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Prólogo

Ana Mohaded[1]

El cine y las acciones comunitarias tienen un largo historial de amoríos. Generalmente clandestinizado, invisibilizado, ninguneado, no por ser cine, sino porque sus protagonistas, problemáticas, prácticas, miradas, voces, perceptores e incluso gran parte de sus hacedores, pertenecen al campo de lo no consagrado para las carteleras. 

La agenda pantallística se cocina con otras variables y con otros actores. Aunque a veces sucede – como ahora-, que la cantidad, calidad y vitalidad del cine comunitario le hacen pestañar, porque permiten visibilizar las fallas y los huecos de los estrellatos, habilitan la discusión de las desigualdades y resaltan la apropiación concentrada del derecho colectivo a la creación de la cultura.

El arte, la comunicación, el amor político, son necesidades básicas que nutren nuestra construcción como seres humanos plenos, aunque se desconozcan en las tablas del positivismo mercantilista. Son materia prima para el ejercicio de derechos. Y el cine, cuando se emparenta con la acción comunitaria, no se anda con chiquitas. Ese concubinato es pretencioso y busca objetivos sublimes. Algunas veces arremete con la forma y el contenido, pero si se pone difícil con estos asuntos -que a lxs críticxs les encanta- no importa, porque su palpitar reverbera con los modos del hacer y del compartir, esencia de esta relación de amantes que excede ampliamente los formatos. En ese pantanal disfruta de la complicidad y sufre las complicaciones de lo “sub”.

Como toda acción con protagonistas mixturadxs en lo comunitario, colectivo, solidario, es difícil de encasillar y definir. El cine comunitario rompe las costuras y los moldes, se corre quisquilloso de las lupas que quieren analizarle con cuadros preconcebidos, “este sí”, “este no”. No hay cine comunitario puro, siempre anda por territorios barrosos y esquivos. Para empezar, rompe el esquema verticalista de los roles que impone la industria, aunque juegue o decida hacerlo con ellos, en su factura está claro que es una herramienta, no una metodología. A su vez, rescata el hacer colectivo, interdisciplinario y colaborativo de la producción cinematográfica, y la pone en valor, pero subrayando no el resultado sino el proceso, no la obra final sino el movimiento que se genera en su quehacer. 

En sus metodologías de producción y en los circuitos de circulación se mueve con y entre cuerpos rebosantes de colores, que si se maquillan no es para engañar sino para soñar mejor; se despliega en escenarios plenos de luz propia, aunque a veces no cuenten ni con alumbrado público; se empodera de las tecnologías, sean estas cámaras y micrófonos de primera o de quinta –lástima que siempre tienen nombres de multinacionales- adosándoles trípodes de producción casera, carros de travelling hechos con sillas de rueda o carritos de supermercado, cañas de pancartas devenidas en boom, pantallas lumínicas reflectantes que fueron envoltorios de regalos o cajas de telgopor; instala mesas de animación en salitas de cuatro con cajones de manzanas; claquetea rodajes con técnicxs  excelentes, formadxs en universidades públicas o en talleres barriales. Ni que hablar de las proyecciones en envidiables salas de competencia internacional o en escuelas ranchos no acustizadas, con paredes/sábanas/pantallas improvisadas, y espectadorxs exigentes sentadxs en el piso esperando que anochezca para ver y reconocer esas otras miradas que les miran sin ponerles las barreras de los que espectacularizan tan tan tan bien que enceguecen la vista.

El cine cuando se hace acción comunitaria no tiene remedio. Corcovea, sueña, cae, vuela, marcha, canta, coge, goza, sufre, crea, ama, suda olores indomables en la pelea cotidiana de las prácticas colaborativas, con recursos esquivos, enfrentándose a los mercaderes del sistema capitalista que se creen dueños legítimos de lo que se apropian vía explotación y guerras. Sus procesos tienen siempre un sustrato educativo, democratizante y contrahegemónico.

Hacer cine comunitario es producir actos políticos que desafían los  vaciamientos de la posverdad. Hacer un libro sobre cine comunitario también, y tiene su contaminación de arranque. No puede ser un libro de escritorio, elaborado en la soledad de la reflexión introspectiva, no puede pensarse alejado de los conflictos del país, territorio y/o colectivo que lo ha gestado y parido, no puede alejarse del barro inclasificable que se le pega en las escenas o en los créditos y se huele cuando se produce y comparte. Para hacer un escrito de estas experiencias hay que “mapear” su dispersa y rizomática territorialidad y su intermitente temporalidad, hay que conectarse con los protagonistas colectivos, tomar mate y mirar cine juntos, hay que trabajar con estrategias que den cuenta y se hagan cargo de estas prácticas que lidian siempre con los bordes, en márgenes de difícil legitimación artística, comercial, económica, legal y académica.

Este libro/acto político, que transitó por diversos barrios, provincias, con metodologías sospechadas de subjetividad, muestra en sus textos la marca del cine comunitario: es incompleto, pero desea y anuncia que va por más; propone, logra sentido y también se le pueden rascar miradas equívocas, pero sostiene verdades embarradas de las contradicciones vivificantes del hacer político. Fue proceso colectivo y ahora inaugura un circuito de circulación, si no de cine comunitario, si del reconocimiento de su existencia, de su dignidad y legitimidad para ser “objeto de estudio”, “fenómeno para el análisis”, “sujeto de la crítica”, “derecho para reclamar”, y, sobre todo, expresión, arte, espacio lúdico, experiencia solidaria y contrahegemónica para compartir.


  1. Magíster en Ciencias Sociales, Licenciada en Dirección de Cinematografía, Licenciada en Comunicación Social. Ha sido Directora del Departamento de Cine y TV de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Córdoba, donde es docente e investigadora. Co-dirige el Programa de Estudios sobre la Memoria en el Centro de Estudios Avanzados de la UNC. Es realizadora documentalista. La mayoría de sus obras son de producción y circulación no comercial, con especial enfoque en el tema de derechos humanos, luchas sociales y memoria de la historia reciente.


1 comentario

  1. librolab 29/07/2019 2:20 pm

    El sábado 17 de agosto, a las 17 en la Sala Néstor Dipaola (primer piso de la Cámara Empresaria de Tandil), Andrea Molfetta presentará su libro “Cine comunitario”. Acompañarán a la autora, Miguel Santagada y Guillermina Berkunsky. Actividad de la Biblioteca Popular de Salud Mental.

    El día viernes 16 de agosto, en la Facultad de Arte a las 17 hs., tendrá lugar la charla “Conversatorio. Prácticas y procesos del cine comunitario argentino” a cargo de la misma autora.

    Más información: http://www.feriadellibrotandil.com.ar/cine-comunitario-de-andrea-molfetta/

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