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Introducción

En la madrugada de cada lunes, martes y viernes, entre los años 1960 y 1980, mi padre trajinó los caminos rurales de un sector del partido de Saladillo, en especial los parajes de La Barrancosa, La Mascota y La Razón. Muchas veces –en tiempos de recesos escolares u oportunidades particulares–, pude acompañarlo en ese recorrido, que lo llevaba a recoger los hoy día denominados “productos de granja”, en un conjunto de chacras agrupadas por itinerarios previstos, precisos y rutinarios.

Este trabajo tiene entonces por lo menos tres vectores para desplegar miradas: por una parte –y este es el objetivo central de la investigación–, el colectivo de las familias chacareras involucradas en estas actividades comerciales y sociales; por otra, el papel protagónico de un modesto agente económico que interactuaba entre el sistema productivo rural, el mercado de consumidores urbano de la ciudad cabecera del partido y los acopiadores que trasladaban esos bienes hacia el Área Metropolitana de Buenos Aires; y, por último, intenta ser una interpretación de un segmento concreto y específico del pasado saladillense, desde la lente de quien pretende conjugar recuerdos vivenciales de la niñez con el oficio de historiador.

El texto no aspira a explicar el funcionamiento de la economía agraria bonaerense en el período seleccionado, ni se aboca a un análisis exhaustivo de la propiedad rural, ni da cuenta de las modificaciones de la estructura productiva del sector en cuestión, ni busca exponer las formas de vida de los chacareros desde la perspectiva de la historia social clásica. Aunque todas esas cuestiones aparecerán, para ellas ya hay trabajos de gran porte, páginas muy útiles para hacerse una buena idea del problema, ya sea en términos generales o como estudios particulares por sectores productivos, regiones, grupos sociales, etc.

Es claro que todo ese soporte estará presente aquí, como notará quien revise la bibliografía utilizada. En ciertas oportunidades, algunos de los casos comprendidos entre el conjunto demarcado cumplirán con las categorías o tipologías construidas por quienes han estudiado el agro bonaerense y a los chacareros en particular. En otras ocasiones, tal vez las experiencias puntuales no se ajusten demasiado a los manuales.

En todo caso, mi pretensión principal no es hacer una verificación a escala mínima de las distintas hipótesis acerca de los desarrollos y las crisis del agro pampeano, sino anexarle cierta complejidad al examen de un mundo a cuyo actor principal –el chacarero– mayormente se lo aborda y define por su carácter de productor agropecuario, sin detenerse demasiado en otras connotaciones ni en las modificaciones del significado del vocablo a lo largo de las distintas etapas históricas.

Asimismo, opino que la preeminencia de los análisis con base económica, productiva y comercial dejan como resultado que el chacarero raras veces sea interpelado como sujeto sociocultural y portador de un modo de vida particular. En este sentido, pretendo recuperar otros aspectos de la vida en el campo (la casa misma, los vecinos, el entretenimiento) y ahondar en actividades como las fiestas, el fútbol agrario, la acción cooperativa, la política partidaria, la religiosidad, o la relación con la escuela rural.

Dada la extrema limitación del área física sujeta a revisión, esta investigación ni siquiera podrá leerse en las claves de la “historia local” (al menos no es la motivación central). Antes bien, la indagación –que, anticipo, se caracterizará como claramente recortada– tiene inspiración y puntos de contacto con los denominados “microanálisis históricos”, originados en el grupo de historiadores culturales italianos de los Quaderni Storici, que han sido ampliamente difundidos, discutidos y reformulados en las últimas décadas, y de manera habitual se definen dentro de la categoría historiográfica de la “microhistoria”.

Vale la pena explicar brevemente cuáles pueden ser los aportes de esta corriente, así como el modo en que usé sus herramientas. En términos generales, según la cita de Giovanni Levi, “la microhistoria en cuanto práctica se basa en esencia en la reducción de la escala de observación, en un análisis microscópico y en un estudio intensivo del material documental”. Pero no puede confundirse tamaño con densidad analítica, ya que, “para la microhistoria, la reducción de escala es un procedimiento analítico aplicable en cualquier lugar, con independencia de las dimensiones del objeto analizado” (Aguirre Rojas, 2003: 287).[1]

En este sentido, el propio Levi definió que la ventaja de una exploración de estas características es la de proporcionar la sugerencia de que “existen multiplicaciones en redes más complejas de los modelos del Estado a utilizar” (Beltrán & otros, 1993: 24). Por ello, en los textos de los microhistoriadores italianos, parece primar que una “defensa analítica de la realidad histórica se puede organizar mejor integrando el estudio de las formas con el análisis histórico social”, para así volver a “reconstruir los procesos cuya acción y expresión son componentes fundamentales: una imagen no es sólo hija de otra imagen, está también conectada con una situación que expresa y organiza”.

En este caso, el camino es alejarse de criterios basados en el “individualismo metodológico” y partir, sobre todo, de relaciones interpersonales que se expresan en redes, grupos, instituciones, etc. (Bragoni, 1998: 140). Además, como señaló Carlo Ginzburg, cada configuración social es el resultado de innumerables estrategias individuales: una trama que sólo la observación muy cercana permite reconstruir” (Ginzburg, 1996: 68).

Por otra parte, una de las imágenes más comunes sobre las pequeñas comunidades rurales es la del aislamiento con respecto a las urbanas, así como la prevalencia de los intereses personales o familiares, que anteponen las cuestiones del grupo íntimo a la voluntad de la sociedad o el bien general. El mismo Perón lo remarcó en un discurso sobre el campo, emitido el 29 de marzo de 1947: “El problema del agro no es en la República Argentina un problema aislado, aunque muchos chacareros creen que el mundo gira alrededor de sus chacras”.[2]

Sin embargo, si algo me ha dejado esta pesquisa, es la confirmación de lo observado por Susana Marini al estudiar el mundo campesino italiano:

Una comunidad rural pequeña no es casi nunca un mundo aislado ni termina en sí misma, aunque ciertamente existen realidades cerradas, sin reportes externos, pero son casos muy raros. En general, los contactos han existido siempre, ya sea con un foco urbano más o menos vecino e importante, ya sea con otra región donde se iba a desempeñar un trabajo estacional, a visitar un famoso santuario, o a encontrar un mercado periódico. En efecto, aquel pequeño mundo del que se ocupa la microhistoria es una pequeña estructura inserta en una más amplia y más compleja, y esta última –por ejemplo el centro urbano más vecino– es solo aparentemente externa y totalmente separada del contexto rural con el que, de todas formas, estrecha las relaciones, pero manteniéndola asimétricas. Por estos motivos, la evolución de las comunidades rurales debe ser estudiada sin perder de vista la evolución de la sociedad urbana con la que entra en contacto (Marini, 1991: 219-220).

Por ello, como se apreciará en las próximas páginas, si bien el trabajo no se desvía del universo de la campaña, muchas veces estarán presentes elementos de la vida pueblerina saladillense, seguida principalmente en la prensa local y, con particular énfasis, a través del semanario El Argentino. Es notorio que podrá objetarse la desproporción en la utilización de esta fuente periodística por sobre los otros periódicos que aparecían en Saladillo, y acerca de esto quiero hacer algunas aclaraciones.

En primer lugar, es el único medio exclusivo del distrito que cubrió la totalidad del período temporal de la investigación, fuera del pequeño intervalo de casi cinco meses producido entre la muerte de Miguel Ángel Volonté, a fines de junio de 1966, y la asunción de la dirección editorial por su hijo Fernando, en noviembre de ese año. En segundo término, la calidad de su información social me parece inmejorable. Dado que esta obra trata de reconstruir algunas historias de vida de personas que mayormente no trascendían de forma pública, el detalle informativo exhibido en los obituarios resulta el único modo de descubrir ascendencias, parentescos, derroteros, o logros materiales. La tercera explicación es que, como dije en la presentación, esta labor es un homenaje a Fernando Volonté, ya que, sin su oportuna donación, el Museo local no dispondría de los valiosos materiales que preserva.

Dicho esto, en los ricos artículos de ese periódico familiar, pude comprobar también otra de las afirmaciones de Susana Marini, aquella donde sostiene que en las crónicas locales

hay muchas noticias sobre el trabajo, libre, asalariado o servil, sobre los modos de apropiación de la tierra, sobre los sistemas culturales, sobre las innovaciones técnicas, sobre los trabajos artesanales, sobre el pasaje del autoconsumo a la economía de mercado (Marini, 1991: 219).

Precisamente, esta autora coronó su artículo en la Revista di Storia dell’Agricoltura recuperando la interesante tipología creada por el mexicano González y González sobre tres modelos posibles de historiadoras e historiadores del ámbito local: el microhistoriador hormiga, un positivista que presenta hechos tomando distancia y, aunque puede ser un buen compilador y es laborioso, no formula explicaciones ni agrega nada de su imaginación; el microhistoriador araña, que, a partir de su ideología, crea redes y puede dar explicaciones creativas, pero sin sustento, debido a que antepone su imaginación a la investigación; y el microhistoriador abeja, que recorre, extrae, toma elementos de distintos orígenes, los procesa y deja un producto final que no es esclavo ni de sus herramientas, ni de sus prejuicios (Marini, 1991: 221-222). Mis simpatías con este último modelo son obvias, y espero haberlas dejado formuladas de manera inequívoca.

En torno a la voz “chacarero”: en persecución de una palabra esquiva

Esta investigación tiene por objeto el mundo chacarero de Saladillo, de modo que no podría adentrarme en sus contenidos sin hablar de este sustantivo que, dentro de los sujetos de estudio del cosmos rural, es una de las voces más complicadas para definir. En este sentido, vale la indicación hecha por Juan Manuel Palacio: “El apelativo chacareros con el que se engloba a esa variedad de actores sociales es, como todo concepto simplificador, una ayuda a la vez que un problema” (Palacio, 2006: 10). En efecto, es una palabra que tiene el beneficio de permitir la caracterización de un tipo determinado de agente económico y social de la campaña, distinto del campesino y del hacendado. Una muestra de esta flexibilidad es la definición de un trabajo clásico acerca del mundo rural donde, para salir de esta disyuntiva, se manifestó que “la palabra ‘chacarero’ no designa un modo de producción, sino una actividad productiva, una ocupación” (Archetti & Stølen, 1975: 148).

En cambio, resulta conflictivo si se busca a rajatablas encajarlo en categorías del enfoque clasista tradicional, si no se distinguen las diferencias regionales entre emprendedores familiares que operan dentro de las disímiles zonas productivas de la región pampeana (y aun dentro de cada una de esas áreas), si se restringe su análisis a cuestiones económicas o de tenencia de la tierra, o –y esta me parece la tensión más común en los trabajos sobre los chacareros– cuando no se presta la atención necesaria a la evolución del vocablo en el largo plazo.

Esta última es una cuestión central. En 1887 el publicista francés Charles Lemée publicó un libro llamado exactamente El chacarero. Para él, este individuo era un inmigrante, preferentemente con familia constituida, dedicado a la agricultura en calidad de colono a través de un arrendamiento. Su objetivo debía ser la propiedad de la tierra, por pequeña que fuera la parcela anhelada. La ganadería no estaba en su repertorio y, de hecho, no le dedicó ninguno de los capítulos de un texto en el cual explicaba con detalle las características de los territorios agrícolas argentinos, los tipos de suelo que podían encontrarse, los mecanismos de siembra y cosecha, y la correcta utilización de los animales y útiles de laboreo y exaltaba las ventajas de la asociación de los labriegos. Luego, ofrecía secciones específicas a los cereales, las pasturas, los cultivos industriales y la huerta. Un punto esencial era que, dada la escasa mecanización de la agricultura en esa época, el capital principal de una familia chacarera era su prole, el único recurso capaz de brindarle los brazos necesarios para evitarle contratar un personal al que no podría pagar. Como conclusión, sintetizaba una serie de consejos que garantizarían el éxito económico (Lemée, 1887). Esa descripción era válida y útil para el momento, pero no es posible sostenerla casi un siglo y medio después.

Sin embargo, como muy bien advirtió Alfredo Pucciarelli, la mayoría de la historiografía creó con los chacareros una tipología rígida, en especial para el periodo comprendido entre 1880 y 1930:

Empresa familiar pasó a ser, de ese modo, sinónimo de campesino pobre, de colono extranjero improductivo y descapitalizado, expropiado, tanto por el dueño de la tierra como por las variadas formas del capital vinculadas al proceso de circulación del excedente agrícola. Todo lo cual es verdadero cuando se refiere al grupo más numeroso de las explotaciones familiares, pero no tanto cuando se engloba en la misma caracterización a los diferentes estratos de ese conglomerado relativamente heterogéneo que hemos denominado genéricamente la pequeña producción mercantil (Pucciarelli, 1986: 105).

Por fortuna, en las últimas décadas, esta idea de darle mayor amplitud al examen del asunto fue ganando terreno. En su tesis doctoral, Javier Balsa mencionó a los varios autores que hicieron hincapié en la “heterogeneidad social presente en el agro pampeano”. Para él, esos “matices y las situaciones diversas han sido una medida saludable frente a la abundancia de simplificaciones que terminaban imponiendo visiones estereotipadas”. Por supuesto, concluyó advirtiendo que esas distinciones no eximen “de buscar conceptualizaciones que sinteticen las características centrales del desarrollo agrario pampeano, sin que esto implique negar la diversidad” (Balsa, 2006: 12).

Un aporte fundamental de estas nuevas interpretaciones fue trasponer la limitación de los estudios rurales a la ecuación simple de chacarero = productor, que a lo sumo se aventuraba en la cuestión de la explotación familiar y su especificidad. Waldo Ansaldi, por ejemplo, incorporó a sus reflexiones de tiempos anteriores una mirada más amplia al afirmar que, en la diferencia entre campesino y chacarero, “la definición de clase de unos y otros no está dada solamente por la propiedad o no propiedad de la tierra: ella debe resultar de un conjunto de atributos, entre los cuales son muy importantes los de orden cultural”. De todos modos, remarcaba como relevante la cuestión de la “geografía social chacarera”, que, nacida de la oposición o el conflicto de intereses con los terratenientes, “reduce su alcance a la región pampeana y quizás a algunas áreas agroindustriales” (Ansaldi, 1998: 19-20). En ese mismo momento, Marta Bonaudo y Élida Sonzogni plantearon que

hablar de la identidad del chacarero pampeano no sólo implica discutir un modo de acercamiento a la tierra y consecuentemente determinar las relaciones sociales que se gestan en torno a la misma, sino también apelar a un universo cultural que opera como su espacio de pertenencia y de referencia, en el que se autodefine y se diferencia de los otros actores que comparten esa compleja trama social (Bonaudo & Sonzogni, 1998: 3).

Esta renovación de los estudios agrarios no negó las continuidades con líneas de investigación y preocupaciones de las décadas anteriores, pero conformó una nueva agenda de temas para ser abordados, menú ampliado a cuestiones como el comercio rural, la producción familiar, o las condiciones materiales de vida y de trabajo de asalariados y agricultores. A través de estas entradas, se puede pensar el pasado del campo como algo complejo y diverso, con matices que evitan “las construcciones polarizadas, monolíticas y generales” (Graciano & Lázaro, 2007: 10-11).

Bajo este prisma, los chacareros no perdieron su condición de agentes económicos, pero podían ser interpelados como “portadores de un modo específico de organizar la producción –signada por el compromiso de la familia con el trabajo directo y/o la gestión de la empresa–, y de entender su práctica social” (Gras & Bidaseca, 2010: 26). De esta manera, el ámbito rural escapa de un abordaje que los pensaba como algo fijo, cerrado, arcaico, inmóvil y socialmente homogéneo. Aparte de ser una entidad real, se integra la subjetividad de los actores, y para ello resulta provechosa la contribución de pensadores como Raymond Williams, quien considera el campo no como una categoría sociológica, sino como un espacio cultural, construido por operaciones simbólicas que remiten a un imaginario social, lo que atribuye importancia a lo cultural como un elemento configurador de las relaciones sociales (Salomón, 2011: 3).

Este incremento del enfoque permite también repasar mejor las relaciones entre el mundo rural y el urbano, donde obviamente están presentes las diferencias, pero en las que también existen articulaciones y complementaciones. Como bien señalan María Isabel Tort, Sílcora Bearzotti y Guillermo Neiman, al mirar la agricultura familiar, es necesario prestar atención a su conformación histórica y a las “pautas culturales transmitidas intergeneracionalmente (responsables de su comportamiento social antes que económico-productivo)”, elementos que introducen la noción de la existencia de un estilo de vida propio de esos sujetos. Esa ruralidad de los productores indica por lo menos dos cosas: por un lado, lo más nítido, es decir, el ámbito geográfico donde residen los productores; pero, por otro, también un espacio donde las relaciones sociales adquieren un carácter distintivo con respecto a los grandes centros urbanos y a la población más dispersa (Barsky & otros, 1988: 567).

Más arriba planteé la importancia de darle densidad histórica al vocablo “chacarero”, ya que la palabra mutó de significado con el curso de las décadas y los cambios económicos, productivos y sociales, tanto los propios del país como los internacionales. Una apreciación empírica de esta transformación la brinda Guido Gandolfo, quien, a pesar de escribir un relato autobiográfico ambientado en San Francisco (este de Córdoba), expresó con claridad el alcance y la modificación de la voz.

En el inicio de un apartado denominado “La familia chacarera”, comenzaba expresando: “La familia chacarera abarca una organización de producción agrícola-ganadera constituida por la chacra, el chacarero y su familia”. Es decir, reconocía al menos tres elementos de importancia. Para él, la chacra debía generar recursos suficientes para “cubrir las necesidades del grupo familiar. Su explotación comprende las tareas agrícola-ganaderas incluyendo el tambo, la cría de ganado menor y huerta” (Gandolfo, 1995: 23).

De todos modos, Gandolfo sostenía que, tras el crítico período comprendido entre 1929 y 1939, surgió un mundo chacarero distinto. Los elementos de la vieja generación eran la pertenencia extranjera y el mantenimiento de las costumbres de las regiones originarias, la austeridad, el autosostén, la autoridad de las mujeres con hijos (madres y suegras), el papel reservado al primogénito, los matrimonios jóvenes entre vecinos, y la profesión de la fe católica romana, o al menos la observancia de sus rituales más significativos, como el bautismo y el matrimonio. Para él, la extensa crisis económica y de rentabilidad fue la causante del cambio de muchas de tales costumbres (Gandolfo, 1995: 23-24).

Además, en ese largo período caracterizado por la autosuficiencia, el chacarero cumplía una gran cantidad de papeles dentro de su explotación. Una obra clásica ya citada determinaba –entre otros aspectos– que el sistema de producción familiar de una chacra contenía dos ciclos: uno de subsistencia, donde se generaban valores de uso (huerta, quinta, aves, porcinos y ganado vacuno), destinados al autoconsumo y a la disposición de recursos para atender gastos corrientes; y un ciclo agrícola, en el que se producían los valores de cambio (cultivos, ganadería mayor), utilizados para sostener la renta y la capitalización (Archetti & Stølen, 1975: 70-81).

En general, en los ciclos económicos no se contabilizaba como gasto el trabajo de los miembros del grupo doméstico, una prueba adicional de la tendencia al ahorro de la compra de trabajo de terceros. Ello convertía a un colono (y a un chacarero) en agricultor, mecánico, carpintero, albañil, ganadero, etc., un simple hecho que, en la opinión de esta pareja de investigadores, no era compatible con un comportamiento capitalista.

Fuera de esta discusión sobre su ubicación en el mercado, también hay que considerar que, en muchos casos de las generaciones de productores arribados con la inmigración europea que llegó hasta 1914, los individuos no se convertían automáticamente en chacareros o arrendatarios al pisar suelo argentino. En las historias de vida insertas en el capítulo 3, podrán apreciarse recorridos en los cuales las personas se dedicaron a distintos oficios antes de trabajar una parcela. Eran trayectorias que, más allá de cualquier recurso literario, son factibles de rastrear en uno de los poemas camperos de mi abuelo, quien, al evocar su propio camino vital, escribió lo siguiente: “Fui peón de mano, resero / cocinero, esquilador, / capataz, alambrador, / emparvador, chacarero, / acopiador, carnicero, / de todo un poco aprendí” (Quinterno, 1973: 56). Curiosamente, pasó por todas esas profesiones, excepto la de chacarero, aunque en este caso la palabra le facilitó la rima de la décima.

Esas características de las viejas familias agrícolas también fueron detalladas por Adolfo Coscia, para quien, hasta mediados del siglo 20, conservaban “muchos de los rasgos y modalidades de sus países de origen”.

Sus costumbres eran austeras, hasta simples, y con una marcada propensión al trabajo y al ahorro. En muchos productores, especialmente en los que se decidían a radicarse definitivamente en el país, la meta ambicionada era llegar a constituirse en propietarios de la tierra que trabajaban (Coscia, 1983: 10).

Pero, como observaron en carne propia Gandolfo y, a través de la observación científica, la mayoría de los estudios, las transformaciones operadas desde la década de 1950 (de las que me ocupo con cierta profundidad en el capítulo 1) produjeron también un desplazamiento, tanto en términos productivos como sociales y culturales. Así,

la forma “chacarera” de producción que se consolida durante los años ’60, se refiere a un estrato mayoritariamente propietario de la tierra, predominantemente dedicado a la actividad agrícola (dependiendo de las áreas de la región) sobre la base de una dotación tecnológica relativamente simple y con una estructura ocupacional caracterizada por un compromiso generalizado de la familia en las tareas de la explotación en producciones de orientación comercial y para el consumo de los residentes de la finca (Barsky & otros, 1988: 599).

La tecnología simplificó las faenas y convirtió en una carga intolerable la descendencia demasiado prolífica. En el curso de dos generaciones, las familias pasaron de diez o más hijos a cinco o seis, en primera instancia, para disminuir a dos o tres en la segunda. Pude observar con claridad este fenómeno entre aquellos clientes de mi padre de quienes conseguí información acerca de sus ancestros, para después constatarlo con el elenco de los repartos: de casi cincuenta familias, solamente una tenía cuatro hijos. La mayoría estaba entre dos y tres, pero no eran raros los casos del vástago único.

Asimismo, como dice Javier Balsa, tras los críticos años 30 y 40, aunque “muchos chacareros, especialmente los más pequeños, se habían ido del campo (voluntariamente o expulsados), aquellos que lograron permanecer habían afianzado su posición. Para fines de la década de 1960, la gran mayoría eran propietarios y de importantes extensiones”. En definitiva, las innovaciones productivas consolidaron “las bases materiales del mundo chacarero”, pero se aproximaban más a lo que en otros lugares se denominaba “granjero” o farmer, algo que tuvo “profundas consecuencias en la redefinición del mundo rural bonaerense” (Balsa, 2006: 130).

Por supuesto, como pasa casi siempre con el lenguaje, estas gentes siguieron utilizando la palabra “chacarero” para identificarse, e incluso buena parte de ellos mantuvo esa denominación con un marcado orgullo. En la misma forma actuaron quienes interactuaban con ellos, que mantuvieron este sustantivo para ubicarlos económica o socialmente, ya fuera como valoración positiva o negativa.

En este orden de ideas, creo que los chacareros, en particular los bonaerenses y sobre todo los de esta investigación, conformaban una comunidad social. Uso este sintagma en un sentido que combina elementos estructurales y funcionales, sobre la base de lo expuesto por Mercedes Causse Cathcart, donde lo “estructural está dado por la consideración de un grupo enmarcado en un espacio geográfico delimitado [el campo y la chacra, en este caso], y lo funcional está presente en los aspectos sociales y psicológicos comunes para ese grupo”. Este último aspecto proporciona un sentido de pertenencia, compuesto por “historia común, intereses compartidos, realidad espiritual y física, costumbres, hábitos, normas, símbolos, códigos” (Causse Cathcart, 2009).

Por tal motivo, coincido con Coscia en que el chacarero tenía características que lo diferenciaban del hombre del medio urbano, y agrego que eso era perceptible aun con respecto a quien habitaba las ciudades chicas o medianas como Saladillo. Para el autor citado:

[…] el aislamiento en que vivían, la dureza de las labores que realizaban, su acentuada propensión al ahorro, su natural desconfianza hacia las personas que no eran de su medio, la escasa escolaridad e imperfecto dominio del idioma castellano en los no descendientes de españoles, en suma su limitado “pulimiento” social los segregaba en alguna medida de la población urbana, especialmente en su clase media (Coscia, 1983: 108).

Sin embargo, en la materia que examino, disiento con él acerca de la desaparición de esas distinciones para inicios de los años 80 del siglo pasado. La mayoría de aquellos chacareros que conocí a partir de las actividades de mi padre mantenían unas costumbres y comportamientos muy disímiles a los de quienes habitábamos en la ciudad, y seguían asemejándose a los descriptos en el párrafo anterior.

Sin ir más lejos, en una de las últimas oportunidades en que acompañé a mi padre a hacer unas compras, nos encontramos con un veterano exchacarero de San Benito, integrante de una familia muy conocida de esa zona. Algo que me impactó fue observar que, a principios de 2021, una persona que desde hace años vive en la ciudad se presentara en un negocio no solamente ataviado con ropas camperas de faena (bombachas, alpargatas, gorra y faja en la cintura), sino que ostentara en la parte trasera de la faja un cuchillo dentro de su vaina de alpaca labrada.

Este ejemplo puntual ratifica lo apuntado por Hugo Ratier sobre cómo los vestigios de un modo de vida chacarero sobreviven en las ciudades de la pampa bonaerense. Conforme él lo destaca, en una

cola de jubilados que esperan la paga, en las ciudades regionales, [se] advertirá un tipo de vestimenta peculiar. Boinas, bombachas y botas prolíferas, así como los ponchos en invierno y algunas rastras. Mucho rostro surcado de arrugas, mucha mano curtida testimonia un pasado campestre innegable (Ratier, 2009: 64).

Un breve recorrido por la obra

El resultado final de esta investigación está presentado, a grandes rasgos, sobre un recorrido que va desde lo general a lo particular, aunque mi ambición ha sido la de entablar un diálogo permanente entre las unidades de análisis mayores (la región pampeana bonaerense), las medianas (la depresión del Salado, por ejemplo), las menores (el partido de Saladillo), y las mínimas (el área de actuación de mi padre).

Así las cosas, y más allá de la utilización de herramientas de microanálisis histórico, el objeto de la indagación se encuentra dentro de un espacio geográfico de referencia determinado, y transcurre en un momento específico del acontecer nacional y mundial. Por ello, en el capítulo 1 reviso lo acontecido con el agro pampeano en el siglo 20. Si bien se trata de un análisis somero de una cuestión sobre la que hay excelentes materiales producidos, introduje ciertos datos o notas relacionadas con la zona rural saladillense, de forma de ir haciendo esos ajustes entre el marco amplio y la realidad más pequeña.

En la sección siguiente, restrinjo el área de pesquisa a lo regional para detenerme en dos asuntos estructurales que considero de suma importancia. El primero es el problema de la cuenca del río Salado, con sus ciclos de inundaciones y sequías. Es un dolor de cabeza de larga data para un territorio significativo de la Provincia de Buenos Aires, sin solución hasta la fecha. Dada la situación de Saladillo, fue (y es) un factor altamente condicionante para el desarrollo del sector agropecuario local. El segundo tema es el análisis de la red ferroviaria y caminera del distrito, en cuanto constituye un elemento nodal para la producción local. En este apartado traté de prestarles bastante atención a los caminos rurales, el verdadero nervio comunicante del mundo chacarero.

El capítulo 3 se ocupa de la evolución de la propiedad rural en el partido. Por agotador que resultara, tuve la necesidad de arrancar ese viaje a mediados del siglo 19, cuando estas tierras entraron de lleno en un mercado mundial en clara expansión. En tributo a la línea de investigación abierta por Rogelio Paredes, creo que cualquier análisis sobre el poder en el entramado bonaerense debe considerar, antes que nada, que el proceso de apropiación de la tierra “estuvo lejos de ser unívoco y unidireccional”, que la mejor mirada para entender las relaciones entre la clase dominante bonaerense y los municipios debe hacerse “desde los municipios mismos”, y que es inevitable considerar en manera conjunta tres factores: tierras, dinero y política (Paredes, 1995: 7-13).

Por ello, la primera parte de la sección aspira a dar cuenta de este proceso a partir de historias vitales que muestran el paso de las grandes estancias a las chacras, desde la reseña de las grandes familias terratenientes que concentraban la propiedad hasta las no menos interesantes vidas de individuos anónimos para los diccionarios biográficos, pero que fueron quienes conformaron un patrón de propiedad local donde prevaleció la pequeña tenencia, una característica que Saladillo aún no ha perdido y que lo distingue de otros municipios bonaerenses.

En tal sentido, es bueno señalar que, en el censo agropecuario de 2002, el partido ocupaba el segundo puesto provincial en cantidad de explotaciones (1,244), apenas superado por Bolívar (1,484), pero con una superficie total por distrito mucho menor.[3] Para una mejor comprensión de este entramado, el segundo apartado del capítulo repasa ese cambio en el registro propietario a partir de los datos de los censos nacionales y provinciales, hasta el de 1988 inclusive.

El capítulo 4 habla de la población y la producción rurales. En la primera parte, hago una exploración del problema poblacional, con su rápido crecimiento entre el último cuarto del siglo 19 y al menos 1914, hasta el estancamiento del número de habitantes total del distrito, que se extendió hasta 1980. Dentro de esta cuestión, sobresale el impresionante aumento de la población rural en la primera etapa, y su no menos impactante descenso desde 1947 en adelante. En la segunda sección, me detengo en la producción del campo. Mi objetivo no es solamente mostrar cómo fue cambiando esta matriz con el paso del tiempo y la demanda internacional y del mercado local, sino exhibir que, al menos hasta bien entrada la segunda mitad del siglo pasado, y más allá de la primacía de la actividad de cría de ganado bovino en forma extensiva, existía una diversidad en la generación de riqueza agropecuaria que al menos relativiza la etiqueta colocada en los estudios rurales sobre Saladillo, donde se ha menospreciado el valor de su agricultura y de otras ramas poco examinadas, como la ganadería menor del porcino y las aves.

Justamente, este es el contenido del capítulo siguiente. Por desgracia, casi no existen trabajos sobre estos sectores pecuarios, de modo tal que, en primer lugar, presento una sección dedicada al análisis histórico de la economía del cerdo y las aves, con sus vicisitudes, aceleraciones y crisis a nivel nacional. Luego me encargo de estudiar su importancia en el partido, ya que Saladillo fue una plaza muy importante en materia porcina y aviar, y esta última era la ocupación de mi padre, a través de la cual pude internarme en el mundo chacarero.

Deseo formular aquí algunas aclaraciones. Uno de los motivos por los que la avicultura resulta un objeto de escrutinio bastante difícil es la ausencia de datos confiables acerca de ella. Baste para justificar esta afirmación el siguiente párrafo de la primera editorial de la revista Orientación Avícola, donde se sostenía:

En avicultura es notoria la falta de información estadística. Esto ha sucedido a través de todas las épocas, y si en otros tiempos el nivel de la actividad podía permitirse esa carencia, hoy, dado el carácter empresarial de la mayoría de las explotaciones, es imprescindible contar con ella.

Y en efecto, uno de los objetivos principales declamado por el consejo de redacción de la revista era la confección y sistematización de información relacionada con la actividad.[4]

Pero, por otro lado, no era un secreto que este subsector de la ganadería representaba una parte significativa de la riqueza pecuaria. En 1975, por ejemplo, y a pesar de la enorme cantidad de operaciones transadas de manera informal (entre ellas las de mi padre y las de los demás acopiadores de Saladillo), las ventas de aves y huevos registradas alcanzaron los 8,777 millones de pesos, equivalentes al 6.5 % del producto bruto agropecuario, y al 16 % del producto bruto ganadero.[5]

A partir de entonces, este trabajo va posando su lente sobre universos cada vez más pequeños. En el capítulo 6, intento presentar al mundo chacarero fuera de los circuitos económico y productivo. Si bien es cierto que el primer apartado tiene que ver con condiciones materiales de vida, el punto que me preocupa es la vida social de las comunidades rurales saladillenses entre 1960 y 1980, la cual abordo mediante la elección de una serie de aspectos puntuales como la política, el asociacionismo, la religiosidad, el entretenimiento (en particular, los bailes y el fútbol agrario) y el papel de las escuelas de campo, lugares con más funciones que impartir una instrucción básica.

Pienso que esta sección es la que justifica sobremanera el título del texto, ya que es ese mundo el que desapareció casi por completo, o al menos ya no resulta reconocible. Siguen existiendo productores, la propiedad saladillense aún conserva un alto grado de subdivisión, algunos equipos de la zona rural participan de los torneos de fútbol local, se mantienen con vida varias capillas o templos en la campaña, y todavía en el censo poblacional de 2010 se registraron más de 4,000 habitantes rurales dispersos en la jurisdicción del municipio; pero ese retrato que ofrezco a lo largo del capítulo más extenso de este libro es verdaderamente algo tan lejano como el período jurásico, y no faltan incluso los restos fósiles de dinosaurios sociales, como las penosas ruinas de la Escuela 31 en La Mascota.

Si justamente en esta sección me detengo mucho en las escuelas, es porque las considero una pieza medular del paisaje social del campo. Por eso, en el capítulo 7 hago un estudio de caso sobre la Escuela 40, favorecido por el acceso a un grupo de fuentes que me permitió una reconstrucción de la vida comunitaria y educativa de ese colegio desde el momento mismo de su creación, en 1963.

Del mismo modo, en el capítulo que le continúa, repongo buena parte de la vida de mi padre o, al menos, de su desempeño laboral como acopiador. Divido este segmento en dos apartados: el primero revive sus itinerarios y presenta algunos datos de quienes eran sus clientes y sus familias, tomados de la tradición oral, pero también de la prensa, y en especial de las necrológicas, ese instante postrero en el que hasta personas anónimas tenían al menos unas líneas periodísticas que les devolvían cierta notoriedad. En el anexo, adjunto un cuadro descriptivo de tamaños de propiedades, detalles de confort, movilidad y producción de la mayoría de esos clientes, presentado de forma anónima y sin correspondencia con el desarrollo de los recorridos. La segunda parte exhibe algunos datos cuantitativos y cualitativos sobre el negocio familiar, el papel de un acopiador (que excedía claramente lo comercial), y sus relaciones con los mercados, ya fueran el urbano local o el del Gran Buenos Aires.

Finalmente, el capítulo 9 expone una serie de factores que contribuyeron al colapso de ese cosmos chacarero, cuyo resultado fue la aceleración final del despoblamiento rural, la crisis del modelo productivo de pequeños y medianos productores y el hundimiento de la pequeña ganadería saladillense. Muchos de esos elementos disruptivos tenían raíces estructurales (las transformaciones agropecuarias, por ejemplo), y otros derivaron del desastroso rumbo que tomaron la economía y la política a partir de 1975, primero en democracia y luego en dictadura. Además, no poco contribuyó la naturaleza (con el auxilio humano, claro está), que, con inundaciones como la de 1980, golpeó con dureza un sector ya con enormes dificultades.

Como corolario, dejo algunas breves consideraciones en las conclusiones, donde vuelvo inevitablemente sobre argumentos del último capítulo, pero me detengo para reflexionar acerca del desplazamiento de un modelo productivo por uno especulativo, los ricos debates sobre la despoblación de la campaña y la paralización del número de habitantes del partido, y la crisis profunda del subsistema escolar rural.

Soy plenamente consciente de las omisiones que puede haber en este texto, así como de la discrecionalidad con que elegí ciertas variables de análisis y descarté otras. Pero, al final de este viaje, sentí el placer de recuperar lugares y sensaciones que pensaba perdidos, o que al menos estaban olvidados, y que afloraron al sumergirme en las páginas de los periódicos, o al transitar por caminos dejados atrás desde mi infancia. Casi puedo decir que me devolvieron percepciones mínimas de quien conoció ese mundo chacarero cuando todavía existía, como el olor característico de las cocinas de las casas de campo, con sus notas de ahumado, paja y humedad.

Bajo todo punto de vista, fue una experiencia formidable. Para expresarla con las palabras que dejó Luis González tras efectuar un estudio de microhistoria en su pueblo natal de México, me consintieron “volver por vía de la memoria a las raíces perdidas, como una manera de reintegrarme al terruño” (González, 1991: 23).


  1. La cursiva proviene del original.
  2. Presidencia de la Nación (1953): El campo recuperado por Perón, Buenos Aires, Subsecretaría de Informaciones, p. 75.
  3. El partido de Bolívar posee una superficie de 5,027 km², en tanto que la de Saladillo no llega a los 2,700 km².
  4. Orientación Avícola, año i, n.° 1, agosto de 1976, p. 7.
  5. Orientación Avícola, ejemplar citado, p. 19.


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