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6 Más allá del dinero: escenas y retratos sociales del mundo chacarero

Al prologar un texto sobre la vida en pequeños poblados bonaerenses, Eduardo Archetti escribió que “uno de los hallazgos fundamentales del libro es la persistencia de relaciones que no están regidas exclusivamente por el lucro”. En el mejor de los casos, la afirmación resulta candorosa, porque nadie puede creer que, ya sea en una comunidad de pequeñas explotaciones rurales (como es el caso), o en un conglomerado fabril de grandes dimensiones, sean los lazos monetarios o las ganancias el ordenador único de los vínculos (Ratier, 2009: 5).

En realidad, creo que la frase está condicionada porque, al hablar del mundo chacarero, la enorme mayoría de las investigaciones se centran en la cuestión económica, sobre todo poniendo como eje el punto de la producción. Actividades de la explotación (agricultura, ganadería u otras), rentabilidad, capitalización, técnicas y manejo de la unidad productiva, régimen de tenencia, relaciones contractuales, trabajo familiar, o comercialización de los excedentes son los aspectos abordados con principal frecuencia. Todos ellos tienen, además, un elemento común: se trata de variables mensurables en dinero, o al menos en bienes susceptibles de ser transados en el mercado.

Es indudable el peso del factor económico en la existencia, el desarrollo y el final de una explotación agropecuaria, pero pienso que también hay otros elementos dignos de ser revisados, y que, asimismo, ellos ayudan a entender de una forma más completa la vida de las personas que llevan adelante esas tareas y, con ello, el tejido mismo de las comunidades donde accionan. Por otra parte, mi opinión es que esa mirada retroalimenta una comprensión más amplia del propio funcionamiento económico.

En este sentido, resultan muy oportunas las palabras de Susana Marini:

[…] la vida de una comunidad pequeña no se agota en la satisfacción de sus necesidades inmediatas, motivo por el que el campo de estudio se extiende a aquellas instituciones que la regulan: la familia, la escuela, la iglesia, la policía o los sindicatos. A diferencia de la macrohistoria, que se ocupa de los aspectos penosos de la condición humana, la microhistoria presta atención también al ocio y a la fiesta, a cada tipo de espectáculo, especialmente si refleja una tradición asentada. No menos importante en la vida de la comunidad es el conjunto de creencias, de ideas, de devociones y de sentimientos religiosos, que son producto y se convierten en patrimonio de una sociedad dada (Marini, 1991: 218).

También es necesario aclarar que el análisis de esas conexiones no puede restringirse sin más al ámbito de la campaña. En un distrito como Saladillo, se dan las condiciones planteadas por Alejandro Ratier acerca de la articulación de redes sociales que “enlazan campo y ciudad en una trama única”. Así, lo rural no funcionaría “en términos dicotómicos como opuesto y contrario de lo urbano, sino como continuidad entre dos realidades emparentadas e intercomunicadas” (Ratier, 2009: 30). De todos modos, y más allá de estas yuxtaposiciones, cada espacio conforma sus propias organizaciones, que marchan con lógicas independientes, atienden demandas diversas y canalizan impulsos diferentes. En definitiva, es factible que la urdimbre sea una, pero, dentro de ella, pueden existir (y de hecho los hay) intereses contrapuestos.

En este capítulo trataré justamente de aspectos que van más allá de la ecuación chacarero = productor. Pretendo transitar por un conjunto de relaciones regidas por contactos humanos en los que la búsqueda de un beneficio no constituye algo esencial o, aun cuando pueda existir, ella está mediada por otro tipo de acercamientos, cuyo examen es más relevante que el propio resultado comercial que pudiera perseguirse. Se trata de lo que Ratier denominó “núcleos de sociabilidad”, que abarcan las distintas asociaciones, como clubes de fútbol, cooperadoras de escuelas, salas de primeros auxilios, grupos confesionales, peñas folklóricas o tradicionalistas, corporaciones productivas, agremiaciones agrarias y otros colectivos, donde se reunía la población del campo (Ratier, 2009: 76).

En cuanto a los temas escogidos, se podrá coincidir o no con el listado y la importancia asignada, pero responden también a los condicionamientos derivados de las fuentes documentales a disposición del historiador. En este caso, seleccioné las asociaciones corporativas, la política (sobre todo la municipal), la religiosidad, el universo amplio de la recreación, y la educación, vista a partir de su sistema institucional, es decir, la escuela. Asimismo, la ventaja de hacer una pesquisa muy concentrada en términos temporales y espaciales es que permite la utilización de herramientas de microanálisis histórico, pieza fundamental para un acercamiento profundo, algo no viable en un trabajo de mayor alcance.

Pero, antes de abordar estos ejes analíticos, deseo detenerme un poco en un aspecto material que sirve para ilustrar las condiciones en las que se desarrollaba la vida cotidiana en el medio rural. Es cierto que todavía en los años sesenta del siglo pasado, en una ciudad chica como Saladillo, no abundaban el confort ni el esparcimiento –o al menos no estaban al alcance de todas las personas–, pero la vida era mucho más dura aún en el campo. A quien vive en la época actual, incluso a quienes tienen limitaciones para acceder a los bienes domésticos más sofisticados, debe resultarles difícil imaginar un día sin gas, electricidad, heladera, teléfono, o siquiera un dispositivo sencillo para calentar el agua del baño. Para la mayoría abrumadora de los chacareros de hace unas décadas, esa era no la realidad excepcional de una jornada, sino la usual de todo el tiempo. En buena medida, esas carencias también contribuyeron a buscar en la comunidad las respuestas para mejorar el nivel de existencia, o al menos para hallar el consuelo de su aceptación.

La dureza de las condiciones de vida en el medio rural

En 1871, el escrupuloso notario de la riqueza saladillense José Antonio Rossi calificó como “ranchos” a 1,515 de las 2,114 casas del partido. De ellas, 1,107 estaban en el área rural (Rossi, 1871: 107). En esa era, nadie podía asustarse de tales cifras: los rancheríos eran la realidad habitacional del país, y ni siquiera la Ciudad de Buenos Aires había iniciado el tránsito hacia una urbe moderna. Pero uno de los problemas centrales de la vida en la campaña fue la lentitud con que se produjeron las mejoras de las condiciones de vida, sobre todo en el rubro vivienda, y eso aun en la pampa bonaerense, una de las áreas más prósperas del país.

No todos los censos registraron los tipos de construcciones donde habitaban las personas encuestadas, pero, a través de los pocos relevamientos que sí lo hicieron, puede seguirse la persistencia del atraso. Sin dudas, uno de los factores más influyentes fue la dificultad para el acceso masivo de los chacareros a la tenencia de sus parcelas. La vigencia de los arrendamientos de corto plazo, sin contratos, y la correspondiente incertidumbre acerca de cuánto tiempo permanecería una familia en la explotación constituyeron un obstáculo para realizar una inversión significativa, como podía ser la de levantar un hogar con materiales nobles.

El censo agropecuario de 1937 aportó datos contundentes sobre la cuestión. En la zona rural de Saladillo, de las 1,909 viviendas relevadas, solamente 278 estaban construidas con ladrillos (un 14.56 %), 31 eran de cinc, 162 fueron catalogadas como ranchos de barro y paja (un 8.48 %), y las 1,438 restantes estaban apenas un escalón arriba de las anteriores, al ser categorizadas como de barro y cinc, lo que significa que tres cuartas partes de las residencias del campo local eran ranchos con techo de chapa, y una enorme mayoría de ellas no tenían más de cuatro ambientes habitables, en una época en que todavía eran habituales las familias con mucha descendencia. Como puede verse, los hogares campestres no se habían modernizado demasiado a lo largo de seis decenios.

El cuadro se completaba asimismo con la carencia absoluta de comodidades domésticas, y el resultado final era una imagen de pobreza material que impactaba a un observador llegado de donde eran comunes los bienes de confort. Fue el caso de Carl Taylor, el antropólogo estadounidense que, en 1946, recorrió las zonas rurales argentinas durante 100 días. Este investigador, al pasar por el área ganadera de cría (entre ellas, Saladillo, véase el capítulo 4), señaló el contraste entre las fabulosas residencias de los estancieros y las moradas de los arrendatarios y dependientes rurales. Según sus observaciones, al menos un cuarto de las casas de chacareros y puesteros estaban construidas con paredes de barro y techo de paja, y el 48 % de esos hogares tenían tres o menos habitaciones (Taylor, 1948: 218).

Al año siguiente de la visita de Taylor, el cuarto censo nacional publicó las cantidades de residencias y edificios discriminadas por partidos, pero no diferenció entre las zonas urbanas y rurales. En todo el municipio de Saladillo, había casi 5,000 viviendas, divididas en mitades casi iguales entre las de dueños y las alquiladas, y 3,000 de ellas disponían de solamente una o dos piezas. Además, si bien existían un 52 % de las construcciones de mampostería, todavía un 25.6 % eran viviendas de adobe, y otro 20 % fue colocado en la incierta categoría de “sin determinar”, que seguramente agrupaba casas levantadas con partes de ladrillos, barro y chapas. Aunque el censo no lo especificaba, si se tienen en cuenta los antecedentes anteriores, es muy posible que la mayor cantidad de esas residencias de menor calidad constructiva estuvieran ubicadas en el área rural.

En 1960, el censo nacional hizo un exhaustivo relevamiento de las viviendas. Si bien no presentó resultados por partidos, el análisis de las casas de la zona agraria bonaerense todavía mostraba importantes condiciones de retraso. Un 27 % de las 204,000 viviendas fueron tipificadas como “casa de construcción rústica del tipo predominante en zonas rurales”, y todavía 26,352 residencias tenían paredes de adobe. Un dato interesante es que el porcentaje de hogares levantados con ese material era más elevado entre los propietarios (un 14 %) que en las otras categorías (inquilinos, empleados, ocupantes gratuitos), lo que demuestra que la construcción precaria no era una condición exclusiva de los arrendatarios, sino que, quizás, tal concepción espartana se hundía en la propia cultura chacarera, al menos en la de esa generación que hizo los más grandes sacrificios para procurarse la propiedad de la finca, algo también observado por Horacio Giberti en un análisis del partido de Pergamino, sobre los datos del censo de 1937 (Giberti, 1998: 10-11). Del mismo modo, un 28.35 % de estas viviendas tenía piso de tierra, y solamente el 42 % del total poseía inodoro con descarga de agua. La gran mayoría de las casas rurales de la provincia usaban un retrete sin ese accesorio, pero incluso un 13 % ni siquiera tenía un retrete, lo que habla de condiciones de vida verdaderamente arcaicas.

Como bien señaló Carlos Rodríguez Sánchez, uno de los obstáculos principales para mejorar el desarrollo humano en el campo era la carencia de luz eléctrica, un tema estructural de complicada resolución, al depender “de importantes inversiones, de lenta y difícil recuperación” (Rodríguez Sánchez, 1987: 75). En efecto, si bien, en las dos décadas que separan los censos nacionales estudiados en este texto, hubo una mejora sensible en la cantidad de viviendas con electricidad, aún en 1980 un 36 % de las casas ubicadas en las áreas rurales estaban privadas de este servicio.

Es cierto que en esos veinte años hubo notables avances, dado que en 1960 un 71.5 % de las casas del campo no tenían electricidad, pero, en el caso de Saladillo, ese progreso resultó tortuoso y tardío. No por nada Alberto Benítez incluyó dentro de su cronología la fecha de llegada del suministro eléctrico a las distintas localidades del partido. Para este cronista, era una efeméride que merecía ser destacada dentro de la historia local. De acuerdo con él, la electrificación rural del distrito se inició en marzo de 1973, y cinco meses más tarde llegó a Cazón. En enero del año siguiente, le tocó a Del Carril, y luego se fue extendiendo por otros parajes y cuarteles, pero hubo que esperar hasta fines de 1996 para inaugurar la electrificación en El Mangrullo. Recién el 21 de marzo de 1998, y gracias a aportes provenientes del municipio y de la nación, pudo arribar la luz eléctrica a La Razón, mas solo en el filo del cambio de milenio se consiguió dar fluido a Blaquier (Benítez, 2000: passim).

La lentitud y la disparidad en la extensión del tendido eléctrico marcaron también los distintos tiempos de evolución del interior saladillense. En La Barrancosa, La Razón y La Mascota, durante la década del setenta, la situación de confort prácticamente había dado pocos pasos, pero en otras zonas los cambios se hicieron notar con cierta rapidez. En Emiliano Reynoso, por ejemplo, Luis Lambert destacaba la desaparición de los “antiguos ranchos de paredes de barro y techos de paja”, a excepción de uno que la poetisa Rosa García Costa había dejado en pie para su conservación.

Además, este autor enfatizaba el proceso de sustitución de las características construcciones de adobe con techo de chapas, que estaban siendo reemplazadas por otras “de estilo más moderno, de paredes de ladrillos, buenos techos, instalaciones sanitarias, y comodidades tales como cocinas a gas de kerosene y envasado, lavarropas, estufas, televisores y muchos otros artefactos modernos”, que hacían “a un mayor bienestar”. En su opinión, gran parte de esa prosperidad obedecía al desarrollo zonal del “plan de electrificación rural de Saladillo, cuyas líneas” sobrepasaban ya “los cuatrocientos kilómetros de longitud” y que alcanzaban “a varios en el cuartel tercero” (Lambert, 1979: 26).

Igualmente, este proceso de extensión de la red fue particularmente lento. Según las fuentes periodísticas disponibles, la llegada de la electricidad a Del Carril recién empezó a plantearse como algo posible en 1969, cuando la Dirección de Energía de la Provincia (deba) inició las gestiones para la provisión de un grupo electrógeno, mientras una cooperativa de esa localidad avanzaba con el tendido de la red doméstica.[1]

A principios de la década de 1970, la electrificación rural se convirtió en uno de los grandes temas de quehacer saladillense. La Municipalidad y la Cooperativa Eléctrica estuvieron muy activas recorriendo los parajes donde se consideraba viable la extensión del tendido, y trataron de formar comisiones locales para difundir el asunto y convencer a los vecinos y chacareros sobre la importancia de encarar la inversión, que era bastante significativa en términos de costo. Un buen ejemplo de ello fue la importante movilización en Emiliano Reynoso, donde el compromiso de la comunidad empujó la llegada de la electricidad.[2]

Por su parte, a nivel provincial, el Ministerio de Asuntos Agrarios y deba proyectaron un ambicioso plan para dar servicio eléctrico a una superficie de 3.5 millones de hectáreas.[3] Gracias a esta iniciativa, a fines de 1971, un vasto proyecto con financiación internacional y nacional parecía hacer posible el sueño de la electrificación rural. La Intendencia, la Cooperativa Eléctrica y representantes de varias localidades del campo mantuvieron reuniones donde se discutieron las posibilidades de un gran plan eléctrico. Incluso se conformó una comisión municipal que reunía a vecinos de casi todas las zonas y parajes, a la vez que cada localidad tenía una pequeña subcomisión. En sus primeras manifestaciones públicas, la comisión estimaba que, con este adelanto, la “familia campesina” podía “equiparar su confort y sistema de vida al de las ciudades”.[4]

El ambicioso plan para electrificación puesto en marcha en el comienzo de 1972, una vez firmado el convenio de apoyo con deba y el Ministerio de Asuntos Agrarios, incluyó una amplia encuesta en todo el partido, destinada a recabar el interés de los pobladores del campo. Se capacitó a un grupo de encuestadores, se dividió el partido en once zonas y se puso en marcha un relevamiento, primera parte del amplio programa.[5] Para septiembre de ese año, el personal a cargo de las encuestas había registrado la opinión de 989 establecimientos agropecuarios, que representaban casi 108,000 hectáreas del partido, y a 891 familias, compuestas por 2,975 integrantes.[6] Sin embargo, después de ese auspicioso movimiento, el proyecto se frenó.

En agosto de 1974, una carta de lectores contrastaba la situación de Saladillo con la de Chacabuco, donde la insistencia de las autoridades y los chacareros había llevado a buen término el tendido de la red en la zona rural del partido.[7] Tiempo después, en julio de 1976, el exintendente de facto Fernando López acusó directamente a la administración municipal justicialista por haber desatendido completamente la cuestión de la electrificación rural, al no producir ninguna acción para darles continuidad a las iniciativas en curso desde 1972. En cambio, López reconocía la actitud de la Cooperativa Eléctrica, que había hecho “llegar parcialmente el beneficio de la electrificación rural al Cuartel i (Saladillo Norte), para continuar la línea hasta los cuarteles iii y vii”.[8]

Mientras tanto, las familias chacareras debían arreglarse con medios alternativos. Por ejemplo, para poder ver la televisión, podían conseguirse aparatos que funcionaban abasteciéndose de una batería de doce voltios. Al menos, así lo sostenía un aviso publicitario de “El rey de los precios”, que anunciaba la posibilidad de seguir la programación televisiva en “toda granja, chacra o estancia”.[9] Si, en cambio, se deseaba iluminación eléctrica en todas las instalaciones, debía atenderse la promesa de la firma de grupos electrógenos Wincolux, representada en Saladillo por las firmas Mazza Hermanos y Tordó & Rivanera, quienes anunciaban lo siguiente: “Disfrute de todo el confort de la Ciudad en su Estancia o Chacra”.[10]

Más allá de estos detalles, para un estudioso del agro como Adolfo Coscia, la electrificación rural fue una de las causas importantes del acercamiento intercultural entre el habitante del campo y el urbano, y quizás en Pergamino, la zona en que él se desempeñó como agente del inta, en los años sesenta ya se había impulsado este proceso, que significaba un gran salto adelante, tanto en lo productivo como en lo relativo a la calidad de vida de las familias rurales (Coscia, 1983: 108-109); pero buena parte de los parajes de Saladillo no participaban del adelanto, ya que el censo de 1980 mostró un 46.13 % de viviendas rurales sin electricidad, y un 11.72 % que solamente contaba con la energía que podía generar, mientras que un 42 % sí podía disponer en sus casas y establecimientos de fluido eléctrico distribuido por red.

En este sentido, en esa fecha seguía teniendo vigencia el comentario realizado por Arturo Frondizi muchos años antes. Al reflexionar sobre el modelo de industrialización liviana argentino, el expresidente remarcaba acertadamente la relación paradojal entre ese desarrollo (con su consecuente aceleración de la urbanización) respecto del campo y la población rural: mientras que el éxodo rural se radicó en la industria liviana y en los servicios, que además pudo expandirse gracias a recursos aportados por las exportaciones primarias, los productos de la industria liviana arribaron “al campo en proporciones limitadas por la escasa capitalización de las explotaciones; los servicios –electricidad y transporte– no llegan por su escasa o nula expansión” (Frondizi, 1965: 25).

El censo nacional de 1980 dejó además un buen cuadro de situación sobre las viviendas rurales en Saladillo, que sumaban entonces 2,534 unidades. Todavía en ese momento existían 328 ranchos y 63 construcciones precarias, es decir, más de un 15 % del total. Aunque un 23.41 % de las casas particulares del campo local tenían una antigüedad inferior a los 10 años, un 60 % se habían levantado hacía más de dos décadas. Una enorme mayoría estaban hechas de ladrillos, pero aún 520 eran de adobe, y 379 de ellas tenían piso de tierra (casi un 15 %, lo que superaba el promedio provincial, que era del 10.8 %). Por cierto, en cerca de la mitad de esos hogares, se cocinaba sin gas, y 700 residencias conseguían el agua de una bomba, ya que carecían de cañerías hídricas interiores. Como consecuencia de esto, 739 viviendas no tenían descargas en sus retretes, y 53, ni siquiera un retrete.

Finalmente, esta foto del atraso se completaba con un dato que clarificaba sobre la categórica ausencia del mínimo bienestar en gran parte del mundo chacarero saladillense: apenas 866 casas poseían agua fría y caliente, 851 solo contaban con agua fría, y 817 directamente no tenían ni ducha ni bañera. Todas estas cifras ponen sobre la mesa una existencia cotidiana realmente severa. Son testimonios que raramente se divulgan cuando se evoca –con nostalgia o idealismo– el antiguo paisaje rural.

El asociacionismo rural de Saladillo: la Cooperativa y la Sociedad Rural

Desde inicios del siglo pasado, los chacareros locales formaron parte de organizaciones colectivas. Algunas de estas los convocaron por su nacionalidad de origen, como forma de preservar su pertenencia cultural, pero también como medio eficaz para ser reconocidos por los cónsules de sus países en la defensa de intereses más concretos. En términos de la protesta contra los abusos de propietarios, acopiadores y proveedores, muchos productores rurales locales se acercaron a la Federación Agraria Argentina (faa), que logró constituir una institución de reconocimiento y presencia territorial de fuerte injerencia en la región pampeana.

Una de las acciones derivadas de estas luchas fue el inicio de la acción cooperativa. Marcelo Pereyra efectuó un análisis más que pormenorizado sobre la formación de las primeras cooperativas saladillenses, que incluyó sus antecedentes más importantes, como la frustrada experiencia de La Fraternal en los años veinte, finalmente barrida por la crisis en la década siguiente, y continuó con el gran impulso recibido por estas asociaciones durante el primer peronismo. Fueron muchas las que se formaron, pero solamente dos sobrevivieron al tiempo: la Cooperativa Eléctrica, creada en 1944, para mejorar el suministro de ese servicio en el casco urbano; y la Cooperativa Agrícola Ganadera y de Consumo Limitada (Pereyra, 2015a).

El acto constitutivo de esta última asociación se celebró el 15 de enero de 1950, en el Teatro Español, y contó con la presencia de representantes y autoridades de la faa y de la Federación Argentina de Cooperativas Agrícolas (faca). Esa primera asamblea, compuesta por 152 socios, dictó el estatuto, eligió la comisión directiva y resolvió afiliarse a la faca. El primer presidente fue Marcelo Almada, y lo secundaban, entre otros, dos productores de la Barrancosa ya presentados en el capítulo 3: Joaquín Ripoll, como secretario, y Ángel Abarca, que era uno de los vocales (Pereyra: 29-30).

Pese a los tiempos aciagos en que dio sus primeros pasos, la Cooperativa no solamente sobrevivió al derrumbe del justicialismo (que significó el final de las otras asociaciones de reciente creación), sino que pudo consolidarse. Así, el número de socios aumentó a gran velocidad en los años siguientes: tenía 856 en 1955, y ya eran 1,261 cinco años más tarde; además, solo durante su quinto ejercicio vendió veinte tractores y tres cosechadoras, al margen de otros equipos para la labranza (Borracer, 1984: 131-134).

Durante la década de 1960, las actividades siguieron a muy buen ritmo. Para mostrar algunos datos, puede decirse que, en noviembre de 1962, la Cooperativa presentó el cierre de su doceavo balance, operado el 31 de agosto de ese año. Las cifras consignadas, ya fuera por ventas de mercaderías, maquinaria, semillas, cereales y combustibles, así como los planes de inversión en la ciudad cabecera y en la localidad de Álvarez de Toledo, eran muy auspiciosos. Además de marcar un crecimiento significativo con respecto al ejercicio anterior, los 1,317 asociados señalaban la fuerza del movimiento cooperativo agrario local.[11]

En la asamblea del ejercicio sucesivo, más allá de resultar los números generales bastante buenos, tanto en comercialización de cereales, semillas, maquinarias y mercaderías, el dato más importante consistió en que “la asistencia de socios fue la mayor registrada hasta ahora en actos de esta índole”, y también la participación de los accionistas, “que promovieron interesantes debates aclaratorios”.[12] Ese ambiente optimista continuó en los años siguientes, como cuando, a fines de 1965, se aprobó el balance del quinceavo ejercicio, que mostraba buenos guarismos de transacciones y la existencia de 1,250 socios activos.[13] Esa cifra se mantuvo estable durante el resto de ese decenio, pero en 1972, al cerrarse el vigésimo segundo ejercicio, la Cooperativa llegó a los 1,431 asociados, el número de cotizantes más alto de su historia, en un momento en que en Saladillo existían alrededor de 1,800 explotaciones agropecuarias.[14]

La Cooperativa Agrícola se focalizó en la agricultura, en la venta de equipos y en facilitar el acceso de sus asociados a bienes de consumo básicos, como alimentos y artículos de despensa, rubros en los que competía con éxito contra los almacenes rurales, el lugar tradicional de abastecimiento de los chacareros, quienes también vendían allí parte de su producción de granos, cueros y otros artículos menores. Su tarea principal era centralizar la compra de cereales y oleaginosas y eliminar su intermediación, con beneficio directo para los productores (incluso a principios de los años cincuenta se pensó en hacer una cooperativa paralela para fabricar aceite de girasol), pero también se dedicó a comercializar papas, un cultivo que, como mostré en el capítulo 4, tuvo un gran desarrollo en el Saladillo de los años sesenta.

Como muestra de esa pujanza, en diciembre de 1971, la Cooperativa Agrícola inauguró su actual edificio de Moreno y Alem. En la cena realizada en el Club Colegiales para festejar el acontecimiento, se congregaron 1,500 personas, que luego pudieron disfrutar de un baile. Poco después también levantó silos e instalaciones para mejorar el acopio de granos.[15] Pero, mientras que movía cantidades importantes en estos rubros, era escaso su volumen de operaciones en materia de ganadería, y prácticamente nula su acción en avicultura, pese a la importancia de esta rama en el partido. En este sentido, solamente en 1977 comenzó a incursionar activamente en el comercio ganadero, al organizar su primer remate feria el sábado 3 de septiembre de ese año.[16]

La Cooperativa no solamente reportaba a su entidad federativa de segundo grado (la faca): también tenía lazos sólidos con la Federación Agraria Argentina (faa). Así, no solo algunos de sus directivos lo eran también de la filial local de la faa, sino que se realizaban muchas actividades en común y era bastante habitual que, tras las asambleas ordinarias de la Cooperativa, se llevaran a cabo reuniones de la Federación. Pero, en cuanto la Cooperativa era una organización de corte más doméstico y social, la Federación constituía un espacio corporativo para la defensa de los intereses globales del sector agrario y, en ese orden, se ocupaba de los problemas políticos y productivos.

En mayo de 1961, por ejemplo, la Federación Agraria Argentina reunió su asamblea comarcal en el Teatro Español de Saladillo. Unos trescientos delegados debatieron desde una temática tan amplia y ansiada como la reforma agraria hasta “cuestiones tales como el éxodo campesino, la mecanización agraria, los altos costos de producción y los escasos valores remunerativos”.[17] Un año más tarde, en agosto de 1962, en el salón de los Bomberos Voluntarios, la filial Saladillo de la faa celebró el cincuentenario de la fundación de esa institución. El encuentro sirvió además para renovar parte de la comisión directiva y nombrar a los delegados que asistirían al 50.° congreso, que se realizaría en Rosario.[18]

Fuera de su referencia con esta corporación agraria nacional, la Cooperativa mantuvo una prescindencia político-partidaria. Dentro de su comisión, había gente de distintas ideologías, desde peronistas hasta toda la tipología de radicales, pero también algunas de las escasas muestras de la izquierda rural del distrito. Los chacareros medianos y chicos componían el grueso de su conformación social, aunque también podía encontrarse en el registro de asociados (y muchas veces en la comisión directiva) a algún integrante de la familia Inda, propietaria del campo La Colonia, de 1,341 hectáreas de superficie, según el mapa de Edelberg de 1919.

Bajo todo punto de vista, ni la Cooperativa ni la Federación Agraria eran el lugar de los ganaderos ni de la mayoría de los estancieros. Por eso, el 23 de mayo de 1964, se fundó la Sociedad Rural de Saladillo.[19] En su momento, unos 80 productores concurrieron a darle nacimiento, y un mes más tarde se conformó la comisión directiva. A diferencia de la otra institución, el grueso de sus miembros eran terratenientes importantes, consignatarios de hacienda, o profesionales vinculados al mundo vacuno, pero, en su primigenia lista de autoridades, también se podía encontrar a Valentín Calvitti y Agustín Saizar, claros representantes del universo de los chacareros. Asimismo, dadas las actividades, las pertenencias y las expectativas de los socios de la Sociedad Rural, no venía a representar una competencia para la Cooperativa Agrícola, que, junto con la representación regional del inta, dio una cordial recepción a la nueva entidad.[20]

La Sociedad Rural se afilió rápidamente a la Confederación de Asociaciones Rurales de Buenos Aires y La Pampa (carbap) y, a través de ella, a Confederaciones Rurales Argentinas (cra), una asociación de emprendedores ganaderos de marcado cuño conservador. Su primera actividad destacada fue la organización de una exposición rural, que se desarrolló con singular éxito entre el 26 y el 28 de septiembre de 1964 en la feria de remates de la firma Raúl M. Seoane.[21] A partir de allí, la Rural de Saladillo devino en un acontecimiento anual de gran resonancia, y una muestra a escala de la tradicional exposición de Palermo de la Sociedad Rural Argentina.

Años más tarde, con la puesta operativa del predio de la actual avenida Dellatorre, terminó de asegurarse un lugar significativo dentro de la agenda del municipio. Al igual que su hermana mayor –pero favorecida además por la realización en primavera–, se convirtió en un paseo obligado, con sus puestos de exhibición, demostraciones del maltrato animal conocido como “destreza criolla”, entretenimientos varios y práctica del juego del pato, un deporte ecuestre emparentado con el polo, de origen nacional, pero menos exclusivo a nivel social y más acorde con las pretensiones (y las billeteras) de los jinetes locales. Al éxito de sus exposiciones anuales, se sumó en 1971 la determinación de celebrar en la Rural de Saladillo la 7.° Exposición Ganadera de la Provincia de Buenos Aires, llevada a cabo entre el 10 y el 21 de septiembre de ese año.[22]

La política en el medio rural: entre la ideología y los votos del campo

El vínculo entre el mundo rural bonaerense y la política fue intenso durante todo el siglo 19. El papel jugado por las milicias y los jueces de paz, habitualmente estancieros o comerciantes destacados de la campaña, es una pieza central para entender la construcción del orden político provincial, desde 1820 y hasta por lo menos los albores de la centuria pasada. En el capítulo 3, ejemplifiqué incluso cómo esta relación podía abrir las puertas a un estatus económico y social relevante en partidos como Saladillo, que recién abandonó su posición como zona de frontera en la década de 1870.

Justamente en ese decenio, cuando las diferencias dentro de la coalición gobernante produjeron repetidas convulsiones, se pudo ver la movilización de una buena parte de los habitantes del campo en algunos de los episodios más extremos de esas tensiones, resueltos en general por medio de los métodos tradicionales, o sea, la revuelta y la violencia. Solo en 1874 hubo dos ejemplos claros: un contingente saladillense tomó parte en el combate de La Verde, que selló la derrota del intento revolucionario de Mitre; y grupos antagónicos referenciados con Alsina y el mismo Mitre se enfrentaron a tiros para dirimir la jefatura municipal, en un hecho que sería recordado durante mucho tiempo.[23]

En todos ellos participaron peones rurales, puesteros, mayordomos y otras personas al servicio de los estancieros locales, quienes no solamente los empleaban en sus establecimientos, sino que normalmente los utilizaban como reclutas o votantes. Además, al empadronarlos en la guardia nacional, se replicaban las jerarquías propias de sus funciones laborales: los estancieros figuraban como comandantes, los mayordomos hacían de oficiales, los puesteros cubrían los cargos subalternos, y la peonada era la base de la soldadesca.

La llegada masiva de los inmigrantes modificó el cuadro económico y social del distrito, pero no influyó (al menos por unos años) de manera determinante en el cambio de las formas y los actores de la política local. Si bien la participación política de los extranjeros estaba consentida a nivel municipal, tanto en el país como en la provincia y las intendencias existía un sistema representativo más que imperfecto. El acto comicial en sí mismo era una ficción (a veces un filme de aventuras, no exento de derramamiento de sangre), y solamente en 1912, con el dictado de una serie de normas que la posteridad simplificó bajo el sintagma “Ley Sáenz Peña”, comenzaron a hacerse modificaciones que introdujeron el reconocimiento de las minorías, mejoraron lentamente la confección de los padrones y tendieron a limitar la coerción sobre los votantes en el momento de elección de las papeletas de su preferencia.

Pero esos cambios –más allá de representar un avance sustancial– no sustituyeron otras cuestiones. En muchos comicios no se constituían mesas receptoras de sufragios en la zona rural, lo que limitaba la asistencia de los chacareros. Es cierto que muchos de ellos no estaban habilitados para votar (y posiblemente tampoco interesados) por su condición de inmigrantes, pero esa situación se empezó a revertir con la generación de sus hijos. Aun así, trasladarse al pueblo un domingo de votaciones era todo un trámite, excepto que se tuviera una gran vocación republicana, o –lo más probable– que se formara parte de la clientela de un terrateniente, donde la asimetría de las relaciones de poder significaba un compromiso para mantener el arriendo, el puesto o el sueldo.

En una época en la que la población del campo todavía era mayoritaria, una decisión de este tipo reducía la cantidad de sufragios a una expresión menor. Marcelo Pereyra reseñó estas limitaciones de la democracia vernácula en un artículo esclarecedor sobre las elecciones municipales de 1924 (Pereyra, 2014a). Sin embargo, en los comicios legislativos provinciales de 1927, sí se habilitaron mesas receptoras de votos en la campaña. Según la prensa local, mientras que en el casco urbano había once mesas de votación, se dispusieron cinco centros de votación rurales en las escuelas 14 de Toledo, 11 de Cazón, 8 de Del Carril (dos mesas), 10 de La Margarita y 21 de La Barrancosa.[24] Esa tendencia a habilitar mayor cantidad de centros electorales rurales se amplió en 1946, cuando, de las 33 mesas receptoras de sufragios, hubo 17 en el pueblo y 16 en la campaña, divididas en seis colegios receptores: Del Carril, Cazón, Toledo, Reynoso, La Margarita y La Barrancosa.[25] En 1958, en cambio, las 58 mesas electorales se dividieron de forma similar entre la planta urbana y el campo.[26]

Por otra parte, después de 1930, los conservadores convirtieron un mecanismo defectuoso en una farsa (por cierto, su violencia le quitaba todo aire de comedia), que incluso se permitió en determinados momentos sumar como comparsa a los opositores. Recién a mediados del siglo, las cosas parecieron corregirse, cuando se realizaron las elecciones nacionales de 1946, tal vez las primeras virtuosas en lo referente a la limpieza del acto comicial. En el ámbito local, el diario Los Principios las calificó como ejemplares, y enfatizó su “evidente contraste con los comicios fraudulentos y las violencias a que [los] tenían acostumbrados administraciones anteriores”.[27]

Poco después, la legislación subsanó la histórica postergación de las mujeres en materia de ciudadanía. Además, durante la década peronista, pudo verse en Saladillo incluso el raro fenómeno de la alternancia en el poder municipal: los radicales ganaron en 1948, perdieron contra el peronismo en 1951 y vencieron nuevamente en 1954. No obstante, una vez desalojado Perón del poder, se intentó construir una nueva democracia ficticia, que prescindía de la participación del justicialismo, la fuerza política mayoritaria.

Con todo, el desarrollo del radicalismo saladillense ya había ampliado de manera notable la participación de los vecinos en la política, aunque en esta cuestión todavía queda pendiente una investigación profunda. Tras los años conservadores, las posibilidades crecieron aún más con el surgimiento del peronismo. Cuando esa fuerza empezó a organizar su estructura municipal, logró una importante penetración entre la población rural. Según el estudio de caso de Julio Navarro acerca del perfil de la afiliación peronista entre 1948-1950, hecho sobre la base de la información contenida en las fichas de adhesión partidaria, un 30 % de los afiliados declararon ser agricultores, y seguramente entre el 40 % de los registrados como jornaleros había peones rurales. Este estudio es además interesante porque, al comprender los primeros años del justicialismo, muestra que la afiliación oportunista o compulsiva era todavía escasa o irrelevante y, en efecto, apenas el 5 % de los enrolados eran empleados estatales (Navarro, 2003; Pereyra, 2015a).

En un análisis a nivel nacional, Mario Lattuada mostró igualmente el peso del voto del campo y el fuerte arraigo del primer peronismo en el ámbito rural. En el capítulo 1, señalé los esfuerzos de Perón por ganarse el voto de los chacareros, a lo que deben sumarse las medidas que favorecieron a los peones, desde el famoso estatuto, hasta los aumentos salariales y la sindicalización. De acuerdo con este autor, los “sectores y clases subordinadas de la estructura agraria representaban a mediados de la década del 40, como fuerza electoral –varones, argentinos y en edad de sufragar– alrededor del 31 % del total de votantes del país”, pero asimismo constituyeron un 59 % de los votos obtenidos por la coalición triunfante en las elecciones de 1946 (Lattuada, 1988: 33).

En Saladillo, de todos modos, esos beneficios no lograron el éxito de la fórmula Perón-Quijano, que, con sus 2,216 votos, quedó bastante lejos del binomio de la Unión Democrática, que superó los 3,300. No obstante, cuatro años más tarde, y con el oficialismo en su mejor momento, el peronismo pudo recortar gran parte de esa diferencia en la elección para gobernador y renovación parcial del parlamento y del Concejo Deliberante. En esa oportunidad, si bien el radicalismo volvió a ganar, apenas lo hizo por 463 votos. Además, la ventaja de la ucr se cimentó casi exclusivamente en la planta urbana, donde el partido de Alem e Yrigoyen consiguió 434 sufragios de ventaja sobre sus adversarios.[28]

En cambio, el voto rural fue decisivo en dos elecciones para intendente: primero para el triunfo radical en 1948, y luego para el peronista en 1951. En ambos casos, se dio una votación muy cerrada en el casco urbano: en 1948 la ucr apenas se impuso por 33 papeletas en el pueblo y logró estirar la distancia final a 116 votos gracias al aporte rural.[29] En 1951, en cambio, los radicales ganaron por ocho votos en el caso urbano, pero los casi 500 sufragios de la campaña a favor del justicialismo sellaron la victoria de su candidato a intendente, quien se impuso por 5,947 sufragios contra 5,458 de los radicales. La ucr venció en Reynoso, La Margarita y La Barrancosa, cayó en Toledo y Cazón por un margen apreciable, pero sufrió una dura derrota en Del Carril, donde se acumuló prácticamente la diferencia entre triunfadores y perdidosos.[30]

Tres años más tarde, el 25 de abril de 1954, los radicales pudieron revertir esa caída gracias a un triunfo claro en la planta urbana y en la mayoría de los cuarteles, que permitieron absorber los habituales resultados negativos de Del Carril y Cazón y obtener una diferencia de 600 votos sobre el peronismo. En una elección en la que sufragó más del 90 % del padrón (a pesar de ser una jornada algo destemplada y por momentos lluviosa), se destacó el resultado de Toledo, donde la ucr dio vuelta el resultado adverso de 1951, mientras que reforzó sus guarismos en las localidades donde ya había vencido en aquella ocasión.[31]

A pesar del retroceso de la población rural entre 1947 y 1960, aún en esta última fecha el peso electoral del sector rural del partido era considerable, y no podía obviarse en caso de unos comicios reñidos. Por ejemplo, en las elecciones legislativas de marzo de 1960, el padrón de Saladillo era de 15,299 personas, de las cuales 6,471 (un 42.30 %) sufragaban en el campo. La mayoría de los cuarteles habilitaron tres mesas de votaciones. En La Barrancosa, se agrupó al electorado de los Cuarteles viii y ix, con cinco mesas que funcionaron en el Club Carlos Calvo y en la Escuela 21, y un total de 1,150 inscriptos.[32]

Con la proscripción del peronismo y el desencanto de muchos votantes de Frondizi, los radicales del pueblo vencieron con cierta holgura en la renovación de la mitad de las bancas de concejales, aunque consiguieron menos votos totales que en 1958. Esta victoria fue en parte cimentada sobre una estrategia de apertura de comités en las localidades. A lo largo de todo el año, pueden seguirse en la prensa las distintas inauguraciones de locales partidarios. En septiembre, por ejemplo, la ucrp conformó el subcomité La Barrancosa, que funcionaba en la casa de Emilio Taddei. En una muestra de circulación de personas en espacios sociales superpuestos, muchos de esos mismos nombres reaparecieron unos días más tarde en la comisión directiva del club Carlos Calvo, de esa misma localidad.[33]

Vale la pena ahondar en esta cuestión. En 1962, el padrón radical era de 3,322 afiliados, pero 1,600 de esos simpatizantes residían en el campo. En términos proporcionales, los radicales del pueblo mantenían la lealtad de un 25 % del total del empadronamiento rural de Saladillo, una cifra considerable, y más si se tiene en cuenta que, fuera de los breves interregnos en que Hilario Armendáriz fue intendente municipal (1948-1951, 1954-1955, y un pequeño período durante la “Revolución Libertadora”), esa facción de la ucr no había ejercido ningún poder importante desde 1930.

Propiamente en 1962, los radicales del pueblo honraban otra vez su tradición de parcialidad belicosa. En pleno verano, también calentaban el clima político, mientras se acercaba la fecha de elecciones de intendente. Tras fracasar los intentos de presentar una lista unificada, en enero se conocieron las dos fracciones que disputarían una interna para dirimir las postulaciones. Por un lado, se presentaron los “blancos”, encabezados por Guillermo Hansen; por otro, los “amarillos”, enlistados tras la candidatura a intendente de Valerio de Iraola.

Ambas listas mostraban en sus nóminas a varios hombres (las mujeres brillaban por su ausencia, excepto en puestos del consejo escolar) del ámbito rural, como los vecinos Damián Urús, Juan Fagan y Juan Lambert por el grupo “blanco”, y Carlos Martini, Joaquín Ripoll (h), Baldomero Capponi y José Cacciagiú en el bando “amarillo”. El propio candidato amarillo a jefe municipal –un reconocido consignatario de hacienda– era una persona vinculada al mundo agropecuario, aunque exactamente no se lo podía catalogar como chacarero. Para contrarrestarlo, los blancos impulsaban como concejal a un colega y competidor suyo: Rául M. Seoane. De las 19 mesas electorales habilitadas por las autoridades partidarias, 13 estaban en la campaña, lo que demostraba el valor potencial del voto rural en los comicios internos.[34]

Los amarillos vencieron con comodidad esas internas, y la urcp obtuvo también un sólido triunfo en las votaciones generales de marzo, aunque finalmente el gobierno anuló esas elecciones por la presión de los militares, que no tenían ningún encono especial contra los radicales de Saladillo, pero no podían soportar la victoria del sindicalista peronista Andrés Framini para gobernador de Buenos Aires. Todo terminó siendo una fea anécdota, pero debe indicarse que la ucrp venció con amplitud en La Barrancosa: obtuvo 530 votos contra 189 de la lista neoperonista (que usó el nombre “Unión Popular”), 180 de la ucri, 60 de la Unión Conservadora y 13 del Partido Conservador Popular.[35]

En la derecha del espectro político, y tras la experiencia justicialista, a principios de la década de 1960 la Unión Conservadora seguía representando a los viejos estancieros o a sus descendientes. Un claro ejemplo de ello era la lista de concejales presentada por esa agrupación para las elecciones de marzo de 1960: entre los siete puestos en disputa, al menos tres estaban ocupados por apellidos de terratenientes (Mario Candia, Miguel Riglos y Carlos Saralegui). Sus resultados fueron bastante alentadores, en especial en la zona rural, ya que recogieron parte de los sufragios perdidos por los radicales intransigentes y los del pueblo, para sumar 1,346 boletas, un poco atrás de los votos en blanco, que totalizaron 2,101.[36]

Mientras tanto, los radicales del pueblo –y De Iraola en particular– tuvieron su revancha en julio de 1963, cuando lograron alzarse con el triplete (presidente, gobernador, intendente), pero lo más novedoso de esa campaña electoral en Saladillo fue el intento de organizar una fuerza neoconservadora local, relacionada con la candidatura presidencial del general Aramburu. Su fogonero era Raúl Ondarts –un empresario vinculado a Álvaro Alsogaray que sería parte de la fórmula de la Nueva Fuerza en 1973– y llegó a Saladillo en otoño para organizar el armado de la agrupación.

También estuvo de visita Bernardino Horne, exsecretario de Agricultura del gobierno de Frondizi, quien fue presentado como “iniciador de un movimiento que promueve la fundación del Partido Agrario”. Estos esfuerzos aspiraban a constituir una Unión Vecinal, capaz de captar el apoyo de los grupos más conservadores de los partidos tradicionales y canalizarlo a la lucha municipal.[37] La búsqueda de consensos y la deposición de egos tampoco resultaron fáciles entre las derechas. Finalmente, bajo la denominación de “Partido Social Agrario”, sin postular a ningún candidato a jefe de Estado (aunque sí presentaba aspirantes a electores de presidente), pero con el apoyo de un sector de la Federación Agraria Argentina, los vecinalistas lograron constituir una lista municipal, encabezada por Evelio Cotignola y Néstor Almada. Sus principales integrantes se nutrían del conservadurismo y el frondizismo desencantado.[38]

Gran parte de la entusiasta vida partidaria saladillense quedó congelada, al igual que en el resto de la nación, con el golpe de Estado de 1966. Sin embargo, la política siguió su curso, pese a carecer de un espacio institucional donde expresarse. El gobierno militar de Onganía no toleraba a los intelectuales, profesores, estudiantes universitarios y, en general, a cualquier persona progresista, pero soportaba a los políticos pueblerinos. Por eso, no fue extraño que, en marzo de 1967, al fallecer Salvador Di Benedetto, sus exequias se convirtieran en un pequeño acto radical. Al muerto le rindió homenaje Alejandro Armendáriz,

quien dijo en algunos párrafos de su oración fúnebre: su almacén y bar de La Razón, fue centro obligado del comercio de la zona, y también lugar propicio para la tertulia y la camaradería de ese importante y populoso barrio de nuestro partido.

Como puntero del radicalismo, su figura era tan sentida que El Argentino agregó una foto del difunto, algo verdaderamente inusual en las páginas necrológicas del semanario.[39]

La política partidaria comenzó a descongelarse en 1971, cuando el fracaso de la “Revolución Argentina” abrió las puertas a un nuevo proceso electoral. Durante 1972, las agrupaciones retomaron sus actividades, iniciaron las acciones de afiliación y renovaron sus disputas internas. En Saladillo, y como era de esperar, los radicales fueron los primeros en lanzarse a la lucha. En sus elecciones internas de mayo de 1972, de los 1907 sufragios emitidos, 844 correspondían a las trece mesas ubicadas en las localidades y parajes del interior partido, lo que resultaba un significativo aporte del 44 % a la masa de votantes.[40]

Para las elecciones de marzo de 1973, el padrón cerrado en julio del año anterior incluía a 18,109 personas, distribuidas en 11,747 de la planta urbana y 6,362 del área rural. Como puede apreciarse, el registro electoral del campo había perdido un centenar de votantes con respecto a 1960. Además, la opinión pública hablaba de un empadronamiento carente de depuración, que contenía a personas fallecidas y tal vez un millar de casos excedentes.[41] Igualmente, y pese a su declinación en el total del padrón, fueron los votos del campo los que permitieron al peronismo hacer la diferencia para imponerse como primera fuerza municipal (contra todo pronóstico), ya que, en el casco urbano, se dio un virtual empate entre el Frente Justicialista (frejuli) y los radicales en el segmento presidencial.

En la categoría de intendente, el corte de boleta sufrido por el candidato de la ucr, Rodolfo Pérez, sentenció con mayor holgura el resultado a favor del postulante peronista. A pesar de mantener la primacía en gran parte de la zona rural del distrito, los radicales sufrieron duras derrotas en Del Carril, Polvaredas y Cazón, amén de ser superados en Toledo (el pago chico de su candidato), y habían perdido 300 votos con respecto a las elecciones de 1965.[42]

Según mostraron una y otra vez los resultados de los comicios, la gran mayoría de los chacareros dividían sus lealtades partidarias entre peronistas y las variopintas fracciones radicales, pero también existían productores rurales que optaban por expresiones minoritarias del arco partidario nacional. Sus principales referentes eran personas muy respetadas en la sociedad y aquilataban una vasta experiencia en la política y en la militancia corporativa en la Federación Agraria. Representaban lo que los encuestadores contemporáneos califican como dirigentes con alto nivel de imagen positiva y escasa intención de voto, y que el dicho popular sentencia como “predicador en el desierto”.

Uno de ellos provenía del socialismo y se llamaba Isidoro Medina. Su historia de vida es la de un luchador incansable, y un muy documentado artículo de Marcelo Pereyra reseña su trayectoria en los ámbitos del ruralismo y la política, desde los duros años treinta, cuando se convirtió en una de las principales voces contra los abusos de los propietarios, en especial contra los desalojos de arrendatarios. Tenía una explotación agropecuaria en la zona de El Trigo, en el este del partido, donde impulsó la radicación de una escuela rural (ver más adelante). Se presentó repetidas veces como candidato a diputado provincial por el Partido Socialista y publicó un periódico partidario junto a Julio Falasco, cuyos ejemplares forman parte del acervo del Museo local. Una curiosidad adicional es que su hija Irma –también ruralista, publicista y militante socialista– fue la primera mujer en postularse como candidata a intendenta municipal, en 1987 (Pereyra, 2016a y 2016c).

Isidoro Medina falleció a los 83 años, el 1.° de marzo de 1973. El Argentino le dedicó un importante obituario, donde puede leerse: “Desde su juventud militó siempre en el socialismo, defendiendo con entusiasmo sus ideales políticos; su nombre estuvo así ligado durante varias décadas a cuanta representación o lista debiese designar el Partido Socialista de Saladillo”. Como buen antiperonista, había formado parte de la comisión asesora municipal surgida tras el golpe de septiembre de 1955. También tuvo un significativo reconocimiento social al integrar la Comisión del Centenario, en 1963.[43]

La otra rara avis de la izquierda que pobló el universo rural de Saladillo fue Agustín Castorina, a quien tuve la suerte de conocer, ya que, al volante de su Rastrojero, solía frecuentar el negocio de mi padre. Castorina tenía una chacra en La Campana, también fue dirigente de la Federación Agraria y, como señalé más arriba, un socio muy activo en la Cooperativa Agrícola. En política, fue un histórico exponente del comunismo local, al que los conservadores y el peronismo persiguieron con entusiasmo. Incluso pasó una breve temporada en el penal de Sierra Chica en 1955, como represalia por el bombardeo contra la multitud reunida en la Plaza de Mayo, en junio de ese año. Era una persona amable y muy leída, con quien resultaba agradable conversar. Luego de esa charla, el interlocutor quedaba con dos certezas: la primera era que había cruzado comentarios con alguien totalmente convencido de su ideario y de extrema lealtad a su fe; la segunda, que las posibilidades de éxito del comunismo en Argentina eran decididamente nulas, más allá de lo imprevisible de la política nativa. Como en el caso de Isidoro Medina y su prédica socialista, los suelos de Saladillo podían ser más o menos aptos para el maíz o el girasol, pero eran absolutamente infértiles para las semillas del marxismo, en cualquiera de sus múltiples presentaciones.

La religiosidad: de santos, procesiones y fiestas

Si las conexiones y los reclamos vinculados con la política podían servir para conseguir ciertas mejoras materiales, por ejemplo, arreglos de caminos, nombramiento de delegados, alivios tributarios, algún subsidio, o mayor atención a las localidades por parte de los intendentes municipales, era poco lo que los referentes partidarios locales o nacionales podían hacer en cuestiones de mayor peso, como la gentileza de la naturaleza para con las cosechas, la liberación de las posibles pestes y enfermedades de plantaciones y ganados, la salud de las personas, la fortuna de las decisiones, o, más importante aún, la posible trascendencia humana después de la muerte. Estos eran asuntos de la religiosidad, y no se regían por el calendario electoral del país o de las agrupaciones políticas, sino por el santoral.

La masiva llegada de inmigrantes provenientes de países de tradición católica romana no solamente proveyó a la nación de una gran cantidad de fieles que, en casos como el de los italianos, debieron ser atendidos también por sacerdotes venidos de los países de origen (e incluso de las regiones) de los creyentes, quienes tenían dificultades para expresarse en castellano. Además, el aumento demográfico resultó tan significativo que desnudó la carencia de curas locales, por lo que la importación de clérigos se convirtió también en una necesidad.

En el caso de Saladillo, están muy bien documentados el proceso de construcción del primer templo y, luego, su remplazo por el actual en las primeras décadas del siglo pasado. Hay menos datos sobre cómo se institucionalizó la presencia de la Iglesia romana en las zonas rurales, aunque las descripciones de las grandes estancias hablan de las capillas instaladas en muchas de ellas, donde seguramente se practicaban los cultos con alguna regularidad, en especial en las principales celebraciones.

Fuera de estos lugares, sin dudas los crucifijos, las imágenes, las vírgenes y los santos tenían su lugar dentro de las viviendas de chacareros, encargados, puesteros y otros dependientes el mundo rural. Asimismo, el panteón se fue enriqueciendo con la llegada de migrantes provenientes de determinadas zonas de España o Italia, que portaron a sus santos originales y los integraron rápidamente en la religiosidad popular local. Al producirse los casamientos entre migrantes de distintos orígenes, esas devociones se fueron entremezclando.

Una de las décimas compuestas por mi abuelo, descripción en verso de su entonces flamante realidad en el rancho que pasó a compartir con la esposa, en 1929, da una buena muestra de ese sincretismo:

Un cuadro de San José / que me regaló mi mama / enfrente mismo a la cama / con cariño lo colgué; / una rama le agregué / y una vela bendecida / y pa’ más seguro ‘e vida / en la pared sin revoque / también lo colgué a San Roque / un poquito más arriba.

Y, por lo que recuerdo, no era un hombre particularmente dado a la religión (Quinterno, 1973: 30).

En la difícil coyuntura de los años treinta, el mundo chacarero y el de la Iglesia romana se entrelazaron con mucha fuerza gracias al accionar del entonces párroco de Saladillo, el Dr. José Raed. Marcelo Pereyra da un buen panorama sobre la vida de este sacerdote y de su destacado papel contra los desalojos de arrendatarios, que le valieron un gran reconocimiento público. Según su artículo, el ministro ya había hecho una buena experiencia en las cuestiones rurales mientras se desempeñaba como cura en Carhué, entre 1927 y 1933, localidad donde llegó a participar como representante local en congresos de la Federación Agraria Argentina, lo que es todo un dato en sí mismo.

Raed, hijo de inmigrantes sirio-libaneses, llegó a Saladillo tras la muerte del anterior párroco, en marzo de 1933, y demostró enseguida su capacidad de emprendedor. Entre otras varias realizaciones, puso la piedra basal para la construcción de la capilla de Del Carril, en 1938. Estuvo en su cargo hasta 1953, momento en que lo destinaron al conurbano bonaerense, donde murió en 1958. La “repatriación” de sus restos a Saladillo originó una demostración popular muy recordada, y años más tarde se dio su nombre a una plaza en el Barrio Obrero. El destino de la toponimia local hizo que una de las calles laterales de ese espacio verde recibiera la denominación del representante agrario y militante socialista Isidoro Medina, a quien me referí en el apartado anterior (Pereyra, 2017a). Por determinación o azar, la conjunción urbanística entre un cura católico y un político marxista convirtió ese lugar del norte de la ciudad en un pequeño homenaje a la obra de Giovanni Guareschi.[44]

Más allá del indiscutido vínculo que pudo constituirse entre el clérigo y su feligresía, la comunidad rural siempre había expresado su pertenencia religiosa a través de las fiestas patronales. Si bien los relatos de Guido Gandolfo están ambientados en el norte de Córdoba, su descripción de esas celebraciones es aplicable a cualquier otro sitio de la región pampeana, así como las actividades desarrolladas durante esa jornada de conmemoración, que comprendían misa, procesión, banquete, entretenimientos para grandes y chicos, baile, servicio de cantina, cantos de la región de origen y juegos de naipes (Gandolfo, 1995: 57).

Estas ceremonias no eran distintas en Saladillo. Por ejemplo, para festejar las fiestas patronales locales del 15 de agosto de 1961, el club Carlos Calvo de La Barrancosa planeó un programa de día completo: una vez liquidada la liturgia, la diversión empezaba a las 12:00, con carreras de sortijas y pollas; continuaba con un cuadrangular de fútbol; y finalizaba con un “gran baile en el salón del Club”, que amenizaron “el conjunto de jazz de Rudy Varela y el cuarteto de Esteban de los Santos”. La convocatoria era tan importante que habría colectivos desde la ciudad, La Razón, General Alvear y desde El Parche, servicio este que incluía una escala en El Mangrullo.[45]

La mencionada festividad del 15 de agosto evocaba a la Virgen de Nuestra Señora de la Asunción, elegida como patrona del pueblo. Era (y es) la celebración religiosa católica más importante, y, hasta 1976, ese día aparecía en los almanaques locales con rojo, equiparado a los feriados. Pero, para los apasionados de las veneraciones, a la jornada siguiente se conmemoraba a San Roque, el patrono todoterreno de peregrinos, enfermos de peste, personal sanitario y mascotas y, por extensión, de los animales en general, si bien en este último rubro comparte jurisdicción con Francisco de Asís. Como la fama de este santo fue igualmente sostenida por italianos y españoles, San Roque se mantuvo siempre como otro de los puntos altos de la movilización religiosa popular y conservó el reconocimiento de la población rural.

Una muestra tomada de entre las tantas documentadas por la prensa local es la nota que anticipaba el programa del 16 de agosto de 1968, cuando se llevarían a cabo “diversos actos en celebración de la festividad de San Roque, de hondo arraigo” en el pueblo. Conforme era habitual en estos casos, a lo largo del día se efectuaría una misa, el recuerdo de los difuntos devotos y la tradicional procesión, prevista para las 14:30, que culminaría con la bendición sacramental.[46] Los avisos se repetían puntualmente cada año y, en más de una oportunidad, se cerraban anticipando una “crecida adhesión popular a esta clásica celebración”.[47] En 1975, asimismo, la festividad de San Roque incluyó como cierre el “reparto de estampas y pan bendecido”, algo que antes no se había anunciado y que se hizo costumbre a partir de entonces.[48] Todavía en 1979 y 1980, esta fiesta se siguió haciendo, pero para ese momento el programa se había abreviado a una misa y la tradicional procesión.[49]

Asimismo, algunas colectividades de inmigrantes aportaron sus propias figuras. Aunque posteriormente el auge de las quinielas y juegos de azar lo desacreditaron, al convertirlo en referente de una actividad poco relacionada con la espiritualidad, la presencia en Saladillo de un buen número de inmigrantes de Salerno (y en especial de Teggiano) generó una fuerte devoción por San Cono.

Una curiosidad accesoria cuya respuesta aún no pude resolver– es la fecha determinada por esa feligresía para su celebración, el 27 de septiembre de cada año, cuando el día indicado por el santoral es el 3 de junio, momento en que se llevan a cabo las festividades en el resto del mundo donde se lo venera. Esto ya era así al menos en 1930, cuando se celebró al santo con un gran programa de actividades que incluyó una vigilia de bombas de estruendo desde la puesta del sol del 26 de septiembre. Al día siguiente, la celebración siguió con una salva de bombas para recibir el día, concierto de la banda 25 de Mayo a las 07:00, misas varias hasta el mediodía, procesión con quema de baterías desde las 14:30 y un cierre a toda orquesta a las 20:30, cuando frente al templo se quemaron “variados y vistosos fuegos artificiales”.[50]

Más allá del traslado de día, a principios de la década de 1960, se realizaba su conmemoración y la tradicional procesión. En 1962, por poner un caso, la comisión organizadora convocaba a los fieles a las fiestas de ese año, que se iniciaban con una “misa por los socios difuntos”, a las 8:30; a continuación, había otra misa, esta vez en honor del propio santo; y, finalmente, la procesión, pautada para las 15:00.[51] San Cono volvería a ser reconocido el viernes 27 de septiembre de 1963, con misa de difuntos, panegírico del santo y la tradicional “procesión conduciendo la imagen del Santo alrededor de la plaza y bendición en el interior del templo”.[52] Como en otros casos, los avisos se sucedieron sin solución de continuidad hasta 1969.[53] Luego de varios años de ausencia, en 1975 reapareció en la prensa la fiesta de San Cono. En este caso, y por primera y única vez, se nombraba con todos sus cargos a la comisión oficial dedicada a la gala del santo, a la vez que se invitaba a la comunidad a concurrir a los actos.[54] No tengo elementos para asegurar que la conmemoración dejara de realizarse en los años siguientes, pero sí para afirmar que desaparecieron sus anuncios.

Además de la celebración, no fueron pocos los chacareros y pobladores del pueblo que bautizaron con ese nombre a sus hijos. La importancia de esta inmigración y de su santo fue recordada en junio de 1965 por El Argentino, al publicar el obituario de uno de sus devotos destacados. Al fallecer Francisco Cimino, el semanario recordó que había nacido en Teggiano, Salerno, “la región que rinde culto a San Cono y que volcó prácticamente su población en los campos de Saladillo y Lobos, trayendo su tradición familiar, su dialecto y hasta su propio santo”. El difunto llegó a Argentina con 16 años, el 8 de enero de 1900, y se dedicó a las faenas agrícolas en Emiliano Reynoso,

desde el primitivo trabajo de boyero por 6 pesos mensuales, hasta que pudo adquirir su propia tierra en 1918 y también en 1929. Su actividad social se desplegó además en la Sociedad Italiana y en la fundación de la escuela 16, en 1921, junto a Juan Arrospide y Agustín Saizar.[55]

Tal vez gracias a las facilidades en las comunicaciones y los desplazamientos que se abrieron en la década de 1960, reseñados en el capítulo 2, la propia parroquia de Saladillo amplió sus vínculos con los parajes y las áreas rurales. En 1972, se había organizado incluso el denominado “Equipo Parroquial Rural” (epar), que, en noviembre de ese año, se desplazó hasta Azul para participar de un encuentro de jóvenes católicos rurales. En esa oportunidad, la delegación saladillense estuvo en una misa especial, que fue transmitida por Radio Azul.[56]

Una muestra significativa de ese accionar pudo apreciarse en diciembre de 1973 cuando, gracias a las donaciones del vecindario, pudo inaugurarse la capilla de El Mangrullo, puesta bajo el patrocinio de San José.[57] Las tareas para levantar ese templo se habían iniciado varios años antes. En un claro ejemplo de la interrelación entre las fiestas laicas y las religiosas, el fútbol y el baile también podían ser el soporte para una causa mística. Así, el 12 de octubre de 1969, en el Club El Mangrullo y el salón de la Escuela 17 se realizó un campeonato octogonal y un evento danzante, amenizado por Apolo vi (la orquesta de Miguel Ángel Rial) y organizado por la “Comisión Pro-Capilla de El Mangrullo”.[58] Una vez puesta en operaciones la capilla, cada año pasó a festejarse en esa localidad la fiesta de su santo, aunque adaptada a la agenda de los trabajos rurales, ya que, en caso de caer el 19 de marzo en día laboral, como aconteció en la primera ocasión, no había dudas de celebrar a San José con dos días de anticipación.[59]

Desde su puesta en marcha y durante toda la década de 1970, el Equipo Parroquial Rural desarrolló una actividad intensa. Además de efectuar reuniones de manera sistemática, impulsó la realización de programas litúrgicos en las localidades. Estos se incrementaron desde 1973 y, para 1975, ya estaban utilizando con regularidad a las escuelas rurales como sedes para los cultos de comuniones y confirmaciones.[60] Incluso en ese último año, se organizó un conjunto de actividades denominado “Semana Santa en el Campo”, que incluyó celebraciones pascuales simultáneas en Del Carril, Toledo, Reynoso, La Barrancosa y El Mangrullo.[61]

Asimismo, a mediados de 1975, la parroquia local recibió una donación desde Italia, con la que adquirió un automóvil Peugeot 404 cero kilómetro, herramienta fundamental para el “trabajo pastoral que [realizaba] en las zonas rurales”, como se decía en la prensa local.[62] Según puede seguirse a través de El Argentino, las reuniones del EPAR mantuvieron su buen ritmo en los años siguientes, y en 1978 volvió a programarse la Semana Santa en el Campo, en ese caso con actividades en Polvaredas, Cazón, El Mangrullo y Reynoso.[63]

Poco después, en septiembre de 1978, se celebraron las fiestas patronales de La Barrancosa, dedicadas a la exaltación de la cruz, y realizadas entre el miércoles 13 y el sábado 16, día en que el cierre de las actividades concluyó con una cena comunitaria a la canasta.[64] Además, desde abril de 1979, todos los terceros viernes se llevaba a cabo la “misa del campo”. Si bien cada una de estas celebraciones era organizada por una comunidad rural, la liturgia se desarrollaba en el templo de la ciudad.[65]

Pero no todos los inmigrantes, o sus descendientes, eran personas religiosas. Del mismo modo que entre italianos, españoles e irlandeses existía una gran mayoría de fervorosos creyentes del catolicismo romano y sus santos, también estaban presentes las minorías anticlericales. Las influencias del anarquismo en las penínsulas itálica e ibérica, los malos recuerdos de una infancia transcurrida en colegios de comunidades religiosas, la convivencia de las jerarquías eclesiásticas de esos países pobres con los sectores sociales y políticos privilegiados, el conservadurismo de muchos integrantes del clero, y seguramente muchas otras causas de alcance personal y privado convirtieron a no pocos sujetos en acérrimos enemigos de la Iglesia romana y sus representaciones.[66]

Aunque prefiero dejar al protagonista en el anonimato, recuerdo un par de anécdotas contadas a mi padre –y también por él sobre este tipo de comportamientos. La primera de ellas refiere a una de las grandes sequías que afectó a la zona rural de Saladillo en los años setenta. Mientras que el chacarero miraba con preocupación los efectos de la falta de lluvias sobre sus maizales, su esposa rezaba todos los días para que Dios enviara el agua desde el cielo. Cuando finalmente el milagro de la meteorología no se produjo y la cosecha quedó irremediablemente arruinada, el agricultor acabó a escopetazos con el crucifijo de la casa que servía de sitio a las plegarias de su señora, bajo la acusación de simbolizar una divinidad inútil. Poco después, al morir el padre, que era un inmigrante italiano, el mismo chacarero y su hermano removieron con un destornillador la cruz incrustada sobre la tapa del ataúd. Ante el asombro del dueño de la casa funeraria, los hijos del difunto les recordaron a los presentes en el velatorio que su progenitor detestaba a los curas y la religión, un sentimiento adquirido en el internado católico donde había pasado su niñez.

Las fiestas laicas: los espacios de recreación y divertimento

Fuera de la importancia propia y la posibilidad de expresar los sentimientos religiosos de buena parte de la población rural, las fiestas devotas muchas veces eran a la vez la ocasión para enmarcar reuniones recreativas con contenidos laicos. Apenas unos párrafos más arriba, expuse cómo el club de La Barrancosa planeó toda una jornada de esparcimiento y actividad social a partir de la celebración de la fecha de la patrona de Saladillo. Los días especiales, como los feriados, eran la mejor oportunidad para la diversión, pero también cada domingo permitía una pausa y un desahogo de las pesadas faenas del campo.

En el mismo poema donde se refería a los santos colocados como protección de su casa y conjuro contra las desgracias, mi abuelo dejó esta estrofa, que ejemplifica el valor de esos momentos dedicados a la distracción:

Muy poca comodidad / en aquel rancho tenía, / pero le juro vivía / con toda tranquilidad; / borracho de libertad / ningún impuesto pagaba. / Los domingos no faltaba / en mi rancho ‘e barro y paja / juegos de bochas, barajas, / la lotería y la taba (Quinterno, 1973: 30).

Esto no significa que el resto de la semana, de permitirlo las ocupaciones, un chacarero y su familia estuvieran confinados en su propiedad. La imagen del paisano que toma mate con su china bajo el alero del rancho, solamente rodeados por la inmensidad de la pampa, tan popularizada por los almanaques de Molina Campos, caricaturizó al campo y sus personajes en los años cuarenta del siglo pasado, pero no guardaba parecido alguno con la realidad. Como bien pudo apreciar Carl Taylor, los literatos, artistas e intelectuales argentinos se sentían en esa época mucho más atraídos por los gauchos de los tiempos coloniales o de los años de las guerras civiles que por el universo chacarero contemporáneo, al que rara vez retrataron. El mundo rural tenía una grande y permanente cantidad de contactos, tanto intercomunitarios como con las pequeñas ciudades cercanas, e incluso con las grandes urbes, especialmente la de Buenos Aires (Taylor, 1948: 426-432).

El almacén

En el siglo 19, uno de los espacios más significativos de esa comunicación fueron las pulperías. En la centuria pasada, en gran medida ese lugar pasó a ser ocupado por los almacenes y comercios rurales. Ubicados cerca de las estaciones de tren o en encrucijadas de caminos rurales, estos negocios no eran solamente centros de abastecimiento o recepción de bienes producidos por los chacareros de la zona, sino también sitios de información sobre precios, expectativas y condiciones del mercado agropecuario, centro de reunión política, ámbito para los juegos por dinero, lugar para cierre de un trato, o, simplemente, un parador para tomar un trago y socializar con vecinos.

En Saladillo existieron muchísimos, algunos de ellos célebres, como el almacén de La Lola, en Emiliano Reynoso, el Veterano, sobre la actual ruta 63, el de Manuel Villanueva en el Parche, el de Urbano en San Blas, el de Frontalini en Atucha, el de La Unión, en ese paraje, o el de Cardillo, junto a la Escuela 15. En La Razón se destacó el de Salvador Di Benedetto, un puntero radical al que ya mencioné, que se inició en las tareas rurales, pero luego pudo montar “un almacén y acopio de cereales y lanas y cueros, [y] últimamente contaba con una carnicería”.[67] No demasiado lejos de allí, en La Mascota, se encontraba el almacén de Grassi, y sobre la ruta 51 se hallaba el de Evelio Candia, que, como se verá más adelante, hasta en términos organizativos tenía otros objetivos y una constitución más sofisticada. Para una mejor evocación de sus dueños y localizaciones, en el largo recorrido de las estrofas de su poema “Almacenes de campo”, Ramón Brun nombra 41 firmas de este rubro, entre ellas muchas de las ya citadas más arriba (Brun, 2002: 37-44).

Además, la zona rural era normalmente visitada por vendedores ambulantes, que iban por las chacras ofreciendo sus productos, especialmente ropas y telas. Los nombres de algunos de estos comerciantes itinerantes aún se conservan en la memoria colectiva, o sus pertenencias forman parte del patrimonio del Museo, como fue el caso de Yasem Balleto,[68] pero también un hermano de mi abuelo, Rodolfo Quinterno, trajinó los caminos camperos como vendedor y comisionista; y hasta se vio envuelto en un episodio dantesco, el 22 de marzo de 1956, cuando un rayo mató los dos caballos de su carro, hecho que aparece en la cronología histórica de Alberto Benítez (Benítez, 2000: 108). En los años setenta, cuando los caminos y los medios de transporte habían mejorado de manera sustancial, también las principales tiendas de Saladillo destacaban comisiones que recorrían la campaña ofreciendo sus productos, según me informó Lorenzo Espíndola.

Junto con los clubes, los almacenes daban movimiento a una vida rural que no tenía nada que ver con el aislamiento. Basta leer las crónicas de los periódicos locales para ver la riqueza de ese ajetreo social. En la década del treinta, por ejemplo, el semanario La Semana editó durante un tiempo Agriconda, un mensuario de contenidos exclusivamente agrarios, que tenía corresponsales en cada una de las localidades más importantes del partido. Allí se leían, entre otras cosas, las vicisitudes de las vidas de muchos vecinos, que excedían sus chacras y los alrededores, dado que algunos se permitían pequeños viajes a Buenos Aires o La Plata, y no solo por trámites o cuestiones de salud, sino también para gozar de las grandes ciudades; algo que podía resultar peligroso para quienes no estaban acostumbrados a su tráfico, como aparentemente le ocurrió a Alberto Abarca, hijo de Ángel, del que se informó el regreso a La Barrancosa después de su recuperación por el accidente sufrido al ser embestido por un colectivo porteño.[69] Agriconda intentó convertirse en un medio para otorgar voz al mundo rural saladillense, daba cabida a opiniones de profesionales agropecuarios, y distribuía en forma gratuita unos 3,500 ejemplares, pero su publicación se hizo en un decenio difícil y su existencia terminó siendo breve (Pereyra, 2013).

La radio

Los periódicos locales, si bien reproducían noticias del ámbito nacional, mayormente se restringían a cuestiones domésticas, donde los temas rurales solían estar bien representados, de modo que eran un medio importante para vincular a los habitantes del campo con los del pueblo. Pero, sin dudas, el nexo principal entre las familias chacareras y la gran ciudad fue la radio. Como acotó Carl Taylor, esa relación era unidireccional, porque los pobladores del campo no tenían forma de influir sobre las emisoras de la capital, pero, además de las noticias, llevaban la música (en ese tiempo el tango, que pasaba por su era dorada), las propagandas y la atracción de los radioteatros, un género particularmente exitoso. El estadounidense reconoció que, de todos modos, era imposible saber cuánta gente del medio rural poseía un aparato radial en 1946 (Taylor, 1948: 428-429).

Su curiosidad fue saciada parcialmente al año siguiente, por el censo nacional de 1947, que contabilizó unas 620,000 radios entre el millón de viviendas de la Provincia de Buenos Aires, aunque solo dio un número total de aparatos, sin discriminar siquiera entre ciudades y campaña. Sin dudas, esa cantidad fue aumentando en las décadas siguientes, al difundirse las radios a transistores que funcionaban con pilas. Por otra parte, en 1952 en Saladillo empezó a captarse una nueva emisora, LU10 radio Azul, que ampliaba la difusión de las novedades a los partidos circundantes y, por sus temáticas relacionadas con asuntos agropecuarios, era muy escuchada en los parajes del interior del distrito.[70]

A ello se sumó, el 5 de mayo de 1956, el recordado Orlando “Lito” Andriuolo, quien salió al aire por primera vez en Radio Mitre, en un programa matinal sobre el estado del tiempo y la evolución de los cultivos en el área de Saladillo (Benítez, 2000: 108). La expansión de la radiofonía agregó cada vez más detalle informativo. En lo que concierne a este trabajo, por ejemplo, se puede decir que, en la década de 1970, los productores e interesados en el mercado del huevo y las aves disponían de audiciones diarias para conocer las novedades y cotizaciones de los productos. Por un lado, desde 1969 y todas las mañanas, entre las 07:00 y las 07:20, se emitía La hora avícola en Radio Argentina. Por Radio Splendid, a la misma banda horaria, salía al aire Cátedra avícola.[71]

La penetración de Radio Azul en Saladillo se intensificó en 1969, gracias a la construcción de una nueva antena transmisora de 120 metros de alto, ubicada sobre la ruta 51, a la ampliación de la frecuencia de difusión del programa Saladillo, que primero pasó de una a dos veces por semana, para ir desde 1970 de lunes a sábado, y a la incorporación de noticias saladillenses de forma regular en los boletines diarios de la emisora.[72] Asimismo, para mejorar la captación de la audiencia rural, en diciembre de ese mismo año Radio Azul convirtió en cotidiana la audición “Campo y Progreso (…al campo lo que es del campo)”, que hasta entonces se transmitía solamente en ocasión de la temporada de exposiciones, comprendida entre julio y octubre.[73] Además, en septiembre de 1970, se sumó a la oferta LU29 Emisora Cóndor de Las Flores, que también tenía corresponsalía en Saladillo y se presentaba como una emisora zonal.[74]

Pero la radio no solamente podía traer entretenimiento e información. A principios de 1973, la Provincia de Buenos Aires puso en marcha un programa de alfabetización y enseñanza para adultos a través de una emisión denominada Nunca es tarde. El personal docente de cada distrito debía efectuar el seguimiento y la evaluación de quienes desearan participar de esta iniciativa, cuyo objetivo era la acreditación del ciclo primario.[75]

Los bailes de campo

Fuera de esta última acotación, las radios servían para anoticiarse de las cosas y como pasatiempo, en especial para oír música. Mientras pasaban una grabación o un concierto en vivo, quienes receptaban los sonidos podían ensayar sus pasos para el baile, aquella ocasión en que se disfrutaba del ritmo sin intermediación. Las reuniones bailables fueron un clásico del mundo rural durante largo tiempo. El sitio habitual de realización eran los salones de las escuelas rurales, los clubes y algunos de esos almacenes que tenían un lugar suficientemente amplio para montar una cantina, recibir a la orquesta y habilitar una pista destinada a las personas con deseos de danzar. Cada jueves, la sección “Bailes anunciados” de El Argentino ofrecía el programa de los encuentros pautados para esa semana y las siguientes, así como la disposición de medios de transporte para quienes no contaran con una forma de traslado propia.

Para dar algunas muestras, puedo citar el anuncio de un baile en la sede del club Carlos Calvo de La Barrancosa, programado para el 10 de diciembre de 1960. El aviso consignaba las facilidades para llegar en colectivos especialmente rentados desde General Alvear, La Razón y los Cuatro Caminos, con previo paso por El Mangrullo.[76] Meses más tarde, otro mensaje citaba en el salón de la escuela del paraje El Mangrullo, donde tendría lugar una “matiné danzante” organizada por el club Defensores. Antes de bailar, se iba a disputar un partido de fútbol entre los anfitriones y La Razón.[77]

En la primavera del mismo año, el club El Arriero convocó para un baile el 27 de noviembre de 1960, amenizado por la orquesta de José Scarcini. Al igual que en otros casos, un colectivo que salía de la plaza principal de Saladillo llevaría a quienes desearan participar.[78] Un tiempo después, esta misma institución anunció un programa múltiple para las vísperas de las fiestas patrias del 25 de mayo, cuando se realizarían “carreras de sortijas, fútbol y otros juegos y esa misma noche un gran baile con una buena orquesta”.[79]

Estas son apenas selecciones discrecionales, pero, a lo largo de toda la década, esos anuncios proliferaron, sobre todo entre los meses de febrero y noviembre. En determinadas fechas el menú era abundante, como en carnaval y en primavera, y solamente decaía a una expresión mínima entre mediados de diciembre y enero. A mitad de la década de 1960, la oferta de bailes en los parajes era tan surtida que las propias orquestas anunciaban dónde actuarían. Un claro ejemplo de ello es una publicación del 1.° de julio de 1965. En un suelto, Carlos Beneventano informaba sus presentaciones durante las semanas siguientes: “Julio 8, en La Barrancosa; julio 10, en El Cañuelero de Saladillo Norte; Julio 24, Escuela n.° 4; agosto 7, en San Benito y agosto 14, en Cazón”.[80] Ese sería el primero de la habitual tanda de avisos mensuales de este conjunto, que trabajó a agenda completa durante muchos fines de semana, hasta bien entrados los años setenta.

En 1970, por ejemplo, la orquesta de Beneventano comenzó a publicar avisos de media página con todos los bailes anunciados de cada año. En esa oportunidad se podía ver que estaban tomados todos los fines de semana, pero, además, la realización de reuniones en la festividad del Carnaval y las vísperas de los feriados hacía que el conjunto tuviera previsto actuar en más de sesenta oportunidades. De todas ellas, cerca de cuarenta estaban pautadas en clubes o salones de la zona rural.[81]

Lo mismo se repitió al año siguiente. Según un cronograma publicado en las vísperas de la Navidad de 1970, el conjunto tenía ocupado todos los fines de semana de 1971. Sin contar los bailes de carnaval, habría 56 salidas, de las cuales 37 eran en clubes, escuelas y salones de la zona rural.[82] En 1972, la orquesta de Beneventano tenía previstas 59 presentaciones, a las que debían sumarse los tradicionales bailes de las carnestolendas, a realizarse en Colegiales. De ellas, 47 eran en el campo y apenas doce en el casco urbano; curiosamente, todas en el salón de Bomberos.[83]

El auge de estas reuniones determinó incluso la aparición de un sujeto especializado en su conducción: el presentador profesional de baile y eventos. Tal vez el mejor ejemplo fue el de Carlos Ferrario, quien también publicaba su agenda en la prensa local. Por este anuncio podía conocerse que no tendría ningún sábado libre entre marzo y abril de 1968, ya que todos los fines de semana animaría bailes en la zona rural del partido, fuera en la Escuela 6 de Campo Gorch, el salón de Urbano, Cazón o La Barrancosa.[84]

Kermeses y carreras varias

Muchos de esos encuentros bailables se inscribían en las llamadas “kermeses”, que eran jornadas de diversión de larga duración y variedad de atracciones, muchas veces desarrolladas en ocasión de las conmemoraciones patrias. Lo normal era que comenzaran a mediodía, con alguna actividad lúdica y almuerzo, para extenderse a lo largo de todo el día. Si la danza llegaba al atardecer –algo común en domingos–, era una matiné; si, en cambio, la música se dejaba oír de noche, se convertía en baile. Un ejemplo de ellas se observa en los festejos del 25 de mayo de 1969, cuando la Cooperadora de la Escuela 10 de La Margarita organizó un programa de día entero, con carreras de sortijas, cuadreras, un campeonato octogonal de fútbol y el tradicional baile, amenizado por Beneventano. Además, se ofrecería “todo el día parrillada y asado con cuero”[85].

Al igual que en el caso mostrado, entre las actividades competitivas, un clásico eran las carreras de caballos, conocidas como “pollas”, o “cuadreras”, dado el corto trayecto que recorrían equinos y jinetes. A veces estas competencias se realizaban en forma solitaria, como las anunciadas para el 4 de diciembre de 1960, en La Barrancosa,[86] o la pautada para el 10 de marzo de 1968, en el hipódromo local.[87] El problema con estos encuentros era que usualmente generaban apuestas en dinero, y por eso muchas instituciones preferían descartarlas de sus programas de entretenimiento.

Fue lo acontecido en una reunión de la Asociación Cooperadora de la Escuela 40, en marzo de 1967. En esa oportunidad, la comisión directiva propuso la realización de un festival a beneficio del colegio, que incluía una cuadrera. La respuesta de la docente responsable del establecimiento fue tajante: “Ante la posibilidad de organizar una carrera de caballos, la señorita Directora […] deja absolutamente aclarado que no puede permitir la realización de la misma, sin consultar antes la opinión de la Inspectora de Enseñanza”. Después de esta ducha helada, la justa ecuestre se dejó de lado.[88] Sin embargo, no todas las directoras escolares eran tan reacias a las carreras hípicas. En noviembre de 1971, por ejemplo, la Cooperadora de la Escuela 36 organizó un amplio programa de cuadreras, con interesantes premios en efectivo.[89]

Otras carreras que atraían sobremanera a la población de Saladillo, tanto urbana como rural, fueron las de automóviles, en especial las del Turismo de Carretera (tc). Esta categoría fue creada en 1937 y es la más antigua con continuidad hasta nuestros días de la que se tenga conocimiento a nivel mundial. La gran ventaja de las competencias del antiguo tc era que, además de poder seguirlas por la radio, en algunas ocasiones los propios actores acudían hacia su público, al pasar por las rutas locales. Quienes vivían en el campo apenas tenían que trasladarse al margen de los caminos principales para vitorear a sus ídolos del volante, en un espectáculo que, por si fuera poco, era gratuito. En parte, este fue el secreto de su fulgurante éxito, al convertirse en la disciplina más federal del país, que, a lo largo de su calendario, transitaba por las carreteras de muchas provincias.

Así, cuando todavía esos caminos no estaban asfaltados, el 1.° de octubre de 1961 una multitud se agolpó a la vera de las rutas 51 y 205 para ver las glorias del tc. Aquellas “500 Millas Mercedinas”, finalmente ganadas por Juan Gálvez, ya habían movilizado a la gente desde los meses previos, al decidirse que en Saladillo habría una comisión encargada del control de paso. Bastante antes de la carrera, esta junta anunció la venta de rifas para costear sus gastos.[90] La misma carrera volvió a pasar por Saladillo el 4 de noviembre de 1962, con idéntico recorrido. Fue la décima edición de esta tradicional competencia, disputada entre 1952 y 1975, y aquella vez venció Dante Emiliozzi.[91]

Unos años más tarde, en marzo de 1965, la ruta provincial 51 –ya pavimentada– fue escenario del gran premio “Dos Océanos”. El día 7 se corrió la primera etapa, y el 17, la sexta; en ambas ocasiones, y con diferente sentido de circulación, los participantes cubrían el trayecto entre Venado Tuerto y Mar del Plata.[92] Si bien, con la incorporación a principios de la década de 1970 del macabro circuito rutero de 25 de Mayo, el espectáculo llegó a la vecindad, todavía había posibilidades de ver tc gratis desde los alambrados. En febrero de 1976, el gobierno bonaerense organizó y financió el denominado “Gran Premio de Turismo Carretera de la Provincia de Buenos Aires”, una competencia sin puntaje para el campeonato, pero que recorría 1,716 kilómetros del territorio provincial, dividido en dos etapas, una de las cuales pasaba por Saladillo.[93]

Además de las tradicionales carreras del Turismo de Carretera, no faltó la ocasión para que, desde los márgenes de la vieja traza de ruta 205, pudiera verse una competencia internacional. El 11 de mayo de 1970, a las 22:00, Saladillo fue punto de partida de una de las maratónicas etapas de uno de los desafíos automovilísticos más exóticos de la historia: el rally Copa del Mundo, que, a lo largo de 25,000 kilómetros, se desarrolló entre Europa y América, bajo el auspicio del diario británico Daily Mirror.[94]

El frenesí por las carreras de autos quizás condujo a que, en 1968, un socio de la Cooperadora de la Escuela 40 llevara a la asamblea una propuesta tan ambiciosa como distinta a las habituales. Según el libro de actas de la institución, a la hora de evaluar mecanismos para recaudar fondos, los asociados debatieron lo siguiente: “Se trata la realización futura de una carrera de automovilismo, buscando para ellos un asesoramiento completo”.[95] Esta vez, la directora no pudo presentar objeciones éticas, pero igualmente la iniciativa nunca llegó a efectivizarse.

Los clubes y el fútbol agrario

En los ejemplos de bailes y reuniones citados poco antes, presenté algunos de los clubes que poblaban la zona rural saladillense. Muchos eran asociaciones civiles nacidas al calor de la importante movilización agraria desarrollada desde los años treinta. No todos esos colectivos sobrevivieron al paso del tiempo, como fueron los casos de la Agrupación Cultural de Agricultores Bernardino Rivadavia, creada por Isidoro Medina en mayo de 1935, o el Club Juventud Agraria Pedro Goyena, impulsado por Joaquín Ripoll en agosto de 1944 (Pereyra, 2015a).

Uno de ellos, el Centro Juvenil Agrario de Capacitación Carlos Calvo de La Barrancosa, fundado el 15 de agosto de 1930, se fue reconvirtiendo con los años en un club social y deportivo, y tuvo una gran incidencia en ese paraje y en el Cuartel ix en general. La sede original del club Carlos Calvo era de chapas, lo que provocó más de una voladura y reconstrucción, hasta que se levantaron nuevas instalaciones y en 1958 fue inaugurado el piso de mosaicos.[96]

Desde sus orígenes, este club agrario desarrolló actividades de todo orden, desde las simplemente recreativas, deportivas, o sociales, hasta aquellas vinculadas a cuestiones de asesoramiento y apoyo a los productores, o centro de fomento del cooperativismo y el asociacionismo rural. En septiembre de 1946, por poner un caso, el club organizó una reunión destinada a tocar “temas de índole cultural y técnico de sumo interés para el hombre de campo”. El encuentro preveía varios oradores: Sara Abarca, quien disertaría en nombre de la “mujer campesina”, Agustín Castorina, por la Federación Agraria, un veterinario, un ingeniero agrónomo y un delegado de los clubes agrarios, que dedicaría su discurso a “candentes temas del agro y a la importancia de la asociación campesina”.[97]

Tal vez la última expresión de una asociación de este tipo se dio a finales de 1976, cuando un grupo de 30 jóvenes vinculados a la producción agropecuaria de todos los cuarteles del partido fundó el Centro de Juventud Agraria de Capacitación Rafael Obligado, creado en las instalaciones de la Cooperativa Agrícola, cuya presidencia se confió a Lorenzo “Lolo” Espíndola, chacarero, militante radical y asiduo publicista de El Argentino (véase el capítulo 2, por ejemplo).[98] En sus primeros meses de vida, el colectivo logró desarrollar talleres de manualidades y artesanías, así como un curso de mecánica diésel para reparación de tractores, ambas actividades bajo el auspicio de la Federación Agraria.[99]

Sin dudas, el acontecimiento más importante organizado por el centro en su primer año de existencia fue una conferencia de Humberto Volando, presidente de la faa, realizada en el Salón de Bomberos, en agosto de 1977. En plena dictadura, más de 300 asistentes oyeron el discurso del líder ruralista, quien fustigó al gobierno por un régimen tributario que penalizaba la producción y no la tenencia de la tierra, y criticó la unificación de las tasas crediticias, que eliminaron los préstamos de fomento con tasas pasivas.[100]

El centro permaneció muy activo al menos hasta 1980. En septiembre de 1978, por ejemplo, festejó el Día del Agricultor con una cena en las instalaciones del Club Huracán y la participación de unos 200 comensales/agricultores. Por supuesto, hubo discursos de dirigentes de la Federación Agraria sobre la situación del agro en aquel momento, pero también una serie de actividades artísticas.[101] Fuera de las actividades gremiales y sociales, además publicaba notas de interés sobre sanidad animal, en especial de las epizootias vacunas, como las firmadas por su asesor veterinario, Horacio Morena.[102]

No muy lejos del Carlos Calvo funcionaba un espacio físico donde convivían un emprendimiento comercial, un centro de reuniones y un club conformado bajo la figura de una asociación civil. Según el momento del día, o la actividad desarrollada, podía ser respectivamente el almacén de Evelia Candia, el salón de fiestas de El Arriero o el club El Arriero.[103] La publicación de una noticia acerca de la renovación de autoridades del club, cuyo presidente obviamente era el propio dueño del almacén, permite conocer buena parte del elenco de chacareros que eran clientes de mi padre en la zona. Además, como desarrollaré en el próximo capítulo, el club jugó un papel muy destacado en las gestiones que concluyeron con la instalación de la Escuela 40 en sus cercanías.[104]

En el club El Arriero, se practicaban muchos juegos, pero no había lugar para la principal atracción que podía ofrecer una asociación de este tipo, garantía asimismo de convocatorias seguras: el fútbol, o “fóbal”, como lo llamaban comúnmente las personas de mayor edad. De acuerdo con los registros históricos, en Saladillo el primer partido de fútbol se jugó en la plaza Falucho, el 27 de julio de 1904, entre dos equipos (azules y colorados) de un mismo club. Se trataba del Club Atlético, formado apenas diez días antes de ese encuentro y a su efecto. La iniciativa correspondió a Manuel Ibáñez Frocham, y en la comisión de la entidad se daba cita la flor y nata de la sociedad local, desde hijos de estancieros hasta los notables del pueblo.[105]

Al igual que en el resto del país y el mundo, el juego se difundió en los decenios siguientes con un éxito sin parangón con respecto a los otros deportes colectivos o individuales. Alberto Benítez relevó en su cronología las fechas fundacionales de varios de los clubes del interior del partido, así como sus primeros directivos y jugadores, entre ellos: el Club Atlético Pampero, de Polvaredas, fundado el 15 de julio de 1928, bajo la presidencia de Américo Giordano, posteriormente un importante político peronista local; Defensores de Del Carril, creado el 9 de julio de 1941, que jugó su primer partido contra el Club Álvarez de Toledo (que, sin dudas, ya estaba en funcionamiento); o el Club La Unión, que inició sus actividades futbolísticas en febrero de 1960 (Benítez, 2000: passim).

Además de estos clubes con mayor formalidad documental, también existían muchos otros de conformación institucional más sencilla, o directamente nula. En realidad, no eran ningún tipo de asociación, sino, simplemente, cuadros de fútbol. Uno de ellos fue El Tropezón, conformado en el vecindario de la Escuela 15, bajo los auspicios del almacén de Cardillo, que también facilitaba el predio donde se desarrollaban los partidos, un escenario donde –según una décima de mi abuelo– los anfitriones hacían valer su condición de locales (“No saben que el Tropezón / en esta cancha es un lobo”). A esta escuadra le dedicó un poema, que evocaba un encuentro contra el poderoso representativo de La Barrancosa y que había finalizado en un épico empate.[106]

Uno de los aspectos que hace atractivo el trabajo de Luis Lambert es su esfuerzo por describir la vida social de su paraje. Vale la pena detenerse en el apartado dedicado al club La Lola, el fútbol y la Liga Agraria. Según cuenta el autor, La Lola tuvo una primera y frustrada fundación en 1927. Sin embargo, en 1940:

[…] un grupo de jóvenes, a los que se unieron enseguida los jugadores de la primera hora, reanudan la práctica permanente del fútbol, compitiendo con equipos de La Margarita, la Rabia, Monteverde, Saladillo Norte y otras zonas, en un terreno ubicado frente al almacén [La Lola] donde está actualmente la sede social, cancha que cambian luego tres veces, pero siempre en el mismo predio.

Unos años más tarde, el 21 de septiembre de 1952 –y siempre bajo el impulso principal de la familia Elordi–, se fundó el Club Social y Deportivo la Lola, con el objetivo de “fomentar las relaciones sociales, las actividades deportivas y culturales en esa comunidad rural”. Un hecho extraordinario es que, en la década de 1970, La Lola formó un equipo femenino, en el que descollaba Julia Oyhanart. Ese dato de color citado por este autor puede referenciarse en la realización de un torneo de fútbol femenino llevado a cabo en la Exposición de la Sociedad Rural, en 1974.[107]

La Liga Deportiva Agraria de Saladillo se fundó el 11 de mayo de 1968, y un mes después dio inicio el primer campeonato organizado por esta entidad (aunque oficialmente se lo denominó “segundo campeonato”). En esa edición inicial, participaron siete equipos (San Benito, La Campana, San Blas, Atucha, La Barrancosa, El Mangrullo y La Unión), pero, a partir de la segunda fecha, se sumó Santa Elina, y así se completaron los ocho clubes que disputaron las catorce fechas del torneo.

Además de las primeras divisiones, también jugaban las reservas de estos equipos, y en julio se formó un combinado al que se denominó “Seleccionado de la Liga Agraria”, que jugó su primer partido contra la reserva de Apeadero como parte de los festejos del aniversario 105.° de Saladillo. En el novel torneo, el campeón fue San Benito, vencedor por 4 a 1 de San Blas, en un partido de desempate, ya que ambos terminaron la fase regular con la misma cantidad de puntos.[108]

La Liga Agraria, que según Lambert no contaba con otros “antecedentes conocidos en el país según investigaciones de la Federación Agraria Argentina” (Lambert, 1979: 31), tuvo una gran convocatoria y organizó campeonatos regulares muy competitivos, al menos hasta finales de la década de 1980. Además de los equipos ya mencionados, participaron en sus distintas ediciones El Cristo, La Lola, La Mascota, Toledo, Cazón y La Margarita, en una competencia donde jugaban partidos todos contra todos, de ida y vuelta, lo que extendía el torneo a lo largo de casi 20 semanas. Todos eran clubes de localidades o parajes, aunque no todos sus futbolistas vivían en el campo. Por distintos motivos, Defensores de Del Carril y Pampero de Polvaredas, también equipos de la campaña, no participaban de esta liga y jugaban el campeonato con los equipos del pueblo.

Las condiciones para formar parte de los equipos agrarios eran el nacimiento en la jurisdicción del club al que se representaba o una vinculación probada con esa institución, aunque, al momento de fichar, el futbolista viviera en otra zona rural. Además, ninguna formación podía tener más de tres jugadores con residencia en las zonas urbanas establecidas (la ciudad de Saladillo y las localidades de Del Carril y Polvaredas). Sin embargo, a principios de 1973, se flexibilizaron algo las condiciones para incluir futbolistas, al habilitarse la categoría “semiagrario” y autorizar a los clubes a fichar cuatro integrantes de esta clase, que podían sumarse a los tres “urbanos”. Asimismo, en esa oportunidad la Liga decidió catalogar a Cazón y Toledo como “zona agraria”.[109]

El éxito del campeonato inicial de la Liga Agraria llevó a la incorporación de Deportivo Cazón y Defensores de El Cristo en 1969, aunque el torneo perdió a La Unión, participante del anterior.[110] En 1971, la Liga Agraria recibió un nuevo integrante: el Athletic Agro Club, una nueva entidad que funcionaba en Toledo y tenía su campo de juego en la chacra de Puricelli.[111] De todas formas, este club se disolvió en febrero de 1973, y fue absorbido como departamento de fútbol del Club Atlético Álvarez de Toledo, que desde entonces mantuvo su participación regular en la asociación.[112]

El entusiasmo con el fútbol rural saladillense condujo a que, a comienzos de 1972, el Club Social San Enrique solicitara su afiliación a la Liga Agraria, que fue rechazada porque la localidad no pertenecía al partido de Saladillo, restricción impuesta por los estatutos de entonces.[113] En cambio, poco después, se aceptó sin observaciones la afiliación de La Lola, que se había retirado de la liga de fútbol de Saladillo en el marco de un serio conflicto interno. Como pasivo, en ese año se produjo la defección definitiva de Defensores de El Cristo.[114]

El éxito de la actividad impulsó la necesidad de mejorar ciertos aspectos de la competencia que en sus inicios no habían recibido demasiada atención, como el estado de los campos de juego, sometidos a medidas de regularización e inspecciones para verificar sus condiciones. Por otra parte, esto estimuló que algunos clubes sin cancha propia se pusieran en campaña para tenerlas y fortalecer la localía. Fue el caso de Defensores de Atucha, la entidad nacida sobre la base aportada por “algunos jóvenes que practicaban regularmente fútbol en las proximidades de la Escuela n.º 24” (Lambert, 1979: 31). Los azulgranas pudieron disponer de un campo de juego propio en abril de 1971, gracias a la cesión de una parcela propiedad de Mario D’Aloia.[115]

La cara más notoria del suceso del fútbol agrario fue su convocatoria popular. En 1972, cuando la igualdad en puntos al cabo del torneo regular llevó a la necesidad de dirimir el campeón del balompié chacarero mediante un partido de desempate en campo neutral, la prensa informó de la presencia de 4,000 espectadores. En aquella oportunidad, Deportivo Cazón venció a La Barrancosa por tres a uno.[116] Al año siguiente, el último partido del campeonato, entre La Lola y San Blas, fue incluso transmitido por Emisora Cóndor de las Flores. Ese encuentro, jugado bajo la lluvia y con la presencia de más de 2,000 espectadores, culminó con la consagración del recién afiliado equipo de Emiliano Reynoso como campeón.[117]

Por supuesto, el fútbol rural no fue ajeno a las peripecias hídricas del distrito. En 1975, por ejemplo, luego de anular el campeonato iniciado en el otoño y programar otro torneo especial para octubre en su remplazo, la Liga Agraria debió cancelar todas sus actividades oficiales debido a las inundaciones, ya que, en el momento en que la situación mejoró, los productores rurales estaban abocados a las tareas agrícolas, en pos de salvar un año particularmente difícil. La única solución fue la realización de un gran campeonato nocturno en enero de 1976, donde además participarían los equipos de la Liga Deportiva local.[118]

Las complicaciones meteorológicas llevaron también a que, en 1977, el torneo de fútbol agrario se realizara en una sola rueda. La tardanza en comenzarlo se vio agravada por la temprana llegada del calor. Finalmente, la Liga Agraria decidió cancelar la actividad oficial en noviembre. Según comunicó la institución, junto con la canícula, debían comenzar las tareas de recolección de la cosecha fina, otro hecho que conspiraba contra el normal desarrollo del torneo. Por otra parte, la solución pensada para evitar nuevas complicaciones fue la de alentar la instalación de iluminación de algunas canchas para disputar partidos nocturnos.[119]

La situación fue todavía más difícil en 1980, cuando las grandes inundaciones redujeron el número de participantes a ocho equipos. Además, se disputaban jornadas dobles en los estadios de los cuarteles menos afectados por los anegamientos. Aun así, en septiembre debieron programarse todos los encuentros en una sola cancha, la de La Lola en Emiliano Reynoso.[120]

Las escuelas rurales de Saladillo: vida y nervio de las comunidades

Todo ese variado cosmos de recreación abordado en el apartado anterior demuestra que, aunque áspera en términos materiales, la vida rural hasta 1980 era bastante animada en su faceta social. Como también mostré, gran parte de esas actividades de esparcimiento se organizaron en torno a las escuelas rurales, que, por su importancia y significado, merecen ser consideradas con detenimiento.

Cuando la ciudad de Saladillo cumplió 100 años, la Comisión de Festejos encargó a Carolina Buren la tarea de hacer un recorrido histórico del sistema educativo del distrito. Dentro de esa investigación, pueden encontrarse detalles de la evolución de la instrucción básica en el ámbito rural del partido. Según esta autora, ya en 1872 funcionaban algunos colegios en la zona de chacras y en unas pocas estancias. Sea en La Barrancosa o en La Razón, es factible rastrear la continuidad de la presencia institucional escolar, que conoció una permanente ampliación de la oferta, en especial en el período 1920-1930, cuando los establecimientos ubicados en el campo pasaron de catorce a veintidós. Ese número se mantuvo hasta la década de 1940, cuando se produjo otro impulso en la creación de escuelas rurales, para llegar a las 34 operativas en 1963, momento en que Buren efectuó su trabajo. A ellas debía sumarse la Escuela 186, creada en el marco de la Ley Láinez de 1905 y, por lo tanto, bajo jurisdicción nacional hasta su provincialización en 1968 (Volonté, 1964: 78-81).

Asimismo, hay constancias de emprendimientos privados de enseñanza en la zona rural desde 1871 y, como destaca esta autora, era sabida la existencia de maestros que daban clases en los grandes latifundios entonces existentes (Volonté, 1964: 85). Esta situación era común en todo el territorio nacional y constituía un motivo recurrente de queja de los funcionarios del Ministerio de Educación, especialmente porque muchos de los docentes ad hoc eran extranjeros, y muchas veces también ellos eran trabajadores de las estancias. Sin ir más lejos, fue la realidad en la que se encontró mi propio abuelo, sin paso a lo largo de su vida por colegio alguno, al haberse convertido, con solamente siete años, en uno de los once huérfanos que un padre recolector de maíz dejó a su viuda en 1912. Como él escribió en su poema “Así soy de criollazo”: “Escuela no conocí / ni tampoco tuve infancia / mi escuela fue alguna estancia / donde a vivir aprendí” (Quinterno, 1973: 9).

Más allá de toda anécdota, la evolución del sistema escolar saladillense resulta avalada por los datos de los distintos relevamientos escolares oficiales llevados a cabo en la primera mitad del siglo 20, que exhiben un crecimiento permanente –aunque lento, es cierto– para el sector primario y un registro mínimo para la educación media y superior. Así, es posible aislar algunos indicadores interesantes del censo nacional educativo de 1909. En ese año, de 3,932 niños de Saladillo en edad escolar (menores de 14 años), solamente asistían a las veinte escuelas del partido el 36.8 %. Además de ello, de los 1,926 escolares registrados, 467 había aprendido a leer en sus domicilios, algo que incluía a los establecimientos donde trabajaban sus padres, lo que respalda la afirmación de una enseñanza básica impartida en las estancias.

En el censo provincial de 1931, se registraron 4,075 menores de 14 años, de los cuales 2,105 concurrían a los colegios primarios (casi un 52 %), pero también se contabilizaron 1,901 analfabetos de entre 7 y 14 años. La gran mayoría de esa joven población vivía en la zona rural (3,276 niños). Además, dentro del universo considerado alfabetizado, el 86 % de los casos solamente había asistido hasta el viejo tercer grado del ciclo primario (de 2,343 casos relevados, 2,021 declaraban haber llegado a ese nivel), y apenas el 13.74 % había culminado el antiguo sexto grado, punto de llegada de la educación primaria. Otro dato destacado de esa información era que 1,733 de los menores censados trabajaban y que, de ellos, 1,624 lo hacían en sus casas o con sus grupos familiares.

En 1943 se realizó el cuarto censo nacional escolar. Esta encuesta contenía además una gran cantidad de información adicional, como datos acerca del hábitat de la niñez, los motivos de la deserción y la educación de los padres, al mismo tiempo que extendió los cuestionarios hasta las personas de 22 años, lo que amplió la muestra de Saladillo a 17,856 casos. En aquel año, 2,394 niños de hasta 13 años concurrían a la escuela, pero 1,278 personas de ese universo nunca habían ido al colegio, y 692 habían asistido, pero ya no iban. Del grupo de entre 14 y 21 años, el 81 % había concurrido, pero sin finalizar el ciclo primario completo. Un aspecto significativo era que se consultaban los motivos del abandono de la escolaridad primaria. De ahí surgía que 1,122 personas solo habían llegado a tercer grado, y que 503 abandonaron la escuela para ir a trabajar, 285, por falta de oferta de grado en el lugar donde vivían, 444, por “negligencia”, 263, por la distancia a los establecimientos, y 57, por pobreza. Asimismo, se detectaron 271 analfabetos de 14 a 21 años (177 varones y 94 mujeres), pero los padres y madres de todos los entrevistados que no sabían ni leer ni escribir alcanzaban un 18 %.

Ese mismo porcentaje ya había sido consignado por el censo agropecuario de 1937, al preguntar por el nivel de instrucción de los emprendedores rurales saladillenses, cuando se informó como analfabetos a 338 de los 1,866 productores. Borracer sostiene que todavía en 1960, y según el censo de ese año, vivían en el campo saladillense 2,085 personas analfabetas, es decir, un 17.7 % de la población rural del partido (Borracer, 1984: 85); pero esa cantidad parece excesiva si se tiene en cuenta una investigación hecha poco más tarde, los días 8 y 9 de noviembre de 1965, cuando se realizó en el territorio provincial un “relevamiento general de analfabetos” y se pudo conocer que, en el partido de Saladillo, había 1,080 personas que no sabían leer ni escribir, aunque apenas 43 eran menores de 20 años y 646 de ellas habitaban en la campaña.[121]

De todas maneras, más allá de la lentitud con que bajaba, ese índice ignominioso continuó su curva descendente en los años siguientes. Para 1980, la situación bonaerense en materia de educación rural era la mejor a nivel nacional, con un índice de analfabetismo del 6.8 % (era del 9.5 % en 1960), muy por debajo del 14.8 % indicado por el censo de 1980 como tasa nacional de analfabetismo rural (Rodríguez Sánchez, 1987: 77).

La permanencia de malos indicadores de nivel educativo en la zona rural tenía sus múltiples explicaciones. Allí estaban esas escuelas que no podían ofrecer clases desde cuarto a sexto grado, y era el sitio donde el trayecto que separaba la residencia familiar del colegio sumaba una dificultad anexa. En efecto, un hecho que impresionó a Carl Taylor fue la distancia entre las casas y las escuelas en aquellos pueblos o pequeñas ciudades que visitó. De acuerdo con sus cálculos, casi un 53 % de las viviendas de chacareros distaba a más de tres millas (5 kilómetros) de la escuela más cercana, y el 31.6 %, a más de 9 millas (14.5 kilómetros) de los centros comerciales (Taylor, 1948: 218-219). Ese dato fue acopiado también por el censo agropecuario de 1937, bajo una planilla especial denominada “Ubicación de las explotaciones con relación a la escuela pública”. Para Saladillo, la relación de cercanía era algo mejor, ya que un 52 % de las unidades productivas estaban a menos de 5 kilómetros de una escuela estatal, pero también hay que decir que más de un cuarto de las explotaciones tenía su colegio a más de 5 kilómetros de recorrido, y, en un 16 % de las fichas, los censistas no pudieron determinar cuán lejos quedaba la escuela más cercana de la chacra donde realizaron su encuesta.

La distancia entre las chacras y las escuelas era un problema importante, pero más relevante aún resultaba el abismo entre las posibilidades de educación y acceso a otros bienes de desarrollo humano entre la población de las ciudades y la campaña. Una de las observaciones más agudas de Taylor es la siguiente: “El aislamiento cultural de las clases medias y bajas de la agricultura argentina es mucho más grande que su aislamiento físico” (Taylor, 1948: 431). Para la época de la observación del estadounidense, esto tenía una muestra determinante en la limitadísima propuesta de los colegios del campo para con sus estudiantes, al punto que, en 1948, un estudio oficial informaba que apenas el 9 % de las 10,335 escuelas rurales argentinas ofrecían los siete años de educación primaria.[122]

Este dato contundente explicaba la función original asignada a los establecimientos educativos radicados en las zonas rurales: la alfabetización básica. La lucha contra el analfabetismo se intensificó con la aplicación de la Ley n.° 4,874, sancionada en 1905 y conocida por el nombre de su impulsor –el senador Manuel Laínez–, que difundió la instalación de escuelas primarias de jurisdicción nacional en las áreas más postergadas del país, como complemento de la Ley n.° 1,420, cuyo alcance se restringía a la Ciudad de Buenos Aires y los territorios nacionales.

Este esfuerzo, y el realizado por la Provincia de Buenos Aires, logró mejorar de forma notable las cifras de niños con escolarización mínima, pero gran parte de esa población apenas recibió unos conocimientos esenciales, y solamente a partir de la década de 1950 la mayoría de las escuelas rurales bonaerenses pudo completar la oferta educativa de siete grados, algo que las ponía en un relativo pie de igualdad con los establecimientos urbanos.

De hecho, la escuela rural fue el tema de las jornadas pedagógicas panamericanas de 1960, desarrolladas en el Instituto Bernasconi de la Capital Federal, en la primavera de ese año, bajo el auspicio del Ministerio de Educación de la nación, y con la participación de representantes de gran parte de Latinoamérica, docentes de casi todas las provincias argentinas, y delegaciones de la Federación Agraria, el Ministerio de Agricultura y el inta. Las propias autoridades partían del supuesto del atraso de la educación de campaña, a punto tal que la calificaban como anclada en el tiempo, con una acción casi inmutable desde 1884, “sin entrar en el ritmo de vida de la hora presente”.[123]

La gran cantidad de exposiciones y trabajos presentados insistían en la escasa calidad de la educación ofrecida por la mayoría de las escuelas rurales, debida a las malas condiciones edilicias, la falta de formación específica de sus docentes, las dificultades representadas por las distancias y los caminos, la carencia de recursos pedagógicos y didácticos, la inexistencia de una dependencia específica del Consejo de Educación que atendiera las cuestiones propias de estos colegios, o la imposibilidad de cumplir con los objetivos de los programas de cada ciclo de enseñanza en aquellos casos en que un único maestro debía dar las clases.

Además de esto, la homogenización nacional de programas y contenidos, confeccionados sobre la base de modelos, necesidades, consumos y estilos de vida eminentemente urbanos –ampliados por la difusión masiva de bienes de confort desde finales de los años cuarenta–, contribuyó a un progresivo divorcio entre las escuelas rurales y sus comunidades. Según decía una de las ponentes del congreso:

El fracaso de nuestra escuela rural incide en su desentendimiento con el ambiente. Siempre es la misma escuela urbana, trasplantada con maestra y todo al campo, sin más semejanza con el medio rural que la miseria de sus materiales y útiles de trabajo.[124]

Casi todas las personas participantes de las jornadas reclamaban la adopción de cambios y solicitaban esfuerzos que permitieran a las escuelas de campaña dejar de ser colegios de segunda categoría, pero hubo también algunas posturas que consideraban normal y apropiado ese estatus marginal. Uno de ellos fue Luis María Monferrer, quien, en su colaboración (por llamarla de algún modo), sostenía que el objetivo de la educación en el campo debía ser “la formación de niños argentinos con la mínima capacitación”. Sus contenidos tenían que instruir a la descendencia de chacareros y campesinos en “el amor al trabajo, a la familia y a la Patria”: “[…] el hijo de un agricultor no puede convertirse en médico o abogado. Este hecho puede sólo producirse excepcionalmente, en razón de las inteligencias superdotadas”.[125]

Más allá de estas consideraciones, en lo relativo a la matrícula primaria de Saladillo, a principios de la década de 1960 todavía concurrían más estudiantes a las escuelas rurales que a las urbanas. De acuerdo con las cifras recabadas por Carolina Buren, en 1963 había en el sector público 1,550 escolares en la ciudad y 1,807 en la campaña, a quienes debían sumarse respectivamente 230 del colegio confesional local y 39 de un establecimiento rural (Volonté, 1964: 86); pero esa situación cambió en unos pocos años, cuando el despoblamiento del campo y el estancamiento demográfico general del distrito comenzaron a mostrar sus efectos.

Así puede verse en dos fotos ofrecidas por Luis Borracer. La primera corresponde a 1968, cuando, según sus investigaciones, concurrían a las escuelas primarias de gestión oficial 3,371 estudiantes. Aunque el número total era casi igual al de 1963, en apenas un lustro los establecimientos rurales habían perdido un 32 % del alumnado, ya que registraban 1,056 escolares. La segunda instantánea, de 1975, capturó uno de los peores momentos del descenso de la matrícula del municipio, debido a la retracción demográfica: la inscripción total había caído a 2,184 alumnos, con una pérdida superior al 54 % en apenas siete años. En cambio, en este lapso temporal, la zona rural retrocedió un 14 %, con una presencia de 926 estudiantes. De todas formas, esto significaba que, en las escuelas de campo, quedaba la mitad de la población escolar de 1963. Solamente los colegios de gestión privada escapaban al vaciamiento de las aulas, al pasar de 343 estudiantes en 1968 a 443 en 1975 (Borracer, 1984: 75-78).

Por otra parte, uno de los temas abordados de manera más recurrente en las jornadas pedagógicas de 1960 fue la imposibilidad de las escuelas rurales de ofrecer la continuación de estudios formales a sus comunidades una vez terminado el ciclo primario. Por desgracia, esta limitación no pudo ser resuelta en lo inmediato y se convirtió en una de las grandes debilidades del sector. No obstante, en el tiempo en que se realizó ese congreso, este no era un problema exclusivo del campo, ya que, en el Saladillo de esa década –y a pesar del alto índice de escolarización primaria–, el acceso, la permanencia y el egreso en la educación secundaria todavía seguía siendo muy restringido, tanto por motivos sociales y económicos, como de género.

El primer gran inconveniente para la expansión de la educación media en el distrito fueron las dificultades para lograr el funcionamiento regular de un colegio público secundario, que no pudo estabilizarse hasta la década de 1940. Esas vicisitudes se reflejaron en el censo de 1943, donde se informó que apenas 142 estudiantes locales, de entre 14 y 21 años, habían pasado por el nivel medio (un misérrimo 3.8 % de la matrícula primaria), mientras que nada más que 92 concurrían en ese año. Por supuesto, en cuanto a los estudios universitarios, sobraban los dedos de la mano, ya que se contaron apenas nueve universitarios saladillenses, entre ellos, ocho varones y una sola mujer.

Pero, veinte años más tarde, la situación no era tanto mejor. Para poner unos pocos ejemplos, puedo decir que, en el año académico de 1961, el Colegio Nacional apenas produjo dieciocho egresados, y, entre ellos, solo había una única mujer.[126] Al año siguiente, la ceremonia de graduación involucró a trece estudiantes, aunque pudieron contarse dos mujeres.[127] Al finalizar el ciclo lectivo de 1963, el Nacional produjo diez bachilleres (que se dividían en mitades iguales entre varones y mujeres), pero ese año también egresó la primera cohorte de peritos mercantiles, compuesta por nueve estudiantes (siete varones y dos mujeres). En cambio, durante todo ese decenio, fue numerosa la promoción de maestras normales salidas del Instituto Niño Jesús, con una cifra constante cercana a las cuarenta egresadas.[128]

Recién en 1966 pudo superarse la barrera de las 30 graduaciones, pero aún en esa fecha la cantidad de mujeres recibidas seguía siendo exigua.[129] Todavía en 1968 el número de egresados del Colegio Nacional era bajo: veinte bachilleres y once peritos mercantiles, y, de estos últimos, únicamente dos eran mujeres.[130] Solamente a principios de la década siguiente, el nivel de egreso comenzó a incrementarse de modo regular: en 1971 egresaron del Nacional veinte bachilleres y dieciséis peritos mercantiles, en tanto se produjo la colación de la primera cohorte de técnicos electromecánicos, que eran ocho estudiantes.[131]

Este incremento de la graduación media, que acompañaba las cifras nacionales aportadas por las estadísticas de Ministerio de Educación (una suba de casi el 17 % para el quinquenio 1967-1971, y un crecimiento del estudiantado universitario de un 21 % en ese mismo lustro),[132] siguió en el decenio su curso ascendente en Saladillo, con un número cada vez mayor de egresados del Colegio Nacional, a quienes se sumaban el grupo de técnicos de la Escuela Industrial. Como puede seguirse en este recorrido, e incluso contando a las alumnas del magisterio, que carecieron de oferta en el sector estatal local hasta inicios de la década de 1970, la gran mayoría de los adolescentes –habitaran en el pueblo o en el campo– estuvo mucho tiempo marginada de la escuela secundaria.

Pero tampoco fue sencilla la tarea de ampliar la cantidad de establecimientos rurales de nivel primario, ni puede emitirse un juicio solamente por la cantidad de locales. En el detrás de la escena de esos momentos ya señalados en que creció el número de escuelas, además de la voluntad de la administración pública, siempre estuvo la presión de la comunidad, que fatigó todas las instancias burocráticas hasta conseguir su objetivo. Algunos casos han sido nombrados al paso, en el marco de exposiciones de biografías de personajes locales que comprometieron sus esfuerzos para hacer realidad la apertura de la escuelita del paraje, como fue el caso de Isidoro Medina.

Justamente este representante agrario tuvo mucho que ver en la radicación de la única escuela Laínez del partido, la entonces numerada como 186 (actualmente, es la Escuela 43, situada en La Campana), donde atendió un verdadero anhelo de educación, ya que el ciclo lectivo inicial contó con 68 estudiantes y, sin embargo, según la prensa local, había al menos 100 niños que aspiraban a ingresar, lo que motivó a los vecinos a escribir al Consejo Nacional de Educación para pedir la designación de al menos otra maestra, a fin de colaborar con la primera docente designada para atender el establecimiento.[133] En 1936 la escuela tenía 90 alumnos, pero en 1963 la matrícula había descendido a 53 estudiantes (Volonté, 1964: 78).

La historia de la Escuela 27, en el paraje San Blas, no resulta muy distinta. Según una reseña hecha con motivo de su 75.° aniversario, en 1942 Francisco Bagnato prestó un salón donde se dictarían las clases a las que concurrirían 98 estudiantes. Un año después, con la designación de la primera maestra, se consiguió la oficialización. Pero el local donde funcionaba el colegio no soportó un fuerte temporal, y la docente con sus escolares debieron reasentarse en el almacén de Ángel Urbano, donde estuvieron hasta que, producto de los petitorios del vecindario para conseguir una sede definitiva, el gobierno provincial pudo construir el edificio de material que aún se conserva, junto a la ruta nacional 205, en un solar de una hectárea que habían donado los hermanos Bagnato en 1943.[134]

Del mismo modo, el surgimiento de la Escuela 10 de La Margarita, en 1908, se debió a una donación de Cecilia Eusebia y María Teresa Risso,[135] y la Escuela 15, fundada en 1921, también se instaló sobre una cesión, en este caso el de la Sra. Emilia Soria de García. Cincuenta años después, la misma familia concedió asimismo el predio donde se levantó un renovado salón de fiestas.[136] También la Escuela 11 recibió en su totalidad los terrenos, las mejoras y las construcciones que durante muchos años ocupó el club El Cañuelero, gracias a la donación efectuada por los hermanos Lili, depositarios legales de la disuelta asociación.[137]

Del mismo modo, muchos clientes de mi padre tenían compromisos fuertes con las comunidades escolares de sus vecindarios. En el próximo capítulo, me ocuparé con detalle de la Escuela 40 de La Barrancosa, pero algunos de sus chacareros de La Mascota integraban la Comisión Cooperadora de la Escuela 31, como los hermanos Pérez y Ventura Moreno, el suegro de ambos, los hermanos Recalde y Juan Baiocco.[138]

También varios clientes de La Razón hacían lo suyo con la Escuela 15. Incluso cuando este colegio inauguró su nuevo salón de actos en el invierno de 1971, algo que no hubiera sido posible sin las donaciones y el apoyo de la comunidad, muchos de los contribuyentes que aparecieron en un listado de agradecimiento no regatearon en aportar dinero, lechones, corderos, cajones de vino o gallinas, aunque varios de ellos enviaban a su descendencia a las Escuelas 40 y 31. En esa oportunidad –y de forma casi simbólica–, también efectuaron donaciones instituciones como la Cooperativa Agrícola, que hizo la modesta contribución de una damajuana de vino. Además, no faltó quien enviara como presente una botella de coñac y otra de Hesperidina.[139]

Según se aprecia en estos y otros ejemplos, para satisfacer sus necesidades la comunidad debía anteponerse al Estado, a fin de forzarlo a convalidar los hechos. Las escuelas rurales podían ser creadas y hasta las autoridades se permitían dotarlas con una planta orgánica mínima, pero la materialización del deseo solo llegaba cuando se lograba el edificio, y esta tarea, la mayor parte de las veces, era producto del aporte de los chacareros de la zona. Ello se constata asimismo en el caso de la Escuela 34 (situada entre La Barrancosa y José María Micheo), que debió su radicación a las donaciones de particulares.[140] Más allá de la voluntad puesta por el vecindario, la sede escolar no pasaba de ser una escuela rancho, y su déficit edilicio fue motivo de gestiones oficiales desde principios de la década de 1970. Si bien en 1975 se la incluyó en un plan de obras de emergencia,[141] solamente el 30 de noviembre de 1979 pudo inaugurarse el edificio definitivo de material.[142]

Aunque precario durante muchos años, la Escuela 34 tenía un inmueble. Por el contrario, muchos colegios no disponían de instalaciones propias, y a veces padecían las vicisitudes y vaivenes de las propiedades donde funcionaban, además de la recurrente falta de recursos de la Dirección General de Escuelas provincial. Una muestra clara pudo verse a principios de 1962, cuando el comisionado escolar del municipio, Lorenzo Aparicio, se dirigió al Ministerio de Obras y Servicios Públicos nacional “solicitando un tranvía en desuso” para que pudiera funcionar la Escuela n.° 36 del distrito. El funcionario explicaba que la escuela se hallaba en el paraje La María Antonieta, en Álvarez de Toledo, y a unos 30 kilómetros de Saladillo, pero la situación era grave:

[Va a] ser desalojada del galpón que ocupa y que es cedido por el propietario de la tierra, Sr. Mateo Defelippis. Y digo galpón, cuando en verdad es sólo medio galpón de barro, piso de tierra, con una puertita y dos ventanucos, donde funciona esta escuela del Estado Argentino.

La nota continuaba describiendo una situación de aislamiento y miseria propia del siglo 19, ya que el medio tinglado restante estaba ocupado como depósito de granos. Aparicio elogiaba de todos modos al dueño del lugar, ya que lo había ofrecido generosamente, pero comentaba la necesidad del dueño de recuperarlo para guardar cereales y herramientas. La nota del comisionado continuaba así:

Hace dos años y medio que lo tiene prestado en estas condiciones. Para reemplazar al derruido e inhabitable galpón, el señor Defelippis ha donado a la Dirección de Escuelas una esquina de lo más alto de su campo, 50 x 50 metros, para que allí se instale la nueva escuela. Solo hace falta hacerla.

La misiva cerraba indicando que asistían a ese colegio 18 estudiantes, “hijos de chacareros afincados en la zona”.[143]

Otras historias recompensaron la tenacidad vecinal con un final feliz. Fue la situación de la Escuela 23, situada en San Benito. La construcción de un edificio nuevo, de material y con mayor comodidad, motorizó una pertinaz acción de su Asociación Cooperadora durante 1962. El punto culminante fue una gran celebración para festejar el feriado del 12 de octubre. En esa ocasión, los cooperadores organizaron un amplio programa de festejos, destinados a juntar fondos para la biblioteca del colegio. La diversión incluía, en primer término, “números de arte folklórico”. Después del almuerzo, se anunciaban carreras de sortijas y cuadreras, carreras de bicicletas, “y un partido de fútbol entre el cuadro local y Carlos Calvo de La Barrancosa, disputando una copa donada por el presidente del Club, Sr. Mariano Bruno”. La competencia hípica incluía un premio de $60,000. Como atractivo adicional, el anuncio se cerraba de esta forma: “Habrá parrillada desde la mañana para comodidad del público”.[144]

El nuevo local se inauguró el 17 de agosto de 1963. La asociación comunitaria agradeció luego “la brillante cooperación del vecindario y público en general, y del cura párroco”. También se destacaba el gesto de la señora Ilda Gallo, quien “donó a la Cooperadora el sol de noche que le correspondiera en la rifa”. Según puede verse, en una empresa de este tipo, contaban hasta los gestos más sencillos.[145]

Igualmente, la presencia del esfuerzo privado y comunitario en la construcción de edificios escolares no fue solamente una cuestión de las escuelas rurales. El nuevo establecimiento del Colegio Nacional (inaugurado en 1977) fue costeado principalmente por la comunidad local, que aportó el 85 % de los recursos necesarios para levantarlos. En 1969, cuando se iniciaron los trabajos, se calculó que la sede costaría $120,000,000, de los que el Ministerio de Educación contribuiría apenas con $18,000,000.[146] Aunque es cierto que las autoridades municipales lograron subsidios estatales para aliviar los pagos, el edificio no se hubiera culminado sin el aporte extraordinario de su cooperadora y el vecindario.

En su carácter de centro referencial de las comunidades del campo, las escuelas sirvieron asimismo para la divulgación de cuestiones relacionadas con la vida económica y social chacarera. Bien decía El Argentino al sostener que “la escuela rural no sólo puede educar a los niños, sino también orientar y enseñar a los mayores”. Esta reflexión era el corolario de una nota que daba cuenta de una reunión desarrollada en la Escuela 20, el sábado 7 de septiembre de 1968, donde la Cooperadora escolar, padres y madres de estudiantes y vecinos participaron de una serie de charlas guiadas por profesionales sobre los temas más diversos: las enfermedades de los animales, el cuidado de los perros de la chacra, la apicultura, la polinización de frutales, etc.[147] Ese mismo día, pero en la Escuela 19 de La Razón, se festejó el día del productor agrario, en este caso con una exposición de un técnico del inta acerca del control de malezas.[148]

De todas formas, el edificio en sí mismo no constituye una escuela. Es imposible pensar la educación sin su comunidad, el estudiantado y el o la docente. Tanto en las mencionadas jornadas de 1960, como en un trabajo de la Dirección General de Escuelas de 1984, uno de los problemas más citados era la escasa preparación y experiencia de la mayoría de los maestros rurales.

En un sentido lógico, la asignación de un puesto en una escuela del campo era comúnmente el primer paso de una carrera profesional, y la mayoría de las personas del magisterio que llegaban a esos colegios alejados y muchas veces marginales deseaban transitarlo de la manera más veloz posible. Este problema de la docencia rural fue objeto de un proyecto de ley de Fernando Volonté y otros dos diputados radicales en la legislatura bonaerense, por el que se pretendía aumentar el cómputo por antigüedad en un 50 % para quienes ejercieran en ese ámbito, como una forma de estímulo para mantener las plantas docentes en el campo.[149]

Aunque en 1978 se creó la carrera de Asistente Rural, con dictado en los institutos de formación docente de la provincia, con el objeto de “establecer un nexo entre la Escuela Rural y la Comunidad”, esta titulación no logró despertar entusiasmo ni, mucho menos, colmar las necesidades profesionales de los docentes de campaña.[150] La cuestión no tuvo solución en el mediano plazo, y en el próximo capítulo podrá notarse cómo desfilaban docentes y directivas por la Escuela 40, donde permanecían por períodos fugaces.

Pero no todos los maestros rurales se desempeñaron en forma tan efímera. Otros mostraron que la tarea emprendida era el producto de la convicción y la vocación, y lograron enraizarse con las comunidades donde sirvieron. Sin dudas, podrán citarse varios casos, pero tal vez el de Jorge Novella es el más reconocido, a punto tal de ser retratado en un libro, al tiempo que Marcelo Pereyra escribió un artículo donde hace una distinguida semblanza sobre su vida personal y laboral. Allí puede leerse que su abuelo fue arrendatario en Tres Bonetes, para luego convertirse en propietario, y que su propia madre también ejerció como maestra rural (Pereyra, 2018e). Su huella resultó tan profunda que, al momento de jubilarse, en mayo de 1994, recibió un homenaje de los vecinos de La Razón, La Mascota y Los Gatos (partido de Alvear), tres de las localidades donde fue docente (Benítez, 2000: 155).

Asimismo, en el texto de Mario Bianchini, puede comprenderse hasta dónde podía ampliarse el papel de un maestro rural. Según este autor, una de las tareas cotidianas de Novella era llevar el pan a su escuela, así como proveer a los padres y madres de sus estudiantes bienes, repuestos o insumos que debían ser conseguidos en Saladillo (conocidos como “encargos”). También recogía a algunos escolares, cuyos padres los acercaban en sulky al camino por donde pasaba. Como queda dicho, al tiempo que trabajaba de docente, era comisionista, chofer, representante, vocero, etc. Un cúmulo de responsabilidades que solo podía descansar sobre la base de una actitud y una aptitud férreas (Bianchini, 1994: 8-12).

El edificio, el personal docente, los escolares, la cooperadora, las celebraciones patrias, los encuentros sociales, los bailes, el centro de reunión, etc. No hay dudas de que las escuelas rurales constituyeron el alma de la vida de los parajes, e historias como las reseñadas podrían multiplicarse en cada cuartel. En esta investigación, el interés, el recorte geográfico escogido y los actores involucrados me llevan a bajar la lupa sobre un caso concreto: el de la Escuela 40. La intención de poner en movimiento el juego de variables que han ocupado los apartados de este capítulo será entonces el objetivo de la próxima sección.


  1. “Electrificación para Del Carril”, El Argentino, 06/11/1969.
  2. “Importante reunión, El Argentino, 18/03/1971.
  3. “Electrificación rural”, El Argentino, 10/06/1971.
  4. “Reunión Sobre Electrificación Rural”, El Argentino, 04/11/1971; “Se constituye la Comisión Pro Electrificación Rural de Saladillo”, El Argentino, 11/11/1971; “Electrificación Rural”, El Argentino, 23/12/1971.
  5. “Electrificación Rural en Saladillo. Encuesta a productores rurales”, El Argentino, 11/05/1972.
  6. “Electrificación Rural en Saladillo: paso al progreso”, El Argentino, 14/09/1972.
  7. “Carta de Lectores. Es necesario extender la electrificación rural”, El Argentino, 22/08/1974.
  8. “Carta de Lectores”, El Argentino, 01/07/1976.
  9. El Argentino, 16/04/1970.
  10. El Argentino, 03/02/1972.
  11. El Argentino, 22/11/1962.
  12. “Asamblea de la Cooperativa Agrícola Ganadera de Saladillo”, El Argentino, 05/03/1964.
  13. El Argentino, 09/12/1965.
  14. “Realizó su Asamblea anual la Cooperativa Agrícola Ganadera de Saladillo Ltda.”, El Argentino, 05/04/1973.
  15. “Se inauguró el edificio de la Cooperativa Agrícola Ganadera de Saladillo Limitada”, El Argentino, 09/12/1971.
  16. “Realizó su remate feria inaugural la Cooperativa Agrícola Ganadera de Saladillo Ltda.”, El Argentino, 08/09/1977.
  17. “Tuvo lugar la asamblea comarcal de la Federación Agraria”, El Argentino, 18/05/1961.
  18. El Argentino, 09/08/1962.
  19. Desde varias décadas antes, existía la Sociedad Rural e Hipódromo de Saladillo, antecedente de la Sociedad Rural de Saladillo, pero sin las características estrictamente corporativas de esta última.
  20. “Ha quedado fundada la Sociedad Rural de Saladillo”, El Argentino, 18/06/1964.
  21. “Se realiza una importante Exposición rural”, El Argentino, 17/09/1964.
  22. “Un éxito total acompañó a la Exposición de la Sociedad Rural”, El Argentino, 23/09/1971.
  23. Sobre los dos episodios, pueden verse los protagonistas y los detalles en sendos artículos de Marcelo Pereyra: “Tropas saladillenses en la batalla de La Verde” (2015), en bit.ly/3DsmYag, y “Las trágicas elecciones de 1874” (2015), en bit.ly/3oKJ3wD.
  24. “Mesas receptoras de votos”, El Argentino, 24/03/1927.
  25. “Cómo votó Saladillo”, El Argentino, 02/03/1946. Agradezco la localización de este artículo a Silvina Krupitzky.
  26. “Ubicación de los comicios”, El Argentino, 30/01/1958.
  27. “En un clima de normalidad se realización los comicios”, Los Principios, 03/03/1946. También agradezco el conocimiento de este artículo a Silvina Krupitzky.
  28. “Por 463 votos triunfó la U.C.R.”, El Argentino, 18/03/1950. Es cierto que, a diferencia de lo ocurrido en las elecciones de 1946, en esta oportunidad los partidos socialista y comunista presentaron candidatos propios. De todos modos, estas fuerzas sumaron apenas unos 140 sufragios entre ambas.
  29. Una particularidad de estos comicios fue que, en la categoría de senadores provinciales, el peronismo logró imponerse por casi 200 sufragios, en “Los cómputos finales”, El Argentino, 13/03/1948. Agradezco la localización de este artículo a Silvina Krupitzky.
  30. El Argentino, 15/11/1951.
  31. El Argentino, 29/04/1954.
  32. “Como se distribuirá el comicio en Saladillo”, El Argentino, 28/01/1960.
  33. El Argentino, 22/09/1960 y 29/09/1960.
  34. El Argentino, 04/01/1962 y 18/01/1962.
  35. El Argentino, 22/03/1962.
  36. “Cuadro de resultados provisionales”, El Argentino, 31/03/1960.
  37. El Argentino, 16/05/1963.
  38. El Argentino, 13/06/1963.
  39. El Argentino, 06/04/1967.
  40. “Categórico triunfo de la Lista 1 en Saladillo en los comicios de la U.C.R.”, El Argentino, 11/05/1972.
  41. “El padrón electoral del partido de Saladillo contiene 18.109 inscriptos”, El Argentino, 22/02/1973.
  42. “Análisis de la elección”, El Argentino, 15/03/1973.
  43. El Argentino, 08/03/1973.
  44. Giovanni Guareschi (1908-1968) fue un escritor y humorista italiano. Su obra más importante fue la trilogía de libros sobre el cura Don Camilo y su eterno amigo/enemigo, el alcalde comunista Peppone, publicada desde 1948. Los textos narran el permanente enfrentamiento ideológico entre ellos, así como su cercanía personal y la estrecha colaboración entre ambos en defensa de los intereses de la comunidad y en el marco de la pobreza y el atraso de la posguerra de la Segunda Guerra Mundial en un pueblo del norte de Italia. La saga fue llevada al cine por Julien Duvivier, entre 1952 y 1953.
  45. El Argentino, 27/07/1961.
  46. “Fiesta de San Roque”, El Argentino, 14/08/1968.
  47. “Fiesta de San Roque”, El Argentino, 07/08/1969.
  48. “Fiesta de San Roque”, El Argentino, 14/08/1975.
  49. “Fiesta de San Roque”, El Argentino, 09/08/1979.
  50. “Fiesta de San Cono”, Las Noticias, 13/09/1930.
  51. El Argentino, 13/09/1962.
  52. El Argentino, 19/09/1963.
  53. “Fiesta de San Cono”, El Argentino, 25/09/1969.
  54. “Fiesta de San Cono”, El Argentino, 19/08/1975.
  55. El Argentino, 13/06/1965.
  56. “Parroquiales”, El Argentino, 09/11/1972.
  57. “Donaciones para la Capilla de El Mangrullo”, El Argentino, 20/12/1973.
  58. “Torneo octogonal”, El Argentino, 09/10/1969.
  59. “Festividad de «San José»”, El Argentino, 14/03/1974.
  60. “Parroquiales”, El Argentino, 06/03/1975.
  61. “Prosiguen los oficios de Semana Santa”, El Argentino, 27/03/1975.
  62. “Un Peugeot 404 para la Parroquia de Saladillo”, El Argentino, 30/07/1975.
  63. “Parroquiales”, El Argentino, 09/03/1978 y 16/03/1978.
  64. “Fiestas Patronales en La Barrancosa”, El Argentino, 07/09/1978.
  65. “Parroquiales”, El Argentino, 12/04/1979.
  66. Una antigua tradición de los países latinos, en especial en Italia y España, pero que también se afirmó en Argentina, es la de atribuir a los sacerdotes el estigma de ser portadores de mala suerte.
  67. El Argentino, 06/04/1967.
  68. Véase el artículo de Pereyra, Marcelo (2016): “Yasem Balleto y su bicicleta”, en bit.ly/3iPrzLM.
  69. Agriconda, año 2, n.° 15, 30/04/1936.
  70. Al principio funcionó como repetidora de LR3 Radio Belgrano. Después de 1957, al obtener una licencia oficial, comenzó a producir una programación propia dedicada a la región y adoptó el eslogan “La voz del centro de la provincia”.
  71. Orientación Avícola, año 3, n.° 36, julio de 1979, p. 11.
  72. “Radio Azul construye una nueva antena irradiante de 120 metros de altura” y “Saladillo en Radio Azul”, El Argentino, 24/07/1969; y “Lu 10 Radio Azul”, El Argentino, 29/10/1970.
  73. “Audición”, El Argentino, 10/12/1970.
  74. “Inauguróse LU 29 Emisora Cóndor de Las Flores”, El Argentino, 10/09/1970.
  75. “Pan Radial de Alfabetización y Educación de Adultos”, El Argentino, 03/05/1973.
  76. El Argentino, 01/12/1960.
  77. El Argentino, 15/06/1961.
  78. El Argentino, 17/11/1960.
  79. El Argentino, 23/04/1964.
  80. El Argentino, 01/07/1965.
  81. El Argentino, 15/01/1970.
  82. El Argentino, 24/12/1970.
  83. El Argentino, 23/12/1971.
  84. El Argentino, 21/03/1968.
  85. “Gran fiesta en La Margarita”, El Argentino, 22/05/1969.
  86. El Argentino, 01/12/1960.
  87. El Argentino, 07/03/1968.
  88. Libro de Actas de la Asociación Cooperadora de la Escuela 40, p. 7.
  89. “Hípicas”, El Argentino, 18/11/1971.
  90. El Argentino, 10/08/1961.
  91. El Argentino, 10/10/1962.
  92. El Argentino, 25/02/1965.
  93. “Competencia”, El Argentino, 29/01/1976.
  94. “Rally Copa del Mundo. Pasará por Saladillo el 11 de mayo”, El Argentino, 30/04/1970, y “El Rally Copa del Mundo”, El Argentino, 14/05/1970.
  95. Libro de Actas de la Asociación Cooperadora de la Escuela 40, p. 10.
  96. “Bodas de Oro del Centro Juvenil Agrario ‘Dr. Carlos Calvo’ de La Barrancosa”, El Argentino, 28/08/1980.
  97. “Un acto cultural agrario tiene lugar en La Barrancosa”, El Argentino, 28/09/1946. Agradezco la localización del artículo a Silvina Krupitzky.
  98. “Quedó Constituido en Saladillo un Centro Juvenil Agrario”, El Argentino, 23/12/1976.
  99. “Se realizaron dos cursos organizados por el Centro Juvenil Agrario ‘Rafael Obligado’”, El Argentino, 14/04/1977.
  100. “Humberto Volando y la Realidad del Agro”, El Argentino, 25/08/1977.
  101. “Los agricultores festejaron su día”, El Argentino, 14/07/1978.
  102. “La fiebre aftosa como zoonosis”, El Argentino, 22/02/1979.
  103. El almacén de Candia se levantaba al costado de la ruta provincial 51, kilómetro 287.3, sobre la mano derecha en el sentido Saladillo a General Alvear, distante unos 750 metros de la Escuela 40. El edificio fue demolido hace varios años.
  104. “Club El Arriero”, El Argentino, 23/04/1964.
  105. “Estampas del pasado local”, El Argentino, 07/04/1966. Para un relato más completo sobre este acontecimiento, puede leerse el artículo de Marcelo Pereyra (2017): “El primer partido de fútbol”, en bit.ly/3AvPCp5.
  106. “Al cuadro de Barrancosa y El Tropezón de Saladillo”, en Quinterno, Luis (1973): pp. 56-57. Por los nombres que aparecen citados, como el de los hermanos Papavero, el partido podría haberse disputado a principios de la década de 1950.
  107. “Se inaugurará el domingo próximo la 11° Exposición de Ganadería, Granja y Exhibición Industrial de la Sociedad Rural”, El Argentino, 12/09/1974.
  108. ii Campeonato oficial organizado por la Liga Deportiva Agraria”, El Argentino, 13/06/1968; “Seleccionado agrario”, El Argentino, 18/07/1968; “Auténtico San Benito obtuvo el campeonato agrario de fútbol”, El Argentino, 28/11/1968.
  109. “Liga Deportiva Agraria”, El Argentino, 01/02/1973.
  110. “Deportivas”, El Argentino, 10/04/1969.
  111. “Deportivas – Liga Deportiva Agraria”, El Argentino, 04/02/1971.
  112. “Club A. Álvarez de Toledo”, El Argentino, 08/03/1973.
  113. “Realizó su asamblea la Liga Deportiva Agraria”, El Argentino, 03/02/1972.
  114. “Liga Deportiva Agraria”, El Argentino, 08/02/1973.
  115. “Inaugura su field Defensores de Atucha”, El Argentino, 15/04/1971.
  116. “Fútbol Agrario”, El Argentino, 26/10/1972.
  117. “Deportivas. Fútbol Agrario”, El Argentino, 19/10/1973 y 01/11/1973.
  118. “Deportivas. Deporte Agrario”, El Argentino, 06/11/1975.
  119. “Deporte Agrario”, El Argentino, 09/06/1977, y “Deporte Agrario”, El Argentino, 24/11/1977.
  120. “Deportivas. Fútbol Agrario”, El Argentino, 10/07/1980 y 12/09/1980.
  121. El Argentino, 25/11/1965.
  122. El Monitor de la Educación Común, Año lxx, n.º 933-934-935, septiembre, octubre y noviembre de 1960, p. 114.
  123. El Monitor de la Educación Común, ejemplar citado, p. 4.
  124. Ídem, p. 42.
  125. Ídem, pp. 174-175.
  126. “18 nuevos bachilleres egresan del Colegio Nacional”, El Argentino, 07/12/1961.
  127. El Argentino, 06/12/1962.
  128. El Argentino, 12/12/1963. En esa ocasión, las graduadas fueron 39, pero en otros años llegaron hasta 42.
  129. El Argentino, 22/12/1966.
  130. “Veinte bachilleres y once peritos mercantiles egresan del Colegio Nacional ‘Manuel Pardal’”, El Argentino, 12/12/1968.
  131. “Veinte Bachilleres y Dieciséis Peritos Mercantiles Egresaron del Colegio Nacional ‘Manuel Pardal’” y “Ocho Técnicos Electromecánicos Egresan de la Escuela Industrial”, El Argentino, 16/12/1971.
  132. “Aumentó la población estudiantil en 1971”, El Argentino, 27/01/1972.
  133. Agriconda, año 2, n.° 15, 30/04/1936.
  134. “El aniversario 75 de la Escuela 27. Historia”, en La Síntesis, 14/10/2020. Disponible en bit.ly/3ltDKQb.
  135. “La fiesta del reencuentro en la Escuela Nro. 10”, El Argentino, 16/12/1976.
  136. “Cumple sus Bodas de Oro la Escuela Nro. 15”, El Argentino, 28/10/1971.
  137. “Donación”, El Argentino, 05/11/1970.
  138. “Comisión Cooperadora de la Escuela n.° 31”, El Argentino, 13/06/1974.
  139. “Donaciones”, El Argentino, 15/07/1971.
  140. “Colaboración del vecindario para construir una escuela”, El Argentino, 09/07/1959.
  141. “Una nueva sesión realizó el Concejo Deliberante de Saladillo”, El Argentino, 30/07/1975.
  142. “Se inauguró el nuevo edificio de la Escuela n.° 34”, El Argentino, 06/12/1979.
  143. El Argentino, 15/04/1963.
  144. El Argentino, 27/09/1962.
  145. El Argentino, 29/08/1963.
  146. “El edificio del Colegio Nacional ‘Manuel Pardal’ de Saladillo”, El Argentino, 13/11/1969.
  147. “Reunión en la Escuela n.° 20”, El Argentino, 12/09/1968.
  148. “En la Escuela n.° 19 de La Razón se celebró el Día del Productor Agrario”, El Argentino, 19/09/1968.
  149. “Solicítanse mejoras para el magisterio rural a través de una ley”, El Argentino, 06/09/1973.
  150. “Instituto Superior de Formación Docente de Saladillo. Carrera de Asistente Rural”, El Argentino, 04/05/1978.


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