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Un argentino en la línea: autoetnografía del cruce fronterizo Tijuana-San Diego/San Diego-Tijuana[1]

Jose Navarro-Conticello[2]

Introducción

En este capítulo presentaré, desde una perspectiva autoetnográfica, una serie de datos y reflexiones sobre eventos ocurridos a lo largo de 23 meses, entre octubre de 2014 y agosto de 2016. Se trata de cerca de una veintena de cruces peatonales de la frontera internacional entre las ciudades de Tijuana (Baja California, México) y San Diego (California, Estados Unidos). El sitio de esos cruces es el paso fronterizo San Ysidro, el más transitado en el mundo (Ríos y López, 2018). El protagonista o cruzador es quien escribe, un hombre joven, de nacionalidad argentino-italiana y apariencia caucásica que durante ese período vivía en Tijuana, donde cursaba una maestría en Estudios Culturales en El Colegio de la Frontera Norte (en adelante, El Colef) y cruzaba ocasionalmente a San Diego para conocer algunos sitios de esa ciudad y vivenciar algunos aspectos de su cultura, profundamente motivado por los imaginarios sobre California que había ido construyendo y reconstruyendo a lo largo de mi vida mediante el consumo de series, películas, música y videoclips estadounidenses. Aclaro desde el principio estos aspectos de mi identidad y mi trayectoria vital porque tienen incidencia en los hechos que expondré a continuación.

Tijuana es una de las cinco ciudades más pobladas de México, con más de dos millones de habitantes (INEGI, 2019). Si se les suma el millón y medio de habitantes de su vecina San Diego (US CENSUS BUREAU, 2019) se obtiene la conurbación más populosa de la frontera México-Estados Unidos. A su vez, 220 kilómetros hacia el norte, ambas se conectan con el área metropolitana de Los Ángeles, como se observa en la Figura 1. Vistas una respecto de la otra, Tijuana y San Diego pueden cuadrar en la tipología de ciudades gemelas o border cuates (Herzog, 2009). Con una especificidad: la frontera que las divide y comunica está dotada del que probablemente sea el más aceitado y moderno sistema de hipervigilancia fronteriza en el mundo (Baumann, Lorenz y Rosenow, 2011; Koslowski, 2011). Al calor de esa frontera, ambas urbes han forjado un gigantesco conglomerado económico, productivo y sociocultural. Tal vez, la noción que más se ajuste a lo que allí sucede sea la de región transfronteriza. El concepto de transfronterizo refiere a aquellas configuraciones –regiones, culturas, estilos de vida, identidades– que están marcadas en todos sus aspectos por la presencia de la frontera y por las permanentes movilidades y clausuras que se producen a través de ella (Alonso, 2009; 2016; Navarro-Conticello y Alonso-Meneses, 2020). Una ventaja de incorporar lo transfronterizo como perspectiva de análisis es que permite ver lo que la frontera separa y comunica, es decir, las continuidades o sinergias, pero también las rupturas o asimetrías existentes entre ambas márgenes de la línea divisoria (Alonso, 2016; Chang-Hee, 2005; Dear y Leclerc, 2003; Hennebry, Barros-Rodríguez y Kopinak, 2019; Mendoza, 2017).

Figura 1. Región Tijuana-San Diego
y corredor Tijuana-San Diego-Los Ángeles

NAVARRO_Figura1

Fuente: elaboración propia.

Sobran ejemplos de ese entramado. Los gasoductos y las redes eléctricas que abastecen a ambas ciudades comienzan de un lado de la frontera internacional y terminan del otro. Al norte florecen los clusters de compañías tecnológicas; al sur las maquiladoras, que importan insumos y materiales sin pagar aranceles, les suman mano de obra barata y reintroducen los productos terminados al mercado estadounidense. En ambos lados están las mismas cadenas norteamericanas de super e hipermercados, tiendas departamentales, comida rápida, artículos para oficina, repuestos para automóviles y otras. En Tijuana se reparten los mismos folletos de ofertas y descuentos que en San Diego, en inglés y en dólares. El dólar en Tijuana es prácticamente una moneda paralela; hay decenas de casas de cambio repartidas por toda la ciudad y muchos comercios aceptan pagos y entregan cambio en moneda estadounidense. A veces, aun pagando en pesos mexicanos se entrega el vuelto en dólares. Es posible vivir en San Diego sin hablar inglés y en Tijuana sin hablar español, pues a ambos lados de la frontera la vida cotidiana es en gran parte bilingüe. Miles de personas estudian y trabajan en San Diego y viven o duermen –en muchos casos, literalmente, solo vuelven a dormir– en Tijuana. Muchos sandieguinos cruzan al sur para ir al médico, al dentista o al mecánico –a menudo más baratos y mejores en Tijuana– o buscando diversión, excesos y placeres prohibidos o limitados en el norte. Esos son solo algunos de los motivos que explican por qué el paso fronterizo San Ysidro, el más importante de los dos que unen ambas ciudades –el otro es Mesa de Otay– en la última década fue cruzado en sentido sur-norte por más de 615 millones de personas (US DOT, 2019).

A pesar de la aparente fluidez que se puede deducir de esos números, el cruce fronterizo es a menudo un proceso lento e ineficiente. Las personas siguen cruzando, porque lo desean o, sobre todo, porque no tienen otra opción, pero para ello deben sortear una complicada burocracia. Esto tiene impactos psicológicos y sanitarios. Un estudio reciente señala que entre abril de 2014 y marzo de 2017 se reportaron 6.261 atenciones prehospitalarias de emergencia a personas que se descompensaron mientras se encontraban en uno de los dos pasos fronterizos entre San Diego y Tijuana, a razón de más de 2 mil por año, siendo los malestares más frecuentes los de tipo neurológico-psicológico, como debilidad, shock, estado alterado de conciencia y dolor de cabeza (Farah, Goebel, Pierce y Donofrio, 2019).

Por otra parte, las fallas en la organización y gestión del cruce no solo importan desde el punto de vista de las personas, sino también desde la perspectiva macroeconómica. De acuerdo con la Asociación de Gobiernos de San Diego, solo en el año 2005 las demoras y el congestionamiento de los pasos fronterizos entre Tijuana y San Diego les costaron a las economías mexicana y estadounidense una merma estimada de 6 billones de dólares en sus respectivos productos brutos y provocaron la pérdida de más de 51 mil trabajos (San Diego Association of Governments, 2016).

Por razones obvias, la comunidad de origen hispano con mayor peso demográfico y sociocultural en esta región es la mexicana, con sus variantes o desprendimientos, como la chicana o mexican-american. Su enorme gravitación ha condicionado los intereses y las prácticas de gran parte de la academia especializada, que en muchos casos privilegia la figura del cruzador de fronteras –de origen mexicano– y desconoce la significación de aquellos sujetos que habitan la frontera desde otras identidades, posibilidades o intereses, como quienes no pueden o no quieren cruzar (Vila, 2000; 2001). Para entender mejor esa pluralidad es necesario incorporar a la discusión a otros actores –como los migrantes de origen argentino– que, aunque minoritarios, se han adaptado a la cultura local a partir de sus propios repertorios culturales e identitarios.

Mi objetivo es explorar desde una perspectiva subjetiva algunas dinámicas cognitivas, afectivas y socioculturales que pueden mediar las experiencias de las personas migrantes en regiones transfronterizas. Para ello, recurriré al abordaje autoetnográfico y consideraré al cruce fronterizo como una experiencia mediada.

La autoetnografía es un enfoque aplicado a la investigación y la escritura que busca describir y analizar sistemáticamente (grafía) la experiencia personal (auto) para comprender la experiencia cultural (etno) (Ellis y Bochner, 2000; Ellis, Adams y Bochner, 2011). Tiene su origen en el reconocimiento, por parte de las ciencias sociales, de las importantes limitaciones ontológicas, epistemológicas y axiológicas que afectan al quehacer investigativo y la consecuente necesidad de producir conocimiento significativo, accesible y sensibilizador basado en la propia experiencia. Esto implica una postura menos atada a los convencionalismos y al mandato de objetividad que al efecto político de los textos producidos (Holman, 2005). A diferencia de la etnografía, que parte de una intención a priori de estudiar determinados aspectos de una cultura y un plan más o menos sistemático para observar-participar de esos fenómenos, la autoetnografía descansa en los retazos, más o menos fragmentarios y teñidos de afectos y emociones, que provee la memoria de hechos vividos en el pasado.

En cuanto al carácter mediado del cruce fronterizo, me refiero a que se trata de una práctica que pone en juego una trama de repertorios –socioculturales, económicos, políticos– que la trascienden y se actualizan mediante los sujetos que la llevan adelante, en muchos casos de manera inconsciente. Debido a la combinación entre el paisaje concreto del cruce y sus sujetos, cada uno con sus subjetividades, identidades y trayectorias vitales, mis experiencias de cruce tuvieron un fuerte componente hiperreal. En la hiperrealidad, producto de la mediación de las tecnologías y la combinación de imaginarios, estereotipos y productos culturales que estas ponen a disposición de las personas que los utilizan, la experiencia espaciotemporal se ve sometida a procesos de dislocación (Baudrillard, 1983; 1993; Taylor, 2012).

Como explicaré en los próximos apartados, el cruce fronterizo era experimentado por mí de un modo tal que, a menudo, el límite entre lo real y sus expresiones imaginarias o arquetípicas se tornaba borroso. En otros casos, la virtualidad suplantaba o complementaba la experiencia física.

Administrativamente, mi experiencia de cruce comenzó de manera virtual. Como ciudadano italiano no necesité una visa para ingresar a Estados Unidos, pero debí solicitar y pagar online el permiso Electronic System for Travel Authorization o ESTA, que me fue otorgado en pocos minutos, unas semanas antes de mi primer cruce fronterizo. La primera vez que atravesé la frontera, en el puesto de control fronterizo del lado estadounidense tuve que obtener y pagar un permiso adicional que se adosaba a mi pasaporte y me habilitaba a cruzar sin mayores restricciones. Cada 90 días debía renovar este permiso, mientras que el ESTA tiene una vigencia de dos años, de manera que no tuve que actualizarlo durante toda mi residencia en Tijuana.

Este capítulo consta, además de esta sección introductoria, de tres apartados. El primero es un relato autoetnográfico de mi recorrido usual desde el que fuera mi domicilio en Tijuana hasta la línea fronteriza, es decir, la etapa previa al cruce propiamente dicho. En el segundo expongo, también en clave autoetnográfica, los momentos correspondientes al cruce de Tijuana a San Diego y el regreso a Tijuana. El tercero está compuesto por algunas reflexiones finales, a modo de conclusión.

El camino hasta la línea

A diferencia de la enorme cantidad de tijuanenses para quienes los cruces no solo son cotidianos sino obligatorios -por trabajo o estudio-, en mi caso eran esporádicos y turísticos. Por eso, podía confirmarlos o postergarlos según qué tan congestionada estuviera la línea, como se denomina –en el argot transfronterizo de Tijuana y San Diego– tanto a la frontera misma como al paso fronterizo y a la fila de personas o vehículos que esperan para atravesarlo. Para averiguarlo, mi experiencia comenzaba siempre mediada por la virtualidad. Por la mañana, antes de salir de mi casa, consultaba algunos grupos de Facebook (“Cómo está la línea Tijuana”, “Cómo está la línea Tijuana II”, entre otros) cuyos usuarios comparten información sobre el estado de la línea. La mayoría de las publicaciones de estos grupos informan en tiempo real qué tan rápida o lentamente están avanzando las filas de vehículos y de peatones, o qué tan congestionadas se encuentran. Para ello, suelen proporcionar fotografías y coordenadas espaciales –puntos en el paisaje del cruce fronterizo– que los cruzadores habituales son capaces de identificar rápidamente para trazar un mapa mental de la longitud de la fila y del tiempo aproximado que deberán esperar en ella sin necesidad de estar allí. Pero también se comparten otros datos de gran importancia para calcular las probabilidades de un cruce rápido y seguro, como qué tan severos están en ese momento los controles del lado estadounidense o inclusive qué oficiales estadounidenses de inmigración se encuentran de turno en ese momento, ya que algunos cruzadores habituales identifican a ciertos agentes como más o menos amigables con los mexicanos o más o menos expeditivos al realizar sus controles de rutina.

En mi caso, cuando la mayoría de los reportes indicaban que la fila peatonal estaba avanzando muy lentamente, postergaba el cruce. De lo contrario, caminaba un kilómetro desde mi casa hasta el paradero (la parada) de camiones (buses urbanos) de la tienda Dax, en la colonia (barrio) Playas de Tijuana ubicada en el noroeste de la ciudad, y desde allí viajaba aproximadamente 20 minutos en transporte público hasta el paradero de la línea, ubicado aproximadamente a 200 metros del paso fronterizo de San Ysidro, en el extremo norte de la colonia Zona Río. Un mapa de la ubicación de esos puntos de mi recorrido habitual al dirigirme hacia la línea se aprecia en la Figura 2.

Figura 2. Hitos del recorrido habitual del autor desde su domicilio hasta la línea

NAVARRO_Figura2

Fuente: elaboración propia.

Como se puede observar en el mapa, todos los hitos principales de ese trayecto –mi domicilio en la colonia Playas de Tijuana, los paraderos donde me subía y me bajaba del camión y el paso fronterizo San Ysidro, por donde cruzaba a San Diego– se ubican en las adyacencias de la frontera, y gran parte de las autopistas y avenidas principales de Tijuana y San Diego se anudan y confluyen en el paso fronterizo. Estas dos observaciones rápidas permiten formarse una idea aproximada de la centralidad que la frontera y el paso fronterizo tienen en la región, y la importancia que tenían también en mi vida cotidiana durante los dos años que residí en Tijuana.

A menudo, mientras esperaba el camión me distraía una publicidad gigante que colgaba de uno de los costados del puente peatonal ubicado a un costado del paradero, apenas a 100 metros de la frontera. Promocionaba el colegio privado Reina Isabel y destacaba dos cosas muy valoradas en la región: “transporte escolar” y “100% bilingüe”. De la importancia de la primera consigna había tomado conciencia la primera vez que tuve que viajar desde la ciudad hasta El Colef para empezar las clases. Como argentino de clase media-baja, educado en la universidad pública, estaba habituado a hacer casi todo por mi cuenta y me parecía extraño que el centro de altos estudios donde iba a cursar mi maestría nos proveyera de un bus para ir a clases y volver de ellas. Pero es fácil entenderlo desde una perspectiva transfronteriza: el modelo estadounidense se replica, con particularidades locales, en las estructuras educativas tijuanenses, donde, aún en instituciones de reconocida tradición crítica como El Colef, se reproducen algunos esquemas organizativos que parecen responder a la idea del alumno como usuario o cliente cuyas necesidades deben ser satisfechas. Respecto de la segunda consigna del anuncio, si bien Tijuana-San Diego es una región en gran parte bilingüe, hay grados de bilingüismo, y estos se distribuyen de manera creciente en relación con el nivel educativo de las personas: desde el uso inconsciente de los anglicismos y términos derivados de la mezcla entre el inglés y el español que componen el slang transfronterizo hasta la capacidad de hablar, comprender, leer y escribir fluidamente ambos idiomas. La educación privada en Tijuana ofrece un camino bastante seguro a la adquisición de estas habilidades para quienes pueden pagarla pero compite con las escuelas ubicadas en San Diego, a las que asisten miles de niños y adolescentes tijuanenses que, además del idioma inglés, obtienen una inmersión directa en la cultura estadounidense (Alonso, 2009; Rocha y Orraca, 2018).

El paisaje que me acompañaba en gran parte del recorrido del camión hacia la línea adquiría para mí el carácter hiperreal al que referí antes. La doble barda metálica que desde la década de 1990 hace de límite artificial entre Tijuana y San Diego, salpicada a intervalos regulares por altos postes con complejos sistemas de vigilancia en sus extremos superiores, dejaban ver en sus intersticios el paisaje del otro lado –como se le dice en la región a lo que está allende la frontera–. Ese otro lado, mirado desde Tijuana, es casi todo desierto y caminos asfaltados diseñados exclusivamente para custodiar la frontera, patrullados constantemente por las camionetas verdiblancas de la Border Patrol estadounidense. Vista desde el sur de la barda, la ciudad de San Diego ofrece su costado menos amigable. Sus mejores distritos –los más ricos y bellos– no son visibles directamente desde el otro lado. Tijuana, en cambio, tiene algunas de sus mejores zonas dispuestas al norte, bien cerca de la frontera. Así, mientras viajaba en el camión hacia la línea veía a mi izquierda la cara hostil y al mismo tiempo imaginaba la hospitalidad que me esperaba más allá de la frontera. Pero decir que la hostilidad era lo real y la hospitalidad, lo imaginario, sería inexacto. Ya en la hostilidad del muro metálico y sus dispositivos de hipervigilancia había un universo icónico que yo había construido previamente a través del consumo de series y películas norteamericanas. Conocía ese paisaje de antes, mediado por las industrias del entretenimiento, y ahora se actualizaba ante mis ojos de un modo concreto. Lo mismo se puede decir de la cara más amable que imaginaba antes de cruzar, también mediado por los paisajes urbanos impecables de Southern California que había consumido en la TV, en Netflix y en YouTube, y cuando llegaba a ellos –por ejemplo, al caminar por la calle Orange en Coronado– sentía una extraña combinación de familiaridad y extrañeza que solo se explica por el cruce entre el aspecto emocional, la vivencia real y la construcción imaginaria de esos lugares.

Los propios camiones en los que me dirigía a la línea adquirían para mí, también, un carácter hiperreal. Son antiguos autobuses escolares estadounidenses de mediados del siglo XX, los mismos que se pueden apreciar en cualquier película norteamericana, pero sin su pintura amarilla original –ahora estaban pintados de azul y blanco–, desgastados por las décadas de uso y falta de mantenimiento y precariamente adaptados a su nueva función de transporte público de pasajeros en Tijuana. Además, en ellos se funden de un modo bizarro una serie de clisés asociado a lo gringo, como la carrocería del típico autobús escolar, con su estructura simétrica y sólida, así como a lo latino, en relación a las paradas del recorrido pintadas a mano sobre las ventanillas o a las calcomanías religiosas pegadas en sus paredes internas. En cada viaje no podía evitar imaginarlos en su estado original, trasladando a niños estadounidenses a la escuela, y comparar en mi mente esas imágenes con su estado actual.[3]

El camión me dejaba en el paradero de la línea, ubicado sobre la avenida Frontera, cerca de la esquina con la avenida de la Amistad. Desde ahí caminaba 300 metros hacia el nordeste por la propia avenida Frontera, que pasaba por encima de la autopista por donde cruzan los vehículos, hasta llegar a un parquecito triangular ubicado unos metros antes del paradero de los taxis, –un tipo de transporte urbano integrado por camionetas modificadas para hacer entrar en ellas hasta 15 personas, que circulan por un recorrido fijo con paraderos más o menos establecidos como los camiones pero a mayor velocidad y a un precio un poco más alto. Hasta ese punto, distante unos 300 metros de la frontera –y a veces un poco más lejos– solía llegar la fila peatonal.

El cruce a San Diego y el regreso a Tijuana

A los fines de esquematizarlo, podría decirse que el cruce peatonal por este paso fronterizo estaba dividido en dos tramos más o menos delimitados. El primero –y usualmente el más largo– tenía lugar en territorio mexicano y se desarrollaba en el tramo de unos 300 metros de largo y dos metros y medio de ancho que, un poco formal y otro tanto consuetudinariamente, se fue delimitando para ese fin a lo largo del tiempo. Su extensión se despliega aproximadamente entre el paradero de los taxis y la línea divisoria, a un costado de la autopista por donde se realiza el cruce vehicular, aunque la longitud de la fila depende de qué tan congestionado esté en ese momento el paso. Al llegar a la línea –que en ese punto estaba demarcada con pintura sobre la calzada–, un pequeño grupo de oficiales estadounidenses cerraban y abrían intermitentemente el acceso de una pequeña cantidad de peatones hacia el norte En una ocasión, pude ver allí una situación que me pareció insólita aunque intuí que debía ser habitual: ante la presencia de un abogado, un hombre esposado era conducido por policías estadounidenses hasta la línea amarilla, donde le quitaban las esposas y se lo entregaban a oficiales mexicanos que lo hacían pisar territorio tijuanense y volvían a esposarlo, para llevárselo detenido. El segundo tramo del cruce tenía lugar en territorio de Estados Unidos, y ocurría a lo largo de un espacio de aproximadamente 200 metros entre la línea divisoria internacional y el puerto de entrada a Estados Unidos, antes de la cual había que pasar por los puestos de control fronterizo de ese país.[4]

A continuación, en la Figura 3, se pueden apreciar los principales hitos del cruce peatonal de Tijuana a San Diego –desde mi perspectiva subjetiva– y mi recorrido habitual desde que me bajaba del camión en las proximidades de la línea hasta que atravesaba el puerto de entrada a Estados Unidos. En el mapa se observan, también, los hitos del cruce de San Diego a Tijuana y el trayecto que realizaba al regresar, sobre lo cual me extenderé más adelante.

Figura 3. Hitos y recorrido habitual del cruce peatonal por el paso
San Ysidro en ambos sentidos

NAVARRO_Figura3

Fuente: elaboración propia.

En el primer tramo, a diferencia del cruce vehicular que discurría por una anchísima calzada de unos veinte carriles, el espacio para la fila de personas que esperábamos para cruzar a pie era pequeño y no estaba claramente demarcado. En una pasarela de dos metros y medio de anchura, nos agrupábamos en tres filas cuya longitud variaba, de acuerdo con la cantidad de personas y la agilidad o lentitud con que estuvieran avanzando los chequeos en el puesto de control del lado estadounidense. Las filas de la derecha y del centro estaban reservadas, respectivamente, para quienes tenían el visado Secure Electronic Network for Travelers Rapid Inspection (SENTRI) y Ready Lane. Se supone que esos programas de Aduanas y Protección Fronteriza de los Estados Unidos deberían servir a sus beneficiarios –personas que cruzan con frecuencia, usualmente para trabajar del otro lado– para reducir el tiempo de espera y acelerar el control, aunque en realidad no siempre es así. La fila de la izquierda, reservada al público en general, suele ser la más larga y lenta de las tres. Igual que el resto de las personas que no tenían SENTRI o Ready Lane –entre ellos, muchos ciudadanos estadounidenses que volvían a su país desde Tijuana–, yo debía pasar por esta última.

La situación de las personas al hacer la fila peatonal en este primer tramo del cruce era de un gran desamparo. A pesar de que era muy frecuente que la formación no avanzara ni siquiera un metro durante una o dos horas, y la espera podía durar más de seis horas –en mi caso el tiempo más largo que esperé para cruzar fue de cuatro horas–, no había sitios para sentarse ni baños públicos, y los techos para guarecerse del sol o la lluvia eran precarios y escasos. A pesar de ello, no eran pocas las personas ancianas y los niños. El lugar estaba sucio y descuidado. Abriéndose paso entre las tres filas, permanentemente se desplazaban vendedores ambulantes, artistas callejeros y mendigos. Sonaba música norteña y predominaba el olor a fritura proveniente de algunos puestos de venta de comida callejera que saciaban el apetito de los peatones durante la espera.

Al occidente de la fila peatonal, apenas separado de ella, se encontraba la fila de automóviles. Al oriente, también pegado a la fila de peatones, había aproximadamente una veintena de pequeños comercios: varias licorerías, farmacias, despensas, taquerías y casas de cambio, un club de billar, una cafetería y una tienda de suvenires. Entre ellos, apenas disimulado, se encontraba el acceso a la pequeña terminal improvisada desde la cual salía –cada pocos minutos– una suerte de transporte o salvoconducto para quienes deseaban o necesitaban evitar la fila. Su funcionamiento era simple. Por aproximadamente cinco dólares se podía ingresar en unas pequeñas camionetas que llevaban –apiñados como ganado– a sus pasajeros por la calzada destinada al cruce vehicular y los dejaban descender justo al lado de los primeros puestos de la fila peatonal. Allí esperaban hasta que los agentes estadounidenses ubicados en la línea divisoria habilitaban el paso al siguiente grupo de personas, y entonces pasaban junto a las personas que se encontraban en las primeras posiciones de la fila.

Durante la espera no solía tener interacción con otras personas, más allá de alguna pregunta ocasional. Las pocas veces que alguna persona se dirigía a mí a menudo lo hacía en inglés, una conducta que se repetía durante mi estadía en Tijuana, sobre todo en contextos en los que había estadounidenses y mexicanos y mi apariencia me ubicaba más cerca del estereotipo asociado a los primeros que a los segundos. Si me encontraba entre un grupo de mexicanos que iniciaban una charla contingente, raramente me hacían parte. A pesar de estar físicamente en el mismo lugar, las miradas y las palabras me salteaban, como si se sobreentendiera que nada de eso iba dirigido a mí ni me incluía, pero de un modo respetuoso, no desafiante. Estaba habituado a ese tipo de situaciones porque también las veía respecto de los norteamericanos de apariencia caucásica y, en cierta forma, sentía que me ponían en un lugar de tácita superioridad a los ojos de las personas de apariencia no caucásica. La sensación que primaba era de incomodidad –pues no era aquello que se suponía que fuera– pero a la vez me asaltaba la tentación de usufructuar ese privilegio transitorio en mi propio beneficio. Había visto cómo algunos estadounidenses fisonómicamente caucásicos se adelantaban en la fila y ocupaban el lugar de otras personas, sin que nadie se atreviera a decirles nada. Sin embargo, nunca hice algo así.

Una vez que los oficiales ubicados en la línea divisoria habilitaban el acceso a Estados Unidos, los peatones avanzábamos unos 100 metros a lo largo de un pasillo abierto, rodeado por rejas, cámaras de seguridad y custodiado por otros agentes fronterizos. En ese tramo, desde mi primer cruce advertí que muchas personas, especialmente las más jóvenes, corrían o trotaban para adelantarse al resto, pues a lo largo de esos metros las filas que se habían formado del lado mexicano quedaban totalmente desintegradas. Ni los oficiales ni los peatones que quedaban rezagados reprobaban abiertamente esa conducta, de modo que comencé a adoptarla. Luego llegábamos al edificio donde tenía lugar el control fronterizo propiamente dicho. Allí nos agrupábamos nuevamente en una decena de filas. Algunas eran para quienes tenían permisos especiales; el resto, para el público en general. Cada una desembocaba en un puesto de control donde un oficial pedía los documentos, tomaba una fotografía de la persona y hacía las preguntas de rigor. Desde mi primera experiencia comprendí que la fila elegida tenía incidencia en el tiempo de cruce. Muchos cruzadores experimentados sabían a cuál dirigirse desde el momento en que veían qué agente estaba al final de cada una: los conocían, sabían qué tan ágiles o lentos eran, o qué tan amigables o mal predispuestos estaban respecto de los mexicanos. Además, a medida que iba acumulando más cruces, fui comprobando que cuando elegía una en la que hubiera mayoría de personas de apariencia caucásica, esta avanzaba más rápido. En cambio, donde había mayoría de personas cuya fisonomía no era caucásica o incorporaba expresiones identitarias estigmatizadas, como aquellas propias de la cultura chola, a menudo los oficiales se demoraban más en su control o las enviaban a una instancia de revisión secundaria, para lo cual se activaban protocolos adicionales y la fila avanzaba más lentamente.[5]

Mi experiencia en los distintos puestos de control siempre fue rápida. Los agentes me preguntaban en inglés lo usual en estos casos: dónde vivía, a dónde me dirigía, qué pensaba hacer y por cuánto tiempo pensaba quedarme. Les respondía, también en inglés, que vivía en Tijuana, iba a San Diego a hacer compras y volvería más tarde ese mismo día. Es probable que la facilidad con la que superaba los controles tuviera relación con una combinación entre mi apariencia y el carácter inusual –pero europeo, no latino, africano ni asiático– de mi pasaporte, en el contexto de esa frontera. Algunos oficiales, al ver mi documentación, me hacían superficiales alusiones pretendidamente amistosas a Italia, pronunciando palabras sueltas en italiano o despidiéndome con un arrivederci. Sin embargo, a pesar de tener cierta conexión con Italia, que se inicia en mi abuelo materno y perdura en mi apellido, nací en Argentina y aún no he pisado el territorio italiano. Por mi parte, al interactuar con ellos intentaba pronunciar un inglés lo más norteamericano posible, con resultados dudosos, lo cual volvía la situación doblemente ridícula. Podría decirse que la breve interacción que tenía lugar en esos momentos era entre sujetos mediados por estereotipos construidos previamente, y que entonces solo eran actualizados o actuados por las dos partes.

Al pasar el control, el carácter hiperreal del cruce se hacía todavía más patente. La primera vez que atravesé el puerto de entrada a Estados Unidos mis fantasías sobre lo que habría del otro lado parecieron encontrar instantáneamente su correlato en la realidad. O tal vez fuera mi percepción –afectada por el peso de aquellas construcciones previas– la que se ajustó rápidamente para dar prioridad sensorial a todos aquellos fragmentos de lo real que confirmaran esas representaciones preexistentes. De cualquier manera, aquel primer impacto se fue morigerando con los posteriores cruces de la frontera pero nunca desapareció la sensación de estar habitando un mundo que tenía un poco de concreto y otro poco de fantástico.

Analizando a la distancia aquellas experiencias, encuentro dos operaciones esenciales que mediaban en ellas: el contraste y la analogía. El contraste, porque esperaba encontrar diferencias entre ambos lados de la frontera y no solo las hallé sino que eran perceptibles exactamente desde el momento en que atravesaba el puerto de entrada a Estados Unidos. Allí, a tan solo 200 metros de distancia de la precariedad del paso fronterizo del lado tijuanense, se dispone el San Ysidro Transit Center, donde se encuentran las estaciones de trolley y de buses. Desde allí salen, puntualmente a intervalos regulares, modernos tranvías eléctricos y buses híbridos que comunican con el resto de la ciudad. El suelo estaba limpio, las instalaciones bien cuidadas y el tránsito peatonal y vehicular circulaba de manera organizada, de modo que la asimetría con lo que acababa de experimentar del otro lado era evidente. Pero, a su vez, el paisaje natural que subyacía al urbano era evidentemente el mismo –el mismo desierto, la misma escasa vegetación– y, en líneas generales, el estilo arquitectónico al que me había acostumbrado en Tijuana encontraba su versión mejorada apenas cruzar la frontera. Me encontraba rodeado de mexicanos, igual que en Tijuana, y también del otro lado los letreros estaban en inglés y español. Y apenas dando unos pasos hacia el interior del territorio norteamericano, en un terreno apenas más elevado, podía ver el centro de Tijuana, la enorme bandera mexicana y hasta era capaz de adivinar el punto aproximado donde estaba mi casa, de donde había salido apenas unas horas antes. Durante mi experiencia de cruce me encontraba, así, permanentemente influido por las dos márgenes de la frontera y por las configuraciones socioculturales, económicas y políticas que en cada una de ellas se habían generado a lo largo de años de coexistencia y que, mediadas por las tecnologías de la información y la comunicación, se habían internalizado en mi percepción, mi cognición y mis emociones.

Como otros tantos cruzadores de esa frontera, me trasladaba a San Diego por la mañana y volvía a Tijuana por la noche. Con frecuencia pasaba menos cantidad de horas en San Diego que en el cruce fronterizo. A veces, antes de volver, pasaba por Las Americas Premium Outlets, un gigantesco centro de compras situado junto a la barda metálica que separa ambos países, apenas 500 metros al occidente del paso fronterizo. Una de las perfumerías que funcionaban allí tenía una modalidad que sería incomprensible en otro contexto. Se podía comprar perfumes y otros artículos libres de impuestos, pero para ello se debía certificar que se vivía fuera de Estados Unidos. Como la documentación no bastaba, porque muchas personas pueden tener residencia en Tijuana y vivir en San Diego, el local proveía de un vehículo que trasladaba a sus compradores hasta el propio puerto de ingreso al paso fronterizo hacia México, asegurándose de que volvieran al sur.

El cruce fronterizo de San Diego a Tijuana era siempre mucho más simple y rápido que en sentido inverso. Nunca tuve que hacer fila y, al ingresar al control fronterizo, el procedimiento era sencillo, aunque en mi caso estaba facilitado porque contaba con residencia mexicana, de modo que recibía el mismo tratamiento migratorio que las personas de esa nacionalidad. Un pequeño grupo de oficiales de pie frente a las personas que iban ingresando al edificio se encargaban de controlar que estas fueran nativas o residentes, o bien extranjeras sin residencia en el país. Lo hacían, básicamente, mediante la percepción de los rasgos fenotípicos de cada persona. En mi caso, a pesar de que intentaba confundirme entre el gentío, siempre me detenían un momento para que les exhibiera mi tarjeta de residente. Por eso, un momento antes de cruzar, la tenía a mano. Superada esa revisión, solo restaba pasar mis pertenencias por un escáner e inmediatamente podía atravesar el puerto de entrada a México. Todo ocurría usualmente en menos de tres minutos. El ingreso y la salida del paso fronterizo en dirección norte-sur están dispuestos contiguamente al paso fronterizo sur-norte, por lo cual salía prácticamente al mismo punto por donde había entrado varias horas antes. Caminaba unos pocos metros hasta el paradero de taxis y desde allí me trasladaba a mi casa.

Reflexiones finales

En primer lugar, haré una consideración general de carácter metodológico: muy probablemente, la reconstrucción autoetnográfica de una serie de cruces peatonales de la frontera entre Tijuana y San Diego que hace algunos años hiciera un migrante de nacionalidad argentino-italiana no sirva para quienes deseen extraer conclusiones generalizables. Pero pone de relieve que hay aspectos de las experiencias vitales que son esencialmente subjetivos. Y esto vale tanto para la experiencia de cruce fronterizo como para la migratoria, que en este caso están imbricadas. En ese sentido, si bien son innegables los aportes de las mediciones cuantitativas de los flujos fronterizos y migratorios, es claro que si deseamos alcanzar una comprensión profunda de los distintos factores que ponen en juego esos fenómenos debemos incluir en el análisis el componente emocional, sensorial e inclusive político. Y solo una perspectiva metodológica centrada en la experiencia de los sujetos y el compromiso del investigador en la producción de conocimiento nos puede proporcionar ese tipo de acercamiento al objeto de estudio.

Por otra parte, desde el punto de vista teórico-conceptual, tal vez este trabajo sirva para relativizar el alcance de conceptos que se han instalado con fuerza en buena parte de la academia especializada en el estudio de los fenómenos migratorios como el transfronterizo, que suele ser utilizado como sinónimo de transnacional, remitiendo a movimientos de amplio rango espacial donde la frontera cruzada no tiene una importancia decisiva en la vida cotidiana (Navarro-Conticello y Alonso-Meneses, 2020). En casos como el que se aborda en este trabajo, se puede advertir que, en contextos de frontera, esas y otras categorías se superponen por momentos pero no son la misma cosa. En mi experiencia, es evidente que se superponen una previa migración de largo alcance entre Argentina y México, que podría encuadrarse en el transnacionalismo clásico, con formas de lo trasnacional más localizadas o acotadas en su rango espacial, como las que representan mis cruces de la frontera en ambos sentidos, correspondientes a un modo de vida, a una cultura y a una experiencia migratoria que se corresponden con lo que aquí entiendo por transfronterizo.

Por otra parte, si se analiza la narración, parece bastante claro que la experiencia de cruce fronterizo trasciende el momento y el espacio donde este sucede. Su temporalidad se extiende hacia atrás, al menos hasta el momento de la preparación del viaje, y hacia adelante, al menos hasta la llegada al lugar de destino o –en traslados de ida y vuelta durante el mismo día, como los que aquí reseñé– hasta el regreso al hogar. En tanto, su espacialidad discurre en distintos planos que incluyen el espacio virtual. ¿Cómo no tener en cuenta en términos de un espacio más del cruce lo que sucede en las redes sociales que prácticamente todos los cruzadores habituales consultan antes de llegar a la línea e inclusive durante la espera y después de haber pasado al otro lado? En ellas se generan interacciones significativas, colaboraciones, e incluso discusiones, todas las cuales tienen una existencia más allá de lo virtual.

Asimismo, conectadas con lo anterior, están las distintas configuraciones tecnológicas que median en la experiencia de cruce tejiendo imaginarios sobre lo que existe en uno y otro lado de la frontera. Estos se actualizan en el momento de cruzar, dotando a la práctica de un componente hiperreal donde lo que está ante los sentidos y las construcciones previas –mediadas, a su vez, por poderes desiguales entre las potencias que producen esos imaginarios y quienes los consumen, y entre esos imaginarios y otras visiones posibles– se confunden.

Y hablando de desigualdades, en tiempos en que el debate sobre las asimetrías comienza a encenderse cada vez más a nivel mundial, es imposible no reconocer, a partir de esta autoetnografía, que la experiencia de cruce es injusta, pues actualiza y consolida múltiples formas de segregación preexistentes. Estas diferencias, que separan a los ricos de los pobres, a los jóvenes de los viejos, a quienes tienen una fisonomía caucásica de quienes no, a quienes portan un pasaporte europeo de quienes cuentan con uno latinoamericano, aparecen en mi narración.

Por último, sería interesante situar los aportes de este trabajo en el marco de las investigaciones sobre la seguridad y la imagen de los pasos fronterizos desde la perspectiva de sus usuarios o cruzadores, con el objetivo de incidir en políticas que permitan el mejoramiento de las condiciones de cruce entre Tijuana y San Diego (Ríos y López, 2018). Es evidente que hay un distanciamiento entre el funcionamiento del paso fronterizo en tanto dispositivo institucional de control y las experiencias de cruce y los factores emocionales y subjetivos que se ponen en juego allí. No se trata de un entorno pensado para las personas sino para el control. Así, la enorme cantidad de potenciales estresores –largos tiempos de espera, hipervigilancia, posibilidad de inconvenientes legales, entre otros tantos– hacen del cruce una situación difícil de procesar desde el punto de vista de la salud, entendida como una totalidad cuerpo-mente-contexto.

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  1. El autor agradece a CONICYT por financiar sus estudios de doctorado en Chile (CONICYT-PFCHA/Doctorado Nacional/2017-Folio N° 21170178).
  2. Doctorando en Ciencias Humanas (Instituto de Estudios Humanísticos Juan Ignacio Molina y Facultad de Psicología), Universidad de Talca, Campus Talca, Chile.
  3. Von Rittern (2013) ofrece una descripción bastante precisa de estos vehículos desde la mirada de un estadounidense.
  4. Se denomina puerto de entrada, o port of entry en inglés, al edificio y dispositivo institucional a través del cual se realiza el ingreso formal a un país, y donde tienen lugar los controles migratorios correspondientes al proceso de ingreso.
  5. La cultura chola o chicana es una de las expresiones de las culturas juveniles producidas por la diáspora mexicana en Estados Unidos, surgida en el sur de California en la segunda mitad del siglo XX y luego extendida a distintas regiones, tanto dentro de Estados Unidos y México como en lugares tan distantes como Japón. Su estética se caracteriza, entre otros rasgos distintivos, por cabello completamente rasurado, camiseta y pantalones anchos, medias y zapatillas deportivas blancas.


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