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La resistencia social a la política exterior aperturista durante la presidencia de Macri

Los casos de las Cumbres de la OMC y el G20 y el Acuerdo Mercosur-Unión Europea

Leandro Morgenfeld

Introducción

Desde diciembre de 2015, cuando llegó a la Casa Rosada, Mauricio Macri desplegó una política exterior orientada a lo que llamó “volver al mundo”, para ampliar las exportaciones, atraer inversiones y facilitar el crédito internacional. Como parte de su estrategia de alineamiento con Estados Unidos y las potencias europeas, propuso a la Argentina como sede de la XI Reunión Ministerial de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y también de la Cumbre Presidencial del G20. Además, alentó la firma del Acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea (UE), cuya negociación estaba trabada hacía años. Estos tres supuestos éxitos de la política exterior macrista, exhibidos como sus mayores logros –junto a la visita de Barack Obama, en marzo de 2016-, generaron, sin embargo, una sostenida resistencia social y política. En este artículo analizamos qué tensiones se produjeron en torno a esas dos cumbres multilaterales que tuvieron lugar en Buenos Aires en 2017 y 2018, y la firma del Acuerdo Mercosur-UE, anunciada en 2019, y cómo se instrumentaron las resistencias frente a esos tres supuestos hitos de la Alianza Cambiemos. Esta investigación, que se enmarca en una de más largo aliento, sobre los condicionantes internos de la política externa, muestra que, lejos del consenso que pretendió exhibir el gobierno argentino, en los tres casos se articularon coaliciones sociales y políticas que impugnaron y resistieron esa orientación aperturista.

En sus primeros meses en el gobierno, la Alianza Cambiemos (2015-2019) decidió impulsar una política exterior aperturista. Apuró las negociaciones comerciales en tres direcciones: intentar sellar un acuerdo entre el Mercosur y la UE, avanzar hacia un tratado de libre comercio con Estados Unidos[1] y converger con la Alianza del Pacífico, como primer paso para sumarse al Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, según sus siglas en inglés). Macri abandonó una política exterior de orientación latinoamericanista, que apuntaba a profundizar el vínculo con los BRICS, y reeditó una suerte de relaciones carnales con Estados Unidos[2].

Argentina pagó todo lo que demandaban los fondos buitres (9300 millones de dólares), Macri viajó en enero de 2016 al Foro Económico de Davos y dos meses más tarde recibió a Barack Obama en Buenos Aires. Con la visita del saliente presidente estadounidense, la Casa Blanca procuró transformar a la Argentina, que tantas veces en la historia había dificultado sus proyectos hegemónicos a nivel continental (Morgenfeld, 2011), en el flamante aliado que legitimase el avance de las derechas en la región. El entonces mandatario estadounidense lo repitió varias veces en Buenos Aires: Macri era el líder de la nueva época, el ejemplo a imitar. Además, y como veremos en profundidad más adelante, en febrero del 2016, Estados Unidos había firmado el TPP, que incluía a tres países latinoamericanos –México, Perú y Chile-, pero al que aspiraban a sumar a otros –Colombia, Argentina-. El por entonces previsible triunfo de Hillary Clinton, la candidata de Obama, parecía garantizar la continuidad de esa política y allanar el camino para esa estrategia restauradora. La visita de Obama, entonces, fue un escenario para que la Casa Rosada pusiera en escena el nuevo alineamiento con Washington, la tan mentada “vuelta al mundo”, aunque cuidando detalles, para evitar que el nuevo vínculo sea asimilado a las relaciones carnales de la década menemista. Tal como analizamos en detalle en otros escritos, la visita no estuvo exenta de cuestionamientos sociales y políticos y diversas manifestaciones de protestas, en especial por haberse concretado el 24 de marzo, justo cuando se cumplían 40 años del golpe de estado cívico-militar (Morgenfeld, 2018: cap. 7).

La explícita preferencia de Macri por Hillary Clinton en las elecciones estadounidenses de noviembre de 2016 tenía que ver con mantener ese alineamiento, con la esperanza de que así llegarían las inversiones y créditos a tasas más bajas. La posición pro acuerdos de libre comercio de Clinton era convergente con la política exterior que impulsa el gobierno argentino. La llegada de Trump a la Casa Blanca, en enero de 2017, supuso un desafío para Macri. Tras la sorpresiva elección del magnate neoyorquino, la cancillería realizó intensas gestiones para lograr que el presidente argentino fuera invitado a Washington. El 27 de abril Macri visitó la Casa Blanca y allí acordó que Trump viajaría a Buenos Aires al año siguiente, para asistir a la Cumbre Presidencial del G20.

En este artículo nos centraremos en cómo la orientación aperturista y el alineamiento con Estados Unidos, lejos del consenso que pretendía la alianza gubernamental encabezada por Macri, generó diversas protestas y resistencias. Fundamentalmente, aunque no solamente, en torno a la Asamblea Argentina Mejor Sin Tratados de Libre Comercio (mejorsintlc.org), alrededor de la cual se organizaron las confluencias Fuera OMC (2017) y Fuera G20-FMI (2018) y la resistencia a la firma y posterior ratificación del Acuerdo Mercosur-UE (2019). Estas instancias de agrupamiento permitieron articular a diversas organizaciones, realizar movilizaciones, cumbres de los pueblos, audiencias públicas en el Congreso, alianzas con organizaciones similares de otros países (“América Latina Mejor Sin TLC” –americalatinasintlc.org-), publicaciones y diversas iniciativas que condicionaron la orientación que pretendía imponer el gobierno nacional.

Esta indagación se hace en la línea de investigación que hace años venimos desarrollando junto a María Cecilia Míguez:

Al revisar la construcción de los patrones de inserción internacional (concepto más amplio que el de política exterior) cobran relevancia actores no gubernamentales que, en determinados contextos, operan como fuentes de poder predominante incluso respecto de las instituciones políticas. Por ello, la posición de los distintos sectores y, en especial, las movilizaciones sociales y populares tienen –según el caso- una importancia destacable como factor explicativo para analizar las conductas adoptadas por los gobiernos frente a las decisiones de política exterior. ¿Por qué estudiar el movimiento social en los casos de las visitas diplomáticas destacadas? Porque cada una de esas visitas puso en evidencia una determinada problemática interna, asociada a la problemática internacional en cuestión (Míguez y Morgenfeld, 2017: 2)[3].

Este texto, entonces, procura ampliar el campo de miras a la hora de entender los condicionantes internos de la inserción internacional ensayada durante el período 2015-2019 y cuestionar el consenso que impulsaron desde el gobierno, el llamado círculo rojo y los principales medios de comunicación. Nuestra hipótesis es que, más allá de sus deseos, la resistencia social y política impidió consolidar el consenso interno neoliberal y aperturista promovido por el gobierno que encababa Macri lo cual a su vez condicionó su estrategia internacional.

La política exterior de Macri

Hacia el final del gobierno de Cristina Kirchner, influyentes dirigentes políticos locales exigían un giro en la política exterior, que incluyera una mayor convergencia con Estados Unidos. En abril de 2015, meses antes de las elecciones presidenciales que marcarían el ascenso al poder de la Alianza Cambiemos, se hizo público el documento “Reflexiones sobre los desafíos externos de la Argentina: Seremos afuera lo que seamos dentro”, del autodenominado Grupo Consenso, integrado por referentes de la oposición al kirchnerismo, que planteaba cuáles eran los desafíos, en materia política exterior, que debía abordar quien sucediera a Cristina Fernández[4].

Lo más llamativo del texto son algunas omisiones fundamentales para comprender la década pasada. Por ejemplo, no otorga ninguna relevancia a organismos regionales como la UNASUR y CELAC. Ninguna de estas instituciones es siquiera mencionada, lo que muestra el desdén hacia la región. Justamente Macri, desde que asumió, decidió ningunear estas organizaciones alternativas, y privilegiar otras, como el Foro Económico de Davos (al que asistió personalmente en enero de 2016 –y repitió en 2018-) o la OEA (a la que reivindicó con Obama, en la declaración conjunta firmada durante su visita).

El documento del Grupo Consenso pedía “insertar adecuadamente” a la Argentina en el mundo, que el país se transformara en un actor global “responsable”, partiendo de nuestra “identidad occidental” y defendiendo las “instituciones republicanas, la división de poderes, la libertad de expresión, los derechos humanos y las garantías individuales”. Llamaba a consolidar los valores de una “sociedad abierta, moderna y respetuosa del ordenamiento internacional”. En síntesis, había que volver a ser un país “normal” y “serio”, como venían proclamando muchos de los firmantes en los últimos años. O sea, asumir nuestra condición periférica y evitar cuestionar el rol de gendarme global que hace décadas ejerce Estados Unidos, con Europa y Japón como socios.

En ese texto se planteaba, además, la necesidad de establecer una “adecuada convergencia entre el Mercosur atlántico y la promisoria Alianza del Pacífico”, pero sin dar cuenta de que, precisamente, esta última -impulsada por México, Colombia, Perú y Chile, que firmaron Tratados de Libre Comercio con Estados Unidos tras la derrota del ALCA- era una herramienta para intentar una restauración conservadora e imponer una agenda neoliberal.

Además, bajo la idea de “fortalecer nuestras tradicionales relaciones con Europa y EEUU”, se pedía al futuro gobierno encarar una política exterior diferente a la kirchnerista, que precisamente se había caracterizado por estrechar acuerdos con los BRICS -Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica-, sin dejar de lado históricas relaciones del país. En definitiva, se demandaba una “apertura” del Mercosur, orientada a la Unión Europea y Estados Unidos, una idea sobre la cual las derechas latinoamericanas venían trabajando con fuerza en los últimos años.

El documento resaltaba como positiva la especialización en la producción de alimentos y energía, alentando un esquema reprimarizador y extractivista que genera exclusión y destruye el medio ambiente, permitiendo ganancias extraordinarias para un núcleo reducido de la clase dominante -y los grandes capitales externos con los que se asocia- y una escasa diversificación productiva. Retomando la agenda de Estados Unidos, señalaba que los principales enemigos a escala global eran el terrorismo, el narcotráfico y el crimen organizado. No decía nada de cómo esas “amenazas” se utilizaron para dar sustento a invasiones militares unilaterales, violar el derecho internacional o instrumentar campañas de desestabilización de gobiernos adversarios de Estados Unidos.

El consenso que promovían, por los dichos y las omisiones mencionadas, parecía más cercano al “Consenso de Washington” de los años noventa, cuando la política económica de buena parte de los países no centrales estaba fuertemente condicionada por los organismos multilaterales de crédito, al calor de una indiscutible hegemonía estadounidense a nivel mundial. Con cierta nostalgia de las relaciones carnales que primaron en aquella década, aunque utilizando un lenguaje aggiornado, los firmantes de este documento –entre los que se destacan el futuro canciller, Jorge Faurie, y quien sería indicado como el “canciller en las sombras”, Fulvio Pompeo- apuntaban a una restauración conservadora en la política exterior argentina e impulsan la vuelta a una inserción internacional dependiente.

La primera canciller de Macri, Susana Malcorra, señaló, en diciembre de 2015, que desplegarían una política exterior desideologizada, cuyo objetivo era la atracción de capitales, la toma de préstamos y la apertura de nuevos mercados para los exportadores. Desde que asumió, Macri no ahorró señales hacia el gran capital financiero, pero sobre todo hacia Estados Unidos.

A partir de su concepción liberal, la vía elegida para dar seguridad jurídica a los inversores externos era avanzar hacia la firma de Tratados de Libre Comercio (TLC). Desde enero de 2016, el líder del PRO puso en marcha la nueva orientación de la política exterior: viajó a Davos, se reunió con líderes europeos y recibió a Obama. En julio visitó Chile para participar por primera vez de la cumbre presidencial de la Alianza del Pacífico, donde insistió en que el Mercosur estaba congelado y debía sellar un tratado comercial con ese bloque; luego voló a Francia, Bélgica y Alemania, para relanzar las negociaciones de un “acuerdo de asociación” con la Unión Europea; y culminó su periplo en Estados Unidos, para reunirse con los CEOs de empresas de telecomunicaciones y servicios. “Argentina volvió al mundo”, declaró en París y repitió en Berlín, eufórico, ante empresarios alemanes[5].

Macri y la ministra de seguridad Patricia Bullrich permitieron a Estados Unidos avanzar nuevamente en materia militar y de inteligencia, con la excusa del terrorismo y la lucha contra el narcotráfico. Hubo planes de adiestramiento de tropas, compra de armamento estadounidense y hasta de establecer bases en Misiones, cerca de la Triple Frontera, en Tierra del Fuego, próxima a la Antártida, y en Neuquén, cerca del estratégico yacimiento de Vaca Muerta. Se las enmascara como bases humanitarias o científicas, pero son emplazamientos militares de nuevo tipo: “En la Argentina, la tentación por sobreactuar parece pasar por la fantasía de sumarse a la ‘lucha contra el terrorismo’ a la espera de negocios. Pero por esa vía no llegarán más inversiones ni mejorará el comercio” (Tokatlian, 2017: 29).

La llegada de Trump y la Cumbre de la OMC (2017)

El triunfo de Trump, el 8 de noviembre de 2016, descolocó al gobierno argentino, que, como señalamos más arriba, había apostado por Hillary, favorable a los mega acuerdos de libre comercio a los que pretendía a sumarse Macri. Y provocó, junto al Brexit, un cambio global cuyas consecuencias todavía se están evaluando y debatiendo. El magnate, en sus primeras semanas en la Casa Blanca, retiró a Estados Unidos del TPP, tiene una prédica proteccionista que apunta a equilibrar su comercio exterior y cuestiona, al menos discursivamente, la globalización neoliberal que Macri elogia. En concreto, ya en enero de 2017, la nueva Administración republicana resolvió suspender el ingreso de limones argentinos –que había anunciado Obama antes de irse, en diciembre- y quitó las facilidades para las visas que había concedido el saliente presidente demócrata. En marzo, los productores estadounidenses de biodiesel iniciaron una campaña contra las importaciones provenientes de la Argentina, a la que acusaban de dumping –una de las excusas, junto a las fitosanitarias y los subsidios agrícolas, con las que históricamente Estados Unidos despliega un proteccionismo selectivo que afecta especialmente al país- (Rapoport y Morgenfeld, 2017).

Los gobiernos neoliberales que apostaban a la continuidad con Clinton y a la firma y extensión de acuerdos como el NAFTA y el TPP, se vieron obligados a recalcular. El Brexit y la llegada de Trump modificaron el escenario internacional (Castorena, Gandásegui y Morgenfeld, 2018). Se les dificultó seguir con la política de promoción del libre comercio, endeudamiento externo masivo y concesiones para atraer inversiones estadounidenses. El contexto internacional pasó a ser mucho más adverso. Cantan loas a la globalización neoliberal, cuando en Estados Unidos y Europa está siendo impugnada. Según Tokatlian, “Esta globalización optimista que Macri y su gobierno anticiparon como nota prevaleciente mostró signos de fractura aún antes de la elección de Trump. Aunque, sin duda, el proteccionismo se profundizó mucho más después de su elección”[6].

A Macri le costó tomar nota del cambio de escenario que implicó la asunción de Trump[7]. En su primera conferencia de prensa del año 2017, el 17 de enero, declaró: “No creo que las políticas proteccionistas de Donald Trump nos perjudiquen. Espero que le dé importancia a la relación con Argentina, creo que hay un enorme camino para recorrer juntos. Tenemos mucho por mejorar en esta ruta que trazamos con Barack Obama y que esperamos continuar con Donald Trump”[8].

Ajeno al cambio de contexto internacional, la estrategia de Macri apuntó a continuar con Trump el estrecho vínculo que había cultivado con Obama. Malcorra negoció durante semanas la llamada telefónica del magnate neoyorquino al presidente argentino –que se produjo en febrero de 2017 y duró sólo 5 minutos[9]– y luego la visita a la Casa Blanca. El líder de Cambiemos, en vez de converger con sus pares de la región para fortalecer la integración latinoamericana y a partir de ahí negociar con más fuerza, procuraba sacar provecho de la debilidad de sus pares neoliberales – Enrique Peña Nieto, Juan Manuel Santos y Michel Temer-, para posicionarse como el interlocutor privilegiado de Trump en la región. Imaginaba que así obtendría beneficios económicos. Pero la historia demuestra lo contrario: la estrategia de abonar la fragmentación regional sólo genera más debilidad, dependencia y falta de autonomía.

El gobierno argentino buscó desesperadamente el contacto con el nuevo presidente estadounidense, a quien ya conocía por haber intentado negocios inmobiliarios conjuntos en Manhattan en los años ochenta[10]. Luego de intensas gestiones, Macri finalmente logró la invitación a Washington y la foto en la Casa Blanca el 27 de abril. Trump impuso los temas del encuentro bilateral: acuerdos en materia de defensa e inteligencia (propiciando el injerencismo militar[11]), discusión de la creciente influencia china en la América Latina (Washington y Pekín disputan áreas de influencia y los estratégicos recursos mineros y agropecuarios que provee la región) y la situación de Venezuela (así como Macri fue una pieza clave en la cobertura diplomática del golpe parlamentario contra Rousseff en Brasil[12], Washington aspiraba a que fuera su alfil en el ataque contra Venezuela). La Casa Rosada buscó con insistencia la visita a la Casa Blanca, pero temía que Trump involucre a Macri en algún temía ríspido. Hubo una polémica por la marcha atrás de la entrega oficial de la Orden de San Martín al ex Presidente Jimmy Carter –anunciada en marzo-, según CNN por presión de Trump[13]. Además, poco podía esperarse en materia comercial, rubro que en el que Argentina tuvo un déficit bilateral de 3.100 millones de dólares en el año 2017, que podía profundizarse si Argentina abría más su mercado interno, mientras Estados Unidos aplicaba nuevas restricciones[14]. Un día antes de presentarse en la Casa Blanca, Macri viajó a Houston, para procurar inversiones petroleras en Vaca Muerta y seguir insistiendo con la “lluvia de inversiones”. En Texas, paradójicamente, inauguró una planta de Techint, mientras el holding suspendía personal y recortaba salarios de sus trabajadores en Campana[15].

¿Por qué el magnate decidió recibirlo en la Casa Blanca y no le recriminó públicamente su explícito apoyo a Hillary en las recientes elecciones? Simplemente porque encontraba en el presidente argentino el delegado que necesita para reconstituir el poder de Estados Unidos en América Latina, una región que en los últimos años supo coordinar políticas no siempre subordinadas a Washington. Más allá de la retórica ofensiva que desplegó en la campaña, el republicano precisaba consolidar el dominio que históricamente ejerció su país en la región. Ante la debilidad política de los mandatarios neoliberales de Brasil, México, Colombia o Perú[16], Macri parecía ser el ideal: casi sin pedir nada a cambio, fue tomando acrítica y pasivamente los ejes de la agenda política, económica, militar e ideológica de Estados Unidos.

El líder de Cambiemos prometió concesiones a los inversores, que fueron desde una menor regulación medioambiental, en el caso de la minería, a rebajas impositivas y del “costo laboral” (flexibilización mediante). O sea, peores condiciones para la mayoría de la población, además de una mayor extranjerización de la economía y una profundización del esquema extractivista. Desde el punto de vista político, Macri apostó a la OEA conducida por Almagro –tal como lo declaró explícitamente durante la visita de Obama en marzo de 2016-, en detrimento de la UNASUR y la CELAC, a cuyas cumbres faltó, y atacó a los países no subordinados a Estados Unidos, como Venezuela, hoy el principal objetivo de las derechas regionales y el Departamento de Estado[17]. Además, se incrementaron la compra de armas y la injerencia de las fuerzas armadas estadounidenses.

¿Qué más podía pedir Trump? En sus primeros meses, cuando irritó a los hispanos que viven en Estados Unidos, atacó a Cuba, amenazó a Venezuela y menospreció a los mexicanos y a los latinoamericanos –hasta llegó a referirse a países de la región como El Salvador y Haití como “países de mierda”[18]-, logró que nada menos que el presidente argentino tomara como propia la agenda del Departamento de Estado y el Pentágono, a cambio de una foto en la Casa Blanca, unas palmadas en la espalda, elogios y la promesa de destrabar el ingreso de algunos limones.

Apenas una semana después de la visita del vicepresidente Mike Pence, en agosto de 2017, se restringió la compra de biodiesel argentino, aplicándole altísimos aranceles. Esta decisión del Departamento de Comercio echó por tierra las expectativas de una mayor convergencia comercial bilateral. El gobierno argentino siguió insistiendo en abrir la economía, pero no logró revertir el proteccionismo agrícola de Estados Unidos y Europa, con lo cual la balanza comercial arrojó saldos negativos. El déficit comercial fue récord histórico en 2017 (8.471 millones de dólares) y agravó la tendencia en los primeros meses de 2018: en el primer bimestre de ese año, por ejemplo, el déficit trepó a 1.872 millones de dólares, seis veces mayor que en igual período del año anterior[19]. En mayo, pese a la suba del dólar, aumentó un 123% en relación a igual mes de 2017. Llegó a 1.285 millones de dólares, frente a 576 millones del año anterior, según datos del Indec. Los primeros 5 meses del año provocaron un “rojo” comercial fue de 4.691 millones de dólares, un 151% más que los 1.866 millones de igual período del 2017[20]. El 22 de diciembre de 2017 se anunció el reingreso de la Argentina al Sistema Generalizado de Preferencias –programa de rebaja limitada de aranceles a países “en desarrollo” del que había sido suspendido nuestro país en 2012 por los conflictos con empresas estadounidenses ante el CIADI-, pero hay presiones para que Trump elimine directamente esos beneficios. La buena noticia fue opacada por la confirmación, el 4 de enero de 2018, de un arancel del 72% al biodiesel argentino por parte del Departamento de Comercio estadounidense, bloqueando exportaciones que proyectaban llegar a 1.500 millones de dólares ese año.

En síntesis, Macri sumió acríticamente la agenda de las corporaciones en ámbitos como la OMC, evitó articular una política común con los demás países latinoamericanos, promovió una apertura comercial que estimula la desindustrialización local y alentó acuerdos de libre comercio, como el que estaban negociando la Unión Europea y el Mercosur, que, de implementarse, aumentarían los desequilibrios[21].

La política externa desplegada por Macri profundizó la inserción dependiente. Apenas era beneficiosa para una minoría concentrada: los bancos, los socios menores del gran capital trasnacional y los principales exportadores, beneficiados por la baja de retenciones y por las mega-devaluaciones de diciembre de 2015 y del primer semestre de 2018. Sin embargo, hubo un análisis erróneo del contexto internacional. Se promovió una apertura comercial en función de avanzar con tratados de libre comercio, justo cuando las potencias occidentales iban en sentido contrario. Se pagó lo que exigían los fondos buitre, elevando enormemente el endeudamiento externo. Siguió cayendo la actividad (el PBI retrocedió 2,3% en 2016 y al año siguiente apenas hubo un rebote, según el INDEC, mientras que en 2018 y 2019 la caída sumó casi un 6%), aumentaron la desigualdad y la pobreza, la inflación superó el 40% anual y la deuda externa se disparó hasta provocar la virtual cesación de pagos.

Pero antes de ese derrumbe económico, el oficialismo ganó las elecciones legislativas de medio término, en octubre de 2017, tras lo cual se envalentonó para avanzar con reformas estructurales. Ser anfitrión de la reunión anual de la OMC era parte de la estrategia de lograr apoyo internacional para impulsar un consenso político interno que habilitara, por ejemplo, cambios regresivos en el sistema previsional y en la legislación laboral.

Entre el 10 y el 13 de diciembre de 2017 se realizó en Buenos Aires la XI Reunión Ministerial de OMC. Empantanadas a nivel global las negociaciones por las contradicciones internas y las impugnaciones externas, no hubo documento final conjunto. Fuera de la zona blindada de las actividades oficiales se desarrolló la Cumbre de los Pueblos, protagonizada por organizaciones sociales y políticas que rechazaron la agenda de la OMC, propusieron alternativas, se movilizaron en las calles y festejaron el fracaso del acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea.

Durante la primera cumbre de la OMC realizada en América del Sur, Macri pretendió ser el anfitrión del cónclave en el que se revitalizaría la organización, luego de la parálisis de los mega acuerdos regionales, frenados en parte por el Brexit y la asunción de Trump (Gambina, 2018).

El primer gran fracaso del gobierno argentino fue que –como debió reconocer la ex canciller y chair de la reunión ministerial, Malcorra– “hubo diferencias que han impedido avanzar en acuerdos”. Las impugnaciones de Robert Lighthizer, representante de Comercio de Estados Unidos –quien se retiró un día antes, tras un discurso muy crítico hacia la supuesta discriminación de la OMC en favor de los países en desarrollo– y la negativa de la India y otros emergentes a abandonar los temas de la Ronda de Doha (Ronda del Desarrollo), iniciada en 2001, terminaron por bloquear los posibles acuerdos (Morgenfeld, 2017c). No hubo avances en las negociaciones para la rebaja de subsidios a la pesca y bienes agropecuarios. Tampoco en comercio electrónico, el nuevo “caballo de Troya” de corporaciones como Google, Amazon, Twitter, Apple y Facebook, que impulsan una desregulación preventiva y amplia para adaptar las estructuras de los estados a las necesidades del oligopolio que concentra los flujos de información y datos. Apenas 70 de los 164 países adhirieron a la creación de una mesa de trabajo para avanzar en las negociaciones vinculadas al e-commerce.

El segundo gran fracaso de Macri es no haber podido concretar en Buenos Aires el Acuerdo Mercosur-UE. Ni siquiera pudo hacerse el anuncio político, aunque se preparó todo el escenario en función de ese objetivo, que recién se concretaría un año y medio más tarde. El intento de la Casa Rosada de escenificar la tan mentada “vuelta al mundo” de Argentina –reclamada en el documento fundacional del Grupo Consenso al que se hizo referencia más arriba- naufragó también por la pésima imagen que dejó el gobierno argentino, al negarles la acreditación y el ingreso al país a decenas de representantes de ONG, activistas y académicos, que habían sido debidamente admitidos como participantes de la sociedad civil en la cumbre ministerial. Esto generó quejas diplomáticas, malestar en la propia burocracia de la OMC y notas críticas en la prensa internacional[22]. Luego de una marcha completamente pacífica contra la OMC, el martes 12 de diciembre, la ministra Bullrich desplegó sin ninguna necesidad centenares de gendarmes y terminó deteniendo arbitrariamente a seis manifestantes. Ese desproporcionado uso de las fuerzas de seguridad fue un anticipo de la brutal represión contra la movilización de más de 100.000 militantes sociales realizada al cierre de la cumbre ministerial, el 13 de diciembre. Esa misma semana se producirían enormes movilizaciones contra la reforma previsional que impulsaba el gobierno, marcando el inicio del ciclo de declive político de la Alianza Cambiemos.

Desde la Confluencia Fuera OMC, integrada por diversas organizaciones y redes sociales que hace años rechazan los acuerdos de libre comercio, se organizó la Semana de Acción Global contra el Libre Comercio, paralelamente a la cumbre ministerial (Morgenfeld, 2017b). En la Cumbre de los Pueblos, realizada en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, hubo una gran participación y representantes de decenas de países que discutieron temas como la soberanía sanitaria, energética y alimentaria. El último día, el 13 de diciembre, se reunió la Asamblea de los Pueblos, en la que se elaboró la declaración final, un extenso documento que recogió las conclusiones de los debates y las propuestas de cada uno de los foros temáticos:

La OMC refleja los intereses del capital trasnacional más concentrado que pretende eliminar barreras a la libre circulación de mercancías, servicios y capitales. Se trata de una organización que sólo toma en cuenta las necesidades del capital, ayudando a reproducir las relaciones capitalistas de explotación y saqueo. Estas políticas afectan derechos históricamente conquistados por la lucha de los pueblos del mundo. Las trasnacionales actúan bajo el amparo de la arquitectura de la impunidad, la cual incluye al sistema de la deuda, los tratados de libre comercio (TLC) y de protección de inversiones y organismos multilaterales, como la OMC. Estos generan una globalización en función de su afán de lucro[23].

Ese mismo día, en la Avenida 9 de julio, hubo una enorme movilización de los movimientos sociales, que también rechazaron la agenda aperturista de Cambiemos. Y fueron la antesala de las masivas movilizaciones en el Congreso Nacional, contra la reforma previsional, que terminarían con represión. En medio de marchas y cacerolazos en distintos los barrios de Buenos Aires, Macri logró aprobar la reforma, pero su triunfo parlamentario fue una victoria pírrica. Desde ahí en adelante su imagen no pararía de descender. Las protestas se incrementaron y la resistencia social y política se multiplicaron, quebrando la ilusión de un consenso en torno al giro neoliberal.

Cumbre del G20

En la visita de Macri al Salón Oval de la Casa Blanca, en abril de 2017, el flamante mandatario republicano se había comprometido a viajar a la Argentina en 2018, para asistir a la Cumbre Presidencial del G20. Tras haber cancelado a último momento su participación en la Cumbre de las Américas que se celebró en Lima el 13 y 14 de abril de ese año, efectivamente su llegada a Buenos Aires, en noviembre, fue su primer —y hasta ahora único— viaje a América Latina. La duda previa era si esa visita se parecería más a la de Obama, o más bien a la de Bush Jr. (Mar del Plata, 2005), dado el fuerte rechazo internacional que concita el mandatario estadounidense. En enero de 2018, por ejemplo, Trump había tenido que anunciar a su par británica, Theresa May, que suspendería el anunciado viaje a Londres, teniendo en cuenta las movilizaciones de protesta contra su presencia que se estaban organizando en la capital del Reino Unido. Ese viaje recién se concretó hacia mediados de año, y el magnate fue recibido con amplias movilizaciones de rechazo y de repudio, tanto en Londres como en Escocia.

La visita a Buenos Aires (29 de noviembre al 1 de diciembre) del imprevisible e iconoclasta presidente estadounidense era la más esperada y temida por la cancillería argentina de cara al G20. A sus ojos, la suerte de la cumbre dependía de la actitud de Trump. El Palacio San Martín no ahorró gestos hacia el inquilino de la Casa Blanca. Si con la ex canciller Malcorra se cuidaban las formas para que el alineamiento con Washington no se asociara directamente a las relaciones carnales de los años noventa, con su sucesor, el experto en protocolo Faurie, ya no se disimuló más. En octubre, la cancillería había anunciado una visita de estado de 3 o 4 días, aunque finalmente ésta fue más corta.

El magnate estadounidense aprovechó cada gesto y oportunidad, con el histrionismo que lo caracteriza, para menospreciar la cumbre del G20 e incluso al presidente anfitrión, a pesar de ser su aliado[24]. No sólo declinó la anunciada cena de gala en la Quinta de Olivos, originalmente programada para el jueves 29 de noviembre. El viernes debía presentarse a las 6.55 horas en la Casa Rosada para un desayuno y reunión bilateral, pero hizo esperar media hora a Macri, complicando la agenda de quien debía recibir a numerosos jefes y jefas de Estado. Trump usó esa primera mañana en la Argentina para tuitear con rabia contra el Fiscal Especial Robert Mueller, quien lo investigaba por la “trama rusa” –el supuesto apoyo de Putin para su triunfo electoral en 2016-. Ya en la casa de gobierno, en los pocos segundos que posaron frente a la prensa, no ocultó su malhumor por el aparato que le transmitía la traducción simultánea -lo arrojó al piso, fastidiado- y luego apenas dijo un par de frases de ocasión, recordando lo apuesto que era Macri a principios de los ochenta y a su padre Franco. La reunión bilateral fue breve y, rompiendo una tradición, no hubo ni comunicado ni conferencia de prensa conjuntos -hasta Néstor Kirchner y George W. Bush la tuvieron en 2005 en Mar del Plata, en la bilateral que antecedió la Cumbre de las Américas en la que se sepultó al ALCA-.

Lo que sí hubo fue una polémica declaración de la vocera de Trump, Sarah Huckabee, que generó un roce bilateral de alto impacto. Afirmó que ambos mandatarios habían repudiado el accionar económico depredatorio de China. Faurie, para no enturbiar la visita de estado de Xi Jinping, tuvo que salir a desmentirla. El viernes al mediodía, Trump fue el único que faltó -salvo Angela Merkel, por el desperfecto de su avión- a la reunión a solas de los líderes (“El retiro”), cuando discuten sin asesores los temas más complejos y controvertidos. Luego de esos 90 minutos, por fin llegó a Costa Salguero. Allí regaló un meme: dejó a su “amigo Mauricio” parado, solo, sobre el escenario. Trump fue 100% Trump.

Más allá de la pretensión de mostrar el acontecimiento a la reunión de mandatarios como el mayor logro de la histórica diplomática, de la euforia auto-celebratoria del gobierno y del embelesamiento mediático con la capacidad argentina de organizar la Cumbre, se expresó también otra Argentina. La que no cree que la función prioritaria de un gobierno sea organizar eventos. En la Semana de Acción Global Fuera G20-FMI, la Cumbre de los Pueblos y la masiva movilización popular del viernes 30 no solo se criticó la agenda oficial del G20, sino que también se avanzó en la elaboración de una serie de propuestas en función de la construcción de una nueva cooperación internacional. Las calles de Buenos Aires volvieron a poblarse de protestas, como en las anteriores visitas de los mandatarios estadounidenses Bush, Clinton, Bush Jr. y Obama (Morgenfeld, 2018). En la Cumbre de los Pueblos, frente al Congreso, sobrevoló el “Baby Trump” inflable que acompañó las protestas contra el magnate en Londres y en otras ciudades.

Durante la contra-cumbre, realizada en la Plaza de los Dos Congresos, distintas organizaciones sociales y políticas, gremiales, de trabajadores, campesinos, pueblos originarios, mujeres y disidencias, migrantes, territoriales, anti-extractivistas y de derechos humanos de distintos continentes se unieron para debatir y proponer modelos de desarrollo alternativos. A lo largo de la llamada Semana de Acción Global hubo talleres, foros de debate, intervenciones artísticas y otras actividades para repudiar las políticas que impulsan las potencias del G20 y sus empresas transnacionales, y para intercambiar experiencias y propuestas alternativas.

Para la cumbre oficial, Argentina propuso una agenda alrededor de tres ejes: el futuro del trabajo, un futuro alimentario sostenible y la infraestructura para el desarrollo, todos atravesados por una mirada de género, que intentó reflejar la fuerza que el movimiento internacional de mujeres. Pese a ello, las organizaciones feministas criticaron esta estrategia de apropiación: “la perspectiva de género del G20 no es feminista, no nos representa y se apropia de nuestras luchas y discursos para darles el sentido opuesto al que proponemos”, señaló Paula Satta de DAWN – mujeres para el desarrollo de una nueva era-, y planteó que, desde la economía feminista, promueven una economía del cuidado y el derecho al cuidado, que tenga en cuenta y valore el trabajo doméstico, y de una economía social y solidaria que desde las organizaciones de mujeres están trabajando desde la autogestión en espacios colectivos. Por el contrario, Satta, quien también integra la Red feminista del Sur Global, destacó que:

el grupo de mujeres del G20, que es un grupo de afinidad que genera recomendaciones para la cumbre de los presidentes y se juntó en octubre en Buenos Aires, está integrado por mujeres blancas, empresarias, heterosexuales y que además forman parte de empresas transnacionales que son las mismas que profundizan nuestras condiciones: somos las más precarizadas, las de mayor desempleo, de mayor carga de doble y triple jornada de trabajo (Lombardi, 2018).

Otro de los ejes de la contra-cumbre fue la denuncia del cambio climático y de la apropiación corporativa de los bienes comunes de la tierra. Este punto fue uno de los más controversiales del encuentro oficial de jefes y jefas de estados, y finalmente fue quitado de la lista de prioridades, por presión del gobierno de Trump, quien el año anterior había dispuesto la salida de Estados Unidos del acuerdo de Paris. En la Cumbre de los Pueblos, en cambio, el tema climático fue tratado en el Foro de Bienes Comunes y Soberanía. Vanessa Dourado, de la Confluencia Fuera G20-FMI y la Asamblea América Latina Mejor sin TLC, destacó: “Hablamos sobre el cambio climático, el calentamiento global y la urgencia de estos temas ya que tenemos límites planetarios que no están siendo respetados: volvemos a los combustibles fósiles y a la industria del carbón”. Agregó que “en ese foro también reflexionaron sobre justicia y derechos de la naturaleza frente a lo que consideran la era del antropoceno actual, en la cual las acciones humanas están cambiando todo lo que tiene que ver con la biota en su conjunto y del buen vivir como horizonte a construir” (Lombardi, 2018).

La Semana de acción global, convocada por la Confluencia Fuera G-20-FMI, y la Cumbre de los Pueblos, cerraron con una movilización multitudinaria y pacífica frente al Congreso, a pesar del desproporcionado operativo de seguridad montado por el gobierno de Macri –la ciudad estuvo militarizada como nunca- y de la campaña para sembrar pánico entre los posibles asistentes.

Se debatió en la Cumbre de los Pueblos sobre la soberanía alimentaria, que también tuvo un foro específico, en el que redes de productores y consumidores plantearon sus principales preocupaciones, entre las que se destacan los riesgos de modificar la ley que regula la propiedad intelectual sobre las semillas y la tenencia de la tierra por parte de campesinas y campesinos, de la agricultura familiar y de pueblos originarios e indígenas. La declaración final de la Cumbre de los Pueblos formuló la pregunta en torno a la cual debían trazarse las estrategias populares futuras: “¿Cómo construir una gran alternativa de todos los que nos oponemos a los modelos del gran capital y bregamos por una sociedad distinta, sin explotación, opresión y miseria?”.

Acuerdo MERCOSUR-UE (2019)

Varias veces prometido por Macri, pocas semanas antes de las elecciones de 2019 finalmente se anunció el acuerdo Mercosur-UE[25]. Durante los primeros siete meses del año en el que se definía electoralmente el proyecto neoliberal de Macri, el apoyo explícito del gobierno de Estados Unidos y de las autoridades del FMI se multiplicó como nunca antes en la historia. Como reconoció este año Mauricio Claver-Carone, candidato de Trump para presidir el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), su jefe hizo todo lo posible para apoyar electoralmente a Macri en 2019[26]. Eso explica, según se sinceró, el apoyo de la Casa Blanca al desembolso de 50.000 millones de dólares para intentar evitar la vuelta del peronismo a la Casa Rosada. Durante los primeros siete meses del año Argentina recibió más funcionarios del gabinete de Trump que ningún país de la región. Hasta visitó a Buenos Aires el Secretario de Estado Mike Pompeo, apenas días antes de las primarias, para una cumbre contra el terrorismo. Sin embargo, no alcanzó.

El anuncio del acuerdo Mercosur-UE fue el último intento de Macri, antes de acudir a las urnas, de mostrar supuestos logros en su estrategia de inserción internacional, para capitalizarlos electoralmente, frente a los magros indicadores internos en materia económica y social. Tras varias postergaciones –no logró cerrar las negociaciones durante la Cumbre de la OMC ni en futuros intentos- semanas antes de las elecciones Macri finalmente logró sellar el acuerdo. El 28 de junio se anunció la firma del mismo, tras lo cual se filtró un video en el que se veía al canciller Faurie llorando de emoción cuando le contaba a Macri –quien se encontraba en Japón, en la cumbre del G20, por viajar hacia Zurich para reunirse con el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, quien le entregaría un premio-, que se habían cerrado exitosamente las negociaciones. Desde el equipo de comunicación de la Casa Rosada y los principales de prensa se procuró transmitir una sensación de euforia colectiva por el supuesto logro alcanzado[27]. Tal como se había hecho con la visita de Obama y con las cumbres de la OMC y el G20, otra vez parecía que Argentina era un jugador de peso y responsable en el sistema internacional.

El apresurado cierre de las negociaciones –temía el gobierno de Brasil que una eventual derrota de Macri complicara su concreción- y la forma de comunicar la firma del acuerdo tenían un indudable objetivo electoral: “Ellos (por Néstor y Cristina) implosionaron el Mercosur, no había manera de lograr un tratado en esas circunstancias”, declaró Macri[28]. En las seis semanas que restaban antes de las PASO, Cambiemos plantearía el contrapunto entre el “éxito” aperturista del gobierno y el discurso electoral opositor, que cuestionaba el daño que el mismo podía producirle al alicaído aparato industrial local. En términos del oficialismo, la idea era exaltar las supuestas bondades del libre comercio y la inserción global, en contraste con el aislacionismo al que nos había empujado el kirchnerismo. Macri se sacó una foto con Bolsonaro en Japón, sonrientes al anunciar el acuerdo con la Unión Europea.

Desde la oposición, en cambio, arreciaron las críticas. Alberto Fernández señaló que “no genera nada para festejar” sino “mucho para preocuparse”, Pino Solanas declaró “es un día negro para los intereses nacionales” y Axel Kicillof calificó el acuerdo como una “tragedia”. El ex canciller Jorge Taiana, por su parte, recordó que “se firmó en el mayor hermetismo y sin consultar a los sectores productivos afectados”[29].

La línea proselitista oficial la marcó el propio Marcos Peña desde Japón:

La batalla por el libre comercio y la apertura al mundo es la próxima apuesta inmediata que se viene en la campaña” […] este acuerdo va a fortalecer el crecimiento de la región. No sólo por el comercio, sino también por el flujo de inversiones, que es tan importante como el comercio. Este paraguas permitirá dar más tranquilidad, reglas más claras y estables para todos quienes quieren venir a desarrollar esta región[30].

Sin embargo, no sólo los candidatos del Frente de Todos se opusieron a ese acuerdo. En realidad, desde hacía años existía una resistencia “por abajo” a la firma de TLC y a la orientación aperturista.

Frente a la ofensiva en pro de avanzar con mega-acuerdos de libre comercio (TPP, TISA, TTIP, Mercosur-UE), en 2016 se articuló en Argentina la resistencia a esa orientación a la que adhería el flamante gobierno macrista. En este crítico contexto, y como ya había ocurrido a principios de siglo con la Autoconvocatoria NO al ALCA, se empezó a organizar en la región y en la Argentina una resistencia contra esta ofensiva imperial en pos de la firma de TLC. El 11 de mayo de 2016 se realizó, en la sede de la Central de los Trabajadores Argentinos (CTA Autónoma) la primera reunión en función de conformar una autoconvocatoria argentina para dar a conocer y denunciar la agenda de libre comercio que está impulsando el gobierno de Macri y elaborar estrategias de difusión y resistencia. Expusieron allí, entre otros, Luciana Ghiotto, integrante de ATTAC-Argentina, Modesto Emilio Guerrero, analista venezolano, y Julio Gambina, del Instituto de Estudios y Formación de la CTA, quien destacó que se trataba de una ofensiva del capital contra el trabajo, los bienes comunes y la vida de los pueblos. Recordó que el proyecto del ALCA pudo ser derrotado en 2005 por la movilización popular y señaló que era necesario recuperar el espíritu de esa experiencia organizativa exitosa, en función de crear una campaña en contra de que se firmara cualquier TLC tanto en Argentina, como en el resto de América Latina y el Caribe. Se constituyó, así, el primer paso para la estratégica lucha que se llevó a cabo en los próximos meses. El 26 de mayo se realizó la segunda reunión de la naciente autoconvocatoria, de la cual surgió la Asamblea Argentina Mejor Sin TLC, alrededor de la cual se articularon, como mencionamos más arriba, las Confluencias contra la OMC, el G20 y el Acuerdo Mercosur-UE, entre otros. Allí se anunció una agenda de movilizaciones, que incluyeron una audiencia sobre los TLC en el Congreso Nacional, una jornada de discusión sobre distintos aspectos involucrados con este tipo de tratados y la coordinación de acciones globales, como la Jornada Continental de Lucha contra el Libre Comercio, prevista para el 4 de noviembre de 2016, o la movilización en ocasión del encuentro de parlamentarios de la Unión Europea y el Parlasur, a realizarse en Montevideo entre el 19 y el 21 de septiembre de ese año.

Se entendía, recogiendo la experiencia continental de lucha contra el ALCA, que había que romper el secretismo que envuelve los procesos de negociación de los TLC, para lo cual son fundamentales las campañas para introducir esta problemática en el debate público, explicando los costos sociales que conllevan estos tratados. Por eso la autoconvocatoria argentina, tomando las exitosas experiencias pasadas contra el ALCA y las que ahora se están desarrollando en otros países latinoamericanos, organizaron espacios de formación, jornadas, cumbres de los pueblos y diversos materiales de difusión.

Entre 2016 y 2019, además de las acciones contra las cumbres de la OMC y el G20, desde la Asamblea Argentina Mejor Sin TLC se articuló una amplia resistencia para frenar la firma del acuerdo UE-Mercosur, y desde julio del año pasado, para oponerse a su ratificación parlamentaria. Esta construcción está brindando hoy en día herramientas para el tratamiento del tema.

Conclusiones

La visita de George W. Bush (2001-2009) a Mar del Plata, en noviembre de 2005, es quizás la más recordada de todas las visitas de presidentes estadounidenses a la Argentina (Morgenfeld, 2018; 2019). Si a lo largo de la historia hubo en el país manifestaciones populares contra la presencia de representantes de ese país –Nixon, Rockefeller, Bush, Clinton-, la marcha y los actos contra Bush Jr. superaron todas las expectativas. La decisión de hacer el cónclave de mandatarios americanos en la Argentina, una iniciativa del entonces presidente Carlos Menem -quería que el festejo por la puesta en vigencia del ALCA, prevista para el 1 de enero de ese año, se hiciera en la Argentina- que se ratificó durante el gobierno de Fernando De la Rúa, se había tomado en un contexto previo al estallido de diciembre de 2001. Al igual que Macri cuando ofreció al país para realizar la Reunión Ministerial de la OMC (2017) y la Cumbre Presidencial del G20 (2018), pretendió con esto dar un gesto de que Argentina era protagonista, estaba integrada al mundo y sostenía la agenda de Occidente.

Hubo una inmensa movilización en las calles de Mar del Plata, con dos consignas fundamentales: “No al ALCA” y “Fuera Bush de la Argentina”. El mandatario estadounidense era especialmente resistido por haber invadido Irak, en 2003 –en febrero de ese año hubo una enorme manifestación en Buenos Aires, al igual que en centenares de ciudades en todo el mundo, repudiando el inminente ataque unilateral contra Bagdad, con información falsa sobre armas de destrucción masiva, y sin el aval de las Naciones Unidas-. El mandamás de la Casa Blanca se marchó disgustado por la derrota política que le habían propinado en la ciudad balnearia.

El NO al ALCA en la Argentina se convirtió, para los grupos que resistencia la agenda de liberalización comercial, en el símbolo del abandono de la subordinación a Estados Unidos y terminó provocando una grieta en el vínculo de Bush con Kirchner Néstor y luego con su esposa y futura presidente, Cristina Fernández de Kirchner. En la década siguiente, ni él ni Obama volvieron a visitar el país ni tampoco recibieron en la Casa Blanca al matrimonio Kirchner. La relación bilateral se tornó, a partir de entonces, más tirante.

En Mar del Plata se desplegó, en forma paralela a la reunión de mandatarios Cumbre de los Pueblos, un multitudinario acto en el estadio Mundialista y una masiva movilización el día de la apertura oficial. A estas tres acciones, se sumaron una serie de expresiones artísticas y culturales, como un recital al aire libre del popular cantante Manu Chao, hasta acciones del Grupo Etcétera, quienes el sábado 5 de noviembre, con su “Comando Errorista” y sus armas largas de cartón tomaron un balneario, apuntaron al cielo cuando pasó un avión –que, luego supieron, era el Air Force One donde partía Bush- y fueron rodeados por patrulleros y policías que quisieron detenerlos.

El rechazo al ALCA no empezó en Mar del Plata, sino que fue un proceso que se fue construyendo. El estancamiento en las negociaciones para establecer este tratado de libre comercio no se explica solamente a partir de las contradicciones entre diferentes grupos de interés al interior de cada uno de los países americanos y de la reticencia de Estados Unidos a recortar sus subsidios agropecuarios, sino también por la creciente oposición política en América Latina: cambio de signo de los gobiernos de distintos países latinoamericanos, sublevaciones populares, creciente movilización anti-ALCA (Foro Social Mundial, Alianza Social Continental, Cumbres de los Pueblos) y surgimiento de un proyecto de integración alternativa, en torno al ALBA, tomado como bandera por los movimientos sociales latinoamericanos. Cuando se estaban dificultando las negociaciones para liberalizar el comercio interamericano, Brasil impulsó la creación de la Comunidad Sudamericana de Naciones (CSN), que luego fue reemplazada por la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR).

Nuestra hipótesis es que la “Batalla de Mar del Plata”, en noviembre de 2005, recogió una serie de prácticas y experiencias que se venían ensayando desde Seattle a nivel global, y que se entrelazaron con experiencias propias desarrolladas en Argentina, y a la vez dejó una impronta y un legado a los movimientos americanos y europeos que se manifestaron en sucesivas cumbres, como por ejemplo las de la OMC (2017) y el G20 (2018). Son los grupos que hoy resisten en ambos continentes la ratificación del Acuerdo Mercosur-UE.

El gran desafío, para las izquierdas, los movimientos populares y las fuerzas progresistas, es articular las luchas globales, regionales y nacionales –“pensar global y actual local”-, y ofrecer una alternativa favorable a nuestros pueblos y a la preservación de los bienes comunes de la tierra. La lucha contra los mega-acuerdos de libre comercio y la agenda pro corporaciones que promueven las potencias en el G20 es una oportunidad para coordinar con las organizaciones sociales, sindicales, ecologistas, de mujeres, migrantes, LGBT y de derechos humanos que resisten en todo el mundo. Por eso, en su declaración final la Cumbre de los Pueblos hizo un

llamamiento a todos los pueblos del mundo a movilizase contra la Cumbre Presidencial del G20 que tendrá lugar en Buenos Aires en 2018. El G20, al igual que la OMC y todos los TLC, sólo refleja la sed de lucro de las empresas y no las necesidades de los pueblos. No es casual que tanto la OMC como el G20 se realicen en Argentina: este país quiere mostrarse como un líder regional en la liberalización comercial. Por ello, la movilización de nuestros pueblos es crucial. Somos nosotras y nosotros quienes debemos alzar la voz y hacer que nuestras propuestas alternativas a la crisis climática y civilizatoria sean escuchadas (Morgenfeld, 2017c).

Más allá de las pretensiones de Macri, los supuestos logros de su política exterior aperturista –el mentado “volvimos al mundo”- no le permitieron lograr la reelección. Todo el apoyo de los gobiernos de Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Francia Japón y Brasil, más las autoridades del FMI y la conducción de la FIFA, fundamentales para construir el consenso interno sobre los supuestos logros de la política exterior macrista, no alcanzaron para lograr su esperado éxito electoral. Las expectativas chocaron contra el muro de las urnas el 11 de agosto de 2019. De todas formas, la campaña mediática siguió. Por ejemplo, horas después de conocerse el resultado de las primarias, el principal diario argentino se preguntaba si la derrota de Macri no haría peligrar el flamante acuerdo con la Unión Europea[31]. El mecanismo “extorsivo”, similar al enunciado por el propio Macri el 12 de agosto –cuando culpó a los votantes por la corrida del dólar que ese mismo día permitieron sus funcionarios, para asustar con lo que ocurriría ante un eventual triunfo del Frente de Todos en las elecciones generales de octubre- era evidente.

Con la economía colapsada y el peronismo unido, y tras perder las Primarias Simultáneas Abiertas y Obligatorias (PASO) frente a Alberto Fernández y Cristina Kirchner, Macri viajó en septiembre a New York para participar en la Asamblea General de la ONU y mantener algunas reuniones bilaterales de alto impacto. Intentando sumar apoyos internacionales para dar vuelta la elección general, dejó entrever en la prensa que tendría encuentros estratégicos con Trump y Xi Jinping, con un triple objetivo: fortalecerse para disipar los fantasmas de entrega anticipada de la presidencia, aceitar las negociaciones con el FMI ante las reticencias a aprobar el desembolso de 5.400 millones de dólares y lograr algo de oxígeno político, de cara a las cada vez más complicadas elecciones de octubre. Sin embargo, la táctica de intentar compensar los magros resultados económicos internos con el supuesto liderazgo internacional de Macri –como había procurado siendo anfitrión de las cumbres de la OMC y el G20- ya no surtiría el efecto de antaño.

En su última visita a New York, Macri procuró alejarse de los sinsabores políticos, económicos y sociales que cada día le deparaba la Argentina, y exhibirse como un líder mundial, que busca inversiones y se reunía con mandatarios que lo elogian. La foto con Trump era su mayor anhelo. Pero ni eso consiguió.

La política exterior de Cambiemos, contra todo lo que pretendió mostrar el marketing de la Casa Rosada con la remanida consigna de “volvimos al mundo”, evidenciaba una serie de fracasos, incluso en sus objetivos explícitos. Macri no logró aumentar las exportaciones (no nos transformamos en el “supermercado del mundo”) ni atraer capitales que no fueran meramente especulativos (la “lluvia de inversiones” fue más bien una larga sequía). Tras pagar lo que demandaban fondos buitres en 2016, hubo una escalada de endeudamiento, hasta que la corrida de 2018 obligó a recurrir al FMI, que otorgó el mayor préstamo de toda de historia. Fue el primer presidente en defaultear su propia deuda. Teniendo en cuenta los vencimientos de los próximos cuatro años y las serias dificultades para renegociarla, tras los más de 180 mil millones tomados en los últimos cuatro años, el futuro argentino parecía bastante negro en diciembre de 2019.

Macri fue además funcional a la estrategia política de la Casa Blanca de fragmentar lo más posible a la región, ninguneando a la CELAC –nunca participó en sus cumbres de mandatarios-, destruyendo la UNASUR –Argentina se retiró cuando Bolivia asumió la presidencia pro témpore- y transformando al Mercosur en una mera plataforma para la apertura comercial –cuyo máximo “logro”, el recientemente anunciado Acuerdo con la Unión Europea, tampoco prosperará.

Macri avaló la política de Trump de asediar a Venezuela –votó activar el TIAR contra Caracas-, reforzó iniciativas alineadas con Washington –como el Grupo de Lima o la Prosur- y fue funcional al reposicionamiento de la OEA como el foro privilegiado, en detrimento de las instancias latinoamericanas.

En las Naciones Unidas, Argentina profundizó el alineamiento con Estados Unidos. En 2016, el gobierno de Macri coincidió el 52% de las votaciones con el de Obama, similar a Chile y a Brasil (56%). Ya en 2017, cuando Jorge Faurie reemplazó a Susana Malcorra en cancillería, el 59% de las veces se alineó con Trump, a diferencia de Santiago y Brasilia, que cayeron al 44%. Más alineados con Washington que nuestros vecinos neoliberales.

A pesar de sus deseos, la última aparición de Macri en la vidriera de la Asamblea de Naciones Unidas –tercera vez que asistía, ya en 2017 lo reemplazó la vice Gabriela Michetti- y las fotos junto a líderes mundiales no le granjearon apoyo interno. Incluso recibió críticas, tras el rechazo de la ONU, pocos días antes, a la reforma migratoria que Macri impulsó por decreto en enero de 2017, señalando que “no cumple con los requisitos básicos de la Convención de Ginebra”.

En su despedida de la ONU, Macri no planteó la necesidad una salida pacífica a la crisis venezolana, que respete los principios de no intervención y de autodeterminación de los pueblos, sino que se alineó con Estados Unidos en la reunión de cancilleres de países del TIAR que se reunió en New York, funcional a la estrategia de asfixiar a Caracas, boicoteando las negociaciones entre el chavismo y parte de la oposición. Tampoco denunció el desastre ambiental en el Amazonas, para proteger a su socio Bolsonaro, ni la crisis humanitaria que sufrían los inmigrantes latinoamericanos en Estados Unidos, acosados por Trump. Insistió con endurecer las sanciones contra Irán, en línea con los halcones de Washington. En síntesis, volvió al libreto ya desplegado en sus anteriores intervenciones en las Asambleas de 2016 y 2018, aunque ya en el mundo lo percibían como un mandatario saliente, que apenas estaba tratando de sobrevivir políticamente para completar su mandato.

El supuesto consenso sobre la política exterior aperturista, desafiado en los tres casos aquí analizados, parecía haberse evaporado, o al menos no era tan firma como pretendían quienes lo impulsaban.

Bibliografía

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  1. “Impulsa el Gobierno un tratado de libre comercio con Estados Unidos”, La Nación (Buenos Aires: 27 de octubre de 2016).
  2. En 1990, la frase había aparecido en un reportaje realizado por Román Lejtman al futuro canciller Guido Di Tella, cuando todavía era embajador en Washington: “Nosotros queremos pertenecer al Club de Occidente. Yo quiero tener una relación cordial con los Estados Unidos y no queremos un amor platónico. Nosotros queremos un amor carnal con Estados, nos interesa porque podemos sacar un beneficio” (Morgenfeld, 2018). A partir de la frase citada, el diario tituló la nota “Relaciones Carnales”. Esta decisión editorial llevó a que en adelante se popularizara así esa política externa.
  3. Véase, también, el planteo teórico que propone Míguez en su capítulo del presente volumen.
  4. Entre los firmantes del primer documento, se distinguen referentes y asesores en materia internacional del PRO, la UCR y otros espacios políticos. Adhirieron, además, políticos como Alfredo Atanasof y Alieto Guadagni, académicos como Roberto Russell y hasta el cuestionado dueño del periódico La Nueva Provincia, Vicente Massot. Asistieron a la presentación el ex presidente Fernando De la Rúa (quien fue canciller en su gobierno, Adalberto Rodríguez Giavarini, ofició como presentador del grupo) y el gobernador de Córdoba y precandidato presidencial, José Manuel De la Sota. Todas las citas son del documento original, que puede consultarse completo en https://bit.ly/3jahUgS.
  5. La Capital (7 de julio de 2016). Véase Míguez (2017).
  6. La Nación (Buenos Aires: 17 de junio de 2018).
  7. Para un balance el primer año del gobierno de Trump, véanse Nahón y Morgenfeld (2018), los diversos artículos que analizan los primeros meses de la nueva Administración, en Gandásegui y Preciado Coronado (2017); Wolff (2018) y Lugones (2017).
  8. La Nación (Buenos Aires: 17 de enero de 2017).
  9. “Donald Trump llamó a Mauricio Macri y lo invitó a Washington”. La Nación (Buenos Aires: 15 de febrero de 2017. Se amplía la caracterización del giro en las relaciones con Estados Unidos, en Morgenfeld (2017a).
  10. Lloret, R. “Macri y Trump, la amistad de los presidente-empresarios” Perfil (Buenos Aires: 9 de noviembre de 2016).
  11. “La Argentina y Estados Unidos harán un ejercicio militar conjunto en el Litoral contra el uso de armas de destrucción masiva” Infobae(Buenos Aires: 17 de abril de 2018).
  12. Morgenfeld, L. “El golpe en Brasil es parte de la ofensiva restauradora en América Latina” Infonews (Buenos Aires: 1 de septiembre de 2016).
  13. “Argentina no entregaría condecoración a Jimmy Carter por pedido de Trump” CNN en español (23 de abril de 2017). Finalmente, después de idas y vueltas, el acto se realizó el 10 de noviembre, pero ya no fue Macri quien lo presidió.
  14. Argentina cerró el 2017 con el mayor déficit comercial de su historia, en términos nominales y corrientes: 8471 millones de dólares, el 1,5 % de su PBI. El Cronista (Buenos Aires: 24 de enero de 2018).
  15. Dellatorre, R. “Inversiones que se van de Campana a Houston por un tubo”, Página/12 (Buenos Aires: 27 de abril de 2017).
  16. Temer tenía menos de 5% de apoyo y no pudo proponer un candidato viable para las elecciones de octubre de 2018 en Brasil, el candidato de Peña Nieto quedó tercero en las históricas elecciones de México del 1 de julio, en las que se impuso Andrés Manuel López Obrador, el candidato de Santos ni llegó al ballotage en las elecciones de Colombia de junio y el presidente de Perú debió renunciar anticipadamente en marzo, envuelto en un escándalo de corrupción.
  17. En ocasión de la visita de Obama, ambos gobiernos firmaron, el 23 de marzo, una declaración conjunta para hacer a la OEA “más relevante, eficiente, efectiva, financieramente sólida, y enfocada en lograr resultados que ayuden a asegurar una región más democrática, segura y próspera para todos sus habitantes”. Citada en “Argentina y EE.UU. renovaron sus votos con la OEA” Semana (23 de marzo de 2016).
  18. El País (Madrid: 12 de enero de 2018).
  19. “Prevén que en 2018 la Argentina tendrá otro déficit comercial récord” El Cronista Comercial (Buenos Aires: 15 de abril de 2018). Sólo se revirtió en 2019 producto del desplome de las importaciones, tras la devaluación de 2018.
  20. Clarín (21 de junio de 2018).
  21. Musacchio, A. “Cepo al desarrollo. Elevados costos del acuerdo de libre comercio Mercosur-Unión Europea”, Página/12, Suplemento Cash (Buenos Aires: 1 de abril de 2018).
  22. “Global Justice Now denunció las deportaciones de Cambiemos. Un ‘incompetente papelón’ internacional”. Página/12 (Buenos Aires: 12 de diciembre de 2017). En 2020 se conoció, además, que la AFI había espiado a cientos de activistas y periodistas acreditados para esa cumbre, lo que dio lugar a una investigación y un proceso judicial.
  23. La declaración final completa, así como el detalle y las crónicas de todas las actividades de la Cumbre de los Pueblos, puede consultarse en www.fueraomc.org.
  24. Sobre la falta de una estrategia latinoamericana coordinada en el G20, véase Nahón (2018).
  25. En este apartado nos ocuparemos de las resistencias a la firma del Acuerdo y de cómo el gobierno de Macri intentó usufructuarlo política y electoralmente. Para un estudio integral de las cláusulas y sus eventuales efectos, véase Ghiotto y Echaide (2020).
  26. Infobae (28 de julio de 2020).
  27. Dinatale, M., “Acuerdo histórico UE-Mercosur: Macri polarizará la campaña con el kirchnerismo en torno a este tema”, Infobae (Buenos Aires: 29 de junio de 2019).
  28. Ídem. 
  29. Ídem Ibídem.
  30. Ídem Ibídem.
  31. Idafe, M. “Las elecciones del domingo. PASO 2019: ¿Peligra el acuerdo del Mercosur con Europa?”. Clarín (Buenos Aires: 12 de agosto de 2019).


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