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Análisis y evaluación

A principios de los años ochenta del siglo XIX, León Pinsker (médico, pensador y activista sionista) comparó la salida de Rusia con el éxodo de Egipto y se quejó de que “hoy andamos errantes, fugitivos y expulsados, pisoteada la cerviz, con la muerte en el corazón, sin un Moisés que nos guíe y sin una Tierra Prometida por conquistar mediante nuestro propio valor”.[1]

A pesar de la queja, confiaba en encontrar un alivio:

Pero la clara conciencia de lo que nos es menester, el conocimiento de la necesidad perentoria de una patria propia despertará entre nosotros algunos amigos del pueblo enérgicos, honorables y elevados, en grado de asumir a un tiempo la dirección de su pueblo y capacitados quizá, no menos que aquel único, para redimirnos de la ignominia y la persecución.[2]

Unos diez años después, el barón de Hirsch promovió una iniciativa que, en apariencia, concretaba la aspiración de Pinsker, ya que proponía a los judíos de Rusia un destino de inmigración y colonización agrícola en un entorno judío, que surgiría en un país que les prometía libertades civiles y religiosas. El plan tenía vastas dimensiones, estaba racionalmente gestionado y era esencialmente autónomo. La buena nueva de este segundo Moisés implicaba un desafío al movimiento Hovevei Tzion; algunos líderes se pusieron de su lado y propusieron a la Argentina como país de refugio hasta que la Tierra Santa estuviera preparada, o como país de tránsito –una especie de segundo Desierto de Sinaí– en el cual el pueblo modificaría su estilo de vida y se prepararía para la Tierra de Israel. Así surgió el lema atribuido al rabino Shmuel Mohilever que veía la “A” de Argentina como el primer paso hacia la meta principal, la “Z” de Zion.[3] Pero aunque la Argentina compitiera potencialmente con Sion, de hecho la mayor parte de los judíos que emigraban de Rusia optaban por los Estados Unidos y la posibilidad que la JCA ofrecía atrajo a un número relativamente pequeño del gran flujo de inmigrantes.

Al principio se fundaron algunas poblaciones que tenían dificultades para subsistir. Pocos años después de la creación de la JCA, de Hirsch comprobó que los supuestos que lo habían impulsado a invertir una considerable parte de su fortuna y sus esfuerzos en esa iniciativa no tenían base de sustentación y decidió limitarse a un objetivo mucho más reducido: un proyecto pequeño que demostrara que los judíos podían ser agricultores si se encontraban en igualdad de condiciones con quienes los rodeaban. Mauricio de Hirsch murió en 1896 y el destino de las colonias pasó a depender de las acciones del consejo, en cuyas manos quedó la ejecución del testamento del barón en las cuestiones relacionadas con la JCA.

Este consejo era más amplio que el que actuaba en vida del barón y no estaba sujeto a algunos supuestos sostenidos por este con respecto a un gran proyecto de colonización en la Argentina; por eso podía aprender de los fracasos del pasado y recurrir a la experiencia acumulada por los directores de Buenos Aires y París. En un comienzo, el consejo dependía del nivel administrativo, que era el único que se ubicaba en un plan tan complejo. Más adelante, sus miembros tomaron conocimiento con el accionar de la sociedad, si bien de manera indirecta y alejada porque no visitaban la Argentina, daban a los directores locales más libertad de acción que en el pasado y se nutrían de los informes del plantel burocrático que manejaba una correspondencia lenta y copiosa.

Los miembros del consejo eran representantes de comunidades y asociaciones judías de Europa Central y Occidental en un tiempo en el que en esas regiones prosperaba la visión de los judíos aceptados en sus países de recepción, que les otorgaban igualdad civil a cambio de reducir el judaísmo solo a religión. También fueron testigos del despertar del sueño, con las manifestaciones de un nuevo antisemitismo, fundamentalmente social y político, cuya expresión más flagrante fue el affaire Dreyfus.

Entre ellos había juristas, científicos y personalidades públicas involucrados en la sociedad general de fin de siglo, una época que simbolizaba por una parte un tiempo de decadencia y por la otra un momento de magnífica evolución, debida también al impulso tecnológico que reducía la dependencia de la naturaleza, elevaba el nivel de vida, incrementaba el tiempo libre en las ciudades y disminuía la importancia de las poblaciones rurales. Asimismo, se produjo un cambio en los valores, surgieron nuevas ideas y la concepción de mundo cambió; entre otras cosas se reforzó la inclinación al pragmatismo, el positivismo, el utilitarismo y el racionalismo, ideas que influyeron sobre la forma de pensar y de actuar de los miembros del consejo.[4]

Al iniciar sus actividades, el consejo aceptó la propuesta de los funcionarios administrativos de interrumpir la colonización, consolidar y reorganizar las colonias, y solo después retomar el proyecto paulatinamente, basándose en el atractivo debido al “encanto” de las colonias. Al mismo tiempo, la JCA buscaba vías de acción en Rusia y después de muchos debates empezó a operar allí. La iniciativa en la Argentina, si bien oficialmente era considerada el principal proyecto de la sociedad colonizadora, debía limitarse en un comienzo a preservar lo existente, para avanzar más adelante paso a paso con el arribo de algunos grupos organizados y la incorporación de miles de personas que llegaban individualmente. Durante el período estudiado se agrandaron las colonias creadas en tiempos del barón y se crearon las colonias Barón Hirsch y Narcisse Leven en el sur, y Dora y Montefiore en el norte.

La creación de colonias agrícolas en la Argentina no seguía las tendencias de la época. En primer término, el abandono de la ciudad para vivir en el campo contradecía el proceso de urbanización característico de esos tiempos; en segundo lugar, la elección de un método de colonización de pequeños agricultores en la Argentina en momentos en que esa opción se reducía y aumentaba, por una parte, el arriendo temporario de tierras, y por la otra, la creación de grandes estancias que daban empleo a trabajadores estables y estacionales, y que en algunas ocasiones recurrían al uso de maquinaria agrícola, cuya adquisición se justificaba porque el terrateniente era dueño de extensiones mucho mayores que las de un colono promedio.

La tercera contradicción estaba relacionada con las posturas de la JCA con respecto a la implementación de un método económico autárquico. Este rumbo fue abandonado rápidamente porque estaba destinado al estancamiento y el deterioro progresivo en una sociedad cuya economía se basaba en la producción para mercados. Cabe señalar que las chacras de los colonos estaban permanente, vital y geográficamente ligadas a toda la región. La exigencia de la JCA de que los colonos realizaran todos los trabajos por sí mismos como un principio educativo no era adecuada para el método de agricultura extensiva, en especial en la temporada de cosecha. La sociedad colonizadora debió renunciar a este requisito y permitió la contratación de trabajadores asalariados en esas temporadas, si bien se mantuvo firme en su oposición a entregar tierras en arriendo.

Pero más allá de las resoluciones de la JCA sobre la importancia del proyecto en la Argentina, sus alcances, ritmo de desarrollo y características, resulta particularmente interesante examinar los aspectos relacionados con los colonos. Ni la JCA ni ninguna otra sociedad colonizadora, sean cuales fueren sus orígenes, recursos y funcionarios, habrían podido concretar sus planes si miles de familias no hubieran decidido integrarse a la iniciativa. Los factores que llevaron a los futuros colonos a pensar en la emigración eran los mismos que impulsaron a millones de judíos a concretarla: dificultades económicas, desigualdad civil, temor a un servicio militar prolongado en el ejército zarista, y persecuciones religiosas y otras. Una vez tomada la decisión, cada individuo debía optar por alguno de los destinos posibles. La Constitución Argentina y el deseo de sus gobernantes de atraer inmigrantes parecían responder a las expectativas, pero esto solo no bastaba para que miles de familias pensaran en inmigrar a esa tierra legendaria.

Para los judíos de Rusia y para muchos otros, la Argentina era un país misterioso. Algunos creían que Buenos Aires era la capital de Brasil y otros pensaban que estaba en los Estados Unidos (es decir, “América”), con todo lo que ello implicaba. Solo después de que los primeros colonos llegaron y empezaran a escribir a sus conocidos comenzaron a aclararse los datos geográficos y las diferencias entre la realidad y la imaginación, porque el punto de destino resultaba más conocido y las descripciones de los allegados inspiraban confianza. Por supuesto y en la misma medida, las cartas de los decepcionados y los relatos de quienes regresaban los disuadían de viajar a las colonias.

Además de las leyendas sobre la Argentina, había hechos concretos y verdades a medias que podían inducir a los judíos a no elegirla como lugar de inmigración y residencia. No estaba claro si las condiciones de vida les permitirían seguir observando la kashrut y temían que en ese país católico trataran de convertirlos a otra fe. El recelo ante los judíos de Buenos Aires, con un estilo religioso y costumbres de Europa Central y Occidental, aumentaba sus preocupaciones; no es casual que la mayor parte de los grupos llegados en la primera mitad del período estudiado confiaban solo en las personalidades religiosas que viajaban con ellos. Los hechos y los rumores sobre los “impuros” (tratantes judíos de mujeres, que se dedicaban a importar, vender y explotar jóvenes judías) encontraban eco en la prensa judía mundial, y en 1909 el escritor Sholem Aleijem escribió un cuento sobre un tratante, titulado “El caballero de Buenos Aires”.[5]

La idealización de la aldea rural y el entusiasmo por la idea de la productivización, que eran convicciones de la intelectualidad, penetraron también en otros estratos sociales. La colonización de la JCA en la Argentina ofrecía una posibilidad de concretar sus ideas, mejorar su triste situación y recibir una parcela grande y libre de prohibiciones, con la promesa de libertad de culto e igualdad cívica; la ayuda material proporcionada por la JCA les facilitaba la toma de decisiones. La iniciativa del barón alimentó su imaginación, brindó una dimensión más real a sus sueños y reforzó la fe de muchos en la capacidad de la Argentina de concretar sus expectativas. La muerte del barón ensombreció a las colonias, pero cuando se comprobó que la JCA seguía existiendo, revivió la confianza en el proyecto en la Argentina y, en términos generales, la cantidad de solicitantes que querían integrarse a las colonias superaba ampliamente la que la JCA podía, o quería, aceptar.

El traslado a la Argentina implicaba un largo viaje, la distancia entre los países de origen y las pampas argentinas era grande y el cambio no era meramente geográfico. Las zonas periféricas de la Argentina, alejadas del centro y menos desarrolladas a nivel de gobierno, seguridad, sanidad, etc., les ofrecían condiciones de vida muy duras. Los colonos judíos vivían en el campo como los demás agricultores, el gobierno no les imponía cargas económicas especiales y las dificultades se debían a las condiciones periféricas, los medios de producción disponibles, la forma de desarrollo capitalista de la agricultura en la Argentina y la falta de financiación que aquejaban al campo en general. Contra la seguridad personal atentaban atracadores, asesinos y otros elementos violentos que aprovechaban el aislamiento de los colonos y la impotencia de las escasas fuerzas del orden dispersas por regiones alejadas. En este aspecto, los colonos judíos no se diferenciaban de los demás pobladores y no se sabe de daños especiales por su origen o creencias religiosas.

Tanto la JCA como los colonos desconocían las características generales de esas regiones (el clima, la calidad del suelo, los métodos de trabajo, etc.) y por eso los primeros años fueron un tiempo de búsquedas y experimentos que no prosperaban. Por ejemplo, las parcelas parecían grandes, pero en las condiciones existentes no bastaban para el sustento familiar. Por una parte se daba importancia a los cultivos de secano porque se pensaba que esa era la verdadera agricultura, y por la otra se descuidaban otros cultivos y, sobre todo, la cría de ganado. Más adelante se reconoció la importancia de otras ramas y métodos de producción y se empezó a rotar cultivos e incorporar ganado en las chacras. Cuando se crearon las colonias Dora, Barón Hirsch y Narcisse Leven en zonas nuevas, se repitieron la toma de conocimiento con condiciones ignoradas y las grandes inversiones de dinero y energía. Muchos perjuicios se debían a causas imprevisibles, como langostas, inundaciones, sequías y epizootias que afectaban al ganado. Todas las ramas de actividad estaban expuestas a daños, que eran particularmente severos cuando la actividad afectada era la principal.

Al principio, el nivel de vida era muy bajo, muchos colonos tenían dificultades para satisfacer sus necesidades de alimentos y vestimenta y las viviendas no ofrecían protección del frío en invierno ni del calor en verano. Paulatinamente mejoraron las condiciones básicas y también otras, como cultura, religión, etc. Estas últimas, aunadas a la experiencia de vida traída de Rusia y al bagaje espiritual y social de que disponían, influyeron sobre su historia personal y comunitaria y sobre el desarrollo de su identidad como judíos que querían ser agricultores en la Argentina

El traslado a la Argentina estaba acompañado por la apertura de nuevas opciones, la salida del aislamiento judío y el descubrimiento del mundo no judío. El país de origen en Europa del Este era la patria; sus paisajes, idioma y cultura formaban parte de la identidad de los nuevos colonos y era también el lugar en el que había cristalizado su judaísmo y en el que se había desarrollado la vida de la comunidad a la que pertenecían. El viaje a la Argentina no los obligó a renunciar a su pasado y conservaron las señales de identidad anteriores y los lazos familiares y otros con el antiguo hogar, pero debieron adaptarse a nuevos códigos de comportamiento, aprender un idioma desconocido, etc. Por la variedad de procedencias de los habitantes de la Argentina, era habitual que cada individuo conservara su cultura aunque adoptara la ciudadanía local, pero había quienes lo veían como algo que demoraba la cristalización de la nación.

Para ser legitimados como argentinos raigales, los colonos judíos trataban de ciudadanizarse, cumplían las leyes y adoptaban características, a veces externas, de los gauchos. La Argentina, que también intentaba definir su identidad, era un país de refugio y muchos estaban dispuestos a adoptar sus símbolos nacionales como componentes de su propia identidad. Algunos colonos judíos encontraban semejanzas y puntos de contacto entre estos símbolos y los que habían traído consigo.

Con respecto a los primeros colonos, la argentinidad era un componente adicional a su identidad anterior, pero más adelante empezó a ser más notoria, especialmente entre los jóvenes. El período estudiado abarca menos de 20 años y, por lo tanto, en las colonias había un amplio espectro de edades, pero no personas que hubieran pasado todo el ciclo vital en ellas; por eso, el vínculo histórico con la colonia abarcaba solo una parte de la vida de los colonos, aunque vivieran en ella desde su creación. Los mayores habían pasado la juventud en su país de procedencia y los más jóvenes aún no habían llegado a la edad de experimentar la madurez en el nuevo hogar. Por eso, los componentes de la identidad en las diversas edades no pueden ser comparados con el mismo parámetro, porque los jóvenes carecían de las experiencias que habían vivido sus padres fuera de la Argentina y estos no habían vivenciado la infancia y la adolescencia en el nuevo país.

Algunos padres trataban de transmitir las tradiciones y costumbres judías educando a sus hijos en el hogar, pero muchos preferían –por falta de tiempo o de posibilidades– hacerlo a través de los hadarim, si bien estos se debilitaban paulatinamente. La red de escuelas integrales creada por la JCA actuaba según las exigencias del gobierno en todo lo que atañe a la educación argentina oficial y según los programas de la AIU y la JCA en los temas judaicos. La actitud de los padres hacia la escuela era polémica, entre otras cosas, porque ese era un cruce de caminos en temas de identidad. Aunque los padres lograran mantener los hadarim o influir sobre los contenidos y métodos de la educación judía en la red, cabe dudar de que pudieran transmitir a sus hijos la identidad judía en la versión rusa, porque su experiencia de vida era totalmente diferente. También la época era distinta y cambiante, y se caracterizaba por la modernización, las comunicaciones en desarrollo, la movilidad y la atracción hacia la ciudad y sus placeres. Todo esto difería de las condiciones de encierro en las que vivían los judíos en Rusia e impedía que la joven generación de las colonias copiara la vida judía de sus padres en su país de procedencia.

Con el tiempo se produjeron cambios en el componente judío de la identidad de los colonos, que se observaron también en los judíos de Rusia y que se hicieron notar en las nuevas olas inmigratorias; no obstante, el elemento judío seguía siendo el hilo conductor en la personalidad de los judíos de ese origen. La situación de los hijos nacidos en la Argentina era distinta: la pampa era su patria y Rusia era un recuerdo atesorado en la memoria de sus padres; para todos, la Argentina era el lugar en que vivían y no podían obviar sus paisajes, su clima, su economía ni su idioma.

La agricultura se revelaba como el componente más problemático de su identidad, tanto para los judíos como para los italianos, españoles, belgas, franceses, escoceses y otros que habían abandonado sus campos después de años de sufrimiento y fracasos. Algunas tierras de la JCA habían sido compradas después de ser abandonadas por colonos empobrecidos de otro origen.[6] Después de un período de aprendizaje de las condiciones y el oficio, los colonos de la JCA empezaron a acostumbrarse a la agricultura extensiva. Muchos araban a la profundidad necesaria y las veces recomendadas, clasificaban las semillas escrupulosamente, sembraban en el momento adecuado y esperaban con amor y esperanza que las plantas llegaran a la altura óptima. Pero a pesar de la dedicación y los cuidados, sus cultivos estaban expuestos, al igual que los de otros agricultores, a sequías prolongadas, lluvias intensas o mangas de langostas.

La esperanza del colono era convertirse en propietario de una parcela; al firmar el contrato con la JCA, esta le prometía venderle la tierra al terminar de pagar todas las cuotas y demostrar que era un agricultor que vivía de su trabajo y el de su familia. Estas condiciones estaban destinadas a lograr que el colono se arraigara. La sociedad no permitía anticipar los pagos anuales para evitar la entrega de la tierra antes de que expirara el lapso señalado en el contrato, a fin de impedir su venta.[7] Los 20 o 30 años durante los cuales se pagaban las cuotas anuales eran también un lapso de espera hasta el surgimiento de una nueva generación que debía continuar la labor de sus padres. Pero ¿cómo concordaba esto con las expectativas de vida en aquella época y con el surgimiento de la joven generación?

Una expectativa de vida de 50 años significaba que quien había firmado el contrato para asegurar la compra y cumplido con todas sus obligaciones podía morir antes de que llegara el momento de recibir la tierra. Alpersohn lo expresó en su respuesta a las propuestas de la JCA de aumentar el número de cuotas anuales:

¡Quieren retenernos a la fuerza otros 20 años! Durante 30 años seremos esclavos de estos bandidos, de administradores y opresores! Así se lamentan los colonos de edad avanzada, porque, ¿quién vivirá hasta lograr salvarse de ellos?.[8]

Efectivamente, a fines del período estudiado, es decir, 25 años después de haber recibido la parcela, unos pocos colonos obtuvieron los títulos de propiedad. Eso significaba que el colono trabajaba para la siguiente generación y que no había seguridad de que esta prefiriera quedarse en el campo. Aparentemente, esta situación llevó a que algunos colonos vieran su permanencia en las colonias como algo pasajero. Por todo lo señalado, la generación de los padres apoyaba la tendencia creciente de la generación joven a estudiar, para que la instrucción les abriera las puertas de la sociedad, lo cual permitiría al resto de la familia integrarse a ella.

La agricultura era la aspiración de muchos, pero quienes se dedicaban a ella tropezaban con numerosas dificultades y bastaba con comprar un billete de ferrocarril para partir y dejar esa etapa atrás, como un capítulo más en sus vidas. En la segunda mitad de ese período se percibió un crecimiento lento, pero continuo, de colonos, pero por detrás subyacía el desplazamiento de las familias que pasaban del campo a las aldeas y ciudades. La llegada de inmigrantes que querían integrarse a la colonización y ocupaban el lugar de quienes se marchaban impidió el vaciamiento de las colonias y aportó nuevas fuerzas culturales y sociales; por esta razón, a pesar del flujo de abandonos surgió una población local que había ligado su destino a las tierras de la pampa, vivía de su trabajo y adoptaba el estilo de vida y las costumbres del campo.

Paralelamente fueron diversificándose los estratos sociales de la colonia: por una parte los adinerados y por la otra los pobres, entre los que se contaban ancianos, discapacitados y huérfanos. La diferenciación creció con la llegada de trabajadores a las colonias y con el surgimientos de centros urbanos en los que se concentraban artesanos, comerciantes, empleados y profesionales. Estos estratos no cristalizaron de manera sistemática y se puede decir que esa época se caracterizaba por una gran movilidad social. La jerarquía social no estaba definida pero había algunos colonos, como los médicos y maestros, que gozaban de gran prestigio, y otros, adinerados, que disfrutaban de un trato especial de la JCA y del aprecio de los colonos.

La colonización era fundamentalmente de familias encabezadas por el padre; tal como era habitual en aquel tiempo y lugar, la mujer y los hijos trabajaban junto a él. En una casa pequeña se hacinaba una familia numerosa y, en algunas ocasiones, dos familias; la estrechez crecía cuando las hijas e hijos creaban sus propias familias. Los colonos luchaban por el sustento pero no había posibilidades de que una chacra pudiera mantener a todos sus moradores. El hacinamiento generaba conflictos y agravaba los que provenían de las diferencias generacionales naturales. La JCA aceptaba colonizar solo familias; aparentemente, esta preferencia influyó para que las hijas de los colonos contrajeran matrimonio a temprana edad con trabajadores judíos que llegaban a las colonias y confiaban en recibir una parcela. El ritmo de colonización de los hijos era lento y por eso muchos preferían tentar suerte en otros lugares.

El deseo de estar en contacto era una forma de sobreponerse al aislamiento y de continuar la vida comunitaria a la que los colonos estaban habituados en Rusia. Algunos grupos llegaron consolidados en torno de un líder reconocido pero no formal, en otros no había ningún tipo de liderazgo. En muchas zonas las casas estaban aisladas y tenían pocos vecinos cercanos, también aislados, que pertenecían al mismo grupo pequeño o a la misma línea de chacras, y con quienes se mantenían las relaciones sociales primarias. Alrededor de ellos estaba el grupo pequeño y más allá el grupo grande y su centro rural. La JCA y las pequeñas asociaciones creadas por los colonos se ocupaban al principio de las necesidades educacionales, los servicios médicos, la ayuda a los necesitados, etc., pero tenían dificultades operativas por la gran dispersión que no permitía relaciones frecuentes por la falta de recursos económicos y la escasez de líderes, debida también a la reducción de la población.

Con el crecimiento de las colonias, la variedad de población y la diversificación de ocupaciones, creció el deseo de responder a las carencias agrícolas, sociales, culturales y otras y surgió la necesidad de institucionalizar las relaciones formales creando asociaciones que pudieran ayudar a alcanzar las metas y lograr una cooperación amplia. Las organizaciones funcionaban según estatutos y otras vías formales que aspiraban a obtener reconocimiento oficial y definir qué estaba permitido y qué estaba prohibido en ellas, limitar el poder de los dirigentes y asegurar el cumplimiento de los objetivos. Estos procesos fueron posibles en la segunda mitad del período estudiado a raíz del crecimiento de la población, que permitió la formación de un núcleo estable a pesar de los abandonos, gracias a la creación de centros rurales que se convirtieron en los lugares de actividad de las organizaciones. En este proceso cristalizó una dirigencia que en parte provenía de los líderes veteranos y en parte surgió durante la actividad de las asociaciones. Algunos líderes veteranos no se integraron a esta actividad, otros se retiraron de ella y se convirtieron en “formadores de opinión pública”, es decir, figuras públicas aceptadas por parte de la sociedad que actuaban para ella a fin de incrementar la solidaridad.

La organización en la colonia era vasta. Las asociaciones se dedicaban a ayudar a los necesitados, dar créditos a sus socios, mediar en desavenencias y satisfacer las necesidades económicas, sanitarias, culturales y religiosas. Sus características eran variadas: sociedades funerarias generalmente independientes, organizaciones femeninas, comisiones de padres en las escuelas, asociaciones de comercialización y cooperativas que originariamente se limitaban a cuestiones agrícolas pero que posteriormente pasaron a ser una especie de comunidades con múltiples propósitos y dificultades operativas debidas a la gran dispersión geográfica que afectaba uno de los fundamentos básicos del cooperativismo –la confianza mutua, la actividad educativa de los líderes y el carácter democrático– porque estos se basaban en la capacidad de los socios de mantener relaciones estrechas e íntimas. Por eso, el Fondo Comunal de Clara (la asociación más grande) inició un proceso de subdivisión en organizaciones más pequeñas basadas en la cercanía regional.

Además de eso, la gran cantidad de metas que las cooperativas asumían superaba sus posibilidades económicas y administrativas, y hacia fines de este período se hizo notar una tendencia a reducir sus actividades. El desarrollo de la región y la mejora en los servicios públicos en las áreas periféricas permitían transferir a instituciones estatales, provinciales y privadas parte de los servicios prestados por las asociaciones judías, como la atención médica y la capacitación agrícola. Paralelamente a estas tendencias hubo intentos de ampliación en dos dimensiones: la actividad en el movimiento cooperativista, no necesariamente judío, a nivel nacional y la creación de una confederación de cooperativas de las colonias de la JCA. En ambos casos había brotes de colaboración y relaciones fructíferas, pero La Confederación tenía dificultades operativas similares a las de las cooperativas que la habían creado, en especial por la falta de recursos y la dificultad de reclutar activistas que generalmente eran voluntarios.

Las asociaciones eran un laboratorio de vivencias sociales para los colonos que a veces provenían de lugares diferentes, y para el surgimiento de un liderazgo formal que no tenía poder real pero actuaba entre los socios por medio de la persuasión y la educación. Su actividad era voluntaria y eran infrecuentes los casos en los que recibían una retribución monetaria por su labor, lo que más de una vez afectaba sus intereses personales. Los voluntarios gozaban de la confianza de los colonos pero también estaban expuestos a críticas, a veces injustificadas. Esto, junto a la dificultad para liberarse de sus ocupaciones cotidianas y dedicar tiempo a la actividad voluntaria en las asociaciones, explica el hecho de que casi no hubiera pedidos de recambio, más aun porque las asociaciones eran relativamente jóvenes y todavía no había surgido una nueva generación que reclamara el liderazgo. Lo que sí había eran reclamos de otorgar más representación a los grupos aislados de los centros, porque la distancia limitaba las posibilidades de disfrutar de los servicios proporcionados por las asociaciones.

Con el paso del tiempo se produjeron cambios a nivel económico personal, en especial en los ámbitos no directamente relacionados con la JCA, como el comercio de ganado y otros productos. También contribuyeron a ello las diferencias de estratos y la variedad de ocupaciones desarrolladas con el crecimiento de los centros rurales y las comunicaciones con las grandes ciudades, que permitían alternativas económicas. Los colonos promovían transacciones comerciales, planificaban su trabajo por sí mismos y se acostumbraron a no recurrir a los agentes de la JCA por cualquier asunto. La igualdad civil y la libertad de que gozaban los colonos en la Argentina les permitieron crear asociaciones y tomar contacto con quienes quisieran sin necesitar la autorización de nadie, y al mismo tiempo formar parte de la colonia, mientras cumplieran sus compromisos contractuales con la JCA. Las comunidades se consolidaban a nivel económico y se generaban relaciones sociales entre quienes vivían en lugares diferentes, en un proceso de formación de una identidad comunitaria conjunta. Los logros eran evidentes e impresionantes: campos en flor, bienes de producción y de consumo, un patrimonio cultural y espiritual que se expresaba en asociaciones, bibliotecas, escritores, gestores culturales, etc.

Pero las deudas de la comunidad la obligaban a recurrir a la JCA. La autogestión de las chacras individuales implicaba que tanto los individuos como las cooperativas dependían financieramente de la sociedad colonizadora. Eso sucedía también en un tema no agrícola: los colonos querían una educación judía diferente y sus críticas a los contenidos y métodos de enseñanza en las escuelas de la JCA eran duras, pero no estaban en condiciones de ofrecer una alternativa y finalmente aceptaron la existencia de la red escolar y aun la defendieron. Las distintas posturas se mantuvieron: por una parte empezaron a surgir organizaciones comunitarias conducidas de manera independiente por colonos, si bien entre sus dirigentes había algunos empleados de la JCA, y por la otra las asociaciones más grandes necesitaban la ayuda económica de la JCA para subsistir, aunque esta no podía ser significativa.

En vísperas de la Primera Guerra Mundial la JCA estaba sumida en una crisis económica y gerencial; la contienda no la generó pero la profundizó y redobló la dependencia de los colonos: con el cese de la ayuda monetaria, las cooperativas entraron en situación de estancamiento y algunas interrumpieron sus actividades. En vísperas de la guerra vivían en las colonias 3.400 familias con un total aproximado de 19.000 almas (tres veces más que en 1896), a las que se sumaban más de 7.000 trabajadores judíos y sus familias que esperaban colonizarse o trabajaban temporariamente en las colonias. Estas cifras eran un récord alcanzado después de varios años de crecimiento lento y continuo. También las áreas pobladas crecieron notoriamente y en 1913 llegaban a unas 550.000 hectáreas de un total de cerca de 600.000 que la JCA poseía en la Argentina. El estallido de la guerra en Europa evidenció también que la colonización dependía de los inmigrantes que se incorporaban a ella y ocupaban el lugar de los que se iban, porque durante la guerra descendió el número de colonos. El hecho de que las comunidades dependieran del apoyo financiero de la JCA y de los recién llegados indica que el notorio crecimiento de numerosas áreas implicaba inconvenientes para lograr la independencia deseada, cuyas consecuencias deben ser evaluadas en una época que excede el presente trabajo.[9]

Esta colonización sirvió de base para la creación de una diáspora judía en el nuevo país, cuyos miembros se enorgullecían de ella y la exhibían como carta de presentación y como dote que aportaban a los habitantes nativos y a los inmigrantes que construían la República Argentina. A pesar de todas las dificultades, el país de acogida permitió la integración de parte de los oriundos de Rusia, al tiempo que disfrutó del aporte de estos judíos para colonizar zonas periféricas, poblarlas y desarrollar la agricultura y la economía en esas regiones.


  1. Pinsker 1882, p. 180.
  2. Ibíd., p. 182.
  3. Ver nota en Avni 1973, p. 123.
  4. Ver ampliación del tema en Teich & Porter 1990.
  5. Ver ampliación del tema en Mirelman 1984.
  6. Ver ejemplos en Informe 1902, p. 14; Liebermann 1959, pp. 95-96; Bosch 1978, pp. 266, 275.
  7. Ver ampliación del tema en Levin 2007, passim.
  8. Alpersohn 1930, p. 76.
  9. Informe 1913, passim.


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