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Profesionalizar lo político y lo social

Sandra Arito y Alfredo Romero

Repensando las ciencias sociales y humanas

Proponemos algunas ideas con la intención de reflexionar respecto de las ciencias sociales y humanas, fundamentalmente en relación con las cuestiones política y social; ciencias estas que se relacionan indefectiblemente con la vida cotidiana.

Lo social y lo político necesariamente están vinculados a la vida cotidiana de todo ser humano, a la vida en sociedad. Lo cotidiano nos implica e impacta desde lo vivencial, tiene que ver con lo que hacemos, pensamos y sentimos; por tanto, todos tenemos derecho a opinar sobre cualquier tema. Allí se ponen en juego el sentido común, los sentimientos individuales, a veces compartidos por grupos y organizaciones sociales.

En su ya célebre texto Especificando la política (1981), Norbert Lechner remarcaba que “la definición social de lo que es ‘política’ forma hoy día un terreno privilegiado de la lucha de poder, y de esta reestructuración del ‘hacer política’ dependerá en buena medida lo que será la sociedad futura”.

El citado autor propone cuatro ejes para especificar la política: a) la política como práctica de producción y reproducción de la sociedad; b) la política como la construcción de acciones recíprocas y, particularmente, la determinación recíproca de los sujetos como el núcleo central de la práctica política; c) la política como acción instrumental de cálculos ajustados a medios y fines en busca de objetivos, y también como expresión simbólica de una vida en común, y d) la política como proceso de construcción de subjetividades sociales. De este modo, consideramos que lo político y lo social deben ser pensados como un binomio inseparable en el que cada uno de los polos contamina el otro. La actividad política produce y reproduce lo social al tiempo que lo hace en un contexto socialmente determinado que oficia de marco de referencia, que condiciona a la vez que habilita prácticas sociales determinadas.

Sabemos que los diferentes modos de relación e intercambio social se constituyen en determinaciones operantes en la vida cotidiana de las personas; esto es, la disminución del valor del salario o su incremento, el aumento de los índices de desempleo o su mengua, la potencial inestabilidad laboral son factores que condicionan e influyen en la organización familiar, en la salud, en la educación, en la idea de justicia.

La vida cotidiana y la profesionalización de las ciencias

Para quienes trabajamos en el campo de lo social es clave destacar que las situaciones de incertidumbre, los momentos de crisis tienen impacto directo en la vida cotidiana de los sujetos. La desesperanza respecto de mejorar a corto plazo y el cambio en las relaciones de trabajo modifican las condiciones individuales-familiares y comunitarias de identidad, de cohesión, de organización, de producción. Se alteran valores ideológicos y las aspiraciones de crecimiento o posibles mejoras deben ser resignadas. La precariedad laboral y la pérdida del trabajo se viven como situaciones indeseadas y afectan las condiciones concretas de existencia de las personas.

¿Por qué titulamos como afirmación la profesionalización de lo político y lo social? En primer lugar, entendemos que resulta indispensable. El rango de ciencias sociales y humanas que las profesiones y disciplinas de los campos social y político despliegan se forja, se cuestiona, se investiga en el ámbito universitario; es decir, la universidad forma para intervenir socialmente, tiene como objetivo central la formación profesional. Parafraseando a Teresa Matus, la formación profesional es un modo de ver que se plasma en el hacer, afirmación que remite a una elemental reflexión epistemológica que incluye la relación entre el sujeto (profesional) y aquello para lo cual nos formamos. Estamos inevitablemente implicados en la definición que hagamos de Estado, de universidad, de necesidades sociales, de derechos humanos, de intervención profesional.

Para intervenir es necesario contar con herramientas de pensamiento para comprender, interpretar, argumentar y, consecuentemente, asumir una posición fundada y una práctica profesional sustentada en argumentos sólidos, que, aunque respete el sentido común, también pueda contradecirlo.

A la universidad, como institución, le cabe tomar la palabra para decir qué, por qué y cómo, fundadamente, desde el saber científico consustanciado con la sociedad y el país a los que pertenece. Es esta una de las razones por las cuales la universidad debe ser pública, gratuita y estatal: porque, como parte de la tarea, tiene la obligación de trabajar para fortalecer un Estado capaz de garantizar derechos de igualdad de oportunidades para sus ciudadanos.

No hay espacio en el ámbito científico para afirmaciones que no pueden sustentarse con solidez conceptual ni resisten lecturas analíticas. A modo de ejemplo ilustrativo, respecto del tema gestión de riesgo, es esperable que graduados de ingeniería, si advierten que es necesario intervenir en una obra de infraestructura para evitar que se inunde una ciudad, lo informen y a tiempo. No solo por una cuestión de responsabilidad profesional, sino por ética profesional y sin importar si el gobierno de turno es más o menos amigo.

Si tomamos ejemplos de ciencias sociales y humanas, sabemos que quienes crecen en hogares en los que no se llega a cubrir la canasta básica de alimentos no siempre tienen las mismas posibilidades de contención en el sistema educativo y tendrán mayor grado de vulnerabilidad con respecto a su salud o a su potencial incorporación en el circuito formal laboral, entre otras consecuencias. Sin embargo, esta afirmación científica no siempre es aceptada aunque sea demostrable; muchas veces, en claro contrasentido, se implementan políticas públicas que profundizan la imposibilidad que muchos hogares lleguen a la canasta básica.

También sabemos que la pena de muerte en los estados en que se ha implementado no disminuyó los delitos aberrantes. Si bien es cierto que el entrañable deseo de aplicación puede ser respetable frente a situaciones que pueden considerarse ominosas, en términos de responsabilidad profesional, social y política la decisión debe necesariamente estar sostenida por criterios y avales científicos.

Resultan indispensables el diálogo de saberes, el saber de la propia experiencia y el sentido común que a cada quien le quepa; sin embargo, resulta inadmisible implementar medidas basadas en estos. De allí la importancia que las ciencias sociales y humanas tienen en la generación de conocimiento socialmente relevante que permita enriquecer los debates democráticos aportando evidencia empírica sustentada en marcos teóricos y conceptuales contrastables sobre los cuales discutir las decisiones de política pública que afectan la vida en sociedad.

Sabemos que cuando la brecha entre concentración de capital y redistribución se agranda, quedan al desnudo algunas desigualdades insoportables. Hace décadas que se ha demostrado la capacidad de los sistemas económicos para producir riquezas groseramente concentradas, pero, a la vez, son idénticamente incapaces de distribuir esa riqueza de modo que pueda satisfacer las necesidades humanas. En un contexto mundial de superproducción de alimentos, hay millones de personas que padecen hambre.

La profesionalización de los científicos y las políticas públicas

Es posible trabajar en el diseño y la implementación de políticas públicas pertinentes para redistribuir riqueza de manera tal que la desnutrición sea evitable. Los profesionales de ciencias sociales y humanas sabemos que no cuestionar, no interrogar tiene consecuencias en cualquier intervención profesional que realicemos. El no interrogar, el no registrar, el no nombrar tiene un elemento simplificador, empobrecedor del conocimiento que es atribuible al plano de lo ideológico, pero no de la ideología en abstracto, sino de

un sistema de representaciones sociales que explica, que legitima y que otorga racionalidad a un tipo particular de relaciones sociales y que, para hacerlo, debe escamotear datos: para legitimar, para explicar y dar racionalidad debe universalizar lo particular, volver eterno lo que es histórico y naturalizar lo que es social (Pampliega de Quiroga, 2010).

Así, a modo de ejemplo, el precoz abandono escolar de quienes trabajan es esperable y puede ser naturalizado por interpretarse que no pueden sostener el proceso de escolarización.

Compartimos un planteo de Ana Pampliega de Quiroga: hay rasgos de pensamiento con un fuerte sentido ideológico, marcado desde el punto de vista epistemológico:

  • universalizar lo que es particular (“todos los políticos son corruptos”);
  • quitar las determinaciones históricas y volver eterno algo que está marcado por la temporalidad, y
  • hacer natural, por lo tanto, obvio, incuestionable, algo que es histórico (“los pobres no llegan a la universidad”).

Entonces, el carácter ocultador, mistificador o, por el contrario, desocultador de un sistema de representaciones sociales no está dado por su carácter ideológico, sino por la lógica objetiva de los intereses que expresa o condensa al analizar la realidad social. Hay intereses que van a operar como favorecedores del desocultamiento o favorecedores del conocimiento y otros, que van a operar, por su lógica objetiva, como favorecedores del ocultamiento y del enmascaramiento, y esto está mucho más allá de las buenas o malas intenciones. En esta misma línea, el filósofo político francés Jacques Rancière (2007) reserva el nombre “régimen policial” para señalar la “ley, generalmente implícita, que define la parte o la ausencia de parte de las partes”. Para llevar adelante este proceso, la lógica policial debe definir la configuración de lo sensible en la cual se inscribirán las partes. De esta forma, la policía es,

primeramente, un orden de los cuerpos que define las divisiones entre los modos del hacer, los modos del ser y los modos del decir, que hace que tales cuerpos sean asignados por su nombre a tal lugar y a tal tarea; es un orden de lo visible y lo decible (Rancière, 2007, p. 44).

El régimen policial opera naturalizando las formas sociales, las jerarquías y los condicionamientos sobre los cuales se organiza el orden social; de allí que el autor reserve el concepto de política a una actividad antagónica al régimen policial que tiene por cometido romper el orden de configuraciones sensibles del régimen policial y poner de manifiesto “la parte de los que no tienen parte”. La actividad política pone al descubierto la radical contingencia de todo orden social y revela las estructuras de poder que hacen que las cosas “sean” lo que “son” poniendo en entredicho, por ejemplo, las lógicas deterministas que naturalizan los lugares de pobreza y marginalidad. Desde esta perspectiva, el conflicto es constitutivo del orden social y negarlo equivale a reproducir el estado de cosas imperante, en tanto que reconocerlo y hacerlo evidente es el primer paso para cuestionar el statu quo. De este modo, la actividad política apuesta con fuerza a una lógica de la “igualdad” para desestabilizar el régimen policial al poner de manifiesto que toda desigualdad es artificialmente creada y, con posterioridad, sedimentada como parte de un supuesto orden de cosas natural.

En este sentido, consideramos clave que los profesionales de las ciencias sociales y humanas intervengan recordando este carácter desocultador de la actividad política y sosteniendo una mirada crítica y reflexiva que cuestione e indague las lógicas de estructuración del orden social. Asimismo, el profesional de las ciencias humanas y sociales no debe descuidar sus propios marcos de referencia y los de su disciplina científica, que condicionan su actuación. La mirada crítica del profesional no debe descuidar las relaciones de poder que estructuran el propio campo científico y los saberes que allí se producen y condicionan las intervenciones profesionales. Siguiendo a Pierre Bourdieu (2008), el profesional de las ciencias humanas y sociales debe realizar una “doble ruptura”: primero, con las ideas recibidas e imperantes. Se trata de romper con las explicaciones del mundo social propias del sentido común, explicaciones y representaciones que se presentan como obvias y que suelen expresarse en el relato de los grandes medios de comunicación, referido, por ejemplo, a los “problemas” de inseguridad, pobreza, desocupación, fracaso escolar, delincuencia o droga, entre otros. En segundo lugar, es preciso que se produzca una ruptura con las objetivaciones del propio campo científico de las ciencias sociales y humanas, que, como todo campo social, produce sus propias reglas y estructuras de poder; de allí que la tarea del profesional tenga una complejidad inherente vinculada a un doble juego de mirar reflexivamente el campo social donde interviene –y del cual es parte– y el campo científico del cual proviene y al cual contribuye a estructurar.

En este punto, resulta clave para las ciencias sociales y humanas poder indagar y analizar para qué y cómo se interviene profesionalmente, ya que no hacerlo, más allá de que se tenga conciencia de ello o se ignore, implica actuar desde alguna lógica ideológica que puede no favorecer la crítica reflexiva, el desocultamiento o los verdaderos intereses y necesidades sociales.

Existen problemáticas sociales que se plantean en el marco del análisis individual. Ese es un modo de expresar determinados intereses y es, por lo tanto, un modo de interpretar la realidad. Si planteamos el tema del consumo problemático de sustancias y miramos solo en dirección al sujeto, queda allí el rótulo: drogadicto o alcohólico, entre otras posibilidades. Pero también podemos preguntarnos: ¿cuánto se indaga de la inducción al alcohol, al consumo de sustancias que existe en la sociedad? ¿Cuánto se indaga de las conductas adictivas en los modos cotidianos de vincularse que tienen los sujetos?, ¿de lo que encierra, de qué lo induce y de lo que promueve en términos de conductas adictivas? Existen indagaciones acerca de esto, pero eso no es lo predominante.

Cuando en esa relación hay elementos –el criterio de salud pública, en este caso– que no son interrogados; cuando solo es interpelado el sujeto, como si este fuera presocial y ahistórico, o cuando se pone la mirada sobre el grupo familiar, pero de manera culpabilizadora, en una familia descontextualizada de las relaciones que lo determinan, cabe preguntarse: ¿cuántas instancias de experiencias, cuántos factores que juegan en el proceso de salud o enfermedad quedan al margen del análisis?

Al poner la mirada exclusivamente en el sujeto se deduce, de alguna manera, que las relaciones sociales no son cuestionadas o que no tienen que ver con estas cuestiones cotidianas, en tanto que, si no tienen que ver, no tienen por qué ser cuestionadas, no tienen que ser interrogadas en su capacidad de producir las consecuencias que producen (exclusión, enfermedad, analfabetismo, etc.).

La presencia ideológica y las políticas públicas

Una de las formas en que se expresa la lucha social es en la lucha ideológica. La ideología toma cuerpo en las políticas públicas, en tanto estas son herramientas para transformar el sentido y la dirección de lo que es posible realizar. Las políticas públicas dirigidas a generar condiciones de igualdad de derechos disminuyen condiciones de vulnerabilidad social. La desigualdad, como la pobreza, atentan contra la sustentabilidad social y política.

Quienes trabajamos en ciencias sociales y humanas sabemos que, frente a escenarios de fragmentación social, la intervención profesional debe darse ineludiblemente en un sentido integrador. La universidad, a través de sus funciones de docencia, investigación y extensión universitaria en grado y en posgrado, asume un modo de intervención social. La existencia de la universidad es medular en cuanto a lo que puede aportar en la promoción de prácticas integradoras. Estas últimas generan y promueven el surgimiento de organizadores materiales y simbólicos que tiendan a reconstruir lo que sí se puede, la construcción y reconstrucción de rasgos propios de identidad social en los escenarios donde se trabaja, se estudia, se vive.

Siempre las acciones son pensadas e implementadas por agentes sociales en contextos históricos. Es frecuente escuchar desde la opinión pública, acompañada por el sentido común, que el saber técnico, y una tendencia, tienden a considerar natural su ideología productivista; sin embargo, esas prioridades no siempre se consideran prioridades sociales respecto de qué se produce, quiénes lo producen y cómo se distribuye lo socialmente producido.

Coincidimos con Alejandro Grimson (2008) cuando afirma que “las ciencias sociales y humanas no son objetivas ni enuncian verdades absolutas”. Sabemos que no existen sociedades sin diferencias, desigualdades y conflictos, y que los conflictos y problemas no se saldan a través de la economía ni de la sociología, el trabajo social o la antropología, sino a través de la política. Según la definición que hagamos de pobreza, de desocupación o de trabajo precario habrá más o menos personas incluidas. Grimson (2008) aludía a un debate análogo en la astronomía:

¿Es Plutón un planeta? Depende de la definición de planeta. Para el astrónomo, hay cosas que dependen de definiciones y otras no admiten debate. Para nosotros también. Cuando los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres, no admitimos debate en el diagnóstico de incremento de la desigualdad social. Incluso si hay mucho crecimiento económico. Sin embargo, asumimos que es terreno soberano de la ciudadanía y de quienes los ciudadanos elijan decidir si quieren una sociedad con menos pobres, aunque haya mayor concentración, o si consideran una prioridad una mayor distribución.

El pensamiento crítico que reivindicamos distingue cualidades y reconoce que se trata de procesos complejos; construye argumentos sólidos que deberían ser consistentes con prácticas fundadas política y éticamente: ese es el lugar de la universidad. Es en este sentido que no hay lugar para la descalificación o agresión de quienes piensan diferente: son esos mecanismos propios de la capacidad de argumentar posiciones con solidez y coherencia ideológica y conceptual. Quien no puede argumentar sólidamente puede desplazar despectivamente el debate e intentar descalificar por características personales, físicas, culturales o étnicas, entre otras.

Desarrollo de las instituciones en la profesionalización de las ciencias

La universidad es el espacio más adecuado de formación por ser el sistema institucional más preparado e idóneo para garantizar rigurosidad académica y respaldo científico para la formación profesional. Es la institución que debe seguir fortaleciendo su sistema de concursos docentes y de personal en general, el desarrollo de la investigación científica, el ingreso de científicos al Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y la participación en equipos interdisciplinarios de trabajo, entre otras instancias que hacen a la vida institucional. Es ámbito de producción de conocimiento científico y de diálogo e interacción social a través de la extensión, actividad esta que nutre la docencia y los procesos de investigación científica.

Sin embargo, eso no es suficiente para la generación de condiciones para una sociedad más justa. No dudamos de la importancia de desarrollar tecnología, generar mayores capacidades productivas, avanzar en investigación o priorizar biotecnología y nanotecnología; no obstante, eso no es suficiente para crecer hacia una sociedad más justa, con menos pobreza y desigualdad.

Si los desarrollos científicos, tecnológicos y productivos no se incorporan y enmarcan en un proceso de desarrollo social capaz de contener a toda su población en condiciones dignas de vida, si la brecha entre los que más tienen y menos tienen se amplía, serán solo eso: desarrollos científicos, tecnológicos y productivos en un país socialmente cada vez más injusto, cada vez menos sustentable política y socialmente.

Bibliografía

Arito, S. (2016). “Ciencias Sociales y formación profesional en el actual contexto”. V Encuentro Nacional de Estudiantes de Trabajo Social. Córdoba, 6-8 de mayo.

Bourdieu, P. (2008). El sentido práctico. Madrid: Siglo XXI.

Consejo de Decanos de Facultades de Ciencias Sociales y Humanas de Universidades Nacionales (2005). Crisis de las ciencias sociales de la Argentina en crisis. Buenos Aires: Prometeo.

Grimson, A. (2008). ¿Sirven para algo las ciencias sociales? [pdf]. San Martín: Unsam. Disponible en: <https://bit.ly/2wdDH3V> [acceso: 16 de marzo de 2020].

Lechner, N. (1981). Especificando la política. Santiago: FLACSO.

Pampliega de Quiroga, A. (1992). “Contexto social y crisis social”. Maestría en Salud Mental. UNER.

Pampliega de Quiroga, A. (2010). Clase. Maestría en Salud Mental. UNER.

Rancière, J. (2007). El desacuerdo. Política y filosofía. Buenos Aires: Nueva Visión.



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