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4 Las delegaciones de supervisión y la ampliación de la colonización (1902-1905)

1. Delegaciones de supervisión, cambios personales y reanudación de la colonización

Los procesos de consolidación y los cambios introducidos en las colonias se vieron acompañados por titubeos con respecto a la mejor forma de dirección y control. Cabe suponer que la eficacia de la supervisión que el consejo quería implementar desde París sobre las obras de la JCA en el mundo dependía de la recepción de información fluida y confiable y de la posibilidad de orientar a sus representantes para que actuaran según sus deseos, condiciones que resultaba difícil lograr en la Argentina. El contacto se mantenía fundamentalmente a través de cartas enviadas por encomiendas postales en barcos que partían en fechas fijas. Los telegramas eran más rápidos pero también más caros y aun la JCA, con sus abundantes recursos, los usaba solo en casos de urgencia. A veces recurría a códigos para reducir el costo, pero el proceso de codificación y desciframiento podía dar lugar a confusiones y por telegrama no se podían enviar informes detallados.[1]

Esta situación obligó a la JCA a designar directores que gozaban de la confianza del consejo, con instrucciones precisas para que pudieran actuar sin control permanente, porque también la posibilidad de enviar supervisores era problemática. Los directores de París eran conscientes de la inestabilidad y los daños que resultaban del frecuente reemplazo de directores de la capital argentina en tiempos del barón de Hirsch. Las sustituciones solían empezar con el envío de una delegación supervisora cuyos integrantes, en su totalidad o parcialmente, se convertían en directores locales. S. Hirsch y Cazès habían asumido sus funciones de ese modo y temían ser destituidos de manera similar. Por eso, al principio el consejo se abstuvo de enviar una delegación de esa naturaleza.

A principios de 1898 y por los magros resultados de la cosecha, los miembros del consejo decidieron buscar un experto que residiera en la Argentina y que conociera bien sus características para encomendarle una visita a las colonias y la elaboración de un pronóstico sobre el futuro agrícola, comercial e industrial de las mismas. A tales fines solicitaron a Alfred Louis Cohen que encontrara la persona adecuada.[2]

A partir de ese momento se entabló una nutrida correspondencia sobre la supervisión con S. Hirsch y Cazès, que se sintieron ofendidos y expusieron una serie de objeciones: “Se debe recurrir a la paciencia y sostener los procedimientos existentes. […] Se debe poner fin a los cambios demasiado frecuentes en los métodos y en el personal…” (el subrayado es mío, Y.L.). Asimismo señalaron que un supervisor externo “no tiene la responsabilidad que asume alguien que pertenece a la sociedad […] Escribirá bellos informes y propondrá cambios cuyas repercusiones nadie podrá saber”. También agregaron que ellos mismos podían promover innovaciones pero que lo harían cuando llegara el momento en que estas fueran deseables y que solo por su sentido de la responsabilidad no se habían apresurado a proclamar reformas cuyo éxito no estaba asegurado.[3]

En agosto de 1901 llegaron a París noticias sobre unas 500 personas que habían abandonado las colonias de Entre Ríos entre diciembre de 1900 y junio de 1901; lamentablemente, entre los que partían se contaban colonos con éxito. Los directores de París se apresuraron a informar a Narcisse Leven: “Nos preguntamos si el desplazamiento ha llegado a su fin con esto”.[4]

En 1901 Lapine se encontraba de vacaciones en Europa y fue invitado a varias sesiones del consejo, en las que se discutió la posibilidad de crear una colonización en Brasil. Su presencia fue aprovechada también para analizar la colonización en Entre Ríos. En esa época el consejo se ocupaba de los procedimientos necesarios para controlar todas sus obras a través de un examen minucioso del presupuesto de ingresos y gastos previstos para 1902.[5]

En enero de 1902 Philippson presentó al consejo el presupuesto de la JCA en la Argentina, que incluía una propuesta general de cambios basados en el supuesto de que los logros alcanzados permitían el avance hacia la “emancipación” de los colonos. Sugería el recorte de gastos y funcionarios administrativos, la autogestión a través de representantes de los colonos que ocuparían el lugar de los funcionarios de la JCA y la reducción de sus deudas, para que pudieran asumir los gastos locales. En principio, el consejo aceptó sus propuestas y decidió que Sonnenfeld y A. Auerbach –nacido en Fráncfort, inspector en las escuelas de la JCA y en sus cajas de préstamo en Galitzia (región histórica dividida actualmente entre Polonia y Ucrania) y Rusia e involucrado en el reclutamiento de los colonos rumanos llegados a Moisesville– viajarían a la Argentina para sentar las bases de los cambios requeridos. Se decidió también que Auerbach permanecería más tiempo para supervisar la implementación de la reforma y revisar la contabilidad.[6]

En marzo se acordó que los enviados viajaran a fines de abril o principios de mayo y que se inspiraran en el plan de Philippson y en un cuestionario preparado por Alfred Louis Cohen. Este contenía una parte pública dedicada a datos físicos, etc., y otra confidencial, que entre otras cosas investigaba la posibilidad de manejarse con un solo director en la capital. Estas decisiones aspiraban a recortar los gastos administrativos. S. Hirsch y Cazès señalaron que los cambios frecuentes generarían perturbaciones y caos en un lugar en el que se había logrado imponer orden y se asombraron de que la resolución hubiera sido adoptada antes de oír sus opiniones, hecho que consideraron “una reprimenda y desconfianza en nuestro valor y capacidades”. Añadieron también que esa situación dificultaría notoriamente su tarea y que “sería preferible para ustedes y para nosotros que nos reemplacen”.[7]

A pesar de la rotunda oposición de S. Hirsch y Cazès, los emisarios llegaron a Buenos Aires en la primera mitad de junio y analizaron los pasos necesarios para simplificar la administración y aliviar la carga de gastos generales. En la capital encontraron funcionarios no muy interesados en su trabajo; los empleados de la sección de correspondencia copiaban textualmente las cartas de los directores, lo que resultaba en un trabajo mecánico e ineficiente. La relación con los representantes de la JCA en las colonias era endeble y los delegados encontraron algunos administradores demasiado independientes que no cumplían las instrucciones con precisión y que demoraban meses en atender las quejas recibidas, que a veces quedaban sin respuesta. Oyeron hablar de empleados en las colonias que se aprovechaban de los colonos, los engañaban y los trataban despóticamente, señalaron la falta de supervisión central, las visitas escasas y demasiado breves a las colonias y la imposibilidad de deshacerse de funcionarios negligentes por la dificultad de encontrarles reemplazantes. Señalaron también que los directores desconocían las acciones arbitrarias de los funcionarios subalternos aunque era su obligación saberlo.[8]

En Mauricio pronosticaron una “prosperidad” económica basada en la variedad de cultivos, la inmunidad a la plaga de langostas y el desarrollo de la cría de ganado. Sonnenfeld describió los inicios de la autogestión en la colonia y la reducción del número de empleados. Después de esa visita alentadora se dirigieron a Basavilbaso y Lucienville, que estaban en proceso de expansión. Sonnenfeld celebró la iniciativa de crear una cooperativa y elogió al agente que dirigía el lugar. Cuando viajaron a Clara comprobaron que Lapine, que controlaba lo que sucedía en las colonias de la provincia, no había logrado llegar a un entendimiento con los colonos. Después de señalar que tal vez había sido un error comprar la mayor parte de las tierras de la JCA en esa provincia, Sonnenfeld analizó los problemas específicos de la agricultura en ella y expresó la necesidad de incrementar las zonas de pastoreo en poder de los colonos.[9]

A continuación se dirigieron a Moisesville, considerada la colonia más exitosa. El aspecto de sus campos de alfalfa les causó buena impresión, pero cuando revisaron la caja manejada por Meshulam Cohen comprobaron que faltaban unos $17.000. Al conocerse la situación, S. Hirsch y Francisco Gros, el contable principal de la JCA en la Argentina, viajaron a Moisesville para obligar a Cohen a renunciar a su cargo, y S. Hirsch asumió la dirección temporaria de la colonia. A medida que la revisión avanzaba, más graves parecían los hechos perpetrados por quien era visto como uno de los mejores administradores de la JCA. Cohen confesó el fraude en las ventas y compras de ganado a nombre de personas inexistentes, la no emisión de recibos y la falta de registro del dinero recibido de los colonos, así como la entrega de anticipos a los colonos a cambio de sus firmas en recibos en blanco.[10]

Cohen explicó que debido a la mala cosecha y a pesar de la oposición de los directores de la capital, había concedido anticipos a los colonos para ayudarlos a subsistir, y que había encubierto el hecho con registros falsos porque el dinero no había sido reintegrado. También sostuvo que no había tomado para sí ni un solo centavo y que en algunas ocasiones había cubierto el déficit de la caja con su propio dinero. No obstante, firmó una carta de renuncia, se declaró responsable de todo el daño que pudiera causarse y puso su ganado y su alfalfa como garantía para cubrir el faltante.[11]

En la revisión de las cuentas con los colonos surgió un problema grave porque las acciones de Cohen ponían en duda la veracidad de los datos sobre los que se basaba el cálculo de la deuda. Gros se apresuró a entregar a cada colono un extracto de su cuenta, se encargó de que todos recibieran explicaciones en ídish y a continuación los invitó a exponer sus argumentos. Cuando los reclamos resultaban justos, las sumas se acreditaban en sus cuentas, y en la cuenta de Cohen se acreditaron los montos de los anticipos ratificados por los colonos aunque hubieran sido entregados sin la autorización de la JCA. En aquellos casos en los que el testimonio de Cohen contradecía las afirmaciones del reclamante y nadie demostraba que Cohen tenía razón, se aceptaba la versión del colono. Hubo algunos casos en los que el reclamo del colono no era tomado en cuenta porque se descubría que era falso. Cohen dejó la colonia el 24 de agosto y se trasladó a la capital.[12]

Mientras tanto, Cazès transmitió a Sonnenfeld su deseo de dejar el cargo en la Argentina y seguir prestando servicios a la JCA en otro país. El consejo aprobó su pedido a fines de diciembre y estipuló que sus funciones finalizarían el 30.6.1903. A principios de 1903, S. Hirsch solicitó una licencia por motivos de salud e informó que no podría seguir ejerciendo su cargo durante mucho tiempo.[13]

El retiro de S. Hirsch y Cazès requería el nombramiento de nuevos directores. En diciembre de 1902 el consejo nombró a David Veneziani como secretario del directorio de la JCA en la capital para que gradualmente asumiera el cargo de Cazès. Veneziani, un ingeniero ferroviario judío nacido en Francia, que en su juventud había vivido en España, era hijo de Emanuel Veneziani (uno de los asesores del barón de Hirsch) y llegó a Buenos Aires el 16.2.1903. Cazès partió de la Argentina el 17 de abril y S. Hirsch quedó solo al frente de la dirección hasta su retiro.[14]

Walter Moss, contable principal de la JCA en París, fue designado vicedirector de S. Hirsch a principios de enero de 1904, hasta la finalización de tareas del mismo. Se resolvió que S. Hirsch capacitaría a Moss y a Veneziani hasta su retiro, fecha en que los dos empezarían a codirigir la colonización. Para resaltar la equiparación de sus cargos, se asignó a cada uno un salario anual equivalente a 20.000 francos. S. Hirsch viajó el 23.6.1904 y a partir de entonces Moss y Veneziani quedaron a cargo de la JCA en la Argentina.[15]

2. La evolución después de la visita de Sonnenfeld y Auerbach

Dados los elevados gastos de administración, uno de los asuntos que preocupaban a los emisarios era la autogestión. Su conclusión fue que solo algunos colonos estaban maduros para ella, en especial en Mauricio, donde en su opinión se podía reducir la cantidad de funcionarios y hacer participar a los colonos en los gastos comunitarios. No veían cómo implementar estas reformas en Entre Ríos y Moisesville por la presencia de numerosas familias nuevas, algunas de ellas aún sin contratos. En Moisesville también hacía falta un cambio en la conducción para elevar la moral de los colonos después de la conmoción causada por el despido de Cohen. Puesto que en esa etapa aún no se podía pasar a la autogestión, sugirieron el envío inmediato de funcionarios adecuados, con la esperanza de lograr una reducción en los gastos.[16]

Asimismo, los emisarios estudiaron las posibilidades de ampliar la colonización. No les pasó desapercibido el hecho de que después de once años había solo 1.100 familias en las colonias, es decir que se había integrado un promedio de cien familias por año. En su opinión, la realidad demostraba que decenas de miles de judíos oprimidos no podían ser transferidos de golpe a un país libre y por eso sostuvieron que no se podía enviar grupos de Rusia y Rumania hasta que se afianzara la situación económica y moral en las colonias, se opusieron al método de elección de los grupos en Europa y señalaron que era preferible reclutar colonos entre los parientes e inmigrantes que trabajaban en las colonias. Hicieron referencia a un proceso que debía integrar el saneamiento de la dirección, la creación de comisiones de colonos e inversiones, hasta que se pudiera llegar a la autogestión.[17]

El consejo aceptó las recomendaciones y resolvió apoyar el afianzamiento económico de las colonias otorgando anticipos para la próxima temporada de cosecha, a fin de evitar que comerciantes avispados se aprovecharan de los colonos forzados a comprarles a crédito hasta recibir el pago por la cosecha. No menos importantes eran las resoluciones destinadas a mejorar la situación en el futuro, entre las que cabe mencionar la aprobación de la compra de campos junto a Mauricio (cuyo desarrollo se veía dificultado por la falta de tierras), la ampliación de las parcelas de los colonos en Entre Ríos y la asignación de un presupuesto para las alambradas y traslados que deberían realizarse por los cambios en las parcelas.[18]

El deseo de tomar en consideración a los colonos se puso de manifiesto en las resoluciones relacionadas con sus obligaciones. Por ejemplo, se expresó disposición a separar la deuda por los gastos de colonización de la deuda por anticipos y préstamos corrientes, y a reclamar el reintegro de la cuota anual por gastos de colonización solo en años de buena cosecha. No obstante se decidió no modificar los contratos, por lo cual la resolución revistió el carácter de una “bonificación” que la JCA estaba dispuesta a conceder. Asimismo, a fin de ayudar a los colonos en Entre Ríos, se estipuló que aquellos que demostraran buena voluntad abonando cinco cuotas anuales seguidas gozarían de un descuento en el precio de la parcela y en el total de sus deudas con la JCA.[19]

3. La autogestión y sus repercusiones en el ámbito administrativo

Cuando Philippson elevó las propuestas que incluían el envío de una delegación a la Argentina, confiaba en que se podrían reducir los gastos de administración transfiriendo parte de la gestión a los colonos, pero la visita disipó esa suposición y Sonnenfeld exigió funcionarios de alto nivel que debían ser capacitados en Europa, por lo cual no hubo ningún ahorro. Además de ello, Lapine –cuya desconexión de los colonos fue percibida por los miembros de la delegación– solicitó poner fin a su misión y pasar a otro cargo en la JCA. La finalización de su trabajo y la destitución de Meshulam Cohen dieron lugar a una severa crisis en el nivel más alto de los funcionarios locales en las colonias.[20]

Arthur Bab, un judío de origen alemán designado administrador en Moisesville en 1896, fue transferido a Mauricio el año siguiente debido al fracaso del administrador que sucedió a Lapine. Cuando Bab dejó Mauricio, las medidas de autogestión permitían suponer que las tareas del representante de la JCA serían menos complejas, y León Sidi, contable de la colonia, fue nombrado administrador de la misma. Sidi, nacido en 1879 en Bulgaria, había estudiado en la escuela agrícola Mikveh Israel y por sus méritos fue enviado a París para completar estudios avanzados de agronomía. En 1899 llegó a la Argentina junto con otros egresados de escuelas agrícolas para impartir capacitación agrícola en las colonias.[21]

La reorganización en las colonias en Entre Ríos era complicada por la dificultad de encontrar una persona adecuada que pudiera manejar un área tan extensa. Este obstáculo ya había sido abordado en tiempos de Lapine con la creación de una colonia separada y dirigida por un administrador subordinado directamente a la capital, que incluía los grupos del sur de la provincia: Basavilbaso, Lucienville y sus alrededores. El nombre de Lucienville fue asignado a toda la colonia, y en 1902 había en esa zona unos 180 colonos. Asimismo existía la intención de separar San Antonio –que contaba con 50 chacras florecientes gracias a la abundancia de campos de pastoreo y la cercanía al puerto de Colón junto al río Uruguay– del conjunto de colonias en el centro de la provincia, con unos 460 colonos, que siguió llamándose Clara y se mantuvo bajo la supervisión de un administrador auxiliado por dos agentes.[22]

Para administrar Lucienville se nombró a León Nemirowsky, un agrónomo judío de Rusia que era agente en las colonias del sur de la provincia y que había empezado a prestar servicios en la JCA en 1897, y Veneziani fue designado administrador provisional en Clara. El 25.3.1903 Lapine transfirió precipitadamente la administración de Basavilbaso (el nombre de la estación de tren se usaba a veces para designar a toda Lucienville) a Nemirowsky y la de Clara y San Antonio a Veneziani, que permaneció algunos meses en el lugar y recurrió a la ayuda de Adolfo Leibovich, contable de Clara, y de su auxiliar Benjamín Mellibovsky.[23]

La permanencia de Veneziani le permitió estudiar la situación de la colonia y de la agricultura en la región, conocimiento que habría de resultarle útil más adelante, cuando fungía como director en la capital, pero esto implicó también una desventaja: en aquel entonces S. Hirsch estaba solo en Buenos Aires y por eso no pudo orientarlo en su futuro trabajo. Todo esto convirtió en urgente la designación de un administrador para Clara y a mediados de 1903, el Dr. A. Landau, hermano del director de una escuela agrícola en Galitzia, fue contratado a prueba por un año. En julio de 1903 llegó a la Argentina y fue enviado a Clara de inmediato.[24]

Todos los cambios iban acompañados de desorden, perturbaciones y descenso en el nivel profesional de los agentes en las colonias, hasta un punto tal en que parecían de un nivel inferior al de los funcionarios en la capital, cuya inadecuación a las tareas asignadas había sido señalada por Sonnenfeld y Auerbach. Por ello, S. Hirsch solicitó el envío de “agentes esforzados, prácticos, ordenados y consecuentes”. La adaptación de Bab a Moisesville resultó particularmente ardua y durante mucho tiempo tuvo dificultades para identificar a los colonos. En diciembre de 1903 S. Hirsch se quejó de deficiencias en la labor de Bab y Nemirowsky, y los directores de París propusieron reconsiderar la autogestión de las colonias.[25]

La inestabilidad se mantuvo en 1904. Nemirowsky regresó a Rusia en julio, Sidi lo reemplazó en Lucienville y Eli Crispin, uno de los egresados de Mikveh Israel que habían llegado a la Argentina en 1896 para colonizarse, en Mauricio. Landau, considerado inadecuado para el cargo, regresó a Europa al cabo de un año y Adolfo Leibovich ocupó su lugar. Todos estos cambios se produjeron al tiempo que la JCA debió –en contraposición con las recomendaciones de Sonnenfeld– interrumpir el proceso de saneamiento y reanudar el impulso a la colonización.[26]

4. La situación de los judíos en Europa del Este y la ampliación de la colonización

El pogromo de Kishinev empezó en los últimos días de Pesaj de 1903 y puso fin a la interrupción de la colonización que se había estipulado para alcanzar el afianzamiento aun antes de que la JCA hubiera logrado estabilizar su plantel de funcionarios. El 7 de junio se acordó ampliar la obra en la Argentina y enviar a Cazès a Kishinev para entrevistar familias que querían integrarse a la iniciativa. La JCA pidió a los directores de Buenos Aires que evaluaran la cantidad de chacras que se podrían crear en 1903 y 1904. El 28 y 29 de junio Lachman participó en nombre de la JCA en un encuentro de asociaciones judías en Berlín, que debatió asuntos relacionados con los judíos en Besarabia. Su informe al consejo se cruzó con el del Rabino Zadoc Kahn sobre pedidos que había recibido de familias de Kishinev que querían colonizarse en la Argentina. En la reunión se señaló que la JCA tenía tierras en las que estaba dispuesta a colonizar candidatos adecuados y que se encargaría de reclutar un grupo.[27]

La intención era reclutar dos grupos. Uno estaba integrado por judíos de Kishinev y sus alrededores, gente urbana con recursos económicos para solventar el viaje a la Argentina. Los integrantes del otro grupo, campesinos judíos de Jersón, Yekaterinoslav y Besarabia, fueron definidos por Cazès como “los mejores elementos”. Los directores de París debían elegir de una lista que les sería entregada por la comisión en San Petersburgo a aquellos candidatos que contaran con recursos para pagarse el viaje o a quienes no los tuvieran, pero fueran campesinos en sus lugares de procedencia. De esto se desprende que la experiencia agrícola del candidato pasó a remplazar a la cobertura de los gastos de viaje, que anteriormente había sido presentada como garantía de la voluntad del futuro colono.[28]

Los directores de la JCA en París escribieron a la Argentina aun antes de que el consejo adoptara la decisión sobre el cambio previsible y expresaron que el método de elección de candidatos a la colonización entre quienes llegaban a la Argentina por su propia iniciativa era preferible, pero muy lento, y agregaron que puesto que se trataba de impulsar la obra, sería necesario “continuar durante algunos años con el reclutamiento de colonos en Rusia”, sin interrumpir la elección de candidatos in situ. También informaron que pensaban enviar grupos de 15-20 familias cada 6-8 semanas para que los directores locales pudieran preparar su colonización y recalcaron que la experiencia adquirida por la JCA influiría sobre la elección, para no repetir los errores del pasado.[29]

Ese impulso requería volver a ocuparse de los funcionarios. Los directores de la capital pidieron que se enviara a jóvenes dinámicos tal como lo aconsejaba el informe de Sonnenfeld, pero los de París respondieron que no sabían dónde encontrarlos porque siempre sería necesario un período de aprendizaje, que podrían recibir en la Argentina.[30]

En 1903 abandonaron las colonias menos de una docena de colonos, hecho que fue considerado como un signo de estabilidad. En 1904 se colonizaron 100 familias elegidas en el sur de Rusia, 75 hijos de colonos y 30 inmigrantes que trabajaban en las colonias; 502 inmigrantes llegaron a las colonias. En 1905 deberían haber llegado 100 colonos de Rusia, pero solo la mitad logró emprender el viaje debido a la revolución de 1905 y el agravamiento de la situación de los judíos. A diferencia de ello, creció el número de quienes llegaban por iniciativa propia y la cantidad de chacras en las colonias llegó a 1.251.[31]

El flujo de inmigrantes y colonos acentuó uno de los principales obstáculos al crecimiento de las colonias: la escasez de tierras. En los años de congelamiento se interrumpió la compra de tierras a excepción de algunos enclaves pequeños. La JCA tenía campos despoblados que entretanto habían sido arrendados y con la reanudación de la colonización, los directores de Buenos Aires empezaron a ocuparse del tema. Al principio, cuando algunos colonos abandonaban las colonias quedaban tierras libres para los recién llegados, pero el problema se agravó cuando el número de los que llegaban superó al de los que se iban. En 1900 empezó un proceso acelerado de compra que incrementó los campos de la JCA de 200.000 hectáreas en 1896 a más de 460.000 en 1904. Entre estas adquisiciones se destacaba un área muy extensa en el límite entre la provincia de Buenos Aires y el territorio nacional de La Pampa.[32]

5. Los cambios geográficos y la compra de tierras de Leloir

Desde principios del siglo y hasta 1905 se produjeron cambios geográficos en las colonias de la JCA en la Argentina. Moisesville, que era la más pequeña, creció por la derivación de colonos a ella; en el sur de Entre Ríos se destacaba el grupo de pequeñas colonias que se convirtieron en la colonia independiente Lucienville; Mauricio pasó a ser la colonia más pequeña por la escasez de tierras, a pesar de la compra de dos predios contiguos a ella: La Esperanza (7.000 hectáreas), arrendado por varios años, razón por la cual no podía ser usado para colonización inmediata, y Santo Tomás (9.450 hectáreas), destinado a la colonización de los hijos de los colonos.[33]

A fines de 1903 la JCA era propietaria de unas 360.000 hectáreas; solo 190.000 estaban pobladas. La mayor parte del área despoblada se encontraba en la provincia de Entre Ríos, especialmente al norte de Clara, que por eso era la reserva “natural” para la continuidad de la colonización. En esa zona se encontraban Palmar, Santa Isabel, Berro, San José y Ojeda. Hasta ese momento no se había efectuado ningún estudio exhaustivo de la adecuación de esa región para el cultivo de cereales y la JCA se limitaba a dar en arriendo esas tierras para pastoreo. En ese entonces la JCA estipuló para los contratos de arriendo condiciones que le permitían iniciar la medición y estudio de las tierras durante el arriendo y revocar los acuerdos con poca anticipación. Estas condiciones, que se cumplían a expensas de los montos que los arrendatarios estaban dispuestos a pagar, afectaron los ingresos de la JCA.[34]

Para evitar los contratiempos padecidos por las colonias más antiguas, los directores de París sugirieron que grupos pequeños de colonos confiables realizaran intentos concretos de bajo costo. S. Hirsch se opuso porque pensaba que el experimento tomaría mucho tiempo y porque las condiciones climáticas eventuales podrían llevar a conclusiones incompatibles con las posibilidades reales de las tierras en la región. Asimismo, afirmó que se trataba de un trabajo para expertos.[35]

Una serie de cosechas afectadas por mangas de langostas y condiciones climáticas adversas volvieron superflua la discusión. Las tierras de la JCA en Entre Ríos demostraron no ser muy promisorias para la agricultura, a excepción de la zona de Lucienville. Las miradas de la JCA se dirigieron a regiones más al sur, en las que la aparición de langostas era menos frecuente. Sus suposiciones se vieron corroboradas por los éxitos agrícolas en Mauricio, y en consecuencia empezaron las búsquedas y estudios. El autor del informe anual de 1904 elogió la calidad de los campos de la provincia, la regularidad de las lluvias y la proximidad a los importantes puertos de Buenos Aires y Bahía Blanca.[36]

En enero de 1904 las oficinas de la JCA en Buenos Aires recibieron una oferta de venta de 90.000 hectáreas a unas decenas de kilómetros de la estación de tren en Carhué, 350 kilómetros al norte de la ciudad portuaria de Bahía Blanca y a 500 kilómetros de la capital. La oferta de Leloir, dueño de esos campos, de $25 por hectárea pareció razonable y generó en los funcionarios de la JCA la esperanza de que podrían concretar su deseo de comprar tierras buenas y baratas en la provincia de Buenos Aires. Por ello se apresuraron a enviar a Lapine, que en esos momentos examinaba otras dos propuestas, para que recorriera los campos de Leloir y estudiara sus características. Su informe señaló la prioridad de estas tierras sobre otras, pero los directores de París pensaron que se trataba de un estudio muy superficial. Paralelamente se interesaron por los planes de empresas británicas de ferrocarriles que operaban en la zona, de tender vías férreas hasta las tierras de Leloir, y examinaron la disponibilidad de tierras para ampliar sus propiedades en la región, tanto para la futura colonización como para persuadir a las compañías de ferrocarriles sobre la conveniencia de invertir allí.[37]

Mientras tanto se comprobó que las dimensiones de esas tierras superaban las estimaciones preliminares. El campo de Leloir era un bloque de unas 100.000 hectáreas, en su mayor parte (70%) en la provincia de Buenos Aires y el resto en el territorio nacional de La Pampa. En opinión de la JCA se podrían crear en ellas unas 500-600 chacras; este dato, junto a la publicación de la noticia del tendido de vías hasta esa región convencieron a la JCA de realizar estudios adicionales, pero la información sobre el desarrollo de las vías férreas aumentó en un tercio el precio propuesto por el dueño de las tierras. Después de las tratativas con los representantes de Leloir, parte de las cuales tuvieron lugar en Buenos Aires, los directores de París se encontraron con el propio Leloir y en octubre de 1904 el consejo de la JCA aprobó la compra a $33 la hectárea.[38]

Conclusiones

En 1896-1897 los directores de París se abstuvieron de emprender acciones que afectaran el estatus de los directores de la Argentina. Prueba de ello es que no tomaron ninguna medida importante sin una consulta previa con S. Hirsch y Cazès, quienes lograron proseguir con los lineamientos de consolidación económica y congelamiento de la integración de colonos definidos en tiempos del barón de Hirsch. Parecería que, al menos en esta etapa, gozaban de la plena confianza de los directores de la JCA. El temor de los miembros del consejo a emprender una serie de destituciones (tal como hiciera el barón) les impidió enviar supervisores que informaran sobre lo que se hacía, actitud que afectó su capacidad de control.

A partir de 1898 el consejo empezó a interesarse por la idoneidad de sus representantes en la Argentina, a raíz de las noticias y publicaciones que planteaban interrogantes, los indicios de reanudación de la colonización y los altos presupuestos requeridos para ella. Los problemas de comunicación debidos a la distancia imponían la necesidad de enviar representantes que vieran la situación con sus propios ojos e informaran al consejo, y también la de reducir los costos administrativos. Los directores de Buenos Aires rechazaron todos los reclamos al respecto, mencionaron la inutilidad de esa medida y sostuvieron que no se debía solucionar los problemas de la colonización con cambios personales, sino con una política conservadora y perseverante.

A pesar de esa oposición, Sonnenfeld y Auerbach fueron enviados a la Argentina. En su visita descubrieron fallas severas en la administración de las colonias y en las oficinas en la capital y para enmendarlas exigieron la sustitución gradual de algunos funcionarios por otros de más alto nivel profesional. Esta necesidad, junto a la conclusión de la delegación de que a breve plazo no se podría imponer la autogestión en todas las colonias, el retiro de S. Hirsch y Cazès y la destitución de Meshulam Cohen llevaron a la incapacidad de concretar la intención de ahorro en los gastos generales.

El reemplazo de los directores de la capital y las colonias produjo una situación caótica que se puso de manifiesto en el escaso control de los funcionarios locales sobre lo que sucedía. La consiguiente insatisfacción condujo a una serie de sustituciones que generaron inestabilidad en tiempos del ingreso de los nuevos directores Veneziani y Moss.

Paralelamente, los pogromos llevaron al consejo a decidir la compra de tierras y la ampliación de la colonización, aun renunciando a las premisas anteriores. La llegada a las colonias de cientos de colonos nuevos y miles de inmigrantes puso a Veneziani y Moss al frente de la obra en tiempos de ampliación y desarrollo, que prosiguieron casi hasta las vísperas de la Primera Guerra Mundial.


  1. JL365, 21.7.1904; JBEx7, 4.11.1904.
  2. JL456, 10.9.1897, 13.2.1898, 11.7.1898; Sesiones I, 6.2.1898, 17.4.1898.
  3. JL329, 18.5.1898.
  4. JL335, 12.7.1901, 20.9.1901; JL474, 28.8.1901.
  5. Sesiones II, 16.6.1901, 12.10.1901, 20.11.1901.
  6. Ibíd., 19.1.1902, 8.3.1902, 3.5.1902; HM135, 2.4.1902 (Instrucciones a los delegados Sonnenfeld y Auerbach). Para Auerbach, ver: Goldman 1914, p. 18; Cociovitch 1987, pp. 251, 254.
  7. Sesiones II, 19.1.1902; JL336, 28.2.1902, 11.3.1902, 14.3.1902.
  8. JL337, 30.5.1902; HM135, Informe Sonnenfeld, 9-10.1902 (Informe delegación 1902).
  9. Ibídem.
  10. JL337, 25.7.1902, 7.8.1902.
  11. JL337, 25.7.1902, 30.7.1902, 7.8.1902.
  12. Ibíd.,19.9.1902, 12.12.1902.
  13. JL365, 8.1.1903, 5.2.1903; Sesiones II, 27.12.1902.
  14. JL365, 8.1.1903, 30.4.1903; HM135, 20.2.1903; Sesiones II, 27.12.1902. Para Veneziani, ver: Informe 1903, p. 8; Leibovich 1946, pp. 70-71.
  15. JL365, 24.2.1904, 21.4.1904; JBEx6, 29.6.1904; Sesiones III, 13.2.1904; Informe 1904, pp. 7-8; Informe 1913, p. 3.
  16. Informe delegación 1902.
  17. Ibídem.
  18. Sesiones II, 8.11.1902.
  19. Ibídem.
  20. Ibíd.; Informe delegación 1902.
  21. Para Bab, ver: JL363, 12.10.1896; Bab 1902. Para Sidi, ver: JL337, 14.11.1902; Gabis 1957, pp. 393-394; ASC, J41/459 (ficha del alumno Juda Sidi).
  22. JL337, 16.4.1902; HM135, 17.4.1903; Informe 1902, p. 12.
  23. JL337, 16.4.1902; HM135, 20.2.1903, 27.3.1903, 3.4.1903; Sesiones II, 27.12.1902. Para Nemirowsky, ver: JL333, 20.4.1900; Mellibovsky 1957, pp. 108-109. Para Mellibovsky, ver: Mellibovsky 1957, pp. 91, 94. Para Leibovich, ver: Leibovich 1946, pp. 15, 35, 39-41; Gabis 1957, pp. 351-352.
  24. JL365, 23.4.1903, 28.5.1903, 25.6.1903, 20.8.1903; HM135, 11.6.1903, 24.7.1903; Mellibovsky 1957, p. 104; Sesiones III, 7.6.1903.
  25. HM135, 9.1.1903, 28.1.1903; JL365, 29.10.1903, 10.12.1903, 24.12.1903; JBEx6, 22.1.1904.
  26. JL365, 9.6.1904; Informe 1904, p. 34.
  27. Sesiones III, 7.6.1903; Dubnow 1950, pp. 234-235, JL365, 11.6.1903.
  28. Ibíd., 6.8.1903, 5.11.1903; JL474, 9.8.1903; Sesiones III, 31.10.1903.
  29. JL365, 19.10.1903.
  30. Ibíd., 12.11.1903; JBEx6, 17.12.1903.
  31. Informe 1903, pp. 9, 11; Informe 1904, pp. 9, 10, 13; Informe 1905, pp. 19-20.
  32. JL397, 16.11.1900; JL334, 3.4.1901; JL335, 12.7.1901. Para la adquisición de tierras, ver: Informe 1900, pp. 12-13, 20, 23-24, 28-29; Informe 1903, pp. 16-17, 23, 28, 34; Informe 1904, pp. 8, 11-12; Sesiones II, 28.1.1900; 22.7.1900; 29.9.1900; 24.2.1901; 8.11.1902.
  33. Sesiones II, 22.7.1900, 8.11.1902; Informe 1900, p. 20; Informe 1902, p. 225.
  34. Informe 1903, pp. 16-17; Informe 1904, p. 11; JL365, 29.10.1903.
  35. Ibíd., 24.12.1903; JBEx6, 11.12.1903, 22.1.1904.
  36. HM135, 10.7.1903; JBEx6, 25.5.1904; JL365, 7.1.1904, 28.2.1904, 14.4.1904, 23.6.1904, 13.7.1904, 6.10.1904; Informe 1904, p. 11.
  37. JL365, 7.1.1904, 4.2.1904, 14.4.1904; JBEx6, 25.2.1904; Informe 1904, pp. 11-12.
  38. JBEx6, 17.8.1904, 26.8.1904; JBEx7, 4.11.1904, 29.12.1904; JL365, 9.6.1904, 25.8.1904, 13.10.1904; Informe 1904, p. 8; Sesiones III, 2.7.1904.


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