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5 Ampliación y crecimiento (1905-1914)

1. La creación de la colonia Barón Hirsch

A principios de 1904 la oficina de la JCA en Rusia recibió pedidos de grupos organizados para colonizarse en las tierras de la asociación en la Argentina. Uno de ellos se había formado en Novibug (Jersón) y sus integrantes estaban dispuestos a asumir los gastos de viaje y los costos de la colonización, y a administrar la colonia por sí mismos. Feinberg estimó que cada familia contaba con 4.000 rublos (unos $5.000) y en abril anunció el inminente viaje a la Argentina de los representantes del grupo, Yankl Meerson e Israel Katlarewsky. Los directores de París solicitaron a los de la Argentina que ayudaran a los delegados a estudiar las condiciones y las tierras disponibles que la JCA podría asignarles. Razones burocráticas demoraron la partida de los dos representantes y en junio partió el tercero, Pierre Löwenstein, que se presentó en la oficina de la JCA el 26 de julio, después de haber visitado Mauricio.[1]

Inmediatamente después del encuentro recorrió otras colonias. Katlarewsky y Meerson llegaron a Buenos Aires el 21 de agosto acompañados por sus familias. Los directores les mostraron en mapas las tierras que podrían recibir en Santa Fe y Entre Ríos; los representantes preferían la provincia de Buenos Aires pero aceptaron recorrer las zonas propuestas. Entretanto, Löwenstein informó a los directores que después de revisar los costos había llegado a la conclusión de que el dinero con que el grupo contaba no bastaría y que en su opinión necesitarían préstamos como los demás colonos, es decir, unos $3.000 por chacra. Moss y Veneziani propusieron aprobar la colonización a condición de que se concretara en tierras de Santa Isabel y que se mantuviera la propuesta original de autogestión. París acordó con esta postura y recalcó el hecho de que la JCA “no tenía tierras disponibles en la provincia de Buenos Aires”.[2]

Löwenstein y Meerson partieron a París el 25 de agosto con el plan de colonización de su grupo. Mientras estaban en viaje, el consejo resolvió comprar las tierras de Leloir y los directores de París instruyeron a sus representantes en la Argentina que lo mantuvieran en secreto para que la gente de Novibug no pidiera colonizarse allí, y agregaron que esos campos debían reservarse para unas 600 familias pudientes porque la tierra en Buenos Aires era cara y, aparentemente, el consejo no volvería a comprar tierras como esas.[3] Mientras tanto, la situación en Novibug cambió y el grupo decidió que sus representantes serían Moisés Tcherni y Löwenstein, que viajaron a París y lograron convencer al consejo para que les permitiera colonizarse en las tierras de Leloir.[4]

El contrato firmado en París entre los representantes y la JCA estipulaba en sus seis artículos iniciales que cada familia debería depositar en Rusia 2.000 rublos. Las que ya habían llegado a la Argentina podrían efectuar el depósito allá, a condición de que los representantes informaran que habían sido recibidos en el grupo. Se acordó que las familias se establecerían en los campos de Leloir, en parcelas de 150 hectáreas cuyo precio sería fijado por la JCA. El grupo podría elegir el área de colonización, definir la manera de parcelarla entre sus integrantes y la forma de colonizarse (en aldeas o de otra manera) y la JCA se comprometió a anticipar $300 a cada familia para la construcción de la casa.[5]

Los artículos séptimo y octavo estipulaban que el grupo asumiría la construcción de las viviendas, el tendido de las alambradas y la compra de animales y herramientas. Si así lo desearan, la JCA pondría a su disposición un agente que los ayudaría a concretar la colonización y a tomar contacto con el entorno, pero dicho funcionario no tendría atribuciones de supervisión. El grupo era totalmente autónomo y debía satisfacer todas sus necesidades comunitarias sin intervención de la JCA. Los tres artículos siguientes (los últimos) se referían a las relaciones de la JCA con las familias y determinaban que los colonos se comprometían a saldar la deuda durante 20 años a partir del tercer año de la fecha de colonización, con un interés del 5%. Después de pagar 12 anualidades, podrían recibir los títulos de propiedad, no antes de firmar un compromiso individual de no transferir sus tierras a no judíos.[6]

Löwenstein viajó a Leloir en febrero de 1905 con un mapa en el que se había señalado la ubicación de la estación de tren y las parcelas arrendadas hasta 1908. Además de esas áreas, estaba facultado a elegir la ubicación de un bloque continuo de 7.200 hectáreas (48 parcelas) para su grupo. A principios de marzo regresó a la capital y transmitió los detalles de su elección. La JCA puso a disposición del grupo al agente Moisés Guesneroff, un egresado de Mikveh Israel que se había colonizado en Clara a fines del siglo XIX, para que los ayudara en sus primeros pasos. Más adelante se comprobó que esa había sido una decisión acertada y los colonos lo recordaban con agradecimiento.[7]

Los primeros llegaron al lugar en la temporada de arada y empezaron a trabajar de inmediato, por lo que postergaron la construcción de las casas y alquilaron un gran depósito para vivir en él. Las familias, incluidos los niños, se hacinaron en condiciones físicas y sanitarias sumamente difíciles. Quienes habían recibido las parcelas más alejadas construyeron en ellas tinglados y dormían allí. En junio ya habían comprado las herramientas y animales necesarios para los cultivos, pero junto a esta buena noticia se comprobó que la calidad del forraje natural no era buena; por ello se pospuso la compra de vacas lecheras, se perdió un ingreso previsto y surgió el temor de que si no se encontraba una solución al problema del forraje para los animales de trabajo, no podrían dedicarse a los cultivos.[8]

A principios de 1905 se formó –según el modelo de Novibug– el grupo de Bogidarowka (Jersón), compuesto por dos partes llamadas A y B; al frente de la primera estaban los representantes Aarón Brodsky y Abraham Mirensky, y de la segunda, Mordehe Sepliarsky y David Kaminsky. Los dos primeros llegaron a la capital el 30 de mayo acompañados por un candidato del grupo, viajaron a Leloir y eligieron un bloque de tierras contiguas a las del grupo Novibug. Los representantes del otro grupo llegaron a la Argentina el 15 de julio y viajaron a Leloir, pero como surgió una disputa entre los representantes de la parte B sobre la elección y el valor de las tierras, se postergó la realización de los preparativos para la colonización y en la capital temieron que eso llevara a la disolución del grupo.[9]

El ritmo de colonización era lento; por eso, cuando los directores de Buenos Aires recibieron noticias sobre la creación de grupos nuevos, propusieron esperar hasta el afianzamiento de los ya existentes, pero se retractaron cuando llegaron noticias sobre el estallido de nuevos casos de violencia contra judíos en Rusia. Cientos de familias se dirigieron a la JCA para inmigrar a la Argentina, al tiempo que los representantes de Novibug informaban que muchos miembros del grupo estaban por emprender viaje. En enero de 1906 desembarcó un grupo de Piatichatka (Rusia), cuyo representante Iser Merpert había llegado a Buenos Aires en abril, fecha en la que se supo sobre un nuevo grupo, esta vez de Kilia (Ucrania), sobre cuyos representantes no había información clara.[10]

La JCA aceptó incrementar el número de familias del grupo. Entre los que se incorporaban había familiares de los integrantes de los grupos, que se encontraban en Rusia y temían por la situación allá, e inmigrantes judíos, en su mayoría provenientes de Rusia, que habían arrendado tierras fundamentalmente en el sur de la provincia de Buenos Aires y cuyos contratos de arriendo estaban por expirar. Hacia fines de mayo de 1906 se habían marcado 80 parcelas para Novibug, 45 para Bogidarowka A, 36 para Bogidarowka B (que se volvió a fundar), 11 para Kilia y 29 para Piatichatka; un total de 201 parcelas de 150 hectáreas, es decir, más de 30.000 hectáreas. Los funcionarios de la JCA estimaban que deberían agregar unas 20.000 hectáreas de reservas de tierras para estos grupos.[11]

Los grupos recibieron en un comienzo los nombres de sus lugares de procedencia, pero más adelante los reemplazaron por nombres judíos: Novibug pasó a ser Moisés Montefiore, Bogidarowka se convirtió en Barón Hirsch y Piatichatka optó por llamarse Cremieux. Posteriormente se crearon colonias independientes integradas por inmigrantes judíos que habían trabajado algunos años como aparceros y jornaleros y que habían logrado ahorrar las sumas necesarias para abonar el depósito. Entre ellos se destacaba el grupo de Philippson, cuyos miembros provenían de Villa Alba, y el de Leven, cuyos miembros habían llegado de Médanos. Todos estos nombres pasaron a ser secundarios después de la asamblea general de colonos realizada en diciembre de 1907, en la que decidieron conferir el nombre de Barón Hirsch a la colonia que se estaba gestando en las tierras de Leloir. En 1908 se compró un área de 10.000 hectáreas que lindaba con la colonia, hecho que incrementó la capacidad de integrar grupos independientes.[12]

2. De regreso a Entre Ríos

En 1904-1906 se produjo un notorio crecimiento de la inmigración judía a la Argentina. Muchos buscaban, y encontraron, trabajos estacionales en las colonias agrícolas (no solo judías) dispersas por el país, pero preferían las de la JCA por el origen común, el idioma compartido y la esperanza de colonizarse en ellas. En 1906-1907 había más de 500 familias como estas, que eran una reserva para la colonización de la cual la JCA elegía a sus colonos.[13]

En 1906 el consejo debatió un antiguo problema que preocupaba a muchos colonos. Cuando la calidad de la tierra en la parcela recibida no era buena, aunque su superficie fuera idéntica a las de otros colonos o aun si habían pagado un precio más bajo, el ingreso previsible por su cultivo no permitía la subsistencia ni el desarrollo de una chacra aceptable. El consejo resolvió que se debía tomar en cuenta la calidad de la tierra y otorgar parcelas mayores a quienes habían recibido 150 hectáreas que incluían tierras no aptas para cultivos, o parcelas más grandes, equiparables a una parcela estándar de tierra buena. En aquel entonces se estudió la posibilidad de agrandar las parcelas de otros colonos que todavía no habían recibido 150 hectáreas, y empezaron a oírse con mayor intensidad pedidos de miembros de la segunda generación que querían colonizarse. A todo esto se sumaba el aumento de inmigrantes que querían colonizarse y que desde hacía años esperaban en condiciones difíciles en las colonias en las que trabajaban. Todo eso elevó a la orden del día la compra de tierras. Ante la falta de alternativa, las miradas se dirigieron nuevamente a la provincia de Entre Ríos: las tierras ubicadas al nordeste de Clara se concentraban en cuatro bloques separados, que en parte habían sido adquiridos a diferentes dueños en varias compras, y por eso estaban compuestos por parcelas que llevaban nombres diferentes.[14]

La primera zona propuesta para colonización fue López, junto a la estación de tren Jubileo, porque el acuerdo de arriendo estaba por finalizar. Se suponía que esa área de más de 5.000 hectáreas era adecuada para la cría de ganado y no para cultivos de secano; por eso debía proveerse una parcela más grande que la habitual (150 hectáreas) y asegurar que los candidatos contaran con medios suficientes para comprar el ganado. Simón Weill, un agrónomo nacido en Francia, hijo de un rabino y funcionario de la JCA en Entre Ríos que fue enviado a verificar la calidad de la tierra, sostuvo que debían realizarse estudios exhaustivos. Entretanto se resolvió colonizar 50 familias al oeste de San Antonio y se encomendó a Leibovich la supervisión de los preparativos para la colonización. Weill concluyó que esas tierras eran aptas para pastoreo y cultivos y que por eso las parcelas podían tener las dimensiones habituales.[15]

Como esos campos se encontraban cerca de San Antonio y la administración de Clara tenía dificultades para controlar tanto el número creciente de colonos como las zonas cada vez más alejadas del centro (San Miguel, Carlos Calvo, Hambis y otras), se reflotó la idea de convertir a San Antonio en un centro administrativo independiente dirigido por Weill, que controlaría también las zonas de colonización definidas ese año. La separación fue aprobada en febrero de 1907.[16]

Paralelamente prosiguió el estudio de otras zonas. Leibovich informó que la tierra en López era similar a la del norte de Clara y que allí había algunas parcelas buenas y otros lugares con tierra mala, que requería la concesión de una parcela más grande. En octubre ya se habían establecido la mayoría de los colonos en López y parte en Berro y algunos habían empezado la primera arada. El ritmo de colonización en esos lugares y en algunas parcelas al norte era rápido. Los candidatos destinados a la colonización, en su mayoría inmigrantes que trabajaban en la provincia de Entre Ríos, solían presentarse en sus parcelas para ayudar en las tareas. La actividad era intensa y a fines de año se aprestaban a poblar la colonia Santa Isabel.[17]

3. La fundación de Santa Isabel

Las 13.600 hectáreas de esta colonia fueron compradas en 1901 a $10 la hectárea. En aquel entonces esa región cercana al río Uruguay era considerada como el rumbo futuro de la colonización en la provincia por las ventajas que implicaba la proximidad al río, pero la colonización se posponía año tras año porque se desconocía la calidad de las tierras y el tren aún no llegaba a la región. En ese momento fue tomada en consideración porque se podían demarcar de inmediato 50 parcelas. El resto del área incluía tierras bajas y anegadizas que eran aptas para pastoreo, y bosques que deberían ser talados antes de entregar las parcelas a los colonos. Se esperaba que hasta el inicio de la colonización en 1908 hubiera 60 parcelas preparadas. En mayo se completaron todas las tareas de la colonización planeada para ese año en otras regiones de la provincia y los agrimensores y diversos contratistas quedaron disponibles para trabajar en Santa Isabel.[18]

Para esta colonia se eligió a inmigrantes que trabajaban en Lucienville y Clara, muchos de ellos provenientes de las colonias judías en el sur de Rusia, entre los que había desertores del prolongado servicio militar en Rusia y fugitivos de la guerra con Japón. Además de los conocimientos agrícolas con que contaban, habían adquirido experiencia local y estaban decididos a obtener tierras y cultivarlas aunque no se hicieran previamente estudios profundos. Por eso, algunos jefes de las familias destinadas al lugar llegaron a él antes de la partida de los arrendatarios, empezaron a cavar para examinar la calidad de la tierra y participaron en las tareas preparatorias. A cada familia se asignó un monto máximo de $3.000 y los colonos que contaban con herramientas y ganado recibieron una suma menor. En noviembre concluyó la construcción de las casas y a fines de 1908 casi todo estaba preparado. Hasta esa fecha se habían colonizado 46 familias (275 almas).[19]

En el período estudiado aumentó el número de colonos e inmigrantes en las colonias:

Población en las colonias en 1906-1914 (fines de diciembre)[20]

Año

Colonos

Inmigrantes

Almas

Familias

Colonos

Almas

Familias

1906

9.187

1.673

1.321

2.787

507

1907

10.147

1.830

1.448

3.065

546

1908

11.492

2.118

1.678

4.279

757

1909

13.407

2.436

1.975

5.954

1.054

1910

14.289

2.572

2.103

6.826

1.205

1911

15.661

2.819

2.265

4.477

800

1912

17.414

3.135

2.527

6.626

1.385

1913

18.900

3.382

2.655

7.748

1.609

1914

19.133

3.438

2.649

5.149

1.040

Esta situación de crecimiento gradual, que permitía la planificación e implementación por vías racionales, concretaba las aspiraciones de la JCA, más aun porque los candidatos viajaban a la Argentina por sus propios medios y llegaban a las colonias por la atracción que estas ejercían. La gran cantidad de trabajadores rurales le permitía elegir a los que consideraba más adecuados; por ejemplo, en marzo de 1908 los directores de París señalaron que los 150 inmigrantes colonizados ese año habían sido elegidos entre 302 candidatos adecuados.[21]

No obstante, la presencia en las colonias de numerosos inmigrantes que esperaban a sus familias hasta el momento en que se les permitiera colonizarse tenía consecuencias negativas. A principios de 1909 Moss encontró en Lucienville (una colonia relativamente pequeña) 200 familias integradas por 1.250 personas que en su mayoría dormían al aire libre y temió que la situación llevara a la propagación de enfermedades. La impresión de Nandor Sonnenfeld, hijo del director general de París que en 1910 viajó a la Argentina en representación de la JCA, fue especialmente negativa e informó de ello al consejo, que decidió construir decenas de casas provisorias. Los problemas de vivienda, atención médica y educación de los hijos de los inmigrantes fueron consecuencias colaterales del crecimiento de la población temporaria y la mejor solución –al menos para quienes la JCA consideraba adecuados– era acelerar su colonización; pero ¿dónde?[22]

Las reservas de tierras de la JCA en la Argentina se redujeron después de la inclusión de los campos en el norte de Entre Ríos en el área de colonización y de la ampliación de las parcelas en las otras colonias. En aquellos años, parte de los agentes y funcionarios se dedicaban a examinar cientos de miles de hectáreas en todo el país y a ellos se sumaban otras personas consideradas expertas en la agricultura local, abogados y asesores jurídicos. Cualquier zona en la que se veía alguna posibilidad concreta era estudiada por varias personas para garantizar cierto grado de objetividad, pero estos esfuerzos no solían dar frutos.[23]

4. La colonia de inmigrantes Narcisse Leven

A principios de 1908 se reanudaron las tratativas que la JCA había entablado en el pasado para comprar unas 35.000 hectáreas en el territoro nacional de La Pampa. Esos campos ubicados junto a la estación de tren Bernasconi, unos 100 kilómetros al sur de la colonia Barón Hirsch, ya habían sido examinados en 1906. El consejo rechazó la propuesta, ya fuera por los resultados del estudio o porque no se había llegado a un acuerdo por el precio, pero ahora, cuando numerosos inmigrantes esperaban colonizarse, la JCA reexaminó nuevas propuestas elevadas por los dueños de esas tierras. Después de varios meses de negociaciones se acordó la compra de esos campos y otros contiguos (46.500 hectáreas en total), con la intención de colonizar en la mitad del área unas 150 familias de inmigrantes en 1909.[24]

Crispin, que estaba en Moisesville, fue enviado para preparar la colonización y en noviembre se le unió Veneziani. Sus estudios comprobaron que las condiciones para mediciones y demarcaciones eran muy favorables porque el terreno era llano y permitía un trabajo rápido, pero no se encontraron en la zona contratistas que pudieran fabricar y suministrar a breve plazo los tres millones de ladrillos necesarios para construir las casas. A fin de encontrar una solución hablaron con algunos contratistas para construir casas con un método que no requiriera ladrillos, utilizando estructuras firmes de madera; el techo y dos paredes se cubrían con chapas acanaladas y las demás paredes con adobe. Después de comparar precios y comprobar la confiabilidad de los contratistas, se eligió a uno que se comprometió a construir los edificios sin revoque (que estaría a cargo de otro) hasta el 10 de agosto.[25]

A fines de mayo y en junio se efectuaron varias perforaciones en una parcela y se encontró agua de buena calidad a 17-31 metros de profundidad, algo que no era sorprendente porque ya se había cavado a esa profundidad, por ejemplo en Santa Isabel. En dos perforaciones realizadas en julio se llegó a 45 metros y en la tercera a 73 metros; en todas las otras en ejecución se había llegado ya al menos a 40 metros sin encontrar indicios de agua. Se trataba de una sorpresa desagradable porque los informes de 1906 hablaban de profundidades mucho menores. Hasta fines de diciembre se comprobó que 30 pozos llegaban a profundidades de 35-90 metros. Como en esos casos no se podía extraer agua manualmente, se solicitó un presupuesto para instalar bombas mecánicas operadas por molinos de viento. Debido a la falta de comprensión de la gravedad del problema y las dificultades para convocar el consejo, la autorización se emitió solo en marzo de 1910.[26]

Hacia fines de año había 122 familias (720 almas) y se informó la creación de una comisión de seis representantes para la atención de asuntos comunitarios y la representación de los colonos ante los administradores. A fines de 1910 se habían colonizado 225 familias. En 1911 los colonos de Bernasconi eligieron el nombre de Narcisse Leven para su colonia.[27]

5. La colonización en el norte

Continuación de la búsqueda de tierras

En el debate sobre el presupuesto anual realizado a principios de 1910, el consejo notó que la reserva de tierras de la JCA –a excepción de las parcelas de la colonia Barón Hirsch y algunos miles de hectáreas dispersas en otras colonias– estaba por ser aprovechada al finalizar la colonización de Narcisse Leven. El consejo señaló la necesidad de encontrar tierras que pudieran ser usadas de inmediato y permitieran la colonización en 1911. Durante 1910 prosiguieron los estudios intensivos y en enero de ese año el consejo resolvió estudiar la posibilidad de asignar a la nueva colonización parcelas más pequeñas que las habituales. En mayo se envió a Nandor Sonnenfeld a la Argentina para que estudiara el problema con la ayuda de un agrónomo y verificara la situación de los inmigrantes.[28]

Otra propuesta se refería al aprovechamiento por medio de recuperación, drenaje y riego, de tierras de escaso valor por su ubicación o características. Ya en 1904 se había propuesto drenar en Moisesville tierras bajas que se inundaban después de las lluvias. El consejó señaló que si esta acción lograba buenos resultados se podría sembrar alfalfa y contentarse con parcelas más pequeñas, y advirtió que si no se hacía esto y no se compraban tierras, en 1911 se verían forzados a “permanecer sentados de brazos cruzados o a asignar parte de las tierras en Barón Hirsch a la colonización habitual”.[29]

Ese mismo año se ofrecieron a la JCA más de 40.000 hectáreas en la colonia Dora, creada por la Sociedad Agrelo en la provincia de Santiago del Estero, cerca de la estación de tren Dora de la línea Buenos Aires-Tucumán, a $83 la hectárea. En un sector de 12.000 hectáreas se hicieron tareas de riego aprovechando el agua del río Salado. Más de la mitad de esos campos eran cultivados por su dueño con ayuda de arrendatarios y peones y una parte había sido vendida a colonos permanentes. Los trabajos previstos estaban destinados a agregar unas 13.000 hectáreas regadas. En opinión de los directores de la capital, esa mejora permitía asignar parcelas mucho más pequeñas.[30]

A partir de ese momento la JCA entabló tratativas prolongadas y agotadoras con Agrelo, que aprovechaba la urgencia de la JCA a fin de estipular como condición para cerrar el trato plazos cortos que no alcanzaban para realizar estudios exhaustivos. Los directores de Buenos Aires apoyaban la compra y enviaron a París cuatro informes que elogiaban el lugar; allí notaron que parte de los mismos se basaban en recomendaciones de expertos contratados por el vendedor, razón por la cual dudaron de ellos y ordenaron la realización de estudios encargados por la JCA. Estos expertos recomendaron la compra, pero en París pensaban que algunos informes eran superficiales y transmitieron los datos al consejo agrícola de la JCA, que propuso enviar su propio experto para realizar otro estudio. Como el vendedor se negó a prorrogar el plazo, se resolvió no concretar la compra; no obstante, se acordó enviar un experto que colaborara en los estudios, informara a los directores de París y aliviara a los directores de la Argentina. En febrero de 1911 se designó a Akiva Öttinger, un agrónomo al servicio de la JCA que había trabajado en distintos países (incluida la Tierra de Israel), como supervisor de tierras en la Argentina.[31]

La compra de Dora

Cuando las tratativas para comprar el campo fracasaron, se propuso comprar primero una parte pequeña para estudiar la adecuación de las tierras, el clima de la región y los dispositivos de riego. Cazès y Louis Oungre, un judío belga que en junio de 1910 fue contratado como asistente de los directores de la JCA en París, habían llegado en marzo y se basaron en esta idea para negociar con Agrelo la compra de 3.000 hectáreas regadas y desbrozadas, listas para la colonización inmediata.[32]

La transacción incluía dos tipos de tierras; el primero de ellos constaba de 800 hectáreas en cinco campos pequeños y dispersos junto a las vías del tren en una zona definida como “agrícola”. Una parte estaba regada y desmalezada, lista para la colonización inmediata; en la otra todavía no había concluido la tala de árboles, pero el vendedor se comprometió a finalizarla en tres meses. El segundo grupo estaba formado por 2.200 hectáreas corridas junto al río Salado, que en opinión de Veneziani eran muy fértiles. En esa zona aún no habían terminado los trabajos y debían construirse 16 kilómetros de terraplenes junto a la orilla para evitar la inundación de los campos cuando había creciente. El costo previsto era bajo en comparación con el valor de la tierra, pero el problema consistía en que no se podría empezar a trabajar hasta que el agua bajara. Crispin fue enviado desde Narcisse Leven para dirigir la colonización y allí quedó Amram Elmaleh, egresado de la escuela agrícola de la AIU en Djedaïda. Raphail Saban, egresado de Mikveh Israel, fue nombrado como su asistente.[33]

En julio se firmó el contrato de compraventa, que incluía la opción de comprar el resto de las tierras hasta una fecha determinada. De inmediato empezaron a colonizarse las parcelas ubicadas en el sector agrícola. Para no perder tiempo se ordenó a Crispin la construcción de depósitos destinados a almacenar alfalfa (la primera cosecha planeada), para que los colonos pudieran vivir allí hasta que las casas estuvieran terminadas y pudieran dedicar todo su tiempo a los cultivos. Los depósitos eran grandes y su costo ($900) equivalía a un tercio del presupuesto de colonización por familia. En las casas encargadas a un costo de $400 faltaba el revoque a cargo de los colonos; también en este caso algunos inmigrantes que se encontraban en Moisesville, relativamente cerca de Dora, sentían prisa y propusieron ayudar en las tareas. El vendedor terminó la tala de árboles en septiembre, y a mediados de noviembre concluyó la colonización de las parcelas en la zona agrícola. Los trabajos junto al río avanzaban a otro ritmo. A principios de octubre se terminó de demarcar las parcelas de 29-40 hectáreas, según la calidad de la tierra y otras condiciones. En 20 de ellas se podía empezar a arar y sembrar, pero en otras había problemas relacionados con inundaciones porque aún no se había empezado a construir el terraplén debido a las lluvias intensas y la demora en la baja del agua junto al río.[34]

El retraso trastornó el cronograma de terminar el trabajo antes de que empezara el invierno; además de eso, se vio que el terraplén debía ser más largo y que se necesitaba un canal de drenaje de 45 kilómetros para evacuar el exceso de agua que lo superaría. Como se había empezado más tarde de lo previsto, surgió una gran competencia para la contratación de obreros precisamente en la temporada de cosecha, en la que el costo de la mano de obra subía. Más aun, estos peones exigían un pago extra por los trabajos que debían hacer hundidos en agua y barro. Todos entendían la dificultad, que obligó a la JCA a pagar cualquier precio; así fue, por ejemplo, que para el desplazamiento de un metro cúbico de tierra no se pagó $0,30 como se había supuesto al principio, sino $0,60-0,80.[35]

En febrero de 1912 la JCA debía responder si tenía intenciones de concretar la opción de compra del resto de la propiedad. En enero Crispin había elevado un informe que describía la situación de los 65 colonos ya establecidos y que sostenía que “no debe asombrar que los resultados no sean satisfactorios”, porque todo se hacía de prisa y en condiciones no deseadas. Después de la reseña de cultivos y cosechas llegó a la conclusión de que una familia que se colonizara en una parcela regada de 35-40 hectáreas podría prosperar. En cuanto a la compra, hizo referencia a varios aspectos, como el precio de la tierra y la necesidad de talar árboles y efectuar trabajos de nivelación y drenaje, pero no los consideró un obstáculo para la adquisición. Su propuesta era que, para reducir gastos, los trabajos de desbrozo estuvieran a cargo de los colonos. A diferencia de él, Öttinger envió un informe minucioso que evaluaba las probabilidades de éxito de la colonización en Dora y detallaba los puntos importantes que dificultaban la toma de una decisión positiva.[36]

En su opinión, las ventajas del lugar incluían un clima benigno para cultivos y personas, tierra buena pero difícil de labrar, transporte cómodo, opciones para cultivar diversas especies de regadío y la posibilidad de asignar parcelas pequeñas. Señaló solo dos inconvenientes, si bien importantes: el primero, los trabajos de desbrozo, que costarían $2,5 millones, y el segundo, el problema del agua, que tenía dos aspectos: el alto costo de los trabajos de ingeniería (algo que la JCA había experimentado al construir el terraplén) y la autorización para extraer agua del río. El gobierno provincial había otorgado la concesión a Agrelo y lo que no estaba suficientemente claro era si el contrato de compraventa lo obligaba a que esta se cumpliera no solo en el momento de la venta sino también a continuación. Este punto ponía en duda la conveniencia de la compra, más aun porque ya había demandas legales de colonos (no de la JCA) porque Agrelo desviaba el agua a sus campos y se las negaba a ellos. El terraplén construido por la JCA alrededor de los campos de sus colonos para que esas tierras no se inundaran durante la crecida no aseguraba el suministro regular de agua. Aparentemente, este fue el punto decisivo y el consejo resolvió no comprar el resto de los campos. De hecho, esta decisión determinó que Dora fuera la colonia más pequeña de la JCA. A fines de 1911 contaba con 63 chacras y en 1912 el número creció a 83, con lo que se completó la colonización de la mayor parte de la tierra.[37]

Los alrededores de Santa Isabel y el norte de Clara

Como ya se ha señalado, a principios de 1910 la JCA temía que al finalizar la colonización en Narcisse Leven no le quedaran tierras suficientes para 1911. Mientras tanto creció el número de inmigrantes en las colonias y no había solución para el problema de la falta de tierras. En 1910 no se compró ningún área significativa y a fines de año se propuso reclutar a inmigrantes para que se colonizaran en tierras de la JCA en Brasil. La JCA estaba dispuesta a ayudarlos cubriendo los costos de traslado y la convocatoria tuvo resultados positivos solo a mediados de 1912. De hecho, la colonización en Narcisse Leven avanzaba lentamente y quedaban 60 parcelas cuya colonización había sido pospuesta para 1911. Tanto estas como las tierras de la pequeña colonia Dora (compradas a mediados de año) y algunas parcelas dispersas en otras colonias fueron utilizadas para la colonización en 1911, y el problema de falta de parcelas se postergó un año. Entretanto quedaron disponibles tierras arrendadas en el norte de Entre Ríos, en Palmar y Yatay, cerca de Santa Isabel y San José. Después de la realización de estudios se comprobó que la zona era apta fundamentalmente para cría de ganado y se marcaron unas cien parcelas. Según el plan, en 1912 se colonizarían unas 60 familias en Palmar y Yatay. Al igual que en Dora, el tendido de alambradas y la construcción de casas avanzaban lentamente por la escasez de obreros, pero una vez superado el obstáculo se empezó a colonizar el lugar y 83 familias se colonizaron al norte de Clara hasta fines de 1912. En Clara se poblaron otras 40 parcelas.[38]

Montefiore

En noviembre de 1911 se propuso a la JCA la estancia La Criolla de 25.000 hectáreas en la provincia de Santa Fe, cerca de la estación de tren Portalis en la línea Santa Fe-Tucumán, y de las estaciones Ceres y Selva en la línea Buenos Aires-Santiago del Estero. Esa línea pasaba también por Dora, al norte de los campos propuestos, y por las estaciones Monigotes y Palacios al sur de Moisesville; por lo tanto, la estancia se encontraba entre esas dos colonias. Öttinger concluyó que la tierra y el agua permitían cultivar alfalfa y señaló que convendría comprar también dos campos limítrofes de iguales características, para llegar a una superficie de 29.000 hectáreas.[39]

La zona padecía de plaga de langostas pero como no se pensaba cultivar cereales sino alfalfa, no se consideró que fuera algo grave. Veneziani estimó que durante la parcelación no se perderían áreas y que en 1912 se podrían colonizar 100 familias en parcelas de 75 hectáreas. Las tratativas fueron rápidas y en abril se firmaron los contratos, Simón Weill fue designado administrador y la colonia recibió el nombre de Montefiore. El esquema de colonización incluía la entrega de diez vacas lecheras para que pudieran subsistir hasta la cosecha de alfalfa y una estructura con techo de cinc y ladrillos para construir las casas; los colonos deberían levantar las paredes por sí mismos. Se les entregaron pocas herramientas porque se suponía que contaban con medios para completar el inventario.[40]

En agosto ya se habían reclutado 11 inmigrantes en Moisesville y a partir del 15 de octubre la JCA estaba dispuesta a reclutar una diez familias por semana. En 1912 se colonizaron 91 colonos en Montefiore y hasta 1913 su número creció a 208. Ese año debía realizarse la primera cosecha, pero resultó escasa y además de eso, mangas de langostas asolaron la región y causaron estragos en la alfalfa tierna. La JCA se negó a juzgar las probabilidades del lugar según esos resultados y confió en que los ingresos obtenidos del ganado, las aves de corral y los acarreos realizados en la región les permitieran sobrevivir hasta la próxima cosecha.[41]

6. Las primeras cooperativas en las colonias

A principios del siglo XIX surgieron en Inglaterra asociaciones cooperativas de productores apoyadas por asociaciones gremiales y se realizaron intentos de crear una asociación de consumidores. Una de ellas, fundada en 1844 en Rochdale (Yorkshire), sentó los principios que en parte sirvieron de modelo para las asociaciones creadas en otros países: a) adhesión libre y voluntaria, b) control democrático, c) distribución de ganancias según el alcance de las compras de los miembros, d) interés limitado sobre el capital, e) neutralidad política y religiosa, f) pago al contado, y g) estímulo a la educación.[42]

El movimiento cooperativo llegó a la Argentina con los inmigrantes europeos. Hasta 1900 se habían creado unas 500 asociaciones de este tipo, pero solo unas pocas lograron sobrevivir. Al igual que en Europa, sus actividades económicas precedieron a la legislación oficial, que empezó a desarrollarse lentamente en 1889, cuando al Código de Comercio se agregaron artículos relacionados con el tema.[43]

También en las colonias de la JCA se fundaron asociaciones; las más importantes por su alcance y la duración de sus actividades surgieron en Lucienville, Clara y Moisesville en 1900, 1904 y 1908 respectivamente.

La Primera Sociedad Agrícola Israelita de Lucienville

La primera asociación cuya existencia se prolongó fue creada en 1900; ciertamente no se trataba de la primera creada en el sector agrícola en la Argentina, pero por lo visto era la primera que enfatizó en sus estatutos la actividad productiva agrícola. El 12 de agosto se reunieron en el grupo Novibug en Lucienville, en la casa del colono M. Embón, 15 colonos – entre ellos Moshe Aarón Blecher que estaba involucrado en el intento de llevar colonos de Rusia a la Argentina (véase el tercer capítulo), el maestro Alter Bratzlavsky y el administrador León Nemirowsky– y crearon “La Primera Sociedad Agrícola Israelita” (a continuación Farein [sociedad, en ídish], tal como la llamaban sus socios), cuyos objetivos eran difundir conocimientos de agricultura entre sus miembros, realizar experimentos prácticos con cultivos variados y hacer todo lo necesario para adquirir productos a bajo precio.[44]

Los estatutos establecían dos clases de miembros: ordinarios (colonos y personas contratadas por la JCA) y extraordinarios (no podían ser considerados miembros ordinarios pero se interesaban por la agricultura y querían beneficiar a la sociedad). Se prohibía el ingreso de ex colonos. Los miembros ordinarios podían votar y ser votados para fungir en cargos, los demás tenían voz en las asambleas generales; las dos clases de miembros debían abonar la cuota social. Se resolvió que quien pagara la cuota social hasta el 1.1.1901 sería considerado miembro, que quien no lo hiciera necesitaría la aprobación de la asamblea general para ser aceptado y que la entidad sería dirigida por una comisión integrada por un presidente, un secretario, un tesorero y dos vocales. Los elegidos fueron el colono M. Friedlander (presidente), Nemirowsky (secretario) y Salomón A. Freidenberg (tesorero); más adelante se incorporaron Manuel Kossoy (prosecretario) y Alter Bratzlavsky (síndico).[45]

En sus primeros pasos, la sociedad efectuaba compras conjuntas de repuestos para las segadoras, bolsas para la cosecha e hilos para atar las gavillas. En la asamblea realizada en el mes de fundación del Farein se describieron las plagas y enfermedades que atacaban al ganado y las formas de tratarlas, temas acordes con los objetivos definidos en los estatutos, pero el Farein no se conformó con ello sino que llegó a un acuerdo con el proveedor de maquinaria agrícola para que en la temporada de siega pusiera a su disposición un mecánico, analizó los acuerdos de seguros contra incendios que protegían las cosechas y la venta conjunta de cereales. La tendencia a exceder los objetivos declarados se destacaba en la resolución de organizar durante la festividad de Sukot (Fiesta de las Cabañas) celebraciones acordes con una entidad comunitaria y no precisamente con una cooperativa.[46]

En la primera mitad de 1901 el Farein creó una caja de ahorro y préstamo conducida por su comisión directiva, en la que cada socio debió depositar $10. En agosto la caja contaba con $500; de esta manera, el Farein extendió sus actividades también al ámbito del ahorro y crédito.[47]

Sonnenfeld visitó la colonia a mediados de 1902, percibió la formación de una sociedad cooperativa y la consideró un paso positivo hacia la implementación de la autogestión. Señaló que estaba bien dirigida y que podía ser de ayuda para la JCA. En agosto, al finalizar su segundo año de existencia, el Farein publicó un informe en español, firmado por Friedlander y Nemirowsky, que señalaba que su objetivo consistía en mostrar lo que se podía lograr cuando se actuaba sobre una base cooperativa y que los colonos tenían la intención de crear un almacén cooperativo para comprar en él los insumos necesarios.[48]

El Fondo Comunal de Clara

En 1904 se comprobó que las deudas de los colonos de Clara a los comerciantes a quienes compraban provisiones ponían en peligro su futuro. En la reunión de colonos del 29 de agosto, convocada por iniciativa de la JCA, se resolvió

fundar un fondo de socorros mutuos por acciones, con el objeto de ayudarse mutuamente entre los colonos con préstamos necesarios durante el año y principalmente durante la cosecha, y para poder obtener a precios convenientes los artículos coloniales como ser bolsas, hilo, aceite de máquina, etc.

Se trataba de un capital inscripto de mil acciones, a $10 cada una. Los colonos y funcionarios de la JCA podían comprar todas las acciones que quisieran y las ganancias previstas se repartirían en forma proporcional a la inversión efectuada. Para facilitar la participación se debía pagar $3 en efectivo y el saldo hasta fines de diciembre. El “banco”, tal como se mencionaba al Fondo Comunal en el acta de la reunión, prometía reintegrar la inversión después de recibir una notificación con 15 días de anticipación, y un interés cuya tasa concordaba con la del Banco de la Nación. Después de la venta de las primeras mil acciones se convocaría una asamblea para definir los estatutos de la comisión directiva.[49]

El 21 de noviembre se reunió la asamblea que definiría los estatutos. Hubo muchos participantes y por eso solo se debatieron los principios básicos y se impuso a la comisión directiva el estudio del tema en detalle. El estatuto completo fue aprobado en la asamblea del 1.2.1905. La elección de la comisión satisfizo a la JCA: el administrador Leibovich (presidente); Dr. Noé Yarcho, médico de la colonia (vicepresidente); el contable local de la JCA, Benjamín Mellibovsky (tesorero y secretario) y once vocales; Moss y Veneziani fueron nombrados miembros honorarios. Hasta entonces se habían inscripto 340 socios con un total de 800 acciones. Tres días después, la comisión debatió la provisión de bolsas e hilos y las garantías requeridas para asegurar los anticipos; como el capital pagado hasta esa fecha no alcanzaba para cubrir todos los pedidos, se resolvió acceder solo a los de los más necesitados.[50]

El Fondo Comunal amplió rápidamente su radio de acción y se convirtió en una de las cooperativas más exitosas. La participación de la JCA en la creación y dirección del mismo contribuyeron a su consolidación y desarrollo, pero también hubo algunos efectos colaterales no deseados. La identidad entre la comisión directiva del Fondo y la administración en todos sus niveles –desde los directores hasta los funcionarios de menor jerarquía que usaban las mismas oficinas– generó la sensación de que en la colonia no se haría nada sin la JCA, y desató una lucha destinada a separar las oficinas del Fondo de las de la JCA.[51]

La Mutua Agrícola de Moisesville

La Mutua Agrícola (a continuación, “La Mutua”) fue fundada el 5.1.1908 sobre la base de un capital de acciones. Aparentemente, la convocatoria fue precedida por una gira de estudios de varios colonos, entre ellos Cociovitch, por las cooperativas creadas en Entre Ríos. En esa asamblea se eligió la comisión directiva: Noé Cociovitch (presidente), Abraham Gutman (secretario), Jacobo Faber (tesorero), A.I. Hurvitz e Hirsch Kaller (comisión controladora). Asimismo, se resolvió que la comisión estaría integrada también por representantes designados por los diversos grupos que integraban la colonia. En la primera reunión de la comisión directiva a principios de febrero se resolvió solicitar a los directores de la JCA en Buenos Aires que influyeran sobre Crispin (el administrador de Moisesville) para que no se negara a ser miembro de la comisión directiva de La Mutua.[52]

El capital básico inscripto constaba de cinco series, cada una de mil acciones de $10. Tanto Moss como Veneziani compraron diez acciones para demostrar su confianza en La Mutua y fueron designados miembros honorarios junto con David Feinberg. El primer año La Mutua tenía 369 socios, en su mayoría colonos que habían comprado 12.890 acciones; el segundo año compraron 18.840 acciones y las ganancias llegaron a $8.370. La gestión se regía básicamente por los principios cooperativistas de Rochdale y rápidamente La Mutua empezó a ocuparse de otros asuntos, como el mantenimiento del cementerio, la implementación de servicios médicos, la compra de insumos, etc.[53]

Otras asociaciones cooperativas

En el período estudiado, en Mauricio se crearon comisiones de colonos, como la que fundara Lapine durante la reorganización, pero generalmente no perseveraban en su accionar.[54]

M. Guesneroff, que entretanto había sido designado agente en Barón Hirsch, convocó en agosto de 1907 una asamblea de colonos y les explicó las ventajas de la autoprovisión y la comercialización sin intermediarios; a continuación se resolvió crear una cooperativa. En noviembre se aprobaron los estatutos y los socios compraron 600 acciones de una serie de 1.000 a $10 cada una. Su primera actividad consistió en implementar un seguro contra granizo, que era una de las principales causas de daños en la región, pero esta asociación no operaba y en 1910 se creó La Sociedad Cooperativa Agrícola Barón Hirsch (a continuación “La Sociedad Agrícola”). La misma se basaba en un estatuto inspirado en el del Fondo Comunal, pero con algunas diferencias como el hecho de que la responsabilidad de cada socio estaba limitada al valor de sus acciones. La comisión directiva estaba integrada por Moisés Tcherni (presidente), Aarón Brodsky (vicepresidente), Arthur Bab, en aquel entonces colono (secretario), Judel Abrashkin (tesorero).[55]

En Narcisse Leven se creó en 1910 La Unión Cooperativa Agrícola de Bernasconi (a continuación, “La Unión”), con un capital propio de 1.000 acciones de $10 cada una. Todos los miembros de la comisión, excepto su presidente Zvi Umansky, eran funcionarios de la JCA. También en este caso se copió parte del estatuto de Clara, pero la pobreza generalizada de la colonia influyó sobre la forma de actuar de la asociación: en 1911, cuando el peligro de hambruna amenazaba a sus socios, recibió un préstamo de harina de otras cooperativas.[56]

En diciembre de 1912 se reunieron los colonos de Montefiore y eligieron una comisión provisional presidida por Simón Weill para redactar los estatutos de una asociación agrícola. El 19 de enero se aprobó el estatuto de La Asociación Agrícola Montefiore (a continuación, “La Asociación Agrícola”) y se eligió la comisión directiva: Mauricio Payevsky (presidente), Isaac Greiss, contable de la JCA en el lugar (secretario y tesorero), Simón Weill (síndico). Se informó sobre las buenas relaciones entre los miembros de La Asociación Agrícola y la JCA. Además de sus funciones específicas, la cooperativa se dedicaba a organizar la vida social y cultural. La Asociación Agrícola se basaba en un capital social de 250 acciones de $100 cada una. Hacia fines de 1914 tenía 210 socios accionistas y el capital desembolsado llegaba a un total de $4.245.[57]

En mayo de 1912 se resolvió crear en Dora la asociación “El Progreso Agrícola” (a continuación, “El Progreso”). La asamblea general realizada el 17 de junio eligió a la comisión directiva integrada por Samuel Levin (presidente), Isaac Patolsky (secretario) y Amram Elmaleh, agente de la JCA en el lugar (tesorero). También esta asociación se basaba en acciones y cada socio se comprometía a comprar cinco acciones de $10 cada una. La misma dejó de operar en mayo de 1914 por falta de recursos financieros. A fines de ese año, Isaac Starkmeth (a quien nos referiremos más adelante) comprobó que salvo dos colonos, todos eran miembros de la asociación, que todos habían pagado por una sola acción y que todo el capital llegaba a $790. Starkmeth sostuvo que la gestión administrativa era inadmisible y que hasta ese momento no se había regularizado la situación jurídica de la asociación. A continuación convocó a la comisión directiva y la convenció para que contratara un contable que regularizara las cuentas e hiciera un esfuerzo para reiniciar las actividades de la asociación.[58]

La ampliación de la acción cooperativa fuera del ámbito local

Las colonias de la JCA en Entre Ríos fueron pioneras del movimiento cooperativo en las colonias de la asociación en la Argentina y también fueron las primeras en buscar la forma de trascender el marco local. Miguel Sajaroff, un ingeniero colonizado por su propia cuenta en Clara y elegido presidente del Fondo Comunal, propuso en junio de 1910 crear una entidad central que se encargara de proteger los intereses agrícolas, sociales y culturales, así como otros temas que interesaban a las colonias de la JCA. Ya en 1909 había expuesto esta idea junto con otros dos socios del Fondo ante los directores de la JCA en la capital; en esta ocasión y con el respaldo de una iniciativa similar de la cooperativa de Barón Hirsch, sugirió recorrer todas las colonias de la JCA a fin de difundir la idea. Cabe mencionar que la misma había sido elevada en 1909 en Mauricio, pero su intención básica era luchar contra la JCA y la iniciativa fracasó tanto por la inestabilidad de la asociación como por la falta de apoyo de las otras colonias.[59]

Después de una gira de 16 días se resolvió convocar en la capital a los delegados de las cooperativas y se hicieron presentes representantes del Fondo Comunal, el Farein, La Sociedad Agrícola y el médico de San Antonio; Mauricio envió solo observadores. Los representantes de La Unión de Bernasconi no asistieron debido a dificultades económicas y los de La Mutua no lo hicieron por razones imprevistas no explicitadas. Al frente de la reunión estaban el Dr. Noé Yarcho (presidente honorario), Miguel Sajaroff (presidente), Samuel Hurvitz (vicepresidente) y Arthur Bab (secretario). Después de los debates se resolvió crear La Confederación Agrícola Argentino‑Israelita (a continuación, “La Confederación”), que estaría abierta –con el acuerdo de sus confederadas– a cualquier sociedad agrícola judía; su sede estaría en la capital y haría lo necesario para obtener la personería jurídica.[60]

Sus objetivos eran amplios e incluían el deseo de defender los derechos de las entidades, tomar contacto con agrupaciones agrarias en la Argentina y en el exterior, constituirse en una agrupación oficial que representara a sus socios ante el gobierno y la JCA, recopilar información detallada sobre los mercados para posibilitar una comercialización rentable de la producción y lograr el abaratamiento de los medios de producción y consumo. Otros artículos ampliaban notoriamente los ámbitos de acción de La Confederación y aspiraban a fundar un banco agrario y obtener créditos a largo plazo, organizar la producción y el consumo sobre una base cooperativa en el amplio sentido de la palabra, ocuparse de la colonización de la población excedente en las colonias y fomentar el amor a la tierra entre los inmigrantes, crear servicios de atención médica y respaldar moral y materialmente el desarrollo de escuelas en las colonias, fundar un vocero oficial para difundir publicidad y convertirse en tribuna libre para los asuntos de interés de las entidades asociadas en La Confederación, desarrollar entidades mutuas de seguros, alentar la creación de granjas experimentales y difundir el saber que se obtuviera en ellas. Un artículo especial hacía referencia a la creación de una comisión de arbitraje entre las entidades confederadas.[61]

La reunión impuso a los representantes la preparación de estatutos y entretanto se eligió una comisión directiva provisional cuyos miembros eran los mismos que presidían la reunión, más otros ocho. En 1911 se realizó la segunda convención en la capital y en 1912 tuvo lugar el tercer congreso en la colonia Barón Hirsch. Entre otras cosas se resolvió abrir una oficina en la capital, que sería dirigida por Isaac Kaplan, miembro de La Confederación. Esta decisión no se concretó y la entidad tuvo una vida breve: la crisis económica de aquellos años, los objetivos demasiado ambiciosos en comparación con las posibilidades de las entidades confederadas y la idea cooperativista que todavía no había sido asimilada por una parte de los colonos fueron la causa de ello. No obstante, la idea se preservó y periódicamente se realizaban encuentros para adoptar posturas conjuntas en diversos asuntos.[62]

En sus primeras etapas de organización no existía en las cooperativas fundadas una orientación netamente cooperativista, pero con el tiempo tendieron a ampliar sus actividades en tres ámbitos: a) cooperativo, según los principios antes mencionados; b) comunitario, incluida la preocupación por las necesidades sociales y culturales; c) municipal, que entre otras cosas incluía el mantenimiento de caminos y puentes, condiciones sanitarias, etc. Por ello, en los primeros años resultaba difícil llamarlas “cooperativas”, características que fueron adquiriendo con el paso del tiempo. Todas estas asociaciones quisieron regularizar su situación formal y para ello solicitaron la adjudicación de la personería jurídica (grupo de personas asociadas conforme a la ley que, al igual que los individuos, tiene derechos y obligaciones y puede ser parte en un juicio o procedimiento jurídico).

7. El surgimiento de aldeas en la zona de las colonias

¿Colonización urbana o chacras separadas?

La mayor parte de los colonos de la JCA que llegaron a la Argentina vivían en Rusia en marcos comunitarios en pueblos y aldeas. Cabe suponer que aspiraban a trasladar ese estilo de vida social a su nuevo lugar y que las probabilidades de concretar sus anhelos les daban cierta sensación de seguridad, pero en la Argentina cultivaban grandes superficies con métodos extensivos y generalmente cada colono vivía en su parcela. Las parcelas rectangulares formaban parte de un mosaico de amplias dimensiones y las chacras distaban entre sí varios kilómetros. Desde el punto de vista económico, las ventajas de este sistema radicaban en la proximidad al campo, pero la distancia afectaba la seguridad personal del colono y su familia y resultaba difícil mantener una vida social. Aunque en algunos lugares surgieron pequeños pueblos a la vera de la estación de tren, fundamentalmente servían para comercializar la producción y no para desarrollar la vida social en la región. Los encuentros de carácter religioso o nacional, como la Navidad o el Día de la Independencia, eran eventos aislados y después de ellos todos regresaban a la rutina y la soledad.[63]

La contraposición entre los deseos de colonizarse en aldeas y el método implementado en la Argentina se ponía de manifiesto en enfrentamientos y discusiones. Para demostrar que tenían razón, los querellantes presentaban ejemplos de la vida de los colonos germanorrusos que vivían en la Argentina y opiniones de diversos expertos en agricultura. El mismo barón de Hirsch había elegido un método mixto que básicamente consistía en que el colono viviera en su tierra, pero las casas se construyeron en grupos de cuatro que se encontraban en los vértices compartidos de los campos para aliviar la sensación de aislamiento. El redactor del informe anual de 1902 señaló que en los 20 centros de la JCA en Entre Ríos había grandes diferencias con respecto al número de chacras agrupadas en cada centro y agregó que sería deseable probar todos los métodos.[64]

La mejora en el método de grupos fue lograda disponiendo las parcelas de manera tal que el lado más corto se encontraba junto al camino principal. De esta manera se acortaban las distancias entre los grupos, se obtenía un acceso cómodo a las casas y se mejoraban las relaciones internas en la colonia. La hilera de grupos de casas se llamaba “línea” y varias líneas ordenadas numéricamente eran una colonia o grupo. Entre otras cosas, con este método fueron dispuestos los grupos Zadoc Kahn y Bialystok en Moisesville, Santa Isabel en Entre Ríos y Santo Tomás en Mauricio.[65]

Los grupos independientes que se colonizaron en la zona de Leloir prefirieron el criterio social y optaron por establecerse en aldeas de 10-25 casas. Esta resolución afectaba a quienes recibían las parcelas más alejadas de la aldea. Cazès recorrió las colonias en 1907 y concluyó que la elección del método de colonización había sido apresurada y según el método usual en Rusia, sin tomar en consideración la experiencia acumulada en la Argentina y sostuvo que las colonias en las que se habían creado aldeas tenían menos éxito agrícola y que muchos de aquellos que se habían colonizado de esta manera (incluidos algunos colonos en Barón Hirsch) se habían radicado en chacras separadas.[66]

La oposición de la JCA implicaba también una faceta ideológica, porque esta temía que los centros fueran un semillero que convirtiera a los colonos en comerciantes, proletarios o especuladores. Esto no significa que la sociedad colonizadora se opusiera a la creación de aldeas, pues estas cumplían una función económica como centros de comercio y distribución, como proveedoras de servicios para el mantenimiento de depósitos y maquinaria agrícola y como sede de las instituciones estatales, provinciales y municipales. De allí que la JCA se opusiera a la colonización en aldeas y aceptara la creación de pequeños centros urbanos por parte de individuos que llegaran a ellos gracias a la iniciativa privada y a las ventajas económicas que les esperaban allí por la creación de talleres, comercios, etc., en el centro de las colonias en desarrollo.[67]

El alquiler de terrenos y edificios

En la primera etapa se alquilaron construcciones a los comerciantes que proveían insumos básicos a los colonos, generalmente por un lapso limitado (un año) para examinar sus cualidades antes de prolongar los contratos. Así fue como Lapine, que había llegado para asumir la administración de las colonias en Entre Ríos, solicitó que se acelerara la prolongación del contrato de alquiler de un comerciante en Domínguez, porque la no renovación impedía que los colonos se aprovisionaran de insumos sin los cuales no podrían efectuar la cosecha. Lapine prometió construir varios depósitos y alquilarlos a algunos comerciantes, y contó con el apoyo de S. Hirsch y Cazès: “Estamos dispuestos a aceptar a cualquier comerciante serio y honesto”.[68]

Además de su importancia para las colonias, el desarrollo de las aldeas era una fuente de ingresos para la JCA. En 1901, cuando los artesanos que querían construir un taller mecánico y una vivienda contigua en Basavilbaso se dirigieron a Nemirowsky, este les propuso un alquiler mensual de $15-20 y la construcción del edificio solo después de recibir el anticipo por los seis meses primeros. Su propuesta de condicionar el inicio de la construcción al pago anticipado estaba destinada a asegurarse de que la JCA no invertiría en una propiedad cuya productividad no estaba garantizada. La demanda de construcciones en alquiler creció y, paralelamente, en los balances de la JCA aparecían los ingresos por alquileres, detallados según las aldeas.[69]

En 1906-1907 aumentaron las solicitudes de los inmigrantes que empezaron a llegar a las colonias y alquilaban edificios para vivienda o talleres. También había mucha actividad en las colonias nuevas como Barón Hirsch; el centro urbano creado en Rivera empezó a crecer después de la construcción de la estación de tren y el consejo de la JCA invirtió en ella $10.000.[70]

La venta de terrenos y edificios

En 1907, a raíz de la visita de Cazès a la Argentina, se produjo un cambio en la política de la JCA con respecto a la venta de terrenos en el centro de las aldeas. En su informe, Cazès recomendaba respaldar la creación de estaciones de tren en todos los lugares posibles y vender los terrenos lenta y cautamente, a fin de evitar complicaciones. Las razones que exponía para justificar el cambio consistían en la posibilidad de facilitar la vida de los colonos y permitir a los inmigrantes que llegaban al país la radicación en dichos centros, en los que “gracias a la proximidad de nuestras colonias se les garantizará una vida religiosa”. El consejo se reunió el 14.9.1907 y aprobó la propuesta.[71]

Las instrucciones emitidas ordenaban dividir las reservas conservadas alrededor de los centros en parcelas de una hectárea separadas por calles, y subdividirlas en terrenos de dimensiones tales que pudieran responder a diversas necesidades. Para que el valor de los terrenos subiera, ordenaron vender primero un terreno de cada parcela y alquilar temporariamente el resto. La venta se abonaba en efectivo y el precio se fijaba por metro cuadrado, y se estipuló que no se llevaría a cabo por medio de una licitación pública ni por reserva anticipada porque “queremos elegir a los compradores” a fin de beneficiar a las colonias. Se adjuntó la lista de los oficios requeridos en comercio, tareas manuales y agricultura y se señaló que no había oposición a que algunos colonos se contaran entre los compradores. Si bien la resolución estaba destinada a atraer judíos a dichos centros, se expresó la disposición a aceptar también extraños, comerciantes y artesanos honestos que no tuvieran intenciones de especular con las tierras; con el tiempo se comprobó que aumentaron las ventas de terrenos a no judíos. Los compradores debían comprometerse a no vender sus terrenos durante cinco años y el contrato solo entraba en vigencia después de su aprobación por los directores de París.[72]

La venta a colonos y sus hijos fue autorizada para no discriminarlos, pero se consideraba que, en la medida de lo posible, no debía convertirse en norma porque en opinión de los directores podría llevar al descuido de los campos y la especulación. En 1910 se vio que la venta de terrenos había promovido el desarrollo de varias aldeas, entre las que se destacaba Moisesville-centro, cuyos habitantes llegaban a 2.000, y la creciente demanda obligaba a la JCA a mensurar parcelas adicionales. Los centros más desarrollados en Entre Ríos fueron Clara y Basavilbaso, y en Buenos Aires el pueblo de Rivera. En 1912 se empezaron a vender terrenos en Virginia, en el ejido de Moisesville, y en 1913 las ventas se redujeron por la escasa cosecha. En 1908-1913 se vendieron 373 terrenos.[73]

Los grupos de casas construidas por los colonos según el sistema de aldeas eran una forma de asegurar el contacto social, el culto y la defensa mutua. Con la excepción de las oficinas de la JCA, no eran centros comerciales, administrativos y de provisión; estos se desarrollaron posteriormente en forma de pueblos que nacieron fundamentalmente junto a las estaciones de tren. Entre los habitantes de las aldeas y los colonos había relaciones económicas y mutua dependencia. Algunos pueblerinos tenían familiares entre los colonos y otros eran excolonos; la mayoría provenían de una misma unidad étnica que fue consolidándose a nivel social y cultural en el marco de las colonias y sus centros.

8. El final de una época: la crisis

La crisis financiera

En junio de 1913 el consejo debatió la situación financiera de la JCA. No era esa la primera vez que enfocaba el tema: a lo largo del tiempo, los gastos superaban los frutos de sus inversiones. En julio de 1913 se resolvió reducir drásticamente sus actividades; entre otras cosas, el consejo decidió dejar de comprar tierras, aumentar los sueldos cada tres años y colonizar en 1914-1916 solo 50 familias al año. En enero de 1914 analizó el presupuesto anual y volvió a aprobar la política estipulada; asimismo, resolvió colonizar chacras nuevas en Montefiore para evitar los gastos organizativos superfluos que ocasionaría una colonización dividida. Un mes después Öttinger terminó sus funciones en la Argentina porque se interrumpió la búsqueda de tierras y se anuló el cargo. El informe anual de actividades de la JCA en 1913 fue elevado al consejo en junio de 1914, Leven propuso medidas a adoptar en el próximo presupuesto, el consejo redujo a 35 el número de familias a colonizar en 1915 y formuló el deseo de que diez de ellas financiaran sus propios gastos de colonización.[74]

El estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 complicó aun más la situación financiera. En un telegrama enviado el 1 de agosto, los directores de París solicitaron a los de Buenos Aires la reducción de gastos al mínimo indispensable, el control de los procedimientos y el cumplimiento de las resoluciones. Asimismo, se temía que los presupuestos reducidos que habían sido aprobados no pudieran ser transferidos a la Argentina. Según los cálculos de los directores de Buenos Aires, los montos necesarios para cubrir los gastos indispensables hasta fines de ese año concordaban con lo que París había puesto a su disposición, pero la transferencia del dinero se dificultaba porque la JCA era una sociedad registrada en Inglaterra y vinculada a un banco alemán. Finalmente se encontró la forma de hacerlo a través de un banco norteamericano, pero la JCA aconsejó que se basaran solo en el dinero de la recaudación local, por si se cortaba el contacto.[75]

Para que el dinero previsto hasta fines de año alcanzara, se pospuso la colonización de 39 inmigrantes de los 50 que habían sido aprobados para ese año, se resolvió reducir la administración y se consideró la posibilidad de transferir las escuelas a los gobiernos provinciales para ahorrar una parte importante de los presupuestos. Las dos medidas primeras fueron recibidas con beneplácito por los directores de París, pero la tercera fue rechazada hasta la finalización de la contienda.[76]

La crisis en la dirección

Además de la crisis económica, en 1912-1914 se percibió una crisis en la dotación de agentes y administradores en las colonias, en parte debida a la situación económica. La resolución de debatir los aumentos de sueldos cada tres años mientras los precios de los insumos básicos subían constantemente llevó a muchos funcionarios a renunciar a sus cargos. Las constricciones económicas indujeron a la JCA a preferir a agentes antes que a administradores en las diversas colonias: el sueldo de un agente era mucho más bajo y no había necesidad de mantener un plantel de empleados y asistentes cuyo costo era alto. El traslado del administrador Weill de Lucienville a Montefiore fue aprovechado para reemplazarlo por un agente y para simplificar las tareas, pero el ahorro conllevaba inconvenientes porque el nivel de los agentes no siempre era convincente y la supervisión era indirecta y lejana. El deseo de ahorrar y la desconfianza con respecto a expertos externos llevó a imponer al plantel existente el cumplimiento de toda clase de misiones, como la agotadora tarea de recorrer las enormes extensiones propuestas a la JCA. La ausencia de administradores perjudicó a las colonias.[77]

Eli Crispin, que estaba a cargo de Dora, renunció a principios de 1912 por razones de salud, solicitó colonizarse en Moisesville y fue reemplazado por Elmaleh, enviado desde Narcisse Leven porque se pensaba que su presencia allí no era crucial. Guesneroff, agente en Barón Hirsch, solicitó retirarse en marzo y colonizarse, y fue sustituido por Vitalis Haïm Bassan, uno de los egresados de Mikveh Israel que durante varios años había fungido como agente y que en los últimos años administraba Moisesville.[78]

La inestabilidad cundía también entre los directores de la capital. Gros, que durante 19 años había sido el contable principal de la JCA, se retiró a fines de 1911 y fue reemplazado por Leibovich. En mayo de 1912 Veneziani salió de vacaciones por seis meses y Leibovich y Moss quedaron al frente de la JCA en Buenos Aires. En julio, mientras Veneziani estaba aún en el exterior, Moss solicitó vacaciones por motivos de salud; su pedido fue denegado pero se aprobó su nueva solicitud de viajar en enero de 1913. Veneziani regresó en noviembre y fue enviado en misión a Brasil, de donde regresó en diciembre. Moss partió en enero y Leibovich lo reemplazó junto a Veneziani.[79]

Entretanto, Veneziani renunció a su cargo en septiembre, pero fue persuadido para postergar la renuncia y tomarse vacaciones. Viajó en octubre, cuando Moss regresó de sus vacaciones, pero en noviembre se comprobó que el estado de salud de Moss se había agravado. El 2 de diciembre Leibovich envió a París un telegrama al respecto y señaló que Moss no podía esperar hasta el regreso de Veneziani. La partida de Moss dejaba a Buenos Aires sin directores autorizados y por eso París aceptó permitirle el regreso solo después de que transfiriera la firma autorizada a su reemplazante. Pero Moss, cuyo estado era grave, debió partir en enero de 1914, antes de la llegada del reemplazante. Leibovich y Jacques Brunschwig, un funcionario que era sobrino de S. Hirsch, quedaron al frente de la dirección en Buenos Aires.[80]

Los frecuentes viajes de Moss y Veneziani a Europa afectaban la capacidad de acción de la JCA en la Argentina. El 27.11.1913 el consejo resolvió que I. Starkmeth, un ingeniero de origen ruso que dirigía la JCA en la Tierra de Israel, se integrara a los directores de Buenos Aires. En octubre habían decidido incorporar a Weill a los directores de la capital con el cargo de supervisor, pero la toma de funciones se postergó porque el agente Adolfo Hirsch, que dirigiría Montefiore en su lugar, debía esperar en Clara hasta el regreso de Sidi de su misión en Brasil. Starkmeth llegó el 2 de febrero, Veneziani regresó en marzo y Moss falleció el 15 de ese mes.[81]

Resumen

En 1905-1914 se duplicó el número de familias de colonos gracias a los obreros judíos que se colonizaron; a pesar de que cientos de ellos se convirtieron en colonos, el número de inmigrantes se triplicó y aun más. Los candidatos adecuados a los criterios de la JCA superaban las capacidades de incorporación aun en caso de que se encontraran tierras aptas y presupuestos para la colonización. La elección de las tierras era uno de los factores más importantes que influían sobre el éxito económico de cualquier colonia. La calidad de la tierra y el agua, la detección de esta a determinada profundidad, la frecuencia de las lluvias, el régimen de vientos y otras características climáticas determinaban los cultivos más convenientes para cada lugar, pero no menos importancia tenía la ubicación de la tierra: el valor de un predio en el que se podía obtener una buena producción pero que año tras año era atacado por la langosta era dudoso. Lo mismo cabía decir con respecto a una zona en la que aún no se habían desarrollado los medios de acceso, o que estaba alejada de la estación de tren más próxima. En esos casos, la pérdida de tiempo, los gastos extra por transporte y las dificultades de comercialización significaban una carga pesada para los colonos. Otros factores que debían ser tomados en cuenta para la compra revestían carácter jurídico, como los acuerdos de arriendo con arrendatarios que vivían en esas tierras y la fecha prevista de su partida, el examen de regularidad de los títulos de propiedad de los vendedores y el estudio de las dimensiones de la propiedad y las instalaciones que había en ella. La concreción de estos procedimientos requería mucho tiempo, pero era de gran importancia.

Las delegaciones de estudio examinaban diferentes lugares, pero finalmente lo que primaba en la elección de un sitio u otro era el precio de la tierra. Durante el congelamiento de la colonización casi no se compraban tierras, pero ante su revocación la JCA volvió a interesarse en la compra de campos.

Las formas y características de la colonización en 1905-1914 guardan relación con el intento de afrontar la complejidad de una ecuación que diera respuesta a un interrogante simple, pero crucial: ¿el pago anual al que se había comprometido el colono, incluidos los costos relacionados con la tierra, era proporcional a los ingresos previstos por esa tierra, con todas sus ventajas e inconvenientes?

El ritmo de la colonización era fijado por las relaciones mutuas entre cuatro aspectos: la presión de los inmigrantes judíos que se encontraban en las colonias, la disponibilidad de tierras, la situación económica de la agricultura en la Argentina en general y en la zona de las colonias en particular, y la capacidad financiera y organizativa de la JCA. El proceso se detuvo a fines de esa época por razones económicas y financieras, y si bien la guerra complicó aun más la situación, no debe verse en ella la razón principal para la interrupción de la colonización. Precisamente cuando más se necesitaba una autogestión independiente y organizada, en momentos de peligro de interrupción del contacto con París, el sistema administrativo en la Argentina se vio inmerso en una situación que afectaba la capacidad de la JCA de administrar sus colonias.

En el transcurso de esos años se crearon cuatro colonias nuevas en tierras recientemente compradas y algunas otras más pequeñas, fundadas en reservas de tierras. Las colonias creadas en tierras nuevas padecían de los mismos inconvenientes que las anteriores, pero diferían mucho entre sí. Barón Hirsch, fundada por grupos independientes, y Narcisse Leven, cuyos colonos fueron reclutados entre los inmigrantes, sufrían por el clima inestable y la baja calidad de la tierras; en la planificación de Montefiore se descuidó por completo la concepción estipulada por el barón a principios de la colonización, que veía los cultivos de secano como la agricultura auténtica. El precio de la tierra no permitía asignar una superficie lo suficientemente grande para los cultivos, más aun porque en esa zona el trigo estaba en peligro por la plaga de la langosta. La tendencia a asignar parcelas pequeñas se hizo más evidente en Dora, en donde se crearon chacras pequeñas que se dedicaban a agricultura intensiva de regadío.

Paralelamente a los sucesos antes descriptos surgieron aldeas y se crearon cooperativas. Ni unas ni otras gozaron del apoyo de la JCA en sus primeros pasos, pero finalmente esta logró superar sus recelos y tomó parte activa tanto en la formación y dirección de las asociaciones como en la venta de terrenos y casas en las aldeas. También estos rubros padecieron la crisis que caracterizó a aquellos años previos a la Primera Guerra Mundial.


  1. JBEx6, 13.4.1904, 15.6.1904; JL365, 16.5.1904, 19.5.1904, 16.6.1904. Según Bizberg 1945, p. 38, un peso era equivalente a 0,80 rublos.
  2. JBEx6, 29.7.1904, 26.8.1904, 31.8.1904; JBEx7, 14.9.1904, 23.9.1904; JL365, 25.8.1904, 22.9.1904.
  3. JBEx7, 28.9.1904, 28.9.1904; JL365, 29.9.1904, 13.10.1904, 20.10.1904.
  4. JBEx7, 9.2.1905; JL365, 27.10.1904, 22.12.1904; JL30b, 29.11.1904; Documentos, 18.2.1905.
  5. Verbitsky 1955, p. 42.
  6. Ibíd. p. 43.
  7. Ibíd. p. 60; JBEx7, 20.2.1905, 2.3.1905, 9.3.1905.
  8. Ibíd., 11.5.1905, 1.6.1905, 29.6.1905; 18.7.1905; Verbitsky 1955, pp. 69-70.
  9. JL30c, 25.4.1905; JBEx7, 25.5.1905, 1.6.1905, 8.6.1905, 22.6.1905, 29.6.1905, 20.7.1905, 10.8.1905, 17.8.1905, 5.10.1905; JL30d 14.9.1905.
  10. JBEx7, 5.10.1905, 7.12.1905, 28.12.1905, 18.1.1906, 1.2.1906; JL31a 1.2.1906, 9.4.1906, 25.4.1906; JL72(10), 4.4.1906; JBEx8, 10.5.1906, 7.6.1906.
  11. JBEx7, 11.1.1906, 22.2.1906, 12.4.1906; JBEx8, 22.2.1906, 12.4.1906, 7.6.1906.
  12. JBEx7, 9.11.1905, 23.11.1905, 22.12.1905, JBEx8, 3.5.1906, 1.11.1906; HM135, 2.4.1908; JL346 19.12.1907; JBEx9, 27.8.1908, 10.9.1908, 22.10.1908, 4.3.1909, 5.11.1908, 26.11.1908, 21.1.1909, 25.3.1909, 17.6.1909; Sesiones IV, 11.4.1908; Informe 1908, p. 15.
  13. Informe 1906, p. 50; Informe 1907, p. 19; Weill 1936, pp. 28-29; HM135, 9.5.1907; JL367 6.6.1907.
  14. Sesiones IV, 17.3.1906; JBEx8, 12.4.1906, 24.5.1906.
  15. Ibíd., 7.6.1906, 27.9.1906, 22.11.1906, 20.12.1906. Para Simón Weill, ver: Guía de la agricultura argentina, Buenos Aires 1965, pp. 424-425; Mellibovsky 1957, p. 111; JL399, 15.4.1905.
  16. JBEx8, 8.11.1906, 14.2.1907.
  17. JL367, 31.1.1907; JBEx8, 20.12.1906, 3.1.1907, 21.2.1907, 15.4.1907; HM135, 18.4.1907, JL346, 3.10.1907, 21.11.1907, 28.11.1907; Informe 1907, pp.98-100.
  18. JL346, 15.8.1907; JBEx9, 4.6.1908, 18.6.1908, 31.7.1908, 24.9.1908, 8.10.1908; Sesiones II, 24.2.1901; Informe 1901, p. 32.
  19. JBEx9, 30.7.1908, 8.10.1908, 19.11.1908, 3.12.1908, 17.12.1908, 31.12.1908; Informe 1908, pp. 3, 54; Liebermann 1959, p. 100; Gorskin 1951, pp. 9, 123.
  20. Informe 1906, p. 50; Informe 1907, p. 19; Informe 1908, p. 54; Informe 1909, p. 50; Informe 1910, p. 51; Informe 1911, p. 132; Informe 1912, p. 57; Informe 1913, p. 31; Documentos, 16.12.1915.
  21. JL367, 19.3.1908.
  22. JBEx9, 18.2.1909, 25.2.1909, 4.3.1909, 8.4.1909, 29.4.1909, 13.5.1909; Avni 1982, p. 162.
  23. JL346, 8.8.1907, 29.8.1907, 5.12.1907, 19.12.1907; JBEx9, 30.4.1908, 14.5.1908, 21.5.1908, 28.5.1908, 9.7.1908.
  24. JBEx8, 14.9.1906, 25.10.1906; Sesiones IV, 20.10.1906, 23.5.1908, 27.6.1908; HM135, 9.1.1908, 20.2.1908; JBEx9, 9.7.1908, 23.7.1908.
  25. JBEx9, 29.10.1908, 26.11.1908, 3.12.1908, 28.1.1909, 8.4.1909.
  26. JBEx9, 3.6.1909, 15.7.1909, JBEx10, 26.8.1909, 2.12.1909; Sesiones V, 12.3.1910.
  27. JBEx10, 19.8.1909, 21.10.1909, 16.12.1909; Informe 1909, p. 50; Informe 1910, p. 51; JBEx11, 11.5.1911.
  28. JL367, 9.6.1910, Documentos, 25.6.1910.
  29. JBEx7, 24.3.1910, 19.5.1910, 21.7.1910, 11.8.1910; JBEx10, 21.4.1910, 23.6.1910; Informe 1908, p. 26; Informe 1910, pp. 42‑43.
  30. JL367, 12.5.1910, 29.9.1910, 6.10.1910; JL352, 27.9.1910.
  31. Ibíd., 6.10.1910, 17.11.1910; JL367, 8.12.1910, 22.12.1910; Sesiones V, 17.12.1910, 11.2.1911.
  32. JBEx11, 6.4.1911, 12.4.1911, 4.5.1911, 11.5.1911.
  33. JBEx11, 18.5.1911; Sesiones V, 9.4.1911.
  34. JBEx11, 22.6.1911, 13.7.1911, 20.7.1911, 3.8.1911, 10.8.1911, 24.8.1911, 7.9.1911, 21.9.1911, 5.10.1911, 19.10.1911, 26.10.1911, 16.11.1911.
  35. Ibíd., 26.10.1911, 23.11.1911, 7.12.1911, 21.12.1911, 28.12.1911, 4.1.1912.
  36. JL355, 18.1.1912, 22.1.1912, 15.1.1912.
  37. Ibíd., 19.1.1912, 29.2.1912; JL427, 7.5.1914; Mellibovsky 1957, p. 141; Sesiones VI, 24.2.1912; Informe 1911, p. 132; Informe 1912, p. 57.
  38. JL352, 22.12.1910; JBEx11, 28.10.1911, 2.11.1911, 21.9.1911, 23.11.1901; JL356, 23.5.1912; Sesiones V, 11.2.1911, p. 131; JL355, 8.2.1912, 15.2.1911; Informe 1912, p. 57.
  39. JBEx11, 9.11.1911, 16.11.1911, 23.11.1911; JL355, 12.1.1912, 18.1.1912, 25.1.1912, 27.1.1912.
  40. JL355, 29.2.1912, 4.4.1912, 18.4.1912, 25.4.1912; JL356, 9.5.1912, 30.5.1912, 20.6.1912, 4.7.1912, 25.7.1912.
  41. Ibíd., 29.8.1912, 11.9.1912, 10.10.1912; Informe 1912, p. 13.
  42. Rivera Campos 1961, pp. 51-63; Lucca de Guenzelovich 1988, p. 5; Bursuck 1961, pp. 169-170, 173.
  43. Penna, 1991, pp. 1-2; Schopflocher 1955, pp. 75-78; Bursuck 1961, pp. 161‑162.
  44. Kaplan 1955, pp. 167-189; Bursuck 1961, p. 163; Hoijman 1961, pp. 55-57; ASAIB, APSAI, 12.8.1900, p. 1.
  45. Ibíd., 25.10.1900, pp. 37-38; 6.3.1901, pp. 41-42; Hoijman 1961, pp. 45-46.
  46. ASAIB, APSAI, 12.8.1900, pp. 1-5; Greiss 1950, pp. 34.
  47. ASAIB, APSAI, 7.4.1901, pp. 52-53; 12.8.1901, p. 56.
  48. JL397, 29.10.1901; Informe 1902, p. 11; ASAIB, Primera memoria, pp. 13, 14.
  49. JL399, 7.9.1904; JBEx7, 12.10.1904; Leibovich 1946, pp. 73-74; Gabis 1957, p. 44.
  50. JL399, 28.11.1904, 6.12.1904; Mellibovsky 1957, pp. 106-107; Gabis 1957, pp. 43, 48.
  51. Ibíd., pp. 51, 53, 54-60.
  52. MHCRAG, AMA, 1, 4.2.1908, p. 1; Lucca de Guenzelovich, 1988, pp. 6-7; HM135, 16.1.1908.
  53. MHCRAG, AMA, 1, 16.2.1908; La Mutua, Estatutos, p. 2; Merkin 1939, pp. 276‑277; Lucca de Guenzelovich, 1988, p. 7.
  54. Ver por ejemplo: JBEx7, 2.3.1905; HM135, 23.5.1907; Informe 1908, p. 13; Informe 1909, pp. 11, 39.
  55. Informe 1907, pp. 109-110; Informe 1911, pp. 122, 124; Verbitsky 1955, pp. 105-118; Barón de Hirsch Estatutos, pp. 2-4, tapa. Para Moisés Guesneroff, ver: Levin 1997, passim.
  56. Shojat 1961, p. 185; Informe 1911, pp. 130-131; Informe 1912, p. 27; Sesiones V, 11.11.1911; VI, 26.10.1912, p. 52.
  57. JL357, 19.12.1912; JL428, 4.12.1914; Informe 1913, p. 29; Sesiones VI, 9.5.1914.
  58. JL356, 23.5.1912, 27.6.1912, 8.8.1912; JL357, 31.10.1912; HM136, 28.10.1912; JL428, 1.12.1914.
  59. Gabis 1957, p. 218; JBEx10, 2.9.1909; JL367, 14.7.1910, 8.9.1910; Documentos, 24.9.1910, I, p. 92.
  60. JBEx11, 17.8.1911; JL352, 17.11.1910, 25.11.1910; Gabis 1957, pp. 219-221.
  61. JL352, 25.11.1910; Gabis 1957, pp. 219-221.
  62. Kaplan 1955, pp. 185-186; Gabis 1957, pp. 221-222; Bursuck 1961, p. 164.
  63. Tartakower 1959, p. 167; Elkin Laikin, 1980, pp. 135-136; Scobie 1967, p. 62; Eidt 1971, pp. 95-96.
  64. Avni 1973, 198-200, 202-204; Informe 1902, p. 12.
  65. JL29d, 22.11.1903; Gorskin 1951, pp. 17, 55; ver listas de líneas en Las Palmeras 1990, pp. 27-29, 66.
  66. HM135, 23.5.1907; Gabis 1955, pp. 197; Verbitsky 1955, pp. 42-43; Winsberg 1963, pp. 16-17.
  67. JL326, 20.8.1896, Hurvitz 1932, p. 112.
  68. JL314, 10.11.1896, 14.11.1896; 6.12.1984.
  69. JL397, 22.9.1901; JL365, 8.12.1904.
  70. JBEx8, 15.11.1906, 21.2.1907; JL367, 16.5.1907; JL346, 18.7.1907, 15.8.1907; Sesiones IV, 25.5.1907.
  71. JL367, 22.8.1907; Documentos 14.9.1907, pp. 14-15; Informe 1907, pp. 44, 53, 86; Informe 1911, pp. 28-30; Sesiones IV, 14.9.1907.
  72. JL367, 19.9.1907, 14.11.1907; Sesiones IV, 14.9.1907; Bar Shalom 2014, passim.
  73. JBEx11, 13.7.1911, 12.10.1911; JL356, 18.7.1912, 22.8.1912; JL357, 17.10.1912, 19.12.1912; JL351, 19.5.1910.
  74. Sesiones VI, 6.1.1912, 10.1.1914, 27.6.1914; Sesiones V, 24.4.1909, 22.1.1910; JL494, 21.1.1914, 12.3.1914, 2.7.1914; JL427, 19.2.1914.
  75. JL494, 5.8.1914; JL428, 25.8.1914, 29.8.1914, 1.9.1914, 3.9.1914; 17.9.1914.
  76. JL427, 20.8.1914; JL494, 4.9.1914, 15.9.1914; JL428, 17.9.1914.
  77. JL356, 30.5.1912, 5.6.1913, 19.6.1913.
  78. JL355, 14.3.1912, 21.3.1912, 25.4.1912.
  79. Ibíd., 4.1.1912, 11.1.1912, 22.2.1912; JL356, 9.5.1912, 25.7.1912, 26.9.1912; JL357, 31.10.1912, 14.11.1912, 12.12.1912; Sesiones V, 11.11.1911.
  80. JL426, 13.9.1913, 16.10.1913, 23.10.1913, 2.12.1913; JL494, 19.1.1914, 22.1.1914.
  81. JL426, 6.11.1913, 5.12.1914, 13.3.1914, 23.4.1914; JL494, 16.4.1914; Sesiones VI, 27.9.1913. Para Adolfo Hirsch, ver: Shojat 1953, pp. 55‑56; Sesiones VII, 23.12.1917.


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