Otras publicaciones:

9789877230741-frontcover

tapa_estrada_final

Otras publicaciones:

9789871354894_frontcover-224x344

12-3044t

De encuentros y desencuentros

Algunas consideraciones sobre la accesibilidad a la salud en jóvenes de contextos sociales vulnerables de San Luis

Rocío Velazquez

Introducción

De acuerdo con el informe Situación de salud de las y los adolescentes en Argentina (Ministerio de Salud de la Nación y Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, 2016, p. 14), “los y las adolescentes y niños/as son la población más numerosa que cuenta con cobertura del subsector público como única cobertura de salud”. A partir de este dato objetivo, la indagación de las condiciones de accesibilidad a los servicios públicos de salud desde la perspectiva de jóvenes de sectores sociales vulnerables se constituyó el objetivo general de mi tesis de maestría en Sociedad e Instituciones en la Universidad Nacional de San Luis (UNSL), en el marco del proyecto de investigación consolidado (PROICO) n.º 15-0418, Juventudes contemporáneas: políticas, desafíos y tensiones, de la Facultad de Ciencias Económicas, Jurídicas y Sociales (FCEJS) de la UNSL. Este texto es un recorte de dicha investigación, llevada a cabo entre 2017 y 2019 en tres barrios periféricos ubicados al sur de la ciudad de San Luis.

Nuestro punto de partida es la perspectiva relacional que Stolkiner et al. (2000, en Comes et al., 2007, p. 203) incluyen en su conceptualización de la accesibilidad al definirla como “vínculo que se construye entre los sujetos y los servicios”. En este sentido, al problematizarla como un encuentro/desencuentro entre la población y los servicios de salud, nos resulta interesante presentar aquí el análisis de aquellos relatos de las y los jóvenes sobre sus experiencias con los diversos actores del subsector público de salud. Cabe aclarar que, dado que en esta investigación indagamos las perspectivas de los usuarios, solo podremos dar cuenta de las vivencias de uno de los términos de esta relación. Quedará pendiente para futuras investigaciones la inclusión de las perspectivas de las y los agentes del subsector público de salud.

A fin de dar respuesta al objetivo planteado para este texto, apelamos para el análisis del material al uso de categorías teóricas provenientes fundamentalmente de las ciencias sociales. De este modo, intentamos trascender las falsas antinomias individuo-sociedad, mente-cuerpo, entre otras, a la vez que revalorizamos el peso de las variables sociales, subjetivas, político-ideológicas, económicas, culturales, etc., en la comprensión de nuestro problema de investigación. En este sentido, recuperamos aportes de clásicos como Bourdieu, así como las contribuciones de autoras/es latinoamericanas/os como Stolkiner, Bonvillani y Scribano, para pensar diferentes aspectos que se despliegan en lo que denominamos dimensión relacional de la accesibilidad.

Algunas puntualizaciones metodológicas

Para esta investigación, dadas las características del problema de estudio y los objetivos propuestos, tomamos la decisión teórica de utilizar estrategias metodológicas cualitativas, en tanto estas se interesan por los modos en los que el mundo es comprendido, experimentado y producido por las y los participantes y consideran especialmente el contexto en el que esos modos son producidos (Vasilachis de Gialdino, 2006). Desde esta lógica, partimos de reconocer tanto al sujeto por investigar como al sujeto que investiga como agentes psicosociales y, por tanto, portadores de ideas, creencias, valores y emociones que se ponen en juego en el encuentro con el otro. Es a partir del intercambio dialógico entre las subjetividades de ambos que se construyen los conocimientos en las investigaciones sociales empíricas.

En este sentido, trabajamos con un muestreo teórico en el que “las unidades o situaciones por incorporar se eligen a partir del conocimiento teórico que se va construyendo sobre la marcha, con la información que va emergiendo a lo largo del estudio” (Martínez-Salgado, 2012, p. 616). Así, siguiendo los principios de la investigación cualitativa, lo decisivo no estará determinado por el tamaño de la muestra, sino por la riqueza de los datos construidos junto con las y los participantes. En este contexto, cobra sentido el criterio de saturación que implica “el punto en el cual se ha escuchado ya una cierta diversidad de ideas y con cada entrevista u observación adicional no aparecen ya otros elementos” (p. 617). Ahora bien, dado que al seguir ese mismo criterio podríamos caer en la tentación de no finalizar nunca la investigación, decidimos avanzar hasta el punto en que –aun a sabiendas de su parcialidad– consideramos que con la información construida podíamos aportar algo importante y novedoso sobre la problemática que nos ocupa.

El instrumento privilegiado para la construcción de los datos fue la entrevista semiestructurada; esta herramienta nos permitió indagar en profundidad y desde la perspectiva de las y los jóvenes sus ideas, representaciones y sentidos sobre el fenómeno de estudio.

Sobre nuestro referente empírico

De los 11 jóvenes que constituyen la totalidad de la muestra, siete se identifican como mujeres y cuatro como varones. Tienen entre 15 y 21 años de edad y residen en tres barrios periféricos ubicados en el extremo sur de la ciudad de San Luis.

Las y los jóvenes que aquí interesan se ubican en una posición muy desfavorable en relación con otros jóvenes del mismo período histórico y de la misma ciudad. Son aquellos que desarrollan sus existencias en contextos en los que se concentran las consecuencias de procesos sociales estructurales que reproducen condiciones de desigualdad: pobreza, bajos niveles educativos, desempleo o precariedad laboral, desprotección estatal, inadecuada provisión de infraestructura y deficitario acceso a servicios, entre otras. Tal como pudimos apreciar, las trayectorias vitales de estas/os jóvenes transcurren en escenarios sociales donde se cristalizan múltiples desigualdades, esas que son estructurales, que persisten (Tilly, 2000) y son omnipresentes (Chaves, 2014).

Al incluir una perspectiva de género, advertimos que las chicas son doblemente vulneradas: las desigualdades que las atraviesan no son solo socioeconómicas, sino también de género, lo cual las posiciona en un lugar aún más desfavorable con respecto a sus pares varones (Batthyány, 2008; Calero, 2015). Como es de esperarse, la dimensión socio-afectiva también está inscripta en las tramas de la desigualdad. El desarrollo emocional de estos/as jóvenes no permanece exento de la influencia de las privaciones materiales y afectivas que atraviesan sus vidas. Así, tal como lo caracteriza Bonvillani (2010, p. 32),

se trata de escenarios vinculares donde confluyen las dificultades materiales para sostener el diario vivir, con deprivaciones afectivas inscriptas en procesos de socialización conflictivos, donde abundan los abandonos y las separaciones familiares, situaciones que generalmente se caracterizan por generar intenso sufrimiento psíquico.

De este modo, diversos escenarios de vulnerabilidad se configuran a partir de estas múltiples desigualdades y socavan de modos distintos y con disímil intensidad las condiciones que garantizan el acceso a los derechos sociales, económicos y culturales, consagrados en términos formales y promovidos en políticas públicas asentadas en la noción de expansión de derechos (Ayres et al., 2006; Epele, 2010; Pecheny, 2013; Chaves, 2014; Capriati, 2015; 2018).

La accesibilidad a la salud en clave relacional

Para comenzar a adentrarnos en el estado socio-sanitario de estos/as jóvenes y sus vínculos con el subsector público de salud, realizaremos algunas consideraciones relativas a la autopercepción que tienen sobre su estado de salud, los principales motivos de consulta y los establecimientos a los que acuden para, luego, profundizar sobre las experiencias de encuentros y desencuentros con los servicios de salud.

Autopercepción de la salud

En términos generales, los jóvenes entrevistados consideran que su estado de salud actual es relativamente bueno. Entre los principales motivos de consulta relevados destacamos aquellos síntomas o dolores persistentes que no pueden controlar a través de la automedicación y, en menor proporción, las lesiones producidas en accidentes viales y por episodios de agresión con arma blanca.

A partir de estas primeras aproximaciones, podemos advertir que el vínculo con el subsector público de salud se constituye generalmente a partir de motivaciones ligadas a la cura o el restablecimiento del estado de salud más que por cuestiones relativas a la prevención. En consonancia con lo señalado por Ballesteros (2014, p. 21),

las personas más jóvenes tienen mejores estados de salud autorreportados, declaran tener menos enfermedades de tratamiento prolongado, consultan menos los servicios de salud, y cuando lo hacen, en mayor proporción es por motivos curativos (López et al., 2005).

A su vez, destacamos que, de las siete jóvenes entrevistadas, cuatro están atravesadas por la experiencia de la maternidad: dos transitan un embarazo y las otras dos tienen hijos/as menores de 6 años. Es por ello que, para estas jóvenes, el control del embarazo, el parto y, posteriormente, las consultas sanitarias por los hijos constituyen otro de los principales motivos por los cuales acceden a los servicios del subsector público de salud.

Por otra parte, algo que comenzó a emerger desde las primeras entrevistas es el malestar subjetivo producto de la trama de desigualdades en las que estos jóvenes desarrollan sus vidas. Si bien es una temática que no está contemplada dentro de los objetivos de esta investigación –y, por ende, no fue suficientemente indagada–, nos resulta oportuno brindar algunas consideraciones al respecto. Son las mujeres quienes pueden expresarlo con mayor claridad. Tal como evidencian sus testimonios, el malestar refiere a las condiciones sociales que impactan de lleno en sus subjetividades: vivencias de agotamiento emocional, intranquilidad, desesperanza y tristeza, entre otras, dan cuenta del sufrimiento mental que ellos y ellas transitan. No obstante –excepto por una joven–, ninguno de ellos manifiesta acceder a servicios públicos de atención psicológica.

Por ejemplo, C., una mujer de 20 años, relata:

No tengo un sueldo fijo para seguir adelante. O sea, me siento mal porque tengo mi hija que va a cumplir dos años, yo tengo 20 años y, sí, tengo derecho a salir a trabajar porque manos tengo, o sea, no tengo ninguna enfermedad, tengo todo para salir a trabajar, pero…

No nos resulta difícil advertir los efectos psicosociales de las desigualdades estructurales que sistemáticamente colocan a estas y estos jóvenes en una situación vulnerable. Numerosos estudios establecen que el grado de igualdad o desigualdad económica que presenta un país condiciona directamente la salud mental de sus ciudadanas/os. Más aún, el requisito fundamental para gozar de una mejor salud mental es establecer un alto grado de justicia social (Sen, 2002, en Pérez del Río, 2013). Tal como sostiene el Relator Especial de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en un informe (2019, p. 10),

las desigualdades no solo producen un impacto negativo en términos individuales, sino que también son perjudiciales para la salud de la sociedad, ya que destruyen factores de protección fundamentales, como la confianza, la inclusión social y el desarrollo saludable de los jóvenes.

Así, desde una perspectiva de derechos, la reducción de las desigualdades es una condición indispensable para la promoción de la salud integral en entornos psicosociales saludables que garanticen el derecho de toda persona al desarrollo de una vida con respeto, con vínculos sociales, con igualdad de oportunidades y con dignidad.

Accesibilidad geográfica

A partir del material producido durante las entrevistas advertimos que, al no contar con seguros de salud, la mayoría de estos/as jóvenes asisten principalmente a los centros de salud dependientes del subsector público y, dentro de ellos, privilegian el acceso a los más cercanos a sus lugares de residencia. Señalamos que esta tendencia no es novedosa, dado que –tal como es esperable– cuando vivían en otras zonas de la ciudad acudían también a los centros de salud más próximos a sus hogares.

Los establecimientos sanitarios a los que acuden con mayor frecuencia son un centro de atención primaria de la salud (CAPS), de administración municipal, que cuenta con consultorios de medicina general, pediatría y enfermería y un hospital de día, que brinda los servicios de laboratorio, guardia y farmacia y consultorios de fonoaudiología, radiología, odontología y salud reproductiva. El primero está ubicado aproximadamente a 10 cuadras de los barrios de referencia, en tanto que el segundo está a 2,5 kilómetros. El traslado hacia estos establecimientos de salud suelen realizarlo a través del transporte público, en motocicleta o, directamente, a pie.

Solo en casos de emergencias médicas (por lo general, derivadas de accidentes viales o hechos de violencia callejera) o para la realización de estudios o intervenciones complejas se dirigen al Hospital San Luis, ubicado a 6 kilómetros aproximadamente. Este establecimiento es el único perteneciente al tercer nivel de atención de la ciudad; se trata de un efector de alta complejidad donde se realizan prestaciones médicas y quirúrgicas que requieren un uso intensivo de recursos humanos y equipamientos de alta tecnología. Mayormente, el traslado hasta aquí lo realizan en transporte público.

Las jóvenes que son madres o cursan un embarazo deben recorrer una distancia de aproximadamente 13 kilómetros para realizar los controles del último trimestre de gestación y, luego, parir en el único centro de salud público habilitado para tal fin. Para ello, la mayoría de las entrevistadas deben tomar dos colectivos: uno que las traslade al centro de la ciudad y el otro, desde ahí hacia la maternidad. S., una mujer de 16 años, expresa:

Encima, es relejos […]. El [colectivo] 1 te deja en la tercera rotonda y el 2 te lleva gratis desde ahí hasta la maternidad. Pero, eso sí, al 2 me canso de esperarlo, muchísimo […]. Una vuelta, me tomé el 2 en el centro para que el 1 no tardara mucho y me hizo mansa vuelta, tardó muchísimo y llegué retarde a la eco.

Asimismo, el traslado en transporte público demanda contar con una amplia disponibilidad horaria, dado que cada viaje –ya sea de ida como de vuelta– conlleva entre una hora y media y dos horas. T., una mujer de 16 años, relata:

Tardamos como dos horas. Una hora y media acá, o como una hora, por lo menos, o más hasta allá, hasta la tercera rotonda, y el otro micro dura como 3-5 minutos porque es ahí nomás. Siempre me sacan un turno a las 10:30 y nosotros nos vamos a las 8 de acá.

Ya podemos advertir que, si bien el Estado provincial garantiza la oferta de servicios sanitarios, existen condicionamientos geográficos que interfieren con la accesibilidad al Hospital San Luis y, fundamentalmente, a la maternidad. Como veremos más adelante, las distancias con respecto a la maternidad no son solo geográficas, sino también simbólicas.

De encuentros y desencuentros

Stolkiner et al. (2000, en Comes et al., 2007, p. 203) conceptualizan la accesibilidad en términos relacionales en tanto vínculo que se construye entre los sujetos y los servicios de salud. Esta relación surge de una combinatoria entre las “condiciones y [los] discursos de los servicios y las condiciones y representaciones de los sujetos y se manifiesta en la modalidad particular que adquiere la utilización de los servicios”. Desde esta perspectiva se destaca la puesta en juego de vivencias, saberes, sentires y representaciones en la posibilidad y el modo que construyen los sujetos para acceder a estos (Comes, 2003). En este sentido, al problematizar la accesibilidad como un encuentro/desencuentro entre la población y los servicios de salud, nos resulta interesante incluir en lo que podríamos denominar dimensión relacional de la accesibilidad aquellos relatos de las y los jóvenes de nuestra investigación sobre sus experiencias con los diversos actores del subsector público de salud.

Con respecto al vínculo que establecen con el personal de los servicios a los que logran acceder, las y los jóvenes manifiestan que, en términos generales, se sienten cómodos/as cuando consultan a algún profesional dentro del subsector público. Consideran que son tratados/as con cordialidad y, ante alguna duda, se animan a consultar o pedir una explicación; estas demandas suelen ser respondidas por las y los profesionales. Algunos testimonios que dan cuenta de esto son: “Bien, me trataron bien. Como que me explican, o sea, si estoy enferma, me explican de qué se trata la enfermedad y como que me trato de cuidar yo” (A., mujer de 15 años); “Entiendo cuando me explican como mil veces porque yo les digo: ‘No entiendo’, y así me explican. Les pregunto mil veces y ellos me contestan mil veces [ríe]” (T., mujer de 16 años).

Sin embargo, sobre todo las jóvenes, también relatan situaciones de violencia médica en distintos servicios de atención sanitaria. Tal es el caso de B., de 21 años y madre de dos niños, quien, durante una fría noche de invierno, tuvo una emergencia con el menor de ellos. Expresa:

Me retaron porque llevé al nene en una moto. Pero tenía el pecho cerrado y lo primero que agarrás es lo primero con lo que vas, o sea, ¿en qué querías que lo llevara? Si era la una de la mañana, ya no pasaba el colectivo, no tengo plata para un remís… No tengo plata para vivir y quieren que vaya en un remís.

A partir de este ejemplo paradigmático, en primer término, siguiendo a Fleury, Bicudo y Rangel (2013, p. 3), podemos sostener que la relación establecida entre profesionales y usuarios del sistema está atravesada por “las asimetrías sociales, valores y preconceptos existentes entre sus participantes, como también por las condiciones materiales que condicionan esa relación y constituyen el escenario donde se produce”. En otras palabras, en el ámbito sanitario también se reproducen las relaciones de exclusión y subordinación social ancladas en la estructura socioeconómica y que son generadoras “tanto de condiciones de salud diferenciadas por grupos sociales como de dificultades de acceso, mala distribución y baja calidad de los servicios”. Asimismo, en función de lo planteado por Landini, González Cowes y D’Amore (2014), advertimos la interfaz social de la accesibilidad en tanto espacio conflictivo en el que se articulan marcos de sentido diferentes: puntualmente, el de las y los profesionales y el de las y los pacientes.

“Pero, igual, todo joya”

Al profundizar la propuesta de Stolkiner et al. (2000, en Comes et al., 2007), coincidimos en que la accesibilidad posee una dimensión subjetiva que nos parece necesario indagar. Ahora bien, antes de avanzar en el análisis, nos interesa aclarar en este punto qué entendemos por subjetividad. Según la revisión conceptual realizada por Bonvillani (2009), podemos considerarla como un anudamiento de distintas dimensiones a partir del cual lo social, lo cultural y lo psicológico proceden a la manera de coordenadas en articulación compleja y multicausal. Así, de acuerdo con la propuesta teórica de González Rey (2010), podemos hablar de “configuraciones subjetivas” que implican abordar la subjetividad como una interrelación dinámica de lo social y lo individual, lo racional y lo emocional, lo pasado y lo actual (Bonvillani, 2009).

Sin perder de vista lo desarrollado en el apartado anterior, nos interesa ahora reflexionar sobre las modalidades de reacción de las y los jóvenes frente a las inequidades que se reproducen en las condiciones de accesibilidad. En función de los testimonios recabados, las situaciones que perciben como injustas y, por ende, generan mayor malestar son, por un lado, los prolongados tiempos de espera para recibir atención y, por otro, la violencia médica. Sostenemos que las posibilidades de reacción también están moldeadas por las características de sus subjetividades, en tanto producto de las condiciones materiales y simbólicas de sus existencias. Tal como sostienen Fleury, Bicudo y Rangel (2013, p. 55), estas respuestas “pueden variar entre la negación, la aceptación pasiva o naturalización, la resistencia a través de la violencia, la politización y la judicialización”.

En mayor medida advertimos indicios de aceptación de este tipo de desigualdades expresadas en, por ejemplo, su conformidad con los servicios de atención a los que hayan podido acceder. Aun cuando pueden detectar la necesidad de implementar mejoras en los servicios prestados, se manifiestan satisfechos con la atención recibida. Algunos testimonios que dan cuenta de esto son:

No sé, está bueno, pero lo que tiene que mejorar son los turnos: que te den normales, que no te… coso… no tarden así porque hay una banda de gente que tiene un montón de problemas, y te tardan un montón y eso es de lo que la gente se queja mucho, pero está bien, a mí me gusta ir a los hospitales, me gusta ver cómo trabajan (T., mujer de 16 años);
Pero, igual, en el hospital de acá, todo joya; lo único, me operaron para el culo, quedé mal, pero como le digo, yo fui el tonto porque yo no hice caso a lo que me dijeron (P., varón de 21 años).

A partir de la propuesta de Saforcada, De Lellis y Mozobancyk (2010), podemos pensar que esta aceptación está ligada a los procesos psicosociales de naturalización de las experiencias con los servicios del subsector público de salud. A partir de estos procesos de percepción normalizada de las irregularidades en la atención recibida se acotan las posibilidades de estos jóvenes de formular algún tipo de cuestionamiento crítico al respecto. De este modo, las demoras o los déficits en los servicios prestados quedarían vinculados a una modalidad de funcionamiento habitual e inherente a las instituciones públicas de salud. Estos autores sostienen como hipótesis que el nivel de satisfacción con los servicios que se les brindan se relaciona con las bajas expectativas que tienen estas poblaciones sobre la posibilidad de recibir una mejor atención.

Al intentar profundizar un poco más nuestra comprensión sobre este fenómeno, nos resulta interesante apelar a la categoría de habitus desarrollada por el sociólogo francés Pierre Bourdieu (1980, en Gutiérrez, 1984), quien, al pretender trascender la falsa dicotomía individuo-sociedad, sostiene que lo social aparece en un doble registro: como “estructuras sociales externas” y como “estructuras sociales internalizadas” o, de otro modo, en la relación dialéctica entre campos y habitus. En palabras del autor, habitus son “sistemas de disposiciones duraderas y transferibles, estructuras estructuradas predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes, es decir, como principios generadores y organizadores de prácticas y de representaciones” (p. 92). Siguiendo a Gutiérrez (1994), se trata de aquellas disposiciones a actuar, percibir, valorar, sentir y pensar de una cierta manera más que de otra. En este sentido, consideramos que las bajas expectativas respecto de la atención de los servicios públicos de salud a las que aluden Saforcada, De Lellis y Mozobancyk (2010) son en realidad expresión del habitus de clase de los jóvenes entrevistados.

T., una mujer de 16 años, expresa: “Por ahí te hacen dar un montón de vueltas y vos que decís en la cabeza: ‘¡Esta vieja culiada!’, y las puteás porque te hacen dar un montón de vueltas, pero me siento cómoda”. Cuando le preguntamos si alguna vez ha podido plantear algún tipo de reclamo ante tantas “vueltas”, nos contesta rotundamente que no. Y fundamenta:

No me da para decirles porque, después, ¡cómo voy a ir al hospital! [ríe]. Pienso lo que tengo ganas de decirles, pero pienso: “Mejor me voy a quedar callada, así hago todo esto rápido y me voy”. Yo tengo miedo de que después te… Porque yo tengo un embarazo de alto riesgo, y yo la puedo putear o insultar y, después, capaz que me hacen todas las cosas mal (T., mujer de 16 años).

B., una mujer de 21 años, maltratada por personal médico de guardia por haber trasladado a su hijo en moto mientras padecía una crisis de obstrucción respiratoria, expresa con resignación:

No, lo miré y le dije: “Bueno, disculpame, no sabía”. ¿Qué le iba a decir? “No tengo ni para vivir, pero querés que venga en remís.” Y bueno…, mientras que él [su hijo] estuviera bien, lo que menos me iba a importar es lo que me dijeran. En el momento ese, lo único que quería era que a mi hijo se le abriera el pecho porque se le estaban poniendo los labios morados.

Expresiones como estas nos permiten suponer la incidencia del habitus –lo social hecho cuerpo– en tanto horizonte de lo posible y lo no posible, de lo pensable y lo no pensable, de lo que es para nosotros o no lo es. En esa lógica, parecería que lo posible para las y los jóvenes de sectores sociales vulnerables fuera la aceptación pasiva de dichas situaciones, lo que reproduciría en el ámbito sanitario las relaciones de subordinación social ancladas en la estructura socioeconómica. La posibilidad de resistir al orden establecido aparece coartada por, al menos, dos condiciones. La primera tiene que ver con la asimetría de poder existente entre ellas/os y las/os profesionales de la salud, en tanto que la segunda condición refiere a que, al no contar con otro tipo de cobertura médica, solo pueden acceder a los servicios del subsector público. En este sentido, podemos conjeturar que, al no poder elegir a qué servicios acceder, las posibilidades de resistir a la violencia médica se acotan, y más aún cuando el bien que está en juego es la propia vida.

“Si tengo que esperar, espero”

Además, apreciamos la influencia de lo que Scribano (2010) conceptualiza como mecanismos de soportabilidad social, en tanto rasgo fundamental de la dominación capitalista orientado a la evitación sistemática del conflicto social. Así, por ejemplo, ante las demoras para recibir la atención médica programada a través de turnos emergen expresiones tales como: “Tardan en todos los hospitales” (S., mujer de 16 años); “Estoy acostumbrada a hacerme atender ahí y, si tengo que esperar, espero” (R., mujer de 15 años).

También surgen intentos de justificación: “Se ve que tienen muchas tareas y la hacen relarga” (M., varón de 18 años); “Está bien, tienen su derecho los médicos de tomarse su tiempo, ir al baño, ver si tienen llamadas de gente importante” (C., mujer de 20 años);

Capaz que nosotros también tendríamos que cambiar un poco más la actitud, no ser tan desesperantes […] porque “ay, cuánto tardan”, pero tenés que entender que primero hay una salud más importante, que capaz que se está muriendo, y vos estás quejándote porque te duele el dedo gordo (B., mujer de 21 años).

A partir de estos relatos podemos apreciar de qué manera operan los mecanismos de soportabilidad social: al desplazar las consecuencias de los antagonismos, que se presentan desanclados de las particularidades del espacio-tiempo a las que refieren, estos procesos vuelven cotidianas e inmutables las desigualdades que atraviesan sus vidas. Así, por esta vía es posible entender cómo la vida social se presenta como “un siempre así” y cómo es vivida en tanto “mandato de tolerar lo dado”. Estos escenarios, posibilitan la lógica de la espera como estructura y la resignación como consecuencia. En tanto mecanismo de soportabilidad social, opera anulando las posibilidades de cuestionar ese orden social que, aunque injusto, se presenta como dado y, por lo tanto, inmodificable (Scribano, 2010).

Sin embargo, al considerar que el ejercicio del poder no solo oprime, sino que también habilita la posibilidad de resistir, apreciamos la emergencia de deseos, pensamientos y acciones que, desde una perspectiva foucaultiana, pueden ser interpretados como actos de resistencia. Estas respuestas pueden incluir desde las inasistencias a los turnos programados y las tentativas de acceder a los servicios del subsector privado de salud con la ilusión de encontrar una mejor atención hasta reacciones más activas ante situaciones de violencia institucional.

Por ejemplo, B., una mujer de 21 años, relata sobre una experiencia médica que puso en riesgo la vida de su hija:

Lo único que no funciona es un doctor que estaba hace años en la salita del barrio X, que hizo que a mi nena le agarrase un neumococo y terminara internada un mes […]. Supuestamente era una gripe virósica. Nadie entendía cómo había pasado lo de mi bebé, que era muy chica para tener un neumococo, era muy chica para estar en el estado en que estaba. Pero le hice una… Fui y hablamos en el hospital con su jefe; no sé, no sé qué habrá pasado con él, sé que después estuvo en una ambulancia.

Esta vez, B. pudo trascender la lógica del “aguantar sin chistar” y reaccionar activamente ante la autoridad médica. Sin embargo, previamente tuvo que sortear los intentos institucionales de culpabilizarla, ya que ante la gravedad del caso intervinieron agentes judiciales; una vez más observamos cómo la condición de mujer, pobre y joven profundiza la vulnerabilidad al tiempo que refuerza la estigmatización social. Sin embargo, B. pudo desplegar estrategias de resistencia contra quien ella identificó como el responsable por el agravamiento del estado de salud de su hija. Como ya hemos adelantado, es posible sostener que algunas características de la subjetividad de estos/as jóvenes, tales como “la devaluación de la autoestima, la naturalización del sometimiento y la resignación que caracterizan la manera de mirarse a sí mismos” (Bonvillani, 2010, p. 35), producto de procesos de socialización en condiciones psicosociales altamente desvalorizantes, moldean sus posibilidades de resistencia, lo que contribuye a perpetuar las injusticias en el sistema de salud, donde, una vez más, las inequidades están a “la orden del día”.

A modo de conclusión

Al partir de una concepción amplia de la accesibilidad (Comes, 2003; Mauro et al., 2006; Ballesteros, 2013; Landini, González Cowes y D’Amore, 2014) nos interesó incluir en nuestro análisis no solo el proceso que se desarrolla desde la búsqueda hasta el inicio de la atención, sino que, además, intentamos incorporar algunos aspectos de las experiencias de encuentro y desencuentro de las y los jóvenes dentro de las diferentes instituciones de salud del subsector público.

Advertimos que, una vez alterado el estado de salud y ante la necesidad de demandar atención médica, los entrevistados experimentan dificultades de distinta índole para el acceso real al derecho a la salud. Apreciamos que, si bien el Estado garantiza la oferta de servicios de salud, las posibilidades de acceder están determinadas por las condiciones de vulnerabilidad social de las y los jóvenes. Así, a partir de nuestra investigación, advertimos la presencia de barreras que dificultan y, en algunos casos, impiden la accesibilidad.

En esta investigación, privilegiamos la perspectiva relacional de la accesibilidad propuesta por Stolkiner et al. (2000, en Comes et al., 2007) en tanto vínculo que se construye entre los sujetos y los servicios de salud, al tiempo que la pensamos como un espacio conflictivo en el que se articulan marcos de sentido diferentes: puntualmente, el de las y los profesionales y el de las y los pacientes (Landini, González Cowes y D’Amore, 2014). Dado que en este trabajo únicamente indagamos las perspectivas de los usuarios, solo pudimos dar cuenta de las vivencias de uno de los términos de esta relación.

Con respecto al vínculo que establecen con el personal de los servicios a los que logran acceder, observamos que, por un lado, manifiestan generalmente sentirse cómodos/as al recibir un trato cordial cuando consultan a algún profesional dentro del subsector público. Por otro lado, emergen relatos de violencia médica cuyas víctimas privilegiadas son mujeres. Estos episodios se despliegan en distintos servicios médicos, y –siguiendo a Fleury, Bicudo y Rangel (2013)– sostenemos que implican la reproducción en el ámbito sanitario de las relaciones de subordinación social ancladas en la estructura socioeconómica.

Asimismo, reflexionamos sobre las modalidades de reacción de las y los jóvenes frente a las inequidades que se reproducen en las condiciones de accesibilidad. En mayor medida, advertimos indicios de aceptación de este tipo de desigualdades, lo que nos permitió inferir la incidencia del habitus de clase (Bourdieu, 1980, en Gutiérrez, 1994) al moldear las posibilidades de respuesta de estas y estos jóvenes. Además, apreciamos la influencia de lo que Scribano (2010) conceptualiza como mecanismos de soportabilidad social que operan anulando las posibilidades de cuestionar el orden social que, aunque injusto, se presenta como naturalizado. En este sentido, advertimos que las posibilidades de reacción están modeladas por las características de sus subjetividades en tanto producto de las condiciones materiales y simbólicas de sus existencias. Por otra parte, si bien no son las situaciones más reiteradas, apreciamos la emergencia de deseos, pensamientos y acciones que pueden ser interpretados como actos de resistencia. Estos intentos son variados y pueden incluir desde las tentativas de acceder a los servicios del subsector privado de salud con la ilusión de encontrar una mejor atención hasta reacciones más activas ante situaciones de violencia institucional.

Para finalizar, en función de nuestros hallazgos y siguiendo a Stolkiner (en Comes et al., 2007), coincidimos en que el estudio de la accesibilidad requiere incluir el análisis de la subjetividad de quienes utilizan los servicios de salud a fin de diseñar estrategias estatales que efectivamente garanticen el derecho a la salud. En otras palabras, es necesario abordar la complejidad que se entreteje en los saberes y prácticas de las personas a las que se dirigen los servicios de salud, ya que estas pueden operar como barreras o como facilitadores de acceso.

Lejos de brindar respuestas acabadas y bajo la premisa de construir socialmente conocimientos que estén al servicio de la transformación social (Martín-Baró, 2006; De Sousa Santos, 2009), compartimos estas reflexiones, a la manera de pistas, para quienes deseen profundizar la indagación y agudizar la escucha a fin de realizar mayores aportes para la comprensión de estos fenómenos psicosociales.

Bibliografía

Ayres, J.; França-Júnior, I.; Calazans, G., y Saletti-Filho, H. (2006). “El concepto de vulnerabilidad y las prácticas de salud. Nuevas perspectivas y desafíos”. En: Czeresnia, D., y Machado de Freitas, C. (comps.). Promoción de la salud: conceptos, reflexiones, tendencias. Buenos Aires: Lugar.

Ballesteros, M. (2013). “Las barreras en el acceso a los servicios de salud en Argentina: reflexiones a partir del análisis de los resultados de dos encuestas nacionales”. X Jornadas de Sociología. 20 años de pensar y repensar la sociología. Nuevos desafíos académicos, científicos y políticos para el siglo xxi. Buenos Aires, 1-7 de julio.

Ballesteros, M. (2014). Un análisis sobre las desigualdades en el acceso a los servicios de salud en la población adulta urbana de Argentina a partir de datos secundarios. Buenos Aires: Instituto de Investigaciones Gino Germani – Facultad de Ciencias Sociales, UBA.

Batthyány, K. (2008). “Género, cuidados familiares y uso del tiempo”. En: Universidad de la República, Facultad de Ciencias Sociales y Departamento de Sociología (coords.). El Uruguay desde la sociología VII. Montevideo: UDELAR – FCS – DS.

Bonvillani, A. (2009). “Subjetividad”. En: Subjetividad política juvenil. Estudio comparativo en jóvenes cordobeses de procedencias sociales contrastantes. Tesis de doctorado. Facultad de Psicología, UNC, pp. 58-99.

Bonvillani, A. (2010). “Jóvenes cordobeses: una cartografía de su emocionalidad política”. Nómadas, 32, pp. 27-44.

Calero, A. V. (2015). Juventud y desigualdad multidimensional [pdf]. Buenos Aires: Secretaría de Política Económica y Planificación del Desarrollo – Ministerio de Economía de la Nación. Disponible en: <https://bit.ly/3d4phUv> [acceso: 16 de marzo de 2020].

Capriati, A. (2015). “Desigualdades y vulnerabilidades en la condición juvenil: el desafío de la inclusión social”. Convergencia. Revista de Ciencias Sociales, 69, pp. 131-150.

Capriati, A. (2018). “Llueve sobre mojado. Desigualdades sociales y vulnerabilidades en salud en la adolescencia y juventud”. Revista de Ciencias Sociales y Humanas, 12 (12), pp. 117-133.

Chaves, M. (2014). “Cotidianeidad juvenil en la pobreza: una lectura desde las desigualdades omnipresentes”. XI Congreso Argentino de Antropología Social. Rosario, 23-26 de julio.

Chaves, M.; Fuentes, S. G., y Vecino, L. (2016). Experiencias juveniles de la desigualdad. Fronteras y merecimientos en sectores populares, medios altos y altos. Buenos Aires: Grupo Editor Universitario.

Comes, Y. (2003). La accesibilidad: una revisión conceptual. Documento laboris del Proyecto de investigación P077 – UBACyT.

Comes, Y., et al. (2008). “Derechos, ciudadanía y participación: algunas articulaciones en torno al acceso a la atención en salud”. En: Jornada de Investigación UCES. Buenos Aires: UCES.

Comes, Y., y Stolkiner, A. (2005). “Ciudadanía y subjetividad: representaciones del derecho a la atención de la salud de las mujeres pobres del AMBA”. En: Anales de las XII Jornadas de Investigación de la Facultad de Psicología. Buenos Aires: UBA.

Comes, Y.; Solitario, R.; Garbus, P.; Mauro, M.; Czerniecki, S.; Vázquez, A.; Sotelo, R., y Stolkiner, A. (2007). “El concepto de accesibilidad: la perspectiva relacional entre población y servicios”. Anuario de Investigaciones UBA, xiv, pp. 201-209.

De Sousa Santos, B. (2009). Una epistemología del Sur. México: Siglo XXI – CLACSO.

Epele, M. (2010). Sujetar por la herida. Una etnografía sobre drogas, pobreza y salud. Buenos Aires: Paidós.

Fleury, S; Bicudo, V., y Rangel, G. (2013). “Reacciones a la violencia institucional: estrategias de los pacientes frente al contraderecho a la salud en Brasil”. Salud Colectiva, 9 (1), pp. 11-25.

González Rey, F. (2010). “Las categorías de sentido, sentido personal y sentido subjetivo en una perspectiva histórico-cultural: un camino hacia una nueva definición de subjetividad”. Universitas Psychologica, 9 (1), pp. 241-253.

Gutiérrez, A. (1994). Las prácticas sociales: una introducción a Pierre Bourdieu. Buenos Aires: CEAL.

Landini, F.; González Cowes, V., y D’Amore, E. (2014). “Hacia un marco conceptual para repensar la accesibilidad cultural”. Cadernos de Saúde Pública, 30 (2), pp. 231-244.

Martín-Baró, I. (2006). “Hacia una psicología de la liberación”. Revista Electrónica de Intervención Psicosocial y Psicología Comunitaria, 1 (2), pp. 7-14.

Martínez-Salgado, C. (2012). “El muestreo en investigación cualitativa. Principios básicos y algunas controversias”. Ciência e Saúde Coletiva, 17 (3), pp. 613-619.

Mauro, M.; Solitario, R.; Garbus, P., y Stolkiner, A. (2006). “La accesibilidad a los servicios de salud: una experiencia con adultos mayores de 59 años”. XIII Jornadas de Investigación y Segundo Encuentro de Investigadores en Psicología del Mercosur. Buenos Aires, 10-12 de agosto.

Ministerio de Salud de la Nación y Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (2016). Situación de salud de las y los adolescentes en Argentina. Buenos Aires: MSAL – UNICEF.

Organización de las Naciones Unidas (2019). Derecho de toda persona al disfrute del más alto nivel posible de salud física y mental. Informe del Relator Especial sobre el derecho de toda persona al disfrute del más alto nivel posible de salud física y mental [pdf]. ONU. Disponible en: <https://bit.ly/392Onjt> [acceso: 18 de marzo de 2020].

Pecheny, M. (2013). Desigualdades estructurales, salud de jóvenes LGBT y lagunas de conocimiento: ¿qué sabemos y qué preguntamos? Temas em Psicologia, 21 (2), pp. 961-972.

Pérez del Río, F. (2013). “Márgenes de la psiquiatría. Desigualdad económica y enfermedad mental”. Norte de Salud Mental, 45 (XI), pp. 66-74.

Saforcada, E., De Lellis, M., y Mozobancyk, S. (2010). “El sistema de servicios de salud: la perspectiva de los usuarios”. En: Psicología y salud pública. Nuevos aportes desde la perspectiva del factor humano. Buenos Aires: Paidós.

Scribano, A. (2010). “Primero hay que saber sufrir…!!! Hacia una sociología de la ‘espera’ como mecanismo de soportabilidad social”. En: Scribano, A., y Lisdero, P. (comps.). Sensibilidades en juego: miradas múltiples desde los estudios sociales de los cuerpos y las emociones. Córdoba: CEA – CONICET, pp. 169-192.

Tilly, C. (2000). La desigualdad persistente. Buenos Aires: Manantial.

Vasilachis de Gialdino, I. (coord.) (2006). Estrategias de investigación cualitativa. Barcelona: Gedisa.



Deja un comentario