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Subjetividad(es) y juventud(es): los parecidos de familia

Yussef Becher

Introducci贸n

Establecer semejanzas y diferencias entre categor铆as te贸ricas de las ciencias sociales puede ser de utilidad para precisar enfoques y delimitar alcances, como tambi茅n para conocer con precisi贸n los constructos te贸rico-epistemol贸gicos que, en un tiempo determinado, sustentan un concepto. Todos/as vivenciamos la subjetividad, pues es parte de la construcci贸n del propio yo 鈥揳unque, como ya veremos, no solo se limita a ello鈥; sin embargo, a los cient铆ficos sociales, adem谩s de vivenciar, nos corresponde reflexionar como tales sobre su contenido. De all铆 el inter茅s de este texto por indagar en los m谩rgenes y en las profundidades de algunas tradiciones te贸ricas que han determinado su definici贸n actual. Desde ya, ello implica opciones y elecciones epistemol贸gicas, pues, tal como veremos en el texto, a partir de diferenciarnos de algunas miradas te贸ricas y aproximarnos a otras vamos trazando el recorrido conceptual. Asimismo, para mostrar 鈥渓os parecidos de familia鈥 seleccionamos otra categor铆a de las ciencias sociales que, tal parece, ha padecido secuelas similares a las de la subjetividad, por cuanto se trata de conceptos utilizados recurrentemente 鈥揳caso porque evocan significantes atractivos鈥, sin detenernos, muchas veces, a precisar su contenido. Es evidente que los conceptos que, como si fuesen los dados de una generala, hemos lanzado a rodar en este texto parten de una semejanza inicial: la subjetividad comprende a la juventud como producci贸n subjetiva particular. Aunque ello no impide realizar el ejercicio que se propone, pues, dada la autonom铆a de que gozan en el campo cient铆fico, no siempre han transitado caminos te贸ricos similares. En tal sentido, nos parece que este aporte tambi茅n puede ser de utilidad para mostrar la pertinencia de recurrir a ambas categor铆as con respeto por sus especificidades y las posibilidades de incorporarlas en una investigaci贸n social que represente la rigurosidad de sus marcos te贸ricos. A partir de ello, advertiremos varias semejanzas entre ambos conceptos y que, en el campo espec铆fico del desarrollo de cada uno, y por los recorridos te贸ricos particulares que han transitado, plantean significantes similares, aunque dis铆miles, para referir a procesos o construcciones semejantes.

El texto se organiza a partir de los dos ejes te贸ricos que se proponen para su discusi贸n. El primero de ellos alude a la influencia del contexto social para introducirse en un debate te贸rico que, tanto en una como en otra categor铆a, ha estimulado actitudes de aceptaci贸n y de rechazo. A partir de definiciones provisorias asumidas en esa primera etapa, se arriba a una segunda en la que se intenta definir el contenido de ese contexto y el modo en que los autores a los que recurrimos detallan posibilidades de superar estructuras o de continuar amarrados a ellas. De all铆 que la conclusi贸n se elabore tomando en cuenta esas piezas finales que los te贸ricos ponen en juego para resolver, aunque sea parcialmente, uno de los nodos centrales que, cual espada de Damocles, oscila en torno a ambas categor铆as.

Ser de ac谩 o de all谩, 驴es lo mismo? La influencia del contexto social

Tanto el concepto de subjetividad como el de juventud han padecido las consecuencias de un discurso biologicista que ha ido merodeando y contin煤a haci茅ndolo cual topo que, cada tanto, asoma de su madriguera, y de all铆 el esfuerzo por construir otras miradas que permitan comprender la incidencia del contexto social. Probablemente, en materia de subjetividades 鈥搇uego explicaremos el uso del plural鈥, un eje de discusi贸n que constantemente cuestion贸 la influencia de lo social sea la dicotom铆a entre interno y externo, mientras que, en el caso del concepto de juventudes, lo haya sido la selecci贸n de la edad como el principal clivaje que ha influenciado su construcci贸n.

En referencia a la subjetividad, Andrea Bonvillani (2009, p. 40) explica:

La recepci贸n que tuvo la idea moderna de sujeto en psicolog铆a fundament贸 y fundamenta concepciones biologicistas, e incluso innatas, de las facultades psicol贸gicas (memoria, percepci贸n, etc.), invisibilizando el importante papel modulador que operan las condiciones materiales de existencia.

Tales discursos hallan sus condiciones de producci贸n en entramados ideol贸gicos y, por consiguiente, proyectos sociales e hist贸ricos (de all铆 que Guattari y Rolnik [2006] afirmen que la ideolog铆a es producci贸n de subjetividad) que han ido horadando los presupuestos ontol贸gicos y epistemol贸gicos propios de cada 茅poca. En la Modernidad, tras superar la Edad Media, se consider贸 la necesidad de excluir toda instancia prerreflexiva ligada a las emociones y los afectos, que, en la etapa anterior, eran asociados al teocentrismo. En consecuencia, se construy贸 la imagen de una persona estrictamente racional y autosuficiente: aislada de un entorno que pudiera aportar a su desarrollo vital. De modo que exist铆a la necesidad de construir y consolidar la figura de un sujeto depurado de toda influencia exterior que pudiera incidir en su capacidad de razonar ante los diferentes devenires a los que lo enfrentara su existencia; se trat贸 de una subjetividad modelizada y acorde con un proyecto social e hist贸rico que intentaba dejar atr谩s una etapa diferente y, por consiguiente, fundar una nueva valorizando el papel de la raz贸n por encima de cualquier otra influencia. Precisamente, es en dicho lapso cuando se ubica la consolidaci贸n de gran parte de las disciplinas naturales y la posterior emergencia de las sociales, y de all铆 la fuerte impronta positivista de aquellos pasos iniciales. Si bien las ideas modernas impregnaron los primeros desarrollos en torno a la subjetividad 鈥搚 persisten algunas de ellas鈥, tambi茅n se gener贸 una fuerte reacci贸n de algunos te贸ricos que comenzaron a cuestionar el peso inexistente que se le otorgaba al contexto social. All铆 podemos ubicar a Freud y Marx 鈥搇uego identificados como estructuralistas鈥, quienes lograron empezar a incidir con sus aportes en esa aparente irreconciliabilidad entre interior y exterior[1]. El primero de estos autores, quien es considerado el padre del psicoan谩lisis, cuestiona la existencia de un sujeto con pleno dominio de su autoconsciencia, por cuanto considera que en la psique existe una faz interior constitutiva de la subjetividad: el inconsciente. En tal sentido, Freud (1930, pp. 4-5) plantea:

El yo se contin煤a hacia adentro, sin l铆mites precisos, con una entidad ps铆quica inconsciente que llamamos ello y a la cual viene a servir como de fachada [鈥 y los l铆mites del yo con el mundo exterior no son inmutables.

Por su parte, la tradicional dial茅ctica marxista establece un principio de oposici贸n entre sujetos radicalmente diferenciados: explotadores y explotados, enmarcados en el orden capitalista. Los primeros son identificados como los due帽os de los medios de producci贸n y los segundos, como quienes han sido despose铆dos de tales medios y, por consiguiente, solo les queda vender su fuerza de trabajo para subsistir. All铆 ya ser铆a imposible negar la influencia de un entorno 鈥搎ue se presenta como de explotaci贸n y alienaci贸n鈥 que ejerce una incidencia decisiva en la construcci贸n de la subjetividad proletaria; no se trata de un sujeto aislado de condiciones materiales, sino de uno totalmente determinado por aquellas. Es tal la presencia que el marxismo le otorga a ese contexto de enajenaci贸n que desarrollos posteriores, incluso al interior de lo que se denomina posmarxismo, intentar谩n hallar modalidades que permitan construir una existencia vital no alienada. Entre esas influencias, la fil贸sofa h煤ngara 脕gnes Heller contribuye significativamente con su Sociolog铆a de la vida cotidiana (1987), entre otras producciones te贸ricas que comenzaron a difundirse por aquel entonces. En los fragmentos finales de este engranaje te贸rico queremos reflejar los aportes del construccionismo y el posestructuralismo. Aunque, antes de ello, aclarar que, mientras que en la Modernidad se pretendi贸 construir una representaci贸n de un sujeto inalterable a las influencias externas o sociales, el estructuralismo comenz贸 a mostrar que la supuesta autoconsciencia tiene un pliegue interior constitutivo de su existencia (el inconsciente freudiano) y un conjunto de condiciones materiales presentes en el entorno que plantea el orden capitalista (el materialismo dial茅ctico marxista). De all铆 que se fueran configurando las primeras huellas que permiten ir advirtiendo en la subjetividad la confluencia de condiciones simb贸licas y materiales.

El construccionismo establece como premisa principal que la realidad es una construcci贸n social. Tal aseveraci贸n trae aparejadas algunas consecuencias en materia de investigaci贸n social, por cuanto propone un relativismo ilimitado que hace dificultoso establecer los m谩rgenes de aquello que ser铆a lo real o verdadero. Sin embargo, realiza un importante aporte en materia de subjetividad, por cuanto permite sustraerla de cualquier tipo de sustancialidad y, en consecuencia, considerar su car谩cter de construcci贸n social procesual. Ello equivale a rechazar聽el determinismo que pueda limitar las constantes posibilidades de mutar o transformar y, al mismo tiempo, fija algunas limitaciones ante la presencia de condiciones objetivas en la construcci贸n de la subjetividad. Al insistir en la importancia de la ling眉铆stica logra una pronta asociaci贸n con el interaccionismo simb贸lico y otorga centralidad a la elaboraci贸n de significaciones interpersonales. En el marco de dicho enfoque te贸rico 鈥損rincipalmente en el dram谩tico goffmaniano (Goffman, 2001)鈥, el frame representa el conjunto de elementos que enmarcan el flujo de la interacci贸n social, aunque solo queda limitado a tal contexto sin interrogar por condiciones estructurales m谩s amplias.

Finalmente, el posestructuralismo va a aportar algunos trazos importantes en esta construcci贸n cartogr谩fica聽de la categor铆a聽que analizamos. Sin dudas, cuando estas renovadas 鈥搊 totalmente nuevas, en algunos casos鈥 perspectivas te贸ricas comenzaron a emerger, el contexto social se hab铆a modificado sustancialmente y, por consiguiente, sus condiciones de producci贸n eran dis铆miles de aquellas que acompa帽aron los constructos te贸ricos del siglo xix. Al interior de este enfoque podemos distinguir dos miradas en materia de teor铆as sobre subjetividad: el giro ling眉铆stico y la propuesta acontecimental que coloca 茅nfasis en la experiencia. En la primera de ellas, uno de los principales te贸ricos fue Jacques Lacan, quien propone que la subjetividad se halla condicionada por el discurso integrado por las estructuras ling眉铆sticas del inconsciente. De all铆 que, tal como plantea Bonvillani (2009), se enajene al sujeto de sus pr谩cticas y contextos de producci贸n, en consecuencia, se reduce la importancia del orden experiencial. En contraposici贸n a esa mirada emerge otro posestructuralismo cr铆tico del estructuralismo ling眉铆stico lacaniano que formula como uno de sus pasos iniciales 鈥搕al como lo hizo Deleuze (1991)鈥 el fin de las sociedades disciplinarias para dar comienzo a lo que se denomin贸 las sociedades de control. La principal diferencia que se帽ala este aporte respecto de las sociedades anteriores 鈥搎ue fueron observadas y estudiadas por Foucault鈥 es que el control deja de estar concentrado al estilo pan贸ptico para dispersarse en diversos dispositivos que ya no requieren de una disciplina centralizada. Por tal motivo, Deleuze anuncia el final de las instituciones de encierro como modalidades de ejercicio de dicho tipo de disciplina. Este control se identifica con las condiciones de producci贸n capitalistas 鈥揹onde se incluye el Estado como reproductor de las t茅cnicas de gobierno a las que alud铆a Foucault鈥 de modo tal que contribuye a la producci贸n de subjetividades serializadas o modelizadas a las que Guattari (2006) denomina capital铆sticas. Sin embargo, incluso en el marco de esos contextos alienantes, admite la posibilidad de resistencias que pueden fracturar el poder dominante; Deleuze y Guattari las nombran revoluciones moleculares, por cuanto se tratar铆a de peque帽as porosidades que logran fracturar las regularidades e introducir movimientos instituyentes. Profundizaremos este punto en los p谩rrafos siguientes[2].

Para concluir, podemos trazar un concepto provisorio de subjetividad que considera los elementos te贸ricos de los est铆mulos positivos que fuimos identificando en las perspectivas te贸ricas que describimos. En tal sentido, reconocemos en las subjetividades la presencia de una instancia individual y otra, social 鈥搎ue se procesan y tramitan continuamente en condiciones simb贸licas y materiales鈥, influenciadas por estructuras perdurables del entorno social y otras en constante mutaci贸n o transformaci贸n. Dadas la heterogeneidad y la fragmentaci贸n de esas condiciones a las que aludimos, se insiste en el uso del plural en el concepto, y posiblemente en los p谩rrafos siguientes pueda advertirse con mayor claridad.

Ahora vamos a dedicarnos a detallar las semejanzas y diferencias con el concepto de juventudes. Suele decirse con cierta recurrencia que j贸venes ha habido siempre, pero que no siempre han existido como un sector social con caracter铆sticas propias y diferenciadas de los dem谩s. Tal emergencia 鈥揷omo comentan Hall y Jefferson (2000)鈥 habr铆a ocurrido en Occidente en las postrimer铆as de la Segunda Guerra Mundial, ligada a motivaciones pol铆ticas y culturales: la necesidad de ir construyendo modos de subjetivaci贸n propios que permit铆an advertir la existencia de criterios de identificaci贸n que les eran inherentes. Estilos y est茅ticas comenzaron a ser asociados propiamente con el colectivo, como tambi茅n modalidades de involucramiento social. En Am茅rica Latina, como comenta Rossana Reguillo Cruz (2000), el surgimiento del colectivo sociogeneracional estuvo vinculado a los reclamos estudiantiles de la d茅cada de 1960, que luego decantaron en la elevada politizaci贸n de la d茅cada subsiguiente, que se manifestaba con alguna ligaz贸n con los trayectos tradicionales de ejercicio de lo p煤blico: partidos pol铆ticos y agrupaciones estudiantiles. Sin embargo, tales modalidades de participaci贸n fueron soterradas por los aciagos a帽os de dictaduras que azotaron el Cono Sur desde finales de los a帽os setenta y hasta inicios o mediados de la d茅cada de 1980.

Reconocer la conformaci贸n de la juventud a partir de motivaciones pol铆ticas y culturales supone superar un discurso biologicista 鈥揳l igual que en la categor铆a subjetividad鈥 que rodea el concepto y limita sus potencialidades explicativas de las realidades contempor谩neas. En ese sentido, Mariana Chaves (2005, p. 17) se帽ala: 鈥淒efine al joven o la juventud como una etapa natural, como una etapa centrada en lo biol贸gico, en la naturaleza, como una etapa universal (lo natural es universal)鈥. De modo que, desde aquella perspectiva, la definici贸n de la juventud incluye etapas de maduraci贸n sexual y ps铆quica que integran las diferentes instancias que la constituyen hasta producir una transici贸n hacia la adultez, que es lineal por cuanto se promueve tras superar etapas biol贸gicas ligadas a la edad. De all铆 que el concepto de juventudes se enfrente 鈥揹el mismo modo que el de subjetividades鈥 al par supuestamente dicot贸mico interno-externo que negar铆a cualquier influencia del contexto social. A partir de ello, la sociolog铆a de la cultura, por mencionar una disciplina fundamental en el estudio del tema, comienza a proponer una mirada compleja sobre la categor铆a de la mano de uno de sus posestructuralistas m谩s c茅lebres: Pierre Bourdieu[3]. El investigador franc茅s, en 鈥淟a 鈥榡uventud鈥 no es m谩s que una palabra鈥 (1990), plantea la posibilidad de trascender la edad biol贸gica como el principal criterio para definir la juventud y, por el contrario, propone reparar en la significaci贸n sociocultural que conlleva pertenecer a dicho colectivo social. Ello motiv贸 un conjunto de estudios sociales que en Argentina se consolidaron en la d茅cada de 1990 y les permitieron a algunos/as investigadores/as, tales como Margulis y Urresti (1996) 鈥搎uienes son pioneros en los estudios sobre juventud鈥, aseverar que la edad no es suficiente para abarcar la significaci贸n social que rodea la juventud, como tampoco para predecir a partir de dicho dato comportamientos y caracter铆sticas de los/as j贸venes en la sociedad actual. De ese modo, el contexto social se convierte en un aspecto que es preciso observar. Para ello, los autores antes citados proponen dos conceptos: el de moratoria social y el de moratoria vital; en ambos, las desigualdades sociales, tanto materiales como simb贸licas, tienen una relevante incidencia. Ahora lo veremos.

Margulis y Urresti (1996) se帽alan que existe una representaci贸n de la juventud como una etapa en la cual quienes integran el colectivo pueden gozar de un tiempo leg铆timo para dedicarse a los estudios de nivel universitario y el ocio. Sin embargo, al mismo tiempo, observan que no todos los integrantes de dicho colectivo pueden optar por esas instancias. De all铆 que se introduzca el an谩lisis de las desigualdades sociales, en el que los contextos materiales van a impregnar diferencias en torno a las posibilidades y expectativas de las diferentes grupalidades juveniles. Es posible que los j贸venes de sectores altos y, principalmente, medios 鈥揷omo muestran Chaves, Fuentes y Vecino (2016)鈥 insistan en las instancias educativo-meritocr谩ticas como posibilidades de ascenso social. Mientras, en los sectores populares, la situaci贸n es distinta, pues la presencia de embarazos adolescentes e inserciones laborales tempranas obliga a los j贸venes a pendular constantemente entre juventud y adultez[4]. A partir de ello, los autores citados al inicio del p谩rrafo reconocen la necesidad de incorporar esta diversidad en la construcci贸n de la juventud. Asimismo, se cuestionan algunos aspectos socio-simb贸licos que rodean la categor铆a 鈥搚, en tal sentido, se toma una leve distancia de la propuesta bourdieusiana鈥, por cuanto se advierte que ciertos estilos y est茅ticas que definir铆an lo juvenil tambi茅n tienen un papel distinto de acuerdo con las posiciones diferenciales de los actores. Pues tal vez no todos los/as j贸venes puedan adquirir la vestimenta que conforma esa est茅tica que el mercado de consumo les atribuye, los estilos de peinado o los dispositivos tecnol贸gicos que les ser铆an propios. Margulis y Urresti (1996, p. 3) explican: 鈥淟a juventud-signo se transforma en mercanc铆a, se compra y se vende, interviene en el mercado del deseo como veh铆culo de distinci贸n y legitimidad鈥. Por ello, tanto desde una perspectiva material como simb贸lica, el concepto de moratoria social resulta insuficiente para definir a quienes integran el colectivo sociogeneracional. De all铆 que se proponga el concepto de moratoria vital, que incorpora un dato que proviene del contexto material de los actores: la edad como mayor o menor distancia respecto del fin de la existencia humana. Por consiguiente, tal como sucede con el de subjetividad, solo ser铆a posible arribar a un concepto de juventud anudando condiciones materiales y simb贸licas. Para expresarlo con mayor claridad proponemos la siguiente regla: puede una joven serlo por su condici贸n etaria, pero, por su condici贸n social 鈥搚a sea maternidad o empleo鈥, no considerarse tal y, al mismo tiempo, quien posea una edad que supere la denominada juventud puede por condiciones sociales continuar defini茅ndose como joven. En ese sentido 鈥損articularmente en el 煤ltimo tiempo, tal como afirma Urresti (2011)鈥 se聽presenta lo que algunos/as investigadores/as denominan procesos de juvenilizaci贸n, como la posibilidad de extender dicha etapa a partir de la propiedad de determinados signos que conformar铆an lo juvenil[5]. Sin embargo, ese plazo de gracia no es ilimitado para quienes no poseen la edad, por cuanto se ponen en juego procesos de subjetivaci贸n particulares enmarcados en lo que se denomina configuraci贸n generacional. A este concepto nos dedicaremos en el punto siguiente.

Otro aspecto que merece atenci贸n y que modifica aristas de las categor铆as antes presentadas es el relativo al g茅nero y, en consecuencia, las desigualdades que trae aparejadas. Tal como mencionamos, los estudios sobre juventud desde un enfoque cultural comenzaron a emerger en la d茅cada de 1990, cuando 鈥揷omo afirma Silvia Elizalde (2015)鈥 exist铆a una exigua presencia de categor铆as ligadas a g茅nero y sexualidades. La feminidad y la maternidad imponen a las mujeres responsabilidades de cuidado no remunerado que llevan a aplazar oportunidades de estudio y de ocio, representadas por la moratoria social; asimismo, producen efectos sobre el cuerpo que inciden en los procesos biol贸gicos juveniles que aportan ese dato f谩ctico que requiere la moratoria vital. De all铆 que tanto aspectos simb贸licos como materiales sean afectados por el g茅nero, lo que requiere que los investigadores reparen especialmente en esas condiciones no como meras variables de an谩lisis 鈥搕al como expresa la autora antes citada鈥, sino en torno a las significaciones que configuran.

A partir del puzzle cuyas piezas hemos intentado colocar cuidadosamente podemos proponer un concepto de juventudes que podr铆a ser el siguiente: se trata de un conjunto de condiciones materiales y simb贸licas que superan ampliamente la mera consideraci贸n de los procesos biol贸gicos para incorporar en su estudio la incidencia del contexto social; de all铆 que se torne relevante integrar en el an谩lisis desigualdades y posiciones diferenciales de los actores juveniles. Al igual que sucede con las subjetividades, el plural tiene el sentido de mostrar la diversidad de comportamientos y actitudes 鈥揷omo tambi茅n estilos y est茅ticas鈥 que podr铆an definirse como propios de quienes integran el colectivo sociogeneracional.

El deseo y el encuentro con la otredad como modos de superar la modelizaci贸n subjetiva

En los p谩rrafos precedentes hemos ido mostrando, desde diferentes propuestas te贸ricas, la incidencia del entorno social en la construcci贸n de subjetividades y en la conformaci贸n particular que supone la juventud. Ahora bien, podemos preguntarnos: 驴qu茅 caracter铆sticas asume ese contexto en el que predominan las modalidades de producci贸n capitalistas enmarcadas en reg铆menes neoliberales? Por consiguiente, 驴qu茅 posibilidades existen de superar esas estructuras para lograr mayor autonom铆a? Un aporte te贸rico que resulta fruct铆fero para comprender el peso simb贸lico de las estructuras y las caracter铆sticas actuales del ejercicio de poder en los gobiernos neoliberales es el de Bourdieu (2007) sobre la teor铆a del habitus. Decimos que el concepto es apropiado, por cuanto comprende a aquellos capitales 鈥揹efinidos como atributos del sujeto adquiridos o heredados en el marco de sus trayectorias鈥 objetivados en estructuras mentales que definen comportamientos y, tal como se帽ala Byung-Chul Han (2014, p. 25), 鈥渘os dirigimos a la 茅poca de la psicopol铆tica digital [鈥. Se trata de un conocimiento de dominaci贸n que permite intervenir en la psique y condicionarla a un nivel prerreflexivo鈥.

El habitus que plantea Bourdieu nos permite conocer que existen disposiciones perdurables y duraderas (transferibles) que son engendradas e informadas experiencialmente por las condiciones objetivas en las que se encuentra anclada la existencia humana. De all铆 que dicho habitus intervenga tanto sobre las primeras experiencias como sobre las expectativas futuras; en consecuencia, no se trata de una estructura mental inmutable, sino de una variable en los diferentes cursos de acci贸n. Precisamente, este tipo de disposici贸n se va conformando en las experiencias primarias integradas 鈥揷omo explica el soci贸logo franc茅s鈥 por relaciones de parentesco o modalidades de consumo que determinan estructuras de percepci贸n que incidir谩n en comportamientos ulteriores. Sobre las expectativas, el habitus funciona recordando ese punto de origen que fueron construyendo las condiciones objetivas conjugadas con estructuras temporales y actitudes particulares en las que inciden las socialmente asignadas. Bourdieu (2007, p. 105) explica:

Tiende a ajustarse a las probabilidades objetivas de la satisfacci贸n de la necesidad o del deseo, inclinando a vivir 鈥渟eg煤n su gusto鈥, es decir, 鈥渃onforme a su condici贸n鈥 [鈥 y a volverse de ese modo c贸mplice de los procesos que tienden a realizar lo probable.

Si bien el habitus es estructura y estructurante, como aclara el soci贸logo, no es una repetici贸n mec谩nica de comportamientos producto de interiorizaciones de lo exterior y, por consiguiente, no es posible encontrar all铆 la novedad absoluta, pero tampoco la reproducci贸n serializada e irreflexiva.

Estas posibilidades de escapar a las estructuras que plantea Bourdieu tambi茅n son propuestas por otros posestructuralistas: Deleuze y Guattari. Ya Foucault (1988) hab铆a advertido que toda relaci贸n de poder 鈥揹e distinto tipo, con excepci贸n de las de negaci贸n de la subjetividad鈥 admite resistencias. En ese esquema, los autores citados inicialmente incorporan el papel del deseo y las emociones. A su vez, este enfoque propone resignificar el papel residual otorgado al inconsciente, y de all铆 la posibilidad de dar un nuevo sentido a las pulsiones, entre las que se incluye el deseo. En Caosmosis, Guattari (1996) aclara: 鈥淓l afecto no es un asunto de representaci贸n y de discursividad, sino de existencia鈥. A partir de ello, la construcci贸n de la subjetivad incorpora el orden experiencial en choque con lo afectivo-emocional al que denomina acontecimiento; solo 茅l es el que puede lograr procesos de singularizaci贸n que logren fracturar los poderes dominantes.

Fernando Gonz谩lez Rey (2010) se ha ocupado de rastrear los antecedentes que han permitido otorgarle un rol activo a la psique e integrar la esfera emocional en la subjetividad. El psic贸logo cubano encuentra un buen socio en el ruso Lev Vygotski para la empresa que decide emprender. Empresa nada sencilla, pues, como 茅l mismo reconoce, implica romper con algunos moldes psicologistas que 鈥搕al como ve铆amos antes鈥 han negado el peso de lo social en lo subjetivo y, por consiguiente, lo han reducido a instancias meramente individuales; por otra parte, han relegado las emociones y los afectos al espacio atribuido al inconsciente. En ese sentido, hallamos semejanzas con el planteo de Guattari y Rolnik (2006, p. 24) que propone superar el dualismo aparentemente irreconciliable entre consciente e inconsciente y optar por lo que estos autores denominan un inconsciente m谩s esquizo 鈥搈odificando la psicopatolog铆a en la que se bas贸 el psicoan谩lisis tradicional: la neurosis鈥, con 茅nfasis en la creatividad y sin regresiones al pasado: 鈥淚nconsciente de flujos y m谩quinas abstractas m谩s que inconsciente de estructura y lenguaje鈥. Por eso, Gonz谩lez Rey propone dos conceptos para comprender la subjetividad desde esta perspectiva: sentido y configuraci贸n subjetiva[6]. El sentido expresa la ligaz贸n entre lo simb贸lico y lo emocional, mientras que la configuraci贸n muestra el modo en que se organizan los diferentes registros experienciales 鈥揹e distinto tipo鈥 a partir de los dos principales vectores antes mencionados, lo que da lugar, en un momento determinado, a un modo particular de manifestarse.

Anteriormente dec铆amos que los actuales reg铆menes neoliberales ejercen control sobre la psiquis y sus instancias prerreflexivas y, por consiguiente, dirigen especialmente la atenci贸n sobre el deseo y las emociones. All铆, el consumo y la construcci贸n de necesidades sociales se convierten en herramientas clave para el ejercicio del poder. Ya Deleuze y Guattari hab铆an anunciado que el deseo puede paralizarse o bloquearse y entrar en procesos de autodestrucci贸n o implosi贸n. Por su parte, Bauman (2013; 2014) se帽ala que una de las 煤ltimas conquistas del mercado de consumo es haber logrado explotar los deseos y las emociones, aunque, en realidad, como aclara, se trata del mercado del narcisismo. De all铆 que el ejercicio del poder adquiera caracter铆sticas similares a lo que Han (2014) denomina psicopol铆tica. Sencillamente, puede definirse como el retorno al sujeto individualizado e individualizante que se cree due帽o de sus posibilidades de ascenso o retroceso en las instancias que involucran sus trayectorias sociales; por consiguiente, ante la no concreci贸n de sus expectativas, la culpa recae sobre s铆 mismo. Tanto Bauman como Han coinciden en denominar esta nueva modalidad de poder como panoptismo individual, por cuanto es el propio sujeto el que realiza la vigilancia sobre sus actividades. Asimismo, el Estado, por medio de pol铆ticas neoliberales, tambi茅n se convierte en c贸mplice de dicho ejercicio de control al implementar programas en los que la responsabilidad de superar situaciones sociales adversas recae sobre sus propios destinatarios. Sin embargo, siempre existir铆an posibilidades de fugarse o escapar a esos controles 鈥搃ncluso en el panorama aparentemente m谩s disciplinante que refleja el fil贸sofo coreano鈥 mediante el deseo o la emoci贸n en el encuentro con el otro. Han considera que solo regresando a esas modalidades de encuentro colectivo pueden superarse los imaginarios individualizantes sobre una supuesta libertad que no es tal. En este punto tambi茅n podemos tomar como referencia a Jacques Ranci猫re (2000), quien plantea que en el mundo pol铆tico se enfrentan dos procesos heterog茅neos: gobierno o polic铆a e igualdad. El primero de ellos act煤a estableciendo distinciones y, en consecuencia, lesionando o da帽ando la igualdad; de all铆 que la pol铆tica 鈥揷omo proceso de emancipaci贸n鈥 tenga a su cargo la tarea de verificar que dicha igualdad se mantenga. Para ello es necesario que la acci贸n colectiva renuncie a los esencialismos identitarios 鈥揷r铆tica que Judith Butler (2007) le hace al primer feminismo鈥 para lograr mayor performatividad colectiva. All铆 es donde ubica el proceso de subjetivaci贸n como una desidentificaci贸n con un yo para aceptar el encuentro con un otro diferente y construir un uno como espacio com煤n para la praxis pol铆tica.

En materia de juventudes 鈥搕ras las discusiones que hemos intentado reproducir en fragmentos anteriores鈥, un concepto que ha ido obteniendo protagonismo, por cuanto permite superar algunas disyuntivas precedentes, es el de generaci贸n. No se trata de una categor铆a nueva ni mucho menos, pues reconoce antecedentes en el siglo pasado y aparece en las primeras propuestas de Margulis y Urresti; sin embargo, en el 煤ltimo tiempo ha ido obteniendo mayor centralidad. Se trata de colocar el eje nuevamente en la edad, pero no como un dato biol贸gicamente determinado, sino como procesamiento sociocultural. Margulis (2015, p. 10) se帽ala:

鈥淕eneraci贸n鈥 nos habla de la edad, pero ya no desde el 谩ngulo de la Biolog铆a, sino en el plano de la Historia [鈥 alude a las condiciones hist贸ricas, pol铆ticas, sociales, tecnol贸gicas y culturales de la 茅poca en la que una nueva cohorte se incorpora a la sociedad.

Los antecedentes del acercamiento generacional al estudio del colectivo nos remiten desde Comte hasta Ortega y Gasset. Sin embargo, a partir del rastreo bibliogr谩fico realizado en Romano y Becher (2018) identificamos que, en Argentina, el uso de la categor铆a pendula en torno a dos conceptos: procesos de socializaci贸n y subjetividad e identidad social. Si bien no se trata de constructos te贸ricos divergentes, muestra las opciones de los/as investigadores/as en el uso de perspectivas. De all铆 que distingamos que algunos se ubican cercanos a la propuesta de Mannheim (1928) 鈥損or ejemplo, Chaves (2006)鈥, mientras que otros eligen el concepto de subjetividad 鈥損or ejemplo, Bonvillani et al. (2008)鈥, lo cual los acerca a la propuesta de Abrams (1982). A partir de ello, consideramos, al igual que Bonvillani, que la conformaci贸n generacional juvenil involucra configuraciones subjetivas particulares; en ese sentido, podemos distinguir entre significantes que definen a una generaci贸n y la distinguen de otra. Quiz谩 actualmente podamos diferenciar con claridad entre los j贸venes de la d茅cada de 1970 y los de la de 1990, al igual que con los actuales. Ello muestra el sentido rupturista que tiene una nueva generaci贸n, y que 鈥揳cudiendo a Gonz谩lez Rey (2010)鈥 podr铆amos aseverar que se construye desde un modo de organizaci贸n dominante en un tiempo y un lugar determinados. A partir de ello, Leccardi y Feixa (2011) distinguen tres momentos recientes de conformaci贸n generacional: los a帽os veinte (el tiempo entre guerras), a los que denominan de relieve generacional por la sucesi贸n y coexistencia de generaciones; los a帽os sesenta, que se caracterizan por el tiempo de la protesta, en el que surgen las nociones de vac铆o y conflicto generacional, y la d茅cada de 1990, con la emergencia de la sociedad en red, que, de acuerdo con los autores, pone en jaque el concepto de lapso generacional a partir de la presencia de una generaci贸n juvenil m谩s experta que la anterior en una innovaci贸n clave para ese momento: las tecnolog铆as digitales. El esquema propuesto por los investigadores muestra rupturas respecto de un per铆odo anterior y, por consiguiente, instituidos que son reemplazados por procesos instituyentes que dar谩n lugar a nuevas subjetividades. De all铆 la semejanza con el enfoque anterior, pues ser铆a posible fracturar lo dominante a partir de fugas o resistencias que pueden adquirir diferentes modalidades y que, seg煤n las circunstancias, muestren el inicio y, en consecuencia, el fin de una generaci贸n[7]. El estudio de las juventudes, al igual que sucede con el de las subjetividades, muestra que una generaci贸n, como advierte Lewkowicz (2004), adviene en tanto tal cuando las experiencias de las anteriores se disuelven ante los embates de las circunstancias o cuando deviene insuficiente para dar respuesta a realidades que la exceden. En Am茅rica Latina tambi茅n podemos apreciar esas disrupciones respecto de las juventudes y sus involucramientos sociales. Quienes comenzaron a asomar al mundo de la pol铆tica en la d茅cada de 1960 y decidieron involucrarse en partidos pol铆ticos y agrupaciones estudiantiles, tal como muestra Reguillo Cruz (2000), fueron significados como rebeldes o estudiantes revoltosos. Ya adentrados en la d茅cada de 1970, con dictaduras de por medio, pasaron a ser los subversivos que deb铆an ser vigilados especialmente y, cual biopol铆tica foucaultiana, padecer en sus propios cuerpos vejaciones y violencias diversas que mostraron la necesidad de desaparecer, por medio de exilios internos y externos, a una generaci贸n de j贸venes. Contin煤a Reguillo Cruz (2000, p. 21): 鈥淓n los ochenta 鈥揷uando desaparecen de la escena pol铆tica鈥 ser谩n adscriptos a la imagen del delincuente y luego del violento. Estos son los j贸venes visibilizados en la segunda mitad de siglo xx en Am茅rica Latina鈥. Por su parte, en los a帽os noventa, varias consultoras de opini贸n p煤blica 鈥揳lgunas de ellas, financiadas por organismos internacionales鈥 se帽alaban la apat铆a juvenil hacia el mundo de la pol铆tica. Sin embargo, tales conclusiones se circunscrib铆an a los espacios tradicionales de la participaci贸n pol铆tica, mientras que los j贸venes decid铆an involucrarse en 谩mbitos por fuera de los identificados com煤nmente con las pr谩cticas pol铆ticas. De all铆 que, acordes con el clima de 茅poca, comedores barriales y agrupaciones estudiantiles independientes de estructuras partidarias 鈥揷omo tambi茅n espacios culturales鈥 se transformaran en escenas de politizaci贸n juvenil. Diferente fue lo que sucedi贸 a comienzos de este siglo, cuando los gobiernos progresistas empezaron a mostrar actitudes que atrajeron la impronta juvenil y el colectivo comenz贸 a tener presencia en sus pol铆ticas y acciones; tales comportamientos redundaron en un acercamiento de las juventudes a los espacios tradicionales de la pol铆tica. Graciela Castro (2013, p. 14) se帽ala:

En octubre de 2010 falleci贸 N茅stor Kirchner, y las juventudes parecieron retomar el inter茅s por la participaci贸n social y pol铆tica de modo masivo, de manera especial entre las agrupaciones cercanas al oficialismo鈥 Ya por entonces, las juventudes hab铆an dejado de ser solo el futuro para volverse actores importantes del presente.

Las emociones y los deseos, tambi茅n en lo referido a las juventudes, cumplen un papel importante para estimular actitudes que puedan escapar de los poderes dominantes y, en consecuencia, transitar los caminos de la alternancia. Aunque el plano emotivo ha sido escasamente explorado en torno al colectivo sociogeneracional, Bonvillani observa tal dimensi贸n en los 谩mbitos de inserci贸n de sus participaciones pol铆ticas. En primer lugar, la investigadora plantea la posibilidad de comprender las tendencias afectivas como un sustrato com煤n de sensibilidad que permite pensarlas en conjunto, 鈥渆n t茅rminos de un campo afectivo que est谩 en el coraz贸n de la subjetividad鈥 (Bonvillani, 2010, p. 29), que informa las cogniciones y las pr谩cticas. A partir de ello, apuesta por el uso de la categor铆a subjetividad pol铆tica y reconoce que no implica una subjetividad diferenciada 鈥搕al como aclara en Bonvillani (2012)鈥, pero admite que lo pol铆tico requiere de su particularidad; se define a partir del encuentro colectivo y de una demanda sentida com煤n. De all铆 que proponga comprender dicha subjetividad como una instancia que anuda la pol铆tica en conjunto con las posiciones diferenciales de los actores. Asimismo, permite reflejar las sujeciones al orden establecido y los procesos de emancipaci贸n juvenil; en ese sentido, con una fuerte influencia spinoziana, resignifica el papel de las emociones en los empoderamientos pol铆ticos del colectivo sociogeneracional. Ello le permite identificar que los afectos ejercen una influencia significativa en la potencia del actuar pol铆tico juvenil, que disminuyen o aumentan. Mientras que las emociones alegres estimulan acciones positivas en los/as j贸venes que permiten irrumpir el orden establecido, las emociones tristes incentivan comportamientos negativos de parte del colectivo que reducen la potencia de actuar y, en consecuencia, de actitudes que modifiquen los instituidos.

Conclusi贸n: las piezas finales

El recorrido que hemos realizado a lo largo de este texto podr铆a asemejarse a un rompecabezas que, cual juego de ni帽o/a, a veces puede parecer dispersarse y retomar la atenci贸n en puntos nodales. No es sencillo intentar articular diferentes aportes de autores en torno a una categor铆a, como sucede con la de subjetividades, cuya producci贸n aparece diseminada e invadida por un uso que muchas veces apela al discurso atractivo que conlleva utilizar el concepto, pero sin detenerse a reflexionar en su contenido te贸rico. De all铆 que este aporte haya tenido aquella finalidad al establecer sus semejanzas y diferencias con otra categor铆a de las ciencias sociales que tambi茅n ha padecido secuelas similares: juventudes.

Continuando con la met谩fora del rompecabezas, en estos fragmentos finales consideramos relevante detenernos en las piezas centrales que cada uno de los constructos te贸ricos revisados aporta a los conceptos antes aludidos. Para superar el dualismo interno-externo es necesario reconocer que toda subjetividad, incluida la producci贸n de configuraciones generacionales, se construye 鈥損arafraseando a Guattari (2006)鈥 en el registro de lo social, vale decir, en un contexto social determinado, y, por tal motivo, es producto tambi茅n de un proyecto sociohist贸rico. A partir de ello, advertimos que, mientras que la Modernidad propuso un modelo de sujeto racional y autosuficiente, depurado de influencias del entorno, el estructuralismo empieza a mostrar la incidencia de las condiciones materiales de existencia. Al mismo tiempo, adelant谩ndonos a la segunda parte del texto, observamos el contenido de ese contexto: dispositivos de control enmarcados en el orden capitalista que intentan serializar, como si se tratara del fordismo o el taylorismo, la producci贸n de subjetividad. All铆, el aporte de diversos te贸ricos nos ha mostrado, tanto en lo relativo a la subjetividad como en cuanto a las juventudes, la potencialidad del deseo y las emociones para acentuar los comportamientos que permitan romper las estructuras del orden establecido. Sin embargo, tambi茅n revisamos que el deseo y las emociones no escapan a la posibilidad de ser captados por el neoliberalismo y, de hecho, esa parecer铆a ser la modalidad que adquiere el ejercicio del poder en tiempos actuales.

A partir de las piezas finales antes colocadas, que nos permiten ir concluyendo, al menos parcialmente, con nuestro rompecabezas puede quedarnos la panor谩mica, tal vez poco optimista, de escasas opciones de modificar los instituidos del neoliberalismo e incentivar procesos instituyentes. Tampoco somos ajenos a una realidad regional que nos azota en nuestro mundo cotidiano e intenta asfixiarnos para, finalmente, creer que ninguna alternativa es posible. Lejos de ese pesimismo conformista nos conducen los autores que hemos revisado en este texto, pues todos conf铆an en nuestra potencia de actuar para modificar realidades hostiles. Para Bourdieu (2007, p. 98), el estilo personal como sello distintivo de un habitus puede cambiar otro habitus de 茅poca o de clase que resulte opresivo. De acuerdo con Deleuze (1995, p. 275) y Guattari (1996, p. 16), la modelizaci贸n subjetiva puede ser superada por agenciamientos colectivos de enunciaci贸n. Seg煤n Han (2014, p. 117), el encuentro con el otro, en el que se halla la aut茅ntica libertad, es capaz de desarmar la psicopol铆tica como modo de sometimiento. Quiz谩 sea necesario regresar a lo que propon铆a Ranci猫re (2000) para construir de la pol铆tica ese lugar com煤n que nos contenga con la finalidad de enfrentar la adversidad, siempre vieja y siempre nueva.

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  1. Posiblemente sea dificultoso ubicar a Freud como estructuralista; sin embargo, el sentido es diferenciarlo de un psicoan谩lisis posestructuralista que comienza a resignificar el valor de la psique y su funci贸n simb贸lico-emocional, aunque tambi茅n aparece all铆 un renovado inter茅s por modificar el papel residual del inconsciente y las pulsiones como movilizadoras de deseos que pueden lograr irrumpir el orden constituido. Piedrahita Echand铆a (2015, p. 30) lo aclara: 鈥淓n resumen, el psicoan谩lisis posestructuralista, a diferencia de la versi贸n freudiana y lacaniana, presenta una concepci贸n de subjetividades abiertas, no constre帽idas por etapas de desarrollo sexual, y potenciadas desde el deseo. Tanto el inconsciente como el deseo son rescatados del lugar restrictivo y oscuro de la culpa y la represi贸n, encuadr谩ndolos como dimensi贸n creadora de la subjetividad鈥.
  2. El recorrido te贸rico-conceptual realizado por la categor铆a subjetividades corresponde a la propuesta contenida en Bonvillani (2009).
  3. Algunos autores que son identificados como posestructuralistas rechazaban ese mote cientificista. Sin embargo, al igual que aclaramos en una cita anterior, resulta un criterio apropiado para distinguir tales planteos del estructuralismo, aunque muchos de ellos tambi茅n sean considerados inductores de dicha corriente te贸rica.
  4. El texto de Checa, Erbaro y Schvartzman (2016) aporta datos cuantitativos y cualitativos sobre el tema. Los segundos son producto de proyectos de investigaci贸n dirigidos o integrados por la primera autora del art铆culo desde hace m谩s de dos d茅cadas.
  5. El proceso de juvenilizaci贸n no solo comprende la posibilidad de extender la etapa juvenil 鈥揳 partir de estilos y est茅ticas鈥 para demorar el pasaje a la adultez, sino propiamente un estilo o una est茅tica que puede manifestarse en instituciones u organizaciones sociales. De modo que, tal como se帽ala Vommaro (2015), desde comienzos de este siglo se produjo un proceso pol铆tico, facilitado por gobiernos progresistas, que colm贸 de juvenilizaci贸n las performances y los partidos pol铆ticos tradicionales, lo cual tambi茅n se vincular铆a con la importante presencia de j贸venes en dichos espacios.
  6. Tales conceptos recorren tanto su obra inicial como la posterior, de modo que es posible hallar diferentes definiciones 鈥搒emejantes鈥 en textos de la d茅cada de 1990 y en los actuales (aunque, tal como aclara el autor, con el tiempo los ha ido precisando y delimitando).
  7. Chaves, Fuentes y Vecino (2016) se帽alan que la apat铆a juvenil 鈥搕an recurrente como discurso y actitud en torno al colectivo鈥 puede constituir una modalidad de resistencia. Estos autores lo observan respecto de juventudes escolarizadas en el nivel secundario del conurbano bonaerense.


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