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8 La cultura material y sus problemas

1. El nivel de bienestar y sus características

La situación económica de la mayor parte de los colonos era difícil e inestable. El alimento básico era el pan, que generalmente se horneaba en las casas o se compraba en el almacén. Su presencia en el hogar estaba supeditada a la disponibilidad de harina del trigo cultivado por los colonos. Los precios del trigo y la harina dependían de las variaciones del mercado y, obviamente, la suma recibida por el productor era inferior al precio al por menor; por ello era deseable que el agricultor reservara trigo de su propia cosecha para el consumo anual de la familia y lo llevara a moler en algún molino de los alrededores. Pero ya fuera por la falta de experiencia, porque necesitaban el pago por toda la producción o porque se habían comprometido a entregar la cosecha a los comerciantes a cambio del crédito que estos les habían otorgado, en muchas ocasiones no disponían de ese insumo esencial. Por ejemplo, 43 colonos en Mauricio enviaron en 1899 una carta en la que señalaban que en la última cosecha habían producido 5.000 toneladas de trigo, pero debido a sus deudas habían quedado sin pan: “¡No nos dejen morir de hambre en esta tierra!”. En 1901 se informó que los nuevos colonos de Lucienville se veían obligados a pedir limosna para aplacar el hambre y Nemirowsky solicitó que se les entregara trigo para cinco meses, hasta la próxima cosecha. El agente Hurvitz informó que los nuevos colonos de Clara padecían hambre y subsistían gracias a la caridad pública y el agente Chertkoff señaló que la situación de algunas familias era tan triste que debían “entregarles harina, no como un subsidio sino como ayuda moral”.[1]

Asegurar el pan para los colonos era una de las principales ocupaciones de las cooperativas; por ejemplo, el Farein de Lucienville creó una sección de proveeduría que compraba grandes cantidades de harina cuando el precio era bajo. Lo mismo hizo el Fondo Comunal de Clara en 1905, cuando compró un vagón de harina y comparó los precios y la calidad de la molienda en diversos molinos. Las cooperativas también eran el punto de referencia en este aspecto para las colonias necesitadas de ayuda: cuando se comprobó que los colonos en el territorio de La Pampa pasaban hambre, la colonia Narcisse Leven recurrió a La Mutua de Moisesville y recibió $1.500 para comprar harina. En 1912 se requirió ayuda para los colonos de Dora y se pidió a la cooperativa de Narcisse Leven que reintegrara el préstamo que se le había acordado para ayudar a Dora.[2]

El pan era un tema recurrente. Además de las dificultades objetivas existía también el problema de la concientización de los colonos. En una reunión del Fondo Comunal, sus miembros se negaron a almacenar el trigo en los depósitos de la asociación para permutarlo por harina cuando hiciera falta y en otra reunión debatieron el derecho del Fondo a comprar harina a crédito y distribuirla entre sus colonos por temor a que quienes la recibieran no pudieran saldar la deuda. Después de horas de discusión, un colono se puso de pie y exhortó a distribuir la harina: “Dar pan al hambriento no es material de discusión: ¡se le debe dar! ¡Se debe mitigar su hambre!”. A partir de entonces se aceptó esta postura y el Fondo suministró a sus miembros varios miles de bolsas de harina a crédito. En noviembre de 1912 hizo un llamamiento público a sus socios, en el que criticaba el hecho injusto e incomprensible de que quienes producían pan para el mundo entero, una vez terminada la cosecha debieran pedir una bolsa de harina en préstamo. El llamamiento exhortaba a los colonos a reservar dos toneladas de trigo en los depósitos del Fondo para el uso de las familias, a fin de permutarlo por harina, y solicitó a los acreedores que entendieran que ese trigo era de los colonos y no podía ser embargado. Asimismo se señalaba que los colonos debían comprender la importancia del cumplimiento de dicho pedido, y se concluía con el aforismo de Hillel el Sabio: “¿Quién se ocupará de mí, si no lo hago yo mismo?”.[3]

El bienestar del colono

El interrogante que se plantea es cómo se puede evaluar el nivel de bienestar de los colonos: ¿de acuerdo con los bienes acumulados, según el nivel de vida que se ponía de manifiesto en el consumo corriente y las inversiones en la vivienda, o por la capacidad de cumplir con sus obligaciones, en primer lugar con la JCA? Los testimonios de los funcionarios que visitaban esporádicamente las colonias indican un incremento en los bienes y un ascenso en el nivel de vida, y en los informes anuales de la sociedad no faltan ejemplos de personas que visitaban las colonias y se impresionaban de sus éxitos. A partir de esto es difícil extraer conclusiones absolutas, porque las visitas eran breves y cabe suponer que veían solo las chacras de los colonos exitosos.

Al principio, los colonos comparaban su situación económica con la que tenían en sus países de origen. En sus cartas señalaban la dificultad de adaptarse a los nuevos valores monetarios; por ejemplo, un colono describió el procedimiento de obtención de leña para calefacción: “Viajamos al bosque y cargamos un carro por $40”. A continuación comparaba: “Lo que se puede comprar en Rusia por diez kopeks cuesta aquí un peso, cuya tasa de cambio es de 0,80 rublos, pero su poder adquisitivo es escaso”. Otro escribió a su cuñado en 1899 que los gastos de la familia en ocho días alcanzaban en Rusia para todo el mes. Un colono en Moisesville escribió a su hermano que la carne era barata y que había mucha leche, azúcar, queroseno, té, etc.; otro describió a su hijo la mesa tendida con toda clase de manjares: “carne, dulces y vino como en un día de fiesta”. Un matrimonio escribió en 1898 que la cosecha “llega a 2.000 puds (1 pud = 16,38 kg); con una producción como esta, en Rusia uno puede ser rico, pero acá solo alcanza para subsistir”. Además de enfrentarse con la nueva moneda y los precios diferentes, los colonos debían acostumbrarse a distintas pautas de consumo. Cociovitch escribió que el campesino en Lituania “antes que nada, se provee de su propia producción para alimentar a su familia y luego, recién, vende lo que le sobra”, y agregó que en Moisesville produce “solo trigo y un poco de lino exclusivamente para el mercado y compra los productos que necesita…”.[4]

Es interesante un testimonio de una fuente completamente diferente. En 1904 visitó las colonias de la JCA en la Argentina Nicolás Krukoff, enviado por el Ministerio de Agricultura de Rusia en viaje de estudios a países agrícolas. Krukoff comparó el nivel de vida de los colonos con el que tenían en Rusia y señaló que quienes llegaban a la Argentina se asombraban de los altos precios del calzado y otros productos, pero después entendían que con sus ingresos podían comprar más insumos. A consecuencia de ello menospreciaban las monedas y usaban los billetes, como los lugareños:

Sus bosillos están abultados por grandes fajos de dinero y se debe tomar en cuenta que hasta hace poco tiempo, las manos de los jóvenes temblaban cuando debían pagar diez kopeks por los que debían trabajar duramente.[5]

Obviamente, no se puede determinar la situación socioeconómica de los colonos comparando solo los precios de los productos en la Argentina con los de Rusia. Una estimación más precisa se basa en el examen del excedente, expresado en términos monetarios, del que disponía el colono después de su actividad económica en determinado lapso. Pero ante la falta de un cálculo de pérdidas y ganancias que pueda brindar esa evaluación, nos limitaremos a examinar el uso que hacía de sus recursos financieros.

Antes de abordar ese uso (el nivel de consumo y los bienes económicos y de consumo adquiridos) mencionaremos la postura ideológica ante las inversiones consideradas más convenientes. En 1907 Cazès informó que muchos colonos de Mauricio gozaban de un bienestar que ostentaban y cuya importancia exageraban. A diferencia de ellos, expuso lo que consideraba el bienestar verdadero de los colonos en Lucienville, que no era exhibido sino que se ponía de manifiesto en las mejoras que introducían en sus chacras. Mencionó que todos los días comían pan blanco, que el consumo de carne estaba difundido y que la salud pública era buena, y agregó que si bien no ostentaban su bienestar, este era real.[6]

La JCA veía el ahorro y la frugalidad como cualidades importantes para el arraigo en el campo. De hecho, esto formaba parte del modelo de colono en determinadas regiones en Europa, que el barón quería imitar. Esta concepción cundió también en el período estudiado: según varios testimonios, Lapine abogaba por esta postura combinada con la existencia de chacras autárquicas:

Trabajen con diligencia, críen aves y ganado, planten huertas, cultiven verduras, reduzcan los gastos y ahorren […] Tienen que comer del propio pan, hecho con vuestra propia harina; pan de trigo entero y no de harina flor, de uno o doble cero.

La actitud negativa ante la tendencia a orientar los recursos económicos al consumo doméstico formaba parte también de diversos sectores de colonos. Cociovitch señaló que en Moisesville vestían toda la semana ropa de trabajo y calzaban alpargatas y agregó que lo mismo hacían los más adinerados, porque “a una persona elegante la consideraban un vago”. Según Alpersohn, 30 colonos se habían comprometido en Mauricio a abstenerse de vestir “ropa de seda y terciopelo”.[7]

A pesar de los ejemplos mencionados, no se puede afirmar que la mayor parte de los colonos veían la frugalidad como un valor rector en sus vidas. Sí se puede decir que las condiciones en Rusia y en las zonas periféricas en la Argentina impusieron este estilo de vida a muchos colonos de la JCA durante el período estudiado y que estos tendían a mejorar su nivel de vida aunque quedaran expuestos a la crítica de los colonos que predicaban una vida modesta. Así lo describió en 1914 Shojat, un colono de Narcisse Leven: cuando la colonia obtuvo la primera cosecha excelente los colonos no supieron aprovecharla y en lugar de comprar tierra y medios de producción, dilapidaron el dinero “en tonterías y cosas poco prácticas”. También Alpersohn criticó a los colonos de Mauricio que con las ganancias de la primera cosecha habían comprado en la aldea vecina muebles caros para embellecer sus casas, a cuyas dimensiones no se adecuaban. Según su testimonio, él formaba parte de un grupo de colonos que se había pronunciado contra los lujos, pero de sus afirmaciones se desprende que lo consideraba una causa perdida, porque: “¡Muy pocos, insignificantes en número, permanecimos fieles al ideal de luchar contra el perverso lujo! Una maldición pende sobre nuestro pueblo; la ostentación se nos metió en la sangre y en el tuétano”. El colono Meir Dubrovsky escribió en 1910 un artículo en el que criticaba la tendencia al lujo de los colonos de Entre Ríos, señalaba que debido a eso los gastos se habían duplicado y advertía sobre las consecuencias sociales y morales de ese comportamiento.[8]

De esto surge que en las estimaciones de la época sobre los gastos dedicados a la subsistencia de la familia se plantea el interrogante de qué se consideraba una vida básica sin lujos. En un memorándum enviado a la JCA en 1903, los colonos de Moisesville trataron de detallar los precios de los insumos básicos; la lista incluía harina, azúcar, carne, queroseno, cerillas, tela de lino y alpargatas. Las otras necesidades mencionadas eran visitas al médico, medicamentos, ceremonias nupciales, nacimientos, sepelios y gastos comunitarios varios. La evaluación de los ingresos necesarios para la manutención de una familia fue realizada también por los administradores de la JCA. En 1896, durante la reorganización de Mauricio, Lapine había basado sus cálculos en una estimación de $300 anuales para una familia pequeña con una fuerza laboral de una persona y media. No era una evaluación precisa porque se basaba en el consumo máximo de la producción propia, cuyo costo no había tomado en cuenta. Se trataba de una estimación exagerada y aunque se hubiera podido concretar no se podían eludir los gastos relacionados con la producción de los alimentos.[9]

En 1901 Nemirowsky realizó en Lucienville un cálculo más real, basado en los gastos de una familia de cinco miembros, definida como mediana, que disponía de 50 hectáreas cultivadas por ella misma. El cálculo detallado llegaba a la conclusión de que la familia necesitaba $312 anuales para comida: harina, té, yerba, azúcar y arroz. Él tampoco señalaba el costo de los alimentos de producción propia, como verduras y huevos, pero afirmaba que estos formaban parte de los gastos de producción de dichos rubros. Evaluó los gastos por vestimenta y calzado en $140 al año y tomó en cuenta otros a los que Lapine no había asignado importancia, como $97 para la compra de queroseno, leña, velas, tabaco, medicamentos, utensilios domésticos y celebración de festividades; la suma total llegaba a $549 anuales. Prestó atención al mantenimiento de la casa y en su opinión no exageraba en los precios, pero llegó a sumas más altas que las habituales entre colonos de otros orígenes, como los alemanes de Rusia “por cuyas venas fluye sangre de campesinos desde hace siglos”. Agregó que “el ideal existente es que la gente viva mejor, y no peor”, y advirtió que si el nivel de vida fuera inferior al mínimo indispensable, los colonos se trasladarían a la ciudad, en donde “les resulta relativamente fácil adaptarse”. Nemirowsky sostenía que el colono tenía derecho a una retribución por su trabajo y por su disposición a permanecer en el lugar, además de las ganancias, que consistían en la diferencia entre los ingresos y los egresos monetarios. Este aspecto no había sido expuesto con anterioridad.[10]

El nivel de vida mejoró con el tiempo, tal como podía percibirse en la construcción y reparación de las viviendas y la compra de sulkys que acercaban a las familias a los centros de actividad social y eran utilizados también en las chacras. Su precio llegaba a $200-300, lo que implicaba que con el costo de dos sulkys se podía construir una casa barata. Además de la acumulación de bienes de consumo se produjo un incremento notorio en los bienes de producción, entre los que se destacaban aquellos relacionados con la tierra: depósitos, alambre de púa y postes para las alambradas, aljibes, molinos de viento para extraer agua, abrevaderos para los animales, las áreas sembradas con cereales (que constituían un bien valioso) y los campos de alfalfa, en especial en Moisesville y Mauricio. En 1901 las tierras en posesión de Mauricio estaban valuadas en $400.000 e incluían 180 km de alambradas, que eran condición previa a la creación de campos de alfalfa.[11]

En la cantidad de cabezas de ganado se observó un aumento importante pero irregular. En 1900 los funcionarios de la JCA se vieron en dificultades para estimar su número, porque muchos colonos habían extendido sus actividades a la cría y venta de ganado sin la mediación de la JCA y los datos estadísticos no incluían ese patrimonio. El ritmo de crecimiento era irregular debido a las variaciones en los precios del ganado y el forraje, y a las epidemias y plagas que causaban gran mortalidad en las vacadas. Se invirtieron ingentes sumas en equipos y maquinarias agrícolas modernas: en 1913 los colonos contaban con más de 4.200 arados, una cantidad similar de gradas, más de 4.800 carros y sulkys, unas 3.000 segadoras y cosechadoras, unas 1.500 sembradoras y otras máquinas. Según diferentes testimonios, las principales inversiones de los colonos en bienes agrícolas (tierras y equipamiento) se realizaron en Moisesville, Mauricio, Lucienville, Clara, Santa Isabel y Barón Hirsch. En 1905 Cazès estimó las inversiones en Clara en 5.000.000 de francos franceses (unos $2.250.000). En el período estudiado, en Narcisse Leven, Dora y Montefiore aún no contaban con el capital necesario para ampliar sus inversiones, lo que no significa que no tuvieran equipos y otros bienes, ya que disponían de escasos bienes muebles que habían recibido de la JCA al colonizarse.[12]

Un parámetro de holgura económica era la capacidad de pagar la cuota anual por la tierra y las inversiones relacionadas con la colonización, que en los primeros años era limitada no solo porque los ingresos de la chacra eran insuficientes sino también porque se debía invertir todo lo posible en el desarrollo de la misma para que fuera rentable. La mayor parte de los colonos de Mauricio empezaron a pagar la cuota plena a partir de 1902; la colonia se destacaba en este aspecto. En 1904 se había abonado en Mauricio el 88% de la suma prevista; en Moisesville, el 15%; en Lucienville, el 6,2% y en Clara el 13,5%. El monto total abonado ese año llegaba a $97.000, un año después ascendió a $211.000 y en Mauricio superó el 100%, es decir que saldaron también deudas anteriores. En los años siguientes hubo oscilaciones: el punto máximo se alcanzó en 1910, en el que la JCA recibió más de $538.000; en 1912-1913 el monto descendió a $443.000 y $413.000 respectivamente. De todas maneras, estas sumas eran más significativas que en los primeros años e indicaban cierta mejora.[13]

2. Las dificultades del afianzamiento económico

Las deudas

En 1911 Oungre vio en Lucienville muebles modernos y ropa de calidad, pero tendió a creer al presidente de la cooperativa Hirsch Zentner que el bienestar era solo aparente, porque los colonos estaban sumidos en deudas. Quienes veían los bienes que poseían, la maquinaria moderna que usaban para las tareas del campo, las grandes vacadas y los prósperos campos de secano y alfalfa suponían que se trataba de ricos terratenientes con el futuro asegurado, pero ese patrimonio no les pertenecía porque estaban endeudados y no lograban saldar las deudas, que crecían constantemente. ¿Cómo se llegó a esa situación?[14]

  1. El origen: la tierra y los gastos de colonización: según diferentes versiones de los contratos firmados con la JCA, la tierra no pertenecía al colono hasta que terminara de saldar todas las cuotas anuales por el terreno y demás gastos de colonización. Su situación hasta ese momento era la de un arrendatario, y la mayor parte de los contratos se redactaban como acuerdos que prometían vender la tierra el día en que se saldaran todos los pagos pendientes. Como el colono no tenía la posesión oficial de la misma, no podía usarla como aval cuando pedía préstamos.
  2. Las inversiones exageradas: las grandes inversiones en todo tipo de bienes, efectuadas a fin de obtener ganancias, fueron financiadas por comerciantes y empresas que cobraban altas tasas de interés por el crédito otorgado y también con la ayuda de préstamos y anticipos de la JCA. Estas inversiones realizadas con buenas intenciones económicas alcanzaron dimensiones tales que no dejaron en manos de los colonos fuentes de subsistencia durante el año, ni siquiera para cubrir los gastos de la cosecha, y bastaba con que una cosecha fuera mediocre para que la provisión de insumos básicos dependiera por completo de los comerciantes de la región, que los vendían a precios exorbitantes. En 1897 el administrador de Mauricio alertó contra esta tendencia a efectuar inversiones exageradas. Dos años después, las deudas de los colonos eran tan grandes que los comerciantes temían –o no podían– seguir ofreciéndoles crédito, y los colonos se vieron con mejoras en las tierras pero sin medios de subsistencia.[15]
  3. Las deudas causadas por la enmienda de errores del pasado, entre ellos cabe mencionar:
    1. La necesidad de agrandar las parcelas pequeñas de secano.
    2. Los gastos ocasionados por el paso a cultivos mixtos.
    3. Los gastos por mudanzas al abandonar sitios inapropiados y pasar a otros más adecuados. Por ejemplo, los colonos de Lucienville debieron desplazarse a otro lugar cuando sus campos fueron ampliados y reparcelados. El traslado implicaba la mudanza, alambradas nuevas, roturación de la tierra virgen en la nueva parcela, gastos de acarreo y pérdida de tiempo cuando no podían dedicarse a las labores de campo, y las consecuencias eran gastos elevados y una cosecha reducida. Por consiguiente, era obvio que los colonos tenían dificultades para pagar las cuotas anuales y mantenerse.
    4. Los trabajos de mejora de los suelos: por ejemplo, en la colonia Barón Hirsch se generaron deudas especiales porque debieron realizar grandes inversiones en plantaciones y otras actividades no habituales para detener las dunas que amenazaban convertir sus tierras en un páramo. En 1913-1914 se plantó un millón de árboles.[16]
  4. La falta de fuentes de financiación para los agricultores: en el período estudiado, todos los agricultores argentinos sufrían por la falta de instituciones de financiación plausible. En 1891 se promulgó la ley de creación de un banco de propiedad estatal y privada. Hasta 1904 no se logró atraer capitales privados y se creó un banco estatal destinado (según la visión del ministro de Hacienda) a fomentar la agricultura y la ganadería. Esta intención no se concretó: en 1905-1913 el banco otorgó préstamos por $5.126.000, de los cuales solo $1.657.000 estuvieron destinados al campo. La sucursal de Basavilbaso, creada en 1914, aparentemente otorgaba créditos a los comerciantes del lugar. No está claro si los colonos de la JCA pidieron o recibieron esos préstamos, porque no contaban con los avales requeridos.[17]

La falta de financiación para los agricultores era una anomalía en un país cuya mayor riqueza provenía del campo, razón por la cual este tema ocupaba la atención de la prensa y los círculos rurales, entre ellos los estancieros cuya situación distaba de la de los colonos y arrendatarios que se veían en dificultades para subsistir. Entre las propuestas elevadas había algunas que permitían el otorgamiento de préstamos pequeños a bajo interés cuando el inventario y la cosecha del agricultor podían servir de garantía. Esta iniciativa provenía del despacho del enérgico ministro de Agricultura Eleodoro Lobos. Ya en 1912 el Banco de la Nación había autorizado a sus habilitados en las sucursales en todo el país a otorgar préstamos por un monto de $3.000, con garantías estrictas. Los resultados concretos de esta iniciativa, si es que los hubo, tuvieron lugar después del período estudiado. Los socios de la cooperativa en Clara no recurrieron a esta herramienta financiera hasta 1914; también en este caso resultaba difícil conseguir los avales, porque muchos animales estaban prendados a favor de la JCA y yerrados con su marca de propiedad.[18]

El capital de trabajo y la libreta de crédito

Se encontraron diversas formas de superar la escasez de capital de trabajo en el lapso entre la siembra y la cosecha. En Santa Isabel hubo quienes recurrieron a préstamos recibidos de estancieros no judíos de la región; en Barón Hirsch y Moisesville había colonos adinerados que ponían a disposición de sus amigos préstamos sin interés; en Carlos Casares, contigua a Mauricio, había prestamistas que daban dinero a tasas usurarias. A uno de ellos se refirió Gros, el contable principal de la JCA:

Es la persona adecuada en cualquier ocasión y con cualquier propósito: préstamos, intermediación entre el colono y las autoridades […] Obviamente, recibe un interés exorbitante y retiene las cosechas […] Cuando un colono cae en sus manos, le resulta difícil liberarse.

En 1912 se fundó el periódico Der Farteidiguer (el defensor), una de cuyas metas era combatir a estos prestamistas. Otra forma consistía en depender de los comerciantes de la región a través de sus libretas de crédito. Antes de la cosecha, los comerciantes competían por el derecho a ofrecer créditos hasta la finalización de la trilla. El riesgo comercial que asumían era grande porque el pago de la deuda dependía de los resultados no demasiado claros de la cosecha, de la buena voluntad del prestatario para saldar la deuda y de una espera prolongada que tenía su precio. Por todo ello, no debe asombrar que la disposición a asumir dichos riesgos tenía un costo elevado que se ponía de manifiesto en los precios de los productos que suministraban. Muchos testimonios, incluidos los de no judíos, mencionan a los almacenes, pulperías y boliches en los que se podían comprar diversos productos a precios que dejaban a los comerciantes buenas ganancias. Había algunos, cuyo afán de lucro era insaciable, que solían hipotecar la cosecha a cuenta de la deuda.[19]

Por ejemplo, algunos colonos afincados en Clara escribieron a los rabinos en Jerusalén que los colonos de los alrededores estaban muy endeudados porque “estaban acostumbrados a comprar a crédito durante todo el año”. En San Miguel, junto a San Antonio, las deudas se acumulaban en el almacén porque las familias eran especialmente numerosas y necesitaban muchos insumos básicos. Los colonos nuevos que aún no conocían las condiciones del lugar y a quienes les resultaba insuficiente el presupuesto de colonización que la JCA ponía a su disposición, se dirigían a los comerciantes. El autor del informe anual de 1912 mencionó a un grupo nuevo que se colonizó en Clara, al que hubo que proporcionar fuentes de sustento adicionales para que no cayera en “el error que casi todos cometen, acudir a los comerciantes, contra el cual luchamos”. Este fenómeno preocupaba no solo a los colonos sino también a las cooperativas y a la JCA. En 1901 el Farein no pudo comprar a bajo precio y a crédito hilos, bolsas y repuestos para la recolección, porque la mayor parte de los colonos habían vendido las cosechas por anticipado a los comerciantes a cambio de insumos varios. Obviamente, si la cosecha ya estaba vendida, el Farein no contaba con la posibilidad de recibir pago alguno por los insumos que quería proveer.[20]

El crédito cooperativo

A principios del siglo XX, el consejo de París debatió el otorgamiento de préstamos y anticipos a los colonos y expresó su deseo de conceder créditos a quienes se organizaran en asociaciones similares a los artel (especie de cooperativas productoras en Rusia). Entre las ventajas de este método se contaba la posibilidad de aceptar garantías colectivas además de las personales. Por esta razón, la JCA estaba interesada en que las asociaciones obtuvieran la personería jurídica que les permitiría efectuar operaciones comerciales y asumir compromisos económicos. Cazès visitó las colonias en Entre Ríos en marzo de 1903 y quedó bien impresionado de las actividades de la cooperativa de Lucienville y apoyó su pedido a la JCA de un préstamo por $4.000, a fin de que aquellos colonos cuyas cosechas habían sido confiscadas por los acreedores pudieran comprar semillas para la próxima temporada. A partir de entonces se inició un proceso de préstamos y anticipos a las cooperativas, generalmente para propósitos definidos por la JCA y según la lista de colonos que esta había autorizado. Las cooperativas otorgaban préstamos a los colonos a cambio de pagarés firmados por los prestatarios. Asimismo, las cooperativas compraban a los comerciantes insumos para sus socios, a un crédito basado en la cosecha prevista. Los comerciantes recibían pagarés de las cooperativas y el hecho de que eran respaldados por la JCA los convencía para confiar en ellas. Los colonos no debían presentar avales sólidos más allá de los pagarés y por eso parecía haberse encontrado una buena alternativa a la obtención de préstamos con el aval de los campos u otros bienes que no podían presentar. Si el área sembrada era grande y si su aspecto prometía una buena cosecha, compraban maquinaria, bolsas, hilos, repuestos, aceite de máquinas, etc. Los comerciantes y la JCA otorgaban créditos según la situación en el campo, pero a veces esto era una especie de “garantía a futuro” de dudoso valor por la inestabilidad climática y las posibles plagas. Si toda la cosecha, o al menos parte de ella, era buena, se podía saldar la deuda con la cooperativa, que a su vez pagaba la suya a la JCA y a los comerciantes, y el proceso de inyección de capital continuaba; pero cuando la cosecha fracasaba no se pagaban las deudas, se interrumpía el proceso y las actividades de la cooperativa se paralizaban.[21]

Esa parálisis tenía dos consecuencias: en primer lugar, los proveedores de las cooperativas se rehusaban a otorgarles más crédito y las amenazaban con demandas judiciales. La intercesión de los dirigentes de las asociaciones lograba prórrogas, pero los colonos tenían dificultades para cumplir los nuevos plazos. La JCA temía que las cooperativas quebraran y las ayudaba concediéndoles créditos; de esa manera las deudas de estas a la sociedad crecían y ocupaban un lugar mayor en el monto global de sus obligaciones. En segundo término, los socios no tenían con qué preparar la temporada siguiente. Después de 1910 las deudas crecieron como una bola de nieve y a principios de 1913 la JCA convocó a los presidentes de las cooperativas para analizar la situación. En ese entonces la deuda de los colonos a la JCA solo en concepto de anticipos llegaba a $950.000; $700.000 de ellos eran las obligaciones a pagar por las cooperativas. Se trataba de deudas a corto plazo que crecían también debido a los intereses por mora. La reunión tuvo lugar en enero, en plena temporada de recolección, razón por la cual no asistieron los delegados de Narcisse Leven, pero su presencia era menos importante porque la mayor parte de las deudas de las cooperativas a la JCA se concentraba en Lucienville, Clara, Moisesville y Barón Hirsch. Tres temas se elevaron a debate; el primero de ellos era el pago de las deudas. Los delegados no tenían atribuciones para asumir responsabilidades sobre las fechas de pago en nombre de las cooperativas, y por ello se acordó que a su regreso a las colonias reunirían a los socios y presentarían propuestas concretas para resolver el problema.[22]

El segundo tema se refería a la consolidación de las cooperativas aumentando el capital propio, para que dependieran menos de los proveedores de crédito externos. Las cooperativas operaban casi sin capital propio; el Farein, que se basaba en una cuota social modesta y en una caja de ahorros que era propiedad del ahorrista, solo podía brindar servicios movilizando capital externo y las reducidas ganancias que podían acumularse en su caja. En las demás cooperativas, en las que el capital estaba compuesto por acciones, existía en teoría la posibilidad de incrementar el capital emitiendo nuevas series de acciones, pero esta tentativa solía fracasar. Más aun, los socios se veían en dificultades para saldar las deudas por las primeras acciones que habían comprado en cuotas. Al respecto, los asistentes se comprometieron unánimemente a emitir nuevas acciones y realizar tareas de esclarecimiento para que los socios pagaran por ellas a tiempo.[23]

El tercer punto debatido fue el de los avales. La JCA creía que la garantía colectiva tenía más valor que la individual, pero cuando los individuos no pagaban sus deudas a las cooperativas, en manos de la JCA no quedaba ninguna garantía concreta y exigía a las cooperativas la entrega de los pagarés de los colonos endosados a su nombre. En la reunión se expusieron varias ideas: Sajaroff (presidente del Fondo Comunal) sostuvo que los socios de las cooperativas debían garantizar las deudas de estas aun con sus bienes personales; Cociovitch (presidente de La Mutua) y Brodsky (presidente de La Sociedad Agrícola Barón Hirsch) se opusieron. Finalmente se acordó que la mejor garantía era la firmeza con la que las comisiones de las cooperativas exigieran a sus socios el pago de las deudas. La JCA lo aceptó a condición de que se le permitiera supervisar los procedimientos relacionados con el otorgamiento de anticipos. Todos los presentes estuvieron de acuerdo, excepto los delegados de Barón Hirsch.[24]

Después del encuentro empezaron a llegar las propuestas de las cooperativas para saldar las deudas, la JCA las examinó y acordó prorrogar el pago, que originalmente era a corto plazo, a un lapso de diez años. El consejo aprobó el acuerdo a condición de que se incrementara el capital de las cooperativas, que el pago de la deuda se acelerara en caso de que las próximas cosechas fueran buenas y que se cumpliera el depósito de los pagarés endosados en la capital. Pero este acuerdo no bastaba y en abril de 1913 Veneziani y Leibovich anunciaron que, a pesar de las drásticas medidas adoptadas por las cooperativas ante sus socios deudores, los resultados eran mínimos. Los intentos del Fondo Comunal para obtener préstamos del Banco de la Nación fracasaron y la esperanza de aumentar el cobro de la deuda de los socios se esfumó. En esos meses la JCA se vio abrumada por pedidos de nuevos anticipos, que generalmente fueron rechazados.[25]

Las deudas siguieron creciendo en 1914; en agosto los colonos de Clara debían al Fondo Comunal unos $435.000, pero esa suma era tan solo una pequeña parte de sus obligaciones: Starkmeth estimó que la deuda a corto plazo ascendía a unos $2.500.000. Las inundaciones que asolaron ese año la región destruyeron la cosecha, los campos de alfalfa quedaron arrasados, las alambradas se rompieron, los edificios se inundaron y muchos animales se ahogaron o murieron de hambre y epidemias. Una de las consecuencias de la catástrofe fue el incremento de las deudas y la disminución de los ingresos. Durante todo ese año la JCA vaciló entre ayudarlos, con todos los riesgos económicos que eso implicaba, o “dejarlos caer”, en palabras de los directores de la capital. A fines de año llegaron a acuerdos separados con las cooperativas, que se basaban en una supervisión más estricta de la JCA y la distribución de la cosecha prevista entre la cooperativa, el colono y la JCA, pero en proporciones diferentes. En los últimos años del período estudiado las cooperativas dejaron de operar en el ámbito del crédito; más aun, se abocaron a realizar intentos desesperados de cubrir las deudas anteriores, en una época en la cual el crédito comercial en la Argentina se hallaba en crisis. La guerra que estalló en agosto de 1914 impidió que la JCA brindara una ayuda efectiva y la actividad de las cooperativas quedó paralizada hasta 1917-1918, pero este tema excede el período estudiado.[26]

Resumen

En la cultura material de las colonias se produjo una mejora. Los colonos disfrutaban de una vida más confortable y disponían de bienes más efectivos y de mejor calidad, pero se trataba de algo efímero porque la mejora en las ganancias no se traducía en la posesión de los bienes a su servicio, situación que no les permitía tener el futuro asegurado.

Hasta el momento hemos analizado la cultura material, la economía y el afincamiento de los colonos; en los próximos capítulos examinaremos la vida social y cultural que se desarrollaba en una comunidad que evolucionaba en las condiciones antes descriptas.


  1. JBEx9, 20.5.1909; HM134, 4.5.1899, 12.5.1899; JL363, 15.6.1899; JL310, 19.1.1897; JL328, 26.2.1897; JL329, 29.4.1898; JL334, 21.2.1901; JL397, 19.6.1901, 24.6.1901, 23.8.1901; JL399, 15.5.1901, 17.5.1901, 23.5.1901; HM135, 28.1.1903.
  2. ASAIB, APSAI, 9.10.1902, 28.4.1907, 9.5.1907; FC, AFC1, 10.7.1905, 6.11.1905, 4.12.1907, 27.2.1908; MHCRAG, AMA, 2.10.1910, 22.1.1911; IWO, AMSC2, 17.7.1912; ACHPJ, AR/2, 1912.
  3. JL397, 12.8.1901, 14.8.1901; ASAIB, APSAI, 29.4.1902, 19.6.1904; Gabis 1957, pp. 65, 99, 100-101.
  4. Bizberg 1945, pp. 37-40, 46; Berenstein 1953, pp. 8-9; Cociovitch 1987, pp. 107-108.
  5. Informe 1904, pp. 38, 45-46.
  6. Informe 1907, pp. 63, 76.
  7. Alpersohn s/f, p. 383; Cociovitch 1987, p. 114.
  8. Shojat 1953, pp. 59-61; Alpersohn s/f, p. 387.
  9. Bizberg 1947, pp. 65-107; Lapine 1896, pp, 2-3.
  10. JL397, 10.10.1901.
  11. Informe 1901, pp. 23, 25; Informe 1908, p. 52.
  12. Informe 1900, pp. 9, 17, 26; Informe 1913, pp. 34-35; Informe 1907, pp. 70-71; Informe 1911, pp. 101-102, 121-122, 130; Bizberg 1945, p. 33.
  13. Informe 1899, p. 15; Informe 1903, pp. 35-36; Informe 1904, pp. 21-22; Informe 1905, p. 42; Informe 1910, p. 7; Informe 1912, p. 23; Informe 1913, p. 15.
  14. Informe 1911, pp. 42-43.
  15. JL329, 2.12.1897; JL363, 15.6.1899; HM134, 12.5.1899, 19.5.1899.
  16. ASAIB, APSAI, 29.4.1904; JL426, 17.7.1913.
  17. Ortiz 1955, pp. 299-300; La Agricultura, 1.1.1900; Hurvitz 1932, p. 130; JL425, 15.2.1907.
  18. Gabis 1957, pp. 103; Cárcano 1917, p. 103; FAA, Boletín, 16.11.1912; 30.11.1912; FAA, La Tierra, 28.1.1913; 4.3.1913; La Capital, 15.1.1912, p. 513; Bizberg 1947, p. 97.
  19. Gorskin 1954, pp. 31-32; JBEx10, 5.8.1909; Informe 1907, p. 84; ASC, J41/219, 18.11.1897; Hurvitz 1941, p. 75; Kaplan 1955, pp. 179-180; Eidt 1971, p. 129.
  20. Bizberg 1945, p. 44; Informe 1907, pp. 99-100; Informe 1912, p. 30; ASAIB, APSAI, 1.10.1901, 6.11.1901.
  21. HM135, 27.3.1903; Sesiones II, 19.1.1902; Sesiones III, 27.4.1903; Informe 1908, pp. 12‑15; ASAIB, APSAI, 20.2.1903; Hurvitz 1932, p. 81.
  22. Para deudas, ver: JL356, 11.4.1912, 16.5.1912, 6.6.1912, 18.7.1912; JL357, 7.11.1912; JL425, 9.1.1913.
  23. Shojat 1961, p. 187; JL425, 9.1.1913; Actas de las sesiones de la reunión general de las sociedades cooperativas de las colonias en Buenos Aires, 3.1.1913 en JL425,16.1.1913; Informe 1907, p. 41.
  24. JL425, 9.1.1913; Actas de las sesiones de la reunión general…, ibíd.
  25. JL425, 6.2.1913; JL494, 12.2.1914, 3.4.1913, 24.4.1913; JL426, 1.5.1913, 4.9.1913, 18.9.1913.
  26. JL427, 15.1.1914, 25.6.1914, 16.7.1914; JL494, 16.7.1914; JL428, 11.12.1914, 20.2.1915; MHCRAG, AMA, 29.3.1914, 5.7.1914; Hurvitz 1932, pp. 95-96; Gabis 1957, p. 107; Lucca de Guenzelovich 1988, p. 22.


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