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Prólogo

Mario Lattuada

Los antecedentes personales y profesionales del autor, así como el de sus obras previas publicadas por nuestra universidad, auguraban un recorrido potencialmente interesante para elaborar el prólogo de este libro. Pero, luego de su lectura, debo reconocer que estaba equivocado.

La obra supera con creces los buenos antecedentes y ubica a Hugo Quinterno entre los mejores especialistas en microhistoria que tiene la Argentina. Nos entrega en una escritura amena, sin dejar de ser académicamente rigurosa, la pintura de una población del interior pampeano desde la fundación del partido por el gobernador Juan Manuel de Rosas en 1839 hasta la década de 1980, a partir de una urdimbre de los principales hechos políticos, económicos y sociales de la Argentina, los acontecimientos internacionales que en algunos casos sirvieron de condicionantes y las extraordinarias crónicas locales aportadas por fuentes escritas y orales.

El arduo y sistemático trabajo de archivo realizado sobre fuentes primarias y secundarias, y principalmente sobre el periódico local El Argentino, a partir de sus editoriales, noticias, avisos publicitarios y parroquiales y sus ricos obituarios, junto con los recursos etnográficos de ciertas historias de vida de conocidos y familiares, es enhebrado con particular maestría literaria con datos censales, actas de cooperadoras escolares y otras fuentes para trasladarnos en un viaje temporal de más de un siglo en el que podemos ver la construcción y desvanecimiento de un mundo rural compuesto por hacendados y chacareros, no solo en cuanto a los grandes trazos de la historia, sino también en los pequeños detalles de la vida rural cotidiana.

De este modo, Quinterno nos ofrece un recorrido sobre los orígenes y la posterior evolución del partido de Saladillo, de algo más de 268 mil hectáreas en el centro norte de la Provincia de Buenos Aires, en la zona de pampa deprimida que comprende la cuenca del río Salado. Un territorio condicionado desde sus inicios por inundaciones frecuentes y suelos salitrosos, pero también por sequías, y cuyas posibilidades de desarrollo estuvieron acotadas por las idas y venidas de las obras públicas proyectadas para solucionar sus problemas hídricos y la infraestructura de transporte, especialmente en sus inicios a partir del tendido ferroviario y luego vial.

Estas características, junto con la distribución original y evolución posterior de la estructura de tenencia de las tierras conquistadas en esta zona de frontera, acotaron las actividades productivas a una producción ganadera extensiva predominante y en menor medida combinada con agricultura en las zonas donde los suelos lo permitían.

La evolución de la estructura fundiaria en los orígenes del partido puede observarse con detalle a partir del entramado de relaciones entre la política, la milicia y el comercio, así como su posterior evolución hacia fines de siglo xix, cuando la llegada del ferrocarril les agregaba valor a estas, pero a la vez daba inicio al proceso de la incorporación de inmigrantes, de forma que se duplicaron los habitantes del campo y se cuadriplicaron los del pueblo y, de esta manera, se posibilitó una progresiva desconcentración de la tenencia de la tierra y una mayor diversificación productiva.

El libro describe el proceso iniciado en el decenio de 1820 con el proyecto de enfiteusis de Bernardino Rivadavia, que distribuyó enormes parcelas y que más tarde daría lugar a los campos medianos y a las chacras. En los inicios participaron quienes anclaban sus fortunas terratenientes en los orígenes mercantiles de la época borbónica, los extranjeros o inmigrantes rápidamente asimilados a la sociedad local cuyos recursos originales procedían del comercio de exportación e importación, los provincianos que incorporaron a sus patrimonios tierras bonaerenses, los propietarios que, a partir de su participación como agentes financieros, multiplicaron luego sus posesiones, los referentes de la milicia local, los jueces de paz y los operadores políticos del mitrismo y el alsinismo que fueron actores fundamentales para la construcción del orden público bonaerense. Un entramado social en el que la élite de grandes propietarios ocupaba distintos cargos políticos locales, provinciales y nacionales, participaba en la dirección del Banco Provincia, se desempeñaba a cargo de los juzgados de paz, actuaba como agentes financieros o comerciales, y ocupaba puestos de jerarquía en la milicia. No obstante, la evolución de la propiedad agraria saladillense progresó en forma rápida, diversa y compleja, siendo temprana la división de grandes propiedades y el acceso de los arrendatarios a la propiedad de la tierra en el primer cuarto del siglo xx.

Si bien, como afirma el autor, Saladillo no era todavía un paraíso farmer, las pequeñas y medianas propiedades mostraban un proceso incipiente y temprano de acceso a la tierra, principalmente de los sectores inmigrantes, y llegaron a mediados del siglo xx a registrar 2,245 establecimientos agropecuarios, la cifra más alta de la historia local, de los cuales más del 70 % tenían una superficie que no superaba las 50 hectáreas y fueron la base de la producción de cerdos, aves y huerta de la zona. Un universo que, a partir de la segunda mitad de la década de 1970, fue desintegrándose al desaparecer el 60 % de los establecimientos, con particular impacto en los de menor dimensión, pero también en las grandes extensiones mayores a 2,500 hectáreas, que dejaron de existir, lo que dio fin de este modo a la historia de un grupo de clanes y apellidos tradicionales de Saladillo.

El detallado análisis que Quinterno realiza de Saladillo nos permite transformar la imagen homogénea y compacta de una zona ganadera extensiva de cría asociada al oeste bonaerense y las tierras del Salado en un colorido caleidoscopio en el que es posible observar la organización de las producciones de granja y la importancia de la agricultura y, sobre todo, de la pequeña ganadería porcina y avícola de la región, poco o nada conocida para quienes no son locales.

En los inicios el saladero, los cueros y el sebo fueron las primeras actividades productivas del territorio, para luego dar paso a partir de 1850, durante la fiebre del lanar, a la práctica habitual que combinaba prioritariamente la cría de ovejas y, en forma secundaria, la de vacas. Con la llegada del ferrocarril, el ingreso de un contingente creciente de inmigrantes europeos, la valorización de la tierra junto a la especulación que la acompañó y la práctica extendida del arriendo posibilitaron un sostenido avance de los cultivos. Chacras exclusivamente agrícolas y establecimientos mixtos conformaban una parte importante del territorio hacia 1937, en las que se producían una serie de bienes a los que suele prestarse poca atención en la historiografía rural: papas, productos de huerta, montes frutales y cáñamo, además del tambo. Como se mencionaba más arriba, medio siglo después ese mundo ya no existía. El número de explotaciones había caído a niveles de 1914, y las tierras dedicadas a los cultivos se retrajeron al menor porcentaje del siglo, ocupando la quinta parte del partido. Solo el maíz y el girasol resistieron, y en tercer lugar se ubicaba por primera vez una oleaginosa que recién comenzaba a difundirse. La soja marcaría la recuperación agrícola de Saladillo, pero también la pérdida de la diversidad productiva previa.

No obstante esta diversidad, como nos muestra Quinterno, el peso de la ganadería en la producción rural de Saladillo ha sido históricamente dominante. Antes de iniciar el siglo xx, la ganadería vacuna había desplazado en importancia a la ovina, con el predominio de animales de raza Shorthorn, que más tarde serían reemplazados por Aberdeen Angus siguiendo las indicaciones del mercado. A partir de ese momento, las existencias ganaderas continuaron incrementándose, a diferencia de las tropillas de caballos, que fueron suplantados de forma progresiva por las máquinas, y de la ganadería destinada al tambo, cuya actividad declinaría a partir de la década de 1960, cuando las exigencias de pasteurización y sobre todo el traslado de residencia de la población del campo a los centros urbanos clausuraron definitivamente las tareas que requerían la presencia continuada en la explotación (huerta, tambo, pequeña ganadería porcina y avícola). Las estadísticas confirmaron este proceso de crecimiento del stock vacuno hasta la segunda mitad de la década de 1970, pero también la tendencia a la concentración de la actividad.

El inicio de un largo período de liquidación de existencias a partir de 1977, la combinación de pérdida de mercados externos, la caída del consumo interno y las inundaciones que azotaron la provincia en la década de 1980-1990 se reflejaron en el censo nacional agropecuario de 1988. Los propietarios medianos pudieron resistir mejor la situación a partir de una combinación de extensiones viables para la supervivencia de los emprendimientos. Surgió un nuevo mundo marcado por la soja y el engorde a corral, con poco o escaso lugar para la pequeña ganadería que fuera durante años un motor importante de la economía rural de partido y, en algunos momentos, el orgullo de Saladillo, que lideró durante décadas las estadísticas bonaerenses de producción de ganado porcino y aves de corral.

Como advierte el autor, existe una subvaluación económica y comercial de esta pequeña ganadería en la bibliografía sobre la producción agropecuaria pampeana y bonaerense. Sin embargo, en Saladillo, una zona considerada marginal dentro del complejo productivo de la provincia, los productos de estas actividades como los de huerta superaban con creces el destino del autoconsumo familiar o la subsistencia. En la década de 1940, la rama aviar exhibía una dinámica muy intensa, e incluso durante el período de la Segunda Guerra Mundial tuvo un aumento notable de las exportaciones de huevos y aves congeladas. A ello se sumó el crecimiento constante de la demanda del mercado interno, debido a los efectos de la urbanización y las posibilidades que brindaba el ferrocarril para colocar en pocas horas los productos en los mercados del cinturón bonaerense y la capital provincial. Aun así, las propuestas gubernamentales para intensificar este tipo de producciones a niveles industriales y masivos no encontraban la respuesta buscada en tiempos no tan lejanos (1970), en los que el precio del kilogramo de pollo eviscerado era equivalente al internacional y, en el mercado interno, similar al del lomo de novillo, y duplicaba el del asado. Una bonanza que terminó cuando los sistemas industriales integrados se generalizaron en la producción aviar, lo que transformó a los productores prácticamente en jornaleros y al pollo, en un producto sustituto de consumo masivo de menor valor.

Por su parte, el ganado porcino se duplicó entre 1916 y 1930 en la zona del Salado, concentrándose mayoritariamente en las chacras que no superaban las 100 hectáreas, de forma que convirtió a Saladillo en el primer productor provincial, al que solo superaban los tradicionales departamentos cordobeses de Río Cuarto y Marcos Juárez a nivel nacional. En 1947 se inició una larga declinación, originada sobre todo por la baja de los precios internacionales desde el fin de la Segunda Guerra.

Quinterno nos recuerda que ese mundo de la avicultura y los porcinos, así como el de la huerta y los frutales, fue el universo de pequeños productores chacareros de Saladillo cuyas estrategias de diversificación productiva eran posibilitadas por la residencia en el campo y el trabajo de la familia. Un espacio en que lo productivo y lo doméstico eran permeables entre sí, pero también atravesados por los “núcleos de sociabilidad” en los que participaban, como las asociaciones corporativas, la política, la religiosidad, el universo amplio de la recreación y la escuela. A partir de un minucioso análisis microhistórico, nos introduce en postales temporales que describen buena parte de la vida cotidiana, en las que podemos observar tanto las difíciles condiciones del ámbito rural, como los ingentes esfuerzos de los miembros de la comunidad por superarlas.

Probablemente, una de las expresiones más gráficas de los rigores de la vida rural sean las viviendas y los servicios. En los inicios, la vigencia de los arrendamientos de corto plazo y su movilidad se consideraban un obstáculo para levantar viviendas con materiales nobles. Sin embargo, la construcción precaria (ranchos de adobe y retretes externos, cuando los había) no era una condición exclusiva de los arrendatarios, sino extendida aun en los establecimientos de propietarios, a los que se sumaba una carencia absoluta de comodidades domésticas. A ello se agregaba el retraso en la llegada de los servicios más elementales, como la electricidad. Para 1960, el 70 % de las casas de campo no contaba con electricidad: la electrificación rural del distrito se inició en marzo de 1973, y recién en 1998 pudo arribar la luz eléctrica a las zonas más postergadas.

Aun en estas condiciones y a pesar de las distancias existentes entre los establecimientos y las localidades cercanas, la vida social era muy activa, con participación en numerosas instituciones y actividades locales, entre las que se destacaban aquellas vinculadas a la actividad productiva como las cooperativas y la Sociedad Rural. La primera surgió en el gran impulso recibido para la creación de estas asociaciones durante el primer peronismo. Fueron muchas las que se formaron, pero solamente dos sobrevivieron al tiempo: la Cooperativa Eléctrica y la Cooperativa Agrícola Ganadera y de Consumo Limitada. Por otra parte, en 1964, se fundó la Sociedad Rural de Saladillo, con la participación fundacional de 80 productores, en su mayoría terratenientes importantes, consignatarios de hacienda y profesionales relacionados con la ganadería. La Sociedad Rural, como otras similares de la provincia, se sumó como entidad de base a la Confederación de Asociaciones Rurales de Buenos Aires y La Pampa (carbap), que a su vez integra Confederaciones Rurales Argentinas (cra).

En cuanto a la participación política, superada la etapa previa que se extendió hasta el fraude patriótico, en la que los grandes propietarios ponían a los subalternos (peones, arrendatarios) al servicio de sus intereses tanto en la milicia como en las urnas, las preferencias de aquellos se volcaban a los partidos conservadores, y la gran mayoría de los chacareros dividían sus lealtades partidarias entre peronistas y las diversas fracciones radicales, pero también existían productores que optaban por expresiones minoritarias del arco partidario nacional (socialistas y comunistas).

Como era de suponer, las actividades religiosas ocupaban un lugar importante en el pueblo y la campaña de Saladillo, como lo ha sido en general en las localidades del interior del país. El aumento demográfico de fines de siglo xix resultó tan significativo que requirió la importación de clérigos de las regiones de donde provenían los inmigrantes, y con ellos vinieron los santos y ritos de las zonas de procedencia, de los cuales tuvieron especial importancia en Saladillo los provenientes del pueblo de Teggiano en Salerno (Italia), lo cual generó una fuerte devoción local por San Cono, un santo poco conocido fuera de sus límites. Los representantes de la Iglesia tendrían en diferentes momentos de la historia local activa participación e incidencia en aspectos políticos institucionales, como en la defensa de los chacareros desalojados en la década de 1930, o en la injerencia en las escuelas estatales a partir del período de la Revolución argentina bajo el gobierno de facto de Juan Carlos Onganía.

Entre los núcleos de socialización del Saladillo rural, ocupaban un lugar importante, además de las fiestas religiosas, los espacios de recreación y divertimento, entre los que el almacén ocupaba un lugar destacado. Ubicados cerca de las estaciones de tren o en encrucijadas de caminos rurales, estos negocios eran centros de abastecimiento y recepción de bienes producidos por los chacareros de la zona, de información sobre precios, expectativas y condiciones del mercado agropecuario, de reunión política, ámbito para los juegos por dinero, lugar para cierre de un trato, o simplemente un lugar para beber y de encuentro social. Junto con los clubes, los almacenes daban movimiento a una vida rural que estaba lejos de la imagen del aislamiento que la geografía imponía.

Las reuniones bailables, por su parte, fueron un clásico del mundo rural durante largo tiempo, las que se llevaban a cabo en los salones de las escuelas rurales, los clubes y algunos almacenes. Estas, así como las kermeses y carreras varias (pato, cuadreras), formaban parte también de las herramientas que diferentes instituciones de la comunidad utilizaban para obtener recursos con el objeto de realizar obras o fines específicos, como por ejemplo infraestructura o insumos de las escuelas.

Un párrafo aparte se llevan los clubes de fútbol y la Liga Agraria en la que competían. Es de destacar el comienzo muy temprano (1904) en Saladillo de esta actividad deportiva originada en Inglaterra en 1863, que, como allí en sus inicios, fue un juego donde participaban la flor y nata de la sociedad local, desde hijos de estancieros hasta los notables del pueblo. Un juego que luego se generalizó y popularizó en numerosos clubes que integraban la Liga Agraria, con partidos que convocaban hasta 4,000 espectadores, y en el que las condiciones para formar parte de los equipos eran el nacimiento o la residencia rural. Pero otro hecho extraordinario, adelantado por mucho a su época en cuanto a reivindicaciones de género, ha sido la formación de un equipo femenino de fútbol, que participó en el torneo llevado a cabo en la Exposición de la Sociedad Rural local de 1974.

El libro da cuenta de una vida rural de Saladillo bastante animada en su faceta social, y gran parte de esas actividades de recreación y esparcimiento se organizaron en torno a las escuelas rurales, las que en buena medida las promovían como fuente de ingresos para mejorar sus instalaciones y adquirir insumos.

En 1872 funcionaban algunos colegios en la zona de chacras y en unas pocas estancias, y maestros en forma individual daban clases en ciertos latifundios. Las escuelas rurales tuvieron una expansión progresiva, con especial intensidad en el período 1920-1930 y posteriormente en la década de 1940. Pero muchas de ellas solo aportaban alfabetización básica, al no ofrecer clases desde cuarto a sexto grado. A ello se agregaban como dificultad adicional las grandes distancias que separaban las escuelas de los hogares de los alumnos. Para 1948 solo el 9 % de las 10,335 escuelas rurales argentinas ofrecían los siete años de educación primaria. En este contexto, más allá de la voluntad estatal, la comunidad local tuvo un rol central en promover la instalación y mejora de las escuelas en el territorio, las cuales debían conseguir los fondos para la construcción o ampliación de las aulas y los materiales para los alumnos, lidiar con la veloz rotación de docentes, para quienes la asignación de un puesto en una escuela del campo era comúnmente el primer paso de una carrera profesional, y ser muy creativos para brindar a los alumnos y sus familias los estímulos y las ayudas necesarios para que concurrieran a las aulas y no abandonaran sus estudios. En esos años la iniciativa le perteneció a la comunidad, que presionaba a los gobiernos provincial y municipal a involucrarse y comprometerse, mientras que desde 1973 en adelante se produjo una inversión de sentido con un predominio casi absoluto de los actores e instituciones oficiales.

Quinterno, a partir del análisis de los libros de la Asociación Cooperadora y los registros del Club de Madres de la Escuela rural n.º 40, da cuenta de esos esfuerzos personales e institucionales de la comunidad, y, salvando las diferencias, aun para aquellos que hace más de medio siglo hemos cursado el ciclo primario en escuelas urbanas, genera imágenes que nos traen la nostalgia de haber tenido clases en tranvías convertidos en aulas o participado de las distintas actividades de las kermeses escolares para la recaudación de fondos con el fin de mejorar las instalaciones escolares.

En síntesis, el libro nos lleva a recorrer la conformación de una estructura productiva y social de la población rural saladillense que hasta los años sesenta daba lugar también a una intensa actividad social, política y cultural, expresada en la constitución y acción de los partidos políticos, asociaciones económicas (cooperativas) y gremiales, clubes, almacenes, y las escuelas, en las que los esfuerzos y la participación de la comunidad para su instalación y crecimiento superaban ampliamente al Estado.

Un mundo rural que tuvo su desvanecimiento en los términos de Balsa y que tan minuciosamente describe Quinterno para Saladillo a partir de avanzada la década de 1960; un desvanecimiento a causa de tendencias tecnológicas, el cambio de producciones, la urbanización y migración rural en busca de mejores condiciones de vida, el cierre de ramales ferroviarios, y políticas públicas altamente perjudiciales para la economía local a partir de 1975, que, como una lluvia de asteroides, en palabras del autor, transformaron definitivamente el universo construido durante más de un siglo y medio. Un espejo en el que bien pueden reflejarse las historias de numerosos pueblos del interior rural pampeano.

 

Rosario, julio de 2021



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