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10 Las características de la vida social

El análisis de las características sociales que surgieron en la realidad antes descripta incluye tres temas: a) las relaciones sociales en el círculo reducido, es decir, la familia amplia que, además de la familia nuclear (padre, madre e hijos), incluye a primos, tíos, cuñados, etc.; b) las relaciones entre estas familias y otras del entorno cercano y más alejado, y los factores de cohesión y alejamiento en las colonias, y c) los estratos sociales en las colonias.[1]

1. La familia

La estructura familiar

La composición de la familia dependía en gran medida de las exigencias de la JCA, pero ¿a quién quería esta colonizar? Había varias respuestas, algunas complementarias y otras contradictorias. Las diferentes posturas expresaban la propia vacilación de la JCA con respecto a la elección de los colonos que podrían tener éxito, con un presupuesto restringido y un control minucioso del proceso de elección. La JCA no parecía contenta de incorporar a su proyecto candidatos de alto nivel cultural, a quienes consideraba “demasiado inteligentes”, personas que pudieran suscitar discusiones y plantear preguntas molestas y demasiado débiles para resistir los trabajos de campo. Los candidatos preferidos eran personas simples que se interesaran fundamentalmente por el progreso agrícola y económico de las colonias.[2]

¿La robustez y la buena salud bastaban para garantizar el éxito? La JCA quería crear una colonización permanente, que subsistiera y se desarrollara más allá de la primera generación y que generara un estrato de pequeños propietarios rurales. Para ello se sentó el principio de la colonización familiar, en la que cada familia trabajaría en su propia chacra. La decisión de crear chacras familiares basadas en el trabajo propio llevó a rechazar familias pequeñas porque en las grandes extensiones de la Argentina se requerían muchos trabajadores para permitir el funcionamiento de las chacras, en especial en la temporada de cosecha, y para esto era necesario que también los otros miembros de la familia fueran sanos y robustos. Esta decisión implicaba la elección de familias en las que hubiera más hijos que hijas, porque la cantidad de adultos varones determinaba más de una vez las posibilidades de ser aceptados.[3]

La siguiente tabla describe la composición de ocho familias de Kishinev que en 1903 estaban por viajar a la Argentina, e incluye los miembros de la familia que se incorporaban a los padres y el grado de parentesco con ellos:

Nº de orden

Hijos solteros

Hijas solteras

Otros miembros de la familia

1

4

1

Hija casada y yerno

2

5

2

3

4

3

4

1

1

Hijo casado, su esposa, dos nietos, una nieta, hija casada, yerno

5

5

1

Cuñada

6

2

3

Hermano

7

5

1

8

2

1

Suegra

En la octava familia los dos hijos eran muy jóvenes, pero fueron autorizados porque tenían parientes en la colonia de quienes se esperaba colaboración en el trabajo.[4]

Dos ejemplos más: en Narcisse Leven se colonizaron fundamentalmente inmigrantes casados y con hijos varones. En 1907 se colonizaron en López y Berro 52 familias, con un promedio de 2,6 hijos varones y 1,7 hijas cada una. El desequilibrio de sexos entre los miembros de las familias era evidente.[5]

Este desequilibrio era un fenómeno conocido en los países de inmigración, incluida la Argentina, que en 1895 contaba con 1.124 varones por cada 1.000 mujeres; en 1914 la cifra de varones llegaba a 1.165. En esa época, la proporción de varones y mujeres entre los nativos del país estaba balanceada y los inmigrantes representaban un alto porcentaje en el total de habitantes, razón por la cual el desequilibrio mencionado se destacaba aun más entre los inmigrantes. Esto se debía al arribo de decenas de miles de solteros y trabajadores estacionales que llegaban por un lapso preestablecido. Entre los colonos, que llegaban con sus familias, el fenómeno se debía a los prerrequisitos de la JCA y se observaba solo en la segunda generación; el equilibrio en la generación de los padres era casi absoluto, porque se aceptaban fundamentalmente familias. No obstante cabe una objeción, porque en algunos lugares se colonizaron primero los jefes de familia que después llevaron a sus esposas, pero se trataba de un proceso en el que finalmente los dos miembros de la pareja se encontraban en el lugar. Si bien no contamos con datos precisos, se puede decir que entre quienes trabajaban en las colonias con la esperanza de colonizarse había una cantidad considerable de solteros y jefes de familia que aún no habían logrado llevar a sus familias.[6]

Otra solución al problema de la cantidad de trabajadores se basaba en el asentamiento conjunto de parientes: dos familias, una sola familia con el hermano de uno de los cónyuges, etc. La cuarta familia de la tabla anterior fue aceptada según este principio. En algunas ocasiones esta solución postergaba el problema para más adelante, porque esas asociaciones solían disolverse. Todas estas consideraciones llevaron a aumentar el número de personas y familias por chacra y a incrementar el presupuesto de colonización, porque esa situación requería más habitaciones por casa. A veces, la JCA aceptaba candidatos que podían contratar asalariados para la temporada de cosecha, tal como era habitual en la agricultura local. En 1903 se aprobó la colonización de candidatos adinerados en cuyas familias no había suficientes trabajadores, a condición de que los contratados fueran judíos. Ese mismo año, la JCA dio a conocer una circular destinada a candidatos de Besarabia, que estipulaba que la primera condición para el éxito era que en la familia hubiera al menos dos trabajadores de más de trece años sin tomar en cuenta los hijos casados, los yernos, hermanos, cuñados y otros asociados, porque estos habrían de abandonar la chacra familiar. La segunda condición se refería a los medios necesarios para costear el viaje y subsistir en los primeros tiempos, y la tercera señalaba que se daría preferencia a familias provenientes de aldeas rurales, con experiencia en cultivos de secano y cuyas mujeres estuvieran acostumbradas a vivir en el campo.[7]

La transición al modelo de inmigración espontánea llevó a la presencia de muchos trabajadores en las colonias y a una solución parcial al problema del trabajo en temporada de cosecha. No obstante, el modelo familiar siguió siendo una condición para la colonización. En 1900-1914 el número de miembros de una familia de colonos era bastanta estable (aproximadamente 5,5); lo mismo cabe decir con respecto al número de personas por chacra (aproximadamente siete) y al número de familias por chacra (1,24). Por ello, aunque en el tamaño de las familias y las chacras compartidas se produjeran cambios, no se ponían de manifiesto en el período estudiado.[8]

Las relaciones intrafamiliares

Las relaciones de parentesco suelen ser intensas e íntimas. Esta afirmación es particularmente acertada en zonas rurales, en las cuales la familia es la unidad básica de la sociedad, y además de ser el marco para las relaciones emocionales y para impartir valores y costumbres de una generación a otra, cumple funciones sociales y económicas. El éxito de la familia para cumplir sus funciones cuando está organizada alrededor de la producción, consumo y preservación de bienes depende del grado de solidaridad y cooperación que existan en ella. La importancia de la familia resaltaba en zonas rurales porque en las temporadas agrícolas el trabajo requería la dedicación plena de los miembros de la familia. Las funciones de varones y mujeres variaban en diferentes sociedades y debían responder a las necesidades de la familia tal como esta las entendía; en general las funciones de la mujer eran inferiores. En aquella época y hasta 1947, en la Argentina las mujeres no tenían derechos políticos básicos como el de votar y ser elegidas, y su estatus jurídico en las relaciones contractuales de la familia con la JCA se veía influido por las costumbres y convenciones de la época.[9]

El hombre era el jefe de familia y firmaba en su nombre el contrato de colonización. Las condiciones peculiares de la vida en las colonias influían sobre el trabajo de las mujeres: participaban en la creación de la chacra y una vez construida la vivienda eran amas de casa que debían manejar el presupuesto con gran austeridad y ocuparse de los hijos; además de eso estaban a cargo de la quinta (que producía los alimentos para la familia y para comercialización), el corral y la huerta. En las estaciones agrícolas, en especial durante la cosecha, participaban en las tareas de campo.[10]

La literatura de la época asignaba a las mujeres una función decisiva en el éxito o fracaso de la familia para arraigarse en la colonia. Los peligros existentes en la aldea servían a veces de pretexto para impedirles participar en las actividades nocturnas y dedicarse a la docencia, a excepción de las maestras de costura. Como la mayor parte de las cooperativas aceptaban como socios solo a quienes tenían contratos con la JCA, las mujeres tampoco podían participar en ese ámbito; por eso sus actividades públicas se centraban en organizaciones femeninas que se ocupaban de brindar ayuda a necesitados, inmigrantes, etc. Se puede decir que su situación en las colonias provenía no poco de los estereotipos y costumbres de la sociedad en esa época.[11]

Los niños como fuerza laboral

En las temporadas agrícolas, la asistencia a la escuela confrontaba con la necesidad de los padres de contar con el trabajo de sus hijos. El barón de Hirsch había supuesto que en una sociedad rural ese requerimiento era más importante que la escolaridad; por ejemplo, cuando uno de los primeros directores de la JCA en Buenos Aires sugirió organizar el transporte a la escuela de Moisesville, el barón sostuvo que eso era un lujo. Con el tiempo se produjo un cambio en la postura de la JCA y las escuelas obtuvieron legitimación, pero se comprendía la ausencia de los niños en las temporadas agrícolas. En 1899 Sabah informó que en la temporada de cultivos las aulas (a excepción de las inferiores) estaban vacías. Los maestros Mark Habib y Nissim Bitbol señalaron en sus informes que la tasa de ausentismo era particularmente alta entre los varones. Un año después se suspendió a los alumnos que, por diversas razones, no habían asisitido a clases dos meses seguidos, con la excepción de aquellos cuyos padres habían informado por anticipado que los niños se ausentarían por razones agrícolas.[12]

A principios del siglo XX se tenía consideración con las necesidades laborales, pero los maestros trataban de ponerles límites. El maestro Alberto Danon visitaba a los padres de sus alumnos en Clara y les explicaba que “los niños de 8-12 años no han sido creados para servir de herramientas de trabajo, a esa edad deben jugar y estudiar”. Según su testimonio, los padres respondían que la situación económica no les permitía contratar trabajadores asalariados y que por esa razón no tenían más alternativa que recurrir al trabajo de los niños. A pesar de que a veces apoyaba la postura de los maestros, S. Hirsch solicitó a Danon que no criticara a los padres que hacían trabajar a sus hijos para que la familia pudiera subsistir, “por el contrario, hay que valorarlos”. En realidad, hasta fines del período estudiado prosiguió la confrontación entre la escuela y el trabajo, en especial entre los alumnos de los cursos superiores o, en palabras del maestro Nissim Cohen que ejercía en Narcisse Leven, el enfrentamiento “entre la pluma y el rebenque, que tan bien saben usar los niños de la aldea”. En 1912, el diario de los colonos publicó una crítica a los padres que retiraban a sus hijos de la escuela para que marcharan detrás del arado o fueran pastores, porque “eso hacen los padres que piensan solo en el hoy y descuidan el mañana”.[13]

Hacinamiento y conflictos familiares

Las colonias de la JCA en la Argentina aceptaban fundamentalmente familias grandes. En algunas chacras había más de una familia nuclear. A fines del siglo XIX había un promedio de 1,7 familias por chacra, situación que dificultaba no solo las posibilidades de sustento sino el surgimiento de una vida social normal en una casa en la que generalmente había solo dos habitaciones. Esta situación provenía del asentamiento de “familias adjuntas” (es decir, varias familias emparentadas) en una parcela y con el presupuesto de colonización de una sola chacra.[14]

Esta relación cuantitativa se redujo por la implementación de tres medidas: la primera, el asentamiento separado de parte de las “familias adjuntas”, en las que se contaban hijas e hijos casados que vivían con sus padres. Esta decisión fue adoptada, entre otros, por Lapine durante la reorganización de Mauricio, porque “la paz se altera en esos lugares con frecuencia” y porque los hijos “reclaman parte de los bienes porque no quieren cumplir funciones secundarias y desean trabajar de manera independiente”. La ampliación de Lucienville hacia el sur es otro ejemplo de este proceso. La segunda medida consistió en una notoria disminución del número de adjuntos de esta clase en la nueva colonización de Barón Hirsch y en Narcisse Leven, donde el número de familias por chacra no superaba el 1,1. La tercera medida fue la decisión de no crear chacras de “familias adjuntas” salvo que tuvieran dinero para construir una tercera habitación. Las dos primeras medidas redujeron el número promedio de familias a 1,24 por chacra; la tercera alivió en algo el hacinamiento de las familias y llevó al rechazo de candidatos a la “colonización adjunta” cuando no contaban con medios para construir una habitación adicional.[15]

El hacinamiento aumentó aun más en la segunda década del siglo XX y el número de familias por chacra llegó a 1,3. Esta vez no se debía a la colonización de “familias adjuntas” (porque en todas las colonias nuevas el número de familias por chacra no llegaba a 1,08), sino al aumento de hijos e hijas que se casaban y permanecían en la chacra de los padres en las colonias antiguas. Osías Shijman, hijo de colonos de Mauricio, describió que cuando sus hermanos mayores se casaron y abandonaron la casa, aún quedaron seis hermanos en la chacra de sus padres. Casos como este eran numerosos y por eso el hacinamiento en Moisesville, Mauricio, Clara y Lucienville era mayor que el promedio de 1,3 en las colonias. Este empeoramiento se produjo porque en aquellos años la JCA redujo notoriamente sus actividades de colonización, incluido el número de hijos a colonizar.[16]

Las fricciones generaban tensiones y los hijos que no se colonizaban por separado buscaban nuevos rumbos fuera de la colonia, algo que en sí mismo dispersaba a las familias por diferentes provincias. Esto era sumamente significativo para las familias y para el futuro de las chacras y de la colonización en general, por eso preocupaba tanto a los colonos como a la JCA, que pensaba especialmente en la situación de las chacras. Cuando los hijos eran colonizados, la sociedad les asignaba tan solo la mitad del presupuesto que daba a los inmigrantes. Desde el punto de vista social, la colonización de los hijos cerca de sus padres podía tenía resultados alentadores.[17]

Alpersohn describió en 1903 las estrechas relaciones que imperaban entre los colonos de Mauricio y sus hijos colonizados en Santo Tomás:

Si el padre terminaba temprano su trabajo en la colonia vieja, tomaba las herramientas de trabajo y a todos sus hijos y pasaba a la colonia nueva para ayudar a su hijo a terminar la siembra o la siega. De día y de noche se tendían entre las dos colonias –madre e hija– finas hebras de vida y trabajo.[18]

Esta descripción idílica no agota la clase de relaciones entre padres e hijos que reinaban en diversos lugares y épocas diferentes. Por ejemplo, Veneziani informó que “los hijos realizan la mayor parte del trabajo y los padres no los hacen partícipes de las ganancias”, y confió en que el alejamiento de los hijos de las chacras de sus padres mejoraría las relaciones entre ellos. En 1906 el Rabino Halfón expresó su temor de que los conflictos familiares no se resolvieran con la separación:

Aparentemente no hay por qué condenar moralmente a los judíos rusos de las colonias por sus vidas privadas y familiares. Pero, para ser más precisos, cabe señalar que el sentimiento familiar se limita a compartir el mismo techo y cuando los hijos se colonizan por separado no dudan en entrar en conflicto con sus padres por cuestiones utilitarias, y adoptan posturas que estremecen a un observador europeo respetuoso de sus padres. Esta observación es válida también para las relaciones entre hermanos. En algunas ocasiones he asumido la penosa misión de resolver disputas de esta clase.[19]

En la postura de la JCA se produjeron cambios, empezando por el acuerdo para la colonización de los hijos a condición de que otros hijos permanecieran con los padres, siguiendo por el acuerdo de los padres a contribuir económicamente a la colonización de sus hijos y finalizando con la prioridad de colonizar inmigrantes antes que hijos de colonos en la segunda década del siglo XX. La conducta zigzagueante de la JCA se debía a varias razones: a) el ahorro que se ponía de manifiesto en la reducción del presupuesto asignado a los hijos y en la expectativa de que, una vez asentados, los padres ayudaran a sus hijos; b) el temor de que se crearan latifundios por la tenencia de grandes extensiones en manos de una sola familia; c) el deseo de dejar a los hijos en las chacras de sus padres para que siguieran trabajando la tierra cuando estos envejecieran, un tema que será tratado más adelante; d) la presencia de muchos inmigrantes que querían colonizarse, y e) la falta de un principio claro en los primeros años de colonización. Esta dualidad en las consideraciones, es decir, por una parte el acuerdo a colonizar a los hijos y por la otra la oposición, llevaron a ásperos enfrentamientos entre los colonos y los directores. A continuación expondremos dos ejemplos ilustrativos.[20]

El acuerdo firmado con los grupos independientes colonizados en Leloir incluía un apéndice en el cual los candidatos a la colonización expresaban su deseo de arrendar tierras de la JCA para la futura colonización de sus hijos. La sociedad señaló que no tomaría ninguna decisión al respecto hasta que sus directores de la Argentina presentaran programas detallados. Ese apéndice fue causa de conflictos prolongados, porque los colonos lo interpretaron como un entendimiento alcanzado en las conversaciones que sus representantes habían mantenido en París en 1905, mientras que la JCA se aferraba a los incisos que lo restringían. El acuerdo de los directores de la capital para arrendar la reserva de tierras a los padres hasta la colonización de los hijos despertó la oposición del consejo porque de esa manera los colonos retendrían unas 300 hectáreas, o sea el doble del estándar estipulado por la sociedad. No obstante, en 1908 aceptó mantener una reserva para los hijos, pero mientras tanto arrendarla a extraños. Esta decisión suscitó una polémica entre los colonos y Veneziani, quien se apresuró a pedir al consejo que arrendara esas tierras a los hijos, con la opción de reemplazar el contrato de arriendo por otro de venta si el hijo cumplía todas sus obligaciones. Su postura fue aceptada con algunas condiciones, entre ellas que el acuerdo se aplicaría a un solo hijo de cada familia.[21]

El segundo ejemplo de un conflicto basado en el asentamiento de los hijos es el episodio de colonización en tierras del grupo La Esperanza en Mauricio. Estas parcelas habían sido compradas mientras estaban arrendadas y por eso no podían ser colonizadas hasta mayo de 1908. Mucho antes de esa fecha los colonos creían que esas tierras estaban destinadas a sus hijos, mientras que la JCA pensaba que, después de que en Santo Tomás se hubieran colonizado solo hijos, había llegado el momento de colonizar inmigrantes en el nuevo lugar. Además de eso, los funcionarios de la sociedad temían que los padres no pudieran complementar el presupuesto de colonización de sus hijos y pensaban que podrían encontrar inmigrantes con recursos. El incidente de La Esperanza agudizó el conflicto entre ambas partes, hasta que finalmente la JCA accedió a incrementar un poco la parte de los hijos e incluir entre los inmigrantes colonizados a familiares de los colonos. Los colonos sintieron que habían sido engañados y desarrollaron sentimientos hostiles no solo contra la JCA sino también contra los inmigrantes.[22]

La presencia de las familias creadas por los hijos en la casa de los padres era un fenómeno corriente. Estas familias tenían sus propios hijos y el hacinamiento era causa, entre otras cosas, de discusiones por el uso de los enseres y peleas entre los miembros de la familia. Las familias jóvenes sentían que no podían manejar sus vidas con independencia y ansiaban desvincularse de la dependencia económica y liberarse del hacinamiento.

Ante esta situación, también los hijos solteros sentían que no tenían posibilidades de asentarse, contraer matrimonio y crear una familia, y esa situación afectaba las relaciones familiares. En una emotiva carta dirigida a la JCA, los colonos de Mauricio relataron que sus hijos adultos amenazaban con dejarlos porque estaban cansados del sufrimiento padecido durante ocho años: “¿Qué haremos sin nuestros hijos?”. En 1901, el agente Chertkoff explicó por qué los jóvenes de Clara abandonaban la colonia:

La cosecha no tuvo éxito, no encontraron trabajo en los alrededores y después de haber trabajado todo el año, los padres no les dan dinero ni siquiera para comprarse ropa, porque deben pagar grandes deudas en el almacén.

Por un lado hay informes sobre padres que no podían dar a sus hijos parte de sus ingresos, y por el otro hay quienes hacen recaer la responsabilidad del conflicto sobre algunos hijos. Por ejemplo, Veneziani exhortó a los miembros del directorio del Fondo Comunal a intervenir en casos en que los hijos se comportaban de manera vergonzosa con sus padres.[23]

Las bodas en la colonia

Según diversos testimonios, en las colonias de la JCA los matrimonios se celebraban a edad temprana. Aparentemente, una de las razones para ello radicaba en el hecho de que la JCA colonizaba solo familias; de ahí que las jóvenes de las colonias no tenían dificultades para encontrar marido, ya que eran muy solicitadas. La presencia de más hijos de colonos e inmigrantes jóvenes que de muchachas casaderas permitía a muchas familias desposar a sus hijas sin necesidad de preocuparse por la dote, a diferencia de lo habitual en Rusia. En 1906 un colono escribió a un familiar que en la colonia “es más fácil encontrar un novio que un talit [manto ritual], porque la dote no es tan elevada”. Según Cociovitch, la carga económica que implicaba la concertación de la boda recaía sobre los padres del novio.[24]

Muchos hijos solteros de colonos abandonaban las colonias, pero aun así había más solteros que solteras por la presencia de numerosos inmigrantes no casados que querían colonizarse. Algunos testimonios señalan que no pocas jóvenes se casaban con ellos y en algunos casos se menciona el interés compartido por el inmigrante y los padres de la novia de recibir una parcela de la JCA. Es posible que la preferencia de novios inmigrantes antes que hijos de colonos se debiera a un factor psicológico mencionado por el maestro Bitbol en una carta de 1901, que en un debate sobre las escuelas mixtas (mujeres y varones) señaló que “niñas y niños, pequeños y grandes, jóvenes de ambos sexos se conocen como hermanos y hermanas, se sienten miembros de una misma familia y no hay ningún mal pensamiento que los acerque mutuamente”. Si hay algún fundamento en esta afirmación, es posible que el conocimiento desde la infancia redujera el número de parejas formadas por hijos de colonos.[25]

Resumen

A partir del análisis precedente cabe concluir que las condiciones de vida y las costumbres de la época influían sobre las relaciones intrafamiliares. A consecuencia de ello, la familia era una unidad encabezada por el padre, en la cual las mujeres y los hijos participaban en el proceso de trabajo. Al parecer, la necesidad de recibir una parcela influía sobre las pautas de matrimonio y el hacinamiento familiar era causa de numerosos conflictos.

2. Las relaciones de vecindad y los factores de cohesión y alejamiento

La solidaridad es una de las principales características de la comunidad, pero no se deben dejar a un lado los elementos que obstaculizan la posibilidad de concretarla. En 1905 el Rabino Halfón sostuvo que la vasta dispersión por los campos y las dificultades de transporte afectaban el espíritu solidario y la sensibilidad de la vida en común. Otro problema, especialmente en los primeros años, era la falta de lugares de encuentro para contactos sociales. Las oficinas de la JCA, a las que los colonos acudían para resolver sus asuntos, eran uno de los puntos de contacto y conocimiento con los otros colonos del lugar. No pocas cuestiones se debatían en el patio de la sinagoga, tanto con fines positivos como negativos. Por ejemplo, cuando surgió la idea de crear el Fondo Comunal, sus opositores se pusieron de acuerdo en la sinagoga para actuar contra la propuesta. En algunas colonias se usaban los depósitos como lugar de reunión y también cumplían una función importante los traslados desde la chacra familiar a la aldea para comprar provisiones, buscar al matarife o hacer diversos trámites; entretanto se hablaba con los vecinos de toda la colonia, se obtenía información y se oían los rumores que circulaban por la región.[26]

Las grandes distancias entre las chacras, en especial cuando el tamaño de las parcelas creció y a consecuencia de ello las casas se alejaron y se formaron grupos pequeños, requerían cordialidad en el seno de la familia y solidaridad entre vecinos. Por ejemplo, un colono de Moisesville escribió a sus parientes en 1901: “Aquí no es como en Rusia, se vive en grupos de dos a cuatro casas y se organizan reuniones solo en las fiestas y celebraciones”. Ciertamente, hay descripciones de relaciones basadas en la ayuda mutua en marcos reducidos, en los que se realizaban veladas sabáticas, festejos familiares y debates sobre la situación en Rusia y en el mundo, con conversaciones centradas en un periódico leído por uno de los presentes a la luz de una lámpara de queroseno y encuentros de jóvenes que a veces culminaban en bodas entre hijos de vecinos.[27]

Se debe recordar que, especialmente en la primera época, muchas familias no estaban unidas porque habían inmigrado a la Argentina en etapas y el problema de la reunificación las preocupaba durante un lapso prolongado. Muchas cartas hablaban de este tema y de los intentos de ubicar a los familiares con los que se había perdido contacto. Es muy difícil determinar cómo influyó esto en las relaciones intrafamiliares, pero es probable que en aquellos años en los que los colonos estaban sumidos en “sus propias cuitas” no hubiera muchos dispuestos a participar en actividades sociales intensivas, y generalmente se contentaban con las relaciones entre vecinos. Según el testimonio del colono S.I. Hurvitz, la sensación de soledad por un lado y el ideal de una vida digna en el campo por el otro unían a los miembros de su grupo como si fueran una sola familia, y cualquier evento, como la construcción de un horno común para preparar el pan, se destacaba en el trasfondo de una vida de sufrimientos y carencias. En Santa Isabel se colonizaron al principio solo hombres y las relaciones entre ellos nacieron en el campo; las mujeres, que llegaron más tarde, se ocupaban de los quehaceres domésticos y pasó mucho tiempo hasta que se conocieron entre sí y participaron en las actividades sociales de organizaciones femeninas que se dedicaban a la ayuda mutua, la organización de fiestas de Bar Mitzva (transición del varón judío de la infancia a la madurez) para los niños pobres, etc.[28]

En ese marco social reducido hacía falta el entendimiento entre vecinos, pero no todos los testimonios describen esta clase de armonía. A veces los conflictos surgían por los animales que entraban a los campos de los vecinos; un grupo de familias vecinas podía desarrollar relaciones estrechas u hostiles. Durante la reorganización de Mauricio, Lapine afirmó que “la mayor desgracia de la colonia radica en las numerosas y continuas discusiones entre vecinos”. En su opinión, las principales causas de ello eran los daños provocados por los animales, el uso del redil común, el mantenimiento de las alambradas que separaban las parcelas, etc. Alpersohn señaló al respecto que el traslado a un nuevo lugar lo había liberado de malos vecinos. Muchos testimonios mencionan la hostilidad entre vecinos en Mauricio; Alpersohn confirmó la afirmación de Lapine de que durante la reorganización había consultado a la comisión de colonos para decidir a quién expulsar de la colonia, pero agregó que no había actuado según esos consejos porque cada uno trataba de liberarse de quienes no le simpatizaban, y si Lapine hubiera unificado las listas de los miembros de la comisión, en la colonia no habría quedado nadie. Aparentemente los nuevos grupos organizados por Lapine mejoraron las relaciones de vecindad de algunos grupos porque Alpersohn describió la ayuda mutua y las relaciones sociales con los vecinos, pero más adelante volvieron a recibirse informes sobre la falta de solidaridad. Por ejemplo, Moss y Veneziani señalaron que los colonos de Mauricio eran indiferentes a los asuntos comunitarios y que en todos los temas surgían bandos mutuamente hostiles.[29]

A diferencia de esa colonia, había otras conocidas por la cooperación entre vecinos, como los grupos que pertenecían a Barón Hirsch; tal vez pueda atribuirse a la participación activa de sus miembros en la elección de sus integrantes. Otro ejemplo era Lucienville, en donde había un alto porcentaje de parientes y conocidos. Parte de los colonos fueron trasladados a tierras nuevas para aumentar el tamaño de las parcelas y contaron con la ayuda de quienes quedaron en sus chacras. En general se esperaba que la organización social mejorara las relaciones entre vecinos; por ejemplo, Leibovich expresó esta opinión cuando se creó el Fondo Comunal.[30]

Parte considerable de los conflictos eran consecuencia de la formación de marcos y posturas que llevaban a polémicas con otros grupos e individuos. Había tres ámbitos que unas veces llevaban a la división y otras, a la cooperación: los intereses económicos, la actitud ante la JCA y las diferencias de orígenes.

Los intereses económicos

A continuación señalaremos algunos ejemplos: por temor a quejas por parcialidad en la asignación de parcelas en los grupos que estaban por colonizarse, los directores de la capital preferían hacerlo por sorteo. S. Hirsch sostenía que “la distribución a elección de los colonos sería factible solo si todos se pusieran de acuerdo, pero eso no nos parece posible”. Los agentes que trataban de inducir a los colonos de Clara a un entendimiento sobre la rotación en el uso de las tierras en lugar de la rotación de cultivos, comprobaron que los colonos no estaban dispuestos a cooperar debido a sus intereses estrechos. Lapine informó que la recaudación estipulada por la JCA, por niveles según la capacidad económica, incrementó la envidia entre los colonos.[31]

En 1910 Halfón presentó una imagen que sugería que el antagonismo por intereses contrapuestos existía también dentro de las familias:

El aspecto más doloroso es que el amor a la familia y las pureza de las costumbres desaparecen día a día. En una sociedad en la cual el comportamiento moral es tan extraño, las discusiones por intereses mezquinos ocupan un espacio considerable, las familias se envidian unas a otras y los miembros de una misma familia están divididos.[32]

Las divisiones entre colonos por sus posturas ante la JCA

La historia de las colonias abunda en enfrentamientos entre los colonos y la JCA, y también al respecto había posturas diferentes que dividían a los colonos. Por ejemplo, cuando el administrador Mellibovsky fue nombrado en Mauricio, encontró dos bandos hostiles, uno a favor de la JCA y otro que se oponía a ella. Entre quienes la apoyaban se encontraban Alpersohn y algunas familias que tenían muchas tierras; entre los opositores se contaban los arrendatarios y quienes querían recibir las escrituras de propiedad. Más adelante Alpersohn pasó al bando de los opositores. Brejman, el agente de San Antonio, informó sobre rumores que cundían entre los colonos que se oponían a la JCA, que difamaban a quienes la apoyaban. Las polémicas se destacaban en las cartas y artículos enviados por los colonos a Hatzefira y Hamelitz, dos periódicos que discrepaban entre sí con respecto a la iniciativa del barón de Hirsch.[33]

Había colonos que solían atribuir las polémicas a una intención oculta de la JCA de crear un grupo de apoyo. Alpersohn señaló que Lapine

sabía que para derribar los árboles del bosque, el mango del hacha debe ser de los árboles mismos. […] Así nombró primer ministro y, supuestamente, consejero, al más ferviente propagandista contra la JCA. Lo puso al frente de la comisión y le prometió, además, un puesto en su gobierno.

En Clara y Lucienville surgió un movimiento de colonos que rehusaban firmar el contrato propuesto en tiempos del barón; los que no entendían por qué deberían negarse fueron aislados y apodados meshumadim (apóstatas), y no se les permitía entrar a la sinagoga. En 1908 los socios del Fondo Comunal se dividieron cuando se les propuso firmar nuevos contratos. En la reunión convocada al respecto hubo quienes sostuvieron que no debían firmarlos porque sentían que la JCA trataba de hipotecar a los colonos y a sus hijos. Un colono afirmó que podrían triunfar “si estuviéramos unidos pero, lamentablemente, cabe suponer que los colonos actuarán como en el pasado y cada uno firmará por separado y en silencio”. Sajaroff, el presidente del Fondo Comunal, sorprendió a los presentes cuando anunció que ya había firmado el contrato y presentó su renuncia, porque consideraba que en ese asunto sería un mal defensor de los colonos.[34]

Cabía esperar que los colonos, que veían a la JCA como un factor externo y amenazador, se unieran y cooperaran, y ciertamente, en algunas ocasiones se organizaban en ayuda de quienes se habían visto perjudicados por la JCA. Así se reunieron los colonos de Lucienville para apoyar a un colono del grupo Ackerman 1 cuyos bienes habían sido embargados por el alcalde por orden de Veneziani; en otros casos ayudaban en el trabajo y la cosecha a sus amigos cuyos bienes habían sido confiscados, pero a veces se enfrentaban por sus posturas ante la JCA. Se puede suponer que se debía a otros intereses y que no todos los colonos la veían como un elemento hostil.[35]

Las divisiones por origen, idioma, estilos religiosos y costumbres

Hay muchos ejemplos al respecto; entre ellos se destaca una división basada en diferencias en el estilo de las plegarias y el grado de fervor religioso de los grupos radicados en Algarrobo y Alice de Mauricio, que ya estaban divididos por cuestiones ideológicas y otras.[36]

El rabino Hacohen Sinai de Moisesville entró en confrontación con la JCA y gozó del respaldo de parte de los colonos de Podolia, pero los de Lituania –que habían llegado a la colonia dos años antes– se negaron a apoyarlo. Entre los colonos provenientes de Lituania y Besarabia cundían estereotipos: los lituanos ostentaban el prestigio intelectual de las yeshivot (plural de yeshivá, institución superior de estudios talmúdicos) y eran vistos como avaros; los de Besarabia les parecían ignorantes y despilfarradores. Entre ambos grupos había numerosos conflictos y cada uno tenía su sinagoga y su rabino propio. El antagonismo fue aminorando con el tiempo, cuando los hijos de unos y otros empezaron a contraer matrimonio entre sí sin preservar los límites relacionados con la procedencia de sus padres.[37]

A principios del siglo XX había en Moisesville un antagonismo tan marcado entre los judíos de Rumania y los de Lituania que cuando quedaban parcelas disponibles por el abandono de algunos colonos, la JCA temía asentar colonos de un origen en grupos de otra procedencia. Cociovitch refirió que algunos colonos se negaban a enviar a sus hijos a trabajar con sus vecinos provenientes de otros lugares aun cuando su propia cosecha no prosperaba y faltaba el sustento. Conflictos similares se desarrollaron en otras colonias; es posible que no hubieran surgido en ellas sino que hubieran sido traídos de Europa.[38]

Resumen

En 1911, después de una visita a Clara, el escritor Jules Huret mencionó el carácter apacible de los colonos de la JCA basado en el hecho de que bastaban unos pocos policías para preservar el orden en esas grandes extensiones. Pero a pesar de su descripción bullían corrientes subterráneas que ponían de manifiesto desacuerdos que afectaban la capacidad de consolidar la solidaridad y la cooperación entre las familias y grupos sociales.[39]

Muchos colonos no habían tenido contacto con sus vecinos antes de llegar a la Argentina, pero también aquellos que sí se conocían debían construir sus relaciones sociales desde el comienzo, porque había muchos cambios debidos a los numerosos abandonos y la llegada de nuevos colonos en lugar de aquellos. En esas comunidades pequeñas y en proceso de consolidación vivían toda clase de personas entre las que se desarrollaban amores y odios, solidaridad e indiferencia, ayuda mutua y conflictos. Se trataba de grupos heterogéneos divididos por sus posturas ante diversos temas, que entablaban una lucha peculiar por la existencia en zonas periféricas de la Argentina, en un marco social pequeño y aislado. Por ello se percibe una dualidad: por una parte, relaciones estrechas y persistentes entre vecinos, y por la otra, numerosos conflictos. Cabe suponer que la organización voluntaria en asociaciones con fines comunes podía superar las divisiones y alentar las tendencias solidarias, tema al que volveremos a referirnos más adelante.

3. Los estratos sociales

En los capítulos anteriores se había señalado una mejora en diversos ámbitos en las colonias antiguas, y tendencias poco claras y aun negativas en las tres colonias más jóvenes: Narcisse Leven, Montefiore y Dora. Cuando estos parámetros se referían a una colonia específica, se trataba de promedios probables, pero no se examinaba la estratificación social, cuyo significado en sentido amplio era la desigualdad económica.[40]

La diversidad resaltaba en los informes de trilla, que tenía proyecciones sobre el nivel de vida de los colonos. Cuando las trilladoras empezaban a trabajar en los campos, los agentes enviaban informes semanales a la capital; los directores los resumían en un telegrama codificado (para ahorrar costos) y los enviaban a los directores de París. Los datos eran parciales porque la trilla se prolongaba mucho tiempo y no estaba claro si esas cifras se correspondían con lo que se esperaba en las otras parcelas. Algunos funcionarios se apresuraban a tomar esas cifras como promedios, las multiplicaban por el precio esperado, descontaban los gastos calculados (que a veces se remitían a publicaciones en los periódicos) y se basaban en el resultado obtenido para fijar el monto de la cuota anual que los colonos deberían pagar. Estos cálculos solían quedar en los papeles porque no había ninguna posibilidad de establecer a partir de ellos cuál sería la ganancia de un colono en particular. Con el tiempo, los funcionarios de la JCA en París y en la Argentina aprendieron a tomarlos con mucha cautela.[41]

Cuando la JCA lo admitió, en algunas ocasiones se creaba un sistema que fijaba una cuota anual gradual para diversas colonias e individuos según la cosecha de cereales de cada uno y también otros datos, como las necesidades de determinado colono de desarrollar su chacra, etc. Por ejemplo, en 1901 se fijaron en Clara cuatro niveles de pago. Esta decisión requería tratativas con muchos colonos que, por diversas razones, pedían pasar de un nivel a otro.[42]

La definición de los niveles con este método mayormente basado en los resultados de la cosecha de cereales generaba dos problemas: el ocultamiento de la cosecha para que la JCA incluyera a esos colonos en un nivel más cómodo y el hecho de que la capacidad de pago no dependía solo de la cosecha. Había algunos colonos cuya cosecha era mala pero que tenían vacadas más rentables, y otros con una cosecha buena que era su único ingreso. El método existente no hacía justicia con unos ni con otros; por eso, en 1902 Lapine definió nuevos niveles que también tomaban en cuenta la cría de ganado y la producción de leche. A veces surgían problemas porque la JCA tenía conocimientos parciales sobre las vacas criadas por cada colono y porque cualquier método requería un seguimiento complejo que finalmente salía mal porque los cambios climáticos y las catástrofes naturales modificaban por completo la situación de los colonos.[43]

Por ejemplo, en 1902-1903 la cosecha de lino en Clara y San Antonio fue de un promedio de 300 kg por hectárea, pero ese dato incluía a algunos colonos que habían obtenido 1.000 kg por hectárea con una calidad que permitía recibir $95 por tonelada y a otros que cosechaban apenas 100 kg por hectárea, con una calidad inferior que les permitía recibir solo $30 por tonelada. En Clara se recibieron informes sobre desviaciones del promedio en la cosecha de 1903-1904, en Moisesville en 1905-1906 y también en otros lugares. A veces el resultado esperado no justificaba las tareas de siega y trilla, y la producción quedaba en el campo, lo que significaba que los colonos perdían todas sus inversiones en semillas, mantenimiento de los animales y maquinaria, y sus pérdidas crecían. En 1901 Lapine informó que los colonos más acomodados de Clara dejaban la colonia para liberarse de las deudas que los agobiaban.[44]

La diversidad era grande no solo en la cantidad de la cosecha y los ingresos, sino también en las demás manifestaciones de bienestar examinadas. En 1903 S. Hirsch señaló las notorias diferencias entre los veteranos de Moisesville, que si bien eran pobres tenían animales que los ayudaban a subsistir, y los más nuevos en los grupos Virginia, Wawelberg y Zadoc Kahn, para quienes una cosecha perdida significaba una pérdida total. En 1907 Cazès estimó las inversiones en la compra de animales y mejoras en Clara en cinco millones de francos y agregó que no tenía sentido calcular el promedio por colono, porque “aquí, como en cualquier otro lugar, la desigualdad es evidente: los más activos, inteligentes o ahorrativos –o quizás los más afortunados– se mantienen a flote, mientras los otros quedan atrás”.[45]

En 1908 la JCA propuso un contrato nuevo a los colonos de Clara. El Fondo Comunal estimó que en la colonia había tres categorías con respecto a la capacidad de cumplir las obligaciones estipuladas por el contrato: los colonos que podían pagar todas las cuotas, los que no podían pagar ni siquiera una y los que podían pagar las primeras cuotas pero no podrían completar el proceso. A diferencia de él, el agente de la JCA Sidi estimó que la mitad de los colonos podrían pagar la cuota anual sin dificultades. Independientemente de cuál de las estimaciones fuera correcta, el hecho es que ambas partes reconocían que existía una clara diferenciación entre diversos grupos de colonos.[46]

A pesar de la falta de datos precisos, en 1911 Oungre intentó evaluar la situación económica de los colonos de Clara y sobre la base de lo que veía llegó a la conclusión de que existían diferencias notorias: “Junto a viviendas muy modestas y depósitos generalmente pobres vi casas muy bien construidas”. Ese año recibió un informe del administrador de Moisesville, aprobado por Cociovitch (presidente de La Mutua), que señalaba que unos 50 colonos tenían $50.000-200.000 cada uno, mientras que otros 100 solo contaban con $10.000-50.000. Estas estimaciones incluían tanto los bienes de la chacra como los de consumo. Debemos recordar que la tenencia de los bienes no es igual a su posesión, porque la mayor parte de ellos estaban hipotecados.[47]

En 1912, I. Kaplan examinó la composición de las deudas de los miembros de la cooperativa de Barón Hirsch:

Nº de miembros

Monto de la deuda individual (en pesos)

90

Hasta 500

61

De 501 a 1.000

46

De 1.001 a 1.500

27

De 1.501 a 2.000

9

De 2.001 a 2.500

7

De 2.501 a 3.000

9

De 3.001 a 3.500

En 1914 Starkmeth encontró una distribución similar entre los colonos de Moisesville. Si tomamos en cuenta que existía una correlación entre el monto de crédito concedido y las dimensiones de la garantía suministrada, cabe suponer que la distribución de los datos antes presentados sugiere una distribución similar en las propiedades, que les permitía adquirir más bienes.[48]

Las evaluaciones y estimaciones expuestas son parciales porque se centran en una sola dimensión, y provisorias porque reflejan la situación en un momento determinado sin comparar épocas diferentes. No obstante, indican la presencia de signos de estratificación social en las colonias, a los que haremos referencia a continuación.

Los estratos acomodados

Los grupos autónomos que llegaron a la colonia Barón Hirsch lo hicieron con cierto capital. Por ejemplo, el grupo Novibug, el primero que se colonizó en tierras de Leloir, llevó carros, arados y bienes muebles que fueron transportados en 11 vagones hasta la estación de ferrocarril de Carhué y de allí en carretas hasta Leloir. A veces se comprobaba que el equipamiento agrícola no se adecuaba a las necesidades del lugar y en varias ocasiones la JCA aconsejó llevar menos equipos y conservar el dinero para comprar animales y bienes muebles en la Argentina.[49]

También quienes se incorporaron a Barón Hirsch en la Argentina, ya fuera como grupos nuevos o individualmente a grupos ya existentes, debían demostrar una situación económica razonable con un depósito monetario en las oficinas de la JCA. Algunos tenían equipamiento adecuado porque lo habían comprado en la Argentina cuando arrendaban otras tierras antes de incorporarse a esta colonia. El número de los que se incorporaban en la Argentina era considerable: Cazès visitó la colonia en mayo de 1907 y comprobó que la mitad de las 76 familias que residían allí habían sido reclutadas en el sur de la provincia de Buenos Aires y habían logrado ahorrar la suma necesaria para el depósito.[50]

Entre los recién llegados había algunos más ricos que otros; uno de ellos era Yudl Abrashkin, que había llegado con $26.000 (el depósito solicitado a los candidatos era de 3.000 rublos, equivalentes a $2.500) y en 1911 contaba con un terreno en Rivera y un comercio de venta de materiales de construcción, además de la chacra. Simkin, otro colono que se destacaba por sus iniciativas en el rubro de la construcción, entre ellas viviendas económicas (aparentemente para los inmigrantes que llegaban a la colonia), ganó una licitación de la JCA para construir locales de comercio con fines de alquiler en Rivera. Otro colono que gozó de notorio éxito fue Kremer, que tenía unos cien toros y equipamiento agrícola costoso que incluía una trilladora y dos molinos de viento para extraer agua. Asimismo, Mijelsohn y el representante Tcherni tenían muchos bienes.[51]

También en otras colonias había ricos, algunos que habían llegado con cierto capital y otros que se habían enriquecido allí. La buena posición se ponía de manifiesto en el nivel de vida y el patrimonio acumulado. En 1897 algunos colonos del grupo Feinberg de Clara mantenían una escuela privada con 60 alumnos y cuatro maestros. Cada colono aportaba ocho pesos para los salarios de los maestros, una suma elevada en comparación con los estándares usuales en las escuelas de la JCA. Algunos colonos ricos de Mauricio y Entre Ríos viajaban periódicamente a la capital, otros agrandaban sus casas, las embellecían y compraban muebles caros. Nandor Sonnenfeld describió la casa de un colono rico en Lucienville que tenía un piano, algo que en su opinión era un signo de estatus económico y social en el país de origen. En Moisesville había colonos que compraban o arrendaban cientos de hectáreas en las que sembraban alfalfa y criaban ganado.[52]

Los bienes de las chacras generaban ganancias que incrementaban el capital de esos colonos. Varios colonos de Lucienville compraron trilladoras, cada una de las cuales costaba $7.000-10.000 y cuya operación en las colonias y sus alrededores producía ganancias. Un colono creó en La Capilla (Clara) uno de los tambos más productivos. Había quienes representaban empresas que vendían maquinaria agrícola a los colonos, otros criaban vacadas en tierras propias, arrendadas o de otros, para invernada. La producción y el comercio a gran escala de alfalfa y ganado incrementaban aun más sus ganancias. Alpersohn mencionó que en 1902 había sembrado 100 hectáreas de alfalfa y comprado 103 vacas y 70 vaquillonas; no caben dudas de que la capacidad de producción de su chacra creció significativamente.[53]

No obstante, se debe tener presente que se trataba de una minoría de colonos.

Los estratos más frágiles

No pocos testimonios mencionan muchas familias en estado de pobreza permanente. Se hablaba de un colono de Clara cuyos pedidos de ayuda se reiteraban año tras año; entre otros, Alpersohn describió a quienes vivían en una situación de pobreza crónica:

Arn Kazev, un colono que parecía haber sido condenado por la Providencia misma a no emerger nunca de la miseria más extrema. […] ¿Para qué, si no, escribió Moisés en su Torá (Pentateuco, Y.L.) “Nunca faltarán pobres”?.[54]

Parecería que, a pesar de las duras descripciones de Alpersohn y otros sobre los pobres de Mauricio y Clara, no se puede comparar su situación con las estrecheces de muchos colonos de Narcisse Leven en la misma época. En 1911, cuando Yejezkel Shojat llegó allí, los colonos le parecieron mendigos y pordioseros enjutos y semidesnudos. Como la cosecha había sido mala, viajaban a regiones en las que hubiera probabilidades de encontrar trabajo; algunos ganaban apenas lo suficiente para cubrir los gastos de viaje y otros regresaban exhaustos y retraídos. Los policías de la zona percibieron el sufrimiento de los pobladores y lanzaban galletas a la vera de los caminos para que los hambrientos las recogieran. Las noticias sobre las penurias llegaron hasta París y el consejo accedió a autorizar un préstamo a la Unión Cooperativa de Bernasconi para proporcionar alimentos a sus socios. Simón Weill visitó la colonia en 1913 y captó las dimensiones de la catástrofe agrícola que asolaba a todo el territorio nacional de La Pampa Central. Durante su visita, los colonos organizaron una manifestación y le exigieron pan. Ese mismo año llegó a la colonia la Dra. Itzigsohn, que encontró casos de desnutrición y comprobó que los colonos habían aprendido a cocinar cortezas de árboles para “engañar el estómago”.[55]

Las familias que padecían estrecheces económicas tenían dificultades para pagar la atención médica y afrontar los gastos de la educación de sus hijos. En 1897 se señaló que las familias de Moisesville afectadas por enfermedades contagiosas no contaban con los medios necesarios para desinfectar o deshacerse de la ropa de cama de los enfermos, que podía ser causa de contagio. En diversas ocasiones el Dr. Yarcho se refirió a la exigencia de la JCA de obligar a los colonos a pagar parte de los gastos de atención médica e internación y en 1900 sostuvo que solo un tercio de los colonos de Clara le pagaba la visita ($0,50), a pesar de que “mi verdadera obligación es curar a los enfermos […] Me obligaría a cobrar también por la internación si ellos pudieran pagar”. En 1909 hubo socios de La Mutua que no lograron pagar el servicio médico. En 1914 se acordó con el Dr. Wolcovich, el médico de Clara, que los hijos separados de sus padres que tuvieran un certificado de pobreza emitido por La Mutua pagarían la mitad de la suma habitual.[56]

El Consejo de Educación de la provincia de Entre Ríos exigía que los padres de los alumnos pagaran un arancel. En 1901 Lapine pensaba que ese pedido era injustificado porque la JCA financiaba la mayor parte de las escuelas en las colonias y porque “este año los colonos son muy pobres”. En ese mismo tono respondió al Consejo de Educación, pero tanto su pedido como la intervención de S. Hirsch revelaron que no se podía obtener una exención grupal, sino solicitar exenciones para los pobres a título personal. En 1903, la JCA se dirigió al gobierno de la provincia de Santa Fe para que este participara en los gastos de mantenimiento de las escuelas de Moisesville según la Ley de Educación Obligatoria, y señaló ante el abogado que la representaba que debía sostener que a tales fines no se podían usar los fondos del impuesto a la educación porque esas sumas eran ínfimas debido a la pobreza de los colonos. En cambio, los colonos de Mauricio podían participar en dichos gastos; por ejemplo, en 1908 pagaron a la JCA $3.000 en concepto de aranceles escolares.[57]

Viudas, huérfanos y otros necesitados

La concreción del deseo de la JCA de colonizar familias completas y sanas para que pudieran cultivar la tierra y vivir de manera productiva se vio dificultada por diversos obstáculos. En 1894 Cazès había informado sobre varias familias cuya situación económica no tenía solución porque los padres habían muerto y dejado viudas con hijos pequeños. En su respuesta al pedido de los directores de Buenos Aires de ayudar a una viuda, el barón había expresado enérgicamente su oposición a dejarlas en las colonias: “Si quieren librarse de alguien, tienen que darle solo el mínimo necesario para que no muera de hambre, de otra manera verá que la situación es aceptable y no se cumplirá el objetivo”. Por esa razón, la JCA incorporaba estas familias a aquellas a quienes el barón estaba dispuesto a pagar el viaje de regreso a Rusia o a cualquier otro lugar. A consecuencia de esta postura, la sociedad rechazaba de plano familias candidatas a colonizarse encabezadas por viudas, aunque fueran familias de agricultores y contaran con suficientes trabajadores.[58]

En 1900, cuando la JCA examinaba a los candidatos de Rumania, Cazès exhortó a no repetir los errores cometidos con los grupos anteriores y a rechazar, entre otros, a ciegos, viudas sin trabajadores, enfermos y discapacitados. Si bien se podía impedir la incorporación de viudas jefas de familia al proyecto de colonización, no se podía garantizar que la situación de la familia no cambiaría con el paso del tiempo. Eran frecuentes los casos de muerte del jefe de familia por enfermedades, accidentes y aun asesinatos. Esas familias solían quedar sin recursos y con grandes deudas y tenían dificultades para recuperarse.[59]

En 1901 un agente de Clara informó que no sabía qué hacer con una viuda y su hijo que, después de la muerte del jefe de familia, no podían hacerse responsables de sus acciones. ¿Cómo actuar con estas familias cuya composición afectaba su capacidad de atender la chacra según los requisitos de la JCA? Después de la desgracia los vecinos, familiares y conocidos acudían y trataban de ayudar a terminar los trabajos de cultivo o siega; por ejemplo, cuando un colono y su hijo se ahogaron en Clara al tratar de cruzar un arroyo caudaloso, la viuda quedó con cinco hijos pequeños y su suegro y dos cuñados la ayudaron a manejar la chacra, pero esa solución solo podía ser temporaria.[60]

Los funcionarios de la JCA revisaban la capacidad de quienes se quedaban para cumplir sus compromisos con la sociedad. En 1905 un colono cayó de un carro y murió, y el agente de Clara escribió a sus superiores: “Una viuda más en la colonia. El finado dejó una familia sin recursos. […] Una hija está internada en un hospital. […] Después de la trilla veremos si queda algo para pagar la deuda a la sociedad”. Moss y Veneziani pidieron que la familia no fuera tratada con rigor. Un colono de Mauricio murió y “legó” a su familia una deuda de $14.000, y los acreedores estaban por embargar su alfalfa y sus bienes. Cazès y Oungre visitaron la colonia y autorizaron un préstamo de ayuda porque el difunto solía pagar puntualmente sus deudas a la JCA. En 1911 se brindó ayuda a una familia de Clara cuyo padre había ido a trabajar a Moisesville después de la siembra en sus campos, y murió allí en un accidente.[61]

Especialmente difícil era la situación de aquellas familias cuyos hijos eran demasiado jóvenes para trabajar en el campo. En 1901, el médico de Clara expuso ante los directores de la capital la situación peculiar de esas madres: “Estas viudas necesitan ayuda hasta que su situación particular se resuelva con el crecimiento de un hijo o cuando contraigan segundas nupcias”. También pidió que se otorgara una asignación mensual modesta a una viuda “nueva” para que pudiera contratar a un peón de campo, señaló que ya se había concedido una asignación como esa a otra viuda, e informó que esta había contraído matrimonio con su socio en el manejo de la chacra. S. Hirsch y Cazès respondieron que, a pesar de que la ayuda a las viudas debía quedar en manos de los colonos, la JCA estaría dispuesta a colaborar hasta que se organizara dicho servicio. Según el informe de Sonnenfeld, las asociaciones de Mauricio trataban de volver a casar a las viudas y durante su visita en 1902 solo quedaban dos viudas en la colonia.[62]

Viudas y ancianos abandonados

En el momento de aceptar a un nuevo colono se comprobaba la cantidad de hijos varones en la familia, pero con el tiempo se produjeron algunos cambios debidos al curso de los acontecimientos. Algunos hijos que se casaban querían colonizarse por separado, pero la JCA accedía a hacerlo solo si en la familia había más hermanos que permanecieran con los padres; en caso contrario, los hijos casados debían quedarse o encontrar la forma de comprar tierra en otro lugar por sus propios medios. Otros hijos se trasladaban a pueblos y ciudades para trabajar allí, dedicarse al comercio o estudiar. La JCA retenía las llaves de ingreso a las colonias, pero la salida estaba abierta y la consecuencia fue que con el paso del tiempo quedaban en ellas viudas y ancianos abandonados e imposibilitados de manejar sus chacras.

La actitud de la JCA ante los padres abandonados era consecuencia directa de su aspiración a productivizar a los colonos. Así fue como en 1897 en San Antonio trataron de deshacerse de un colono ofreciéndole ayuda económica para que se fuera. En 1904, cuando muchos colonos se fueron de Clara, Leibovich escribió a la capital que en la colonia quedaban padres ancianos abandonados por sus hijos: “Hay un número considerable de inservibles que ocupan terrenos y molestan a los demás colonos”. Algunos meses más tarde informó que el fenómeno se había agravado: “Lamentablemente queda una cantidad importante de ancianos, viudas y otros inservibles”. Los directores exigían que se presionara a los que quedaban y que se les exigiera el cumplimiento de los artículos del contrato referidos a la cuota anual, que estipulaban que la sociedad estaba facultada a revocar el contrato del colono que no pagara la cuota.[63]

La tendencia que cobraba forma era la de revocar el contrato que prometía la venta de la tierra y reemplazarlo por otro de alquiler a bajo precio para la casa y la pequeña huerta que la rodeaba. De esa manera confiaban en liberar la mayor parte de las tierras para la colonización de jóvenes y, al mismo tiempo, permitir la subsistencia básica de los sectores más débiles. En 1905 intentaron hacer lo mismo con aquellos ancianos y viudas que los empleados de la JCA consideraban imposibilitados de trabajar en el campo. En 1910 Veneziani estimó que en las colonias de Entre Ríos había 21 ancianos en esas condiciones que todavía conservaban parcelas grandes y los dividió en dos grupos: los que tal vez podrían recuperarse con ayuda de sus hijos jóvenes y los que deberían pasar de tener derecho a compra a ser inquilinos de una vivienda y un terreno pequeños. A fines de 1914 Starkmeth estimó que en Moisesville había al menos 40 colonos que no podían pagar la cuota anual porque no estaban en condiciones de trabajar la tierra y tampoco tenían hijos que pudieran hacerlo.[64]

Algunos querían conservar la tierra y pagar las deudas por medio de un subarriendo. Alpersohn mencionó la expulsión de ancianos de Mauricio en 1906 porque “arrendaron los campos a sus hermanos ricos que gozaban de mucho crédito, por 15-18 bolsas de granos por cada 100 de cosecha”. En 1909 se informó sobre viudas, viudos y parejas de ancianos de la misma colonia que habían arrendado sus parcelas y vivían en Carlos Casares. En esa colonia cundía el subarriendo y la JCA se opuso a él recurriendo a las condiciones establecidas en los contratos. Los empleados de la sociedad se irritaban más cuando el fenómeno se daba entre los colonos que, según su ofensiva definición, eran “perjudiciales e inservibles”. Cuando Starkmeth llegó a la Argentina implementó la expulsión de esos colonos y cobró fama de cruel e insensible.[65]

La actitud de la JCA se debía a su concepción de que la colonización era una cuestión económica y por eso definía como “inservibles” a quienes no podían aportar. Asimismo, la sociedad se desentendía de cualquier cosa que pudiera parecer caridad o beneficencia. La JCA entendía que debía apoyar la existencia de esos principios pero pensaba que no era asunto suyo sino de las asociaciones comunitarias que serían creadas por los colonos. En 1904 Leibovich confiaba en que los elementos “negativos” dejarían gradualmente sus chacras y pensaba que los otros colonos debían ayudarlos; al mismo tiempo, era consciente de la falta de organización comunitaria y de la gran cantidad de necesitados en la colonia. Un año después, cuando ya existía el Fondo Comunal y empezó a arraigarse la costumbre de reemplazar los contratos de venta por contratos de alquiler, sugirió dirigirse a la cooperativa para que esta creara fondos de ayuda a los colonos abandonados.[66]

Otro aspecto a examinar era el grado de capacidad de los colonos de ayudar a los ancianos, viudas, huérfanos, enfermos y minusválidos y sus formas de organizarse. El autor del informe anual de 1912 señaló en 1913 que la situación de los colonos mejoraba día a día y que, como en cualquier sociedad, había gente que gozaba de un verdadero bienestar, y agregó: “Lo que no existe en las colonias es una pobreza como la que se puede ver en Europa”. A pesar de esta afirmación y del deseo de la JCA, no podía haber una comunidad sin necesitados, una sociedad integrada solo por personas sanas y jóvenes, en la que todos los jefes de familia fueran varones. Este era un pensamiento utópico porque no tomaba en cuenta los procesos vitales básicos, que incluyen enfermedades, discapacidad y muerte, y porque permitía a quienes así lo deseaban, en especial a los hijos que no estaban contractualmente vinculados con la JCA, salir de las colonias y dejar en ellas a sus padres ancianos y minusválidos. Esta postura de la JCA solo fue posible en las primeras etapas de colonización. No se pudo llegar a una solución radical porque la situación era dinámica y nuevas personas se incorporaban al círculo de ancianos, viudas, huérfanos, enfermos y minusválidos.

La movilidad social

La definición del estatus del colono en función de su situación económica era difícil por las oscilaciones en esta última. La movilidad social vertical en el sentido del paso de individuos o grupos de un estrato a otro era un fenómeno común, especialmente hacia abajo. Había colonos cuya situación mejoraba, como Yankelevich de Clara, que era considerado rico aunque su padre era muy pobre; pero había muchos cuya situación económica empeoraba. Los colonos de Barón Hirsch, que en los comienzos gozaban de una posición económica sólida, padecieron una reducción en sus recursos monetarios. M. Guesneroff informó al respecto en 1909 y Oungre se refirió en 1911 a muchos de esos colonos “que hasta hace dos años eran ricos”, cuya situación se había deteriorado después de dos años de malas cosechas.[67]

En la situación económica de parte de los colonos había altibajos. En algunas ocasiones su situación mejoraba después de una cosecha buena o del éxito en la cría de ganado, y en otras perdían sus bienes y contraían grandes deudas. En 1908 parecía que los colonos de Moisesville y Entre Ríos estaban bien encaminados y también los pobres empezaron a gozar de cierto bienestar. Después de la epidemia de 1909, problemas agrícolas en Entre Ríos e inundaciones que anegaron gran parte de Moisesville y Montefiore en 1914, se produjo un cambio notorio en su situación y quedaron sumidos en una honda crisis. I. Kaplan, uno de los líderes del Fondo Comunal, escribió que en aquella época también los “acaudalados” acudían a la cooperativa y pedían harina para sus familias. Asimismo, se supo que los socios acomodados de La Mutua de Moisesville no podían cumplir el compromiso de comprar más acciones.[68]

Se puede decir que la movilidad y el poco tiempo transcurrido desde la creación de las colonias no impusieron la consolidación de estratos socioeconómicos altos, que la mayor parte de los colonos eran pobres y que había algunos ricos que deben ser vistos como casos particulares y no como una clase definida y consolidada.

La jerarquía social

Hasta ahora nos hemos referido al sentido amplio de la estratificación social, pero este concepto tiene también un significado más estricto: ¿en qué medida las diferencias en la situación económica de las personas influyen sobre su ubicación en la escala social y sobre la valoración y el prestigio a los que se hacen acreedoras, y hasta qué punto tienen un estatus permanente e influyen sobre sus acciones y conductas en la comunidad? Además de la situación económica, que tal como ya habíamos visto no implicó una estratificación por clases, sobre el estatus en la sociedad pueden influir también elementos como un cargo político, un rango religioso, el prestigio adquirido por educación o abolengo, etc. En algunas ocasiones, el prestigio comunitario determina la ubicación en la escala social aun más que la posición económica.[69]

La JCA demostraba actitudes diferentes ante colonos de distintas posiciones sociales: en 1901 se preguntó a Lapine (que, como se sabe, era partidario de parcelas pequeñas) por qué no asignar a cada colono una parcela de tamaño similar a las que ya había dado a algunas personas adineradas. Su respuesta fue que estas últimas habían invertido grandes sumas en la compra y mejora de suelos y que se trataba de

jóvenes instruidos, intelectuales habituados a una buena vida. […] ¿Acaso se los puede comparar con nuestros colonos, que son pequeños artesanos, simples obreros o pequeños comerciantes que llegan aquí con escasos recursos o en estado de absoluta pobreza?.[70]

La actitud difería también en el cálculo de la cuota anual basado en la cosecha, cuyos resultados resultaba difícil verificar. Los directores de París señalaron en una carta que

lo que ustedes dicen con respecto a datos inexactos de la cosecha no es importante cuando se habla de colonos que viven holgadamente como los de Mauricio, pero conviene ser más precisos en el cálculo de los ingresos de quienes no pagan la cuota anual y a veces disfrutan de los presupuestos que les asignamos.[71]

En 1901 Nemirowsky ofreció una explicación, que fue aceptada por S. Hirsch y Cazès, para entender por qué se abstenía de tomar medidas contra un colono que había faenado ganado de la JCA:

Él no es el primero que faena animales. Si bien estoy de acuerdo en que en casos como este se debe actuar con severidad, no sería justo elegirlo como chivo expiatorio mientras otros quedan impunes, más aun porque es considerado adinerado, serio, afable y obediente, y no solemos ser rigurosos con colonos de esas características…

No obstante, prometió ser más severo con casos similares en el futuro.[72]

¿Cómo eran las relaciones entre ricos y pobres? Los testimonios que obran en nuestro poder señalan dos pautas, una amistosa y otra hostil, si bien no se trataba de dos polos en los que se concentraban todos los ejemplos mencionados, sino los extremos de una línea en la que había muchos casos intermedios. En un polo de estas relaciones se puede ubicar la actitud severa, impulsada fundamentalmente por intereses personales, como el caso de un colono de Mauricio que en 1902 reclamó el pago de la deuda de unos colonos, y cuando no lo hicieron embargó sus bienes sin ninguna consideración. Su decisión despertó gran preocupación entre los demás acreedores, y el temor al colapso económico de muchas chacras.[73]

En 1906 Gros examinó la estratificación de los colonos de Mauricio según el monto de sus deudas y señaló que el principal acreedor era un comerciante que había creado diversos tipos de asociaciones con los colonos, que operaba como banquero, que había arrendado las parcelas de unos 20 colonos y que actuaba como comisionista en la compra de animales y cosechas. A principios de 1913, Öttinger envió informes similares sobre las relaciones de ese hombre con los demás colonos.[74]

En las colonias se puede percibir cierto grado de estratificación basada en el prestigio de los individuos y sus familias, al que se hacían acreedores por su origen, patrimonio, poder o estilo de vida. Tampoco en este caso se crearon estratos consolidados y se puede hablar de algunas personas (no siempre colonos), como médicos y maestros, que gozaban de gran prestigio entre los colonos y a veces también ante la JCA, a quienes nos hemos referido en el presente estudio.[75]

En una comunidad pequeña, la cantidad de niveles en la escala social suele ser reducida; lo mismo sucedía con los colonos, más aun porque, tal como ya habíamos señalado, en las colonias no cristalizaron estratos estables cuya ubicación en la jerarquía social era clara y legítima. A ello se debe agregar que, además de los colonos que estaban plenamente dedicados a sus chacras, alrededor de las colonias había una población –en parte permanente y en parte temporaria– que pertenecía a estratos y grupos sociales variados. Estos grupos, que en su mayoría no están incluidos en el presente estudio, mantenían contacto fluido con los habitantes de las colonias y por eso nos referiremos a ellos brevemente:

Nómadas: Fundamentalmente habían nacido en la Argentina, pero había también inmigrantes, a veces perseguidos por la ley, que se contentaban con poco y constituían un riesgo potencial para la seguridad de los habitantes.

Jornaleros agrícolas: Entre ellos había inmigrantes que permanecían allí por un tiempo para ahorrar dinero a fin de llevar a sus familias o para vivir en un entorno judío hasta lograr acomodarse en otro lugar; inmigrantes que trabajaban para los colonos hasta que la JCA accediera a colonizarlos; colonos e hijos de colonos que llegaban para ganarse la vida por la falta de trabajo en sus colonias o para incrementar los ingresos familiares y peones no judíos, nativos o inmigrantes. Su situación económica y sus condiciones de vida eran difíciles, pero los que querían colonizarse tenían la esperanza de mejorar su situación en el futuro.

Artesanos: Entre ellos se contaban inmigrantes judíos y no judíos, y colonos con otro oficio además de la agricultura. Se trataba de personas que vivían en las colonias y los pueblos de la vecindad y dominaban algún oficio. Generalmente no contaban con más capital que su destreza manual, pero a los que también eran colonos, estos oficios les proporcionaban ingresos adicionales.

Dueños de talleres: Los integrantes de este grupo se dedicaban a las mismas tareas que los artesanos, pero su situación era mejor porque tenían un capital, pequeño o grande, que les permitía alquilar o comprar un terreno y construir un taller en alguno de los centros rurales.

Comerciantes: Algunos abrían tiendas en edificios comprados o alquilados en los pueblos cercanos, pero había también vendedores ambulantes que recorrían las colonias y vendían su mercancía a los colonos o les compraban productos de campo. A veces eran colonos que se dedicaban al comercio además de la agricultura.

Representantes de empresas: Representantes de bancos y compañías de ferrocarril, de importadores de maquinaria y equipamiento agrícola y apoderados de empresas que compraban producción agrícola para exportación. Su estatus en la región dependía del poder de la empresa que los enviaba.

Servidores públicos: Jueces de paz, policías, empleados de correo y emisarios de los ministerios nacionales y provinciales que permanecían allí con diversas finalidades, como la lucha contra las langostas, etc. La situación económica de los policías era muy baja, la de los demás era un poco mejor que la de los policías, pero peor que la de sus colegas en la ciudad.

Funcionarios de la JCA: El estatus dependía de su jerarquía en la JCA, según el siguiente orden descendente: administrador, agente, contable, carretero y peón de mantenimiento.

Profesionales: Médicos, enfermeros, maestros, etc. Se trataba de inmigrantes que vivían en los pueblos, egresados de escuelas agrícolas y colonos; algunos eran católicos. Eran contratados por la JCA, por los colonos o sus asociaciones y a veces eran independientes. Su posición económica era, en orden descendente: médico, maestro contratado por la AIU, maestro local, enfermero, partera y maestra de costura.

Tampoco estos grupos estaban consolidados y por eso no deben ser vistos como estratos estables, sino como grupos de individuos con una profesión u ocupación similar.

En el presente capítulo hemos analizado las relaciones sociales desarrolladas dentro de las familias y las funciones que cumplían sus integrantes, las características de las relaciones desarrolladas entre familias y grupos dentro de las colonias y los estratos no cristalizados que se encontraban en ellas. El capítulo siguiente estará dedicado a las asociaciones creadas en esas circunstancias.


  1. ECS, 2, pp. 727‑729, III, pp. 760‑767.
  2. Avni 1973, p. 287; Gorskin 1951, p. 213; Reznick 1987, p. 25; Bizberg 1942, p. 34.
  3. JL29d, 25.9.1903, 2.10.1903, 6.11.1903; Bizberg 1942, p. 33.
  4. JL72(10), 15.12.1903.
  5. JL346, 25.7.1907; Shojat 1953, p. 18.
  6. Gallo y Cortés Conde 1972, pp. 166-169.
  7. JL29d, 10.11.1903, 19.11.1903, 22.11.1903.
  8. Las cifras se basan en los datos que aparecen en los Informes anuales de JCA (Informes 1900, 1901, etc.).
  9. ECS, 1, pp. 260-262, II, pp. 728, 939, III, pp. 762-764; Wright y Nekhom, p. 1035; Levin 2005b, pp. 49-67.
  10. Ver ampliación del tema en Levin 2005b, ibíd.
  11. Ibíd.
  12. Avni 1973, p. 174; AA, IO,2, 11.4.1899, 27.6.1899, 30.6.1899, 10.7.1899, 10.4.1900.
  13. AA, IIO,4, 1.4.1901, 10.7.1901, 16.7.1901; AA, VIIO,15, 22.8.1910, 10.10.1910; AA, VIIO,16, 27.9.1911, 5.12.1911, 6.12.1911, 25.4.1913; Der Yudisher Colonist, 14.6.1912, p. 13.
  14. JL397, 22.6.1901, 25.6.1901, 11.7.1901; Informe 1898, pp. 5, 7‑8; Informe 1899, pp. 8, 13, 17.
  15. Lapine 1896, pp. 14-15; JL329, 15.2.1897, 12.1.1898; JL310, 27.1.1897, 30.1.1897; JL397, 14.11.1900, 15.6.1901. Los promedios se basan en Informe 1901, pp. 10, 18, 27; Informe 1903, p. 41; Informe 1904, p. 48; Informe 1906, p. 50; Informe 1908, p. 54.
  16. Informe 1911, p. 133; Informe 1912, p. 57; Informe 1913, p. 31; Shijman 1980, pp. 59-61.
  17. JBEx6, 22.10.1903; JL365, 8.12.1904; JBEx9, 23.7.1908; JL425, 9.1.1913; JBEx10, 9.7.1909.
  18. Alpersohn 1930, p. 85.
  19. Documentos 20.5.1906, I, p, 99; HM135, 23.4.1908.
  20. JL365, 24.11.1904; JL367, 10.9.1908; JL355, 8.2.1912; JL425, 9.1.1913; Oungre 1928, pp. 109‑113.
  21. JBEx9, 10.9.1908, 14.1.1909, 28.1.1909, 20.5.1909; JL367, 5.11.1908, 11.2.1909, 28.5.1909, 24.6.1909.
  22. JL346, 1.8.1907; HM135, 23.5.1907, 6.2.1908; JL367, 29.8.1907, 20.2.1908, 21.5.1908, 18.6.1908, 25.6.1908; JBEx9, 21.5.1908, 18.6.1908; Alpersohn 1930, pp. 115‑118, 121; Alpersohn 1911, p. 7.
  23. JL397, 20.10.1901; HM134, 4.5.1899; FC, AFC1, 26.3/1908; Informe 1904, p. 29; Alpersohn 1930, p. 55.
  24. Documentos, 8.11.1902 II; Bizberg 1945, p. 47; Hurvitz 1941, p. 78; Informe 1904, p. 29.
  25. JL367, 7.1.1909; Hoijman 1946, p. 58; Winsberg 1963, p. 13; Documentos, 16.6.1901, I.
  26. Ibíd., 15.4.1905, p. 105; Kaplan 1955, pp. 173-174; Hurvitz 1932, p. 119; Reznick 1987, pp. 44-46; Centenario Monigotes, p. 21; Verbitsky 1955, p. 59.
  27. Gerchunoff 1950, pp. 61, 62; Gabis 1957, p. 34; Shijman 1980, p. 62; Liebermann 1959, pp. 171-172.
  28. JL367, 3.1.1907, 7.1.1909; Bizberg 1942, pp. 31-33; Hurvitz 1932, pp. 18, 19; Gorskin 1951, pp. 19, 51-52.
  29. Lapine 1896, pp. 5-6, 41-42; Alpersohn s/f, pp. 330-331; Schapira 1991, pp. 41-43; JBEx9, 3.9.1908.
  30. HM135, 23.5.1907; JL397, 2.10.1902; JL399, 6.12.1904; Las Palmeras 1990, p. 24.
  31. JBEx6, 8.6.1904; JL397, 21.10.1901, 30.11.1901; HM135, 27.3.1903; Informe 1903, pp. 34-35; HM135, 29.4.1907, 23.5.1907; JL397, 2.10.1902; JL399, 28.11.1904; Las Palmeras 1990, p.24.
  32. Documentos, 24.9.1910, I.
  33. JL310, 31.7.1896; Mellibovsky 1957, pp. 119-121; Alpersohn 1930, pp. 145-146; Liebermann 1959, pp. 101-102.
  34. Alpersohn 1930, p. 137; Hurvitz 1932, pp. 24-25; Gabis 1957, pp. 176, 180-181.
  35. Hurvitz 1932, p. 39; Bizberg 1947, p. 95.
  36. Alpersohn s/f, p. 354.
  37. Cociovitch 1987, pp. 146-147, 184-186; Bargman 1991, pp. 5-6; ACHPJ, HM2/355, p. 10.
  38. HM/135, 28.1.1903; JBEx6, 29.6.1904; JL365, 2.6.1904; Cociovitch 1987, p. 251 (nota 5).
  39. Huret 1911, p. 415.
  40. ECS, 5, p. 541.
  41. JL363, 24.2.1898; Informe 1907, p. 21.
  42. JL397, 31.5.1901, 28.5.1901, 30.5.1901, 3.6.1901.
  43. Ibíd., 27.11.1902, 1.12.1902, 8.12.1902, 22.12.1902.
  44. Informe 1903, pp. 35-36; Informe 1904, pp. 15-16; Informe 1906, pp. 10-11, 33 (nota); JL327, 5.12.1896; JL334, 21.2.1901; JL397, 6.5.1901.
  45. HM135, 28.1.1903, 6.5.1901.
  46. Informe 1908, pp. 36-37; Gabis 1957, p. 177.
  47. Informe 1911, pp. 62-63, 101-102.
  48. IWO, AMSC1, 29.11.1912; JL428, 16.9.1914.
  49. JBEx7, 12.1.1905; JBEx8, 22.3.1906; Verbitsky 1955, pp. 62-63.
  50. HM135, 23.5.1907; JL367, 2.5.1907, 19.9.1907.
  51. JL346, 18.7.1907; Informe 1911, pp. 121-122.
  52. AA, IO,2, 10.1.1897; JBEx7, 12.3.1897; Informe 1907, p. 52; Informe 1910, pp. 38-39, 41-42; Informe 1911, pp. 101-102.
  53. Alpersohn 1930, pp. 72, 78; Informe 1906, pp. 10-11, 37-38; Informe 1907, pp. 70-72, 77; Informe 1910, pp. 37-39; Informe 1911, p. 38.
  54. JL397, 3.8.1901; Alpersohn s/f, pp. 371‑372.
  55. Shojat 1953, pp. 37-38, 52-53; Sesiones V, 11.11.1911; Informe 1911, p. 130; Liebermann 1959, pp. 80-81; JL426, 4.12.1913, 11.12.1913, 9.10.1913; Itzigsohn 1993, pp. 20-21.
  56. JL333, 1.6.1900; JL399, 19.7.1900, 23.7.1900; JL401, 1.4.1905; MHCRAG, AMA, 25.7.1909; MHCD, ASSIHC, 28.9.1914, 3.12.1914.
  57. JL397, 1.5.1901, 6.5.1901; JL400, 28.5.1903; Informe 1908, p. 27.
  58. Avni 1973, pp. 216-217; JL363, 16.4.1896; JL29d, 2.10.1903; JL31a, 26.1.1906, 21.6.1906.
  59. JL333, 24.8.1900.
  60. JL397, 31.7.1901, 19.11.1901; JL426, 1.5.1913.
  61. JL397, 4.9.1901, 14.9.1901, 16.9.1901; JL400, 9.9.1901; JL399, 5.1.1905; JBEx11, 12.4.1911.
  62. JL400, 20.11.1901, 22.11.1901.
  63. JL310, 20.2.1897; JL399, 30.12.1904, 2.6.1905, 17.6.1905, 21.6.1905, 27.6.1905, 30.6.1905.
  64. JBEx7, 16.11.1905, JL351, 15.10.1910; JL428, 26.11.1914.
  65. JBEx10, 9.7.1909; JL494, 29.5.1914, 21.10.1914; Alpersohn 1930, pp. 105, 191-192.
  66. JL399, 14.12.1904, 30.12.1904, 2.8.1905, 9.8.1905.
  67. Informe 1907, p. 71; Informe 1909, p. 44; Informe 1911, pp. 63-64; ECS, 3, pp. 293.
  68. JL428, 20.2.1915; Hurvitz 1941, p. 86; Kaplan 1955, pp. 180-182; Informe 1908, p. 20.
  69. ECS, 2, 119-121; ECS, 2, 717; ECS, 4, pp. 123-124; ECS, 5, pp. 541-545.
  70. JL352, 8.1.1911.
  71. Jl365, 11.6.1903; JL399, 24.12.1904.
  72. JL397, 7.9.1901, 9.9.1901.
  73. Documentos, 8-9.3.1902, I.
  74. JBEx10, 5.8.1908; JL425, 27.1.1913.
  75. ECS, 5, pp. 209-213.


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