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Paseras, feriantes y Estado en una frontera porosa

La Quiaca/Villazón

Natividad M. González[1], Andrea Noelia López[2]
y Liliana Bergesio[3]

Introducción

Yo no sé de dónde soy, mi casa está en la frontera.

Y las fronteras se mueven, como las banderas.

 

Jorge Drexler, Frontera

El Estado[4], como construcción moderna, tiene entre sus ejes principales la concepción de un espacio territorial cerrado, fijo, uniforme, perfectamente delimitado. Esta noción implica fuertes consecuencias en lo social y cotidiano, ya que la soberanía la construye el Estado ejerciendo el poder en su territorio sobre la población que allí habita o transita. Esto deviene en su necesidad de hacerse visible y explícito, situación que se intensifica en la frontera, espacio de encuentro, fricción y separación con otros Estados.

Este conjunto de operaciones estabilizantes y esencializadoras de los territorios estatales se muestra en la tensión analítica que se presenta entre espacialidades diferentes (los usos en la vida diaria no regulados por la cartografía oficial) y las que se muestran en el mapa, como dispositivo privilegiado del territorio estatal, desfigurando los espacios cotidianos frente a una topografía que se muestra, al menos en parte, como ajena o discordante.

Por ello, sostenemos que las experiencias de habitar los espacios fronterizos constituyen formas diferentes y desiguales de aquellas consagradas en el mapa, y desde esta diferencia proponemos la necesidad de desandar el mapa, de mirar allí donde no se acaba el territorio estatal, sino donde se hace presente con más fuerza y crudeza. Desde esa misma coyuntura, también cuestionamos la pulsión por lo estable, que se sucede a través de una serie de operaciones múltiples –en cuanto dispositivos y actores– que someten la dinámica del espacio a una quietud o rigidez perpetua.

En este trabajo, desde una mirada etnográfica de la frontera argentino-boliviana en las ciudades de La Quiaca (Argentina) y Villazón (Bolivia), se avanza en mostrar cómo ella atraviesa la experiencia cotidiana, abriéndose o replegándose (sin llegar a un cierre total) para el tránsito de personas y objetos. Para ello se trenzarán las vivencias y percepciones de paseras, feriantes y organismos estatales de control en esta frontera. Así, el primer caso que se expone es el de las paseras, mujeres que se dedican a transportar artículos cotidianamente desde Villazón hasta La Quiaca, no por el puente carretero o el peatonal (ambos controlados por diferentes organismos estatales), sino por el río, por el mismo límite y cuyos artículos acarreados tienen como destino final distintas ciudades de Jujuy. El segundo, la Manka Fiesta, una feria anual de gran profundidad histórica y nutrida asistencia, tanto en cantidad de personas como lugares de procedencia. Estos ejemplos son contrastados aquí con la visión estatal, ilustrada a través de representantes en Jujuy de la Dirección Nacional de Migraciones, Gendarmería Nacional Argentina y Dirección Nacional de Aduana. Estas son visiones que postulan la frontera como sustancial, y por eso peligrosa, pero describen la imposibilidad de su control total.

Esto se realiza con el fin de mostrar a los espacios fronterizos atravesados por normas, imposiciones y controles, pero también por tránsito, prácticas y movimientos, lo que conforma complejos procesos de porosidad con tonos diferentes incluso en un mismo espacio/tiempo.

Territorio estatal y frontera: soberanía y movilidad

La visión moderna del espacio, desarrollada desde la teoría física, lo caracterizó como absoluto, inmóvil, plano. En las propias ciencias sociales, existe, en general, una fuerte tradición en pensar el espacio en relación inmediata con el medio físico, por ejemplo, la geografía se concentró por mucho tiempo en construir inventarios que se anclan en el espacio a través de la representación cartográfica, que permite fijar diversas situaciones en su escala y lugar preciso, así como hacer generalizaciones. Sencillamente, este espacio es excluyente y exclusivo, estático, plano, sin fisuras, solapamientos, ni rugosidades.

Esta caracterización tiene consecuencias concretas en el campo político. El siglo XVII europeo fue crucial en este aspecto, los tratados firmados en Westfalia (actualmente Alemania) constituyen los cimientos de la territorialidad de los Estados modernos[5]. Entre sus resultados se encuentran la definición de “un nuevo orden territorial con fronteras mejor delimitadas” (Instituto de Investigaciones Jurídicas, 2013: 10) ya que, al fortalecer los Estados territoriales, frente a los dinásticos, estas se legitimaron, por lo que “Westfalia creó las primeras bases de un sistema de Estados fundado en la soberanía, la territorialidad, [y] la igualdad jurídica entre los Estados” (Instituto de Investigaciones Jurídicas, 2013: 30).

Esta concepción positiva toma al espacio como una categoría para consolidar dominios territoriales donde el Estado nación es el resultado de este ideal de objetivación en cuanto territorio único, definible y controlable (Naharro et al., 2010). Esta “trampa del territorio” (Agnew, 1994) se compone de tres aspectos:

  • la soberanía de los Estados modernos requiere de territorios delimitados;
  • una oposición fundamental entre los asuntos “internos” y “externos” de cada país en el mundo moderno; y
  • la actuación del territorio estatal como el contenedor geográfico de la sociedad separando a unos de otros.

La universalización de esta concepción occidental de territorio, efectuada principalmente a través del colonialismo, la convirtió en habitual, lo que lleva a naturalizar la relación entre espacio geográfico, poder y la definición de un otro externo desligado del espacio concreto de vida cotidiana, construido por relaciones personales e históricas, y con rugosidades espaciotemporales que le dan densidad.

El espacio está, entonces, condicionado por ese mapa heredado desde la norma, según una configuración histórica determinada: la construcción del Estado nación, definido en un momento determinado, según intereses, disputas y acuerdos que le dan fijeza y estabilidad. Y hace parecer que no hay posibilidad de pensar los lugares desde sí mismos, las regiones desde su propio eje y el espacio cotidiano desde su día a día.

A partir de esta construcción del Estado nación como diferenciadora del otro (Segato, 2007), los límites y las fronteras se trasformaron en elementos de crucial importancia, constituyen “la piel” de los territorios estatales, el telón donde el mapa se muestra en su esplendor. Y es allí donde la modernidad mide su peso, ya que la delimitación de los territorios estatales no presenta grandes problemas conceptuales, pero sí políticos, pues uno termina donde empieza el otro; son excluyentes.

Las fronteras nacionales son instancias donde la soberanía, la territorialidad y control estatal se ponen de manifiesto (Sack, 1983; Paasi, 2011). En este sentido, frontera y límite son construcciones sociales e históricas (Benedetti y Bustinza, 2017; González, 2019). A pesar de que al finalizar la Guerra Fría se había proclamado un “mundo sin fronteras” (en consonancia con el “fin de la historia” y otros términos que abogaban por la primacía de Occidente sobre la realidad social y económica del resto del mundo), los acontecimientos de principios del siglo XXI impusieron que se abandonara esta idea y se prestara “más atención a las fronteras como la suma de procesos sociales, culturales y políticos, más que líneas ya fijadas” (Johnson y Jones, 2011: 61).

Esta postura devino en la necesidad del estudio de las fronteras como problemática de análisis de múltiples disciplinas, que identificaron una gran variedad de instancias en que son promulgadas, materializadas y puestas en práctica. A partir de esto, fue posible definir distintos caminos para su abordaje, ya que la frontera no solo refleja el poder en la delimitación y clasificación de los territorios, sino que además lo hace en relación con la representación e identidad (Paasi, 2011). Estas características conllevan a que existan tres registros posibles de la frontera: uno formal, asociado con la definición y defensa; otro relativo a las acciones prácticas (practical performances) de admisión y exclusión; y, finalmente, las prácticas populares, “contestaciones públicas y políticas sobre el significado de la frontera” (Salter, 2011: 66).

Entonces, la relación entre poder y espacio trae a colación dos instancias clave para pensar las fronteras: la cuestión de la soberanía y la movilidad. En cuanto a la primera, basta agregar que debe ser puesta en práctica y que el Estado lo hace a través de políticas y acciones explícitas, donde las disposiciones de aduanas y migraciones tienen un rol fundamental. Así, el Estado se presenta y construye a sí mismo como soberano (Salter, 2011). En relación con la movilidad, concebir a las fronteras como “motores de conectividad” (Rumford, 2011: 67) significa ver la materialidad del espacio como un condicionante y una invitación para la acción (Silveira, 2009); se trata de un contexto cargado con normas, disposiciones, relaciones, puentes, ríos, pasos, controles, materialidades que aceitan o entorpecen la bisagra, el contacto, el movimiento. Estas instancias se relacionan con el “trabajo de frontera” (borderwork) (Rumford, 2011: 67), que pone en relieve las oportunidades que brinda este espacio, a la vez que saca a los actores de un lugar necesariamente subalterno, ya que “lo que distingue a estas actividades es que son el resultado de iniciativas de emprendedores, ciudadanos/residentes, y activistas de base. No se trata de procesos de frontera de arriba-abajo o liderados por el Estado” (Rumford, 2011: 67).

La idea de que las fronteras se constituyen en una red de flujos, asociada a la creciente focalización de los controles, permite entenderlas “como porosas, es decir que crean regímenes de permeabilidad selectiva o filtros que permiten la movilidad de algunos y no de otros” (Porcaro, 2017: 93). Este cambio de perspectiva es decisivo en términos políticos, puesto que “las fronteras ya no aseguran territorios sino que aseguran flujos” (Porcaro, 2017: 93), buscando impactar en los elementos que transitan en el espacio.

Así planteada la cuestión, el caso que aquí interesa analizar es que en el mismo tramo de frontera (La Quiaca/Villazón) se pueden presentar, inicialmente, dos situaciones posibles: cruzar por el puente habilitado donde el Estado tiene presencia y ejerce algún tipo de potestad, o hacerlo por caminos alternativos con escaso o nulo control estatal, pero conocidos y frecuentados tanto por pobladores de ambos países como por organismos de control. Esto afianza la bipolaridad de la frontera: separa a la población de Argentina y Bolivia donde se transita de forma “legal” (por pasos habilitados) o “ilegal” (por pasos no habilitados), pero sin que el flujo cese. Si bien esto es cierto en términos generales, no se agota allí la complejidad de la frontera analizada. Por el contrario, lo que se quiere destacar aquí es que ambas posibilidades no implican núcleos rígidos de acción (en el sentido de comportarse siempre de la misma manera). Así, un mismo punto fronterizo en un momento determinado puede ser menos permeable (presentando dificultades para atravesar barreras o retenes) para ciertas personas u objetos, mientras que otras pueden transitarlo con mayor libertad, o bien un punto cerrarse en un momento, pero abrirse en otro. Es decir, la frontera en este tramo es porosa, pero con una porosidad no estática, sino procesual, histórica y relacional y, por tanto, multidimensional y siempre cambiante.

Esto requiere buscar las características de las zonas de frontera en el espacio cotidiano, ya que la interdependencia y vecindad une y separa a los pobladores mediante lazos productivos, familiares, festivos, de enemistad, competencia, etc. Así, pensar en fronteras no como líneas fijas e inquebrantables, sino como áreas porosas, como un espacio amplio donde confluyen fronteras étnicas, políticas y administrativas, pasadas o presentes, y donde su población hace uso de esa porosidad con fines y objetivos conjuntos y programados, conlleva pensar el espacio no necesariamente desde el posicionamiento frente a un otro, sino en contigüidad, vecindad y relación, donde la frontera muda su vocación divisoria a una de encuentro por el campo de las prácticas populares[6] (González, 2012).

En síntesis, a pesar de la ficción protocolizada en cuerpo de la ley que configura la espacialidad hegemónica, los espacios fronterizos son también el karma de la pulsión dinámica: tránsito, movimiento, pasaje, circulación y flujo. Espacios no agotados por la cartografía oficial y, por tanto, lugar de germinación de irreverencias de la ciudadanía y el corrimiento constante de sus límites materiales, algunos de los cuales son claramente identificables (como un río), pero no por eso no pasibles de ese corrimiento o fragilidad, y otros límites solo existentes en el mapa (pero no en el espacio físico) y no por eso son menos evidentes.

La frontera argentino-boliviana

El paso internacional La Quiaca/Villazón pone en contacto a la provincia de Jujuy (Argentina) con el departamento de Potosí (Bolivia). La ciudad de La Quiaca se fundó en 1907, cuando finalizó el tendido de las vías del Ferrocarril Central Norte Argentino, y este hecho fue seguido por acciones concretas de ampliación estatal. Así, prontamente La Quiaca contó con todas las autoridades que requiere un pueblo moderno y fronterizo (policía, escuela, agentes del Gobierno, etc.) (Karasik, 2000). Al mismo tiempo, en terrenos ubicados al otro lado del río, se fundó el pueblo boliviano que sería cabecera del ferrocarril a Tupiza. En ese entonces, el presidente Heliodoro Villazón firmó la adjudicación de lotes en la nueva población que posteriormente, en 1913, recibiría el nombre de Villazón en su honor (Chambi Cáseres, 2013).

Ambas fundaciones se realizaron casi de forma simultánea, si se quiere espejada, impulsadas por el movimiento económico que generó la actividad ferroviaria y por la expectativa boliviana, ante la necesidad, de unirse al Atlántico por medio de este ferrocarril, puesto que se presentaba como la vía más económica para la salida de minerales (Arce Álvarez, 2003).

A diferencia de lo ocurrido en Europa, el ferrocarril en la Argentina no se trazó uniendo poblaciones, sino que los pueblos fueron creciendo en torno al recorrido del ferrocarril, donde se ubicaban las estaciones (Roccatagliata, 1998). La presencia del Ferrocarril Central Norte Argentino significó un claro proceso de crecimiento económico para estas ciudades, ya que numerosos comerciantes se trasladaron llevando hasta la zona mercadería para su venta. El florecimiento de ambas urbanizaciones aumentó en los años posteriores (tras el trazado de las líneas ferroviarias Villazón/Atocha en 1925), visible no solo en la cantidad de población, sino también en la organización de las instituciones y las redes de vinculación que se generaron entre las localidades.

La dinámica fronteriza tuvo durante mucho tiempo un carácter básicamente aduanero, ya que la presencia de los respectivos Estados no implicó, hasta mediados del siglo XX, un proceso de construcción propiamente política de esta frontera, pues la vida social local no estaba segregada, hasta entonces, por la pertenencia a uno u otro país, y parientes y amistades podían residir en ambos lados del límite estatal y circular a través, sin obstáculos (Karasik, 2005; Canelada, 2016). Esta situación continuó hasta finales de 1945, momento en el cual en Argentina la Gendarmería Nacional se hizo cargo de “custodiar la soberanía” y comenzó un proceso de división de límite estatal.

Los procesos políticos y sociales que se dieron en Bolivia hacia mitad del siglo XX, que culminaron en 1952 con la nacionalización de las minas y en 1953 con la Reforma Agraria por parte del presidente Paz Estenssoro, tuvieron influencia en la zona jujeña colindante, donde, paralelamente, la importancia de las grandes mineras (Pirquitas y El Aguilar) ya estaba asentada y la migración estacional hacia la zafra azucarera en las tierras bajas salto-jujeñas imponían su dinámica, en un tipo de relación que se ha tipificado como “articulación estacional” (Platt, 1987). Esta situación puso a La Quiaca/Villazón como centros de un circuito que incluía el traslado en ferrocarril de miles de personas hacia el oriente jujeño (en marzo y en octubre) y el paso permanente –casi cotidiano– de personas relacionadas con el trabajo en las minas y al comercio vinculado a ambas actividades, además de las ya descritas. La ubicación de La Quiaca/Villazón se constituyó así como un recurso, en cuanto centro articulador, que funciona como una bisagra entre tierras bajas y altas, entre Argentina y Bolivia.

Entre las décadas de 1960 y 1970, el eje cambió. Comenzó a desarrollarse una expansión en Argentina de los asentamientos bolivianos por la búsqueda de empleo permanente y ascenso social por parte de migrantes de esta nacionalidad. En esta etapa la frontera funcionó, inicialmente, como lugar de concentración de los braceros (trabajadores del campo jornalizados) y, con el tiempo –y sobre todo en la década de 1980–, solo fue lugar de paso. Esta situación se consolidó en la década de 1990, cuando la comunidad boliviana adquirió mayor estabilidad y proyección, por ejemplo, con el manejo de la cadena alimenticia de frutas y hortalizas. Esto reforzó las redes formales e informales y mantuvo la conexión de migrantes bolivianos en Argentina con sus lugares de origen, de modo que la frontera conservó su función de lugar de paso (Benedetti y Salizzi, 2011).

Pero las reformas de la década de 1990 en Argentina dieron lugar a una reestructuración productiva de la economía con un fuerte impacto sobre el mercado de trabajo. La privatización o cierre de empresas públicas afectó a grandes grupos de trabajadores, los que hasta ese momento habían gozado de estabilidad laboral y favorables condiciones de empleo. Este proceso impactó a una parte de la población de la ciudad fronteriza de La Quiaca, principalmente a los trabajadores del ferrocarril, dado que este fue uno de los ramales que dejó de funcionar en los primeros años de esa década (Bergesio et al., 2009).

Como se dijo anteriormente, las actividades económicas de La Quiaca basadas principalmente en el comercio fronterizo se acentuaron por las posibilidades que inauguraron las diferencias de cambio monetario y la oferta diferencial de productos para los pobladores de uno u otro país ya que, salvo algunas experiencias aisladas, no hay producción industrial significativa en esta ciudad. Comercios minoristas para el viajero y mayoristas para la exportación, negocios de comida y hotelería son algunas de las actividades que dinamizan y generan empleos en La Quiaca, así como la administración pública en general y del paso fronterizo en particular (Karasik, 2000).

Si bien este paso está muy lejos de tener la importancia económica de Yacuiba o Bermejo, ambos en la provincia de Salta, o la impronta política de potencial desarrollo que tiene el paso de Jama, en conexión con Chile y el corredor bioceánico, La Quiaca/Villazón representa más densamente, en términos históricos y simbólicos, a la frontera con Bolivia, por ser considerado el punto de entrada de la población boliviana, los inmigrantes más discriminados de Jujuy y Argentina en general. Esta estigmatización y visibilización opera a través de asociar a los inmigrantes bolivianos con problemas sociales como el narcotráfico, la desocupación, la crisis en el sistema de salud y al crecimiento de la inseguridad, reforzados constantemente por actores políticos, sociales y los grandes medios de comunicación (Caggiano, 2007; Sadir, 2009; Grimson, 2011; Burgos, 2014). Es en el paso La Quiaca/Villazón donde parece estar jugándose el destino de la población boliviana en Argentina (Karasik, 2000), tanto en términos simbólicos como formales/legales.

Además, a La Quiaca/Villazón llegan a diario servicios regulares de ómnibus, minibuses y remises con decenas de compradores motivados por una economía favorable[7], poniendo en circulación diferentes tipos de mercaderías. Con relación al lado argentino, estas modalidades de tránsito están controladas por los escuadrones de Gendarmería Nacional, por la Dirección Nacional de Migraciones y por la Dirección General de Aduanas, de las cuales estas dos últimas operan sobre el paso habilitado –puente internacional Dr. Horacio Guzmán– y la primera, sobre la zona que lo rodea. Estas formas de articulación y control estatal son las que fiscalizan las formas de circulación tanto de las personas como de las mercancías. Sin embargo, la conducta tipificada de pasaje es flexibilizada por otras prácticas de tránsito, algunas cotidianas, como es el caso de las paseras, y otras excepcionales, pero de regularidad anual, como es el caso de los feriantes que participan de la Manka Fiesta.

Paseras: cruzando mercancías por el río[8]

La Quiaca y Villazón son unidas diariamente por el tránsito de personas que acarrean, sobre sus cuerpos, una gran variedad y cantidad de bienes con fines comerciales. Esta práctica es realizada por mujeres[9] de ambas nacionalidades que se dedican a “cruzar” las mercaderías a través de circuitos que evitan el control aduanero y de Gendarmería, ya que los volúmenes o valores que transportan son mayores a los permitidos. El trabajo de cruzar este límite implica un recorrido propio, cuyo inicio es en la ciudad boliviana, a través de un pacto informal entre un revendedor y una pasera, y el final sucede en la ciudad argentina de La Quiaca, cuando se devuelven los objetos consignados.

Las mercancías que se transportan van desde ropas y calzados (pantalones, remeras, camisas), hasta bazar y electrodomésticos de uso particular (pavas eléctricas, telefonía, videojuegos, etc.), entre otros. Los objetos nunca son iguales, sino que varían de acuerdo a la temporada del año, por ejemplo, a principio del calendario escolar, mochilas, útiles y zapatillas resaltan sobre otros.

A medida que los compradores dejan sus bolsas repletas de mercadería, las mujeres anotan cada producto y los acomodan, para luego cargarlas en un bulto sobre sus espaldas, organizado de tal modo que buscan en el cuerpo mejores condiciones para su traslado ajustándolo no solo a sus corporalidades, sino también a los desplazamientos por los distintos lugares.

Cuando las trabajadoras acomodaron los bienes consignados, salen, siempre en grupo, en busca de taxis que las trasladan hasta el borde del río. El trayecto del cruce alternativo se realiza por algunos de los tramos angostos del río La Quiaca, a una distancia no mayor de 300 metros del paso oficial. Este río posee poco caudal de agua durante la mayor parte del año, pero encuentra su complicación en las bajas temperaturas que mantiene. Allí las paseras atraviesan el límite entre ambos países cargando sobre sus espaldas, envueltos con sus aguayos, los diferentes artículos.

Si bien el recorrido es realizado para sortear el control de Aduana sobre el puente internacional, este trayecto alternativo también es sometido, circunstancialmente, a controles sorpresivos por parte de Gendarmería, que puede decomisar la mercadería. Si lo que se transporta son ropas o juguetes, comienza una negociación entre los gendarmes y las paseras; en cambio, si lo que se transporta son electrodomésticos, es probable que sean decomisados de inmediato. En cada uno de estos escenarios, convergen dos actitudes: la pericia de las paseras para establecer acuerdos y la predisposición del gendarme para aceptarlos, o viceversa. En la mayoría de los casos, las mujeres aprenden a calcular las situaciones para poder prever las reacciones de los oficiales, ya que el decomiso de la mercadería implica la pérdida del pago del día. Quienes las contratan asumen el riesgo de perder el total de los bienes si el cruce de las paseras no es exitoso.

Una vez que las mujeres cruzan el río, ya en la ciudad argentina, caminan unos 200 metros, hasta donde las esperan autos de alquiler con su chofer, que las acercan hasta la terminal de colectivos de la ciudad de La Quiaca. La entrega de la mercadería consignada para el traslado marca el fin del trabajo, y es allí donde se realiza el pago del servicio.

Las mujeres hacen este recorrido más de una vez por día y en los distintos espacios encuentran a otras compañeras, con las cuales comparten información respecto de situaciones y actitudes que se viven en las distintas tareas y puntos del trayecto. Las condiciones del cruce y los controles de los gendarmes constituyen los temas principales.

Manka Fiesta: feriantes de Bolivia y Argentina

La Manka Fiesta es una feria que se realiza en La Quiaca en el mes de octubre, con una importancia que se refleja en la gran cantidad de personas que asisten con artesanías, productos agrícolas y ganaderos, desde lugares tan distantes como La Paz (Bolivia) como extremo norte y Cafayate (Salta, Argentina) como extremo sur. Si bien no existe un dato claro de su antigüedad, se afirma que “tiene más de 100 años”[10], lo que, sumado a su masividad, parece cierto. Aunque no es la única feria del tipo, por sus objetivos, momento del año y productos (Karasik, 1984; Bugallo, 2008; Vilá, 2018), sí es una de las más convocantes.

La Manka Fiesta empieza a tomar forma, en cuanto a su organización, en la segunda semana de octubre, para tener su punto culmine en el tercer domingo de ese mes. Durante todos esos días, hombres y mujeres (muchos con sus familias) exponen sus productos a la espera de intercambio, ya sea por venta o trueque (Bergesio y González, e/p), o bien por otras formas de intercambio, que combinan ambas o se mezclan con entramados sociales preexistentes como son los de reciprocidad, entre otros posibles (Bergesio et al., 2019).

Los productos que allí se intercambian son muy variados, pero, en general, tienen una característica en común: provienen de la producción campesina[11]; entre ellos se destacan las ollas y otros artículos de alfarería, la fibra o vellón de llama y oveja, hilados, cueros, carne fresca o seca, cañas, cestería, maderas, semillas (de diversas especies y variedades), frutas secas o deshidratadas, y harinas, entre muchos otros. Asimismo, hay venta de artículos industriales (desde contenedores plásticos, ropa y discos compactos) y locales dedicados a servicios (comidas, juegos para niños), a los que se deben sumar las llamadas “carpas”, que son lugares para comer y beber, y que durante la noche ofrecen además espectáculos musicales (Bergesio, 2007).

Entonces, es posible observar distintas esferas de participación en esta feria[12]. Por un lado, se encuentran los feriantes de origen campesino e indígena, que asisten a la Manka Fiesta con el motivo de participar en una feria en la que saben que se (re)encontrarán con ciertas personas (amigos, familiares, antiguos compañeros de intercambio); en muchos casos asisten con sus familias, siendo el intercambio de los productos (ya sea la compraventa, el trueque, u otras) una razón más, entre otras. Algunas de estas personas van con una cantidad importante de producción (por ejemplo, quienes esquilaron vellón y lo llevan a vender en la feria; o quienes tienen papa semilla y la trasladan en varios costales), otros con algunos elementos que les permitan costear el viaje (algunas artesanías, por ejemplo, para vender y pagar los gastos).

Por el otro, hay quienes acuden explícitamente a vender o comprar con el principal objetivo de un intercambio comercial que los beneficie en términos monetarios. En este sentido, es posible englobar a quienes ponen puestos de venta de ropa, bisutería, carpas de comida, muebles, materiales de construcción industriales, etc. Dentro de este grupo, también hay quienes aprovechan la feria (la concentración de gente) ya que venden productos quizás elaborados por ellos mismos, tales como panificados, gelatinas, helados.

Finalmente, están los visitantes a la feria. Aquí también es posible distinguir, al menos, dos escalas: visitantes que acuden a comprar artículos generales, artesanías o productos específicos y en cantidades pequeñas (el consumidor final); y quienes asisten como parte de su circuito general de comercio, para proveerse de productos que luego serán revendidos en otras localidades o momentos (Bergesio, 2016).

Desde las visiones institucionales, como la Dirección General de Aduanas y la Municipalidad de La Quiaca, que desde hace décadas coordina su organización, se enfatiza que se trata de una feria de intercambio, por lo que se organiza con el objetivo de distinguir entre los puesteros ligados al ámbito rural (quienes venden artesanías y productos agrícolas) asociados[13] a intercambios como el trueque o mixtos (que combinan trueque con intercambio monetario en una sola transacción), y aquellos que solo venden productos industriales o servicios. Llamativamente, aunque hay presencia de feriantes ligados a la escala mayorista (como los acopiadores de fibra o los revendedores de muebles y ropa), los representantes del municipio afirman que la Manka Fiesta es de nivel minorista, ligada al consumo familiar, ámbito al cual le atribuyen valores positivos, ligados a la tradición y la cultura local.

En síntesis, la Manka Fiesta es una feria rural/urbana anual, donde se expresan diversas formas de intercambio (que van desde el monetario hasta el trueque y reciprocidad, con sus versiones mixtas) y a la cual asisten en cada edición cerca de 1000 feriantes. La organización formal está a cargo de la Municipalidad de La Quiaca, la cual destaca su valor cultural como espacio de intercambio tradicional o trueque y de pequeña escala ligada a la esfera campesina y del autoabastecimiento. Esta visión opera fuertemente en el momento en que se debe cruzar la frontera, ya que no hay normativas que amparen a los feriantes, sino que el trato, el momento, y las cantidades que se puede pasar se acuerdan entre Migraciones y Aduanas con la Municipalidad[14], dejando a criterio de cada agente cuánto volumen representan productos “para el intercambio” o qué son “artículos artesanales”. Por lo tanto, algunos feriantes acreditan la factura artesanal de sus productos mediante fotografías, o indican explícitamente que “son para el cambio” (trueque).

Las voces estatales

En este apartado buscamos plasmar la visión que tienen de la frontera personas que trabajan en distintas instituciones estatales relacionadas con ella. Así, hemos realizado entrevistas a trabajadores de la Dirección General de Migraciones, Dirección General de Aduanas y Gendarmería Nacional Argentina. En todos los casos, se trató de entrevistas semiestructuradas realizadas a una persona, con rango de encargado o similar. Las preguntas estaban dirigidas hacia los casos en estudio (las paseras y la Manka Fiesta) y a buscar una caracterización sobre la frontera, tanto de la institución como de la persona.

Gendarmería Nacional Argentina

La Gendarmería Nacional Argentina (GNA) es la principal fuerza de seguridad de la República Argentina dependiente del Ministerio de Seguridad. Se diferencia de otras fuerzas de seguridad y policiales por ser de naturaleza militar, con características de fuerza intermedia, también denominadas “de doble empleo” (policial y militar). Fue creada en 1938 y su principal función es la protección y control de la frontera del país y de sitios estratégicos nacionales. GNA tiene un destacamento en la ciudad de La Quiaca Agrupación IX de la región IV y una sede central a nivel provincial en el centro de San Salvador de Jujuy. Allí se realizó una entrevista con una oficial mujer, de aproximadamente 35 años, oriunda de La Quiaca. En este contexto, su principal visión es que “siempre la frontera es peligrosa”, básicamente por la presencia del narcotráfico[15] o tráfico de productos ilegales.

Sobre la condición de “porosidad” específica de la frontera entre La Quiaca/Villazón, no quiso dar ninguna definición. Enfatizó que Gendarmería es una fuerza de seguridad y por eso no puede explicar cómo trabajan[16], aunque remarcó que “ir y venir [entre La Quiaca y Villazón] es muy común y no depende de la Manka Fiesta, también para [la celebración a] la Virgen, para carnaval, por cualquier motivo hay mucho tránsito”. En relación con esto, indica que sobre el paso de productos ellos no tienen injerencia, solo “prestan manos, oídos, pies, para las disposiciones de otros organismos que sí fiscalizan”, como Aduana, que se maneja con franquicias.

En particular, comentó que la Manka Fiesta es tomada como “una fiesta más, como si fuera cualquier día”, ya que no hay disposiciones especiales o una normativa específica de actuación de Gendarmería respecto a esta feria en particular, aunque ella implique un tránsito mayor en la frontera; es decir, que “las disposiciones no parten de Gendarmería, sino lo que hacen es cumplir la normativa, ya sea legal u operativas de otras instituciones”. Pero sí hay una consideración en cuanto a la participación en la Manka Fiesta. Ella indica que “antes se hacía trueque, por ejemplo, una bufanda por una olla, en la actualidad si uno va en el último día hay posibilidades de hacer trueque”, por lo que habría una consideración especial a la gente que va a intercambiar y participar “sin espíritu de lucro”, pero en cuanto se observa que la cantidad o producto sí estarían relacionados con esta “búsqueda de ganancia”, entonces sí actúan (aunque no indicó de qué manera)[17].

Ahora bien, esta situación tan subjetiva entre diferenciar a quién va a participar y quién busca ganar dinero se complejiza, según su propio relato, con los gendarmes que provienen de otras provincias. En este caso a ellos

sí, les cuesta ver, quizás usan cierta rigidez o una vara que luego van flexibilizando. Si uno ve que no es de lucro, sino más bien de la participación y no por una búsqueda específica de ganancia para vender un producto y llevar un montón de cosas, entonces Gendarmería no interviene, pero no hay una disposición clara y/o un límite para que esos días pasen para la Manka.

Dirección Nacional de Migraciones

La Dirección Nacional de Migraciones (DNM) es un organismo dependiente del Ministerio del Interior, Obras Públicas y Vivienda, encargado de la aplicación de la normativa migratoria y responsable de la instrumentación de las políticas públicas en la materia. Fue creada en 1949, y actúa en todo el territorio nacional, aunque el control migratorio se aplica en los 237 pasos habilitados. En este caso, la entrevista también se realizó en la capital provincial, en la Delegación de la DNM. Esta se concretó con el jefe de paso, quien trabaja una semana en La Quiaca, puntualmente en las oficinas localizadas en el puente internacional Horacio Guzmán, y una semana en las oficinas de San Salvador de Jujuy. En su relato especificó que el trabajo de Migraciones es vigilar la salida o entrada del país de las personas que pasan por el puente a partir del control de Documento Nacional de Identidad (DNI).

Cuando se le consultó por la porosidad en la frontera, aseveró que “la frontera es siempre abierta porque no hay forma de controlar todo lo que allí sucede, todo ese espacio”. Explicó además que se hace imposible controlar todo el espacio de la frontera ya que el seguro de trabajo que les brinda el Estado nacional solo tiene cobertura en el espacio físico del puente, lo que deja inhabilitada toda posibilidad de salir a controlar los pasos de cruce alternativos que se realizan a unos 300 metros de allí.

Con relación al cruce de mercadería por parte de las mujeres paseras, dijo que es imposible negar esa situación ya que todos los días se puede ver a las personas con mercadería pasar por el río, pero que eso le corresponde controlar a Gendarmería. Al mismo tiempo, remarcó que “es una costumbre del lugar pasar por el río”, que eso no se va a poder cambiar y que la mayor parte de los pobladores fronterizos cuentan con su tarjeta vecinal fronteriza[18] (TVF) para poder cruzar por donde les quede más cómodo. Además, remarcó que las mujeres paseras trabajan organizadas en grupos, pero que cada grupo es controlado por un hombre, que tiene los contactos. Si bien es sabido que el cambio monetario no favorece a los argentinos, las personas van a comprar al por mayor y ahí se hace diferencia. Eso es lo que les permite trabajar a las paseras.

Al preguntarle sobre la situación actual de la frontera, el jefe de paso comentó que la instalación de los militares en la frontera[19] está basada principalmente en un control del narcotráfico, aunque aseguró que cambiará la forma de trabajo y de vida de todas las personas. A cargo del Ejército, la frontera seguramente será más rígida, con menos posibilidades de cruce por el río, aseguró.

Dirección General de Aduana

La Aduana es uno de los organismos más antiguos del país. Los inicios de esta institución se remontan a los tiempos de la colonización española, cuando se consolidó como una organización varios años antes de que la Argentina misma se conformara como nación.

El origen del sistema de cobro de impuestos aduaneros en Argentina es una herencia del sistema de organización económico español, que se consolidó cuando la organización política se afianzó a través de la Constitución y las normas legales que de ella derivan. Por ser una entidad recaudadora y proveedora de recursos económicos, la Aduana ha tenido una enorme influencia y participación activa en el acontecer histórico de la nación. La actual Dirección General de Aduanas (DGA) data de 1997, cuando fue incorporada a la Administración Federal de Ingresos Públicos.

En este caso se realizó la entrevista en el puesto de la DGA que se encuentra en el puente internacional en La Quiaca. Esta se concretó con el encargado del turno vespertino, un hombre de aproximadamente 40 años, oriundo de esa ciudad. El día de la entrevista, viernes 19 de octubre de 2018, a partir de las 17 horas, según habían informado desde la Municipalidad de La Quiaca, estaría habilitado el paso de los feriantes para esa edición de la Manka Fiesta.

La visión que prevalece en el informante es que Aduana controla el ingreso de productos al país y según la normativa. Su mirada se presentaba despojada de valoraciones, pero sí muy cargada de la importancia de acatar la norma, en su caso referida a qué productos pueden pasar (por ejemplo, hay disposiciones sobre productos no elaborados, donde interviene el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria –Senasa–) y el valor de productos, por un máximo de USD 300.

Aduana interviene en el control de quienes pasan exclusivamente por el puente internacional (zona primaria aduanera), es decir que hacen el trámite migratorio de manera regular. Ellos no tienen potestad de controlar el tránsito por otros pasos, como el río donde cruzan las paseras. Su tarea, entonces, es evitar el contrabando[20].

En relación con la Manka Fiesta, atendiendo que a partir de ese momento estaba habilitado el paso para los feriantes, explicó que sí se controla la carga, pero teniendo en cuenta que “la Manka Fiesta es una feria tradicional de trueque”, entonces se fiscaliza que los productos se correspondan con esa idea de intercambio. Parte de este universo son los artesanales, y comentó el caso en que “una familia” (según su parecer) proveniente de Bolivia que llevaba a la feria mantas de lana tejidas en telar, para demostrar que eran artesanales, le mostraron fotos en las cuales se veía cómo tejían.

Su visión estatal quedaba ilustrada en los comentarios que realizó a raíz de una aclaración sobre la cantidad (relativa y solo observable en ese momento) de menores de edad que desde Villazón van a la escuela en La Quiaca. Lejos de referirse a cuestiones ligadas con el “uso de lo público” (como se esgrimen en relación, por ejemplo, con los hospitales)[21], su reprobación estaba referida al régimen de TVF ya que, según su opinión, esta población fronteriza “olvida” que, a pesar de tratarse de ciudades colindantes (incluso que pueden ser percibidas como una unidad), “en realidad están cruzando a otro país”, lo que supone para él un riesgo, dado especialmente por el hecho de que estos ciudadanos “están en el exterior”. Desde su óptica, debería realizarse (aunque reconoce lo engorroso que sería hacerlo diariamente) el trámite migratorio correspondiente en cada ocasión, respaldando así el tránsito de un país a otro.

A la pregunta sobre si recordaba algún caso “escandaloso” de contrabando o narcotráfico que se hubiera dado en los días de Manka Fiesta, comentó (como también lo indicó la gendarme) que quienes realizan estos cruces ilegales (ya sea por el lugar de paso o por los productos) lo hacen en cualquier momento, aunque enfáticamente indicó que no recordaba ningún caso relacionado con la Manka Fiesta (quizás por un posible mayor control por parte de Gendarmería).

Resultados

Los relatos que surgen de las entrevistas a representantes de GNA, DNM y DGA son, en términos generales, homogéneos en varios aspectos. Plantean la existencia de regulaciones estatales y su frecuente transgresión debida a diversos motivos, pero son dos los que resaltan. Por un lado, están las propias costumbres locales que implican el transito constante de personas y objetos, y, por el otro, la imposibilidad material de control efectivo de la frontera, más allá de sí poder hacerlo en un punto determinado; pero aún en ese último caso, esta premisa se enfrenta con la anterior, y relativiza la eficacia de la frontera como separación.

Todos ellos dejan en claro, de diferentes formas, que para hablar con pertinencia de estas operaciones (Renoldi, 2014) hay que mirar la manera en que el Estado (instituciones, personas, momentos, objetos y cosas) controla y juzga cierto tipo de acciones como delitos, teniendo en cuenta que la ley es interpretada en todo momento y lugar, de modo que en ese margen puede haber diferentes desenlaces. Esto lleva a pensar, para el entendimiento de la administración y burocracia del Estado, en cómo opera la diferencia entre la “agencia personal” de quienes trabajan para una institución –sobre todo cuando esta se orienta a la seguridad pública– y su “agencia institucional”. Entendiendo por “agencia” el potencial y la capacidad de afectación de algo o alguien sobre otra cosa o persona, podremos captar el modo en que una secuencia de acciones, circunstancias y cosas configuran resultados no previsibles o, si son previsibles, que no hayan sido causadas por razones fácilmente imaginables.

Así, por ejemplo, y como lo expresa la oficial de GNA, se sabe de prácticas cotidianas para cruzar la frontera por vías alternativas a la del puente habilitado para tal fin, donde cuerpos y mercancías atraviesan la frontera sin que esto esté permitido por la ley formal, pero tampoco sea visto como algo que debe ser reprimido y prohibido de forma tajante o sin concesiones. Por el contrario, un gendarme que “no es de la zona” puede que en un principio pretenda hacer cumplir la reglamentación formal de no transitar por esos pasos y no cruzar mercancías, pero, nuevamente, con el paso del tiempo “flexibiliza” su postura, posibilitando ese fluir según los usos y costumbres.

Esta misma visión aparece en lo vinculado con la Manka Fiesta, momento en el cual la frontera “se abre” para el paso de feriantes, pero siempre y cuando estos demuestren, como lo plantea el encargado de la DGA, ser parte de la “tradición”. La forma de certificar esta situación tiene una cierta protocolización que se basa tanto en los productos que se transportan (que sean artesanías elaboradas por ellos mismos, cosa que deben demostrar en la frontera) como en su cantidad (ser minoristas). Esto último es visto, además, como una muestra de sus intenciones: intercambio por trueque o ventas al por menor.

Esto se complementa con la propia incapacidad material del Estado de hacer cumplir las normas que genera, no conformando una estructura administrativa acorde con tal fin. Como lo plantea el oficial de paso de la DNM, solo puede cumplir con su función en el tramo del puente internacional porque su propio seguro de trabajo (el cual lo habilita a actuar en un determinado espacio y que lo tramita el propio Estado nacional) solamente cubre esa área, dejando inhabilitada toda posibilidad de salir a controlar los pasos de cruce alternativos, aunque se encuentren a pocos metros de allí. A esto se debe sumar que, en el punto de la frontera en que sí hay control –el puente–, son varios los organismos estatales que actúan, por lo general, de forma no coordinada, por lo que expresan las personas entrevistadas que hay una actitud de responsabilizar a otro organismo de lo que no se controla, argumentando que la responsabilidad de actuar es de la otra institución. Esta situación se observa en el hecho de que cada entrevistado/a hablaba sobre otro organismo (Gendarmería sobre Aduana, Migraciones sobre Gendarmería y Aduana sobre Migraciones)[22]. La ecuación se completa con un tercer elemento que aparece con fuerza en el relato del Oficial de Paso de DNM, indicando una situación en que, otra vez, es el propio Estado que habilita un mecanismo de libre paso para los vecinos de la zona: la tarjeta TVF.

Entonces tenemos aquí un sistema ambivalente: por un lado, el Estado resalta la figura de la frontera como límite que separa a unos de otros y que destaca el representante de la DGA cuando dice que “en realidad están cruzando a otro país”, “están en el exterior”; pero, por otro lado, no arbitra los medios para hacer efectiva esa separación (que en gran parte es imposible, por la extensión del área que involucra, como lo plantea el oficial de paso), y genera medios para permitir la comunicación constante, que es necesaria porque se trata de un área que vive su día a día sobre la base de esa interacción.

Además, dado que la frontera es un área sensible en términos de territorialidad (González, 2016), ante una amenaza (posible) como es el narcotráfico, el Estado impone la presencia de fuerzas más represivas en un área amplia, lo que puede modificar la dinámica diaria mencionada, aun entre quienes nada tienen que ver con las fuerzas de seguridad estatales o el tránsito fronterizo en general.

Discusión y conclusiones

En este trabajo reflexionamos sobre experiencias en el espacio fronterizo, buscando poner en relieve tres instancias: una relativa al tiempo cotidiano, como es el cruce que realizan las paseras por circuitos que evitan el control aduanero; otra situación focalizada en un tiempo acotado, como es Manka Fiesta; y la tercera, la visión que tienen algunas instituciones estatales (nacionales) en relación con esta frontera, a fin de problematizar los complejos procesos de porosidad. Nos interesa aclarar que estas tres instancias no agotan, de ninguna manera, la complejidad que tiene la frontera en general, ni esa en particular, ni los casos descritos; es por ello que enfatizamos que se trata de conclusiones que abren el problema, más que cerrarlo.

Los procesos de porosidad que vivencian las paseras y las personas que participan de la Manka Fiesta, como así también quienes habitan el espacio fronterizo, que nunca es igual aun cuando se está en un mismo tiempo/espacio, dependen de múltiples factores.

Las voces estatales entrevistadas para esta oportunidad resaltaron la complejidad que tiene la frontera, al ser percibida como “peligrosa”. Esta es la visión de Gendarmería, fuerza de seguridad que tiene como misión el “cuidado” de las fronteras. Por su parte, el personal de Aduana resaltó la situación de “terminalidad” del país, y el personal de migraciones la dificultad en controlar las paseras. Cada uno, a su modo, incurre en una cierta paradoja en la que se diluye su propio trabajo en el control de frontera, en parte asumiendo la imposibilidad de “control” total de dicho espacio.

La práctica cotidiana de la vida en la frontera, materializada por ejemplo en la tarjeta TVF, que tiene por objetivo principal facilitar el cruce de personas con destino a la localidad contigua del país vecino mediante un procedimiento ágil y diferenciado de las otras categorías migratorias, es en sí misma una situación que pone en jaque el espacio absoluto del Estado-país ante su límite. Se trata de la confirmación de que los vínculos, familiares, diarios, de consumo, de trabajo, no quedan (ni pueden estar) circunscritos al espacio-absoluto del país, sino que imponen un espacio-flujo relacional que logra permear los intersticios, es decir que genera, mantiene y aprovecha la porosidad.

Es posible indicar que el Estado, que tiene la potestad histórica de ejercer la regulación que permite el tránsito de personas y objetos entre las fronteras, otorga continuidad y aval a este flujo, pero, cuando no lo puede controlar efectivamente –por los motivos que sea–, deviene en permitirlo, ya sea por acción u omisión, de forma parcial, selectiva o ampliada, yendo inclusive en contra de la norma generada por sí mismo (a través de diversas reparticiones u organismos)[23]. Esto le permite ir negociando diversas instancias de conflictos sociales, aunque desde ya con contradicciones.

La negociación del conflicto social surge, así, como hipótesis que vincula el poder que el Estado ejerce sobre su territorio (espacio absoluto) al flexibilizarlo (espacio relativo, topológico, banal). Esta acción, siempre a modo de hipótesis, permitiría al Estado negociar algunas características de su territorialidad sin perder terreno en el campo del ejercicio del poder[24]. De esta manera, la rigidez en la frontera se enfatiza al verla empleada como recurso (ante la búsqueda de ganancia), instancia donde los controles secuestran o decomisan; pero en cuanto la frontera actúa como “lugar cotidiano”, donde se dan vínculos vecinales “de participación”, las fuerzas estatales no intervienen.

Es en este sentido en que interpretamos las afirmaciones que se realizan sobre la Manka Fiesta: “Es una feria ancestral de trueque”, indicando que se permite, exclusivamente, ese tipo de intercambio, aunque en realidad, y todos lo saben, lo mayoritario es el intercambio monetario.

Finalmente, sin haber agotado las posibilidades de introducir temas que dan cuenta de la complejidad de la frontera, uno de los principales elementos que fue surgiendo en las entrevistas, y que por razones prácticas no hemos podido abordar en profundidad, es el narcotráfico.

En los últimos años el narcotráfico ha crecido como tópico en los medios de comunicación argentinos (López, 2018). En este contexto, asistimos al planteamiento del control de las fronteras como una política imprescindible para la erradicación del narcotráfico y, por extensión, de la drogadicción como problemática social endémica. La ligazón que asocia la criminalidad del narcotráfico con procesos sociales y culturales que suceden en la frontera pone en evidencia la vigencia de las narrativas acerca de la gestión y control de una espacialidad nacional y una política de los límites como administración biopolítica de los cuerpos. En tiempos de agudización de la preocupación por el narcotráfico y el control de fronteras, los medios de comunicación cristalizan la vigencia de esas narrativas y coadyuvan en el tramado de la asociación entre las fronteras y la criminalidad.

Así, la atención que reciben los espacios fronterizos (particularmente entre Argentina y Bolivia) por los medios televisivos responde a noticias vinculadas con un “descontrol en el límite”, “una zona crítica de contrabando de todo tipo”, “puerta de entrada de la cocaína”. Estas visiones, relatos que se magnifican a través de los medios masivos de comunicación, interpelan directamente al Estado y a las distintas “agencias institucionales”. El resultado ya no se relaciona con las narcoficciones (relacionadas de manera directa o indirecta con el tráfico ilegal de drogas), sino de una ficcionalización de la frontera como peligrosa, promoviendo el pánico moral (Thompson, 2014) y la regulación de lo que allí acontece.

Recapitulando, al entender que la porosidad refiere a procesos de carácter multidimensional (por las causas, quiénes los llevan a cabo y sobre quiénes recaen), el argumento central es que la frontera, espacio limítrofe donde instituciones estatales habilitan el tránsito de personas y objetos, se constituye en este proceso, en el cual la localización, tamaño y rigidez de los intersticios no es fija, sino cambiante.

Las múltiples causas, escenarios u objetivos que regulan las características que toma la porosidad convierte a este hecho en un recurso, una herramienta, que el Estado, las instituciones y sus representantes activan en relación con sus intereses, pero también en relación con sus interpretaciones y posibilidades materiales en cada momento concreto. De esta manera se explica que el Estado, como organismo político, algunas veces flexibilice la frontera para regular situaciones de conflicto y otras veces aumente la rigidez, para dar una imagen de poder y control soberano, a la vez que las propias personas que trabajan en la consecución de estas acciones algunas veces hagan lo contrario.

Estas situaciones, que varían incluso en cuestión de momentos, no llevan a minimizar o desautorizar el poder del Estado, sino que, por el contrario, ponen en relieve la complejidad de los procesos que se dan en su órbita, donde confluyen agencias institucionales, personales, tránsitos presentes y relaciones históricas.

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  1. CIITED-UNJu-CONICET/UNICCS-FHyCS-UNJu.
  2. CONICET-CeHCMe-UNQ/FHyCS-UNJu.
  3. FHyCS-FCE/UNJu.
  4. “Se dice que hay un Estado donde existe un aparato político de gobierno (instituciones como un parlamento o congreso y funcionarios públicos civiles) que rige un territorio dado y cuya autoridad está respaldada por un sistema legal y por la capacidad de emplear la fuerza de las armas para implantar sus políticas” (Giddens, 2001: 536).
  5. Estos tratados pusieron fin a la guerra de los Treinta Años (entre 1618 y 1648), que tenía como trasfondo estructural el tránsito del Medioevo a los principios de la Era Moderna (Instituto de Investigaciones Jurídicas, 2013).
  6. Aquí retomamos la idea de Coraggio (2014), quien, en referencia a la economía popular, indica que la apropiación de recursos por el sector popular no se rige por las leyes y normativas del Estado, ya que lo que estos agentes consideran que es un acto legítimo –de acuerdo a usos y costumbres– puede no coincidir –o al menos no hacerlo plenamente– con las reglamentaciones jurídicas de la vida social.
  7. A pesar de la constante devaluación del peso argentino con relación al boliviano –moneda oficial del país vecino–, en las ciudades fronterizas todavía se pueden encontrar productos textiles y electrónicos a un costo menor. Si bien estas prácticas aumentan o disminuyen de acuerdo a las distintas temporadas del año, el cruce de mercadería nunca se interrumpe.
  8. Las descripciones de este apartado están basadas en López (2016).
  9. Si bien esta forma de circulación de mercadería es realizada tanto por hombres como por mujeres, a nuestro entender, adquieren características particulares cuando son pensadas desde las mujeres; por ello, en este trabajo los espacios y el oficio de las paseras solo serán narrados desde la participación de mujeres.
  10. Información personal, Dirección de Turismo de La Quiaca.
  11. Empleamos esta palabra con fines descriptivos, ya que la discusión sobre campesinado, subsunción, articulación y todos los complejos y amplios procesos que se dieron y dan en el área estudiada excede el propósito de este trabajo.
  12. No nos referimos aquí a “tipos” de feriantes, sino a objetivos principales de participación y su relación con ámbitos económicos específicos.
  13. Cabe indicar que la asociación, tanto al ámbito de procedencia como a los objetivos de intercambio, se realiza sobre premisas, preconceptos y estereotipos de los agentes estatales sobre los feriantes.
  14. Específicamente en relación con el valor de los productos ingresados, Aduana tiene un tope nacional fijado en dólares. En el caso del horario, Aduana y Migraciones acuerdan a partir de qué hora podrán los feriantes hacer el paso, aunque esto no implica la falta de control.
  15. Este término fue empleado muchas veces durante la entrevista, incluso como sinónimo de “contrabando”.
  16. Especialmente en relación con la zona secundaria, donde cruzan las paseras.
  17. Durante el trabajo de campo, se pudo observar, el día viernes previo a la inauguración de la Manka Fiesta de 2018, que una patrulla de gendarmería había interceptado una camioneta cargada con bultos como los que llevan productos agrícolas (papas, maíces, etc.). En plena calle de La Quiaca, la pareja dueña de la camioneta discutió y trató de convencer al gendarme durante media hora, aproximadamente, del objetivo de intercambio que ellos tenían con esos productos. Finalmente, algo acordaron, ya que el gendarme y la pareja subieron a la camioneta y se marcharon, con el propietario visiblemente aliviado.
  18. La tarjeta de Tránsito Vecinal Fronterizo surge del acuerdo MERCOSUR/RMI/ACUERDO/N° 17/99 entre los países que forman el Mercosur. A partir del Entendimiento MERCOSUR/CMC/DEC N° 19/99, se agregan a esta disposición los países de Chile y Bolivia. Esta establece un trato más ágil para el tránsito de personas que acrediten residencia en las ciudades fronterizas. Véase http://bit.ly/3cmLkVU.
  19. A principios del año 2016 y por decreto N° 152/2016, se creó el Operativo Fronteras, cuyo funcionamiento depende del Ministerio de Seguridad de la Nación con el objetivo de incrementar la vigilancia y el control del espacio terrestre, fluvial y aéreo de jurisdicción nacional en las fronteras noreste y noroeste de la República Argentina. Bajo ese marco, en agosto de 2018 se instaló una base militar en la frontera La Quiaca/Villazón con más de 200 efectivos para “controlar el narcotráfico y el terrorismo”.
  20. Él sí usó este término y solo se refirió a narcotráfico para el caso de narcóticos.
  21. Autores como Karasik (2005) y Caggiano (2007) han estudiado los diferentes discursos que hacen referencia a una “sobreutilización” del sistema de salud argentino por parte de la población boliviana.
  22. A esto se debe sumar la confusión que parece haber sobre prácticas delictivas por parte de diferentes organismos estatales, como por ejemplo el narcotráfico y contrabando, términos que la persona entrevistada de Gendarmería usaba alternativamente como sinónimos, pero que el de la Aduanas diferenciaba claramente.
  23. Un ejemplo de contradicción entre normas estatales se trabajó en González (2012) y González et al. (2014).
  24. Cabe indicar que las características teóricas que toma la territorialidad pueden ser contradictorias entre sí y que se activan o desactivan según el objetivo del actor que territorializa. Sin embargo, siempre queda alguna operando, por lo que ese territorio no desaparece, ni el poder de ese actor sobre él (Sack, 1983; Raffestin, 2011; González, 2016).


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