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Sin permisos y buscando voces propias

Graciela Castro

Introducción

Si durante la década de 1990 se tornó habitual cierta tendencia a vincular las juventudes con la apatía y el desencanto hacia la vida política, al finalizar la primera década del siglo xxi la presencia juvenil se fue tornando habitual en las calles citadinas convocada por temas sociales y políticos. De igual modo, rostros y voces de aquel colectivo sociogeneracional comenzaron a ser identificados en los medios y las redes sociales. Para muchos de ellos, la inserción en partidos políticos tradicionales era el camino apropiado, mientras que otros emprendían búsquedas por otras alternativas políticas. Más allá de la inserción en espacios determinados, emergían problemas que los convocaban. Al mismo tiempo, y más allá de la inserción que tuvieran, los caracterizaba la necesidad de mostrar voces autónomas –aun hacia el interior de los partidos tradicionales– y despojadas de actitudes conservadoras, para algunos, y, para otros, apelar a nuevos lenguajes y estrategias para su praxis política.

Las narrativas que nos conducen en este texto tienen coincidencias, aunque también las diferencias esperables en recorridos vitales que colocan improntas personales en el devenir. Es posible que –en algunos momentos– los pasos de ambas se cruzaran en los pasillos del edificio en el campus. La mirada rápida de cualquier observador hallaría similitudes físicas entre ambas, de contextura delgada y estatura baja y con una sonrisa casi permanente en sus rostros. Tampoco hallaría diferencias sustanciales en la vestimenta: jeans, buzo, zapatillas y la infaltable mochila. Como a tantos otros jóvenes, les interesaba la cuestión social y, junto con ella, la crítica situación que atravesaban las universidades públicas. Por la primera se habían sentido motivadas en la elección de la carrera, y en cuanto a la segunda, las búsquedas personales las conducirían hacia elecciones diferentes. Sin embargo, las acciones planteadas por sectores estudiantiles frente a la crisis en el funcionamiento de las universidades públicas las llevarían a coincidir en espacios y alguna que otra actividad del conjunto. Para una de ellas, aquellos días de la toma del edificio del decanato serían un clivaje en su devenir en la agrupación, mientras que, para la otra, la movilización de esos días dejaría una huella en su historia personal, aunque sin raigambre en identidades de participación estudiantil. ¿Coincidían en los modos de significar las prácticas de aquellos días? Si diferían, ¿había influido algún aspecto del contexto o la presencia de alguna persona? Para acercarnos a conocer esas búsquedas, expectativas y decisiones realizamos observaciones y tiempos de escuchas de historias juveniles parecidas, pero diferentes.

Los entornos familiares

En los recorridos por historias de jóvenes que venimos realizando desde el proyecto de investigación[1] hemos comprobado que –en particular en partidos tradicionales argentinos tales como el justicialismo y el radicalismo– el papel de la familia en el acercamiento al involucramiento político ha sido muy importante (Castro, 2018). Si bien los jóvenes en sus involucramientos les otorgan su impronta personal a sus prácticas, siempre se asoman en sus relatos recuerdos de infancias compartidas con sus padres o madres en actividades partidarias y las acciones de solidaridad desempeñadas en ellas. En los testimonios de las dos jóvenes en cuyas historias centralizamos este avance de la investigación advertimos actitudes diferentes: sus respectivas familias no mostraban cercanía con intereses participativos ni tampoco preocupaciones sociales.

“Mi familia dice que los políticos son corruptos”, expresa Marianela, integrante de la Juventud Universitaria Peronista (JUP), mientras pone azúcar al café.

Ahora que estoy en la agrupación ven que estoy más activa y mi abuelo sigue diciendo: “Lo peor que podés hacer es meterte en la política”…, pero vivo sola y mi mamá, aunque tal vez lo entiende, insiste en que me reciba.

En su relato, Lola (de autoconvocados) –también con padres separados– recuerda que hace poco tiempo se enteró de que su padre –en su juventud– había militado en el peronismo; sin embargo, eso no constituyó una motivación para sus búsquedas por hallar espacios de involucramiento social.

En la dictadura lo buscaron los militares y creo que eso lo asustó e influyó mucho para su alejamiento de la política. Mi mamá era empleada de maestranza en una escuela y pidió retiro voluntario, por eso estaba como involucrada en la educación y participó en 2004 en el Puntanazo[2]…, pero charlas de política en mi casa nunca se dieron, más que, por ahí, ver alguna noticia y charlar sobre eso, pero nada más,

va contando mientras acomoda las piernas en la silla bajo su cuerpo, flexible, por otras actividades que realiza y luego irá comentando.

En los acercamientos al análisis de las culturas juveniles, de modo recurrente hemos propuesto la necesidad de incluir en él la vida cotidiana de los actores (Castro, 1997; 1999; 2005; 2018). Esta apelación no deviene de modo azaroso ni por un mero capricho intelectual. Por el contrario, cuando las lecturas de Heller –tras la renacida democracia en Argentina– implicaron un estímulo para el estudio de la vida cotidiana, advertimos que el sentido de ella se fundaba en que dicha categoría se hallaba en el centro de la historia; en este sentido, la emergencia de crisis producidas por alteraciones políticas y económicas ha dejado su impronta en la construcción de la cotidianidad. En los fragmentos de las narraciones precedentes de las protagonistas es posible inferir que las representaciones familiares están atravesadas por situaciones ocurridas en el país en años anteriores: la dictadura cívico-militar dejó secuelas de miedos en jóvenes y sus familiares que promovieron actitudes “desparticipativas” y concentración en la vida privada como ámbito de protección, mientras que las políticas socioeconómicas de la década de 1990 pusieron de manifiesto –a la par de crisis sociales– maneras negativas de comportamientos políticos e instalaron en el imaginario la corrupción como una característica central en las prácticas políticas. Otra perspectiva sobre el tema nos ubica en las crisis ocurridas en el país durante los primeros años del siglo xxi: crecimiento de la desocupación, precarización laboral y crisis sociales. También en las provincias argentinas se vivieron tales situaciones y llevaron a la ocupación de calles citadinas por parte de la ciudadanía reclamando por sus derechos. Observamos que, en los relatos de las jóvenes, tales circunstancias sobrevuelan como condicionantes en las actitudes familiares.

Espacios de participación: motivaciones y prácticas

Aunque no contaron con el estímulo familiar, tanto Marianela como Lola fueron buscando en otros ámbitos espacios donde involucrarse. El ingreso a la universidad las fue acercando a agrupaciones que –en particular, en tiempos electorales– buscaban persuadir a los estudiantes.

La universidad –como espacio de participación social y política– se fue construyendo a comienzos del siglo xx como apropiada para desarrollar el vínculo entre las juventudes y los movimientos sociales. Desde la histórica reforma de 1918 en Córdoba, el Mayo francés y la tragedia de Tlatelolco transcurrieron muchas décadas que, con sus improntas y sus huellas, tuvieron a los jóvenes como protagonistas. La década de 1970 dejó marcas lacerantes que demandaron transitar muchos años para estimular un nuevo acercamiento del colectivo sociogeneracional hacia la participación social. Sin duda, el encantamiento con la vida en democracia –que trajo consigo la presidencia de Alfonsín– marcó el inicio de una nueva relación entre las juventudes y la política, en especial en los ámbitos universitarios. Un segundo momento –tal como lo describen Bonvillani et al. (2010)– concierne a la década neoliberal, cuya impronta acerca de la corrupción como característica central de la práctica política dejaría su marca acrecentada en años posteriores. A todo ello se sumó, como corolario, la desarticulación institucional de 2001. Como lo afirman los investigadores citados precedentemente, tras la crisis sobrevino una primera etapa que culminó en 2002 con la muerte de dos jóvenes en el puente Pueyrredón, en Buenos Aires. Luego, las gestiones de Néstor Kirchner, primero, y Cristina Fernández después estimularon nuevos espacios participativos de los cuales las juventudes se constituyeron en protagonistas.

Tanto Marianela como Lola reconocen que su primer acercamiento con una agrupación en el ámbito universitario fue, coincidentemente, en la misma. En el caso de Lola, no implicó una militancia, sino cierta colaboración en las listas para los consejos de departamento, pero, a poco de andar, se alejó. Para Marianela, por su parte, la vinculación con esa primera agrupación fue consecuencia de una invitación de sus integrantes, quienes se acercaron los primeros días del ingreso y le brindaron información que le permitió orientarse en cuestiones básicas de la vida universitaria, aunque también el desencanto sucedió pronto, pues quien lideraba el grupo no vivía en la ciudad y las actividades se centralizaban en su figura.

“Yo conocía a algunos chicos de la JUP y veía que en las otras agrupaciones no existían esa pasión, ese compromiso, esa militancia, y yo creo que desde ahí me hizo un clic”, relata Marianela recordando aquel momento ocurrido en meses anteriores.

Lola, por su parte, se referencia en un grupo de autoconvocados:

En algunas agrupaciones, ciertas personas manejan toda la información, y yo creo que la información tiene que ser para todos los estudiantes, no que se la guarden para unos pocos… Tampoco [me parece bien] que por intereses ideológicos y sus líneas partidaria y política vayamos a defender a algunos sí y a otros no, ni salir a reclamar cuando el viento está a mi favor, sino siempre: creo que esa es la coherencia que yo buscaba y que no encontré en esas agrupaciones.

A través de los relatos vamos advirtiendo la influencia que pueden adquirir los modos de comportamiento de los líderes de agrupaciones en la persuasión y el acercamiento de nuevos integrantes. Ello coloca en el análisis un aspecto que, creemos, aún no ha sido suficientemente considerado, como lo es el tema de los afectos. Al respecto, Ana Abramowski y Santiago Canevaro (2012, p. 15), en la introducción del libro Pensar los afectos, afirman: “Pensar los afectos conduce a zonas desprolijas y contradictorias en las que se gestan lazos e identidades, se construyen sensibilidades y se generan sociabilidades”.

Entre las marchas y asambleas

En los testimonios de ambas jóvenes hallamos una situación que ellas protagonizaron –cada una desde su agrupamiento específico– vinculada con acciones realizas en el ámbito universitario durante 2018. Ellas estuvieron enmarcadas en situaciones de crisis universitarias por la falta de presupuesto –cuya responsabilidad corresponde al Gobierno nacional– que se expresaron en las universidades públicas de todo el país a través de marchas, tomas de edificios y asambleas, entre otras manifestaciones.

Era una preocupación constante, lo del ajuste y el presupuesto; lo veníamos viendo a través de las marchas y me acuerdo de que nosotros largamos la primera asamblea interclaustro. Otras universidades nos habían pedido apoyo y solidaridad mediante un videíto para que se visibilizase; las universidades iban a tener que cerrar porque no se enviaban las partidas de presupuesto y no les podían pagar a los profesores, entonces les dije: “Chicos, ¿qué vamos a hacer?”,

relata Marianela, identificada ya con la JUP.

Lola cuenta las razones por las cuales se sintió interpelada por aquella crisis:

Hacía varios años que yo venía participando de las interclaustros, y me sorprendía y me angustiaba la poca participación estudiantil; solamente quizá algunas agrupaciones, pero estudiantes autoconvocados no había. Yo, el año pasado, me presenté tanto a las asambleas como a la toma de la universidad como una estudiante autoconvocada y, para mí, se sintió. Lo que se vivió el año pasado fue como una mezcla de angustia por la crisis que estaba pasando y angustia por la crisis en la que estaba la educación pública, algo que, para mí, era muy valioso y que quizá no lo reconocíamos todos los días, ¿verdad?

En las narraciones de las jóvenes sobrevuelan algunos elementos propuestos por los investigadores que colocan en los análisis psicosociales el papel de los afectos, entre ellos, la sensibilidad y las sociabilidades. Marianela menciona la influencia del compromiso como un aspecto que la acercó a la JUP y lo pone como condicionante para construir el imaginario de esa agrupación, en tanto Lola refiere que la crisis universitaria le producía angustia y que este fue el motor movilizador para su acercamiento a las medidas de lucha. En su caso tenía gran relevancia la importancia que su familia otorgaba a la posibilidad de que ella estudiara en la universidad por tratarse de un grupo familiar sin esos antecedentes educativos.

Es posible observar en esas historias que las situaciones vividas en las universidades acercaron a las jóvenes para involucrarse en las acciones y crear modos de sociabilidad que, luego, irían adquiriendo perfiles propios a partir de los grupos con los que cada una de ellas se vinculase. El otro elemento que mencionan los investigadores Abramowski y Canevaro (2012) en la incidencia de los afectos en la construcción de los movimientos sociales es la identidad. Al respecto, Hall (2003) detalla que “el enfoque discursivo ve la identificación como una construcción, un proceso nunca terminado: siempre ‘en proceso’”, y más adelante afirma que las identidades “son construidas de múltiples maneras a través de discursos, prácticas y posiciones diferentes, a menudo cruzados y antagónicos”. Sin dudas, es la agrupación donde se halla Marianela, la JUP, aquella con mayores elementos que intervienen en la construcción de su identidad. Esta agrupación y Franja Morada cuentan con trayectorias históricas de larga data en el movimiento universitario que les permiten apelar en sus prácticas y discursos a imágenes icónicas de su partido político, en particular la JUP, por cuanto –al menos en el ámbito de la Universidad Nacional de San Luis (UNSL)– la recurrencia a figuras partidarias relevantes no es habitual en volantes y folletos que provienen de Franja Morada. No es posible observar elementos identitarios –con las características que venimos mencionando en cuanto a su iconografía– en los grupos que se denominan autoconvocados. La hipótesis de trabajo que proponemos desde acá sería considerar que la construcción identitaria –en tales grupos– tiene que elaborarse a partir de una fuerte impronta ideológica, pero no partidaria. Esta alternativa favorecería el camino para instituir lazos entre aquellos congéneres que no ven reflejadas sus prácticas en personas o iconografías partidarias y, de tal manera, procurar acciones que favorezcan las solidaridades de grupo.

Contame qué hiciste en esos días…

En este texto nos interesa poner de relieve los sentimientos de ambas jóvenes en los relatos concernientes a los modos de comportarse en los días de la toma del decanato.

Marianela cuenta que se sumó a la toma desde el inicio:

Nos quedamos en la Universidad Nacional de Villa Mercedes (UNVIME) hasta la madrugada a bancar a los chicos que no tenían idea. Yo notaba que nosotros, desde la UNSL, teníamos, quizá por la historia de la universidad, muchísima más organización que ellos y les teníamos que organizar las reuniones, las asambleas; los dejábamos solos, por ejemplo, y pasaba algo. No tenían capacidad ellos para organizar una actividad y bancarla solos, teníamos que organizársela nosotros e ir […]. La JUP era como que lideraba ahí; los verdes[3] parecía que no tenían la iniciativa, sino que apoyaban y acompañaban. Era como que las ideas salían de nosotros,

y agrega: “Rodo era el que coordinaba, y yo sistematizaba, por ejemplo, o anotaba las mociones, lo que iba pasando lo anotaba en el pizarrón”.

Recordando los hechos del año anterior, cuando se sumó como autoconvocada, nos cuenta Lola:

Era un sentimiento de felicidad por lo que estábamos haciendo, una emoción por que estuvieran allí un montón de estudiantes autoconvocados y también algunas agrupaciones políticas partidarias de acá, de la facu, y, además, ver que se replicó en todo el país. “Estamos todos en esta”, y era una mezcla de orgullo y de lucha, creo que, para mí, fue una de las instancias supercruciales o importantes en mi trayectoria como estudiante, un momento muy significativo, al menos para mí.

En el último relato prevalece la emoción. Con las diferencias esperables de acuerdo con la personalidad y sus historias de vida, en el testimonio de Marianela como en el de Lola se advierte la presencia de emociones en los involucramientos relativos a las medidas de protesta por crisis universitarias. Al respecto, Eva Illouz (2007, p. 15) afirma que “las emociones son significados culturales y relaciones sociales fusionados de manera inseparable, y es esa fusión lo que les confiere la capacidad de impartir energía a la acción”.

En una de estas jóvenes, el compromiso y la militancia movilizaron el acercamiento a la agrupación, mientras que, en la otra, la angustia frente a las consecuencias de la crisis pasó a constituir la energía necesaria para sumarse a actividades colectivas.

El filósofo Byung-Chul Han (2015, p. 74), en el mismo sentido que Illouz, señala: “La motivación está ligada a la emoción. El movimiento las une. Las emociones positivas son el fermento para el incremento de la motivación”.

En el testimonio de Lola cobran centralidad palabras como “orgullo, lucha, momento muy significativo”, mientras que en el de Marianela hay referencia a su agrupación y la autopercepción de esta como central en las actividades. Lola recuerda con orgullo lo que posteó en su muro de Facebook en el tiempo de la toma del decanato, cuando –junto a una foto suya– contó: “Mamá, hoy no duermo en casa”, y agrega: “Yo me quedé a dormir muchas noches y mi mamá me mandaba mercadería para llevar, fue un involucramiento de toda mi familia también… En mi familia somos como 60, y solo tres estudiábamos en la universidad…”.

En el testimonio anterior advertimos un hecho que –en particular durante las dos últimas décadas– acrecentó su visibilización en muchas universidades públicas: el de ser primera generación de estudiantes universitarios, con la importancia que en los ámbitos personal y familiar reviste tal circunstancia.

El sistema universitario se expandió especialmente a partir de 2007, durante las dos presidencias de Cristina Fernández de Kirchner, cuando se crearon 18 universidades nacionales, ocho de las cuales se asientan en el conurbano de Buenos Aires, un instituto universitario y cinco universidades provinciales. Se autorizaron también siete universidades y dos institutos universitarios privados (Chiroleu, 2017).

En las narraciones de las jóvenes cuyas historias nos permiten intentar un análisis acerca de los modos que las juventudes pueden mostrar en sus involucramientos sociales podemos advertir diferencias en las maneras de comportarse en los días de protesta por la crisis universitaria durante los meses de 2018.

Nosotras entendíamos que las peronistas tenían que conducir los procesos y ellas, troskas, eran dos o tres y ni siquiera se ponían de acuerdo entre ellas, y a romper. Yo estaba en la Comisión de Coordinación General, que se ocupaba de las cuestiones políticas y de actividades, y otros chicos estaban ocupados de la logística. Tratábamos de no dejar ninguna comisión vacía y de que hubiera uno de nosotros, de la JUP, en todas las comisiones, de organizarnos para no solo dirigir la asamblea, como lo hacía Rodo, sino también sistematizar, anotar las mociones,

refiere Marianela y reafirma la centralidad de la agrupación, aunque coloca en un lugar de importancia al líder de esta.

Estaban las chicas encargadas de las comisiones que se armaron para sostener la toma. Se encargaban de hacer la comida, todas estudiantes autoconvocadas, y era un laburazo de ellas. Yo estaba en otro grupo, creo que de articulación en otra comisión. Las chicas se cansaron después porque hacían un laburazo para un montón de gente y sentían como “estamos bancando los trapos”, pero en las decisiones estaba todo muy monopolizado por algunas personas o agrupaciones. Por eso, una de las estrategias que hicimos fue salir a recorrer los colegios secundarios; también fui yo porque estaba en esa comisión, y fuimos a repartir a los colegios secundarios panfletos y a avisar e invitar a la marcha y las asambleas, organizar actividades juntos. Eso se repudo lograr, por suerte, y hubo escuelas secundarias que participaron,

cuenta Lola al recordar los días de toma de edificios.

De cada relato se desprenden aspectos que predominan en cada agrupación que –junto con el otorgarle centralidad en la identidad– favorecen la conformación de relaciones verticales en las agrupaciones tradicionales, en las cuales prevalece el papel del líder, por un lado, y mostrar discursos unificados, al tiempo que su representación los lleva a ubicarse en la conducción de las actividades. Mientras tanto, en el caso de los estudiantes autoconvocados, se autoperciben no reconocidos por sus tareas, lo que influye quizá en su alejamiento de la movilización estudiantil. Ambas actitudes conducen a tratar de comprender los modos de politicidad que se manifiestan en las actividades de los jóvenes. Al respecto, apelamos a la definición que propone Dolores Nair Calvo (2004, p. 2), quien afirma: “Definimos este concepto como las dimensiones referidas a las sensibilidades políticas de los actores, a sus creencias, a sus actitudes y a sus formas de relacionarse con los debates y las decisiones de la esfera pública”.

Por consiguiente, en los relatos queda en evidencia el papel que desempeña sentirse parte de una agrupación, con su reconocimiento político y su iconografía, mientras que el otro grupo podría vivenciar su no reconocimiento grupal por carecer de aquella identidad y proponer otras prácticas a partir de sus creencias, lo que muestra un modo diferente de construir la cultura política estudiantil.

Del protagonismo al desencanto

Entre las actividades que se realizaron durante las semanas de la crisis universitaria se llevó a cabo –de modo coincidente con las de otras provincias– una multitudinaria marcha que recorrió las calles de la ciudad de Villa Mercedes hasta concluir en la plaza central. Entre las agrupaciones estudiantiles que participaban en las tomas de los edificios de la UNVIME y la UNSL (ambas en la ciudad citada) acordaron quiénes darían los discursos finales del acto. Marianela comenta cómo fue que ella resultó elegida:

Nunca había agarrado un micrófono delante de tanta gente […]. Estábamos muy acostumbrados a la figura de Rodo y a que él fuese protagonista, no porque él lo quisiera, sino porque se dan las cosas así o porque nosotros le asignamos ese rol, y ese día se había ido a Buenos Aires, a la marcha… Era como que todo quedaba en mis manos. Rodo me decía: “Te tenés que encargar de esto. El resto de los chicos de la agrupación no tienen capacidad de conducción, así que confío en vos para que conduzcas esto y que salga todo bien”, porque no era fácil.

En el caso de Lola, tras la finalización de la toma del edificio de los decanatos se fue alejando de las agrupaciones, y así lo relata: “Ideológicamente, con algunas de estas agrupaciones no me sentí identificada. Me cuesta compartir algunas cosas con ciertas personas, cómo se manejan, y no son tan transparentes”.

Es importante señalar que durante los primeros meses de 2019 ocurrieron otras situaciones en la vida universitaria de la UNSL y el devenir de las protagonistas de nuestra historia las encontró en actividades similares, pero en agrupaciones diferentes.

Marianela pasó a ocupar el liderazgo de su agrupación por cuanto quien hasta 2018 se identificó como líder, por cuestiones personales, abandonó los estudios, y nunca más se lo volvió a ver recorriendo los pasillos de la universidad. Tal situación también permitió que Marianela mostrara una importante presencia en actos del Partido Justicialista provincial.

Lola continuó abocada a lo que –según sus propias palabras– dedica mayor tiempo y que la une mayor interés: ser una integrante del circo social. “Nosotros éramos un circo itinerante que iba todos los fines de semana a diferentes barrios, comedores, merenderos de la ciudad; eso también influyó para que me cambiara de carrera porque me sentía supercómoda en ese rol”.

En los primeros meses del año 2019 comenzaron las actividades correspondientes al proceso electoral que concluyó con la elección de nuevas autoridades en la universidad, en las facultades y los departamentos que conforman la institución.

La JUP, con Marianela como una de sus líderes, se sumó al oficialismo, adquirió, por consiguiente, amplia visibilidad y reconocimiento entre los estudiantes y se transformó en una presencia habitual en las fotos con los candidatos para los cargos de conducción de la universidad.

La vida de Lola, por su lado, volvió a estar atravesada nuevamente por actividades vinculadas a la vida institucional universitaria, y así relata su acercamiento a otra agrupación:

Como conocía a quien era candidato al decanato por la oposición, le dije: “Bueno, sí, te rebanco, te reacompaño, contá conmigo. Yo no estoy participando en las otras agrupaciones, así que me comprometo a pensar algo, otra alternativa, algo diferente”, pero, bueno…, no me siento acompañada por mis compañeros… Después de las elecciones no volvimos a reunirnos. Necesitamos juntarnos, necesitamos pensar, no sé si ideales ya, pero, al menos, algunos lineamientos, cómo nos vamos a posicionar ante tales situaciones.

Si bien para las autoridades universitarias obtuvo el triunfo quien era considerado “oficialismo”, en el claustro estudiantil la JUP –agrupación que lideraba Marianela– obtuvo el último lugar en las listas. En el caso de Lola, aunque los candidatos del claustro docente que su agrupación apoyaba no lograron el triunfo, en el claustro estudiantil obtuvieron la mayoría de los lugares en los consejos: superior, directivo y departamentos de la Facultad de Sociales.

Tras las elecciones, el espacio físico que la JUP ocupaba en el campus universitario, identificado por ellos como “la mesita”, que mostraba ebullición y presencia constante de estudiantes durante los días de campaña y donde, además, se ofrecían diversos servicios como fotocopias, termos, mate, café y hasta meriendas, lentamente fue convirtiéndose en un espacio donde solo se podía observar un par de mesitas y sillas, sin otros elementos ni la presencia de quienes habían sido habituales en ese lugar.

La agrupación en la que se hallaba Lola –identificada como Acción Estudiantil–, si bien no contó con espacios físicos en el edificio, logró en tiempos electorales una muy importante adhesión del claustro estudiantil. Sin embargo, tras el proceso electoral, la presencia de esos jóvenes no continuó en las aulas ni en los pasillos.

Según el testimonio de Lola, la “desparticipación” de la agrupación radica en que el grupo se formó por cuestiones electorales:

Incluso creo que muchos se decepcionaron, o fue algo como un bajón porque no se ganó el decanato. También muchos se han salido del grupo; veía ayer y fue como: “¡Uh…!”, y hasta he pensado también: “¿Qué hago? ¿Sigo en esto o no?”.

Un aspecto que resulta interesante en ambas historias podría ubicarse en el papel del género en las protagonistas. En el caso de Marianela, su narrativa muestra un ascenso vertiginoso en la agrupación, en el cual es posible que incidiera la situación personal del líder de esta, que motivó su alejamiento de las actividades universitarias y una muy baja exposición en aquellas del partido político. También la imagen de Marianela se difundió en tiempos electorales junto a los candidatos para las instancias institucionales de la universidad, todos varones. Durante ese tiempo se tornó habitual para ella recorrer los pasillos del campus, al igual que su presencia en el espacio físico denominado por ellos “la mesita”. Tras el proceso electoral –con los resultados comentados en párrafos anteriores–, la presencia de quien se había instalado como referente de la agrupación fue disminuyendo.

La historia de Lola y su vinculación con una agrupación estudiantil también estuvo atravesada por una presencia masculina. Tal como ella lo relató, la invitación a sumarse provino de quien era candidato por el claustro docente. Vale señalar que en la agrupación que se conformó con finalidad electoral ninguna mujer ocupó espacios de liderazgo; tampoco mostraron sentirse unidos por una ideología, sino por un fin muy concreto: el proceso electoral universitario. No obstante, a pesar de que, en el claustro estudiantil, la agrupación en la que figuraba Lola obtuvo excelentes resultados, tal como lo afirma la propia joven, “después de las elecciones no volvimos a reunirnos”.

Si procuramos hallar situaciones comunes entre ambas historias, entendemos que se asoman algunas que nos plantean interrogantes para continuar el análisis: el papel del género y el de los adultos en la construcción de espacios de participación juvenil, por un lado, y, por otro lado, la impronta de identidades partidarias en la elaboración de las subjetividades.

Si nos remontamos a los estudios de Schütz (1993), advertimos allí y –coincidimos plenamente– que la intersubjetividad es fundamental en la construcción de la vida cotidiana. La presencia de “los otros” influye en la propia representación y le otorga riqueza al vínculo interpersonal. Si continuamos con esta línea del análisis es posible comprender, por consiguiente, la referencia de Fernando González Rey (2012, p. 13) cuando afirma:

La subjetividad es una cualidad constituyente de la cultura, el hombre y sus diversas prácticas; es precisamente la expresión de la experiencia vivida en sentidos diferentes para quienes la comparten, constituyendo esos sentidos la realidad de la experiencia vivida para el hombre.

A continuación, el investigador cubano agrega que, si bien “la realidad que nos rodea desde muy temprano se configura subjetivamente a través de nuestras relaciones con los otros” (González Rey, 2012), no es una simple reproducción. La subjetividad es el producto de las configuraciones simbólico-emocionales que aúna las relaciones interpersonales y la diversidad de los escenarios de vida.

A través de los relatos de las historias juveniles que nos permiten conocer recorridos de sus trayectorias de participación social podemos hallar la influencia que adquiere sentirse parte de un colectivo de grupalidad. Es el caso de Marianela: su pertenencia a una agrupación con trayectoria favorece su autopercepción y el modo de construcción de la subjetividad; sin embargo, un nuevo escenario en su vida cotidiana también afecta su visibilidad. Lola, por su parte, al definirse como “autoconvocada” en las semanas de protesta por la crisis universitaria y luego, en tiempos electorales, integrar una agrupación conformada solo con una finalidad electoral, no logra hallar espacios apropiados para la ejecución de sus ideas.

Conclusiones

Nos parece interesante, a partir de los relatos y análisis precedentes, detenernos en unos aspectos que nos resultan coincidentes en las dos historias que incluimos: el género de las personas que convocan a las jóvenes en sus involucramientos y la influencia de las identidades de las agrupaciones en las prácticas.

En ambas historias se observa que fueron varones quienes –aunque con matices diferentes– incidieron en el acercamiento de ellas a cada agrupación. Si nos detenemos en el relato de Marianela, es fácilmente perceptible el camino que ella recorrió hasta transformarse en la figura central de su agrupación. Tal como ella misma lo cuenta, mientras la centralidad estaba en la figura masculina, su papel podría definirse como el de una colaboradora en el grupo. Con posterioridad, fue el propio líder quien le abrió la instancia para que ella ocupara un papel central al finalizar un acto que, para la agrupación, tenía su importancia. Tal situación fue reforzada tiempo después, cuando dicho líder no continuó en ese rol por cuestiones personales. A partir de ello, Marianela se transformó en referente de la agrupación y desarrolló una intensa actividad en tiempos de elecciones en la universidad; a la par de eso, dicho protagonismo se extendió en el Partido Justicialista a nivel municipal. A las pocas semanas de concluir el proceso electoral, en el cual la agrupación que la joven representaba no obtuvo los resultados esperados, su protagonismo comenzó a disminuir.

En la segunda de las historias incluidas, Lola explicita que, si bien durante las semanas que comprendieron las acciones vinculadas al conflicto universitario su participación devino tras considerarse integrante de un grupo denominado autoconvocados, fue en el período electoral universitario cuando se incorporó a una agrupación –que se constituyó con un único fin: el electoral–. Tomó esa decisión ante un pedido de quien era considerado la figura líder de la agrupación, quien en las semanas siguientes a las elecciones dejó de atenderla y esta comenzó a desmembrarse, tal como lo relata Lola.

En ambos casos nos detenemos en quiénes son las figuras que las convocan a involucrarse. Coinciden en que se trata de varones; de allí, la pregunta que nos moviliza es por la incidencia del género como un eje que influye en el recorrido participativo de las jóvenes. Tal como se ha puesto de manifiesto en distintas investigaciones, el crecimiento de la presencia femenina en la universidad –en el plano académico– no se correlaciona con la ocupación de las mujeres en espacios de conducción, tanto a nivel estudiantil como docentes. Las asimetrías de poder se mantienen en esos espacios. Si bien las mujeres muestran activa participación, no sucede lo mismo en lugares que implican poder. Las últimas décadas han acentuado la visibilización del colectivo femenino en la vida social y también las diversidades que lo integran, lo cual pone de relieve una época en la que los permisos al patriarcado van quedando relegados. Un punto común a ambas historias lo podemos hallar en la no continuidad de las jóvenes en las agrupaciones tras finalizar el objetivo electoral. ¿Habrá sido tal vez por haber adquirido esos roles sin que de ellas surgiera la propuesta de la constitución de cada agrupación y, por ende, que estas hayan estado cruzadas por el perfil otorgado por los líderes masculinos sin que ellas contaran con el tiempo necesario para otorgarle sus propios matices?

El otro punto que nos interesa considerar en estas palabras finales se vincula con la incidencia de la identidad social en las agrupaciones. Tal categoría se construye a partir de la influencia del contexto social y tiene su importancia, pues permite que hacia el interior de las agrupaciones confluyan signos y símbolos que las reúnen con sus aspectos distintivos, mientras que, hacia el exterior, marca “las fronteras” que las diferencian de las otras y, fundamentalmente, pone en evidencia las fortalezas propias de la agrupación. Sin duda alguna, la JUP cuenta con figuras icónicas y símbolos fuertes en su significación que se transforman en soportes identitarios que convocan y otorgan una importante significación en las prácticas de las agrupaciones.

En los casos que nos ocupan en este texto, advertimos palmariamente que poseer signos identitarios reconocibles otorga fortaleza subjetiva a una agrupación e incide en sus maneras de vincularse con otros, mientras que aquellos que se denominan autoconvocados, al igual que la agrupación que se forma durante el proceso electoral universitario, carecen de símbolos que los identifiquen. A ello se suma el no contar con un discurso ideológico y político que colabore en la manera de construir el entramado relacional hacia el interior como hacia el exterior del grupo. Otro aspecto que consideramos relacionado de modo muy estrecho con la construcción de la identidad social se refiere a las emociones y los afectos. Tal como expresamos en otros apartados de este texto, los aspectos emotivos se reflejan en las maneras de construir las sociabilidades. Más allá de los disímiles resultados que ambas agrupaciones que integraban las jóvenes de nuestra historia obtuvieron en el proceso electoral universitario, la continuidad de las prácticas de cada una nos invita a reflexionar acerca del papel que ocupan la identidad social y los afectos. En cuanto a Marianela, la agrupación continúa con su presencia institucional más allá del reducido espacio institucional formal que ocupa. Por su parte, en la historia de Lola se observa que carecer de identidad social no ha favorecido la construcción de vínculos afectivos hacia el interior del grupo, lo cual también afectó establecer un discurso institucional que los identificara y favoreciera la continuidad de las actividades del grupo.

Bibliografía

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  1. PICT 2015 n.º 2918, Involucramientos sociales juveniles en la contemporaneidad: construcción de identidades políticas y sindicales en la provincia de San Luis.
  2. “El Puntanazo fue el hecho que conmemora una serie de luchas de varios sectores de la sociedad puntana que reclamaban contra las medidas del por entonces gobernador Alberto Rodríguez Saá, en marzo del 2004, que profundizaban la crisis económica, social y política (dentro del contexto de la Argentina del 2001) y que, además de seguir con las políticas neoliberales, ocultaban los índices de desocupación con planes nacionales y provinciales” (https://bit.ly/2KGyJAy).
  3. Ese apelativo se vincula a los integrantes de la agrupación San Luis Independiente y hace referencia al color de los buzos y remeras que los identifican.


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