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9 La comunidad como una sociedad periférica

Para analizar las características de las comunidades estudiadas, concentraremos las numerosas dimensiones que definen a una comunidad en tres ámbitos básicos: a) el aspecto geográfico y territorial, b) las interrelaciones sociales entre los miembros de la comunidad y c) la identificación cultural y espiritual de individuos y grupos con la comunidad, sus metas y valores.

1. El espacio geográfico de la colonia y sus características

El espacio es el lugar en el cual el habitante de la comunidad mantiene relaciones con sus amigos, un territorio cuyos límites son a veces flexibles, como en las sociedades nómadas; si bien fuera de ellos se encuentran otras comunidades, los límites constituyen una barrera que no impide las relaciones de individuos y grupos pertenecientes a dicha comunidad con elementos externos. Así se tornaban posibles las relaciones del individuo con sus familiares en otra colonia, en la capital o en Rusia, el intercambio epistolar entre un maestro y el consejo de educación en la capital de la provincia, etc., sin tener que renunciar al concepto de comunidad. La hipótesis opuesta, según la cual en la comunidad se entablan relaciones recíprocas solo entre los lugareños, lleva a la definición de una comunidad autárquica que no se adecua a una sociedad moderna caracterizada, entre otras cosas, por relaciones abiertas y comunicaciones desarrolladas.[1]

Las comunidades surgían en un punto geográfico determinado porque este se convertía en un polo de atracción gracias a los recursos naturales descubiertos en él (minerales, aguas termales, etc.), porque se trataba de un lugar de fácil acceso (junto a una ruta principal, un cruce de caminos, etc.) o porque la tierra fértil y el clima moderado inspiraban a los recién llegados esperanzas de éxito.[2]

En las colonias de la JCA en la Argentina no había recursos naturales y, excepto Lucienville, no se encontraban en lugares con buenas posibilidades de transporte. A pesar de las esperanzas de la JCA, la tierra y el clima no eran los más propicios e influían sobre la clase de actividades económicas en las colonias; por el contrario, el peso de los argumentos ideológicos (de los que hablaremos a continuación) era muy grande. Si bien no era uniforme, el “adhesivo” ideológico-social fijaba los límites de la comunidad no menos que el territorio de la colonia. Generalmente, los colonos distinguían entre la pertenencia a la colonia “grande” (Clara, Moisesville, Barón Hirsch, etc.) y a la colonia “chica” que formaba parte de ella, como Sonnenfeld en Clara, Zadoc Kahn en Moisesville, Algarrobo en Mauricio, etc. Otro aspecto a tomar en cuenta se debía al tamaño de las colonias: cada grupo independiente colonizado en tierras de Leloir se llamaba colonia, pero después de algunos años se consideraban pertenecientes a la colonia grande Barón Hirsch. En la “gran Clara” había más de 20 colonias “pequeñas”.[3]

El excolono Baruj Reznick describió dos círculos: el de la colonia Virginia, a la que llamaba pueblo, y el de la colonia grande Moisesville. Reznick había nacido y vivía en el marco más reducido y tenía relaciones familiares con el marco más amplio, que era también el ámbito de su actividad pública. También se puede percibir la subdivisión de la colonia pequeña en grupos o líneas: en Escriña (un grupo de Lucienville) había diez Escriñas numeradas y en las demás áreas de la colonia había dos grupos Novibug (1 y 2), etc. En aquellos grupos en los que la colonización se hacía por líneas generalmente numeradas, cada línea definía la “identidad geográfica” de sus habitantes.[4]

Por todo ello, cada habitante de la colonia pertenecía a varios marcos: el más próximo era el del entorno reducido en el que mantenía las relaciones primarias y en él se encontraba la casa; a continuación estaba el grupo o la línea, después la colonia pequeña y finalmente la colonia grande. Se puede considerar a las colonias grandes y sus subgrupos como una comunidad rural con dimensiones y límites geográficos definidos; esa zona definida tenía características topográficas, climáticas, etc., que influían sobre el individuo. El paisaje, el clima y las estaciones solían ser diferentes a los de los países de origen y dejaban su impronta sobre los miembros de la comunidad; por ejemplo, un colono de Clara escribió: “Ahora es invierno […] como el verano en Rusia”.[5]

Hubo quienes se explayaron en las descripciones de la influencia del paisaje porque suponían que este forja el carácter y el aspecto del individuo. Alberto Gerchunoff, hijo de colonos, sostenía que el paisaje de Entre Ríos había modificado paulatinamente la fisonomía de sus habitantes. Adolfo Leibovich refirió que cuando su familia se trasladó de Palacios a Clara quedó muy impresionada por el paisaje, la abundancia de agua y “la belleza de los lugareños”. Krucoff mencionó que cuando los colonos llegaban a Buenos Aires, los lugareños se sorprendían ante su aspecto extraño, no solo por el capote largo, el sombrero y los aladares sino fundamentalmente por sus rostros tenebrosos y desesperanzados, “pero en la Argentina cambian rápidamente y su aspecto se vuelve parecido al de los demás argentinos: la expresión es más abierta y la mirada, más decidida”.[6]

Una influencia aun mayor radicaba en el hecho de que la mayor parte de las colonias estaban situadas en zonas que, según la concepción del país, se encontraban en proceso de “conquista del desierto” y fecundación de tierras que nunca habían sido cultivadas. La característica principal era que se hallaban en lugares en los que los procedimientos gubernamentales y judiciales y el cumplimiento de la ley eran incipientes. En ese sentido, las comunidades creadas en esas regiones, al menos en sus primeros años de existencia, pueden ser consideradas comunidades periféricas. Por ello examinaremos el significado de esta afirmación en los ámbitos de las características gubernamentales y las instancias judiciales, la seguridad de los colonos, las proyecciones de la dispersión geográfica y la situación inicial de las condiciones sanitarias.

2. El gobierno, la administración y la ley en las zonas de las colonias

La Argentina es una república federal en la que cada provincia sanciona sus propias leyes y estipula sus procedimientos administrativos, sistema legal, cumplimiento de las leyes, etc. Cada provincia tiene subdivisiones territoriales que son unidades administrativas denominadas “partidos” en la provincia de Buenos Aires y “departamentos” en otras, que permiten que el gobierno provincial administre las diferentes regiones. En los territorios nacionales la situación era diferente, porque eran administrados directamente por la capital federal.[7]

La colonia Mauricio se encontraba en el partido 9 de Julio, cuya cabecera homónima se hallaba a 63 km de la colonia. En ella estaba la sede de las autoridades locales que representaban al Poder Ejecutivo de la provincia y el concejo deliberante presidido por el intendente de la ciudad; los dos estaban a cargo de los servicios administrativos del partido. Después de algunos años se desarrolló junto a la colonia la ciudad de Carlos Casares, y el intendente designó un delegado que vivía en ella y lo representaba allí. En Carlos Casares había también una comisaría, de la cual dependía la de Mauricio. El juzgado de paz, para demandas de hasta $500, se hallaba en la cabecera; las demandas que superaban esa suma y los juicios penales se tramitaban en Mercedes, una ciudad más importante y más alejada. El juzgado de la capital provincial fungía como tribunal de apelaciones.[8]

El alcalde era una personalidad importante en el espacio rural. Se trataba de un cargo menor que generalmente estaba en manos de alguna personalidad respetada de la región, que actuaba ad honorem y se dedicaba a dirimir conflictos entre vecinos, como discrepancias por alambradas, daños causados por animales, etc. Era el representante de la autoridad que vivía en el lugar y en carácter de tal ejercía también funciones de policía y juez, certificaba firmas y documentos, enviaba citaciones judiciales, examinaba los reclamos y estaba facultado a imponer multas pequeñas. Sus atribuciones concluían cuando llegaba al lugar alguien con mayor autoridad.[9]

En 1907 Carlos Casares se convirtió en la cabecera de un nuevo partido que llevó su nombre. Allí se creó una comisaría con varios suboficiales y 20 agentes, y un juzgado en el que el colono Adolfo Raitzin fungía como juez suplente, de aquí que las relaciones frágiles y lejanas de los colonos y sus instituciones con las autoridades se volvieron mucho más estrechas.[10]

En cada departamento de la provincia de Santa Fe había un jefe político nombrado por el gobierno provincial, que ejercía funciones de vicegobernador y jefe de policía, concentraba mucho poder y designaba comisarios de policía en las zonas más pobladas, que a veces fungían también como jueces de paz y jefes del Registro Civil. Este era el caso de los comisarios en Moisesville y Palacios, que controlaban la mayor parte de Moisesville y estaban sometidos al jefe político del departamento de San Cristóbal. El grupo de Virginia se encontraba en el departamento de Castellanos.[11]

En esa provincia había dos mecanismos destinados a equilibrar la concentración de poder del jefe político: en caso de demandas civiles que superaran los $500 y de apelaciones a veredictos de los jueces locales, los litigantes debían dirigirse a la capital de la provincia y no al jefe político; el segundo mecanismo estaba relacionado con las comisiones de fomento que se ocupaban de saneamiento, reparación de caminos y puentes, etc., y estaban autorizadas a cobrar impuestos y gravámenes. Se trataba de comisiones locales designadas directamente por el gobernador de la provincia, que debían presentar sus informes a este y no al jefe político.[12]

La comisión de fomento de Moisesville fue creada en 1895 por un decreto del gobernador, que separaba a esa colonia de la comisión de fomento de Palacios; los colonos Abraham Gutman, Salomón Alexenicer y Mordejai Reuben Hacohen Sinai fueron designados integrantes de la misma. Con el crecimiento del área de la colonia después de la creación de los grupos Zadoc Kahn y Bialystok, se nombraron otras dos comisiones. En Monigotes, al norte de la colonia, se creó una comisión similar en 1912, y en Montefiore en 1914; también en ellas los miembros designados eran colonos.[13]

La provincia de Entre Ríos estaba dividida en departamentos encabezados por un jefe político con atribuciones similares a las de Santa Fe y subdivididos en distritos a cargo de alcaldes con más atribuciones que los de la provincia de Buenos Aires. En cada distrito había un juez de primera instancia, para demandas que no superaran los $500. El mantenimiento de caminos, puentes, etc., supervisado por una legislación muy estricta impuesta desde la capital provincial Paraná, estaba a cargo de comisiones de obras públicas que permitían a determinados vecinos construir y mantener caminos y puentes, y a cambio de ello cobrar peaje durante cierto lapso. La JCA construyó varios puentes y obtuvo la autorización para cobrar peaje, mientras que el Fondo Comunal de Clara y el Farein de Lucienville se dedicaron a mantener caminos.[14]

Las colonias de la JCA en esta provincia estaban dispersas en cuatro departamentos, hecho que dificultaba las relaciones administrativas y legales con las autoridades. La mayor parte de Clara estaba en el departamento de Villaguay; en 1902 este departamento tenía dos distritos, es decir, dos alcaldes: el sur de Clara y una parte de Lucienville pertenecían al departamento Uruguay; el resto de Lucienville a Gualeguaychú; San Antonio y varias zonas al este de Clara, a Colón. Cada alcalde, policía o juez estaba sujeto a una jurisdicción política diferente, situación difícil para los colonos que necesitaban esos servicios, en especial cuando los asuntos dependían de más de una jurisdicción. Únicamente las cuestiones judiciales que requerían tribunales de segunda instancia eran dirimidas en un solo lugar: la ciudad de Concepción del Uruguay.[15]

3. La seguridad de los colonos

Una característica destacada en las zonas periféricas era la falta de seguridad en los campos, en tiempos en los que el gobierno y las fuerzas del orden que debían preservar la vida y el patrimonio del individuo estaban en una etapa de consolidación preliminar. La prensa de la época publicaba muchas noticias sobre asesinatos, atracos, etc., así como quejas y reclamos por la inoperancia de las autoridades. A principios del siglo XX se aprobaron y regularon varias leyes y ordenanzas que aumentaban las penas impuestas por cuatrerismo y atracos, se crearon comisarías y se asignaron más policías. La presencia de la policía no siempre era provechosa: en el período estudiado se dieron a conocer protestas contra policías a los que se había acudido en busca de ayuda pero que no habían hecho nada, contra policías ebrios o que abusaban de su autoridad en beneficio propio, humillando y golpeando a los colonos, y contra los que se aliaban con los delincuentes y las fuerzas políticas. Un periódico de la ciudad de Rosario dio a conocer la queja de un habitante de Palacios contra el comisario, y cuando el jefe político de la zona pidió al periódico el nombre de quien la había presentado, el director se rehusó a hacerlo. En épocas de elecciones, el gobierno solía transferir los policías de los pueblos a sitios considerados más importantes, y la seguridad y los bienes de los habitantes quedaban desprotegidos.[16]

La situación en las zonas de las colonias de la JCA no difería de lo que sucedía en el campo argentino en general. Los problemas de seguridad se ponían de manifiesto en el cuatrerismo, el ingreso de manadas a campos sembrados, robos, asesinatos y violaciones. El administrador de San Antonio pidió en 1897 que el dinero necesario para las actividades de la JCA en la colonia fuera transferido a la sucursal de banco en la cercana ciudad de Colón, a raíz de varios atracos que se habían producido en la región: “Si bien tenemos revólveres, no conviene que llevemos el dinero en persona desde la oficina de la administración en Clara”.[17]

El robo de animales o bienes y la intrusión en los campos eran acontecimientos frecuentes. Generalmente el ganado estaba yerrado y por eso era fácil encontrarlo si el cuatrero era de la región, pero resultaba más difícil cuando era llevado a lugares alejados o si el robo se había perpetrado con la cooperación de un carnicero que faenaba a los animales inmediatamente después del robo. Los agentes de la JCA trataban de descubrir a esos animales porque a veces estaban prendados a su nombre; así, por ejemplo, se enviaron representantes a San Antonio para comprobar si el ganado robado en Clara había sido llevado allí y demandó a los carniceros que habían cooperado con los ladrones.[18]

Los robos y roturas de alambradas afectaban el patrimonio de los colonos, pero aun peores eran los casos de asesinatos, asaltos y violaciones que terminaban con la muerte de las víctimas. Desde la fundación de Moisesville hasta el fallecimiento del barón fueron asesinados 15 judíos, algunos de ellos colonos y sus familiares, varios comerciantes y un administrador. En 1896 se sumaron a esa lista otras cinco víctimas, cuando algunos gauchos mataron al matrimonio Weisman de Palacios y a tres de sus cuatro hijos; varios meses después fue asesinada la hija de un colono; a fines de 1899 fue matado un colono y en 1900 se dio muerte a un comerciante de Moisesville.[19]

En 1898, un colono de la zona de Clara resultó muerto en un atraco por $100; dos meses después, asaltantes que entraron a una casa en el grupo Rajil asesinaron a un adolescente de 15 años y su hermana de 17. Esto sucedió en época de elecciones y los directores de París expresaron su disgusto señalando que el país elegido para el proyecto de colonización no era adecuado porque “estas no son las condiciones deseables para un proyecto agrícola que requiere, al menos, plena seguridad”. S. Hirsch informó que el asesino de los jóvenes había sido capturado y agregó que estos acontecimientos influían sobre la decisión de algunos colonos de abandonar el lugar. En 1910 un obrero mató a un colono y a su hijo después de una discusión por cuestiones de trabajo.[20]

En 1907, una viuda y tres de sus cuatro hijos fueron asesinados y quemados en su casa en el grupo Ackerman 2 en Lucienville; de esa familia solo quedaron dos niños. Dos sospechosos fueron detenidos pero la investigación no avanzó por la feria judicial. Una sensación de impotencia e intranquilidad se apoderó de los colonos y la JCA solicitó al jefe político de la zona y al gobernador de la provincia que ordenaran a sus subordinados que agilizaran la investigación para que la colonia recuperara la calma.[21]

Un crimen similar tuvo lugar dos años después en la línea 26 de la misma colonia, con un saldo de nueve muertos, seis de ellos de la familia Arcuschin (el padre, la madre y cuatro hijos), más los tres hijos de la viuda Matzkin, una partera cuyos hijos quedaban con la familia Arcuschin cuando acudía en ayuda de una parturienta. Los asesinos se llevaron enseres domésticos y $200 que el colono había recibido ese mismo día para comprar semillas y antes de huir derramaron queroseno e incendiaron la casa. El caso conmovió a la opinión pública y la fiscalía y la policía de la provincia se apresuraron a enviar policías e investigadores y a detener unos 80 sospechosos para tratar de atar cabos y resolver la situación, pero no se encontraron evidencias que vincularan a los detenidos con el crimen y los directores ofrecieron una recompensa de $1.000 a quien ayudara a encontrar a los culpables.[22]

Este crimen sacudió a los colonos de Lucienville y Moss permaneció allí algunos días para aplacar los ánimos y organizar, con ayuda de los abogados de la JCA, un evento colectivo “para obligar al gobierno a garantizar la protección que los colonos merecen”. Entre los miembros de las delegaciones enviadas a hablar con las autoridades provinciales con sede en la ciudad de Concepción del Uruguay se contaban miembros del Farein y del Fondo Comunal, el director Moss y los administradores. La delegación exigió que se agilizara la investigación y se reforzara la presencia de representantes del orden en la zona. Como no hubo resultados significativos, la JCA se dirigió al gobernador de la provincia para que influyera sobre sus subordinados a fin de que actuaran más decididamente. El Farein resolvió brindar apoyo económico para cubrir las costas legales y el Fondo Comunal realizó una campaña de recaudación con el mismo fin. Un cambio en la investigación se produjo a fines de 1909, cuando una mujer que convivía con uno de los asesinos lo delató a él y a sus cuatro cómplices. En noviembre de 1911, el juzgado de Concepción condenó a los cinco a 25 años de prisión y trabajos forzados.[23]

Las mujeres estaban particularmente expuestas a peligros. En 1897 una joven de 17 años fue violada y matada en Moisesville, y su cuerpo descuartizado y mutilado fue encontrado en la huerta de la familia. En Mauricio varias mujeres fueron asaltadas y atacadas en sus casas cuando los hombres salían a trabajar en el campo; algunas fueron violadas y asesinadas en la laguna cercana, usada como mikve (baño ritual). En 1898 fue atacada una joven maestra que enseñaba español y costura en Clara; el gobierno no logró detener al atacante y se mantuvieron tratativas con la policía para reforzar el personal apostado en el lugar. Esto no impidió a S. Hirsch sostener ante sus superiores en París que hechos como ese “son muy infrecuentes, en especial en nuestras colonias, en las que la presencia policial está bastante organizada y el personal es numeroso y leal” (el subrayado es mío, Y.L.). A pesar de la carta tranquilizadora de Hirsch, tanto él como Cazès trataron de impedir la participación de mujeres jóvenes en actividades públicas nocturnas.[24]

En los primeros tiempos la presencia de la policía era escasa y había pocas comisarías rurales, que generalmente estaban alejadas de la mayor parte de las chacras. Hacia fines del período estudiado se percibió cierta mejora, cuando en las colonias empezaron a desarrollarse centros rurales con autoridades oficiales como el juez de paz, la comisión de fomento y la comisaría. Al principio, Moisesville estaba bajo la jurisdicción de la comisaría de Palacios y de San Cristóbal; en 1898 se creó allí una que mejoró el servicio en el centro de la colonia pero que tenía dificultades para controlar las zonas aledañas y en 1910 se agregó otra en el norte de la colonia. En 1892 se creó una en Domínguez y en 1902 se acrecentó el número de policías apostados junto a la estación de tren de San Salvador, al norte de Clara. A principios de siglo se creó una comisaría rural en Basavilbaso.[25]

A fines del siglo XIX había en Mauricio un solo agente de policía, que fue trasladado a otro lugar; cerca de allí, en Carlos Casares, había solo un cabo y dos vigilantes que no podían dejar el lugar. Los atracadores aprovechaban la situación y con un cuchillo abrían una brecha en las paredes de adobe, robaban y atacaban a sus habitantes. Bab (el administrador de la colonia en 1897) creó una guardia de hijos de colonos e inmigrantes robustos y se puso al mando de ella, los munió de revólveres y cuchillos y repartió silbatos entre los colonos para que pudieran pedir ayuda en caso de ataques. Para organizar los turnos de guardia recurrió a la experiencia que había adquirido durante algunas semanas como soldado de reserva en Prusia. Según su testimonio, los asaltantes notaron la guardia reforzada e interrumpieron sus actividades, pero de pronto se presentó el jefe de policía de la región y lo acusó de formar un ejército privado. Bab le explicó que no habría creado esa guardia si las autoridades hubieran protegido a los colonos; el jefe de policía sostuvo que no tenía personal y decidió no presentar una queja contra Bab después de que este accediera a poner al frente de la milicia al hombre de confianza del policía y a pagar su salario.[26]

La guardia fue disuelta poco tiempo después y los crímenes se reanudaron. En 1901 fue asesinado un colono; en 1907 la situación mejoró cuando se resolvió que el pueblo Carlos Casares sería cabecera de partido y contaría con una comisaría. Las zonas más alejadas, como el grupo Algarrobo, solo pudieron recurrir a la policía de manera efectiva en 1910, cuando se apostó allí un plantel pequeño. En términos generales, los hechos de violencia en las colonias sureñas de la JCA (Barón Hirsch, Narcisse Leven y Mauricio) eran más escasos que los que se producían en las provincias de Entre Ríos y Santa Fe; tal vez se debiera a la relativa proximidad de esas colonias a la capital y las sedes del gobierno. Por ejemplo, en Rivera había un puesto de policía desde 1908 y el jefe de policía de la provincia de Buenos Aires declaró su disposición a aumentar la cantidad de policías apostados en él.[27]

El carácter de la policía rural no era uniforme. La delegación de atribuciones en manos de los agentes de policía que operaban a gran distancia de sus superiores les permitía comportarse con arbitrariedad, pero también había policías honestos. En 1901 se reemplazó al comisario de San Antonio por irregularidades en el desempeño de sus funciones y su sucesor, un oficial experimentado, fue definido por el representante de la JCA en Colón como “una buena adquisición” para la colonia. En 1913 fue nombrado jefe de policía en el área de Colón (la zona que supervisaba a San Antonio, Palmar y Yatay) Malarín, el propietario de unos campos que lindaban con las colonias de la JCA, que estaba en conflicto con esta por la demarcación del límite. La JCA convocó a sus representantes en Paraná y gracias a eso se demarcaron los campos, se creó una comisaría y Malarín agregó policías en varias zonas y nombró al hijo de un colono como alcalde de San Antonio; de aquí que su comportamiento arbitrario respondía a intereses privados y al aprovechamiento de su estatus. Cuando la JCA informó a sus superiores, estos lo pusieron en su lugar y el comisario empezó a mostrarse más amigable.[28]

A veces, la conducta de la policía local contradecía la línea política de los gobernadores interesados en poblar sus provincias, que veían este comportamiento como un obstáculo. S. Hirsch y Cazès compartían esa sensación y en 1898 señalaron que “nuestros reclamos ante las autoridades suelen ser recibidos con comprensión y gozan de soluciones satisfactorias”. En general, las comisarías locales eran de nivel inferior y por consiguiente los salarios de los agentes de policía eran mínimos. Esta situación impulsaba a quienes ocupaban esos cargos a buscar la forma de incrementar sus ingresos por medio de actividades privadas, a expensas del cumplimiento de su deber y abusando de los pobladores. Generalmente la JCA y las organizaciones de los colonos trataban de subsidiar a los policías para que pudieran dedicarse a sus tareas como correspondía, pero aparentemente en la mayor parte de las provincias tenían prohibido recibir pagas de particulares y por eso recibían ayuda por otras vías, como asignación de viviendas, ofrecimiento de campos de alfalfa para alimentar a sus caballos o subsidios de otra clase.[29]

4. La dispersión geográfica y la soledad

Una característica geográfica notoria, a excepción de algunas aldeas que se desarrollaron hacia fines de este período, era la gran dispersión de las chacras, que contribuyó a la atomización de la sociedad. En los días de lluvias y tormentas, la relación de quienes vivían cerca de las estaciones de tren era más fácil con las ciudades alejadas que con sus vecinos de la misma colonia; quienes no vivían junto a la estación estaban aislados del mundo, a excepción tal vez de sus vecinos más cercanos. No se debe menospreciar la dificultad psicológica de las familias que vivían en chacras aisladas, lejos de otros lugares civilizados y sujetas a las inclemencias del tiempo y a eventuales ataques.

En 1898 el agente Haïm Bassan señaló que muchos colonos de los grupos Günzburg 4 y Günzburg 5 de la colonia Clara querían abandonarla por su distancia de los otros grupos, porque “la vida es imposible por la soledad. […] Cuando el marido está en el campo, su mujer se queda sola con un niño pequeño y se puede entender que no quiera, porque es muy peligroso”. Ese mismo año una mujer de Moisesville escribió a sus familiares en Slonim que se sentía bien en su nuevo lugar, pero las grandes distancias le causaban una sensación de soledad y extrañaba la ciudad. En 1899-1900 la Hevra Kadisha (sociedad funeraria) de Basavilbaso dio a conocer una maldición a los asesinos y atracadores, porque durante la cosecha de trigo de ese año había sido asesinado Dov Lebedinsky, un colono del grupo Ackerman en Lucienville. Los directores de la JCA y los miembros de las cooperativas de otras colonias que habían visitado el lugar después del asesinato de las familias Arcuschin y Matzkin informaron sobre casos de depresión entre los colonos del lugar.[30]

El peso de la soledad resultaba particularmente penoso para los solteros que vivían en las colonias y los funcionarios de la JCA lo entendieron rápidamente. Entre los 45 colonos que Lapine expulsó durante la reorganización de Mauricio había nueve solteros y una viuda. La soledad afligía también a algunos agentes y egresados de las escuelas de la AIU, solteros o casados que habían llegado solos y que vivían en una casa pequeña contigua a la escuela. Muchos inmigrantes que trabajaban en las chacras para ganarse la vida en un entorno judío o con la esperanza de ser aceptados como colonos vivían solos hasta que se sentaran las bases para la recepción de sus familiares que esperaban en Rusia.[31]

5. La situación sanitaria en las zonas de las colonias

En el período estudiado se consideraba que la vida en el campo era más sana que en la ciudad. Eran tiempos de un proceso de urbanización acelerada en el cual cientos de miles de personas se hacinaban en viviendas antihigiénicas y trabajaban duramente en condiciones sanitarias inadecuadas. A consecuencia de ello se multiplicaban las enfermedades entre los sectores populares y el desarrollo de los sistemas sanitarios (redes cloacales, agua corriente, vacunación obligatoria y control de los alimentos) no crecía al ritmo de la población. Tampoco se impartían de manera organizada indicaciones sobre la higiene personal, la importancia de la alimentación racional, la ventilación, la desinfección, etc., a pesar de que las autoridades conocían su importancia gracias a las investigaciones y descubrimientos de Pasteur y otros científicos.[32]

La JCA tenía una impresión positiva de las condiciones climáticas básicas en sus colonias. En 1897 el Dr. Yarcho afirmó que la mortalidad infantil en Entre Ríos era mucho más baja que en Europa y llegó a la conclusión de que las condiciones eran buenas para la salud pública, Cociovitch elogió el clima de Moisesville y Simón Weill realizó una investigación sobre el desarrollo de la población judía en la Argentina y supuso que las tasas de mortalidad de los judíos en las ciudades eran más altas que en las colonias, “una población cuya vida es particularmente más sana que en la ciudad”. Si bien el clima en esas regiones era considerado sano, había no pocos factores patógenos, entre los que cabe mencionar las condiciones de vivienda, la calidad del agua, la alimentación, los hábitos de limpieza, las enfermedades derivadas de las condiciones del trabajo agrícola y la escasa organización sanitaria en la región, y los accidentes.[33]

La higiene y la limpieza no formaban parte de los hábitos de vastos sectores de la población rural. Resultaba difícil convencerla de que en la pampa hacían falta retretes y la necesidad del baño no era algo sobreentendido. Además de eso, era difícil construir casas con cuartos de baño e instalaciones sanitarias porque la mayor parte de la población solo contaba con viviendas precarias y había quienes dormían a la intemperie. Aparentemente, entre los judíos la preservación de la higiene personal estaba más arraigada, ya fuera por los preceptos religiosos que así lo exigían o por su pasado urbano o semiurbano.[34]

En 1912, Mijl Hacohen Sinai publicó en el periódico de los colonos un artículo que exhortaba a adoptar los consejos de un higienista dinamarqués que abogaba por los baños en agua fría, ejercicios físicos y masajes. El autor relacionaba estos principios con otros similares en la Biblia y el Talmud, se lamentaba de que a lo largo del tiempo los judíos hubieran abandonado el cuidado del cuerpo y señalaba que “por eso tenemos tantas personas débiles, minusválidas y enfermas”. A continuación agregó que está enfermo quien es perezoso, indiferente y abandonado, y que el método expuesto podía causar alegría, autoconfianza, energía y optimismo. Los consejos de Sinai tal vez eran importantes para los habitantes de las aldeas, pero a los colonos, que eran agricultores, no les faltaban actividades físicas diarias.[35]

Entre las enfermedades más difundidas se contaban la tuberculosis, peritonitis, disentería, trastornos del aparato digestivo, etc., pero la más recurrente era el tifus. En 1894 estalló en las colonias de Entre Ríos una epidemia de tifus exantemático que afectó a unos 200 colonos y causó más de 20 muertes, y la colonia fue puesta en aislamiento por un decreto provincial. Los enfermos fueron atendidos durante varios meses por el Dr. Yarcho, que ya en Rusia se había dedicado a combatir esa epidemia y que en la Argentina publicó un texto sobre el tema. Este tipo de tifus no volvió a aparecer en la región, pero otras clases (menos letales pero que también cobraban víctimas) seguían estallando en diversas colonias de la provincia.[36]

Las epidemias de tifus en Moisesville se reiteraban y ocupaban la atención de los médicos de la colonia. En 1897 el Dr. Kessel preparó un mapa de la propagación de la enfermedad durante 14 meses y marcó las casas de las familias afectadas, el número de contagios y de fallecimientos. Su estudio demostró que un grupo no se había visto afectado en absoluto, mientras que los grupos más cercanos, con características sanitarias similares, habían resultado muy perjudicados, pero no encontró explicación al fenómeno. Se detectaron 57 enfermos y cuatro muertos.[37]

Entre los factores que nutrían la enfermedad e impedían su desaparición, el Dr. Kessel mencionó la dificultad para decretar la cuarentena en la colonia, la falta de retretes e instrumental avanzado de desinfección y la calidad del agua. Los aljibes no eran profundos y su proximidad a la superficie permitía la infiltración de materias orgánicas que contaminaban el agua potable. Si bien no hizo un examen microscópico de esta, afirmó que en los aljibes se percibían a simple vista larvas, insectos, gusanos y otros cuerpos extraños, razón por la cual los colonos filtraban el agua con un trozo de tela. Entre las soluciones que propuso sugirió explicar a los colonos la importancia de construir retretes alejados de los aljibes, instaurar normas de higiene y “superar la resistencia que existe al respecto entre las masas incultas”. Asimismo, recomendó crear un servicio de desinfección, hervir el agua (un método que en su opinión era difícil de implementar en la colonia) e instalar filtros especiales. Los directores de la capital encontraron muchas fallas en el trabajo y las sugerencias de Kessel, pero los directores de París lo respaldaron. Pasaron varios meses hasta que S. Hirsch y Cazès aceptaron la postura de Kessel y llegaron a la conclusión de que el agua era un factor importante en la propagación de la enfermedad.[38]

Durante los primeros años se pensaba que las colonias del sur estaban libres de tifus, pero en 1906 aparecieron muchos casos en Mauricio y sus alrededores. Un fenómeno similar se dio en 1910, cuando estalló una epidemia en Barón Hirsch en tiempos en que no había médico en la colonia. En 1912 y 1913 se propagaron más epidemias, por lo que esta enfermedad tenía una presencia permanente en la conciencia existencial de la mayor parte de las colonias de la JCA. La mejora tuvo lugar a partir de 1914, cuando se empezó a usar cloro para purificar el agua y restringir la propagación de enfermedades infecciosas.[39]

Un capítulo aparte merecen las enfermedades infantiles, que a veces eran endémicas. En la época anterior al presente estudio hubo dos epidemias severas en las que murieron decenas de niños en Moisesville y varios colonos llegados en el vapor Pampa que esperaban para colonizarse. Además del tifus, las enfermedades más difundidas en esa época eran la difteria, el sarampión, la tos ferina y la escarlatina, que causaban mucho ausentismo escolar. Como se trataba de enfermedades contagiosas, cuando estallaba una epidemia se cerraban las aulas, una medida que no impedía el contagio por el hacinamiento en las viviendas. Una epidemia severa afectó a los niños de los grupos independientes de Leloir, que en sus primeros meses de permanencia en el lugar vivían hacinados en un galpón.[40]

En algunas ocasiones, los embarazos y partos concluían con la muerte de la joven madre y aun del niño. En casos de partos difíciles, los médicos (al menosYarcho en Clara y Kessel en Moisesville) practicaban operaciones cesáreas en los dispensarios de las colonias. La situación de las parturientas que vivían en lugares alejados o en colonias en las que no había médicos era más difícil. Cuando Bab era agente de la JCA en Mauricio, trasladó a su esposa a la capital antes del parto, pero la mayoría de los colonos no tenían esa posibilidad y debían conformarse con la ayuda de parteras, enfermeros o farmacéuticos cuyos conocimientos médicos no siempre llegaban al nivel adecuado. Había parteras y enfermeros que habían recibido capacitación profesional, y grupos de madres y abuelas con experiencia que ayudaban a las madres jóvenes durante el parto y con el cuidado del bebé. En algunos casos, cuando no había tiempo de llamar a un profesional, los colonos cortaban el cordón umbilical del recién nacido con utensilios inadecuados y había también colonos que no vacilaban en llamar a toda clase de curanderos que actuaban por medio de conjuros y amuletos para congraciarse con los demonios que podían causar daño al niño y a la parturienta.[41]

En las colonias se sabía sobre casos de enfermedades mentales que, según los informes médicos, afectaban a hombres y mujeres en su tercera década de vida e incluían neurosis que se manifestaban con alucinaciones, histeria y ataques de melancolía. Los enfermos eran internados por períodos breves o prolongados en dispensarios locales y el tratamiento incluía sedantes, hidroterapia y reposo. Los casos más graves, como ataques de locura o pacientes que no respondían al tratamiento local, eran internados en hospitales psiquiátricos en las grandes ciudades.[42]

Algunos colonos se suicidaron; por ejemplo, uno de Feinberg (Clara) que sufría de melancolía se ahorcó cerca de la aldea y dejó una esposa y seis hijos. Se sostuvo que la tasa de suicidios entre todos los inmigrantes en la Argentina era mucho mayor que la de los nativos del país y la de sus países de origen. Las explicaciones propuestas por diversos investigadores mencionan la falta de adecuación entre las aspiraciones de los recién llegados y los medios de que disponían, los cambios producidos en la escala de valores y las normas de comportamiento, la pérdida de identidad grupal e individual y el fracaso de la asistencia social para enfrentarse con la frustración que muchos (en especial en las ciudades) sentían ante el ritmo de vida que había cambiado vertiginosamente. Cabe agregar que en el período estudiado además los cambios producidos en las aldeas eran más rápidos que lo habitual. Aparentemente, estos factores influyeron también sobre los judíos, además de las tensiones originadas en el hecho de que eran no solo inmigrantes, sino colonos que trataban de adaptarse al nuevo estilo de vida en condiciones de alejamiento y aislamiento social.[43]

Los equipos médicos

Algunos médicos de las colonias eran judíos procedentes de Europa (por medio de la JCA o por iniciativa propia) y no judíos (inmigrantes y egresados de escuelas de medicina locales). El consejo de la JCA trataba de enviar a las colonias a médicos que, por diversas razones, estaban dispuestos a vivir en el campo y contentarse con salarios bajos. Solo una parte de ellos llegaron a la Argentina y prestaron servicios, breves o prolongados, en las colonias; otros fueron contratados directamente por los colonos, como la Dra. Paulina Weintraub de Itzigsohn, que había estudiado en Zurich y no tenía contacto previo con la JCA. Había también médicos no judíos a los que generalmente acompañaba un intérprete para que pudieran comunicarse con los pacientes.[44]

Las funciones de los médicos incluían más tareas que en nuestros días: se ocupaban de las enfermedades comunes, efectuaban intervenciones quirúrgicas pequeñas y medianas, extraían dientes, vacunaban niños, eran parteros, prestaban primeros auxilios a víctimas de accidentes, crímenes, mordeduras de serpientes y afectados por rayos; también preparaban medicamentos, se ocupaban de asuntos administrativos, el mantenimiento del instrumental y la organización de las cocinas de los hospitales. La población que se beneficiaba con sus servicios era variada: colonos, habitantes de las aldeas judías y no judías, empleados públicos, trabajadores temporarios, heridos en peleas y víctimas de atracos y asesinatos. Esto no significa que pudieran ocuparse de todos los casos: por ejemplo, no se dedicaban a la optometría, y quienes necesitaban lentes debían viajar a la ciudad y pagar sumas considerables por el examen y por los lentes; por eso, muchas personas necesitadas de ellos no los usaban. Los pocos que podían hacerlo eran los funcionarios de la JCA, los maestros y las personas acomodadas.[45]

Las condiciones de trabajo de los médicos de las colonias eran agotadoras; prueba de ello era la situación en las colonias de la JCA en Entre Ríos. El Dr. Yarcho era responsable de toda la región y durante muchos años fue el único médico en ella. El hospital, ubicado en Domínguez, estaba a 80 km en línea recta de los grupos al norte de Clara y a una distancia similar del grupo más sureño en Lucienville; la distancia efectiva a caballo o en carro era mayor. En casos de emergencia se llamaba a Yarcho, que recorría el camino largo y peligroso aun en noches de tormenta, atendía al paciente y regresaba a su casa, en donde más de una vez lo esperaban nuevas emergencias. Sus pedidos para que se nombrara un auxiliar que lo reemplazara en el hospital fueron rechazados y su deseo se cumplió solo en 1908, cuando el Fondo Comunal asumió la conducción del hospital y contrató a la Dra. Kipen, y un año después a la Dra. Itzigsohn. Ese ritmo de vida era desgastante y en 1912 el diario de los colonos de Clara publicó un pedido para permitir a Yarcho que se tomara unas merecidas vacaciones. Unos meses después, el médico falleció.[46]

La atención corriente de los enfermos de los grupos, alejados del lugar de residencia del médico, estaba a cargo de los enfermeros. En casos urgentes, los enfermos eran trasladados al dispensario central o se llamaba a un médico. Cuando se crearon los nuevos grupos de Lucienville, Cazès pidió a Yarcho que delegara la atención a los colonos en el enfermero de la colonia. También en los otros grupos había enfermeros, pero como no se podía asignar uno para cada grupo alejado, a veces era necesario trasladar a los enfermos para que fueran examinados por un enfermero. El Farein alquiló en 1907 una habitación cerca de la sala de atención del enfermero para que pudieran dormir en ella los colonos de grupos alejados que acudían para ser atendidos.[47]

Estos enfermeros diferían entre sí. Algunos habían cursado estudios sistemáticos y se habían diplomado y otros solo contaban con la experiencia adquirida durante su trabajo con los médicos. Así eran varias enfermeras que trabajaban con Yarcho en Clara y que habían aprendido de él algunos aspectos de asistencia médica práctica, y un enfermero que había adquirido experiencia con el Dr. Théophile Wechsler en Mauricio. El farmacéutico de San Antonio actuaba también como enfermero, atendía a los enfermos en la farmacia y realizaba visitas a domicilio. En Barón Hirsch trabajaba el enfermero Neustat, llegado a la Argentina en 1905, que se había radicado en Monigotes y había firmado un contrato con uno de los grupos colonizados en Leloir. Al cabo de un año cumplió el compromiso contraído y gozó de la confianza plena de los colonos aunque no tenía licencia para el ejercicio de la profesión.[48]

Los médicos, enfermeros y parteras debían trasladarse de un lugar a otro y por eso contaban con carros y caballos que les permitían desplazarse libremente. Con respecto a este tema, que requería asignación de fondos, se desarrollaron arduas polémicas entre los equipos médicos y los directores de la JCA, tanto en tiempos del barón como después de su muerte. Por ejemplo, la JCA denegó el pedido de Yarcho de pagar a uno de los enfermeros de Lucienville para que pudiera llegar con la frecuencia debida a lugares ubicados a 35 km de la colonia. La respuesta incluía una amenaza: “Si no puede llegar a cualquier lugar para cumplir con su tarea, deberá ser reemplazado”.[49]

El salario de los enfermeros era tan bajo que debían buscar fuentes de sustento adicionales, como el comercio y la cría de ganado, el cultivo de una parcela, etc. A veces, la necesidad de ingresos adicionales afectaba los servicios médicos; un ejemplo ilustra las dificultades cotidianas de los enfermeros: en 1904, un enfermero del grupo Belez (Clara) solicitó una parcela para poder mantener a su familia de 14 almas. Su sueldo bruto era de $100 y el neto de $86, después de descontar la deuda por el viaje a la Argentina y el arancel de la licencia para ejercer la medicina que la JCA había pagado y que descontaba de su sueldo.[50]

Si bien los sueldos y las condiciones de vida de los médicos eran mejores, tampoco eran dignos. El salario de Yarcho en 1898 era de $360 y su trabajo incluía guardias de 24 horas, la dirección del hospital y la responsabilidad sobre todo el ámbito sanitario en las colonias de la JCA en Entre Ríos; los sueldos de los otros médicos eran aun menores. En varias ocasiones Yarcho solicitó un aumento de sueldo por el crecimiento de la colonia, pero sus pedidos eran rechazados cortésmente porque los directores de la JCA querían reducir los gastos de salud y pensaban que el problema del aumento se resolvería cuando los colonos pudieran asumir los costos. Su sueldo no le permitía asegurar el futuro de su familia y en 1912, cuando enfermó, Yarcho pidió colonizarse para poder legar a su familia una parcela que le permitiera mantenerse, después de 18 años de prestación de servicios.[51]

En algunas colonias no había médico durante lapsos prolongados. En Barón Hirsch debieron conformarse con un enfermero que no podía firmar certificados de defunción y debían trasladar a los muertos decenas de kilómetros hasta el médico más cercano. En Narcisse Leven no hubo ni siquiera un enfermero hasta 1911; lo mismo sucedió en Dora y cuando se propagó la conjuntivitis, la JCA llamó al médico de Moisesville. En Santa Isabel había un enfermero que no inspiraba demasiada confianza y los accidentados y enfermos graves eran trasladados a distancias de 50-180 kilómetros, según el caso. También las colonias más antiguas, como Mauricio y Moisesville, pasaban temporadas sin médico y debían recurrir a instituciones externas.[52]

En 1901 se nombró a un médico en San Antonio, pero solo por algunos meses. En 1907 el Fondo Comunal accedió a designar un médico en la colonia a condición de que los colonos participaran en su mantenimiento. En 1908 se contrató en Lucienville al Dr. Leiboff, que había estudiado en París. En el norte de Clara debieron esperar hasta 1911, cuando se nombró a la Dra. Itzigsohn (auxiliar de Yarcho en Domínguez) en la aldea San Salvador. De esta manera se completó el proceso de descentralización del servicio médico supervisado por Yarcho en las colonias de la provincia. Un proceso similar tuvo lugar en 1911-1912 en Moisesville, cuando La Mutua decidió nombrar médicos en Monigotes y Las Palmeras. Las condiciones periféricas permitían, en desmedro de los colonos, la aparición de “médicos” y “enfermeros” no capacitados y de impostores. Se trataba de un fenómeno difundido en especial en las zonas alejadas, en donde eran limitadas las posibilidades del gobierno de asegurar el cumplimiento de la ley. A principios del siglo XX las autoridades sanitarias de las provincias empezaron a ocuparse del tema, especialmente en aquellos lugares en los que había médicos y enfermeros diplomados cuyo sustento se veía perjudicado por la presencia de personas sin diplomas. Como ejemplo cabe mencionar la queja presentada a las autoridades de higiene de Entre Ríos por la actividad de un hombre sin ningún título, que fungía como médico y se presentaba como “médico militar”.[53]

El Centro Agrícola de Mauricio contrató al Dr. Manassé, que había llegado de Alemania y estaba habilitado para ejercer la medicina en la provincia, pero la mayor parte de los colonos preferían a Yafro, un enfermero sin diploma ni licencia. Al igual que en otros casos, los habitantes de la colonia se dividieron en dos bandos; la consecuencia fue que Manassé fue designado en Algarrobo mientras que Yafro siguió a cargo del dispensario de la colonia. Si bien la JCA no contrataba al médico de la colonia, trató de desalojar a Yafro, que ejercía la medicina de manera ilegal, de la casa que había puesto a su disposición. Durante muchos meses los esfuerzos de desalojo (incluida una demanda legal) resultaron inútiles porque el enfermero gozaba de la confianza de los colonos, pero finalmente las autoridades intervinieron y lo detuvieron. En 1914, el Dr. Wolcovich quiso colonizarse en Clara porque no tenía licencia para ejercer la medicina y temía quedar sin sustento en caso de que llegara algún médico con diploma local.[54]

Resumen

A partir del estudio realizado cabe concluir que las colonias se encontraban en la frontera, no en términos de seguridad o de límite con otro país, sino por la falta de regulaciones políticas y sociales en una zona en proceso de transición. Una característica destacada era que el entorno geográfico escasamente poblado facilitaba los ataques a los habitantes por parte de elementos que no reconocían el derecho a la propiedad privada ni el valor supremo de la vida, vivían al margen de la ley y aprovechaban la presencia de una población ingenua y transitoria que trabajaba en la época de la cosecha para atacar a los colonos y ocultarse entre los trabajadores estacionales. La falta de fuerzas del orden que pudieran disuadirlos permitía la actuación de delincuentes. Ocasionalmente se apostaban algunos policías más en diversas zonas, pero ese incremento no solía adecuarse al crecimiento de las zonas pobladas. La situación mejoró solo cuando empezaron a desarrollarse centros rurales en los que se crearon comisarías de policía.

Esta situación influía también a nivel psicológico sobre los habitantes que se sentían abandonados y que no podían esperar ayuda de las fuerzas del orden, tanto por las distancias como por las características de las mismas. No se han encontrado indicios de que la policía discriminara a los colonos por su judaísmo, ya que toda la población rural recibía el mismo trato arbitrario. A veces la JCA lograba, gracias a sus contactos con instancias de gobierno, influir sobre los niveles locales para que modificaran su actitud hacia los colonos.

La ubicación de las colonias en zonas periféricas implicaba también que la organización sanitaria regional que debía estipular las normas y procedimientos de recolección de la basura, construcción de instalaciones sanitarias, preservación de la calidad del agua y supervisión de los alimentos para garantizar el nivel sanitario adecuado estaba en sus comienzos. La dispersión de la población hacía aun más difícil el desarrollo de estas regulaciones y la provisión de atención médica a los colonos que no vivían cerca de los dispensarios. En muchos lugares no había planteles médicos, en grupos importantes solo se designaron médicos al final del período estudiado y no pocas personas perdieron la vida por ello. Los equipos médicos estaban integrados por médicos, enfermeros y parteras que en parte habían estudiado en escuelas de medicina, mientras que otros habían adquirido experiencia trabajando con médicos. Todo esto se prestaba para que algunos impostores se presentaran como “médicos” o “sanadores” que ganaban la confianza de los colonos en tiempos en los que se empezaba a abordar el fenómeno por medios legales.

En este entorno geográfico, legal y sanitario se desarrolló la vida social y cultural de los colonos, que será analizada en los próximos capítulos.


  1. Enoch 1985, cap. 8, pp. 3-4.
  2. Ibíd., pp. 4-5.
  3. JL329, 15.2.1897; López 1991, p. 12; Verbitsky 1955, pp. 84-85; Winsberg 1963, pp. 15-17; ver lista de grupos en Informe 1896, pp. 7-8.
  4. Reznick 1987, p. 17; Hurvitz 1932, p. 31; Gorskin 1951, p. 55.
  5. Bizberg 1945, p. 39.
  6. Leibovich 1946, p. 57; Informe 1904, p. 45; López 1991, p. 2.
  7. Wright y Nekhom 1978, p. 680.
  8. “La situación legal de nuestras colonias”, en Documentos, 8.11.1902, I, pp. 137-138 (“Situación legal”).
  9. Ibíd., pp. 138-139.
  10. Salvadores 1941, p. 129; JBEx8, 24.1.1907.
  11. “Situación legal”, pp. 140-141; JL356, 13.6.1912.
  12. “Situación legal”, p. 141.
  13. MHCRAG, Decreto del gobierno de Santa Fe, 3.8.1895; JL329, 17.12.1897; HM135, 28.1.1903; Centenario Monigotes 1990, pp. 10-11; JL428, 17.9.1914.
  14. “Situación legal”, pp. 142-145; JL397, 16.11.1900. Para los derechos de constructores de caminos y puentes, ver: Villiers Tapia y Roth 1903, pp. 13, 47. Para las cooperativas que mantienen caminos, etc., ver: Informe 1908, pp. 14-15; Informe 1909, p. 44; Informe 1911, pp. 52, 77; JBEx9, 17.6.1909; ASAIB, APSAI, 28.7.1907.
  15. “Situación legal”, pp. 142‑143.
  16. La Provincia, 21.10.1902; Gianello 1978, pp. 365, 369; La Prensa, 25.2.1900; 14.1.1906; 20.6.1909; 26.6.1909; La Agricultura, 18.1.1900, 8.2.1900, 29.3.190, 23.10.1902; FAA, Boletín, 21.9.1912; FAA, La Tierra, 14.1.1913; La Capital, 18.1.1912; HM134, 16.12.1898.
  17. JL310, 28.1.1897; Sinai 1947, pp. 57-84.
  18. JL314, 21.10.1896, 27.10.1896; JL310, 27.10.1896; JL427, 20.8.1914.
  19. Sinai 1947, pp. 69‑72, 74‑80; Las Palmeras 1990 (en ídish), pp. 65-66; JBEx4, 30.12.1898; HM134, 24.2.1899.
  20. JL329, 8.4.1898 (Informes del médico Noé Yarcho 2/1898 y 4/1898); JL363, 5.5.1898; JL351, 12.5.1910.
  21. JBEx9, 17.1.1907, 24.1.19.7, 14.3.1907; Hurvitz 1932, p. 62.
  22. JBEx9, 10.6.1909, 17.6.1909, 24.6.1909; ASAIB, HKB, p. 30b; La Prensa, 6-9.6.1909; 12.6.1909, 16.6.1909.
  23. JBEx9, 17.6.1909, 24.6.1909, 15.7.1909; JBEx10, 29.7.1909, 26.8.1909, 30.12.1909; JBEx11, 9.11.1911.
  24. AA, IO, 2, 28.10.1898; JL363, 27.11.1898; Alpersohn s/f, pp. 238-240; Sinai 1947, pp. 80-81; Schenderey 1990, pp. 65-66; Documentos, 16.6.1901 I, p. 46; Levin 2005b, pp. 56-58.
  25. Decreto del Gobierno de la Provincia de Santa Fe, 18.5.1898 en MHCRAG; Moisesville 1989, p. 33; Quiroga 1990, p. 18; Basavilbaso 1987, pp. 165-166; APER, Gobierno XV, carpeta 11; 3.5.1902; HM134, 16.12.1898.
  26. JL329, 3.6.1898, 10.6.1898; JL352, 27.10.1910; JL328, 26.3.1897; JL363, 22.4.1897; Bab 1902, pp. 26-29.
  27. JL334, 14.3.1901; JL367, 7.2.1907; JL352, 6.10.1910; JBEx9, 25.6.1908; Salvadores 1941, p. 129.
  28. JL425, 6.3.1913. Para Malarín, ver: JBEx11, 16.11.1911, 7.12.1911.
  29. JL335, 15.11.1901; JL401, 24.10.1904, 31.10.1904, 2.11.1904, 4.11.1904; Informe 1905, p. 43; Informe 1911, p. 52.
  30. HM134, 15.12.1898; Bizberg 1945, p. 37; ASAIB, HKB, 20a, 22b, Hurvitz 1932, p. 62; MHCRAG, AMA, 13.6.1909; FC, AFC2, 16.8.1909.
  31. Lapine 1896, pp. 47-57; Avni 1985, p. 33.
  32. ECS, 5, pp. 773-774; “Sanitary Science” en The Ilustrated Columbia Encyclopaedia, p. 5.482.
  33. JL328, Informe médico 4/1897; Cociovitch 1987, p. 104; Scobie 1971, pp. 152-153; Scobie 1967, pp. 66-67; Weill 1936, pp. 8-9; Martone 1948, pp. 41-43, 136-137, 144.
  34. Scobie 1967, pp. 66-67; Martone 1948, p. 41.
  35. Sinai 1912, pp. 6-8.
  36. JL326, 1.7.1896, 5/1896; JL327, 20.10.1896, 19.12.1896; JL328, 7.4.1897, 21.10.1897; JL329, 2/1898; JL334, 21.2.1901; JBEx9, 13.5.1909; JL355, 25.4.1912; Avni 1973, p. 216; Gabis 1957, pp. 354-355.
  37. Ver informes del Dr. Kessel en JL328, 2/1897, 3/1897, 30.6.1897 (“Enquète sur la fièvre typhoïde ayant apparu à plusieurs reprises das la colonie Moisesville”).
  38. JL329, 17.12.1897; 328, 16.7.1897, 24.9.1897.
  39. JBEx8, 19.4.1906; JL325, 14.7.1910; JL355, 24.2.1910, 31.3.1910, 7.3.1912, 14.3.1912; JL426, 3.7.1913; Informe 1910, pp. 32, 33; Martone 1948, pp. 44-45, 48.
  40. JL333, 5.10.1900; JL399, 4.5.1905; JBEx8, 22.3.1906, 31.5.1906; JBEx9, 18.2.1909; JL351, 17.3.1910; JL357, 28.11.1912; Verbitsky 1955, pp. 80-84; Schallman 1971a, pp. 20-21; Avni 1973, pp. 43, 167.
  41. JL326 (Informe médico 7/1896); JL328, 2/1897, 9.1897; JL329, 10.1897; Bab 1902, pp. 21-22; Bizberg 1953, pp. 91-96; Hurvitz 1932, p. 64.
  42. Ver Informes médicos en JL326, 17.8.1896; JL327, 11/1896, 11/1896; JL328, 4/1897; JL333, 11/1900; JL401, 1.3.1905.
  43. Ansaldi y Cutri 1991, pp. 2-3; ver Informes médicos en JL327, 9/1896; JL351, 24.3.1910.
  44. Avni 1973, pp. 179-181; JL329, 12.5.1898; JL365, 13.2.1903; JL367, 8.8.1907, 5.3.1908, 4.2.1909; JBEx9, 28.1.1909; JL351, 17.3.1910; Itzigsohn 1993, pp. 17-27.
  45. JL328, 3/1897; HM135, 27.3.1903; JBEx8, 2.8.1906; Itzigsohn 1993, p. 23; Shojat 1953, p. 32.
  46. Der Yudisher Colonist in Arguentine (el colono judío en la Argentina), 1.3.1912, p. 13; JL400, 27.8.1902; 8.4.1903; JBEx9, 18.3.1909; FC, AFC1, 9.9.1908; Bizberg 1953, pp. 85‑87.
  47. HM135, 27.3.1903; JL401, 12.7.1904; JBEx11, 13.7.1911; MHCRAG, AMA1, 25.6.1911; ASAIB, APSAI, 21.4.1907; FC, AFC1, 9.9.1908.
  48. JL326, 30.5.1896; 7/1896 (Informe médico); HM135, 28.1.1903; JBEx7, 11.1.1906; Garfunkel 1960, p. 291.
  49. JL397, 8/1901 (Informe médico); JL400, 27.8.1902, 1.9.1902.
  50. Ibíd., 19.11.1902; JL397, 1.12.1902, 3.12.1902, 9.12.1902; JL401, 14.12.1904.
  51. JL329, 18.2.1898; JL400, 3.10.1903, 6.10.1903; JL355, 26.3.1912.
  52. JBEx7, 11.1.1906; Informe 1910, pp. 32-33; Informe 1911, pp. 123-124, 131; JL425, 17.4.1913; JL426, 8.5.1913; Documentos, 18.9.1911, II.
  53. JBEx11, 21.9.1911; FC, AFC1, 31.10.1907, MHCRAG, AMA, 25.6.1911, 27.10.1912; APER, Gobierno XV, Carpeta 11, 29.3.1902.
  54. JL351, 1.1.1910, 6.1.1910, 10.2.1910, 24.2.1910, 31.3.1910, 7.4.1910; JL352, 12.10.1910, 20.10.1910.


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