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Conclusiones

Un mundo pequeño, lejano y perdido

El 28 de marzo de 1981, al aprobar el balance del ejercicio finalizado el 30 de noviembre del año anterior, las autoridades de la Cooperativa Agrícola Limitada de Saladillo describían una situación crítica para el sector agropecuario local:

Nadie puede negar hoy que la rentabilidad de una explotación mediana es escasa o nula (ni hablemos de explotaciones pequeñas), porque el valor de los productos agropecuarios sigue decreciendo tomado a nivel del costo de los consumos, que el crédito sigue siendo prohibitivo porque las tasas de interés superan la capacidad de devolución que tienen los productores y que la presión tributaria se acentúa, afectando a todas las ramas de la producción.[1]

Por oscuro que parezca, este crudo diagnóstico solamente exponía una parte del problema: la del mundo chacarero visto desde el costado de la actividad económica. La otra cara de esa situación era el final de un sistema de relaciones humanas que había caracterizado largas décadas de la vida rural de Saladillo. Ese conglomerado social al que me referí especialmente en el capítulo 6.

Es innegable que, más allá de la crisis iniciada en 1975, el escenario productivo y social de la campaña saladillense –en consonancia con el del resto de la región pampeana– también evidenciaba a esa altura del siglo los efectos de las transformaciones profundas descriptas al inicio de este texto, pero lo asombroso resultaron ser el dramatismo y la velocidad con que, a principios de la década de 1980, se produjo ese “desvanecimiento”, para usar la eficaz expresión de Javier Balsa (2006).

En términos económicos, una de las consecuencias más significativas de la llamada “segunda revolución agrícola”, caracterizada por las nuevas técnicas, la mecanización, la ingeniería biológica, la agroquímica y la política de créditos baratos, fue la fijación de un nuevo “piso tecnológico” de viabilidad de las explotaciones, que colocó a la superficie de una finca competitiva por encima de las 200 hectáreas. Como bien sostiene Alfredo Pucciarelli, ningún grupo sufrió tanto la fijación de ese umbral como el de los minifundios de entre 5 y 25 hectáreas, que perdió el 46 % de las unidades entre 1960 y 1988, y el segmento de entre 26 y 100 hectáreas, donde dejaron de existir el 33 % de las explotaciones (Pucciarelli, 1993: 77).

Para exponer ejemplos concretos de la realidad rural de Saladillo, puedo citar dos casos puntuales, separados apenas por unos años. En julio de 1976, una nota de Lorenzo Espíndola sobre problemas en su zona (Santa Elina) era una pequeña foto de un modelo productivo agrario que, aunque con dificultades, aún funcionaba: “[…] hay nueve chacareros que ocupan alrededor de 996 Has, […] donde podemos ver que se producen de 320 a 400 terneros, de 600 a 850 cerdos, y además cosecha gruesa y fina”.[2] Solo un lustro después, Osmar Pallero comparaba la situación del mundo rural en sus años mozos (las décadas de 1930 y 1940), con inicios del decenio de 1980:

Hoy no se ven en el campo más que taperas. Un ejemplo: en el campo donde vivimos de chicos –trescientas Has– en un momento dado éramos 97 habitantes; hoy lo explota una sola persona que ni siquiera vive en él (Pallero, 1981: 25).

En el capítulo 1, reseñé que los cambios productivos se sintieron mucho más en la agricultura que en la ganadería y repercutieron en una zona como la de Saladillo, que, según la clasificación regional formalizada por Slutzky en 1968, quedaba dentro de la tipología “área de producción ganadera, zona de cría, con menos del 30 % de la superficie bajo explotación correspondiente a forrajeras” (Slutzky, 1968: 133). Fuera de lo rígido de esta categorización general, que, al delimitar grandes zonas por actividad prevalente, pasaba necesariamente por alto una riqueza y diversidad productiva como la presentada en el capítulo 4, no puede soslayarse el peso pecuario en la riqueza del distrito.

En este sentido, vale la pena detenerse en las complicaciones propias de este sector en la década de 1970. Lucio Reca señala tres hechos significativos sobre la ganadería vacuna en ese decenio: la rotura del modelo de crecimiento excluyente, es decir, que la expansión de la agricultura fue concurrente y no inversa a la de la ganadería, como había pasado desde los años cuarenta; la evolución del precio de la hacienda, que subió más de un tercio entre 1970 y 1974, para luego precipitarse sin recuperación hasta el inicio de los años ochenta, algo que determinó un período extenso de baja rentabilidad, aunque sin impactar en las existencias, una cosa que resultó novedosa; y el inicio del desplazamiento de los bovinos hacia nuevas áreas productivas, antes consideradas marginales (Reca, 1982: 14-17).

Los bajos precios se combinaron con el fin de los créditos baratos que permitían capear las dificultades de corto y mediano plazo. Si entre 1975 y 1977 los chacareros no se desprendieron de sus rodeos a pesar de las malas cotizaciones de la hacienda, fue porque la inflación desbocada favorecía la política de mantener los animales antes que convertirlos en pesos. Desde la reforma financiera, eso cambió, ya que algunos tuvieron que liquidar sus existencias para pagar préstamos cada vez más caros, mientras que otros lo hicieron para volcar el efectivo a la especulación financiera.

Pero, según señalé con detalle al analizar la matriz productiva rural saladillense, una de las características salientes del partido fue la importancia de la pequeña ganadería, en este caso la de los porcinos y la avicultura. Si bien la economía local del cerdo tuvo relevancia nacional y provincial en las décadas de 1920 y 1930, se hallaba en clara decadencia desde los decenios siguientes (al igual que en todo el país) y nunca pudo recuperar su nivel, a pesar de seguir representando un inciso no menor en las explotaciones, y el detalle de la actividad en las fincas de Santa Elina enunciado más arriba da cuenta de ello.

No obstante, fue la producción aviar y de huevos la que colocó a Saladillo en el tope de las mediciones sectoriales en los censos de 1947 y 1960, y seguramente un correcto procesamiento de los datos de 1969 hubiera ratificado esos números. Así, en su momento no resultó extraño que, al presentar un memorando al intendente municipal en ocasión de los graves daños provocados por las inundaciones del verano de 1971, la filial Saladillo de la Federación Agraria no solamente hiciera hincapié en “la gran cantidad de productores que crían aves”, sino que calificara ese sector local como “un factor de equilibrio financiero de nuestras explotaciones mixtas”.[3]

A pesar de esta importancia, los productores y las autoridades locales nunca pudieron dar el salto para colocar a Saladillo como una referencia simbólica nacional en esta área, ni consiguieron sacar provecho de ello. Con muchos menos pergaminos en los rubros de explotaciones y existencias aviares, Rauch implementó en 1975 la Fiesta del Ave de Raza, que se repitió en septiembre de 1978. En esos años, esta ciudad se había convertido en la “capital nacional del ave de raza”, a punto tal que se registraban unos cincuenta criaderos de especies de pedigrí, dedicadas al doble propósito (carne y huevos).[4]

En este sentido, Saladillo perdió la oportunidad de sumarse a la tendencia de diversas ciudades de identificarse con un producto (ya fuera un bien tangible o cultural), declararse su “capital” y organizar una fiesta nacional o regional para celebrarse a sí misma. Para citar solo unos pocos ejemplos de municipios bonaerenses, puedo señalar que, desde 1966, Lobos realizaba en noviembre de cada año la Fiesta de la Tradición, que durante dos días convocaba a jinetes, domadores y artistas reconocidos del folklore nacional.[5]

Poco más tarde, el éxito de esa primera Fiesta del Ternero de Ayacucho, en 1969, hizo que el acontecimiento se difundiera por toda la provincia. Por ejemplo, para la segunda edición, a inicios de mayo de 1970, El Argentino publicó el detalle de las actividades en primera plana, como si se tratase de una noticia local de relevancia, y con la certeza de que una buena cantidad de saladillenses se desplazarían para participar en ella.[6] Si Ayacucho tenía su celebración del ternero, la localidad de Rivadavia consiguió también en 1969 dar regularidad a la Fiesta Nacional del Novillo, que se realizaba en octubre de cada año.[7]

Tampoco faltaron las festividades relacionadas con la agricultura tradicional, al sumarse Chacabuco en 1970 con su Fiesta Nacional del Maíz, desarrollada de forma anual a principios de agosto.[8] En este ramo productivo, en Saladillo se intentó implementar en 1971 la Fiesta del Girasol, cuya primera y única edición se llevó a cabo en el salón del Centro de Comercio. Nada indica que haya sido particularmente exitosa y, de hecho, la celebración no se repitió. [9]

Además, el estancamiento del producto bruto interno del sector ganadero vacuno entre 1970 y 1985 se contrastó con el marcado incremento del pbi de los denominados “productos de granja”. Sin embargo, el agente dinámico de este último indicador ya no eran las chacras, sino las estaciones integradas vinculadas a las grandes firmas que concentraban el negocio, únicas favorecidas con ese crecimiento (Obschatko, 1988: 95).

De todos modos, ya fuera que se produjeran vacas, cerdos o gallinas, lo que quedó claro desde la reforma financiera de Martínez de Hoz fue que las tasas de interés conspiraban contra cualquier emprendimiento productivo, aunque siguieran siendo negativas, como ocurrió en 1978, cuando el Banco Provincia promocionaba créditos para la campaña maicera a números astronómicos (las de plazos más extensos superaban el 100 %). A pesar de esos guarismos, todavía estaban bastante por debajo de la inflación, que ese año llegó al 171 %. Por supuesto, cabe pensar si a ese nivel de intereses tenía sentido apostar por los riesgos de una cosecha, o si era mejor negocio constituir un plazo fijo.[10]

La fiebre de las colocaciones de dinero a término se aceleró con la política oficial, a punto tal que, en el invierno de 1979, por primera vez El Argentino incluyó un cuadro comparativo de las tasas de interés ofrecidas por las cinco entidades financieras que operaban en la plaza local, con el detalle desagregado de los porcentajes que comprendían desde los siete hasta los 365 días, una tabla que se mantuvo hasta la crisis bancaria de 1981.[11]

Junto con ello, desde 1979 en el semanario se incrementaron las propagandas de las instituciones crediticias dedicadas a captar ahorristas, y, en mayo de 1980, de manera inédita, una de ellas pagó un aviso de página entera. A pesar de su tamaño, el texto era sencillo y esclarecedor de un tiempo recordado por la posteridad como el de la “Plata Dulce”: “Compañía Financiera Saladillo le propone realizar la mejor inversión con garantía total de la Nación Argentina en depósitos de hasta $100.000.000”.[12] Mientras que en la década de 1960, la competencia por los anuncios más vistosos era entre los vendedores de tractores, camionetas e insumos agrícolas, en 1980 la puja era por atraer rentistas. Pocos elementos, como detenerse a revisar las publicaciones comerciales de una y otra época, ilustran el hundimiento productivo del país.

Los efectos de esta catástrofe fueron de tal magnitud que, en 1983, las plataformas del radicalismo y el justicialismo para el sector agropecuario, lejos de prometer como antaño la reforma agraria o transformaciones estructurales, enfatizaban sus propuestas en la necesidad de que los bancos oficiales refinanciaran las deudas impagas (e impagables) de los productores rurales (Nun & Lattuada, 1991).

A los desastres de la conducción económica de la dictadura, se les sumó la furia de la naturaleza. Según un estudio realizado en 1987 por Oscar Domínguez y Stella Carballo, basado en el uso de satélite, en 1972 se ingresó en un ciclo climático húmedo de aumento de las precipitaciones que, al concentrar “en pocos días importantes volúmenes de lluvia, superó la capacidad de infiltración del suelo y la capacidad de desagüe de aguas superficiales por cursos naturales o canales”, un fenómeno que se extendió hasta 1986 (Pereyra, 2005: 91). También la especie humana hizo su parte, ya que, en esa misma época, el desarrollo intensivo de la agricultura pampeana contribuyó a elevar los niveles de precipitaciones. El punto culminante de ese incremento pluvial fue la inundación de 1980, tal vez la más importante del siglo.

Según sostuve al inicio de esta sección, el colapso productivo fue apenas una parte del final del mundo chacarero saladillense repasado en este texto. El costado tal vez más notable de esa descomposición fue la considerable caída de la población rural del partido y el consecuente desmantelamiento de las redes comunitarias y sociales que lo caracterizaban.

Desde ya, aunque las dificultades económicas agudizaron el despoblamiento de la campaña, este fenómeno tenía raíces más profundas y se había iniciado muchos años antes. En primer lugar, fue un proceso mundial que la historiografía vinculó a la mecanización, el uso intensivo de fertilizantes y agroquímicos y la llamada “revolución verde” (aplicación de la ingeniería genética, principalmente). La dimensión en la disminución de la población rural global permitió designarlo como “la muerte del campesinado”, y es habitual fecharlo a partir de 1950, en concurrencia con la fase expansiva del capitalismo industrial finalizada con las crisis petroleras de 1973 y 1979.[13]

Sin embargo, para un representante del mundo agrario local, en Saladillo este movimiento se había iniciado un tiempo antes, aunque, en el censo de 1947, no se había podido registrar todavía su intensidad. Así, Aquilino Álvarez, presidente de la Cooperativa Agrícola, expresó en 1970 que el problema del despoblamiento rural era de larga data, e hizo el siguiente resumen de la situación:

Saladillo, en los años 1942, 1943 y siguientes, fue escenario de un éxodo continuo, principalmente de gente de campo. Ayudó a ello las dificultades con que se enfrentaban los que trabajaban la tierra, por falta de precios remunerativos, poca ayuda económica (en años en que las condiciones climáticas fueron desfavorables), la mala legislación sobre la tenencia de la tierra, que no daba ninguna seguridad al productor en su explotación, ya que no se querían romper las viejas y caducas estructuras, mientras se aceptaba todo cambio en la evolución que el progreso y la modernización traían aparejados; fue la causa que hizo buscar nuevos horizontes a los chacareros. La mecanización del campo trae también menor empleo de mano de obra, que al no ser ocupada y no haber industria local, tiene por fuerza que emigrar.[14]

Por supuesto, fueron las cifras del censo de 1960, que reflejaron una reducción alarmante de la campaña saladillense (los habitantes cayeron de 17,000 a poco más de 10,000), lo que inició un largo período de discusiones e interpretaciones acerca de porqué los campos del distrito se estaban vaciando de gente. Para Miguel Ángel Volonté –fiel a su ideario antiperonista–, el éxodo radicaba en el descontento sectorial, originado en “las consecuencias de ensayos demagógicos de los gobiernos argentinos” de esos “últimos 20 años”. Al menos, lo presentó en estos términos en el invierno de 1962, cuando, en una de sus editoriales, manifestó lo siguiente: “En el agro no hay seguridad; no hay estímulo para el esfuerzo, y el bienestar va siendo cada día menor. No existe comunismo en el campo argentino, pero sí descontento”. En su opinión, ese desaliento explicaba el éxodo, y, si bien la vieja generación seguía soportando la situación en sus chacras, “el hijo, en cambio”, atravesaba “las fronteras que separan el campo de las ciudades” y llegaba a estas “para radicar su malestar y sumarse a las falanges que aspiran a cualquier cambio con tal de que [mejorase] su suerte”.[15]

También lo veía en estos términos Luis Borracer, quien, en su trabajo de historia local, se mortificaba por la sostenida caída poblacional del partido, y ponía como ejemplo justamente los datos del censo de 1960. Tras cartón, ensayaba el planteo de una cuestión estructural, que desbordaba lo estrictamente demográfico y contra la cual no habría remedio:

Existe otro fenómeno internacional que se repite en Saladillo, con persistente intensidad, la emigración rural: El campo viene al pueblo, y el pueblo va a las capitales. Hay en las zonas rurales infinidad de chacras abandonadas, mermando por ese motivo la producción tradicional de la familia chacarera. Huevos, aves, verduras y frutas, dejan de producirse en la quinta tradicional para venir de los grandes mercados de concentración hacia las ciudades del interior (Borracer, 1984: 54).

Más allá de los lamentos de Volonté y Borracer sobre el despoblamiento rural, en 1960 el proceso recién estaba comenzando, y, de acuerdo con las cifras de ese censo, en Saladillo existía el mismo porcentaje de viviendas desocupadas en el campo y en el pueblo, un 10 % del total.

Aquellas reflexiones de los años sesenta fueron eclipsadas por la amplia cobertura dada en el periódico a este problema a partir de octubre de 1970, tras conocerse los resultados provisionales de la encuesta poblacional de ese año. La primera muestra resultó una nota donde se planteaba que era necesario ayudar al hombre de campo, pero no con medidas económicas o crediticias, sino con apoyo de la “logística”. El artículo explicaba:

De nada le servirá disponer de dinero, si no dispone de buenos caminos para transportar su cosecha. Tampoco le servirá ese capital si no tiene un mínimo de comodidades urbanas para su diario vivir. Porque es comprensible que aspire a comodidades.

Para el semanario, el problema de la despoblación abrevaba en cuatro cuestiones: las necesidades de estudios por parte de los hijos del chacarero, originadas por el nuevo piso de conocimientos mínimos que se estableció entre una generación y la siguiente; los déficits de infraestructura (caminos aceptables y luz eléctrica); migración de los hijos por falta de expectativas; y disminución del tamaño de las familias, que impedía la continuidad de algún descendiente en la explotación.[16]

Luego de esa intervención, El Argentino mantuvo su mirada sobre las dos cuestiones centrales que dejaron las cifras censales todavía frescas: el nulo crecimiento poblacional del total del municipio y la incesante baja de habitantes en la campaña.[17] Estas dos variables fueron la base de una serie de diez entrevistas a autoridades y referentes institucionales del distrito, desarrolladas por Fernando Volonté entre mediados de noviembre de 1970 y febrero del año siguiente. Los coloquios se presentaron bajo el título “Despoblación e industrias” y se publicaron en la primera plana de cada edición.

En general, hubo una tendencia a asimilar los dos fenómenos en uno solo, a pesar de que eran cosas distintas y tenían orígenes disímiles, más allá de sus obvias interrelaciones. El intendente Fernando López, por ejemplo, pensaba que, si se aceleraba la tecnificación del campo, se frenaría su drenaje poblacional, cuando, en realidad, y como ya se sabía a esa altura, la mecanización era una de las causas principales de la caída demográfica rural.[18]

Para otros entrevistados, mientras los habitantes de Saladillo emigraban por la falta de industrias (carencia mayormente atribuida al mal abastecimiento de energía eléctrica), la población del campo decrecía por las dificultades propias del sector agropecuario, como los bajos precios, los desalojos provocados por la Ley de Arrendamientos de Onganía, la presión fiscal, y el levantamiento de los servicios del Ferrocarril Provincial.

Ninguna de estas causas puede desecharse por completo, pero claramente no alcanzan para dar una explicación consistente. En los capítulos 4 y 5, puede apreciarse que el decenio de 1960 no fue particularmente negativo para el campo, ni en lo relacionado con la agricultura, ni con la ganadería, ya fuera esta la del bovino o la aviar. Desde ya, las cosechas se vieron afectadas en varios años de ese período por inundaciones y, en menor medida, debido a alguna sequía, al tiempo que la ganadería porcina no consiguió quebrar la tendencia de bajos precios que arrastraba desde varios años antes.

El cambio de legislación sobre los alquileres de campos sancionado bajo la dictadura gobernante entre 1966-1973 produjo asimismo en Saladillo algunos lanzamientos importantes, en especial en los campos de la familia Navarro Viola y en la estancia San Blas, junto con otros de menor cuantía, pero no solamente estaban lejos de lo vivido en el período conservador, sino que algunos de los propios opinantes sostenedores de esta argumentación como causa del éxodo rural aclaraban que varios de los desalojados eran a su vez propietarios de parcelas. Mucho menos podía calificarse como asfixiante a la demanda tributaria de aquellos años, aunque son ciertos los intentos para gravar la producción agropecuaria y controlar la evasión, que significaron una mayor supervisión de la agencia impositiva sobre las actividades rurales.

En cuanto al levantamiento de los servicios ferroviarios, sobre todo el del Ferrocarril Provincial, es también innegable su peso en las localidades que perdieron sus estaciones y cuya vinculación con los mercados se complicó, pero, más allá de ciertas áreas específicas, en el capítulo 2 presenté el importante desarrollo vial producido en los años sesenta. Esto no solamente alivió la interrupción de unos servicios ferroviarios que, por otra parte, desde varias décadas se venían degradando en sus prestaciones, sino que facilitó las comunicaciones de Saladillo con otros centros urbanos y mejoró la red y el estado de los caminos de la campaña.

Por otra parte, la explicación no responde por qué perdieron población rural distritos bonaerenses donde los servicios ferroviarios siguieron vigentes, o por qué migraron los habitantes de parajes que nunca habían tenido estaciones de tren, como San Blas, La Campana, La Mascota o La Razón. Asimismo, muchas de las personas se marcharon porque trabajaban en las instalaciones ferroviarias que cerraron, pero eran asalariados radicados en zonas rurales y no podían calificarse como chacareros, campesinos o gente dedicada a la producción agropecuaria.

No obstante lo expuesto, en mi opinión el desmantelamiento de los ferrocarriles sí destruyó gran parte de la trama comunitaria que las estaciones habían ayudado a construir, como los almacenes y centros de reunión, y, allí donde no había un club o una comunidad escolar fuerte para mantener las redes de relaciones aceitadas, se produjo un desgranamiento social.

Mas no todos los contemporáneos restringían sus miradas a estos determinantes. Dentro de las opiniones recabadas, se destacó por su lucidez la de Donato Doti, comerciante, poeta y militante peronista. Por un lado, distinguió con claridad que se trataba de dos problemas distintos. Para él, mientras el éxodo poblacional general se producía por la falta de industrias y las tentadoras posibilidades ofrecidas por la cercanía al Área Metropolitana de Buenos Aires, la acelerada emigración rural se asentaba en “la desaparición de las viejas patriarcales familias con numerosos descendientes, hecho que no se repite en la actual familia agraria”.[19] Del mismo modo, Aquilino Álvarez –quien ya mostré que vinculaba caída demográfica con mecanización– agregó que: “Si no se dota de comodidad al campo, trabajar por trabajar, ya sean chacareros o peones, se ubicarán en las ciudades, donde siempre hay más comodidad para vivir, pasear y divertirse”.[20]

En contraposición con estos ricos debates, no quedaron registros periodísticos sobre la problemática tras el censo siguiente, realizado en 1980, a pesar de mostrar este relevamiento la persistencia del estancamiento poblacional saladillense, y una nueva baja en los habitantes del sector rural, donde incluso se registró una tasa de hogares deshabitados del 15 %.

En una revisión general sobre la región pampeana, a inicios de la década de 1980, Adolfo Coscia calculaba que, en algunos lugares de esa zona, al menos el 50 % de los productores se había radicado en las áreas urbanas cercanas a su explotación, elemento que diferenció esta movilidad espacial de la registrada en los decenios de 1930 y 1940, cuando la pobreza y los desalojos de chacareros expulsaron a la gente hacia las grandes ciudades industriales. En su opinión, ese proceso finisecular sería paradojalmente irreversible, al coincidir con las notables mejoras de la vida en el campo gracias a la mecanización, la difusión del automóvil (y yo agregaría de las motocicletas), la evolución de la red carretera, y la electrificación. Incluso se reforzaría aún más unas décadas después, cuando el impacto de la soja revitalizó la renta agrícola hasta en comarcas antiguamente marginales (Coscia, 1983: 222-223).

En este sentido, ya fuera por los efectos del éxito o el fracaso económico de las explotaciones, el destino del mundo chacarero estaba sellado desde que se sintieron los efectos de los grandes cambios productivos. Quienes eran alcanzados por la fortuna de la rentabilidad buscaban en los centros urbanos cercanos ese bienestar y disfrute que el campo no les ofrecía. Lo que para la generación anterior había sido un destino anhelado una vez llegada la hora del retiro y de confiar la finca a la descendencia se convirtió en una necesidad.

En el caso de algunos clientes de mi padre, ese proceso se había iniciado ya en el decenio de 1970. En particular con dos chacareros de La Mascota, que adquirieron casas urbanas para asentarse. Uno de ellos, propietario de una fracción no demasiado extensa, pero que se había convertido tempranamente en contratista, convirtió la vivienda en la base operativa para que su descendencia pudiera continuar los estudios secundarios en la ciudad. Incluso la mayor de sus hijas consiguió un título universitario, lo que seguramente satisfizo las ansias de superación del padre y la madre.

El otro –titular de un predio mediano con diversidad productiva y capacidad para timonear tiempos difíciles– compró un lote bastante céntrico y construyó un hogar pensado originalmente para sus progenitores, pero que sirvió también para su propio grupo familiar. Ambos se ajustaban al modelo de reconversión competitiva y, de hecho, en los años siguientes, pudieron comprar más tierras, según las comprobaciones que efectué en distintas ediciones de mapas rurales de la década de 1990 y del presente siglo. Por casualidad (o no), ambas residencias estaban en la proximidad del negocio de mi padre.

Para aquellos afectados por los magros beneficios entregados por una chacra que no garantizaba siquiera la subsistencia, el pueblo fue el lugar donde tratar de sobrellevar mejor una vida de escasez. Uno de los chacareros del reparto de La Razón, por ejemplo, con la enajenación de su pequeña finca, apenas obtuvo para una casita en una zona entonces subvaluada del pueblo (junto a uno de los viejos canales a cielo abierto que acompañaban algunas avenidas). La vivienda era apenas mejor que el rancho donde vivían, pero al menos disponían de electricidad y agua de red (no así de cloacas). Los ingresos del grupo se limitaban a la jubilación del padre y el escaso salario del hijo, empleado municipal en tareas de limpieza.

Asimismo, para ellos y otros tantos forzados a la misma encrucijada, el tremendo costo de esta elección fue la venta de una parcela adquirida por el enorme sacrificio propio o de sus ancestros, una situación que superaba la angustia de los duros años treinta, cuando muchos arrendatarios fueron expulsados de sus chacras, aunque habían sido más raros los casos de propietarios que debieran venderlas.

De hecho, en el capítulo 3, creo haber demostrado que, inclusive en los tiempos de crisis, no se detuvo el proceso de acceso a la propiedad por parte de pequeños productores, y basta una mirada a los periódicos de esos años para observar cómo siguió la venta de fracciones medianas y chicas de antiguos predios importantes. Por citar un solo ejemplo, en el verano de 1939, La Semana publicó las transferencias de campos realizadas durante ese enero por solamente una de las firmas más destacadas de martilleros, la de Raúl M. Seoane. Allí se daba cuenta de la venta de varias fracciones del campo Los Guaypos a favor de tres familias de chacareros, que adquirieron parcelas de 200, 150 y 80 hectáreas, respectivamente.[21]

No obstante, y aunque muchos productores se quedaron en el campo, hasta ellos fueron cortando los lazos que los habían unido a su comunidad, principalmente el envío de sus hijos a las escuelas rurales más cercanas. En el caso analizado de la Escuela 40, puede verse el cambio de matriz de reclutamiento, que cada vez dejó en las aulas menos estudiantes de familias chacareras. Y esto no se debió solamente a la disminución del número de potenciales alumnos por la caída demográfica, sino también a la aparición, desde los años setenta, de la convicción de sus padres de enviar a sus vástagos a los colegios primarios de la ciudad, a fin de darles una educación de más calidad y facilitarles el tránsito hacia la escuela media o los estudios superiores.

El marcado desfasaje entre el nivel formativo de los establecimientos urbanos y rurales no puede soslayarse. Era uno de los puntos centrales del congreso sobre escuelas de campaña realizado en 1960, donde se afirmó que las “calidades de las ofertas de la escuela rural las conoció el padre, y sabe que son las mismas que les van a trasmitir a sus hijos”,[22] algo que resultaba frustrante a gente que tenía otras esperanzas para sus familias.

Incluso, y debido a la baja de la matrícula, la última dictadura intentó adoptar una iniciativa que hubiera dado un rápido y anticipado golpe de gracia a la situación. A fines de 1977, corrieron versiones sobre un proyecto para la concentración de los colegios de campo, una medida por la cual se agruparían establecimientos y los estudiantes pasarían a estar más tiempo en las aulas, pero para la mayoría significaba un desplazamiento físico mayor. El rumor generó un artículo en el que Lorenzo Espíndola advertía de sus nefastas consecuencias (favorecer la deserción, por ejemplo), a la vez que también reflexionaba sobre las escuelas de campaña: “[…] nunca se reformaron para que sean más atractivas, porque no es cuestión de que el niño concurra para cumplir y nada más”.[23]

Si bien seguramente hubo escuelas donde el compromiso entre la comunidad y el cuerpo docente consiguió reducir la brecha cualitativa y gestionar el proceso de aprendizaje con algún logro, se trató de excepciones. Tal vez una de ellas fue la Escuela 12 de Emiliano Reynoso, de la que Lambert describe un crecimiento inaugurado en la década de 1950, cuando pudieron completar todos los grados y obtuvieron la designación de maestros. Incluso el autor señalaba con orgullo que, para la época en que dejó su texto póstumo, “exalumnos de la escuela” cursaban “estudios universitarios habiéndose ya graduado algunos de ellos” (Lambert, 1979: 34).

Pero, más allá de esos casos extraordinarios, el panorama era desolador. Un trabajo diagnóstico sobre la situación escolar en el campo efectuado apenas recuperada la democracia describía de manera sencilla y categórica la ruptura del antiguo vínculo entre estos establecimientos educativos y el mundo chacarero: “En virtud de que las escuelas rurales, en la mayoría de los casos, no han realizado una efectiva acción, fueron perdiendo influencia sobre las comunidades viendo disminuidas sus posibilidades de agentes de cambio social y económico”. Por otra parte, las cifras de concurrencia eran lapidarias. En 1982, el 67 % de los servicios escolares bonaerenses se brindaban en la campaña, pero apenas atendían al 8 % de la matrícula provincial. Además de inadecuada, la prestación era un despropósito presupuestario, ya que la cantidad de directivos de los colegios rurales casi igualaba a los de los establecimientos urbanos (López de Branca & Piaggio de Pioli, 1984: 10 y 40).

Esa desconexión con sus comunidades quedó notablemente expuesta al revisar lo acontecido en la Escuela 40. Conforme mostré en el capítulo 7, desde mediados de la década de 1970 el libro de actas del desaparecido Club de Madres, una de las fuentes más ricas para apreciar el empuje y el compromiso con la educación pública de esas mujeres chacareras, devino en un cuaderno de comunicaciones de la directora de la escuela, regido por una lógica burocrática no exenta de autoritarismo y jerarquías. Al cabo de poco tiempo, la voz del Estado sustituyó a la del vecindario.

Asimismo, la ferocidad de la dictadura militar instalada en 1976 también impuso el silencio entre la gente. La clausura de la política cerró los espacios institucionales donde los chacareros (y toda la sociedad, por supuesto) podían manifestarse, a pesar de que El Argentino mantuvo sus columnas abiertas para receptar las críticas contra el levantamiento de los servicios ferroviarios, el desmantelamiento de las dependencias locales de organismos públicos como Vialidad Provincial, las medidas gubernamentales para con el sector agropecuario, el alza de las tasas municipales, y la falta de mantenimiento de los caminos rurales, aunque ello significó el hostigamiento y la persecución para Fernando Volonté y algunos de sus colaboradores más cercanos.

En este sentido, el Centro de Juventudes Agrarias Rafael Obligado, creado a finales de 1976, fue un espacio en el que, tras el formato de una asociación civil de jóvenes productores, pudo mantenerse un mínimo grado de participación, discusión y activismo políticos, orientado hacia la problemática agrícola y con un claro contenido contestatario con respecto al accionar del gobierno militar nacional y sus secuaces locales. Como me señaló en una entrevista telefónica su entonces primer presidente, resultó una forma sutil y posible de sostener la llama de la militancia política en una época de oscurantismo y maldad.

Con la despoblación, la radicación pueblerina de los productores y el colapso de la matrícula escolar rural, desapareció también la animada vida social y de divertimento retratada en el capítulo 6, de la que los bailes de campo y el fútbol agrario habían sido sus muestras más rutilantes. Es notable cómo la sección de “Bailes anunciados” de El Argentino se fue achicando desde 1975, para convertirse en una expresión mínima a fines del decenio, cuando ya era poco frecuente la realización de al menos una reunión danzante semanal.

Así, a principios de 1980, la orquesta de Carlos Beneventano había pasado del aviso recurrente de media página a uno pequeño y aislado en página par, donde se publicitaban solamente las actuaciones correspondientes a los bailes del carnaval de ese año.[24] De hecho, este mítico conjunto no sobrevivió mucho más y su director volcó sus esfuerzos hacia la enseñanza musical particular y la reparación de televisores a color.

La Liga Agraria logró sobreponerse mejor a los tiempos tempestuosos y extendió todavía su actividad durante toda la década de 1980, aunque sin el éxito y la convocatoria de sus momentos gloriosos. Incluso recibió algún nuevo equipo, como el de La Mascota, sumado a las competencias en 1981. Poco antes, en el campeonato de 1979, se había inscripto otro club. Su nombre era “El Cambalache”[25], y, por pintoresco que parezca, retrataba de manera cabal un tiempo de desconcierto y desventura, preludio de una era que se acercaba a su final.


  1. “Realizó su Asamblea anual la Cooperativa Agrícola Ganadera de Saladillo Ltda.”, El Argentino, 09/04/1981.
  2. “Obligaciones y Derechos”, El Argentino, 08/07/1976.
  3. “Nota de la Filial Saladillo de la Federación Agraria Argentina”, El Argentino, 01/07/1971.
  4. “La gran fiesta de los avicultores”, El Argentino, 31/08/1978.
  5. “Fiesta”, El Argentino, 12/10/1972.
  6. “Segunda Fiesta Nacional del Ternero y Día de la Yerra”, El Argentino, 30/04/1970.
  7. “Fiesta”, El Argentino, 03/05/1973.
  8. “Fiesta”, El Argentino, 29/07/1976.
  9. “Fiesta del Girasol”, El Argentino, 08/04/1971.
  10. “Los créditos implementados por el Banco Provincia para la campaña maicera”, El Argentino, 31/08/1978.
  11. El Argentino, 09/08/1979.
  12. El Argentino, 15/05/1980.
  13. Hobsbawm, Eric (1999): Historia del Siglo xx, Buenos Aires, Crítica/Grijalbo Mondadori, pp. 292-297.
  14. “Despoblación e industrias (X)”, El Argentino, 18/02/1971.
  15. “Comunismo en el Campo”, El Argentino, 09/08/1962.
  16. “Porqué el campo va despoblándose”, El Argentino, 15/10/1970.
  17. “Después del censo”, El Argentino, 05/11/1970.
  18. “Despoblación e industrias (I)”, El Argentino, 19/11/1970.
  19. “Despoblación e industrias (vi)”, El Argentino, 24/12/1970.
  20. “Despoblación e industrias (X), El Argentino, 18/02/1971.
  21. “Ventas de tierras realizadas durante el mes de Enero, en particular y en remates”, La Semana, 19/02/1939.
  22. El Monitor de la Educación Común, año lxx, n.° 933-935, septiembre-noviembre de 1960, p. 72.
  23. “Escuelas de Campo”, El Argentino, 15/12/1977.
  24. El Argentino, 21/02/1980.
  25. “Fútbol Agrario”, El Argentino, 10/05/1979.


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