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La acción colectiva juvenil como experiencia de subjetivación política[1]

Andrea Bonvillani

A Fernando González Rey, subjetividad apasionada.

Introducción

La posibilidad de dar cuenta de “la experiencia de nosotros mismos” ha sido intentada desde tiempos inmemoriales y distintas tradiciones de pensamiento. Esta aspiración ha sido parte incluso de debates centrales en el campo de las ciencias sociales, tal como el que animó las tensiones (irresueltas) entre estructuralismo y posestructuralismo desde las últimas décadas del siglo pasado. Si, como sostiene sugerentemente Žižek (2001), “un fantasma recorre la academia occidental”, este no es otro que el del sujeto cartesiano, que aún hoy late en concepciones que esencializan lo subjetivo como imperio de la razón o sostienen la posibilidad de una interioridad idéntica a sí misma, autoconsciente, individual y universal.

El uso de la categoría “subjetividad” suele estar atravesado por una marcada imprecisión: a veces, para designar de manera indistinta al “sujeto”; otras, como sinónimo de lo psíquico, y muchas veces, para nombrar un obstáculo epistemológico en una pretendida posibilidad de comprensión objetiva de la realidad. Concomitantemente, las discusiones alrededor del estatuto de la subjetividad remiten a un viejo problema aún no saldado: la relación entre una instancia a la que podemos denominar “psiquismo” y otra designable como lo sociocultural. Este modo de plantear la cuestión ya supone un posicionamiento polémico: la subjetividad, como proyecto de conceptualización, vendría a lidiar con esta separación fundante como si por su intermedio se procurara poner en articulación ambas dimensiones que, de partida, se consideran territorios diferenciados. Consecuentemente, en esta lógica de pares antitéticos, lo psíquico suele pensarse en equivalencia con lo interno-individual y, correlativamente, lo sociocultural con lo externo-colectivo.

Para el caso de la fórmula “subjetividad política”, la cuestión se agrava si se considera que se trata de una hibridación que intenta articular dos conceptos problemáticos en sí. Desde mi perspectiva y a los fines de designar la dimensión política, acudo a conceptos que aluden a cualidades o procesos más que a sustantivos que implican esencias. La “politicidad”, entonces, es entendida como una cualidad que puede alojar potencialmente cualquier vínculo social: aquello que puede tener un sentido político no resulta de su propia naturaleza, sino que es producto de unas relaciones de poder inscriptas en dicho vínculo que lo vuelven contingentemente “politizable”. En consecuencia, no hay sentidos subjetivos que sean por sí mismos políticos, sino que es su contexto de significación –en los posicionamientos en tensión con el poder que muestran– lo que permite distinguir su condición de politicidad. El uso de la categoría politicidad permite desustancializar la clásica idea de política restringida al conjunto de estructuras estatales o gubernamentales características del sistema representativo liberal[2] para enfatizar su condición no localizable a priori.

La referencia a la politicidad remite a la tensión que existe entre reproducción y transformación del orden social, esto es, una dimensión conflictual señalada por varios autores de tradición posmarxista. Para Rancière (2007), por ejemplo, no es el bien común o la búsqueda de consenso lo que funda una comunidad política, sino la voluntad de desacuerdo que desafía la igualdad como mito natural e instituye una relación radicalmente otra con el orden social.

Podría afirmarse que al interior del campo problemático en el cual se interrogan las relaciones entre los jóvenes y la política se ha delineado en las últimas décadas una tendencia que tiene la dimensión subjetiva como una clave de lectura recurrente, aunque no siempre esto se acompañe de la explicitación de una definición[3].

Esta relación aparece muchas veces tematizada en la centralidad que algunos autores les otorgan a las significaciones simbólicas que enlazan a los sujetos con las experiencias de acción colectiva juvenil. La cultura, entendida en sentido amplio como cosmovisión y estilos de vida de un colectivo, es también un eje a partir del cual distintos aspectos subjetivos adquieren presencia en las luchas que los jóvenes agencian desde su “capacidad de pensar, soñar y actuar buscando la construcción de nuevos y mejores mundos” (Valenzuela Arce, 2015, p. 55).

Dentro de los estudios de movimientos sociales y desde hace veinte años, los cuerpos y las emociones constituyen un subcampo específico (Jasper, 2012), lo que permite pensar en una doble vía la “politización de lo afectivo/afectivización de lo político” (Bonvillani, 2013) como uno de los motores de las nuevas formas de ejercicio de la politicidad que los jóvenes practican.

En esta línea, “indignación, desencanto y hartazgo” configuran la trilogía emocional que, al devenir alegría en el encuentro con el otro, es la llave desde la cual Reguillo (2015) analiza el movimiento de ocupación de plazas (especialmente, las experiencias de la Puerta del Sol y Wall Street) y, desde allí, desprende la emergencia de una nueva subjetividad política.

Las conexiones teóricas entre un registro subjetivo de la política y el cuerpo como locus de politización en las prácticas de los jóvenes son también muy visitadas. Cubides Martínez (2016, p. 133), al analizar los recientes movimientos de jóvenes estudiantes de Colombia, México y Chile, destaca “la visibilidad y la potencia creativa de los repertorios elegidos y desplegados”, que muestran modalidades culturales y artísticas que tienen como eje el despliegue de haceres con el cuerpo (teatralizaciones, bailes, etc.).

En similar dirección se orienta uno de los últimos trabajos de Nateras Domínguez (2015, p. 368), quien, a propósito del análisis de manifestaciones callejeras de jóvenes, plantea un uso de sus “cuerpos como lienzos y galerías ambulantes” tanto para expresar demandas en lo público como para mostrar su propia adscripción identitaria.

En el campo de estudios sobre acciones colectivas juveniles se diferencia un rasgo que pone en valor la potencia política de la expresividad corporal, esto es, el carácter performático de las prácticas callejeras de protesta. Algunos autores (Reguillo, 2003) aluden a la espectacularidad en el sentido de puesta en escena, pero también en el de una combinación de elementos artísticos (música, teatro, pintura, baile) para crear un producto que, por lo súbito e impensado, resulta provocativo. Pero, además, se trata de la creación de significados contrahegemónicos que vienen a dislocar los dominantes acerca de los jóvenes sindicados como los principales –y acaso únicos– responsables de la violencia urbana (Bonvillani, 2015a).

En este capítulo presento y fundamento la siguiente propuesta: las prácticas de politización específicas, como lo son las acciones colectivas, se constituyen en una experiencia de subjetivación política para los jóvenes que las protagonizan. Esto implica un recorte en el campo de estudios de los activismos juveniles, en tanto se ubica los procesos de subjetivación política como un prisma particular a través del cual avanzar en dicho estudio. Estos desarrollos se basan en una trayectoria de investigación de más de una década, la cual me ha permitido explorar el despliegue de procesos de subjetivación política de jóvenes de sectores populares de Córdoba (Argentina). En ese marco, la estrategia metodológica utilizada ha sido principalmente cualitativa y se ha inscripto en tradiciones interpretativas y críticas en busca de acompañar la producción de sentidos sobre las prácticas de los sujetos en escenarios de vida cotidiana. Las construcciones teóricas surgen a partir de lecturas interpretativas de los emergentes de dichas experiencias situadas de investigación.

El capítulo está planteado en tres instancias. En la primera, problematizo el concepto de subjetividad(es) en general y subjetividad(es) política(s) en particular y explicito y justifico los supuestos teóricos de los que parto y que fundan mi posición. Luego, planteo brevemente los modos de producción de conocimiento a través de los cuales se han alimentado estas reflexiones. Finalmente, presento y desarrollo algunas características que asumen los procesos de subjetivación política en acciones colectivas juveniles y hago foco en aquellas que reconocen como operador central las injusticias vinculadas a la distribución de los recursos materiales y simbólicos.

Supuestos de partida

Delineadas estas coordenadas que, a mi entender, enmarcan el debate propuesto, a continuación presentaré algunos supuestos desde los cuales tomo posición en él.

La subjetividad política es un modo de habitar el mundo, darle sentido y tomar posición en él. Para expresarlo metafóricamente, es una piel emocional-cognitiva que vive y le da sentido a la experiencia conflictiva de encuentro/desencuentro con los otros que plantea la vida en común. Por lo tanto, supone una relación con uno mismo y con la alteridad (Bonvillani, 2012).

Una breve referencia al campo de estudios de la psicología política permitirá, por contraste, avanzar en la demarcación de los horizontes teóricos de la subjetividad política. Tradicionalmente, el objeto de estudio de la psicología política se ha definido como la interacción de los procesos políticos y psicológicos (Deutsch, 1983). Ya sea que se estudien motivaciones, actitudes, cogniciones, aprendizajes, persuasión, etc., en tanto factores causales del comportamiento político –como es predominante en la tradición conductista estadounidense– o que estos componentes psicológicos individuales sean abordados como producto de la influencia de los sistemas o procesos políticos, en cualquier caso se parte de una separación entre una esfera psicológica y una esfera política, entre las que se ubica la psicología política como un puente entre ambos dominios, que preservan su condición de externalidad el uno respecto del otro.

En este escenario, la categoría subjetividad política se ubica en un campo de problemáticas que desborda los límites disciplinarios, puesto que requiere del diálogo entre conceptos y enfoques considerados originalmente como acervos específicos y solo pertinentes para el uso discreto de la filosofía, la psicología social, la sociología, la antropología, etc.

En el corazón de dicho campo se ubica lo que denomino “configuración[4] psicosocial de las subjetividades”, en una relación de inherencia con la politicidad y en tensión con procesos de inclusión/exclusión en el capitalismo en la actualidad. En consecuencia, la categoría subjetividad política permite analizar tanto la sujeción a un orden social como las posibilidades de emancipación subjetiva en procura de la igualdad.

Para comprender su estatuto es necesario producir dos transiciones conceptuales articuladas, a saber: a) del individuo a las subjetividades y b) de la política a la politicidad.

La primera de ellas hace necesario revisar críticamente el reconocido dualismo individuo-sociedad, a instancias del cual se los considera polos opuestos que, según sea el orden de prevalencia explicativa que se considere, decantarán en uno u otro determinismo. Esta herencia del pensamiento occidental moderno se proyecta en la reducción mecánica de lo subjetivo a lo individual y de lo colectivo a lo social. Desde lo que podríamos denominar configuración psicosocial de las subjetividades, en cambio, lo subjetivo se constituye en la experiencia con la alteridad, particularizada en los múltiples registros en los que se manifiesta el lazo social, a lo largo de los procesos de socialización: vínculos familiares tempranos, participación en diversas grupalidades, colectivos, comunidades y organizaciones.

Otra dimensión fundamental de la configuración psicosocial de las subjetividades es la inscripción del sujeto en un orden simbólico específicamente humano. Dicha inscripción hace posible tanto la incorporación de lógicas normativas institucionalizadas que regulan la vida en común como la dotación de recursos simbólicos –fundamentalmente, el lenguaje– que habilitan el despliegue de la capacidad generativa de significaciones y prácticas. Los procesos de creación incesante de sentidos que caracterizan la subjetividad permiten comprender que esta no sea un mero reflejo de las condiciones materiales y simbólicas en las que se constituye.

Finalmente, la configuración psicosocial de las subjetividades está imbricada en momentos sociohistóricos que van configurando climas epocales determinados (culturas, estilos de vida, regímenes de sentidos) y formas de subjetivación específicas.

En síntesis, la propuesta de una configuración psicosocial de las subjetividades reviste un carácter intersubjetivo, simbólico, procesual, histórico y significante. Se trata de una apuesta teórica que abre un campo de problemáticas atravesado por la tensión entre el reconocimiento de la presencia de lo sociohistórico y lo vincular como constitutivo de lo subjetivo y la posibilidad de preservar una cualidad eminentemente singular de cada sujeto y que se expresa en deseos, afectaciones, motivaciones, emociones, pensamientos.

Dicha comprensión supone un fuerte cuestionamiento a la existencia de un individuo previo que, al entrar en contacto con el sistema social y político –formalizado en instituciones, de carácter externo e independiente–, produciría unos contenidos específicos (creencias, representaciones, actitudes, etc.).

La configuración psicosocial de las subjetividades plantea, por el contrario, que toda subjetividad es inherentemente política, ya que su factura es en sí una operatoria política. Un sujeto producido a través de diversas prácticas de saber y poder,

que no se imponen desde el exterior al sujeto, de acuerdo con una causalidad necesaria o con determinaciones estructurales, abren un campo de experiencia en el que el sujeto y el objeto no se constituyen uno y otro sino bajo ciertas condiciones simultáneas, pero en las que, a su vez, no dejan de modificarse el uno al otro (Foucault, 1999, p. 366).

El tránsito conceptual de la política a la politicidad es necesario también para caracterizar el estatuto de la subjetividad política. El uso de esta categoría permite desustancializar la clásica idea de política restringida al conjunto de estructuras estatales o gubernamentales características del sistema representativo liberal para enfatizar su condición no localizable a priori. La politicidad es, en cambio, una cualidad potencial que puede alojar cualquier vínculo social: aquello que puede tener un sentido político no resulta de su propia naturaleza, sino que es producto de unas relaciones de poder inscriptas en dicho vínculo que lo vuelven “politizable” (Bonvillani, 2017). El proceso de subjetivación política, entonces, puede producirse en diversos registros de experiencia: familiares, partidarios, socioculturales, de movimientos sociales, de acciones colectivas, etc.

La definición de la política como sustancia cristalizada en aparatos y sistemas, es coherente con su reducción a un estímulo externo que afecta al individuo previamente constituido, produciendo comportamientos. En cambio, la politicidad como cualidad contingente en la tramitación del vínculo, es afín con una comprensión de las subjetividades humanas como productoras incesantes de sentidos, de lecturas de la realidad y de vínculos.

En el estudio de la subjetividad política es necesario distinguir su propia génesis de los modos que esta adopta en el momento de constituirse en objeto de expresión por el sujeto singular. Estas narraciones de sí que le permiten al sujeto expresar la propia subjetividad toman la forma de enunciados formulados en primera persona singular (yo) aunque resulten de un complejo proceso de construcción psicosocial (nosotros) enmarcado en unas condiciones sociohistóricas particulares. En otro trabajo he sostenido al respecto:

El reconocimiento de la presencia de lo social como constitutiva de lo subjetivo fue necesario para superar la idea del esencialismo intrapsíquico, es decir, de un individuo universal que podía explicarse con prescindencia del contexto material y simbólico donde se produce como tal y se desarrolla su existencia […]. [Sin embargo,] procuramos recobrar una forma de comprensión de lo subjetivo como ámbito de la singularidad que se expresa en deseos, afectaciones, motivaciones, emociones, sin caer en psicologismos, pero sin abandonar la empresa, pensando que todo depende del orden social-cultural-simbólico (Bonvillani, 2009, p. 95).

Es por ello que adquiere especial relevancia la consideración de las trayectorias biográficas, en las que se despliegan procesos de socialización que se desarrollan en soportes vinculares familiares, escolares, barriales y comunitarios diversos y se anclan en unas coordenadas socioeconómicas, históricas y culturales determinadas. Al decir de Reguillo (2015, p. 144), “lo subjetivo, en tanto trayectoria biográfica, no se construye en el vacío, sino justamente en y a partir de una trayectoria social”.

Algunas puntualizaciones sobre la estrategia metodológica desarrollada

Las reflexiones que aquí se presentan están basadas en construcciones producidas al calor de la tarea investigativa de más de una década. En ese marco, la estrategia metodológica utilizada ha sido principalmente cualitativa, y se ha inscripto en tradiciones interpretativas y críticas para acompañar la producción de sentidos sobre las prácticas de los sujetos en escenarios de vida cotidiana.

Se desarrollaron básicamente técnicas conversacionales (Valles, 2007), desplegadas en diversas situaciones de interacción con jóvenes de sectores populares de la ciudad de Córdoba. Puede afirmarse que aunque el diseño metodológico no se ajusta a la etnografía en sentido estricto, sí está inspirado en el modo etnográfico de habitar y compartir con estos jóvenes sus mundos cotidianos de experiencia en sus barrios, en sus escuelas, en las acciones contenciosas que articulan dentro de lo que podría denominarse “campo antirrepresivo cordobés”. La Marcha de la Gorra (en adelante, MDG) ocupa un lugar central como vertebradora en este campo, ya que se trata de una manifestación colectiva de protesta que activan los jóvenes cordobeses ininterrumpidamente desde 2007 en las calles de Córdoba para denunciar las distintas prácticas policiales abusivas. Esta acción colectiva debe su nombre al atributo que de manera más significativa identifica a los jóvenes movilizados con su cultura y, a su vez, actúa como criterio de selectividad policial en tanto, desde la vigencia de ciertos imaginarios locales cargados de prejuicios respecto de estos grupos, se considera a la “gorra” un indicador de peligrosidad de quien la porta (Bonvillani, 2015b)[5].

Las construcciones teóricas surgen a partir de lecturas interpretativas de los emergentes de dichas experiencias situadas de investigación.

Hacia la caracterización de las experiencias actuales de subjetivación política en acciones colectivas juveniles

Explorar las experiencias de subjetivación política de los jóvenes representa un desafío metodológico, ya que se trata de acompañar los movimientos subjetivos que expresan situacionalmente esta articulación vital y compleja entre lo sentido, lo pensado, lo actuado y lo narrado.

A continuación, propongo tres rasgos que caracterizan la experiencia de subjetivación política producida en marcos de activismo juvenil desde mi trabajo de investigación con jóvenes de barrios populares de la ciudad de Córdoba (Argentina).

Cabe señalar, en orden a precisar los límites de la presente propuesta, que se focaliza en prácticas de participación política juvenil en las cuales es posible reconocer como operador central las injusticias vinculadas a la distribución de los recursos materiales y simbólicos. Por lo tanto, la pertenencia a sectores populares define en gran medida la adscripción de los jóvenes a los procesos de politización de los que aquí me ocupo.

a) Trayectorias de subjetivación política juvenil en la pobreza: el anclaje territorial

La politicidad de los jóvenes de sectores populares se encuentra atravesada por lo que he denominado “gramática de la necesidad” (Bonvillani, 2012b), que empuja hacia la procuración cotidiana de recursos (materiales y simbólicos) que permiten el mantenimiento de la propia vida. En términos generales, esto delinea los modos de participación política de los jóvenes de estos sectores sociales con un fuerte anclaje en el lugar donde inmediatamente se despliega la cotidianidad: el barrio[6].

En nuestro país, las referencias iniciales nos llevan a la década de 1990 bajo el imperio del neoliberalismo. En aquellos momentos se observaban formas de gestión de las necesidades básicas a nivel comunitario (Merklen, 2005) que se constituyeron en respuestas organizativas que, desde los sectores populares, se procesaron para paliar las consecuencias del retiro del Estado. Los comedores y roperos comunitarios, los grupos culturales en bibliotecas populares, los talleres artísticos barriales, son espacios que los jóvenes habitan en la inmediatez del barrio, encontrándose con otros pares generacionales, pero, también, con adultos, y son oportunidades para sus primeras experiencias organizativas. Estas “dinámicas colectivas de anclaje territorial” (Bonvillani, 2017) son verdaderas fuentes de experiencia de subjetivación política juvenil, en la medida en que permiten a los jóvenes la participación progresiva en la toma de decisiones respecto del manejo de los recursos comunes y del posicionamiento político que esto supone. En muchos casos es posible trazar una suerte de trayectoria de socialización política de los jóvenes que se tramita en estos espacios y que desemboca en la militancia específica en movimientos sociales o en acciones colectivas particulares.

Un análisis de este tipo permite observar que, en un primer momento, la participación se caracteriza por la búsqueda de resolución de las necesidades en el espacio barrial, como ya se mencionó. Si bien estas primeras acciones refieren a ayudar a otros (los niños y el resto de los jóvenes de su barrio), en el transcurso de este proceso, el sentido de la ayuda los involucra a ellos mismos: los grupos en los que participan son fuentes de pertenencia, identificación, reconocimiento y afiliación que se constituyen en dimensiones psicosociales de la experiencia de participar.

La pertenencia barrial amasada en una historia compartida produce identificación con un territorio, en tanto espacio vivido, significado, atravesado por memorias, símbolos, rituales.

En un segundo momento de esta trayectoria comienzan a desplegarse otros sentidos políticos que se asocian a la toma de conciencia del lugar social ocupado en una trama en la que se incluye el conflicto de clases. En este punto emergen nuevos rasgos de la subjetividad política, tales como la reflexión crítica sobre sus condiciones de existencia, el desarrollo de autonomía y la agencia política. Un indicador al respecto suele ser la posibilidad de identificar otros actores con los cuales articularse para visibilizar demandas en lo público, lo cual, evidentemente, no está exento de arduas disputas, lo que reafirma su eminente carácter político.

Incluso algunos de estos jóvenes, los cuales han transitado dinámicas colectivas de anclaje territorial diversas, pueden constituirse en referentes de su comunidad y ocupar espacios de liderazgo en aquellos grupos de los que fueron parte como beneficiarios inicialmente. En un tercer momento, algunos de estos jóvenes desarrollan militancia en movimientos sociales o agrupaciones político-partidarias o activan luchas de resistencias.

En síntesis, es posible proponer que los procesos de subjetivación política juvenil de estos jóvenes describen una trayectoria que reconoce como puerta de entrada la “militancia social”, es decir, aquella “cuya centralidad se halla vinculada al proceso de territorialización de los sectores populares y a la lucha por la sobrevivencia” (Svampa, 2005, p. 9) para luego proyectarse a formas de activismo que interpelan a los poderes desde una ampliación de demandas.

b) Sentir el “nosotros”: politización de lo afectivo-vincular

El desarrollo de las prácticas políticas en clave juvenil, ya sea por los requerimientos organizativos previos a la acción colectiva como por su realización propiamente dicha, hace necesario el encuentro cara a cara en pequeños grupos. Esto se constituye en una dimensión analítica de interés porque invita a pensar el soporte vincular de las acciones políticas.

El trabajo colectivo que supone gestionar la propia acción posibilita y requiere al mismo tiempo de una especie de “plus vincular”, conformado por sentimientos de compañerismo, amistad, solidaridad, confianza. La trama psicosocial que va enlazando a los jóvenes entre sí a propósito de la realización de la propia práctica política termina por operar al modo de un sostén anímico que amortigua las penurias cotidianas e, incluso, las decepciones cuando lo demandado no encuentra respuesta.

La productividad política del estar juntos se define por sí misma en la potencia del encuentro, en el “estar-ahí-con-otros”, más allá de que de ese vínculo construido procesualmente resulten (contingentemente) otras posibilidades de politización de la práctica.

Lo grupal aparece como una forma de encuentro con el otro par-juvenil, que muestra una dinámica vincular en la que son inherentes conflictos y tensiones, pero también situaciones de coincidencia y de acuerdos. Este “nosotros” que supone el activar en grupo no viene dado de modo natural: se construye. En esta procesualidad grupal aparece en los primeros momentos el puro placer del encuentro que entra en diálogo enseguida con el “encontrarse transformador”, a partir del cual el lazo pasa a ser el soporte de la acción colectiva. En otro lugar (Bonvillani, 2013) he inscripto estos procesos grupales en una “politización de lo afectivo”, en tanto motor de las nuevas formas de ejercicio de lo político que los jóvenes practican en contra de los estados anímicos apáticos, disconformes, distantes con los cuales se ha solido caracterizar la relación de las jóvenes generaciones con la política tradicional, sobre todo en la década de 1990.

c) Darse un nombre y tomar la palabra como gestos subjetivantes

Los “nombres” a los que aquí aludo son etiquetas dentro de un proceso de categorización social que resulta de un ejercicio de poder de los sectores dominantes de la sociedad, investidos de autoridad simbólica para hacerlo.

De este modo, el nombre viene a designar la ocupación de un lugar social en relaciones jerárquicas, desiguales.

La distribución de estos lugares corre pareja con la de capacidades/incapacidades, de posibilidades de ser y hacer. Es por eso que, para Rancière (2007, p. 53), la subjetivación política supone la negación de esta identificación impuesta por la normatividad social: “Toda subjetivación es una desidentificación, el arrancamiento a la naturalidad de un lugar, la apertura de un espacio de sujeto donde cualquiera puede contarse porque es el espacio de una cuenta de los incontados”.

Siguiendo al autor, este reparto de lugares, funciones y capacidades alcanza fundamentalmente el estatus de la palabra, ya que en la escena social –y como resultado de este– algunos pronuncian sonidos que no llegan a ser palabras plenas, reconocibles como tales. En consecuencia, la subjetivación será una afirmación de sí en la toma de la palabra: la “refutación práctica de la oposición jerárquica entre la palabra argumentada y la voz ruidosa” (Rancière, 2014, p. 105).

Es posible hilar más fino a partir de esta enunciación general. Tomar la palabra es un gesto subjetivante que puede desplegarse en diferentes modalidades.

Rancière (2014) habla de “efracción” para caracterizar, dentro de los procesos de subjetivación, el quebrantamiento o la ruptura intencionada con un uso legitimado de la palabra a partir del cual se designa normativamente a los sujetos.

En mi experiencia con jóvenes de sectores populares, estas formas de etiquetamiento, ya provengan del Estado o del sentido común, operan un efecto desacreditador y encarnan en un nombre todo un proceso de desvalorización y sospecha (confirmada de antemano) sobre sus disposiciones éticas y estéticas. En ese marco, gran parte de la subjetivación política de estos jóvenes consiste en dislocar la cadena de equivalencia simbólica que anuda el sintagma “joven pobre” con el significante “delincuente” (Bonvillani, 2015a). Este es el blanco al que se dirige la mirada social dominante, que los sanciona moralmente y los ubica en un lugar deficitario y peligroso como únicos y evidentes responsables de la inseguridad urbana (Reguillo, 2013). Por ejemplo, en unas de las expresiones más representativas de esta lucha política que sostienen los jóvenes cordobeses, como lo es la denominada MDG, el trabajo de resignificación simbólica sobre los nombres que los identifican socialmente es una dimensión intensamente recreada: “Somos negros, somos pobres, pero no somos choros[7], dice el cartel hecho de puño y letra por uno de los jóvenes que protagonizan la protesta.

Palabras para un cierre

Las trayectorias de subjetivación política juveniles se desplieguen teniendo como telón de fondo el entrelazamiento de las biografías con las condiciones sociohistóricas en las que se viven. Es por ello que, si consideramos las trayectorias de jóvenes de sectores populares, estas se encuentran fuertemente atravesadas por la dinámica que les imprimen las urgencias y las privaciones, pero también las posibilidades de organización y lucha en procura de modificar esta situación. En estos procesos, el desarrollo de grupalidades actúa como soporte psicosocial al facilitar el desarrollo de sentimientos de sostén afectivos, de refugio frente a los desprecios de que son objetos todos los días y a las decepciones cuando la lucha no da frutos. La resistencia que se desarrolla a instancias de una acción colectiva como la MDG moviliza un conjunto de trabajos de subjetivación para lograr tomar una posición que disloque lo que se espera de “estos” jóvenes desde el estigma que los atrapa como una suerte de destino fatal. Construir un nosotros se vuelve una especie de telar desde el que se traman nuevas existencias. Reexistencias que insisten al odio, al abandono, al dolor. Otros modos de habitar el mundo, desde las capacidades de lograr ser reconocidos y felices.

Bibliografía

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  1. Este trabajo se desarrolla en el marco de la participación de su autora como investigadora responsable del proyecto Juventud, política y Estado: un estudio sobre socialización, subjetivación y prácticas políticas juveniles, en vinculación con los procesos socioestatales de producción de la/s juventud/es en Argentina (2011-2019), PICT (FONCyT); código: PICT-2017-0661; directora: Miriam Kriger.
  2. Arditi (1995) sostiene que esta captura simbólica de la definición de “política” revela una confusión entre esta y sus formas históricas de aparición. De esta manera, se restringe el sentido que se le da al concepto de política al modo particular otorgado a este por el liberalismo.
  3. De este modo, proliferan investigaciones, tesis y artículos que centran sus anhelos en dar cuenta de la “subjetividad” en distintas experiencias políticas juveniles, a la que convierten en una suerte de concepto “portafolios”, en el cual, sin mayores fundamentos, todo cabe. En muchos trabajos en los cuales incluso se enuncian la subjetividad o la subjetivación como ejes analíticos, ambas no son conceptualizadas, como si se tratara de una obviedad del sentido común que no alcanza a constituirse en objeto teórico.
  4. Esta categoría se inspira claramente en los desarrollos teóricos del psicólogo cubano Fernando González Rey (2002) a través de su propuesta de “configuración subjetiva”, es decir, de una organización plástica cuyas forma y característica se van modificando a partir de las relaciones que las dimensiones simbólicas y emocionales que la componen van tramando entre sí, las cuales, a su vez, se van modificando a partir de situaciones vitales que se despliegan en el curso de las acciones individual y colectiva de los sujetos. Manifiesto mi deuda de gratitud por la pasión que me contagió para estudiar estos temas. Fue un referente humano que no tendrá reemplazo.
  5. Para ampliar sobre la temática, véase Bonvillani (2013).
  6. Una referencia en la materia la constituyen los estudios de Vommaro (2015), para quien lo aquí descripto se adscribe a lo que denomina “territorialización de la política”.
  7. Categoría local: ladrones.


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