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Los movimientos sociales como actores de la política exterior

Convergencia entre Teorías de los Movimientos Sociales y Relaciones Internacionales

Leandro Sánchez

1. Introducción

Este capítulo busca analizar el protagonismo de los movimientos sociales como actor de la política internacional. Para ello recorre una serie de perspectivas teóricas, tanto provenientes de la Teoría de los Movimientos Sociales como de las Relaciones Internacionales (RI). Gran parte de la investigación contemporánea en la disciplina académica de las RI da por sentado que ciertas entidades, como los estados, las organizaciones internacionales o sus respectivos líderes, son capaces de actuar. Trata a la agencia internacional, es decir, la capacidad de actuar en política internacional, como analíticamente dada. Solo en raras ocasiones la pregunta versa sobre la emergencia de los agentes internacionales, y sin embargo esa pregunta es más que necesaria para abordar la acción colectiva transnacional. En este trabajo, se mueve la constitución de la agencia internacional al centro del escenario para poder pensar los movimientos sociales como actor de la política exterior.

Este cambio de perspectiva implica reconsiderar dos problemas de larga data en el campo: los niveles de análisis y la relación estructura/agente. Ambos se tratan ampliamente como preguntas analíticas que deben resolverse antes de comenzar una investigación empírica (Singer, 1961; Wendt, 1987). Sin embargo, incluso desde la perspectiva analítica se plantea que la agencia es un logro práctico y contingente.

Por lo tanto, es pertinente tener presente una definición amplia de agencia, entendida como ‘capacidad para actuar’, definición que se refinaría y se le daría contenido al comprometerse con material empírico. Ergo, a lo largo de este trabajo, se usa el término ‘agente’ para designar una entidad que puede actuar en un contexto específico y ‘agencia’ como la capacidad correspondiente para actuar[1]

Los autores de las RI han usado el término ‘agencia’ de varias maneras. Como observa Wight (2006: 178), “las atribuciones de agencia pueden cambiar, no solo dentro de las teorías, sino también dentro del espacio de una oración”. Incluso concluye que en el campo rara vez se tiene claro qué es una agencia, qué significa ejercer la agencia, o quién y qué podría hacerlo. Puede que esta situación no sea, necesariamente, el resultado de una falta de rigor analítico. Quizá, la variedad de nociones teóricas de agencia utilizadas en la disciplina refleja una variedad de comprensiones prácticas de agencia en el mundo. 

Es por eso que el interés analítico radica en cómo esta variedad práctica influye en la política internacional. El cambio de perspectiva propuesto, hacia una visión de la agencia como un logro práctico, no implica que todas las conceptualizaciones analíticas deban abandonarse. Tampoco es un argumento sobre la primacía ontológica de la práctica. La intención es traer a la vista fenómenos que con demasiada frecuencia se ignoran en la investigación, fenómenos que permanecen analíticamente invisibles si se comienza con la suposición de que los agentes ya existen. 

La cuestión de quién puede actuar es, a menudo, un tema político muy controvertido, vinculado a las atribuciones de responsabilidad moral, obligación legal y representación política (Schindler, 2014). Estudiar la agencia como un logro práctico pone de manifiesto un aspecto conflictivo que suele ser velado, a saber, que se trata de la identidad de quienes están involucrados en ellos (Ringmar, 1996).  

Para hacer justicia a esta importante característica de la vida social y, por lo tanto, abordar los movimientos sociales como objeto de estudio es necesaria una actualización de la caja de herramientas analíticas de las Relaciones Internacionales. Esta actualización puede basarse en tres tradiciones distintas del pensamiento social que teorizan cómo el ‘hacedor’ emerge del ‘hecho’ (Duvall y Chowdhury, 2011; Butler, 1990): postestructuralismo, estudios de performance y teoría de actores y redes. Estos corpus resaltan cómo las prácticas sociales producen ‘sujetos’, ‘actantes’ o ‘roles’. A pesar de las importantes diferencias, comparten una visión de la agencia como relacional, situacional y reflexiva (Bucher, 2017; Emirbayer, 1997; Jackson y Nexon, 1999). 

Puesto que hoy es imposible entender la dinámica política doméstica e internacional sin tener en cuenta las pasiones y las acciones de las personas organizadas en movimientos, este apartado intentar aportar, aunque de manera acotada, un repaso crítico de dos campos de saberes, que poco se nutren entre sí, a partir de su corpus bibliográfico. No se trata de un recetario teórico aunque algunos ingredientes se destacan más que otros.

Para ello es necesario delinear un breve recorrido sobre las Teoría de los Movimientos Sociales en primer lugar. La complejidad que ese fenómeno encierra confluye con dos inquietudes basamentales de la teoría social y obviamente significativas en las Relaciones Internacionales: los niveles de análisis y el vínculo agente/estructura. Ese segundo paso intentará revisar brevemente dicho dilema para, a posteriori, centrarse en los hilos de pensamiento que considero han inspirado importantes cuerpos de investigación en la disciplina: la teoría de la red de actores, el postestructuralismo, y el carácter “teatral” de la acción social.

2. De la estructura a la emoción: la Teoría de los Movimientos Sociales

Los movimientos sociales han sido abordados de distintas maneras, pero es posible trazar un pasaje de las perspectivas macro sociológicas a las micro fundamentaciones de las acciones políticas y sociales. Ese será el recorrido, sintético, de este apartado.

Durante treinta años, el paradigma dominante en la investigación sobre y en la teoría de los movimientos sociales estadounidenses fue la movilización de recursos (Oberschall, 1973; Gamson, 1995; McCarthy y Zald, 1977; Tilly, 1978), que posteriormente devino en la teoría de los procesos políticos (McAdam, 1982; Tarrow, 1994). Se privilegiaba el análisis de las circunstancias externas, tales como las alianzas de élite o la obtención de recursos (Jenkins y Perrow, 1977); los equipos políticos profesionales y de recaudación de fondos (McCarthy y Zald, 1977); la disminución en la represión estatal (Tilly, 1978); las crisis del Estado (Skocpol, 1979); y otras “ventanas de oportunidad” en el ambiente político (Kingdon, 1984). Esta sería una poderosa perspectiva estructural y organizacional que daba respuesta especialmente a los movimientos de los oprimidos, como lo fueron los movimientos de lucha por los derechos laborales y civiles que buscaban la plena inclusión y los “derechos ciudadanos” (Jasper, 1997). La principal laguna de este paradigma fue “la cultura”, que gozaba, simultáneamente, de su propio renacimiento en otras disciplinas de las ciencias sociales.

El final de los noventa atestiguo tanto la cristalización definitiva del paradigma de los procesos políticos, como el incremento de su crítica. Los defensores de la primera presentarían a esta perspectiva teórica como la que define el lenguaje -reducido a conceptos generales de estructuras de oportunidad, estructuras de movilización y marcos de alineación- necesario para contestar todas las preguntas básicas sobre los movimientos sociales (McAdam, McCarthy y Zald, 1996).

Las críticas teóricas apuntaban a que los supuestos de la teoría de la elección racional a menudo estaban insertos subrepticiamente en los modelos (Jasper, 1997: 33-37; Opp, 2009); a que conceptos tales como los de recursos y oportunidades políticas estaban ampliamente diseminados (Gamson y Meyer, 1996); a que el concepto de oportunidades combinaba coyunturas estratégicas de corto plazo y horizontes estructurales de largo plazo (Jasper, 2012); a que el paradigma hacía que las protestas se vieran muy simples y normales (Piven y Cloward, 1992); a que los sesgos estructurales no permitían fijar plenamente la atención en las dinámicas culturales (Goodwin y Jasper, 2004); y a que las emociones estaban del todo ausentes (Goodwin, Jasper y Polletta, 2000). Gran parte de la crítica consistía en que esta aproximación teórica ignoraba las elecciones, los deseos y los puntos de vista de los actores: los participantes potenciales se daban por sentados y como ya dados, tan sólo esperando la oportunidad de actuar.

Al final de los noventa McAdam, Tarrow y Tilly llevaron a cabo un esfuerzo bien sustentado para repensar el paradigma del proceso político desde una perspectiva más dinámica y cultural. El principal producto fue un libro llamado Dynamics of Contention (McAdam, Tarrow y Tilly, 2001), una aguda evaluación y refutación de muchos de los trabajos previos de los mismos autores. El grupo adoptó un enfoque “relacional” por el cual las relaciones difieren de las interacciones. Las relaciones ya están estructuradas y funcionando y las interacciones tienen lugar en medio de esas relaciones. Sin embargo, una perspectiva más estratégica examinaría las interacciones primero, como prioridad, y entonces, tal vez, trabajaría hacia atrás, para visualizar lo que los actores aportan a esas interacciones, sin asumir que exista una relación con la cual empezar a trabajar.

Mientras que Tilly y otros estaban forjando la movilización y la aproximación a la teoría de la oportunidad política en Estados Unidos, Touraine se encontraba luchando por entender el rumbo postindustrial en Francia. Después de 1968, habiendo formulado el concepto de la sociedad programada en la cual los humanos controlan sus destinos (o su “historicidad”: el ritmo y la dirección del cambio) a un grado sin precedentes (Touraine, 1969 y 1973), empezó a investigar una serie de movimientos sociales por medio de “intervenciones sociológicas”[2] (Touraine, 1978; Cousin y Rui, 2010).

La acción no reside más en algún actor colectivo que surgirá para dirigir la “historicidad” al nivel de un sistema social, sino en los esfuerzos de la gente común para expandir y proteger sus propias individualidades, lo que Touraine (1997) denomina el sujeto. Vehementemente rechaza al hombre económico interesado en sí mismo, con tradiciones de elección racional, pero también al ser humano sobre socializado de la sociología tradicional. Touraine pone el énfasis en la dimensión ética, centrada sobre todo en la autonomía individual, en vez de en el conflicto social estructurado.

Para expresar las ideas de Touraine acerca de los movimientos de las sociedades programadas, Melucci (1996) ayudó a promulgar el término “nuevos movimientos sociales”, los cuales “desviaban su enfoque de clase, raza y otros temas políticos más tradicionales hacia los terrenos culturales”. Estos movimientos están más preocupados por desafiar los códigos dominantes que por obtener el poder político. Las dimensiones cruciales de la vida diaria (tiempo, espacio, relaciones interpersonales, identidad personal y de grupo) han sido incorporadas en estos conflictos y nuevos actores han reclamado su autonomía para darle sentido a sus vidas. El intento principal de Melucci fue promover los puntos de vista culturales de los movimientos sociales, conceptos para apreciar los puntos de vista de los participantes. No obstante, aún faltaba algo en el nivel de lo psicológico. Incluso, más armónico con las dinámicas psicológicas y de psicología social que la mayoría de los autores (Melucci, 1996), tenía micro fundamentos débiles[3].

Es obviamente posible construir modelos estructurales que ignoren los micro fundamentos de la acción política, pero éstos son precarios. Los modelos de nivel macro debieran ser compatibles con las motivaciones y otros fenómenos de nivel micro. Sin embargo, si los micro fundamentos no se hacen explícitos no pueden probarse y los macro modelos regularmente se ven sorprendidos o problematizados. A menudo, las micro suposiciones se introducen subrepticiamente dentro de modelos que los profesionales no aceptarían si fueran hechas explícitas. Parece preferible comenzar con micro fundamentos, ya que siempre es posible construir el nivel macro. Aunque empezar en el nivel macro y tratar de construir hacia abajo, implica deducir suposiciones desde tu propio punto de partida.

McDonald, alumno de Alain Touraine, ha adoptado este enfoque de abajo hacia arriba. Rechaza los modelos de movimientos sociales que sean demasiado instrumentales o demasiado expresivos; parte del cuerpo, en lugar de hacerlo a partir de los símbolos (McDonald, 2006: 218). Pleyers[4] examina de un modo similar los “caminos de la subjetividad” en el movimiento globalifóbico. “Las experiencias vividas”, sostiene, utilizando un término que cumple con la misma función que el de corporización de McDonald, “no pueden ser delegadas”, así que los participantes desconfían de las organizaciones formales y de las jerarquías (Pleyers, 2010: 44).

Touraine, Melucci, McDonald y Pleyers han estado tratando de encontrar los micro fundamentos de la acción que faltaban en los primeros trabajos de Touraine. Ni McDonald ni Pleyers incluyen explícitamente a las emociones, pero sus experiencias corporales y vividas apuntan en esa dirección. Las emociones son una parte esencial de la acción; ellas evitan una visión idealista de símbolos e ideas que dirija a la gente y son las que la conducen hacia la movilización o en su contra.

Ahora bien, ¿qué hay de la aproximación que ha definido por largo tiempo el micro nivel primario de la teoría de la acción humana, la teoría de las decisiones racionales? Un año después de que Tilly publicara su libro sobre la Vendée (Tilly, 1964), que comenzó a definir la perspectiva de la oportunidad política, Olson publicó un pequeño volumen llamado La lógica de la acción colectiva, que aplicaba los supuestos de la microeconomía a la acción colectiva. Los actores racionales participan en sindicatos, movimientos sociales y revoluciones -cualquier clase de acción colectiva- sólo si ganan personalmente algo que no obtendrían por no participar. Olson (1965: 61) es famoso por reconocer los factores morales y los emocionales, tan sólo para excluirlos posteriormente de su modelo basado en el hecho de que “no es posible obtener pruebas empíricas de la motivación tras las acciones de una persona”. Por supuesto, ello es tan imposible como obtener pruebas de que alguien está motivado por el interés propio.

Opp (2009), por su parte, presenta el paradigma de la elección racional como la única aproximación a los movimientos sociales que cuenta con una teoría general y explícita de la acción. Diseccionando concienzudamente otras tradiciones, Opp muestra que ellas sólo tienen sentido cuando se adiciona una teoría de la acción de nivel micro, la cual está ya implícita. Llega a esta conclusión definiendo a la elección racional muy ampliamente (Opp, 2009: 2-3) y apuntando que “las preferencias (es decir, las metas, motivaciones o deseos) de los actores individuales son condición para su comportamiento”.

La teoría de la acción de Opp no requiere que la gente sea egoísta o brillante, pero sí la retrata como altamente conocedora, consciente de sus metas y capaz de definirlas y balancearlas. Si la gente hace lo que ella piensa que es mejor en ese momento, eso abre la puerta a toda clase de dinámicas interpretativas y emocionales que le dan forma a sus percepciones e incentivos. Opp no dice mucho acerca de ello, especialmente acerca de las emociones, probablemente porque no parecen ellas ser lo suficientemente rigurosas como para formularse dentro de proposiciones que suenen científicas y que los teóricos de la decisión racional han favorecido (Elster, 1999).

Inevitablemente, el péndulo intelectual se ha alejado de los grandes paradigmas estructurales e históricos y ha regresado a la creatividad y a la agencia; a la cultura y el significado; a la emoción y la moralidad. Sin embargo, un péndulo no regresa exactamente al mismo lugar con cada balanceo. En lugar de un regreso a la gran fenomenología de Husserl o de Merleau Ponty, la ruta es ahora colocar firmemente al significado y a la intención en contextos sociales, en arenas institucionales, en redes sociales y en formas de interacción que los estructuralistas consideraban importantes. Teóricos como Touraine, Giddens, Bourdieu y Habermas persiguieron tales síntesis -con mayor o menor éxito- en los setenta y los ochenta; y una década después los efectos de la ola empezaron a aparecer en el estudio de los movimientos sociales.

En un esfuerzo magistral, Cefaï (2007)[5] desenterró la herencia de Chicago de Robert Park y sus continuadores intelectuales para volcarlos a este fenómeno. Cefaï muestra el poder de la idea parkiana de públicos, como opuesta a las más fácilmente descartables de multitud y de masas. También estudia una tradición de Chicago a través de las investigaciones de Klapp y Gusfield. Rechazando la idea de que las multitudes son irracionales, Cefaï muestra que gran parte del “comportamiento colectivo” ocurre en y alrededor de los movimientos sociales.

El autor logra un acierto metodológico también cuando presenta a la etnografía como el camino más seguro para entender las situaciones en las que los humanos trabajan y retrabajan su concepción del mundo que los rodea[6].

Emirbayer ha seguido un camino paralelo, de vuelta al pragmatismo. Llamando a su versión “pragmática relacional”, sigue a Dewey al atacar las teorías “de la interacción”, las cuales asumen que las entidades interactuantes permanecen estables a través de las interacciones. En vez de ello, insiste en que las unidades involucradas en una transacción derivan su intención, significado e identidad de los [cambiantes] roles funcionales que operan dentro de la transacción. Emirbayer ha aplicado esta aproximación relacional a la actuación y a las emociones de la acción colectiva, encontrando en el análisis de redes un método prometedor para examinar las relaciones sin tener que descubrir los lazos entre las entidades que se relacionan entre sí (Emirbayer y Goodwin, 1994; Emirbayer y Mische, 1998; Emirbayer y Goldberg, 2005).

A su vez, mucho de la teorización del constructivismo cultural proviene de feministas, de Beauvoir a Butler; además, los feminismos serían una fuente para el redescubrimiento inicial de las emociones en los movimientos sociales de mediados de los noventa (Kleinman, 1996; Taylor, 1996; Groves, 1996). En contraste con el “manifiesto” de Emirbayer, nadie ha llevado estas piezas de los feminismos y la teoría/militancia queer a un programa coherente o una “gran teoría” que se pueda emplear como representativa de esta tradición. Quizá porque esa no es la aspiración epistemológica de esas perspectivas.

Por otra parte, arraigada especialmente en la psicología de los veinte y los treinta, entre figuras como Vygotsky (1978), Leontyev (1981) y Luria (1976), la teoría de la actividad[7] que apunta a balancear las acciones realizadas por los individuos y los contextos sociales en los que ellos las realizan, poniendo igual atención sobre ambos aspectos es otro gran aporte. Krinsky y Barker (2009: 213; Krinsky, 2007) han aplicado explícitamente la teoría de la actividad para proponer que esta sugiere visualizar a la estrategia como algo que envuelve a y emerge de un proceso permeado de cultura y cargado de emociones, que implica actividad a futuro, orientada a metas dentro y entre sistemas de actividad conjunta.

Estos esfuerzos teóricos, y muchos otros recientes, están tejidos de hilos comunes. Reflejando amplias tendencias en la ciencia social, los teóricos de los movimientos sociales se están aferrando a las nociones de agencia. La elección individual garantizó un lugar para la agencia en la teoría de juegos y en la de la elección racional, pero las imágenes reduccionistas de las metas humanas luego la restringieron. La desatención a la cultura es una razón debido a la cual la teoría de la elección racional, aun en su forma más amplia, no es sino sugestiva de una novedosa ruta. Ahora bien, los significados han de ser lo que los actores realmente respalden, no el “significado” que los estudiosos atribuyan a una “historia de la sociedad”. Existe una variedad de herramientas y metáforas para rastrear esos significados en la política: narratividad, discursos, textos, lugares, íconos, caracteres y retórica, entre otras (Jasper, 2007). Se trata de mecanismos distintos que conllevan significados y no debieran ser reificados en teorías separadas e incompatibles.

Como parte de este esfuerzo por incorporar un amplio rango de significados es necesario sumar las emociones a ese aparato cognoscitivo que todas las herramientas de trabajo han intentado adoptar. Hasta ahora, el redescubrimiento de las emociones ha sido un camino independiente, imperfectamente incorporado a otros enfoques (Goodwin, Jasper y Poletta, 2001; Gould, 2009; Hoggett, 2009), pero las emociones ayudan a que el mundo alrededor tenga significado y a formular acciones que respondan a los acontecimientos: una forma de pensar y de evaluar más a menudo y no una fuente de irracionalidad (Nussbaum, 2001). Numerosos conceptos estructurales, tales como las estructuras de oportunidad política y la mayoría de los conceptos culturales, como los enmarcamientos y las identidades, dependen de subrayar el impacto causal de los mecanismos emocionales.

3. Entre los niveles de análisis y el vínculo agente/estructura

El pasaje o la incorporación de las Teorías de los movimientos Sociales a las Relaciones internacionales implica la distinción entre distintos niveles de análisis, que ha sido una estrategia analítica común. Esta idea influyente se remonta al intento de Waltz de localizar las principales causas de la guerra al distinguir tres imágenes de la política internacional[8]. Desde entonces, muchos autores han refinado esas categorías, proponiendo una amplia variedad de niveles y agentes correspondientes, como individuos, burocracias, estados, regiones y el sistema internacional (Singer, 1961; Hollis y Smith, 1990; Buzan, 1995). Sin embargo, más allá del consenso básico de que los niveles del estado y el sistema internacional son importantes, no hay acuerdo sobre cuáles son los niveles relevantes y, en consecuencia, los agentes relevantes para una investigación sobre la dinámica de la política internacional.

En particular, la lógica del problema de los niveles de análisis incita al investigador a resolver el problema de la agencia sobre bases teóricas antes de comprometerse con material empírico. Por lo tanto, en su clásica contribución al debate, Singer argumenta que,

El problema no es realmente decidir qué nivel es más valioso para la disciplina en su conjunto y luego exigir que se cumpla desde ahora hasta la eternidad. Más bien, se trata de darse cuenta de que existe este problema conceptual preliminar y que debe resolverse temporalmente antes de cualquier tarea de investigación. (Singer, 1961: 90)

Pero si “temporalmente” se resuelve la cuestión de la agencia mediante una afirmación teórica antes de identificar lo que resulta interesante, ya se ha decidido qué tipo de mundo se quiere ver. Se hace imposible ver cómo se constituye la agencia en la práctica. Además, aunque Waltz y Singer enfatizan que lo que proponen es una distinción analítica, se confunde fácilmente con una ontológica. Como señala Mabee (2007: 434), existe una tendencia a ‘reificar estos niveles en lugar de verlos como formas complementarias de ver problemas de investigación particulares’.

Las Relaciones Internacionales siguen siendo una empresa bastante centrada en el estado. Como consecuencia, los niveles de análisis aparecen, simplemente, como diferentes grados de agregación de una misma cosa: la política interestatal. Desarrollos más recientes en la política mundial han creado una imagen más compleja. Nuevos actores se han unido al elenco de la política internacional demostrando que pueden tener agencia en la política internacional (Finnemore y Sikkink, 1998; Keck y Sikkink, 1998), y que las organizaciones internacionales poseen la capacidad de actuar independientemente de los directores de sus estados miembros (Barnett y Finnemore, 2004; Martin, 2006). Sin embargo, la introducción de todas estas entidades como agentes potenciales de la política internacional no ha desafiado el modo predominante de tratar el problema de la agencia, que es a través de una afirmación teórica, a veces, reduccionista.

En paralelo, en lo que respecta al vínculo agente/estructura[9], se abrió una vía prometedora para la teorización de la agencia cuando Wendt (1987) introdujo ello en las Relaciones Internacionales. Wendt criticó las teorías del campo por resolver este problema al convertir uno de los dos elementos en ‘unidades ontológicamente primitivas’, argumentando que, como resultado, no podían explicar las propiedades y poderes causales de sus unidades primarias de análisis (Wendt, 1987: 337). Por lo tanto, las teorías que asumen la agencia de ciertos actores, como lo hacen todos los enfoques racionalistas, no pueden explicar de dónde provienen sus ‘poderes causales’. La propuesta de Wendt, que luego desarrolló en una teoría integral de la política internacional, es concebir a los agentes y estructuras como “entidades mutuamente constitutivas pero ontológicamente distintas” (Wendt, 1987: 360). Si bien el problema de los niveles de análisis resalta la cuestión de quiénes son los agentes relevantes, el problema de la estructura y la agencia resalta lo que significa actuar frente a las restricciones estructurales[10]

Wendt (1987: 339) había señalado inicialmente que “los principios organizadores del sistema estatal constituyen estados como unidades individuales de elección que son responsables de sus acciones”; en otras palabras, la agencia de los actores internacionales está conformada por la estructura del sistema internacional (Jackson y Nexon, 1999: 296). 

Consecuentemente, sin embargo, él y otros, en busca de un camino intermedio entre los enfoques positivistas y post-positivistas, limitaron sus análisis a la constitución de identidades e intereses, al tiempo que delimitaban otros aspectos de la agencia. Las propuestas para endogenizar la identidad corporativa y estudiar “los procesos que involucran la aparición y desaparición de actores políticos, así como las transformaciones de límites” (Cederman y Daase, 2003: 6) no fueron escuchados. Como señalan Fearon y Wendt (2002), como los racionalistas, los constructivistas modernos se han contentado, en gran medida, con tomar como dados de manera exógena en algún tipo de actor, ya sea un estado, movimiento social transnacional, organización internacional o lo que sea . El camino del medio resultó ser una ‘calle de sentido único’ (Herborth, 2004: 61; Sending, 2002).

Menos interesada en cómo los compromisos metateóricos de ese programa se traducen en teorías reales de la política internacional, cierta crítica ha apuntado a la concepción dualista de agencia y estructura en sí. En una contribución fundamental, Emirbayer y Mische (1998: 962) diagnosticaron que una fijación en la interpenetración de la agencia y la estructura había dejado a la teoría social con una “concepción plana y empobrecida” de la agencia. Dicho diagnóstico se aplicó a gran parte de la literatura sobre relaciones internacionales de finales de la década de 1990. Al afirmar que los agentes y las estructuras son mutuamente constitutivos, los académicos estructuradores del campo tienden a reificar tanto a los agentes como a las estructuras como entidades de distintas cualidades ontológicas (Bucher, 2017; Jackson y Nexon, 1999). Haciendo eco del llamado de Emirbayer (1997) para una ‘sociología relacional’, Jackson y Nexon (1999) propusieron poner ‘relaciones antes que estados’ y dibujaron los contornos de un campo relacional.

En contraste con la mayoría de los enfoques, que toman ciertas entidades como dadas y luego estudian cómo interactúan, los relatos relacionalistas toman las interacciones como su punto de partida y luego estudian cómo los patrones de tales interacciones (a menudo también denominadas configuraciones, figuraciones o formaciones) influyen sobre los elementos, aparentemente estables, del mundo social. Como señalan Jackson y Nexon (1999: 308), “en lugar de simplemente examinar lo que hacen los agentes, el análisis [relacionalista de proceso] puede proporcionarnos teorías sobre qué agentes son y cómo se produce y sostiene su agencia”. De manera crucial, una perspectiva relacionalista no requiere una definición a priori de lo que abarca exactamente la agencia. El relacionalismo permite comenzar a ver la agencia no como un elemento singular y esencial, sino desglosar lo que se entiende por “agencia” en diferentes aspectos. 

Las Relaciones Internacionales también han sido testigo del surgimiento de la teoría de la práctica (Neumann, 2002; Adler y Pouliot, 2011; Bueger y Gadinger, 2015), una familia de enfoques que se entiende explícitamente como relacional (Nexon y Pouliot, 2013). Estos enfoques estudian formas de actividad socialmente reconocidas, realizadas sobre la base de lo que los miembros aprenden de los demás, y capaces de hacerse bien o mal, correcta o incorrectamente (Barnes, 2001: 19; Neumann, 2013: 87). Es una preocupación central para estos enfoques conceptualizar la constitución de agentes como un efecto de las interacciones: la agencia es el resultado de la práctica más que su fuente (Bially Mattern, 2011: 72; Duvall y Chowdhury, 2011: 337).

La (re)emergencia de la agencia

Si bien una revisión exhaustiva de esta literatura está más allá del alcance de este trabajo, esta sección se centrará en esos hilos de pensamiento que han inspirado importantes cuerpos de investigación sobre la base de lo planteado anteriormente, a saber, la teoría de la red de actores, el postestructuralismo y la “teatralidad” de la acción social.

Un hilo de pensamiento que concibe la agencia como un efecto de las prácticas es la teoría de la red de actores[11]. El movimiento teórico crucial de esta literatura es concebir la agencia como un efecto relacional. La capacidad de actuar no es una característica intrínseca de una entidad individual, sino que se deriva de su incrustación en una red de enlaces a otras entidades. Podría decirse que la teoría de la red de actores ha recibido la mayor atención por la proposición provocativa de que el carácter emergente de la agencia se aplica por igual a entidades humanas y no humanas. La contribución de la teoría de la red de actores a la teoría social, sin embargo, no radica tanto en la idea de que las cosas pueden actuar, sino en su problematización de lo que significa actuar en absoluto.

La recepción de la teoría actor-red en Relaciones Internacionales ha tendido a enfatizar demasiado el punto de la agencia no humana a costa de descuidar su relacionalismo. El interés por el vocabulario teórico de la teoría actor-red ha aumentado en los últimos años (Barry, 2013; Best y Walters, 2013; Passoth y Rowland, 2015). Empíricamente, esta perspectiva se ha aplicado a cuestiones como la seguridad internacional (Aradau, 2010; Schouten, 2014), el fracaso estatal (Schouten, 2013), las prácticas de tortura (Austin, 2016) y el uso de conceptos en la disciplina (Bueger y Bethke, 2014). Al mismo tiempo, el trabajo más reciente de Callon ha provocado una ola de nuevas investigaciones en Economía Política Internacional sobre el papel performativo que desempeñan las teorías y modelos económicos en la configuración de mercados y agentes económicos (Braun, 2016). En finanzas, este enfoque ha arrojado nueva luz sobre la agencia de los fondos de cobertura (Hardie y MacKenzie, 2007), los inversores institucionales (Watson, 2009) y los bancos centrales (Holmes, 2014; Braun, 2015). 

La noción de performatividad, por su parte, es de crucial importancia para el pensamiento postestructuralista en la agencia. Se remonta a la obra del filósofo lingüístico Austin, quien introdujo la idea de la naturaleza performativa de ciertas expresiones[12]. Austin ejerció una influencia particularmente fuerte en el trabajo de postestructuralistas, como Derrida y Butler. Transfiriendo la idea de performatividad de la filosofía del lenguaje a la teoría política, enfatizan las incertidumbres e inestabilidades de los actos performativos. Así, Derrida (1988) critica a Austin por ignorar el papel constitutivo que juega el riesgo de ruptura en el habla. El enfoque predominante de Austin está en las condiciones que hacen que los actos de habla sean exitosos, y no en cómo y por qué fallan los actos de habla. Sin embargo, el fracaso es, argumenta Derrida, constitutivo de la performatividad. Precisamente porque los actos de habla pueden salir mal, su enunciado exitoso tiene efectos performativos, lo que da origen a hechos que podrían ser de otra manera. Derrida extiende esta idea no solo al discurso, sino también a la práctica social en general. Butler (1990, 1993) sigue esta línea de argumentación, demostrando que las atribuciones de género se basan en prácticas reiterativas que hacen que lo que es históricamente contingente parezca natural y fijo. Desde esta perspectiva, las prácticas estabilizan a los agentes, pero nunca lo hacen por completo, dejando las identidades y las prácticas que las sostienen abiertas a la apropiación y el cambio.

Después de la adopción temprana de ideas postestructuralistas en las Relaciones Internacionales (Der Derian y Shapiro, 1989), las concepciones postestructuralistas de la agencia se hicieron muy influyentes en la disciplina. Quizás, como era de esperar, las investigaciones postestructuralistas de la agencia se han centrado principalmente en el estado. Weber, por ejemplo, emplea el concepto de performatividad para desnaturalizar el estado-nación soberano. Como “sujetos en proceso”, los estados-nación soberanos son “los efectos ontológicos de las prácticas que se ejecutan de manera performativa” (Weber, 1998: 78). La idea de la constitución performativa de la agencia también está presente, aunque a menudo implícitamente, en la literatura más amplia sobre la construcción de identidades estatales. Aquí, los discursos que delimitan los límites entre uno mismo y el otro constituyen el estado como un tipo particular de agente (Neumann, 1999; Ringmar, 1996). Estos discursos son performativos no solo porque identifican los posibles peligros que amenazan al yo, sino también porque establecen al estado como el actor designado para tratar con ellos. Realizan la agencia estatal a través de la ‘titulización’ de varios sectores políticos (Wæver, 1995; Buzan et al., 1988; Balzacq, 2005; Hagmann, 2018) y protegen lo que, siguiendo a Giddens, se ha denominado la ‘seguridad ontológica’ de los estados (Huysmans, 1998; Mitzen, 2006; Steele, 2008; Zarakol, 2010). Otros han identificado tales desempeños de agencia a nivel de regiones en lugar de estados (Hellmann et al., 2013; Lopez Lucia, 2016).

En los últimos años, muchos estudiosos postestructuralistas han recurrido al estudio de las prácticas. Mientras que algunos han tomado estrictamente discursos como prácticas discursivas, otros han trazado una línea más fuerte entre los dos conceptos, reconociendo que el discurso constituye la condición previa para la acción, pero insistiendo en que las prácticas son clave para comprender cómo se desarrolla dinámicamente la política (Neumann, 2002; Adler y Pouliot, 2011; Bueger y Gadinger, 2015; Schindler y Wille, 2015). Adler y Pouliot (2011: 4), por ejemplo, entienden las prácticas como “actuaciones competentes”, lo que significan que las prácticas son patrones de acción socialmente significativos, que, al realizarse de manera más o menos competente, encarnan, actúan y posiblemente reifican simultáneamente el conocimiento de fondo y el discurso en y sobre el mundo material. Como lo expresan Duvall y Chowdhury (2011), las prácticas son “el medio por el cual los sujetos se producen como tales”, lo que requiere que los académicos tomen en serio la “dinámica de producir y realizar temas colectivos” (p.338).

Un tercer apartado del pensamiento teórico social enfatiza fuertemente el carácter “teatral” de la acción social. Goffman (1959) argumentó que la acción social en la cultura occidental puede entenderse como acción dramatúrgica. Las acciones son “actuaciones” en el sentido teatral del término, y las personas son “actores” en el sentido de ser “gestores de impresión” ante una audiencia. Turner (1974), en otra contribución seminal, destacó los momentos rituales ‘liminales’ que producen un fuerte sentido de solidaridad entre las personas (‘communitas ‘), trascendiendo las distinciones de estatus y las restricciones normativas. Aquí, “actuación” se entiende, generalmente, como un “proceso social por el cual los actores, individualmente o en concierto, muestran a otros el significado de su situación social” (Alexander, 2006: 32). Dichas representaciones comprenden acciones que van desde rituales cotidianos hasta grandiosas representaciones teatrales. Los elementos centrales de una actuación son los repertorios de significado, su instanciación por parte del actor y la recepción por parte de la audiencia. Los actores toman prestados significados del discurso, reafirman estos significados a través de su actuación y luego los devuelven al discurso mientras la audiencia interpreta los eventos organizados antes que ellos (Ringmar, 2012: 2). 

Más recientemente, Alexander (2004) ha desarrollado una teoría influyente de las actuaciones sociales que se basa tanto en la sociología de la acción dramatúrgica cotidiana de Goffman como en la teoría de los rituales de Turner. En mayor medida que sus predecesores, Alexander enfatiza que, si bien las actuaciones en colectivos sociales tradicionales a pequeña escala son una cosa, funcionan de manera muy diferente en sociedades complejas, segmentadas y diferenciadas. Aunque los rituales continúan jugando un papel esencial, tanto los artistas intérpretes como el público se han “desunido” de la producción ritual. Cuando falla la fusión, las interpretaciones parecen artificiales y artificiales, menos como rituales que como interpretaciones en sentido peyorativo. 

En Relaciones Internacionales, los estudiosos de diferentes persuasiones teóricas han aprovechado las ideas de Goffman, Turner y otros. El trabajo de Goffman en particular permite salvar la división racionalista-constructivista en el sentido de que “los actores se comportan estratégicamente, pero la acción estratégica consiste principalmente en el uso egoísta y manipulador de actuaciones y auto-presentaciones, marcos y argumentos” (Schimmelfennig, 2002: 425). Así, la concepción de Goffman de la acción performativa ha encontrado aplicación en el trabajo de racionalistas y constructivistas (Barnett, 1998; Schimmelfennig, 2002; Adler-Nissen, 2014). Incluso, hacia el extremo constructivista del espectro, ha habido un creciente interés en las “representaciones encarnadas” enfatizadas por los estudios de performance (Edkins y Kear, 2013; Ringmar, 2016; Wilcox, 2015; Fierke, 2013).

4. Conjeturas

Si el problema de la estructura y la agencia es uno ontológico, entonces, como se señaló anteriormente, no puede resolverse por el peso de la evidencia. Hay allí una falacia epistemológica, buscar soluciones empíricas a preguntas ontológicas. Porque, precisamente, el mismo catálogo de eventos puede explicarse de manera diferente dentro de diferentes esquemas ontológicos. 

Si, entonces, se debe tener cuidado de no implicar una resolución empírica a los dilemas ontológicos, es igualmente importante resistir la tentación de asumir que las ontologías sociales proporcionan soluciones acomodadas a las preguntas empíricas. Ello implicaría una falacia ontológica, buscar soluciones ontológicas a preguntas empíricas.

A pesar de su nombre, el problema de la estructura y el agente no es, en absoluto, puramente analítico, tampoco el de los niveles de análisis. Más bien, las prácticas y los eventos en sí mismos producen relaciones específicas entre agentes y estructuras. En su artículo seminal sobre el relacionalismo en Relaciones Internacionales, Jackson y Nexon (1999: 318) sugieren que el concepto de agencia incluye diferentes aspectos que “pueden no ser constantes para todos y cada uno de los agentes”. Los “aspectos” conceptuales de la agencia dependen de las prácticas particulares que se examinan. Es por eso que las soluciones puramente analíticas a los problemas de agencia expresan en última instancia una visión parcial del mundo. Tales conceptualizaciones expresan el consenso cultural de un tiempo y lugar dados, más que la naturaleza objetiva de las cosas e implican abandonar cierta “teorización de espectador”.

La línea de estudios antropológicos, aunque con diferentes énfasis y propuestas, ha influido en los análisis sobre América Latina[13] por su potencialidad para captar acciones de los grupos subalternos en contextos que trascienden el sistema político formal rescatando la capacidad de agencia. Es allí donde se puede buscar una adecuada forma de abordar la acción colectiva transnacional.

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  1. No hay acuerdo en la teoría social sobre cómo debe conceptualizarse la agencia. Para algunos autores, la agencia está estrechamente vinculada a la idea de un sujeto humano con una historia, intenciones y la capacidad de tomar sus propias decisiones. Desde este punto de vista, “una capacidad de agencia -de desear, formar intenciones y actuar creativamente- es inherente a todos los humanos” (Sewell, 1992; Emirbayer y Mische, 1998). Otros han intentado ir más allá de esta comprensión antropocéntrica al concebir la agencia como la mera calidad de ser activo o vibrante, una cualidad que no está reservada para sujetos humanos (Barad, 2003; Latour, 2005; Bennet, 2010). 
  2. Como otros autores, Touraine parecía pensar que conocía las metas de los participantes mejor que los participantes mismos. Como resultado de varios rechazos, Touraine abandonó en parte el proyecto de juzgar al movimiento social que continuaba con la lucha sobre la historicidad en la sociedad postindustrial. Su humor se volvió más pesimista en la medida en que los movimientos que estudió se perdieron, en su mayoría, en sus propios esfuerzos por controlar el cambio social, especialmente con respecto a las grandes empresas (Touraine, 1997).
  3. Lo anterior demuestra que la aproximación de Touraine, si bien otorgaba un lugar central lógico para la identidad (Cohen, 1985), todavía operaba en un nivel macro social que desalentaba la revisión seria de los mecanismos micro sociales, algo muy parecido a las limitaciones de la escuela de la oportunidad política (esto no es sorprendente, dada la deuda que ambas propuestas tienen con el marxismo) 23.
  4. Al igual que McDonald es miembro internacional del Centro de Análisis y de Intervención Sociológicos (CADIS), el instituto que fundó Touraine.
  5. Este autor combina el legado de Chicago con los enfoques de la oportunidad política y de la sociedad programada, y accede hasta los últimos días de la obra del representante de Chicago, Erving Goffman.
  6. La historia intelectual de Cefaï genera un número de mecanismos útiles en el nivel micro, así como también aclara el camino para una posterior elaboración de conceptos llenos de significados culturales y emocionales.
  7. CHAT por sus siglas en inglés, Cultural-Historical Activity Theory, Teoría de la Actividad Histórico-Cultural.
  8. Una explicación puede localizar las causas de la guerra ‘dentro del hombre, dentro de la estructura de los estados separados, [o] dentro del sistema de estado’ (2001: 12). 
  9. En el centro de este problema teórico se encuentra la cuestión de si los agentes dan forma a las estructuras sociales o viceversa (Bourdieu, 1977; Giddens, 1984). 
  10. En opinión de Wendt, los agentes internacionales -principalmente los estados- están limitados por las estructuras sociales, pero también tienen el poder, a través de sus actos, de transformar estas mismas estructuras.
  11. La teoría de la red de actores se originó a fines de la década de 1980. Sus primeros protagonistas fueron Latour, Callon y Law (Callon, 1986; Callon y Latour, 1981; Latour, 1987; Law, 1994). 
  12. El punto de partida de Austin es que no todas las declaraciones se refieren a realidades preexistentes. 
  13. Entre ellos se destacan estudios sobre el papel de la ritualidad en la configuración de relaciones de clase, conciencia y autonomía, como el caso de los trabajadores de las minas bolivianas (Nash, 1979; 2001) o los campesinos del valle de Cochabamba (Lagos, 1997); el lugar de la violencia y el terror en la constitución de relaciones políticas y sociales (Taussig, 1993; Isla, 1999); las relaciones sindicales y laborares a partir de la reconstrucción de campos de fuerzas sociales, como la formación del proletariado en Venezuela (Roseberry, 1985) y el estudio de los procesos de salud-enfermedad y su significación política en el caso de los trabajadores gráficos de Argentina (Grimberg, 1997). Otro núcleo de análisis ha sido el referido a los movimientos sociales. Algunos estudios han considerado el problema de la autonomía respecto al Estado y los partidos políticos (Escobar, 1992; Wallace, 1998) mientras que otros han dado cuenta de la articulación compleja entre dominación y resistencia a partir del estudio de las “rondas campesinas” en el norte de Perú (Starn, 1992). Asimismo, un aspecto destacado del análisis consistió en poner de manifiesto las desigualdades de género en la formulación de estrategias, objetivos y en la propia identidad de los movimientos sociales. Así, se estudió la politización de las relaciones de género y la producción de masculinidades (Gutman, 1997) y, en especial, la incidencia de los marcadores de género en los objetivos y liderazgos dentro de los movimientos (Blondet, 1990; León, 1994). Recientemente, un conjunto de estudios se centraron en los efectos del neoliberalismo y la globalización en las protestas populares latinoamericanas (Gledhill, 1996; Nash, 1992; 2005).


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