Otras publicaciones

DT_Descola_Tola_lomo_3.5mm

frontcover

Otras publicaciones

9789877230383-frontcover

9789871867516_frontcover1

7 La agricultura y las formas de producción

1. Los cultivos de campo

En el período estudiado se entendía a la agricultura en su sentido estricto, es decir, cultivos anuales intensivos, que en las colonias de la JCA eran fundamentalmente de trigo y lino sembrados en áreas extensas; en una medida mucho menor se cultivaba también avena, centeno, cebada y sorgo. En el calendario agrícola influían las condiciones climáticas locales, el estado del tiempo en el año específico y las pautas relativamente fijas que caracterizaban las condiciones de trabajo usuales en la pampa húmeda a fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Los procedimientos requeridos para lograr la cosecha anhelada incluían la preparación de las parcelas, siembra, siega y trilla. La tendencia a sembrar trigo y lino en áreas extensas cundía entre los agricultores de la región. La gestión de una granja de monocultivo implicaba grandes riesgos: el incremento del área sembrada podía ser beneficioso si todas las etapas de cultivo se realizaban de manera profesional y en el momento adecuado, si las condiciones meteorológicas eran buenas y si la langosta “prefería” no visitar la zona ese año. Pero bastaba con que una sola de las numerosas etapas no se cumpliera según lo deseado para que la cosecha se perjudicara y se perdieran todas las inversiones realizadas. A pesar de eso, muchos colonos esperaban que la cosecha próspera de un año determinado los llevara por la buena senda. En 1911 Oungre expresó su preocupación por esa situación, sostuvo que los riesgos del monocultivo se definían como todo o nada y señaló que esos cultivos no habían generado ingresos durante la temporada y que los colonos dependían del crédito y los préstamos.[1]

Al menos en los primeros años de este período, el comportamiento de los colonos no contradecía la concepción de buena parte del plantel de la JCA. En esos círculos la esperanza de buenas cosechas se basaba en una percepción optimista, según la cual un año próspero afianzaría la colonización, alentaría a los colonos y les permitiría recuperar todas las inversiones realizadas. A principios del siglo XX, S. Hirsch y Cazès se congratularon de que los colonos hubieran ampliado las áreas de secano sembradas, y agregaron: “Debemos proseguir por esta senda. Si tenemos suerte y el año será bueno, desaparecerá la mayor parte de las dificultades del presente”.[2]

La idea que sustentaba esta concepción sostenía que, a pesar de los años malos, el balance general sería positivo y los años buenos podrían compensar la pérdida de cosechas. La teoría era buena pero no se adecuaba a la vida de las familias que debían mantenerse y pagar sus deudas corrientes. Además de ello, en ese tema imperaba el azar: si el agricultor tenía suerte y obtenía buenas cosechas en los primeros años de colonización, podía ahorrar las ganancias excedentes para los años malos, por supuesto a condición de que fuera consciente de esa necesidad. De hecho, las primeras cosechas eran malas aunque en esos años no hubiera catástrofes agrícolas, porque se habían arado tierras vírgenes, es decir que aún no habían producido cosechas, y hacía falta tiempo para que los colonos adquirieran las habilidades necesarias para operar una chacra en el nuevo país. Si la primera cosecha buena se lograba después de tres, cuatro o cinco años, era probable que compensara los perjuicios de las cosechas anteriores, pero ¿cómo podía subsistir la familia durante ese lapso?

Por todo ello, la JCA empezó a aconsejar que se variaran los cultivos para repartir el riesgo y distribuir parte de las tareas de campo a lo largo del año. Uno de los problemas se relacionaba con la alimentación de los animales de trabajo: en las regiones con zonas de pastoreo bueno y abundante, esa era la alimentación básica; así sucedía en las colonias en Entre Ríos, Moisesville, Mauricio y Montefiore, pero también allí se debía complementar la alimentación con forraje especial en tiempos de sequía. En 1905 los colonos en Entre Ríos no pudieron empezar los trabajos para cultivar maíz en el momento apropiado porque el pastoreo nutritivo no bastaba para fortalecer a los bueyes después de los trabajos anteriores. En Barón Hirsch y Narcisse Leven había pastos duros y los animales no podían realizar el trabajo; en Moisesville y Mauricio, los campos de alfalfa brindaban una buena solución al problema y en otros lugares no bastaba con ese cultivo y se trataba de complementarlo con avena y maíz. El maíz tenía la ventaja de que su cronograma de cultivo no chocaba con el de los cereales de invierno, pero su principal inconveniente era que la langosta lo afectaba. En determinado momento pareció encontrarse una solución con el “maíz amargo”, una variedad de hojas y tallos amargos, que muchos creían que no era estragada por la langosta. Después de un tiempo se comprobó que la langosta no afectaba las hojas y tallos, pero sí las flores.[3]

Hacia fines del período estudiado se cultivaba maíz en un 20% de las áreas labradas en los diversos grupos de Clara, en Lucienville y Mauricio se sembraba poco maíz y en las demás colonias este cultivo era ínfimo. La avena, el centeno y la cebada se cultivaban fundamentalmente para forraje en Barón Hirsch y en cierta medida en Narcisse Leven, Clara y Mauricio. Estos cereales no lograron diversificar los cultivos; en las colonias del sur el trigo se convirtió en el cultivo casi exclusivo, en Entre Ríos competía por la primacía con el lino y en las jóvenes colonias Montefiore y Dora aún no se habían fijado pautas al respecto.[4]

El único cultivo que ocupaba un lugar destacado en Moisesville y Mauricio y desplazaba a los cultivos tradicionales era la alfalfa. Al principio no fue recibida de buena gana por los colonos en Moisesville porque corría un rumor pertinaz de que se trataba de una planta tóxica que ponía en peligro al ganado. En Mauricio se pensaba al principio que la tierra no era apta para este cultivo. La alfalfa tiene muchas ventajas: por tratarse de una planta perenne no es necesaria la siembra anual, no empobrece la tierra y tiene raíces profundas que le permiten renovarse después de una sequía o una manga de langostas. Como quiebra la uniformidad del monocultivo, permite distribuir el trabajo a lo largo del año y reduce los riesgos que un evento aislado puede ocasionar a un solo cultivo importante. Además de ello, se la puede aprovechar de muchas formas: los colonos en Moisesville y Mauricio la cultivaban para pastoreo, para secarla y conservarla para la temporada de sequía y comercializarla en fardos compactados, y para producir semillas para la venta. En estas colonias se realizaban varias siegas al año; una de ellas estaba destinada a recolectar las semillas que se vendían a excelente precio, y las demás para secado y compactación.[5]

En Clara fracasaron muchos intentos porque las napas subterráneas se encontraban a gran profundidad y porque la tierra dura dificultaba el desarrollo de las raíces; el número de siegas anuales era menor que en otros lugares y la vida útil de las plantas era reducida, lo que afectaba la conveniencia económica. En casi todas las áreas de las colonias del sur, la capa de tierra apta para el cultivo no era lo suficientemente profunda como para permitir que las raíces ahondaran y además de eso la provisión de agua no era regular. Las condiciones eran aceptables solo en algunos campos en Narcisse Leven; en Dora se cultivaba alfalfa con riego auxiliar, pero las extensiones eran escasas. En Montefiore, planificada para que su cultivo principal estuviera destinado a los animales, la alfalfa cumplía una función sumamente importante y las condiciones del suelo y el clima eran adecuadas, pero en los primeros años de la colonia se dedicaron a preparar la tierra y después las mangas de langostas y las intensas inundaciones de 1914 no permitieron que el cultivo prosperara.[6]

Chacras de extensión reducida y cultivos intensivos

El tema había sido presentado en diferentes oportunidades, en especial por Lapine, pero generalmente fue pospuesto hasta que despertó un interés renovado debido a la falta de trabajo para inmigrantes y egresados de las escuelas agrícolas que llegaban a las colonias. Además de ello, la JCA buscaba formas de reducir el tamaño de las parcelas por el alza en el precio de la tierra. Por su iniciativa se realizaron dos experimentos: la creación de granjas pequeñas a cargo de los egresados de las escuelas agrícolas en las colonias existentes y la fundación de la colonia Dora.

a. Las granjas de egresados de escuelas agrícolas

A fines de 1910 el consejo decidió colonizar cinco grupos de tres o cuatro egresados que se encontraban en las colonias y asignó a tales propósitos un presupuesto basado en una parcela de 15 hectáreas para cada grupo. Uno proveniente de Mikveh Israel se formó junto al pueblo de Domínguez, otro del mismo origen se colonizó en Clara y un tercero, llegado de la escuela agrícola de Minsk, se estableció en Belez (Clara); en Mauricio se formó un grupo de egresados de Djedäida y tres egresados de Or Yehuda (Anatolia) se colonizaron junto a Basavilbaso. La formación de los grupos se llevó a cabo según el deseo de sus integrantes, pero con la aprobación de la JCA.[7]

Cabe señalar que se trataba de minifundios y que el tamaño de las parcelas habría de ser un obstáculo para el desarrollo de esas granjas; por ejemplo, el grupo de exalumnos de Djedäida colonizados en Mauricio debió enviar a uno de sus miembros a trabajar afuera para complementar los ingresos. Habían aceptado colonizarse en una superficie que sabían que no podría sustentarlos solo porque querían “causar una buena impresión a la JCA”, porque “nos creen demasiado jóvenes y carentes de devoción”. Algunos de ellos no cultivaban hortalizas por problemas de comercialización y porque dichos cultivos eran afectados por las inclemencias climáticas, las hormigas y otras plagas, y otros empezaron a desarrollar cultivos de secano, que requerían campos más grandes. Este asunto, que en un comienzo había sido definido como una forma de integrar a los egresados, se convirtió a principios de 1912 en un experimento destinado a estudiar la posibilidad de crear en una superficie reducida una granja basada en cultivos que lograran sustentarlos. El redactor del informe anual de ese año señaló que el éxito de los egresados para sustentarse con el cultivo de hortalizas “servirá, sin duda, de ejemplo a los colonos, que verán que se puede ganar con parcelas pequeñas”; por esa razón la JCA denegaba los pedidos de los egresados de ampliar sus parcelas. Dicho informe se publicó en junio de 1913, cuando ya había indicios de que las granjas pequeñas no tenían éxito; por ejemplo, los egresados que estaban en Mauricio pidieron separarse porque las 15 hectáreas que habían recibido no les permitían mantenerse y pensar en formar familias. Estas granjas se disolvieron en 1914.[8]

b. Dora

La JCA esperaba que Dora “respondiera de la mejor manera posible a los requisitos de la agricultura moderna en la Argentina”. El desarrollo de cultivos intensivos fue presentado como un argumento de gran peso y un paradigma de colonización racional en áreas reducidas, en una época en la que “cabe suponer que deberemos asentar a nuestros colonos en parcelas cada vez más pequeñas”. Por ello, la JCA accedió a enviar allí a expertos en riego y a aprender de los colonos no judíos de la zona para asegurar el éxito del experimento. La colonización en Dora empezó en 1911 y el plan de cultivos elaborado por los agrónomos Simón Weill, Öttinger y Adolf Hirsch incluía mejoras en el cultivo de alfalfa y maíz por medio de riego y la introducción de cultivos nuevos como tabaco, papas, algodón, hortalizas, viveros para árboles, productos lácteos, etc.[9]

No obstante, aun después de tres años no se había experimentado con cultivos intensivos a excepción de algunas hortalizas para consumo doméstico, y el plan no se puso en práctica. Los colonos se limitaron a cultivar maíz y alfalfa tal como se hacía en Moisesville. Los resultados eran mediocres: hubo intentos de cultivar maíz dos veces al año con ayuda de riego auxiliar pero el éxito estaba condicionado a la altura del agua en el río Salado, que generalmente no era suficiente. Los cultivos de alfalfa no daban resultados aceptables debido al riego irregular, que dejaba una parte del área seca y otra anegada, y a la tierra que contenía altos niveles de sal. Se trataba de un fracaso para la JCA, que había comprado a alto precio tierras que presuntamente permitirían cultivos intensivos.[10]

2. Chacras mixtas de cultivos de secano y cría de ganado

El desarrollo de la ganadería tenía varias ventajas: un ingreso monetario corriente por la venta de la leche y sus subproductos, provisión de alimentos para consumo propio, un cronograma de trabajo anual que no dependía del clima ni de las estaciones y la posibilidad de aprovechar el trabajo de todos los miembros de la familia para el cuidado de los animales. Pero el ingreso a esa rama requería grandes inversiones en alambradas, instalaciones de agua, preparación de distintos tipos de alimentos y compra de vacas de raza. Asimismo, era necesario aprender los secretos del oficio, familiarizarse con la comercialización de toros, ocuparse del transporte de la leche y dedicarse a la fabricación de productos lácteos. También las cooperativas tomaban parte en estas actividades.[11]

A principios de la colonización la JCA había repartido vacas de razas inferiores y bueyes para el trabajo; con el tiempo se reemplazó a parte de los bueyes por caballos veloces y de buena raza que en el período estudiado fueron el motor de todas las actividades agrícolas, y se suministró ganado de razas híbridas. No pocos colonos solían comprar estos animales a crédito, y las vacadas empezaron a crecer. Entre las colonias había diferencias en el ritmo de mejora del ganado: en Mauricio se introdujeron especies productoras de carne en una etapa temprana, mientras que en Moisesville y la provincia de Entre Ríos el ritmo fue mucho más lento. Esta diferencia coincidía con el desarrollo general: en 1895, la mitad del ganado existente en la provincia de Buenos Aires era de especies inferiores, y en vísperas de la Primera Guerra Mundial el porcentaje se redujo a un ocho por ciento. En Entre Ríos y el norte de la provincia de Santa Fe se mantuvieron durante casi todo este lapso altos porcentajes de ganado de baja calidad.[12]

Vacas lecheras

El desarrollo de esta rama era importante por varias razones, entre ellas la capacidad de obtener resultados cotidianos sin esperar hasta el final de la temporada y la posibilidad de enriquecer el menú familiar con la producción de leche y sus derivados. Otra ventaja era la posibilidad de vender los terneros en el mercado y criar las terneras que, con el tiempo, se convertirían en primíparas y lecheras que incrementarían la producción de leche. Esta cría permitió exceder la producción para consumo propio en tiempos en que la mantequilla argentina se había convertido en un producto solicitado en el mercado inglés. Pero ¿cómo llegarían los productos lácteos de un colono de una zona alejada de la pampa a la mesa de un consumidor en Londres, y cómo se garantizaría la calidad deseada? Ya a fines del siglo XIX los miembros del consejo de la JCA, en especial Alfred Louis Cohen y Herbert G. Lousada, habían mantenido tratativas con compañías inglesas que tenían tambos en la Argentina, las que impusieron condiciones para instalar sus empresas: la participación de factores locales en la construcción de los edificios, poner a su disposición el área necesaria y garantizar una cantidad mínima de producción y estándares sanitarios altos para la leche. El precio que estaban dispuestas a pagar por la leche dependía de su calidad y de los precios de la mantequilla en la Bolsa de Londres. Las compañías se comprometieron a recibir la leche a condición de que su calidad se adecuara a lo acordado, a supervisar la producción y en algunas ocasiones a contratar personal local según los acuerdos firmados.[13]

Los contratos de creación de tambos para la producción de crema, que era transferida a otros centros que la transformaban en mantequilla, fueron firmados con varias empresas. Los primeros tambos se encontraban en Mauricio y Moisesville y en 1905 se creó en Basavilbaso una fábrica de mantequilla que recibía crema de numerosos tambos en la provincia de Entre Ríos. En 1907 bastaba con dos días de actividad a la semana para procesar la crema recibida de 27 tambos (no solo de las colonias de la JCA), la mantequilla era enviada a la capital en naves refrigeradoras y de allí a Londres. En 1908 había ya 15 tambos en las colonias de la JCA, cuatro de ellos en Moisesville y los demás en Entre Ríos. Ese mismo año los colonos incrementaron sus vacadas y proveyeron más leche de la habitual por el alza de los precios. En 1913 se creó un tambo en Montefiore.[14]

No obstante, había también dificultades. Después de una sequía prolongada, langostas, epidemias, etc., la producción de leche disminuía, a los tamberos no les convenía operar las máquinas y reclamaban indemnizaciones por sus pérdidas. En 1906 se informó que el tambo de Lucienville tenía dificultades para operar debido a la escasa leche provista y durante una epidemia declarada en 1909 se cerraron algunos tambos y otros operaron solo algunos meses al año. La crisis se prolongó varios años y en 1913 todavía había algunos tambos que funcionaban parcialmente. En Barón Hirsch y Narcisse Leven no se desarrolló la producción lechera, los alcances de la actividad en Mauricio eran limitados y los colonos preferían centrarse en la cría y engorde de ganado para producción de carne. El tambo se cerró y solo algunos colonos se dedicaron a la producción de crema con ayuda de mantequeras y su venta a la capital y otras ciudades.[15]

El equilibrio entre los cultivos de secano y la cría de ganado

La gravitación del ganado aumentó y en algunos lugares empezó a desplazar a los cultivos de campo. En 1900 estalló en la Argentina una epidemia de fiebre aftosa que afectó al ganado de los colonos de la JCA, si bien no de manera severa porque ese rubro no estaba muy desarrollado. La prolongación de la epizootia, a la que se agregaron las garrapatas y una sequía que redujo la provisión de alimento y agua, produjo la pérdida de cerca de medio millón de cabezas de ganado en la provincia de Entre Ríos, pero también en esta ocasión los perjuicios de los colonos de la JCA fueron menos graves. No sucedió lo mismo con el ganado que la JCA mantenía en sus establos, donde se perdieron unas mil cabezas. En 1909 se comprobó que el mismo peligro acechaba tanto a quienes se dedicaban al monocultivo como a quienes se ocupaban fundamentalmente de la cría de animales. Debido a la sequía, muchos hatos en la Argentina enfermaron de carbunclo y tristeza bovina; si bien las vacadas de Moisesville y Mauricio se vieron seriamente afectadas por la epidemia, no desaparecieron por completo gracias a la vacuna de Rueg, los baños de desinfección y la alfalfa seca. En Entre Ríos, cuyos cultivos fueron afectados ese mismo año también por la langosta y epidemias de las plantas, y que dependía del alimento obtenido de plantas anuales que resultaba difícil de conservar como forraje seco, las epidemias destruyeron gran parte del rubro. En Clara se perdieron unas 23.000 cabezas de ganado (38% de la vacada). El daño más severo se dio en las vacas lecheras, hecho que afectó también la reproducción. En San Antonio murieron unas 3.900 cabezas de ganado (30% de la vacada) y en Lucienville unas 4.300 (26% del ganado en pie). Además de ello se vendieron a los mataderos muchos miles de animales a precios de pérdida. En Barón Hirsch, donde se criaban caballos, se perdieron 1.100 animales (39% de la manada).[16]

Este rubro no se recompuso hasta después del período estudiado, entre otras cosas debido a la crisis financiera que dificultaba la renovación del ganado. La producción de leche y la cantidad de vacas por chacra se redujeron y no alcanzaron el nivel anterior. En Moisesville y Mauricio se siguió incrementando el área de alfalfa a expensas de los cereales. En general se observaba la tendencia a pasar del forraje a cultivos de campo cuando había epidemias y a reducir los cultivos de secano cuando la cosecha no era buena. El mismo fenómeno se daba en el paso de un cereal de una clase al de otra, y de animales productores de carne a lecheras y viceversa. Se puede decir que se planeaba el futuro según los resultados del pasado, pero no había ninguna garantía de que la naturaleza y el mercado se comportaran en consecuencia.


  1. Ibíd., p. 83; Informe 1911, pp. 35, 48; Hurvitz 1941, pp. 94-95.
  2. Informe 1901, p. 35; Informe 1903, p. 29; Informe 1906, p. 35; Informe 1907, p. 83; Informe 1911, p. 43; JL397, 1.7.1901; JL346, 5.9.1907.
  3. JL397, 10.5.1901; JL399, 4.9.1905; JL351, 27.1.1910, 3.3.1910, 10.3.1910, 24.3.1910; JL352, 6.10.1910, 12.10.1910; JL356, 15.8.1912, 29.8.1912; JL357, 28.11.1912; Informe 1907, p. 83; Informe 1911, p. 127.
  4. JL357, 2.1.1913; JL425, 9.1.1913; Atlas 1914, gráficos 4, 5, 6, 8.
  5. Informe 1902, p. 5; Informe 1903, pp. 11-12; Informe 1911, pp. 91-92, 112-113; Reznick 1987, p. 32.
  6. Informe 1900, p. 29; Informe 1901, pp. 29-30; Informe 1903, p. 38; Informe 1911, p. 127; Informe 1913, pp. 23-24, 27-28.
  7. JBEx10, 2.2.1911; JBEx11, 23.3.1911, 22.6.1911, 29.6.1911, 27.7.1911, 28.12.1911; Documentos I, 18.9.1911; Sesiones V, 17.12.1910, p. 118; Informe 1910, p. 3.
  8. HM2/6915, 19.3.1911, 18.6.1911, 8.8.1911; JL355, 11.1.1912, 7.3.1912; Informe 1912, pp. 12-13; JL494, 27.3.1914, 21.10.1914; JL427, 9.4.1914; Sesiones VI, 9.5.1914, p. 176.
  9. JL428, 1.12.1914; Informe 1912, pp. 14-15. Para Simón Weill, ver: Klein 1980, p. 56; Goldman 1914, p. 202.
  10. JL357, 21.11.1912, 28.11.1912, 9.1.1913; JL494, 28.10.1914.
  11. Informe 1898, p. 4; Informe 1906, p. 30; Informe 1907, p. 74; Informe 1912, p. 37; Sesiones VI, 15.11.1913, 9.5.1914, p. 132; FC, AFC1, 37.7.1907; Gabis 1957, p. 73.
  12. Ortiz 1955, pp. 60-61; Informe 1899, pp. 9-10, 19-20; Informe 1906, p. 29; Informe 1907, pp. 31-32, 78-79.
  13. Sesiones I, 8.7.1899, 8.10.1899, Sesiones V, 24.4.1909; JL397, 14.11.1900.
  14. JL363, 13.1.1898; Sesiones III, 31.10.1903, p. 48; Informe 1900, p. 26; Informe 1905, p. 35; Informe 1907, pp. 80-81, 103-104; Informe 1908, pp. 10, 34, 41-42.
  15. Informe 1901, p. 30; Informe 1904, pp. 20-21; Informe 1909, pp. 8-9, 19, 26, 36, 39; Informe 1910, pp. 6-7, 21, 24; Informe 1911, pp. 83, 95; Informe 1912, pp. 22, 37; Informe 1913, pp. 14-15; ASAIB, APSAI, 22.8.1906.
  16. JL363, 12.7.1900; Informe 1900, p. 5; Informe 1901, pp. 30-31; Informe 1909, pp. 7-8, 18, 25, 30.


Deja un comentario