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La frontera como recurso

Usos estratégicos del cruce fronterizo por parte de inmigrantes argentinos en Tijuana y San Diego

Jose Navarro-Conticello[1] y Guillermo Alonso-Meneses[2]

Introducción

El presente capítulo aborda, desde una perspectiva exploratoria y cualitativa, las estrategias que despliegan y los significados que ponen en juego algunas y algunos inmigrantes argentinos residentes en el municipio mexicano de Tijuana y el condado estadounidense de San Diego al cruzar la frontera internacional entre México y Estados Unidos.

El espacio que habitan estas y estos inmigrantes está profundamente marcado por la presencia de una de las fronteras internacionales más cruzadas y vigiladas que existen. Esta doble condición de permeabilidad y vigilancia ha modelado históricamente la cultura de esa región y las interacciones que en ella tienen lugar, de forma que ha dado lugar a códigos y experiencias compartidas que tienen como elemento central a la frontera.

Estudiar los usos del cruce fronterizo, una práctica habitual para la mayoría de las personas que viven en este espacio, desde el punto de vista de integrantes de una comunidad inmigratoria minoritaria aporta una comprensión inusual a los trabajos académicos sobre una frontera que usualmente ha sido analizada a partir del ethos mexicano o mexican-american (Vila, 2000; 2001).

En ese sentido, incorporar al debate los discursos de argentinas y argentinos que viven en la región permite acercarse a las negociaciones, intercambios e imbricaciones que se producen entre ciertos rasgos culturales propios del país de origen de estas y estos inmigrantes y aquellas propias de un contexto de recepción con características particulares, en cuanto se trata de una cultura binacional donde existen continuidades como también fuertes asimetrías entre ambos lados de la línea divisoria.

Marco teórico y contextual

Ubicado en el extremo noroccidental de México, junto al océano Pacífico, Tijuana es el tercer municipio más poblado de ese país, con 1 641 570 habitantes según la última Encuesta Intercensal (INEGI, 2015). A su vez, si se tiene en cuenta su vecindad con el condado estadounidense de San Diego, que tiene 3 343 364 habitantes de acuerdo con las últimas estimaciones oficiales del Gobierno de Estados Unidos (US Census Bureau, 2018), ambas ciudades conforman un área binacional con una población cercana a los 5 millones de personas.

Figura 1. Mapa de situación de la región Tijuana-San Diego

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Fuente: elaboración propia.

Esta región, inclusive, se extiende hacia el norte, pues, así como el municipio de Tijuana se encuentra conectado con el condado de San Diego a través de la frontera, este último está comunicado con el área metropolitana de Los Ángeles, de la que dista algo más de 200 kilómetros o unas 2 horas en automóvil por la autopista Interestatal 5­. Este corredor funciona en la práctica como un enorme polo de actividad económica y sociocultural donde ocurren todo tipo de intercambios y se observan, a su vez, una gran cantidad de contrastes entre la margen mexicana y la estadounidense.

Comunicados por la frontera internacional, el municipio bajacaliforniano de Tijuana y el condado californiano de San Diego pueden ser entendidos a grandes rasgos como un par de lo que se ha dado en llamar twin cities, “ciudades gemelas” o border cuates (Herzog, 2009), una metáfora o concepto que remite a una realidad metropolitana con continuidades urbanas y estructurales, parecida a otras que es posible hallar en otras regiones del continente americano (Herzog, 2015).

Se hace necesario, entonces, pensar este tipo de formaciones desde la perspectiva general del control de las fronteras que ha conocido buena parte del mundo especialmente en las últimas dos décadas, y también desde las nuevas configuraciones y dinámicas transfronterizas. La bibliografía dedicada a estos temas es extensa, e incluye trabajos como los de Glick-Schiller, Basch y Szanton-Blanc (1992), Cornelius, Martin y Hollifield (1994), Anguiano y López (2010), Ribas (2011), Baumann, Lorenz y Rosenow (2011), Castles, Ozkul y Arias (2015) o Alonso (2016).

No obstante, la dimensión geopolítica de esta frontera, así como su significancia sociocultural y demográfica, le otorgan rasgos específicos. Por una parte, se trata del escenario por excelencia donde Estados Unidos viene librando una batalla contra la migración indocumentada. No por casualidad, en 2018, Donald Trump escenificó precisamente en San Diego, frente a Tijuana, la elección del modelo de muro que planea construir a lo largo de todo el límite entre México y Estados Unidos. El control fronterizo posterior al 9/11 hizo saltar por los aires los flujos migratorios irregulares de México que cruzaban a Estados Unidos (Passel y D’Vera, 2011), y actualmente uno de los grandes problemas de Tijuana es la creciente población de personas deportadas en situación de desamparo. Las deportaciones de Estados Unidos superan los 2 millones en la última década, y de ellas una enorme porción tiene como destino Tijuana (US ICE, 2019).

Pero, al mismo tiempo que se expulsan personas a través de la frontera, otras tantas la cruzan a diario por razones tan diversas como el ocio, la atención de la salud, el trabajo o el comercio, entre otras. Se estima que solo durante el año 2018, por San Ysidro y Mesa de Otay, los dos pasos internacionales que comunican Tijuana con San Diego cruzaron en sentido de sur a norte un total de 51 423 552 personas entre peatones, pasajeros y conductores de vehículos, y, si se toma como referencia la última década, entre 2009 y 2018 cruzaron 607 397 056 personas (US DOT, 2019). Y no solo atraviesan esta frontera los seres humanos, sino también los bienes y el dinero, traccionados por acuerdos como el Tratado de Libre Comercio para América del Norte, o TLCAN/NAFTA por sus siglas en inglés, reformulado y rebautizado en 2018 como Tratado México, Estados Unidos y Canadá, o T-MEC, entre otros vectores de desarrollo asociados a la globalización.

Figura 2. Fotografía del paso fronterizo internacional de San Ysidro,
visto desde Tijuana, agosto de 2016

Imagen que contiene exterior, cielo, automóvil, carretera  Descripción generada automáticamente

Fuente: Ingrid Magalí López.

De este modo, la conurbación de facto que integran el municipio de Tijuana y el condado de San Diego, caracterizada por los embudos o cuellos de botella que suponen los controles fronterizos, podría ser un ejemplo con especificidades propias de lo que Sassen denominó “procesos y dinámicas subnacionales” que se ensamblan multiescalarmente en la globalización (Sassen, 2009: 570). Solamente que en este caso hay habitantes con visas y pasaportes que a diario se desplazan de una ciudad a otra, cruzando una frontera internacional como si se desplazaran de un barrio a otro de una misma ciudad. Eso significa, entre otras cosas, que a menudo trabajan en un país distinto a aquel en el que duermen. El resultado, tras un proceso histórico de décadas y con vigencia actual, es la existencia de actores sociales binacionales, cuya existencia y prácticas cotidianas se estructuran de tal manera que permiten catalogarlos como “centauros identitarios”, mitad mexicanos y mitad estadounidenses (Alonso, 2009). Esta condición binacional se proyecta en términos simbólicos y se configura en la praxis con la posesión de un capital sociocultural transfronterizo y transnacional, formando un estilo de vida transfronterizo que es adoptado por quienes residen en la región, hayan nacido o no en ella.

Las distintas comunidades, grupos o instituciones locales, sobre todo aquellos que necesitan cruzar la frontera, promueven y conservan una cultura de relación e intercambio con el otro lado, con el otro país, que en este capítulo se entiende como una cultura transfronteriza, la cual habla de unos actores sociales transfronterizos, porque ellos son quienes cultivan esa cultura y el estilo de vida que encarna esa cultura, que implica cruzar de México a los Estados Unidos y viceversa, habitualmente y por múltiples razones. Lo que aquí se entiende por transfronterizo tiene que ver con una cultura, un estilo de vida y unos actores cuyas dinámicas habituales están claramente marcadas por la presencia de la frontera internacional. Y esto incluye tanto aquellos rasgos mediante los cuales la frontera comunica, acerca u opera como un canal transicional entre ambas márgenes, como aquellas características en las cuales la frontera funciona como un diferenciador, como un cierre o como un factor de asimetría entre ambos lados.

La constelación de esferas, factores y actores socioculturales resultante es compleja. Por ejemplo, además del conjunto de transfronterizos y commuters, a uno y otro lado de la frontera se pueden escuchar las mismas emisoras de radio de FM y AM, las señales del teléfono operan indistintamente, al menos, en una franja próxima a la frontera, las señales de televisión abierta también, los flujos de aire contaminado van y vienen sin respetar límites artificiales, el río Tijuana expulsa sus aguas contaminadas al lado estadounidense y hay cerros de los Estados Unidos cuya vertiente arroja el agua de lluvia a Tijuana. La red eléctrica está conectada y también el gasoducto que Sempra Energy tiene en el municipio de Ensenada (inicia en México y desemboca en los Estados Unidos). Por no abundar en las migraciones de las ballenas, peces, aves, mamíferos o insectos. En definitiva, se trata de una misma región comunicada, pero a su vez cerrada y separada por la frontera.

De esta manera, puede pensarse que la región comprendida por el municipio de Tijuana y el condado de San Diego refleja o manifiesta algunos de los rasgos de la globalización en dos de sus polarizaciones principales: por un lado, la sociedad-red que articula un nuevo paradigma económico (Castells, 2009); por otro, la sociedad que excluye a amplios segmentos de la sociedad. Para Dahrendorf (1996), la globalización económica parece estar asociada con nuevos tipos de exclusión social. Amplios estratos de la población tienen dificultades para mantener unas expectativas de vida razonables dentro de una sociedad civil. Y quienes integran el subproletariado o underclass llegan a estar marginados del mercado de trabajo y otras instituciones sociales (Dahrendorf, 2005: 43).

[…] pero muchas otras personas, que todavía en el pasado gozaban de un salario razonable, ahora no pueden esperar sino una retribución miserable y a menudo irregular […] Algunas personas simplemente (por terrible que sea ponerlo incluso sólo por escrito) no son aptas: la economía puede crecer aun sin su contribución (ibid.: 46).

En ese sentido, como se señaló antes, la frontera entre Tijuana y San Diego al mismo tiempo comunica y acentúa los contrastes existentes entre ambas márgenes. San Diego consta de una red integrada de tranvías y buses de última generación, mientras que en Tijuana el transporte público más extendido está compuesto por una flota de antiguos autobuses escolares estadounidenses reciclados denominados popularmente “calafias”, que circulan en un estado de gran deterioro y con escasos controles estatales. La violencia vinculada al narco, la pobreza y las deficiencias infraestructurales son problemáticas patentes en amplios sectores del municipio de Tijuana, mientras que en el condado de San Diego florecen algunos de los más selectos distritos californianos escogidos por ricos y famosos como sitios de residencia o descanso, como La Jolla o Coronado, el éxito de la economía digital se refleja en sus áreas de innovación tecnológica y el poderío militar estadounidense se exhibe en la Base Naval de San Diego, la más importante de toda la Flota del Pacífico.

Pero lo que un lado ofrece el otro lo compensa. Si se busca variedad y ofertas en materia de bienes de consumo y entretenimiento para toda la familia, San Diego es una excelente opción. Si, en cambio, se necesita obtener atención médica de calidad a precios accesibles o se busca diversión nocturna, Tijuana es un sitio de referencia. Ambas márgenes contrastan, se comunican y se complementan en una compleja dinámica que solo se puede conocer en profundidad si se vive en la región.

Migrantes argentinos en Tijuana y San Diego

Es indudable que el ethos mexicano y Mexican-American son dominantes en la región de Tijuana y San Diego, y en ese sentido es esperable que las formas y dinámicas adoptadas por una comunidad sudamericana rioplatense como la argentina no hayan suscitado un especial interés por quienes estudian la migración en este espacio desde el punto de vista sociocultural. Así, no se cuenta con datos actualizados sobre la población argentina residente en el municipio de Tijuana, aunque, de acuerdo con un estudio publicado en 2005 y basado en el cruce de datos oficiales con otras fuentes de información, las y los migrantes argentinos eran allí la quinta comunidad extranjera más numerosa (695 personas), detrás de la coreana (753), la salvadoreña (884), la china (9 000) y la estadounidense (43 337). Por su parte, de acuerdo con los datos del último censo estadounidense, los argentinos conforman la novena comunidad latinoamericana más numerosa en el condado de San Diego (2 432 personas), detrás de la hondureña (2 504), la peruana (4 105), la colombiana (5 046), la cubana (5 674), la salvadoreña (6 137), la guatemalteca (7 305), la puertorriqueña (20 468) y la mexicana (869 868) (US Census Bureau, 2010).

Se deduce de esos datos que en la región conformada por Tijuana y San Diego habitarían como mínimo 3 000 argentinos y argentinas, un número que, si bien no es significativo desde un punto de vista cuantitativo, merece cierta consideración por parte de la academia, al menos desde el punto de vista cualitativo. Sin embargo, hay una importante carencia de estudios específicos sobre esa comunidad. Hasta donde llega el conocimiento de los autores de este capítulo, el único antecedente académico al respecto es una tesis de maestría de Navarro-Conticello (2016), que aborda cualitativamente las relaciones entre la representación de la identidad nacional y la experiencia migratoria de integrantes de esta comunidad inmigratoria. En ese estudio queda de manifiesto que se trata de una comunidad dentro de la cual hay identidades complejas, formas diversas de adaptación al contexto de recepción, trayectorias migratorias diversas y períodos de emigración variados. Todo ello sugiere la necesidad de seguir profundizando en estos y otros temas. Mediante este capítulo se busca suplir parcialmente esa carencia de información, proveyendo una aproximación a los usos que integrantes de esta comunidad de inmigrantes hace de la frontera internacional.

Metodología adoptada

Dado que la investigación no tiene como objetivo alcanzar resultados generalizables a toda la población, sino obtener profundidad acerca de las estrategias que las y los inmigrantes ponen en juego al cruzar la frontera internacional, se aplicó un diseño metodológico cualitativo. El estudio fue de tipo exploratorio, pues no se buscó describir, explicar ni correlacionar variables, sino sencillamente aportar cierto grado de comprensión inicial a un fenómeno muy poco estudiado previamente. En cuanto a la temporalidad en el abordaje o seguimiento del objeto de estudio, el corte fue transversal, pues la aplicación del instrumento fue realizada únicamente en una ocasión.

Teniendo en cuenta que no se persiguió significación estadística, la selección de las y los participantes se realizó de acuerdo con criterios no probabilísticos de disponibilidad de los sujetos y conveniencia en función de los objetivos de investigación. Los requisitos de entrada fueron que los individuos tuvieran nacionalidad argentina, fueran mayores de edad y residentes en Tijuana o San Diego por el término de al menos un año, que es el mínimo a partir del cual según Blanco (2000) existe una experiencia migratoria significativa y, a su vez, el umbral a partir del cual una persona es considerada inmigrante según Naciones Unidas (IOM, 2011). A su vez, se buscó asegurar una distribución proporcional según sexos, rangos etarios y lugar de residencia (Tijuana o San Diego) para captar posibles variaciones de acuerdo con esos factores.

Se aplicó un muestreo tipo “bola de nieve” (Hernández, Fernández y Bautista, 2006), que consistió en un primer contacto con informantes clave (investigadores expertos en migración residentes en la región Tijuana/San Diego), quienes dieron datos de argentinas y argentinos radicados a ambos lados de la frontera, los cuales a su vez sugirieron otros posibles entrevistados y entrevistadas, hasta llegar a un número que permitiera realizar un análisis cualitativo de cierta profundidad. Así, la muestra quedó conformada por 20 personas, 12 hombres y 8 mujeres, 11 residentes en San Diego y 9 radicados en Tijuana, con edades de entre 35 y 91 años y entre 2 y 52 años de residencia continuada en el lugar de radicación actual.

A los y las participantes se les aplicaron entrevistas semiestructuradas tipo “historia de vida”, técnica definida por Mallimacci y Giménez (2006) como el relato que hace un sujeto individual, en diálogo con el investigador, de algunos de los hechos de su vida, que suele remitir al largo plazo y sostener una idea de temporalidad que conjuga pasado, presente y futuro y permite indagar en cómo los sujetos se relacionan con su entorno. Las entrevistas tuvieron una duración aproximada de entre una hora y media y tres horas, fueron realizadas entre el 18 de mayo de 2015 y el 28 de abril de 2016, grabadas y transcriptas textualmente, a partir de lo cual se clasificaron, analizaron e interpretaron aquellos fragmentos de discurso significativos para los objetivos de la investigación. Se asignaron nombres ficticios a las y los participantes para resguardar su identidad.

El cruce fronterizo como estrategia

Un primer hallazgo que surge de las entrevistas es que la mayoría de las y los participantes dijeron cruzar la frontera periódicamente y asociaron esa experiencia a la satisfacción de necesidades o deseos específicos. A su vez, estos usos estratégicos del cruce fronterizo exhibieron características diferenciales de acuerdo con su dirección: aquellas y aquellos migrantes argentinos que atraviesan la línea demarcatoria en sentido de norte a sur (desde San Diego hacia Tijuana) señalaron motivos y demandas diferentes de quienes lo hacen en sentido de sur a norte (desde Tijuana hacia San Diego).

El cruce de San Diego a Tijuana

Las y los argentinos residentes en San Diego señalaron mayoritariamente que suelen cruzar o han cruzado a Tijuana para obtener cobertura sanitaria. Por ejemplo, Alberto, un hombre de 68 años, quien expresó:

Yo uso la frontera para el médico. Los servicios médicos casi todos los tengo en Tijuana. Mi médico de cabecera, que me conoce bien y te va a decir “Alberto es hipocondriaco”, toda la verdad mía, te va a decir que “le duele esto y se queja” y se va a reír de mí. Bueno, todo, el dentista, que tenés que hacer esas cosas que son terribles y me las hice en Tijuana con un dentista de una amiga ( Alberto, entrevista, San Diego, 2016).

La broma sobre su hipocondría y la familiaridad con la que el entrevistado describe su relación con su médico de cabecera sugieren la importancia del idioma común y otras continuidades entre las culturas argentina y mexicana en la decisión de confiar el cuidado de la propia salud a profesionales que atienden del lado mexicano en lugar de hacerlo con médicos que atienden del lado estadounidense de la frontera. Esta idea es profundizada en otros testimonios. Por ejemplo, Mateo, un hombre de 57 años que también reside en el condado de San Diego, relató:

El dentista, por ejemplo, ahora tengo una consulta y allá es infinitamente más barato y tan bueno o mejor que aquí y por lo menos con México es más fácil negociar. Los mexicanos, incluso los médicos, es más fácil negociar con ellos, aquí el médico gringo tiene la imagen de que él es Dios y te ve así, como Dios mira a las hormigas, negritos, chiquititos y pendejos. Allá, en México, no, allá lo hablas con el mismo médico, si no te gusta lo que el tipo te dice, te vas a otro, no se ven ellos como Dios y tú no los ves como Dios, entonces el trato es diferente y por eso mismo me llevo bien con eso (Mateo, entrevista, San Diego, 2016).

En este fragmento discursivo, se evidencia una comparación entre las culturas de ambos lados de la frontera, asociada a la expresión o reproducción de ciertos imaginarios y estereotipos sobre una y otra margen, así como a afectos e identidades que vinculan a las y los inmigrantes con uno u otro de esos marcos contextuales. Este cruce entre aspectos socioculturales y afectivos o identitarios aparece en la mayoría de los discursos analizados. Así, las personas hacen evaluaciones de la situación en ambos lados de la línea divisoria, se piensan a sí mismas como partes del contexto fronterizo y apelan al cruce fronterizo como un recurso estratégico para satisfacer determinadas necesidades o demandas.

En el caso de Mateo, el afecto por sus gatas y su pasión por los autos de colección también hacen que elegir dónde dar atención veterinaria a sus mascotas o reparar sus vehículos sean decisiones significativas, y nuevamente aquí se pone en juego una decisión racional que involucra el cruce fronterizo, ligada a aspectos más profundos de carácter emocional y sociocultural:

Yo reconozco que hago mucho uso de ambos lados de la frontera. Por ejemplo, tengo un amigo muy amigo que es mi mecánico y todo lo que tenga que ver con autos lo hago en México, que es más barato, mejor, gente a la que confío, porque al mecánico gringo no le confío nada, de los mecánicos mexicanos yo me puedo parar al lado, el gringo no te deja ni que te pares al lado para mirarlo, y un tipo que no me deja ver qué es lo que está haciendo ya conmigo se lleva mal. Es mi carro, primero y principal, entonces mis autos todos los llevo a México. Las gatas también las llevo a México, es infinitamente más barato, una de ellas tuvo un problema y acá en San Diego me costaba 350 dólares la operación, sin contar todo lo demás, me iba a costar 2 mil dólares. En Tijuana todo lo resolví con 300 dólares, la operación, estuvo unos días en observación y medicina, comida, todo fue menos […] Por otra parte, pues sí, aquí sí hay cosas mejores, de hecho, por algo la gente cruza aquí para comprar cosas, por ejemplo, comprar dulce de batata y esas cosas argentinas es más barato aquí que allá. Lo que es autos aquí, los yonkes aquí, por lo general, son mejores que los de allá, de hecho, cuando vas, yo he ido miles de veces a buscar piezas para mis autos, el 99,9 % de la gente que está son mexicanos, mecánicos mexicanos buscando las piezas para los autos de aquí o mexicanos que están reparando sus autos (Mateo, entrevista, San Diego, 2016).

En ese fragmento de discurso, a la posibilidad de negociación, posibilitada por la continuidad entre culturas, se suman aspectos afectivos como la confianza y otros de orden pragmático o material, como la diferencia de precio para un mismo servicio entre ambos lados de la frontera. Precisamente, este último es uno de los factores más comúnmente mencionados por las y los entrevistados residentes en San Diego al explicar su decisión de cruzar al lado tijuanense para atender su salud. Tal es el caso de Lorena, una mujer de 37 años, quien expresó: “En un momento, cuando no tenía seguro médico acá, iba allá, ni hablar, muchísimo más barato, de calidad, la verdad, mis respetos para los médicos mexicanos” (entrevista, San Diego, 2016). Otro ejemplo es el caso de Omar, un hombre de 41 años, quien indicó: “Tengo un amigo mexicano que es médico y cuando estoy enfermo y no quiero pagar un médico acá, me cruzo a Tijuana. Él no me cobra nada y me atiende las veces que necesite” (entrevista, San Diego, 2016). En el mismo sentido, Néstor, un hombre de 91 años, aplicó esta evaluación no solo a los servicios médicos, sino también a los farmacéuticos:

El dentista acá en San Diego te puede pedir 20 mil o 27 mil dólares; a un amigo en Tijuana le pidieron 2 700. Te sacan de todos lados, te lo agrandan que da miedo. Si vas a un consultorio, primero te atiende la recepcionista, después alguien que te mira la boca, otra que viene y te mira el espesor de la encía y otro al final que va mirando diente por diente qué tienen que hacer o qué es lo que te inventan o no. Se forma un montón de dinero. Yo fui a hacer una estimación por una limpieza acá y tenía seguro y en total yo no sé de dónde salieron, pero me dicen “16 mil dólares”. “¿Cómo?”, le digo, y me dice “Ah, no, no, a usted solamente le va a salir 4 mil”. Fui a Tijuana y creo que me salió 400 o 500 dólares. Y eso con todo, no solamente con el dentista. Allá está lleno de farmacias, en cada cuadra, por lo menos una hay. Si vas con la receta de acá no se puede, pero siempre tienen un médico arriba al que le pueden pedir la receta; hecha la ley, hecha la trampa (Néstor, entrevista, San Diego, 2016).

La mayor laxitud en los controles, así como un clima general de mayor libertad, son aspectos que destacaron varios entrevistados residentes en San Diego como características positivas del lado tijuanense de la frontera que no encuentran en su lugar de residencia. En ese contexto, el cruce fronterizo en dirección a Tijuana es entendido en sus discursos como una búsqueda de diversión, alegría y goce. Es el caso de Lorena, una mujer de 37 años, quien indicó: “Me gusta cruzar a Tijuana […]. Voy con amigas, casi todas mexicanas, que saben a dónde ir y vamos a comer o al spa, cosas así. Una vez cada dos semanas o una vez por mes vamos” (entrevista, San Diego, 2016). Otra entrevistada, Norma, de 65 años, quien vivió un tiempo en Tijuana, donde trabajaba en un sobrerruedas (puestos de venta y canje de artículos usados o de segunda mano que en Estados Unidos son conocidos como swap meet), precisó que sigue cruzando la frontera hacia el sur y añora aquellos años:

Una vez al mes voy a Tijuana. Tengo mi nieta ahí, voy a comprar cosas y a ver amigos. Cuando llegábamos al sobrerruedas era una fiesta, nada que ver a los swap meet de aquí. Cuando llegué acá una me dice “Ya se va a hacer amigos”, pero vine acá a hacer swap meet y ¡una frialdad…! No, una cosa que se armaban su puesto, no te decían ni buenos días, una cosa… Allá en Tijuana era una fiesta cada vez que llegabas al trabajo. Todos mis amigos mexicanos “¡ey, argentina!”. Te digo que era una fiesta ir a cada sobrerruedas, teníamos cincuenta plazas y a donde fuéramos éramos bien amigos, con las mujeres como con los hombres, y la que tenía niños y nos tocaba puesto, “Le dejo mi niño, voy a comprar pizza para todos”. Bien familiero. Me gustó mucho (Norma, entrevista, San Diego, 2016).

En el discurso de Néstor, un hombre que hace poco tiempo enviudó, también aparece la añoranza de las experiencias vividas en Tijuana, en este caso junto a su mujer. Además, el lado sur de la frontera es tematizado como más dispuesto a la actualización de ciertos rasgos de la cultura argentina, como algunas tradiciones culinarias:

Yo solía cruzar, pero últimamente no voy. Primero porque estoy solo, segundo por todos los problemas que hubo en México, hubo un momento que paraban y revisaban a todos, en fin, era un obstáculo llegar y después en Tijuana empezó a haber muchos crímenes, entonces nosotros paramos de ir, porque nosotros íbamos mucho, nos gustaba ir a visitar. Íbamos hasta la carnicería a comprar la carne para hacer el matambre casero, comprábamos la carne allá porque había un carnicero que sabía cómo los argentinos queríamos la carne para hacer matambre, entonces íbamos hasta allá, le pedíamos la carne, preguntábamos por el señor este, le decíamos que saque la grasa y todo eso, otras cosas más por supuesto, qué sé yo qué otras cosas más. Pero era fun, era lindo ir a Tijuana […]. La muchachada americana todavía va, hay lugares en la avenida Revolución, están los boliches, caminás por la calle y ves cómo le están echando la botella de ron a alguien dentro de la boca. Nos gustaba ir a cenar también, las últimas veces íbamos a un lugar en Paseo de los Héroes, un lugar lindo. Íbamos los sábados casi siempre por allá. En esa época, antes del 2000, íbamos bastante y llegaba una visita y también lo llevábamos, era obligatorio llevarlos a otro país, ir a Tijuana (Néstor, entrevista, San Diego, 2016).

Por su parte, Richard, un hombre de 49 años, señala que a él no le interesa cruzar a México, pero aclara que sus hijas adolescentes sí van a Tijuana “cada quince días a bailar”: “Allá pueden tomar y yo que sé, pero la última vez le robaron el pasaporte a una en un boliche” (entrevista, San Diego, 2016). Aquí se aprecia el imaginario asociado a una mayor libertad o laxitud en el control, por un lado, y una mayor inseguridad, por el otro. Pareciera que ambas márgenes de la frontera se complementaran, dando una en un aspecto lo que no puede ofrecer en el otro, y viceversa, mientras que las y los habitantes de la región se benefician de esas ventajas comparativas haciendo uso del cruce fronterizo para satisfacer determinadas necesidades o deseos.

En otros dos testimonios de argentinos residentes en San Diego, junto con la valoración positiva de la cultura mexicana y la afectividad direccionada hacia el lado tijuanense de la frontera, aparece un componente transfronterizo más fuerte, pues en estos casos los cruces de la frontera internacional no son esporádicos o simplemente parte de la cultura de la región, sino una parte indispensable de su cotidianidad, algo que viven día a día. Estos dos hombres tienen vidas especialmente repartidas entre ambas márgenes de la frontera, ya que trabajan en Tijuana y viven en San Diego. Y lo expresan en términos que permiten entender mejor hasta qué punto puede llegar en casos específicos el carácter transfronterizo de la cultura y el estilo de vida propios de esta región:

Realmente para mí es como un continuo esto, veo muy poca diferencia en la frontera, o sea, hago cosas de un lado y del otro, pero no tengo muy definido exactamente, literalmente tengo un pie en cada lado, hay cosas que están mejor allá en Tijuana, me caen mejor los mexicanos que los gringos, o sea, si salgo a tomar un trago, salgo más con amigos en México que aquí, me caen mejor, me siento más cómodo con la gente latina, mexicana, tijuanense, como los quieras llamar. O sea, tengo amigos gringos, salgo con ellos, pero en un principio estoy más cómodo allá, eso sí, pero aquí también está lleno de mexicanos, de hecho mis amigos aquí son mexicanos, la gran mayoría de mis amigos son mexicanos (Mateo, entrevista, San Diego, 2016).
No sé, es muy raro, digo, la ropa me la compro en San Diego, pero no sé, hay cosas que no, yo en Tijuana tomo café, morfo todos los días. Estoy todo el día, tengo eventos, no sé […], yo vivo en Tijuana, por eso la vi crecer y yo conozco Tijuana toda […], conozco zonas peligrosas como Zona Este, es una zona terrible, de muchísima delincuencia, […] también los cañones, lugares donde las casas están colgadas, donde hay mucha libertad para construir donde quieras y después se caen cuando llueve, ese tipo de cosas que, por ejemplo, del otro lado, no te permitirían poner ni un palito. En mi casa, del otro lado, para hacer una escalera adentro, en el jardín, tuve que pedir permiso a la Municipalidad y vinieron los gringos y [me preguntaban] “cuánto mide, cuánto va a pesar la escalera”, ¡para adentro de mi casa! […] Si no, te multan, las multas son terribles (Alberto, entrevista, San Diego, 2016).

En el primer fragmento de discurso, se evidencia nuevamente la imagen de Tijuana como espacio de disfrute y una valoración positiva del lado mexicano de la frontera ligada a cierta proximidad entre la cultura mexicana y la argentina. Pero a su vez se matiza la diferenciación entre ambos lados. La idea del continuo, la posibilidad de elegir qué está mejor de un lado o del otro, la presencia de mexicanos en ambos lados de la frontera denotan una fluidez que trasciende la rigidez de los límites interestatales. En el segundo testimonio, a pesar de que formalmente vive en San Diego, el entrevistado tiene su oficina en Tijuana y pasa allí la mayor parte de sus horas, por eso se entiende que señale literalmente que de algún modo reside allí. Además, si bien reconoce las dificultades que caracterizan a la margen mexicana de la frontera, las abraza como componentes de un lugar al que vio desarrollarse y del cual se siente partícipe.

El cruce de Tijuana a San Diego

En el caso de las y los argentinos que residen en Tijuana, la mayoría de los entrevistados señalaron que hacen uso del cruce a San Diego para realizar compras de productos específicos. La concepción utilitaria del cruce, si bien existe también entre las y los residentes en San Diego que se dirigen a Tijuana para conseguir atención de la salud a menor costo, en quienes residen del lado mexicano parece estar exenta de cualquier compromiso emocional respecto de la cultura estadounidense. Y en algunos casos, como el de Elisa, una mujer de 50 años, está acompañada de una valoración negativa que, a su vez, se relaciona con una interpretación de la propia cultura argentina como esencialmente refractaria a la cultura estadounidense:

Nosotros somos muy particulares; yo, por ejemplo, pasan dos, tres meses que ni cruzo, porque tenés que hacer la cola, ay, qué embole, con eso de tanto trámite de migraciones, nos daba mucha hueva, como dicen acá, sacar la SENTRI. Una vez fuimos a un casamiento del otro lado, era de día y el de la línea, el de la casilla nos miraba y estábamos todos espléndidos, “¿cómo, no tienen SENTRI?”. No. Porque no se nos dio la gana, nada más por no tener que hacer los trámites, y además como buenos argentinos, no nos bancamos a los yanquis […]. Entonces a veces como que te da hueva y ahora ya como que vamos cuando tenemos que ir de compras pero de ropa, a mí me da hueva tener que hacer las compras del súper allá, tenés que hacer la cola, ir hasta allá, cargar todo para casa, si te toca el semáforo rojo que tenés que pagar. A veces tenés diferencias de precio, antes no, ahora sí […]. Esa sociedad es peor que esta. Por lo menos esta, con todos los defectos que pueda tener, es latina, allá no podés hacer una fiesta, no podés hacer ruido después de las 10 de la noche, tus perros ladran y te hacen una denuncia, le pegaste al perro que te rompió todo el mueble y te denuncian. O sea, es un desastre. Estudios Universal, toda esa cosa, pero volver al sabor latino (Elisa, entrevista, Tijuana, 2016).

Para Malena, una mujer de 49 años, madre soltera de dos jóvenes que aún dependen de ella económicamente, el cruce a San Diego tiene como objetivo comprar alimento, ropa y otras provisiones con descuento y está organizado de acuerdo a una logística específica que contempla el uso de transporte público y un recorrido exacto, con las respectivas menciones, en ocasiones traducidas al español, de los nombres de los comercios estadounidenses donde asiste habitualmente:

Vamos a hacer compras, vamos al “Dollar” [Dollar Tree], “99 Centavos” [99 Cents Only Stores], al Goodwill, que es donde se dona la ropa. Está la parte donde venden todo un lote, entonces la gente compra todo un lote donde hay ropa y muebles, y después hay tiendas donde tienen ropa, zapatos y todo, accesorios de casa y todo lo que quieras. Por ejemplo, ¿conocés el “99 Centavos” de la Palm Avenue? Salís por la 5 y vas a ver Palm Avenue, el trolley te va a dejar en Palomar, caminás de Palomar hasta la Broadway, son dos cuadras y de ahí a la izquierda serán dos cuadras más. Ahí vas caminando tranquilo, es una miniplacita, justo en la parte de la esquina dice Goodwill; está abierto desde las once hasta las siete de la tarde y sábados también (Malena, entrevista, Tijuana, 2016).

Por su parte, Rodrigo, un hombre de 35 años, es músico y utiliza el cruce a San Diego como un recurso para comprar insumos para su trabajo, así como otros productos específicos:

Realmente me da mucha fiaca cruzar y trato de cruzar lo menos posible, pero sí lo hago. El año pasado compraba, por ejemplo, la comida de mis perros allá y se empezó a tornar algo realmente muy incómodo, y al final dije “Bueno, les empiezo a dar las croquetas de acá”. Igual compro las del Costco, que son importadas, pero bueno, sí, en la medida de lo posible lo reduzco, pero toda la ropa que traigo puesta la compré allá. La semana pasada vino a tocar conmigo una pianista francesa que está haciendo una estancia en Los Ángeles, nos pusimos de acuerdo, yo conseguí la fecha, ella se vino a San Diego, yo crucé, la fui a buscar, vinimos para acá, se quedó tres o cuatro días que hicimos unos conciertos, ya el sábado volví a cruzar con ella y de regreso pasé por Wal-Mart y compré unas boludeces y ya volví para acá. Pero sí, la verdad, si yo pudiera cruzar con más facilidad, si yo tuviera una SENTRI o fuera algo más exprés cruzaría mucho más seguido porque me gusta más la experiencia de consumo de allá, compraría muchas cosas más por internet, la verdad me estoy hasta cierto punto ayudando mucho con las amistades de allá, pido que me compren cosas y después, cuando los veo, me las dan. Yo en gran medida dependo de eso porque tengo tres computadoras que uso para trabajar, las compré allá, el teclado, los instrumentos, las cuerdas, tengo dos cámaras, dos iPad, todo eso lo compré allá (Rodrigo, entrevista, Tijuana, 2016).

Recurrir a otros para que hagan ciertas compras en San Diego, algo que en este entrevistado es opcional, en aquellos que no tienen visa es obligatorio si quieren obtener algún bien o producto de la otra margen de la línea. De esta manera, los sujetos hacen un uso indirecto del cruce fronterizo: aprovechan el hecho de estar físicamente en la región fronteriza y, a pesar de no poder cruzar, encargan aquello que necesitan comprar del otro lado a amigos o familiares que tienen permiso legal para hacer el cruce. Es el caso de Mariano, un hombre de 59 años, quien expresó:

Yo no cruzo, no saqué la visa, yo vivo 100 % acá, pero el tema de la cuestión fronteriza sí me sirve porque tengo, por ejemplo, los hijos de mi esposa que pasan siempre, van y vienen con su papá, si yo necesito cosas se las pido, me las traen y no he estado hasta el momento interesado, en el momento que lo esté seguramente voy a ir (Mariano, entrevista, Tijuana, 2016).

Javier, un hombre de 36 años, tampoco tiene la posibilidad de cruzar a San Diego, pero indicó que, si necesita obtener de allí algún bien que no se consigue en la margen tijuanense, sabe a quiénes recurrir:

Por ahí sí, si ocupo algo sí, pido que me lo traigan del otro lado, por ejemplo, mando a pedir los tenis, ya sabes, tener calidad del otro lado es mejor que la de aquí, o quizás a veces el precio, pero es muy raro, en general prefiero lo de aquí (Javier, entrevista, Tijuana, 2016).

Por su parte, dos de los entrevistados que tienen restaurantes en Tijuana manifestaron que usan el cruce de frontera para surtirse de productos que necesitan para sus negocios. En estos casos, las compras del otro lado de la línea son parte de una estrategia comercial:

Mucho, 60 % de lo que yo compro es del otro lado. Por una cuestión de calidad y precio, las dos cosas. Acá se come todo del otro lado, el pollo este es del otro lado, la tripa de ese chorizo también es del otro lado, el queso, compro casi todo del otro lado (Francisco, entrevista, Tijuana, 2016).
Algunas cosas para el local compro, un 10 o 20 % compro de aquel lado, pero casi todo lo compro acá. Mi hermano vive del otro lado, a veces voy una vez a la semana, a veces puedo pasar un mes y no voy ni un día, no me importa. Pero sí vamos para comprar algo y para ir a la casa de mi hermano que vive acá cerca en Chula Vista […]. Yo todavía tengo pasaporte español por parte de mi abuela, paso, llamo por teléfono y veo si voy, no me urge ir, voy y si veo que hay gente me doy vuelta y me voy, no espero dos horas, pero ahora ya este año voy a tener la SENTRI por mi esposa, pasa que ella pasa con la SENTRI y yo voy caminando (Luis, entrevista, Tijuana, 2016).

Conclusiones

La desigualdad estructural y multidimensional entre San Diego y Tijuana, paradójicamente, permite y fomenta una serie de estrategias laborales y vitales que aprovechan y se valen de las oportunidades generadas por cada una de las márgenes de la frontera. Esta visión estratégica local/regional forma parte de lo que aquí se ha definido como una cultura y un estilo de vida transfronterizos que la mayoría de las y los entrevistados demuestran conocer y practicar. De esta manera, estas y estos inmigrantes sacan provecho de las ventajas que ofrecen uno y otro lado de la frontera mediante la experiencia del cruce fronterizo, que llevan a cabo poniendo en juego distintos tipos de estrategias.

Varios aspectos destacan respecto de las modalidades que asumen esas estrategias asociadas al cruce fronterizo. En primer lugar, los motivos que lo habilitan y los imaginarios a los cuales se asocia son diferentes en relación con el sentido que tenga la movilidad: de sur a norte o de norte a sur. Así, entre quienes cruzan de Tijuana a San Diego, predominan los motivos relacionados con la esfera de lo material o utilitario, y en ese sentido se hace patente cierta distancia emocional respecto de aquello que se encuentra del otro lado de la frontera: se cruza específicamente para comprar ciertos productos, y poco más que eso. Al contrario, entre quienes cruzan de San Diego a Tijuana, los motivos están asociados a esferas vitales más relacionadas con lo afectivo, como el cuidado de la salud o la diversión, y en ese sentido la valoración del otro lado de la frontera (el lado sur) está cargada de apreciaciones sobre cierta cercanía cultural entre la cultura argentina y la latina o mexicana.

En segundo lugar, y de manera muy relacionada con este último punto, los sujetos ponen en juego complejas negociaciones entre su cultura de origen y la cultura transfronteriza de la que hoy forman parte. Esto da cuenta de inmigrantes que demuestran estar adaptados a la cultura local a partir de un diálogo permanente entre sus referentes culturales de origen y los de destino. En la mayoría de los testimonios, aparecen rasgos mediante los cuales las y los participantes adscriben a su condición de argentinos y argentinas para significar su vida en esta región y diferenciarse o aproximarse más respecto de distintos rasgos de la cultura que encuentran en ella. Esto sugiere que la condición transfronteriza y binacional podría asumir características particulares y diferenciales en función de la nacionalidad o el origen cultural de las distintas comunidades de inmigrantes que residen en este tipo de espacios, algo que podría ser profundizado desde una perspectiva comparativa en estudios futuros.

En tercer lugar, se advierte que en la región integrada por Tijuana y San Diego el cruce fronterizo no siempre necesita ser físico y real para existir; de hecho, puede también ser virtual o tercerizado, como se aprecia en el caso de aquellos participantes residentes en Tijuana que están impedidos legalmente de ingresar a Estados Unidos, y sin embargo esto no les impide valerse de las ventajas de vivir en la frontera para adquirir aquello que necesitan del otro lado por medio de terceras personas. Esto da una idea de la penetración que lo transfronterizo tiene en las vidas de quienes habitan este tipo de espacios, aun de aquellos que formalmente no serían considerados cruzadores de fronteras, pero desde una perspectiva más profunda y cualitativa se advierte que sí lo son.

En cuarto lugar, se cuela en los relatos un lenguaje o bien unos códigos del habla que son esencialmente transfronterizos. Por un lado, se advierten las repetidas menciones al “otro lado”, la “línea”, tecnicismos fronterizos como “SENTRI” o “revisión secundaria”, entre otros términos que solo conocen en profundidad quienes habitan o han habitado esta región específica, pues en ella son utilizados corrientemente. Por otro lado, en los discursos de las y los entrevistados se advierte la convivencia entre rasgos del habla rioplatense o argentina e incorporaciones del habla mexicana, norteamericana y transfronteriza. El resultado no es el conocido spanglish, comúnmente asociado a la comunidad Mexican-American, sino otra cosa, una forma del habla que aún no ha sido estudiada en profundidad y a la que aquí solo se ofrece una brevísima aproximación.

De esta manera, la comunidad de inmigrantes argentinos que residen en la región comprendida por San Diego y Tijuana constituye una de las minorías que se han adaptado a la vida en una de las fronteras más transitadas, cruzadas, reforzadas y controladas del mundo. De los testimonios de algunas y algunos de sus integrantes, se desprende que se han adaptado a la cultura transfronteriza que durante décadas construyeron generaciones de habitantes de este espacio binacional, pero lo han hecho de maneras específicas, en relación con ciertas interpretaciones y puestas en juego de referentes culturales exóticos para esta región. Esto supone una utilización estratégica del cruce fronterizo que, por un lado, desnuda las enormes desigualdades entre la margen estadounidense y la mexicana. Pero, paradójicamente, al mismo tiempo que pone en evidencia las asimetrías, el uso del cruce también permite comprender los modos complejos de habitar la frontera, donde los sujetos muchas veces son capaces de hacer de la frontera un recurso que les permite beneficiarse de lo mejor y descartar lo peor de cada lado de la línea demarcatoria.

En definitiva, conceptualizar la frontera y el cruce fronterizo como recurso implica destacar el potencial cultural que tienen los espacios fronterizos en cuanto matriz que debe ser intersectada analíticamente con variables como migración, país o cultura de origen, estatus migratorio, entre otras. Esto nos permite entender hasta qué punto esa potencialidad de cruce inherente a lo fronterizo cristaliza efectivamente en distintos tipos de movilidad o, por el contrario, reproduce o refuerza la desigualdad entre aquella/s y aquello/s que la frontera, en cuanto dispositivo diferenciador, ha sido diseñada para separar.

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  1. Doctorado en Ciencias Humanas, Facultad de Psicología/Instituto de Estudios Humanísticos Juan Ignacio Molina, Universidad de Talca, Campus Talca, Chile. El autor agradece a CONICYT por financiar sus estudios de doctorado en Chile (CONICYT-PFCHA/Doctorado Nacional/2017-Folio N° 21170178).
  2. El Colegio de la Frontera Norte, Tijuana, México.


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