vacunos y ovinos, mientras que los caballos no sufrieron ese fuerte descenso en el período 1908-1914, probablemente porque en buena parte constituían la fuerza motriz de la agricultura de las chacras. Según esos datos, las cabezas de bovinos y ovejas bajaron respectivamente a bastante menos de la mitad y a un cuarto de las existencias de la primera de las mediciones. En buena medida, puede decirse que la ganadería extensiva del antiguo Saladillo se nutría bastante con las estancias roqueperenses.

Así, en 1908 existían 76 establecimientos con extensiones superiores a las 1,000 hectáreas que concentraban más de 100,000 cabezas de ganado vacuno de las 189,003 censadas, y 227,359 ovinos de los 385,895 totales. El principal aporte de ese selecto grupo de hacendados lo efectuaba la monumental estancia de los Álvarez de Toledo, que poseía 6,847 vacas, 23,040 ovejas y apenas 68 cerdos.

Seis años después, la medición de 1914 no registró a los poseedores de ganado de la misma forma, pero sí introdujo el cálculo de la riqueza supuesta por cada subsector de la ganadería. Las cifras eran concluyentes: de los 15 millones de pesos estimados para el valor de todas las haciendas, los vacunos se llevaban más de 9 millones, seguidos por los equinos, que alcanzaban a casi 3.2 millones de pesos. No cabían dudas sobre la pérdida de relevancia económica de los lanares, que, con 1.17 millones de pesos, eran superados por el precio calculado para los porcinos.

En cambio, existen elementos más finos para el análisis en el censo ganadero de 1916. Los rodeos tuvieron bajas en casi todas las categorías, y, si en algunas la merma fue bastante relativa, ello puede atribuirse a la fecha de encuesta (19 de marzo). Pero, en el caso de las ovejas, resultó muy significativa, al registrarse casi la mitad de los animales que dos años antes. A su vez, fue el primer censo que consignó la cantidad de poseedores de ganado, en el que destacaban los 1,014 propietarios de vacunos, de los cuales 670 tenían menos de 25 cabezas. Además, la tabla de nacionalidad de los ganaderos informaba que los argentinos solo predominaban en la tenencia de ovejas, donde concentraban el 61 % de las cabezas. En cambio, poseían poco más del 40 % de los vacunos y el 48 % de los equinos. Los españoles, con 22,781, y los italianos, con 11,152, sumaban en conjunto un 47.17 % de las vacas y el 43.88 % del ganado yeguarizo, lo que vuelve a subrayar la capacidad de tracción de los inmigrantes en las actividades agropecuarias.

Hasta los críticos años 30 –y también durante ellos–, los rodeos no dejaron de incrementarse, con excepción de las tropillas de caballos, que desde 1930 comenzaron a sentir su remplazo por las máquinas, aunque al principio de manera lenta. En lo concerniente al ganado vacuno, entre 1916 y 1930 hubo un aumento del 21 %, para registrarse una nueva suba del 19 % entre esa última fecha y 1937; pero los ovinos se recuperaron a un ritmo todavía mayor, al incrementarse un 48.62 % de 1916 a 1930, y un 38.55 % en los siete años siguientes. Además, los censos mejoraron la calidad de la información, al comenzar a discriminar entre razas, edades y categorías de los distintos ganados.

La resultante de esa mayor densidad informativa no era ninguna sorpresa, ni para los contemporáneos, ni para los historiadores: Saladillo era una región de cría, con más del 40 % del ganado vacuno catalogado como vacas de vientre de dos o más años, y la raza Shorthorn o Durham tenía una supremacía casi absoluta (en 1930 más del 82 % de las cabezas y en 1937 más de 94,000 de las 103,000 contadas).

Junto con las cantidades absolutas de cabezas vacunas, también ascendió el número de productores, que superaban el millar y medio en 1937. Lo más interesante de esa cifra era su composición según el régimen legal de la tierra: 559 de estos ganaderos eran propietarios, 843, arrendatarios, y 129 tenían otro tipo de vinculación. Por otro lado, 1,091 explotaciones disponían de menos de 25 cabezas, pero eran 1,290 si se computaban hasta 50 ejemplares y llegaban a 1,411 (un 92 % del total) al adjuntarles los rodeos de hasta 100 vacas. En el otro extremo, había 17 productores con más de 1,000 cabezas y concentraban el 34 % de los vacunos, pero entre ellos se contaban cuatro arrendatarios.

La etiqueta de zona de ganadería extensiva para cría ya estaba tan colgada que, en 1946, el investigador estadounidense Carl Taylor eligió un establecimiento emblemático de Saladillo para ejemplificar la tipología. En su famosa recorrida argentina de poco más de tres meses, el antropólogo se hizo tiempo para visitar la estancia Los Puestos. Como muestra de su revista, dejó un formidable croquis con el detalle de la distribución de las instalaciones del establecimiento, la división de los arriendos, el número y la clase de ganado en cada parcela, y los distintos tipos de cereales existentes (Taylor, 1948: 219, figura 28).

Asimismo, los resultados arrojados por el censo del año siguiente confirmaron esa elección, ya que casi el 69 % del total de los vacunos del distrito fue clasificado como vacas de vientre y terneros de menos de un año. Por otro lado, esta medición marcó un nuevo aumento de las existencias bovinas, aunque de solamente un 10 % en la década intercensal. Por desgracia, fue limitado el fraccionamiento para indicar la cantidad de cabezas en propiedad de los productores, de modo que la primera columna iba desde 1 hasta 100 ejemplares. Esa categoría comprendía a 1,375 explotaciones (un 87.47 % del total), con una posesión de alrededor de 32,000 animales (un 28 % del stock), mientras que los 16 estancieros con más de 1,000 cabezas sumaban unas 40,000 (el 35 %). Así, en tanto los ganaderos medianos y pequeños exhibían un ligero retroceso, los grandes apenas incrementaban su participación porcentual.

El dato más sobresaliente del censo de 1947 fue el notorio inicio del proceso de desplazamiento del Shorthorn como raza más difundida. En apenas diez años, la primera especie importada por los cabañeros había caído al 58 % de las existencias (unos 66,000 animales), en detrimento de la ascendente Aberdeen Angus, que, de ser mínima en los años treinta, saltó al 19 %, con 21,500 cabezas. Esa tendencia se ratificó un lustro después, cuando el censo ganadero de 1952 –que no publicó la desagregación de estos datos por partido– señaló el sostenido retroceso de los Durham en la Provincia de Buenos Aires, que en solo cinco años habían perdido 2 millones de unidades, mientras que los Angus ganaron 2.2 millones.

El proceso de sustitución, derivado de las exigencias del mercado internacional de carnes, era claro e irreversible en 1960: solamente quedaban 36,500 Shorthorn, en tanto se contaban unos 61,000 Angus entre las casi 140,000 cabezas de ganado vacuno del partido. El censo de ese año, a pesar de las dificultades climáticas de la campaña 1959-1960, dejó cifras en general alentadoras para la ganadería, con la obvia excepción del ganado caballar, que, bajo las ruedas de los tractores y la maquinaria agrícola, cayó en más de un tercio con respecto a 1947. De una raza u otra, el perfil de Saladillo como zona de cría permaneció inalterable en cuanto a los porcentajes retenidos por las vacas de cría con sus terneros (un 71 %).

El primer elemento que resalta del relevamiento sobre los bovinos fue el aumento de las existencias totales de vacunos, que, si bien mostraban un retroceso con respecto a 1952, se habían acrecentado en más de un 22 % contra 1947. Luego, se notaba la pérdida de importancia relativa de las explotaciones medianas y chicas: no solamente bajaron en 99 productores el número absoluto de explotaciones (1,276), sino que exhibían un incremento menor al global y una cantidad de cabezas (34,159) que representaba un 24.5 % del total. En tercer término, la expansión afirmó a los grandes ganaderos, quienes aumentaron su selecto club de 16 a 21 estancieros, y controlaban en conjunto casi 50,000 cabezas de ganado, equivalente al 35 % de las existencias. Dentro de ellos, el censo señaló la presencia de dos rodeos imponentes: uno con 6,007 animales y otro con 7,400.

De todos modos, desde 1962 la ganadería entró en un ciclo relativamente virtuoso, con políticas de estímulo y mejora de precios que también parecen haber alcanzado a los productores saladillenses y les permitieron dejar atrás los años complicados del lustro anterior. Por lo menos, en el mismo sentido que lo expresado para la agricultura, la prensa local se hacía eco de resultados positivos extraídos de una encuesta ganadera llevada a cabo por la Dirección de Estadística del Ministerio de Asuntos Agrarios el 30 de junio de 1964, donde se indicaba que en Saladillo había 241,092 hectáreas en explotación, es decir, un 88.12 % de la superficie total del partido.[13]

En contraste con esa expansión, un sector de la ganadería vacuna que había tenido cierta importancia gracias al crecimiento urbano sufrió en esos años un golpe mortal: la actividad tambera. Osmar Pallero, quien, bastante antes de ser poeta, periodista y dueño de una imprenta, supo ser tambero y acopiador de huevos, rememoraba en uno de los relatos de sus años jóvenes el oficio de la leche, que daba sustento a muchas chacras de la zona periurbana (sobre todo el área vecina a la Escuela 4). En 1963, se hizo obligatoria la pasteurización, y la mayoría de los tambos, incluido el suyo, fueron forzados a cerrar. Él lo consideraba otro motivo más de despoblación en Saladillo, “donde las chacras eran el recurso primordial de una economía, que junto con la gallina a campo y el cerdo, permitía hacer rentable las pequeñas extensiones” (Pallero, 1981: 23-25).

Por desgracia, la frustrada experiencia del censo agropecuario de 1969 no permite medir con certeza el volumen de esos cambios. De todas formas, la encuesta ganadera de 1974 confirmó la sustancial suba de las existencias vacunas por sobre las de la década anterior, ratificó la agonía de la cría de ovinos en Saladillo, con majadas cada vez más reducidas y solamente orientadas al sacrificio dentro de los establecimientos, para destinarlas a la alimentación de las familias y empleados de las chacras y estancias, y señaló la casi desaparición de los caballos, antiguo símbolo mismo de las pampas.

Por lo demás, los resultados procesados de esta medición no ofrecieron demasiado detalle sobre la composición de las haciendas por su grado de importancia numérica, y se limitaron a indicar cifras totales de cabezas, con un único desagregado de “sexo y edad”, del que se colige únicamente la vigencia de la cría, al mantener las vacas de más de dos años y los animales de menos de uno su histórico porcentual (esta vez el 68 %) con respecto a los guarismos globales. Pero el relevamiento también dejó en claro que el negocio se estaba concentrando y que algunos sectores pecuarios iban quedando de lado: el número de explotaciones ganaderas descendió hasta 1,344, una cifra bastante más baja que la de 1937 y un 12 % menos que los productores censados en 1960. Es cierto que este empadronamiento, a diferencia del método de entrevista directa del censo, se basó en la participación de encuestados que remitían sus declaraciones, pero aun así la diferencia en menos era relevante. De todas formas, y aunque los contemporáneos (tal vez) no podían verlo, lo peor estaba todavía por venir.

El inicio de un largo período de liquidación de stocks a partir de 1977, la combinación de problemas de los que hablaré en el capítulo 9, la pérdida de mercados externos, la caída del consumo interno y las inundaciones que azotaron la provincia en la década de 1980 se reflejaron en el censo nacional agropecuario de 1988. En paralelo a la agricultura, los indicadores de la ganadería vacuna fueron decididamente desastrosos: las unidades productivas estaban apenas arriba de las de 1916 y exponían una baja de casi un 15 % en comparación con 1974. En otras palabras, desde 1960 unas 380 familias chacareras se habían retirado de este negocio. Las existencias también se hallaban por debajo de las registradas en 1960, con una merma del 20 % con relación a 1974, ya que los datos del censo de 1977 no pueden tenerse en cuenta por su descrédito.[14]

La mayoría de las ausencias entre esos registros provenían del segmento de poseedores de hasta 100 cabezas de bovinos. Entre los 645 que tenían hasta 50 animales, y los 239 de entre 51 y 100 ejemplares, totalizaban 884 propietarios, es decir, 392 menos que en 1960 (un 30 %), aunque el porcentaje de hacienda con que contaban se mantenía en torno al 25 % del total (33,378 cabezas). La decadencia alcanzó igualmente a los estancieros con más de 1,000 vacunos, que, a pesar de aumentar su grupo a 23 productores, sufrieron una baja de casi 8,000 ejemplares sobre las cantidades de 1960 y redujeron su participación en el total al 30.7 %. El nuevo colectivo de relevancia eran las explotaciones con más de 200 y menos de 500 unidades, que pasaron a reunir el 30.21 % de las existencias (41,808 cabezas).

Por uno u otro motivo, este sector logró sobrellevar mejor la dureza de los tiempos, del mismo modo que, en la agricultura, los propietarios medianos pudieron recortar el volumen de los daños. Sin dudas, fue una combinación de una extensión de tierra más viable para la supervivencia de los emprendimientos, con la adopción de estrategias de gestión (productivas y técnicas) más aptas para un capitalismo agrario de carácter moderno y competitivo. Un sistema productivo (y social) donde resultaría más correcto identificar a sus exponentes como pequeños empresarios que como chacareros.

Un nuevo mundo marcado por la soja y el engorde a corral, con poco o escaso lugar para la pequeña ganadería, esa que, más allá de todo lo dicho en este capítulo, fue durante años un motor importante de la economía rural del partido, y en algunos momentos el orgullo de Saladillo, que lideró durante décadas las estadísticas bonaerenses de producción de ganado porcino y aves de corral. Ese universo perdido al que voy a dedicar las próximas palabras.


  1. En efecto, a fines de 1926, la Dirección de Estadística de la Provincia de Buenos Aires estimó la población de Saladillo en 24,117 habitantes, pero esos datos no discriminaban entre población urbana y rural. Los datos pueden verse en “Anuario Estadístico de la Provincia de Buenos Aires”, El Argentino, 30/12/1926, p. 1.
  2. “La población de Saladillo”, El Argentino, 04/02/1939.
  3. Estadística Policial. Decenio 1934-1943, La Plata, Dirección de Identificación Civil y Estadística General, Ministerio de Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, 1943, p. 14.
  4. El Argentino, 20/10/1960.
  5. IV Reunión Nacional de Estadística. Censo 1960, Buenos Aires, Secretaría de Estado de Hacienda, Dirección Nacional de Estadística y Censo, 1958, p. 3.
  6. Censo Nacional de Población, Familias y Viviendas. 1970. Resultados Provisionales. Localidades con 1.000 y más habitantes, Buenos Aires, Instituto Nacional de Estadística y Censo, 1973, p. 4.
  7. Primer Censo de la República Argentina. Verificado en los días 15, 16 y 17 de septiembre de 1869, Buenos Aires, Imprenta del Porvenir, 1872, p. 6.
  8. Pereyra, Marcelo (2017). “La alpargatería de los hermanos Martínez”, en bit.ly/3afsnVC.
  9. “Saladillo en marcha”, El Argentino, 24/09/1964.
  10. El Argentino, 01/10/1964 y 08/10/1964.
  11. El Argentino, 01/04/1965.
  12. “El resultado del año agrícola en Saladillo puede estimarse en mil millones de pesos”, El Argentino, 24/02/1966.
  13. “Se advierte un comienzo de recuperación de nuestra ganadería”, El Argentino, 05/11/1964.
  14. Según este censo ganadero, en 1977 había en Saladillo 206,672 vacunos, más de 32,000 que los relevados por el empadronamiento de 1974, lo que daba un aumento del 18.65 % en menos de tres años. En equinos y porcinos no existían casi diferencias con la medición anterior. En cuanto a los ovinos, se contaron casi 36,500, poco más de 12,000 menos que en 1974.


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