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Territorios, representaciones y fronteras urbanas en las narrativas sobre La Matanza

Cecilia Melella[1], Brenda Matossian[2]
y Mauro Escobar Basavilbaso[3]

Introducción

La literatura, y el arte en general, puede ser una fuente de aproximación al estudio espaciotemporal de distintos procesos sociales, incluso respecto de la configuración de fronteras materiales y simbólicas en ámbitos diversos. Desde las ciencias sociales, el análisis de la apoyatura espacial que contienen ciertas obras literarias ha sido germen para interpelar a partir de esos escritos cómo se entrelazan el espacio real de quien escribe y el espacio representado en su obra. La literatura nos permite una aproximación sobre las representaciones, prácticas e historias de las transformaciones urbanas y “puede ser la promotora de la identidad de un lugar, objeto de utilización social, ayudando así a dar a conocer y comprender la historia urbana, la evolución de las clases sociales y los modos de vida” (de Diego, 2016: 118). Este trabajo se propone analizar tres obras de un escritor argentino nacido en Buenos Aires en 1971, Juan Diego Incardona: Villa Celina (2008), El Campito (2009) y Rock barrial (2010)[4]. Los tres libros describen un sector comprendido por las localidades de Villa Celina, Aldo Bonzi y Tapiales, ubicadas en el extremo noreste del partido bonaerense de La Matanza. En los cuentos compilados en estas tres obras, el autor no se refiere a una ciudad completamente ficticia, describe un espacio realista, un partido específico, con sus barrios, calles, paisajes y múltiples fronteras, con la misma toponimia que se reconoce en los planos y algunas otras que son propias del habitar urbano. Sin embargo, en algunos de sus cuentos la narración se torna fantástica, el verosímil se quiebra e irrumpen elementos sobrenaturales que, como se verá en el análisis, resultan condensadores de un sentido territorial sobre estos barrios y la experiencia cotidiana de sus vecinos. Tanto en las narraciones realistas como fantásticas, se construyen imaginarios urbanos, en la medida que piensan y construyen la ciudad como “lugar para habitar y para ser imaginado” (García Canclini, 2007: 107). Cabe señalar que estos lugares sobre los que se apoyan estos cuentos, en cuanto espacios apropiados en este caso por el autor, han sido poco referidos, o referidos desde una mirada fetichizada en la literatura argentina en general, junto con el conjunto de lo que se suele denominar como “Conurbano”.

Este trabajo se estructura de la siguiente manera. Primero se realiza una breve contextualización sobre el partido de La Matanza en el marco de la Región Metropolitana de Buenos Aires y más particularmente sobre este extremo noreste del partido signado por la presencia de fronteras urbanas. Luego se presentan el marco teórico y la metodología de trabajo. Como marco analítico, se propone discutir en torno a la relación geografía-literatura a partir de tres ejes:

  1. Mixturas. Inmigración, porosidad y voces polifónicas.
  2. Descampado/urbanizado o barbarie/civilización.
  3. Centro(s) y periferia(s) del conurbano.

Finalmente, cerramos con algunas reflexiones en las que se contrapone la saga del autor como fuente textual con el fin de recuperar imaginarios espaciotemporales que están en distintas formas de fronteras: materiales y simbólicas, y que son percibidas y narradas a partir de la experiencia en un contexto de resignificación de los espacios de vida.

Elementos teóricos: geografía y literatura

Las producciones artísticas en general, y la literatura en particular, resultan fuentes legítimas utilizadas en la investigación en ciertas problemáticas actuales de las ciencias sociales. Particularmente dentro de la geografía, existen algunos abordajes que se han interesado por esta intersección. La literatura renovó el lenguaje de la geografía de manera fundamental, señala Lévy (2006), y destaca a Humboldt y a Dardel como aquellos que influyeron en lo que denomina una “ola geoliteraria”. Lévy repasa las distintas estrategias para dar cuenta de la relación entre ambas, entre las que destacamos:

  1. la escuela de topología literaria, que demuestra que el escritor actúa por anamorfosis del espacio y tiempo definiendo nudos simbólicos;
  2. la lógica de análisis espacial, que mapea los lugares reducidos a localizaciones de un espacio euclidiano;
  3. la propuesta por Marc Brousseau, quien busca cualidades espaciales dentro de la literatura. Esta última tendencia discute las dos metodologías interpretativas: los análisis “textualistas”, surgidos del estructuralismo y de la semiología, y la metodología humanista, de tipo biográfico y existencial (Lévy, 2006).

Así, existe un debate entre las influencias individuales y sociales en la formación del texto literario que Brousseau, al analizar la obra de Bukowski, resuelve con una metodología intermedia, insistiendo en el “anclaje socioespaciotemporal de la obra en la geografía de la ciudad” (Lévy, 2006: 471).

En relación con los tres textos que analizaremos en este trabajo, Villa Celina, El Campito y Rock barrial de Diego Incardona, entendemos que el enfoque vinculado a la interpretación humanista de tipo biográfico y existencial, en la que existe una “filiación manifiesta”, en el sentido de Lévy, entre espacio real de vida del autor y el espacio representado en su obra, resulta oportuno. Aun así, también se tendrán en cuenta los condicionamientos sociales y geográficos, de clase, origen, entre otros, que atraviesan el proceso literario.

Dentro de esta intersección entre literatura y geografía, nos centramos particularmente en el interés que el espacio urbano y sus fronteras revisten en las producciones artísticas, al reconocer que la ciudad es también, más allá de sus materialidades, una suma de afectos, emociones, que hace “nacer y resonar en su habitante múltiples llamadas de sentido” (Lévy, 2006: 472). Así, esa trama simbólica a través de la cual se pueden leer espacios y lugares urbanos implica también la presencia de elementos disruptivos, fronteras que emergen en las ciudades contemporáneas cuya tendencia a la fragmentación resulta también reconocible en la literatura. Existen interesantes antecedentes, como el de Musset (2009), quien propone una forma de analizar la ciudad a través de representaciones construidas desde la ciencia ficción a lo largo de un ensayo ubicado entre geohistoria y geoficción. Allí señala que se pueden y se deben sobrepasar las fronteras universitarias que encierran la investigación “en su torre de marfil y la condenan a reproducir no solamente los mismos tipos de investigación, sino, muy a menudo, los mismos esquemas explicativos”. Y continúa, en este sentido, afirmando que “el estudio de organizaciones sociales imaginarias no es menos interesante que el análisis de configuraciones territoriales del pasado o del presente” (Musset, 2009).

Metodología

Partimos del propósito general, sostenido por las humanidades y las ciencias sociales, del estudio de los imaginarios sociales. Particularmente, entendemos a los imaginarios como fenómenos socioculturales o elaboraciones simbólicas que se diferencian de lo empíricamente observable (García Canclini, 2007). Castoriadis (1993) sostiene que el imaginario es lo que define el ser de una colectividad, es generador y regulador de ella y siempre sus representaciones se encuentran en permanente conflicto. Al designar esa identidad colectiva, el imaginario instituido por cada comunidad marca su territorio y sus fronteras, define y designa a los otros con relación al nosotros, es decir, forma imágenes de amigos y enemigos. Además, conserva y modela los recuerdos del pasado, lo que le permite actuar en el presente y proyectarse hacia el futuro. El imaginario sería entonces un modo cultural de interpelar el mundo. También, propicia referencialidad a un colectivo, con un tipo específico de organización.

Diversas disciplinas han retomado y adaptado la noción de imaginario. Desde de la geografía, el análisis de las representaciones o imaginarios geográficos se puede relacionar con el papel de lo que Zusman denomina “imaginación geográfica” presente en los procesos creativos y, particularmente, en sus implicancias en la transformación de la geografía material (Zusman, 2013). Tal como la autora señala, refiriéndose a los estudios de las geografías poscoloniales en América del Sur, los “imaginarios parecerían ser los portadores de los idearios culturales de las elites locales en la búsqueda por organizar los territorios” (Zusman, 2013: 62-63).

Así, consideramos que las obras literarias pueden ser analizadas en cuanto discursos sociales que dan cuenta de los imaginarios (sociales/urbanos/geográficos) que circulan en una sociedad determinada. En este trabajo analizamos entonces la obra de Incardona como modo de reconocer y recuperar estas representaciones espaciales no hegemónicas sobre un territorio particular, y también nos interesa indagar en las ilustraciones asociadas a mapas mentales que brindan esa perspectiva que marca un “desde dónde” y “cómo” se construyen estas representaciones sobre el espacio urbano y sus fronteras.

En este sentido, entendemos que el abordaje de textos literarios como discurso a partir de los cuales analizar los imaginarios geográficos o urbanos no representan solo una forma novedosa de estudiar las fronteras urbanas, sino que los mismos autores de estas producciones artísticas nos dan la oportunidad de “cambiar el enfoque metodológico sin cambiar de problemática” (Musset, 2009: 199), dado que sus narrativas sobre La Matanza contribuyen a criticar los modos de funcionamiento de nuestras sociedades urbanas, sus injusticias y desigualdades.

Breve abordaje territorial desde La Matanza

La Matanza es uno de los 40 partidos que conforman, junto a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), la Región Metropolitana de Buenos Aires (RMBA). Es el principal centro urbano de la Argentina, por su importancia política, económica, social y cultural en el sistema urbano nacional y en el sistema global de ciudades. Territorialmente, es un continuo urbano, extenso y desordenado amanzanamiento que no coincide espacialmente con los límites político-administrativos impuestos por la legislación (Matossian, Sassone, y Escobar Basavilbaso, 2019). Este territorio es producto de un sistema de acciones y objetos (Santos, 1996), que se fue desarrollando en líneas generales en tres etapas que coinciden con modelos de desarrollo que fueron articulando este espacio de grandes dimensiones y características actuales. Primero, entre finales del siglo XIX y principios del XX, dejó su impronta en el paisaje la traza del ferrocarril que sentó las bases de la expansión, al definir las direcciones del suburbio favoreciendo el contacto con los pocos pueblos ya existentes. El segundo momento estuvo sujeto a la industrialización por sustitución de importaciones (ISI), que, a partir de la compra del lote a plazos para la vivienda propia, impulsa la desorganización de la urbanización. El tercer momento se cristalizó en 1990, momento en que los grupos sociales de mayor poder adquisitivo optaron por una vida en contacto con la naturaleza. Esta dinámica que aún continúa es un factor importante en la fragmentación y la segregación urbana (Goldwaser, 2012).

La realidad multifacética de la metrópolis actual no discurre entre dos extremos: la villa miseria y el country, que son los imaginarios sociales sobre el conurbano, sino que está atravesado por diversas heterogeneidades que están relacionadas con el devenir de distintos procesos que se materializan en el espacio configurando un entramado urbano complejo compuesto por diferentes espacialidades, por ejemplo, barrios populares y sectores de clase media. En las últimas décadas, se produjo una profunda transformación en los modos de socialización y representación social en sectores donde una masa importante de población dejó de tener una inserción en trabajos formales: aquello construyó una nueva identidad no asociada al oficio, o lo sindical, sino ahora anclada en lo territorial. Así se suele denominar el traspaso de las identificaciones asociadas a “la fábrica” hacia aquellas enraizadas en “el barrio” (Fernández Wagner, 2008; Gorelik, 2015).

El partido de La Matanza se encuentra fracturado socioterritorialmente, y se suele indicar que dentro de su gran extensión quedan representadas las tres coronas en que se divide la RMBA (La Matanza, la historia, 2014). Se pueden evidenciar, por ejemplo, distintas jurisdicciones que se materializan en el mapa en límites entre sus localidades y partidos adyacentes. También intersecciones de redes ferroviales que fueron extendiendo la conurbación más allá de los límites de la ciudad primada del país. Al igual que en resto del territorio metropolitano, la ciudad fue expandiéndose hacia el periurbano con parques industriales, ciudades amuralladas y espacios degradados ambientalmente. De esta forma, en varias salidas al campo, identificamos áreas de urbanización consolidada con servicios, otras que fueron producto de loteos económicos a lo largo de sus principales arterias. Por otro lado, zonas cuya génesis es producto de las tomas de tierra de finales de la década de 1970 y 1980, otras que aún hoy carecen de servicios y en muchas ocasiones no son aptas para el habitar, como las llanuras de inundación de arroyos que surcan el partido y que son parte de la cuenca Matanza Riachuelo.

El área de estudio sobre la que se hará foco comprende a Villa Celina y localidades lindantes, como Villa Madero, Tapiales, Aldo Bonzi y Ciudad Evita (ver gráfico 1). En este sector del partido de La Matanza, próximo a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, las localidades tienen una superficie más acotada y el espacio se encuentra altamente fragmentado por distintas fronteras materiales y simbólicas. Se emplaza en una encrucijada entre las avenidas General Paz, la autopista Ricchieri, dos ramales de la línea ferroviaria Belgrano Sur (el que llega a González Catán y el que alcanza la estación Marinos del Crucero General Belgrano) y otra del ferrocarril Roca (Haedo-Temperley) y el río Matanza. Estas localidades pertenecen a la primera corona de la conurbación. Uno de los rasgos distintivos de este sector del partido es el de encontrarse en una franja de transición entre la CABA y los sectores suburbanos menos densamente poblados. En este “ecotono” conviven complejos habitacionales en altura con barrios de casas bajas. Incardona, a través de sus cuentos, recorre y recrea un mapa mental de estos sectores del partido y menciona no solo aspectos característicos de Villa Celina, sino también hitos del paisaje: el Mercado Central de Buenos Aires, la quinta Los Tapiales, “el apeadero” del Belgrano Sur, el ángel de “oro” de la iglesia de los mormones sobre la autopista Ricchieri, o el “rodete” de Ciudad Evita, en referencia a la traza urbana de este barrio, junto a los confines o los “fondos” de Villa Celina próximos al río Matanza.

De este modo, en palabras del autor de la saga analizada:

[…] la capital inmediata cuando uno vive en Villa Celina, no es tan distinta a la idiosincrasia bonaerense porque nosotros limitamos con Villa Lugano, Villa Soldati, Mataderos que son de una idiosincrasia bonaerense. Aunque igual se nota a medida que van pasando las cuadras una cierta progresión de la ciudad diferente a la del barrio […] el conurbano no es la ciudad, y no es el campo, tiene algo de las dos cosas (Incardona, 2014, edición audiovisual).
Gráfico 1. Área de estudio en el contexto del Área Metropolitana de Buenos Aires

Fuente: elaboración propia.

Análisis de la obra de Diego Incardona

Mixturas. Inmigración, porosidad y voces polifónicas

La Matanza se caracteriza por su diversidad cultural y migratoria. Esta diversidad migratoria se resume, sin embargo, en tres ciclos que, por supuesto, no son cristalinos y se entrelazan en la realidad: europeos, internos y latinoamericanos. Desde finales del siglo XIX, ha recibido constantes flujos de personas provenientes, en un principio, de Europa (portugueses, franceses, italianos, españoles, eslovenos, entre otros) que arribaron a esta zona del Gran Buenos Aires en búsqueda de vivienda tras la saturación de la Capital Federal. El atractivo tenía que ver con la facilidad que proponían las líneas de tranvía y ferrocarril. La extensión de las vías férreas por el territorio matancero posibilitó la creación de centros urbanos como Ramos Mejía, Gregorio de Laferrere, González Catán, Isidro Casanova y Rafael Castillo. Cabe destacar que, hasta la década de 1930, el partido aún poseía una fisonomía rural. Luego se sancionaron las primeras ordenanzas destinadas a la promoción industrial y las factorías se situaron especialmente en San Justo y en Ramos Mejía, zonas cercanas a la Capital Federal. También esa década marcó el inicio de las migraciones internas que fueron motivadas por la progresiva actividad industrial. Luego, en la década de 1970 se paralizó la producción industrial a causa del inicio de la concreción en el país de políticas neoliberales que culminaron con la crisis económica, política y social a principios de 2001. También ese período coincidió con el inicio de la recepción de una mayor cantidad de inmigración extranjera proveniente de países latinoamericanos, en especial limítrofes.

En relación con las características de su población extranjera, corresponde a esta categoría 1 de cada diez habitantes, es decir, un 10 % de la población (9,49 % en 2001 y 10,7 % en 2010). Precisamente, los paraguayos, los bolivianos y los italianos conciernen las tres primeras colectividades extranjeras con presencia en el partido (77 807 paraguayos, 47 932 bolivianos y 16 098 italianos). Estas son seguidas por los peruanos, que se han triplicado en términos absolutos entre 2001 y 2010, pasando de 2 195 a 8 092 personas. Por último, otros grupos migratorios han ganado presencia en los últimos años, tal es el caso de los brasileños, los estadounidenses, los chinos, los colombianos y los dominicanos (Matossian, 2017).

La inmigración constituye uno de los temas que recorre la obra de Incardona y visibiliza esa porosidad de las fronteras simbólicas que muchas veces se construyen infranqueables. En los textos analizados hemos revelado la presencia de los tres ciclos y la controversial relación entre ellos. En algunos cuentos se refiere la presencia de la inmigración europea de mediados del siglo XX a través de los primeros pobladores de Villa Celina, como los italianos del Sur, abuelos del autor. Icardona focaliza, por ejemplo, en la forma de construcción de las casas: bajas, con fachadas de una puerta y dos ventanas, con una en la pared exterior sobre la vereda y otra en el porche. Estas viviendas representan un rasgo que marca el paisaje de aquella Villa Celina “nativa”. Las casas fueron construidas por los mismos inmigrantes, edificaciones.

[…] a mí me encantaba escucharlos y me hacían acordar a las veces que mi abuelo José me contaba de la II Guerra Mundial o del barco que lo trajo de Italia a la Argentina, así que puse atención y me aprendí varias historias que, en el futuro, podría contarles a otras personas (Incardona, 2010: 67).

Luego, las migraciones internas y latinoamericanas han repercutido en el paisaje a través de otro tipo de construcción edilicia que visibiliza la mixtura en torno a las diversidades migratorias presentes en la localidad de Villa Celina y, a grandes rasgos, en La Matanza. El mismo autor menciona la construcción de los monoblocks en las zonas periféricas como el barrio General Paz, el barrio Ricchieri, los edificios Estrellas o los bajitos de tres pisos cerca del Mercado Central –donde se conserva míticamente la Chacra de los Tapiales, monumento histórico nacional en el 42–. En las décadas de 1990 y 2000, se pobló de inmigrantes bolivianos que se establecieron en lo que hoy se conoce como “Pequeña Cochabamba” (Incardona, 2008), donde las marcas territoriales dan cuenta de un espacio culturalmente andino. El paisaje se modifica, cambia también de color con el flamear de las banderas bolivianas y peruanas, la wiphala (antiguo emblema del pueblo aymara-qhishwa, hoy adoptado como símbolo de las etnias andinas), la cartelería y los productos a la venta en el espacio público (Escobar Basavilbaso, Lapenda, 2018).

Recordemos el mítico ensayo de Norbert Elías sobre “establecidos y forasteros” (2003), en el cual la población establecida en la comunidad de Wiston Parva construía su poder sobre la base de la antigüedad de su asentamiento pese a coincidir los primeros y los segundos en indicadores socioeconómicos. Dicha antigüedad les brindaba recursos que sustentaban la cohesión social y la identidad grupal cuyo sentido era la superioridad frente a los forasteros. Así, las viejas familias conformaban una red de capital social que les permitía adoptar posiciones estratégicas en las asociaciones recreativas, políticas, económicas y en los medios de comunicación e identificar a los forasteros con características “negativas” (negros, pobres, inmigrantes, etcétera). Paralelamente, los forasteros estigmatizados interiorizaban la inferioridad propuesta en los estereotipos legitimando el éxito del grupo de establecidos. Lejos de una dualidad conflictiva entre establecidos y forasteros, el autor ofrece a la solidaridad y el encuentro barrial como modos de socialización que caracterizan a las clases populares matanceras. En la obra de Incardona, la hibridez cultural que remite a fronteras porosas reviste una identificación arraigada en el territorio barrial de los tres ciclos migratorios y no en la antigüedad.

[…] la noche de cuerdas, un recital al aire libre donde desfilarían las más variadas agrupaciones musicales, desde bandas como Viejas Locas, Callejeros o Villanos hasta el coro de niños cantores de la escuela 137. También estaban invitados varios conjuntos cumbieros del Copacabana, boliche argentino-boliviano de la calle San Pedrito, una orquesta de tango de Lugano y un conjunto de chamamé (Incardona, 2008: 83).

En El campito también subyace la inmigración, pues aparece nombrada la Chola, que es una famosa curandera boliviana, capaz de curar enfermedades rezando y usando ajos del Mercado Central. De este modo, cuando se conocen Juan Diego y Carlitos, el linyera, entablan el siguiente diálogo:

–Yo sí conozco La Sudoeste –dije–. Me llevaron allá cuando era chico, para curarme la culebrilla.

–Ah, entonces conocés a la Chola –comentó–. Esa mujer es propiamente una santa, curó a mucha gente. ¿Juan te llamabas vos? (Incardona, 2009: 11).

Contrariamente al discurso mediático que invisibiliza las prácticas y voces matanceras, los cuentos de Incardona visibilizan el potencial de generar prácticas de participación y solidaridad legítimas construidas desde abajo.

Descampado/urbanizado o barbarie/civilización

Observamos que la díada civilización y barbarie abordada en la literatura argentina desde “El matadero” de Esteban Echeverría es resignificada en los textos de Incardona. El otro salvaje, la ley de la selva, la animalización se inscriben en una cadena de significaciones que remite a los años fundacionales de nuestra propia República. Solo baste recordar, también, el Facundo de Sarmiento, La vuelta de Martín Fierro, el enfrentamiento entre unitarios y federales, los relatos antiperonistas de la “quema del parquet” o “Cabecita negra” de Rozenmacher. Así, quedan delimitados los campos del uno y del otro, del nosotros. Esta construcción del otro radicalmente opuesto a través de la conformación de su territorio como ajeno al nuestro (“bárbaro” en el mejor de los términos) hace que la distancia implique enajenación y desentendimiento porque “sus lógicas no son las nuestras” (Melella, 2019).

En la literatura de Incardona, estos “territorios bárbaros” son subvertidos de su estigmatización a través de su presentación como escenarios para el desarrollo del género fantástico y de aventuras. Esta condición siempre ha tenido más raigambre en espacios rurales, pero en el conurbano las historias fantásticas cobran fuerza, pues la organización o la génesis de la metrópolis es producto de una fuerza centrípeta hacia las periferias de La Pampa. Entre los “remanentes” de espacios de vacancia, fronteras divisorias entre un espacio y otro, también queda la impronta de lo supersticioso, que es un elemento constitutivo del área metropolitana. En este sentido, Carlitos el linyera, protagonista de El campito, cuenta: “Al avanzar, el conurbano se vuelve tan rural con sus descampados, que pareciera que uno hubiese dejado los cordones industriales para perderse en el interior de la provincia, donde casi todo es pampa y la soledad te angustia” (Incardona, 2009: 13).

Estas dicotomías ciudad-campo (campitos o descampados) se reconocen en antecedentes de la literatura argentina como en la novela Adán Buenosayres, en la que Marechal describe el paisaje transicional entre la metrópolis y la pampa, como espacio de lo incierto y atemorizante, ambientado en la década del 20 del siglo pasado:

En la ciudad de la Trinidad y puerto de Santa María de los Buenos Aires existe una región fronteriza donde la urbe y el desierto se juntan en un abrazo combativo, tal dos gigantes empeñados en singular batalla. […] El turista que volviendo sus espaldas a la ciudad aventura los ojos en aquel paisaje, no tarda en sentir un vago sobrecogimiento de pavor: allí sobre un terreno desgarrado y caótico, se alzan las últimas estribaciones de Buenos Aires, rancheríos de tierra sin cocer y antros de lata en cuyo interior pululan tribus de frontera que oscilan entre la ciudad y el campo; allí, prometida del horizonte, asoma ya su rostro la pampa inmensa que luego desplegará sus anchuras hacia el Oeste bajo un cielo empeñado en demostrar su propia infinitud. En las horas del día, la luz del sol y el zumbido alegre de la metrópoli disimulan el verdadero semblante de aquel suburbio. Pero al caer la noche, cuando Saavedra no es más que una vasta desolación, el paraje desnuda sus perfiles bravíos; y el turista que se aventura en su ámbito puede hallarse, de súbito, frente a la misma cara del misterio (Marechal, [1948] 2000: 157).

Haciendo un parangón con el Adán Buenosayres, la obra de Incardona recurre a la figura del campo (campito) que yace en medio de la trama urbana. En la contratapa del libro El campito, Schettini define al campito como “una unidad territorial clásica del gran Buenos Aires. Lugar donde se va deshaciendo la ciudad, pero no la propiedad privada. Un agujero entre las casas que el vecindario colma de sentido” (2009). Entonces, esta figura permite situar las historias temporalmente en la década de 1980 y socioespacialmente a partir de cierto tipo de sociabilidad vinculada al uso del espacio público por parte de la comunidad. La ruralidad representada por el campito se vuelve fantástica cuando La Matanza obrera fue transformada a partir de los años 80, de forma que se crearon nuevos imaginarios urbanos respecto de estos lugares. Los trabajadores se han convertido en mutantes del laberinto proletario, señala Incardona. El arte –y no la ciencia– es el modo de acceso a lo sobrenatural, pues la realidad representa edípicas pesadillas.

–Los oligarcas. Ahora nos atacan con armas biológicas. Hicieron un gigante al que llaman Esperpento, una especie de Frankenstein, hecho de pedazos de cadáveres. Se dice que lo crearon los médicos forenses del Ejercito, en Hospital Militar. Es muy fuerte, resiste las balas. Cerca del río se cobró muchas víctimas, mientras los pescadores tiraban redes. Yo no lo vi, pero los testigos juran que es una profanación viviente.
–¿por qué? […].
–Parece que le pusieron las manos del General (Incardona, 2009: 42).

Incardona hace una mitología conurbana y matancera. Villa Celina o El campito son comparables al Señor de los anillos del conurbano, ya que, en lugar de criaturas mágicas como hobbits, elfos o enanos, encontramos hombres gato, perros de dos hocicos, peces gigantes, flores de metal, loros barbudos, el “riachuelito” (un bagre gigante y carnívoro), barrios secretos para refugiados políticos, reyes magos peronistas y hasta Pity Álvarez de Viejas Locas. Los campitos son los protagonistas de historias fantásticas donde el narrador se posiciona aún desde la mirada de aquel niño o aquel joven que transitó por territorios matanceros. Lejos de significar infantilización, esta mirada recupera, en términos nietzscheanos, la posibilidad de creación de solidaridades (de mundos fantásticos) que difieren de las dominantes.

Al día siguiente me levantaron temprano. Juan ya estaba listo para salir. Fumaba un cigarrillo en el patio. En el comedor estaban Celina y Rosa, que también nos iban a acompañar porque Celina no podía caminar tanto, y era importante que fuera una mujer, dijeron. El viaje iba a ser largo y por los potreros que estaban cruzando la calle muerta. Habían elegido el camino del precipicio […] era la primera vez que estaba ahí. La verdad que me impresionó, me parecía inmenso y muy empinado. Era una especie de tosquera que tenía unos cuatrocientos metros de diámetro. No sé si todavía existe, ni por qué ahí nunca se formó una laguna de lluvia, como pasaba en otros lados. Bordeamos por la izquierda. Era un pozo que humeaba una montaña de basura. No había nadie aparte de nosotros. Unos pájaros negros bordeaban en círculos, como en las películas (Incardona, 2008: 18).

En este sentido, el autor recurre a una suerte de narración de los mapas mentales de Kevin Lynch o Peter Gould, pues ambos (la narrativa y los mapas mentales) son representaciones subjetivas del espacio productos de la experiencia personal y directa con el lugar en que se desenvuelve a través de informaciones, sensaciones y recuerdos.

Centro(s) y periferia(s) del conurbano

Partimos para este análisis de la oposición clásica entre centro y periferia, en términos de Lefebvre, entendida como el antagonismo entre espacios dominantes y aquellos dominados: “El espacio dominante, el de los centros de riqueza y de poder, se esfuerza en moldear los espacios dominados –de las periferias– y mediante el uso de acciones a menudo violentas reduce los obstáculos y todas las resistencias que encuentra” (Lefebvre, 1974: 108). En la Argentina, las relaciones centro-periferia se constituyen como uno de los aportes del estructuralismo latinoamericano, acuñado desde la teoría por Presbich y desarrollada por economistas como Furtado, Sunkel y Ferrer, y se expandieron a la sociología y ciencia política (Amiune, 2016). Uno de sus ejes se constituye a partir del desafío de pensar sin las anteojeras teóricas del centro, los problemas de la periferia, esto pensado en una escala global desde la cual analizar la situación de la Argentina. Sin embargo, es posible retomar algunos de estos planteos para indagar sobre esta relación entre los centros y las periferias metropolitanas que se condensan en los recorridos que realiza Incardona en sus obras, analizando cuáles son y qué relaciones tienen entre sí.

Realizando un ejercicio similar, Musset (2009: 140) detalla ciertas narrativas respecto a las ciudades del futuro en distintas novelas en las que los centros albergan “a una sociedad favorecida, a un ejército imponente y a una clase dirigente”, mientras que en los suburbios incontrolados reinan la violencia y la miseria. También recoge de distintas producciones artísticas las narrativas en torno al acceso a los barrios ricos del centro, a los cuales se alcanza a ingresar por puertas “severamente vigiladas”.

En el caso de los libros de Incardona, el contrapunto centro-periferia se traduce en conurbano/barrio-centro, el punto de partida se invierte y aparecen en los cuentos distintas referencias hacia ambos. Una de las primeras y más recurrentes es aquella que caracteriza a la periferia o conurbano como espacio atravesado por la contaminación y el abandono. Particularmente, el ambiente contaminado genera, según los relatos, distintos tipos de mutaciones y transformaciones fantásticas a partir de la experiencia de habitar esos espacios. Se detallan a continuación distintas temáticas a través de las cuales se van delimitando las fronteras que distinguen ambas representaciones.

El barrio y el centro: la construcción de fronteras

El barrio se encuentra delimitado claramente por distintos elementos del paisaje urbano cotidiano relatado por los distintos personajes, así se detallan las fronteras que distinguen al barrio de distintas formas, algunas más rígidas que otras. Una de ellas, la avenida General Paz, es mencionada varias veces con un sentido fuerte, su cruce implica a su vez un cambio expresado en distintas dimensiones, una perspectiva diferente:

Villa Celina es un rectángulo como aquella hoja. Sus lados están formados por dos avenidas, un lago y un mercado. Es la obra de un soldado o de un carcelero. Debajo de su geografía también alumbran luces; son los faroles de los túneles. El más famoso está en la General Paz. Le dicen “el túnel de los nazis”. Cerca existe otro, más chico, que une las dos villas –Villa Celina y Villa Madero– por debajo de un basural y un arroyo de cloacas (Incardona, 2008: 92).

Esta descripción señala aspectos morfológicos del barrio y de su geometría, al mismo tiempo que incluye la condición de encierro con la que se suele asociar a los barrios ubicados en este vértice del partido de La Matanza delimitado por la autopista Riccheri, la avenida General Paz, el río Matanza y numerosos tendidos ferroviarios.

De fronteras y confines: una cuestión de perspectivas

En Villa Celina se destaca la descripción de los espacios fronterizos asociados también a la cuestión del origen del observador, apelando a la pregunta por el lugar de nacimiento, como algo “natural” que determina la mirada. A su vez, también se recupera la dicotomía Capital–Provincia como un modo de definir identidades:

A la unión de la General Paz y la Ricchieri le decíamos “la última esquina”. Ahí está la última casa del barrio, el último poste de luz, el último árbol. Para los que vienen de Capital es al revés. Es natural que ellos miren así porque crecieron allá. Uno se para donde nació. Ahí está el punto de origen del observador. Y por más que renieguen, a eso no hay con qué darle. Por más que lo escondan, eso queda pegado. En nuestro caso todo empieza siempre en la Provincia, en el fondo del sudoeste, donde La Matanza se llama González Catán. Para contar, contamos de sudoeste a noreste. Después, es viaje de vuelta. Es el mismo recorrido que hace la línea 86. La última esquina es una triple frontera. Divide dos barrios de acá, Villa Celina y Villa Madero, y uno de allá, en realidad de no tan allá, Villa Lugano (Incardona, 2008: 93).

Estos elementos se describen también visualmente en dos ilustraciones que se encuentran dentro de la obra mencionada y en la portada de la edición de Rock barrial con la que se trabajó. En el gráfico 2 se esquematizaron con base en estas ilustraciones, a modo de mapa mental, distintos elementos presentes en el espacio barrial que se configura en los relatos. Es notable la importancia que se otorga a los elementos “fronterizos” presentes en estos paisajes urbanos al punto que se tornan protagónicos en estos mapas mentales del autor: autopistas, avenidas importantes y el río Matanza. En este sentido, en El campito quien narra las historias de cada cuento es Carlitos el linyera, que vive en el barrio “La Sudoeste” y recorre, junto a su gato montés, los diferentes barrios, como el barrio Mercante, cuya trama es el perfil del coronel Domingo Mercante y está habitado por los enanos peronistas. También, otros barrios secretos que fueron construidos por orden de Evita a la CGT, y están ubicados en zonas apartadas y habitados por diferentes ramas del peronismo. De este modo, Carlitos, al narrar sus historias, explica diferentes fronteras que debe atravesar entre el campito y aquellos barrios donde transcurren las diferentes historias, relacionadas muchas al peronismo.

Gráfico 2. Esquema de los espacios matanceros presentes en los textos de Incardona

Fuente: elaboración propia sobre la base de ilustraciones incluidas en Incardona, 2008 y 2009[5].

El centro y los centros: el uso funcional del cruce y formas de control

Luego del cruce de la avenida General Paz, aparecen distintas representaciones sobre los espacios dentro de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y las motivaciones que justifican o no ese traspaso a lo largo de los relatos. Dentro de Rock barrial uno de los relatos incluye distintas menciones al respecto:

No tenía demasiados motivos para cruzar la General Paz, salvo para ir de vez en cuando a Flores –nuestro centro– a bailar en El Viejo Correo, o alguna vez al norte, a Margarita de Avenida Cabildo, o al sur, a la Cueva de Bernardo de Irigoyen, para ver los primeros recitales de Viejas Locas (Incardona, 2010: 57).

En el mismo cuento se refiere a Plaza Francia, en el barrio porteño de Recoleta, como espacio “cheto”, de elites, en el cual uno de los personajes vende artesanías a gente que paga por “bosta”: dentro del cuento relata que hizo irónicamente un collar con bosta de caballo y un esnob se lo compró.

Otra referencia que asocia tanto la relación centro-periferia como las cuestiones de poder y control sobre el territorio emerge dentro de uno de los textos de Incardona, de un modo evidente a partir de la asociación con el control “remoto” ejercido sobre los espacios. Así, en El campito se describe mediante el siguiente diálogo entre dos personajes:

–Te lo explico. Yo paso casi todo el tiempo en el campito. Para ubicarme, siempre miré las estrellas. Jamás necesité otra cosa. No hay como el cielo para que el hombre sepa en qué lugar de la tierra tiene los pies. Pero ahora este método ya no sirve más, porque las constelaciones se están desfigurando, por cuestiones políticas.
–No entiendo .
–Lo que pasa que en los últimos tiempos el cielo se llenó de satélites. Los usan para espiar los barrios secretos que mandó a construir Evita en La Matanza. Deben tener miedo.
–¿Quiénes?
–[…] los oligarcas. A mí me contaron que esos satélites están alquilados por las señoras del Barrio Norte, a la NASA.
–[…] resulta que yo estaba por las calles muertas, en pleno descampado, y quise venir para Celina […] Pero el cielo estaba tan complicado que terminé en cualquier parte, por el río Matanza, pasando La Salada (Incardona, 2009: 23).

En este diálogo, se articulan varios elementos: las figuras femeninas de esta disputa que contrapone a Eva Perón como promotora de barrios planificados en el partido de La Matanza y las “señoras” de Barrio Norte que ejercen el poder de control a partir del miedo de la oligarquía. Otro sentido interesante para destacar se vincula con la interferencia que este dispositivo de poder genera en la orientación del personaje dentro de su propio espacio cotidiano, como una interferencia remota que produce una pérdida de la ubicación y del “saber” en qué lugar de la tierra tiene los pies.

El espacio contaminado como lugar fantástico y la inversión periferia–centro como modo de justicia espacial

La contaminación como origen de lo fantástico

Tal como relata Incardona, y como sucede en otras ciudades, dentro de las grandes metrópolis existen aspectos de una relación sociedad/naturaleza que generan consecuencias negativas sobre la calidad de vida de la población. Así, las experiencias de residir, trabajar y circular en buena parte de sus sectores tienden a ser adversas:

Convivir con los problemas que parecen irresolubles incita a ensayar tácticas del pensamiento, “resolver” en lo imaginario, hacer “sentir” habitable un entorno hostil. Importa menos saber cómo funciona efectivamente la sociedad que imaginar algún tipo de coherencia que ayude a vivir en ella (García Canclini, 2007: 127).

Se relatan distintas experiencias vinculadas a las fronteras como espacios de peligro: “Había visto al Diablo en la escalera de uno de los edificios de la General Paz” (Incardona, 2010: 29). Sin embargo, el recurso del autor de hacer frente a la hostilidad metropolitana y a los ambientes degradados a través del uso de lo fantástico, lo mítico resulta destacable y reiterado a lo largo de sus tres libros. Se recuperan algunos ejemplos:

[…] cirujas del campito, que cerca del Riachuelo había tanta contaminación que podían verse bosques en miniaturas, animales petrificados por la lluvia ácida, […] y gente más rubia que los dioses de los libros” […] el pasto era transparente porque las aguas residuales del Riachuelo se comen la clorofila de las plantas y los pigmentos del pelo (Incardona, 2010: 15 y 20).
Miré la calle. Miré las casas. Miré el tanque de Celina. La zanja corría despacio y el agua podrida, era sabido, estaba mezclada con sangre. […] “Frente a mí la oscuridad se movía, empujada por la fuerza del respiradero que la gente del conurbano había tirado, a propósito o sin darse cuenta, al incinerador del micromundo (Incardona, 2010: 30).
–Por la contaminación […] algunas especies crecieron, otras se achicaron, otras cambiaron de color. A cada una le tocó una suerte distinta. Todo depende de cómo se lo tomó cada organismo. El río y las orillas están llenas de animales deformes y plantas desproporcionadas (Incardona, 2009: 27-28).

Uno de los cuentos más llamativos respecto a la relación contaminación-conurbano que también incluye una referencia en torno a los confines de la periferia es aquel titulado “Viaje al fin del Conurbano”. Se trata de un relato futurista que transcurre en el año 2110 y habla de un personaje llamado Juan sin Tierra, un hombre regenerativo, mutado por acción de las aguas residuales de la cuenca Matanza-Riachuelo. “Seguir campo traviesa por los terrenos baldíos, más allá del Camino de Cintura, hacia el interior de la provincia, así que me interno en los basurales, las carboneras y los campos galvanoplásticos” (Incardona, 2010: 88). “Muero y resucito, muero y resucito, en el último de los barrios y en el último de los años”.

Una avanzada justiciera: de la periferia al centro

Dentro de Rock barrial se narra un breve cuento fantástico que implica una travesía hacia Plaza de Mayo donde se produce un enfrentamiento épico en busca de una justicia del conurbano (rockero, joven, peronista) sobre el centro, una venganza, que concluye con una hora en la que los poderosos “sientan” el conurbano, dice:

El rey está sitiado. Nuestra pandilla pinta la Pirámide de Mayo con los nombres de las bandas. El rock barrial moja las guitarras en la fuente y el agua del centro se mezcla con la zanja. Ríos argentinos, de las cuencas caudalosas del este, de los hilos míticos del oeste, ha llegado la hora del Matanza, para que en sus aguas negras naveguen los cargueros del Mercado Central. Nuestras frutas explotarán gajos venenosos que secarán todo a su paso. De sus semillas, crecerán naranjos de cobre, durazneros de bronce, mandarinos de alpaca, cuyas fragancias provinciales tomarán la atmósfera porteña hasta que reinen, sobre plazas y jardines, los aires residuales del conurbano. Ha llegado la hora de La Matanza, para que en sus villas y monoblocks vivan diputados y presidentes. Los días de semana, bajarán a la autopista Ricchieri en reuniones ordinarias, cortarán el tránsito y prenderán gomas de autos […] comerán frutas contaminadas y por sus venas correrá la sed (Incardona, 2010: 134).

Este relato ejemplifica esta mirada “del otro lado” que Incardona destaca, y describe a este espacio del conurbano como territorio olvidado, sobre el cual quienes ejercen el poder, en este relato representado por funcionarios públicos, reciben un justo castigo, con claras reminiscencias al género literario épico, en este caso es el pueblo matancero el que se busca exaltar o engrandecer.

Algunas reflexiones finales

La obra de Incardona respecto de La Matanza comparte un territorio, un narrador y varios personajes que dan ciertas continuidades. En este trabajo abordamos su obra como una fuente textual que nos permitió recuperar imaginarios (urbanos/geográficos) sobre el recorte que el autor propone. Las tres dimensiones/entradas propuestas (mixturas, descampado/urbanizado y centro/periferia) sintetizan fronteras urbanas (materiales y simbólicas) que se despliegan en los imaginarios matanceros de este sector particular, pero que pueden también pensarse para el conjunto del municipio. Asimismo, La Matanza relatada por Incardona cincela las historias de los sectores populares desde un narrador que se reconoce como par. Más aún, las fronteras urbanas de estos espacios percibidos y narrados por Incardona son puestas en relieve como un modo de reconocer una identidad territorial propia, donde esta idea de los compartimentos, los fragmentos urbanos se reconocen e identifican en la experiencia cotidiana no necesariamente como barreras. Entonces estas fronteras, el Río Matanza, las grandes autopistas como General Paz y Ricchieri, son resignificadas desde los tiempos lentos de la vida cotidiana y no desde los usos para los que fueron construidas (para el caso de las autopistas) y en el caso del río como espacio de contaminación y también de apertura a un mundo fantástico. Existe allí un fuerte componente de movilidad que, en términos de Milton Santos (1996), puede ser clave para entender las horizontalidades en el espacio entendidas como “los dominios de la contigüidad territorial, de aquellos lugares vecinos agrupados en una continuidad territorial” (Santos, 1996: 124).

De este modo, se distingue cómo la obra de Incardona, al mismo tiempo que resalta las fronteras urbanas, produce una reapropiación de ellas en cuanto elementos del cotidiano, personajes de las aventuras fantásticas que acontecen en este territorio. Finalmente, lo cotidiano encuentra su razón de ser en la relación espacio/sociedad a partir de la persona en un contexto intersubjetivo que le da sentido al espacio y al otro en un proceso de resignificación de los espacios de vida, cuestiones banales muchas veces de la vida social que ameritan un análisis geográfico (Lindón, 2008). Respecto a lo anterior, a lo largo de la obra, el autor traspasa distintas fronteras “personales” en relación con distintos territorios y escalas, primero el barrio en cuanto localidad, luego localidades vecinas. Y, por último, entre el conurbano y la CABA. En la saga se percibe la lógica: infancia, adolescencia que las personas transitamos en el conocimiento de la realidad espacial, desde lo cercano primero, a aventurarse a ir más allá atravesando fronteras, donde se conjugan lo cotidiano y personal en relación con sus pares en el atreverse a descubrir el mundo que sería sinónimo de traspasar fronteras.

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  1. UBA FSOC IIGG.
  2. CONICET IMHICIHU.
  3. Centro de Información e Investigación Educativa (CIIE) N° 201, La Matanza.
  4. En la literatura de los últimos años, existe una abundancia ficcional que tiene al conurbano como escenario, tal como sucede con los relatos de Incardona sobre Villa Celina. En este sentido, podría verse la emergencia de un nuevo subgénero literario: la novela del Gran Buenos Aires, que es un fenómeno que comenzó a finales de 1990 y que se manifiesta también en la cinematografía (Gorelik, 2015).
  5. Los esquemas y dibujos originales se pueden consultar en sus libros citados en la bibliografía.


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