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Prólogo

Violencias y muertes en su tiempo

Gabriel Kessler

¿Cómo gravitan la configuración política y las prácticas institucionales de un período determinado en las definiciones de violencias legítimas e ilegítimas, así como de las muertes que importan más y las que importan menos? Este es, a mi entender, uno de los interrogantes en común que enhebran los artículos del libro. En sus textos las y los autores responden a dicho interrogante conduciéndonos desde el pabellón psiquiátrico de una cárcel federal hasta las tribunas de fútbol; de las calles y los muros de un barrio popular de Córdoba hasta las noticias de inseguridad en la televisión, del diálogo con un gendarme y una referente barrial en una villa hasta la historia de vida de un pastor evangélico sobre su compromiso social, entre otras.

Sufrir, matar y morir, último trabajo colectivo del Núcleo de Estudios sobre la Violencia y la Muerte que coordina José Garriga en el IDAES de la Universidad Nacional de San Martín, realiza sustanciales contribuciones a la socio-antropología de las violencias y las muertes. Los textos muestran que, a diferencia de lo sostenido por trabajos clásicos como los de Philippe Aries (1983), para quien los cambios de las actitudes frente a la muerte mutaban muy lentamente, el contexto político y social influye en las consideraciones sobre la muerte y, más en general, sobre las violencias. El capítulo introductorio de José Garriga y Laura Panizo caracteriza bien las tendencias del tiempo en el cual tienen lugar los casos estudiados. Se trata de un proceso comenzado hace pocas décadas, de creciente visibilidad y condena a distintas violencias, en particular de género o institucionales, al tiempo que, -y eso es lo propio de los últimos años durante el gobierno de Cambiemos-, se registra una mayor tolerancia y a menudo expresa legitimación desde el gobierno para acciones punitivas y violación de derechos humanos. Sin embargo, como bien señalan los autores, hoy “nadie quiere ser considerado violento” motivo por el cual se entablan en todos los planos disputas sobre las formas legítimas de castigar, matar y morir.

Algunos de los textos, en particular aquellos sobre linchamientos, nos enfrentan a uno de los aspectos más despiadados de la condición humana: la acción grupal para volver “matable” a quien se está asesinando o a quien ya ha muerto. María Pita (2010) en “Formas de vivir y formas de morir. El activismo contra la violencia policial”, rastreaba el trabajo de familiares para restituir la condición humana a jóvenes de sectores populares que habían sido “matados como perros” por la policía. Los trabajos de este libro nos presentan otra faceta de esa crueldad máxima: cómo los propios vecinos y habitantes de un lugar pueden matar y considerar matable a alguien. Pero los casos presentados en este libro se diferencian de lo que Judith Butler (2010) encontraba como plexo convergente de muertes que, desde el punto de vista de los centros de poder, no merecían ser lloradas: la muerte del considerado amenazante era “necesaria” para asegurar la propia supervivencia. No es lo que sucedería aquí: ese otro matable no era percibido como poniendo en jaque la vida de nadie, a pesar de ser sólo un peligro menor o un estorbo su vida no importaba. Más aún, algunos capítulos nos enseñan que alguien puede ser considerado matable de un modo silencioso, no siendo registrado en categorías policiales, médicas o judiciales, de modo tal que su muerte no desencadene una investigación, o que obligue a algún otro tipo de respuesta institucional. Así, la crueldad y el proceso de deshumanización del otro que estos casos nos devuelven, obliga a reflexionar y sobre todo a actuar políticamente sobre las facetas más brutales que anidan en nuestra sociedad.

El libro logra moverse con habilidad entre los niveles macro, meso y micro, un desafío siempre difícil para las ciencias sociales. Esto se logra al combinar dos abordajes que denotan una gran sensibilidad investigativa: por un lado, realizando una minuciosa etnografía institucional, en la medida que se describe con precisión cómo esas disputas por el sentido de las violencias requieren movilizar (o impedir que se movilicen) categorías de clasificación, normativas y rutinas institucionales. Así las cosas, por ejemplo, clasificar una muerte como accidental u homicidio conllevará que se investigue o no sus causas; que un policía muerto sea considerado caído o servicio o que no, implicará honores y reparaciones económicas diferentes; un interno que pasa al pabellón psiquiátrico suspende localmente su condición de preso y, por lo tanto, se limitan las sanciones que se le aplican. El libro evidencia cómo la definición y legitimidad de las violencias en cada caso, en cada cuerpo que las sufre o provoca, se juegan en varios planos a la vez. Por ello, en un mismo capítulo podemos pasar de los programas y las políticas de seguridad, al funcionamiento cotidiano de las instituciones, o al día a día de la vida local y las experiencias de las mujeres y hombres de las que hablan estás páginas. Ahora bien, los arreglos institucionales están en permanente negociación, y esto el libro lo demuestra a través de una concepción emparentada con el interaccionismo: todo orden social es frágil e inestable. En forma complementaria el libro devela al estado y al poder en funcionamiento, en su micropolítica cotidiana. En efecto, el estado está presente a todo el libro, en las formas en que participa en nombrar, investigar, olvidar y/o valorizar esas violencias y esas muertes.

Los capítulos

El libro se organiza en tres partes: Violencias y regulaciones, Linchamientos, y, por último, Muertes y violencias. En la primera parte, el trabajo de Joaquín Zajac “Los centinelas del Cinturón Sur: Seguridad, territorio y gobierno en el sur de la CABA” ofrece una excelente caracterización de las políticas de seguridad en la Ciudad de Buenos Aires y en particular en su zona Sur. Analiza la complejidad del vínculo que referentes locales de villas establecen con una Gendarmería que, al menos hasta la muerte de Santiago Maldonado, comparada con otras fuerzas de seguridad, gozaba de buena prensa en parte de la opinión pública. El trabajo expone los ribetes de esas “política de proximidad” que combina el control y represión en el territorio sobre determinados ilegalismos juveniles, con expectativas locales sobre regulación de los conflictos entre vecinos y violencias de género, y con un disciplinamiento de los jóvenes del lugar. Esto último es una clave para comprender formas de aprobación o tolerancia a formas de maltrato, hostilidad y micro-violencias cotidianas contra los jóvenes locales considerada por parte de los adultos del lugar, como una forma necesaria de “educación moral juvenil”.

Andrea Lombraña y Mercedes Rojas Machado nos permiten entrever uno de los pliegues institucionales más olvidados del Estado, un pabellón psiquiátrico del Servicio Penitenciario Federal. Se trata, para los actores locales, de una zona liminal: ni cárcel ni hospital. Esto lleva a que, idealmente, haya una puesta en suspenso de las sanciones y de las violencias que los guardias ejercen sobre los internos. Pero, tal como este y otros trabajos del libro develan, toda regulación de las violencias es inestable. Por lo cual, profesionales y guardias pueden apelar a las violencias como forma de mantener el orden local. El trabajo señala también que, una vez un preso es trasladado al pabellón, se apela a una serie de herramientas cognitivas para explicar de manera particular sus manifestaciones de violencia. Se la vincula a adicciones, padecimientos mentales o factores socio-ambientales y de este modo, vemos como la ubicación de un individuo en determinadas instituciones moviliza algunas y no otras explicaciones sobre sus comportamientos, contribuyendo así a definiciones locales sobre las violencias y sus causas.

En “Religión y violencia en Villa La Cava. Proyecciones y tensiones de un trabajo político, religioso y social”, Marcos Carbonelli nos presenta el carácter “anfibio”, como lo llama, del trabajo de un religioso en una villa. El pastor evangélico hace las veces tanto de representante de la sociedad local “cansando” al estado para que oiga las demandas de la población y otras como vector de políticas públicas que “bajan” al barrio, cuestionando así la hipótesis de una situación de suma nula entre trabajo religioso y presencia del estado (donde menos estado implicaría más trabajo religioso y viceversa). La violencia está presente de varias formas, en los padecimientos de salud del pastor y en particular, en su permanencia a pesar de las amenazas sufridas: una forma de legitimar el lugar en el barrio y al mismo tiempo, una prueba de la entrega religiosa puesto que, nos dice el autor “Leonardo sabe que resistir al dolor, al apriete, beber el trago amargo de los vaivenes del trabajo político puede capitalizarse en reconocimiento, prestigio y credibilidad”.

En “El triple pacto. Del gobierno de la seguridad a la regulación de la violencia en el fútbol argentino”, José Garriga, Diego Murzi y Sebastián Rosa realizan dos aportes sumamente importantes. Luego de una precisa descripción del funcionamiento de la relación entre policías y “barras” para regular el orden y la violencia, acuñan el concepto de “triple pacto”. Es una referencia explícita a la idea de “doble pacto” con el cual autores como A. Binder (2009) y M. Sain (2012) caracterizan el tipo de gobierno de la seguridad en nuestro país: el gobierno delega la seguridad en la policía dándole autonomía a cambio de que asegure estándares aceptables para la población. El triple pacto es su correlato para la seguridad en el fútbol. Así las cosas, el trabajo indaga en el dispositivo de la regulación del orden en el fútbol entre policías, dirigentes deportivos y “barras”. Ahora bien, como advierten, el pacto está muy lejos de ser infalible y, una vez más, nos recuerdan cuan inestables son los arreglos locales de orden y de regulación de las violencias. En segundo lugar, revelan cómo la exclusión de las hinchadas visitantes en los espectáculos deportivos redireccionó violencias hacia facciones de un mismo club e indirectamente, reforzó las violencias en las disputas entre ellas por el control de distintos negocios.

La segunda parte del libro, Linchamientos, comienza con “De ratas, choros e infiltrados” en el cual Nicolás Cabrera y Nahuel Blázquez nos traen a “personas de a pie que asumen las tareas de vigilancia, control y castigo”. En efecto, una hinchada que “limpia” de “ratas” que realizaba hurtos en las tribunas y que, tildando de “infiltrado y gallina puta”, matan a otro joven, y vecinos que asesinan a un joven que comete un robo, permiten reconstruir el proceso concreto por el cual la acción coordinada de un grupo de personas va transformando en el decurso mismo de la acción a alguien como matable, mientras lo matan o lo dejan morir.

En “Inseguridad y violencia: las noticias sobre linchamientos desde la recepción”, Brenda M. Focás expone los discursos del campo político y el campo mediático que llevaron a enmarcar los linchamientos como casos de inseguridad. De este modo, la rutinización de las noticias de linchamientos, el uso de las cámaras de seguridad y el lugar de la fuente que emite la información fueron centrales en las gramáticas de recepción de los linchamientos. Sin embargo, lejos de una interpretación unívoca, el mismo enmarcamiento (framing) de esos crímenes daba origen a una diversidad de formas de recepción, yendo de la condena hasta la aceptación de esos crímenes.

El trabajo de Evangelina Caravaca se centra en la relación entre escala local y nacional. “¿Qué nos pasa, la violencia no tiene límites en nuestra sociedad?” se preguntan en Baradero luego del estallido en reacción a la muerte de dos jóvenes por una patrulla policial. “¿Cómo llegamos a esto?”, “¿Cuándo dejamos de ser un pueblo tranquilo?”, nos dice la autora que se planteaban una y otra vez, los habitantes del lugar. El juego de escalas es central: mientras para la ciudad la violencia se transforma en una suerte de hecho social total, que afecta a todas las instancias locales y en un potente analizador y momento de reflexividad sobre ellos mismos, los medios metropolitanos por su parte, ponen al hecho en serie con otras protestas en ciudades intermedias, pero por motivos muy diversos. De este modo, el artículo nos recuerda que las escalas no son reductibles entre sí y que la forma de interpretación de un mismo hecho puede diferir radicalmente en la instancia local y a nivel nacional.

“Muerte” es la tercera y última parte del libro. Allí Darío Iván Radosta en “La Muerte Clínica En Perspectiva”, utiliza las herramientas metodológicas de Bruno Latour para analizar en forma de controversia las distintas definiciones sobre muerte clínica en torno a un caso. Demuestra que, lejos de ser aceptado como una realidad fáctica, el límite entre la vida y la muerte puede también ser objeto de controversias científicas y éticas. Así, este artículo aporta al libro un elemento novedoso: la movilización del discurso científico para definir, en un caso distinto a los anteriores, cuando una muerte es legítima y cuando no lo es.

En “Disputas en torno a la medición de las muertes violentas”, Martín Di Marco, Marina García Acevedo y Elea Maglia comparan distintas operaciones de categorización para registrar una muerte. El capítulo detalla la importancia de las formas de registro de cada muerte para el curso que cobrará una historia personal post-mortem. En efecto, se puede registrar o no la muerte de un interno en la cárcel y de esto modo volverlo o no visible como vida que se ha perdido o relegarlo al total olvido, al ni siquiera ser nombrado. La categorización como homicidio del asesinato de jóvenes por “justicieros” barriales será investigado, pero no lo será si se lo tipifica como “suicidio”. Y en el caso de la muerte violenta de funcionarios de la Policía Federal Argentina, será pasible de reconocimiento simbólico y económico si es categorizado como caído en y por servicio, pero de otro modo, no.

En el último capítulo, “El riesgo y la muerte en la profesión policial”, Elea Maglia recoge la voz oficial que define “a la profesión policial como riesgosa, a la muerte como una posibilidad y a los caídos como héroes”. El artículo evidencia cómo en una institución donde la muerte propia es una posibilidad omnipresente, se realizan operaciones para ubicar esas muertes dentro de un sacrificio consustancial a la identidad policial y que, de este modo, otorga sentido a esas muertes como un precio necesario para defender a la sociedad.

Estas son tan solo algunos de las tantas ideas que este libro aporta, al combinar una sensibilidad etnográfica y un riguroso trabajo conceptual y, de este modo, en su último trabajo, el Núcleo de Estudios sobre la Violencia y la Muerte continúa contribuyendo a comprender y explicar las significaciones de las muertes y las violencias de nuestro tiempo.

Bibliografía

Ariés, Philippe (1983). El Hombre ante la muerte. Buenos Aires: Taurus.

Binder, Alberto (2009). El control de la criminalidad en una sociedad democrática. Ideas para una discusión conceptual. En Kessler, G. (comp.) Seguridad y ciudadanía: nuevos paradigmas, reforma policial y políticas innovadoras. Buenos Aires: Edhasa

Butler, Judith (2010). Marcos de guerra. Las vidas lloradas. Buenos Aires: Paidós.

Pita,María Victoria (2010). Formas de morir y formas de vivir. El activismo contra la violencia policial. Buenos Aires: Ediciones del Puerto-CELS.

Saín, Marcelo (2012). Un paso adelante, dos pasos atrás. El kirchnerismo ante la cuestión policial. (2003-2012). En Delito y Sociedad, 21 (34), pp. 67-99.



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