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9 El ocaso de la represa hidroeléctrica: infraestructura, ambiente y paisaje en la agenda problemática del siglo XXI

Fernando Williams

Introducción

Durante la segunda mitad del siglo xx, la represa hidroeléctrica (rh) fue una de las piezas más sobresalientes de la infraestructura energética a nivel global. Nuevas técnicas en el uso del hormigón armado, políticas desarrollistas basadas en la universalización de la electricidad y la redefinición del papel desempeñado por los Estados nacionales en la economía son algunas de las condiciones que permiten comprender el lugar emblemático que ocuparon las represas en el imaginario de la modernización. Sin embargo, el fin del milenio trajo aparejada una rotunda declinación en la legitimidad de este tipo de obras, especialmente debido a los perjuicios socioambientales provocados por la formación de los embalses. A pesar de la baja huella de carbono de esta forma de generación de la energía, los organismos crediticios internacionales han comenzado a desfinanciar los grandes proyectos hidroeléctricos, y en países como Estados Unidos se ha iniciado una activa campaña de remoción de represas y otros artefactos que regulan y modifican el cauce de ríos.[1]

En el contexto de un ethos ambientalista en franca expansión, el primer propósito de este trabajo es identificar los principales argumentos que han socavado la legitimidad de los grandes proyectos hidroeléctricos. En segundo lugar, y a contrapelo de esa naturalizada deslegitimación, interesará también pasar en limpio algunos aspectos que, durante las últimas dos décadas, han tendido a quedar en las sombras, tanto ponderaciones de la importancia de estos proyectos, como nuevas formas de entenderlos. No es el propósito de este trabajo salir en defensa de la rh, pero sí contribuir a la apertura de un debate que no ignore la diversidad de argumentos que se han esgrimido tanto a favor como en contra de su construcción.

De cualquier modo, las numerosas evidencias del ocaso de la rh definen un nuevo escenario en el que interesa echar una mirada hacia atrás y acaso emprender la escritura de su historia. Hacerlo implica dar cuenta de las razones de esta declinación y al mismo tiempo ir más allá de las impugnaciones de cuño ambientalista.

A lo largo del trabajo, me referiré a ejemplos concretos de represas, mayormente las ubicadas en la Patagonia, región que por varias décadas constituyó “un escenario privilegiado para intentos estatales de planificación regional” (Healey, 2003, p. 192), intentos que dieron origen a nuevas entidades de gestión política y económica y que, a su vez, transformaron profundamente los principales ríos de la región a partir de ambiciosos proyectos. Aun cuando deban advertirse significativas diferencias respecto de la histórica gravitación tanto de la ideología planificadora como de la ambientalista, me interesa sumar al área de estudio la vertiente chilena de esta región, donde los proyectos hidroeléctricos han estado en el centro de un debate cuyas resonancias han sido globales.

Hidroelectricidad en la Argentina

Antes de adentrarnos en los argumentos mencionados, reseñemos algunos aspectos salientes del desarrollo de la hidroelectricidad en la Argentina, para que la discusión que pretendemos plantear pueda también pensarse desde el marco de políticas y planes hidroeléctricos concretos.

En la Argentina los primeros estudios para la realización de proyectos hidroeléctricos se remontan a la década de 1890, momento en el que se inauguraron las primeras obras en San Juan y Córdoba. En las dos décadas siguientes, se construyó otra media docena de represas en Cuyo y Córdoba (Fitz Simon, 1946). Sin embargo, la mayor parte de la electricidad era generada por plantas térmicas ubicadas en las principales ciudades y monopolizadas por una serie de empresas extranjeras. Con la creación de la Dirección Nacional del Agua en 1945 y de la empresa estatal Agua y Energía Eléctrica (ayee) en 1947, se abrió un nuevo período en que el manejo del recurso hídrico quedaría inextricablemente ligado a la generación de energía eléctrica. El Plan Nacional de Electrificación implementado por el primer peronismo inauguró este período liderado por un Estado modernizador y en el que se privilegiaría la fuerza hidráulica como modo de generación eléctrica.[2] A partir de ese momento, los emprendimientos hidroeléctricos se extendieron hacia otras regiones, como el litoral y la Patagonia.

Como reconocía en su momento José Pastor, en el plan regional todo giraba en torno al agua, de manera que las “regiones” coincidían frecuentemente con cuencas hídricas enteras (Pastor 1950; Rigotti, 2004). Así, la confluencia de políticas de electrificación y de planificación regional consagraron la rh como la obra más emblemática de un período de casi medio siglo de desarrollismo.[3] Tal vez el mejor ejemplo se encuentra justamente en la Patagonia, donde la identificación de la cuenca del Río Negro como región del Comahue se produjo en forma simultánea con la construcción del complejo hidroeléctrico Chocón-Cerros Colorados, que implicó el represamiento en varios puntos de las aguas de sus dos principales afluentes: el Neuquén y el Limay.

La declinación de la represa hidroeléctrica comenzó en Argentina a mediados de los 90 a partir de la privatización y desmembramiento de ayee. Los capitales privados no apostaron por los proyectos hidroeléctricos y se concentraron en la distribución y la comercialización de la energía a partir del stock de represas ya existente. Confrontadas luego con la necesidad de generar energía, esas empresas invirtieron solo en la construcción de centrales térmicas. Ante el cuello de botella que comenzó a hacerse evidente en la generación energética hacia mediados de la primera década del siglo xxi, se implementó en 2009 el Programa Nacional de Obras Hidroeléctricas, destinado a completar algunas grandes obras como Yacyretá y a iniciar nuevas obras que, de todos modos, fueron en número y envergadura relativamente modestas comparadas con las del período anterior (Radovich, Balazote y Picinini, 2012). Esto se explica por el menor financiamiento que los organismos de créditos internacionales empezaron a destinar a los proyectos hidroeléctricos, especialmente luego de que en 2000 la World Commision on Dams publicara un reporte que ponía en cuestión la conveniencia de seguir construyendo represas debido a los altos costos sociales y ambientales de los proyectos (wcd, 2000). Así, ambientalismo y neoliberalismo se encuentran en la base de un nuevo paradigma que explica la razón de que en muchos países la construcción de represas hidroeléctricas haya prácticamente cesado.[4] Los contados emprendimientos hidroeléctricos actualmente en construcción o estudio en la Argentina han sido objeto de múltiples cuestionamientos como parte de un debate motorizado por las preocupaciones acerca de los perjuicios socioambientales de las obras.

La declinación de la represa hidroeléctrica y sus razones

Si bien la reseña realizada constituye un anticipo al respecto, importa pasar en limpio los argumentos que han socavado la legitimidad de los grandes proyectos hidroeléctricos en Argentina y en el mundo.

El cuestionamiento al aprovechamiento hidroeléctrico de los ríos se vincula principalmente con las consecuencias de su represamiento y con los movimientos socioambientales que se han formado para oponerse a esas consecuencias. Pero también dentro de la academia se ha condenado no solo el represamiento de los cursos de agua, sino también su generalizada ingenierización, cuyos inicios se remontan a principios del siglo xix (Mauch y Zeller, 2008). Desde la geomorfología se ha acuñado, en este sentido, el concepto de virtual rivers para referirse a aquellos cursos de agua que ya han perdido gran parte de sus ecosistemas a partir de obras como el represamiento, la canalización, pero también a partir de la contaminación proveniente de centros urbanos o explotaciones agrícolas o mineras (Wohl, 2001). El consenso sobre esta visión crítica que iguala la ingenierización a la muerte de los ríos, permite entender la importancia que tienen actualmente las evaluaciones de impacto ambiental, de cuyo resultado pende la realización de los proyectos hidroeléctricos. También puede entenderse la extendida aceptación de la noción de “remediación”: para quienes adhieren a una postura ambientalista que consagra a la naturaleza como un lienzo que cualquier obra humana está destinada a manchar, la única obra posible es la de “reparar” el daño ocasionado por la infraestructura hidroeléctrica. Muchos de los proyectos de renaturalización o re-wilding de los ríos y de sus entornos que se vienen llevando a cabo durante las últimas dos décadas se inscriben justamente en estas coordenadas.

La creciente controversia de las represas reconoce otras causas. La más relevante se vincula con los graves perjuicios en el tejido social y comunitario que los proyectos hidroeléctricos producen, principalmente a partir del desalojo y relocalización forzados de población originalmente asentada en los terrenos inundados por los embalses (Barone y Fernández, 2006; Raffani, 2013). Si bien existen en el contexto nacional experiencias recientes en las que la gestión de relocalización y la reconfiguración urbana en torno a embalses fue relativamente exitosa, como en el caso de Yacyretá (Fulco, 2011; Garay, 2015), sobran los ejemplos que permiten dimensionar el grado de injusticia y violencia que las relocalizaciones implican para la población local de un área afectada por un proyecto hidroeléctrico.[5] En la opinión pública, el de la relocalización es el argumento más sólido en contra de las represas y permite entender por qué los proyectos hidroeléctricos se han vuelto políticamente inviables. Como en muchas otras áreas del mundo, en la Patagonia el tema de la relocalización forzada se ha visto agravado por el hecho de que algunas de las comunidades afectadas pertenecen a los pueblos originarios, los que cuentan ya con una historia traumática vinculada al desplazamiento forzado (Balazote y Radovich, 2003).

Otro de los argumentos pone en foco el aprovechamiento de las prestaciones de las represas: riego, abastecimiento de agua y control de inundaciones y, sobre todo, generación de energía. El de los tipos de aprovechamiento es un tema que, en el caso de la Patagonia, tiene una particular importancia. El manejo del recurso hídrico ocupó históricamente un lugar central en la historia de su poblamiento, ya que el riego permitió transformar los valles de los ríos Chubut, Negro y Neuquén en oasis agrícolas que se convirtieron pronto en las áreas más densamente pobladas de la región. Si bien los proyectos de la era de la planificación consideraban el riego como una de las prestaciones de las grandes represas, en el caso de Chocón-Cerros Colorados se terminó privilegiando la generación de electricidad orientada a los grandes centros urbanos del centro del país por sobre el desarrollo de la agricultura en las áreas afectadas (Bandieri y Blanco, 2012). Esto convirtió a las represas en emprendimientos virtualmente extractivos, contradiciendo el ideario de la planificación regional y socavando la legitimidad de las represas en aquellas zonas donde se instalaron. Últimamente, el argumento extractivista va de la mano con una crítica a modelos centralizados, privatizados y monopólicos de generación y distribución de energía eléctrica y con un reclamo por la implementación de matrices eléctricas más diversificadas y sustentables.

Finalmente, los argumentos en contra de estos grandes proyectos son también de índole estética. Reflexionando sobre el conflicto que, por la construcción de una planta de procesamiento de celulosa, enfrentó a comienzos de este siglo a Argentina y Uruguay, Silvestri ha mostrado cómo las apreciaciones estéticas operan veladamente dentro de los reclamos ambientalistas (Silvestri, 2018). Otro posible ejemplo en el mundo de las obras hidroeléctricas es el malogrado proyecto HidroAysén en la Patagonia chilena. Puede decirse que las imágenes de la campaña “Chile sin represas”, que, echando mano al recurso del “antes y después”, mostraron a los murallones de los diques como signos de la destrucción del prístino paisaje de un territorio concebido como santuario natural, fueron tanto o más efectivas que los argumentos estrictamente ambientales puestos en discusión en su momento.[6] Es que, como sostiene Larkin, resulta necesario problematizar la dimensión formal de las infraestructuras, entender qué tipo de objeto semiótico son y determinar cómo se vinculan a los sujetos y cómo los constituyen, además de sus operaciones estrictamente técnicas (Larkin, 2013). La distinción que hace Larkin entre una dimensión política y otra poética al abordar el estudio de las infraestructuras importa también para entender la organización de los apartados que siguen.

Agua y represas: infraestructura y tecnopolítica

Con este apartado pretendemos comenzar una exploración de aquellos argumentos desde los que las represas hidroeléctricas han sido analizadas y también ponderadas. Y si, al hacerlo, el propósito es tomar cierta distancia de las posturas ambientalistas que tanta importancia tienen para entender la actual declinación de la represa, el cuestionamiento latouriano a la separación entre naturaleza y artificio puede ser un buen punto de partida. Varios son, a esta altura, los autores para quienes la ingenierización de los ríos no los convierte en “virtuales”, sino que los reconfigura a partir de la generación de una nueva naturaleza. Richard White parte del estudio del comportamiento del salmón en el río Columbia para demostrar que los ríos del siglo xx son “máquinas orgánicas” que dan lugar a formas de vida más allá del control humano (White, 1995). Del mismo modo, Mark Fiege, en su análisis de los sistemas de riego en el noroeste de EE.UU., muestra cómo las fuerzas naturales siguen trabajando luego de realizados los diques y las canalizaciones (Fiege, 1999). Se desprenden de estos trabajos dos nociones importantes: una primera dota al agua y a las obras hidráulicas de sus propias agencias; y la segunda entiende este conjunto como una segunda naturaleza, idea que desmonta las asunciones sobre las que se basan las posturas ambientalistas más radicales.

Un referente ineludible para quienes se han acercado al estudio de la sistematización del recurso hídrico en general y de las obras de represamiento en particular es la reconocida tesis del despotismo hidráulico de Karl Wittfogel, en la que se plantea que el surgimiento de los primeros Estados y burocracias de Medio Oriente deriva de la administración centralizada del riego (Wittfogel, 1957). Mediante un análisis histórico, Worster ha mostrado que la ocupación y urbanización del oeste norteamericano hubiera sido imposible sin la construcción de las numerosas represas que permitieron no solo desarrollar el riego y la agricultura, sino también reconfigurar las estructuras sociales de esas regiones con el surgimiento de cuerpos técnicos y burocracias locales (Worster, 1985). Retomando las formulaciones de Wittfogel, la denominada tesis del Hydraulic West ha marcado el inicio de una tradición reciente de estudios sobre los ríos norteamericanos en los que la hidroelectricidad ocupa un lugar central. Esta línea resulta productiva para el estudio de una amplia franja árida del territorio argentino cuyo poblamiento dependió de la construcción de oasis de riego, y habilita a analizar la trama que relaciona las obras hidráulicas y la constitución de las esferas sociopolíticas de las provincias cuyanas y patagónicas.

La exploración de estas productivas vinculaciones entre artificialización de los cursos de agua y regímenes sociopolíticos ha sido recogida por una literatura que ha puesto en el centro de su indagación a las infraestructuras en cuanto objetos capaces de revelar el tipo de racionalidad política que subyace a los proyectos tecnológicos y que además está en la base de la existencia de una maquinaria de gubernamentalidad (Larkin, 2013, p. 328). En este sentido, las rh históricamente han constituido avanzadas de un proyecto modernizador en el que la articulación de una política hidroeléctrica y de una ciencia y una gobernanza del agua ha conducido a separar una forma legítima de conocimiento sobre el agua de otras consideradas ilegítimas. Por eso Boelens sostiene que toda rh debe entenderse como una manifestación de regímenes de conocimiento en disputa, puntualmente entre aquel esgrimido por los expertos y aquellos consensuados históricamente por comunidades locales. Las configuraciones discursivas dominantes restringen siempre la soberanía local y crean un orden político que torna comprensibles, explotables y controlables los territorios en los que se despliegan los proyectos hidroeléctricos (Boelens, Sha y Bruins, 2019, pp. 7-10).

Por otro lado, desde la geografía se han hecho intentos por comprender la importancia de las redes y la infraestructura, dando entidad a un campo que podría denominarse “geografía de la circulación de la energía”. Allí se buscan condensar los aportes de la geografía política de la energía con los de la geografía ambiental para repensar la relación sociedad-naturaleza y la planificación del uso de energías sustentables. Pensando en el caso patagónico, los aspectos que importarían aquí serían, por ejemplo, las políticas estatales para contrarrestar el “desarrollo geográfico desigual”, la territorialización de las redes energéticas durante la era de la planificación o la reconsideración de la relación espacio-energía, donde el “espacio geográfico” no es asumido solamente como un “soporte físico y medio contenedor” de las fuentes de energía y donde esta última puede considerarse como un “vector fundamental en la organización social del espacio” (Furlan, 2014, p. 1).

También desde la geografía se han ponderado las implicancias paisajísticas de la infraestructura resultante del aprovechamiento del recurso hídrico (Cosgrove y Petts, 1990), cuestión que conduce al siguiente apartado.

Infraestructura de la hidroelectricidad: una perspectiva necesariamente paisajística

La clave infraestructural con la que proponemos abordar aquí las obras de la hidroelectricidad tiene múltiples implicancias, y muchas de ellas autorizan a adoptar un enfoque necesariamente paisajístico. En el caso de las rh, la escala infraestructural problematiza un conjunto de objetos que trasciende con creces el artefacto represa y exige atender a los embalses, a las canalizaciones que conducen el agua a las centrales, a los vertederos y otros dispositivos de descarga, y también a la heterogénea instalación que permite transformar, regular, transportar y distribuir la energía eléctrica desde su generación en las turbinas. Muchos de los grandes proyectos incorporan áreas urbanas construidas ex novo que incluyen viviendas y equipamiento comunitario para los trabajadores de las plantas hidroeléctricas (Williams, 2014). Dentro de este campo de fuerzas que el mundo hidroeléctrico ejerce sobre el territorio, la infraestructura actúa siempre como medida del paisaje.

Puede decirse, además, que el proyecto hidroeléctrico conduce a estudiar y visualizar en forma particular un territorio dado. Ello se produce de dos modos: en principio, a partir del relevamiento que efectúan los cuerpos técnicos correspondientes de aquellos datos hidrológicos, geológicos, biológicos, etc. que permiten dar cuenta de la especificidad de ríos y cuencas y entenderlos como sistemas complejos; en segundo lugar, porque la inundación ocasionada por los embalses trae aparejada una perspectiva de pérdida que suele resultar productiva con relación al modo en que ese territorio es percibido como paisaje, a partir de idealizaciones y recreaciones capaces de ser plasmadas en proyectos concretos. En este sentido, puede decirse que las obras hidroeléctricas ayudan a poner en foco un paisaje, entendido como un ensamble por medio del cual el territorio es configurado (González, Pintado y Fidalgo, 2015, p. 82).

Al inicio de este apartado, el término “paisaje” identificó un recorte inteligible del espacio geográfico o también un ensamble de objetos dentro de él. Pero, a medida que avanzamos, y tal como ocurre siempre que hablamos de paisaje, fue necesario trascender su dimensión física y adentrarnos en la dimensión simbólica que es parte esencial de su definición y que supone la puesta en juego de valores estéticos. En este sentido, vale recordar con Larkin que las infraestructuras constituyen al sujeto no solo en un nivel tecnopolítico, sino también a través de una movilización del afecto y de los sentidos del deseo, el orgullo y la frustración, sentimientos que a su vez pueden ser profundamente políticos (Larkin, 2013, p. 333). Así, una poética de las infraestructuras apunta siempre al sentido del deseo y de la posibilidad, es decir, a lo que Walter Benjamin llamaba las “fantasías colectivas de una sociedad”. Importa entonces atender a la forma de las infraestructuras, entender qué tipo de objetos semióticos son y determinar de qué manera interpelan y constituyen a los sujetos (Larkin, 2013, p. 329). En definitiva, las infraestructuras son el resultado de procesos sociotecnológicos investidos no solo de saberes técnicos y propósitos políticos, sino también de significados culturales. Ballent se propone abordar el estudio de las rh justamente desde una perspectiva cultural, identificando figuras de representación del paisaje que permiten entender la relación entre políticas territoriales, legislación del agua, proyectos hidroeléctricos concretos e imágenes desde las que las rh son consumidas (Ballent, 2020). Por su monumentalidad, estas obras suelen convertirse en hitos o íconos cuyos efectos –muchas veces sublimes– tienen significación cultural tanto social como política. Las grandes rh devienen casi siempre símbolos del poder del Estado e integran un imaginario paisajístico vinculado con el dominio que este ejerce sobre el territorio.

La problematización de esta dimensión estética exige atender a una variedad de materiales y fuentes. Para su análisis podríamos distinguir entre dos instancias diferentes: una de prefiguración y otra de reapropiación. Para el tratamiento de la primera, resulta clave el estudio de planes y proyectos, de los paradigmas estéticos en los que se inscriben y de sus referentes. Por ejemplo, a partir de la década de 1930, el mencionado tva resultó modélico internacionalmente en relación con las potencialidades paisajísticas de las obras hidroeléctricas ya que el tipo de planificación que puso en práctica “se valió de la ingeniería de la conservación y la complementó con las formas naturales, convirtiéndose en una referencia para la futura arquitectura del paisaje”.[7]

La estetización discutida hasta ahora en clave paisajística puede ser objeto de estudio en la escala de los objetos. Algunas de las obras norteamericanas de las décadas de 1930 y 1940 también fueron referenciales, de las cuales se singularizaron artefactos como las propias represas, los vertederos o las tomas de agua. Esta escala no puede ser ignorada, ya que, más allá del diseño paisajístico incorporado en muchos de los proyectos, esos objetos fueron justamente los más emblemáticos dentro del mencionado imaginario modernista. Y aquí, la oposición artificio-naturaleza puede ponerse en entredicho si, tal como consideran algunos, las formas de las represas pueden leerse como expresión de las leyes de la mecánica de fluidos. El diseño de estas formas “se ve gobernado por leyes de la mecánica que no solo tienen una naturaleza gravitatoria sino también inercial y viscosa”. Advirtiendo que, desde la mecánica de fluidos, la represa puede ponerse a la par del ala de un avión o a la vela de barco, Lanza Suárez propone acuñar el término “hidrofolia” para designar el interés por la apreciación de las “formas del agua”. Por otro lado, la hidroelectricidad da origen a una “familia” de formas cuya potencia expresiva vinculada a la línea oblicua fue reconocida desde la propia arquitectura, si recordamos que sirvieron de referencia para los repertorios lingüísticos futuristas y expresionistas que irrumpieron a principios del siglo xx (Lanza Suárez, 2008, pp. 769-775).

Sin embargo, más allá de este imaginario implícito en políticas, planes y proyectos, los artefactos y espacios de la hidroelectricidad pueden ser objeto de reapropiaciones y resignificaciones que trascienden y subvierten esos significados originales vinculados casi siempre con la hegemonía estatal. Ello pone en foco prácticas e imágenes vinculadas con una amplia diversidad de actores. Los usos recreativos y turísticos de los entornos de las represas los embalses, particularmente–, promovidos generalmente en una escala local o regional, constituyen un buen ejemplo.

Naturalmente, también las preocupaciones ambientales y los nuevos consensos que articulan son capaces de poner en entredicho esos imaginarios de modernidad, reencuadrando las obras hidroeléctricas en escenarios abiertamente distópicos que son la clave para entender su actual declinación.[8]

Referencias

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Ballent, A. (23 y 24 de noviembre de 2020). Del desierto al vergel. Los diques de la Dirección de Irrigación del mop, Argentina, 1900-1930. Taller internacional “Pensar las infraestructuras en Latinoamérica”. Laboratorio Espacio, Tecnología y Cultura. En bit.ly/3mayC2d.

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  1. Si bien la legitimidad de las grandes rh viene sufriendo un continuo retroceso, se ha denunciado que, en los primeros años del siglo xxi, los sectores interesados en seguir construyéndolas reformularon su discurso, presentándolas como una forma de generación de energía limpia y sustentable (Boelens, Sha y Bruins, 2019, p. 5).
  2. En su mensaje al Congreso Nacional en 1946, Perón declaraba: “El agua puede separarse de la energía en el diccionario, pero no en los hechos, agua y energía son los componentes de un conjunto orgánico”.
  3. El referente clave de estos grandes proyectos lo constituyó el plan desarrollado en la década de 1930 por el denominado Tennessee Valley Authority (tva) en ee. uu., organismo creado por la administración Roosevelt como parte de las medidas para paliar las consecuencias de la crisis económica de 1929.
  4. En Argentina existen contadas excepciones, como las represas Cepernic y Kirchner, que se construyeron sobre el río Santa Cruz, El Tambolar, prácticamente concluida sobre el río San Juan, o el Aprovechamiento Multipropósito Chihuido (río Neuquén), suspendido recientemente. Al mismo tiempo, están pendientes de aprobación los proyectos de tres grandes represas: Garabí y Panambí (sobre el río Uruguay) y Corpus (sobre el río Paraná).
  5. En la Argentina, el caso de mayor resonancia fue el de Federación, pueblo sumergido en el embalse de la represa Salto Grande en 1979.
  6. El éxito de la campaña estribó en la combinación de contenidos “racionales” con otros “emocionales” que capitalizaron el extendido consenso acerca de la belleza de la Patagonia andina (Salinas, 2014, p. 6).
  7. El equipo de trabajo del tva, integrado por ingenieros, planificadores, cientistas sociales, geógrafos y arquitectos estuvo coordinado por Earl Draper, un arquitecto paisajista elegido especialmente para ese puesto (Black, 2000, p. 87).
  8. Las únicas dos represas que se construyen hoy en la Patagonia son un buen ejemplo. Ubicadas sobre el río Santa Cruz, ambas han sido cuestionadas por la eventual afectación del nivel del Lago Argentino, lo que podría conducir a la desaparición del glaciar Perito Moreno, la atracción turística más visitada de la Argentina durante las últimas dos décadas (Williams, 2018).


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