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Género y cuidados

Caminos recorridos y desafíos pendientes

Karina Batthyány y Natalia Genta

Introducción

Este capítulo tiene como objetivo plantear un análisis sobre el recorrido conceptual de los cuidados en la región latinoamericana y presentar una clasificación de las investigaciones empíricas desarrolladas en, al menos, cuatro miradas analíticas. En segundo lugar, se propone presentar el caso uruguayo en lo que concierne a las investigaciones empíricas sobre género y cuidados, el que se vuelve central por los avances significativos en términos de políticas públicas de cuidado. Para esto se comenzará caracterizando la trayectoria conceptual de los cuidados en la región para, luego, plantear las cuatro miradas analíticas presentes y finalizar con un recorrido de las diversas investigaciones empíricas sobre cuidados desarrolladas en los últimos 15 años en Uruguay.

La trayectoria transitada por Uruguay ha supuesto una vinculación permanente entre la producción del conocimiento y la generación de políticas públicas, cuestión que es clave para entender el lugar que los cuidados ocupan en la agenda pública en la actualidad. Este capítulo se propone visualizar dicha articulación en los últimos años, momento en que se comienza a implementar el Sistema Nacional Integrado de Cuidados (SNIC)[1].

Recorridos en la conceptualización del cuidado

El del cuidado es un concepto en continuo proceso de construcción teórica y son varios los interrogantes que subsisten en torno a su definición y delimitación. Al mismo tiempo, esto lo vuelve un campo fértil de investigación. De acuerdo con Thomas (2011) y con Carrasco, Borderías y Torns (2011), el cuidado fue incorporado por la academia desde el sentido común, pero no existió una conceptualización teórica inicialmente. Este es, justamente, uno de los problemas que presenta para su definición.

Desde hace cuarenta años, los estudios de género han mostrado cómo las tareas que ocurren en el ámbito doméstico son cruciales e imprescindibles para el funcionamiento del sistema económico y para el bienestar social. Sin embargo, los cuidados han sido objeto de conocimiento específico recién en los últimos veinte años.

Una de las explicaciones para el “descubrimiento” académico de los cuidados es la existencia de tensiones que derivan de los nuevos roles que las mujeres adquieren en el mercado de trabajo desde finales del siglo xx y, como producto, la mayor externalización de los cuidados hacia fuera de las familias (Carrasquer, 2013).

En el ámbito académico, se incrementaron notoriamente en las últimas dos décadas las publicaciones que comienzan a colocar el cuidado como un objetivo de análisis en todos los países de la región. En otros textos (Oficina de Planeamiento y Presupuesto, 2019) se menciona que existe una trayectoria en la conceptualización de los cuidados en la región latinoamericana que proviene sobre todo de los análisis sobre el trabajo, la división sexual del trabajo, el sistema reproductivo y el trabajo doméstico, conceptos que tienen sus primeros planteos en el feminismo marxista y socialista. En esa línea, se coincide en la consideración de que los recorridos en América Latina han hecho un fuerte hincapié en el cuidado como uno de los elementos centrales de una economía alternativa y feminista, pero también como un componente clave del bienestar social.

Durante los años setenta y ochenta, los cuidados estaban integrados a lo que se conocía como “trabajo doméstico”. El énfasis en el estudio del trabajo doméstico estaba puesto en mostrar las similitudes que presentaba con las actividades que ocurrían en el ámbito público. En su vínculo con la división sexual del trabajo, el cuidado era una de las tareas englobadas en el trabajo que hacían las mujeres y que contribuía con el bienestar. En estos primeros trabajos, el cuidado no era lo central, sino que lo era el trabajo no remunerado que realizan las mujeres en los hogares (Recio, 2010). El aspecto clave era la asimilación al trabajo, es decir, el hacer visibles las tareas que se desarrollaban en el hogar a través de su identificación como trabajos.

En esa línea, uno de los conceptos centrales en este recorrido es la división sexual del trabajo. Esto significa que las relaciones de género son el principio organizador del trabajo, lo que genera una distribución desigual de tareas entre varones y mujeres. La división sexual del trabajo se manifiesta en cualidades y habilidades asociadas naturalmente a las mujeres y a los varones, entre las que los cuidados son una de las tareas socialmente asignadas a las mujeres en esa distribución.

El concepto de división sexual del trabajo fue trabajado, aunque de forma más básica, por la literatura feminista marxista y vinculado a la división social del trabajo. A partir de la distribución determinada por la división sexual del trabajo, se les asigna a las mujeres el ámbito doméstico, y, de esa forma, el capital se beneficiaba tanto del trabajo remunerado de los varones en la fábrica como del trabajo no remunerado de las mujeres en los hogares. En estos primeros planteos, el análisis de la posición de la mujer partía de su relación con el sistema económico, pero no con respecto a los varones. Luego, las feministas marxistas cuestionaron que el capital fuera el único beneficiario, incorporaron a los varones proletarios como sujetos que obtienen ganancias del aporte de las mujeres y dieron cuenta de la existencia del “patriarcado” como sistema de opresión de varones sobre mujeres y diferente al capitalismo (Hartmann, 1985; De Miguel, 2005).

Más allá del relato histórico, el concepto de división sexual del trabajo se ha ido complejizando y ha permitido entender en la actualidad la distribución de tareas que ocurre en los procesos de trabajo tanto remunerados como no remunerados. Dentro del hogar también se manifiesta la división sexual del trabajo en tareas asignadas a los varones y a las mujeres, como lo muestran las Encuestas de Uso del Tiempo (EUT) (Batthyány, 2015).

El vínculo entre trabajo remunerado y no remunerado tiene un desarrollo paralelo a la relación entre sistema productivo y reproductivo, cuestión que se encuentra íntimamente ligada a estos primeros planteos feministas marxistas. Por lo tanto, es clave para el sistema capitalista que el nexo entre producción y reproducción se mantenga oculto, de forma de desplazar los costos de la producción capitalista a la esfera doméstica (reproducción de la fuerza de trabajo y mantenimiento de la población) (Rodríguez Enríquez, 2015). Entre estos costos y trabajos reproductivos que ocurren en la esfera doméstica está el cuidado.

Entendido desde una vertiente más emocional (Hochschild, 2003), el cuidado no solo reproduce personas en el sentido biológico, sino que tiene como objetivo la reproducción de personas con características necesarias, sin las cuales no podrían funcionar en la esfera mercantil.

En definitiva, en el recorrido latinoamericano el abordaje de los cuidados comenzó entendiéndose como uno de los distintos tipos de trabajos no remunerados. Inicialmente, las investigaciones sobre la temática tenían como objetivo identificar las distintas actividades no remuneradas como componentes que contribuyen al bienestar social, al igual que lo hace el trabajo remunerado. Sin embargo, en el proceso de reconocimiento y visualización del trabajo no remunerado, los cuidados comenzaron a adquirir protagonismo dentro de los otros tipos de trabajos no remunerados (Aguirre et al., 2014).

Por tanto, este recorrido tiene un momento clave, y es cuando se conceptualiza de manera diferencial el cuidado del trabajo doméstico. Esto ocurre porque se comienzan a investigar con mayor profundidad las actividades que ocurren dentro de los hogares, de forma de describir y comprender sus características. Es decir, se produce un desplazamiento al pasar de investigaciones que hacen énfasis en la comparación del trabajo no remunerado con el remunerado a otras que buscan un mayor entendimiento de las actividades que ocurren en el hogar, entre las cuales el cuidado es una de las principales. El cuidado tiene sus similitudes con el trabajo doméstico porque comparte su invisibilidad y su asociación con habilidades femeninas, pero se distingue por el componente relacional (Carrasco, Borderías y Torns, 2011).

En la región latinoamericana tanto como a nivel internacional, el de los cuidados continúa siendo un concepto que presenta múltiples definiciones y abordajes, aunque estos no son explícitos en la mayoría de las investigaciones empíricas que se presentan en artículos y seminarios regionales e internacionales. A continuación, se pretende presentar algunos abordajes conceptuales o “miradas analíticas” que se visualizan en los distintos países de Latinoamérica con la intención de elaborar una clasificación que sistematice y valorice el avance de los estudios de género y cuidados en la región.

Podemos rastrear al menos cuatro miradas analíticas: una propia de la economía feminista, centrada en la economía del cuidado; una segunda más ligada a la sociología, que coloca el debate en el bienestar social y en el cuidado como un componente de este; una tercera mirada o abordaje cercano al anterior, que coloca el énfasis en la comprensión del cuidado como derecho, y una cuarta que lo hace desde la perspectiva de la ética del cuidado, que se sitúa más cercana a disciplinas como la antropología y la psicología social.

Estas cuatro miradas en torno a los cuidados no pretenden agotar el amplio espectro de la investigación empírica y la reflexión teórica desarrollada en la región, sino que intentan proponer una esquematización general que contribuya a entender la trayectoria de la conceptualización de los cuidados en la región.

Las cuatro miradas analíticas

Una primera mirada analítica presente es la proveniente de la economía feminista y, luego, la economía del cuidado, la que se ha vuelto central en las conceptualizaciones sobre el cuidado en la región y logró situarse en un lugar de importancia en las agendas de gobierno y de los organismos internacionales[2]. Según esta visión, el cuidado es concebido desde un abordaje que busca visibilizar, dar cuenta de la contribución de las mujeres a una economía alternativa que no solo mide el trabajo remunerado, sino también aquel no remunerado. Numerosos trabajos de economistas y sociólogas de la región (Valeria Esquivel, Corina Rodríguez Enríquez, Alison Vásconez, Alma Espino, Rosalba Todaro, Irma Arriagada, entre otras) han hecho énfasis en la importancia del trabajo de cuidados como trabajo subsidiario y necesario de la economía ligada al mercado, a la economía de la generación de riqueza.

La economía feminista se ubica como una de las miradas alternativas a la economía que coloca el foco específicamente en las desigualdades de género. Trabaja sobre los mecanismos desiguales en que se reproduce la vida cotidiana de las personas y el vínculo que se establece con el sistema económico de generación de riqueza o la producción (Rodríguez Enríquez, 2015).

Uno de los conceptos fundamentales de esta economía es la “sostenibilidad de la vida” como ámbito central para entender la provisión y distribución de bienes y servicios económicos. Esto permite retirar el análisis de los mercados como aspecto central de la economía y enfocarse en la reproducción de la vida, y no en la reproducción del capital (Rodríguez Enríquez, 2015).

Uno de los grandes méritos del enfoque de la reproducción, desarrollado más enfáticamente por la economía feminista, es el análisis del vínculo con el ámbito de la producción al mostrar que, a partir de la industrialización, las mujeres “viven una tensión constante al transitar por ambos espacios en un mundo que se mueve por la lógica del capital” (Carrasco, Borderías y Torns, 2011).

Una segunda mirada analítica es aquella que enfatiza el cuidado como componente del bienestar y centra su foco en entender el lugar del cuidado en los regímenes de bienestar. Estos análisis provienen sobre todo de la sociología, aunque pueden rastrearse en los analistas de políticas públicas.

Tienen sus raíces en las críticas feministas a las tipologías sobre regímenes de bienestar originalmente introducidas por Esping-Andersen (1990) y la problematización desde la literatura feminista de dicha clasificación. Las principales críticas consideraban que el análisis realizado no les otorgaba a las familias ni a las mujeres la relevancia que tienen como proveedoras de bienestar. Desde allí surge una extensa literatura que caracteriza el aporte de las familias al bienestar y las desigualdades de género internas a las familias. Mientras que el problema central de Esping-Andersen (1990) era la forma en que los derechos de ciudadanía social eran garantizados con independencia del vínculo del ciudadano con el mercado, el problema central aportado por el feminismo es de qué forma estos derechos pueden ser garantizados sin depender de las familias y, así, garantizar los derechos de las mujeres.

Desde la perspectiva de género, el cuidado es uno de los derechos de la ciudadanía social que provocan más resistencias respecto de su desfamiliarización y, por tanto, desfeminización (Torns, 2015). Este vínculo naturalizado entre familia y cuidados presenta dificultades en su asunción como un derecho para ser garantizado por el Estado.

La tercera línea por destacar y que está relacionada a la presentada anteriormente es el abordaje del derecho al cuidado. Cuando desde la literatura feminista se hace una crítica a la familiarización de los cuidados, en definitiva, se está hablando de que este régimen no asegura el ejercicio del cuidado como derecho de ciudadanía, como derecho universal. En la literatura feminista se hace énfasis en la necesidad de considerar los cuidados como derecho universal, cuestión que implica el derecho a recibir los cuidados necesarios en distintas circunstancias y momentos del ciclo vital y evitar que la satisfacción de esa necesidad se determine por la lógica del mercado, la disponibilidad de ingresos o la presencia de redes vinculares o lazos afectivos. En segundo lugar, implica el derecho de elegir si se desea cuidar o no hacerlo en el marco del cuidado familiar no remunerado; se trata de no tomar este aspecto como una obligación de las mujeres y de las familias sin posibilidad de elección. Finalmente, apunta al derecho a condiciones laborales dignas en el sector de cuidados al valorizar social y económicamente la tarea como un componente necesario del bienestar social (Pautassi, 2010).

Una cuarta línea analítica proviene sobre todo de la perspectiva de la ética del cuidado. En la década de 1980, Carol Gilligan planteó una idea muy influyente y polémica en torno a los cuidados. Su teoría defiende la existencia de una moral particular en las mujeres, que no debe verse solo como el resultado de las desigualdades presentes en la sociedad y la cultura, sino como un modo diferente de razonamiento que es igualmente válido que el desarrollado por los varones.

La ética del cuidado ha sido ampliamente criticada en la literatura feminista. Una de las críticas centrales es que se considera esencialista porque asocia las mujeres a los cuidados y la identidad femenina a un estatus de bondad y de dedicación a los demás. Sin embargo, algunas de sus ideas han sido reelaboradas y analizadas y han permitido construir un conjunto de trabajos de investigación que abordan los aspectos más emocionales, subjetivos, así como morales y éticos del cuidado.

Retomando la idea de la ética del cuidado, Tronto (1993; 2011; 2013) está interesada en preservar esta idea, pero en hacer de ella una ética de alcance universal, y no solo la ética particular de las mujeres. Al proponer adjudicar a la ética del cuidado un alcance universal, dar cuidados y recibirlos serían, a su vez, prescritos como componentes universales de las relaciones humanas y no específicos de las mujeres. Se propone, entonces, quebrar la ecuación feminidad = cuidado, pero defendiendo la construcción de una ética del cuidado.

En el caso de América Latina, autores como Pascale Molinier, Mara Viveros, Luz Gabriela Arango, Angelo Soares y otros han elaborado, problematizado y analizado a partir de esta perspectiva de la ética del cuidado. En todos los casos se plantea la centralidad en torno a los elementos afectivos y vinculares en la definición del cuidado y se enfoca en este aspecto la investigación.

Desde esta perspectiva se problematizan las formas de medir los cuidados a través de las EUT. Estos autores manifiestan que cuantificar el tiempo de cuidados lo descontextualiza y asimila a cualquier otra actividad. Al medirlo, según esta perspectiva, se vacían de contenido los cuidados y no se llegan a percibir todas las implicaciones emotivas, disposiciones personales y actividades que incluye el cuidado.

Algunos de estos autores críticos proponen abordajes alternativos a la medición de los cuidados, como el enfoque del don, que posibilita incorporar la idea del intercambio, de dar y recibir (Legarreta Iza, 2011). En este sentido, los aportes de Natacha Borgeaud-Garciandía son significativos en la línea de introducir con mayor énfasis la dimensión del trabajo emocional y de la propia subjetividad que desarrollan las cuidadoras que brindan cuidado a tiempo completo y a domicilio a personas mayores.

En la próxima sección se analizará el caso uruguayo como uno que presenta ciertas particularidades debido al trabajo de investigación desarrollado ampliamente por la academia en torno al tema de cuidados y, también, por la importancia que ha adquirido en los últimos diez años en la política pública.

El recorrido en Uruguay

El caso uruguayo es pionero en el recorrido latinoamericano que se señaló anteriormente, pero también en lo que a las políticas de cuidado se refiere. Como ya ha sido abordado en otros trabajos (Aguirre et al., 2014), la clave para la introducción del cuidado en la agenda pública, en el caso uruguayo, fue la estrecha relación entre la producción de conocimientos sociológicos y el impulso y la generación de políticas públicas. La búsqueda de este vínculo ha marcado la trayectoria de la producción sociológica de género en el país, la cual parte del enfoque de la teoría crítica, que propone que el fin último de la generación de conocimientos es la transformación social.

El protagonismo que adquieren los cuidados se expresa en que las investigaciones empíricas realizadas comienzan a diversificar las dimensiones del cuidado que abordan y trascienden aquella que refiere a la cuantificación del tiempo del cuidado a través de las EUT.

Una de las líneas innovadoras abordadas refiere al estudio de las representaciones sociales del cuidado, las cuales son entendidas como un conocimiento práctico productor y constructor de una realidad social compartida por un colectivo. La importancia del estudio de las representaciones sociales de género radica en hacer visibles las creencias, los valores, los supuestos ideológicos que construyen, con base en las diferencias biológicas, las desigualdades sociales entre mujeres y varones ligadas a los cuidados.

Las investigaciones realizadas buscaron cuantificar los mandatos de género, así como las situaciones más deseables para el cuidado, pero también comprender los significados atribuidos al cuidado de calidad. Se implementó en 2011 la Encuesta Nacional de Representaciones Sociales de los Cuidados, cuyos resultados mostraron la fuerte presencia del “familismo” en Uruguay (Batthyány, Genta y Perrotta, 2013). Los datos evidenciaron que, para la mayor parte de la población uruguaya, la situación más deseable para los cuidados era la que se brinda en el domicilio y, especialmente, a través de los miembros de las familias. Se constató también una relación directa entre el familismo y el nivel socioeconómico, ya que a menor nivel socioeconómico se observó mayor familismo.

Asimismo, se observó la persistencia de la división sexual del trabajo en relación con el deber ser de los cuidados. Los varones fueron percibidos como los responsables de garantizar los cuidados, así como de los cuidados indirectos, en alusión a su rol de proveedores económicos. Las mujeres fueron asociadas al cuidado directo, lo cual implicaba un vínculo íntimo. También quedó en evidencia la tendencia de las mujeres a flexibilizar su situación en el mercado laboral en función de las necesidades de cuidado de las personas dependientes.

Esta investigación aportó a las políticas públicas porque permitió identificar las barreras culturales para la aceptación de distintos servicios. Los estudios que enfatizan los aspectos culturales de los cuidados son reducidos. Sin embargo, resultan de utilidad para dar cuenta de las resistencias que pueden existir a las políticas de cuidado que pretenden desfamiliarizar el cuidado y transformar la división sexual del trabajo. En el caso de Uruguay, permiten orientar las políticas públicas de cuidado de forma de implementar acciones efectivamente transformadoras.

Junto con las representaciones sociales de la población, otra línea abordada en las investigaciones refiere al saber experto sobre los cuidados (Batthyány, Genta y Perrotta, 2013). Partiendo de la gran influencia que tiene este saber sobre las modalidades de los cuidados (quién debe realizarlo, cómo y dónde), en las representaciones y en las decisiones de los individuos y las familias, así como en las de las políticas públicas, se estudió el discurso experto en cuidado infantil y en personas mayores. La hipótesis central postulaba que el discurso experto no era neutro con respecto a los roles asignados a varones y mujeres, sino que, por el contrario, formaba parte de los mecanismos e instituciones que conformaban el sistema de género, sustento de la división sexual del trabajo. El análisis de los discursos expertos en personas mayores y en niños mostró la importancia otorgada a la promoción de la responsabilidad social en la función de cuidados. Particularmente, el saber experto señaló que era imprescindible la presencia del Estado en el ejercicio de la función de los cuidados desde diversas modalidades y para todos los sectores sociales, así como la responsabilidad estatal en el acompañamiento de las familias para que estas pudiesen desempeñar esta función en mejores condiciones.

Las investigaciones sobre cuidados se enfocaron en dimensiones que habían sido escasamente exploradas con anterioridad. En este sentido, una de las líneas de investigación trabajadas en los últimos años está relacionada al análisis sobre los cambios y permanencias en la división sexual del trabajo y los roles de género de varones y mujeres en el cuidado. Para esto se desarrolló el proyecto Políticas de cuidado en Uruguay, impactos en las relaciones de género (2015-2017), el que indagó en los discursos de tres generaciones de varones y mujeres sobre el cuidado infantil. Esta investigación dio cuenta de la transición de un modelo de mujeres cuidadoras y amas de casa presente en la década de 1950 a un modelo actual de mujeres insertas en el mercado laboral que articulan los cuidados de forma diversa según su nivel socioeconómico. Las mujeres que cuidaron a niños/as pequeños/as en la década de 1950 no formaron parte del mercado laboral, ni se lo han planteado como una posibilidad, y aceptaron como única razón para hacerlo la necesidad económica. La vida familiar era percibida como mutuamente excluyente con la vida laboral y las mujeres asumían un papel de dependencia económica que repercutía en sus proyectos de desarrollo. En la generación de mujeres que cuidaron a sus hijos/as pequeños/as en la década de 1980 aparece el vínculo con el mercado laboral de manera contundente, y, en general, las mujeres se hacen cargo del trabajo remunerado y del cuidado y las tareas domésticas. De esta manera se produce la inserción laboral femenina sin un cambio en la división sexual del trabajo en los hogares. La sobrecarga de trabajo era asumida por ellas, pero esto no se traducía en demandas o conflictos con sus parejas. En dicha generación convivían distintos modelos de trabajo-cuidados, así como diversas representaciones y proyectos que las mujeres podían realizar, lo que la tornó una verdadera generación bisagra entre el modelo tradicional y los diferentes modelos presentes en la generación actual (Batthyány, Perrotta y Scavino, 2017).

En la generación de mujeres que actualmente cuidan de sus hijos/as pequeños/as está instalado su proyecto personal y laboral más allá de la maternidad, aunque se presentan al menos tres escenarios distintos. Un primer grupo es integrado por mujeres pobres con escasas oportunidades de ingreso estable y de calidad en el mercado laboral, que cuidan a sus hijos, pero desearían compartir el cuidado con los padres y con servicios de cuidado. Un segundo grupo es el de mujeres de sectores medios insertas a jornada completa en el mercado laboral, que desearían contar con más servicios de cuidados gratuitos o de menores costos y que comparten el cuidado –en mayor medida que las demás– con los varones. En este sentido, la investigación dio cuenta de que el trabajo remunerado de las mujeres constituye un factor de cambio que favorece una distribución más equitativa del trabajo doméstico y de cuidados en las parejas, pero solamente su existencia no la garantiza. El tipo de inserción, la valoración que hacen ambos miembros de la pareja sobre el empleo femenino y su importancia para el proyecto personal, los ingresos que el empleo femenino genera al hogar y la poca distancia entre los empleos de ambos miembros con respecto a ingresos y jerarquía parecen ser los factores determinantes a la hora de transformar las relaciones de género dentro del hogar (Batthyány, Perrotta y Scavino, 2017).

Esta investigación mostró un tercer grupo de mujeres de sectores altos, que mantienen una inserción parcial en el mercado laboral que no repercute en el ingreso familiar, que eligen cuidar de sus hijos y valoran la presencia materna directa en los cuidados. En este último grupo, sobre todo, se aprecia una tendencia riesgosa para la perspectiva de género y la autonomía de las mujeres. La decisión de estas mujeres –con estudios universitarios y altos ingresos– de retirarse parcialmente del mercado se encuentra fundamentada a nivel discursivo sobre la base de una literatura biologicista que prioriza el cuidado materno y la lactancia extendida y a demanda y que no enfatiza el rol masculino en los cuidados, en los que los varones juegan un rol secundario y, por tanto, refuerza el lugar protagónico e insustituible de las mujeres en el cuidado. Este tipo de maternidades contemporáneas pone en cuestión los logros de las mujeres en el mercado laboral y su capacidad de generar ingresos suficientes para mantener su autonomía económica. Esto se constituye en un elemento novedoso, que se instala en sectores educados que hasta ahora se habían mostrado menos tradicionales en lo que refiere a los roles de género.

Sin embargo, la investigación evidenció, al mismo tiempo, la presencia de un grupo de mujeres de sectores medios que comparten más equitativamente los cuidados con sus parejas y se insertan a jornada completa en el mercado laboral. Este grupo promueve la corresponsabilidad de género en los cuidados y la autonomía económica de las mujeres, lo que va de la mano de múltiples y conflictivas negociaciones al interior del hogar.

En la línea de que las investigaciones realizadas sean insumos para las políticas públicas, se implementó la encuesta “Uso de licencias parentales y roles de género en el cuidado” (2017), la que se propuso conocer los procesos de toma de decisiones para hacer uso de las licencias o no tomarlas y de la reducción horaria para cuidados regulados por la Ley n.º 19.161 y los factores que impactan en este uso. La nueva legislación permite, por primera vez en el país, una reducción horaria para cuidado, para varones y mujeres, en forma alternada y transferible, durante el período entre los tres y los seis meses de los bebés. Esta encuesta indagó en los factores que favorecen u obstaculizan el uso de la reducción horaria por parte de las madres y los padres y en las razones por las que las mujeres son, en su gran mayoría, quienes hacen uso de dicha reducción a media jornada.

Los resultados aportaron evidencia para orientar el diseño de políticas públicas y favorecer una mayor corresponsabilidad de género en los cuidados. Dieron cuenta de una demanda insatisfecha en relación con la duración de las licencias, ya que la gran mayoría considera que deberían durar más tiempo, y una proporción no despreciable de trabajadores/as implementa como estrategia compensatoria el uso de su licencia de descanso anual para extender su permanencia en el hogar al cuidado de los bebés. Por otra parte, el estudio evidenció desigualdades en el acceso a estas licencias según nivel socioeconómico y calidad del empleo, con lo cual el avance formal en derechos no necesariamente se traduce en un ejercicio real de estos. Son las mujeres las que usan fundamentalmente la reducción horaria para cuidados, pero aquellas con mejores posiciones sociales. Quienes tienen niveles educativos y socioeconómicos más bajos están empleadas en ocupaciones elementales, trabajan en microempresas o en empresas masculinizadas y tienden a no utilizarla. Por su parte, si bien solo el 4,5 % de los varones hacen uso de la reducción horaria, y esto sucede con el 30 % de las mujeres, presentan motivos distintos para no hacerlo. Las mujeres mencionan la pérdida de ingresos –como principal motivo– y dificultades vinculadas al perjuicio que conlleva su ausencia en su lugar de trabajo. Por su parte, los varones mencionan la lactancia y la preferencia por el cuidado materno en edades tempranas, lo cual es esperable dada la coincidencia de esta prestación con el período de lactancia exclusiva, así como la presencia de un contexto familista y maternalista en el cuidado infantil (Batthyány, Genta y Perrotta, 2018).

El estudio muestra que las mujeres de menores niveles socioeconómico y educativo presentan mayores niveles de abandono del empleo luego de culminada la licencia maternal, lo cual debe analizarse a la luz del escaso acceso a servicios de cuidados de jornada completa para bebés. Por otra parte, la investigación da cuenta del escaso uso que hacen los varones del medio horario y muestra que las características actuales de este (que coincide con los seis meses de lactancia exclusiva y que es transferible entre padres) hacen que sea muy difícil un aumento del uso masculino. Al mismo tiempo, informa de un contexto favorable a la extensión de medidas de cuidado para los varones, ya que la población entiende que son útiles para el involucramiento masculino en los cuidados (Batthyány, Genta y Perrotta, 2018). La información generada da cuenta de la necesidad de articulación de las políticas de tiempo (como las licencias) con las de servicios, dado que no necesariamente el aumento de unas compensa la inexistencia o escasez de las otras. De esta manera, el conocimiento generado orienta a modificaciones en las políticas de tiempo que impacten de mejor manera en la corresponsabilidad de género en los cuidados.

En la actualidad, el grupo asume un nuevo desafío que surge como necesidad de información de las investigaciones antecedentes, pero que también puede convertirse en un insumo fundamental para las políticas de cuidados. El proyecto Necesidades y estrategias de cuidado en Uruguay se propone generar información primaria y útil sobre las necesidades de cuidados y las estrategias que los hogares desarrollan para afrontarlos, con las cargas y costos que conllevan. A partir de una encuesta se construirá una tipología de estrategias de cuidados, así como medidas sintéticas que permitan orientar la toma de decisiones de la política pública de cuidados a partir de una adecuada valoración que considere y pondere los costos de las estrategias implementadas por los hogares. Se pretende que los resultados sean insumos que posibiliten adecuar las políticas a la población demandante de cuidados.

El punto más desafiante del proyecto es la construcción de una herramienta específica que permita medir los cuidados a través del tiempo y de los costos económicos, pero distinta a las EUT. También, que permita medir las estrategias que los hogares desarrollan para afrontar las necesidades del cuidado y los factores de índole institucional, cultural, de género o económicos que inciden en la adopción de dichas estrategias. Al tiempo que producirá conocimiento sobre la temática, permitirá al SNIC contar con información sobre los costos que los hogares y las mujeres asumen para cuidar, de forma de mejorar sus herramientas de captación de la población beneficiaria de la política a la vez que ofrecer servicios o prestaciones transformadores y más adaptados a sus necesidades.

Es importante señalar que el cambio de gobierno en 2019 supone cierta incertidumbre sobre el futuro en la implementación y el fortalecimiento del SNIC. El SNIC nació y se desarrolló en el marco de las propuestas programáticas y de gobierno del Frente Amplio. En el año 2019, las elecciones nacionales resultaron en un cambio del partido de gobierno. Durante la campaña política, la temática de los cuidados estuvo prácticamente ausente y no queda claro cuál es la voluntad política de las nuevas autoridades con respecto al tema. En marzo de 2020 asumirán las nuevas autoridades políticas, con lo cual surge el interrogante del fortalecimiento del SNIC y del marco de oportunidad para que la generación de conocimiento de la academia sea un insumo para la política pública.

Conclusiones

Este capítulo mostró el recorrido latinoamericano en materia de cuidados desde la perspectiva de género, analizó las investigaciones en la región a partir de la identificación de cuatro miradas analíticas y, finalmente, describió el caso uruguayo en materia de generación de conocimiento y utilidad para la política pública.

En el recorrido de la conceptualización específica de los cuidados en la región se comienza a distinguir el cuidado del trabajo doméstico, lo que trajo aparejado el desarrollo de diversas investigaciones que dan cuenta de diferentes aspectos o dimensiones de los cuidados.

En el caso uruguayo, cada una de estas investigaciones produjo conocimiento que fue insumo para las políticas públicas de cuidado, en un vínculo que, si bien no está exento de tensiones, tiene potencial para ser utilizado en el SNIC, particularmente en el objetivo de generar cambios en la división sexual del trabajo. Los datos aportaron evidencia sobre el familismo y las desigualdades de género presentes en las prácticas y en las representaciones del cuidado, las que se manifiestan en el uso y las valoraciones sobre distintos servicios o prestaciones de cuidado que tiene la población usuaria de la política. Esta información, si media voluntad política, puede convertirse en un insumo que permita al SNIC implementar nuevas acciones, así como modificar las presentes.

Finalmente, consideramos que uno de los grandes desafíos de la producción de conocimientos en género y cuidados es generar acumulación científica en el área de investigación, y, al mismo tiempo, que dicha información sea un insumo relevante para las políticas públicas, desde la convicción de que el conocimiento debe ponerse a disposición para generar transformaciones hacia la búsqueda de la equidad de género.

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  1. El SNIC de Uruguay se creó por ley en 2015. Se propone modificar la matriz familista de los cuidados a través de la incorporación de nuevos servicios y prestaciones y la regulación de los ya existentes, así como promover cambios en las relaciones de género a partir de romper con la división sexual del trabajo en los cuidados.
  2. Muestra de esto es que la División de Asuntos de Género de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) denomina una de sus áreas de trabajo “economía del cuidado”, que se suma a salud sexual y reproductiva y autonomía económica o violencia para referirse a los temas vinculados a los cuidados. Por su parte, la International Association for Feminist Economics (Iaffe), que nuclea a economistas de la región e internacionales y se ha convertido en los últimos años en un espacio de intercambio para quienes trabajan sobre temas de economía feminista y de cuidado, tuvo a América Latina como sede en los últimos diez años (Buenos Aires en 2011 y Quito en 2019).


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