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7 La Escuela 40: sueño, realidad y agonía de una comunidad

Pocos argumentos pueden movilizar a una comunidad o a un vecindario con la fuerza de la educación. Valor instalado, desarrollado y jerarquizado como pocos por la sociedad burguesa surgida en el siglo 19, en la centuria siguiente se convirtió en una de las demandas sociales más significativas.

En este caso, el impulso del mundo chacarero que analizo en particular tiene una serie de ventajas adicionales para ser revisado, y por eso le dedico una sección especial. En primer lugar, su principal desarrollo transcurre dentro de las coordenadas temporales del trabajo; en segundo término, las personas que se pusieron al frente de esta singular batalla formaban parte del “reparto” de mi padre, es decir que me refiero a un grupo de mujeres y varones a quienes conocí personalmente; en tercer lugar, pude disponer de una gran cantidad de archivos, documentos y fotografías para poder seguir la evolución de la cuestión, en especial los libros de actas de la Asociación Cooperadora y del Club de Madres y el Registro de Matrícula Escolar; en cuarto orden –y gracias a lo anterior–, ese amplio conjunto de fuentes me permite utilizar herramientas de análisis microhistórico; finalmente, se ajusta en buena forma a la hipótesis central de la investigación.

A la vez, la historia de la Escuela 40 revisada en este capítulo puede dividirse, en mi opinión, en dos tramos perfectamente distinguibles: el primer período está comprendido entre los inicios del decenio de 1960 y se extiende hasta finales de 1972; el segundo comienza en 1973 y, puede decirse, no ha concluido aún, por lo que su duración excede largamente esta pesquisa. Como sea, mi análisis se prolongará hasta la década de 1980.

Fuera del carácter discrecional de cualquier cronología, cada uno de los segmentos tiene características muy disímiles. En el primer tramo, el eje central de análisis es la comunidad. En esos años la iniciativa le perteneció y fue la voluntad del vecindario la que obligó a los gobiernos provincial y municipal a involucrarse y comprometerse. Ambas administraciones se vieron obligadas a convalidar y acompañar ese empuje, que dio como resultado una secuencia de triunfos para la población del paraje: la aprobación de la escuela en 1964, la inauguración del primer edificio en 1965 y la construcción del local definitivo de material, que aún se mantiene en pie, en 1972. Ese fue el punto alto de envión comunitario, y es notable cómo, una vez conseguido tal logro, la actividad vecinal se derrumbó.

En la segunda etapa, desde 1973 en adelante, se observa un debilitamiento de la red comunitaria. Al examinar la Asociación Cooperadora, el Club de Madres y la evolución de la matrícula, se aprecia un cambio de tendencia, cuyas manifestaciones fueron la aparición de dificultades de índole administrativo en la Cooperadora, la culminación de la labor del Club de Madres, el alejamiento de algunos protagonistas centrales de la primera etapa, en especial de las madres y los padres “fundadores” (debido, por otra parte, a distintos motivos), y la baja notable de la matrícula escolar. La característica central de ese recorrido es que el retroceso comunitario comenzó a ser llenado por las instituciones oficiales, cada vez con mayor intensidad. Como podrá verse más adelante, en este tramo la Comisión Directiva de la Cooperadora iba cada día más a la zaga de la conducción docente de la escuela. Una funcionaria estatal remplazó al vecindario, fijó sus prioridades, dictó la agenda y estableció incluso los mecanismos de recreación y vinculación social.

La comunidad vecinal por delante del Estado (1963-1973)

Por desgracia, el repositorio documental y las fuentes disponibles no me permiten aportar algún elemento concreto sobre lo que se denomina habitualmente “antecedentes del tema”, es decir, cuándo, cómo, dónde y a través de quiénes se puso en marcha la decisión de dotar a este paraje de una escuela primaria. Desde ya, hay un dato insoslayable: la mayoría de los chacareros de la zona tenían, en esos años, hijas e hijos en edad escolar. Ninguna de estas familias se componía de una prole como aquellas en las que se habían criado las madres y los padres (siete, ocho u once hermanos, conforme podía encontrarse a inicios del siglo 20), pero sí existían casas donde habitaban cuatro, tres o al menos dos menores, y eso era una buena fuente de reclutamiento para un colegio elemental.

En todo caso, es más fácil explicar el porqué. Al mirar un plano del partido de Saladillo, puede verse que la Escuela 40 ocupa el centro de un polígono formado por otros establecimientos educativos. Los puntos que delimitan esa geometría son al norte la Escuela 15, al este la Escuela 19, al sur la Escuela 31, y al oeste la Escuela 21. Actualmente, el acceso a cualquiera de estos sitios parece bastante sencillo –aunque, para llegar a la Escuela 21 de La Barrancosa, hay que internarse varios kilómetros por caminos de tierra, y la vinculación con la Escuela 19 de La Razón también implica recorrer algún tramo hostil–, pero, a principios de la década de 1960, esta tarea no era tan fácil. Como analicé en el capítulo 2, la ampliación y la mejora de la red vial y la pavimentación de las rutas provinciales 51 y 63 facilitaron de forma cualitativa las comunicaciones de Saladillo con los partidos vecinos y agilizaron los desplazamientos internos dentro de la zona rural del partido.

Más allá de esto, existe evidencia de movimientos y gestiones concretas del vecindario para tener su propia escuela rural. Así, en la primavera de 1963, la prensa local informaba en un suelto acerca del inicio de los trámites para “establecer una nueva escuela, que llevaría el número 40 del distrito”. El periódico no tenía todavía claras las coordenadas geográficas del establecimiento, y la ubicaba “en el límite de los partidos de Saladillo y 25 de Mayo, a 15 kilómetros de las actuales [escuelas] de El Mangrullo y de Pueblitos”.[1]

El primer triunfo de la comunidad fue precisamente la creación oficial de la escuela, formalizada en mayo de 1964, mediante la Resolución 75/1964 de la Dirección General de Escuelas de la provincia. Tal validación fue acompañada con la designación de la primera maestra, Alba Rina Faretta, quien inició el dictado de las clases en la casa de la familia Di Virgilio.

De acuerdo con los datos del Libro de Matrícula Escolar, el 27 de mayo la docente anotó los datos de quince alumnos: tres asistían por primera vez a clases, en cuanto formaron parte del antiguo primero inferior; un chico provenía de la Escuela 15; y once se pasaron desde la Escuela 31. El 3 y 4 de junio, fueron anotados una alumna y dos alumnos más; la niña ingresó en primero inferior y los varones trajeron su pase desde la Escuela 15. El 1.° de septiembre, se completó la matrícula, con la llegada de otra menor, que venía también de la Escuela 15 para primero superior, actual segundo grado.[2]

Apenas ocho días después, se formó la primera Comisión Directiva de la Asociación Cooperadora. Los participantes se reunieron en la residencia donde funcionaba provisoriamente la escuela y decidieron elegir como presidente a Leopoldo Abelenda, a quien secundaron en los principales cargos Evelio Candia (secretario) y Nicolás Gianonni (tesorero). La única mujer en la lista de catorce autoridades era la dueña de casa, que ocupaba uno de los cargos de vocal suplente.[3]

Con la escuela en marcha, quedaba pendiente la cuestión edilicia, y allí pusieron el empeño las familias chacareras. En la primavera de 1964, la comisión impulsora de la Escuela 40 formó un gran colectivo fusionándose con el club El Arriero, cuyas actividades presenté en el capítulo anterior. A diferencia de las autoridades de la asociación social que funcionaba en el almacén de Candia (sobre este sitio y su ubicación, véase el capítulo 6), en este nuevo elenco abundaban las mujeres, tal vez porque la preocupación central del grupo era la cuestión educativa. Alberto Ortalli fue designado presidente, secundado por un vicepresidente, un secretario, un prosecretario, un tesorero, un protesorero y ¡34 vocales!, lo que constituía un conjunto de 40 personas. Muchos de los nombres de la comisión del club se repetían, pero, en el multitudinario grupo de vocales, surgían 17 mujeres. Si bien en esta categoría cumplían a rajatablas con la paridad de género en la representación, por supuesto que los tres delegados a la comisión central eran varones: Alberto Ortalli, Armando Candia e Ítalo Bravo.[4]

La primera actividad concreta se llevó a cabo el 28 de noviembre de 1964, justamente en el salón del club El Arriero. Esa noche se realizó un baile organizado por la cooperadora escolar. Para la parte musical, se había contratado al “conjunto de C. Beneventano y la voz de Gonzalito”. Era entonces una de las primeras apariciones de esa orquesta que, según mostré en la sección anterior, fue una de las grandes animadoras de las reuniones danzantes del medio rural, en especial cuando poco más tarde se agregó como cantante el popular y recordado Rodolfo Casavalle, más conocido como Maneco.[5]

Los recursos conseguidos por este medio, distintas donaciones y el aporte económico y de trabajo de los miembros de la comunidad lograron levantar la primera sede del colegio, una construcción bastante básica, premoldeada y de madera, es decir, una “prefabricada”, como se designaba por entonces a este tipo de local. El sueño no hubiera sido posible sin la donación de un solar de 2,500 metros cuadrados, sobre el denominado “Callejón de Candia”, a unos 500 metros de la ruta 51, cedido por Hipólito “Polo” Rodríguez.

Al iniciarse el ciclo lectivo siguiente, la matrícula de la Escuela 40 mostró un gran crecimiento: los 19 estudiantes del año anterior se convirtieron en 26. Tres niños fueron inscriptos para primero inferior: dos de ellos eran hijos de chacareros que formaban parte del grupo fundacional del colegio, y el tercero, descendiente de un arrendatario vecino. El grupo de los cuatro restantes se formaba con la niña de un chacarero que desde 1964 enviaba a su hijo varón a la Escuela 40 y tres chicos (dos de ellos hermanos) cuyos padres figuraban como jornalero y empleado, aunque no se consignó la escuela de la que venían (para la evolución de la matrícula, véase el cuadro 7.1, inserto más adelante).

El acto de inauguración del establecimiento y la imposición del nombre “Rafael Zamorano”, en memoria del primer maestro que impartió clases en Saladillo, empezaron a ser organizados por la Cooperadora en la reunión del 4 de abril de 1965.[6] De acuerdo con lo asentado en el acta n.º 2, ese fue el motivo único de la reunión. En primer lugar, se eligieron a la madrina y al padrino de la escuela, honor que recayó en la Sra. María Mancini de Di Virgilio y en Polo Rodríguez. No podía ser de otra forma: la primera había prestado una habitación de su vivienda para permitir el inicio del dictado de clases en 1964, mientras que el segundo, como quedó dicho, era el donante del terreno. Los socios y las socias presentes decidieron también que, una vez concluida la ceremonia, se efectuara “una cena y baile en el local del Sr. Evelio Candia […], cuyos fondos a recaudar” serían “destinados a la escuela para su mejoramiento y proveer así los elementos de mayor necesidad”.[7]

Tres semanas después, el 25 de abril de 1965, se realizó la ansiada inauguración del edificio. El acto comenzó a las 17:00, con el discurso de la directora del establecimiento, Elba Galpasoro. Luego de la bendición religiosa, habló el presidente de la Cooperadora, Leopoldo Abelenda, quien agradeció: a los hermanos Hipólito y Santiago Rodríguez la donación de la parcela; a Juan Bautista Di Virgilio, quien “facilitó el año anterior su casa para que funcionara la escuela”; y a Evelio Candia, por su compromiso con la causa comunitaria. Abelenda destacó que “todo ello era fruto del esfuerzo y que hasta la última tabla del edificio había sido clavada por los vecinos”. Una vez terminada la ceremonia, de acuerdo con los planes y como se había previsto, “tuvo lugar en el local cercano de los señores Candia Hnos. una cena y baile que congregó una numerosa concurrencia”.[8]

Al año siguiente, mientras que el núcleo de familias fundadoras aportaba cuatro nuevos ingresantes a primero inferior (todos ellos varones), para llevar la matrícula a 30 escolares,[9] comenzaron a verse dos fenómenos constantes: el permanente recambio de docentes y la pérdida de matrícula a lo largo del desarrollo del período anual del curso.

El primero se constata por la habitual modificación de la caligrafía y las actas de la Cooperadora, que usualmente citaban la presencia del cuerpo docente y confiaban a las maestras o directoras su redacción. Sobre lo segundo, ya en 1966 hubo siete bajas. Una de ellas, la de un niño de once años, se produjo el 31 de agosto y fue anotada como “trabajo” en la columna reservada para la causa del abandono. Dos hermanos regresaron a la Escuela 15, de donde habían venido; uno de los alumnos de primero inferior dejó el colegio el 11 de abril por “enfermedad”; dos más, hijos de un jornalero rural, por motivos no señalados ni pase informado y también el 11 de abril; el último caso, aunque la anotación es confusa, parece haber emigrado a la Escuela 15 el 19 de mayo, y su padre constaba como jornalero rural.[10]

De todas formas, y no obstante estas contingencias, la vida comunitaria seguía boyante. En marzo de 1967, la Cooperadora, con la asistencia del personal docente, se reunió para evaluar la realización de acciones destinadas a generar recursos. Tras discutir un par de alternativas, la comisión se inclinó por llevar a cabo un baile y, con ese propósito, concluyeron en consultar “las fechas libres de la orquesta Beneventano, solicitar la cesión del Club Carlos Calvo de la Barrancosa y convocar oportunamente a una nueva cita para definir la cuestión”. Poco más tarde, se estableció la fecha del baile para el 22 de abril de 1967. El resultado de la actividad dejó más de $57,000 en las arcas de la Cooperadora, con las que se decidió adquirir una bandera nacional e instalar juegos infantiles en el patio.[11]

En 1968, los cooperadores volvieron a escoger como sede de su baile de otoño al club Carlos Calvo, pero esta vez confiaron la música a la orquesta de “José Antonio y sus tropicales, de la Cap. Federal”. Asimismo, se añadió un incentivo a la reunión danzante: “Se hará una rifa de $100 el número, para una mesa servida”. Unas semanas después, en la reunión del 27 de abril de 1968, además de aprobarse el balance del ejercicio 1967-1968, que había sido debidamente comunicado al Consejo Escolar, se acordó el arreglo de los techos. Por otra parte, la formalización de la actividad cooperadora ganaba lugar al informar la Comisión Directiva sobre la apertura de una cuenta corriente en el Banco de la Provincia, por lo que en la asamblea se definió quiénes tendrían firmas para librar cheques.[12]

En cuanto a la fuga escolar, en 1967 cinco estudiantes se cambiaron de establecimiento: una pareja de hermanos (primos de emigrantes del año anterior) también se fueron a la Escuela 15, mientras que otros dos hermanos, hijos de una ama de casa que a veces fue registrada también como agricultora, se marcharon a la Escuela 33 de 25 de Mayo. La quinta mudanza correspondió a una chica de 12 años y alumna de cuarto grado, que se fue de la escuela el 26 de junio, sin indicación de motivo y nuevo destino.[13] En 1968, en cambio, se perdió una sola estudiante, de 12 años y en cuarto grado, que retornó a la Escuela 33 de 25 de Mayo el 24 de abril. Una hermana suya se había mudado a la Escuela 1 en marzo, pero se reintegró a la 40 en el mes de julio.[14]

El año 1969 fue el más prolífico en actividades y reuniones e inició un período muy rico en lo concerniente a la actividad comunitaria, culminado en 1972, con la inauguración del actual edificio. En realidad, fue el momento álgido en el que, con la aparición del Club de Madres, el vecindario puso su máximo esfuerzo en pos de la gran meta de construir un local de material para remplazar la prefabricada, que, por otra parte, mostraba problemas en techos y pisos, y no era la mejor sede para albergar a un grupo estable de más de veinte estudiantes.

En primer término, después de cinco años de labor, Leopoldo Abelenda cedió la presidencia a Ítalo Argentino Bravo. En este recambio, y por primera vez, dos mujeres del vecindario pasaron a formar parte de la comisión.[15] La nueva conducción se juntó el 19 de abril para determinar las principales actividades del año: el consabido baile –esta vez planeado para el 23 de agosto, con la orquesta de Carlos Beneventano– y la pintura del local escolar, tarea confiada a los padres del alumnado.

Dos semanas más tarde, se produjo lo que considero que es el hecho más significativo para explicar el notable dinamismo comunitario vivido hasta 1972 y su posterior declinación. El 1.° de mayo de 1969, se formó el Club de Madres de la Escuela 40. Las catorce mujeres que se dieron cita esa tarde lo hicieron al solo efecto de registrar el inicio formal de las actividades del grupo y elegir una comisión, a cuyo frente resultó electa Juana Natalini de Mengoni. La primera actividad oficial anotada se produjo el 25 de mayo siguiente, para festejar el aniversario del primer gobierno patrio. En el local escolar, a las 15:00, se inició “una reunión infantil, en unión con los alumnos de la escuela n.º 40, con los siguientes números: poesías, recitados y bailes folclóricos”.[16]

Justamente la organización del baile citado más arriba motivó un nuevo encuentro cooperador, el 7 de agosto de 1969. En el acta levantada para testimoniar la reunión, aparece citada por primera vez la presencia del Club de Madres, mientras que, curiosamente, no figura representación del personal docente. Una semana más tarde, se afinaron los detalles del baile: el presidente de la Cooperadora se encargaría de contratar un colectivo para que hiciera viajes desde la plaza del pueblo a La Barrancosa, se designó a los encargados de la boletería, se establecieron las actividades a cargo del Club de Madres y la participación de las docentes de la escuela y se pidió la colaboración de todos para limpiar el salón una vez finalizadas las actividades.[17]

Sin embargo, y esta es la riqueza de la fuente documental producida por las mujeres, la versión de esa reunión es bastante más densa en el libro de actas del Club de Madres. Por ejemplo, en él se asentó la realización del balance de un bono donación, que dejó en las arcas de la Cooperadora $99,000. Luego, en efecto, se habló del baile del 23 de agosto, que ocuparía una reunión operativa de las madres antes de la fecha. Pero, además, se agregó otro tema de debate: “A continuación, se considera la compra de juegos infantiles, con lo que se adeuda de merienda” por parte del Consejo Escolar. Así las cosas, el 19 de agosto el Club de Madres se dio una nueva cita para planear los quehaceres propios del baile, que finalmente se llevaría a cabo en el Salón Cardillo y no en La Barrancosa, como se había determinado originalmente.[18] Para contribuir, la comisión de mujeres ponía “su total colaboración en atendimiento de kioskos y café”.[19] Como no podía ser de otra manera, la reunión tuvo su espacio publicitario en la sección permanente de bailes anunciados de El Argentino.[20]

A diferencia del registro formal de la Asociación Cooperadora, las madres llevaron su libro de actas al lugar del baile. Allí escribieron lo siguiente:

A las once y cuarenta horas [pm], se da por descontado el éxito, ya que el Salón cedido gentilmente por la Comisión Cooperadora de la escuela n.º 15, se ve colmado de Público, en el cual las Sras y Sritas del Club de Madres, como también las Señoras maestras de la escuela n.º 40, ofrecen su desinteresada y valiosa colaboración, la cual es aceptada con agradecimiento, ellas se encargan de atender kioskos y ventas de café, que contribuyen en gran parte a la remuneración obtenida.[21]

Según lo anotado, el baile se dio por finalizado a las 03:30 de la madrugada, momento en que los cooperadores y las madres contaron los ingresos, que llegaron a $157,356. Todavía con fuerzas y energizadas por el éxito, a las cuatro de la mañana debatieron “en forma breve la organización de una pequeña rifa”, aunque prefirieron dejar la discusión para otra oportunidad, “quedando tal como base de un nuevo propósito de este grupo colaborador”, para que la escuela “siguiera en continuo a[s]censo”.[22]

En un año verdaderamente prolífico, la Comisión y las madres volvieron a juntarse el 20 de octubre, con tres puntos para revisar: la aprobación de la compra de los juegos infantiles; la realización de una fiesta de fin del año escolar en la parrilla de Ocampo, un acontecimiento que iba a reunir a las seis escuelas que formaban parte del mismo núcleo de establecimientos rurales; y la organización de un almuerzo de camaradería para la comunidad exclusiva de la Escuela 40.[23]

Luego de un breve receso, a mediados de 1970, la Cooperadora y el Club de Madres sesionaron en asamblea para abordar tres temas de importancia: el recurrente baile, esta vez planeado para el 1.° de agosto en el salón de Cardillo; el urgente arreglo de los pisos del colegio; y la iniciativa del Club de Madres, “con el fin de recaudar fondos, en pro de obras benéficas para la escuela y los desgraciados sucesos acontecidos en el Perú, mediante la iniciación de ventas de pequeñas rifas”.[24] Este último punto no deja de ser curioso, ya que, en toda la existencia revisada de la Cooperadora y el Club de Madres, fue la única vez en que un hecho internacional, además totalmente ajeno al país, como fue en este caso el tremendo terremoto y aluvión de Áncash –que dejó más de 60,000 víctimas–, se coló en la agenda de la asociación.

Asimismo, en esta oportunidad el libro de las mujeres fue más escueto que el de la Cooperadora. En su entrada, las madres anotaron como primer asunto que recibían la propuesta del presidente para organizar el baile anual el 1.° de agosto. Luego, señalaron que Ítalo Bravo les cedió la palabra, para que declarasen sus proyectos. Así, la presidenta dio “a conocer la intención de formar socias, cosa esta que [era] indispensable para poder inscribir esta institución como Entidad de Bien Público”.[25] Como puede verse, las madres aspiraban a conformar algo más que una simple agrupación destinada a funcionar como soporte de la Cooperadora. El anhelo era adquirir personería como organización legalmente reconocida, deseo que, finalmente, nunca pudo materializarse.

No había pasado un mes cuando tuvo lugar una nueva asamblea conjunta. En esta ocasión, con un único tema: la realización de un carro alegórico para participar de la fiesta de la primavera, que se desarrollaría en Saladillo el 21 de septiembre siguiente, organizada por la novel Asociación de Amigos de la Avenida Belgrano.[26] En efecto, la Escuela 40 fue parte de esa fiesta con su carroza, denominada Jardín Primaveral”, y postuló como reina de la fiesta a Graciela Casella. Ni una ni otra obtuvieron los premios mayores en sus categorías, pero al menos la Cooperadora se alzó con $10,000 Ley 18,188, o un millón de la anterior denominación, una suma nada desdeñable.[27]

En plena tarea de culminación de los detalles ornamentales de la carroza, el 15 de septiembre de 1970, el Club de Madres se reunió en el local escolar en forma independiente. De ese encuentro salió la decisión de realizar un festival de largo aliento el 4 de octubre, en el local de Ocampo.[28] La jornada comenzaría a las 14:00, con dos partidos de fútbol: el primero entre las reservas de La Barrancosa y El Mangrullo, y el segundo, “un encuentro infantil interescolar entre la Escuela n.º 40 [y] la n.º 37 [de] San Blas”. Las actividades competitivas se cerrarían por el juego entre los equipos de primera de La Barrancosa y El Mangrullo. Luego, la actividad sería solamente recreativa, a través de “kermeses y baile con servicio de cantina y bufet”.[29] La kermés se anunció en la prensa local con suficiente antelación. En el aviso se presentaba el programa de actividades completo y la nota cerraba con el tradicional recordatorio de bailes y fiestas: “Partirá colectivo de la plaza principal”.[30]

En la primavera de 1970, la Cooperadora y el Club de Madres iniciaron el abordaje de un tema central: la construcción de un nuevo edificio, hecho de material. El 13 de octubre, en un encuentro donde además se hizo el balance del baile anual, se fijó la fecha para un torneo de fútbol interescolar y se organizó la fiesta del Día de la Madre; los presentes aprobaron por unanimidad impulsar la edificación del nuevo local y pedirle una colaboración monetaria a la Intendencia para poder llevarla a cabo.[31] Por su lado, esta vez las mujeres volcaron en su libro una versión similar, con una única adición: dar cuenta del cambio del horario de funcionamiento de las clases.[32]

Tomada entonces la decisión de avanzar con el gran proyecto del nuevo local escolar, las madres iniciaron una espiral de trabajo formidable. Como he de exponer, la Comisión Directiva de la Cooperadora hizo su parte, pero, al leer ambos registros, es inevitable pensar que el edificio debía en buena medida su existencia a la capacidad de estas chacareras para movilizarse y ocuparse de la cuestión.

Con esa meta en sus mentes, el 17 de noviembre de 1970, las madres se juntaron para empezar la organización del baile/kermés planeado para inicios del año siguiente. El festival se llevó a cabo el 17 de enero de 1971 y, según el programa publicado por El Argentino el jueves anterior, comenzaría a las 08:30, con un torneo cuadrangular de fútbol, seguiría con campeonato de truco y remataría con un baile y kermés en el club Carlos Calvo.[33]

De acuerdo con el acta siguiente, levantada el 20 de marzo de 1971, el balance de esa actividad dio una ganancia de $87,021, que el club acordó entregar a la Cooperadora “para la construcción de un nuevo salón”.[34] La maratón de acciones continuó el 31 de marzo de 1971, cuando, en conjunto con la Cooperadora, se convino hacer un festival en abril, “en el establecimiento del Sr. Ángel Ocampo”.[35]

El 4 de mayo de 1971, y con la presencia del inspector de enseñanza primaria del partido, se renovó la Comisión Directiva de la Cooperadora y Ramón Mengoni quedó a la cabeza de la institución. El encuentro comenzó con la consideración de los avances de la obra del nuevo edificio, que había arrancado finalmente en febrero de 1971. La participación del inspector tenía además el efecto de anunciar que el Consejo Escolar colaboraría “para poder concluir con dicha obra”.[36] Sobre este punto, las mujeres se expresaron así: “El Señor Inspector ofrece la posibilidad de una donación de dinero, con destino a la construcción del salón”. De paso, ellas también renovaron sus autoridades y confirmaron a la presidenta.[37]

Por lo que surge de ambos libros, esta fue la primera vez que hubo una intervención de un representante estatal en la decisión de edificar la nueva sede. En un sistema absolutamente institucionalizado, como es el marco de la educación pública, resultaría hoy impensable la distancia de la Dirección General de Escuelas, la Intendencia o el Consejo Escolar en una cuestión tan sensible como la construcción de un local dedicado a impartir enseñanza primaria. Si bien es cierto que la directora del establecimiento estaba anoticiada y seguramente debió haber informado a la superioridad acerca del emprendimiento, no existe en los registros ningún dato sobre el diseño de la obra, la confección del plano y la contratación de las tareas de edificación. Es un ejemplo claro de lo que sostengo en el título del apartado acerca de la manera en que la comunidad iba por delante del Estado.

Mientras tanto, las actividades seguían con gran dinámica. El domingo 20 de junio de 1971, dada la coincidencia entre la fiesta de la bandera y el Día del Padre, el Club de Madres repitió su celebración del primer año: “[…] una reunión infantil con los siguientes números: poesías, recitados. Y luego los alumnos de dicha entidad [la Escuela 40] les hacen entrega a sus padres de un hermoso presente, conmemorando su día”.[38]

Un par de meses más tarde, se trató la organización del baile y kermés previstos para el 26 de septiembre en el salón de Ocampo. Sin descanso veraniego, las madres se juntaron otra vez el 20 de diciembre para dar forma a otra reunión bailable y recreativa en el mismo sitio, pautada para el 8 de enero de 1972. El primero de esos encuentros trasladó a la caja de la Cooperadora $103,276, mientras que el segundo dejó $115,836, aunque en este caso no dejaron constancia de haber cedido fondos a la Cooperadora.[39] Incansables, las madres aprovecharon el feriado del 25 de mayo de 1972 para planear el enésimo baile/kermés, esta vez para el 17 de junio y en el salón que cedía sin cargo la Escuela 15. Una semana más tarde, el Club de Madres hizo el balance de esta última actividad, que generó $240,000, de los que decidió traspasar $200,000 a la Cooperadora, “para la finalización del nuevo edificio”.[40]

Por su lado, y mientras la obra del nuevo local continuaba, la Cooperadora se dio cita en marzo de 1972, para tratar una nota del intendente, en la que el jefe comunal deseaba la remisión de un “pedido de las necesidades más imperiosas de la escuela, detallando los trabajos” que se debían “realizar y el monto aproximado de cada obra”. La petición de los cooperadores fue concreta: “La Comisión resuelve presentar un pedido para refacción de techos, con un costo aproximado de 950 pesos”,[41] y así lo anotaron en el acta respectiva.[42]

Por otra parte, el 29 de abril se renovaron las autoridades, con una particularidad: por primera vez, toda la Comisión estaba conformada por varones. En este caso, la docente de la escuela quedaba excluida, y se daba la razón de tal decisión: “Se aclara que como secretario de la Comisión directiva no es colocada una maestra por problemas ya habidos anteriormente, o sea la falta de continuidad en el cargo, resolviéndose colocar en el lugar a un padre de familia”.[43]

Más arriba señalé que el permanente recambio docente se estaba convirtiendo en un verdadero fastidio para la comunidad educativa y, al influir también sobre el normal desenvolvimiento de los ciclos lectivos, alimentaba la otra cuestión anotada: la circulación de escolares y pérdida de matrícula.

Al revisar estos años, se encuentran los siguientes movimientos: en 1969 iniciaron las clases 22 estudiantes, pero el 10 de marzo ya habían emigrado hacia la escuela confesional del casco urbano de Saladillo los hijos de un conocido comerciante de la zona; dos hermanas se pasaron a la Escuela 38, una en marzo y la otra el 1.° de agosto; y un alumno de séptimo grado, hijo de un empleado rural, emigró a la Escuela 2 el 13 de marzo, lo que era lógico, porque, al momento de la inscripción, su padre había denunciado un domicilio sobre la ruta 205. Como curiosidad de ese año, el 30 de abril llegaron al colegio cuatro hermanos, procedentes de la Escuela 2, e hijos de un jornalero. El 1.° de julio, ya se habían ido. Según las anotaciones correspondientes, los dos mayores (tercero y cuarto grado) continuaron su escolarización en la Escuela 35; una niña que iba a segundo fue informada como baja por “enfermedad”, y la más chica, alumna de primer grado, fue anotada como “desertora”.[44]

Tras un año de relativa tranquilidad, en 1971 solamente abandonó el ciclo escolar el hijo de uno de los chacareros del paraje, y el motivo de esto no se conoce. En cambio, llegaron cuatro hermanos, hijos de un empleado rural y el hijo de otro chacarero vecino, proveniente de la Escuela 31, quien ingresó en cuarto grado.[45] En 1972 volvió el drenaje, al retirarse de la escuela seis estudiantes: los cuatro hermanos arribados en 1971, quienes volvieron a su lugar de origen (Marcos Paz, Provincia de Buenos Aires), y dos hermanas que habían ido y vuelto varias veces en períodos anteriores, y se marcharon esta vez definitivamente a la Escuela 38.[46]

Finalmente, llegó la conclusión del nuevo edificio y hubo un nuevo motivo de fiesta. El 23 de agosto de 1972, se trató la inauguración del nuevo edificio y el baile anual, programado esta vez para el 30 de septiembre.[47] Tras la rendición del baile (cuyos números no se consignaron), efectuada en una asamblea el 8 de octubre de 1972, la Asociación Cooperadora comenzó un período turbulento.

Escuela n.º 40 Rafael Zamorano. Evolución de la matrícula
Año escolarMatrícula inicialMatrícula final1° a 4° grado5° a 7° gradoFamilia chacareraF° Otra profesión
19641919127163
19652626179233
19663023237237
19672419195195
19682524187223
19692217148193
19701917118154
197121201110156
19722317914167
1973131267121
1974101064100
197510104691
19761816117144
19772220119175
19782521178178
197922201210148
19802181110129
198116149788
19822316185518
19832420159124
19842320167221
19852520178124
19862919227227
19872319167320
19882319167221
19892517178421

Fuente: elaboración propia sobre datos de los libros de registro de matrícula, pases y retiros de la Escuela n.º 40 Rafael Zamorano.
Nota: en “Familia chacarera” consigno a hijas e hijos de propietarios y arrendatarios de chacras de la zona, con residencia real en el paraje, aunque a veces en el registro aparezcan como “comerciante” o “mecánico”, como es el caso de dos vecinos. En “Familia con otra profesión”, incluyo a hijas e hijos de mensuales, peones rurales, empleados, puesteros, encargados, amas de casa, albañiles, mecánicos y otros oficios anotados en el registro, en casos de personas que, además, no reúnen las características del grupo anterior.

El Estado en remplazo de la comunidad (1973 y después…)

Al iniciarse el ciclo lectivo 1973, la asamblea ordinaria de la Asociación Cooperadora renovó la Comisión Directiva, pero uno de los puntos del acta enfatiza acerca de la discusión “sobre algunos problemas”. El inconveniente emergió en términos documentales el 30 de noviembre de 1973, cuando la Comisión se dio cita para anoticiarse del rechazo del balance 1972-1973, dado que no se habían presentado los números del año anterior. La falta de cumplimiento de la normativa establecida para rendir fondos por la dependencia oficial que controlaba a las cooperadoras se anexó al enésimo relevo del cuerpo docente y el resultado fue un marcado inmovilismo, al menos desde el punto de vista burocrático.[48]

Todavía en marzo de 1974 el asunto seguía sin resolverse y en esa oportunidad se decidió que un miembro de la Comisión viajaría a La Plata para tratar de solucionar el inconveniente. Por otra parte, el Banco de la Provincia cerró la cuenta de la Cooperadora, “por falta de reconocimiento de autoridades por [parte de la Dirección de] Cooperación Escolar”, de modo que en esta oportunidad debió comisionarse a un gestor para enmendar la situación, movida que terminó con un categórico fracaso y motivó que la propia directora de la escuela debiera acudir a la capital provincial a entrevistarse con las autoridades.

Finalmente, la actuación de la funcionaria dio sus frutos y la situación comenzó a regularizarse. Si, por un lado, los problemas sirvieron para recuperar cierta actividad, ya que, en el otoño de 1974, la Cooperadora se reunía cada quince días para evaluar el curso de los acontecimientos, por otra parte, el atolladero administrativo impedía a la Comisión abordar cualquier iniciativa.[49]

En cuanto al Club de Madres, una vez concluida la faena extraordinaria del nuevo edificio, no se reunió hasta mayo de 1973, cuando el único motivo del encuentro fue la renovación de la Comisión Directiva. Luego, los conflictos de la Cooperadora parecen haber bloqueado también al colectivo femenino, porque la siguiente entrada del libro corresponde a marzo de 1975, cuando se procedió a elegir autoridades para 1975-1976. Esta asamblea se hizo con la presencia de los esposos, quienes incluso –y por única vez desde 1969– firmaron el acta; tuvo además un formato procedimental bastante rígido, similar al de las asambleas de Cooperadora (lectura del acta, aprobación del balance, elección de autoridades), y es la última constancia de existencia del club.[50]

Las cosas tampoco iban bien en lo relacionado con la matrícula. En 1973 iniciaron el ciclo lectivo apenas 13 escolares y lo finalizaron 12, ya que durante el curso emigró hacia el Escuela 23 el hijo de un empleado rural.[51] De acuerdo con el cuadro 7.1, en 1972 concluyeron el período de dictados de clases 18 estudiantes, pero cinco de ellos egresaron de séptimo grado y al año siguiente apenas había una alumna en primer grado. En esa misma tabla, puede seguirse la cuestión del descenso de escolares del ciclo primero a cuarto grado: si en 1966 eran 23 de los 30 matriculados, en 1972 las cifras se habían invertido a favor del nivel superior (quinto a séptimo grado), donde cursaban 14 de los 23 menores.

Así, en 1974 y 1975 apenas concurrieron diez niños y, en el segundo de esos años, la llegada de una alumna a tercer grado, proveniente de la Escuela 24 y cuyo padre fue inscripto como agricultor, alcanzó a compensar el egreso de un estudiante en diciembre de 1974. De todas maneras, y aun con la recién arribada, solamente había cuatro estudiantes de primero a cuarto grado.[52]

El fenómeno que se estaba produciendo tenía que ver con una cuestión estructural, y es posible que un estudio de la evolución de la matrícula de otras escuelas rurales muestre similitudes: desde mediados de la década de 1950, las familias chacareras rara vez tenían más de tres hijos, si no menos. Como lo han señalado los estudios agrarios, las causas remiten al cambio del régimen de propiedad, al proceso de división de las chacras por la herencia familiar y, sobre todo, a los efectos de la mecanización del agro, con la consecuente disminución de la necesidad de mano de obra.

En el caso de la Escuela 40, desde fines de la década de 1960, pero especialmente a principios del decenio siguiente, estaban egresando de séptimo grado las hijas y los hijos del núcleo de las familias impulsoras de la creación de la escuela, que fueron el motor para la cuestión edilicia. Este movimiento tuvo su pico culminante en 1972, cuando finalizaron la escuela primaria cinco hijos de las madres y los padres “fundadores”. Además, la mayoría de estas personas estaban en rangos etarios similares, lo que contribuyó a reducir el universo de la niñez calificada para ingresar a la escolaridad básica. Las hijas y los hijos mayores de estos chacareros eran todavía demasiado jóvenes para reponer una nueva generación, o, si ya eran mayores, no seguían viviendo en las chacras.

Si bien es cierto que algunos de los miembros históricos de la comunidad siguieron formando parte de la Cooperadora, lo hicieron por lealtad a la vieja causa, pero con muchas menos motivaciones. En definitiva, ese decaimiento de la intensidad estaba justificado: habían luchado por la escuela e incluso dejaron como símbolo de su compromiso un edificio moderno, pequeño pero digno, para el usufructo de las nuevas camadas.

En este nuevo y difícil contexto, la Cooperadora tuvo su primera reunión del año 1975 el día 11 de abril. Allí se trató la organización del consuetudinario baile anual, previsto para fines de ese mes, la colocación del nombre de la escuela en la entrada, la pintura del frente del edificio, el corte del césped y la reparación de los juegos infantiles “para poder utilizarlos”. En este encuentro, apenas se dieron cita doce padres y madres, además de la responsable de la escuela, en tanto que al mes siguiente se desarrolló la asamblea anual ordinaria destinada al exclusivo objeto de la renovación de la Comisión Directiva.[53]

No solamente el resto del período careció de actividad, sino que, a principios de 1976, la Asociación volvió a reunirse con un temario idéntico al de abril del año anterior, al que solamente se le agregó “recaudar fondos para gastos de librería”, pero, en esta última asamblea, apenas pudieron juntarse ocho socios y la nueva directora a cargo de la escuela.[54]

En esa tendencia, entre abril de 1976 y el año siguiente, la Comisión ya no se encontró más que para designar sus autoridades, excepción hecha de una asamblea en octubre de 1976, cuyo único objeto fue la organización del baile anual, nuevamente en el salón de Cardillo, y la puesta en circulación de una rifa. Ese sería, por otra parte, el último baile organizado por la Cooperadora de la Escuela 40. La crítica situación acababa también con una de las tradiciones más sentidas de la comunidad escolar.[55]

Mientras la participación del vecindario iba decayendo, las preocupaciones de las distintas directoras que pasaban por la escuela eran otras y muy serias: reclutar escolares para recuperar la matrícula y así evitar una posible disminución de la planta orgánica del establecimiento, en un momento en que se iniciaba en el país una dictadura que no tenía para la educación otro plan que la contención presupuestaria, la eliminación de docentes sospechados por su ideología y una revisión profundamente conservadora de los contenidos programáticos.

Este esfuerzo dio sus frutos en 1976, con la incorporación de nueve estudiantes. Dos alumnas llegaron para primer grado, una de ellas hija de una familia chacarera del paraje. La otra escolar vino con una hermana mayor, sin que se registrara su colegio de origen. Tampoco se anotó la proveniencia de cuatro estudiantes más, hijos de dos chacareros cuyas parcelas estaban algo distantes de la zona de influencia de la Escuela 40 y que ingresaron en segundo y quinto grado. Entre abril y junio, vinieron para el ciclo superior los hijos de dos puesteros, uno de ellos con pase de la Escuela 19 y el otro de la Escuela 21. El primero de estos chicos abandonó el curso el 31 de agosto y fue anotado como “desertor” en el registro, mientras que una de las arribadas emigró luego a la Escuela 21.[56]

Al año siguiente, la matrícula tuvo un nuevo impulso al subir a 22 inscripciones. Este incremento se respaldó con el arribo de ocho escolares, siete de los cuales provenían de la Escuela 31. Cuatro de los recién llegados eran hijas e hijos de familias con chacras más cercanas a La Razón, aunque uno de estos chicos era primo de un antiguo estudiante de la Escuela 40. Los otros tres eran hermanos (dos mujeres y un varón) que, si bien llegaban de la Escuela 31, tenían un domicilio correspondiente al acceso a Saladillo por la ruta 51, comúnmente llamado “El Cristo”, y el padre fue anotado como “empleado”. El alumno restante trajo su pase de la Escuela 36, se puso como responsable a la madre, cuya ocupación para el registro era “ama de casa”, vivía en el Cuartel ii y en septiembre se marchó a la Escuela 21. La otra baja de ese año fue la del hijo de un puestero, que se mudó a 25 de Mayo.[57]

La curva ascendente tocó su techo en 1978, cuando la escuela recibió seis estudiantes; dos de ellos venían de General Madariaga, eran familia de un puestero y abandonaron el distrito y la Escuela 40 el 31 de octubre; otros dos eran hermanos provenientes de la Escuela 2, hijos de un albañil, con domicilio consignado como “Saladillo”, y también dejaron el colegio en abril, por cambio de domicilio. Los otros dos casos pertenecen a un chico de diez años que vino para tercer grado, con pase de la Escuela 19, quien estaba a cargo de una ama de casa que no parece ser su madre, sino una tutora, y a una alumna de la Escuela 4 de quien no se registraron otros datos.[58]

De todas formas, y más allá del aspecto cuantitativo, desde 1976 es notable el cambio en la matriz de reclutamiento de la Escuela 40. Si bien –como se expone en el cuadro 7.1– el número de escolares integrantes de familias chacareras mantuvo todavía su preeminencia hasta 1980, llegaban desde un radio más alejado que en la década anterior, cuando se nutrían casi en exclusiva de las chacras vecinas al establecimiento. Por otra parte, en forma paulatina pero sostenida, se fue incrementando la cantidad de hijas e hijos de familias de otras profesiones, e incluso empezaban a aparecer estudiantes con domicilios de otros cuarteles.

En cuanto a la Cooperadora, desaparecido el baile anual, los escasos (y difíciles) esfuerzos para recaudar fondos se concentraron en las rifas. Así, el 19 de abril de 1978, esta fue la iniciativa que trajo a los socios a una asamblea. El objetivo era un sorteo de $200,000 en premios, con la última jugada de junio de la Lotería Nacional.[59]

Asimismo, y en un hecho insólito, cuando un mes más tarde se renovaron las autoridades de la Comisión Directiva, el acta se confeccionó a máquina y se adhirió al folio 56 del libro, mientras que en otra página se colocaron las firmas de quienes daban fe de la reunión. El testimonio no solamente era atípico (y nulo, desde el punto de vista de la legalidad, ya que las actas deben escribirse a mano), sino que además salta a la vista la perfección de la escritura mecanografiada, sin errores, enmiendas, ni correcciones, lo que lleva a pensar que fue pasado en limpio antes o después de la cita, si es que esta efectivamente se llevó a cabo.

Su contenido, como todas las actas desde 1975 en adelante, era una suma de formalidades más propias de una sociedad que de una cooperadora o un consorcio de propietarios: lectura y aprobación del acta anterior, informe de los revisores de cuentas, aprobación del balance, designación de socios para firmar el acta, elección de la nueva comisión directiva y fijación de la cuota social. Aquella espontaneidad de las actas de los años anteriores había desaparecido por completo para dar paso a un trámite rutinario, en el que solamente se modificaban las fechas, las cifras del balance, algunos nombres del elenco cooperador y –debido a una inflación fuera de control como la de aquellos años– el monto de la cuota societaria.

La excepción a estos encuentros de la Cooperadora fueron reuniones como la de diciembre de 1978, en que el acta registró la entrega de las llaves, los bienes y toda la papelería propia de la actividad docente por parte de la directora de la escuela, para custodia por la Comisión Directiva, en coincidencia con el cierre del ciclo lectivo de ese año. Pero no era nada más que un trámite burocrático institucional.[60]

Esa apatía comunitaria fue quebrada en octubre de 1979 por un encuentro para determinar qué días se realizarían “las fiestas [de cierre del curso] y una misa de fin de año”. Tras convenir que el 30 de noviembre se efectuaría la ceremonia de clausura del ciclo lectivo, se acordó:

[…] [se realizará una] misa de fin de curso y a continuación, en el local Candia (ahora Moreno), se servirá una cena. Para dicha cena se venderán tarjetas. En esta reunión los padres hablan con la catequista sobre reuniones, lugar y fecha de la Primera Comunión de los alumnos.

El cónclave cooperador terminó a las 19:00, para dar lugar “a la reunión que realizan los asesores de Inta”. Por lo demás, no es posible saber cuántas personas asistieron ese día, el acta solamente estaba suscripta por la directora de la escuela.[61]

En todo sentido, fue una asamblea muy especial. Por una parte, el punto central del encuentro fue la deliberación sobre cuándo y cómo efectuar la celebración del fin de las clases. La única actividad comunitaria consistía en una comida en el antiguo almacén de Candia. En segundo lugar, es la primera constancia en la documentación oficial de la Cooperadora acerca de la realización de una misa para conmemorar el cierre del ciclo lectivo, aunque, según un suelto de El Argentino, el sábado 25 de noviembre de 1978 se había anunciado una misa de primera comunión en las instalaciones del colegio.[62]

Es cierto que los edificios, tanto el viejo como el nuevo, habían sido benditos por el párroco de Saladillo en el momento de su inauguración, pero allí terminó la actuación religiosa, que, por lo demás, no expresa en términos simbólicos más que la rotura de una botella de vino espumante contra la proa de un barco en el instante de su botadura. Según se verá más adelante, a partir de la misa de 1979, creció la injerencia eclesiástica sobre la comunidad escolar del colegio. Finalmente, la cita cooperadora terminó casi abruptamente para dar lugar a la presencia de los funcionarios de la agencia nacional de tecnología agraria. Nunca tampoco se había hecho presente en el libro de actas la interacción entre la comunidad y el mundo productivo, a pesar de ocupar las escuelas un papel importante en la distribución de formularios y en la realización de los censos y encuestas agropecuarios o ganaderos.

Mucho más modesto resultó aun el encuentro de octubre de 1980, en el que solamente se arregló fijar la fecha del acto escolar de fin de año para el 6 de diciembre, y se convino en que, luego de eso, se serviría un almuerzo, con una presencia societaria mínima, ya que en el acta quedaron consignadas las firmas del presidente de la Asociación y su esposa, una socia y un socio.[63]

No podía ser de otro modo; en el otoño de 1980, se produjo una de las mayores inundaciones del siglo en la depresión del Salado (véase el capítulo 9). Ello tuvo un efecto demoledor en todo el partido de Saladillo ya que una inmensa masa de agua cubrió gran parte de las zonas cercanas a los arroyos y canales. En ese contexto, la Escuela 40 perdió cuatro estudiantes en marzo, cinco más entre mayo y junio –donde se anotó el pase “por inundación” hacia otras escuelas, sobre todo del casco urbano, aunque una alumna se mudó a 25 de Mayo–, dos en agosto y dos en octubre. A fin de año, se habían ido 13 de los 21 escolares de la matrícula.[64]

La desesperada situación no hizo más que reforzar el peso de la autoridad institucional. Así, la directora de entonces tomó cartas en el asunto y decidió anotarlas en el viejo libro de actas del Club de Madres, que fue reconvertido en un registro de reuniones de padres y de anotaciones propias del seguimiento escolar. Antes señalé que la última entrada correspondía a 1975. La siguiente, en la página 26, pertenece a 1981 y testimonia la nueva función de ese registro.

En concordancia con el desplazamiento verificado en la Asociación Cooperadora, la directora del establecimiento absorbió las funciones antes desempeñadas por la comunidad, con el solo auxilio y colaboración de la maestra de turno. En esta nueva realidad, el 20 de junio de 1981, no hubo fiesta, sino una típica reunión de padres con el equipo docente. No asistieron escolares, y el programa cambiaba por completo. Las poesías y los recitados dejaron lugar al siguiente temario:

1) Buena conducción del aprendizaje, aprovechamiento del tiempo; 2) Gran firmeza en la conducta de los alumnos; 3) Cultivar las normas de cortesía; 4) Panorama de los alumnos de la escuela de 4° a 7° grado [que] piensan continuar estudios secundarios; 5) Fiel control de los deberes en el hogar; 6) Buena relación entre maestros – padres.

A la firma de la directora, le siguen las rúbricas de las cuatro personas presentes.[65]

En espejo, la Cooperadora se reunió abocándose a un amplio temario, que incluía principalmente la aceptación de distintas donaciones (una pelota de fútbol, elementos para el botiquín, pintura, caños para hamacas) y el reconocimiento de diversas reparaciones y trabajos menores, como la colocación de las hamacas, la limpieza de las mechas de las estufas y el arreglo de los juegos del parque. Curiosamente, la mayoría de los donativos fueron de comerciantes del pueblo o de otras comunidades escolares, como los caños para las hamacas, cedidos por la Cooperadora de la Escuela 5. Apenas si algunos arreglos eran obra de padres de estudiantes, y, de forma llamativa, los miembros de la comisión directiva no aparecían nombrados en ninguna de esas acciones. Como actividad comunitaria, se estableció la circulación de una rifa y la realización de un festival en el salón de la Escuela 15.[66]

El programa recreativo se celebró en octubre de 1981 y se conformó con una peña folklórica, un partido de fútbol contra el representativo de la Escuela 19, un concurso de barriletes y un baile familiar, acciones que dejaron un buen beneficio monetario, según se informaba. Las actividades se planearon un par de semanas antes, pero, excepto la directora del colegio, de la reunión de la Cooperadora solamente participaron seis personas, y eran apenas cuatro cuando, el 26 de octubre, se hizo el balance y la rendición de cuentas del acontecimiento.[67]

Poco más tarde, el 18 de noviembre, una Cooperadora que expresaba cada vez más la voluntad de la responsable de la escuela decidió hacer una movida especial por el cierre del curso académico. En efecto, la fiesta escolar y comunitaria planificada tuvo ribetes nunca vistos hasta el momento. Una vez terminada la fiesta de fin de año en el establecimiento, se serviría un “almuerzo criollo en la chacra de Mario Abarca. Menú: 15 kilos de asado. Lechones: 4. Corderos: 3”. Ello sería acompañado de “vino blanco y tinto, soda […], pan miñón”, ensalada y fruta.

Lo notable de la fiesta no era su magnitud gastronómica, sino que se agregara una lista de invitados especiales, apartado en el que constaban las siguientes figuras públicas municipales: “Intendente y secretario, Srta. Inspectora y Secretaria, Cura Párroco”. También se invitó a algunos de los viejos cooperadores y gente de las Escuelas 5, 15 y 19. Asimismo, se pensaron “actividades después de almorzar”, pero, por pudor o dudas, los presentes dejaron cuatro renglones en blanco, jamás completados. Todo se financiaría mediante la venta de tarjetas que costaban $13,000 (Ley 18,188) el cubierto, aunque los alumnos no pagarían el derecho al menú.[68]

Junto con esto, seguía la emergencia matricular. Si bien en 1981 la llegada de cuatro estudiantes, tres de ellos hermanos provenientes de la Escuela 1, trajo la ilusión de la mejora de los números, estos se morigeraron por dos bajas debido a cambios de domicilio. Según la reunión de padres de agosto de 1981, en ese momento había apenas ocho estudiantes que asistían a la escuela.[69] La situación determinó que, a principios del año siguiente, la directora hiciera una serie de entrevistas a vecinos para pedirles que enviaran a sus hijas e hijos a la Escuela 40.

En el primer caso documentado, la familia vivía a once kilómetros del colegio, en dirección hacia General Alvear, pero enviaban a su hijo a la Escuela 1, en el centro de la ciudad. También iban a ese colegio la pareja de vástagos de una segunda familia de encargados de un campo, distante a quince kilómetros de la Escuela 40. Mientras que el primer intento fue fallido, en el segundo caso, la funcionaria logró los dos pases.

La tercera visita fue a una familia con un chico de trece años a cargo (no un hijo), que había abandonado la Escuela 1 en 1979. El problema para este grupo era la escasez de recursos económicos, ya que, según la docente, estaban a tres kilómetros de distancia. Para hacer tentadora la oferta, la directora decidió proveerlos de guardapolvo y útiles, al tiempo que gestionó el regalo de una bicicleta. Una última entrevista fue con otra familia que también tenía un varón a cargo. Este chico había cursado algunos grados en la Escuela 40 años antes y, aparentemente, se había pasado a la Escuela 15. Para garantizar su vuelta, la directora tenía que trasladarlo desde su domicilio, distante a cuatro kilómetros del colegio.[70]

Al mismo tiempo, la directora reunió a la Cooperadora el 8 de marzo de 1982, apenas iniciadas las clases: en esta oportunidad, la docente propuso un plan de acciones para el mejoramiento del edificio, a saber: la pintura de los interiores, exteriores, bancos y sillas de los estudiantes, preparar una rifa que circularía desde el 15 de marzo y la limpieza total del edificio y el terreno. Como representación de los poderes actuantes, la firma de la responsable docente de la escuela tomaba todo el centro del pie de acta, mientras que los cuatro cooperadores asistentes (el presidente de la Comisión, su esposa y dos madres más) suscribían cada uno en un renglón, pegados al margen izquierdo.[71]

Unos días después, el 25 de marzo, se renovaron las autoridades. En esta asamblea, donde participaron unos pocos varones (tal vez cinco, por lo que se deduce de las firmas), se conformó un cuadro directivo para el período 1982-1984, en el que desaparecían casi todos los viejos apellidos fundacionales, a excepción de algunas de sus esposas.[72]

En un cambio de rumbo, lo burocrático dio lugar a una actividad social el 21 de septiembre de 1982, cuando la directora comenzó “una campaña de la formación del equipo de fútbol ‘Padres de la escuela n.º 40’, para participar en la reunión comunitaria del 2.10.82, a llevarse a cabo en la localidad [de] La Razón, escuela n.º 19 ‘Nicolás Avellaneda”. Participarían de este campeonato cuadrangular los padres de la escuela anfitriona, de la 43 (La Campana) y de la 13 de General Alvear. Además del fútbol de padres, se programaba comida a la canasta, fútbol interescolar y truco.[73]

Las últimas tres actas del libro de Cooperadora que analizo pertenecen a 1982. Una era de finales de junio, y está relacionada con la organización de una lotería familiar en conjunto con otras escuelas rurales, con una actividad escolar municipal en la que participaría la Escuela 40, planeada para el 4 de julio en el club Colegiales, donde se esperaba recibir entre 4 y 5 millones de pesos Ley 18,188, y con un breve debate sobre qué hacer con remanentes de los bonos del Fondo Patriótico destinados al apoyo de la guerra del Atlántico Sur entregados a la escuela, que habían quedado sin vender al finalizar el conflicto.

La segunda acta corresponde a la reunión del 17 de agosto de 1982, donde se buscaba “algún beneficio, destinado a mantener los bienes y alumnos de la escuela”. Para ello, el vicepresidente de la Comisión presentó un “plan de trabajo” que incluía una cena en las instalaciones de la Sociedad Rural, con menú criollo y guitarreada. Por tentador que fuera, los presentes quedaron en pensarlo y contestar, pero la iniciativa no tuvo eco.

La última acta es del 31 de agosto y tuvo el mismo objeto que la cita anterior: “realizar algún beneficio para solventar gastos escolares y mantenimiento de alumnos gratis”. Esta vez la propuesta fue organizar una carrera cuadrera en la rural en forma conjunta con la Escuela 15 y “rifar un lote de animales donados (ovejas o cerdos)”. Junto con ello, se inició la campaña para vender una rifa a sortearse en noviembre, que contaba con la autorización oficial del municipio, a punto tal que se incorporó en una hoja del libro de actas una copia fiel del decreto municipal que lo disponía. Firmaban la directora, la maestra interina y cuatro socios de la Cooperadora.[74]

Por otra parte, no quiero pasar por alto las actas 39 y 40 del libro de actas del Club de Madres. En la primera de ellas, la directora de la escuela reunió a los padres de los tres niños de la escuela que se confirmarían en el rito católico romano en octubre de 1983. El tema tratado fue la caravana desde el colegio hasta la capilla de La Barrancosa, donde el obispo de Azul llevaría adelante la ceremonia, “la vestimenta de los niños; los padrinos” y si querían hacer un almuerzo a la canasta en el lugar de la ceremonia religiosa o preferían un festejo en la misma Escuela 40. En el acta siguiente, el tema fueron las comuniones, previstas para el lunes 24 de octubre de 1983, y la duda esencial era si el festejo se podía hacer junto con el de los confirmandos, “con apertura comunitaria [sic]”. Luego, el documento dice así: “Se conversa sobre la vestimenta, la colecta y la compra de una cruz de madera. La visita de la catequista […], que los preparará para la confesión”. Luego se anotó el listado de quienes tomarían su primera comunión.[75]

Es lo que se puede llamar un final a toda orquesta. Si alguien lo leyera en forma aislada, podría pensar que este texto pertenece a un cuaderno de comunicaciones de una escuela confesional. Sin embargo, en este caso, no hace sino confirmar el nivel de corrimiento de los actores al que me dediqué en este apartado. Asimismo, desde el antecedente de las misas de comunión de 1978 y de fin de año de 1979, el espacio cada vez mayor ocupado por celebraciones religiosas dentro de un ámbito laico (una escuela de gestión estatal) puede leerse como muestra de la confusión entre lo público y lo privado, un reflejo de la combinación entre la política municipal y la acción de jerarquía eclesiástica local que hubo en Saladillo durante la última dictadura militar.

Para concluir, y volviendo al problema de la matrícula, es justo decir que la campaña de “reclutamiento” iniciada por la directora en 1982 tuvo cierto éxito, al menos cuantitativo. Entre el 16 de marzo y el 4 de abril de ese año, la escuela recibió diez nuevos alumnos. Dos venían de la Escuela 1, y otros dos, de la 11; en un caso no se consignó el origen; otro era un alumno de primer grado que se sumó a su hermana, con pase de la Escuela 42 de 25 de Mayo; un estudiante figuró como proveniente de una escuela privada; hubo uno arribado de la Escuela 15; y el último llegó de la Escuela 21.

El 16 de abril, la visita de la inspectora dejó constancia de una “matrícula real de 20 alumnos”, pero no logró contener la sangría, que siguió con cuatro bajas: dos retornos a la Escuela 1, y los dos hermanos llegados de 25 de Mayo, que volvieron a cambiar su domicilio. Por primera vez, asimismo, los padres señalados con la profesión de “agricultor” quedaron como minoría, con apenas cinco casos, que respondían por seis estudiantes. En cuanto al resto del universo de progenitores, un albañil era responsable de cinco hermanos, había tres puesteros, un comerciante y un encargado de campo, y los dos padres y la madre restantes fueron inscriptos respectivamente como empleados y empleada.[76]

En 1983, en la escuela se produjo una nueva recuperación de la matrícula, gracias a la llegada de nueve estudiantes de otros establecimientos: seis de escuelas locales y tres de partidos vecinos (dos de General Alvear y uno de 25 de Mayo). En el pasivo, a lo largo del ciclo lectivo, se perdieron cuatro alumnos, todos por cambio de domicilio, según la constancia del libro, que además no consigna hacia dónde se fueron. Además, y por primera vez en la historia del colegio, un solo alumno era hijo de un chacarero, lo que mostraba un tremendo desplazamiento de la comunidad social donde se nutría el grupo de escolares.[77]

Al año siguiente, la escuela recibió dos nuevos estudiantes, llegados desde las escuelas 1 y 26 de Saladillo, pero tres alumnos emigraron por cambio de domicilio. Solamente dos padres figuran como “agricultor”, mientras que la mayoría fueron consignados como “empleado”, uno como “mecánico” y dos mujeres como “ama de casa”. En este año hubo un “sinceramiento” con relación a la propiedad de la tierra que trabajaban muchos de ellos, ya que las mismas personas que en 1984 eran empleados habían sido anotadas como agricultores en el año anterior. También es llamativo que madres y padres que en 1983 figuraban con domicilio en otros cuarteles pasaron a consignarse como habitantes del Cuartel ix.[78]

En 1985, la Escuela 40 recibió a tres estudiantes de otros colegios, uno de ellos de Roque Pérez y dos de las Escuelas locales 1 y 34, mientras que cinco alumnos la abandonaron, por cambio de domicilio. En la planilla de padres, se anotó un solo agricultor, dos albañiles y dos amas de casa, y el resto figuraba como empleados y todos los progenitores fueron declarados vecinos del paraje.[79]

La escuela tuvo su último auge de inscripción en 1986, cuando los guarismos llegaron a 29 escolares, gracias a la llegada de seis estudiantes, venidos de las Escuelas 15 (tres), 1 (dos) y 26 (uno), pero eso se vio más que matizado por la pérdida de diez estudiantes. Todas las salidas fueron por cambios de domicilio, pero en estos casos se anotaron las escuelas o distritos de destino: cuatro hermanos se mudaron a una escuela privada; dos estudiantes, a Roque Pérez; una alumna, a Morón; uno, a la Escuela 15; otro, a la 1; y el restante, a la 21. Solamente había dos padres agricultores en el registro, mientras que en la plantilla figuraba un mecánico, un albañil y cinco amas de casa, y al resto se lo inscribió como “empleados”.[80]

En 1987, con el ingreso del nieto de uno de los chacareros fundadores, llegaron a tres los propietarios de la zona que enviaban sus vástagos a la Escuela 40, pero al año siguiente la hija de uno de ellos egresó de séptimo grado y el número volvió a dos, para recuperarse en 1989 con el ingreso de la hija y del hijo de otras familias chacareras de la zona.[81] Justamente ese año se hizo la fiesta del 25.° aniversario de la escuela, la última reunión comunitaria de importancia, documentada con fotos, y la cooperadora confeccionó una medalla conmemorativa para entregar a los antiguos estudiantes, docentes y directivos.

En la década siguiente, la última de la centuria pasada, el número de las inscripciones osciló entre los once y los ocho alumnos, pero la matrícula real rara vez se mantuvo por sobre los nueve estudiantes. En 1997, por ejemplo, de los ocho escolares anotados a comienzo del año escolar, se habían perdido tres antes de finalizar el curso.

En 1999, solamente un alumno pertenecía a las viejas familias que tanto habían soñado y trabajado por la Escuela 40. El hermano de su abuelo había sido secretario de la Cooperadora en una época –la década de 1960– en que la palabra “futuro” equivalía a “mejor”. Incluso su propio abuelo fue presidente de la Cooperadora un tiempo más tarde, ya cuando los años de esplendor habían quedado lejos. Sin embargo, al menos aquellos eran todavía tiempos en que ni la Escuela 40 ni el paraje donde se levantó su edificio podían imaginarse como páramos, donde apenas habitaban los recuerdos.


  1. El Argentino, 17/10/1963.
  2. Registro de Matrícula, Pases y Retiros de la Escuela nº 40, Año 1964; en adelante RMPR-E40: 1964.
  3. Libro de Actas de la Asociación Cooperadora de la Escuela n.º 40”, p. 1; en adelante LAAC-E40: 1.
  4. “Subcomisión Escuela Nro. 40”, El Argentino, 12/11/1964.
  5. “Bailes anunciados”, El Argentino, 12/11/1964.
  6. Sobre la vida y el accionar de Rafael Zamorano, puede consultarse el interesante artículo de Marcelo Pereyra (2017): “Don Rafael Zamorano: El primer maestro”, disponible en bit.ly/30hYzWB.
  7. LAAC-E40: 2.
  8. “Inauguración del edificio de la nueva Escuela Nro. 40”, El Argentino, 29/04/1965.
  9. RMPR-E40: 1965.
  10. RMPR-E40: 1966.
  11. LAAC-E40: 5-7.
  12. LAAC-E40: 8-11.
  13. RMPR-E40: 1967.
  14. RMPR-E40: 1968.
  15. LAAC-E40: 11-12.
  16. Libro de Actas del Club de Madres de la Escuela 40, pp. 1-3, en adelante LACM-E40: 1-3.
  17. LAAC-E40: 14-15.
  18. El almacén de Cardillo se ubicaba vecino a la Escuela 15, sobre el llamado “Camino a Estragamou”, relativamente cerca de la Escuela 40. Junto al almacén había un salón de reuniones utilizado para fiestas y bailes. En los libros de la Cooperadora y del Club de Madres, muchas veces también son referidos como el Salón de Actos de la Escuela 15.
  19. LACM-E40: 4-5.
  20. El Argentino, 07/08/1969.
  21. LACM-E40: 6.
  22. LACM-E40: 6.
  23. LAAC-E40: 17.
  24. LAAC-E40: 20.
  25. LACM-E40: 8-9.
  26. LAAC-E40: 21.
  27. “El éxito coronó la Fiesta de la Primavera”, El Argentino, 08/10/1970.
  28. A mediados de 1970, el almacén y salón de Candia fue adquirido por Ángel Ocampo.
  29. LACM-E40: 9-10.
  30. “Kermeses”, El Argentino, 17/09/1970.
  31. LAAC-E40: 23.
  32. LACM-E40: 10-11.
  33. “Festival en La Barrancosa”, El Argentino, 14/01/1971.
  34. LACM-E40: 12-13.
  35. LAAC-E40: 23.
  36. LAAC-E40: 25.
  37. LACM-E40: 14-15.
  38. LACM-E40: 16.
  39. LACM-E40: 17-20.
  40. LACM-E40: 21-22.
  41. Téngase en cuenta que desde 1970 regía el peso Ley n.º 18,188, llamado de forma usual Peso Ley”, que le había quitado dos ceros al histórico peso Moneda Nacional. De todos modos, por la dificultad para hacer la conversión, la mayoría de las personas seguía expresándose en los viejos valores. Tal es así que, en los libros de Cooperadora y Club de Madres, las sumas de dinero se consignaban en moneda nacional y luego se remarcaba la coma antes de los dos últimos ceros.
  42. LACM-E40: 29-30.
  43. LAAC-E40: 30-31.
  44. RMPR-E40: 1969.
  45. RMPR-E40: 1971.
  46. RMPR-E40: 1972.
  47. LAAC-E40: 32.
  48. LAAC-E40: 33-34.
  49. LAAC-E40: 35-39.
  50. LACM-E40: 23-25.
  51. RMPR-E40: 1973.
  52. RMPR-E40: 1974 y 1975.
  53. LAAC-E40: 44-46.
  54. LAAC-E40: 47-48.
  55. LAAC-E40: 50-51.
  56. RMPR-E40: 1976.
  57. RMPR-E40: 1977.
  58. RMPR-E40: 1978.
  59. LAAC-E40: 55.
  60. LAAC-E40: 58-59.
  61. LAAC-E40: 60-61.
  62. “Parroquiales”, El Argentino, 23/11/1978.
  63. LAAC-E40: 64.
  64. RMPR-E40: 1980.
  65. LACM-E40: 28.
  66. LAAC-E40: 67-68.
  67. LAAC-E40: 71-73.
  68. LAAC-E40: 74-75.
  69. LACM-E40: 30-31.
  70. LACM-E40: 32-39.
  71. LAAC-E40: 76-77.
  72. LAAC-E40: 78-79.
  73. LACM-E40: 47-48.
  74. LAAC-E40: 80-83.
  75. LACM-E40: 61-63.
  76. RMPR-E40: 1982.
  77. RMPR-E40: 1983.
  78. RMPR-E40: 1984.
  79. RMPR-E40: 1986.
  80. RMPR-E40: 1986.
  81. RMPR-E40: 1987, 1988 y 1989.


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