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14 La vida cultural

Los primeros colonos estaban sumergidos en el trabajo pesado y el afianzamiento material y por eso relegaban a una etapa posterior la preocupación por la vida espiritual, a excepción del culto religioso y la tradición. Otro factor que la demoraba era la gran cantidad de colonos que se marchaban; en algunos lugares los abandonos reducían los grupos durante lapsos prolongados, situación que impedía la creación de instituciones culturales y planteaba un interrogante crucial a la vida social y económica. Entre quienes se iban se contaban también algunos intelectuales, hecho que contribuía al empobrecimiento cultural.[1]

La organización cultural empezó tardíamente y entre sus promotores había tres grupos básicos. El primero estaba integrado por maestros; por ejemplo, Tubia Oleisker demostró comprensión por los padres que empezaban a construir sus hogares y recurría a versículos bíblicos y dichos de los sabios para alentar a los hijos a crear bibliotecas, que en el pasado habían “otorgado fuerza a nuestra existencia”. El maestro Haim Rinsky temía que la conquista del trabajo y el retorno a la tierra, que veía como un elemento fundamental para la recuperación del pueblo, llevaran al surgimiento de “una generación ajena a la espiritualidad”, y exhortaba a desarrollar una cultura propia con características nacionales, porque “eso es lo que necesitan los judíos en todo el mundo y mucho más en Moisesville”.[2]

El segundo grupo incluía a colonos llegados en épocas tardías. En 1907 Halfón informó que en la colonia posteriormente llamada Barón Hirsch había colonos de mayor nivel cultural y Peretz Hirshbein sostuvo algo similar con respecto a los que conoció en Moisesville en 1914. En aquellos lugares en los que se incorporaban colonos nuevos existía la posibilidad de desarrollar actividades culturales. Cociovitch pensaba así al comprobar la decadencia cultural y social que, en su opinión, se había adueñado de Mauricio, donde habían quedado mayormente los fundadores, a pesar de que su situación económica era mejor que la de otras colonias. Por ello, la reanudación de la inmigración y la colonización después de 1904 implicó también más posibilidades de desarrollo cultural.[3]

El tercer grupo estaba compuesto por la generación joven, que junto con otros colonos creó asociaciones que desarrollaban actividades culturales generales, sociales y recreativas. Desde los principios de la colonización habían surgido varias asociaciones de jóvenes, como la Alianza Israelita Argentina fundada como una filial de la AIU en Mauricio, que contaba con 60 socios, y el grupo literario Zihron Moshe (en memoria del barón), creado por jóvenes de Clara a fines del siglo XIX. En 1908 se fundó en Mauricio la asociación La Juventud, que organizaba encuentros de intercambio de opiniones, realizaba actividades sociales y, siguiendo el consejo de S.D. Levi, creó una biblioteca comunitaria.[4]

En 1909 los jóvenes de Clara fundaron una asociación con fines culturales y recreativos. El programa de actividades incluía conferencias, fiestas y veladas danzantes. Ese mismo año se creó en el grupo Doce Casas de Moisesville la Sociedad Kadima, que se convirtió en la más importante de las colonias. Entre los fundadores se contaban Tobías Trumper, David Kaplan, Tobías Kaller, Isaac Dolinsky y otros jóvenes. Rápidamente sus actividades excedieron las de una biblioteca. Un año después 30 jóvenes de Palacios fundaron la Juventud Progresista, cuyos objetivo era, como el de Kadima, crear una biblioteca. Otra asociación similar fue creada por 50 jóvenes de San Antonio, que organizaron fiestas y con el dinero recaudado compraron 800 libros, en su mayoría novelas francesas traducidas al ídish, español y hebreo.[5]

En 1912 se creó en Barón Hirsch el Club de la Juventud Israelita para Recreo y Desarrollo Intelectual, dirigido por los jóvenes Abraham Schlapacoff, Manuel Beiser, Jacobo Schpoliansky, F. Muchnik, Adolfo Sas y otros seis, con el agente Haïm Bassan como síndico, quienes decidieron crear una biblioteca y recaudaron $1.000, una suma muy grande para aquella época, que demuestra un gran entusiasmo. Por iniciativa del rabino Ashkenazi crearon la Sección Infantil Hebraica. Al principio se reunían en un depósito y después construyeron una casa que se usaba también para funciones de teatro presentadas por el grupo local u otros invitados a la colonia, y para conferencias y veladas literarias en las que participaron autores conocidos como Hirsch David Nomberg y P. Hirshbein. El Centro Juventud Israelita Argentina fue fundado por la cooperativa para responder a las aspiraciones de los jóvenes. En 1914 tenía 182 socios que, además de la biblioteca, crearon un edificio para reuniones y representaciones teatrales. Starkmeth asistió allí a una conferencia del Dr. Abel Sonnenberg, el joven médico de la colonia, sobre higiene, y los asistentes le pidieron que también los maestros y agrónomos disertaran en su asociación.[6]

1. Las asociaciones culturales y las bibliotecas

Los colonos contaban con un acervo cultural basado en la tradición judía y muchos de los que llegaron después de 1904 tenían un bagaje ideológico adquirido en sus países de procedencia, que se nutría del iluminismo y de diversos movimientos políticos y revolucionarios. Los simpatizantes de todas las corrientes amaban los libros y los consideraban un medio de progreso y fortalecimiento de sus creencias. La mayoría dominaba el ídish y sabía suficiente hebreo como para leer periódicos y textos que profundizaban sus conocimientos religiosos y para leer la Biblia y las plegarias, y algunos sabían también otras lenguas. El nivel de lectura de las mujeres era más rudimentario, pero aparentemente superaba el de las otras campesinas de la región.[7]

La prensa hebrea de la época refleja el amor de los colonos a los libros. En algunas cartas a la redacción pedían a los escritores y al público en general que les enviaran libros para las bibliotecas; entre otras cosas, un colono aconsejaba a su familia abstenerse de llevar a la Argentina libros superfluos y munirse de textos sagrados y libros instructivos, otros señalaban la importancia de los libros. Se sabe también que había grupos de colonos suscriptos a periódicos, que eran leídos en grupos o pasados de mano en mano.[8]

La afición por los libros se manifestaba en la recolección de ejemplares de bibliotecas privadas, que en su mayor parte estaban también al servicio de los vecinos de los coleccionistas. Alpersohn refirió que después de haberse dirigido a los lectores de la prensa hebrea, recibió libros, los conservó en latas de queroseno en una barraca y “los viernes al anochecer me veía forzado a dejar el arado para volverme bibliotecario”. Así fue como al principio se crearon pequeñas bibliotecas privadas. También los maestros promovieron la iniciativa y crearon bibliotecas para niños y adultos.[9]

Las dificultades económicas no permitían que las bibliotecas pequeñas crecieran y se expandieran; eso pudo suceder solo después de la creación de organizaciones y asociaciones culturales con capacidad para mantener bibliotecas públicas.

Los factores que contribuyeron a la fundación de las bibliotecas eran:

  1. Los maestros.
  2. Los colonos que llegaron después de 1904.
  3. Los hijos de los colonos que desarrollaban actividades sociales y culturales; entre ellos se contaban los fundadores de la biblioteca Kadima.
  4. Las cooperativas.
  5. La JCA, que en 1907 resolvió apoyar la creación de una biblioteca en cada colonia, a condición de que fuera dirigida por organizaciones de colonos, en especial las cooperativas.[10]

2. La Sociedad Kadima

Esta asociación fue creada en Moisesville en 1909 con el objeto de elevar el nivel moral e intelectual de los jóvenes, crear una biblioteca, realizar conferencias y organizar veladas de lectura sobre historia judía, literatura, ciencia, etc. Sus estatutos establecían las formas de financiar las actividades (cuota social, entrada a las veladas culturales y donaciones). Si bien fue fundada por jóvenes, admitía como socios a todos los mayores de 16 años dispuestos a colaborar en la promoción del progreso humano y judío y a pagar la cuota social. Asimismo, se basaba en principios democráticos (voz y voto en la asamblea y obligación de la comisión directiva de informar sus actividades a los socios). En 1910 los representantes de Kadima firmaron un acuerdo de fusión con una biblioteca creada por La Mutua, se redactaron los estatutos y se fijaron procedimientos administrativos (organización, horario y plantel). La biblioteca obtuvo la personería jurídica en 1911. Sus finanzas no eran sólidas debido a la situación económica de los colonos, que tenían dificultades para pagar la cuota social; según los documentos consultados, no solicitó ayuda oficial, aparentemente por desconocimiento de lo estipulado por la Ley nº 419 aprobada el 23.9.1870 y destinada a apoyar a las bibliotecas populares depositando sumas equivalentes a las que estas habían invertido en la adquisición de libros.[11]

3. Las características de la asociaciones culturales y deportivas, y las preferencias de los lectores

Al principio las bibliotecas recibían libros aportados por los colonos y otros donantes; más adelante, cuando empezaron a comprarlos, se crearon comisiones encargadas de elegir los títulos. A veces se designaba a una persona que elegía libros en ídish y hebreo y otra para los demás idiomas. Uno de los temas debatidos fue si se debían comprar libros de géneros específicos, como novelas “para criadas”, textos sensacionalistas y literatura de cordel, es decir, obras de difusión masiva consideradas de mal gusto, escaso provecho y muy alejadas de la literatura canónica.[12]

Las asociaciones culturales realizaban diversas actividades, como conferencias, veladas de lectura, cursos vespertinos para adultos y teatro, que a veces eran una fuente de ingresos para su existencia.[13]

4. Los gestores culturales y la intelectualidad

En aquella época se destacaban los gestores culturales al estilo de quienes se dedicaban a actividades públicas en Europa del Este, que en las difíciles condiciones existentes actuaban a fin de satisfacer la avidez de vida cultural de la población. Cabe mencionar, por ejemplo, a Shejna Reznik, llegado a la Argentina a los ocho años, que a partir de 1913 fue maestro en Narcisse Leven y se puso en contacto con los jóvenes de la colonia. Junto con otros, generalmente maestros, impulsó una actividad cultural intensiva y durante tres años organizó veladas literarias, conferencias y obras de teatro. A estos eventos asistían también judíos de diferentes lugares, como Villa Alba y otros. Después del período estudiado empezó a traducir al español obras maestras de autores judíos. Estos activistas y organizadores culturales contaban con conocimientos de cultura judía y universal, a veces tenían inclinaciones artísticas y algunos escribían. Algunos podían ser considerados paradigmas de la intelectualidad judía.[14]

Este concepto hace referencia a las capas ilustradas (maestros, escritores, poetas, dramaturgos, artistas, empleados, médicos, periodistas, etc.) que influyen sobre la comunidad, sin hacer hincapié en los títulos universitarios sino en el discernimiento, la inteligencia y una actitud comprensiva. La intelectualidad judía en Rusia, el país de origen de la mayor parte de los colonos, se había desarrollado como un subgrupo que reclamaba funciones organizativas y orientadoras en las comunidades según su propia ideología, e incluía el deseo de aprovechar la instrucción, el estudio de idiomas, el trabajo manual y las ciencias para impulsar la “enmienda” de los judíos.[15]

A diferencia de ello, en las colonias de la JCA en la Argentina no se desarrolló un estrato ilustrado consolidado; no obstante, no faltaban individuos que respondían a esa definición y que actuaban y creaban en sus respectivas comunidades. Al principio la JCA se mostraba renuente a aceptar colonos instruidos y cultos pero no podía oponerse a la presencia de médicos, enfermeros, parteras, maestros y otros profesionales en las colonias y las aldeas que se desarrollaron junto a ellas. Más aun, estaba interesada en su presencia porque respondían a una necesidad y la eximían de la preocupación de proporcionarlos. Entre ellos había algunos que, además de haber estudiado, habían asimilado las ideas de la intelectualidad judía y la influencia de corrientes de pensamiento difundidas en los círculos de intelectuales rusos, en especial los seguidores de León Tolstói y parte de los naródniki (movimientos populistas revolucionarios rusos), que idealizaban la vida rural, describían la ciudad como la encarnación de la decadencia y la injusticia, y exigían que los intelectuales se acercaran a las masas y estuvieran al servicio de todo el pueblo, para pagar de esa manera una deuda de larga data con aquellos cuyo trabajo y sufrimientos les habían permitido instruirse.[16]

Un ejemplo típico de un intelectual judío que adoptó estas posturas era el médico Noé Yarcho, nacido en Slutsk, Bielorrusia, en 1864. Provenía de una familia muy religiosa y sus padres querían que se dedicara a los estudios rabínicos, pero él se sintió atraído por el Iluminismo y cursó estudios universitarios en Rusia. Cuando los completó, trabajó en un hospital en Kiev y en diversas aldeas de Rusia, pero no aspiraba a una carrera profesional sino a ayudar a la gente común. En 1893 oyó hablar del proyecto del barón de Hirsch en la Argentina, viajó a ese país y se unió a los colonos de Entre Ríos no como colono sino como un médico que llegaba para ayudar a su pueblo. Su accionar en bien de los colonos superó las tareas de un médico: estaba involucrado en la vida social y colaboraba con las actividades económicas y de beneficencia, desde la dirección del hospital hasta la participación activa en el movimiento cooperativista.[17]

Otro ejemplo era Miguel Sajaroff, nacido en Mariúpol, Crimea y criado en una familia tradicionalista de ricos comerciantes que le brindó una educación a un tiempo religiosa y secular. Uno de sus maestros privados, Noé Yarcho, lo alentó a estudiar agronomía. Después del servicio militar en Rusia no logró ingresar a la universidad en Rusia debido al numerus clausus (limitación del número de estudiantes judíos) y viajó a Wittenberg, Alemania. Paralelamente a sus estudios trabajaba como obrero en una granja y leía con entusiasmo a Tolstói, cuyas ideas adoptó: quería dedicarse al trabajo físico, estar al servicio del pueblo, alejarse de los placeres cotidianos y vivir una vida sencilla. Como parte de ese proceso aprendió carpintería y herrería, decidió hacer el bien al prójimo y no comer productos animales. Posteriormente viajó a Lille, Francia, donde trabajó en agricultura. En 1899 volvió a Rusia y planeó la emigración con su esposa Olga, tolstoiana como él.[18]

Sobre su decisión de viajar a la Argentina influyó el hecho de que Yarcho y su esposa, que era hermana de Sajaroff, los habían precedido en ese acto revolucionario y los convencieron de unirse a ellos. Yarcho les describió las colonias como un lugar con pocas comodidades y muchos sufrimientos, inserto en un país de vastas dimensiones en el que había mucho por hacer. Miguel era un agrónomo de 26 años y cuando llegaron a la Argentina, no como inmigrantes sino como hijos de un comerciante adinerado que se costeaban el viaje, vivieron en casa de Yarcho hasta que la JCA aceptó venderles una parcela de 500 hectáreas. Al principio Sajaroff tuvo poca relación con los colonos porque no dominaba el ídish, pero al cabo de unos años inició una intensa actividad, en especial en el ámbito cooperativista.[19]

Aarón Brodsky, un representante del grupo Bogidarowka (uno de los que crearon la colonia Barón Hirsch), había conocido en Kiev y Odesa grupos de intelectuales que se inspiraban en la lucha contra el régimen zarista, leía libros de Tolstói y aspiraba a la solidaridad social. No era un revolucionario militante pero lo emocionaba la esperanza de que el liberalismo depusiera a la autocracia rusa. El fracaso de la revolución de 1905 puso fin a esa ilusión y buscó la forma de emigrar.[20]

Los egresados de escuelas agrícolas que llegaron a las colonias habían recibido otra clase de educación: sobre ellos influyeron las concepciones de la AIU, los estudios de agronomía y las clases de ciencias y estaban habituados a escribir informes detallados y sistemáticos de lo que veían. Por ejemplo, Yosef Ganon describió en una carta a Yosef Niego, director de Mikveh Israel, los trabajos agrícolas y el clima excelente; Eli Crispin se interesó por la geografía y la historia de la Argentina, las describió extensamente y dedicó considerable atención a la flora y la fauna de la pampa y de la provincia de Entre Ríos. Otro informó sobre los datos del clima en Clara: “Tomé los datos de las oficinas de la JCA, nadie los pone en duda”. M. Guesneroff se interesó por el progreso agrícola, señaló que “nuestras parcelas son fábricas de trigo y lino”, aconsejó a Niego cultivar lino en la Tierra de Israel y explicó la forma de hacerlo. También se dedicó a leer en francés y español, estaba suscripto al diario La Prensa y a la revista Anales Políticos y Literarios y se quejó de que su deseo de suscribirse a la revista Archives Israelites para estar al tanto de lo que pasaba en otros círculos judíos no podía concretarse porque “nuestro dinero no vale nada en Francia”.[21]

Muchos intelectuales llegados a las colonias de la JCA habían recibido instrucción judía antes de cursar estudios generales y al orientarse a nuevos rumbos no se desvincularon de sus raíces judías. Así sucedió con Boris Garfunkel de Mauricio, que estudió Talmud desde una edad temprana hasta los 18 años y leía libros de Tolstói, Pushkin y Gogol en ruso. En la casa de Israel Ropp en Lucienville, la familia y los amigos se reunían en las veladas sabáticas para cantar, leer textos de filosofía griega y de Karl Marx, hablar de política argentina y del caso Beilis. Su hija señalaba que su padre creía que Dios se encuentra en cada hoja y cada flor, en el corazón y la conciencia de cada ser humano: “No era fanático pero no habría perdonado a quien se hubiera convertido a otra religión”.[22]

Jedidio Efron llegó a Clara con sus padres en 1895, a los 17 años. Se había criado en una familia de clase media en la que reinaba un ambiente tradicionalista y en la Argentina dejó los estudios talmúdicos por el trabajo en el campo. En 1903 la JCA lo contrató como maestro en el grupo Las Moscas de Clara, posteriormente estudió en la Escuela Normal Rural y empezó a enseñar también materias en español. En 1912 fue nombrado inspector de las escuelas de la JCA en Lucienville.[23]

Entre las personas que más podían influir en la comunidad, además de las ya mencionadas, se destacaban los médicos a los que nos hemos referido en el noveno capítulo, quienes organizaban conferencias y debates literarios, los amantes del teatro, músicos y otros artistas, y los escritores: narradores, poetas, dramaturgos, periodistas, etc.

5. Los escritores

La literatura y la escritura en general testimonian e informan sobre las acciones de la comunidad como grupo desde el prisma de quien la describe. En algunas ocasiones, la literatura llena parte del vacío dejado por los miembros de la sociedad, que no siempre conservaron los documentos del período estudiado, agregando memorias (biografías, autobiografías, etc.), testimonios basados en sentimientos y, a veces, en información comprobada. En este tipo de obras se suelen ver dos aspectos relacionados con la comunidad: la influencia de esta sobre el creador y su obra, y la influencia del autor sobre la sociedad.[24]

Al examinar estos temas en las colonias surgen varios problemas relacionados con la época estudiada. El primero de ellos era la gran influencia de la literatura y la prensa del antiguo hogar sobre el alma de los colonos. Ya hemos mencionado los lazos espirituales y la nostalgia por la madre patria, entre cuyas expresiones se contaba la lectura de libros y periódicos recibidos de aquella. El contacto no se agotaba con la lectura del material conocido del viejo hogar, sino también de la nueva literatura difundida después de la llegada a la Argentina; por ejemplo, los primeros colonos de Moisesville partieron de Rusia antes de conocer al escritor Sholem Aleijem, pero después de algunos años sus libros gozaron de gran difusión en las colonias. Por su influencia, los colonos que se dedicaban al comercio y el regateo eran apodados Menajem Mendl, como uno de sus célebres personajes.[25]

El segundo problema, tal vez relacionado con el primero, era la escasa cantidad de textos escritos por colonos y publicados en esa época. Parecería que los primeros autores no lograban liberarse de la tradición literaria y los contenidos del antiguo hogar, ni de la nostalgia por él. Los gauchos judíos de Gerchunoff se publicó en el período estudiado, pero más de 20 años después de la llegada del autor a la Argentina, y el libro de Alpersohn que describe la historia de Mauricio en aquella época se publicó después de la Primera Guerra Mundial. En ese tiempo se editaron también libros dedicados a temas locales de las colonias, de los que a veces emanaba el aroma de los paisajes argentinos; entre sus autores cabe mencionar a Cociovitch, que describió los inicios de Moisesville, y a S.I. Hurvitz, que narró la historia de Lucienville. Dichos textos fueron redactados solo después de años de relación con el nuevo terruño; por consiguiente, estas obras se impregnaron del entorno de sus autores y sus experiencias de vida en las colonias, pero no pudieron influir sobre el medio circundante en el período investigado.[26]

El tercer problema importante era que, en la época estudiada, parte de los escritores e intelectuales de las colonias escribieron sobre ellas después de abandonarlas, cuando ya vivían en las ciudades; por eso dichos libros, además de ser generalmente tardíos, expresaban las posturas de personas desconectadas del contacto cotidiano con la comunidad sobre la que escribían. También ellos habían recibido la influencia de las colonias, pero sus obras –si bien describían la realidad de manera vívida y veraz– no podían ejercer gran influencia sobre lo que pasaba en ellas. En esta categoría se ubican los textos de Boris Garfunkel, colono de Mauricio; Adolfo Leibovich, hijo de colonos y administrador de la JCA; Enrique Dickmann, José Liebermann y Nicolás Rapoport, que llegaron a la capital desde Clara, y otros cuyas obras hemos citado abundantemente. Una característica interesante de estos autores es que sus obras se publicaron en español (mientras que las de Alpersohn, Cociovitch, Gorskin y Hurvitz fueron escritas en ídish), como si quisieran señalar que su público potencial era diferente del de las colonias.[27]

A partir de los tres aspectos mencionados se puede concluir que estas obras reflejaban la realidad de las colonias pero no podían ser un factor influyente, activador y acelerador de procesos y tendencias. Esto no significa que los intelectuales carecieran de influencia, sino que esta provenía de una escritura de dimensiones reducidas y no de una creación literaria de vastos alcances. Por ejemplo, Alpersohn se destacaba por los textos polémicos, cartas y artículos publicados en la prensa judía de las colonias y las ciudades, entre ellos un opúsculo de 1911 firmado con el seudónimo de “un agricultor”, en el que describía las vicisitudes de los colonos de Mauricio. Parte de esta literatura se daba a conocer en publicaciones como Der Yudisher Colonist in Arguentine, que también difundía artículos de I. Kaplan, el Dr. Yarcho, Bratzlavsky, Zvi Shneider, Alpersohn y otros intelectuales.[28]

Asimismo, aportaban artículos Hacohen Sinai, que publicó el libro Zihron Moshe como elogio fúnebre al barón de Hirsch; Baruj Bendersky, llegado en 1894 a los 14 años, quien escribía relatos sobre la vida en el campo; Kalman Farber, proveniente de Besarabia en 1904, que vivía en Carlos Casares (a la que apodaba “Katriel”) y escribía crónicas. Ese mismo año llegaron Abraham Zaid, cuyos relatos describían la vida de los colonos y los jóvenes, y Z. Shneider, que escribía en la prensa judía sobre la colonización y que en 1916 dirigió la revista Riverer Vogenblatt (semanario de Rivera).[29]

Parte de esta obra no se conservó. Se representaban piezas breves, folletines, canciones y obras musicales compuestas por los colonos que eran miembros de grupos dramáticos. Entre otras, se menciona la obra de Bratzlavsky Una pequeña bolsa de harina, que era muy popular porque reflejaba la dura vida de los colonos, pero el texto se perdió. Cabe suponer con bastante certeza que muchas otras obras, como cuentos folclóricos y canciones, se extraviaron porque a nadie se le ocurrió recopilarlas y publicarlas. Por otra parte se conservaron cuentos y canciones del repertorio de los colonos, pero no los nombres de sus autores.[30]

Los textos sobre las colonias escritos por colonos o excolonos pueden clasificarse en tres grupos: a) la literatura autobiográfica que, en parte, cumple una función documental (Garfunkel, Alpersohn, Gorskin, Hurvitz, Cociovitch); b) la literatura apologética (Gerchunoff, Liebermann), y c) la literatura costumbrista, paisajística, etc. (Bendersky, Gerchunoff). Nicolás Rapoport intentó unificar todas las tendencias en La querencia, publicado en 1922. Samuel Eichelbaum, hijo de un inmigrante llegado en el vapor Pampa, publicó en 1926 El judío Aarón, una pieza teatral que describe a un colono judío que trata de introducir los principios proféticos de justicia e igualdad en sus relaciones con los trabajadores judíos y nativos de la chacra.[31]

Además de los géneros ya mencionados, cabe señalar los textos periodísticos difundidos en publicaciones en las colonias y fuera de ellas, en los cuales los colonos participaban como autores y editores. Se han mencionado varios colonos, como I.D. Finguermann, A.I. Hurvitz, N. Cociovitch y A. Bratzlavsky, que escribían en el periódico Hatzefira. Entre los más destacados se contaban Fabián Halevi, maestro en Belez y San Antonio (Clara) y en el grupo Bialystok (Moisesville). Era un gran conocedor del Talmud y la historia judía, publicaba artículos en Hatzefira, dominaba el hebreo, alemán y francés y aunque sabía poco ídish, desde 1898 fue el primer director de Der Yudisher Fonograf (el fonógrafo judío), un semanario de orientación sionista que se publicó durante seis meses. A continuación y mientras seguía enseñando en las colonias, Halevi dio a conocer en publicaciones judías y argentinas artículos en los que predicaba a favor de la instrucción. Cabe recordar también a Manuel Eichelbaum, un dibujante llegado en el vapor Pampa que abandonó la colonia y se convirtió en un conocido caricaturista e ilustrador, entre otros, de Schtraln, una bella revista de la que solo se editaron cinco números a partir de octubre de 1913.[32]

En las colonias se difundieron diversas publicaciones de vida breve, como Der Colonist (el colono), editada durante dos meses por Rafael Grinberg y dirigida por Salmen Brojes; Der Onfang (el comienzo) en Moisesville, de la cual se publicaron dos números en 1913; Di Yuguend (la juventud) en Carlos Casares, dirigida por un comité de redacción, etc. Los directores del Fondo Comunal de Clara acudieron en 1907 a Abraham Vermont, editor del peródico Di Folkshtime, y le solicitaron un presupuesto para incluir en su publicación una hoja mensual de la asociación. Miguel Sajaroff y Moisés Pustilnik fueron nombrados directores del mismo y se decidió que los socios podrían publicar artículos sobre cualquier tema, excepto discusiones sobre asuntos personales. A fines de 1908 cristalizó la idea de editar una publicación conjunta con el Farein de Lucienville, llamada Der Yudisher Colonist, y a tales fines se creó una imprenta.[33]

El periódico empezó a publicarse en Clara en noviembre de 1909 y fue considerado no solo el vocero del Fondo Comunal y el Farein sino de la mayor parte de las cooperativas de las colonias; Oungre sostenía que se leía en todas las colonias de la Argentina. Su primer director fue I.D. Finguermann, que escribía en un ídish germanizado. El lema del quincenario era “el que labra su tierra se saciará de pan” (Proverbios XII, 11). Si bien era un periódico de colonos, fue acusado de no defenderlos en la medida necesaria ante la JCA. Alpersohn (con el seudónimo de Ben Israel) recibió una aguda respuesta del comité de redacción cuando preguntó por qué este no se hacía oír. En este aspecto, fue insólita la publicación de un artículo de Alpersohn titulado “Callao 216” (dirección de la sede de la JCA en Buenos Aires), que criticaba a la JCA por sus intentos de hacer fracasar La Confederación. La consecuencia fue la sustitución de Finguermann, en primer lugar por un comité de redactores y más adelante por M. Pustilnik, y el periódico recuperó sus características. En septiembre de 1911 se resolvió transferirlo a La Confederación y su sede se trasladó a la capital.[34]

Entre los periodistas más destacados se contaban Samul I. Hurvitz, Baruj Bendersky, Isaac Kaplan, Simón Pustilnik, Alter Bratzlavsky, Jedidio Efron, Zvi Shneider, Noé Yarcho y muchos otros. Los artículos difundían principios cooperativistas, transmitían información agrícola y abordaban cuestiones educacionales, culturales y comunitarias; había también textos literarios y poéticos, una sección de cartas de lectores, información sobre otras colonias y el mundo judío en general y anuncios publicitarios.[35]

La publicación existió hasta 1912; la falta de una base económica sólida afectó sus posibilidades de subsistir. El editor S. Pustilnik expresó a Jacques Philippson sus temores al respecto y luchó para obtener recursos entre las cooperativas, cuyo vocero era el periódico. Cuando se propuso reducir sus alcances, Pustilnik sostuvo que esa medida afectaría el prestigio de la publicación pues no podría responder a las necesidades espirituales, como la difusión de literatura y noticias de todo el mundo, “tal como lo exigen justificadamente nuestros lectores”. Después de muchos meses en los que los obreros de la imprenta no cobraron sus salarios y no se pagaron las deudas a los acreedores, el diario se cerró, para reabrirse cinco años después, con otro nombre.[36]

En 1911 empezó a publicarse en Carlos Casares el quincenario Der Farteidiguer, dirigido por los hermanos Fidel y Herman Krasilovsky, dueños de una imprenta en español que decidieron editar una revista en ídish para defender a los colonos de los prestamistas y de la JCA. Según Alpersohn, él y otros colonos de Mauricio se contaban entre los miembros del comité de redacción. Un testimonio señala que Herman Krasilovsky había sido condenado a varios meses de prisión por la publicación de un artículo contra un prestamista.[37]

En los periódicos y revistas que se editaban en las ciudades había no pocas referencias a lo que sucedía en las colonias. Sus páginas albergaban cartas de colonos y artículos sobre las colonias, y algunos directores eran colonos o excolonos; por ejemplo, a partir de agosto de 1898 empezó a publicarse el semanario Di Folkshtime, cuyo fundador y director durante 16 años fue Abraham Vermont, que también era corresponsal de Hamelitz. Vermont era un director talentoso que solía desacreditar a quienes no lo ayudaban y en especial a la JCA, a cuyos directores atacaba con insolencia. Entre los colonos tenía lectores entusiastas que lo veían como defensor y protector e incluso el Fondo Comunal consideró conveniente, tal como ya se ha señalado, publicar una hoja mensual en su periódico. En 1911 añadió un suplemento con un artículo de Alfredo Palacios, líder del Partido Socialista, después de su visita a Moisesville.[38]

El periódico Broit un Ehre (pan y honor), de corta vida, era una publicación proletaria fundada por León Jazanovich que empezó a difundirse en 1909, después de una campaña de propaganda contra la JCA en las colonias. Apoyaba al partido sionista Poalei Tzion, pero en su comisión había también colonos. Atacaba a la JCA y escribían en él muchos autores de la época. Según Pinhas Katz, maestro en una colonia y director del periódico, Jazanovich quería crear un frente unido de los obreros de la ciudad y los colonos.[39]

Otro periódico obrero que empezó a publicarse en 1908 fue Der Avangard (la vanguardia), vocero del Bund (movimiento judío de orientación socialista y no sionista) que, por consiguiente, casi no se ocupaba de la colonización; no obstante, defendía a los asalariados que trabajaban en las colonias. Por ejemplo, publicó un informe de Zelner de Carlos Casares, sobre el maltrato que padecían los asalariados judíos, inclusive en las chacras de sus correligionarios. El autor lo atribuía a la dificultad de los trabajadores para organizarse debido a la gran dispersión y las condiciones de vida. En 1908 empezó a aparecer el mensuario sionista Di Ídishe Hofenung (la esperanza judía), que con el tiempo se convirtió en semanario, que publicaba fundamentalmente temas relacionados con el Movimiento Sionista en la Tierra de Israel e informaba sobre las actividades de las asociaciones sionistas en las colonias en pro de los fondos nacionales, etc. En algunas ocasiones publicaba otra información sobre las colonias, como un artículo en memoria del Dr. Yarcho.[40]

Resumen

Después de años de afrontar problemas materiales y luchar para lograr el afianzamiento económico, los colonos empezaron a ocuparse de las cuestiones espirituales. Esta población se convirtió en consumidora de una cultura que iba más allá de su cultura original. En la segunda generación y entre los colonos llegados después de 1905 surgió también la necesidad social de desarrollar una cultura del tiempo libre de carácter más general. Las sinagogas y las personalidades religiosas estaban a cargo de la cultura religiosa y para la cultura general los colonos recurrían a bibliotecas en las que se realizaban actividades educacionales, clubes juveniles y medios artísticos, como grupos de teatro, música, etc. Había algunos marcos sociales compartidos por las dos generaciones, como las festividades judías y no judías y las bibliotecas en las que cada uno encontraba lo que quería, según su idioma, gusto y preferencias, y en las que padres e hijos podían asistir a conferencias y veladas literarias conjuntas.

Paralelamente a la necesidad de los colonos de desarrollar una vida cultural y a la creación de instituciones dedicadas a esos fines, surgieron fuerzas organizativas, educacionales, artísticas y literarias que empezaron a actuar en el marco del quehacer cultural en las colonias. En el período estudiado se concentraban más en las colonias que en las ciudades y el entorno judío en el que actuaban era un suelo propicio, a pesar de las dificultades y limitaciones económicas.


  1. Reznick 1946, pp. 53‑55; Kritshmar 1969, p. 290.
  2. Kadima, Boletín editado para su quinto aniversario 1909-mayo-1914, pp. 5, 10.
  3. HM135, 29.4.1907; Kritshmar 1969, p. 290; Cociovitch, p. 233.
  4. JBEx9, 17.12.1908, 11.2.1909; JL367, 14.1.1909; ASC J41/219, 21.9.1897; Alpersohn 1930, pp. 93‑94.
  5. Documentos, 1.7.1911; 18.9.1911; JL367, 11.8.1910; Merkin 1939, pp. 280-281; Moisés Ville (1989), pp. 19, 66; Informe 1910, p. 15; Informe 1911, pp. 64-65.
  6. Verbitsky 1955, pp. 149, 151-153; Winsberg 1963, p. 21; JL427, 5.6.1914; JL494, 9.7.1914.
  7. Levin 2013, pp. 175‑176.
  8. Levin 2013, pp. 176‑177.
  9. Levin 2013, pp. 178‑179.
  10. Levin 2013, pp. 180‑183.
  11. Levin 2013, pp. 184‑187.
  12. Levin 2013, pp. 188‑189.
  13. Levin 2013, pp. 190‑193.
  14. Kritshmar 1947, pp. 156‑157.
  15. ECS, 1, pp. 194‑195.
  16. Avni 1973, pp. 178‑182; Bizberg 1953, pp. 24‑30. Para naródniki, ver: EH, 25, pp. 371‑372.
  17. Avni 1973, p. 181; Bizberg 1953, pp. 13, 15, 21, 34‑36; Bizberg 1940, pp. 29‑32.
  18. Ibíd., pp. 21‑25.
  19. Ibíd., pp. 25, 28; Bizberg 1953, pp. 48‑49; JL332, 23.3.1900.
  20. Verbitsky, 1955, pp. 40‑41.
  21. ASC, J41/214, 8.11.1896, 5.12.1896; ASC, J41/219, 18.1.1897, 6.4.1897.
  22. Alpersohn 1930, p. 213; Shijman 1980, p. 105; Ropp 1971, pp. 39‑40.
  23. Goldman 1914, p. 37; Meiern Lazer 1947, p. 146; Hurvitz 1932, pp. 54‑55; AA, IIO,4, 4.3.1903; Efron 1973, pp. 8‑9, 17.
  24. ECS, 4, p. 248; Ralesky 1964, pp. 131‑132.
  25. Kritshmar 1969, p. 293.
  26. Ver: Hurvitz 1932; Cociovitch 1987; Alpersohn 1930 y Alpersohn s/f. Ver también: Shallman 1971, pp. 181‑182.
  27. Ver Dickmann 1949; Garfunkel 1960; Leibovich, 1946; Liebermann 1959 y Rapoport 1957.
  28. Alpersohn 1911; Der Yudisher Colonist…, 15.8.1911, 1.3.1912, 1.4.1912, 14.6.1912.
  29. Goldman 1914, p. 52; Verbitzky 1955, pp. 154‑156. Para relatos de Bratzlavsky publicados en la prensa, ver: Der Colonist, 14.9.1916; Der Yudisher Colonist…, 1.3.1912, 14.4.1912.
  30. Hurvitz 1932, pp. 51‑54.
  31. Senkman 1983, pp. 60‑64; Rapoport 1929.
  32. Schallman 1971a, p. 45; Goldman 1914, pp. 38, 44, 46; Schallman 1970, pp. 150‑151; Mirelman 1988, pág. 284 (nota); AA, IO,2, 15.8.1898; AA, IIO,4, 28.8.1904; Informe 1900, p. 32; Informe 1902, p. 24; Informe 1907, pp. 117‑118.
  33. FC, AFC1, 31.7.1907, 28.8.1907, 23.12.1908; FC, AFC2, 30.5.1909; Goldman 1914, pp. 44, 46; Liebermann 1959, p. 57; Gabis 1957, p. 95.
  34. Documentos 11.11.1911, II (Informe de la visita de Oungre a las colonias 2.9.1911); Informe 1909, p. 28; Informe 1911, pp. 52, 77‑78; Goldman 1914, p. 46; Gabis 1957, p. 217.
  35. Ver ejemplos en Der Yudisher Colonist…, 15.8.1911, 1.3.1912, 1.4.1912, 14.6.1912; Gabis 1957, pp. 217‑218.
  36. IWO, AMSC2, 6.2.1912, 29.3.1912; 20.6.1912; 23.6.1912, 24.7.1912, 10.11.1912; Goldman 1914, p. 67; Gabis 1957, p. 218; Documentos, 26.10.1912, I, Informe de Jacques Philippsohn.
  37. Alpersohn 1930, pp. 164, 198; Goldman 1914, p. 46; Der Farteidiguer, 24.9.1913; Botoshansky 1954, p. 172.
  38. Schallman 1971b, p. 201; Schallman 1970, pp. 149, 151, 171 (nota).
  39. Botoshansky 1954, p. 172; Schallman 1971b, pp. 202‑203; Katz 1947, pp. 23‑24, 32.
  40. Botoshansky 1954, p. 172; Der Avanguard, 10.1009; Di Ídishe Hofenung, 1.4.1911, 1.9.1912; Maidanek 1954, pp. 13‑14.


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