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2 Crisis y reducción (1896-1899)

1. La situación en las colonias después de la muerte del barón

La imprevista noticia transmitida por el telegrama era muy preocupante y, si bien su contenido era lo suficientemente claro, los directores de la JCA en Buenos Aires se apresuraron a enviar un telegrama a París para corroborar la información. La respuesta no dejaba lugar a dudas:

Ciertamente, el Barón falleció de manera repentina. Si fuera necesario podrán ponerse en contacto con el consejo. No habrá cambios en la conducción de la JCA, que seguirá actuando en consonancia con sus estatutos y con las intenciones del Barón. Informaremos por cable la fecha del sepelio.[1]

La noticia cundió rápidamente. Muchos periódicos publicaron notas sobre de Hirsch y su iniciativa. El día del sepelio (27.4.1896), los directivos de las grandes comunidades e instituciones judías se congregaron para oír el elogio fúnebre del gran rabino de Francia Zadoc Kahn, que señaló la pertenencia del barón al judaísmo todo y describió la perplejidad que se cernía sobre los centros judíos que se habían visto beneficiados por su infatigable actividad.[2]

La noticia cobró vuelo también en la Argentina. La prensa local dedicó varias notas a la personalidad del Barón y a su iniciativa de fundar una sociedad destinada a llevar judíos a las pampas argentinas. Las sinagogas e instituciones judías de la capital, encabezadas por la Congregación Israelita Argentina, organizaron actos y plegarias por el descanso de su alma.[3]

La mala nueva conmovió sobre todo a los colonos. En las cartas enviadas a la oficina de la Alliance Israélite Universelle (AIU) en París, el maestro José Sabah describió el asombro y estupor de los alumnos en las colonias Clara y San Antonio. El periódico hebreo Hatzefira publicó cartas de colonos que describían las ceremonias emotivas y los sentimientos que acompañaron la recepción de la noticia. Israel David Finguermann, un colono de Clara, reseñó los discursos pronunciados por los administradores, que hacían hincapié en la gran pérdida y exhortaban a los colonos a consagrarse al trabajo. El colono Avraham Isaac Hurvitz de Moisesville informó que, al recibir la infausta noticia, todos acudieron a la sinagoga y

allí nos conmovió el rabino Mordejai Reuben Hacohen Sinai, maestro y director del Talmud Torá (escuela elemental tradicional) que funciona aquí, quien con sus sentidas palabras y su lucidez nos hizo ver las dimensiones de nuestra desgracia con la muerte de ese hombre piadoso…

El día del sepelio estuvo dedicado al ayuno y la plegaria, y todos se reunieron en la sinagoga antes de la hora habitual. Después salieron a la entrada de la colonia y el rabino Hacohen Sinai exclamó: “¡Dejad paso! ¡Dejad paso a nuestro padre Moisés, el Barón de Hirsch que viene a visitarnos!”.[4]

Según la versión de Marcos Alpersohn de la Colonia Mauricio, el Dr. Samuel Kessel, que había llegado de París en febrero de 1896 para hacerse cargo del servicio médico en la colonia, fue quien transmitió la noticia de la llegada del barón. El rumor, verídico o infundado, elevó las expectativas de los colonos que pensaron que llegaría el padre bondadoso que pondría fin a sus sufrimientos. La amarga noticia hizo trizas sus esperanzas, situación que Alpersohn describió: “Nos vimos arrojados desde el altísimo cielo al más profundo de los abismos […] ¡Perdimos la condición de hijos! –lloraban los colonos–. ¡Ahora caímos en manos de esa madrastra, la JCA!”. Por otra parte, algunos descontentos cuya actitud había sido la presunta causa de la muerte del barón mostraron signos de arrepentimiento. Los discursos de ese tenor fueron acompañados por solemnes declaraciones de colonos que se comprometían a consagrarse al trabajo para lograr el éxito de la obra. Estas reacciones mostraban tendencias contrapuestas: desolación y desesperanza por una parte y disposición a seguir avanzando por la otra.[5]

2. El retorno a la rutina cotidiana

Cuando finalizaron los rezos, el duelo, los discursos y las declaraciones, los colonos volvieron a su rutina cotidiana:

Fue un homenaje nunca visto en las colonias, pero poco a poco las multitudes se dispersaron, volviendo cada colono al paso lento de sus animales. Era el mes de abril y las aradas debían intensificarse para sembrar los primeros trigos.[6]

El retorno a la cotidianidad no fue sencillo. En primer lugar, quienes estaban dispuestos a mantener sus vínculos con la sociedad colonizadora debían sobreponerse al temor de que la JCA se retirara de la Argentina. Los directores de Buenos Aires eran conscientes de ello y cuando transmitieron la noticia del fallecimiento del barón de Hirsch exigieron a sus empleados que congregaran a los colonos

para tranquilizarlos y asegurarles que los titulares de la JCA seguirían inspirándose en el espíritu del difunto barón y en su intención de que, quienes fueran dignos de ello, podrían confiar siempre en la buena voluntad de la sociedad.[7]

Se trataba de una promesa de continuidad para evitar la desmoralización e influir sobre aquellos que la JCA consideraba adecuados para retomar sus tareas.

Pero las declaraciones solo podían tener éxito a nivel psicológico y a muy breve plazo. Los funcionarios de la JCA sabían que debían emprender las acciones enunciadas en sus discursos y para ello eran necesarios una serie de procedimientos y un plan de trabajo que sacara a las colonias de la difícil situación en la que se encontraban sumidas. El primer paso consistió en reducir la deuda de los colonos en un veinticinco por ciento en casi todos sus componentes. La JCA estaba dispuesta a conceder ese beneficio solo a quienes quisieran permanecer en las colonias y lo pusieran de manifiesto firmando contratos. La decisión, que fue tomada en la Argentina en presencia de Sonnenfeld, provenía de una propuesta enviada por de Hirsch a principios de marzo y sometida a consideración de los directores.[8]

3. La reorganización

En 1896 la JCA era propietaria de unas 200.000 hectáreas en la Argentina; en la mitad de ellas residían 910 colonos concentrados en cuatro colonias: Moisesville (91), Mauricio (187), San Antonio (44) y Clara, que abarcaba 18 subzonas (588). En aquel entonces los directores de Buenos Aires eran David Cazès y Samuel Hirsch (sin relación de parentesco con el barón), que provenían de los cuadros educativos de la AIU. Antes de morir, el barón había adoptado una serie de resoluciones destinadas a reducir drásticamente su iniciativa, a fin de dejar solo a los colonos considerados aptos, quienes recibirían los medios de producción adicionales que quedarían disponibles después de la expulsión de los “ineptos”. Entre otras cosas, estas medidas estaban destinadas a brindar respuestas a un problema que preocupaba a de Hirsch: los grandes gastos que implicaba la administración ineficiente y la financiación de servicios que, en su opinión, debían ser asumidos y dirigidos por los colonos. Las propuestas de autogestión liberarían a la JCA de la necesidad de mantener tantos funcionarios en las colonias.[9]

Todos estos temas, así como la revisión de las condiciones agrícolas en las colonias, indicaban la necesidad de una reorganización de la colonización, que debería tomar en cuenta problemas que aún no habían sido resueltos, como la firma de contratos y los subsidios que reemplazarían a la provisión directa de insumos por parte de la JCA. El apoyo con dinero en efectivo permitiría cierta libertad a los colonos y reduciría el número de empleados dedicados a la preservación, registro y distribución de las provisiones, pero sus consecuencias fueron graves porque generaron falta de responsabilidad y de motivación en el trabajo. Otro problema era el “éxodo de la Argentina”, es decir, la expulsión de los “ineptos”, que incluía cuatro aspectos: a) encontrarles un destino adecuado, porque la mayoría contaban con visas de salida de Rusia a condición de que nunca regresaran y el barón había efectivizado en San Petersburgo un depósito bancario como garantía de cumplimiento de dicha condición; b) la financiación de los gastos de regreso, que el barón de Hirsch estaba dispuesto a asumir para liberarse de los elementos que consideraba nocivos; c) el temor de los directores de la JCA a que dicha emigración se tornara masiva y arrastrara también a los colonos positivos, y d) el cuarto aspecto radicaba en aquellos factores que el barón veía como la causa del fracaso y origen del tercer problema: el fantasma de la inmigración no planificada que había llevado a las colonias a personas inadecuadas y rebeldes aun antes de haberse definido las condiciones de integración. Por todo ello, a partir de ese momento actuaron con suma precaución para preparar la integración de los nuevos inmigrantes.[10]

La reorganización de Mauricio

Todas estas consideraciones fueron tomadas en cuenta en el intento de reorganización de la Colonia Mauricio, que se hallaba en curso cuando de Hirsch murió. El planificador y ejecutor de la misma era Eusebio Lapine, un ingeniero agrónomo de Grodno (Lituania) criado en un medio rural, que había cursado estudios superiores de agronomía. El barón lo había contratado para detectar tierras para la colonización en la Argentina y en 1895 volvió a contratarlo para que analizara profesionalmente la situación de las colonias. Lapine envió informes precisos que satisficieron a de Hirsch; las conclusiones del informe sobre Mauricio, elevado al Consejo en junio de 1895, fueron la base para la reorganización de la colonia, tarea que el barón le impuso en noviembre de 1895.[11]

Lapine decidió que las parcelas de las familias tendrían medidas diferentes según el número de personas que las cultivaban, para que las tareas pudieran llevarse a cabo sin necesidad de recurrir al trabajo asalariado, que era considerado un factor sumamente negativo. Para ello estipuló que cada hombre de 15-55 años sería considerado un trabajador, y cada mujer de 10-55 años o muchacho de 10-15 años sería medio trabajador. El segundo principio de importancia, sobre el que se basaba el tamaño de la parcela, establecía un ciclo trienal porque la tierra no podía producir cereales ininterrumpidamente y debía descansar un año después de dos de cultivo. Por eso, la parcela debía ser más grande que lo que un trabajador pudiera cultivar, porque siempre había un tercio de la misma que debía quedar en barbecho. En estas condiciones definió una superficie óptima de 34 hectáreas por trabajador, dos tercios de las cuales se cultivarían cada año; según sus cálculos, un trabajador podría cultivar unas 22,7 hectáreas.[12]

Hasta aquí las consideraciones basadas en la capacidad concreta del colono de producir por medio de su trabajo y el de su familia, pero ¿la superficie calculada según los parámetros señalados era lo suficientemente grande como para producir lo necesario a fin de afrontar los pagos anuales a los que se había comprometido con la JCA y para satisfacer las necesidades de su familia? Su respuesta tajante fue:

La agricultura por sí misma no puede garantizar la subsistencia del colono en la Argentina debido a las numerosas plagas y estragos climáticos que la afectan y a los bajos precios de los cereales. Es necesario que el colono tenga de qué vivir además de su parcela, para que pueda subsistir sin la ayuda de la JCA aunque la cosecha sea mala [subrayado en el original, Y.L.].

De esto se desprende que Lapine no relacionaba la capacidad de subsistencia del colono con las dimensiones de su parcela y que señalaba la dependencia de factores externos sobre los que no se tenía control. ¿Cuál era la solución, si la agricultura de secano no bastaba para la subsistencia de los colonos?[13]

Lapine resolvió agrandar el potrero común de los colonos para que pudieran desarrollar una fuente adicional de ingresos que dependiera menos del clima y sus estragos. Al respecto existía un problema ideológico, porque la JCA consideraba que la cría de ganado no era una actividad agraria sino comercial y especulativa y por eso temía que afectara el proceso de adaptación de los colonos a la agricultura. No obstante, la presentación de esta decisión como una necesidad imperiosa, como un rubro que complementaría la agricultura de secano y permitiría dedicar la cosecha de cereales al pago de las deudas de los colonos a la JCA, facilitó la aceptación de esta desviación de las normas impuestas.[14]

A la vista de todo ello, Lapine definió el tamaño de la parcela para una familia muy pequeña –los padres y tal vez niños menores de diez años– en 51 hectáreas (34 hectáreas x 1,5 trabajadores) de tierra fértil que podría ser cultivada por un trabajador y medio, además de una parcela de pastoreo de 17 hectáreas. Su cálculo se basaba en 35 animales para una familia tipo (10 animales para trabajar la tierra y el resto vacas de ordeñe, engorde y cría). Asimismo, determinó que se necesitaba una hectárea de pastoreo por cabeza de ganado, por lo cual las 17 hectáreas alcanzaban para la mitad de los animales; a la otra mitad se destinaba el tercio de la parcela en barbecho. Lapine suponía que los ingresos mínimos previsibles serían de $200 (25 cabezas de ganado x $8) por trabajador y de $300 para una familia pequeña con un trabajador y medio, y estimaba que esa suma bastaría para una familia pequeña a condición de que la alimentación se basara en su propia quinta (pan, verduras, huevos, leche, etc.). Su conclusión era que la alimentación debía basarse en la producción autárquica.[15]

Después de estipular los derechos de cada colono a una parcela, Lapine se abocó a la ejecución del plan e impuso una serie de principios generales: a) tratar de otorgar parcelas contiguas, b) fijar pasos amplios entre las parcelas para que los animales pudieran desplazarse libremente sin causar daños a los cultivos de los vecinos, c) procurar que la reparcelación se llevara a cabo con traslados mínimos, porque estos eran muy costosos, d) intentar que en el curso de los traslados se crearan grupos homogéneos de familiares o vecinos en buenas relaciones, y e) definir con precisión los deberes y derechos de cada colono en su grupo. Las normas a) y c) se referían a temas económicos y las demás, a la importancia del aspecto social para el desarrollo de la colonia.[16]

A consecuencia de la expulsión de los “ineptos” y la partida de quienes querían irse del lugar, 45 familias abandonaron la colonia, los grupos existentes se desmembraron y se crearon 33 grupos diferentes de los anteriores; en su mayoría estaban compuestos por cuatro o cinco colonos, pero había algunos más grandes según las características topográficas, la disponibilidad de tierra fértil y los requisitos previos de buena vecindad y parentesco dentro de cada grupo.[17]

Los subsidios a la colonia Mauricio fueron anulados en abril de 1895, es decir, antes de que Lapine empezara a introducir cambios, pero los pedidos de renovación continuaron. Lapine sostenía que no conocía ningún factor más desmoralizador que ese: “Es un auténtico veneno que ataca el cerebro y destruye el espíritu del colono”. También afirmaba que resultaría fácil eliminar la palabra shtitze (“apoyo”, en ídish) del vocabulario del colono, pero “muy difícil borrarla de su mente”.[18]

En el rubro administrativo de la colonia se tomaron medidas destinadas a reducir los gastos, mejorar la gestión e introducir orden y disciplina. Se fijó un número limitado de días de atención al público, lo que permitió despedir a varios empleados, tornar más eficiente el trabajo de los restantes y reducir costos. Esta decisión tuvo una influencia importante sobre los colonos, porque dejaron de presentarse todos los días en la oficina y de esa manera se ahorró un tiempo valioso. Otras medidas estaban destinadas a reforzar la confianza de los colonos; una de ellas era el registro de todos los debates, pedidos y promesas emitidas, a fin de no olvidar nada:

Basta con que una vez no cumplas tu palabra para que el colono pierda la confianza […] Por esa razón preferimos sentar por escrito nuestras promesas, para que no haya errores ni malentendidos.

Otra medida implementada fue la instalación de una cartelera en ídish para informar a los colonos sobre asuntos importantes, evitar la propagación de rumores de toda índole y ahorrar el tiempo de la transmisión verbal de las noticias.[19]

Con respecto a los contratos, la postura de Lapine difería de la opinión de los directores tanto en el proceso que debía llevar a la firma como en el contenido de los mismos. En el primer punto se negaba a imponer la firma del acuerdo, porque “los mismos colonos deben pedir el contrato, y solo debemos otorgarlos a quienes sean dignos de ellos. […] De todas maneras, la firma debe ser voluntaria, la imposición solo logra lo contrario”. Por consiguiente, no se ocupó de los contratos apenas llegó a la colonia sino después de que la reforma empezara a dar frutos. En este punto se pone de manifiesto otra faceta de su visión:

Les hemos hecho firmar los contratos después de implementar el plan y solo después de haber satisfecho sus justos reclamos, y les hemos demostrado que somos dignos de su confianza.[20]

En cuanto al contenido del acuerdo se quejaba del gran espacio que este dejaba a la intervención exagerada de los funcionarios, hecho que no fomentaba la autogestión, y como expresión formal de la misma promovió la elección de una comisión de cinco miembros por el lapso de un año, con un método mixto: era parcialmente democrática porque primero los colonos eligieron 40 representantes de todos los grupos obtenidos a partir de la reparcelación, pero también era administrativa porque a continuación Lapine eligió entre ellos una comisión de cinco, que presidió. Explicó que había optado por una forma que diera “representación adecuada a los diversos grupos sociales y políticos y a los dos ámbitos geográficos de la colonia: Alice y Algarrobo”. Los cinco miembros fueron elegidos después de que Lapine expusiera el plan de reorganización en la reunión de los 40.[21]

No todos los colonos estaban conformes con la forma de elegir la comisión ni con sus integrantes. Alpersohn señaló que el mismo Lapine

eligió entre los colonos una comisión; la coronó con el título de representantes, para que lo ayudaran a realizar sus planes. A decir verdad él era un gran manipulador y conocía al dedillo a nuestros judihuelos. […] También sabía que para derribar los árboles del bosque, el mango del hacha debe ser de los árboles mismos…

Aparentemente, también entre grupos de colonos había tensiones que se agudizaron en el momento de elegir la comisión. Lapine se refirió a ello y señaló que resultaba difícil convencer a los colonos de que los representantes protegerían sus intereses:

No se debe ocultar el hecho de que los judíos son personas muy difíciles en cuestiones de disciplina y que cada uno se considera el mejor, ¿por qué, entonces, no elegirlo para el cargo? […] Es muy lamentable, pero es la verdad…[22]

Se definieron tres ámbitos de acción para la comisión: a) atención de los asuntos comunitarios, b) intermediación entre los colonos y los directores, y c) arbitraje entre los colonos. Lapine justificaba la necesidad del arbitraje señalando que no quería que los colonos apelaran a instancias oficiales por estos asuntos; en su opinión, la comisión actuaba como tribunal de justicia y los colonos estaban satisfechos de sus decisiones. Asimismo, señaló que el accionar de la comisión en este ámbito lo liberaba de la necesidad de “ocuparme de los pequeños y fastidiosos asuntos de los colonos, que me quitan mucho tiempo”.[23]

Cuando Lapine asumió la conducción de la colonia había en ella 210 chacras. Hasta principios de octubre de 1896 se expulsó a 49 colonos y otros 17 estaban por partir. De todos los colonos que había en ella, 133 firmaron los contratos. En noviembre de 1896 Lapine estaba por concluir sus funciones de “reformador” en Mauricio. Aparentemente debía estar satisfecho con los resultados de su labor, pero en los últimos meses de su permanencia allí fracasó la cosecha de maíz y nuevamente surgió el interrogante de la dependencia de los agricultores del clima y los precios del mercado, y el problema de la capacidad de mantenerse aun cuando la planificación, la organización y la ejecución se basaran en la lógica, directivos honestos y colonos diligentes.[24]

Las colonias en Entre Ríos

En 1896 se concentraban en Entre Ríos un 70% de los colonos (a diferencia del 20% en Mauricio y un 10% en Moisesville) y tres cuartos de las tierras de la JCA en el país. Obviamente, el éxito o el fracaso en esa región eran cruciales para toda la obra y por ello se eligió a Lapine, cuya buena fama había cundido después de la misión cumplida en Mauricio, como administrador de las colonias de la provincia.[25]

A raíz de las dificultades que los colonos debían afrontar en esa región, la expulsión de los ineptos se convirtió en un abandono masivo, ya que muchos querían regresar a su tierra natal a pesar de los riesgos que implicaba infringir la prohibición de volver a Rusia. Por su parte, la JCA no podía apoyar abiertamente esos viajes para que el gobierno ruso no confiscara la garantía depositada en San Petersburgo y no obstaculizara su accionar en Rusia; por ello decidieron enviarlos en grupos de tres familias por barco. Para que la garantía depositada no fuera confiscada, las familias no eran enviadas a Rusia sino a Constantinopla y Bremen, y se les daba una suma de dinero para que pudieran cruzar la frontera rusa bajo su propia responsabilidad o acomodarse en otro lugar. Estas decisiones llevaron a un ritmo de nueve familias al mes (cada mes partían dos barcos a Constantinopla y uno a Bremen), que era muy lento para la cantidad de solicitudes y que suscitó protestas. En junio, unas sesenta personas que deseaban regresar a Rusia irrumpieron en las oficinas de la JCA en Buenos Aires. La policía las sacó por la fuerza y detuvo a 41 de ellas.[26]

Poco después, a través de las agencias de viaje y las noticias que llegaban de París se supo que algunas familias habían sido autorizadas a desembarcar en Constantinopla pero no habían logrado llegar a Odesa. Durante varios meses llegaron noticias sobre los intentos de reingresar a Rusia, algunos coronados por el éxito y otros que terminaban en detenciones y expulsiones.[27]

La repatriación se puso de manifiesto a nivel demográfico: a principios de 1896 las colonias de Entre Ríos contaban con 5.756 habitantes; a fines de abril, a pocos días de la muerte del barón, el número se había reducido a 5.350. A fines de ese año solo quedaban 4.989 almas (632 familias) y el éxodo continuaba.[28] A diferencia de la situación en Mauricio, donde había condiciones propicias para el cambio, la langosta causó estragos en la cosecha y lo que quedaba resultó destruido por lluvias intensas. Cazès, que había recorrido las colonias a principios de 1897, informó que los labradores desconfiaban de la capacidad de las autoridades para ayudarlos y que numerosos colonos, no necesariamente judíos, dejaban sus tierras por la imposibilidad de pagar los compromisos que habían asumido durante la temporada. Asimismo, señaló que la mayor parte de los colonos de la JCA en la provincia aún no habían obtenido ninguna cosecha buena y que eso despertaba interrogantes sobre el deseo de la sociedad de seguir apoyándolos. La situación de los colonos era particularmente difícil porque no tenían otra fuente de ingresos fuera de la agricultura de secano, a diferencia de Moisesville y Mauricio que ya empezaban a desarrollar la cría de ganado.[29]

De lo señalado surgía con toda intensidad la pregunta sobre el futuro económico de esas colonias, pero en este caso se debía empezar casi desde el principio e invertir grandes sumas para preparar y delimitar las zonas de pastoreo como paso previo a la compra de ganado. Se trataba de un proceso que requería grandes montos y mucho tiempo. Hasta la implementación del plan, los colonos dependían casi por completo del apoyo de la JCA; además de ello, muchos colonos veteranos ya habían firmado contratos en los que se definían sus parcelas, hecho que dificultaba la solución que debería basarse en una reparcelación racional.[30]

Esa era la situación económica que Lapine encontró a su llegada al lugar. Los colonos de la JCA se concentraban en tres grupos geográficamente separados: San Antonio (28 colonos), alrededor de la estación de ferrocarril de Basavilbaso (100 colonos) y en la zona llamada Clara (488 colonos). La región estaba dividida en cuatro distritos administrativos, cada uno de ellos con un agente de la sociedad subordinado a Lapine, cuya función consistía en defender los intereses de la JCA y encargarse de implementar sus resoluciones. Los agentes eran Chertkoff, Hurvitz, Magasinier y Kuppermann; los distritos eran norte, centro, sur y el que se concentraba alrededor de Basavilbaso. Para ahorrar dinero se resolvió que en San Antonio, una colonia alejada, en lugar de un administrador se designaría un “subagente” que estaría subordinado a Lapine.[31]

Moisesville

En 1896 David Feinberg visitó Moisesville con Sonnenfeld y quedó impresionado por la buena voluntad demostrada por los colonos (característica que los distinguía de las otras colonias) y por la armonía que reinaba entre ellos y Miguel Cohen, el administrador nacido en Odesa. En sus palabras había cierto grado de exageración, porque se sabe que existían confrontaciones entre Cohen y algunos colonos. En Moisesville había 90 colonos (más de 800 personas), 50 de ellos fundadores, algunos que formaban parte del grupo que en 1899 había llegado de Podolia en el vapor Wesser y otros nuevos provenientes de Grodno.[32]

En aquella época Moisesville se caracterizaba por la estabilidad en la cantidad de colonos, tanto porque los directores consideraban finalizada la expulsión de colonos inadecuados como porque no había reclamos masivos de repatriación.[33]

En mayo de 1896, S. Hirsch y Cazès estimaron que los colonos de Moisesville sembrarían un promedio de 50 hectáreas de trigo y lino por familia. A principios de agosto se comprobó que los logros eran mucho mayores que lo previsto y se sembró también alfalfa y centeno; además de eso se prepararon mil hectáreas para sembrar maíz. Estos logros se destacaban en comparación con lo sembrado en otras colonias y con el área de siembra en Moisesville en los años anteriores, y los directores de la JCA en París y Buenos Aires lo veían como una demostración de arraigo, signo de esmero, modelo a emular y esperanza en el futuro éxito de la colonia. Pero en julio aparecieron mangas de langostas en las cercanías y después de algunas semanas de incertidumbre se posaron sobre los campos de Moisesville; a principios de diciembre S. Hirsch estimó que la cosecha que se salvara equivaldría apenas a la cantidad de semillas sembradas y unas dos semanas después se comprobó que no se había logrado ni siquiera eso.[34]

La situación en Mosesville demostró una vez más cuán endeble era en la Argentina la subsistencia del campesino que se dedicaba solo a la agricultura de secano. Si bien existían condiciones buenas que prometían éxito, toda la inversión se había perdido, en este caso por un factor que los colonos no podían controlar. A diferencia de lo que pasaba en Entre Ríos, la situación no generó decepción porque los colonos ya habían tomado las primeras medidas destinadas a crear fuentes de sustento alternativas, como la alfalfa, menos vulnerable a la langosta, y el ganado comprado por no pocos colonos. Estas fuentes les permitieron depender menos de los cultivos de secano y les infundieron esperanzas en el futuro.[35]

Resumen

Al finalizar la primera cosecha después de la muerte del barón de Hirsch, la situación en las colonias era la siguiente:

a. No quedaron dudas de que la agricultura de secano no bastaba para el sustento de las familias y el pago de las deudas.

b. A pesar de que la reorganización en Mauricio tuvo lugar en un año bueno para la agricultura, Lapine llegó a la conclusión de que la cosecha de cereales podría cubrir solo el pago del colono a la JCA y que harían falta otros recursos para asegurarle el sustento.

c. En Moisesville, cuyos colonos se destacaban por la siembra en vastas extensiones, la langosta incrementó las deudas por las grandes inversiones perdidas, pero no llevó al abandono de colonos.

d. En Entre Ríos, que sufrió por la plaga de langostas pero también por las malas condiciones climáticas, la situación seguía siendo muy mala y la repatriación llegó a niveles muy altos. El control de un área tan extensa era muy difícil, y la gestión –que a fines de 1896 había sido puesta en manos de Lapine– no podía basarse en una relación directa como en Mauricio, sino en agentes. La reorganización en esa zona quedó solo a nivel teórico, constreñida por las limitaciones que obstaculizaban una solución racional, como la dificultad de concretar la reparcelación. Para mejorar la situación del transporte y la provisión de nuevos medios de sustento hacían falta recursos ingentes. El interrogante que se planteaba el consejo era decidir si apoyaba ese proceso a pesar de su costo y de la incertidumbre con respecto a sus probabilidades de éxito, o si se arriesgaba al fracaso total en una zona en la que se concentraba la mayor parte de los colonos de la JCA. La respuesta estaba relacionada con una pregunta anterior: ¿cuál era la postura del nuevo consejo de la JCA con respecto a la situación de la colonización en la Argentina en el marco general de sus actividades?

4. Las posturas de la JCA y el congelamiento de la colonización en la Argentina

En el testamento firmado en Viena el 14.1.1894, Mauricio de Hirsch ordenaba repartir equitativamente las acciones de la JCA que estuvieran en su poder al momento de su muerte entre cuatro instituciones: la Anglo Jewish Association, que operaba según los principios de la AIU; la comunidad judía en Fráncfort del Meno; el consejo de la comunidad judía en Bruselas y la comunidad judía en Berlín. El 7.7.1896 los representantes de los accionistas se reunieron en Londres en asamblea ordinaria para elegir la comisión que fungiría durante los cinco años siguientes. En primer término fueron elegidos tres: Salomon H. Goldschmidt, tío del barón de Hirsch y presidente de la AIU; Solomon Reinach, miembro del comité de acción de la AIU, egresado de un instituto de formación docente, filólogo, arqueólogo y curador de museos conocido en Francia, y Narcisse Leven, nacido en Alemania, cuya familia se había trasladado a París en su infancia, graduado en Derecho en la Sorbona, activista judío y personalidad pública en Francia. Leven, uno de los fundadores de la AIU, fue su vicepresidente en 1883-1898 y presidente desde entonces y hasta su muerte en 1915. A ellos se agregaron Herbert G. Lousada, miembro de la Anglo Jewish Association en Londres, abogado inglés y asesor jurídico del barón, y Alfred Louis Cohen, un filántropo londinense que ayudaba a hospitales y comedores populares judíos, se interesaba en la educación y editaba plegarias y Hagadot de Pesaj (compilación de textos que relatan el Éxodo de Egipto y se leen la primera noche de la Pascua judía) que enviaba a los soldados judíos que combatían en la Guerra de los Bóers en Sudáfrica.[36]

Inmediatamente después de la elección del consejo, los presentes se declararon asamblea extraordinaria, en la que se resolvió modificar los estatutos a fin de permitir a las sociedades que poseían al menos 3.600 acciones la incorporación de un representante más. Asimismo, se estipuló en tres el número mínimo de asistentes necesario para tomar decisiones en las sesiones ordinarias. En consecuencia se designó a Claude Goldsmid Montefiore, presidente de la Anglo Jewish Association desde 1895, instruido, líder del judaísmo liberal en Inglaterra y enérgico opositor al Movimiento Sionista; el gran rabino de Francia Zadoc Kahn, que representaba a la AIU; Julius Plotke, representante de la comunidad judía en Fráncfort del Meno, abogado, miembro de la AIU y del Hilfsverein (sociedad de ayuda para los judíos de Alemania), autor de artículos sobre la vida de los judíos en Rusia y Rumania y allegado al barón; Franz Philippson, banquero y presidente de la comunidad judía en Bruselas desde 1894 y Edmond Lachman, un asesor jurídico que representaba a la comunidad de Berlín.[37]

Como presidente del consejo de la JCA fue elegido Salomon H. Goldschmidt, pero por razones de edad presentó su dimisión y fue reemplazado por Narcisse Leven, que ejerció el cargo desde octubre de 1896 hasta su muerte en 1915, es decir, durante todo el período investigado.[38]

Según el informe anual de la JCA, los sucesores del barón de Hirsch asumieron la conducción de la misma “sin que se produjeran conmociones”, pero la muerte del barón, que presidía una organización jerárquica en la cual los demás miembros del consejo no eran socios activos, trastornó las actividades de aquella. Por ejemplo, los directores de París respondieron al pedido de instrucciones enviado desde Buenos Aires a principios de mayo de 1896:

Si bien los integrantes del consejo conocían el accionar de la JCA, no estaban involucrados en los diversos procedimientos y decisiones del Barón […] por eso no pueden emitir instrucciones precisas de un día para el otro…

A continuación se señalaba que cuando Sonnenfeld regresara de su viaje de inspección a la Argentina, “el consejo podrá emitir nuevas instrucciones o volver a aprobar, parcial o totalmente, las ya existentes”. Sonnenfeld y Feinberg regresaron a París el 22 de mayo.[39]

El consejo necesitaba tiempo para interiorizarse de todos los asuntos a los que la JCA se dedicaba, y hasta entonces dependía de los funcionarios que sabían más que él. Con respecto a las actividades en la Argentina, se creó una situación interesante, porque cuando de Hirsch murió se encontraban allí altos directivos de las tres instancias relacionadas con la colonización: Feinberg de la comisión central en Rusia, involucrado en el reclutamiento y selección de candidatos a la colonización en la Argentina, que mantenía un contacto fluido con el barón, y Sonnenfeld, director general en París, a través de quien circulaban las directivas del barón, y los dos directores de la Argentina.

Más aun, los cuatro estaban involucrados en la recopilación de información y la preparación de las propuestas en proceso de elaboración en los últimos meses y cabe suponer que eran conscientes de sus posibilidades de estipular el rumbo de desarrollo después de la desaparición del fundador de la JCA. Se puede señalar que compartían la opinión de no expandir, pero tampoco interrumpir o reducir drásticamente, las dimensiones de la colonización en la Argentina. Todos ellos habían tratado de persuadir a de Hirsch de que, a pesar de las decepciones, esa colonización tenía aspectos positivos y que se podría mejorar la situación con la ayuda del plan de consolidación. El resultado de esta concepción fue una serie de resoluciones destinadas a reducir el abandono de las colonias y afianzar la situación económica de los colonos. Con respecto a la ampliación de la colonización, creían que no se debía llevar a cabo antes de que los colonos se recuperaran. Feinberg pensaba que después de cuatro o cinco años (el lapso que en su opinión sería necesario para fortalecer lo existente) se podría colonizar como máximo 150-200 familias al año, y que entretanto se debía transferir el centro de la actividad a Rusia.[40]

Después de una primera lectura de los informes de la delegación, el consejo aceptó la postura de los funcionarios y resolvió fortalecer la situación de los colonos a través de nuevas fuentes de sustento. Asimismo, determinó que no sería prudente enviar nuevos colonos antes de que la situación de las colonias se estabilizara y fortaleciera, y que cuando las colonias prosperaran otros judíos llegarían por sus propios medios y solicitarían establecerse en las tierras de la JCA; de esa manera la colonización se desarrollaría a través de la inmigración espontánea.[41]

5. Los intentos de fortalecimiento económico y la reducción de la población en las colonias en Entre Ríos

En marzo de 1897 el consejo debía aprobar el presupuesto de la JCA en la Argentina para el año fiscal que comenzaría en abril. Los directores de Buenos Aires habían elevado un presupuesto abultado que llegaba a $1.100.000, de los cuales se asignaba más de $775.000 a Entre Ríos; $622.000 formaban parte de un presupuesto especial. La mayor parte de esa suma no estaba asignada a cuestiones vinculadas con el fortalecimiento económico sino a subsidios y préstamos destinados a la compra de semillas para la temporada siguiente. El único monto en el que podía percibirse la intención de generar fuentes de ingresos adicionales eran los $100.000 destinados al desarrollo de la alfalfa en las colonias de la provincia, un tema que habría de revelarse como problemático.[42]

Eugène Tisserand, un reconocido experto en agricultura y asesor de la JCA que estudió la situación agraria de Entre Ríos y obtuvo resultados de laboratorio de muestras de suelo, dictaminó que a excepción de las tierras bajas, los campos de las colonias en esa provincia no eran aptos para el cultivo de alfalfa. No obstante, el consejo aprobó el presupuesto propuesto por los directores de la JCA en Buenos Aires porque “estamos seguros de que ustedes proponen la creación de campos de alfalfa porque conocen el tema”. Fuera de esta observación, los demás incisos del presupuesto fueron aprobados tal como habían sido propuestos con el argumento de que

el consejo ha prestado atención a las circunstancias excepcionales y a los resultados negativos que el abandono de la colonización causaría al estado de ánimo y el esprit de judíos y no judíos, y por ello ha accedido a efectuar un gran sacrificio económico con la esperanza de que los resultados lo justifiquen.

En esta afirmación se destaca cierto grado de confianza en S. Hirsch y Cazès y la disposición a invertir en la iniciativa a pesar de la incertidumbre sobre su éxito.[43]

A mediados de 1898 ya se veían en algunos lugares bellos campos de alfalfa y algunos colonos empezaron a alimentar con ella el ganado y también a venderla, situación que llevó a quienes aún no la habían sembrado a querer emular a sus compañeros. En esa etapa, los campos de alfalfa servían para alimentar a los animales de labranza. Ese año no se logró un gran avance en la conversión de dicho cultivo en una fuente importante de ingresos alternativos; los resultados obtenidos demostraban que no tenía tanto éxito como en Mauricio y Moisesville.[44]

S. Hirsch elaboró con Lapine un plan para impulsar la cría de ganado en Entre Ríos, que incluía los siguientes aspectos: a) provisión de dos vacas lecheras por hectárea de alfalfa bien cultivada, hasta un máximo de seis vacas lecheras por colono; b) provisión de veinte cabezas de ganado para cría, fundamentalmente vacas reproductoras y algunos terneros para engorde; c) compra de sementales; d) provisión de alambradas y semillas para que cada colono tuviera al menos tres hectáreas de alfalfa; e) delimitación de áreas de pastoreo bien regadas y cercadas, y f) creación de un tambo para recibir la leche en el centro de la colonia y algunas sucursales en los grupos más pequeños. La implementación del plan debía costar $410.000, es decir, $700 por colono, una suma ingente comparada con los $300 asignados para los mismos fines en Moisesville; no obstante, el consejo decidió aprobarla.[45]

Cazès recorrió la provincia en diciembre de 1899 y señaló las dificultades para implementar el plan. Entre otras cosas, la JCA había comprado ganado en abril pero este no había llegado a manos de los colonos porque los campos de alfalfa aún no producían forraje para alimentarlo, y mientras tanto la sociedad debía mantenerlo a sus expensas. La opinión de Tisserand sobre la posibilidad de cultivar alfalfa en la zona resultó acertada y después de algunos años se comprobó también que la expectativa de vida de esta especie era menor en las colonias de dicha provincia.[46]

Los resultados no respondieron a las expectativas, pero la inversión masiva empezó a dar frutos: los campos verdes, las parvas de alfalfa después de la siega, las vacas lecheras que empezaban a dar leche y la noticia de que a fines de 1899 se había firmado un acuerdo para la creación de tres tambos que recibirían la producción lechera cuando el ganado adquirido pasara a sus manos insuflaron nuevas esperanzas en los colonos y se observó cierta mejora en su situación, pero aún no se percibían signos de una consolidación basada en la capacidad de autoabastecerse. Por el contrario, dependían de la JCA por completo y los esfuerzos para lograr un afianzamiento económico auténtico se prolongaron en los años subsiguientes.[47]

6. Moisesville y Mauricio

La decisión de apoyar el desarrollo de los campos de alfalfa en Moisesville demostró ser acertada. El clima, la tierra y la existencia de agua a poca profundidad tornaban la región en apta para ese cultivo. Entre las ventajas de la alfalfa cabe mencionar: a) la baja vulnerabilidad a la langosta y la capacidad de una rápida recuperación, b) flexibilidad en la elección de la forma de alimentar al ganado (pastoreo, segada, forraje seco después de prensado, que puede conservarse hasta la temporada siguiente), c) la posibilidad de comercializarla como un producto en sí mismo, y d) buenos resultados para el ganado alimentado con ella. En 1899 cada colono contaba con al menos cien hectáreas en las que se segaba cinco o seis veces al año. El rendimiento de la alfalfa quedó demostrado ese año: a pesar de la sequía prolongada que dañó la vegetación de los campos de pastoreo, los rebaños de Moisesville se salvaron, éxito que permitió a algunos colonos pagar total o parcialmente la cuota anual a la JCA.[48]

Mauricio había sufrido una serie de crisis sociales y confrontamientos entre la JCA y los colonos. A raíz de la reparcelación se perdió casi toda la temporada agrícola; además, se comprobó que el tamaño de la parcela necesaria para el sustento de una familia debía ser mayor que el calculado por Lapine. La JCA trató de agregar parcelas, pero los dueños de los campos contiguos no querían venderlos. Este problema acompañó a la colonia durante mucho tiempo. No obstante, los colonos siguieron convirtiendo las parcelas antes destinadas a cultivos de secano en campos de alfalfa, que en 1899 alcanzaban a 10.000 hectáreas.[49]

A diferencia de Moisesville, en donde la alfalfa servía para cultivo, engorde y cría, en Mauricio se desarrolló la actividad lechera. El tambo inaugurado en agosto de 1899 recibía 8.000 litros de leche diarios, el doble de lo previsto. En ese entonces había en la colonia 6.452 animales, más de la mitad comprados directamente por los colonos, hecho que los directores veían como el principio de la independencia deseada. Ese año se caracterizó por dos semestres completamente diferentes: el primero fue decepcionante por la mala cosecha y los conflictos que causaron el abandono de 20 familias, mientras que en el segundo se percibió una mejoría económica debida a la inauguración del tambo, porque los ingresos continuos por la leche alentaban a los colonos. No obstante, solo unos pocos pudieron pagar la cuota anual, porque estaban agobiados por las deudas generadas en los años malos o por la compra de equipamiento y ganado en cantidades que excedían su capacidad económica, y debieron recurrir a préstamos con altas tasas de interés.[50]

Gracias al cultivo de alfalfa, la situación de Moisesville y Mauricio era mucho mejor que la de las colonias de Entre Ríos. Moisesville gozaba de más estabilidad económica que Mauricio, que difícilmente podía ser descripta como una colonia que avanzaba hacia la independencia económica sobre la base de algunos meses de éxito en el tambo. Moisesville era la única colonia cuya situación se acercaba a la deseable para su consolidación, y al mismo tiempo era la más pequeña.

7. El rechazo de nuevos colonos y la reducción demográfica

La decisión de no recibir nuevos colonos hasta que se estabilizara la situación de los que ya se encontraban en las colonias era muy difícil para las familias que, por diversas razones, se habían separado antes de inmigrar a la Argentina. S. Hirsch sostenía que no se debía apoyar directamente la llegada de los familiares, salvo casos excepcionales, por el temor de que los recién llegados fracasaran y exigieran que la JCA los repatriara a Rusia, con todas las dificultades que ello implicaba. No obstante, solicitó que se reexaminara el argumento de que antes de salir de Rusia se les había prometido ocuparse de la reunificación familiar, y en caso de que fuera cierto “será justo cumplir el compromiso contraído”, pero sugirió esperar hasta la finalización de la cosecha por si la misma no fuera buena y parte de quienes solicitaban la llegada de sus familiares pidieran la propia repatriación.[51]

Con estas razones se podía seguir demorando cualquier solución hasta un año agrícola fructífero, que nadie sabía cuándo llegaría. Entretanto, la separación de las familias se prolongaba varios años.

La lucha de S. Hirsch y Cazès para concretar la resolución del consejo con respecto a los nuevos colonos no se refería solo a los familiares de estos. Ya en octubre de 1896 la JCA se había referido al pedido de un grupo de familias de Botoșan (Rumania) y en una carta enviada el 12 de ese mes, los directores de la JCA en París aclararon que no se haría nada antes de conocer la opinión de los directores de Buenos Aires. S. Hirsch y Cazès aconsejaron esperar hasta que la situación económica de las colonias mejorara. Después de dos meses, los directores de París volvieron a prometer que no harían nada que contradijera la opinión de S. Hirsch y Cazès. Pedidos similares de lugares como Táurida (sur de Rusia) y de otros judíos que estaban dispuestos a financiarse el viaje recibieron la misma respuesta: “¿Para qué llevar gente a la que deberemos ayudar y tal vez enviar de regreso?”. De todo lo señalado se desprende que en la época tratada fueron precisamente los directores de la JCA en la Argentina quienes insistieron en implementar con suma rigurosidad la política de no aceptar nuevos colonos.[52]

Conclusiones

Durante los primeros años de actividad del consejo de la JCA se concretaron algunos temas examinados e iniciados en tiempos del barón de Hirsch, entre los que cabe mencionar la expulsión de colonos considerados inadecuados, el fortalecimiento económico de los que quedaron y la reorganización administrativa. Estos aspectos estaban relacionados con el deseo de promover la autonomía económica, la autogestión y la asunción de la prestación de servicios comunitarios de las colonias. La aspiración a verlos concretados tropezó con numerosas dificultades: la falta de control sobre quienes querían regresar a Rusia, la reunificación de las familias, que preocupaba a muchas de ellas y que aparentemente fue una de las causas de numerosos abandonos, la desmoralización que cundió en las colonias cuando murió el barón de Hirsch y cada vez que la cosecha no era buena, y por encima de todo, la naturaleza que “se negaba” a concederles un año bueno. Además de eso, la JCA debió renunciar a la idea de que la auténtica agricultura era la de secano y que la cría de ganado era mero comercio.

Los esfuerzos de fortalecimiento, relacionados con grandes inversiones y con el incremento de la productividad laboral de los colonos, promovieron a las colonias y crearon medios de sustento alternativos, pero no bastaron para alcanzar la solidez económica deseada. En este aspecto había diferencias entre las colonias: Moisesville era la que se acercaba más al modelo ideal, mientras que Entre Ríos era la más alejada. Además de la diferencia entre las distintas regiones, en 1896-1899 tuvo lugar una reducción demográfica que habría de llevar al inicio de la nueva política que se puso de manifiesto a continuación.


  1. JL326, 21.4.1896, 22.4.1896.
  2. Kahn 1898, pp. 407-408; Adler-Rudel 1963, p. 67.
  3. JL326, 2.5.1896.
  4. AA, IO, 2, 24.4.1896; Hatzefira, 7.7.1896, 31.5.1896, 1.6.1896; Liebermann 1959, pp. 187, 192.
  5. Alpersohn s/f, pp. 390, 396.
  6. Liebermann 1959, p. 193.
  7. JL326, 2.5.1896; JL310, 22.4.1896.
  8. JL363, 4.3.1896, JL326, 2.5.1896.
  9. Avni 1973, pp. 261-262.
  10. Ibíd., pp. 254-256.
  11. Lapine 1896, p. 1; JL363, 11.1.1896. “Lituania” se refiere a los límites geográficos de aquella época.
  12. Lapine 1896, p. 2.
  13. Ibíd., p. 3.
  14. Ibíd., p. 1; Avni 1973, pp. 235, 245.
  15. Ibíd., pp. 2-3.
  16. Ibíd., pp. 4-8.
  17. Ibíd., pp. 4, 17, 38.
  18. Ibíd., pp. 60-63.
  19. Ibíd., pp. 71-74, 82-83.
  20. Ibíd., pp. 127-128.
  21. Ibíd., pp. 75-76.
  22. Ibíd., pp. 76-79; Alpersohn s/f, pp. 330-331.
  23. Lapine 1896, p. 75.
  24. Ibíd., p. 128; JL327, 5.10.1896.
  25. JCA, Atlas 1914, gráficos 1, 2; Informe 1896, p. 11.
  26. Ver amplia correspondencia sobre el tema en JL326 y JL363.
  27. Ibíd.
  28. JL327, Tableaux Statistiques 1896.
  29. JL329, 15.2.1897; Gianello 1951, pp. 513-514.
  30. JL329, 2.1897.
  31. Ibíd.; Mellibovsky 1957, pp. 94-95; Informe 1897, pp. 5‑6. En la correspondencia de la JCA, el apellido de las personas no siempre está acompañado por el nombre de pila.
  32. Schpall 1954, p. 62; Informe 1896, p. 7; Hatzefira, 25.6.1896; Hamelitz, 23.6.1896; Cociovitch 1987, pp. 163‑164.
  33. Ibíd., pp. 154-155, 172.
  34. JL326, 20.5.1896, 20.7.1896; JL363, 20.7.1896.
  35. JL326, 20.9.1896, 20.7.1896; JL327, 19.11.1896, 5.12.1896.
  36. The Jewish Chronicle, 10.7.1896. Para la ideología, los objetivos y la forma de actuar de AIU, ver: Chouraqui 1965, passim.
  37. Ibídem; Cohen 1940, pp. 12, 25; “Plotke Julius”, en The Jewish Encyclopedia, Nueva York y Londres, 10, p. 90; “Franz M. Philippson”, en The Jewish Encyclopedia, 9, p. 68; Allgemeine Zeitung des Judentums, 2.4.1909; The Jewish Chronicle, 2.4.1909.
  38. Grunwald 1966, pp. 41, 44; JCA, Sesiones I, 14.10.1896; 17.1.1897; Informe 1897, p. 4.
  39. Informe 1896, pp. 3-4; JL363, 30.5.1896.
  40. Schpall 1954, pp. 64-65; Avni 1973, pp. 262-264.
  41. Informe 1896, p. 5.
  42. JL329, 19.2.1897.
  43. JL363, 24.3.1897.
  44. HM134, 15.12.1898.
  45. Ibídem.
  46. JL332, 8.12.1899; Winsberg 1969, p. 187.
  47. JL332, 1.12.1899.
  48. Informe 1899, pp. 8-9, 13; HM134, 10.3.1899; JL363, 6.4.1899.
  49. Informe 1899, pp. 13-14; JL363, 15.12.1898, 11.8.1898.
  50. JL363, 19.10.1899; HM134, 14.7.1899.
  51. JL326, 20.5.1896, 20.6.1896, 20.7.1896.
  52. Sesiones I, 15.10.1896, p. 84; JL328, 5.2.1897; JL363, 12.10.1896, 4.12.1896.


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